Disclaimer: Ni Dragon Ball ni sus personajes me pertenecen.

Capítulo 15

Deteniéndose por un segundo, Mr. Satán podía escuchar con toda claridad como la lluvia caía con fuerza sobre su mansión provocando, literalmente, una especie de rugido que se esparcía desde el techo hasta el rincón más apartado de su residencia. Era tan fuerte y estruendoso el sonido del agua cayendo por encima de él, que se le hacía imposible escuchar cualquier otra cosa.

Tal ruido causó que, instintivamente, se diera la vuelta mirando al fondo de su oficina el retrato de su esposa fallecida. A ella, o mejor dicho a ambos, les encantaba cuando ya era hora de dormir y una intensa tormenta se manifestaba. La tempestad, lo supiese o no, generaba una atmósfera de intimidad y cercanía que los empujaba a buscarse bajo las sábanas fundiéndose en un abrazo.

Cerrando los ojos, sintiendo como un escalofrío recorría sus nervios, Mr. Satán evocó aquellas noches cuando sus callosas manos acariciaban la tersa piel de su mujer demostrándole, en cuerpo y alma, todo el amor que él poseía únicamente para ella. Nunca olvidará aquellos momentos acompañados por una enfurecida llovizna, momentos que ahora sólo existían en su memoria.

Extrañándola, resignándose por millonésima vez ante su viudez, el campeón mundial retomó sus acciones terminando de abrochar su esmoquin diciéndole a su amada que sus intenciones eran nobles a pesar de lo ruines que fuesen sus métodos. Así pues, teniendo a Videl en su mente, Mr. Satán se dio un vistazo en un espejo cercano comprobando que lucía lujosamente impecable.

– Señor, lamento interrumpirlo–Sashimi, el veterano mayordomo de la mansión, entró en su oficina sin tomarse la molestia de primero golpear la puerta–quería informarle que la mesa y la cena ya están preparadas; y cómo lo ordenó, incluimos una silla más para su invitado de esta noche.

– Muchas gracias, Sashimi–agradeciéndole, Mr. Satán se ladeó suavemente– ¿aún no ha llegado Videl con su amigo?

– No, Mr. Satán. La señorita Videl aún no ha llegado–le replicó en menos de un parpadeo–tan pronto como ella llegue se lo haré saber.

– Te lo agradecería mucho, Sashimi–tomando en cuenta el nada apacible clima, Mr. Satán se dispuso a darle una nueva instrucción a su fiel sirviente–conociendo a Videl apuesto que salió esta mañana sin un paraguas, envía a alguien a la entrada de la casa para que la reciba a ella y a su amigo.

– Sí, Mr. Satán–sujetando el pomo de la puerta, Sashimi se preparaba para retirarse– ¿necesita algo más, señor?

– No Sashimi, puedes retirarte.

Volviendo a encontrarse en soledad, el campeón caminó hacia una de las ventanas de su despacho mirando el paisaje exterior que le brindaba una panorámica envidiable de la ciudad. La oscuridad, en toda su gloria, compartía su lluviosa belleza con millones de luces artificiales provenientes de edificios, automóviles y postes de alumbrado público.

Como todo padre de una jovencita, y más si ésta aún no regresaba a casa, Mr. Satán se impacientaba murmurando el nombre de Videl una y otra vez como si tratase de invocarla por arte de magia. Su niña, ya siendo toda una señorita, terminaba de recorrer el difícil sendero de la adolescencia hallándose a muy poco de llegar a su inevitable adultez.

Y cuando ese instante llegue, Mr. Satán deberá soltarla permitiéndole a Videl tomar sus propias decisiones confiando en que ella hiciera las elecciones correctas construyendo su propio destino. Ella se marchará de su hogar buscando nuevos horizontes, se marchará emprendiendo un viaje en el cual él no podía acompañarla. Ese papel, le guste o no, le corresponderá a otro hombre.

– Confío en ti, Shapner. Confío en ti…

Shapner, sin imaginarlo, era la piedra angular que sostenía todo el plan de Mr. Satán para destruir definidamente al Gran Saiyaman. El campeón sabía que el superhéroe no era un sujeto común y corriente, comprendía que al estar relacionado con los individuos desconocidos que conoció en el Torneo de Cell era una amenaza difícil de eliminar volviéndose casi invencible.

Empero, por el amor a su hija, Mr. Satán cruzó la línea sabiendo que ya no había marcha a atrás.

¿Ayuda? –recordando su conversación con Van Zant, Mr. Satán volvió a oír la voz de aquel criminal dentro de su cabeza con toda nitidez–me temo; amigo mío, que te equivocaste de sitio. Esto no es una asociación de beneficencia, aquí no damos caridad.

Eso lo sé muy bien–luchando por mantener la calma y no cometer un error que le costara la vida, Mr. Satán le respondió con rapidez–he oído hablar de usted en los noticieros así que comprendo claramente las consecuencias de venir aquí pero, como le dije, le prometo que le pagaré el precio que usted me pida a cambio de su ayuda. Le aseguro que el dinero no es ningún problema para mí.

De acuerdo, te escucharé–apuntándole con un dedo, Van Zant cambió su expresión facial concediéndole su total atención–pero primero quítate esos anteojos oscuros y dime quién eres, no hago negocios con desconocidos.

Me parece justo, pero le suplico que no alce la voz.

Nervioso, apretando el maletín con dinero que traía consigo, Mr. Satán se quitó sus gafas de sol mostrándole su verdadera identidad al mafioso delante de él. Van Zant, habiendo visto su cara en la televisión y en miles de letreros por toda la ciudad, lo reconoció en un santiamén quedándose sin palabras al verlo. Estar con el héroe que derrotó a Cell no era algo que le sucediese a menudo.

Su ingenio criminal, activándose automáticamente, le lanzó varias posibilidades para sacarle provecho a tan inesperada visita. Podría obligarlo a entregarle hasta el último centavo que tuviese en el banco o, más mediático todavía, podría secuestrarlo exigiendo un rescate multimillonario que le otorgaría una riqueza y fama como su imaginación no era capaz de tan siquiera especular.

Mr. Satán, por su parte, se percató casi de inmediato de la maliciosa sonrisa que se delineaba en los labios de Van Zant. La cual, aumentando su desconfianza, lo forzó a moverme con mucha cautela no perdiéndolo de vista en caso que se vuelque en su contra. Por ello, aclarando su garganta y comenzando a acomodar sus pensamientos, el padre de Videl inició su jugada.

Cómo te dije al principio, estoy aquí porque necesito de tu ayuda y estoy dispuesto a pagarte muy bien por ella.

Ya veo; pero antes que entremos en materia, debo confesarte que soy un gran admirador tuyo–con una evidente hipocresía, Van Zant sacó a flote su personalidad–recuerdo haber visto muchas peleas tuyas en la televisión, incluso una vez te vi luchar personalmente en el torneo de las artes marciales.

Pues te lo agradezco, me halagas.

¿Cómo olvidar aquella pelea contra Cell? –Haciendo memoria, Van Zant recordó cuando Cell apareció en la televisión anunciándole al mundo entero su torneo donde se decidiría el destino de la Tierra–no voy a mentirte, yo ensucié mis pantalones cuando ese monstruo dijo que haría un torneo pero al final lo hiciste pedazos, lástima que la transmisión televisiva se interrumpió. Me hubiese encantado ver cómo le pateabas el trasero a ese maldito de Cell.

Bueno, cuando descubrí que no era la gran cosa no me tardé mucho en vencerlo–a pesar de su enorme mentira, al propio Mr. Satán ya se le estaba haciendo más difícil continuar con ese juego luego de haberse sincerado con él mismo sobre aquel acontecimiento–lo importante es que todo volvió a ser como era antes...

