Disclaimer: Ni Dragon Ball ni sus personajes me pertenecen.
Capítulo 19
Agotado, cerrando la puerta detrás de él, Van Zant pretendía aislarse del mundo refugiándose en su oficina apeteciendo, casi de inmediato, algo que refrescara su sedienta garganta. Con lentitud, acercándose a su suministro personal de licor, el mafioso no se tardó en tomar un vaso sirviéndose una copa de coñac viendo como aquel suave líquido lo incitaba a beberlo cuanto antes.
Con cuidado, examinando el color y el aroma que aquel brebaje emanaba, Van Zant tomó un pequeño sorbo saboreando con delicadeza el cálido y dulce sabor que estremecía a cada una de sus papilas gustativas. Aquello era celestial, casi mágico, no importaba lo cansado y fatigado que se sintiese, aquel néctar vigorizante hacía milagros en él devolviéndole sus fuerzas al instante.
Enérgico, sintiéndose vivo de nuevo, Van Zant no se conformó con sólo un trago y se dejó llevar llevándose consigo la botella entera. Dirigiéndose a su escritorio con prisa, aquel criminal comenzó a percibir los primeros efectos del alcohol recorriendo su cuerpo, notando, súbitamente, como un leve calor brotaba desde lo más profundo de su ser como si estuviese a punto de hacer erupción.
Quitándose su chaqueta y arrojándola sin interesarle dónde cayera, Van Zant se puso cómodo en su silla favorita permaneciendo en silencio dándole un vistazo a la escasa decoración en las paredes. A pesar del dinero con el que contaba y la temible reputación que recaía en sus hombros, Van Zant sentía que todo aquello no era suficiente para un delincuente de su clase y calibre.
Deseaba construir un imperio que estuviera a la vista de cualquiera, deseaba que sus dominios fueran impenetrables para la policía provocando que su reinado de impunidad pareciese ser imparable. Sin embargo, admitiendo que se encontraba lejos de esa visión, Van Zant se negaba a sucumbir ante la decepción recordándose que aún quedaba un método para alcanzar aquel sueño.
– Si esto funciona, por más descabellado que parezca, me haré muy rico…
La mayoría de la gente, dejándose influenciar por lo que veía en la televisión o en el cine, creía erróneamente que la vida de un gánster era fácil. Incluso él mismo lo pensaba cuando decidió abandonar la escuela para comenzar a vagar por las calles. Pero fue allí, observando cómo era la cruda realidad, que su cruel carácter se forjó.
Habiéndose internado en un abismo del cual no existía regreso, Van Zant no se tardaría en aprender que no sólo bastaba con tener buena puntería ni tampoco que fuese rápido para huir al escuchar las sirenas acercándose. También era necesario poseer astucia y malicia para planificar cómo, cuándo y dónde se atacaría, logrando, exitosamente, llenar sus bolsillos hasta casi reventar.
Los años irían moldeándolo con cada éxito y fracaso que fue acumulando en su haber, lo cual, inevitablemente, provocó que su nombre fuera conocido tanto en los círculos internos del crimen organizado como por los uniformados que le daban cacería. No obstante, cuando los propios oficiales arrojaban la toalla dejándolo correr; ella aparecía poniéndole un alto en el camino.
Sus peleas con Videl se volvieron cotidianas, era muy común que se hablara de ello en los diarios adornando la primera plana con su fotografía. Videl pasó de ser un mero problema a transformarse en una auténtica pesadilla que daba la impresión de nunca acabarse; por ello, para Van Zant, Videl acumuló una inmensa deuda con él que esperaba cobrarle algún día.
Empero, destrozando totalmente su acostumbrada rutina del gato y el ratón, Van Zant jamás imaginó que, más adelante en el futuro, ocurría una eventualidad que lo haría destinar sus recursos para ayudarla.
– Negocios son negocios, así funcionan las cosas–hablándose a él mismo, Van Zant se reclinó hacia atrás mirando el ventilador que giraba encima de su cabeza en el techo de su oficina–aunque esta vez creo que el dinero no será suficiente para sentirme satisfecho…
Cuando el Gran Saiyaman apareció y cambió por completo las reglas del juego, Van Zant fue el único matón de Ciudad Satán que continuaba priorizando a Videl. Si bien debieron importarle, las hazañas que el superhéroe era capaz de realizar pasaban a un tercer plano al pensar en Videl. Ella; pese a ser opacada por el nuevo paladín de la justicia, no desaparecía de su horizonte.
Nada que el Gran Saiyaman hiciese se comparaba con las constantes humillaciones que recibió de Videl, ser derrotado y vapuleado por una chiquilla era mil veces peor que la propia muerte. Por ende, subyugado por una demoniaca ira asesina, Van Zant se encomendó la tarea de hacerla pagar asegurándose que Videl Satán pasase a los anales de la historia como un vago recuerdo de antaño.
Pero, todavía sin creerlo, ahora movía sus piezas en el tablero no con el propósito de eliminarla; si no, con la intención de salvarla atendiendo el suplicante llamado del campeón mundial. Ensimismado, buscando un cigarrillo entre sus ropas, Van Zant le advertía a Mr. Satán que por su propio bien debía cumplir con su promesa o, de lo contrario, nada ni nadie lo salvarían de él.
Así pues, colocando el cigarro entre sus labios y a su vez que intentaba encender su mechero, Van Zant miró de soslayo algunos periódicos que permanecían quietos en su buró esperando que él les prestara atención. Y al lograr crear una llama estable en la punta del encendedor, el título de un artículo le hizo arquear una ceja al despertar su más genuino interés.
Sintiendo como su boca se llenaba de aquella familiar esencia mentolada, Van Zant comenzó a leer lo allí escrito enterándose, en menos de un parpadeo, que había trascurrido un mes desde la última vez que el Gran Saiyaman fue visto en Ciudad Satán. Aquello era un dato de muchísima importancia, absolutamente toda su planificación dependía en demasía de un hecho relevante:
¿Dónde demonios estaba ese payaso volador y cómo lograría que apareciera para liquidarlo?
Mr. Satán, al momento de contratar sus servicios, le aseguró que él prepararía la carnada perfecta que acabaría atrayendo al enmascarado. Aún así, sabiendo por su experiencia que no todo funcionaba como se planeaba, Van Zant se cuestionaba si el pobre diablo que Mr. Satán quería usar como conejillo de indias conseguiría llevar a cabo su vital objetivo.
Pero, al estirar sus adoloridos brazos, Van Zant decidió no preocuparse por eso. Así pues, dando por sentado que la trampa de Mr. Satán cumplirá su meta, era más que obvio que unos cuantos disparos de pistola no serían suficientes para abatir al Gran Saiyaman. Ese era uno de los puntos más críticos de la operación, si fallaba en aniquilarlo posiblemente no viviría para contarlo.
