Disclaimer: Ni Dragon Ball ni sus personajes me pertenecen.

Capítulo 20

Silencioso, sintiendo como una ardiente impotencia recorría sus venas, Shapner no tuvo más alternativa que quedarse donde estaba mirando como Videl, siendo llevada por Gohan, se alejaba de él sin que pudiese evitarlo. Permaneció allí, inmóvil y disgustado, hasta que ella desapareció de su vista. Hubiese querido correr tras de ella; no obstante, no pudo hacerlo. Le fue imposible.

Aquello era inaudito, era peor que una broma cruel. Se suponía que éste sería su gran día, se suponía que hoy marcaba el inicio de una nueva etapa en su vida, se suponía que debía ser una ocasión inolvidable. Había soñado con este momento desde hacía años, lo añoró y lo esperó desde que era un chiquillo que entendía por primera vez lo que significaba estar enamorado.

Y ahora, viendo como sus sueños y deseos se disipaban como una neblina empujada por el viento, la mente de Shapner renunció a todo razonamiento y comprensión dejándose devorar por la rabia. Maldecía sentirse como un lisiado, maldecía no ser capaz de detener y alejar a quien sea que se atreviese a interponerse entre Videl y él. Maldecía no poder ser el mismo que era antes.

Aún en silencio, sin tan siquiera recordar a los demás allí presentes, Shapner le echaba un vistazo a su brazo derecho evocando las miles de veces que lo empleó, con éxito, para noquear a sus rivales en el cuadrilátero. Sus derechazos, tratándose de su arma más letal, eran su as bajo su manga cuando era la hora de hacerle frente a cualquier desafío.

Pero para su desgracia, sin que pudiese cambiar la realidad, aquello no era más que un recuerdo.

– ¡Oye Shapner, Shapner!

– ¿Qué?

Ireza, acercándose hacia él, se petrificó por un segundo al mirar su expresión aturdida. Ella, conociéndolo desde la primaria al igual que Videl, sabía muy bien cuando algo andaba mal con la otrora justiciera o con el rubio. Y ella, teniendo muy presente la delicada condición de Videl, dedujo con rapidez que la actitud anormal de Shapner se debía a su preocupación por ella.

– Sé en lo que estás pensando, no eres el único que está preocupado por Videl–ella, tratando de levantarle el ánimo, le habló con voz serena y baja para que su plática fuese privada–Videl es más resistente que una roca, ya verás que se pondrá bien. Sólo ten paciencia…

– Lo sé, lo sé–reiteró Shapner con ansiedad–es sólo que no termino de entenderlo, no me explico cómo fue que esto sucedió.

– Fue sólo un accidente, nada más–bajándole el tono a la situación, Ireza también luchaba por tranquilizar su propia inquietud–tropezó y se golpeó la cabeza, son cosas que suceden sin que nadie se las espere.

– Yo debí ir con ella a la enfermería; Ireza, debí ser yo quien la llevara–liberando una pizca de su frustración interna, Shapner le aseguró– ¡me siento como un maldito bueno para nada, desearía poder usar mis dos brazos!

Mirando de reojo a sus compañeros de salón que murmuraban entre sí, Ireza suspiró aliviada al creer que ninguno de ellos escuchó las airadas protestas de Shapner.

– Entiendo muy bien lo que dices, sé lo frustrante que debe ser para ti no ser capaz de usar los dos brazos; pero en unas semanas te quitarán los vendajes y volverás a tener libertad de movimiento–ella, sacando a relucir su lado más sensible, le ofreció una sincera y amistosa empatía–y ahora; aunque sé que te será difícil, debes olvidarte de toda esa frustración que sientes y cumplir con el deber que tienes en tus manos…

– ¿Deber? –Preguntándole, al principio Shapner no entendía a qué se refería pero pronto lo hizo–es cierto, me había olvidado de ese detalle. El profesor me pidió que me hiciera cargo de la clase mientras él no está.

– Exacto–regalándole una alegre sonrisa, Ireza confiaba en haber logrado tranquilizar las aguas–sólo quedan veinte minutos de clase, cuando la campana suene podrás ir a la enfermería para ver a Videl.

– De acuerdo, seré paciente…–sabiendo que no tenía más salida, Shapner suspiró con resignación llevándose a la boca el silbato que le entregó su maestro de deportes antes de partir–aunque la paciencia no es una de mis virtudes.

Intentándolo, haciendo su mejor esfuerzo por dejar atrás toda aquella ira que se extendía por su ser, Shapner caminó hacia donde se amontonaba el resto de los estudiantes de su clase ganándose su atención al hacer sonar su silbato. Allí, balbuceando con una leve torpeza al verse rodeado por todos ellos, Shapner tuvo un santiamén de lucidez y les dijo lo más lógico que pensó.

– Faltan pocos minutos para que la clase de deportes se termine, haremos lo que el profesor nos pidió–dibujando unos cuantos ademanes, Shapner señaló la pista de atletismo a un costado de ellos–continúen corriendo alrededor de la pista hasta que se escuche la campana del receso.

Sin cuestionarlo, cumpliendo con su petición, el grupo de chicos ante él fue reanudando la carrera que se vio interrumpida por la abrupta caída de Videl, la cual, indudablemente, era el tema de conversación por excelencia para el alumnado. Shapner, mirando como Ireza se les unía retomando sus ejercicios, se giró lentamente observando el edificio de la escuela a sus espaldas.

Gradualmente, aprovechándose de la soledad de Shapner y de la lejanía de Ireza, la cólera que lo embargaba regresó sin que éste opusiera la más mínima resistencia. Frunciendo el ceño, apretando su puño izquierdo, Shapner se enfocaba en la hilera de ventanillas donde sabía que se ubicaba la clínica de la preparatoria.

Habiendo perdido el control de sus propios pensamientos, y sucumbiendo frente a los instintos más primitivos generados por los celos, la imaginación de Shapner empeoró su estado mostrándole varias imágenes de Gohan y Videl que, actuando como una chispa que caía en un barril de pólvora, sólo encendió aún más su ya de por sí volátil malhumor.

Vio a Gohan colocando delicadamente a Videl en una camilla, lo vio acercándose a ella acariciando una de sus mejillas con el afán de despertarla. El pelinegro, al ver que aquello no surtía efecto en la dormida jovencita, se reclinó sobre ella presionando suavemente sus labios sobre los de Videl consiguiendo que ella, casi por arte de magia, reaccionara y volviera en sí.

Shapner, sintiéndose encadenado a una pared invisible, no pudo detener lo que ocurrió luego. Videl, pestañeando rápidamente y volteándose hacia Gohan, le obsequió una sonrisa cómplice aventurándose a sujetar su rostro para acercarlo al suyo con necesidad. Y allí, como dos amantes en medio de las sombras, ambos se aprovecharon de las circunstancias para besarse sin pudor.

A pesar que una parte de él luchaba por hacerlo entrar en razón, su conciencia yacía demasiada contaminada por la desconfianza y el enojo producidos por no estar junto a ella. Por ende, alimentándose de aquellas emociones, esas visiones que lo atormentaban cobraron muchísima más fuerza haciéndole ver escenas que eran un reflejo inequívoco de su descontrol.

