Disclaimer: Ni Dragon Ball ni sus personajes me pertenecen.

Capítulo 21

En silencio, sin arriesgarse a romper aquella atmósfera que los rodeaba, Shapner se atrevería a jurar que no sentía el suelo bajo sus pies al caminar. Era como haber entrado en otro mundo; en otra dimensión. Sencillamente esa tenía que ser una de las experiencias más extraordinarias que había vivido, era como si estuviese protagonizando un cuento de hadas en la vida real.

Esa no era la primera vez que entraba en la mansión Satán, en el pasado tuvo la fortuna de acompañar a Videl hasta su hogar entrando allí por unos escasos minutos. Sin embargo, lo que estaba pasando hoy, iba más allá de cualquier otra cosa que haya hecho antes. Y el resplandor dorado que emanaba del candelabro sobre él, hacía ese momento aún más glorioso.

Impresionado, terminando de asimilar que ahora era parte de la familia del campeón, Shapner se estremeció al percibir un leve roce en su brazo, recordando, súbitamente, que la doncella que le robó el corazón caminaba junto a él. Y Videl, como si fuese una princesa, fue la persona que le abrió las puertas de ese nuevo horizonte que le daba la bienvenida con su fulgor.

Alzando la cabeza, sonriéndoles a los muchos sirvientes de Mr. Satán que le saludaban al toparse con él, Shapner alcanzó a escucharlos murmurar cuando estos lo señalaban como el novio de Videl. Aquello lo hizo inflar su pecho de orgullo, lo hizo repetirse por millonésima vez que haber sido perseverante ante la adversidad, le trajo, al fin, su merecida y justa recompensa.

Y por nada ni nadie renunciaría a ella.

Esta es una de mis habitaciones favoritas, podría pasar horas aquí y nunca me aburriría–girándose, Mr. Satán posó su mano en la empuñadura de la puerta de dicha recámara–cuando necesito pensar y relajarme, vengo a aquí para olvidarme del mundo.

Shapner y Videl, en especial ella, no dijeron nada dejando que Mr. Satán continuara siendo el dueño de la palabra.

Y ahora cuando entres, sé que entenderás a qué me refiero.

En el último cuarto de hora, Mr. Satán tomó con seriedad el papel de anfitrión llevando a Shapner por varias secciones de su morada mostrándole cada rincón y esquina. Con lo cual, Shapner fue familiarizándose con el interior de la lujosa residencia conociendo dónde se ubicaba la piscina, la cochera, la cocina, la estancia, el comedor y otras áreas de menor relevancia.

Así pues, aún sin decir nada, Shapner vio como Mr. Satán abría la cerradura entrando allí e invitándolo a que lo siguiera al usar un ademán. El rubio, volteándose nuevamente hacia su tácita novia, se percató que el semblante de Videl parecía perdido y ausente. Era como si el paseo familiar que han tenido hubiese acabado de absorber las agotadas reservas de energía que poseía.

No obstante, notando como él la miraba, Videl reaccionó con rapidez manteniendo su ya recurrente actuación ofreciéndole una sonrisa que, surtiendo efecto en él de forma instantánea, lo endulzó y encegueció a tal extremo que, en la lejanía, Shapner llegaba a escuchar campanas de boda resonando en sus oídos olvidando la apatía que observó en ella instantes antes.

Bienvenido a mi salón de trofeos…

En el interior, esperándolos a ambos, Mr. Satán se mantenía de pie en el centro de aquel sitio mirando fijamente a Shapner, quien, maravillado, le daba un vistazo rápido a todos los objetos que colgaban en las paredes. Con una sutil malicia, sabiendo que su plan iba viento en popa, Mr. Satán aclaró su garganta dispuesto a terminar de colocar la trampa frente al incauto rubio.

Sólo necesita esperar y ver si él mordía el anzuelo.

Hace poco, mientras cenábamos, me comentaste que entraste en el boxeo porque escuchaste como el ring te llamaba–lanzando sus redes hacia Shapner, Mr. Satán agrandaba aún más su infame lista de pecados y equivocaciones–yo también escuché ese llamado cuando era joven, luché por conseguir lo que quería sin importar las burlas y las críticas de los demás. Peleé contra viento y marea; hice hasta lo imposible con tal de ser quién deseaba ser…

Es un lugar impresionante, desearía tener un sitio así para colocar las medallas y trofeos que he ganado en torneos escolares–Shapner, recuperando el don del habla, al fin se animó a expresar lo que pensaba.

Y lo tendrás, Shapner. Lo tendrás–acercándosele, colocándose a su derecha, Mr. Satán lo abrazó por sus hombros apuntándole a la primera repisa en aquella habitación–mucho antes de ser quien soy; mucho antes de participar en el torneo de artes marciales, primero probé suerte en peleas callejeras que eran organizadas en tabernas.

¿Tabernas? –muy sorprendido, Shapner lo interrumpió con levedad– ¿se refiere a peleas de cantinas?

Así es, pero no exactamente cómo lo estás imaginando–riéndose, Mr. Satán se disponía a continuar su relato advirtiendo la silenciosa presencia de su primogénita–cuando tenía tu edad, existía una vieja taberna que era muy popular y concurrida en la ciudad. Cómo supondrás, era muy común que terminasen estallando riñas entre los muchos ebrios que bebían allí; pero, al poco tiempo, el dueño de aquella taberna tuvo la idea de organizar una pequeña competencia. La noticia llegó hasta a mí y decidí correr el riesgo, quería averiguar si tenía madera de peleador.

¿Qué hizo luego, Mr. Satán?

Era joven, muy impulsivo, quería probarme a mí mismo así que me inscribí a escondidas de mis padres–frotando su mentón repleto de barba, Mr. Satán aún recordaba la dolorosa paliza que recibió aquel día en su distante adolescencia–tal vez fui demasiado confiado, quizás no me preparé lo suficiente. Pero nunca he sido un cobarde, así que no di ni un paso atrás cuando vi los sujetos que serían mis oponentes.

Tal y como se lo narró, existió una época donde las masas no coreaban su nombre en señal de apoyo ni respecto. Hubo un tiempo cuando los únicos gritos que escuchaba eran los de una veintena de ebrios que, sin dejar de beber, pedían sangre con el afán de saciar su irracional y barbárica sed de violencia y diversión. Y allí, rodeado de borrachos, su destino quedó zanjado.

En un comienzo lo miraron con sorna y burla preguntándose qué demonios hacía ahí, pero pronto sus miradas fueron cambiando hasta convertirse en los ojos de una jauría de depredadores asechando a su presa. Y un joven Mr. Satán, no queriendo lucir intimidado, preparó su cuerpo y mente intuyendo muy bien lo que pasaría en pocos segundos.

Para llegar hasta la cima más alta, primero se tiene que empezar desde abajo.

Pues la verdad me cuesta trabajo tan sólo imaginarlo, señor. Yo ni siquiera hubiera pensando participar en algo así–imaginándolo, usando su cabeza para recrear lo que oía del campeón, Shapner quedó sinceramente sorprendido–cuando he peleado lo he hecho en el cuadrilátero, debo admitir que usted tuvo muchas agallas para hacer algo como eso.

Te lo agradezco, eres muy amable–Mr. Satán, alejándose lentamente de él, se aproximó a la repisa donde se veía un trofeo diminuto y nada elegante–pero ahora, viéndome a mí mismo en mi cabeza, debo decir que fui un completo estúpido. Pudieron haberme matado ese día, fue un verdadero milagro que saliera vivo de allí.

Sus rivales eran sujetos corpulentos, enormes y más musculosos que él. Y la potencia de sus puñetazos, al chocar contra su rostro, pronto le dejaron muy en claro que no saldría de allí en una sola pieza. Literalmente vio luces y estrellas mientras intentaba reponerse de los golpes, y en más de una ocasión, pensó que acabaría muerto en el sucio y mugroso piso de esa maloliente taberna.