– Antes que nada, es necesario elegir el lugar correcto–sin dejar de fumar, Van Zant conversaba con él mismo–y no puede ser cualquier lugar, tiene que ser perfecto…
Usando la misma astucia que empleaba para traficar armas y robar bancos, Van Zant comprendió que el sitio indicado debía ubicarse en las afueras de Ciudad Satán, evitando así, que las autoridades ni nadie más se entrometiera. Aunado a eso; si se diese el caso en que fracasaran, al estar en una zona apartada tendrían más posibilidades de ocultarse y huir.
Poniéndose de pie, caminando en círculos en su despacho privado, Van Zant escudriñaba en sus pensamientos buscando una localidad que cumpliera con esos requisitos. Pero, como si una bombilla se iluminara en sus adentros, el bandido se aproximó a una de las repisas que adornaban aquel recinto inspeccionando varios papeles y demás documentos cubiertos de polvo.
Su búsqueda parecía que acabaría sin frutos pero, al escarbar entre los anaqueles, finalmente halló lo que buscaba: un viejo pero muy útil mapa de la ciudad. Sosteniendo y desdoblando aquel plano, Van Zant se arrodilló en el suelo hojeando con detenimiento el perímetro de la metrópoli esperando encontrar lo que deseaba. Y allí, al cabo de un santiamén, lo consiguió.
– No hay otro sitio, no hay otra opción…
Con suavidad, soplando con cuidado, Van Zant retiró una delgada capa de suciedad de la superficie de aquel descolorido atlas enfocándose, casi instantáneamente, en una diminuta señalización que marcaba la ubicación de una abandonada estación de ferrocarriles que, un siglo antes, le permitió llegar y establecerse a los primeros pobladores de la actual Ciudad Satán.
Dicha estación se encontraba envuelta por una vasta zona montañosa recubierta de vegetación, lo cual, muy convenientemente, le permitiría a sus pistoleros rodear al Gran Saiyaman quienes estarían escondidos al contar con el factor sorpresa. Sería necesario echarle una mirada para comprobar su utilidad; aún así, para Van Zant, no había ninguna otra alternativa más que esa.
Pero, tratándose de un sujeto duro de vencer, elegir dónde cavaría la tumba del Gran Saiyaman era una pequeña fracción del conjunto. Su manera de vestirse le daba la apariencia de un bufón de circo, sin duda tenía un pésimo sentido de la moda. Aunque, careciendo de importancia, su vestuario sólo escondía el poderío sobrehumano que lo hizo superar a la mismísima Videl.
Le costó mucho trabajo creerlo en un principio, simplemente se negaba a creer que existiese un individuo como él pero, aplastando la lógica, los rumores que llegaron hasta sus oídos terminarían confirmándose cuando lo vio él mismo con sus propios ojos. En aquella ocasión tuvo suerte, se marchó de allí justo a tiempo antes que el Gran Saiyaman lo capturara y lo entregara a la justicia.
– ¡Todo el mundo al suelo, no se les ocurra intentar nada estúpido!
Si bien podía quedarse a salvo en la comodidad de su guarida, Van Zant aún disfrutaba de la embriagante adrenalina y la emoción de un robo añorando las fechorías de su descarriada juventud. Por ende, de vez en cuando, solía acompañar a sus subordinados divirtiéndose como un niño al intimidar con su revólver a quien tuviese la valentía de oponerse a él.
Y así, durante una soleada mañana, Van Zant y sus lacayos irrumpieron con violencia en una joyería apoderándose de las joyas y más piedras preciosas que relucían en los mostradores. Al inicio nada indicaba que algo fuese a salir mal; en cambio, para su felicidad, la cantidad de diamantes y valiosísimas gemas que robaron superaban con creces sus expectativas.
– ¡Deprisa, no tengo todo el maldito día! –Apuntándole con el cañón de su pistola, Van Zant acorraló al vendedor de la tienda quien se hallaba paralizado del miedo– ¡abre la caja registradora y entrégame el dinero!
– ¡Sí, se lo daré todo pero por favor no me dispare!
– ¡Listo jefe, terminamos! –uno de los suyos, cargando un par de maletas llenas de la cosecha de su atraco, se volteó hacia él compartiendo la misma sonrisa.
– ¡Perfecto, vámonos de aquí! –Terminando de tomar el efectivo de la caja registradora, el mafioso pretendía irse preguntándose en qué gastaría su parte de las ganancias– ¡les agradecemos su cooperación, cuando se nos acabe el dinero vendremos por más!
Su retirada aparentaba ser como la esperaban pero, recitando su peculiar presentación para hacerse notar, el Gran Saiyaman le enseñó por qué era tan temido entre los de su misma calaña.
– ¡Yo jamás perdonaré a los que trabajan para el mal! –Bailando y moviendo su cuerpo de manera ridícula, el superhéroe les bloqueó la salida al aparecer justo en la puerta de la joyería– ¡lucho por la justicia, soy el Gran Saiyaman!
Aún le era difícil entender en su totalidad lo que presenció aquella vez; no obstante, era incapaz de negar la increíble y absoluta realidad. Como era natural suponer, usaron sus armas contra él generando una ensordecedora descarga de plomo que hubiese matado a quien sea. Pero, dejándolo boquiabierto como nunca antes, aquel hombre siguió de pie sin un sólo rasguño.
Los proyectiles chocaban en su cuerpo sin llegar a tan siquiera herirlo, el metal se retorcía y se destrozaba al tocarlo como si su piel fuese más dura que el acero. No siendo un tonto, admitiendo con rapidez que la balanza no estaba a su favor, a Van Zant le importó un rábano lo que le pasase a sus secuaces y se dispuso a huir. Su máxima prioridad fue escapar de allí o volvería a prisión.
Sacándole provecho a una granada de humo que colgaba de su cinturón, Van Zant no tuvo más remedio que escabullirse como una alimaña mientras el Gran Saiyaman terminaba de neutralizar a sus matones. Veloz, recordando sus primeros pasos en el mundo del crimen, corrió como un demente abriéndose camino entre los asustados transeúntes que colmaban las calles.
Comprendiendo que al estar a plena vista su captura era prácticamente inevitable, Van Zant se tragó su orgullo y se lanzó dentro de un contenedor de basura que avistó en un callejón cercano esperando que ni los uniformados ni el Gran Saiyaman lo encontrasen. Y ahí, catalogando lo anterior de irreal, Van Zant pensaba que ni siquiera la propia Videl podía hacer algo semejante.
Aguantando el asqueroso hedor que apestaba aquel basurero, Van Zant escuchaba en la distancia como el ruido de los disparos iba debilitándose gradualmente hasta casi silenciarse. Por otro lado, desde donde se situaba, gozó de una panorámica perfecta de las cercanías consiguiendo ver como el Gran Saiyaman vencía a sus hombres quienes iban cayendo uno a la vez con suma facilidad.
