Disclaimer: Ni Dragon Ball ni sus personajes me pertenecen.
Capítulo 14
– Van Zant, el reconocido mafioso y traficante de armas, salió bajo fianza esta mañana de la penitenciaría de Ciudad Satán luego de que su abogado consiguiera su liberación al alegar que las evidencias que la policía tenía en contra de su cliente eran circunstanciales–informando a la población de Ciudad Satán, una joven reportera daba las noticias en el noticiero local por medio de la televisión–la policía, por otro lado, lamentó profundamente que la liberación de Van Zant haya sido autorizada a pesar de las toneladas de evidencias que lo incriminan en múltiples de casos de asesinato y crimen organizado.
Dibujando una expresión de burla, Van Zant contemplaba la pantalla de su televisor reclinándose hacia atrás en su silla. Apoyando los pies en la superficie de su escritorio, el mafioso buscó en sus ropas encontrando con rapidez una cajetilla de cigarrillos y un mechero. Tomando uno de los cigarros, el bandido no perdió tiempo en usar el encendedor para darle una larga calada.
Tal y como lo comentó la bella periodista, habían pasado un par de horas desde que su abogado consiguió sacarlo de prisión luego de haber pagado una cuantiosa fianza. Para Van Zant tal cosa no era nueva, entrar y salir de la cárcel ya era algo más que normal para él desde que decidió encaminar su vida al crimen y al dinero fácil.
Primero comenzó como un simple pistolero más, un matón que cumplía las órdenes de sus jefes que lo enviaban a hacer el trabajo sucio. Poco a poco, y creciendo como la espuma, Van Zant fue escalando posiciones en los círculos del bajo mundo no sin antes verse las caras, en más de una ocasión, con las fuerzas policiales. Quienes, con rapidez, no se tardaron en posar sus ojos en él.
Aún así, viendo lo patética que era la policía, no renunció a seguir delinquiendo. Sin embargo, los uniformados no eran los únicos enemigos que debía combatir a diario por el control de los suburbios de la ciudad. Otros miembros de su propia banda apetecían lo mismo que él, pretendían eliminar a su líder para tomar ellos las riendas de la pandilla y así ser los nuevos amos del hampa.
Fue una guerra sangrienta; una guerra sin cuartel. Asesinó a muchos que consideraba amigos; empero, con tal de alcanzar la cumbre, el fin justificaba los medios. Al final, después de decenas de muertes provocadas directa e indirectamente por él, Van Zant vio materializados sus sueños al liquidar con sus manos a quien lo reclutó en su juventud arrebatándole todo su poder.
Habiendo asegurado su sitio dentro de la organización, Van Zant enfocó su atención en otras mafias rivales a las cuales planeaba robarles sus territorios ampliando el suyo. Las calles de Ciudad Satán se tiñeron de sangre ante la mirada aterrorizada de los habitantes honestos de la urbe los cuales, depositando sus esperanzas en las autoridades, esperaban el ocaso de la violenta masacre.
– A pesar de su liberación, la policía espera reunir pruebas aún más contundentes con las cuales se les permita recapturarlo–escuchando la televisión, Van Zant continuó fumando tranquilamente perdiéndose más y más en sus pensamientos–pasando a la sección del clima, para esta semana se pronostican fuertes lluvias además de…
Ignorando el ambiente a su alrededor, Van Zant encendió otro cigarro al evocar aquella encarnizada batalla entre facciones que le costó la muerte de muchos de sus lacayos; pese a eso, y después de meses de intensa lucha, su banda logró expandirse como un cáncer por toda Ciudad Satán reclamando como suya cada esquina y avenida de los barrios más bajos de la metrópoli.
Su dominio de esa zona era tan grande que ni siquiera la mismísima policía se atrevía a plantar un pie allí, cualquier sujeto vestido de azul y con una placa en su pecho sabía que le costaría la vida el mero hecho de pisar ese suelo. Allí, en la seguridad de su maligno reino, la venta de armamento y narcóticos alimentaban sus arcas haciéndole ganar una fortuna que lo llenaron de lujos y riquezas.
Todo parecía ir de maravilla, podía cometer cualquier acto criminal sabiendo que saldría impune de él. No obstante, cuando más confiado y cómodo se sentía en su trono, apareció alguien que destruyó su fantasía de cristal convirtiéndose, rápidamente, en un verdadero dolor de cabeza que puso en entredicho su potestad.
– ¿Qué están esperando, montón de inútiles?–molesto, furioso al verse humillado en su propia guarida, Van Zant les gritó a sus secuaces quienes se miraban los unos a los otros sin creer lo que estaba sucediendo– ¡es sólo una maldita mocosa, no se queden parados como unos imbéciles!
Lo que no pudieron lograr innumerables batallones de oficiales, lo estaba logrando una chiquilla de preparatoria salida de la nada. Semanas antes, Van Zant oyó hablar de ella. La subestimó creyendo que era una broma o un pésimo chiste. Menospreció las advertencias de otros de sus colegas pero, llegada la hora, aquella jovencita pateó la puerta de su oficina dispuesta a arrestarlo.
Mientras el campeón mundial se hacía de la vista gorda ante la criminalidad que devoraba su tierra natal, su hija, quien era una experta artista marcial, no resistió más y juró ponerle un alto a dicha situación. Muchos otros, como Van Zant, no la tomaron en serio riéndose de ella cuando ésta los retaba a pelear. Creían que con sus armas la abatirían en un menos de un parpadeo.
Grave error.
– ¡Dispárenle, idiotas!
Videl Satán: un nombre que se quedará por siempre en la memoria de los delincuentes.
– Ni creas que saldrás con vida de aquí, mocosa estúpida…
Usando su destreza, Videl esquivaba con facilidad las balas que llovían sobre ella abalanzándose contra cuanto malhechor se topase con ella. Con sencillas pero eficaces técnicas de combate, Videl neutralizó a sus rivales quienes dependían en demasía de sus pistolas y escopetas. En cuestión de minutos, Videl mandó al suelo a los subordinados de Van Zant quien enmudeció con incredulidad.
Comprobando que ya no había más obstáculos en su camino, Videl levantó la vista posando su absoluta atención en el pandillero delante de ella. Van Zant, tragando saliva, observó a cada uno de sus matones esparcidos por doquier llenándose de una intensa rabia al agotarse su paciencia. Apretando los dientes y no importándole que fuese una jovencita, desenfundó su revólver.
– Acabas de cometer el error más grande de tu vida, mocosa–manteniéndose detrás de su escritorio, Van Zant le apuntó directo al rostro–no tienes ni idea de con quién te estás metiendo…
– Sí sé quién eres, eres un vulgar ladrón como todos los demás que hay en esta ciudad…–retadora, sin intimidarse ni asustarse, Videl le sonrió con arrogancia al asumir su posición de pelea–te doy la oportunidad de que te rindas; sino lo haces, tendré que sacarte por la fuerza de aquí.
– Admito que tienes agallas, niña–deslizando el dedo índice por el gatillo, Van Zant reconocía que ella no era una chiquilla ordinaria–pero ya me cansé de jugar de contigo…
Incurrió en la misma equivocación que todos los demás, creyó que un disparo la mandaría con facilidad a la tumba. Aunque, como era de esperarse, la historia se repitió. Teniendo sus reflejos agudamente entrenados, Videl se ladeó justo a tiempo cuando el proyectil que salió por la boca del cañón se hallaba a punto de impactarla de lleno entre sus cejas.
Van Zant, varios segundos más tarde, reaccionó disparando de nuevo en un descontrolado ataque que terminó de igual modo que el anterior. Terca y estúpidamente siguió disparándole, viendo anonadado como Videl saltaba y rodaba por el piso esquivando sus arremetidas como si estuviese bailando o danzando. Su maestría; pese a su edad, resultaba impoluta y digna de admirar.
Pronto, inevitablemente, el cargador se vació inutilizando su artefacto bélico quedando completamente desarmado. Simultáneamente a que él exclamaba una sonora blasfemia, Videl corrió hacia él tomando impulso para poder saltar por encima de su escritorio aterrizando, con precisión, exactamente frente a Van Zant quien no tuvo la capacidad de decir ni hacer nada.
En menos de un pestañeo, y con una potencia demoledora, Videl le obsequió una patada que se hundió en el estómago de Van Zant el cual, presenciando como su castillo de naipes se venía abajo, trató con torpeza de defenderse arrojando un endeble puñetazo que Videl eludió sin apuros. Con sus retinas enrojecidas y el oxígeno escaseándole, Van Zant perdió la cordura.
– ¡Maldita, maldita!
Frenético, sin ninguna coordinación, Van Zant lanzaba golpe tras golpe sólo atinándole al aire. Videl, aprovechándose de su baja estatura y su ligereza, era como un fantasma que las inexpertas manos de Van Zant no lograban tocar. Sabiendo cómo acabaría su enfrentamiento, la osada hija de Mr. Satán fue fiel a su personalidad y quiso mofarse de él antes de entregarlo a la policía.