Empero, al lograr estabilizarse y recuperarse, el futuro padre de Videl se dio cuenta que aún habían posibilidades de ganar. Mantuvo su distancia ignorando las provocaciones e insultos que llovían sobre él, escupió una espesa mezcla de sangre y saliva mientras se tranquilizaba, observando, con gran atención, los errantes y torpes movimientos del matón frente a él.

La cabeza me daba vueltas, sentía que giraba como si estuviese en un carrusel pero pronto noté que el sujeto que peleaba conmigo estaba aún peor–inclinándose sobre la vitrina que resguardaba aquella antigua presea, Mr. Satán sintió verdadera nostalgia por su primera gran victoria–era un ebrio, como todos los demás allí presentes, estoy seguro que había bebido un barril de cerveza antes de luchar contra mí.

Creo que estoy entendiendo hacia dónde va–Shapner, atando cabos en su interior, apretó el agarre que compartía con una callada Videl–ese hombre se movía con torpeza, no pensaba ni planificaba lo que deseaba hacer: únicamente se dedicaba a lanzar puñetazos duros, nada más…

¡Exacto, bien pensando! –Girándose, Mr. Satán lo felicitó por su deducción–al comprender eso fui acercándome a él, eludí sus golpes y poco a poco fui regresándoselos. Y cuando menos se lo esperaba, acabó tirado el suelo con el rostro destrozado.

Haber ganado aquella pelea dejó boquiabiertos a los espectadores en aquel bar, ni siquiera el cantinero que organizó aquel torneo podía creer que un adolescente haya conseguido vencer a uno de sus más recurrentes clientes. No obstante, aquel silencio sólo fue el preludio de lo que vendría después a medida que los puños fueron yendo y viniendo.

No voy a mentirte, aún me duelen los golpes que recibí aquel día. No puedo recordar claramente contra cuántos sujetos peleé, pero jamás olvidaré las muchas veces que tuve que exigirme a mí mismo que me levantara del suelo–como si pudiese verse a sí mismo arrodillado y ensangrentado ante él, Mr. Satán regresó su mirada hacia Shapner quien le prestaba su total atención–sabía que mis padres me matarían cuando volviera a casa, no podría esconder los muchos moretones y cortaduras que tenía; pero, en aquel instante, cuando todo parecía acabarse, me dije que todavía podía continuar adelante y que necesitarían mucho más para vencerme.

Videl, deseando irse a su cama y dormir por unos mil años, fingía que escuchaba la historia de su padre mirando de soslayo como la lluvia continuaba cayendo mojando los cristales de las ventanas.

Para cuando todo terminó, y tuve la oportunidad de ver a mi último rival tirado en el piso escupiendo los dientes que perdió gracias a mí, me di la libertad de verme a mí mismo notando que también lucía hecho trizas–dándole el vistazo final a aquel reconocimiento, Mr. Satán comenzó a caminar con lentitud por la habitación–todo el cuerpo me dolía, escuchaba un molesto silbido cimbrando en mis oídos y me costaba mucho trabajo ver con claridad porque tenía el rostro hinchado.

Sé muy bien lo que eso se siente, cuando tuve mi primera pelea sentí como si me hubieran roto en mil pedazos.

Pero aquello desapareció de mis pensamientos cuando el tabernero me dio este trofeo, en ese momento me dejaron de importar las heridas y los moretones–honesto, evocando aquel humilde e inesperado triunfo, Mr. Satán le afirmó–cuando lo tuve en mis manos supe que esa sería mi vocación, supe que algún día me convertiría en un peleador profesional y que mi nombre sería reconocido. Aunque claro, toda la euforia y la felicidad por mi victoria se acabaron cuando puse un pie en mi hogar. Aún puedo recordar el enfado de mis padres mientras me llevaban al hospital.

Si comparo sus inicios con el mío, creo que tuve más suerte al no empezar a espaldas de mis padres. Desde que les comenté que entraría en el club de boxeo de la escuela, ellos comprendieron que en ocasiones regresaría a casa con el rostro triturado.

En eso tienes mucha razón, Shapner. Fuiste muchísimo más inteligente que yo, fuiste más astuto–buscando el modo de decirle lo que realmente quería, Mr. Satán se encaminó a un retrato que colgaba en la pared y que Videl, instantáneamente, se volteó a mirar–pero las cosas ocurren como tienen que ocurrir, porque si no hubiera hecho lo que hice, tal vez nunca la hubiese conocido a ella.

Podría sonar absurdo o increíble, pero Shapner no se había percatado de una enorme y bellísima pintura que colgaba en una de las paredes. El rubio, pestañeando al mirar aquel cuadro, creyó que su mente le estaba jugando una broma pesada cuando se dio cuenta que la mujer que yacía allí retratada era, asombrosamente, una copia casi exacta de su novia.

Shapner, sin poder borrar su fascinación de su faz, continuó observando aquel lienzo aún maravillado por la hermosura que poseía aquella dama. Sin embargo, interrumpiendo sus meditaciones, la voz de Mr. Satán se manifestó de nuevo capturando su interés entretanto éste se paraba frente al retrato que era adornado por un par de listones negros.

Luego de haber ganado ese trofeo, mis padres me castigaron por varios meses alejándome de mis deseos de seguir peleando–reclinándose en la pared donde permanecía aquella pintura de su esposa, Mr. Satán les dio la espalda a la pareja de jóvenes aunque no dejó de hablarles–busqué la manera de entrenar pero no me fue posible, con la vigilante mirada de mis padres encima de mí, no tuve más remedio que olvidarme de las peleas por un tiempo.

Shapner, regresando su mirada a la pintura, no necesitó mucho esfuerzo para descifrar quién era.

Pronto empecé mi último año en la preparatoria, mis padres deseaban que entrara en la universidad cuando me graduara pero, en secreto, yo tenía mis propios planes–narrándoles, Mr. Satán se vio inundado por el peso de la melancolía–tenía pensado decírselos cuando saliera de la escuela, pero pronto me olvidé de eso cuando Miguel y yo nos conocimos.

Riéndose, girándose suavemente, Mr. Satán le sonrió a Shapner.

Al principio ella ni siquiera me miraba, era como si no existiese. Pero para mí, ella lo era todo. Me enamoré de ella con sólo verla, era la chica más hermosa que hubiese conocido en mi vida–sujetando sus manos detrás de él, Mr. Satán le aseveró al rubio–como puedes ver en esta pintura, Miguel era una belleza. No existía ninguna otra chica que se le comparase, era única e inigualable.

Sintiéndose cada vez más conectado con su suegro, Shapner empezó a recordar su propia historia con Videl.

Pero no sólo era preciosa, Miguel también era muy talentosa. Tan pronto como entró en la escuela se unió al club de canto, recuerdo que en un par de ocasiones me escondí en el salón donde practicaban solamente para escucharla cantar–viendo con el rabillo del ojo a Videl, Mr. Satán se preguntaba cuándo diría algo–por desgracia, yo no era el único que se enamoró de ella. Otros chicos también quedaron encantados al verla, yo los oía en los recesos buscando la forma para invitarla a una cita.

Y sospecho que usted no se quedó atrás.

Correcto; aunque me tardé mucho tiempo en intentarlo. Primero tuve que armarme de valor–soltando un suspiro al evocar a su esposa, Mr. Satán fue atrapando a Shapner en su trampa sin que éste lo notase–yo no era muy bien parecido, no era ningún galán. Pero no permitiría que otro se quedara con ella, al menos haría el intento.

Shapner, sin ser consciente de ello, estaba mordiendo la carnada servida ante él.

