Código Guardianes

Capitulo 95

Nota de autor: Para identificar a cada personaje, pondré un 910 o 911 entre paréntesis para identificar si es uno de los Guerreros o uno de los Guardianes, respectivamente.

El próximo capítulo, el 96, será el especial de nochevieja del 31 de Diciembre, que, como cada año, conmemora el aniversario del fic (4 años) y el cual, como es habitual, no supone un adelanto en la trama.

Los guardianes llegaron a los pocos minutos a la dimensión de la hechicera una vez que esta les avisó de lo sucedido, pero tan sólo les dijo que había un problema grave, sin entrar en detalles. No quería preocuparles en exceso antes de contarles la noticia bomba, sobretodo a las hermanas de Asmara. Tenían un verdadero problema en esa ocasión, y es que el alma de la recién difunta Atenea estaba atrapada en el Infierno, y, según lo dicho por Jhonny, llevaba allí unos tres años. Eso era imposible, pero la única explicación posible a ello era que el tiempo avanzaba a un ritmo diferente en la Tierra. Precisamente Jamily estaba ocupada revisando a toda prisa un libro de su estantería, cuando el grupo apareció por la puerta. Estos se dieron cuenta de que algo malo pasaba cuando vieron la expresión de su rostro.

-¿Que sucede? Nos llamaste muy preocupada- preguntó Yumi. La mayor simplemente les pidió a todos entrar con un gesto, y procedió a sentarse.

-Iré sin rodeos: Atenea está siendo torturada en el Infierno- dijo. Todos la miraron sin saber muy bien como reaccionar, estaban blancos.

Algunos simplemente la miraban sin hacer un sólo gesto, otros abrían y cerraban constantemente la boca sin llegar a decir nada, pero las reacciones más intensas vinieron de las hermanas menores de Asmae. Estas estaban temblando, a punto de estallar, pero Jamily siguió hablando.

-Esto no es lo único, parece ser que el arcángel Miguel ha contactado con Asmae y le ha dicho que ella es su recipiente, cosa que, sin ninguna duda, no presagia nada bueno- aseguró.

-¿Co-cómo que su recipiente? ¿A que puñetas se refiere?- preguntó Electra, sin entender nada. Nadie le supo responder.

-Yo tampoco sé que significa, pero que un ser como él se haya dignado a hablarle a una mujer como yo, que al fin y al cabo no tengo poderes ni nada que me haga... digamos, especial, no deja de ser curioso- comentó la aludida.

Se produjo un silencio tras esto, que fue roto tras varios minutos en los que sólo se oían las respiraciones de los presentes por Percy.

-Yo sí sé que hacer: asaltar el Infierno y sacar a la Reina de allí- dijo este, con determinación.

Muchos de los Guardianes asintieron sin dudar, pero Asmeya les paró los pies rápidamente- No sabemos que clase de seres hay ahí abajo, pero no creo que sean nada agradables- les dijo- Y dudo que vuestra presencia pase inadvertida, en cuanto entréis todos los demonios del Infierno se os echaran al cuello como alimañas salvajes- añadió seria.

-¡Puede, pero no la podemos abandonar así como así!- exclamó Ulrich, su energía empezaba a rodearle.

Buena parte de los Guardianes asintieron ante las palabras del Guardián del fuego- Supongamos que la rescatáis y que por un milagro divino todos salís vivos, ¿que haréis con su alma?- les espetó la aelida.

Ante eso Ulrich se cayó, con el ceño fruncido. Era un punto a considerar, desde luego- Gamma ha asegurado que están tratando de corromper el alma de la reina, si eso es verdad, no sé que oscuras intenciones tendrán, pero no quiero dejar que lo logren- les aseguró.

Tras eso, la mujer sólo suspiró- No sé si creerle o no, no sería la primera vez que nos traiciona, pero al menos él no intentó matar a Jhonny- dijo.

Los Guardianes se miraron entre ellos con evidente sorpresa- ¿A que te refieres?- inquirió sin entender William.

La hechicera procedió entonces a contarles lo que había pasado con Azrael, Jhonny y Seriel. Cuando contó que el ángel intentó matar al joven, todos se miraron con sorpresa, que pronto dejó pasar a la ira. Una vez más, les habían traicionado de mala manera.

