Disclaimer: Ni Dragon Ball ni sus personajes me pertenecen.

Capítulo 16

Arriba, sobre sus cabezas, el cielo daba la impresión de desgarrarse produciendo un sinfín de relámpagos y truenos que eran acompañados por un interminable diluvio. El viento, azotando las fachadas de los edificios con ferocidad, creaba pequeños tornados que vagaban por las calles de la ciudad sacudiendo las ramas de los árboles empujándolas hasta el límite de su resistencia.

Y los peatones más afortunados, cubriéndose con paraguas, caminaban con prisa entretanto los que no contaban con la misma fortuna buscaban un sitio donde refugiarse. Tales condiciones climatológicas, eran una clara señal que la época de fuertes precipitaciones empezaba a hacerse presente en la urbe del gran campeón mundial dando por concluida la estación veraniega.

Shapner y Videl, esquivando a los demás transeúntes, maldecían su mala suerte mientras la lluvia los envolvía empapándolos sin remedio. A Videl, principalmente, se le dificultaba mucho correr por culpa de los altos zapatos de tacón que traía puestos. Pero, al cabo de unos metros, mandó todo al carajo y se los desabrochó prefiriendo continuar con los pies desnudos.

A medida que el torrencial aguacero se prolongaba, un numeroso cúmulo de charcos fue formándose en el suelo reflejando las brillantes luces con las cuales la metrópoli combatía las tinieblas de la noche. Y al pisar uno de esos pozos de agua helada, Videl se giró hacia atrás mirando como Shapner corría detrás de ella esforzándose por mantenerse cerca.

Quiero ser tu novio y algún día tu esposo–al verlo, sin poder evitarlo, su memoria evocó las palabras que el rubio le dedicó hacía menos de diez minutos– ¿quieres ser mi novia, Videl?

Si bien ya le había respondido a su pregunta, tal interrogante seguía estremeciéndola con aún más intensidad que las bajas temperaturas a su alrededor. Pocos años antes, ni remotamente, Videl habría imaginado que accedería a semejante proposición concediéndole aquello que Shapner tanto anhelaba. Sin embargo, traicionándose a sí misma, Videl sólo quería pagar su deuda con él.

¿Qué respondes, Videl? –Shapner, ya no pudiendo resistir su ansiedad e impaciencia, la atrajo hacia él cerrando la diminuta brecha entre ellos–sea cuál sea tu respuesta, la aceptaré y la respetaré. Tienes mi palabra…

En ese instante quiso gritar, quiso salir huyendo de allí para esconderse en alguna cueva y nunca volver a ser vista. En verdad deseaba escapar, deseaba escapar de aquel abismo que se hizo tan inmenso que la devoró por completo. No obstante, sabiendo que no tenía otra opción, reunió el escaso valor que todavía le quedaba y se mantuvo firme como un roble donde se hallaba parada.

Sí…

¿Qué dijiste? –Shapner, sumergido en su expectación, no pudo entender la voz casi inaudible de Videl–no te escuché bien…

Dije sí, sí quiero…–mordiéndose el labio inferior al escuchar su propia voz en sus evocaciones, Videl le rogaba a la tierra bajo sus pies que se la tragara ahí mismo permitiéndole desaparecer por toda la eternidad–has sido muy amable conmigo, más de lo que merezco. Fui tan cruel contigo tantas veces, te tiré a la basura sin pensar en tus sentimientos. No quiero lastimarte otra vez…

Videl, yo…

Por favor, sé paciente conmigo. No sé mucho de esto, nunca he estado con nadie antes. Al menos creo que podemos intentarlo…

Intentarlo, al menos podría hacer el intento. Shapner no tenía culpa de nada; al contrario, él fue víctima de su exceso de confianza al creerse invencible. Si no hubiese sido por él, aquella bala la habría impactado enviándola a la tumba. Shapner le salvó la vida, él la cubrió con su propio cuerpo protegiéndola de la muerte. Gracias a él continuaba viviendo, ahora debía recompensarlo.

Alzando la mirada, deseando olvidarse de todo aquello por un santiamén, Videl divisó en la lejanía la enorme e iluminada mansión de su padre que se encumbraba sobre las restantes edificaciones presumiendo su magnificencia y elegancia. Sin lugar a dudas, dicha residencia era la encarnación terrenal de la opulencia y la avaricia. Con su hogar no muy lejos, Videl se apresuró.

Shapner, por otro lado, se limitaba a seguirla tratando de igualar el apresurado andar de su novia. Y al pensar en ella usando esa palabra, Shapner aún no terminaba de creerlo atreviéndose a desear que algún rayo cayese sobre él para comprobar si aquello era real. Escuchando como uno caía a una corta distancia, el rubio se estremeció al reprocharse lo estúpida que sonó su petición.

No estaba soñando, ni delirando ni muchísimo menos imaginando cosas: Videl sí aceptó ser su novia. Al fin, luego de millones de dolorosos rechazos y tentativas inútiles, la chica que adoraba como a una diosa le correspondió a su alocado corazón. Feliz, sintiendo como la gélida brisa golpeaba su faz, a Shapner le dejó de importar la tormenta encima de él explotando de alegría.

Gracias, gracias, gracias–oyéndose en sus recuerdos, Shapner ya no podía esperar por la próxima vez que pudiese besarla de nuevo–te amo, te amo tanto Videl…

Deberíamos apurarnos, está empezando a llover–dándose cuenta que el clima comenzaba a tornarse más hostil, Videl lo separó levemente de ella para marcharse antes de que empeorase–no quiero que lleguemos empapados a cenar con mi padre.

Claro, vámonos ya…

Y así, con su relación habiéndose oficializado, ambos emprendieron una frenética huida al verse acorralados por la llovizna que fue ganando vigor al rodearlos. Sonriendo, observando como el largo cabello negro de Videl se mecía a sus espaldas al acelerar, Shapner vio cómo su destino se encontraba en la cima de una colina comprendiendo que muy pronto lo conocería a él:

Al campeón mundial de las artes marciales.

Al valiente que protegió al mundo de las garras de Cell.

Al hombre que era el padre de su primer y único gran amor.

Mr. Satán, su suegro.

Entendiendo el peso que aquello conllevaba, Shapner borró su tonto semblante de regocijo mirándose a sí mismo entrando en pánico por su desaliñado aspecto. Su ropa, escurriendo litros y litros de agua, le daba el porte de un chico descuidado que no parecía ser digno de alguien como Videl. Susurrando una soez palabrota, el rubio rogaba por un milagro que viniese a rescatarlo.

– ¡Vamos Shapner, apresúrate! –Videl, sacándolo de sus pensamientos, alzó la voz ganándose su atención– ¡no te quedes atrás, ya nos falta poco para llegar!

– ¡Sí Videl, voy detrás de ti! –Shapner, respondiéndole con rapidez, apretó el paso no queriendo mojarse más.

Corriendo como un par de locos, sin detenerse ni para recuperar el aliento, tanto Videl como Shapner usaron hasta el último gramo de su fuerza. Bajo otras circunstancias, la otrora justiciera hubiese querido darse una ducha caliente antes de acostarse en su cama y dormir por mil años. Empero, recordando la cena de esta noche, Videl se limitó a suplicar que todo terminase bien.