Me rechazó muchas veces; aunque nunca me rendí. Le escribí cartas y le dejé notas en su casillero pero nada parecía funcionar. He incluso llegué a creer que tal vez debía aceptar la realidad y arrojar la toalla.

Ladeándose un poco hacia Videl, Shapner recordó todas aquellas veces que trató de ganarse su corazón. Tal y como Mr. Satán años antes, Shapner le escribió incontables poemas de amor que terminaron acumulándose en la basura al ser despreciados por ella. Y al escuchar la historia de Mr. Satán, Shapner ahora entendía de quién había heredado Videl aquella emblemática obstinación.

Y estuve a punto de hacerlo cuando vi como otro logró invitarla…–alzando la mirada de vuelta al retrato, Mr. Satán aún catalogaba de increíble cómo terminaron las cosas al final–fue muy doloroso verla con otro chico, pero no podía hacer nada. Todo parecía perdido.

¿Qué sucedió luego?

El chico que la invitó a salir también formaba parte del club de canto, los dos practicaban a diario así que eso facilitó que se conocieran más–luciendo un semblante más jovial, el campeón mundial en verdad disfrutaba de revivir viejos tiempos–era un chico elegante, recuerdo que otras chicas se decepcionaron cuando supieron que él y Miguel saldrían. Aunque ellas y yo descubriríamos que las apariencias, a veces, suelen engañar.

Arqueando una ceja, Shapner lo miró con una clara expresión de confusión.

Aquel chico quiso pasarse de listo con ella, y cómo me lo imagino, sabes muy bien lo que ocurre cuando un hombre quiere pasarse de listo con una mujer–conectando sus miradas, Shapner no tardó en captar el mensaje–muchos creían que Miguel sólo era una cara bonita, y ese pobre tonto descubrió que ese no era el caso. Me hubiera encantado estar allí para ver lo que sucedió, pero al menos ella me dijo lo que pasó cuando comenzamos a salir.

Mamá siempre tuvo un carácter muy fuerte; nunca permitió que nadie la subestimara…

Sorprendiéndolos, provocando que tanto Shapner como Mr. Satán se voltearan a verla, Videl finalmente abandonó su mudez uniéndose a la conversación.

Ella me contó esa historia una vez. Mamá me dijo que luego de haber dado un paseo, ese chico intentó besarla pero ella no se lo permitió–Videl, sin despegar sus zafiros de la pintura de su madre, relató esa parte de la historia–el chico le insistió comportándose como un patán; y cuando mamá vio sus verdaderas intenciones, le dio un rodillazo en el estómago y le rompió la nariz con un puñetazo. Después de eso ningún otro chico volvió a invitarla a salir, excepto…

Excepto yo…–adelantándose a su hija, Mr. Satán se alegró al volver a oír su voz–han pasado tantos años desde entonces, poco más de veinte; y a pesar de eso, todavía me pregunto cómo fue que conseguí convencerla.

Aquella era una duda que incluso hoy en día le hacía divagar en un mar de suposiciones, él nunca fue un hombre con un atractivo físico que hiciera enloquecer a las mujeres. Ese efecto lo lograría años después debido a su fortuna; sin embargo, antes de la bonanza, era visto como un pelele que no generaba el más remoto interés en ninguna jovencita.

Pero Miguel; a pesar de los comentarios de sus amigas que le decían que estaba loca, sí pudo ver algo que nadie más vio. Ni siquiera el mismísimo Mr. Satán.

Me mantuve distante de Miguel por unos meses; pero por más que traté de olvidarme de ella, nunca lo logré–retomando el control de la charla, Mr. Satán les comentó a su hija y yerno–así que, sabiendo que posiblemente volvería a rechazarme, decidí intentarlo una última vez.

En un trozo de papel, con unos cuantos párrafos, Mr. Satán le escribió una carta más donde le aseguraba que era la mujer más preciosa que había conocido y que sus sentires por ella eran auténticos. Y casi como un ruego, él le pidió sólo una oportunidad para demostrárselo prometiéndole que no era como los demás hombres que la pretendían.

Con aquella nota en mano, y sabiendo que no habrían más intentos, Mr. Satán le dejó aquel mensaje en su escritorio antes que la clase iniciara depositando allí sus esperanzas. Minutos más tarde ella llegó al salón, desde la distancia la vio abriendo el sobre y leyendo su confesión de amor. Y ella, al terminar de leer, se volteó a un costado buscándolo con la vista.

Ella me sonrió, me sonrió…–emocionado, Mr. Satán recordó la mezcla de sentimientos que experimentó gracias a esa sonrisa–al terminarse la clase ella me dijo que me esperaría en el centro de la ciudad al día siguiente; luego de ese momento, nuestras vidas estuvieron conectadas hasta que una maldita enfermedad la alejó de mí para siempre.

Me hubiera encantado muchísimo haberla conocido en persona; por lo que he oído de ustedes, ella era idéntica a Videl tanto en personalidad como en apariencia–Shapner, afirmándole, expresó su verdadero sentir por no conocerla–y si por algún milagro del cielo ella está escuchándonos ahora mismo, quiero decirle que no me comportaré con Videl como ese chico que rechazó. Yo la cuidaré y la amaré…

Videl, todavía con sus retinas clavadas en la imagen de su madre, no tuvo la capacidad de desviarlas a otro lado llenándose de una inmensa vergüenza que, fluyendo desde lo más profundo de su alma, fue recorriéndola desde la punta de sus pies hasta el último de sus cabellos al imaginar lo qué diría su mamá si pudiese hablarle.

La otrora justiciera, habiéndola conocido mejor que su padre, fue sumergiéndose más y más en la presión que la embargaba sintiendo como si el mundo entero se volcara en su contra desenmascarándola como la mentirosa que era. Miguel, al igual que ella, era una experta descubriendo mentirosos únicamente con estudiar las facciones de su rostro.

Mr. Satán y Shapner continuaron platicando entre ellos sin advertir la palidez en la cara de Videl, ambos conversaban amenamente ignorando el delirio que se adueñaba de Videl con el pasar de los segundos. Para Videl, aquella pintura era más que la combinación de tintes multicolores; para ella, aquella pintura era la puerta por la cual su madre regresaba del más allá para castigarla.

La conciencia de Videl había revivido a su propia madre para acusarla y juzgarla por sus pecados, y Videl, notando como su estómago se contraía y retorcía al aceptar sus errores, se vio sobrecogida por la penetrante mirada de Miguel sufriendo un indescriptible temor que, en otras circunstancias, solamente padecían los ladrones al verse acorralados estando a punto de ser capturados.

Sus pupilas azuladas se dilataron, su respiración se aceleró y el sudor comenzó a recorrer la piel de su cuello, haciéndola sentir, aún más presionada por la intimidante presencia fantasmal de Miguel. Y Videl, no teniendo escapatoria, comenzó a excusarse en un fútil y patético esfuerzo por justificar sus acciones al utilizar a Shapner como un placebo para huir de sus culpas.

Las náuseas, intensificándose al recordar al Gran Saiyaman, meramente consiguieron abrir otra vez la herida llenando sus pensamientos con la voz de su madre, quien, no teniendo clemencia ni compasión, le recriminó una a una sus equivocaciones al expresarle su gran decepción por su cobardía. Pero, por encima de todo, por jugar con el corazón de un chico que la amaba en verdad.

¿Te sientes mal, Videl? –Shapner, al notar como ella se soltaba de su agarre y caminaba hacia atrás, le preguntó con preocupación al mirarla– ¿qué te ocurre?

¿Pasa algo malo, hija? –Mr. Satán, viéndola sudar a borbotones, no se demoró en cuestionarle compartiendo la inquietud de su yerno–no te ves muy bien, hija…

Discúlpenme un momento, necesito un poco de aire fresco–dirigiéndose a la salida, Videl buscaba con desesperación un rincón donde esconderse de la pintura de su madre–el resfriado otra vez me está afectando, iré por un vaso de agua.

