Disclaimer: Ni Dragon Ball ni sus personajes me pertenecen.

Capítulo 22

Tranquilo, manteniéndose muy callado, el campeón mundial se limitaba a observar el paisaje urbano que lo rodeaba por medio de las ventanillas de su limusina. Respirando profundamente, sin dejar de meditar, Mr. Satán se puso cómodo en el asiento trasero del vehículo sintiéndose satisfecho por haber logrado concretar una pieza muy significativa de su plan.

Sabiendo que contaba con el apoyo del alcalde para levantarle la moral a Videl, sólo necesitaba que Shapner terminara de morder el anzuelo y aceptara su propuesta. Por la conversación que ambos sostuvieron la noche anterior, Mr. Satán presentía que sí accedería al mirar el odio y el desprecio que brilló en sus ojos al mencionar el nombre del Gran Saiyaman.

Shapner, sin tan siquiera imaginarlo, era el centro del universo para su suegro. En sus jóvenes hombros reposaba el inmenso peso de hacerle frente a un sujeto que, en apariencia, era invencible. Dicha connotación evidenciaba el gigantesco reto que tal personaje representaba, incluso el mismísimo Mr. Satán reconocía que superar ese desafío era prácticamente imposible.

Aún así, Mr. Satán no quería realmente que Shapner lo derrotara. Solamente lo requería para encarnar el papel de la carnada, su único deber sería atraer al superhéroe para que las fuerzas de Van Zant hicieran el trabajo sucio. Lo cual, por consiguiente, llenaba de cuestionamientos y dudas la cabeza del campeón. Preguntas que esperaba aclarar en unos minutos más.

– No me había dado cuenta de lo mucho que cambió esta ciudad, creo que he vivido demasiado tiempo en una burbuja…

Resoplando, queriendo olvidarse de toda la hecatombe que ha significado el enmascarado en los últimos días, Mr. Satán contempló con más atención las fachadas de los edificios que lo saludaban al continuar con su camino. Anoche, al platicar con Shapner, Mr. Satán no pudo evitar recordar su propia adolescencia al conocer al novio de su primogénita.

Y dichos recuerdos, negándose a disiparse de su mente, se aferraban a él haciéndole añorar la simpleza del pasado. Pero; sobre todo, sentía una tremenda nostalgia por los momentos felices que vivió al lado de su gran amor: Miguel. A diferencia de lo que miraba actualmente, la metrópoli que lo acogía no poseía ninguno de los modernos elementos que hoy en día presume sin pudor.

En aquel entonces la cantidad de habitantes era muy poca, tanto así que Ciudad Satán apenas era merecedora de ser catalogada como un poblado. Y al contar con una menor afluencia de personas, las primeras citas de Miguel y él gozaron de una privacidad tan pacífica que, en la actualidad, tal cosa no es más que un lujo.

Deteniéndose, frenando en su totalidad, su automóvil vio interrumpido su andar al realizar una corta pero obligatoria parada frente a la luz roja de un semáforo. Y allí, como si el ayer lo envolviera, Mr. Satán se quedó atónito al reconocer una vieja cabina telefónica que yacía inmóvil en una esquina junto al parque central de la ciudad.

Quizás aquel punto careciese de importancia para los demás; sin embargo, para él, es el sitio más importante que pudiese existir en la Tierra. Ya que fue allí, bajo un fuerte e inesperado aguacero, donde él y Miguel compartieron su primer beso. Si bien habían transcurrido casi treinta años desde esa tarde, Mr. Satán aún recordaba sin problemas la dulce miel que impregnó sus labios.

Como Videl y él se lo relataron a Shapner cuando admiraban juntos una pintura de Miguel, ella se mantuvo alejada de los chicos de la escuela luego de haber tenido una pésima experiencia con uno de ellos, cuando éste, queriendo pasarse de listo, trató de excederse con ella al creer que se trataba de una chica fácil de dominar.

No obstante, sacando a relucir el coraje y temperamento que le heredaría a Videl, Miguel no se demoró en demostrarle que debajo de su bella apariencia se encontraba una señorita tenaz que no se dejaba intimidar por nadie. Y con un agudo rodillazo en el estómago seguido de un puñetazo al rostro, aquel pobre tonto se quedó sin más opciones que huir y no volver a molestarla.

Después de eso, y armándose de mucho valor, Mr. Satán le declaró sus sentimientos en una humilde carta que, tal y como lo imaginó cientos de veces, le otorgó el maravilloso regalo de estar con ella. Su cita fue muy sencilla, pero cargada de honestidad y buenos deseos. Aquel joven Mr. Satán, todavía no se convertía en el mentiroso y manipulador que es ahora.

Al terminarse la jornada escolar, los dos caminaron un poco por las tranquilas calles dándose la oportunidad de conocerse más allá de ser simples compañeros de salón. Mr. Satán, con vergüenza y timidez, le dijo en palabras lo mismo que le confesó en su mensaje. Ella, sonriéndole, ofreciéndole la misma sonrisa que lo enamoró, le agradeció sus halagos al seguir con su caminata.

Miguel le contó de su gusto por la música y el canto; él le comentó de sus anhelos por ser un peleador profesional y le detalló cómo ganó un torneo en una taberna. Ella, riéndose a carcajadas, se divirtió en demasía al ver como Mr. Satán le dramatizaba sus peleas con aquellos ebrios al lanzar golpes al aire. Los dos; pese a ser de orígenes muy distintos, parecían combinar muy bien.

Y mientras él la escoltaba de regreso a casa, las puertas del cielo se abrieron liberando una sorpresiva y pesada lluvia que los atrapó, forzándolos, apresuradamente, a buscar algún refugio donde guarecerse. No avistando ninguno, Mr. Satán improvisó al tomarla de la mano y correr con ella hacia una casetilla de teléfono que, afortunadamente, se veía desocupada y despejada.

¡Entremos aquí!

Al ver que el anochecer se acercaba y que la tempestad no disminuía, Miguel se preocupó por llegar tarde a su hogar temiendo que sus padres le impusieran un castigo. Ante esto, sacando un puñado de monedas de sus bolsillos, Mr. Satán le sugirió que usara el aparato a sus espaldas para informar de su paradero y del motivo de su retraso.

Agradeciéndole, Miguel realizó una breve llamada telefónica poniendo al tanto a sus progenitores, quienes, como ella ya lo sospechaba, se sentían preocupados e inquietos por su demora. Con un par de explicaciones, y sin dar muchos detalles, Miguel consiguió tranquilizarlos prometiéndoles que se marcharía de allí tan pronto como el agua detuviera su abundante presencia.

Los dos, dentro de aquel espacio tan reducido, observaron como las luces artificiales de la ciudad fueron encendiéndose, una a una, desafiando a la negrura de la noche que fue apoderándose del firmamento. Y al cabo de un santiamén, para alivio de Miguel, el repentino temporal fue debilitándose hasta convertirse en una inofensiva bruma.