Videl, actuando como nunca actuaría en la realidad, haló a Gohan aún más hacia ella invitándolo a subirse a la litera que la hospedaba sin romper el beso que compartían. Gohan, no siendo él mismo, ni siquiera dudó en quitarle a Videl la blusa deportiva que ocultaba su curvilínea desnudez. La cual, cayendo al piso de la enfermería, pronto fue acompañada por más prendas de vestir.

Cerrando los ojos, completamente incapaz de refutar la falsedad de tal alucinación, Shapner se dio la vuelta todavía preso de sus peores temores. Y la voz de Videl, gimoteando y susurrando el nombre de Gohan, se infiltró en sus oídos calando profundamente en él llevándolo al extremo de sus límites. Aquello era en demasía intenso, tanto que se vio tentado a ir a buscarlos y detenerlos.

– ¡Basta, ya basta!

Agitado, alejando aquellos espíritus que hacían mella en él, Shapner liberó un grito impregnado de dolor y coraje que le hizo recobrar, muy levemente, la cordura.

– No, Videl sería incapaz de hacer algo así…–hablándose a él mismo, Shapner sentía el sudor corriendo por su cara–ella me ama, ella me ama, ella me ama…

Caminando en círculos, esforzándose por colocar en su sitio todas las piezas, Shapner mitigaba su desventura evocando las palabras llenas de confianza y apoyo que, ayer por la noche, su flamante suegro tuvo para él. Para Shapner, el campeón mundial se convertía en la piedra angular que sostenía su relación con Videl. Él, mejor que nadie, era el antídoto para su venenosa amargura.

El recuerdo de Mr. Satán lo hizo delirar nuevamente, pero, esta vez, el padre de su novia lo transportó a su lujosa y enorme mansión que, quizás en el futuro, sea la morada que lo acoja a él y sus hijos. Sin embargo, no yendo muy lejos, la memoria de Shapner entró en acción recreando en su cabeza la colorida y amena cena que vivieron los tres al recibirlo en la familia Satán.

¿Entonces, ya sabes que nosotros…?

Sí Videl, ya le dije todo a tu padre–Shapner, desbordando felicidad, extendió su brazo izquierdo para acariciar una de las manos de la pelinegra–le conté sobre nosotros y me dio su bendición para estar contigo…

Desearía que tu madre estuviera aquí para ver este momento, ella estaría muy feliz de verte convertida en toda una mujer–levantando una copa de vino, Mr. Satán no borraba su sonrisa de su rostro–y si me permiten el atrevimiento, me gustaría que hiciéramos un pequeño brindis para celebrar la ocasión.

Shapner, no queriendo demorarse, tomó la copa frente a él invitando con su mirada a Videl para que lo imitase. Ella, complaciendo a su padre y a su novio, los acompañó mientras Mr. Satán los veía con una expresión que a Videl le resultó inusual; aunque, sin decir nada al respecto, guardó silencio maquillando a la perfección la incomodidad que se anidaba en ella.

El rubio, aún sin creer su fortuna, hubiera deseado pellizcarse en aquel momento para comprobar si estaba soñando o no. Empero, objetando cualquier atisbo de vacilación e incertidumbre, Mr. Satán retomó la batuta de la situación ratificándole que aquello era real. Las fantasías y anhelos ya le pertenecían al pasado; un prometedor porvenir comenzaba a construirse ahora mismo.

Un porvenir para Videl y él; un mutuo porvenir.

Shapner, muchacho, a medida que nos vayamos conociendo más me encantaría guiarte y aconsejarte para nunca cometas las mismas equivocaciones que yo–mirando directamente al pretendiente de su hija, Mr. Satán le dedicó un corto discurso–y el primero de los muchos consejos que te diré es el siguiente: disfruta de cada segundo, disfruta de cada pequeño momento que vivas en compañía de Videl. Valóralo, atesóralo, guárdalo en lo más profundo de tu corazón.

Verdaderamente conmovido, Shapner no supo qué decir y se limitó a seguir escuchándolo sin atreverse a interrumpirlo.

Y te digo todo esto porque el tiempo es muy cruel, esa es la primera lección que debes aprender esta noche–puntualizando sus afirmaciones, Mr. Satán se volteó a mirar a su primogénita–aún recuerdo el día que supe que Videl vendría al mundo, aún recuerdo cuando llevé a mi esposa al hospital al entrar en labor de parto, aún recuerdo cuando cargué en mis brazos aquel diminuto tesoro. Y ahora, casi veinte años después, veo a mi tesoro convertido en toda una señorita.

Entiendo, Mr. Satán.

Cuando menos te des cuenta serás un hombre viejo y cansado como yo, la vida habrá pasado frente a ti como una ráfaga de viento recordándote cada tropiezo y acierto que tuviste–diciendo aquello más para él que para Shapner, Mr. Satán quiso darse prisa con el brindis–cuida a mi hija, hazla feliz, no te separes de ella por nada del mundo y sobre todas las cosas, nunca dejes de amarla… ¡salud!

¡Salud! –Videl y Shapner, respondiendo al unísono y con un fugaz retraso, chocaron sus copas con la del campeón mundial llenando la habitación de la característica melodía del cristal al vibrar.

Pero bueno, creo que ya fue suficiente palabrería–con tono jocoso, Mr. Satán bromeó con ellos–comamos o la comida se enfriará…

De inmediato, con una sincronización que dejó boquiabierto a Shapner, un batallón de sirvientes entró en el comedor trayendo consigo una gran cantidad de platillos que, uno a la vez, fueron colocados frente a los comensales. Mr. Satán, con premura, tomó sus cubiertos al estar verdaderamente hambriento disfrutando del aroma que flotaba en el aire.

Videl, con menos emoción y entusiasmo, usó sus manos para tomar sus respectivos utensilios recordando con fastidio las insoportables lecciones de etiqueta que, años atrás en su niñez, su padre le impuso al ver el estatus social que recaía sobre ellos. Así pues, utilizando un tenedor, Videl jugueteó con disimilo con los espárragos al mezclarnos con una pizca de puré de patatas.

Shapner, por su parte, tragó saliva con nerviosismo al verse abrumado por la gran variedad de cucharas que esperaban por él. Fingiendo que tomaba un poco de agua, el rubio vio de soslayo cuál de todas ellas utilizaba el campeón mundial, para, consecuentemente, imitarlo y no quedar así como un ignorante con pésimos modales en la mesa.

Los primeros dos minutos fueron muy silenciosos, únicamente se alcanzaban a escuchar a los tres probando y degustando del banquete exclusivo para su disfrute. No obstante, interrumpiendo al rubio que se maravillaba con el sabor de los vegetales frescos de la ensalada, Mr. Satán se volcó hacia él para reanudar la conversación en la velada.

Shapner, hace un rato me comentaste que eres boxeador–rompiendo con la afonía, Mr. Satán necesitaba conocer más a fondo al rubio, para saber, efectivamente, si sus premoniciones sobre él eran acertadas–cuéntame… ¿desde cuándo practicas el boxeo y por qué te interesó?