Y allí, a casi nada de alcanzar su meta, los ojos azules de Videl se agudizaron distinguiendo una silueta humana en la entrada de su casa. Shapner, viendo lo mismo que ella, no se tardó en identificar a dicha persona como una sirvienta debido al uniforme que utilizaba. Oyendo como esa criaba pronunciaba el nombre de Videl, Shapner intentó lucir lo mejor que fuese posible.

– ¡Señorita Videl, señorita Videl! –haciéndole ademanes con una mano, aquella camarera la saludó– ¡venga, dese prisa!

Aquella veterana mujer, usando una sombrilla para guarecerse de la lluvia, se dispuso a recibir a Videl quien no se tardó ni un segundo en reunirse con ella. Shapner, llegando casi inmediatamente, la imitó agradeciéndole a esa mucama por su oportuna aparición. Desdichadamente para el dúo de jóvenes, ya sus vestimentas yacían arruinadas por el clima.

– ¡Por Dios santo, los dos están empapados!

– Apuesto que papá te ordenó que nos esperaras aquí–Videl, escurriendo levemente sus cabellos, le comentó adivinando el motivo de su estadía en ese sitio.

– Sí señorita, el señor Satán ordenó que alguien la esperara en la entrada principal–contestándole, la sirvienta le explicó–usted conoce lo impaciente que es su padre y cuando vio que la lluvia no aminoraba, comenzó a inquietarse por su demora.

– Le agradezco mucho que nos recibiera, hemos corrido como un par de dementes por toda la ciudad–Shapner, uniéndose a la conversación, pretendía dar una buena primera impresión desde ahora.

– No hay de qué, joven–sonriéndole, ella le replicó–bueno, será mejor que entremos de una vez o el señor Satán terminará por perder la paciencia por completo.

– Sí, tienes razón–Videl, no muy animada, terminó de escurrir su cabellera.

– Pero antes que nada colóquese los zapatos otra vez, si su padre la ve caminando así…

– Lo había olvidado, gracias–con fastidio, y sin mucha delicadeza, Videl volvió a colocarse sus zapatillas–jamás entenderé cómo hay mujeres que pueden usar estas malditas cosas todos los días, son terriblemente incómodas para caminar.

– Le aseguro que se acostumbrará con el tiempo, es sólo cuestión de práctica…

Sin más preámbulos ni demoras, Shapner y Videl fueron escoltados por aquella criada quien los condujo por un largo pasillo que atravesaba un bellísimo y verdoso jardín. A cada lado del sendero, y como si pudiesen verlos al avanzar, una veintena de altas estatuas de mármol con la apariencia del campeón mundial les dieron la bienvenida al presumir gigantescas y exageradas sonrisas.

Aunque, tales efigies, Shapner ya las conocía. Esta no era la primera vez que él visitaba la morada de Mr. Satán, ya lo había hecho en un par de ocasiones junto a Ireza cuando a la rubia se le ocurría la idea de pasar el rato en la habitación de Videl. No obstante, al encontrarse fuera de la ciudad atendiendo sus negocios, Mr. Satán no hizo acto de presencia en ninguna de esas oportunidades.

Volteándose, mirando de reojo a Videl, Shapner no terminaba de salir de su asombro al ver lo que estaba a punto de suceder. Aún podía recordar cuando la conoció en la primaria, aún recordaba cómo se sintió cuando comprendió los sentimientos que tenía por ella. Y hoy, después de casi haber tirado la toalla incontables veces, finalmente se presentaría como lo que era ahora:

Un miembro más de la familia Satán.

– ¡Señorita Videl, al fin llega! –Sashimi, aguardando en las puertas de la mansión, se les acercó sin ocultar su agitación–su padre ha estado preguntando insistentemente por usted y su amigo…

– Lo sé Sashimi, lo sé. Ya teníamos planeado venir de regreso cuando la lluvia nos tomó desprevenidos–excusándose por segunda vez, Videl le afirmó.

– Ya me imaginaba que algo así había sucedido, afortunadamente ya están aquí.

– La culpa es toda mía, luego de salir del cine dimos un corto paseo y la lluvia nos atrapó–Shapner, interviniendo nuevamente, se achacó la responsabilidad por haber llegado retrasados.

Sashimi, girándose hacia Shapner, le ofreció una cara amable reconociéndolo como el jovencito que ocasionalmente visitaba a Videl en compañía de Ireza. Él, siendo el mayordomo de Mr. Satán desde que éste acumuló su riqueza, no le daba crédito a lo que veía al no creer que Videl haya tenido una cita con un chico. Aquello, conociendo el carácter de Videl, parecía imposible.

Anteriormente de iniciar sus servicios para el campeón, Sashimi ya tenía experiencia sirviéndoles a multimillonarios y magnates. Sabía cómo era el temperamento altanero y pesado de los hijos jóvenes de empresarios adinerados; pero Videl, saliéndose del molde, distaba mucho de ser así. Y tal cosa lo descubrió en la niñez de Videl, una niñez que era capaz de evocar sin ningún problema.

Era algo natural que los niños, desbordando energía y júbilo, llenasen el ambiente a su alrededor con sus risas y travesuras contagiando a los adultos con su alegría. Empero, lo único que Videl transmitía con su grisácea expresión, era una profunda tristeza que le resultaba sumamente amarga a Sashimi. El cual, de forma tácita, albergaba una gran pena por ella.

Sufriendo la muerte de su esposa, Mr. Satán trató en vano de devolverle la felicidad a su hija rodeándola de juguetes y costosos regalos. Sin embargo, como era de esperar, tales lujos no llenaban el doloroso vacío que ella dejó en el interior de Videl. Se necesitaría algo muchísimo más poderoso para lograr tal cosa, algo como el interés, el cariño y el calor de un padre.

Desgraciadamente, embriagándose por su fama y gloria, Sashimi contempló como Mr. Satán se olvidó de Videl sin percatarse que ambos se alejaban más y más con el tiempo. Sashimi, teniendo el deber de vigilarla y cuidarla en las prolongadas ausencias del campeón, atestiguó como los años fueron pasando transformándola en una bella mujer.

Mientras otras jovencitas hubiesen gastado toneladas de dinero en centros comerciales comprando joyas y vestidos, Videl, encerrándose en sí misma, pasaba días enteros entrenando y perfeccionando su técnica de pelea. La soledad y la frialdad la moldearon como si fuese de arcilla, tanto así que Videl renunció a disfrutar de su juventud.

Y si bien le era sorprendente verla acompañada de un pretendiente, con sincera humildad se alegraba por ella. Ya era hora que alguien le quitara esa máscara de malhumor y amargura que ella usaba como rostro, ya era hora que Videl saliese de ese oscuro agujero donde se recluía. Ya era hora que Videl fuese feliz.

– Vengan, síganme. El señor Satán los está esperando.

Con elegancia, ejecutando los mismos movimientos que ha realizado por décadas, Sashimi se enrumbó hacia las puertas disponiéndose a abrirlas. Shapner, por su parte, enmudeció al ver como una luz dorada y resplandeciente lo cubrió justamente cuando Sashimi los invitó a seguirlo. Y al poner un pie dentro de aquel recinto, Shapner supo que ya nada volvería a ser como era antes.

Caminando en varias direcciones, Shapner miró como un batallón de sirvientas aspiraba las alfombras y cortinas asegurándose de no dejar ni una sola mota de polvo. A su vez, con gran prisa, otro ejército de veloces lacayos terminaba de lustrar los fabulosos candelabros que iluminaban cada rincón de la estancia. Tratándose de una velada muy especial, todo debía verse impoluto.