Muchas gracias por el paseo y por las monedas, te lo agradezco mucho…

Fue un placer, gracias por caminar conmigo…

Si bien padeció una sutil melancolía por verla partir, Mr. Satán lucía un semblante esperanzado y feliz por haber disfrutado de su compañía por un fugaz lapso de sus vidas. No obstante, sin que el propio Mr. Satán lo sospechase, Miguel se despidió de él con un rápido y delicado beso antes de correr perdiéndose de la vista de él; quien, embrujado, siguió su reflejo en los charcos del suelo.

Aquel gesto tan inesperado y milagroso aún era tema de debate para él, honestamente siempre le resultó complicado creer que una jovencita como ella, con un estatus social superior, se hubiese fijado en un pelele como él. Ni siquiera cuando sus citas se volvieron más frecuentes lo creyó, ni aún cuando ella aceptó su amor eligiéndolo como su novio.

Miguel, tanto en vida como en la muerte, seguía siendo un misterio difícil de descifrar para el campeón. Y al notar como su auto reanudaba su marcha, Mr. Satán le susurró un "gracias" a aquella oxidada caseta que, accidentalmente, fue la localización exacta donde su historia con Miguel comenzó. Una historia cargada de muchísimas alegrías y numerosas tristezas.

Empero, borrando sus evocaciones, un constante timbrar lo sobresaltó como si un relámpago lo hubiera golpeado. Veloz, buscando entre sus ropas, Mr. Satán halló al culpable de tan molesto ruido. Su móvil, vibrando y sonando, lo estremeció en un inicio haciéndole pensar que Van Zant debía estar impaciente por su llegada.

– Este es el número telefónico de la escuela de Videl…

Cuando estaba a menos de un segundo de contestar, el campeón se congeló al ver que no era el mafioso quien insistía en contactarse con él. Ante ese hallazgo, todo lo demás en su cabeza desapareció de inmediato viéndose agobiado y acorralado por un millar de ideas que, poderosamente, tenían un abrumador elemento en común: Videl.

No era normal que la escuela de Videl lo llamara directamente a su celular; de hecho, sin tomar en cuenta a la prensa, al alcalde y a Van Zant, su número telefónico era desconocido para la gran mayoría de la ciudad. Tal deducción lo arrinconó contra la pared; si respondía, su reunión con Van Zant se arruinaría poniendo en peligro su endeble pacto con él.

Pero, por otro lado; si no lo hacía, nunca sabría por qué lo buscaban. Lo cual, inevitablemente, lo llevó a suponer que algo malo debió haberle ocurrido a su Videl. Sus instintos paternales le exigieron que contestara, lo empujaron milímetro a milímetro para que oprimiese el botón y se comunicase con la persona al extremo opuesto de la línea.

Sin embargo, al percatarse de como su transporte comenzaba a ingresar en los barrios más infames de la urbe, el campeón endureció sus facciones atreviéndose a rechazar sus intuiciones. Y así, sin ningún remordimiento, Mr. Satán ignoró el constante sonar de su teléfono hasta que éste, minutos después, acalló su voz permaneciendo en un frío estado de silencio.

– Ahora no tengo tiempo para nada más, tengo negocios que atender.

Malhumorado, queriendo terminar cuanto antes con esto, Mr. Satán no hizo nada más que mirar el exterior esforzándose por disipar, por el momento, la silueta de su hija al engañarse a él mismo al decirse que sus acciones, sin importar sus métodos, poseían buenas intenciones. Y para su consuelo, interrumpiendo sus pensamientos, su destino al fin se mostró frente a él.

Abriendo la puerta, y ajustándose su traje, Mr. Satán puso un pie en el piso volviéndose a ocultar detrás de unas gruesas gafas oscuras, esperando, sinceramente, que ese escueto disfraz protegiese su famosa identidad. Así pues, comenzando a avanzar, Mr. Satán se tragó sus miedos al verse rodeado por dos sujetos armados que no mostraban una cara amigable.

Comprendiendo que eran matones bajo las órdenes de Van Zant, Mr. Satán se detuvo ante ellos saludándolos con un ademán y una sonrisa inquieta.

– Soy socio de su jefe, él me pidió que viniera a verlo…–no queriendo lucir acobardado, Mr. Satán trató de hablarles con la mayor claridad que fuese posible– ¿alguno de ustedes podría por favor guiarme hasta él?

– Sabemos quién eres, el jefe está esperándote–respondiéndole, uno de ellos lo miró de pies a cabeza estudiando el lujoso atuendo que tenía puesto–lindo reloj, me gustaría tener uno de esos…

– Ahh no es la gran cosa, no te dejes engañar por su aspecto–actuando instintivamente, Mr. Satán ocultó su reloj recubierto en oro que resaltaba a la vista–puedes comprarlo en cualquier relojería o centro comercial, no se ve tan elegante como aparenta.

– ¿En serio? –Acercándosele, aquel matón le apuntó con un dedo– ¿entonces no te molestará que lo mire de cerca?

– No, no hay problema…–incómodo, no deseando hacer algo que le costara la vida, Mr. Satán se vio forzado a sonar amable y accedió a su petición–ten, dale un vistazo.

Escuchando como su corazón palpitaba con fuerza en su pecho, Mr. Satán rogaba que Van Zant apareciese y le diera fin a esta imprevista parada que, gradualmente, fue tornándose cada vez más tensa para él. Por ende, desabrochándose su reloj, el padre de Videl se lo entregó ansiando retomar su travesía y discutir las cuestiones que lo hicieron viajar hasta allí.

Mientras tanto, sabiendo muy bien lo que hacía, aquel astuto rufián no perdió la oportunidad de jugar un poco con él, desconociendo, totalmente, quién era en realidad. Y su camarada, parado justo a su izquierda, se reía con disimulo pensando en seguir sus pasos burlándose del tipo delante de ellos. Por ello, enfocándose en sus gafas de sol, ese fue el blanco que eligió.

Mr. Satán, sintiendo que se desplomaba por dentro, se quedó sin palabras al escuchar como el otro pistolero le pedía que le entregase sus anteojos. Para él, por obvias razones, era sumamente crucial encubrir quién era para evitar que, tanto su imagen como su reputación, se vieran manchadas al ser descubierto haciendo negocios con un reconocido delincuente y gánster.

Sudando a borbotones, percibiendo como el nudo de su corbata se apretaba de más, Mr. Satán comenzó a ponerse más tenso a medida que transcurrían los segundos. Era más que claro que no podía acceder a su solicitud, hacerlo lo pondría en una posición más que riesgosa que significaría el final de todo. Incluyendo, consecuentemente, su propia existencia.

– ¿Qué pasa? –Hablándole con fuerza, aquel bravucón alteró aún más sus nervios–entrégame tus gafas de sol, quiero verlas de cerca.

– Caballeros, por favor, soy un hombre de negocios y he venido desde lejos para reunirme con su jefe–buscando esquivar su exigencia, Mr. Satán le replicó–el tiempo es dinero, los asuntos que tengo que tratar con Van Zant me están costando una fortuna. Necesito verlo de inmediato, les aseguro que ustedes también ganarán mucho dinero si todo sale bien.