Videl nunca lo negaría: a ella le encantaba burlarse de los criminales. Le fascinaba demostrarles que eran patéticos y mediocres, empleando sus puños Videl les hacía ver lo débiles que eran en realidad al destruir sus ilusiones de ser los dueños de la ciudad. Y Van Zant, sin evitarlo, fue ridiculizado por una señorita que aún cursaba la secundaria.
Pateándolo a la altura de los tobillos, Videl lo tumbó obligándolo a caer de rodillas quedándose totalmente expuesto e indefenso. Astuta, con una pericia que su propio padre envidiaba en silencio, Videl lo remató con un puntapié a la sien que lo hizo desplomarse al sucumbir en el oscuro océano de la inconciencia. La justicia, encarnada en esa niña, impuso su voluntad.
Cuando despertó, se vio rodeado de barrotes al estar encerrado en una celda. Permaneció allí por unos meses asimilando, con lentitud, que la persona que lo envió a ese frío y húmedo lugar fue una niñita de escuela. Como consuelo solía pensar que él no fue el único en acabar así gracias a ella; empero, aquella verdad sólo empeoraba la humillación que experimentó.
– Van Zant, queda en libertad bajo fianza…
Ciudad Satán, judicial y policialmente hablando, era un fiasco. No importaba la gravedad de sus fechorías, cualquier maleante recuperaba su libertad con la ayuda de un malicioso abogado y, por supuesto, con la complicidad de un juez corrupto fácilmente sobornable. Así pues, de regreso a las andadas, Van Zant no se demoró en reconstruir su imperio sin olvidarse de Videl Satán.
Los años continuaron con su marcha provocando que, tanto Videl como los infractores de la ley, cayeran en una cíclica y repetitiva rutina que consistía en enfrentarse mutuamente finalizando tal y como comenzaron. Acumulando miles de fracasos, las distintas mafias se dieron cuenta que por sí solos no alcanzarían su meta que librarse de esa molesta justiciera adolescente.
Orquestaron numerosos esfuerzos por asesinarla, tramaron un sinfín de trampas cuyo objetivo era hacerle pagar por sus constantes intromisiones. Si bien Videl caía en sus redes, un milagro inesperado la salvaba cuando nadie lo creía posible. Y muchos, ya sin ideas, empezaban a creer que ella era virtualmente invencible. Inclusive, le otorgaban dones mágicos como la inmortalidad.
Pero, cuando pensaban que su crisis no podía empeorar, él apareció para probarles lo contrario.
Su disfraz era ridículo, y subestimándolo como lo hicieron con Videl en el pasado, el Gran Saiyaman llegó para hacerles ver lo insignificantes que eran realmente. Parecía haber salido de las páginas de una historieta, sus hazañas no tenían explicación lógica ni racional. Algunos, atemorizados por sus poderes sobrehumanos, se atrevían a catalogarlo como una especie de dios.
Volaba como un pájaro, las balas rebotaban en su piel al tocarlo, su fuerza sobrepasaba a la de veinte hombres y de sus palmas era capaz de arrojar fulminantes rayos de energía. Nadie en la faz de la Tierra se le comparaba, nadie en la faz de la Tierra podría vencerlo. Con ese pensamiento infundiéndoles temor, la mayoría de los rufianes preferían rendirse al verlo flotar sobre ellos.
Ambos, Videl y el Gran Saiyaman, ya sea en equipo o por separado, limpiaron el centro de Ciudad Satán obligando a los malhechores a buscar escondite en los barrios más alejados confiando en que allí no los atraparían. Aquella dupla heroica brilló con más luz que la policía convirtiéndose, inequívocamente, en los estandartes de la rectitud devolviéndoles la paz a los inocentes.
Sin embargo, y muy gradualmente, la figura del Gran Saiyaman fue desplazando a Videl siendo él en casi todos los casos quien se encargaba de frenar el crimen. Sus habilidades eclipsaron a Videl quien; si bien era una extraordinaria luchadora, no se equiparaba con el enmascarado ni remotamente. Y de hecho, en más de una vez, Videl salió ilesa gracias al encapuchado.
– Algo me dice que todos ya se olvidaron de Videl, todos menos yo…
No ocultaba que el Gran Saiyaman arruinó muchos de sus negocios, una gran cantidad de sus proveedores y clientes fueron enjuiciados debido a que el superhéroe los capturó como si fuese un juego de niños para él. Incluso, él mismo fue encarcelado por culpa del Gran Saiyaman al interferir cuando perpetraba un asalto al banco de la ciudad.
Pero, viniendo a su rescate, su confiable abogado armado con ingeniosos argumentos legales y con una dotación nada despreciable de dinero, lo sacó de la penitenciaría. Y ahora, fumándose otro cigarrillo, Van Zant volvía su mirada a un costado percatándose de un suceso que, extrañamente, no estaba teniendo la importancia que se merecía en el universo de lo ilegal:
Videl ya no los combatía más.
Cuando escuchó de ella por primera vez hacía un lustro atrás no le interesó pero, al enterarse de los rumores que afirmaban que Videl se retiró, Van Zant se petrificó sin creerlo pensado que aquello no era más que alguna farsa o una mentira. Aún así, con el pasar de las semanas, aquel supuesto rumor fue consolidándose más y más hasta que finalmente fue dado por cierto.
Mientras otros celebraron la noticia y se olvidaban rápidamente de ella, Van Zant, en secreto, seguía recordándola diciéndose a sí mismo que ella todavía tenía una enorme deuda pendiente con él. Videl Satán, una chiquilla de preparatoria, constantemente fue la responsable de sus múltiples encarcelamientos y, máxime, fue la causante de la mayor deshonra que ha vivido.
Sí, el Gran Saiyaman era imparable.
Sí, el Gran Saiyaman era el nuevo héroe de Ciudad Satán.
Sí, el Gran Saiyaman era el más grande obstáculo que la delincuencia debía superar.
No obstante, para Van Zant, Videl es y siempre será el recuerdo más humillante que albergará en su interior. Aquello iba más allá de ser una simple rencilla que cobrar, aquello era algo personal. Si Videl pensaba que podría continuar con su vida como si nada hubiese pasado; pues se equivocaba. Él le demostraría cuán equivocada se encontraba, él no permitiría que se marchara tan fácil.
– Si tan sólo tuviese una oportunidad más, sé que no fallaría–murmurando, hablándose a él mismo en la soledad de su oficina, Van Zant tiró al suelo el cigarro que acababa de fumarse aplastándolo con uno de sus pies–muchas veces intenté matarla, lo intenté tantas veces que ya no recuerdo exactamente cuántas fueron; pero sé que si lo intentase una vez más la historia sería muy diferente…
Aunque, sin saberlo, sin tan siquiera desearlo, su tan ansiada revancha se hallaba a milímetros de tocar a su puerta.
– ¿Qué quieres? –Notando como uno de los sujetos que trabajaba para él entró en su despacho sin permiso, Van Zant se volteó hacia éste preguntándole el motivo de su presencia de un modo muy intimidante–creí haberles dicho que no quería que nadie me molestara…
– Jefe, hay un sujeto que quiero verlo, dice que viene a proponerle un trato.
– ¿Un trato? –Intrigado, Van Zant no se tardó en apetecer otro cigarrillo– ¿y exactamente qué es lo que quiere?
– No lo sé, pero dice que puede pagarle mucho dinero.
Y como todo mafioso, aquella declaración fueron las palabras mágicas que hicieron florecer su interés. Empero, guardando sus previsiones, Van Zant no dudaría en volarle la tapa de los sesos si llegase a tratarse de una trampa o algo semejante.
– Bien, hazlo pasar.
– Sí, jefe.
Ajustando un poco su desalineada chaqueta, Van Zant apagó la televisión colocando su pistola en su regazo en caso de ser necesaria. Callado, impacientándose como le es muy usual, esperó por un par de minutos hasta que al fin su inesperado visitante ingresó en su oficina. Observando como la cerradura se cerró detrás de éste, Van Zant le dio una última calada a su cigarro mentolado.
– Anda, no seas tímido, acércate y toma asiento–sin quitarle los ojos de encima, Van Zant lo miró de los pies a la cabeza constatando que era un individuo musculoso y de alta estatura; sin embargo, fue el abultado maletín que portaba consigo lo que más llamó su atención–cuando se trata de negocios, me gusta atender a mis invitados con todas las comodidades.
– Antes de comenzar, quiero pedirte un favor–percibiendo el timbre nervioso en la voz de su acompañante, Van Zant frunció el ceño entretanto apretaba el arma que ocultaba sobre sus piernas–esta es la primera vez que hago algo como esto por eso necesito su total discreción, no le diga a nadie quién soy. Le prometo que ganará mucho dinero si me brinda su ayuda.