Dirigiendo su mirada a la camioneta que pretendían usar para marcharse, Van Zant atestiguó como el conductor aceleró de improvisto desplazándose a gran velocidad lo más lejos de allí en un fútil esfuerzo por darse a la fuga. Al percatarse de eso, el Gran Saiyaman emprendió el vuelo alcanzando a la furgoneta en menos de un parpadeo aterrizando frente a ésta.
– ¡Arróllalo, arrolla a ese maldito payaso!
Van Zant, apretando sus puños y dientes, sintió que era él quien conducía aquel vehículo experimentando un deseo homicida que sólo se igualaba con su desprecio hacia Videl. Entretanto, sin perder la calma, el Gran Saiyaman únicamente necesitó levantar una pierna golpeando el parachoques del auto siendo arrastrado por él unos cuantos metros antes de detenerlo.
No conformándose con eso, el superhéroe arrancó de cuajo el motor del automóvil destrozando la carrocería como si fuese un coche de juguete. Poco después, reconociendo el sonido de las sirenas, las fuerzas policiales acordonaron el área apresando a sus tropas delante de él, acabando así, con la escasa incredulidad que aún le quedaba.
Cruzando los dedos para que no advirtieran su presencia, Van Zant no tuvo más remedio que esperar allí hasta el anochecer usando el velo nocturno como su aliado para volver a su escondrijo. Y al evocar aquel primer encuentro con el Gran Saiyaman, la sensatez de Van Zant se volcó hacia él bombardeándolo con interrogantes que, en apariencia, eran imposibles de responder:
¿Cómo se vence a alguien que es inmune a las balas?
¿Cómo se doblega a alguien que es capaz de volar por los cielos igual que un ave?
¿Cómo se domina a alguien que puede tumbar un edificio entero con sólo un puñetazo?
– Esto en verdad tiene que ser una maldita broma, tiene que ser un mal chiste…–poniéndose en pie, Van Zant comenzaba a decirse que Mr. Satán había perdido la cabeza por completo–si logramos salir vivos de esto será mejor que la paga valga la pena, tal vez debí elevar más mi precio…
Pensativo, tratando de resolver el acertijo de cómo ponerle fin al encapuchado, Van Zant se vio en la obligación de guardarse un as bajo la manga que le permitiese ganar incluso en la derrota. Y no encontró mejor respaldo que el propio campeón mundial. Él fue el que lo metió en este embrollo; así pues, según la retorcida mentalidad de Van Zant, él mismo debía ser su seguro de vida.
Si algo llegase a fallar, si el más mínimo suceso no salía como se esperaba, entonces la fortuna de Mr. Satán se encargaría que no terminase con las manos vacías. Y tratándose de un oportunista traicionero, Van Zant no se conformaría con solamente su dinero. Cualquier cosa valiosa, cualquier pintura o limusina lujosa que Mr. Satán poseyese acabaría adornando su morada.
Riéndose, mirando su reflejo en un espejo cercano, Van Zant decoró su rostro con una malévola sonrisa asegurándose a sí mismo que, sin importar cuáles sean los resultados, él sería el ganador. Sin embargo, ambicionando mucho más que meramente las riquezas de Mr. Satán, la adorada hija del salvador del mundo reapareció ante él haciendo que viera el panorama con otra perspectiva.
Cuando intentó acabar con ella nada resultó, pero quizás era hora de intentarlo una última vez.
– Jefe, ya todos están reunidos como lo ordenó…
Entrando en su oficina, rompiendo la burbuja de sus fantasías, uno de sus vasallos se asomó por la puerta mirándolo en silencio sin comprender la razón de su jovial semblante.
– Perfecto, tenemos un enorme desafío entre manos y es tiempo de ponernos a trabajar.
Vigoroso, desbordando energía por doquier, Van Zant se prestó a reunirse con sus cómplices aún teniendo en sus retinas la imagen de una Videl indefensa y débil que no sospechaba la catástrofe que caería sobre ella. Así pues, viéndose forzado a construir un ejército con la velocidad de un rayo, Van Zant buscaría debajo de las piedras a todo aquel que desease seguirlo en su locura.
Y como moscas atraídas por la miel, él mejor que nadie sabía que la promesa de un buen botín convencería a quien fuese de seguirlo hasta el infierno.
No podía creer cómo echaba de menos todo aquello, en verdad extrañaba el vigorizante ambiente que la rutina escolar le obsequiaba cada día al asistir a la escuela. Tal cosa resultaba irónica y contradictora. Un par de meses antes, Shapner hubiera maldecido su suerte al verse en la nefasta obligación de estar sentado, por horas, escuchando a sus maestros parloteando sin parar.
Y ahora, habiendo sobrevivido a una herida que pudo ser mortal, Shapner respiraba profundo llenándose de vigor al estar allí rodeado de sus compañeros de salón. Era maravilloso, nunca antes se había tomado la molestia de pensar en lo afortunado que era al tener una vida sencilla pero sincera. Y fue la felicidad, justamente, la que pintó esa mañana con un tinte muy especial para él.
En el pasado se quedaron aquellas amarguras que lo invadían al ser rechazado por ella, en el pasado se quedaron los largos suspiros que salían de su boca al ver lo distante que estaba de Videl a pesar de sentarse junto a ella. Todas esas tristezas ya no eran más que un mero recuerdo, un recuerdo que le enseñaba que ser perseverante traía su recompensa si se era paciente.
Una deliciosa recompensa que se manifestó en el instante exacto cuando cruzó la puerta de la preparatoria, para Shapner era imposible de describir lo que sintió al tomar a Videl de la mano caminando por los pasillos como la pareja que eran. Para el rubio, aquello iba mucho más allá de ser un simple romance juvenil. No se limitaba a algo tan pequeño y efímero.
Entrelazar sus dedos con los de Videl fue la primera piedra de un extenso sendero que esperaba construir con ella, un sendero que los llevaría por varios niveles que le darían más madurez a su relación hasta llegar, finalmente, a la máxima manifestación de su amor por ella. Sí, incluso alguien como Shapner se sonrojaba ante la idea, pero tal rubor era una muestra más de sus intenciones.
Todavía era muy pronto para hablar de matrimonio; aunque Shapner se guardaba esa carta para cuando el momento apropiado tocara a su puerta y se atreviese a hacerle la gran propuesta. Sin embargo, bajando las revoluciones y avanzando con más lentitud, Shapner quería disfrutar de su juventud recordando como su padre solía decir que esa era una época dorada e inigualable.
Y con Videl a su lado, tal cosa cobraba más valor para él.
Así pues, aún sin recuperarse completamente, Shapner no fue capaz de participar en la clase de deportes mirando desde lejos como los demás, bajo la calurosa luz del sol, corrían en círculos en la enorme pista de atletismo. Y asistiendo a su maestro quien también era su entrenador de boxeo, Shapner vigilaba el paso del tiempo con un cronómetro al que sólo ignoraba para mirarla a ella.