– Eres un sujeto extraño y nosotros no confiamos en los extraños–deliberadamente, cerrando la brecha que los distanciaba, aquel individuo empezó a juguetear con la ametralladora que sujetaba en sus manos–en el pasado me he topado con policías encubiertos que fingen ser hombres de negocios; de hecho, por culpa de uno de ellos, terminé en prisión hace unos años.

– Será mejor que cooperes con nosotros si no quieres que esto acabe mal…–examinando con detenimiento el reloj con incrustaciones de oro que Mr. Satán le cedió, aquel bandolero le aseveró–no nos importa si cruzaste medio mundo para venir aquí, no te dejaremos pasar a menos que comprobemos que no eres una amenaza. Hace poco logré salir de la penitenciaría, la maldita Videl Satán me metió en ese agujero y no pienso volver.

No le gustó nada oír la forma con la cual se refirió a su hija; no obstante, no olvidándose del revólver que veía colgado en su cinturón, Mr. Satán se encontró en una situación que lo llevó a pender de un hilo sobre un acantilado. Tal cosa, para su desgracia, le recalcaba la impunidad y la ilegalidad que reinaban en dichos territorios; donde, inclusive, la policía dudaba en patrullar.

Y al pensar en las autoridades, aceptando que era imposible que intervinieran en su favor, el campeón maldijo en sus adentros al no poder solicitar su ayuda ni la de nadie más teniendo que arreglárselas él solo. Desesperado, mirando de un sitio a otro con rapidez, Mr. Satán consideró recurrir a su chequera con tal de librarse de ser pillado o, peor aún, asesinado allí mismo.

– ¿Qué carajos está ocurriendo aquí?

Pero, casual y milagrosamente, el mismísimo demonio se encargó de atender las plegarias de Mr. Satán.

– Jefe, sólo queríamos asegurarnos que no fuese un policía disfrazado–respondiéndole con prisa, aquel sujeto borró su expresión divertida al sorprenderse con la aparición de Van Zant–lo último que queremos es que un maldito policía encuentre nuestra nueva guarida.

– Si no supiera lo imbéciles que son ustedes dos; me creería esa excusa–astuto, notando el nerviosismo que imperaba en Mr. Satán, Van Zant mantuvo protegida su identidad–hace poco me informaron que vieron a mi nuevo socio llegar; pero cuando pregunté por qué se demoraba tanto en entrar, tuve que venir hasta aquí para recibir una respuesta.

– Jefe, nosotros sólo…

– ¡Cállate! –Gritándole, Van Zant se percató de un inusual reflejo que emanaba del brazo de su subordinado– ¿de dónde sacaste ese reloj, acaso lo compraste?

– En realidad…

Van Zant, girando su cabeza muy lentamente hacia él, no necesitó decir ni una frase para lograr enmudecerlo. Arqueando una ceja, y extendiendo una mano hacia él, Van Zant lo miró fijamente hasta que él, sin atreverse a decir algo más, colocó en su palma aquel lindo y nada barato reloj. Ya con aquel objeto en su poder, Van Zant alzó la mirada concentrándose en su visitante.

– Ven, tengo muchas cosas que discutir contigo. Ya hemos perdido demasiado tiempo en estupideces…–comenzando a caminar de regreso en su escondrijo, Van Zant invitó a Mr. Satán a seguirlo.

Sin demorarse, pasando entre los dos musculosos forajidos que le bloquearon el camino, Mr. Satán soltó un largo suspiro de alivio apresurándose en alcanzar a Van Zant; quien, habiendo atravesado la puerta, se ladeó con levedad para esperarlo. Y al cabo de unos minutos, ya estando en el interior de aquella sucia y abandonada edificación, el campeón mundial recobró el aliento.

– Es curioso…–regresándole su reloj de pulsera, Van Zant no pudo pasar por algo un detalle de enorme validez–para ser el hombre que derrotó a Cell y salvó al mundo entero de un monstruo de esa magnitud, no entiendo por qué casi ensucias tus pantalones por culpa de dos buenos para nada.

– Son situaciones completamente diferentes, no tienen comparación–más tranquilo, Mr. Satán no quería hablar más del tema al sentir como su faz fue recuperando su color normal.

– Aunque no sean exactamente la misma situación, me resulta extraño que no pudieras encargarte de ellos tú solo–suspicaz, empezando a ver más allá del afamado renombre del campeón, Van Zant intuía que detrás de su fachada no todo era gloria–deberías verte en un espejo, estás más pálido que un fantasma.

– Sabes muy bien que no puedo arriesgarme a que me descubran, lo que estoy haciendo nunca debe salir a la luz pública–desviando la conversación, Mr. Satán pasó del terror al enojo con mucha prontitud– ¡dime de una vez para que me hiciste venir hasta aquí, espero que sea por algo que valga la pena!

– Por supuesto que vale la pena, cuando veas el ejército que he creado te quedarás sin habla.

Anonadado, no sabiendo cómo responder a una afirmación como esa, Mr. Satán debió acallar sus quejas siguiéndolo de cerca al caminar detrás de él. Así pues, aún con el temor que Van Zant lo traicionara haciéndolo caer en una trampa, el campeón mundial miraba constantemente de un lado al otro manteniéndose vigilante de cualquier signo de hostilidad hacia él.

Y aumentando sus aprensiones, Mr. Satán alcanzó a escuchar un eco que empezaba a incrementarse a medida que ambos se internaban los pasillos de aquel maltrecho edificio. Ese ruido, ganando más intensidad y claridad, se apoderó de los oídos de Mr. Satán quien fue distinguiendo como ese sonido era la mezcla de muchísimas voces hablando a la vez.

Entretanto, sin decir nada, Van Zant lucía confiado y tranquilo dibujando una larga sonrisa en sus labios al imaginar la reacción de su acompañante al ver lo que le tenía preparado. Y con esa satisfacción llenándolo en plenitud, el criminal se detuvo ante la entrada de una habitación girándose hacia Mr. Satán; quien, claramente nervioso, vigilaba cada uno de sus movimientos.

– Lo que quiero mostrarte está del otro lado de esta puerta, y en lo personal, me enorgullece el fruto de mi labor–posando una mano en la cerradura, Van Zant se disponía a abrirla.

– Dijiste algo sobre un "ejército"–retomando la palabra, Mr. Satán se alarmó al imaginar que sería secuestrado justo cuando cruzara esa puerta– ¿pero no te estás refiriendo a un ejército de verdad, no es así?

– Abre bien los ojos y lo averiguarás…

Sin más preámbulos, deshaciéndose de los prólogos, Van Zant giró el pomo revelándole lo que se escondía allí dentro. Y Mr. Satán, viendo confirmado lo que sospechaba, miró como un centenar de hombres interrumpió su plática grupal volteándose al unísono para observarlo fijamente. En contraste, sin retrasos, Van Zant entró allí realizando un gesto para que el campeón lo imitase.