Pues lo he practicado desde que entré en la preparatoria–limpiando su boca con una servilleta, el rubio le respondió con gran confianza–desde que era muy niño me han encantado los deportes, primero probé el baloncesto y después el béisbol pero una vez, aprovechando que no había nadie en el gimnasio de la escuela, entré el club de boxeo y me quedé maravillado por todas las máquinas de ejercicios que allí estaban…

Videl, cenando con lentitud y sin mirarlos, se mantenía dentro de la burbuja intangible que construyó a su alrededor, la cual, literalmente, la aislaba de sus acompañantes masculinos sin participar de la charla.

Pero lo que más me sobrecogió fue el cuadrilátero, cuando me acerqué a él fue como si éste me hablara. Sé que tal vez sonará como una tontería, pero yo lo escuchaba llamándome–sincero, recordando un hecho muy relevante de su pasado, el rubio se sentía más relajado platicando con más naturalidad–me sujeté de las cuerdas del ring y subí en él, cuando estuve allí arriba miré las decenas de sillas en las cercanías y me dije: yo tengo que estar aquí en una pelea, quiero pelear…

No tienes por qué decir que es una tontería; al contrario, siéntete orgulloso de tener instinto de luchador–complacido por lo que escuchó, Mr. Satán se decía a sí mismo que él era realmente el complemento perfecto para sus planes–yo entiendo muy bien lo que viviste, cuando era joven escuché el mismo llamado y por eso me convertí en peleador.

Se lo agradezco mucho, Mr. Satán–el rubio, con algo de dificultad, tomó un cuchillo para cortar un trozo del jugoso filete que humedeció su paladar–aunque me dolió porque me gustaban mucho, decidí renunciar al baloncesto y al béisbol para dedicarme de lleno al boxeo. Entrené muchísimo para ganar masa muscular; sin mencionar, por supuesto, las muchas palizas que recibí mientras perfeccionaba mi estilo de pelea.

Videl, muy sorprendida por la actitud de su padre, prefería dedicarse a saciar su estómago.

Luego de eso empecé a participar en competiciones escolares, incluso recuerdo un par de ocasiones donde Videl estuvo entre el público–girándose hacia la chica a su izquierda, Shapner le sonrió entretanto Videl dio sus primeros signos de estar allí.

¿En serio, Shapner? –Mirando directamente a su muda primogénita, Mr. Satán se dispuso a incluirla en el coloquio– ¿por qué nunca me comentaste que uno de tus compañeros de clase era un destacado deportista, Videl?

En realidad creía que sí te lo había comentado; tal vez no lo recuerdes, papá.

En todo caso es un gusto que Shapner esté aquí para platicarnos del tema; y ahora que lo pienso, de dónde es tu familia, muchacho–sin dejar de comer, Mr. Satán continuó con su amigable interrogatorio.

Originalmente mi familia vivía en otra ciudad, no éramos de por aquí–apagando su reluciente semblante, Shapner trajo a su mente remembranzas nada felices–teníamos una vida modesta y tranquila antes que Cell apareciera y comenzara a destruir el lugar, todavía recuerdo muy bien los gritos de espanto cuando ese maldito asesino hizo de las suyas. Jamás olvidaré la ropa de todos mis vecinos tirada y esparcida por las calles vacías, nunca antes había sentido tanto miedo como en ese instante.

Con la mera mención de Cell, Mr. Satán se reclinó hacia atrás teniendo muy vívida su experiencia de aquel día, cuando, alterando en su totalidad el mundo que él conocía, aquel monstruo abominable y el grupo de desconocidos que lo enfrentaron, destrozaron, sin piedad alguna, las reglas de la normalidad que constituían su vida.

Y Videl, un ápice de la Videl de antaño, usó tenuemente su suspicacia notando el cambio en la expresión facial de su padre. Ella, desde hacía tiempo atrás, se había percatado de la extraña conducta que lucía su progenitor cuando se pronunciaba el nombre del bioandroide. Se podía palpar la tensión en su rostro, sus ojos oscuros reflejaban un temor que no tenía comparación.

Videl, forzada por las pistas que saltaban ante ella, comenzó a poner en duda el relato heroico de su papá, deduciendo, con rapidez, que una pieza muy importante de esa historia brillaba por su ausencia. No sabía qué era; empero, Videl intuía que su padre no decía toda la verdad. Y para su martirio, el mero hecho de pensar en aquello invocó al fantasma de su más grande tormento:

El Gran Saiyaman.

Le gustase o no, lo quisiese o no, Videl admitió que existía una sólida y peculiar conexión entre Cell y el superhéroe. Ambos, de igual manera, exhibían las mismas habilidades sobrehumanas como la capacidad de volar y la facultad de emplear una fuerza impresionante. Era prácticamente imposible negar el vínculo entre ellos, eran como las dos caras de una moneda.

La antigua justiciera, sintiéndose bombardeada por viejas sospechas, no pudo continuar comiendo padeciendo unas repentinas náuseas que la hicieron reclinarse en la mesa del comedor. Callada, no queriendo hacer público su malestar, Videl bebió un sorbo de agua esforzándose por guardar las apariencias sabiendo que, de ser descubierta, acapararía la atención de Shapner y su padre.

Lamento mucho que hayas vivido algo tan horrible, pero me alegra saber que tu familia pudo reconstruir su vida–Mr. Satán, luchando con sus propios demonios internos, buscó desviar el rumbo de la charla para cambiar de tema–lo mejor será dejar atrás todo lo malo del pasado, ahora enfoquémonos en el futuro que les espera a ambos.

Sé que mucha gente se lo ha dicho, pero personalmente quería darle las gracias por derrotar a Cell–no queriendo arruinar el buen momento, Shapner quiso darle un vuelco a la situación–no sólo consiguió salvar el mundo; sino también, le dio una nueva oportunidad a mi familia y a mí para comenzar de nuevo. Gracias a usted, mi padre tomó la decisión de mudarlos a Ciudad Satán y en mis primeros días aquí conocí a Videl…

No tienes que agradecerme por nada, muchacho. Todo lo contrario, soy yo el que está sumamente agradecido contigo por haberle salvado la vida a mi hija; sino lo hubieras hecho, es posible que haya caído en la locura–sacándole provecho a lo dicho por Shapner, Mr. Satán pretendió olvidarse de Cell–y perdóname por ser tan entrometido, pero me gustaría saber cómo se conocieron exactamente…

Fue en la primaria–sonriente, Shapner encontró en su mente mejores recuerdos que contar–cuando llegué a la escuela no conocía nadie, era el nuevo del salón. Pero con el paso del tiempo fui familiarizándome con todos los demás niños y ahí nos conocimos, quedé impresionado cuando descubrí que ella era su hija. Y me da un poco de vergüenza decírselo, pero fue amor a primera vista, Videl me robó el corazón cuando la conocí.