-De todas formas... noté algo raro en él. Sus ojos... eran diferentes- les aseguró el pelirrojo- ¡No le defiendas! ¡Trato de matarte!- le dijo Patrick, con evidente molestia.

-Lo sé, pero, ¿que pretendéis que hagamos?- preguntó. Ninguno supo dar una respuesta adecuada. Entonces el reloj sonó, era tarde ya, debían volver a la academia para la cena. Se marcharon de allí en silencio, pero con una idea clara en sus mentes. Una vez que habían salido de la dimensión de la hechicera, llegaron de nuevo a Kadic, y, nada más entrar en el bosque, se colocaron en circulo.

-Me da igual lo que diga mi hermana- dijo Aelita seria- Vamos a bajar al maldito Infierno y vamos a salvar a mamá, ¿alguien en contra?- preguntó.

Ella notaba nerviosismo en los miembros más jóvenes- Entiendo vuestro miedo, pero la Reina hizo mucho por nosotros, es nuestro deber, además, igual hasta logramos sacar cosas en claro del enemigo a batir- Hiroky dio un paso al frente.

-Nosotros... bueno...- miró a Jhonny, Milly y Tamiya, no sabía si tenía su consentimiento para hablar en su nombre pero estos asintieron en conformidad- No sabemos si es buena idea que nosotros bajemos también. Apenas controlamos nuestros poderes, y...- según hablaba, Marin les restó importancia con un gesto.

-Tenéis miedo, es normal- aseguró la chica- Nosotros también, y no os tendremos rencor por ello- les aseguró.

Algunos de los otros Guardianes simplemente bufaron un poco, pero no dijeron nada. En el fondo era verdad, pero debían reconocer que no sería buena idea obligarles, aunque les vendría bien cuantas más manos mejor, sobretodo de Jhonny.

-No os preocupéis, tenemos un as bajo la manga- Asmae sacó entonces un objeto de su chaqueta.

Se trataba del cuerno de un carnero de un metro de largo, con una curvatura bastante pronunciada, pero eso no era lo más llamativo del mismo. Tenía letras que ninguno de ellos sabía leer, aunque a Jhonny le resultaban extrañamente familiares.

-El cuerno del arcángel Gabriel- anunció- Con él, seremos capaces de invocar una fuerza tan poderosa, que hasta los demonios más fuertes se verán obligados a batirse en retirada- les aseguró.

-No deberíamos usarlo, si lo tocamos tres veces, empezará el Apocalipsis- dijo William, recordando las palabras del arcángel. (1)

-Sólo será en caso de emergencia, lógicamente si no lo usamos mejor, pero ya que nos vamos a meter directos a la boca del lobo... mejor ir preparados- respondió la pelirosa.

Ninguno estaba con ganas de bajar al Infierno, pero debían hacerlo. No podían tolerar que la Reina sufriera las torturas de los demonios por toda la eternidad, y menos para que la querían pervertir. La razón de que hubiera acabo ahí la desconocían, no comprendían qué ganaba el enemigo teniendo allí secuestrada un alma habiendo millones por toda la realidad que se merecían mucho más las torturas que Atenea... Claro que pensándolo eran demonios, seguramente el hecho de desollar almas les divertía más que otra cosa en el mundo.

-Vosotros si no queréis venir al menos guardadnos las espaldas si preguntan por nosotros- les pidió Electra, mientras hacía girar su martillo a toda velocidad, dispuesta a salir volando de allí.

Todos la imitaron, y, sin que nadie evitara lo contrario, salieron volando a la velocidad de la luz, dirección al hogar de los seres más despreciables de la Creación.

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Tras dar vueltas por el cielo, se dieron cuenta de que no tenían ni idea de como entrar al Infierno. Ese era un punto importante en su plan, algo que parecía una tontería, pero que era imprescindible para el normal desarrollo de la misión. Cabreados, tuvieron que hacer una parada en un prado que habían visto por las cercanías. Para ese momento era la decimosexta vez que le habían dado una vuelta a la Tierra, y se encontraban, según los cálculos de Jeremy y una valla publicitaria, en Hungría.

-Tendríamos que haber previsto esto...- masculló Odd, mientras andaba un poco por el prado.