Desconfiado, auténticamente sorprendido por la gran cantidad de personas allí reunidas, Mr. Satán se aventuró a poner un pie allí, notando también, casi en el acto, un considerable número de vehículos y grandes cajas de madera que parecían contener armamento de variados tipos. Y al agudizar más sus retinas, incluso juraría que creyó ver algunos cuantos lanzacohetes y explosivos.

Abstraído, esforzándose por comprender de dónde había salido lo que veía, Mr. Satán no se dio cuenta que la multitud allí aglomerada cuchicheaba sobre él al cuestionarse quién era. Si bien podría parecer absurdo, las inofensivas gafas de sol que portaba consigo demostraban ser un efectivo escudo que, contra todo pronóstico, protegió su identidad y su amada popularidad.

– Sabía que te impresionarías, me complace ver que reaccionaste tal y como lo imaginaba–rompiendo con la silenciosa burbuja que los envolvió, Van Zant lo hizo regresar de golpe a la realidad–como puedes ver, estamos listos y armados para pelear. Sólo necesitamos que él venga a nosotros. Y esa parte del plan, te corresponde a ti.

– ¿Acaso piensas provocar una guerra? –Cuestionándole, mirando nuevamente aquel paisaje violento y de muerte, a Mr. Satán no le importó alzar la voz y que todos lo escucharan–te dije que quería que esto fuera lo más discreto posible, sabes muy bien que deseo evitar que la prensa se entere de nuestro pacto…

– Cuando viniste a mi oficina y me contrataste, me pediste que matara a un hombre que es virtualmente invencible…–objetándole, Van Zant no perdió la compostura en ningún momento demostrando que su frialdad era inexpugnable–y para lograr una hazaña de ese tamaño, se necesita un ejército.

– ¡Estás loco! –Exclamó Mr. Satán; quien, incluso en ese instante, no era consciente de la gravedad de lo que provocarían– ¡esto no es lo que tenía en mente, esto no es lo que creía que harías!

– Fuiste tú quien pidió mi ayuda y si aún la quieres, no tienes más remedio que aceptar mis términos y mis métodos–demostrando porqué era uno de los criminales más buscados en Ciudad Satán, Van Zant no necesitaba poseer un arma en sus manos para reafirmar su autoridad.

Por un breve santiamén, por un lapso menor a un pestañeo, la sensatez de Mr. Satán lo exhortó a acabar con esta locura antes que pasase el punto de no retorno. Ya esto había llegado demasiado lejos, de ser un simple e hipotético complot para borrar del mapa a un superhéroe enmascarado, ahora, increíblemente, era una genuina y casi suicida declaración de guerra.

Ensuciar su reputación ya era un mal minúsculo. Si esto fallaba, y se salía de control, podría cobrar la vida de cientos de ciudadanos inocentes de Ciudad Satán. Y entre las posibles víctimas, estarían tanto él como Shapner. Dicha suposición lo hizo imaginar al rubio tendido en el suelo empapado en su propia sangre; tal visión, fue secundada por una similar pero protagonizada por él mismo.

Lamentablemente, estudiando la otra cara de la moneda, el padre de Videl se decía que ya no podía hacer nada para detener aquel descarrilado ferrocarril. A pesar de cancelar su venganza hacia el Gran Saiyaman, Van Zant no renunciaría fácilmente a la abundante riqueza que le prometió, suponiendo que éste, sin tener escrúpulos, lo obligaría a saldar su deuda con él.

– ¿Cómo lograste conseguir todo esto, de dónde lo sacaste? –Hablándole con un tono más suave y resignado, Mr. Satán le lanzó una segunda interrogante– ¿cómo conseguiste convencer a tanta gente para que aceptara participar en una misión suicida?

– Con dinero; por supuesto. Con tu dinero…–señalándolo, transformándolo en el foco principal, Van Zant generó con su respuesta que la muchedumbre a su alrededor estallara en una sonora carcajada que estremeció al campeón–tu dinero está financiando todo lo que ves aquí, cada arma y munición que compré prometí pagarla con tu dinero. Como comprenderás, eliminar a alguien como el Gran Saiyaman no es nada barato.

Frunciendo el ceño, no gustándole nada la actitud burlesca de Van Zant, el héroe más amado de la Tierra se vio limitado a sólo apretar los puños.

– Me doy cuenta que tienes muchas dudas; pero no te preocupes, con gusto te explicaré cómo nos desharemos de ese maldito payaso volador.

Oír aquello lo sacudió hasta lo más profundo de su ser, verdaderamente participaría en algo cuyo resultado final sería un asesinato. Si bien anteriormente había imaginado y mencionado cómo deseaba que aquel bufón de circo desapareciese para siempre de su horizonte; era justo hasta ahora, que entendía las dimensiones de lo que implicaba atentar contra la vida de alguien más.

Sintió miedo, muchísimo miedo; no lo negaría nunca. Las consecuencias de sus acciones eran infinitamente contundentes y catastróficas. Podría perderlo todo en absoluto, todo aquello que amaba y lo define corría el riesgo de escurrirse entre sus dedos para jamás regresar. Literalmente estaba abriendo la caja de Pandora, había entrado en un terreno repleto de arenas movedizas.

No obstante, mirando en su mente el rostro gris y moribundo de su hija, Mr. Satán no vaciló y se zambulló en aquel impío pantano dispuesto a sacrificarse con tal de volver a verla feliz. Su conciencia ya estaba llena de mentiras y engaños, pero aún tenía espacio para una atrocidad más.


Mareada, padeciendo unas intensas náuseas, Videl se reclinó en la puerta del automóvil que la llevaba de regreso a casa, soportando, en silencio, una punzante jaqueca que parecía arrastrarla al borde de la locura. Asqueada, ya no aguantando más, Videl accionó el interruptor que hizo descender el cristal de la ventanilla ansiando que la helada brisa chocara con su rostro.

Cerrando los ojos, disfrutando de la reconfortante sensación del viento acariciando su faz, Videl tomó grandes bocanadas de aire rogando que aquel horrible sabor en su paladar se marchara y la dejara en paz. Continuó respirando de esa manera por unos segundos, permitió que las ventiscas que la azotaban secaran el sudor de su piel al ofrecerle un simple placebo.

Si bien su estómago seguía retorciéndose provocándole un incómodo malestar, Videl ya gozaba de un poco de alivio que la motivó a pestañear y a prestarle más atención al paisaje urbano que se mostraba a su alrededor. No era usual en ella sentirse tan enferma; pero luego de lo sucedido en la clase de deportes y en la enfermería, no tenía humor para volver a su salón.

– ¿Cómo te sientes, Videl?

– Mareada, sólo quiero llegar a casa y tirarme en mi cama…

Seca y cortante, sin ánimos para dar explicaciones, la pelinegra ni siquiera se dignó a voltearse para mirar a Shapner; quien, sin alejarse de ella por nada del mundo, se mantenía cerca vigilándola de soslayo al librar sus propias batallas internas. Y ambos, sin decirlo abiertamente pero sospechándolo, sabían a la perfección que pensaban en lo mismo.