Hija, si no te sientes bien, puedo llamar a un médico de inmediato–caminando hacia ella, Mr. Satán le ofreció.

No te molestes, papá. No es necesario–ya con un pie fuera de esa recámara, Videl evitó voltearse para no ver de nuevo el retrato de Miguel–perdónenme por interrumpir su charla, prometo regresar en unos minutos…

¿Quieres que te acompañe, Videl? –Shapner, no deseando separarse de ella, avanzó un par de pasos para acercársele–me preocupa mucho cómo luces…

No te preocupes, Shapner. Sigue hablando con papá, no me tardaré mucho.

Y así, sin decir nada más, Videl se retiró con prisa dejando mudos a los dos caballeros quienes se giraron a verse el uno al otro. Los dos, igualmente, sufrieron una clara preocupación por Videl al opinar que su semblante no era nada saludable. Tal cosa hizo que Mr. Satán olvidase temporalmente sus planes; no obstante, estos retornaron a la palestra con ímpetu.

Sus instintos paternales le advirtieron que algo no andaba bien con Videl, éstos le aconsejaban que la siguiera y averiguara los genuinos motivos de su malestar, ya que, la excusa del resfrío, carecía de peso y credibilidad. Aún así, cuando estuvo a punto de hacerlo, se percató que Shapner y él se quedaron completamente solos viéndose en la obligación de tomar una crucial elección.

Podría seguir a Videl y tenderle una mano; por otra parte, podía sacarle provecho a su soledad con el rubio para ejecutar la jugada que ha querido realizar desde el principio. Fue una decisión que se vio matizada por la ambivalencia de sus intenciones, una quería ayudarla como un padre lo haría con sus hijos. La otra, más oscura y retorcida, pretendía auxiliarla sin importarle la moral.

Por desgracia, como ya estaba escrito, Mr. Satán tomó el camino equivocado.

No te inquietes, ya verás que pronto se pondrá bien–con la ausencia de Videl, Mr. Satán se sintió liberado para comenzar con la negociación–sólo necesita un poco de aire fresco.

Eso espero, señor. No me gusta nada como luce–volteándose hacia su suegro, Shapner le afirmó con un tono de voz poco usual en él–estoy muy preocupado por Videl, sé que no está bien. No creo que tenga un simple resfriado, quizás lo mejor sería que la examine un médico.

Tranquilo Shapner, tranquilízate–serenándolo, Mr. Satán lo tomó por los hombros–a Videl nunca le ha gustado que la vean como una chica débil, es igual a su madre en ese sentido. La terquedad es un rasgo muy característico en ella, simplemente no quiere que la veamos enferma.

Lo sé, señor. Eso lo sé muy bien–asintiéndole, Shapner le dio un vistazo a la puerta por dónde se marchó su novia–como se lo comenté en la cena, la conozco desde la primaria. Desde niña, Videl siempre lució la terquedad de la que habla; sé cómo es, nunca aceptará que algo anda mal aunque así sea.

Sabes Shapner, hubo un tiempo en que Videl no era así. Hubo una época en la que ella era tan sonriente como cualquier otra niña de su edad.

Sorprendido, quedándose sin elocuencia, Shapner no se esperaba una afirmación de ese estilo.

Miguel y yo fuimos haciéndonos cada vez más cercanos, con el tiempo pasamos de simples citas a ser una pareja–sonriéndole al retrato de su esposa, Mr. Satán evocó el pasado de nuevo–terminamos la escuela y ella deseaba estudiar canto para perfeccionar su talento con la música. Yo, por otro lado, tenía pensado retomar mi entrenamiento para ser un peleador profesional pero Miguel me dio una noticia que lo cambió todo. Absolutamente todo.

¿Qué noticia? –intrigado, el rubio le cuestionó.

Estaba embarazada, iba a tener un bebé…

Volviendo a sorprenderse, Shapner de inmediato pensó en Videl.

Teníamos miedo, muchísimo miedo. Éramos demasiado jóvenes, apenas habíamos terminado la preparatoria un par de semanas antes–en un pestañeo, el campeón mundial revivió la ansiedad y temor que padeció al asimilar que sería padre y el deber que aquello conllevaba–decirle la noticia a nuestros padres no fue fácil; sobre todo, a los de ella.

Honestamente, no puedo ni imaginar la presión que usted debió tener.

Una vez más tuve que sacrificar mi sueño de ser un luchador, no tuve más alternativa. Les prometí a los padres de Miguel que me encargaría de todo, en verdad la amaba y no la dejaría abandonada–recordando aquel momento, Mr. Satán se moría de ganas por tener una copa de vino para humedecer su garganta–me olvidé de la universidad y me concentré en buscar un empleo, no fue una vida glamurosa pero no me arrepiento de nada. A pesar de nuestros errores e inexperiencia, agradezco cómo terminaron desarrollándose las cosas.

Fue un hombre muy valiente, Mr. Satán. Me siento muy honrado de poder conocerlo más fondo; de conocerlo como en la televisión nunca lo mostrarán…

Te lo agradezco, muchacho–vanidoso, sabiendo que se había ganado su confianza por completo, Mr. Satán continuó con su disertación–cuando Videl nació y la tuve en mis manos por primera vez, me di cuenta que todo el sufrimiento y los obstáculos en mi camino habían valido la pena. Verla sonriéndome me llenó de una emoción que no puedo describirte, quizás algún día la experimentes y sepas de lo que te hablo.

Shapner no lo dijo en ese instante porque lo consideró inapropiado; pero la mera idea de tener hijos con Videl, era algo que deseaba materializar en el futuro.

Videl no vino al mundo con los lujos que ves ahora, ella no nació en una cuna de oro aunque muchos así lo imaginen–haciéndole un gesto negativo con una mano, Mr. Satán resaltó eso último–pero no ser millonarios no importaba, Videl siempre sonreía y llenaba la casa con sus risas.

Discúlpeme por interrumpirlo, señor. Pero hay algo que no entiendo.

¿Qué cosa?

Cuando yo conocí a Videl, ella era tan seria y reservada como ahora; pero usted menciona que ella era todo lo contrario–argumentándole, Shapner fue formulando su inminente interrogante– ¿si Videl era más jovial antes de conocerla, qué la hizo cambiar tanto?

Bueno Shapner, la respuesta está frente a ti…

Con un ademán de su dedo pulgar, Mr. Satán le señaló la pintura de Miguel encima de ellos provocando que Shapner alzara su cabeza para mirarla. Y allí, sintiéndose como un auténtico estúpido, Shapner le prestó más atención a los lazos negros y luctuosos que rodeaban la imagen. El mero hecho de haberle planteado aquella pregunta, lo hizo silenciarse de la vergüenza.

Mr. Satán, suponiendo lo que debía estar sintiendo, no quiso hacer hincapié en ello y prefirió responderle con naturalidad. Le relató los días grises que él y Videl pasaron al hacerle frente a la enfermedad de Miguel, con gran dolor le contó cómo la enorme y radiante sonrisa de Videl fue apagándose sin remedio a medida que la salud de Miguel iba decayendo gradualmente.

Y al final, como se veía venir en la distancia, la viudez lo coronó arrebatándole a Miguel y dejándolo solo con Videl.

Videl sufrió mucho, por más que traté de levantarle el ánimo con regalos y paseos, nada funcionó–sin dejar de explicarle, Mr. Satán fue dándole más detalles de la niñez de Videl–fue muy doloroso cuando me vi en la obligación de separarla de Miguel, los doctores necesitaban mantenerla bajo vigilancia constantemente y el período de visitas fue disminuyéndose.