Videl, demostrando su excelente condición física, iba a la cabeza del grupo desplazándose con un buen ritmo sacando una amplia ventaja con respecto al resto. No obstante, provocando que Shapner frunciera el ceño con enfado, Gohan comenzó a acercarse a Videl con mucha rapidez rompiendo con aquella atmósfera idílica que Shapner compartía con ella pese a la distancia.
Y exacerbando aún más su creciente molestia, el rubio se dio cuenta como los dos pelinegros parecían conversar con una inusitada naturalidad que, exponencialmente, desbordó en él sus más ardientes celos. Era muy posible que estuviese exagerando, quizás sólo charlaban de cualquier cosa sin importancia que no representaba una amenaza para su recién establecida unión.
Empero, al estudiarlos con detenimiento, Shapner evocó un detallito que había omitido sintiendo como la semilla de la incertidumbre extendía sus raíces en él haciendo que los mirase con mayor dureza. Al conocer a Gohan, Videl, a diferencia de Shapner, no se creyó la torpe personalidad que el saiyajin usaba para mostrarse ante quien fuese.
Videl, para disgusto de Shapner, desarrolló una atracción por Gohan siguiéndolo y vigilándolo como si él se tratase de un delincuente. Shapner, percatándose de ello, no encontraba la manera de sacar a Gohan de la mente de Videl negándose a rendirse frente a un chico que, en pocas semanas, consiguió ganarse el interés de Videl como él jamás lo logró en años.
Shapner, no sabiendo qué decirle ni cómo detenerla, miraba desilusionado como la mujer que le robó el corazón desde la primaria daba la impresión de irse con otro sin que pudiese evitarlo. Aún así, cuando ya estaba a punto de darse por vencido, ocurrió lo que en un inicio aparentaba ser una tragedia pero que más tarde, milagrosamente, se transformaría en su más apreciada bendición.
Gohan se esfumó del horizonte de Videl y ella, sin que él se lo esperase, acabaría concediéndole la oportunidad que millones de veces le rogó. Al fin las puertas del paraíso se abrían para él, al fin un rayo de luz iluminaba su pantanoso camino guiándolo a la victoria. Pero cuando la fortuna empezaba a favorecerle, Gohan reapareció borrando la cándida sonrisa de su rostro.
– Algo no anda bien, puedo sentirlo…
Sin dejar de verlos, Shapner prefirió confiar en sus instintos tal y como lo hacía cuando se encontraba en el ring intercambiando golpes con su oponente. Y como si realmente fuera su oponente, Shapner fue incapaz de no clavar su atención él estudiándolo con calma queriendo saber cómo atacarlo. Siendo un chico luchador, el rubio eligió golpear primero y preguntar luego.
Al conocerlo, como acostumbraba con los sabelotodo, Shapner no se tardó en convertirlo en el blanco de sus recurrentes burlas divirtiéndose con sus tartamudeos e ingenuidad. Empero, aquel Gohan inseguro y fácil de humillar, aparentaba haberse marchado cambiando lugares con un Gohan más reservado y suspicaz que antes.
Tal reflexión, en apariencia, le resultaba ridícula. La más remota posibilidad le sonaba una estupidez; sin embargo, la repentina cercanía de Gohan y Videl no le simpatizaba en lo más mínimo. No poseía pruebas para demostrarlo, pero si Gohan pretendía arrebatarle a su más grande amor entonces, inevitablemente, eso significaba que los dos terminarían enfrentados.
Resultaba curioso, pensaba Shapner, esa misma hostilidad que Gohan le despertaba se la provocaba el farsante del Gran Saiyaman.
– ¡Maldita sea, me gustaría saber de qué tanto hablan!
Enfocándose sólo en ellos y hallándose refugiado en la sombra de un árbol, Shapner continuó siguiéndolos con sus ojos, deduciendo, debido a los ademanes de Videl, que ella parecía discutir con Gohan quien no renunciaba en perseguirla al correr muy cerca de la primogénita de Mr. Satán, lo cual, sin mucho esfuerzo, enfurecía a Shapner quien consideraba seriamente en intervenir.
Y entonces, para bien o para mal, el destino lanzó los dados.
– ¡Videl!
Viéndola perder el equilibrio y sin que pudiese hacer algo por impedirlo, Shapner presenció cómo Videl tropezaba con sus propios pies cayendo al suelo quedándose allí tendida sin que pareciese reaccionar. Ver tal cosa le hizo revivir el miedo que padeció en aquella discoteca cuando, con total certeza, creyó que perdería para siempre a la chica que le obsequió una poderosa razón para vivir.
Casi instantáneamente, sin que fuese necesario que alguien se lo dijera, Shapner emprendió una apresurada carrera uniéndose a los demás que, igualmente, se aglomeraban alrededor de Videl después de mirar cómo se estrellaba. Abrumado por la preocupación, vio como sus pensamientos eran succionados por una vorágine, apaciguando, temporalmente, sus belicosas inquietudes.
Sus compañeros, absortos por lo que ocurría con la hija de Mr. Satán, formaron un grueso anillo que actuó como un impenetrable muro de piedra que, llenándolo de mucha frustración al verse impedido de acercarse, separó a Shapner de su amada. En circunstancias así odiaba no poder usar de sus brazos, ardientemente blasfemaba en sus adentros al sentirse como un lisiado.
El rubio, si bien les decía que se movieran, vio como sus acaloradas peticiones caían en oídos sordos entretanto, los rumores y habladurías, se contagiaban de boca en boca creando un ruidoso ambiente que los abrazó. Y esforzándose, estirando su cuello y parándose de puntillas, Shapner reconoció la alborotada cabellera de Gohan quien permanecía al lado de Videl.
– ¡No se aglomeren, dispérsense! –Para alivio de Shapner, su maestro de deportes apareció a sus espaldas poniendo orden al sonar su silbato– ¡abran espacio, no la sofoquen!
Obedeciendo, acatando el mandato, sus alumnos retrocedieron permitiéndole a Shapner moverse entre ellos llegando al fin junto a su novia. Videl, todavía acostada, evidenciaba claros signos de inconciencia que sólo encendieron, aún más, las alarmas en el yerno del campeón. El cual, arrodillándose en su lecho, la llamaba por su nombre varias veces sin que ésta le respondiera.
– ¿Qué fue lo que le pasó, Gohan? –Ireza, notoriamente angustiada, no se demoró en preguntarle a Gohan quien minutos antes corría junto a la pelinegra–desde atrás vi que ustedes dos venían corriendo juntos…
Shapner, alzando la mirada, esperó atentamente a su respuesta.