Dicho eso, Shapner no se resistió al impulso de extender su mano izquierda posándola sobre la derecha de Videl, quien, saliendo de su letargo, se sobrecogió un poco provocando que sucediese justo lo que menos deseaba: tanto su padre como su novio se le quedaron mirando. Ella, quedándose sin palabras, únicamente sintió el suave apretón que Shapner le daba a su unión.

¿Sucede algo, hija? –Mr. Satán, notando la palidez de su tez, le cuestionó sin vacilación–te veo algo pálida…

No, no es nada–bebiendo por completo su copa de agua, Videl buscó la primera excusa ingeniosa que se le ocurriera–sólo que creo que pesqué un resfriado, posiblemente por haber corrido bajo la lluvia todo el camino hasta aquí…

¿Te sientes mal, mi amor? –el rubio, dejándose llevar, no se dio cuenta que la llamó de esa manera hasta ya muy tarde– ¿qué sientes, Videl?

No se preocupen, no es nada importante–buscando la forma para no levantar más sospechas y deseando otra dosis de su anestesia para olvidarse del superhéroe, Videl entrelazó los dedos de su mano con los de Shapner ofreciéndole una manifestación de afecto que, instantáneamente, lo dejó embelesado–antes de dormir me tomaré una píldora contra el resfriado…

Era una mentirosa y una cobarde; sin embargo, ocultándose de sus problemas como una niña miedosa, Videl se vio adormecida por la somnífera sensación que se extendía por su cuerpo gracias al roce de su piel con la de Shapner. Más allá de usar a Shapner para refugiarse de sí misma, Videl no era capaz de resistirse a aquel agradable cosquilleo que electrificaba sus nudillos.

Shapner, mimándola con discreción, usó sus yemas para masajear su suave y delicada tez llenándola de culpa y gozo. El rubio solamente quería demostrarle lo mucho que la amaba, quería demostrarle su infinito amor con pequeñas y humildes caricias. Pero Videl, no importándole sus sentimientos, sólo se concentró en la falsa y efímera paz que él le suministraba con sus actos.

Por cierto, espero que la tormenta que está cayendo no haya arruinado su cita–dándole las últimas cucharadas a su plato, el campeón mundial aún no se acostumbraba del todo al hecho de ver a su hija con un chico–al menos es un curioso recuerdo que les quedará para toda la vida, será una anécdota que nunca olvidarán…

Fuimos al cine, vimos una película y al terminar dimos un paseo por la ciudad–replicándole a su padre, Videl vio de soslayo el reloj colgado en la pared, descubriendo, para su sorpresa, que no llevaban mucho tiempo allí–hacía mucho que no veía la ciudad con otros ojos, fue como conocerla por primera vez de nuevo…

Sin mencionar lo hermosa que te arreglaste hoy–Shapner, todavía sin soltarla, volvió a ser víctima de su juvenil y honesto idilio por ella–y no es que no te veas bien el resto del tiempo, es sólo que me sorprendió mucho verte usando otro tipo de ropa y con tacones puestos.

Debo decir que a mí también me tomó por sorpresa, nunca sospeché que cambiaras tanto de imagen–Mr. Satán, auténticamente feliz por la hermosura de su hija, suspiró al pensar que era idéntica a su amada esposa fallecida–recuerdo que te compré varios vestidos antes pero nunca quisiste usarlos…

Bueno papá, como te lo dije cuando volviste a casa, creo que ya era hora de un cambio. Ya estaba cansada y harta de muchas cosas repetitivas, quería una bocanada de aire fresco–sin decir ninguna mentira, Videl se reacomodó en su asiento–además; como se trataba de una cita, lo más correcto era que usara ropa más apropiada. Aunque ya me di cuenta que me costará algo de trabajo acostumbrarme a los tacones, me duelen un poco los pies pero trataré de dominarlos poco a poco.

Sintiéndose más aliviada por dentro, Videl le agradecía a la providencia por haber logrado salir airosa ante la posibilidad de ser descubierta por ambos. Así pues, no queriendo volver a tentar a la suerte, Videl optó por ser más participativa en la conversación.

Se me ocurre una idea, Videl–Shapner, buscando la manera de tener su segunda cita con Videl, barajeó sus cartas hallando una jugada ganadora–podríamos ir de compras al centro comercial el próximo fin de semana, visitaríamos varias tiendas para que compres un nuevo guardarropa. Incluso, si quieres, podemos buscar en zapaterías algunos tacones que te sean más cómodos de usar.

Es una idea fantástica, Shapner. No suena nada mal–Mr. Satán, dándole su aprobación, les regaló una sonrisa a la pareja de adolescentes–si quieres un cambio de aires creo que la propuesta de Shapner es perfecta; opino que sería lo mejor que puedes hacer, hija.

Está bien, como dice papá no suena mal. Aunque no sabría por dónde empezar, nunca he ido de compras…

Estoy seguro que a Ireza le encantaría acompañarnos, ella mataría por ser tu asesora de modas–pensando en la rubia, Shapner no se equivocaba en su suposición sobre ella–si la conozco como creo que la conozco, ella sería tu guía turística visitando un millar de tiendas y varios salones de belleza.

No lo dudo. Conociéndola, haría lo que dices–Videl, imaginando a la rubia completamente enloquecida ante el frenesí de consumismo, tragó saliva experimentando una leve sensación de agobio–pero preferiría que ella no lo supiera; no me malinterpretes, yo la quiero mucho, pero no estaría de humor para ir a una loca maratón de compras. Me gustaría hacer las cosas con calma, a mi propio ritmo, sin prisas ni locuras.

Me parece bien, es justo–Shapner, muy feliz, gritaba en su interior al ver como su apuesta fue un rotundo éxito–y no te preocupes, iremos muy lento, no habrán prisas…

Soñando despierto, Shapner se vio junto a Videl recorriendo los numerosos niveles del centro comercial más grande y popular de Ciudad Satán, visitando, uno a uno, los distintos establecimientos comerciales dedicados a ropa femenina. Y él, sabiendo que caería sobre sus hombros la tarea de cargar con las bolsas de las compras, lo haría con muchísima felicidad.

El rubio, dejándose seducir por su imaginación, observó como Videl se probaba diferentes vestuarios haciéndole justicia a la belleza de su cuerpo femenil. La vio usando blusas y chaquetas de varios tipos, la vio probándose una infinidad de faldas multicolores que se ajustaban a su perfecta cintura. Era como estar en una pasarela; una pasarela donde Videl era la estrella.

Asimismo, yendo más allá, presenció con gran deleite como Videl se miraba en el espejo moviéndose con soltura y sensualidad, dejando, tras de sí, aquella rigidez y aspereza que la caracterizaba reinventándose a sí misma y redescubriendo su feminidad. Ella, quitándose las cadenas que la aprisionaron por años, se concedía la más absoluta y necesaria libertad.

Bailando, jugando con sus largos mechones negros, Videl sanaba sus heridas mientras nacía una nueva versión de su ser. Era una mujer bella, y como tal, ya no se reprimiría más. Haría todo aquello que siempre quiso pero que se prohibió, haría las cosas que otras chicas hacían y que ella sólo plasmaba en sueños. Eran tiempos de cambio, era tiempo de renacer de las cenizas.