– ¿Ayuda? –Más serio, Van Zant no sabía qué diablos pasaba–me temo; amigo mío, que te equivocaste de sitio. Esto no es una asociación de beneficencia, aquí no damos caridad.
– Eso lo sé muy bien–replicó con rapidez–he oído hablar de usted en los noticieros así que comprendo claramente las consecuencias de venir aquí pero, como le dije, le prometo que le pagaré el precio que usted me pida a cambio de su ayuda. Le aseguro que el dinero no es ningún problema para mí.
– De acuerdo, te escucharé–apuntándole con un dedo, Van Zant humedeció sus labios resecos antes de continuar–pero primero quítate esos anteojos oscuros y dime quién eres, no hago negocios con desconocidos.
– Me parece justo, pero le suplico que no alce la voz.
Viéndolo retirarse sus gafas de sol, Van Zant fue agrandando su expresión de auténtica sorpresa al descubrir la identidad del caballero que buscaba sus servicios. El destino, en ocasiones, podía ser endiabladamente caprichoso. El hombre parado justo ante él era el padre de su peor enemiga, era el campeón mundial, el salvador del mundo, el valiente que derrotó a Cell.
Era el mismísimo Mr. Satán.
Cualquier otro chico se hubiese deslumbrado por el legado que ella cargaba en sus hombros, enfocándose más en su reputación que en ella misma. Y Shapner, desde que la conoció, vio como justamente esto sucedía a diario en la escuela. El mero hecho de ser la hija de Mr. Satán, provocaba que muchos pensaran en el campeón antes de darle la importancia que Videl merecía.
Shapner, con sinceridad, no negaba que sí le emocionaba la idea de conocer y convivir con la primogénita del valeroso héroe que salvó al mundo de Cell; sin embargo, y por muy cursi que sonase, a él le interesaba más conocerla y ser feliz junto a ella. Todo lo demás podía esperar. Y con esa semilla plantada en su corazón, el rubio la abonó y cuidó esperando por su cosecha.
No era necesario recalcar los incontables rechazos que recibió de Videl, en más de una ocasión estuvo a punto de arrojar la toalla arrancado de raíz sus ilusiones amorosas. Aún así, habiendo soportado toneladas de ingrato desprecio, su paciencia dio frutos. Ahora, paseando por la ciudad tomándola de la mano, alzó la mirada viendo su próxima parada no muy lejos de ellos.
– ¿Adónde vamos? –Preguntándole por millonésima vez, Videl se giró a mirarlo insistiéndole después de estar caminando por casi veinte minutos–disculpa mi impaciencia, pero…
– Sólo espera un poco más, no nos falta mucho para llegar…
Años atrás, cuando llegó a Ciudad Satán buscando un nuevo hogar y huyendo de la devastación dejada por Cell, Shapner descubrió que la urbe no contaba con muchos sitios interesantes en donde pasar el tiempo libre. Pese a ser la tierra natal del gran Mr. Satán, no había nada fuera de lo especial que la hiciera resaltar sobre las otras ciudades del globo.
De ser casi un poblado lejano y poco conocido, la recién renombrada Ciudad Satán, vio incrementada súbitamente su población por miles que voltearon a verla como el sitio indicado para comenzar desde cero. Tener entre sus ciudadanos a Mr. Satán trajo consigo un poder económico nunca antes visto y, dicha abundancia, prometía una interminable prosperidad.
Enormes complejos habitacionales se construían por montones debido al éxodo masivo que la metrópoli experimentaba; aunque el resto no crecía con el mismo ímpetu. Todavía quedaban vestigios de la antigua cara de la ciudad; sobre todo en el centro, donde pequeños almacenes, dulcerías y restaurantes le darían su espacio muy pronto a inmensas tiendas departamentales.
De niño recorrió esas calles, al salir de la escuela debía caminar un por largo trecho hasta llegar a su casa. Solía pasar al lado de un pequeño cine que, con sus brillantes marquesinas, anunciaba la lista de estrenos con los que contaba en cartelera. A Shapner le encantaba el olor a palomitas de maíz calientes y frescas que impregnaban el ambiente, siempre se la hacía agua la boca al olerlas.
Muy a menudo, Shapner acostumbraba ahorrar un poco del dinero que recibía de sus mesadas y con éste compraba una canasta de rosetas cubiertas con mantequilla. Por ende, al admitir sus sentimientos hacia Videl, no le resultó nada descabellado llevarla allí en su primera cita. Así pues, por casi un mes, guardó cada moneda y centavo ilusionado con invitarla a ver una película.
Pero, destrozando sus anhelos, Videl lanzó la primera de muchas dolorosas negativas.
Y los años, sin detenerse, fueron llegando uno detrás del otro. La modernización, tal y como lo adelantó, trajo un impresionante número de cambios que transformaron a Ciudad Satán en lo que es hoy. Imponentes rascacielos, elevándose hasta las nubes, reclamaron el firmamento como suyo. Autopistas kilométricas, que no se tardaron en congestionarse, conectaron cada rincón.
Empero, aquel modesto y viejo cine se mantuvo imperturbable como un roble. Shapner, de vez en cuando, al transitar ante dicho establecimiento, se preguntaba cómo habría sido todo si Videl hubiese aceptado su invitación. Pese a la interminable espera y a cientos de conjeturas, finalmente esa interrogante hallaría su tan ansiada respuesta.
– Conozco este lugar, he pasado por aquí algunas veces.
– Sabía que lo reconocerías tarde o temprano.
De pie, parados frente la entrada, tanto Shapner como Videl miraban en silencio al ser unidos por un antiguo recuerdo.
– Hace ya muchos años, cuando me armé de valor para confesarte mis sentimientos, con mis ahorros compré un par de boletos para invitarte al cine–Shapner, sanando una vieja herida, le narró con lentitud y voz suave–pero al decirte mis intenciones me rechazaste, dijiste que no te interesaban ese tipo de cosas y que nunca saldrías con un chico.
– Lo recuerdo, no lo he olvidado–dejando a un costado su actuación, Videl evocó aquella tarde en su lejana infancia sintiéndose culpable por haber sido tan desconsiderada–ahora me doy cuenta de lo tremendamente cruel y egoísta que he sido contigo desde siempre, Shapner. Al pensar en mi comportamiento, me cuesta trabajo entender por qué no me mandaste al diablo cuando me lo merecía…
– Ya no te atormentes por eso, el pasado se queda en el pasado–ladeándose, Shapner le sonrió con carisma–ahora sólo quiero pensar en dos cosas: en el presente y en el futuro. Quiero disfrutar mi presente aquí contigo; y después, deseo darle forma al futuro que nos aguarda a los dos.
Oírlo decir eso hundió, aún más, su conciencia en el espeso pantano de la culpa. El fango, llegándole a la cintura, la atrapaba más y más amenazándola con ahogarla con las imperdonables equivocaciones que cometía una tras otra. Y resignándose, sabiendo que ya no tenía salvación, Videl no tuvo más alternativa que seguir equivocándose.
– Me impresiona que este viejo cine aún exista, la mayoría de la gente prefiere ir a los enormes cines de los centros comerciales–señalando una evidente verdad, Videl observó con detenimiento la algo descolorida fachada de aquel cine–y pensar que he vivido en esta ciudad toda mi vida y nunca entré aquí. Ni una sola vez lo hice.
– Quizás lo más apropiado hubiese sido ir a uno de los nuevos cines de algún centro comercial, pero no pude resistirme a la idea de venir al sitio donde pensé traerte hace tanto tiempo.
– Ya veo, en todo caso no me parece mala idea.
– ¿Lo dices en serio, Videl? –cuestionándole, Shapner le comentó con rapidez–si deseas que vayamos a otra parte pues por mí no hay ningún problema.
– No, no. Aquí está bien, después de haberme comportado con tanta descortesía en aquella ocasión creo que te debo una–queriendo ir saldando sus muchas deudas con Shapner, Videl no le ponía ningún pero a las intenciones del rubio–de todos modos ya estamos aquí, entremos…
– De acuerdo, vamos…
Apretando sus dedos entrelazados, Videl fue quien tomó la iniciativa dando los primeros pasos hacia adelante halando a Shapner quien no se tardó en seguirle el ritmo. Cruzando las puertas, la pelinegra y el rubio fueron recibidos por la opaca iluminación que reinaba en el interior del cine. Lo cual, adrede, genera un ambiente de complicidad e intimidad propias de una cita amorosa.
Si bien el exterior les dio la impresión que el sitio se encontraba vacío, al entrar se percataron rápidamente que no era así. No había muchas personas, en realidad eran una veintena de clientes los que esperaban su turno para comprar un boleto. Y tal acción tan mundana, provocó que una chispa detonara en la cabeza de Shapner haciéndole ver un detalle que pasó por alto:
¿Qué clase de película iban a ver?