¡Ohh vamos, no seas tan modesto! –Poniéndose en pie, Van Zant ocultó la pistola que traía en su mano mientras distraía al campeón–tienes todo el derecho de presumir quién eres: ¡el gran campeón mundial, Mr. Satán!

Callado, muy incómodo, a Mr. Satán aún le costaba creer que estuviese en la guarida de un delincuente buscado por la ley y con una reputación tan podrida.

Pero eres muchísimo más que sólo eso, eres el héroe que salvó al mundo de Cell. Gracias a ti cada hombre, mujer y niño con vida tuvo una segunda oportunidad–caminando con lentitud, haciendo un sonido profundo con cada paso que daba, Van Zant se colocó a espaldas del campeón tomándolo de los hombros–aunque, si me lo permites, creo que te equivocas en un detalle: las cosas no volvieron a hacer como eran antes. No, amigo mío, todo cambió. Esta ciudad cambió.

Sé que ya no es exactamente la misma, pero…

Esta ciudad era un basurero, una maldita pocilga–apretando su agarre sobre el padre de Videl, Van Zant fue conduciendo la conversación por donde él quería llevarla–pero entonces apareciste tú y salvaste el mundo; salvaste esta ciudad. Recuerdo aquellos días, fue una verdadera locura, era como si nos hubiéramos ganado la lotería. Literalmente, amigo mío, tú fuiste una mina de oro para todos nosotros.

No sabiendo qué decir, Mr. Satán permaneció quieto y mudo.

Comenzaron a construirse rascacielos, autopistas nuevas, estaciones de trenes, aeropuertos y la población fue creciendo más y más hasta que ese pequeño pueblo olvidado por Dios se convirtió en toda una gran ciudad–riéndose, como si hubiese dicho un chiste, Van Zant no dejaba de parlotear–y creo que es justo que te dé las gracias, mi vida fue otra gracias a ti. Cuando vi toda la riqueza que llegó por tu hazaña, no dudé en lanzarme hacia ella para reclamar un pedazo. No sería quién soy hoy si no hubiese sido por ti, tú fuiste mi gran mentor.

Vaya, con sinceridad no sé qué decirte…

No te preocupes, te sugiero que sólo me escuches–una vez que llevó la charla al punto exacto dónde la quería, Van Zant se dejó influenciar por aquellas ideas casi demenciales que iban cobrando más ímpetu en él–te agradezco mucho que te hayas tomado la molestia de visitarme, para mí es un grandísimo honor tener en mi oficina al hombre que nos salvó a todos, en verdad te lo digo. Sin embargo, con todo el dolor de mi corazón, lamento mucho tener que hacer esto.

Rápido, con la agilidad propia de un pistolero, Van Zant lo encañonó poniendo la punta de su revólver en la cabeza del campeón. Por otro lado, Mr. Satán se petrificó lamentándose por haberse metido en la boca del lobo aunque era un riesgo que ya había contemplado.

Aún no me decido qué hacer contigo; pero la opción que más me gusta es la de pedir un rescate por tu libertad–dándole una palmada en la espalda, Van Zant se reclinó hacia delante hablándole casi al oído–sólo imagina lo grandioso que será, la prensa se volverá loca cuando se los diga. Y la policía, madre mía, la policía perderá la cabeza por completo.

Ahora escúchame, lo que te ofrezco te hará rico, muchísimo más rico que cualquier rescate que pidas por mi vida–actuando rápido, comprendiendo que no podía ir con rodeos, Mr. Satán controló sus emociones ostentando un temple de acero–y lo único que tienes que hacer es ayudarme, te prometo que no le diré a nadie nada sobre esto, ni la prensa ni la policía lo sabrá. Te aseguro que es un trato con un sólo resultado: ganar. Y ese ganador serás tú.

Desde siempre, desde que se afianzó en las altas esferas de la mafia, a Van Zant le encantaba ser él quien tomase el control de las negociaciones. Sin importar cuán lucrativa y jugosa se mirase la recompensa, a él le importaba un comino las promesas o discursos que le dieran. Ese era su estilo, ese era su modo de hacer negocios. Y nunca, en ni una sola ocasión, cambió de opinión.

No obstante, su invitado no era cualquier sujeto. Era más que un simple ricachón, más que un simple magnate, era un símbolo a nivel mundial. Y al considerar la importancia que Mr. Satán poseía, Van Zant fue enfriando su vehemencia y consideró otras alternativas que, en un futuro cercano, podrían traerle tanto beneficios económicos como dádivas e influencias a su favor.

Desde cierto ángulo era un individuo poderoso, con sus manos movía los hilos de incontables rufianes recibiendo ganancias gracias a sus atracos o por la venta de armas; aún así, su supuesto poder no era lo suficientemente grande como para vencer a la ley. Permanecer encarcelado era una experiencia que ya conocía, salir de la cárcel era una rutina para él.

A pese a eso, la policía seguía dándole cacería con una incansable obstinación. Tarde o temprano llegaría el día en que sus sobornos ya no lograrían comprar a ningún juez corrupto, algún día la justicia, finalmente, le cobraría todas sus fechorías. Así pues, enfocando sus ojos en el campeón, Van Zant creyó encontrar una especie de talismán que lo salvaría de lo que fuese.

Y siendo un oportunista por excelencia, no se demoró en sacarle provecho a las circunstancias.

Déjame ver si entendí bien–retomando la palabra, Van Zant le habló con un tono más pensativo–si acepto ayudarte; aunque todavía no tengo ni la más mínima idea de qué se trata, me harías asquerosamente rico. Más de lo que podría ganar si pido un rescate por tu libertad.

Exactamente–sintiendo el cañón de la pistola presionándose contra su cráneo, Mr. Satán se ladeó con suavidad mirándolo de soslayo–si bajas el arma y me permites explicarte, te diré por qué estoy aquí.

De acuerdo, voy a darte una oportunidad–retirando su revólver con tranquilidad, Van Zant se alejó de él acercándose a una repisa donde guardaba algunas botellas de licor–pero te lo advierto, si tu propuesta no me interesa no importará cuánto dinero tengas escondido en esa maleta, no saldrás de aquí tan fácilmente.

Entonces, iré directo al grano–presenciando como Van Zant se servía una copa, Mr. Satán comenzó a desenvolver el loco plan que ideó al dejarse influenciar por la desesperación y la rabia–básicamente necesito tu ayuda para eliminar al Gran Saiyaman, te pagaré el precio que me pidas con tal de ver destruido a ese desgraciado infeliz. Lo quiero lejos de la vida de mi hija, lo quiero muerto.

¡Ohh, alto ahí vaquero! –Sorprendido, auténticamente sorprendido, Van Zant casi escupe el sorbo que saboreaba– ¿acaso te escuchaste a ti mismo?

Ya me oíste, vine aquí a proponerte un trato: ayúdame a eliminar al Gran Saiyaman y te haré rico. Tal y como lo dijiste hace un segundo, te haré asquerosamente rico.

Antes de continuar, tienes que entender una cosa–sentándose de nuevo en su escritorio, ni el mismísimo Van Zant podía creer el giro que la discusión acababa de dar–soy un matón, un maldito matón. He matado a centenares de personas sólo por negocios, he ido a la cárcel cientos de veces y la policía hará hasta lo imposible por verme en una celda por toda la eternidad. No soy ningún santo, si haces negocios conmigo tu amada reputación se ensuciará de un modo irreparable. Si la prensa llegase a enterarse de esto, podrías ir a prisión. Sólo imagina el escándalo que eso provocaría, literalmente estás cavando tu propia tumba.