– Tropezó…la vi tropezar consigo misma–Gohan, respondiéndole con prisa, no reveló la corta pero intensa conversación que sostuvieron mientras corrían–todo sucedió muy rápido, no pude hacer nada por ayudarla.
Dicha contestación no convenció a Shapner, quien, endureciendo su postura hacia él, pretendía repetirle la pregunta con muchísima más agresividad pero se vio interrumpido por su profesor.
– No se preocupen, mantengan la calma–el maestro, hincándose al lado de Videl, se dio cuenta que respiraba con normalidad a pesar de no estar despierta–por lo que veo se golpeó la cabeza al caer, hay que llevarla de inmediato a la enfermería.
Para ninguno de ellos era un secreto la reputación heroica de Videl, todos alguna vez la habían visto en acción ya sea en la televisión o cuando tenían la fortuna de estar en el lugar de los hechos. Aunado a eso, Videl era una consagrada artista marcial que portaba con orgullo el apellido de aquel valiente que salvó al mundo de la destrucción. Ella, literalmente, estaba hecha de acero.
Por dicha razón, les resultaba tan impresionante mirarla allí sin moverse; era como si se hubiera convertido en una muñeca de porcelana que yacía rota en mil pedazos. Y Shapner, preocupándose más que cualquiera de ellos, decidió olvidarse de Gohan priorizando la salud de Videl. Ya dejaría para más tarde sus dudas, para él lo único que importaba era que Videl despertase.
– Necesito un voluntario para llevarla a la enfermería–cargándola, habiéndola examinado superficialmente, el profesor de deportes se volteó a sus alumnos–tendré que ir a la dirección para informar lo que pasó, es probable que sea necesario llamar a su padre.
Con la mera mención del campeón, Shapner se crispó al sentir como una descarga eléctrica recorría su cuerpo haciéndole pensar en qué diría su suegro al enterarse de lo ocurrido. La noche anterior le aseguró que la cuidaría y la protegería, para Shapner sería un completo desastre si Mr. Satán lo señalaba como responsable de lo sucedido por su falta de cuidado.
Sin importar el cómo, para Shapner era fundamental evitar que Mr. Satán echara marcha atrás en su apoyo a su noviazgo.
– ¡Yo la llevaré! –Gohan, sin pensarlo, levantó una mano al ofrecerse paralizando en el acto la meditación de Shapner–yo me encargaré de llevarla; quiero ayudar.
– Gracias Gohan, llévala enseguida–entregándosela a Gohan, el maestro no se olvidó del resto de su clase–sé que están preocupados por Videl, pero ya verán que no será nada grave. Iré a hablar con el director para ponerlo al tanto de la situación, mientras no estoy quiero que por favor continúen con los ejercicios.
Shapner, negándose a ser separado de su novia, habló antes que se la llevaran.
– Yo quisiera ir con ella a la enfermería–el rubio, no ocultando su disgusto por ver a Videl en brazos de otro chico, dio un paso al frente–quiero tener la seguridad que se encuentra bien…
– Comprendo tu inquietud, Shapner; pero te necesito aquí con los demás–replicándole, el educador enfrió los ánimos del rubio como si le hubiese lanzado una cubeta de agua helada–te pondré a cargo por lo que queda de la lección, asegúrate que todo prosiga sin sobresaltos. Luego podrías ir a la enfermería para saber el estado de salud de Videl…
– Pero, pero yo…
– Disculpe que los interrumpa, pero lo mejor será irnos cuanto antes…–Gohan, sin tener la intención de hacerlo, con sus palabras sólo empeoró más el ya de por sí malhumor de Shapner.
– Es cierto Gohan, vámonos. Los demás quédense aquí…
Y así, sin más, no teniendo más alternativa que quedarse allí parado como una estatua viviente, Shapner vio como Videl se alejaba de él al ser llevada por otro. El rubio, apretando su puño izquierdo, miró de soslayo el cabestrillo donde colgaba su aún lastimado brazo derecho. Sin dejar de mirarlo se llenó de rabia, maldecía al mismísimo demonio por no ser capaz de usarlo.
Shapner ya no aguantaba más, quería quitarse los vendajes y comenzar a recuperar la movilidad sin preocuparse por el dolor y el sufrimiento que aquello conllevaría. La efervescencia que lo controlaba cuando luchaba en el cuadrilátero volvió a poseerlo, sintiéndose, metafóricamente, como una bestia enjaulada que deseaba salir de su cautiverio.
Fantaseando, buscando en su imaginación alguna solución para apaciguar su enojo, a Shapner le hubiese encantado sujetar a Gohan de su camisa para enseguida obsequiarle un derechazo que le destrozaría la cara. Aquello, indudablemente, le hubiera hecho dibujar una amplia sonrisa a su vez que le advertía a Gohan que se mantuviese alejado de su novia.
Sin embargo, para su desdicha, tal cosa no era más que un anhelo mental. No pudiendo cambiar la situación a su antojo, Shapner se mantuvo dónde estaba rogándole, a todas las deidades del universo, que Videl se encontrase fuera de peligro. Aunque, sin lo que imaginase, la pelinegra mostró tenues señales de lucidez que Gohan no se tardó en observar.
– ¡Videl, Videl! –Gohan, haciendo una parada no planeada mientras subía por unas escaleras, empezó a hablarle al verla mover la cabeza con pesadez– ¡si logras escucharme di algo!
– ¡No te detengas, Gohan! –su profesor de deportes, al verlo detenido, se giró hacia él–en la enfermería la ayudarán, falta muy poco para llegar…
– ¿Dónde estoy? –sorprendiéndolos a ambos, una aturdida Videl lanzó una pregunta al viento entreabriendo sus párpados con incomodidad…
– ¡Videl!
La justiciera, siendo víctima de una punzante cefalea, no podía distinguir con claridad dónde estaba mirando una mezcla indescifrable de luces y sombras que, escasamente reconocibles, esbozaban un sin número de siluetas. Sus oídos, por otro lado, clamaban piedad al ser bombardeados por un interminable silbido que distorsionaba los sonidos en sus alrededores.
– ¡Videl!
Ella, oyendo como alguien pronunciaba su nombre, se volteó con suavidad topándose de frente con una figura muy familiar que, al mejor estilo de una liebre asustada, la paralizó por completo al identificarla como el superhéroe que arruinó su vida. Curiosamente, esa no era la primera vez que ese mismo individuo la cargaba en sus brazos tal y como lo hacía en ese justo momento.
No obstante, le gustase o no, aquel detalle que a cualquier otro le parecería sin importancia revolvió su memoria y sensatez empujándola al extremo de, poco a poco, ir perdiendo la capacidad para mantenerse despierta. Lo cual, antes de sumergirla en la oscuridad, le hizo oír la voz de Gohan logrando aprisionarla en su interior con una simple frase:
"¡Deja de huir Videl, tú no eres así!"