Lo que quiero decirte es que estoy muy consciente de la culpa que llevas contigo, supongo que por esa razón quieres recompensarlo aceptando ser su novia–volviendo a escuchar la voz de Gohan resonando en su cabeza, Videl juraría que percibía el aliento de él justo en sus mejillas–no me imagino qué te pudo haber dicho Shapner para convencerte, pero me doy cuenta a simple vista que algo anda mal entre ustedes dos.

Gohan…

Por más que se esforzó por olvidarlo, por más que se esmeró en arrancarlo de su pensamientos, Gohan se anidó tanto en su ser que le daba la impresión que nunca se libraría de él. Son Gohan, marcando un antes y un después en la vida de Videl Satán, ya formaba parte intrínseca de la otrora justiciera, llegando, inclusive, a asustarla como si fuese una niña indefensa.

En verdad; aunque le costaba creerlo, a Videl le impresionaba cuán hondo se había internado Gohan en su alma, logrando, en consecuencia, hacerla sentir como a una criminal acorralada. Desde un principio algo la hizo acercarse a él, no conseguía entenderlo del todo, pero fue como si los planetas se hubieran alineado propiciando que una energía mágica uniera sus caminos.

A la vista de cualquiera, en especial la de Shapner, Gohan no era más que un ratón de biblioteca que sacaba excelentes calificaciones pero que, en aspectos tan elementales como socializar, resultaba ser un completo fracaso. Su cara era la de un chico aniñado, su conducta y excesivos modales evidenciaban que su madre ostentaba una gigantesca influencia en él.

Ireza, poseyendo un talento natural para analizar al sexo opuesto, notó ese detalle casi de inmediato; y por ende, siendo presa de su juvenil impulsividad, no se demoró en jugar inocentemente con él al coquetearle. Sujetándose de uno de sus brazos y preguntándole si era soltero, la rubia ni una sola vez tuvo dificultades para sembrar un marcado sonrojo en Gohan.

Así pues, mientras Ireza jugaba con él y Shapner se burlaba de su tímida torpeza, Videl presentía que esa no era más que una fachada para engañar a los demás. Tal inquietud se escuchaba demasiado exagerada; pero, con la aparición del Gran Saiyaman, la heroína de retinas azules vio como sus sospechas se plasmaban, al conectar, según ella, irrefutables y contundentes indicios.

Sin embargo, sin preverlo en ese instante, su compleja investigación sobre el superhéroe la arrastró a una vorágine sin salida que la esclavizó, día y noche, en un turbio e interminable laberinto. Cuando al fin creía que hallaba la respuesta definitiva al enigma, sus conjeturas se desmoronaban gracias a las excusas de Gohan que refutaban sus acusaciones.

Pero negándose a rendirse, tratándose de una chica obstinada, Videl se levantaba y reconstruía el rompecabezas al descubrir más pistas que alimentaban sus suposiciones. Y la más importante de todas, convirtiéndose en el fuego que iluminaba su cruzada, era el curioso pero decisivo nerviosismo de Gohan al verse cuestionado.

Gohan; a pesar de sus intentos por evadir sus preguntas, no era capaz de explicar por qué desaparecía a su vez que el enmascarado realizaba sus famosas proezas. Aunado a eso, Gohan tampoco lograba justificar sus constantes tardías al ausentarse para ir al sanitario. Videl, al ver el temor creciendo en Gohan, experimentaba una adrenalina igual de intensa que al combatir.

Empero, rompiendo en mil pedazos su rutina del gato y el ratón, la tragedia de Shapner en aquel club nocturno alteró en su totalidad su modo de percibir la realidad.

Él te está usando, se está aprovechando de tu remordimiento para hacer contigo lo que él quiera–reviviendo sus recuerdos, Videl escuchaba con claridad la balbuceante voz de Gohan–sé que suena como una locura, sé que parezco un demente pero al ver tus ojos me convenzo que estoy en lo correcto. Tú no lo quieres, Videl; no lo amas. Tú no quieres tener nada con él, no quieres ser su novia…

¡Cállate!–Videl, refugiándose en su típica máscara de hostilidad, se aterró al sentirse descubierta–debería darte una bofetada para que dejes de decir estupideces…

Debió haberlo hecho, debió haberlo abofeteado; quizás así hubiese callado las indiscretas pero nada equivocadas afirmaciones de Gohan. Aún así, invadida por un terror que no era no usual en ella, la jovencita que no titubeaba al enfrentarse con criminales mucho más musculosos que ella, no tuvo ni el valor ni la fortaleza para tan siquiera cachetearlo.

Fue completamente incapaz de negar o rechazar las palabras de Gohan, su nivel de sorpresa fue tan grande que su brillante intelecto se quedó en blanco al no saber cómo responder. Aquello no era para nada normal, fue como si los papeles se voltearan intercambiando los roles de perseguidor y perseguido. Pero, aún más extraño, fue el mismísimo Gohan quien la enmudeció.

El Gohan que conocía y recordaba era un manojo de nervios, se moría de pánico cuando ella le apuntaba con un dedo disponiéndose a poner en entredicho su credibilidad. No obstante, como si alguna entidad desconocida y sobrenatural lo poseyese, Gohan emanaba una seguridad y dureza que la dejó sin habla. Ese jovencito frente a ella era otro Gohan, era uno nuevo e impredecible.

Entonces hazlo, abofetéame–retándola, asustándola todavía más, Gohan clavó sus ojos negros en los zafiros de Videl–pues si estoy equivocado hazlo, dame una bofetada.

Abofetearlo le habría devuelto el control de la situación; pese a eso, Videl no dijo ni hizo nada.

Anda, hazlo Videl, golpéame si estoy mintiendo–tomando una de las manos de Videl, Gohan la puso en su mejilla derecha reduciendo tanto la distancia entre sus rostros que sus respiraciones chocaron la una con la otra–vamos, demuéstrame que me equivoco, hazlo…

Pero más allá de no poder callarlo, Videl renunció a pelear propiciando que un silencio en demasía revelador los abrigada a los dos. Un silencio que, interpretándolo desde su perspectiva, Gohan lo vio como una validación incuestionable de sus corazonadas. Él, sin que Videl supiese cómo, consiguió ver más allá de la máscara que usaba como disfraz mirando sus verdaderos sentires.

– Al fin llegamos, te llevaré a tu habitación tan pronto como salgamos del auto…

Shapner, estremeciéndola como una corriente eléctrica, le habló haciéndola percatarse que ya estaban ingresando en la lujosa residencia del campeón mundial. Pero, aún sin sacarse a Gohan de la cabeza, Videl a duras penas asintió con levedad sin cruzar miradas con él. Tal cosa, nuevamente, sólo incrementó el disgusto de Shapner quien batalló por disimular la amargura que lo embargaba.

El coche, finalmente, se detuvo ante la entrada principal de la mansión Satán, donde, aguardando su arribo, divisaron un séquito de mucamas encabezado por Sashimi. El cual, sin solicitar permiso, abrió la puerta del automóvil topándose con la palidez nada saludable que Videl exhibía en ese momento. Ella, saludándolo con una escueta sonrisa, aparentaba no tener energías para platicar.