Estoy muy consciente de los riesgos, si no lo estuviese no estaría aquí hablando contigo. Pero no me importa hacer lo que sea por ver a ese maldito muerto, no quiero volver a verlo volando por allí ni tampoco acercándose a mi hija–rabioso, olvidándose por un santiamén de con quién hablaba y dónde estaba, Mr. Satán sacó a relucir el ferviente rencor que le profesaba al enmascarado–voy a hacerte una confesión, aunque no te importe: por muchos años únicamente pensé en hacerme más rico. Quería más dinero, más viajes, más mujeres y más automóviles. Sólo quería tener más.

Y no te juzgo, cualquiera en tus zapatos querría lo mismo…

Pero un día, al volver a casa luego de un largo viaje, me topé con mi hija y su rostro me resultó irreconocible. Después descubriría que renunció a todo por culpa del Gran Saiyaman, ese malnacido la hizo pedazos–aún enojado pero también melancólico, Mr. Satán extrañamente encontró una tenue confianza al hablar con el tipo que minutos antes amenazó con matarlo–fue en ese punto que empecé a recordar muchas cosas, me di cuenta que he sido un padre terrible y que abandoné por años a mi única hija. Ya no la conozco, no es la Videl que recordaba.

Videl, Videl, Videl–pronunciando ese nombre varias veces, Van Zant sujetó la copa que bebía mirando en el fondo de ésta su propio reflejo distorsionado–ya que estamos conociéndonos más a profundidad, creo que es justo que yo también te haga una confesión: en más de una vez intenté asesinar a tu adorada hijita.

Como si una inmensa cubeta de agua helada hubiese caído sobre él, Mr. Satán palideció ante tal revelación.

Es curioso e irónico que esté hablando de esto contigo; pero es la verdad. Tu hija me dio tantos problemas por años, hay varias deudas pendientes entre ella y yo.

Por más raro que sonase en verdad era una ironía. Parecía que el cosmos alineó los astros de tal modo para que mientras Van Zant evocaba sus largas luchas contra Videl, el padre de la otrora justiciera se presentara ante él pidiendo su ayuda. Detestaba a Videl con todo su corazón, daría lo que fuera por tener una oportunidad más para enviarla al otro mundo de una vez por todas.

Lo cual, obviamente, hacía que la mera idea de ayudarla fuese una contradicción. Jamás le tendería una mano a la mocosa que lo humilló en más de una ocasión mandándolo a una maloliente celda, preferiría morir. Sin embargo, sufriendo una inusitada deliberación interna, Van Zant se vio abrumado por una electrizante dualidad que lo empujó a una placentera conclusión:

Si jugaba bien sus cartas, como si estuviese jugando al póker, podría matar dos pájaros de un tiro.

Tienes que entender que tu hija destrozó mi orgullo y eso es algo que no se puede olvidar, ni tampoco olvidaré todas las golpizas que me dio durante años–frío, con voz muy quieta, la frialdad de Van Zant sonaba más amenazadora que cualquier arma–cada vez que nos enfrentábamos disparé a matar, le apuntaba directo entre sus lindos ojos deseando verla agonizar hasta morir. Pero ella, inexplicablemente, siempre se salía con la suya. La odio, odio a tu hija y le vendería mi alma al diablo con tal de lograr romperle el cuello con mis propias manos…

Eres un cerdo…

Y a pesar de eso me necesitas, tú mismo acabas de reconocerlo–elocuente, Van Zant se divertía al ver el semblante inquieto de Mr. Satán–el Gran Saiyaman también me ha causado problemas, incluso muchos de mis colegas le temen más a él que a tu hija. Pero yo nunca me olvidé de ella, la recuerdo cada mañana cuando despierto en mi cama.

¿Entonces me ayudarás o sólo vine a perder mi tiempo?

No es una decisión que se tome a la ligera, estás hablando de liquidar a un sujeto casi invencible–razonando, Van Zant le apuntó con un dedo–de hecho, estoy seguro que tú mismo podrías derrotarlo. Después de todo venciste a Cell en su propio torneo, no creo que te cueste mucho trabajo hacer lo mismo con el Gran Saiyaman…

Encogiéndose en su asiento, Mr. Satán trajo a colación sus recuerdos del Torneo de Cell los cuales, gracias a la antigua videocinta que miró poco tiempo atrás, ganaron más vigor haciéndole experimentar de nuevo el miedo, la ansiedad y la impotencia que padeció aquel día al atestiguar las habilidades que esos desconocidos eran capaces de mostrar.

Cualquiera, en su sano juicio, diría que era imposible derrotar a alguien con tales dones. Aún así, terca y obstinadamente, Mr. Satán haría hasta lo impensable con tal de conseguirlo. Por ende, no pudiendo confesar la falsedad de su victoria más aclamada, el campeón volvió a recurrir a las mentiras para encubrir los agujeros argumentales que sus falacias creaban inevitablemente.

Desearía que así fuese, pero por dos razones no me es posible.

¿Cuáles?

Cómo es natural suponer, no puedo verme involucrado en una lucha contra él públicamente. Mi reputación y mi imagen se verían manchadas, necesito que otros lo liquiden por mí para que nadie pueda vincularme en su muerte–explayando sus intenciones, Mr. Satán fue dándole más detalles–la segunda es que ya no tengo la fuerza que tenía antes, si lo desafiara a una pelea es muy probable que no pudiese vencerlo.

¿Quién lo diría? –Con sarcasmo y burla, Van Zant exclamó airado–el gran campeón del mundo ya está acabado, así que tus días de gloría ya se terminaron.

Búrlate todo lo que quieras, pero ningún peleador puede mantenerse en la cima por toda la vida. Tarde o temprano llega el momento del retiro.

Volviendo al tema de tu adorada hija, tengo muchas cuentas pendientes que cobrarle a Videl. No importa cuánto me pagues por ayudarte, eso no implica que mis deseos por vengarme de ella se esfumen por arte de magia.

Sé que Videl te ha causado problemas y como su padre estoy dispuesto a meter mis manos al fuego con tal de verla a salvo de cualquiera y eso te incluye a ti–Van Zant, riéndose suavemente, se le quedó mirando sin decir nada–además de la cuantiosa paga que tengo pensado darte también te doy mi palabra que una vez que el trabajo esté hecho, Videl no se volverá a meter en tu camino nunca más. Podrás matar y robar cuántas veces quieras, ella ya no será un dolor de cabeza para ti otra vez.

¿Cómo? –No le gustaba la idea de dejarla ir, y en el fondo de su endemoniada alma no lo permitiría– ¿cómo harás que Videl dejé de interponerse en mi camino?

Mi hija está cursando su último año de preparatoria, en unos cuantos meses se graduará y obtendrá su diploma–entrelazando sus manos, Mr. Satán no dudaría en hacer un trato con el demonio a cambio de salvar a su primogénita del más ínfimo peligro–una vez que se haya graduado, tengo planeado enviarla a estudiar a una universidad muy prestigiosa en la Capital del Oeste. La enviaré tan lejos de aquí que le será imposible mover un sólo dedo en tu contra, te librarás de ella para siempre…

Pero aún no me has dicho lo más importante de todo esto–profundizando más, Van Zant quiso aclarar una duda muy lógica– ¿cómo se supone que eliminaré al Gran Saiyaman?

Esa es la parte difícil de explicar, es un poco complicada–introduciendo a Shapner en la ecuación, Mr. Satán buscó el modo de explicarle al mafioso que le escuchaba–tenía pensado tenderle una trampa al Gran Saiyaman, usaremos una carnada que llame su atención a un sitio apartado de la ciudad donde tú y tus hombres le darán el tiro de gracia.