Inquieta, sin saber qué ocurría, una desorientada Videl se vio a sí misma en lo que aparentaba ser un infinito pasillo que, hasta donde alcanzaba a ver, no llevaba a ningún lugar. Ella, careciendo de la más mínima idea de dónde se encontraba, escuchó como sus pisadas llenaban aquel lugar con un eco seco que resonaba en todas partes a medida que seguía avanzando.
Siguió caminando pese a desconocer hacía dónde iba, podría girar y tomar el otro camino encontrándose con la misma vastedad. Empero, sin que pudiese ignorarlo, Videl se dio cuenta como la temperatura empezaba a elevarse entretanto una incandescente luz, proveniente de atrás de ella, se ganó su atención girándose con levedad para echar un veloz vistazo.
Eran llamas, una inmensa columna de llamas avanzaba hacia ella a gran velocidad amenazándola con devorarla reduciéndola a humeantes cenizas. Pero lo que más sobrecogió a Videl no fue la posibilidad de terminar carbonizada, si no, fue distinguir entre aquel infierno como alguien se le aproximaba con lentitud. Y ese alguien, robándole el aliento, era el mismísimo Gran Saiyaman.
– ¡Deja de huir Videl, tú no eres así!
– ¿Qué más quieres de mí? –Gritándole, Videl lo increpó al tener problemas para respirar por el intenso calor– ¡me quitaste todo lo que tenía, ya no me queda nada!... ¡no tienes ningún derecho en seguir atormentarme!
– Te equivocas, te conozco más de lo que imaginas…
Diciéndose a ella misma que se había vuelto loca, Videl comenzó a correr tratando de alejarse él y del averno que le pisaba los talones. Corrió tan rápido como pudo internándose en aquel recóndito corredor que parecía nunca acabarse; aún así, notándolo con prontitud, Videl vio como las paredes fueron ganando un aspecto mucho más normal al tener múltiples puertas y ventanas.
Una escalinata, manifestándose ante ella, la condujo a un nivel superior donde miró horrorizada como las llamaradas se alimentaban sin cesar volviéndose más y más poderosas. Videl, tosiendo por la falta de aire respirable, a duras penas conseguía ver por dónde iba oyendo en la distancia los agobiantes clamores de distintas personas que pedían auxilio al estar atrapadas allí también.
Videl, deteniéndose por un segundo a pesar de lo que sucedía, se vio arrastrada por una inusual sensación de familiaridad que la forzó a indagar en sus recuerdos comprendiendo, casi instantáneamente, que todo aquello que miraba ya lo había vivido varios meses antes. Ella, convencida de estar en lo correcto, rompió el cristal de una de las ventanillas dando una mirada.
– ¡Esto tiene que ser una maldita broma! –susurrándose, Videl miró hacia abajo constatando sus sospechas– ¿qué demonios significa todo esto?
Sin dejar de ver hacia el exterior, la hija de Mr. Satán descubrió que se hallaba en un alto edificio de apartamentos que, tiempo atrás, fue casi devastado por un voraz incendio que interrumpió en su totalidad el congestionado centro de Ciudad Satán. Videl, como era usual, acudió al llamado de la policía quien le pidió su apoyo para rescatar a los habitantes atrapados en los pisos superiores.
Y dicha evocación, habiéndose convertido en un tormento, le recordó uno de sus más dolorosos fracasos. Un fracaso que, a diferencia del incidente de Shapner, no terminó con un final feliz. Aquella vez, sorteando a la muerte que la perseguía, la heroína logró guiar hacia la terraza a una considerable cantidad de inquilinos salvándoles la vida al ser auxiliados por los cuerpos de rescate.
Sin embargo, al regresar en busca de más supervivientes, Videl oyó las angustiosas súplicas de un hombre que yacía aprisionado dentro de su departamento sin poder salir de allí. Videl, haciendo hasta lo imposible, trató de salvarlo teniendo que retroceder cuando el techo colapsó sobre ella obligándola a retirarse o; de lo contrario, acabaría sepultada entre los hirvientes escombros.
Así pues, sin entender por qué aquello se repetía, Videl alcanzó a oír los desesperantes pedidos de socorro que aquel desdichado emitía al creer que se había quedado solo. Empero, negándose a verlo morir otra vez, Videl se olvidó de todo y se internó entre los infernales pasadizos esquivando cuantiosos obstáculos que bloqueaban su andar al irse debilitando la estructura.
– ¡Ayúdenme, por favor ayúdenme! –Con gritos de espanto, aquel hombre luchaba por abrir la puerta de su departamento que se negaba a dejarlo escapar– ¡por favor, sáquenme de aquí!
Videl, asombrado por lo realista que era todo aquello, ni siquiera se percató que la silueta del Gran Saiyaman la seguía al atravesar el fuego sin que éste pareciese lastimarlo.
– ¿Hay alguien allí afuera? –sin rendirse, ese sujeto forcejaba con la ardiente cerradura que, brillando casi al rojo vivo, permanecía atorada sin ceder– ¡si alguien me escucha, por favor ayúdenme a salir de aquí!
– ¡Ya voy, ya voy! –Respondiéndole, Videl cubría su nariz con una de sus manos al aumentar el venenoso humo en el ambiente– ¡te sacaré de allí, voy en camino!
La pelinegra, haciendo lo mismo que hizo en aquel momento, consiguió pararse frente a la puerta de la habitación preparándose para golpearla lo más fuerte que pudiese. Aún así, recordando cómo terminaron las cosas, Videl le dio una mirada al tejado que se desintegraba con rapidez sabiendo que éste colapsaría en cuestión de minutos sino se daba prisa.
Por ello, librando una batalla contra el reloj, Videl se emuló a sí misma y se lanzó en varias ocasiones contra la terca portezuela embistiéndola al concentrar su peso en uno de sus hombros. Mientras tanto, y preocupándola en sobremanera, la ojiazul escuchaba el crujido de la madera y el metal que gradualmente se retorcían como consecuencia de las abrasadoras temperaturas.
Si bien aplicó el doble de empeño que en la vez anterior, Videl acabó deteniéndose al ver que sus intentos no estaban funcionando, además, sofocándola con cada respiración, una potente tos la atacó apretando su tráquea. Pero, empecinada a no fallar de nuevo, Videl se reclinó en una ventana cercana aspirando hasta la última partícula de oxígeno que su nariz lograse recolectar.
Enérgica, sacando fuerzas de flaqueza, la hija del campeón comenzó a patear el llameante pomo esperando que aquello fuera suficiente para liberar a ese sobreviviente encerrado. Lo pateó tanto qué perdió la cuenta; no obstante, aún sin comprender que no era posible alterar el pasado, Videl siguió intentándolo incluso cuando la voz de aquel desconocido dejó de escucharse.
– ¡No, otra vez no! –Tosiendo, sintiendo como sus pulmones y garganta se quemaban, Videl a duras penas veía con claridad– ¡lo sacaré de allí cueste lo que cueste!