Shapner, haciendo una recreación mental de todo aquello, le prestaba toda su concentración.

Aún recuerdo cuando me notificaron de la muerte de Miguel, te juro que todavía puedo escuchar el teléfono sonando en la madrugada–frotándose el rostro, para el campeón mundial no era nada sencillo hablar de aquello–tuve que armarme de muchísimo valor para darle la noticia a Videl, no quise molestarla mientras dormía así que decidí esperar a que despertara.

Ahora puedo entender mucho mejor el porqué de su comportamiento; ahora puedo darme cuenta de muchas cosas que pasé por alto…

Ahí fue cuando ella dejó de ser la Videl feliz y sonriente de antes, ahí fue cuando su sonrisa se extinguió…

Aquella mansión gigantesca para una familia de tres personas, se volvió aún más grande cuando ésta se redujo a únicamente dos. Las riquezas y los millones en su cuenta bancaria no lograron devolverle aquel calor de hogar que se perdió con el fallecimiento de Miguel, los pasillos y habitaciones fueron tornándose cada vez más fríos llegando al extremo de casi nevar.

La aparición de Cell sólo empeoró la situación por la falsedad de su victoria, la cual, envenenándolo en su totalidad, lo fue distanciando más y más de Videl propiciando que ambos vivieran vidas separadas a pesar de vivir bajo el mismo techo. El alcohol, las mujeres y los excesos lo enceguecieron, y por años, trágicamente, llegó a olvidarse de Videl.

No fui capaz de soportar el peso de ser padre y madre, fracasé miserablemente transformándome en un completo desconocido para mi propia hija–caminando hacia él, Mr. Satán se colocó cara a cara con su joven yerno–cometí tantas equivocaciones que incluso me da vergüenza confesártelas, pero las cosas han vuelto a cambiar y me temo que no podré solucionarlas yo solo.

¿Se refiere al Gran Saiyaman? –Endureciendo su semblante, Shapner pronunció aquel nombre con un marcado desprecio.

Exacto, hablo de él–también frunciendo el ceño, Mr. Satán al fin tocaba el tema que más quería platicar con él–luego de muchos años de estar ciego por fin he abierto los ojos, enterarme de lo ocurrido contigo y Videl me ha ofrecido la oportunidad ideal para enmendar mis errores con ella. Y me encantaría que me ayudaras a lograrlo.

Créame que por Videl haré lo que sea, por ella metería las manos al fuego si es necesario–determinado, deseando lucir firme, Shapner le aseveró.

Desearía poder encargarme personalmente de este asunto, desearía poder romperle ese ridículo casco y destrozarle el rostro a ese payaso infeliz–volviendo a alejarse de Shapner, Mr. Satán fue incitando el lado más hostil y agresivo del chico al mostrarle el suyo–juro en memoria de Miguel que adoraría ponerle las manos encima a ese maldito, si tan sólo pudiera hacerlo le haría pagar todo el daño que le ha hecho a Videl.

Infectado con el virus del rencor y la ira, Shapner cayó justo donde su suegro quería percibiendo como la sangre en sus venas comenzaba a burbujear, al recordar, con sumo detalle, su fugaz encuentro con el enmascarado cuando este se atrevió a ordenarle que se alejara de Videl. Era tal su nivel de cólera que, si le fuera posible, se atrevería a intentar matarlo con sus propias manos.

Pero por desgracia, no puedo hacerlo…

¿Por qué no, Mr. Satán? –Shapner, lleno de coraje, se sentía como una fiera en plena cacería–estoy seguro que usted podría vencerlo, usted lo haría pedazos.

Disimulando su sonrisa, Mr. Satán se giró para mirarlo.

Usted derrotó a Cell, demostró que ese farsante era un fraude y lo hizo polvo–enérgico, hablando con demasiada prisa, Shapner simplemente se dejó dominar por sus instintos–no dudo que si peleara contra él, esta pesadilla se terminaría…

Me encantaría hacerlo, muchacho. De verdad me encantaría hacerlo, pero no puedo. No puedo–comportándose como un actor en escena, Mr. Satán sabía que lo tenía en la palma de su mano–los años no pasan en vano, Shapner. Esa es una ley que ningún hombre puede violar, tarde o temprano la fuerza y el vigor de la juventud se terminan. Cuando menos te das cuenta, te has convertido en un anciano que debe conformarse con recordar sus días de gloria.

Pero señor, yo sé que usted…

Haber tenido una carrera tan larga al fin me ha cobrado factura, ya no tengo las fuerzas que solía tener. Aunque me duele y me enfurece admitirlo, ya no puedo hacerle frente a desafíos como este–sonriendo en sus adentros, Mr. Satán se disculpaba con Shapner por manipularlo pero en verdad necesitaba que él se involucrara en sus maquinaciones–me da mucha rabia ver como ese payaso se sale con la suya, desearía que las cosas fueran diferentes…

Pídame lo que sea, yo le ayudaré–Shapner, sin pensar en lo que decía, le alegó dispuesto a firmar un pacto con el mismísimo demonio–hace unos minutos dijo que necesitaba mi ayuda, le prometo que por Videl haré hasta lo imposible.

Oyendo justamente lo que quería escuchar, Mr. Satán se tomó una pausa para tranquilizarse optando un tono de voz tan serio que, inclusive, dejó sorprendido a su incauto acompañante.

Escúchame, Shapner. Tengo una idea en mente pero necesito que la conserves en secreto, ni siquiera Videl puede saberlo. Lo que te diré quedará entre nosotros.

Puede confiar en mí, Mr. Satán. Le prometo que mis labios están sellados.

Como dije, ya estoy demasiado viejo para combatir. Muchas heridas y lesiones del pasado han vuelto a despertar y mis médicos me han aconsejado que considere el retiro–pasmándolo, viendo su expresión de incredulidad, Mr. Satán continuó envolviéndolo en su telaraña–pero eso no significa que me rendiré, por eso quiero que alguien tome mi lugar y se encargue de acabar de una vez por todas con ese malnacido.

Aquello sonaba maravilloso, era justamente lo que sus fantasías más barbáricas susurraban en su mente. Le hubiera vendido su propia alma al diablo con tal de haber sido él quien se encargara del Gran Saiyaman, le hubiese encantando ser el responsable de desenmascararlo ante toda Ciudad Satán como el fraude y el charlatán que era. En verdad habría amado ser él, lo habría disfrutado.

¿Puedo preguntarle a quién tiene en mente, señor? –Descartándose a él mismo por su lesión en su hombro derecho, Shapner le preguntó–supongo que planea contratar a alguien para deshacerse de él, tal vez algún matón.

Nada de eso, muchacho–dándole una palmada en su espalda, Mr. Satán negó con la cabeza antes de responderle–quiero que seas tú quien se encargué de él, quiero que el futuro esposo de mi hija sea el valiente que le dé su merecido a ese rufián.

¡Qué! –Sorprendido, dando un paso hacia atrás, Shapner no pudo evitar alzar la voz– ¡no puede estar hablando en serio!

Claro que estoy hablando en serio, yo nunca bromearía con un tema como este–con severidad, Mr. Satán borró todo signo de duda de sus facciones–estoy convencido que tú eres el único que puede darle punto final a este tormento, he depositado todas mis esperanzas en ti…

Mr. Satán; señor, lo que me está pidiendo está fuera de mi alcance. Es imposible…

¿Imposible? –Le refutó–hace menos de un minuto dijiste que harías hasta lo imposible por Videl…

No me malinterprete, Mr. Satán–alegándole con prontitud, Shapner balbuceó con levedad–amo a su hija, estoy profundamente enamorado de ella, deseo formar una familia con Videl del mismo modo que usted lo hizo con su esposa. Y no dude de mi valor, no le tengo miedo a ese maldito farsante…

¿Entonces, qué te detiene? –Cruzándose de brazos, Mr. Satán le indagó–pensé que eras un guerrero, alguien que no teme enfrentar desafíos de este nivel.