¿Y qué clase de carnada piensas usar?

Tengo contemplado utilizar a un chico que conozco para que se enfrente al Gran Saiyaman, lo entrenaré para que luche contra él y mientras ellos dos pelean tú harás tu trabajo.

¿Qué, piensas usar a un chico? –Más confundido que nunca, Van Zant pensó que al campeón se le había zafado un tornillo–ese infeliz del Gran Saiyaman tiene una fuerza bestial, es estúpido pensar que cualquier pobre diablo le ganaría en una pelea.

Lo sé y tienes toda la razón, pero como dije será la carnada perfecta para distraer al Gran Saiyaman.

¿Y cómo piensas convencer a ese chico para que haga semejante locura? –señalando un punto crucial, Van Zant no dejaba de tener la razón–es prácticamente un suicidio, nadie en su sano juicio haría algo así.

Yo me encargaré de eso, tengo el presentimiento que nos ayudará sin chistar. Confía en mí, sé de lo que hablo.

Recapitulemos: usarás a ese idiota para distraer al Gran Saiyaman llevándolo a un lugar lejano, allí los dos lucharán mientras le tendemos una emboscada…

Y cuando sea el momento correcto: lo eliminas–interrumpiéndolo, Mr. Satán completó el diálogo que Van Zant inició–sé que suena difícil, pero si todo sale bien te apagaré una enorme recompensa y alejaré a Videl de ti…

Vaya, por muy descabellado que suene no niego que me gusta la idea–levantándose por segunda ocasión, Van Zant se inclinó apoyando sus manos en la madera de su escritorio–pero eso no garantiza que aceptaré tu propuesta, pedir un rescate por tu libertad sigue pareciéndome menos complejo.

Imitándolo, poniéndose de pie en total silencio, Mr. Satán abrió su maletín tirando su contenido sobre el buró de Van Zant el cual, perdiendo el don del habla, vio maravillado como una deslúmbrate montaña de dinero se apilaba ante sus codiciosos ojos. Y embobado por tal riqueza, sus manos cobraron vida propia acercándose a los muchos fajos de billetes allí amontonados.

¿Aceptas o no? –Impaciente, Mr. Satán quería largarse de allí cuanto antes y, por supuesto, con una respuesta afirmativa– ¿piensas ayudarme o tendré que llevarme todo este dinero a otra parte?

Sabes muy bien que no puedes irte a otra parte, no puedes correr el riesgo de contarle a cualquier otro sujeto lo que piensas hacer. Yo soy tu única elección–tomando un puñado de dinero, Van Zant lo olfateó embriagándose por su esencia–y sí, sí acepto ayudarte pero voy a querer una cosa más incluyendo, obviamente, el dinero y mantener lejos de mí a Videl.

Tal cosa le disgustó a Mr. Satán; no obstante, entendía que no le convenía negarse ante los caprichos de Van Zant.

Habla claro, qué más quieres de mí…

Por la naturaleza de mi profesión, la policía representa un problema muy molesto. Así que se me ocurre que podrías darme una pequeña mano sobre eso–haciendo su movimiento final, Van Zant le sacaría todo el jugo a esta negociación–quiero que me ayudes a librarme de la policía cuando yo lo necesite, si me arrestan y debo ir a juicio quiero que me saques de allí sin hacer preguntas y sin negativas. Cada vez que yo requiera un favor de tu parte me ayudarás cuando te lo diga.

¿Acaso piensas que voy a hacer tu esclavo o tu títere? –Más furioso aún, Mr. Satán se indignó por la descarada bajeza que Van Zant evidenciaba sin ningún pudor–ya estoy poniendo en juego mi reputación con todo esto, lo que me pides es una verdadera desfachatez. Ni se te ocurra que voy a estarte sacando de la cárcel cada vez que te arresten, no pienso caer en tu juego.

Entonces me temo que no podemos hacer negocios–tajante, comprendiendo que él tenía el control de la situación, Van Zant impuso su voluntad–o aceptas mis términos o tendrás que pensar en otro plan…

Ya no había vuelta de hoja, cuando puso un pie allí aceptó todos los riesgos siendo un viaje sin retorno. Así pues, tragándose su orgullo y sus recelos, el campeón mundial hizo caso omiso a su sensatez y extendió su mano hacia Van Zant en señal de acuerdo. El mafioso, con una media sonrisa, le devolvió el gesto con un potente apretón que selló el destino de ambos caballeros.

Mr. Satán, apresurándose para largarse de allí, le dijo que él le avisaría cuando llegue el momento de entrar en acción. Primero quería hablar con Shapner; una vez hecho eso, le daría más detalles a Van Zant para éste pusiera en marcha a sus matones. Van Zant, mientras tanto, se embriagaría y disfrutaría de la vida gracias a la generosa contribución que Mr. Satán le obsequió.

Volviendo a colocarse sus gafas de sol, Mr. Satán se retiró de allí lo más rápido que le fue posible pidiéndole perdón, una y otra vez, a su esposa quien de seguro lo miraba desde el más allá con una total decepción. No sólo hizo un trato con un criminal buscado por la ley; sino también, se comprometió con él a salvarlo de la justicia poniendo en peligro su imagen y su prestigio.

Aún así, a pesar de sus pecados, Mr. Satán no sentía ni una gota de arrepentimiento. Todo aquello lo hacía por Videl, por verla sonreír otra vez, por verla feliz y por verla libre de aquel maldito superhéroe. Sin importar el precio, el Gran Saiyaman debía caer. Y el joven valiente que lo llevaría a su caída, todavía ignoraba la enorme misión y responsabilidad que cargaba en sus hombros.

– ¿Por qué se tardan tanto en llegar? –Comprobando la hora en su reloj de pulsera, Mr. Satán regresó al presente dejando de lado sus culposos recuerdos–ya deberían haber llegado hace mucho y más con este clima tan horrible…

Abriendo las cortinas de la ventana, Mr. Satán se preocupó al ver como la lluvia no aminoraba su furia apoderándose, metafóricamente, de toda la ciudad. Quizás tuvieron algún contratiempo, quizás estaban atrapados en cualquier lugar aguardando por la retirada de la tormenta. Resignándose ante tal reflexión, el padre de Videl se dispuso a seguir esperándolos.

Sin embargo, interrumpiendo su meditación, Sashimi reapareció dándole la noticia que tanto quería oír.

– Mr. Satán, la señorita Videl y su acompañante acaban de llegar.

Girándose hacia su mayordomo, campeón no dijo nada limitándose a sólo asentir con la cabeza. Firme, ajustando el nudo de su corbatín, Mr. Satán le dio un último vistazo a la pintura de su amada fallecida. Y allí, al contemplarla con una devoción casi religiosa, le susurró un sincero "te amo" acompañado de un atormentado "perdóname".

Dirigiéndose a la estancia principal de la mansión, Mr. Satán avanzó a paso veloz dispuesto a conocer al chico que le salvó la vida a su hija y que muy pronto sería el instrumento de su venganza.


Sentada en un pequeño sofá y rodeada de una absoluta oscuridad, Milk permanecía inmóvil experimentando una mezcla de enojo y preocupación que iba incrementándose con el pasar de los segundos. La lluvia, por otro lado, continuaba cayendo con violencia azotando la humilde casa en medio de las montañas. Aún así, la intensidad del clima la tenía sin cuidado.