Demostrando esto último, Shapner también la vio probando diversos calzados pasando por muchas zapatillas deportivas y una extensa variedad de botas, terminando, finalmente, con un sinfín de tacones que adornaron sus delicados y pequeños pies dotándola de una altura que resaltó su lindura. Ver tal cosa era todo un honor, Shapner se sentía un hombre muy afortunado.

No obstante, lamentaba que aquel espectáculo sólo fuese una fantasía. Aún así, se consoló diciéndose que muy pronto se convertiría en una realidad.

De acuerdo, iremos de compras el próximo sábado–Videl, sin saberlo, lo sacó de sus utópicos pensamientos al hablarle–no pienso convertirme en una especie de modelo pero sí quiero usar cosas nuevas…

Por el dinero no te preocupes, gasta todo lo que consideres necesario–el campeón, no teniendo el más remoto problema ante el inminente gasto, sabía que su fortuna podría cubrir las facturas con facilidad–te prestaré mi tarjeta de crédito, diviértanse mucho comprando.

Vendré a buscarte temprano por la mañana, así le sacaremos provecho a casi todo el día–Shapner, como si hubiese ganado la lotería, no podía contener tanta alegría en su ser.

Los últimos rastros de comida fueron desapareciendo de sus platos poco después; igualmente pasó con las bebidas que dejaron varias copas y vasos vacíos al terminarse. Y del mismo modo que al principio, los sirvientes del campeón mundial limpiaron y despejaron la mesa dejándola impoluta en cuestión de un parpadeo. Shapner, nuevamente, se asombró ante su presteza.

Mr. Satán, no olvidándose de sus planes, pensó con impaciencia queriendo encontrar algún método que le permitiese tener una pizca de privacidad con Shapner, para, ruinmente, convertirlo en la pieza clave de sus aspiraciones. Y como si una bombilla se encendiera en sus adentros, el falso vencedor de Cell supo lo que debía hacer. Sin más preámbulos, no se tardó en actuar.

Antes de que te marches; Shapner, me gustaría hacer contigo un pequeño recorrido por toda la mansión–dirigiéndose a su yerno, Mr. Satán se puso de pie provocando que los jóvenes junto a él le imitasen–deseo con todo mi corazón que esta casa que me ha albergado a mí con tanta calidez, haga lo mismo con mis futuros nietos y descendientes. Y para sentirme totalmente tranquilo, me encantaría que me acompañaras a conocer cada rincón que hay bajo este techo.

Papá, no es que esté en desacuerdo con eso pero no te parece que ya es un poco tarde–Videl, comprobando la hora, constató que ya la noche envejecía sin remedio–los padres de Shapner podrían estar preocupados, tal vez debería marcharse y venir otro día.

No te preocupes, Videl. Mis padres saben que estoy aquí; además, la lluvia no ha terminado de caer.

Si la tormenta no se despeja en una hora, le pediré a uno de mis choferes que lleve a Shapner a su casa–solucionando rápidamente aquel dilema, Mr. Satán les comentó.

Videl, quedándose sin opciones para finalizar la visita de Shapner, no tuvo más remedio que asentir en silencio permitiendo que fuese arrastrada por las ocurrencias de su padre. El rubio, luciendo un semblante muy opuesto al de su novia, debió contener su entusiasmo para no parecer un niño que abría sus regalos de navidad. Sobrepasando sus expectativas, todo iba viento en popa.

Y como si fuese de un maestro de ceremonias, Mr. Satán ajustó su elegante traje y con un gesto extendió una invitación a Shapner para que le siguiera. El cual, a su vez, ejecutó un ademán similar hacia Videl para que se uniera a él. Y Videl, con una sumisión no propia de ella, se aferró a Shapner al cruzar uno de sus brazos con él iniciando con una lenta caminata.

Despacio, tomándose su tiempo para disfrutar del paseo, los tres abandonaron el comedor de la mansión dirigiéndose a la que sería su primera parada: la estancia. Allí, colgando por encima de sus cabezas, Shapner dejó salir un mudo silbido de asombro al contemplar el diáfano y magnífico candelabro que los bañaba con su lujoso resplandor.

El Shapner de un año atrás, metafóricamente, ya no existía más. El actual era la culminación de una transformación sin precedentes; un plebeyo como él era recibido como uno más en la realeza de Ciudad Satán. Y como si fuese investido con los ropajes de un príncipe, Shapner caminaba con prestancia entre los pasillos de aquel castillo que, a partir de hoy, también le pertenecía.

Si el presente lo dejaba boquiabierto, no era capaz de imaginar lo que estaba por venir.

– ¡Al fin se terminó la clase, ya quiero quitarme este apestoso uniforme deportivo!

Sobresaltándolo, destrozando la maravillosa remembranza que se adueñó de él, la voz de una chica lo sacudió en su totalidad volteándose con premura, descubriendo, casi en el acto, como una gran estampida de adolescentes salían de sus salones para aprovechar al máximo el recién iniciado receso que, como era usual, marcaba la finalización de la primera mitad de la jornada escolar.

Poco a poco, llenando de ruino el ambiente, Shapner se vio rodeado de una notoria multitud que desconocía por completo la enmarañada mezcla de emociones que revoloteaban en la mente del rubio. Así pues, girándose suavemente a un costado, Shapner vio a lo lejos como Ireza, junto al resto de sus compañeros de clase, se encaminaban de regreso al edificio principal de la escuela.

Aún sorprendido por no haber escuchado a la campana repicando, Shapner, reorganizando sus prioridades, emprendió una desesperada carrera por llegar al lecho de Videl lo más pronto que sus piernas se lo permitiesen. No le importó chocar con quien fuese que obstaculizara su camino, el rubio no se detuvo para dar disculpas internándose más en la preparatoria.

Dejando a sus espaldas el sonoro bullicio que colmaba los corredores y aulas, Shapner giró a la derecha en una esquina subiendo por una sucesión de escaleras que, al término de su trayecto, lo colocarían justamente frente a la puerta de la enfermería donde Videl, bajo la vigilancia del médico del centro educativo, aguardaba por él. O al menos, eso creía.

Mientras avanzaba, las imágenes de Videl y Gohan fueron reapareciendo ante sus ojos poniendo a prueba la confianza y estabilidad que, minutos antes, su memoria le entregó para combatirlas. Empero, no logrando contener la ansiedad que recorría su rostro en forma de sudor, Shapner casi sufre un ataque al corazón cuando reconoció al doctor saliendo de su consultorio.

– ¡Doctor, doctor! –Frenando en seco, deteniéndose justo antes de chocar con él, Shapner fue directo al grano al verse frente a frente– ¿cómo está Videl, ya recuperó la conciencia?

– Shapner, no sabía que ya habías regresado a la escuela–reconociéndolo de inmediato, el galeno posó su atención en el brazo lastimado del rubio que aún lucía vendado–me sorprende mucho verte por aquí, creí que no volverías todavía.