¡Mi brazo, señor! –Señalándoselo con su otra extremidad, Shapner no comprendía como Mr. Satán no se daba cuenta de tal obviedad–hasta hace unos pocos días salí del hospital, mi hombro tardará en sanar al menos un par de meses. Si pudiera usar mis dos brazos, si tan sólo pudiera usarlos, no dudaría en pelear con él.

Haciéndose el tonto, empecinado en no cambiar de opinión, Mr. Satán le dio un vistazo al cabestrillo que sostenía su brazo herido.

Sé que te estoy pidiendo demasiado, sé que estoy siendo muy egoísta; pero por favor, te pido que me comprendas–insistente, no aceptando un "no" como respuesta, el campeón mundial no permitiría que saliera de su casa sin ser parte de su plan–estoy envejeciendo, mi espalda está matándome, y para empeorar las situación, un maldito payaso de circo aparece para arruinar la vida de mi única hija y destrozar la paz de mi familia.

Shapner pretendía decirle algo pero Mr. Satán no le concedió la oportunidad.

Y cuando todo lo veía perdido, cuando creía que no encontraría la manera de solucionar esta tragedia; mi Miguel, mi esposa, me envió la respuesta desde el cielo–mirando por millonésima vez el retrato de su mujer, Mr. Satán se tornó más dramático y exagerado–nada sucede por azar, no existen las casualidades. Estaba predestinado que tú y yo nos conociéramos, estaba escrito que fueras la clave para la salvación de mi Videl.

Yo lo haría, daría mi vida con tal de vencerlo si me fuera posible. Pero bajo mis actuales condiciones, no soy capaz de sostener una lucha; muchísimo menos combatir con él–más sensato a pesar de sus deseos, Shapner se resistía a los embrujos de su suegro.

Algún día Videl será tu esposa, será la madre de mis nietos–incansable, Mr. Satán no se rendiría fácilmente–algún día, cuando yo haya muerto, esta casa será tuya y albergará a tu familia. Todo lo que ves aquí, todas las riquezas que he acumulado con los años, todas las comodidades que has disfrutado durante esta noche; serán tuyas. Completamente tuyas.

Conectando su mirada con la de él, mirándose fijamente el uno con el otro, Shapner se mantuvo en total silencio escuchando sus ofertas.

No te preocupes por tu brazo, si aceptas ayudarme con esto haré que mis médicos privados te examinen de pies a cabeza. Ellos se encargarán de dejarte como un hombre nuevo, volverás a nacer–inclinándose sobre el callado adolescente, Mr. Satán le sonrió con gran expectación–estoy seguro que ellos reconstruirán tu brazo, son los mejores médicos del mundo. Y cuando tu brazo esté sano, yo mismo te entrenaré para que lo derrotes.

Sería un completo imbécil si rechazaba tal ofrecimiento, todos los chicos del planeta matarían con tal de estar en sus zapatos ahora mismo. Aquello no sólo afianzaría su recién adquirida posición dentro del imperio Satán; sino también, que aseguraría su futuro transformándolo en un millonario que nunca más volvería a quedarse con los bolsillos vacíos al gastarse sus ahorros.

Aceptar tal reto lo llevaría a la punta de la pirámide siendo bañado por la brillante luz de los reflectores, toda una infinita gama de posibilidades se dibujaban frente a él al imaginar los privilegios que caerían a sus pies. Solamente debía ignorar su juicio y dar un salto de fe desde la cumbre del barranco que lo acogía, sólo debía dejarse embriagar por la ambrosia de los dioses.

Sin embargo, resistiendo la fuerza casi imparable que lo empujaba, la razón acabó imponiéndose, al menos, por el momento.

Mr. Satán, cuando Videl me platicó que usted deseaba conocerme jamás imaginé que tendríamos esta clase de conversación, ni remotamente sospeché que algo así sucedería–despacio, sin perder la calma, Shapner bajó las revoluciones respondiéndole con serenidad–lo diré de nuevo: estoy perdidamente enamorado de Videl, la he amado desde que tengo uso de razón. Daría mi vida por ella sin dudar. De hecho, la herida en mi brazo es por recibir una bala que la habría matado.

Muy atento, el campeón mundial se limitaba a escucharlo.

Vuelvo a repetírselo: lo que me pide, bajo mis actuales condiciones, es demasiado–tomándose un santiamén para respirar profundamente, Shapner se volteó para mirarlo–es una oferta que no puedo tomar a la ligera, tengo que pensarlo. Necesito tiempo para meditarlo; además, quisiera que me explicara cómo pretende lograr que él y yo nos encontremos para pelear.

No teniendo más opción que disimular su disgusto, Mr. Satán apaciguó su ímpetu y relajó sus tensos músculos.

Comprendo, entiendo que necesites tiempo para meditar mi oferta. Dejaremos este tema para después, esperaré a que tomes una decisión–replicándole, Mr. Satán comprendía que no le convenía presionarlo mucho o conseguiría el resultado opuesto al deseado–no necesito repetirte que esto debe quedarse entre nosotros, no se lo comentes a absolutamente nadie. Ni siquiera a Videl.

Puede estar tranquilo, esta conversación nunca sucedió. Nadie lo sabrá.

Eso espero, muchacho. Eso espero.

Luego de eso, como si algo le dijese que ella era la protagonista de su plática, Videl se hizo presente de nuevo en el salón de trofeos de su padre, notando, casi al instante, como los rostros de tanto Shapner como el de su progenitor reflejaban una seriedad nada amistosa. No obstante, ella no hizo ningún comentario al respecto teniendo sus propios problemas con los cuales lidiar.

Shapner, hallando un oasis de paz al verla volver, rápidamente le sonrió apagando el incendio que ardía en sus entrañas con las frescas y pacíficas aguas que Videl, sin saberlo ni imaginarlo, le obsequió. Minutos más tarde, y usando como excusa la disminución de la lluvia, Shapner se prestó a marcharse siendo escoltado por Videl hasta la puerta de la mansión tomándola de la mano.

Mr. Satán, firme como un obelisco en la entrada de su morada, se despidió de él mirándolo fijamente antes de encaminarse a su alcoba. Y sin que Shapner lo sospechase, mientras él se despedía de Videl con un beso largo y sincero, Mr. Satán los observaba entre las cortinas de su recámara iniciando su impaciente espera por su contestación.

Aquella noche, para bien o para mal, fue humanamente imposible de olvidar para Shapner.

– Veo que ya despertaste, Videl.

Manteniendo, milagrosamente, el inestable equilibrio de sus emociones, Shapner se vio forzado a hacer a un costado sus recuerdos de la velada anterior para, con valentía, encarar la desagradable y sorpresiva imagen que encontró frente a él.

– ¡Shapner! –alejándose de Gohan ya demasiado tarde, Videl se arrecostó otra vez en la camilla luchando por borrar la expresión asustada que la adornaba– ¡no me esperaba que llegaras tan pronto!

– Vine lo más rápido que pude, quería verte para saber cómo te encontrabas–seco, evidentemente molesto, Shapner le respondió con un poco de dureza.

– El doctor se marchó hace unos minutos, él me dijo que Videl se encuentra muy bien–Gohan, poniéndose de pie, le informó con un tono de voz similar–Videl tropezó mientras corría, perdió el equilibrio y se golpeó la cabeza. Se desmayó pero por fortuna no pasó a más, únicamente tiene un chichón que con un poco de hielo se aliviará.