Gohan solía demorarse en ocasiones, a veces tardaba una hora más de lo normal pero jamás se excedía de ese límite. No obstante, rompiendo con aquella cotidianidad, Milk se inquietó al ver como las manecillas del reloj prosiguieron con su andar dándole la bienvenida al atardecer y posteriormente al anochecer. Y Gohan, brillando por su ausencia, no daba muestras de aparecer.

Estaba molesta, muy molesta. Para qué negarlo. Empero, todavía padeciendo aquel incómodo presentimiento en su pecho, algo le decía a Milk que lo último que Gohan necesitaba era una confrontación o reprimenda. Hoy, más que nunca, Milk se cuestionaba si fue buena idea haber inscrito a Gohan en aquella preparatoria forzándolo a entrar en un mundo que le era desconocido.

Y a pesar de esos malos augurios, Milk no se arrepentía de ello. Gohan, desde muy niño, se vio obligado a renunciar a su niñez descubriendo quién era en realidad. Interminables y dolorosas batallas, cada vez más sangrientas, lo fueron consumiendo llevándolo al borde de la muerte en más de una ocasión al no tener más alternativa que defenderse.

Tal rumbo le resultaba horrible a Milk quien, siendo su madre, sólo deseaba una vida más tranquila y apacible junto a su esposo e hijo. No obstante, el destino tenía planes muy distintos. Planes que se vieron consumados al separarse su familia dejando un enorme vacío que Gohan, sintiéndose culpable, trató llenar muchas veces fracasando una tras otra.

Y al meditar sobre aquel helado vacío, Milk se vio más inmersa en sí misma hasta llegar al origen de éste. Fue una época tensa y espantosa, como nunca antes hubiese imaginado. Cuando Goku frecuentaba marcharse a pelear, sus peleas pasaban inadvertidas por la mayoría quienes no se enteraban de ningún suceso viviendo sus rutinas con su acostumbrada regularidad.

Pero Cell lo cambió todo, el mundo no volvió a hacer el mismo luego de Cell. Habiéndose perfeccionado, Cell no se conformaba con tener un simple combate como cualquier otro. No, Cell quería ir un paso más allá apeteciendo algo que fuese un reflejo de su arrogante perfección. Y así, presumiendo una sonrisa en sus labios, Cell supo lo que debía hacer:

Organizaría un torneo.

Goku, prométeme que no permitirás que Gohan pelee contra ese monstruo…

Ehh, ya debo irme. Adiós Milk…

Cell, presentándose ante la humanidad entera por medio de la televisión, plantó las bases de su torneo invitando a cualquiera que tuviese el valor de enfrentarlo. Su intención era medirse contra cada competidor, uno a la vez, poniendo a prueba sus más recientes poderes y así dejando demostrado que era el ser más poderoso sobre la faz de la Tierra.

Y terminando su anuncio con broche de oro, Cell lució una expresión orgullosa y llena de satisfacción al prometer que arrasaría con todo a su paso en caso de ganar el torneo. Así pues, entendiendo el peligro que Cell representaba, el gobierno mundial no se quedó de brazos cruzados enviando al ejército para eliminar a tal monstruosidad.

Pero, como era lógico suponer, eso sólo aumentó el número de víctimas.

¡Dios mío, mi Gohan tendrá que pelear en ese maldito torneo!

Milk, sufriendo una gigantesca impotencia, no pudo hacer nada viendo como Goku y Gohan se prepararon para detener a Cell marchándose de casa una vez que el esperado día llegó. Ella, en un último intento desesperado, le rogó a su esposo que Gohan no participara en la confrontación obteniendo como respuesta una evasiva de Goku antes de desaparecer de su vista.

Después de eso, Milk no tuvo más remedio que rezar y aguardar por su regreso. Disponiendo del apoyo y la compañía de su padre, Milk se quedó pegada la pantalla de su televisor observando imágenes que se quedaron gradadas en su memoria para siempre. Imágenes que ahora, mientras continuaba esperando por la llegada de Gohan, la bombardearon sin tenerle piedad o clemencia.

Primero se presentó un tal Mr. Satán quien, según el anunciador que narraba los eventos, era el flamante campeón mundial de las artes marciales y sería el encargado de vencer a Cell. Milk, al ver sus ridículas demostraciones de fuerza, sólo se exasperaba queriendo que ese payaso insoportable se esfumara para enfocarse en Goku y Gohan.

¡Mira Milk, ahí están Gohan y Goku!

Su padre, apuntándole con un dedo, le señaló las siluetas de su marido e hijo quienes se hallaban parados a un costado de la plataforma junto a Vegeta, Picorro, Krilin y todos los demás. Pero, agrandando su fastidio, la cámara se volteó hacia la izquierda donde ese molesto bufón encaraba al mismísimo Cell quien, estoico, no manifestaba el más ínfimo interés en él.

Mr. Satán, riéndose estridentemente, lanzó algunos golpes y patadas que no causaban ningún rasguño en el serio y callado androide. Y repentinamente, sin previo aviso, Cell lo mandó a volar al conectarlo con un manotazo que milagrosamente no lo mató en el acto. Milk, saboreando la única muestra de felicidad que tendría, irónicamente le agradeció a Cell por deshacerse de Mr. Satán.

Ahora la verdadera pelea va a comenzar…

Oyendo aquel comentario de su padre, Milk estrujó sus puños cuando miró a Goku retando a Cell quien sin dudar aceptó su desafío. Para su desgracia, la velocidad de ambos contendientes era tan increíble que la videocámara que documentaba el torneo no fue capaz de captarlos al pelear. Aún así, Milk no se movió ni un centímetro escuchando como su corazón retumbaba dentro de su ser.

Triste y trágicamente, Milk desconocía que en su interior otro diminuto corazón muy pronto comenzaría a latir. Pero por el momento, sin tan siquiera sospechar de su nuevo embarazo, Milk fue sucumbiendo ante el estrés llegando al punto de sufrir náuseas y mareos al ver como la contienda entre Goku y Cell se alargaba más y más sin dilucidar a un claro ganador.

Explosiones, terremotos y ventiscas huracanadas azotaron el planeta desatando un pánico sin precedentes. Algunos, pensando que el final había llegado, tomaron la fatídica decisión de suicidarse a su vez que otros abrazaban a sus seres queridos implorando por un milagro. Milk, ya no pudiendo resistir más, casi perdió el conocimiento cuando se concretó lo que más temía.

Gohan, reemplazando a Goku, le hizo frente al invencible de Cell.

¡Goku, pero qué demonios estás haciendo!

No lo podía creer, simplemente se negaba a creerlo. Goku, con una inusual tranquilidad, se rindió ante Cell asegurando que alguien mucho más fuerte que él tomaría su lugar. Al oír tales palabras, algo en Milk se quebró al no poder hacer nada al respecto. Y con dicha sensación mermándola, el rostro de Gohan se apoderó de las cuatro esquinas del televisor.

Lo vio combatir por unos minutos, atestiguó estupefacta como Gohan esquivaba los ataques de Cell quien daba la impresión de simplemente estarse divirtiendo con su hijo. Angustiada, sintiendo en carne propia el dolor que Cell le infringía a Gohan, Milk apenas se sostenía en pie gracias a que su padre la abrazó por detrás entretanto continuaban prestándole atención a la batalla.

Gohan, demostrando ser el hijo de Goku, mantuvo a raya al demonio de Cell resistiendo con fortaleza sus arremetidas. Empleando su juventud como una carta a su favor, Gohan aceleraba de tal manera que las ráfagas energéticas de Cell fallaban en su intento por dañarlo. Asimismo, el narrador elogiaba la destreza de Gohan el cual dejó boquiabierta a la aterrorizada audiencia.