Shapner, no queriendo perder la prestancia, avanzaba firme y recto demostrando buenos modales ante los ojos de quien lo mirase. En silencio, viendo con atención el entorno que lo acogía, el rubio no se demoró en admirar los retratos que adornaban las paredes congelándose al ver, realmente sorprendido, la pintura de una dama cuya imagen era una copia exacta de la de Videl.

La pelinegra, al ser una chica extremadamente reservada, no acostumbraba hablar mucho de sí misma creando grandes misterios que el propio Shapner apetecía resolver. Y uno de esos misterios era la madre de Videl, una persona que Shapner lamentaba nunca haber conocido. Mudo, con un solemne respeto, el rubio le habló mentalmente presentándose como si ella pudiese oírlo:

"Le prometo que yo la cuidaré, le prometo que yo la haré muy feliz".

– Aguarden aquí, iré a informarle al señor Satán que ya han llegado–Sashimi, marchándose, les expresó con voz refinada.

Dirigiéndose a la oficina privada del campeón, Sashimi los dejó solos simultáneamente a que cada uno de ellos seguía sumergido en sus respectivos pensamientos. Shapner, hablándole a la fallecida madre de Videl, le juraba que sus intenciones con ella eran honestas e íntegras. Videl, mirándolo de soslayo, hubiese querido correr a su recámara pero sus pies parecían estar anclados al piso.

Abstraído, Shapner entendía que si Mr. Satán le concedía el visto bueno a su noviazgo con Videl, su existencia daría un vuelco tan increíble que podría compararlo con la historia de un cuento de hadas. Pero, esta vez, no sería una humilde doncella quien subiría a la cima gracias a un apuesto príncipe; al contrario, debido a una hermosa princesa un simple plebeyo entraría en la nobleza.

No muy lejos de él, e igual de pensativa, Videl alzó la cabeza rogándole a su mamá que le diese fuerzas y valor para continuar adelante. Apretando los puños, harta de tanta ansiedad e inseguridad, Videl trató de exorcizar aquellos demonios sintiendo como sus nervios le anunciaban que ya no resistirían más. Y allí, al borde del colapso, Videl recurrió a lo único que la tranquilizaba.

Su anestesia.

Su bálsamo.

Su placebo.

Shapner.

Necesitando otra dosis, Videl se le aproximó veloz extendiendo un brazo hacia él mientras Shapner continuaba de espaldas a ella. Y allí mismo, sin importarle los murmullos de los curiosos sirvientes en las cercanías, Videl lo tomó de la mano suscitando que Shapner se volteara hacia ella luciendo una mezcla de sorpresa y complacencia. Videl Satán, lo quisiese o no, era completamente suya.

– ¡Por fin, los estaba esperando!

Sacudiéndolos y provocándoles un susto de muerte, Mr. Satán se presentó en aquel aposento tomándose un segundo para observarlos de arriba a abajo. Videl, sonrojada, se ladeó sutilmente hacia la izquierda cubriendo su rubor con sus extensos mechones azabaches. Shapner, como un soldado de plomo, aclaró su garganta diciéndose en sus adentros que mantuviera la calma.

– Bienvenido, Shapner. Ansiaba muchísimo poder conocerte–ofreciéndole un amistoso apretón de manos, Mr. Satán se esmeró en verse relajado y hospitalario.

En otra época, Mr. Satán hubiese explotado en rabia considerando inadmisible que su primogénita estuviese a tan corta distancia de un chico. Sin embargo, sabiendo que Shapner tendría un papel crucial en su venganza contra el Gran Saiyaman, el campeón mundial estaba más que dispuesto a permitir eso y mucho más de ser necesario.

– Es…es un honor poder conocerlo, Mr. Satán–soltando a Videl con delicadeza, el galán de cabellera dorada le devolvió el gesto–lamento mucho tener que usar mi mano izquierda, pero cómo puede ver no me es posible mover con normalidad mi brazo derecho.

– No te preocupes, más adelante me gustaría hablar contigo sobre eso–inclinándose hacia su hija, Mr. Satán se recordaba que todo lo que hacía era por ella–me alegra que ya estén aquí, parece que la temporada de lluvias comenzó más pronto de lo normal. Llegué a preocuparme un poco cuando vi que el reloj continuaba avanzando y ustedes no aparecían.

– Eso también es culpa mía, señor–Shapner, deseando demostrar que era un hombre responsable y serio, le aseveró sin vacilación–como le expliqué a su mayordomo, Videl y yo fuimos a ver una película al cine y al terminarse la función dimos un paseo por la ciudad. Para nuestra mala suerte el clima nos tomó desprevenidos y por eso quedamos empapados.

– Puedes estar tranquilo, no estoy molesto por eso–riéndose, dando una de sus sonoras carcajadas, Mr. Satán daba la impresión de ser el mismo de siempre–te contaré algo, Shapner. Hace muchísimos años, cuando tenía tu edad, invité a la madre de Videl a cenar al aire libre para mirar las estrellas arriba de nosotros. Todo comenzó de maravilla, fue simplemente perfecto, pero menos de una hora después el cielo empezó a escurecerse y un tremendo aguacero salió de la nada interrumpiendo nuestra cita. Ambos quedamos mojados de pies a cabeza; pese a eso fue la mejor noche de mi vida.

Y allí, mirando a la pareja de jóvenes en frente de él, Mr. Satán se recordó a sí mismo por un instante evocando a su adorada esposa extrañándola aún más que ayer. Videl, con aquel lindo atuendo que traía puesto, era casi una réplica idéntica de su madre en aquella mágica primera cita. Videl, inequívoca y totalmente, heredó de ella tanto su coraje como su hermosura.

Así pues, no queriendo hacerlos esperar más, el campeón se prestó a conducirlos al comedor donde los cocineros, preparando sus más exquisitos platillos, llenaron hasta más no poder toda la extensión de la mesa perfumando la habitación con aromas que de inmediato abrían el apetito. Tomando asiento en su silla favorita, Mr. Satán no apartaba su atención de su joven invitado.

– Papá–interrumpiéndolo, hablándole antes de ocupar su espacio en la mesa, Videl se robó las miradas de tanto Shapner como Mr. Satán–los dos tenemos la ropa mojada y antes de cenar me gustaría ir a mi cuarto a cambiarme. No me tardaré mucho.

– Claro hija, ve y cámbiate–sonriente, demasiado para el gusto de Videl, Mr. Satán le concedió su petición–ahora que lo pienso te debo una enorme disculpa, Shapner. Tú también estás empapado, si lo deseas puedo ofrecerte un cambio de ropa.

– No se preocupe, señor. No quiero ser una molestia, con un par de toallas secas será suficiente.

– Para nada, para nada–haciendo unos ademanes, Mr. Satán chasqueó los dedos provocando que Sashimi se le acercara en menos de lo que cantaba un gallo–Sashimi, tráele a Shapner un par de toallas secas.

– Sí señor…

– Regreso en cinco minutos…–Videl, generando un peculiar sonido al correr con sus tacones, se marchó del comedor perdiéndose de vista al doblar en una esquina dirigiéndose a su recámara.

Viéndola retirarse con urgencia, Mr. Satán vio que aquella repentina soledad le resultaba sumamente conveniente. No tenía planeado actuar tan pronto; pero aún teniendo muy fresca la conversación que tuvo con Van Zant, el campeón mundial humedeció sus labios preparándose para jugar una atroz partida de ajedrez donde Shapner sería la pieza más llamativa del tablero.