– No necesitas decirme lo que ya sé, Gohan–dejando a Videl aún más muda, Shapner increpó a Gohan colocándose entre él y su novia–cuando venía hacia acá, me encontré con el doctor y me puso al tanto del estado de Videl.

– Fantástico, entonces ya sabes que dejarán que Videl se marche a su casa.

– Sí, estoy enterado de eso. Aunque a ti, eso ya no te concierne.

La incomodidad era palpable en el ambiente que los tres conformaban, sólo hacía falta una chispa para que el volátil aire estallase y se convirtiera en un violento polvorín. Aún así, no olvidándose de sus limitaciones físicas, Shapner sabía que ahora no podía hacer lo que deseaba aunque eso no significaba que se quedaría en silencio.

– Tal vez sí me concierne, después de todo Videl y yo somos amigos.

– Puedo notar que no te interesa hacer ni el más mínimo intento por disimular–Shapner, no sabiendo cuánto más podría contenerse, se acercó más a él–desde hace unos días me di cuenta que no actúas como siempre; no sé qué diablos te pasó, pero no te quiero cerca de mi novia. No vuelvas a acercarte a ella de nuevo.

– ¡Shapner! –la aludida, llamándolo por su nombre, lo interrumpió.

– Ya veo, ya entiendo. Te molestó que fuera yo quien la trajo a la enfermería, jamás imaginé que te enfadaras por una niñería como esa–dejándose manipular por el terco orgullo de los saiyajin, Gohan quería burlarse un poco de él tal y como lo hacía Vegeta con sus oponentes–lamento mucho haber herido tus sentimientos, Shapner. No contaba con que fueras tan frágil de autoestima.

– Vaya, el nerd de la clase quiere comportarse como un brabucón. Me gusta–no siendo consciente del peligro real que corría, Shapner no permitiría que quedara como un idiota frente a su chica–es una lástima que ahora no esté en condiciones de hacerlo, pero en otro momento puedo enseñarte a actuar como un tipo rudo.

– ¿Tipo rudo? –Mofándose, Gohan no cedió–pues yo siempre te he visto como el payaso del salón que hace bromas y chistes tontos para disimular sus pésimas calificaciones.

– Buen intento, Gohan. Buen intento–el rubio, al límite de su paciencia, se recordaba que su verdadero enemigo era el Gran Saiyaman y no el pelinegro ante él–si te empeñas en lograrlo, estoy seguro que en el futuro encontrarás la manera de ofenderme.

– ¡Basta ustedes dos, basta ya! –Videl, a pesar del punzante dolor que taladraba su cabeza, consiguió robarse la atención de ambos–no sé qué diablos ocurre con ustedes pero no estoy de humor para una pelea sin sentido.

Gohan, apretando sus puños, pensó seriamente en olvidarse de los juegos y confrontarlos en ese mismísimo instante; pero, al recordar el mal estado de Videl, optó por no hacerlo. Shapner, priorizando la salud de Videl, reservó sus energías para ella no deseando desperdiciarlas en Gohan. Ella y su relación amorosa estaban muy por encima de una tonta discusión con él.

No obstante, las cosas no parecían encajar para Shapner como solían hacerlo. La conducta retadora y grosera de Gohan distaba mucho del nerd introvertido y pasivo que conoció cuando éste llegó a la preparatoria. Con frustración, no hallando una explicación coherente para su cambio, Shapner se le quedó mirando batiéndose con él en un duelo de miradas.

Gohan, con lentitud y arrogancia, fue dibujando una media sonrisa que resaltó en sus facciones, incrementando, aún más, la molestia que Shapner tenía para él. Pero, experimentando una avalancha de pensamientos, algo dentro de Shapner le indicaba que esta no era la primera vez que observaba esa misma mueca presumida y provocadora.

Aquello lo dejó en blanco por un santiamén, quedó tan perplejo que su rabia se enfrió por unos segundos mientras su cabeza se esforzaba por unir las piezas que cayeron ante él. Y allí, cuando menos creía que él reaparecería en sus cavilaciones, la sombra del Gran Saiyaman esbozó su silueta petrificando a Shapner, llegando, inclusive, a olvidarse de su novia por un instante.

Empero, negándose a creer tal posibilidad, Shapner se dijo a sí mismo que aquello era imposible. Debía ser un chiste, la mera idea de que Gohan fuese aquel patán era inverosímil. Y dándose un ultimátum, el rubio se ordenó no perder el tiempo con tonterías sin fundamento que únicamente lo distraían de su prioridad más grande: Videl, el amor de su vida.

Aún así, por más que trató de borrarlo de su mente, Shapner no podía negar que Gohan le incitaba la misma repulsión que el superhéroe. Tanto que, sin ser consciente de ello, ya empezaba a verlos como un sólo individuo.

– Disculpen el retraso, chicos. Estuve en la dirección hablando con el director…

Regresando inesperadamente, el médico de la escuela abrió la puerta de la enfermería encontrándose con una densa afonía que se rompió con su voz. Los adolescentes, luciendo su sorpresa en sus caras al escucharlo entrar, se limitaron a voltearse para mirarlo.

– Videl, el director autorizó que puedas marcharte, recoge tus cosas y vete a casa–ignorando la silente declaración de guerra entre Gohan y Shapner, el galeno se dirigió a Videl quien se mantenía acostada en la camilla donde la atendió–un automóvil vendrá a buscarte en unos minutos, no debe tardar mucho en llegar.

– ¿Un automóvil? –Apoyándose en sus codos, Videl se inclinó para cuestionarle–con lo melodramático que es mi papá en ocasiones, pensé que vendría a buscarme en persona.

– El director intentó contactarse con él varias veces, pero tu papá nunca contestó sus llamadas–explicándole, el doctor le dio un vistazo final al chichón que sobresalía en la cabeza de su paciente–luego de unos minutos, se prefirió llamar a tu casa y el mayordomo atendió el teléfono. Le explicamos toda la situación y nos aseguró que enviaría un automóvil por ti.

– ¿No contestó las llamadas? –Sentándose, Videl arqueó una ceja al no creer lo que escuchaba–eso es muy extraño, papá nunca ignora una llamada telefónica.

– Lamento no poder darte más detalles al respecto, pero el mayordomo de tu casa nos dijo que Mr. Satán salió desde muy temprano en la mañana–comentándole, el médico agrandó la confusión de la otrora justiciera–supongo que cuando llegues a casa te dirán a dónde fue, por ahora lo mejor sería que regreses a tu salón a recoger tus cosas.

– Ven Videl, apresurémonos antes que lleguen por ti–Shapner, sin mirar a Gohan, fingió que este no estaba allí y le afirmó a su novia.

– Ya que tu padre no vendrá, le sugerí al director que alguien te acompañara de vuelta a casa y se asegure que llegues a salvo. El director estuvo de acuerdo–apuntándole al rubio, el galeno se giró hacia él antes de regresar con Videl–puedes marcharte sola si lo deseas; aunque yo te recomendaría que te acompañaran.

– Gracias doctor, es muy considerado–plantándose en el suelo, Videl no pudo evitar sentirse mareada si bien los medicamentos habían disminuido el dolor que la aquejaba–si se lo permiten, Shapner me acompañará a casa.

– Escribiré una nota para justificar la salida de ustedes dos, no olviden mostrársela al maestro de su próxima clase–sentándose en su escritorio, el médico tomó un bloc de notas escribiendo una rápida autorización para ambos–cuando llegues a tu casa, usa una bolsa con hielo para disminuir la inflamación. Si el dolor continúa, con un par de analgésicos debería de bastar.

– Me encargaré personalmente que descanse–recibiendo de él aquel trozo de papel que era su llave para salir junto con ella, Shapner seguía ignorando a Gohan quien sólo podía observar la escena sin intervenir–le agradecemos mucho su ayuda, ha sido muy gentil.