No obstante, a Cell no le simpatizaba que un niño estuviera robándole el protagonismo en su torneo. Debía ser él, y nadie más, quien presumiera sus habilidades. Aunado a eso, Goku le afirmó que Gohan escondía poderes que superarían los de todos allí reunidos incluyéndolo, obviamente, a él. Por ende, cegado por su exceso de confianza, Cell quiso poner a prueba tales aseveraciones.

Cell, tomándose muy en serio su papel de villano, se olvidó de pelear y comenzó a torturar a Gohan con la intención que el infante se enfureciera y mostrara ese supuesto poderío. Así pues, Cell lo apresó entre sus brazos estrujándolo generando que, con sufrimiento, Gohan gritara desesperado al sentir como sus entrañas eran comprimidas de modo inhumano.

¡Goku, haz algo! –Encolerizada, al borde del llanto, Milk le gritó a su esposo rogando que sus reclamos llegaran hasta sus oídos– ¡ayúdalo, no te quedes allí parado cruzado de brazos!

Desafortunadamente para ella y Gohan, Goku se quedó en su sitio sin moverse ni un milímetro. Cell, burlándose del pobre chico, prosiguió con su tortura complaciéndose al oír los clamores de su oponente. Pero, fastidiándose al ver que su flagelo no surtía efecto, finalmente lo liberó viéndolo caer al suelo recuperando el aliento y escupiendo una cuantiosa cantidad de sangre.

Hubiera sido mucho más fácil asesinar a Gohan en ese instante, pero Cell tomó una decisión que a la postre terminaría lamentando. Tanto Milk como los millones que contemplaban las hostilidades, enmudecieron al ver como Cell le daba vida a siete criaturas diminutas con su misma apariencia. El periodista, muy apropiadamente, los bautizó como Cell Juniors al relatar los hechos.

Milk, ya no sabiendo qué pensar, se petrificó al mirar a esos pequeños monstruos hacer de las suyas al subyugar a Goku y sus amigos. Cell, haciendo que Gohan mirase aquel morboso espectáculo, fue testigo de cómo el ki de Gohan fue aumentando con rapidez. Desdichadamente, a partir de allí, la incertidumbre y la impaciencia por no saber acabaron por desmoronarla.

Un enceguecedor estallido de luz dañó la cámara de televisión interrumpiendo, abrupta y definidamente, la transmisión en vivo que le daba cobertura al conflicto empujando a la humanidad a una espesa sombra de ignorancia que los fue carcomiendo de a poco. Y las horas, llevándose consigo los movimientos sísmicos y las descargas de relámpagos, pasaron con lentitud.

El cielo que se mantuvo oscurecido por casi toda la duración del día se aclaró regresándole, simbólicamente, la paz y la esperanza al mundo. Milk, escuchando su instinto maternal, adivinó de inmediato que al fin la amenaza de Cell se esfumó pudiendo caer rendida al suelo agradeciéndole a la providencia por haberse terminado aquel infernal tormento.

¡Viva Gohan, Gohan ganó…Gohan ganó!

Su padre, compartiendo la misma sospecha que ella, celebró y festejó uniéndose a las miles de manifestaciones de alegría que estallaban en cada rincón del planeta. Milk, revitalizada en su totalidad, lloró de júbilo imaginando que Goku y Gohan volverían a casa hambrientos y deseosos de descanso. Por ello, llena de gozo, Milk corrió a su cocina a prepararles un gran banquete.

Pescados fritos, guisos y cientos de delicias más atestaron la mesa del comedor bajo la mirada aliviada de Milk. Aunque, al ver como el atardecer comenzaba a convertirse en noche, algo agrietó esa perfecta burbuja de cristal que la encerraba. Milk no sabía cómo definirlo, era un sentimiento raro y desagradable que iba cobrando más relevancia con el pasar del tiempo.

¿Mamá, estás aquí?

Reconociendo la voz de Gohan, Milk se apresuró a su encuentro arrodillándose frente a él al apretarlo en su pecho. Milk, con prisa, lo revisó de la cabeza a los pies constatando que no mostraba signo alguno de heridas ni lesiones. Su ropa; por el contrario, era un completo desastre al estar repleta de cortes, girones y rasgaduras que eran un silente vestigio de la pelea.

Mamá, hay algo que debes saber…

¿Dónde está tu padre? –Interrumpiéndolo, Milk se levantó sujetando a Gohan por sus hombros– ¿dónde está Goku, acaso se quedó en el templo sagrado o se fue a Kame House?

Mamá, papá murió en la pelea–directo, con voz quebrada y soltando algunas lágrimas, Gohan no fue capaz de retener más la fatal noticia–papá se sacrificó para evitar que Cell destruyera el mundo, él falleció…

Palideciendo en el acto, las facciones de Milk se desfiguraron sin lograr dibujar una expresión legible. Incrédula, repitiendo incontables veces que aquello no era cierto, fue caminando hacia atrás hasta chocar con una de las paredes de la vivienda. Ahí, presionándose contra el muro, Milk observó la puerta abierta confiando en que Goku entraría a la casa en menos de un santiamén.

Algo que, tristemente, no sucedió.

Años más tarde, al revivir ese recuerdo con más detenimiento, Milk comprendió que sus sollozos fueron lapidarios para Gohan. Él, al verla llorar, no se atrevió a explicarle con detalles por qué Goku tuvo que sacrificarse ni tampoco le confesó su culpabilidad por ello. Milk, ya sin fuerzas, se desmayó allí mismo al experimentar como si le hubieran arrancado un trozo de su alma.

Aquellos deliciosos platillos quedaron en el olvido, esa noche nadie cenó en el hogar de la familia Son.

Casi dos días después, y sumamente débil, Milk despertó hallándose arropada en su cama con su padre dormido al estar a su lado. Padeciendo una punzante jaqueca, Milk se vio obligada a saltar del colchón al ser sacudida por una enérgica necesidad de vomitar. Malestar que se volvería más y más frecuente hasta que, inevitablemente, descubriera la razón de su procedencia.

Habiéndose duchado y cambiado de ropa, Milk se paseó por su morada recorriendo sus habitaciones y pasillos topándose con la recámara de Gohan. Entrando allí, no queriendo despertarlo, Milk lo halló descansando a pesar que su cara empapada con saladas lágrimas le recordó bruscamente el deceso de Goku a quien no tardó en llamar en sus pensamientos.

Meses más adelante, mientras el mundo continuaba vitoreando el nombre de Mr. Satán, en la residencia de los Son la rutina diaria se tornaba más y más artificial. Milk, confirmando sus temores, vio cómo su vientre fue agrandándose al asimilar que muy pronto un nuevo visitante se quedaría con ellos para no marcharse.

Gohan–hablándole a su hijo que se refugiaba en sus estudios para huir de sus remordimientos, Milk lo interrumpió luego de pensar en cualquier excusa para sólo poder hablarle–Gohan, perdona que te interrumpa pero la leña se agotó…

Iré a traer un poco más…

Gracias hijo…

Aquel Gohan sonriente y jovial que disfrutó de su fiesta de cumpleaños poco antes del Torneo de Cell, ahora no era más que un vago recuerdo que parecía lejano. La muerte de Goku fue un peso enorme para Gohan que se tornó aún más grande cuando Milk le comentó de su embarazo, tal noticia no trajo la felicidad que bajo otras circunstancias sí hubiese traído.

Gohan, desde entonces, se alejó más de Milk quien lo veía en la distancia devorando libros uno tras otro. Milk no se atrevía a preguntárselo, pero intuía que algo le sucedía. Desde la ventana del cuarto de Gohan, Milk lo divisó cortando un árbol por la mitad con un puñetazo para posteriormente fragmentarlo en muchísimas trozos que cargó en sus brazos sin problemas.