Lo trataría como a un rey, lo rodearía de promesas y comodidades que lo enceguecerían impidiéndole darse cuenta que, en realidad, no era más que un mero y pequeño peón.


Desorientado, sin saber dónde se encontraba, el suelo fue llenándose de sus huellas al no detener su errática caminata. Algo en aquel lugar le resultaba familiar, no tenía claro porqué pero sabía que así era. Y dicha sensación, a medida que continuó caminando al subir por una empinada colina, fue intensificándose llegando al extremo de dejar a Gohan completamente desconcertado.

En la distancia, detrás de unas afiladas y enormes formaciones rocosas que obstaculizaban su visión, Gohan alcanzaba a escuchar un interminable concierto de explosiones y retumbos que, como si lo hechizaran, lo hicieron acelerar dirigiéndose justamente hacia allí. Agudizando la vista, analizando el entorno, Gohan entrecerró los ojos al verse cegado por la brillante luz del sol.

Y al dar un paso, sin percatarse de su presencia, Gohan tropezó con una piedra siendo halado por la gravedad que lo hizo caer contra el pedregoso piso. Aturdido y tendido sobre la marchita y casi extinta grama, Gohan, intentando aclarar sus pensamientos, volvía a sentir que esa no era la primera vez que visitaba aquel desolado paraje desértico.

Yo sé que ya he estado aquí antes, yo sé que sí–hablándose a él mismo, Gohan apretó una de sus manos adueñándose de un gran puñado de tierra seca y amarillenta–pero cuándo, no lo logro recordar.

Repentinamente, estando en aquella posición, Gohan percibió como una violenta sacudida estremecía la superficie terrestre provocando que algunos diminutos guijarros saltaran, e inclusive, flotaran ante él. Gohan, poniéndose alerta, se apresuró a levantarse sin tomarse la molestia de sacudir el polvo y la suciedad que cubrían su vestimenta.

Con los movimientos sísmicos ganando más y más notoriedad, Gohan se vio inundado por una asfixiante curiosidad que lo empujaba a seguir superando cuanto obstáculo encontrase en su camino. Fue tal su deseo por descubrir y entender lo que ocurría que, olvidándose por completo que era capaz de volar, escaló con dificultad una larga sucesión de amplias y elevadas dunas.

¿Qué está pasando aquí, qué ocurre? –y al fin, llegando a la cumbre de una ladera, Gohan recibió las respuestas que tanto exigía.

Abajo, a poco más de un kilómetro de su ubicación, Gohan halló en medio de una vasta planicie una blanquecina plataforma adornada con cuatro esbeltos y altísimos pilares. Y ahí mismo, parados en el perímetro de aquella edificación, también observó a un grupo de personas que atestiguaban la titánica y colosal batalla que se libraba precisamente adelante de ellos.

Enfocándose en el epicentro de toda la acción, la mente de Gohan se liberó de la espesa neblina que la envolvía reconociendo lo que sucedía y quiénes lo protagonizaban. Cell, enfrentándose a Son Goku, desplegaba un brutal ir y venir de puñetazos cuyos ecos estremecían el planeta evidenciando el inmenso poder que ambos poseían.

Gohan, como si se hubiese convertido en una estatua, miraba la pelea totalmente enmudecido sin percatarse que la loma bajo sus pies empezaba a desmoronarse como consecuencia de la intensidad sobrehumana con la cual Cell y Goku combatían. Y es que con cada golpe que el saiyajin y el androide intercambiaban, Gohan iba recordando la crucial importancia de tal enfrentamiento.

¿Cómo es esto posible, acaso se está repitiendo la historia? –confuso, todavía pasmado por estar mirando una contienda que ocurrió siete años atrás, Gohan se buscó a sí mismo hallándose rápidamente entre los demás espectadores– ¡esto no puede ser verdad, tiene que ser una broma!

No todos los días alguien podía verse a sí mismo; no obstante, Gohan podría presumir que eso estaba haciendo justo ahora. Vestido con un atuendo similar al de Picorro, un Gohan más joven veía concentrado las arremetidas que Cell le lanzaba a su padre entretanto éste las esquivaba luciendo la agilidad que fue obteniendo con sus interminables entrenamientos.

Con el transcurrir de los minutos, tanto Goku como Cell, ofrecieron un verdadero espectáculo al emplear una gran variedad de técnicas demostrando que ninguno de los dos se estaba conteniendo. Más allá del destino de la Tierra, los dos contrincantes disfrutaban de la lucha reflejando grandes y complacidas sonrisas cada vez que se atacaban mutuamente.

Y Gohan, sin dejar de observar a su padre, no pudo evitar recordar el trágico desenlace que tendría el Torneo de Cell donde, por su culpa, su familia terminaría partida a la mitad. Con tal amargura acumulándose en él, Gohan reinició su andar deseando acercarse hasta su papá para advertirle lo que sucedería en menos de una hora.

Sin embargo, al producirse una tempestuosa explosión, el terreno donde se situaba acabó de desquebrajarse desatando una avalancha de escombros que rodaron por varios metros hasta amontonarse entre sí. Gohan, para su mala fortuna, no pudo escapar de aquello quedando atrapado debajo de toneladas de arena y rocas.

¡No puedo quedarme aquí, tengo que decirle a papá que Cell se autodestruirá! –Por más imposible e ilógica que fuese tal realidad, Gohan la tomaba con mucha seriedad no queriendo ver a su padre morir otra vez ante sus ojos humedecidos por las lágrimas–¡no permitiré que vuelva a pasar otra vez, no lo voy a permitir!

Ascendiendo, sin importarle el descomunal peso de los peñascos encima de él, Gohan fue emergiendo consiguiendo sacar una mano para más tarde hacer lo mismo con la otra. Y al desenterrarse parcialmente, Gohan lo hizo en el momento oportuno para presenciar como Cell disparaba una potente descarga de energía que destruyó la plataforma del torneo.

La onda expansiva lo impactó de lleno forzándolo a protegerse con sus brazos; aunque tal ventisca fue debilitándose gradualmente devolviéndole la paz al ambiente por unos escasos instantes. Gohan, aprovechándose de aquellas circunstancias, se prestó a liberarse en su totalidad disponiéndose a buscar a todos los demás antes que fuese demasiado tarde.

¡Los encontré!

Inmóviles, platicando el uno con el otro, Cell y Goku se tomaban un leve descanso preparándose para reiniciar las hostilidades. Girando a su derecha, Gohan miró como Mr. Satán junto a sus acompañantes se guarecían atestiguando los acontecimientos todavía sin ser conscientes del riesgo que corrían por el simple hecho de estar allí.

Olvidándose de ellos, Gohan no se demoró en encontrar al resto de sus amigos quienes reposaban en el borde de un acantilado vigilando atentamente a Goku y a Cell. Y Gohan, clavando sus retinas en su versión más infantil, le echaba un vistazo experimentando una combinación de rabia y tristeza que, de a poco, fue transformándose en una ácida y corrosiva culpabilidad.

En su infancia, el miedo formaba parte de su esencia. Al verse en un peligro mortal, sus músculos se paralizaban convirtiéndose en una presa fácil para el temor. Muchos dirían que tal cosa era completamente normal en un chiquillo; empero, al tratarse del hijo de un guerrero y al ser descendiente de la raza saiyajin, el que se sintiese asustado era una muestra de su debilidad.