Alzando la mirada, analizando con cautela los diferentes títulos escritos en la cartelera, Shapner hacía algunas muecas entretanto pensaba cuál elegir. Soltando un profundo hálito, el rubio miró de soslayo a Videl preguntándose cuál opción sería la más indicada para una chica como ella. De haber sido otra mujer, la decisión terminaría siendo obvia y predecible. Y este, no era el caso.
Conociendo la forma de ser de Videl, Shapner descartó las comedias intuyendo que a Videl no le llamarían la atención. No es que la hija de Mr. Satán fuese una amargada o una cascarrabias; aunque en ocasiones sí lo era, pero tampoco era una persona que explorara en carcajadas por cualquier chiste o escena cómica. A Ireza, por otra parte, le habría encantado esa elección.
Pronto, sus ojos se posaron sobre las películas de amor. Esa era la alternativa más frecuente que, bajo otras circunstancias, tomaría sin dudar. No obstante, la personalidad de Videl no concordaba con tal disyuntiva. Videl siempre detestó todo lo romántico, lo aborrecía por considerarlo como estúpidas y ridículas cursilerías. El romance y Videl eran como el agua y el aceite: no se mezclaban.
Videl, desde que tenía uso de razón, se desligó por completo del típico esquema que definía a una señorita común. La rudeza al pelear, el entrenamiento intenso y el carácter tosco eran algunos de los rasgos más sobresalientes de ella. Tomando en cuenta esos factores, Videl era una jovencita muy compleja que no cualquiera era capaz de descifrar. Aún así, Shapner aceptó ese desafío.
Comenzando a sudar, y no queriendo parecer un idiota, Shapner volvió a barajar sus cartas buscando la opción ganadora. Desgraciadamente para él, la mayoría de las funciones eran del tipo sentimental llevándolo a un callejón sin salida. Sin embargo, justo cuando temía que se arruinaría su velada, Shapner notó una posibilidad que podría salvarlo de ese aprieto.
– ¿Qué tal una película de acción? –hablándole después de una extensa deliberación, Shapner se reclinó un poco hacia Videl deseando escuchar su opinión al respecto–un par de explosiones y unos cuantos tipos rudos peleando, será más entretenido que ver a una pareja cursi diciéndose te amo un millón de veces.
– Umm, sabes–mirándolo, Videl le replicó–en realidad estaba pensando en ver algo menos violento y más tranquilo.
– ¿De verdad? –Incrédulo, Shapner se quedó pasmado al escucharla–yo pensé que no te gustaría ver algo romántico o cómico.
– Estuve muchas veces en medio de tiroteos, persecuciones e innumerables asaltos. Luego de ver algo como eso, ninguna película de acción podría sorprenderme. He visto cosas que ningún actor usando efectos especiales tan siquiera igualaría–pese a que sonaba un poco presumida, Videl no mentía en lo más mínimo–ahora que lo pienso, no recuerdo cuándo fue la última vez que me detuve para ver una película en la televisión y ni hablar de verla en un cine.
Shapner, sin saber qué decir, se disponía a hablarle de todos modos pero Videl se le adelantó.
– ¡Qué tonta! –se carcajeó levemente de sí misma–sólo estoy diciendo tonterías sin importancia…
– No pienses eso, Videl. Sinceramente me alegra que lo dijeras, yo juraría que jamás verías una película romántica–también riéndose, Shapner no perdió la oportunidad de embelesarse más por ella maldiciendo por no poder abrazarla con sus dos brazos–y bueno, entonces cuál de todas las películas en cartelera quieres que veamos.
– A ver…–con un fugaz vistazo, Videl se dejó influenciar por un cartel en especial eligiéndolo como su elección definitiva– ¿qué te parece esa de allí?
– ¿En el amor y en la guerra? –curiosamente, ese filme fue uno de los que Shapner rechazó al creer que a Videl no le gustaría.
– ¿La vemos o no?
– En un planeta dividido donde amar no es un derecho, sino una imposición, la decisión de ambos cambiará sus vidas y las de dos reinos, sin importar las consecuencias–leyendo en voz alta la sinopsis de la película escrita en su respectivo anuncio publicitario, Shapner no tuvo objeción alguna–pues suena bien para mí, iré a comprar un par de boletos a la taquilla.
– De acuerdo, ve a comprarlos mientras voy un segundo al tocador.
– Bien, aquí nos veremos.
Regalándole una efusiva y forzada sonrisa, Videl se separó de Shapner apurándose en llegar al sanitario que se observaba no muy lejos de donde se encontraban. Afortunadamente para ella, su identidad seguía sin ser descubierta facilitándole su andar. Y si bien corría el riesgo de caerse por los tacones que llevaba puestos, Videl no resistió el impulso de apresurarse.
Una vez en el tocador de damas, Videl se miró en el espejo asombrándose que su maquillaje no se haya arruinado por el intenso calor que la empapó de sudor. Ahí, peinando sus cabellos con sus dedos, Videl echaba de menos la cercanía de Ireza y sus consejos. Dejando de lado la incorregible indiscreción de la rubia, ella poseía el don de apaciguar las olas permitiéndole navegar en paz.
Actuando como un faro en medio de una oscura noche, Ireza y sus sugerencias, conseguían iluminar el turbulento caminar de Videl quien; a pesar de haber enfrentado situaciones peligrosas, se sentía intimidada e inexperta en cuestiones sociales a causa de su obstinado aislamiento. Nerviosa o no, quisiera o no, se obligó a no dimitir.
– Todo va bien, todo va muy bien–hablándose con vehemencia, Videl trataba de hipnotizarse a ella misma dándose fuerzas para no decaer–veremos una película, caminaremos por ahí y luego iremos a casa a cenar. Sólo resiste un par de horas más y no olvides lucir una gran sonrisa para él.
Tragando saliva, Videl sabía que era hora de volver junto a él.
– Sólo no lo arruines, no quiero más dolores de cabeza…
Comprobando que su aspecto lucía intachable, Videl enderezó su estresada postura y se dirigió a reencontrarse con Shapner. Quien, precisamente, no dejaba de pensar en ella. Su semblante no podía brillar con más felicidad, incluso se le antojaba pellizcarse para comprobar que no estuviese soñando o delirando. Al fin, casi después de una eternidad, estaban saliendo.
Riéndose entre dientes, Shapner admitía que quizás era demasiado pronto para ponerse a soñar pero no le importó. Lo sentía, era capaz de sentirlo, esto era tan sólo el comienzo. Allí, entretanto era uno más en la fila para comprar un par de boletos, Shapner alzó sus ojos a lo alto jurando que se veía a sí mismo al lado de Videl disfrutando de la vida.
No fue fácil, fue un camino escabroso repleto de rocas y de cráteres, pero su perseverancia valió la pena. Videl, diciéndole un sí definitivo y con un beso en los labios, aceptó de una vez por todas ser su novia. Con el beneplácito del campeón, Shapner dejó en el pasado sus decepciones y sus derrotas consagrando su nuevo y restaurado yo.
Yendo más allá, muchísimo más allá, Shapner se imaginó recibiendo su diploma de secundaria celebrando con gran regocijo su triunfo académico con el resto de sus compañeros de salón y, por supuesto, con Videl. Ella, luciendo un precioso vestido, lo escoltó hasta la pista de baile donde materializó otro de sus ilusiones con Videl: bailar.
Las imágenes mentales no pararon de bombardearlo, éstas fueron incrementándose mostrándole exactamente lo que él quería ver. Y llegando a la cumbre de sus visiones, Shapner contempló una versión de sí mismo mucho más vieja y adulta. Videl, igualmente más madura, cargaba en brazos un bebé cuyos mechones dorados no daban pie a ninguna incógnita sobre quién era el padre.
Sí, ese era un hipotético porvenir aún muy distante. Pese a eso, Shapner daría lo fuese por verlo hecho realidad.
– ¡El siguiente! –alzando la voz para ganarse su atención, la cajera que atendía la boletería le hizo un par de ademanes detrás del cristal.
– Ahh, disculpa. Me distraje.
– Sí, lo noté.
Sonriente, más ilusionado que nunca, Shapner hizo su compra sabiendo que ese era el primer escalón que lo llevaría hasta la cima.
– Dame dos boletos para: En el amor y en la guerra.
– Claro, un segundo.
Minutos después, y ya con los pasajes en su bolsillo, Shapner se aproximaba al punto donde Videl y él se separaron cuando, de repente, oyó varias risas a su costado que lo hicieron voltearse descubriendo que provenían de una pareja a unos metros de él. Eran un par de adolescentes que, como Videl y él, daban la impresión de estar en una cita.
Shapner, con disimilo y sin saber muy bien por qué, se les quedó mirando viendo como ambos congeniaban entre sí exhibiendo expresiones de entusiasmo que se amalgamaban con vívidos sonrojos. Se notaba que estaban enamorados, eran sólo un dúo de jóvenes compartiendo sus mutuos sentires sin tener nada que ocultar o temer.