Cada mañana Milk se topaba con la misma expresión apagada en su primogénito, y ya no tolerándola más, ella se encaminó a su encuentro determinada en de una vez por todas saber qué pasaba. Gohan, dejando la leña recién cortada cerca de la entrada principal, frenó en seco cuando Milk apareció ante él mostrando su abultado abdomen.

Gohan, hijo, necesito hacerte una pregunta–no teniendo que dar muchas explicaciones, ambos sabían cuál tópico iba a ser tocado–desde que tu padre murió te has vuelto muy distante. Sé que ha sido muy duro para los dos, y sobre todo para ti; pero necesito saber qué…

Fue culpa mía, papá murió por culpa mía…–endeble, derrumbándose como un castillo de naipes, Gohan soltó la bomba.

¿Qué?

Yo me confié, creí que tenía dominada la situación pero Cell amenazó con destruir el planeta–sus ojos, humedeciéndose al instante, no ocultaron sus sentires–yo no sabía qué hacer y papá se encargó de todo, tomó a Cell y se lo llevó lejos para que no corriéramos peligro.

Milk, digiriendo sus palabras, pretendía decirle algo cuando Gohan se le adelantó.

Si yo no hubiese perdido la cabeza, habría acabado con Cell en un minuto y papá estaría con nosotros. Papá murió por mi culpa, soy el único responsable…

Ninguno de los dos supo quién buscó a quién, pero lo que sí sabían es que tanto Gohan como Milk terminaron fundidos en un abrazo cargado de emociones y desahogo. Gohan, llorando de forma incontrolable, le suplicaba a su madre que lo perdonara como si fuese el artífice de un pecado o un crimen atroz. Y en cierta manera así era, su aflicción era demasiada para él.

Milk, oyendo su confesión, pudo reunir las piezas del rompecabezas imaginando lo que aconteció cuando la señal televisiva se cortó durante la pelea. Era injusto, era una verdadera injusticia. Entretanto un farsante se acreditaba el logro más importante de la especie humana, el niño que llevó en su espalda aquella pesada carga se desmoronaba por sus errores.

Ella, llorando junto a él, comprendía que mientras el resto del globo vivía en una mentira ellos conocerían la verdad de aquellos valientes que lucharon contra Cell. Ellos, en su más sincera humildad, serían los guardianes de un secreto que nadie podría creer por más que lo intentara. Y Gohan, con sus ojos enrojecidos, se inclinó hacia ella temiendo toparse con odio y rechazo.

¡Mi pobre hijo!

Pero Gohan no encontró nada de eso, en la mirada de Milk no existió ni un atisbo de rencor o recriminación; al contrario, en ella sólo vio perdón y amor. El vacío dejado por Goku era imposible de llenar, él y solamente él, podrían ocupar aquel espacio. No obstante, al percibir una patada del bebé que creía en su interior, Milk debió aceptar que ella por sí sola no podía con tal tarea.

Gohan, tomando el rol de hermano mayor, lo llevó a un nivel mucho más allá de sus límites. Goten, como habían nombrado al saiyajin por nacer, encontraría en Gohan a alguien que lo guiaría y le enseñaría cuál era su lugar en el cosmos y cuáles eran sus dones. Gohan, casi como un padre, no huyó más y afrontó sus deudas esperanzado en que Goku volviese algún día.

– La lluvia no deja de caer, no entiendo por qué no llega–oyendo los truenos por encima de ella, Milk se impacientaba más.

La adolescencia, ante la incredulidad de Milk, convirtió a Gohan en un joven alto y bien parecido en menos de un pestañeo. Y fue allí, al ver su limitado círculo social, que Milk quiso darle un cambio de aires al enviarlo a la ciudad. Gohan no necesitaba traerle calificaciones sobresalientes, esas siempre las tuvo desde muy chico. Milk, lo que deseaba, era verlo empoderado y feliz.

– ¡Gohan!

Tomándola desprevenida a raíz de su introspección, Milk saltó de su asiento al ver materializadas sus peticiones. Gohan, como era de suponer, estaba completamente empapado de arriba a abajo goteando litros y litros de fría agua de lluvia. Milk, reaccionando por naturaleza, buscó una toalla seca y se la entregó sin que Gohan le hablara en lo más mínimo.

– ¿Gohan, dónde has estado? –Milk, cuestionándole su retraso, lo vio retirarse su disfraz de Gran Saiyaman regresando a su apariencia normal–debiste haber regresado de la escuela hace horas; no tienes idea de lo preocupada que estaba.

Gohan, secándose el rostro, trató de borrar de su semblante cualquier indicio de lo que realmente le sucedía. Su madre, conociéndolo mejor que nadie, podía leer sus gestos y ademanes siendo una experta para desenmascarar mentiras al descifrar su lenguaje corporal. Así pues, cuando creyó oportuno hacerlo, Gohan le respondió.

– Perdona la demora, mamá. Se me hizo tarde, no medí bien el tiempo…

– ¿Pero dónde estabas? –Milk, sintiendo algo diferente en su conducta, prefirió fingir que no lo notó–sólo mira lo tarde que es, envié a Goten a la cama hace casi una hora…

– ¿Recuerdas que hace unos pocos días me quedé estudiando con unos amigos en la escuela?

– Sí, lo recuerdo.

– Pues hoy también me volvieron a pedir ayuda, como fue algo inesperado no pude avisarte con anticipación–usando su ingenio para tejar una excusa creíble, Gohan confiaba en que su madre no la cuestionara–la próxima semana habrán exámenes y muchos saben que siempre apruebo con buenas calificaciones y por eso me buscaron para estudiar en grupo…

– Bueno, me alegra mucho saber que eres valorado por tus compañeros de salón…–tomando la toalla de las manos de Gohan, Milk la usó para terminar de secarle algunas gruesas gotas de agua que goteaban de su cabello–que mi hijo sea visto como alguien educado y culto me enorgullece muchísimo, y también me alegra que tengas amigos con quienes pasar el tiempo. No me gusta la idea que vivas aquí toda tu vida sin convivir con más personas a parte de tu hermano y yo.

Gohan, esbozando una media sonrisa, no dijo nada.

– Pero trata de regresar más temprano la próxima vez, o al menos pudiste haber telefoneado.

– Lo siento, no se me ocurrió–rascándose la nuca como solía hacerlo su padre, Gohan miró al suelo con vergüenza–verás, cuando terminamos de estudiar me invitaron a comer algo en una cafetería que no está muy lejos de la escuela. Pasamos el rato hablando y cuando quería marcharme la lluvia comenzó a caer, no podía volar ni usar mi disfraz en frente de todos ellos. No tuve más alternativa que esperar…

– Ya veo, hijo. Ya veo–sonriéndole, ofreciéndole calor de hogar, Milk no pudo resistirse a la tentación de acariciarle una mejilla– ¿tienes hambre, quieres comer algo?

– Sí, un poco.

Milk, guardando silencio, supo casi en el acto que no le decía la verdad. Gohan, al igual que Goku, eran pésimos mentirosos delatándose a sí mismos sin darse cuenta de ello. Ella, prefiriendo no desmoronar su mentira, optó por esperar en otra ocasión para ahondar en el tema. Sin embargo, la punzante incomodidad en su pecho la empujó a buscar respuestas al tomar otro camino.

– ¿Gohan, aún sigues actuando como el Gran Saiyaman o ya dejaste de hacerlo? –Viéndolo quitarse su camisa húmeda desde la distancia, Milk encendió la estufa para servirle un tazón de la sopa que preparó para la cena– ¿todavía lo haces?