Picorro, con su rigidez y aparente crueldad, fue el artífice que aquel monstruoso terror retrocediera sacando a Gohan de la burbuja donde su madre, sin tener malas intenciones, lo encerró al sobreprotegerlo. Y así, con el interminable pasar de los años, el Gohan miedoso casi desapareció entregándole las riendas a un Gohan en más armonía con sus emociones.

Pero tal cosa trajo un efecto inesperado; ya que otro sentimiento reclamó como suyo el trono que el pánico perdió: la ira. La ira, al ser fortalecida por el incontrolable instinto saiyajin, se apoderaba de Gohan cuando la razón tiraba la toalla liberando el poderío que corría por sus venas. Tal poderío desenfrenado, le ayudó a mantenerse a salvo cuando ya nada podía salvarlo.

Sólo era cuestión de esperar para que la mecha en su interior se encendiera, llevándolo a un nivel que sinceramente jamás creyó alcanzar. Y esto se materializó en la habitación del tiempo al entrenar con su padre, allí, habiendo superado la prueba con creces, el fulgor dorado que residía en sus adentros finalmente se liberó dotándolo de una fuerza con matices de leyenda y mito.

La pelea ya se reanudó…

Efectivamente, sin más preámbulos ni charlas, Cell y Goku se arrojaron a la guerra como dos gladiadores en un coliseo. Y aquello, más que sonar como una metáfora, fue real. El primer round fue para divertirse, para medir al oponente. En este segundo encuentro, uno sucumbiría mientras el otro se proclamaría ganador. Dependiendo de quién sea, la humanidad se salvaría o no.

¡Tengo que ayudar a papá, no me quedaré aquí sólo mirando!

Incrementando su ki, tiñendo sus cabellos de oro, Gohan se propulsó hacia donde los beligerantes luchaban en un noble intento por evitar el irremediable sacrificio de su padre.

¡Papá!

Pero fue precisamente allí, al tratar de golpear a Cell, que Gohan tuvo que admitir la falsedad de los sucesos que contemplaba. Su puño, atravesando la silueta del androide como si fuese un fantasma, no llegó a dañarlo quedándose boquiabierto por el asombro. Por su parte, Goku voló directamente hacia Cell traspasando el cuerpo de Gohan como si éste no existiese.

¡No, no, no! –Negándose a aceptar la verdad, Gohan se resistía a ver a su padre sacrificándose de nuevo– ¿acaso no hay algo que pueda hacer para cambiar las cosas, acaso tengo que volver a verlo morir por mi culpa?

A pesar que las secuelas de los ataques sí repercutían en los alrededores, los combatientes eran meras proyecciones mentales que cobraban realismo gracias a la memoria de Gohan. El cual, cayendo arrodillado, no tenía más alternativa que ser un espectador más de las acciones. Y sin tener el valor de apartar la mirada, Gohan revivió segundo a segundo aquel horrible día.

Goku, para sorpresa de propios y extraños, se rindió asegurándole a Cell que su reemplazo sería el encargado de dar por acabado su retorcido y demencial juego. Y el Gohan adolescente, al escuchar tal proclamación, se volteó a un costado observando a su otro yo sintiendo la misma angustiosa opresión en el pecho que su homólogo padecía.

En aquel entonces no entendía por qué, simplemente no comprendía qué empujó a su padre a tomar una decisión tan drástica como esa. Aún así, prometiéndole que daría su mejor esfuerzo, aquel Gohan cargó en sus hombros la responsabilidad de vencer al terrible de Cell. Así pues, saltando desde aquel barranco, el primogénito de Son Goku encaró la muerte sin duda alguna.

¡Quiero salir de aquí, quiero salir! –El Gohan más mayor, viéndose luchar contra Cell, cubrió su rostro con sus manos rehusándose a revivir el martirio que aquel demonio le causó– ¡ya no más, ya no quiero ver más!

Pese a su deseo, Gohan continuaba ahí.

Cell, tomando la delantera, fue olvidándose de combatir prefiriendo torturar a su más joven rival deleitándose con los gritos de dolor y agonía que éste liberaba. Sin embargo, aburriéndose con demasiada rapidez, el bioandroide pronto enfocó su maldad en los otros luchadores allí reunidos castigando al pequeño Gohan de un modo más psicológico.

Engendrando siete diminutas criaturas iguales a él, Cell sonreía complacido al crear su propio parque de diversiones para él solo. Sufriendo tal infierno por segunda vez, el Gohan más viejo seguía rogando salir de allí si bien ignoraba cómo fue que llegó en primer lugar. Y para su desgracia, como lo sabía, ocurrió el evento que marcó su niñez y el resto de su vida para siempre.

La furia, de nuevo, vino a su rescate como en un sinfín de ocasiones cuando ya no tenía manera de salvarse; no obstante, al expulsar el poder que escondía dentro de él, la rabia hizo muchísimo más que solamente rescatarlo. Lo encumbró hasta lo más alto, lo colocó en la cima de la pirámide cultivando en él un orgullo tan gigantesco que el mismísimo Vegeta lo miraría con envidia.

Haber superado la barrera del súper saiyajin ordinario lo embriagó, lo encegueció tanto que se olvidó de lo que realmente importaba actuando como un salvaje en su estado más primitivo. Y así, devolviéndole a Cell todo el sufrimiento y el terror con el cual él lo torturó, Gohan dejó a un lado la sensatez divirtiéndose al mutilar el cuerpo de Cell humillando su supuesta perfección.

¡Gohan, deja de estar jugando! –Goku, al ver que la actitud de su hijo no era propia de él, trató de hacerlo entrar en razón– ¡tú eres el único que puede matar a Cell así que elimínalo inmediatamente, no sabemos de lo que es capaz si le damos aunque sea una pequeña oportunidad!

¿Quieres que acabe con él? –engreído, sintiéndose invencible, Gohan le respondió con tono arrogante– ¡es demasiado pronto papá, ese maldito gusano merece sufrir más por lo que ha hecho!

Tales palabras, convirtiéndose en una especie de penitencia, lo atormentarían por una infinidad de noches impidiéndole dormir. Su padre depositó en él su confianza, intuía que únicamente él podría detener a Cell y por ello le cedió su puesto. Trágicamente para Gohan, no supo retribuir dicha confianza viendo como Cell planeaba suicidarse para asesinarlos a todos.

¿Por qué estoy viviendo esto de nuevo, por qué? –Llorando, sintiendo como sus ojos se humedecían sin que pudiese evitarlo, Gohan ya no soportaba tener que mirar aquellos acontecimientos de nuevo– ¡ya basta, es suficiente, ya no quiero seguir mirando más!

Y abriendo aún más la herida, lo siguiente que observó terminó de desmoralizarlo.

Peleante muy bien, te felicito Gohan.

¿Papá?

Goku, apareciendo de la nada en medio de Cell y Gohan, le ofreció a su hijo un semblante lleno de amor sin ningún signo de rencor por sus casi irreparables errores. Y los dos Gohan, tanto el niño como el adolescente, intentaron hablarle quedándose sin voz al desbordarse sus sentires. Fue una despedida tan amarga que, inclusive en la actualidad, seguía atormentándolo.

Por favor hijo, dile a tu mamá que me disculpe–a pesar de su amplia sonrisa, no había felicidad alguna en ella–siempre hice las cosas a mi manera sin hacerle caso. Estoy orgulloso de ti, cuídate mucho, Gohan…

Sin más que decir, Goku se desvaneció.