– No hay de qué–le replicó–Videl, cuando vengas mañana, ven a buscarme para examinarte de nuevo.

– Lo haré, gracias doctor.

Manteniéndose muy cerca de ella, Shapner la condujo fuera de la enfermería disponiéndose a bajar las mismas escaleras que, poco antes, él escaló con gran prisa en su deseo por verla. Aunque, por más que siguió actuando como si no estuviese allí, el rubio alcanzaba a escuchar los pasos de Gohan quien caminaba detrás de ellos recorriendo el mismo camino que los llevaría a su salón.

Aún teniendo en su memoria la expresión altanera del pelinegro, Shapner ansiaba confrontarlo y decirle que se largue a otra parte. Pese a eso, el rubio volvió a exigirse que no le diera importancia, y se enfocó en Videl, la cual, también pensando en Gohan, sentía como sus nervios se crispaban al ver de soslayo como la imagen de él se reflejaba en los cristales de las ventanas al avanzar.

Videl quería huir, quería escapar de él al temer que la haya descubierto. De no haberlos interrumpido Shapner, la chica con coletas ni siquiera podía imaginar cómo hubiera terminado la conversación entre ella y Gohan. Sentirse acorralada y descubierta, la hizo recordar el devastador miedo que se apoderó de su ser, cuando, la noche anterior, contempló el retrato de su madre.

Era como si el peso del mundo entero colapsara sobre ella, era como si la justicia que tantas veces defendió se volcara en su contra castigándola como una criminal.

– ¡Videl!

Recibiéndolos con un fuerte grito, la inconfundible voz de Ireza resonó en los oídos de ellos tres al ingresar a su aula, ganándose, de modo masivo, una oleada de cuchicheos y murmullos por parte de sus compañeros al verlos llegar. La rubia, no esperando a que retornaran a sus lugares, corrió de inmediato hacia Videl, percatándose, con prontitud, que sus semblantes no eran nada felices.

– ¿Te encuentras bien, Videl? –pese a que no quería molestarla con un millar de preguntas, su preocupación por ella la obligó a planteárselas– ¿qué te dijo el doctor, cómo te sientes?

– Estoy bien, Ireza. Puedes tranquilizarte–respondiéndole con desgano, Videl comenzó a recoger sus libros y cuadernos metiéndolos en su mochila–disculpa que no te diga más, me siento un poco mareada y me dieron autorización para retirarme por hoy.

– No tiene nada grave, únicamente un golpe leve en su cabeza–también recolectando sus pertenencias, Shapner vio como Gohan se sentaba en su asiento sin dejar de vigilarlos–me permitieron acompañarla hasta su casa, el doctor dijo que lo mejor sería que se fuera a casa para que descanse.

– Entiendo–desanimada por verlos partir, Ireza presentía que no le estaban diciendo toda la verdad–espero que te repongas pronto, Videl. Me gustaría poder estar contigo pero comprendo que necesitas descanso, no tienes ni idea del susto que me llevé cuando te vi inconsciente en el suelo.

– De verdad te agradezco tu preocupación, también lamento mucho que te hayas asustado–terminando de tomar sus cosas, Videl apetecía irse cuanto antes–te prometo que te lo compensaré, le diré a papá que una noche de estas puedas quedarte a dormir. Ha pasado mucho desde la última vez.

– Gracias Videl…

Despidiéndose de Shapner y Videl, Ireza los vio conversar sobre su permiso para irse con el maestro de matemáticas quien, poco después de que sonara la campana, arribó al sitio. Leyendo la nota escrita por el médico de la preparatoria, el profesor les concedió retirarse además de desearle una pronta recuperación a la hija del campeón mundial.

Así pues, entretanto el educador volvía a recordarles el venidero examen de aritmética que tanto terror provocaba en Ireza, Gohan, en silencio y mirando hacia abajo gracias a los amplios ventanales, divisó en la lejanía como Videl y Shapner se encaminaban a un lujoso vehículo que, con urgencia, salió disparado de vuelta a la mansión Satán cuando estos lo abordaron.

Su lado humano lamentaba haberse comportado como un fanfarrón; sin embargo, nublado por los celos que se sujetaban de él como tentáculos, Gohan no negaba que se divirtió muchísimo al confrontar a Shapner haciéndole ver que ya no podría subestimarlo. Aún así, pensando de nuevo en Videl, Gohan esperaba haber logrado agrietar el embrujo que el rubio lanzó sobre la ojiazul.

Por la reacción que ella tuvo cuando la encaró, Gohan vio confirmadas sus sospechas, convenciéndose, todavía más, que Shapner debía estar aprovechándose de ella usándola como una marioneta con tal de satisfacer sus viejas fantasías con ella. Sabía que se vería mal; no obstante, si era necesario romperle los huesos al rubio, Gohan consideraría esa alternativa.

– ¿Cómo te sientes, Videl?

– Mareada, sólo quiero llegar a casa y tirarme en mi cama…

A Shapner no le gustaba reconocerlo; pero el tono de voz y la seca respuesta de ella, le recordaban a la Videl de antaño que tantas veces destrozó sus esperanzas rechazándolo con una dura y fría indiferencia. La Videl que yacía sentada a su lado justo ahora, no era la Videl cariñosa ni enamorada de él que abstraía su juicio haciéndolo caminar en las nubes.

No, era la Videl huraña y tosca que lo fulminaba con una simple negativa.

Mirando el paisaje urbano desfilando ante su ventanilla, Shapner daba por un hecho que algo sucedió entre ella y Gohan. Vendaría su alma con tal de saber qué ocurrió en los instantes previos a encontrarlos solos, la mera posibilidad que Gohan estuviese tratando de arrebatársela lo lastimaba y lo asustaba. Pero, sobre todas las cosas, lo llenaba de una ira propia de un demonio.

Y Gohan, generando en él aquel extraño efecto nuevamente, lo hizo desviar su rabia hacia el Gran Saiyaman no pudiendo verlos como dos hombres diferentes. Ambos, casualmente, tenían varios elementos en común que propiciaban que Shapner los viera como una amenaza. Los dos, a su manera, parecían querer interponerse en su relación con Videl buscando que ésta fracasara.

Viendo su hombro lastimado, Shapner maldecía por no ser capaz de defender a su amada cómo su orgullo varonil se lo demandaba. Y ahí, al lamentar su infortunio, el rubio recordó la propuesta de su suegro, quien, con la ayuda de sus médicos privados, le prometió sanar su herida. Pero, aceptar tal ofrecimiento, conllevaba pagar un precio demasiado alto.

Decidido, mandando al diablo las dudas, Shapner lo haría. Antes de poner en su lugar al irreverente de Gohan, primero tendría un duelo a muerte con el Gran Saiyaman. Tal desafío, sería una auténtica pelea de gladiadores.

Fin Capítulo Veintiuno

Hola, muchas gracias por leer otro capítulo más de este fic. Estoy muy consciente que la trama se toma su tiempo para desarrollarse, no es mi intención demorar tanto con los acontecimientos pero en los últimos meses mi tiempo para escribir se me ha reducido más de lo que deseara, por esa razón, es que me ha costado retomar el hilo de la historia y encaminarla a su clímax.

Pero créanme que estoy deseando llegar a la pelea de Shapner y Gohan, trato de hacerlo lo mejor posible para que no queden cabos sueltos sin atar. Ya para terminar por hoy, quiero desearles una muy feliz navidad a todos y un año 2019 lleno de bendiciones, me voy por ahora pero nos volveremos a ver muy pronto.

Les doy las gracias a Giuly De Giuseppe, SViMarcy, Lupis OrSa y a Saremi-San 02 por sus comentarios en el capítulo anterior. Gracias por leer y hasta la próxima.