– ¡Me alegra ver que ya está aquí, señorita Videl! –Sashimi, conociéndola desde su infancia, se alarmó al ver su semblante tan enfermizo–cuando recibí la llamada del director de la preparatoria temí lo peor, no puede imaginar el alivio que estoy sintiendo al verla.

– Gracias Sashimi, pero no pasó nada grave. No te preocupes–plantando un pie en el suelo, Videl se dispuso a abandonar el auto–sólo tropecé en la clase de deportes y caí al piso…

– Eso ya lo sé, señorita–replicándole, el veterano mayordomo la tomó de un brazo al observar su tambaleante caminar–pero el director de la escuela fue muy enfático al decirme que usted perdió el conocimiento por unos minutos, así que comprenderá que me preocupe por su seguridad.

– En ocasiones pienso qué haría sin ti, has estado conmigo más que mi propio padre–no estando de humor para fingir que era la chica fuerte e indestructible que muchos adoran, Videl reconoció sus pesares al internarse en la mansión–y hablando de mi padre, me dijeron que intentaron comunicarse con él pero que no contestó las llamadas.

– Su padre salió poco después que usted se marchó a la escuela; aunque desconozco hacia dónde se dirigió–escoltándola hasta el primer escalón de la grandísima escalera en medio de la estancia, Sashimi le comentó sin ocultarle ningún detalle–debe estar atendiendo alguno de sus negocios; usted lo conoce mejor que nadie. Tan pronto como él regrese le diré lo que pasó…

– Sashimi, si no te molesta, me gustaría llevarla a su habitación…

Girándose al unísono, tanto Videl como el mayordomo, se encontraron de frente con un vehemente Shapner quien ya no resistía seguir fuera de la conversación.

– No hay ningún problema, joven Shapner–recordando que ahora el rubio era parte de la familia Satán, Sashimi no pudo negarse a su solicitud–si necesitan algo; lo que sea, no duden en llamarme.

Acercándose a Videl, Shapner la sujetó de la cintura ofreciéndole un apoyo firme donde reclinarse. Por otro lado, antes de comenzar a subir la veintena de escalones que los llevaría al siguiente nivel, el rubio no desaprovechó el ofrecimiento de Sashimi.

– Ya que lo mencionas, me gustaría una bolsa de hielo para Videl. El doctor nos recomendó un poco de hielo para desinflamar el chichón en su cabeza.

– Haré que una sirvienta se la envíe de inmediato…

– Gracias Sashimi…

Así pues, volviendo a sentirse distanciados a pesar de estar uno junto al otro, la pareja de adolescentes subió con calma la escalera, buscando, en los pasillos, la recámara de Videl. Shapner, esforzándose por construir un puente de comunicación entre los dos, le susurraba que muy pronto llegarían a su destino y que allí, sin que nada ni nadie los molestase, ella podría dormir en paz.

Por ende, más allá de la controversia que saltó a la palestra por el repentino acercamiento de Gohan con su novia, Shapner decidió establecer una tregua personal concentrándose primero en el bienestar de Videl. Asimismo, no queriendo lucir como un lisiado o un inútil, Shapner se esforzó sin considerar sus limitaciones haciendo todo lo posible por llevarla a su dormitorio.

Si bien el rubio comenzó la caminata regalándole frases de aliento, la reticencia con la cual Videl le correspondió fue un golpe muy duro para Shapner. Se suponía que hoy sería un día glorioso, un día que conmemoraría año tras año al señalarlo como el inicio de su relación. Pero, repitiéndose a sí mismo que no explotase, el rubio se tragó aquella desazón que impregnó su paladar.

Por consiguiente, guardándose sus energías para luego, el protagonismo se lo robó la mutua afonía que construyeron con cada paso que los acercó a su meta. El corredor, como si cobrara mente propia, aparentaba haberse alargado por lo interminable que los dos lo sintieron. Tal cosa, metafóricamente hablando, simbolizaba el distanciamiento que empezaba crecer entre ellos.

Pero Shapner, resistiéndose a aceptar aquel frío sentimiento, recordó el paseo que Mr. Satán le dio la noche anterior y se orientó gracias a sus recuerdos, tranquilizándose, profundamente, cuando vio la puerta de Videl a unos metros. Y en su superficie, escrito con elegantes letras doradas, el nombre de Videl señalaba el punto exacto que el dúo de jóvenes deseaba alcanzar.

Aún sin hablarse, como si una pared invisible se hubiese levantado para dividir su sendero, Shapner abrió el cerrojo observando la cama de Videl en una esquina. Ella, reconociendo el ambiente familiar que la abrazó, apretó su ritmo al mirar los suaves cojines que prometían hacerla olvidar los embrollos que, tanto directa como indirectamente, ella misma se encargó de edificar.

– Despacio, no te muevas muy deprisa o empeorarás el mareo–dándose cuenta de la súbita energía que Videl mostraba, Shapner intentó mantenerla a raya–acuéstate, no deben tardar mucho en traernos el hielo.

La vio caer rendida en el colchón como si pesase una tonelada; y enseguida, todavía sin que ella le hablara, Shapner se sentó a su izquierda desatándole las zapatillas que calzaba brindándole una pizca más de comodidad. El rubio, igualmente agotado, se quedó allí sentado analizando la manera correcta de tocar el tema que lo quemaba por dentro.

Volteándose, cambiando de posición, Shapner la admiró con una infinita devoción mientras reposaba con los ojos cerrados. Se veía agotada, sumamente cansada, tal visión reactivó su faceta más romántica dejándose hechizar por la delicada silueta de su musa. Era hermosa, era la criatura más bella que podía existir, nada en la vastedad del cosmos se atrevería a rivalizar con su belleza.

Ella, sin querer intentarlo, sin ni siquiera ser consciente de ello, lograba trastornar a su antojo los pensamientos de Shapner realizando proezas tan significativas; como, inclusive, borrar la imagen del Gran Saiyaman. Verla allí, descansando dócilmente, mirando como su pecho se contraía y expandía al respirar, le hacía jurar por todos los dioses del olimpo que nadie se la quitaría.

Lucharía por ella.

Pelearía por ella contra quién sea.

Combatiría por ella sin importarle las consecuencias.

Videl Satán era su ángel, su primer y único amor; ella era la fuerza que llenaba de vida su corazón. Y por esa razón, agrandando más su angustia, era que se negaba a renunciar a ella fácilmente. Primero acabaría con el maldito superhéroe que pisoteó su honor; más adelante, con él vencido, haría lo mismo con el entrometido de Gohan demostrándole que Videl era inalcanzable para él.

Así pues, con la sonrisa burlona de Gohan perforando su entrecejo, Shapner extendió una mano hacia Videl acariciando su larga y preciosa cabellera. Adoraba esos cabellos, le resultaban tiernos y sensuales a la vez, eran una obra de arte digna de cualquier relato medieval. Quizás muchos no lo entenderían; pero aquel peinado, en apariencia infantil, surtía un efecto muy poderoso en él.