Y allí, a ínfimos segundos que el techo cayera encima de ella, un puntapié final tuvo la potencia necesaria logrando lo que en la vida real no pudo hacer. Y sin más demoras, olvidándose de su propia seguridad, Videl atravesó las brasas mirando por doquier deseosa de huir de allí con aquel individuo que suplicó su ayuda.
Pero, pasado el éxito al fracaso, su ánimo se fue al caño al no encontrar a nadie frente ella. Si alguna vez hubo alguien allí pidiendo ser rescatado, de su existencia no quedó ni el más ínfimo vestigio reconocible. Y no fue hasta que se vio acorralada por el desastre, que Videl volvió a pensar en sí misma aceptando que ya era demasiado tarde para salvarse.
Videl, impactada y atónita, no tuvo capacidad de reacción al agrietarse el carbonizado piso bajo sus pies. Ella, cayendo por un interminable precipicio, creyó que sería su fin despidiéndose de su padre e Ireza. Aunque, sin saber si era una bendición o una maldición, la figura del Gran Saiyaman reapareció junto a ella tomándola con sus brazos antes de volar fuera de ese abismo.
Encogiéndose, padeciendo un atroz agotamiento, Videl debió resignarse a ser la prisionera de aquel enmascarado quien la llevó hasta lo más alto del cielo donde, para su consuelo, una fresca brisa chocó contra su rostro haciéndola sentir muchísimo mejor. Pero, sin olvidarse de ese pobre tipo que murió esperando ser salvado, Videl giró su vista hacia abajo viendo el edificio arder.
– ¡Volví a fallar, volví a fallar! –Sintiéndose inusualmente cómoda en compañía de su peor enemigo, Videl rompió en llanto– ¡no pude salvarlo, no pude hacer nada por él!
– En ocasiones no se puede salvar a todos, hiciste lo que pudiste…
Videl, quedándose sin habla, se volteó a mirarlo llenándose de una inusitada paz y confort que la hizo recordar que, justamente así, fue como finalizó aquella tarde varios meses atrás. Ella, extraviándose en el intrincado laberinto de pasadizos, pensó que moriría chamuscada salvándose de milagro cuando el Gran Saiyaman salió de la nada para sacarla de allí y ponerla a salvo.
No entendía por qué no recordaba un suceso tan importante, aquel día pudo haber sido el término de su estadía en el mundo de los vivos si no hubiese sido por él. Ese encapuchado al que hacía responsable por dinamitar sus ganas de vivir fue quien, paradójicamente, le ofreció una segunda oportunidad de seguir viviendo. Gracias a él, siguió existiendo.
– ¿Por qué me salvaste, por qué? –desconfiando de sus propios pensamientos, Videl le formuló la pregunta más lógica que se le ocurrió en un instante así.
– Deja de huir Videl, tú no eres así…
– No tengo otra opción; además no sabes nada de mí, he cometido tantos errores que son imposibles de enmendar…
– Te equivocas, te conozco más de lo que imaginas…
Ambos se miraron sin decirse nada más, parecía que todo lo pendiente por decir ya se había dicho. Pero, de repente, y sin explicación, una enceguecedora luz cubrió sus ojos borrando el característico casco del Gran Saiyaman para reemplazarlo con una impoluta blancura que, muy lentamente, fue dándole paso a la normalidad que se materializó en la cara del doctor de la escuela.
– ¿Puede escucharme, señorita Videl? –Usando una pequeña lámpara, el médico examinaba sus retinas que reaccionaron positivamente a su brillo– ¿puede escucharme?
– Sí, lo escucho.
– ¡Ya volvió en sí! –Gohan, quien se mantenía junto a ella, exclamó con gran alivio.
– Mantenga la calma, no trate de esforzarse–el galeno, hablándole con suavidad, también vigilaba su presión arterial constatando que ésta se normalizaba–al parecer sufrió una caída y se golpeó la cabeza, eso le provocó un desmayo y una leve contusión.
– ¿Dónde estoy? –Padeciendo aún una incómoda jaqueca, Videl le cuestionó parpadeando con ansiedad para adaptarse a la luminosidad de la habitación– ¿cómo llegué hasta aquí?
– Se encuentra en la enfermería de la escuela, su compañero de clase fue quien la trajo hasta aquí cuando perdió la conciencia–explicándole, el médico le señaló a Gohan– ¿recuerda algo de lo que pasó?
– Yo…yo recuerdo que estaba corriendo, luego apareció Gohan y…–Videl, frunciendo el ceño, poco a poco fue reuniendo las piezas del rompecabezas; aunque, silenciándose a sí misma, cambió de tópico no queriendo decir abiertamente el tema que fue el detonante de su caída–me duele mucho la cabeza…
– No se esfuerce más, señorita Videl–empleando un estetoscopio para escuchar su respiración y ritmo cardíaco, el doctor asintió diciéndose a él mismo que su paciente no corría ningún peligro–como producto de la caída se le formó un chichón en la cabeza, ya descarté que el golpe sea peligroso así que no será necesario enviarla a un hospital. Pero tengo pensado hablar con el director de la escuela para que le permita irse, lo más probable es que ya su padre esté informado de lo ocurrido y esté en camino.
Videl, al oír aquella referencia a su padre, se limitó a refunfuñar con sutiliza sospechando que él exageraría la situación como acostumbraba hacerlo cuando padecía alguna enfermedad.
– Sé que el dolor es muy molesto, pero no es algo de gravedad–acercándose a su pequeña dotación de medicamentos, él tomó un par de aspirinas y analgésicos junto a un vaso con agua–tenga, beba esto.
Gohan, por su parte, deseaba que tuviese una pizca de privacidad con Videl para poder continuar donde se quedaron. Le apenaba insistirle a Videl tomando en cuenta su estado actual; sin embargo, también se recordaba que no podía aguardar más convenciéndose que el fin justificaba los medios. Era imperativo que rescatara a Videl, según él, de los tentáculos de Shapner.
– Estos analgésicos le ayudaran a bajar el dolor, cuando regrese a su casa le aconsejo que se aplique un poco de hielo para disminuir la inflamación del chichón–viendo como Videl ingería las medicinas, el galeno se acercó a la puerta de la enfermería con claras intenciones de marcharse–puede quedarse aquí a descansar, iré a la dirección para informar que usted se encuentra despierta.
– Muchas gracias, doctor…
– No hay de qué, señorita Videl. Regreso en unos minutos.
El saiyajin, al verlo retirarse, se prestó a actuar justo después de quedarse a solas con la otrora justiciera. Videl, quien continuaba acostada frotándose su adolorida cabeza, ni siquiera se volteaba a verlo imaginando que el campeón mundial no tardaría en hacerse presente sobredimensionando las cosas como era su costumbre. Pero, rompiendo el silencio, Gohan se envalentonó y le habló.