– ¡Papá!

Agitado, empapado en sudor, Gohan saltó de su cama levantándose no siendo consciente de sus movimientos. Y al sentarse, al apartar las mantas sobre él, Gohan fue respirando con más lentitud dándose cuenta de lo más obvio: aquello, por más real que le pareció, no fue más que un sueño. Un sueño que, desde otro ángulo, daba la impresión de ser un castigo.

– ¿Por qué, por qué tuve que verlo morir otra vez?

La lluvia, aún cayendo con ímpetu, era una señal que el tempestuoso clima que azotaba en Ciudad Satán también golpeaba las lejanas montañas Paoz. Gohan, poniéndose de pie, caminó un poco en la oscuridad de su dormitorio acercándose a la ventana más cercana retirando las cortinas que la cubrían. Y al reclinarse sobre el cristal empañado, Gohan miró el exterior como si buscase algo allí.

Aquella pesadilla la tuvo incontables veces durante los primeros meses después del Torneo de Cell, la cual, tornándose insoportable, se intensificó cuando descubrió que su madre estaba embarazada y que tendría un hermano menor. Quien, con inocencia, le preguntaría por su padre obligándolo a confesar que fue él el causante que su familia quedara dividida.

En aquel momento, al ya no soportarlo más, Gohan rompió en llanto en los brazos de Milk contándole con lujo de detalle lo que sucedió ante Cell. Ella, llorando igualmente, lo abrazó con fuerza liberándolo de toda culpa permitiéndole volver a dormir en paz. Pero ahora, súbitamente, aquellos malos recuerdos regresaron desde lo más profundo de su alma atormentándolo otra vez.

– No había vuelto a tener esa pesadilla en muchos años, ya ni siquiera la recordaba.

Observando el interminable aguacero caer, Gohan intentó en vano ver las estrellas estando éstas escondidas por las negras nubes. Una negrura que se expandió por su habitación hasta cubrirlo, llegando, incluso, a adueñarse de sus pensamientos. Volteándose, aproximándose a una pequeña mesa, Gohan encendió una lámpara deseando iluminar tanto a su recámara como a sí mismo.

– Tengo un poco de fiebre, creo que pesqué un resfriado–padeciendo un tenue escalofrío, Gohan palpó su propia temperatura llegando a dicha conclusión.

Mañana sería un día bastante pesado, ni siquiera se atrevía a imaginarlo. La mera idea de entrar al salón y mirar a Videl junto a Shapner envueltos en una atmósfera romántica le causaba náuseas; asimismo, ver la cínica cara de Shapner le provocaba una enorme tentación de borrarle su sonrisa con un puñetazo. Lamentablemente para él, tal cosa le traería más problemas que soluciones.

Amargado, frotándose su rostro enrojecido por la fiebre, Gohan blasfemaba insultándose a sí mismo por su característica timidez. Ya estaba harto de avergonzarse por cualquier situación, ya no quería tartamudear ni vacilar como un tonto cada vez que debía tomar una decisión. Pero, sobre todo, se recriminaba no haberse dado cuenta de lo que ella significaba para él.

Quizás Shapner era un fanfarrón y un charlatán, pero al menos tenía muy en claro lo que deseaba empeñándose en conseguirlo intentándolo cuantas veces fuese necesario hasta lograrlo. En contraste, Gohan tuvo que dar mil vueltas antes de comprender que la admiración y preocupación que sentía por Videl no correspondían con un simple aprecio entre amigos.

En definitiva, no le resultará nada agradable verlos muy unidos cuando se reúna con ellos en la preparatoria. Las indirectas e insinuaciones no funcionaron con el rubio, tales tácticas fracasaron porque no se atrevió a encarar el problema desde la raíz. Por ende, al escuchar su lado saiyajin gritándole al oído, Gohan supo que ya era hora de ser directo y tomar al toro por los cuernos.

¿Pero qué relación tenía aquello con sus pesadillas?

¿Por qué volvió a experimentar tal visión luego de tantos años?

Gohan, como si tratase de resolver un complejo rompecabezas, interpretaba tal cosa de miles de formas sin saber cuál de todas era la indicada. Sin embargo, al reacomodarse en su almohada, Gohan creyó resolver el enigma: en el pasado, por no haber hecho lo correcto, un océano de remordimientos y pesares casi lo ahogan en sus frías e inclementes profundidades.

Lo sucedido entre Videl y Shapner era una consecuencia de su indecisión y desatención, si hubiese actuado con más solidez nada de esto estuviese ocurriendo. Pero ya no había marcha atrás, no podía retroceder el reloj y recomenzar. Tal y como lo decidió al expulsar su enojo cuando admitió que le enfurecía ver a Videl con él, Gohan pelearía con Shapner más que por sólo separarlo de ella.

Pelearía por hacerla regresar, por devolverle aquella chispa que perdió y, máxime, por confesarle más de un secreto. Apagando la luz, Gohan esperaba que su padre no se sintiese decepcionado de él por lo que haría.


Veloz, corriendo por la mansión de su padre como si el diablo la persiguiese, Videl se encaminó a su habitación subiendo por la larga y elegante escalera principal ignorando las miradas de los sirvientes. Murmurando una soez grosería, la otrora justiciera se quitó nuevamente sus tacones aún incrédula que existiesen mujeres que les gustase usar semejante calzado.

Sujetando el pomo de su puerta, Videl no se demoró en abrirla guareciéndose en su alcoba deseando no tener que volver a salir. Allí, en la intimidad de su espacio más personal, Videl tiró sus zapatos sin ningún remordimiento a su vez que se deshacía del resto de su vestuario. Y ahí, sintiéndose más a gusto, la chica soltó un sonoro suspiro de alivio al caminar por la alfombra.

Depositando sus prendas mojadas en su canasto de ropa sucia, Videl se giró a su izquierda mirándose en silencio en el espejo ante ella. Lucía patética, tanto que sintió el impulso de golpearse a ella misma en el rostro. Pero, aceptando su triste realidad, Videl se recordaba que todo aquello era justamente lo que merecía por haber sido tan arrogante y confiada.

Novios.

Oficialmente Shapner y ella eran novios.

No tenía ni la más remota idea de cómo comportarse, qué se suponía que debía hacer ahora. Dejando esas cuestiones para otra ocasión, Videl se dirigió a su armario buscando un atuendo seco que ponerse. Muda, deteniéndose por un segundo, la pelinegra se enfocó en la esquina donde solía colgar su viejo saco de boxeo.

En momentos como éste acostumbraba golpearlo y patearlo durante horas liberando, con cada golpe, la presión y la tensión que la abrumaba sin importar cuál fuese el motivo. Y al ver que ya no podía recurrir a su tradicional catarsis, Videl apretaba los dientes y crujía sus nudillos conteniendo la explosiva mezcla de emociones que se iba acumulando dentro de ella.

De continuar así, y al mejor estilo de una bomba, tarde o temprano explotaría.

– Por favor, que esta horrenda noche se termine pronto…

Lanzando una súplica al aire, Videl reanudó sus acciones vistiéndose otra vez preguntándose qué debían estarse diciendo su padre y Shapner en su ausencia. Si los conocía bien a ambos, Shapner le estaría contando lo mucho que la amaba mientras su padre exaltaba sus habilidades como peleadora adjudicándoselas a su herencia y linaje.