– Me dieron permiso para salir del hospital hace unos días, decidí regresar a la escuela cuanto antes porque ya estaba harto de estar acostado en una cama todo el tiempo–Shapner, tranquilizándose a pesar de su agitación, aprovechó su abrupta parada para recuperar el aliento y así reiterarle su pregunta–discúlpeme por sonar apresurado pero es que estoy muy preocupado por Videl, no pude acompañarla cuando la trajeron a la enfermería y no sé nada de ella.

– No te preocupes, Shapner. Videl está bien, su vida no corre ningún peligro–respondiéndole sin retrasos, él se dio cuenta de la evidente intranquilidad del rubio–sufrió un golpe en su cabeza que le provocó un desmayo, la examiné y no descubrí ningún signo de una lesión de mayor gravedad. Precisamente por eso me dirigía hacia la dirección para informar su estado de salud, lo más recomendable es que se le permita marcharse a su casa para que descanse allí.

– ¡Gracias al cielo! –Con honestidad, expresando su más grande agradecimiento, Shapner sintió como si le quitaran un elefante de su espalda– ¿puedo verla, me da su permito para visitarla?

– Lo más sensato sería que no, ella está padeciendo mucho dolor en el área del golpe que le ocasionó un abultado chichón–aplicando la lógica médica, el doctor parecía sepultar los deseos de Shapner por reencontrarse con su amada.

– Por favor doctor, le prometo que no haré nada que empeore su estado. Únicamente quiero verla.

– De acuerdo, te permitiré que la veas pero prométeme que no harás nada que la sobresalte. Videl necesita descanso–ofreciéndole una dosis de empatía, el doctor ablandó su rigidez concediéndole su petición.

– Se lo prometo, le doy mi palabra.

– Bien, entra y salúdala. Iré a la dirección, no me tardaré en volver.

Teniendo su autorización para buscarla, Shapner se despidió del médico quien continuó con su travesía entretanto él, no alargando más su espera, se aproximó a su destino, posando, inmediatamente, su mano izquierda sobre el pomo de la cerradura. Girándolo, accionando el mecanismo interno del cerrojo, Shapner abrió de repente la puerta asomándose adentro.

– ¡Videl, el doctor me dijo que…!

Ansioso, desesperado por estar con su novia, Shapner no se demoró más y alertó de su presencia irrumpiendo en aquella recámara con una estridente exclamación que, silenciándose súbitamente, fue una tenue demostración de la incredulidad, furia y dolor que lo embargó en ese preciso momento cuando contempló lo que halló en aquel lugar.

Petrificándose, sintiendo como su alma se desmoronaba en mil pedazos, Shapner dibujó una expresión indescifrable en su cara al ver como los rostros de Gohan y Videl, se encontraban, para su gusto, demasiado cerca uno del otro. Ambos, como si fuesen dos amantes sorprendidos en medio de una de sus aventuras, se voltearon con mucha lentitud cruzando miradas con él.

No sabiendo cómo lo logró, la mente racional de Shapner lo mantuvo quieto resistiéndose al bestial impulso de triturar la mandíbula de Gohan con un potente puñetazo. No obstante, lo peor para el rubio fue como toda la escena daba la impresión de desarrollarse en cámara lenta, permitiéndole, con gran pesar, estudiar cada minúsculo detalle de los sucesos que veía.

Videl, mostrando un semblante que nunca antes había visto en ella, no fue capaz de esconder el miedo que relucía en sus bellísimos zafiros, generándole, al instante, un sentir que jamás creyó recibir de ella: traición. El simple de hecho de considerar esa posibilidad casi lo derrumbó, sus piernas temblaron del mismo modo que un par de columnas en un terremoto devastador.

Sus retinas, no soportando aquello, se movieron unos milímetros posándose en Gohan. Él, atreviéndose a invadir su territorio, clavó sus ojos en él percibiendo la seriedad y la cólera que sus pupilas azabaches le transmitían al mirarlo. Shapner, captando el mensaje oculto en aquel gesto, olvidó sus propias heridas y limitaciones apretando su puño izquierdo por puro instinto.

Y al mejor estilo de dos animales salvajes al borde de un acantilado, Shapner sabía que sólo existía una manera para solucionar la creciente rivalidad que cobraba fuerza entre ellos.


Callado, sin emitir ni el más pequeño ruido, Mr. Satán se mantenía sentado en una de las sillas dentro de la oficina del alcalde esperando por su llegada. Ladeándose, posando su atención en un reloj de péndulo que se movía en una pared, el campeón mundial verificaba la hora por millonésima vez dándose cuenta que llevaba allí casi veinte minutos esperando.

Inquieto, sintiendo como la impaciencia comenzaba a devorarlo en sus entrañas, el padre de Videl se reacomodó otra vez en su asiento mientras aprovecha su soledad, para, motivado por el aburrimiento, curiosear con la mirada el decorado de aquel despacho. Y gracias a ello, se percató de varias fotografías suyas que adornaban una repisa de madera no muy lejos de él.

Sinceramente sorprendido, no recordando aquellas imágenes, Mr. Satán se enfocó en ellas mirándolas con gran interés refrescando su memoria con algo de torpeza y prisa. Rascándose la barba, el campeón reconoció la primera estampa retrocediendo siete años atrás cuando, en medio de un desfile sin precedentes, todos los habitantes de la ciudad le rindieron pleitesía y admiración.

Y como si el pasado mismo reviviese por un santiamén, Mr. Satán juraría que escuchaba los aplausos y vítores de la inmensa multitud a cada lado de la carretera, por la cual, avanzando con lentitud, una limusina descapotable lo paseaba victorioso por las avenidas de la metrópoli; entretanto, una lluvia de flores y fuegos artificiales glorificaba aún más su regreso a casa.

Manteniendo en alto su cinturón del campeonato, Mr. Satán reía y gritaba con júbilo al celebrar la que sería por siempre la victoria más grandiosa de su palmarés. Sin embargo, debajo de sus carcajadas y signos de alegría, un temor muy intenso recorría su cuerpo al recordarle los increíbles acontecimientos de los que fue testigo y, de los cuales, no tenía explicación alguna.

Los rostros de Cell y de aquel niño misterioso todavía brillaban en su cabeza, lo que en un principio creía realmente como trucos y artimañas, terminaron, a la postre, convirtiéndose en eventos que tachaba como auténticos aunque éstos desafiaran y contradijeran la lógica humana. Y él, sabiendo lo que pasaría si su mentira salía a la luz, se estremecía con aún más horror.

Pero, ofreciéndole un poco de tranquilidad, una voz le recordó que él le pidió al equipo de reporteros que documentaron el Torneo de Cell que le entregasen, a cambio de una nada despreciable suma de dinero, la única grabación que inmortalizó aquel día. Nadie, absolutamente nadie, ni siquiera su primogénita, debía descubrir lo que verdaderamente ocurrió allí.

– Tal vez no debí decir que yo lo vencí, tal vez lo mejor hubiera sido decir la verdad desde el comienzo–con la confianza de estar sólo en aquel sitio, Mr. Satán se habló a sí mismo sin dejar de mirar aquellas fotografías– ¡pero no pude, no podía poner en riesgo mi reputación ni el nombre de mi familia!