– Videl, sé que no es el mejor momento, pero tengo muchas cosas que decirte–Gohan, acercándose a la camilla donde la pelinegra reposaba, logró que ella se girase hacia él–primero discúlpame por lo que pasó, fue mi culpa que perdieras el equilibrio y cayeras. Yo de verdad lo siento muchísimo, yo no quería que…
– Está bien, no te preocupes Gohan–sin olvidarse de la extraña alucinación que vivió hacía unos instantes, Videl no sabía si alegrarse o molestarse por estar sola con él–aunque no sé si sea el momento adecuado para hablar de lo que pasó, hay un par de cosas que me gustaría que me aclararas.
Al escuchar eso, Gohan hizo su apuesta.
– No sé cuánto tiempo tengamos, así que seré breve–vehemente, Gohan fue directo al grano y sin rodeos–sé que te sientes culpable de lo que le ocurrió a Shapner en su hombro, sé que ustedes dos se conocen desde hace muchísimos años y que él siempre quiso salir contigo.
– ¿Adónde quieres llegar con todo eso? –para su consuelo, los analgésicos comenzaban a surtir efecto.
– Lo que quiero decirte es que estoy muy consciente de la culpa que llevas contigo, supongo que por esa razón quieres recompensarlo aceptando ser su novia–jugando sus cartas, Gohan se reclinó un poco hacia ella provocando que Videl se apoyara en sus codos mirándolo fijamente–no me imagino qué te pudo haber dicho Shapner para convencerte, pero me doy cuenta a simple vista que algo anda mal entre ustedes dos.
– Gohan…
– Él te está usando, se está aprovechando de tu remordimiento para hacer contigo lo que él quiera–Gohan, balbuceando un poco, fue tan franco como pudo–sé que suena como una locura, sé que parezco un demente pero al ver tus ojos me convenzo que estoy en lo correcto. Tú no lo quieres, Videl; no lo amas. Tú no quieres tener nada con él, no quieres ser su novia…
– ¡Cállate!–Videl, refugiándose en su típica máscara de hostilidad, se aterró al sentirse descubierta–debería darte una bofetada para que dejes de decir estupideces…
– Entonces hazlo, abofetéame–retador, Gohan se convencía a sí mismo de haber dado en el clavo–pues si estoy equivocado hazlo, dame una bofetada.
Titubeante, Videl no dijo ni hizo nada.
– Anda, hazlo Videl, golpéame si estoy mintiendo–tomando una de las manos de Videl, Gohan la puso en su mejilla derecha reduciendo tanto la distancia entre sus rostros que sus respiraciones chocaron la una con la otra–vamos, demuéstrame que me equivoco, hazlo…
– ¡Videl, el doctor me dijo que…!
Congelando la sangre de ambos, convirtiéndolos en perfectas estatuas de hielo, Shapner entró abruptamente en la enfermería sorprendiéndolos sin que ninguno pudiese retroceder a tiempo. El rubio, sin dejar de mirarlos, se petrificó sintiendo como una volátil mezcla de tristeza y rabia recorría su cuerpo desembocando en la frialdad y dureza de su mirada.
Su mente dio mil vueltas, lo que en un principio fue un maravilloso día que señalaba en el inicio de su relación con Videl, se transformó, al mejor estilo de un cuento de horror, en una espantosa estampa que hacía tambalear las bases de lo que él esperaba que fuese inmortal. Aún así, sin que él mismo supiese cómo, Shapner mantuvo la calma suavizando su faz para la mujer de su vida.
No obstante, reservándose su furia, el rubio la guardó para más tarde cuando tuviese la oportunidad de defender su territorio de Gohan.
Impetuoso, disfrutando de un hermoso día, Mr. Satán se sentía lleno de vigor al ver como su limusina se detenía justo frente a su destino al repasar mentalmente lo que haría. Suspirando, dejando salir toda la tensión, el padre de Videl abrió la puerta recibiendo de lleno la potencia del sol quien le prometía bendecir sus intenciones.
Sin demoras, comenzando de inmediato, Mr. Satán subió por la larga escalera del ayuntamiento mientras que, bajo la mirada de los curiosos en los alrededores, recibía miles de saludos ofreciéndoles a cambio una amplia sonrisa. Y así pues, sin desviarse de su camino, el campeón mundial ingresó en la alcaldía generando un enorme alboroto al hacerse notar.
Hubiese querido ir directo al grano; sin embargo, sabiendo que su imagen pública era pieza fundamental de su imperio, Mr. Satán no tuvo más remedio que firmar algunos autógrafos además de tomarse varias fotografías con los muchos fanáticos que se aglomeraron a su alrededor. Fueron veinte minutos no contemplados; pero imposibles de eludir.
– Disculpe señorita–hablándole a una de las varias secretarias allí reunidas, Mr. Satán vio su oportunidad de ejecutar su plan– ¿sería tan amable de informarle al señor alcalde que me gustaría hablar con él?
– ¡Por supuesto, Mr. Satán! –Sonriente, reaccionando de inmediato a su solicitud, una de las oficinistas no se demoró en responderle–venga conmigo, lo llevaré a la oficina del alcalde.
– Gracias señorita, se lo agradezco mucho.
Ansioso, adentrándose entre pasillos y despachos, Mr. Satán tenía plena confianza en que su jugada final diese los frutos que esperaba, restaurando, por completo, tanto a su familia como a su atormentada conciencia. Por ende, como si sostuviese un par de dados en su mano, el campeón mundial les pidió que no lo traicionaran cuando llegase la hora de lanzarlos.
Y deteniéndose ante la oficina del alcalde, estando a segundos de reunirse con él, Mr. Satán hizo su apuesta suplicándole al azar se inclinara a su favor.
Fin Capítulo Diecinueve
Hola, muchas gracias por leer un capítulo más de esta historia. Bueno, luego de mucha construcción y desarrollo, al fin le di un empujón a la trama encaminándola justo donde quiero que vaya. Gohan ya se está involucrando más a cada momento, Mr. Satán continúa con sus locuras mientras las cosas no pintan muy bien para Shapner. Ya veremos cómo acaba todo esto.
Siendo honesto me hubiera gustado prolongarme más con este capítulo, desearía haber podido detallar más algunas escenas pero por el poco tiempo que tengo disponible no pude hacerlo. Espero que la lectura haya sido de su agrado, quiero agradecerles a todos ustedes por apoyar esta rara historia, sé que no es típico fic de Gohan y Videl pero gusta probar cosas nuevas.
Antes de terminar por esta ocasión, les doy las gracias a Terry, Giuly De Giuseppe, SViMarcy, ZhadYen01, PosYoXDXD, Saremi-San 02, Lupis OrSa y a Yuki Nekoi por sus opiniones en el capítulo anterior.
Gracias por leer y hasta la próxima.