Empero, desafiando todos los pronósticos, la realidad distaba de las especulaciones.

– ¿Sabes, Shapner? –Con calma, haciendo su jugada con lentitud, Mr. Satán realizó la apertura de aquella alegórica partida de ajedrez–cuando te vi junto a Videl hace unos minutos, juraría que volví en el tiempo mirándome a mí mismo al lado de mi esposa. Recuerdo muy bien cuando me presenté ante sus padres, aún puedo recordar el miedo y los nervios que me invadieron cuando les dije mis intenciones.

– ¿Por casualidad tuvo temor que lo echaran a patadas? –congeniando con el campeón, Shapner no se percataba de sus aspiraciones.

– Sí, eso exactamente sentí–riéndose, esforzándose por soltar una risa fingida, Mr. Satán le replicó– ¿cómo lo adivinaste?

– Bueno; aunque no me lo crea, por un instante creí que usted haría eso cuando Videl y yo llegamos–soltando una leve carcajada, Shapner cruzó los dedos para que su broma surtiese efecto.

– ¿De verdad creíste que sería capaz de hacer algo así? –volviendo a reírse, Mr. Satán le preguntó.

– Sé que usted es un hombre que ama a su hija, sé que haría lo que fuese por protegerla de cualquiera que quisiese lastimarla–muy serio, dejando de lado los chistes, Shapner ni se imaginaba lo que Mr. Satán era capaz de hacer por Videl–por esa razón es que sigo creyendo que usted haría algo así, estoy seguro de ello.

– Ya que nos estamos conociendo un poco más, voy a confesarte algo–reacomodándose en su silla favorita, Mr. Satán mantenía la seriedad de la plática–cuando me casé y Videl nació, yo no tenía nada de lo que ves a tu alrededor. Vivíamos en una casa pequeña, incluso me vi obligado a hipotecarla cuando renuncié a mi antiguo empleo para seguir con mi sueño de ser un peleador profesional. Fueron tiempos muy duros, tuve que trabajar mucho para sobrevivir sabiendo que debía cuidar de mi esposa y mi hija.

Shapner, descubriendo un tenue paralelismo entre el campeón y él, le escuchaba atentamente.

– No fue fácil, los primeros combates que disputé los perdí. Con cada derrota una voz dentro de mí me decía que renunciara, que no continuara más–recordando aquellos tiempos, Mr. Satán se olvidó por un santiamén de sus planes–estuve a punto de hacerlo, sólo me faltó un empujón para tirar la toalla. Pero, después de mucho sudor y lágrimas, gané mi primera pelea. Jamás olvidaré la emoción que me invadió cuando vi a mi oponente fuera de la plataforma, ese fue un momento muy especial para mí.

– Puedo entender muy bien lo que dice, Mr. Satán–Shapner, asintiéndole, le afirmó–no sé si Videl se lo haya comentado, pero desde hace ya unos años yo formo parte del equipo de boxeo de la preparatoria.

– ¿Boxeas? –Agudizando su sentido del oído, tal cosa era perfecta para su descabellada idea de enfrentar a Shapner con el Gran Saiyaman– ¿eres boxeador?

– Sí señor–le respondió seguro de sí mismo–he competido en varios torneos escolares y el año pasado gané el primer lugar.

– Pues te felicito, y disculpa que no lo supiese–elocuente, el campeón le aseveró–me alegra que Videl se haya interesado en un chico fuerte y luchador, ahora me siento más tranquilo.

– Muchísimas gracias–sonriente, Shapner debió contener su alegría al entenderse muy bien con él–espero muy pronto retomar mi antigua rutina, extraño mucho entrenar en el gimnasio de la escuela…

– Disculpen, aquí están las toallas para el joven Shapner–interrumpiéndolos, entrando en el comedor al aparecer de la nada, Sashimi traía consigo el encargo que Mr. Satán le solicitó minutos antes–si llegase a necesitar más, no dude en llamarme…

– Se lo agradezco mucho, es muy amable–si bien era muy incómodo para el rubio sólo poder utilizar un brazo, Shapner no quería parecer una molestia pidiendo ayuda.

Retirándose, dejándolos solos otra vez, el mayordomo se marchó generando un ambiente silencioso que Shapner aprovechó para quitarse su chaqueta. Viendo la obvia dificultad que tenía para realizar dicha tarea con meramente una mano, Mr. Satán se levantó de su asiento y caminó hasta él colocándose justo a sus espaldas sin que Shapner se percatara.

– Permíteme ayudarte, me doy cuenta que necesitas ayuda–despojándolo de su chaqueta empapada, Mr. Satán se aproximó a la majestuosa chimenea en medio de la habitación colgando aquella prenda cerca del fuego–como te decía, mis comienzos fueron muy humildes. En ese entonces, mis bolsillos lucían vacíos pero eso me motivó a no rendirme.

Atento a sus palabras, Shapner se secaba con una de las toallas mientras le oía.

– Las victorias fueron llegando, una tras otra, hasta que finalmente competí en el torneo de artes marciales–reviviendo la adrenalina que experimentó en aquel instante, Mr. Satán miró fijamente las llamas de la chimenea al alimentarse de la leña a su alrededor–sé que muchos dirían que al ganar el título de campeón mi vida sólo se llenó de logros, pero con el éxito también llegan las equivocaciones.

– ¿Cómo cuáles, señor?

– Al morir mi esposa me sentí devastado, creí que lo perdería todo–avanzando de regreso hacia el chico, Mr. Satán se situó a su derecha–me refugié en la bebida y caí ante los encantos de otras mujeres, estaba tan enceguecido por todo aquello que no me di cuenta que Videl y yo nos distanciábamos. Pero una noche, al volver de una larga y cansada gira, volví a casa y me encontré con algo que me hizo abrir los ojos.

– ¿Qué cosa?

– Videl–seco, evocando la bofetada de realidad que recibió al ver a su primogénita tan golpeada, Mr. Satán iba gradualmente encaminándose al punto donde quería llegar–lucía deprimida, decepcionada de sí misma. Su mirada sólo me trasmitía dolor, la última vez que la vi de tal forma fue cuando su madre murió y sinceramente jamás creí que la volvería a ver así. Luego, al investigar un poco, supe lo que sucedió.

Mr. Satán, señalando el hombro lastimado de Shapner, provocó que ambos intercambiaran miradas el uno con el otro.

– Si mi hija hubiese muerto en ese tiroteo no lo hubiese soportado, me atrevo a decir que habría recurrido al suicidio–a pesar que sus afirmaciones pudiesen sonar exageradas o sobreactuadas, eran genuinas en su totalidad–por muchos años me sentí casi como un rey, vivía en una fantasía mientras me olvidaba del mundo real. Y esta segunda oportunidad que estoy viviendo es gracias a ti, que le hayas salvado la vida a Videl me hace estar en deuda contigo por toda la eternidad…

– Señor, no es necesaria tanta gratitud–tragando saliva, un Shapner más modesto y centrado reemplazó al bromista de siempre–yo…yo la amo, señor. La amo. Yo amo a su hija, es un poco incómodo decírselo directamente pero esa es la verdad. Me enamoré de ella como un loco cuando la conocí en la primaria, pasé varios años intentando ganarme su corazón sin poder lograrlo. Y aquella noche, cuando vi que uno de esos asaltantes le apuntó por la espalda, simplemente no lo pensé. Me lancé y la cubrí, lo hice porque estoy enamorado de ella y lo haría cuántas veces fuese necesario.