Suspirando, viéndose nuevamente en aquella celebración, el campeón evocó el instante exacto cuando un fotógrafo los retrató a él y al alcalde justo al compartir un apretón de manos. Luego de eso, en las escaleras del ayuntamiento y rodeado por las masas, Mr. Satán les contó la misma historia que contaría, una y otra vez, cuando tuviese que explicar cómo consiguió salvar el mundo.

La primera vez que narró su elaborada falacia se sintió intocable, ningún periodista ni político se atrevía a cuestionarlo. Empero, a medida que relataba su repetitiva falsedad, una persona sí se atrevió a ponerlo contra las cuerdas al señalarle las contradicciones y debilidades que fisuraban su triunfo más célebre. Aquella persona vivía bajo su mismo techo: era Videl, su propia hija.

Ella, como si fuese un detective resolviendo un misterio, ya no se maravillaba con su heroico relato y empezó a cuestionarle hasta el más minúsculo pormenor que sembrara dudas en ella. Videl, sin imaginarlo, no sospechaba que sus preguntas encendían y avivaban un abrumador incendio que a su padre cada vez más se le dificultaba extinguir.

Agotándosele las excusas y los pretextos para eludir las punzantes inquietudes de su hija, Mr. Satán comprendía que su popularidad pendería de un hilo si su farsa se destapaba. Su imperio, todo su reino, se hallaba cimentado en un terreno de arenas movedizas. Era imperativo que la curiosidad insaciable de Videl se volcara en otra dirección olvidándose de Cell.

Muchas veces pidió intervención divina, antes de irse a dormir le rogaba a su esposa en los cielos que lo ayudase con su unigénita. E irónicamente, quedándose sin palabras, aquello que tanto imploró se cumplió cuando él hizo acto de presencia. Quien se convirtió en su más grande aliado, ahora, por las vueltas del destino, acabó transformándose en su peor enemigo.

El Gran Saiyaman acaparó la cordura de Videl en su totalidad, el enigma de descubrir quién se ocultaba debajo de ese disfraz tan ridículo consiguió que las interrogantes sobre el Torneo de Cell se terminasen. Pese a eso, el campeón mundial no sospechó que aquel sujeto enmascarado sería el responsable de destrozar y pulverizar el ánimo de Videl hasta reducirlo a menos que nada.

– ¡Mr. Satán, discúlpeme por haberlo hecho esperar tanto tiempo! –al fin, cruzando la puerta de su oficina, un apenado y agitado alcalde lo sacó de sus reflexiones haciendo muchísimo ruido–le ofrezco mi más sincera disculpa, me encontraba en una reunión y se me notificó demasiado tarde de su visita. De haber sabido que vendría, le habría programado una cita.

– No se preocupe, no es necesario que se disculpe–si bien sí estaba muy molesto por tener que esperar tanto, Mr. Satán prefirió ser amable tomando en cuenta cuál era el motivo de su visita–fue culpa mía por no haberle avisado con anticipación, vine a buscarlo sin que usted supiese que yo venía en camino.

– Le agradezco mucho su comprensión, muchísimas gracias–habiendo cerrado la puerta de la habitación, el alcalde se apresuró a tomar asiento en su escritorio dedicándole su total atención al caballero frente a él–ya que estoy aquí, dígame a qué se debe el honor de visitarme.

– Es usted muy amable, gracias por recibirme.

– ¿Desea beber alguna copa, tal vez un brandy o un whisky? –conociendo los gustos de su visitante por el alcohol, al gobernador de la ciudad le pareció muy lógico ofrecerle un trago.

– No gracias, se lo agradezco.

– Entiendo, pero no dude en decírmelo si cambia de opinión.

– Gracias–impaciente, dejando de lado tanta hospitalidad, Mr. Satán fue directo al grano–el motivo de mi visita, señor alcalde, es para solicitarle un pequeño favor. Lamento mucho abusar de su confianza y autoridad, pero le estaría sumamente agradecido si puede tenderme la mano.

– En lo que sea que necesite lo ayudaré con gusto, sólo platíqueme qué necesita.

– Como usted sabe muy bien, el aniversario de la derrota de Cell será en pocos días. Normalmente se acostumbra realizar grandes desfiles y caravanas por todas las calles de la ciudad pero este año me gustaría algo diferente, algo más privado como un baile de gala–comenzando a ejecutar su maniobra, el campeón se explicaba con calma–no crea que no me gustan los desfiles; al contrario, los agradezco mucho. La razón por la cual quiero cambiar las cosas es muy complicada y personal, y antes de decírsela tendré que pedirle que por favor sea discreto.

– Por supuesto, Mr. Satán. Puede contar con mi discreción.

– Gracias, señor alcalde, su silencio será muy apreciado por mí y me hará financiar nuevamente su campaña política cuando se postule a otro período electoral–empleando su poder económico a su favor, Mr. Satán no olvidaba que había sido él mismo quien financió al alcalde en sus anteriores pretensiones electorales–bien, iré al punto: mi familia está pasando por una difícil situación interna, desde que esto comenzó he tratado de mantener un perfil bajo para que la prensa no haga un escándalo sobre esto.

– ¿Se refiere a Videl, no es así? –murmurándole, aquel veterano político dio justo en el clavo.

– Correcto, se trata de mi hija–asintiéndole, ambos se miraron fijamente–hace unas semanas regresé a casa luego de un largo viaje y me encontré a una Videl muy diferente a la que dejé, literalmente no era ella. Mis sirvientes me dijeron que Videl se mantuvo encerrada en su habitación por varios días llorando y sin querer salir, al escuchar todo aquello sencillamente no lo podía creer. Como padre que soy no fue nada agradable enterarme de lo que sucedía, me tomó completamente por sorpresa.

– Ya veo, me entristece mucho saber que Videl la esté pasando tan mal. Ella es una extraordinaria jovencita, no existe ninguna otra chica en este mundo que se le iguale–teniendo honesta empatía por Videl, el alcalde recordó las varias veces en que ella le salvó el trasero cuando fue víctima de secuestros–y perdóneme por inmiscuirme en temas tan personales, pero no puedo evitar preguntarme qué le sucedió a Videl que la llevó a ese extremo.

– Yo me hice precisamente la misma pregunta, para mi fortuna encontré la respuesta–con un ademán, el campeón le apuntó con un dedo–por lo que Videl me dijo, hubo un tiroteo en un club nocturno y la policía le pidió que los apoyara. Ella se encargó de varios pistoleros pero cuando creyó que la situación estaba controlada, uno de ellos salió de la nada y le produjo una grave herida de bala a uno de los jóvenes que se encontraban allí. Lo peor es que Videl conocía a ese chico, es uno de sus compañeros de escuela.

– Comprendo, eso explica por qué Videl se lo tomó tan a pecho.