Y al mirarlos, al espiarlos, una corriente eléctrica lo sacó de su zona de confort empujándolo al otro extremo del espectro. Petrificándolo, como si estuviese al borde de un empinado acantilado, la voz de la Videl de sus fantasías regresó desde el agujero donde la enterró. Y ella, nuevamente, le susurró al oído mientras Shapner continuaba cohibido en sus pensamientos.
A ella no le importas…
Ella no siente nada por ti…
Su sonrisa no es más que una máscara…
– Cierra la maldita boca–respondiéndole en voz muy baja, Shapner trató de alejarla de él–ya te lo dije, no voy a prestarle atención a un invento de mi imaginación.
Ella está fingiendo…
A ella sólo le provocas lástima…
Te ha estado mintiendo desde el principio…
– ¡Cállate, no pienso seguir escuchándote!
Pero, quisiera aceptarlo o no, aquello rompió su burbuja forzándolo a ver las cosas desde un ángulo nada esperanzador.
La Videl de antes jamás vería, por ningún motivo, una película romántica ni aunque su existencia misma dependiera de ello. La Videl que lo enamoró hubiese preferido, fehacientemente, enfrentarse a una treintena de ladrones armados antes de poner un pie en una sala de cine. La Videl de antaño, la Videl que idolatraba, no estaría allí teniendo una cita con él.
El orden natural de las cosas dictaminaba, con frialdad, que Videl debía permanecer lejos de su alcance sin importar cuánto se esforzara por acercarse a ella. Shapner, como si viajase en un bote sin timón, no podría cambiar el curso de la corriente presenciando como Videl se alejaba de él hasta quedar fuera de su horizonte. Le gustara o no, así estaba escrito y así tenía que ser.
– No, eso no es cierto. Nada de eso es cierto…
Y literalmente, como si las garras del averno lo hubieran arrastrado hasta sus fauces, el utópico futuro que Shapner dibujó para él y Videl fue agrietándose, una pieza a la vez, cayéndose al piso quedando sólo fragmentos rotos e irreparables. Ya llegaría la hora de admitirlo, ya llegaría la hora de quitarse la venda y aceptar los hechos:
Videl nunca sería para él.
– Lamento la demora–sobresaltándolo, Videl lo sorprendió al reaparecer de la nada– ¿ya compraste los boletos?
– Sí, aquí los tengo.
– ¿En cuál de todas las salas proyectan la película?
– El boleto dice que en la sala número catorce–esforzándose por despejar su nublada mente, Shapner fue revisando cada sala hasta que se topó con la que buscaba–ya la encontré, está por allí.
– Bien, vamos–sin demoras, Videl no titubeó caminando hacia allí a toda máquina pero, deteniéndose a los pocos segundos, se giró hacia atrás arqueando una ceja al ver que Shapner no la seguía– ¿pasa algo?
– No, no pasa nada.
– ¿Seguro, pareces un poco distraído?
Tomándolo de la mano y apegándose a él, Videl no se imaginaba que ella producía en Shapner el mismo efecto somnífero que él causaba en ella. Al percibir la suavidad y la calidez de su piel, Shapner se liberó de la angustia y las sospechas que lo acorralaban siendo catapultado, otra vez, hasta el irreal paraíso que él fabricó en su cabeza donde ella lo amaba y eran el uno para el otro.
Y allí, en medio de un jardín repleto de sueños, el rubio fue recuperando su fortaleza llenándose nuevamente de fe. No se precipitaría, no la presionaría, ni tampoco la agobiaría como solía hacerlo en el pasado. Alejaría de él toda inseguridad, mentalizándose en alcanzar la meta que se propuso en aquella cama de hospital donde reposó por dos interminables semanas.
– Discúlpame Videl, es sólo que aún no termino de creer que estemos aquí.
Sin entender, Videl iba a hablarle cuando Shapner tomó la delantera.
– Esto te sonará extraño, pero empecé a tener miedo que en realidad no quisieras estar conmigo–decidido a cristalizar las promesas que se hizo a sí mismo, Shapner avivó su decaído semblante sin presagiar la veracidad de sus temores–pasé tantos años de mi vida deseando una oportunidad para demostrarte lo que siento por ti que, al verme finalmente junto a ti, temí que sin importar cuánto lo deseara jamás podría hacer que me amaras de verdad. Temí que mi destino no fuese estar contigo.
Agachando la vista a sus pies, Videl asimilaba las verdaderas dimensiones del daño que sus mentiras habían gestado en Shapner. Él, completamente enloquecido por ella, estaría dispuesto en cruzar un campo minado con tal de enamorarla de él. Con cada falsa sonrisa, con cada beso fingido y con cada caricia engañosa; la bola de nieve se agrandaba más y más rodando hacia ellos.
Y, tarde o temprano, esa enorme bola de nieve los terminaría aplastando.
– Lo sabía, sabía que te sonaría extraño–riéndose de sí mismo, un fascinado Shapner no se percató de la palidez abismal que decoloró la tez de Videl– ¿antes que entremos a la sala te gustaría que comprara algo para comer, tal vez una canasta de palomitas de maíz?
– No, no tengo hambre–sacudiéndose, Videl le replicó con prontitud–lo mejor sería que no comiéramos nada por ahora, recuerda que mi padre nos espera a los dos para cenar y me aseguró que nos recibiría con un gran banquete sólo para nosotros.
– Vaya, es cierto. Lo había olvidado–Shapner, comenzando a caminar, aún se le dificultaba digerir la idea de que en unas cuantas horas conocería al héroe más grande del mundo–espero causarle buena impresión a tu padre, sinceramente no me imaginaba que lo conocería tan rápido.
– Así es mi padre, cuando quiere algo lo quiere cuanto antes. A papá no le gusta esperar.
– Vuelvo a decirlo, ojalá le caiga bien a tu padre…
Presentando sus boletos ante el acomodador que cuidaba la puerta de la sala, Shapner y Videl no se demoraron mucho en ponerse cómodos en una de las últimas hileras de asientos aprovechando que no había mucha gente cerca de ellos. Instantes más tarde, las luces se apagaron cobijándolos en una densa negrura que fue derrotada por la intensa luz del proyector que bañó la pantalla.
Y Shapner, como el galán juvenil que siempre creyó ser, no perdió la oportunidad para extender su brazo izquierdo para abrazar a su bella musa. Aunque Videl, mirando hacia el frente extraviada en sus meditaciones, se reclinó buscando refugio en él huyendo nuevamente de sus propios fantasmas. Era un error tremendamente egoísta, pero aquello la hacía sentir libre de pecado.
Era una heroína para muchos; no obstante, ella misma se definiría como una villana.
Si las personas de la ciudad se asustaban e impresionan con las tormentas eléctricas que allí se daban; sin lugar a dudas, éstas morirían horrorizados si pudiesen atestiguar las tempestades que azotaban con regularidad en las exóticas montañas Paoz. Aquello resultaba un espectáculo bellísimo; pese a la violencia de los truenos y los relámpagos, era una verdadera maravilla natural.
Su reloj, marcando casi las nueve en punto, le decía que debió haber vuelto a su hogar hacía muchísimo tiempo. Y conociendo a su madre, ella debía estar experimentando una mezcla de preocupación y de enojo que, al regresar a casa, Gohan no dudaba en que lo castigaría de por vida. Milk, siendo la esposa de un saiyajin, ostentaba un carácter impropio para ser una simple humana.
Gohan, sentando encima de una colosal roca y aún llevando puesto su uniforme de superhéroe, permitía que las ráfagas de viento y que millones de gotas de agua cayeran sobre él empapándolo por completo. La cual, actuando como un calmante, iba apaciguando poco a poco su temperamento envolviéndolo en una tenue y blanquecina capa de vapor.
– ¿Acaso hice lo correcto o debí haber terminado con esto de una buena vez? –Se preguntó Gohan al abrir y cerrar las manos con ansiedad–casi me les acerco, si lo hubiese hecho estoy seguro que este infierno ya se habría acabado.
Forzado por las circunstancias, Gohan sabía que no tuvo más alternativa que ir detrás de ellos a toda costa. La rabia, todavía corriendo por sus venas, elevó su temperatura corporal a tal grado que sería capaz de fundir el acero con el mero hecho de tocarlo. Y la lluvia, evaporándose al contacto con él, tercamente se empecinaba en hacerle frente a su confundida mente.
El clima, compartiendo sus sentires, rugió sin mesura haciendo retumbar tanto el cielo como la tierra. Armándose de valor, enjaulando a la bestia que residía muy en lo profundo de su alma, Gohan respiró con pesadez adentrándose en sus frescos recuerdos reviviendo paso a paso sus acciones que, para bien o para mal, lo hicieron terminar justo donde se encontraba ahora.
Como una sombra imperceptible, Gohan consiguió mantenerse a una corta distancia de Videl y Shapner sin que estos se percatasen de él. Los siguió por varias cuadras de la ciudad viéndolos pasear mientras conversaban, continuaron así hasta que entraron en un antiguo cine escapándose de los vigilantes ojos de Gohan quien se vio obligado a detenerse y a replantear sus actos.