Mr. Satán, tomándolo de su otro antebrazo, se aferró a él acabando de confirmar lo que ya sabía: Shapner era el indicado para la misión, él era el elegido para destruir al Gran Saiyaman. Y era tiempo de hacérselo saber.

– Muchacho, te pido que me escuches con atención un minuto.

– Claro, señor.

– Para un padre nunca es fácil soltar la mano de su hija para entregársela a otro hombre, ese es un momento que se sabe que llegará algún día pero que se ve muy lejano. Y cuando llega, sucede tan rápido que es imposible evadirlo–Mr. Satán, rascándose su canosa barba, se prestó a continuar–yo también fui joven y comprendo el temor que se siente al tener que encarar esta clase de conversión; pero me doy cuenta que eres un chico honesto y sé que Videl está segura a tu lado.

– Señor…–Shapner, no sabiendo describir lo que sentía en ese instante, no pudo formular una frase más coherente.

– El mayor deseo de un padre es ver a sus hijos ser felices, y quiero que Videl sea feliz–mirándolo cara a cara; de hombre a hombre, Mr. Satán engrosó el tono de su voz–cometí muchos errores en mi vida, descuidé la infancia de Videl y me perdí de su adolescencia. No haré lo mismo con su adultez…

– ¿Puedo estar con ella, nos permite que estemos juntos?

– Sí muchacho, los dos pueden estar juntos–sonriéndole con suavidad, Mr. Satán aprobó su relación–sé que te comportarás como todo un caballero con ella, sé que la cuidarás y que la amarás sobre todas las cosas…

– Yo le doy mi palabra, Videl volverá a ser la que era antes. Nunca dejaré de amarla, la amaré hasta mi último aliento…

Ya no había obstáculo alguno que lo detuviese, al fin el camino se despejó mostrándole en el horizonte un futuro maravilloso al lado de la mujer que amaba. Shapner, reviviendo antiguas fantasías, dejó que su imaginación se encargara de todo. Con cada imagen mental que se proyectaba frente a él, la alegría en su interior se multiplicaba hasta casi desbordarse.

Se vio a él mismo graduándose de la preparatoria en compañía de Videl, vio como ambos asistían a la universidad tomados de la mano, vio cómo eran felicitados por sus amigos y familiares en el día de su boda y, estremeciéndolo de pies a cabeza, vio como los dos disfrutaban de su luna de miel haciendo el amor bajo la delicada luz de las velas.

Era perfecto, una utopía hecha realidad.

Sin embargo, arruinándole su idílica visión, la silueta de un encapuchado se delineó a lo lejos.

– Señor, no es mi intención echar a perder nuestra cálida plática pero hay un tema que debemos discutir–frunciendo el ceño, Shapner ni siquiera sospechaba que le estaba facilitando las cosas a su suegro.

– Te escucho.

– El verdadero culpable de la crisis de Videl es el Gran Saiyaman, estoy seguro que ha oído hablar de él.

– Sí, por supuesto que sí–cerrando su entrecejo, Mr. Satán le afirmó–también sabía que él era el responsable de todo, desearía poder desaparecer de la faz de la Tierra a ese maldito rufián.

– Videl no sabe esto, así que por favor no se lo comente–el rubio, guiñándole un ojo, se dispuso a proseguir–hace unos días lo confronté, no sé cómo sabía dónde estaba pero el desgraciado se atrevió a amenazarme.

– ¿Lo viste, hablas en serio?

– Sí señor, el patán intentó intimidarme diciéndome que si no me alejaba de Videl se encargaría de mí–recordando aquel encuentro, Shapner apretaba los dientes con rabia–pero no pudo asustarme, yo sé que él es un fraude, sé que es un charlatán. Si tan sólo pudiera usar mis dos brazos, no dudaría en darle su merecido. Ese infeliz destruyó a Videl, no permitiré que se salga con la suya.

– Entiendo muy bien lo que dices, quiero que el malnacido que le hizo daño a mi hija pague el precio de sus acciones. Moveré cielo y tierra de ser necesario, quiero ver a ese imbécil morder el polvo ante mis propios ojos…

Mr. Satán no podía pedir más, el odio que palpaba en Shapner era más que sólido; era inquebrantable. Si sus planes salían como él lo esperaba, los hombres de Van Zant en combinación con el valor del rubio debían dar como resultado una completa aniquilación del entrometido superhéroe. Y a pesar de entender los riesgos que aquello implicaba, el campeón no retrocedería.

– Perdón por la demora, pero ya volví…

Videl, interrumpiendo a su padre cuando pretendía hacer su siguiente jugada, hizo acto de presencia en el comedor luciendo un vestuario más cómodo sentándose en su espacio habitual.

– Qué bueno, hija–cambiando su semblante endurecido por uno más jovial, Mr. Satán le obsequió un abrazo fraternal a su recién oficializado yerno–terminaremos esta charla en otro momento, hay un par de puntos que quiero que platiquemos.

– ¿A qué charla te refieres, papá? –Videl, sin comprender, notó una extraña cercanía entre Shapner y su padre.

– No te preocupes, Videl. Sólo son cosas de hombres, la típica charla entre un padre y el novio de su hija–acercándose a su silla, Mr. Satán invitó a Shapner a tomar asiento con un ademán–ahora, cenemos antes que la comida se enfríe.

– ¿Entonces, ya sabes que nosotros…?

– Sí Videl, ya le dije todo a tu padre–Shapner, muy animado, extendió su brazo izquierdo para acariciar una de las manos de la pelinegra–le conté sobre nosotros y me dio su bendición para estar contigo…

– Desearía que tu madre estuviera aquí para ver este momento, ella estaría muy feliz de verte convertida en toda una mujer–levantando una copa de vino, Mr. Satán no borraba su sonrisa de su rostro–y si me permiten el atrevimiento, me gustaría que hiciéramos un pequeño brindis para celebrar la ocasión.

Shapner, veloz como un relámpago, no se demoró en sujetar una copa sintiéndose como si hubiese alcanzado el cielo. Y Videl, ante las expresiones observadoras y sonrientes de su padre y novio, tragó saliva imitándolos con cierta lentitud completando aquel inofensivo y festivo ritual. Aquello era el inicio de una nueva era para la familia Satán, un inicio que parecía ser prometedor.

Pero para que tal cosa se concretara, primero un superhéroe debía caer.

Fin Capítulo Dieciséis

Hola, muchas gracias a todos por leer otro capítulo de esta historia. Poco a poco Shapner y Mr. Satán van acercándose para concretar su objetivo en común; entretanto, Gohan busca el momento oportuno para confrontar al rubio. Y Videl, quedando en el medio del fuego cruzado, es tanto responsable como víctima de los sucesos a su alrededor.

Ojalá el episodio les haya gustado, sé que me estoy tomando mi tiempo para hacer explotar la bomba pero quiero explorar la situación desde varios ángulos. Y también estoy consciente que a muchos les provocó úlceras estomacales que Videl y Shapner oficializaran su noviazgo, espero que no me odien por eso pero es un elemento fundamental para el desarrollo de la trama.

Ya para concluir por hoy, les doy las gracias a Cecick C. Iugetsoiru, SViMarcy, Giuly De Giuseppe, Saremi-San 02, Lisa, Majo Aphrodite, y a El Calabazo por sus comentarios en el capítulo anterior.

Gracias por leer y hasta la próxima.