Sin embargo, era una completa lástima que Videl no estuviese sintiendo lo mismo en ese instante. Por primera vez, desde que su calvario inició, las caricias y mimos de Shapner no provocaban aquel embrujo casi afrodisiaco que nublaba su juicio volviéndola una adicta a él. Por el contrario, al sentir los dedos de Shapner rozando su piel, lo único de deseaba era que la dejara sola.

Su cabeza ya estaba sobrecargada de problemas y conflictos, tantos que el rubio perdía terreno en ella sin que aún lo notase. Gohan, para bien y para mal, fue como la inyección de un potente antídoto que neutralizó la embriagante droga de Shapner que, en los últimos días, se había apoderado de su sistema convirtiéndola en una zombi sin voluntad propia.

Aunado a eso, y cobrando cada vez más vigor, el misterio que rodeaba a Gohan resucitó su antiguo afán por desenmascararlo, llegando, al extremo, de considerar la posibilidad de volver a abrir aquel viejo baúl, donde, prometiéndose a sí misma que jamás lo abriría, encerró el trozo de su alma que juró enarbolar por siempre el estandarte de la justicia.

Resultaba inevitable; pero cierto, la Videl que alguna vez sembró el terror en los criminales, empezaba a liberarse de su prisión. Y todo aquello, sin que la mismísima Videl acabase de creerlo, se desató debido a Gohan. Él, como si fuese un faro en medio de la noche, avistó su extraviada embarcación usando su luz para sacarla de aquella tormenta.

Los tres: Shapner, Gohan y Videl eran víctimas y victimarios a la vez. Los tres formaban una cadena de virtudes y errores al mantenerse unidos; aunque, llegada la hora, Videl tendría que tomar una decisión que podría alejarla de uno de ellos o de los dos.

– Lamento mucho interrumpirlos, pero la puerta está abierta y no pude anunciarme como es debido–llenando la habitación con su voz, una incómoda y apenada sirvienta los sobresaltó a ambos al interrumpir la endeble intimidad que compartían–aquí traigo el hielo para la señorita Videl que usted solicitó, joven Shapner.

Levantándose en menos de un parpadeo, el aludido balbuceó con torpeza al maldecir en su interior por no haber cerrado la puerta al entrar.

– No se disculpe, fue mi culpa que la puerta quedara abierta. Olvidé cerrarla–recobrando la compostura con prisa, Shapner le respondió a la criada al tomar su preciada encomienda–le agradezco muchísimo que haya traído el hielo tan rápido…

– Si necesitan algo más no dude en llamar, si lo considera necesario puedo pedirle al médico del señor Satán que venga a examinar a la señorita Videl…

– Muchas gracias por su amabilidad, si necesitamos algo se lo diré–mostrando buenos modales, Shapner no quería arruinar la agradable impresión que dejó ayer por la noche–y no se preocupe, el doctor de la escuela me aseguró que Videl se encuentra bien. Únicamente necesita descansar y estará como nueva mañana…

– Como usted diga, joven Shapner…–disponiéndose a retirarse, la sirvienta tomó el pomo de la puerta y comenzó a cerrarla con delicadeza.

– Antes de que se marche, quisiera pedirle un favor–deteniéndola cuando le faltaban ínfimos centímetros para marcharse, Shapner la detuvo con urgencia– ¿sería tan amable de avisarnos cuando Mr. Satán regrese a casa?

– Por supuesto que sí, les informaré cuando él haya regresado…

– Muchas gracias…

Viéndola partir, y sintiendo el frío del hielo congelando su mano, Shapner se prestó a accionar el cerrojo de la puerta cuando ésta se cerró. Ahora sí, sabiendo que tenía total privacidad con Videl, el rubio se dio la vuelta atestiguando como la ojiazul, con algunos movimientos pesados y lentos, se reubicaba bajo las mantas de la cama hundiéndose en la suavidad de sus almohadas.

Shapner, retomando su lugar en su lecho unos segundos más tarde, colocó con sumo cuidado la helada bolsa justamente en el sitio, donde, resaltando en el cuero cabelludo de Videl, se miraba la abultada hinchazón que era el epicentro de sus dolencias. Ella, en respuesta a su acción, soltó un quejido al estremecerse por la congelante sensación que recorrió su cráneo.

El rubio, habiendo sufrido muchas palizas en su carrera como boxeador, comprendía sin inconvenientes lo terriblemente doloroso que tal cosa constituía. Y si bien Videl dibujó varias muecas y gestos de dolor en su faz, Shapner no retiró aquel gélido paquete, conociendo, de antemano, los anestésicos y antinflamatorios frutos que dicho tratamiento era capaz de brindar.

– Sé que duele mucho, sé que es horrible pero te aseguro que el dolor pasará pronto–al verla apretar los dientes con furia, Shapner volvió a hablarle–sólo aguanta un poco y verás que el malestar disminuye…

– Siento que la cabeza se me parte en dos, es terrible…–al fin, diciéndole algo luego de una eternidad, Videl le replicó–no puedo creer que haya sido tan tonta para tropezar de esa manera tan estúpida…

– Videl, sé que no es el momento más apropiado pero quisiera preguntarte un par de cosas…

Quejándose, pero esta vez no por la jaqueca que la mermaba, Videl se mordió la lengua por haber hecho ese comentario, el cual, ofreciéndole la oportunidad idónea a Shapner para conversar al respecto, le dio vía libre al rubio para externarle las dudas que llevaba consigo. Por ende, soltando un largo suspiro, Videl aceptó su error viéndose obligada por las circunstancias.

– ¿Qué ocurre?

– ¿Estás segura que fue un simple tropezón? –interrogándola, Shapner le alegó–desde la distancia me pareció que Gohan fue el responsable de tu caída.

– Sí, sólo fue un tropezón–como lo sospechaba, el nombre de Gohan se filtró entre los labios de Shapner–iba corriendo muy deprisa, Gohan venía detrás de mí y no quería perder con él por eso intenté apretar el paso pero tropecé y terminé cayendo.

– Ya veo, de todos modos sigo pensando que el culpable es él por distraerte–no muy persuadido con su respuesta, Shapner no disimuló su apatía por el pelinegro–no era una carrera; se trataba de un ejercicio sencillo. No debió presionarte.

– No fue culpa de nadie, fue un accidente–sacando a relucir una muestra de su personalidad, Videl no se sentía de humor para buscarle responsables a una tontería que sólo acabaría siendo una anécdota sin importancia–así que no pienses mucho en lo que pasó, no vale la pena hacerlo.

– Bien, no hablaré más sobre eso; aunque sigo creyendo que Gohan te distrajo…–no queriendo provocar una confrontación, Shapner optó por pasar al segundo tema que lo inquietaba.

– ¿Por eso te molestaste con él en la enfermería? –Valiente, prefiriendo enfrentar ese detalle, Videl intuía que Shapner le hablaría al respecto–esa fue una pelea bastante tonta, debo decir.

– Fue Gohan quien provocó todo, últimamente se está comportando muy extraño–directo, sin rodeos, Shapner dio su opinión sobre su fugaz choque con Gohan dejando salir algunos celos–no me gusta nada que otro se esté metiendo en asuntos que no le corresponden, y muchísimo menos cuando esos asuntos involucran a mi novia…

Videl, guardando silencio, solamente se limitó a mirarlo fijamente al ver lo airado que él lucía.