– No tengo más salida, tendré que aterrizar y acercarme pero el traje será un problema…
Aterrizando en un callejón, Gohan se posó detrás de un gigantesco y muy oloroso contenedor de basura el cual le brindó un magnífico escondite. Seguro, con la tranquilidad de no ser visto por ninguno de los muchos peatones que caminaban en direcciones opuestas, el hermano mayor de Goten desactivó su disfraz regresando a su inofensiva y nada sobresaliente apariencia.
No queriendo perderlos de vista, Gohan se apresuró a reencontrarlos esquivando a los transeúntes hasta llegar a la entrada de aquel sitio. Con cuidado, tomando precauciones para no ser descubierto, Gohan ingresó allí con lentitud usando sus habilidades de peleador para localizar el ki de Videl y Shapner. Gracias a esa especie de radar, dio con ellos en menos de un parpadeo.
Ocultándose con la complicidad de una columna, Gohan los buscó visualmente hallando a Shapner quien esperaba su turno para comprar sus boletos. Por medio de la detección de ki, Gohan ubicó a Videl en otro punto del cine notando, con rapidez, como la energía de la otrora justiciera fluctuaba de forma inestable. Aquello, sutilmente, hablaba de la ambivalencia que ella guardaba por dentro.
– Cuando llegue a casa, mamá va a matarme–comprobando la hora, luego de intentar no hacerlo, Gohan se susurró a él mismo imaginándose la reprimenda que ella le daría al verlo–ya se me ocurrirá alguna excusa…
Inesperadamente, interrumpiendo su efímero monólogo, vio como Videl se abría espacio entre las personas allí reunidas acercándosele más y más a Shapner quien, murmurando, como si discutiese con alguien, parecía perdido en sus cavilaciones. Y al mirarla, al enfocarse en ella, Gohan hizo algo que lo llenó de una brutal vergüenza y de una gratificante culpa: admirar su belleza.
En el salón de clases, al ver su notorio cambio de vestuario, Gohan no pudo resistirse a darle unas cuantas miradas furtivas. No obstante, sintiendo más confianza al estar de incógnito, el propio Gohan fue explorándose a él mismo descubriendo nuevos rasgos de su personalidad muy característicos de un joven en plena adolescencia.
Meses atrás, en una reunión con sus amigos, Yamcha y Krilin comenzaron a bromear con él sobre dicho escenario. Ellos, conociendo el ambiente que allí encontraría, le aconsejaron a Gohan cuál táctica era la más indicada para congeniar con una chica y, más importante aún, cómo gustarle. Gohan, avergonzado hasta la médula, alegaba reiteradas veces que él no iría a la escuela para eso.
Empero, teniendo que reconocerlo, Gohan se atrevió a usar una frase que oyó de Yamcha en miles de ocasiones:
– Se ve guapísima…
Sí, lo admitía aunque se moría de la vergüenza: le encantaba como se veía, inclusive, le atraía.
– Lamento la demora–viéndola reunirse con Shapner, Gohan a duras penas podía escucharlos hablarse el uno al otro– ¿ya compraste los boletos?
– Sí, aquí los tengo.
En sus primeras semanas en la preparatoria y al ser testigo de la labor heroica de Videl, ella se ganó el respeto y la admiración de Gohan quien la consideraba como una de las luchadoras más fuertes que ha conocido. Su talento para las artes marciales era incuestionable, desbordaba una destreza y una agilidad al combatir que la respaldaban como una oponente muy difícil de vencer.
Su compañía también le resultaba divertida, máxime cuando ella lo perseguía con su helicóptero agitando sus puños al aire por la frustración de no poder desenmascararlo. En fin, tanto su idealismo como su humor le eran agradables. Sin embargo, en ese preciso instante, Gohan le daba a su hermosura la importancia que se merecía.
La miró con atención, comenzado por sus pequeños pies que lucían elegantes por esas zapatillas que la hacían lucir ligeramente más alta. Escalando por sus torneadas y descubiertas piernas, Gohan ascendió hasta su cintura concentrándose en su rostro. Su cabello, que normalmente permanecía atado con dos coletas, caía libre enmarcando su cara con su brillante negrura.
Y combinándose con el negro de sus mechones, el intenso azul de sus pupilas era como un imán que no le permitía apartarse. Ante tal cosa, Son Gohan, el tímido primogénito de Son Goku, se deshizo de las evasivas y los pretextos sincerándose con él mismo: Videl Satán era lo más hermoso que se había cruzado en su camino, y más allá de eso, le gustaba. Le gustaba muchísimo.
Así es, el niño llorón y asustadizo que creció fuera de la civilización se quedó en el pasado. El Gohan actual era el siguiente escalón en su evolución personal, todavía se apenaba con facilidad y su innata timidez le dificultaba desenvolverse con libertad pero, sin dar marcha atrás, su madurez lo estaba conduciendo por el zigzagueante sendero de la pubertad presentándole retos y desafíos.
– Vuelvo a decirlo, ojalá le caiga bien a tu padre…
Pero, sacudiéndolo y arruinando su honesta introspección, la voz de Shapner al platicar con Videl le recordó por qué se hallaba ahí y cuál era su misión. Viéndolos acceder a una de las salas, Gohan lamentó su mala suerte al darse cuenta que no llevaba consigo ni un centavo. Haciéndole, legalmente, imposible de entrar allí para proseguir con su espionaje.
Si bien era un inconveniente significativo, Gohan esbozó una media sonrisa al olvidarse de los métodos más ortodoxos para recurrir a los poderes que su progenitor le heredó. En un santiamén, rompiendo los límites establecidos, Gohan aceleró a tal extremo que sorteó a todo aquel que se situaba allí sin que nadie pudiese tan siquiera percatarse de su vertiginosa estampida.
Un segundo antes que el acomodador bloqueara la entrada, Gohan logró colarse deteniéndose en seco al sacarle provecho a las tinieblas que reinaban en esa amplia habitación. Así pues, sin tomarse un instante para pensar, Gohan se sentó tan cerca de ellos como pudo ubicándose en un área donde podía verlos y oírlos sin ser sorprendido por Shapner o Videl.
Proyectándose ante él, la pantalla prosiguió con su tarea de entretener a sus espectadores mostrándoles avances y adelantos de futuras entregas cinematográficas muy prontas a ser estrenadas. Gohan, por su parte, quedándose muy silencioso para no hacerse notar, se hundió en su asiento sin dejar de observarlos.
Era una actitud muy irrespetuosa irrumpir en la privacidad de otros, aquello iba en contra de las enseñanzas y modales que su madre le inculcó desde muy chico; no obstante, Gohan lo sentía como un deber. Su intención era descubrir y estropear lo que sea que Shapner estuviese planeando, al más mínimo atisbo de exceso Gohan intervendría.
– Me da mucha vergüenza contarte esto pero de seguro te causará risa–Shapner, platicándole en voz muy baja a Videl, se carcajeó con levedad al confesarle un secreto.
– ¿De qué se trata? –sin tener idea de a qué se refería, Videl le consultó con auténtica curiosidad.
– Sólo prométeme que no se lo dirás a nadie, nunca lo he dicho abiertamente porque dudo que lo logre realizar algún día.
– De acuerdo, no le diré nada a nadie.
– Regularmente, practicaba ante el espejo de mi habitación tratando de encontrar el discurso correcto para salir contigo–comentándole, Shapner se detuvo por una tentativa de risa para posteriormente reanudar su anécdota–y al practicar día a día descubrí que me gustaba hablar en público, sé que muchos me consideran un fanfarrón y hablador pero lo hacía porque en verdad lo disfrutaba.
– Pues en eso tienes razón, por pasarte de listo te sacaron del salón en más de una ocasión–haciendo memoria, Videl evocó las incontables veces en que los maestros lo expulsaron de sus lecciones por sus constantes chistes y bromas.
Gohan, oyéndolos muy atentamente, sólo se enfocaba en ellos.
– Y me lo merecía. Pero volviendo a lo que te decía, al estar parado por varias horas frente a mi espejo me di cuenta que quería dedicarme a la actuación. Quería convertirme en actor.
– ¿En serio?
– Sí–le contestó para seguidamente apuntarle con un dedo a la pantalla–mira a esos sujetos, son jóvenes, talentosos, exitosos y famosos. Me gustaría ser como ellos, me gustaría ser uno de ellos. Lo he meditado en un par de ocasiones y aunque he descartado la idea, siempre vuelve: cuando me gradúe de preparatoria, me encantaría entrar en una escuela de actuación. Primero probaría suerte en el teatro; y si me va bien, haría audiciones para ser actor de televisión o de cine.