– Pero cuando indagué más a fondo, descubrí que Videl no sólo se hacía responsable de lo sucedido; también se reprochaba no tener las mismas habilidades que el Gran Saiyaman–teniendo dificultades para pronunciar el nombre de ese bufón, Mr. Satán prosiguió–al creer que era inferior a él renunció a todo: dejó de practicar artes marciales, e incluso, decidió no continuar ayudando a la policía.

– No voy a ser un hipócrita con usted, Mr. Satán. El Gran Saiyaman nos ha sacado de apuros en los últimos meses, la ciudad está en deuda con él–tornándose levemente más serio, el alcalde se reclinó hacia atrás en su silla sin dejar de mirarlo–con mis propios ojos he visto los poderes del Gran Saiyaman, hace unas semanas lo vi ayudar a Videl a rescatar a una multitud de inquilinos en un edificio en llamas. Lo que él es capaz de hacer es impresionante; sin embargo, Videl no debe sentirse menos que él.

Escuchándolo, Mr. Satán se mantuvo en silencio.

– Ella se convirtió en un símbolo para esta ciudad, es la representación en carne y hueso de la justicia–con algo de poesía, aquel hombre la elogió–no he conocido a ninguna jovencita con tanto valor como ella, no podré olvidar como ha derrotado a sujetos armados usando solamente sus puños. Me duele mucho que ella se sienta del modo que usted lo relata, y créame que me encantará colaborar con usted en hacer lo que sea por levantarle el ánimo. Incluso, si me permite la sugerencia, me gustaría entregarle una medalla como reconocimiento por todo su esfuerzo.

– Me alegra y me complace escucharlo, señor alcalde. Con su apoyo sé que mi Videl volverá a ser la de antes, volverá a ser la Videl que todos amamos.

– Debo confesarle una cosa, Mr. Satán–recordando un hecho que sucedió tiempo atrás, el alcalde creyó correcto comentárselo–en una ocasión recibí una llamada telefónica del jefe del departamento de policía informándome que Videl, de forma inesperada, visitó su oficina y le entregó el reloj con el cual ambos se mantenían en contacto. Cuando se me informó de eso pensé que tal vez Videl deseaba un descanso; después de todo, aún es una chica muy joven y es compresible que quiera divertirse con sus amigos. Pero al conversar con usted, entiendo que estaba muy equivocado.

– No pierdo la esperanza que todo esto sólo sea una epata de la adolescencia, ni para ella ni para mí ha sido fácil continuar con nuestras vidas luego de la muerte de mi esposa–evocando a su amada, Mr. Satán mostró una expresión de melancolía–Videl creció sin su madre a su lado, y se convirtió en toda una mujer frente a mí sin que todavía acabe de creerlo. Y ya que me hizo esa pequeña confesión, yo le haré una a usted: aún me cuesta trabajo aceptar que Videl ya tenga novio, siempre he sido muy desconfiado de los chicos pero tendré que acostumbrarme.

– ¿Videl tiene novio? –Asombrado, conociendo muy bien la personalidad seria de Videl, el alcalde ni siquiera pudo imaginar algo así–vaya, eso sí que no me lo esperaba.

– Así es la vida, los hijos crecen, maduran y en un abrir y cerrar de ojos ya forman sus propias familias. Aunque como se lo dije, no termino de adaptarme a la idea.

– Pues ser el yerno del campeón mundial no es cosa fácil; sea quién sea ese chico, tiene un peso enorme sobre sus hombros–riéndose, bromeando para romper la atmósfera tan densa que impregnaba la conversación, el alcalde le afirmó.

– Es un buen muchacho; lo conocí anoche cuando Videl me lo presentó–no desviándose mucho de sus planes, Mr. Satán enderezó el rumbo–en resumen, quiero que la celebración de este año sea un poco más privada efectuándose una fiesta de etiqueta para que Videl y su novio disfruten bailando juntos y pasándola bien; además, así aprovecho la oportunidad para presentar públicamente a mi yerno.

– Como usted diga, Mr. Satán. Me encargaré personalmente de reestructurar la planificación que ya estaba preparada; al igual que usted, deseo que Videl se sienta mejor y salga de esta depresión–sabiendo que si todo salía bien contaría con su ayuda financiara para su siguiente campaña, el alcalde no vaciló en hacer hasta lo imposible por cumplir su petición–también me aseguraré que Videl reciba un digno premio por su destacada labor como aliada de la policía, estoy seguro que eso la hará sentir más segura consigo mismo.

– Perfecto, dejo todo en sus manos.

Levantándose de su asiento al mismo tiempo, Mr. Satán esbozó una gran sonrisa en su cara como en sus mejores tiempos. Si esto resultaba no sólo alegraría el gris semblante de Videl; sino también, que seduciría a Shapner con los lujos y riquezas que su chequera podía ofrecer. Lo cual, más importante aún, convencería al rubio de aceptar su fatal destino en los planes del campeón.

Ni siquiera el mismísimo Mr. Satán lo creía, las cosas marchaban viento en popa tal y como las esperaba. A su derecha controlaba al hombre que, en el papel, gobernaba Ciudad Satán haciendo que éste hiciese lo que él quisiese. Y a su izquierda, tratándose de su lado más oscuro, Mr. Satán usaba como un títere al mafioso más peligroso que pudiese existir para hacer el trabajo sucio.

Empleando sus influencias, tanto para bien como para mal, Mr. Satán confiaba que al salir del túnel la luz al fin apareciese mostrándole los resultados que quería obtener. Esto tenía que funcionar, no había ni el más remoto margen de error. Si fracasaba no sólo su reputación y nombre acabarían machados, el maldito Gran Saiyaman no pagaría por pisotear a su hija.

Y así, sin más, sumamente motivado y lleno de esperanza, Mr. Satán se despidió de su anfitrión con un apretón de manos apresurándose en abandonar el ayuntamiento. No obstante, justo cuando se disponía a abordar su limusina, el sonido de su móvil lo alertó de una llamada telefónica que le robó el habla al mirar de quién se trataba.

Habiendo visitado a un dócil cordero como el alcalde, ahora tendría que cruzar hasta el otro lado de la ciudad para reunirse con un lobo hambriento.

Fin Capítulo Veinte

Hola, muchas gracias por leer una vez más un capítulo de este fic. Espero que hayan disfrutado de la lectura tanto como yo al escribirla, ojalá que sí. Pues, poco a poco, Mr. Satán va jugando sus cartas en este peligroso y arriesgado juego de póker, más adelante iremos viendo cuáles serán los resultados y consecuencias de sus apuestas.

Por otro lado, Gohan ya está colisionando con Shapner mientras Videl camina por una cuerda floja sobre un acantilado. Esa es la parte de la historia que más quiero desarrollar, me estoy muriendo de ganas por narrar al fin la confrontación de ellos dos. Es como si estuviese viendo a dos gladiadores peleando en la arena, mientras Videl los observa desde un lejano balcón.

Ya para terminar por hoy, les doy las gracias a Giuly De Giuseppe, Cecick C. Iugetsoiru, SViMarcy, Lupis OrSa y a ZhadYen01 por sus comentarios en el capítulo anterior.

Gracias por leer y hasta la próxima.