– Tienes que comprenderme Videl, no fue nada agradable para mí entrar en la enfermería y descubrir que otro chico está a solas con mi novia–desahogándose, Shapner fue sincero con ella–además que la actitud entrometida de Gohan no ayudó en nada a enfriar mi temperamento. Ese tonto tuvo mucha suerte; si no tuviera lastimado uno de mis brazos, le hubiera destrozado el rostro.

Ella, girándose sobre sí misma, quedó cara a cara con Shapner quien prosiguió hablándole.

– Videl, mi amor, sé que no debí comportarme así tomando en cuenta lo que te ocurrió. Pero te lo repito, no me gustó nada ver a otro hombre tan cerca de ti–con cuidado, acercándose a ella, Shapner se reclinó sobre Videl mirándose fijamente entre sí–sabes lo mucho que te amo, estoy loco por ti. Simplemente perdí la cabeza, te prometo que no volverá a suceder. Por favor, te pido que me perdones…

– Está bien, tranquilo. Olvidemos lo que pasó.

– Quiero que seamos felices, quiero hacerte feliz, quiero que estemos juntos para siempre…–suplicante, casi como si fuese la última vez que se hablarían, Shapner exhibió una faceta más dócil poco usual en él–la sola idea de perderte me enloquece, de sólo pensarlo me lleno de celos; no podría vivir sin ti…

Sorprendida, pensando que todo había salido mucho mejor de lo que creía, Videl no se imaginaba que aquello no era más que la punta del iceberg. Shapner, dispuesto a dar su vida en una lucha suicida donde las apuestas se volcaban en su contra, reprimió todo el enojo que se apoderó de su cordura prefiriendo verse más apacible y sereno con Videl.

Ayer por la noche, muy claramente, Mr. Satán le pidió que no le dijera nada a Videl sobre su plan para acabar con el Gran Saiyaman. Por ello, engañándola con su falsa tranquilidad, el rubio se esforzó por relajar sus tensas facciones obsequiándole una de aquellas sonrisas galantes que, enloqueciendo a las muchísimas chicas de la preparatoria, eran su sello más distintivo.

Mintiéndose mutuamente, Shapner escondiendo su rabia y Videl ocultando su latente desencanto por él, los dos continuaron con su juego de aparentar ser la pareja más perfecta del mundo.

– Hoy fue un día muy raro y fuera de lo ordinario, lo mejor será que los dos lo olvidemos–siendo su turno para decir algo, Videl intentó mantener aquel ambiente de paz aunque para lograrlo necesitase una hermosa mentira–te aseguro que esta será la última vez que hablemos sobre Gohan, lo que ocurrió hoy fue una mera casualidad.

Si bien le costó mucho trabajo hacerlo, Videl le obsequió un rostro amable esperando que Shapner se tragara su pantomima y diese la charla por concluida. Deseaba lucir un aspecto más saludable para que así, al creer que se encontraba bien, él se marchara y le permitiese reacomodar sus pensamientos. Necesitaba tiempo a solas, necesitaba hallar la respuesta a una valiosa pregunta:

¿Aún podía retroceder sobre sus pasos o ya era demasiado tarde para arrepentirse?

Shapner, por su parte, no le contestó con palabras. Para él, ya habían hablado suficiente. Meramente hizo lo que muchas veces en el pasado imaginó, le retiró algunos mechones negros de su faz mientras le acariciaba una mejilla con un pulgar. Y así, luego de susurrarle un "te amo", la besó con ímpetu haciendo que ella se hundiera en su cojín sin renunciar a soltar sus labios.

El rubio, entretanto seguía besándola, sabía que lo dicho por Videl no era verdad. Gohan era como una astilla en su mente, una astilla que se incrustaba más y más al recordar la mirada que vio en él. Shapner, sin temor a equivocarse, estaba convencido que Gohan pretendía arrebatarle a Videl. Sus instintos de hombre se lo decían, su mujer era codiciada por otro frente a sus narices.

Y tal sentimiento de ira, manifestándose en la intensidad de su beso, fue un intento por dejar una marca en Videl que reafirmara que le pertenecía. Ella era suya por derecho, él se ganó su mano después de años de tentativas fallidas y sueños rotos. Con eso motivándolo y exacerbándolo, siguió demostrándole cuánto la amaba como si el mismísimo Gohan pudiera verlos.

Pero sin que lo supiese, sin que lo sospechase, Gohan hacía algo parecido justo en ese instante. Arriba, en lo más alto del cielo, flotando por encima de la mansión Satán, el Gran Saiyaman mantenía sus ojos cerrados al percibir el ki de Shapner y Videl muy cerca uno del otro. No era capaz de ver a través de las paredes; no obstante, su imaginación se encargó del resto.

Apretando los puños, escuchando como la tela de sus guantes crujía, Gohan se vio muy tentado a destrozar el techo y hacer acto de presencia. Estuvo a unos segundos de hacerlo; sin embargo, haciéndole soltar una sonora blasfemia, el inconfundible sonido de las sirenas policiales zumbaron en sus oídos recordándole la plaga criminal que nunca descansaba en la ciudad.

Sin más alternativas se marchó volando; aún así, sin olvidarse de ellos, se le ocurrió una idea que lo llevó a dibujar una sonrisa idéntica a la de Vegeta. Antes de enfrentar a Shapner le devolvería el brazo que perdió. Y así, cuando estuviese completo, cuando se sintiese seguro de sí mismo, le arrebataría absolutamente todo.

Aquello resultaba curioso, Van Zant y Mr. Satán planeaban hacerle lo mismo a él.

Fin Capítulo Veintidós

Hola, muchas gracias por leer, espero que les haya gustado el capítulo. No saben cuánto envidio a otros autores que pueden actualizar sus fics semanalmente, yo desearía poder hacer lo mismo que ellos pero me resulta imposible. El tiempo se ha volcado en mi contra, cuando me meto de lleno en los eventos de la historia el trabajo me obliga a detenerme para que me enfoque en él.

Esta historia nació en el 2015, ya estamos en el 2019 y todavía no he podido terminarla. No he logrado avanzar con el ritmo y la velocidad que yo desearía, por eso reitero mi envidia para quienes pueden actualizar sus historias muchísimo más rápido que yo. Disculpen que divague un poco, pero tardar tantos años en terminar un fic me resulta muy frustrante.

Como pequeño detalle final, les comento que la última escena donde las mentiras entre Videl y Shapner se hicieron más grandes, la escribí escuchando otro de mis soundtracks favoritos; si desean escucharlo, búsquenlo en You Tube con este nombre: Batman v Superman - Beautiful Lie.

Antes de irme, les doy las gracias a Saremi-San 02, Lupis OrSa, El Calabazo, Salamander's eye, SViMarcy, Cecick C. Iugetsoiru y a Guest por sus comentarios en el capítulo anterior. Gracias por leer y hasta la próxima.