– ¿Creía que tu sueño era convertirte en mecánico de motocicletas? –Cuestionándole, a Videl le resultó muy surrealista imaginarse a Shapner siendo la estrella de una película–muchas veces te oí decir eso; incluso mencionaste que deseabas ahorrar dinero para comprarte una motocicleta.
– Y es verdad, no mentía. Sólo que conservaba en secreto mi otro sueño–aclarando su duda, Shapner fue abriéndose más con ella–si tuviese una motocicleta te llevaría de paseo a todas partes. El motociclismo y la actuación son cosas que me maravillaría poder concretar.
– Quién sabe, tal vez algún día seas actor de riesgo y te contraten para ser el doble de una superestrella de cine.
– Pues no suena nada mal.
– Y no tienes por qué sentir vergüenza por algo así, a mí no me parece gracioso.
– Gracias Videl, aprecio mucho tu apoyo–estrechando aún más el abrazo que los unía, Shapner posó su barbilla en la cabeza de Videl–sé que suena como un simple sueño, pero te prometo que lo intentaré, ya verás que lo lograré…
"Ya lo lograste, grandísimo farsante"–hablándole internamente, a Gohan le parecían patéticos los esfuerzos de Shapner por lucirse ante Videl.
A pesar de sus mofas y recelos mentales, no era Shapner quien se comportaba como una verdadera estrella de cine. Videl, engañándolos a los dos con su conducta, podría ser merecedora de un premio por su magistral actuación. La cual, sumergida en su papel, no se apartó del culposo refugio que Shapner le ofrecía en su pecho.
Y Gohan, al verla tan a gusto junto a Shapner, dibujó una expresión de molestia y desagrado que sólo evidenciaba más la creciente envidia que lo embargaba. Había rescatado a Videl de tiroteos, persecuciones y de un edificio en llamas sacándola de allí al cargarla en sus brazos. En aquel entonces se avergonzaba por su proximidad; empero, ahora la echaba muchísimo de menos.
Odiaba tener que admitirlo, pero Shapner jugó muy bien sus cartas sabiendo cuándo hacer su apuesta. Si bien Gohan podía alcanzar velocidades supersónicas al volar o correr, en cuestiones amorosas Shapner demostraba ser mucho más rápido que él. Enojado, más consigo mismo que con Shapner, volvió a enfocarse en ellos al notar que la película finalmente comenzó.
E inesperadamente, sin tener la intención, Gohan se descubrió a sí mismo mirando la película hallando cierto paralelismo entre la historia que el filme le narraba y lo que él vivía. La cinta, el ser del tipo romántico, mostraba a dos jóvenes enamorados que se amaban a escondidas temiendo que, al ser atrapados, serían separados por toda la eternidad al estar comprometidos con otros.
Pero más allá de eso, Gohan veía un motivo más para no bajar los brazos. No sólo se limitaría en detener a Shapner por aprovecharse del dolor de Videl para hacerla caer en sus redes; sino también, que lucharía contra su retraimiento y languidez envalentonándose para pretender algo con ella. Aún así, antes de tan siquiera intentarlo, primero debía confesarle otra clase de secretos:
Su herencia saiyajin.
Su pintoresco álter ego justiciero.
Su protagonismo en el Torneo de Cell.
Esos eran factores nada fáciles de explicar, eran asuntos muy peliagudos de tocar. Y pese a lo improbable que sonaba, Gohan intuía que Videl sí le creería además de querer saber más. Sin temor a equivocarse, Gohan pensaba que Videl mejoraría en sobremanera si ella aprendiese a controlar el ki. Asimismo, ella dejaría de sentirse inferior al Gran Saiyaman por sus destrezas.
Y al profundizar en ese tema, Gohan chocó contra un casi impenetrable muro de ladrillos. Videl aborrecía al Gran Saiyaman, lo detestaba como nunca antes detestó a alguien más. Lo responsabilizaba de sus tormentos e, indirectamente, por el disparo que Shapner recibió en su hombro en aquella escaramuza con unos cuantos asaltantes.
Honestamente, no sabía cómo reaccionaría Videl cuando le confesase su verdadera identidad. Semanas atrás, poco después del incidente de Shapner y su hospitalización, Gohan intentó desenmascararse ante ella pero Videl lo detuvo diciéndole que ya no le interesaba saberlo y, más grave aún, lo alejó de ella exigiéndole que jamás volviera aparecer en su presencia.
Se encontraba en una encrucijada que parecía no tener solución. Tal amarga experiencia, le hizo ver más de cerca los conflictos y dificultades que los seres humanos normales enfrentaban a diario. Ni Picorro con sus entrenamientos ni las brutales luchas que atestiguó en su infancia, lo habían preparado ni remotamente para lidiar con situaciones de esta índole.
– Apuesto que si Ireza nos hubiera acompañado, estaría llorando a mares con el final.
– Eso es más que obvio, a ella le fascinan este tipo de cosas.
Acabándose la película, Gohan tuvo que triplicar su sigilo cuando las luces se encendieron y la audiencia se retiraba con lentitud de la sala. Percatándose que Shapner y Videl se levantaban para irse, el hermano mayor de Goten se vio obligado a lanzarse al suelo ocultándose, debajo de los asientos, en el instante exacto cuando ellos pasaron a muy pocos metros de su butaca.
Rodeado entre millones de palomitas de maíz abandonadas y restos aplastados de goma de mascar, Gohan se quedó así por unos minutos hasta que creyó seguro retomar su vigilancia. Tal cosa no representó un obstáculo para él, repitiendo el truco que usó para entrar allí, Gohan salió disparado sintiendo como los ki de ambos se movían más y más lejos del cine.
Era tan agobiante su ansiedad por no quedarse rezagado, que Gohan prefirió seguir corriendo sin cubrirse con su disfraz de superhéroe. Aún así, con la noche ya pintando de negro el cielo, Gohan se vio protegido por el velo nocturno que lo ayudó ofreciéndole cuantiosas sombras donde guarecerse cuando lo necesitase.
– Quiero darte las gracias, Shapner. Hace mucho tiempo que no hacía algo diferente a mi acostumbrada rutina, jamás pensé que me caería tan bien un respiro como este.
– Fue un placer, Videl. Sabes que yo sólo quiero lo mejor para ti. Además, tener una cita contigo era un sueño que arrastraba desde hacía muchos años.
Detrás de una caseta telefónica, Gohan los alcanzó consiguiendo oír la conversación que compartían mientras se enrumbaban a la mansión del campeón mundial.
– Sé que tal vez es un mal momento, pero me gustaría hacerte una pregunta–Shapner, yendo con cautela, dejó intrigada a la primogénita de Mr. Satán.
– ¿De qué se trata?
– No quiero presionarte ni nada, sé que quieres un tiempo lejos de todo pero–construyendo sus argumentos, el rubio se detuvo volteándose hacia ella– ¿crees que algún día vuelvas a ayudar a la policía como lo hacías antes?
– Yo…
– Si no quieres responderme, lo entenderé.
– Es complicado, Shapner. Es complicado–murmuró Videl al recordar a cierto individuo enmascarado–al principio me alejé de todo eso porque comprendí que ya no daba la talla, el Gran Saiyaman era capaz de hacer mil veces mejor que yo cualquier cosa. Vuela, tiene súper fuerza, las balas no lo lastiman. Es prácticamente invencible, yo no tendría nada que hacer estando a su lado…
– Pero Videl…
– Y luego, al pensarlo con más calma, me di cuenta de otra verdad: sin importar cuánto me esforzara, no tenía sentido continuar–interrumpiéndolo, Videl se quitó por un instante la máscara que usaba por rostro mostrando su verdadera cara–arresté a muchos criminales, no recuerdo exactamente cuántos pero eran muchísimos y la gran mayoría, sin excepción, terminaban libres unos días después gracias a que pagaban su fianza.
Shapner, y también Gohan, le prestaban su total atención.
– Los delincuentes son como la mala hierba, no importa cuántas veces la cortes ésta siempre vuelve a crecer–Videl, con honestidad, no escondía su decepción por el sistema judicial de Ciudad Satán–día tras día, la historia se repetía. Detenía a unos asaltabancos, meses más tarde, esos mismos sujetos estaban robando una joyería. No tiene caso que regrese; aunque el Gran Saiyaman desapareciera por arte de magia yo no regresaría. Me cansé de cortar la hierba Shapner, me cansé.
– Te soy sincero Videl, nunca lo había pensado de esa forma. Lo que dices tiene mucha lógica, y me alegra comprenderte un poco más.
– Siento que ya cumplí mi ciclo, ya di todo lo que tenía que dar. Ahora sólo deseo terminar la secundaria, ir a la universidad y ver qué me depara el futuro.
Futuro, una palabra que terminó de empujar a Shapner para hacerle la gran pregunta.
– Quisiera hacerte otra pregunta, Videl. Y perdona mi insistencia, pero esta pregunta tiene mucho significado para mí.
– Dime…
– Me imaginé a mí mismo diciéndote esto tantas veces que, ahora por fin lo haré, no sé cómo decirlo.