– ¿Por qué me preguntas eso, mamá? –queriendo refugiarse en su habitación lo más pronto posible, Gohan se desabrochó sus zapatos mojados a su vez que subía por la escalera.

– Mientras te esperábamos para la cena, Goten y yo miramos en la televisión el noticiero local de Ciudad Satán–sospechando que quizás iba por ahí el comportamiento atípico de Gohan, Milk indagó un detalle que le resultaba curioso–y allí un reportero comentó que han pasado semanas desde la última vez que el Gran Saiyaman fue visto deteniendo a algún ladrón, incluso aseguraron que quizás ya no volvería a aparecer otra vez…

Gohan, observando en la lejanía la puerta de su recámara, suspiró derrotado al tener que admitir tal cosa. Aunque, por supuesto, sin mencionar la creciente rivalidad entre Shapner y él.

– Al principio me parecía divertido ser el Gran Saiyaman, hasta había preparado un par de presentaciones nuevas para cuando fueran necesarias–Gohan, volteándose hacia ella, la miró mientras le replicaba–pero con el pasar del tiempo se me fue haciendo más y más difícil encontrar una excusa para salir del salón de clases, ya los maestros empezaron a decirme que no cuando les pedía su permiso.

– Comprendo…

– Y cuando sí conseguía salir, siempre terminaba rodeado de un centenar de periodistas preguntándome quién era y cómo obtuve los poderes que tengo–elocuente, Gohan siguió explayándose–incluso en una ocasión un helicóptero de un noticiero intentó seguirme, pude evadirlo fácilmente pero tantas preguntas ya me estaban fastidiando. Ser un superhéroe ya no era tan entretenido como al comienzo. Por eso pensé en dejarlo por unos días.

– Pues creo que es lo más adecuado, así te concentrarás en graduarte en unos pocos meses–Milk, siendo honesta y también siguiéndole la corriente, puso en la mesa una taza humeante de sopa caliente–recuerdo que Bulma me dijo en una ocasión que ella te recomendaría en la misma universidad donde ella estudió de joven; la Universidad del Oeste es una de las más reconocidas del mundo.

Gohan, retomando su andar, lo que más quería era tomar una ducha y abrigarse con ropa seca.

– Iré a darme un baño, bajaré a cenar en unos minutos.

– Gohan, aguarda un momento–Milk, no pudiendo olvidarse de los malos recuerdos que trajo a colación minutos antes, se sintió obligada a hablar de ellos.

– ¿Sucede algo?

– Todos los días pienso en tu padre, lo recuerdo y lo añoro–con voz afligida, Milk se acercó a la escalera intercambiando miradas con Gohan–y mientras esperaba por tu regreso recordé la última vez que hablé con él, fue antes que se marchara a pelear contra Cell. Le pedí que me prometiera que no permitiría que tú pelearas; pero no lo hizo.

– Mamá…

– Sé que esta conversación la hemos tenido muchas veces en el pasado, y no es mi intención molestarte de nuevo; solamente quiero decirte una cosa más al respecto–Milk, humedeciendo sus labios, se tomó un instante antes de continuar–gracias a que venciste a Cell cuando eras un niño pequeño, hoy en día muchísima gente puede disfrutar de su vida.

Gohan pretendía hablar pero Milk se le adelantó.

– A diario veo en tu rostro mucho cansancio, no puedo ni imaginarme todo lo que tienes que hacer para evitar que descubran quién eres. Así que sólo puedo limitarme a decirte esto: vive feliz, vive sin ningún temor–sin saberlo, Milk tranquilizó temporalmente a la bestia dentro de Gohan–no le debes nada a este mundo, no le debes absolutamente nada. Al contrario, todos en este mundo estamos en deuda contigo.

Gohan, sin esperarse semejante afirmación por parte de su madre, olvidó por un instante todo lo que vio horas antes entre Shapner y Videl retrocediendo varios años en el pasado. Recordó la vergüenza y tristeza que lo embargó por la muerte de Goku, evocó lo mal que se sintió por no haber hecho lo correcto cuando tuvo la oportunidad para hacerlo.

Su arrogancia y su desmedida confianza fueron equivocaciones mortales que lo atormentaron por incontables noches, haciéndolo revivir aquel fatídico momento una y otra vez deseando poder dar marcha atrás y enmendar sus fallas. Fue en ese punto, al verse rodeado de culpa y remordimiento, que Gohan se prometió a él mismo que no volvería a caer ante su lado salvaje y primitivo.

Una promesa que se mantuvo en pie hasta el día de hoy.

– Ve y cámbiate de ropa, la cena estará esperándote aquí cuando bajes…

– Gracias mamá…

Gohan, mientras se dirigía a tomar una ducha, sentía que huía. Huía como si hubiese robado un banco o una joyería. No obstante, en realidad huía de su madre avergonzándose por ocultarle el conflicto que vivía por dentro. Le hubiese encantado platicarle de los nuevos sentimientos que descubrió en él, sentimientos que nacieron al mirar con otros ojos a cierta jovencita pelinegra.

Pero no queriendo entrar en detalles, Gohan prefirió ocultarlos aunque eso significase que rodara por un escabroso acantilado como consecuencia de su inexperiencia y juventud. Así pues, encerrándose en el cuarto de baño, el hermano mayor de Goten se desnudó abriendo la regadera que no se demoró en mojarlo.

Estando allí, apoyado en una pared bajo la gélida corriente, un Gohan controlado por su instinto saiyajin juró que haría lo que fuese con tal de quitarle a Videl la venda que la enceguecía. Sin importar el método ni los obstáculos, Gohan rompería el hechizo que Shapner lanzó hacia ella. Si Shapner quería pelea, se la daría.

Y Shapner, sin tan siquiera imaginar los pensamientos de Gohan, acompañó a Videl hasta la entrada de la mansión de su padre siendo escoltados por una sirvienta que los cubrió con un paraguas. Arreglando su traje mojado y desalineado, el rubio aprovechó los escasos segundos que le quedaban para lucir presentable y elegante ante la mirada del campeón mundial.

– ¡Por fin, los estaba esperando!

Alegre y muy ameno, el padre de su amada apareció de sorpresa ofreciéndoles una gran sonrisa.

– Bienvenido, Shapner. Ansiaba muchísimo poder conocerte.

Irónicamente, con aquel apretón de manos, Shapner daba la impresión de haber cerrado un trato con el demonio.

Fin Capítulo Quince

Hola, muchas gracias por leer un episodio más de esta historia. En este capítulo quise profundizar más en los padres de Gohan y Videl quienes, como ya vieron, están involucrados tanto directa como indirectamente en el conflicto de sus hijos. Consideré necesario explorar levemente a ambos, así quería darle un poco más de trasfondo a la trama del fic.

En capítulos anteriores olvidé mencionar que Van Zant, quien cada vez más se está metiendo en el desarrollo de la historia, no es un personaje inventado por mí. Si hacen memoria, durante la Saga de Buu apareció un tipo rubio que por diversión mató a una pareja de ancianos y luego fue asesinado por Majin Buu. Pues él es Van Zant, su nombre también es el oficial de DBZ.

Las personas que hayan leído mi otro fic titulado Lo malo de ser un héroe, lo recordarán sin ningún problema porque también lo utilicé en ese fic. Ya para terminar por hoy quiero desearles una muy feliz navidad a todos y un año 2018 lleno de muchas bendiciones, me voy por ahora pero nos volveremos a ver muy pronto.

Les doy las gracias a Saremi-San 02, Giuly De Giuseppe, SViMarcy, Guest y a Majo24 por sus comentarios en el capítulo anterior.

Gracias por leer y hasta la próxima.