– Pues inténtalo, dime qué es…
– Te amo, Videl. Te lo he dicho durante años, una y otra y otra vez–directo al grano, el corazón de Shapner bombeaba con tanto ímpetu que incluso Gohan lo escucha desde su escondite–ya no aguanto más, quiero preguntártelo ahora mismo y aceptaré tu respuesta sea cuál sea…
Videl, mordiéndose la lengua, genuinamente no sabía cómo se suponía que debía reaccionar a algo así.
– Quiero ser tu novio y algún día tu esposo–hechizado por el azul de sus ojos, Shapner se lanzó al precipicio– ¿quieres ser mi novia, Videl?
Dando un inestable paso al frente, el cuerpo de Gohan se petrificó como si éste intentase detener una desgracia. Por dentro, su lado más salvaje y bestial, luchaba con todo su poder deseando escaparse de la prisión que lo retenía desde la batalla con Cell siete años atrás. Shapner, sin quererlo, estaba a punto de sacar de su jaula a la faceta más violenta de Son Gohan.
El ambivalente conflicto que padecía amenazaba, irremediablemente, con hacerlo a cruzar la delgada línea de lo moral. Sus manos querían triturarlo, sujetarlo de su cabeza aplastando su cráneo como si fuese una nuez. Golpe tras golpe, puñetazo tras puñetazo, Gohan le borraría esa sonrisa hipócrita haciéndole vivir el mismo miedo que Cell sintió al verlo fuera de sí.
Con los dientes apretados y sus uñas cortando su propia piel al estrujar los puños, la adrenalina recorría sus venas que se marcaban en su faz enrojecida. Se hallaba a un milímetro de teñirse de dorado, y al cubrirse con aquel manto de oro, el Gohan racional se marcharía permitiendo que la ira demoliera su nobleza convirtiéndose en un hombre poseído por la crueldad.
Aún así, como si Kamisama o las demás deidades del universo lo sujetaran, aquello no sucedió. El animal, por el momento, continuaría enjaulado.
– ¿Qué respondes, Videl? –Shapner, incauto del peligro que asechaba en sus cercanías, la atrajo hacia él cerrando la diminuta brecha entre ellos–sea cuál sea tu respuesta, la aceptaré y la respetaré. Tienes mi palabra…
Videl, deseando que todo aquello no fuese más que una horrible pesadilla, levantó su vista mirando directamente a Shapner. Videl le creía, sabía que él estaba locamente enamorado de ella. No era necesaria ni una prueba más, ella hallaba verdad en sus palabras. Y al mirarlo, al estudiar su expresión de impaciencia y esperanza, Videl tomó su decisión.
Nunca fue su intención enamorarlo, nunca buscó ni pretendió embrujarlo a tal extremo. Tal vez tardaría décadas en comprender cómo lo condujo a ese precipicio, o tal vez jamás llegue a comprenderlo. Aún así, sucumbiendo ante el egoísmo y su ambición por saldar sus deudas con él, Videl coronó sus muchos errores con el que será el error que la marcará de por vida.
Su conciencia exclamó un rotundo "no"; sus labios dijeron lo contrario:
– Sí…
– ¿Qué dijiste? –Era tal su expectación, que no pudo entender la voz casi inaudible de Videl–no te escuché bien…
– Dije sí, sí quiero…–conteniendo su desbordante nerviosismo, sabiendo las consecuencias de sus acciones, Videl le rogaba a la tierra bajo sus pies que se la tragara ahí mismo–has sido muy amable conmigo, más de lo que merezco. Fui tan cruel contigo tantas veces, te tiré a la basura sin pensar en tus sentimientos. No quiero lastimarte otra vez…
– Videl, yo…
– Por favor, sé paciente conmigo. No sé mucho de esto, nunca he estado con nadie antes. Al menos creo que podemos intentarlo…
¿Escuchó bien?
¿Era esto acaso otro de sus incontables sueños?
¿Su mente se burlaba de él haciéndole escuchar lo que siempre quiso oír?
¡No!
¡Definitivamente no!
¡Esto era real, muy real!
Impulsivo, queriendo constatar que no era víctima de una maravillosa ilusión, Shapner la apretó contra su cuerpo robándole un beso que selló su triunfo. Fue un beso que comenzó duro, al prolongarse fue volviéndose más pasional al ser correspondido por una Videl anestesiada por su placebo. Pero más allá del simple acto de besar, fue una caricia que marcó un antes y un después.
Atrás se quedaron las decepciones, las fantasías y las eternas especulaciones. Poco le importó estar en la vía pública y ser visto por quién sea, incluyendo a Gohan, a Shapner ese instante le retribuía su larga lista de fracasos otorgándole la potestad de decir ante el interminable cosmos que Videl era su novia. Sí, al fin se hizo realidad: Videl Satán, su primer gran amor, era su novia.
Su novia.
– Gracias, gracias, gracias–le susurraba Shapner al darle pequeños besos consecutivos–te amo, te amo tanto Videl…
Y simultáneamente, sin tan siquiera sospecharlo, su colisión con el Gran Saiyaman ya era más que inminente.
– Deberíamos apurarnos, está empezando a llover–prestándole más atención a las punzantes y delgadas gotas de agua que caían sobre su rostro, Videl lo separó levemente de ella–no quiero que lleguemos empapados a cenar con mi padre.
– Claro, vámonos ya…
Gohan, sin mover ni un dedo, los vio alejarse al irse intensificando la lluvia que caía acompañada de truenos y relámpagos. Los miró hasta que se disiparon en el paisaje urbano, difuminándose entre las luces artificiales que iluminaban la ciudad menos a él. La oscuridad, aliándose con él, lo arropó al irse mojando más y más con el aguacero que se mofaba de su torpeza.
Súbitamente, catapultándose a él mismo, Gohan emprendió el vuelo activando su traje de superhéroe internándose en la densa capa nubosa que se extendía por kilómetros encima de Ciudad Satán. Imparable, como un cohete que viajaba al espacio, el justiciero rompió la barrera del sonido superando con creces el eco de sus propios gritos y rugidos.
Algunos rayos, uno tras otro, lo golpeaban alimentando con su electricidad su ya de por sí volátil ki que titilaba entre traslúcido y rubio. Así pues, habiendo recorrido en un santiamén una distancia kilométrica, Gohan fue volando en picada avistando el bosque que caracterizaba a las montañas Paoz. Y comportándose como un meteorito viviente, no se molestó en disminuir su velocidad.
– ¡Ahhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhh!
Creando un profundo cráter, Gohan impactó el suelo rocoso dejando una destrucción que ni una veintena de bombas podrían igualar. Y en el fondo de aquel agujero, debajo de los escombros y de los trozos de afiladas piedras, un agitado Son Gohan respiraba con pesadez arrastrándose en el fango viéndose tentado a sentarse en una roca contemplando las constelaciones arriba de él.
– Papá, necesito tu ayuda. Necesito saber cómo apaciguar esta sed de sangre que me invade.
Le gustase o no, quisiese o no, Gohan ya no era capaz de ignorar ni de darle la espalda a sus instintos. Los saiyajin, por naturaleza, amaban el caos y la lucha. Para ellos no existía el diálogo ni la diplomacia, nacían como unos salvajes y morían como unos salvajes. Resignado, aceptando su destino, Gohan sospechaba cuál sería la contestación de su padre a su cuestionamiento: pelear.
Cuando el espíritu de un saiyajin pide una pelea, éste no se tranquilizaría hasta obtenerla.
Fin Capítulo Catorce
Hola, muchas gracias por leer otro capítulo de este fic. Fue tan raro imaginarme a Videl siendo la novia de otro que no fuese Gohan, fue una escena que agradezco que no sea real en la serie. No tengo nada en contra de Shapner, confieso que he llegado a tenerle más simpatía por medio de este fic; sin embargo, en mis adentros sigo pensando que Videl es sólo de Gohan. Y viceversa.
Pero, como he dicho hasta el cansancio, este fic es un experimento y me divierto mucho viendo todas las posibilidades tanto buenas como malas. Al ver que este es el catorceavo episodio recuerdo que esta historia iba a ser un One-shot en un principio, definitivamente era una idea que merecía expandirse y analizarse con más detalle. Me alegra ver cómo se ha desarrollado.
Ya para concluir por hoy, les comento que la película que ven en el cine Gohan, Videl y Shapner está basado en el fic: En el amor y en la guerra, escrito por mí querida y estimada amiga la autora Videl Tateishi. Quise hacerle un pequeño guiño a su fic, y si tienen el tiempo, les recomiendo ampliamente su historia. Estoy seguro que les encantará tanto como a mí.
Bueno, ya fue demasiada palabrería, no quiero aburrirlos. Les doy las gracias a Ferunando, Cecick C Iugetsoiru, y a Majo24 por sus comentarios en el capítulo anterior.
Gracias por leer y hasta la próxima.