Era extenso y de hierva verde, con campos de cultivos al fondo, y, al este, una arboleda con una pequeña edificación. Al oeste, un pequeño pueblo se erigía, con construcciones de piedra y madera, y, como edificio más destacada, una iglesia típica protestante, con altos muros y no muy decorada por fuera, con alguna que otra vidriera con imágenes de santos.

-Podríamos preguntar si por aquí han visto algo raro... ¡joder, yo que sé!- exclamó enfadada Aurora.

Algunos la miraron con sorpresa, pero no dijeron nada, algunas veces le pasaba desde que se pasaba el día con Electra. Decidieron andar en dirección al pueblo cercano, esperando encontrar alguna señal de lo que debían hacer. Desde allí podían ver como algunas casas tenían las ventanas iluminadas, señal de que había gente dentro, aunque seguramente el número de habitantes de la villa no llegara ni al millar. Al ser de noche no había casi nadie en los campos, más que algún que otro trabajador que estaba acabando de recoger los aperos en sus máquinas de trabajo y graneros. No había nada que indicara que aquel sitio fuera especial en ningún sentido hasta que vieron a un par de agricultores discutir a la entrada de una de las parcelas. Uno de ellos parecía especialmente agitado.

-¡En cuanto les vea les pegaré un tiro en mitad de la frente!- bramó, con los brazos en alto y la cara roja del enfado.

Su compañero intentó relajarle- No servirá de nada Iván, esos bichos salen de hasta bajo las piedras, y el señor cura ha dicho que es mejor que dejemos al forastero ocuparse- dijo el otro. El tal Iván sólo bufó como si fuera un toro.

-No me fio de ese hombre , más parece un picapleitos saca cuartos que un cazador de alimañas raras- gruñó- ¡Se pasa más días en la barra del bar que recorriendo los campos!- dijo, aporreando el capó del tractor que estaba junto a ellos.

Según ambos personajes hablaban, los chicos supieron que habían dado con el sitio adecuado. Cosas raras que pasaban, un cura, y un supuesto cazador con tareas pendientes y con problemas con la bebida. Perfecto. Decidieron moverse sin que les vieran, y corrieron a velocidad luz hasta el pueblo. En apenas unos instantes estaban de pie ante las puertas de la parroquia local. Percy colocó las manos en la cerradura del edificio, y entraron sin demasiados problemas al interior. Este era un espacio amplio, con altas paredes de piedra y alguna que otra vidriera, con el techo de madera y el suelo cubierto por grandes baldosas de caliza. Varias filas de banco les separaban del altar, cuya una decoración era un pequeño retablo con la imagen de la virgen local y poco más.

-¿Sabemos que podemos estar buscando?- comentó Odd tras un par de minutos revisando el interior.

Jeremy le contestó- Algo que nos pueda decir por qué el cura de aquí ha traído a un cazador, y por qué no fue el alcalde, por ejemplo- comentó, mientras acariciaba una puerta lateral.

Suponía que era la sacristía, y supuso bien, ya que en cuanto Percy la abrió, pudieron ver el despacho en el que el ministro de culto local se preparaba antes de cada ceremonia. Se acercaron a la mesa, que era prácticamente el único mueble de la estancia, y vieron varios papeles desperdigados. Entre actas de bodas y de bautizos, vieron una nota con un número de teléfono, y al lado un nombre. Escrito en una hermosa caligrafía, Karl aparecía en negrita y rodeado por un círculo en fosforito.

-Este Karl debe de ser el famoso cazador que antes comentaban aquellos hombres- comentó Susan. Entonces Sam le echó una foto a la nota, y salieron de allí dispuestos a encontrar el lugar que parecía que aquel hombre más frecuentaba: la taberna.

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No tardaron mucho en encontrarla. Sobre todo por la fuerte discusión y los gritos acalorados que de ella salían, en contraste con el recatado silencio del resto del municipio. Para no llamar la atención, decidieron que sólo uno entraría, por que un grupo de veinte chavales debía ser muy evidente, más si se presentaban ya de noche, y en un pueblo apartado de toda civilización. La persona elegida resultó ser Nicolás, que se colocó una mochila a la espalda para hacerse pasar por un, valga la redundancia, mochilero. Cuando estuvo preparado, entró al bar, mientras las voces de dentro no dejaban de aumentar. Lo que el chico no se esperaba es que nadie le prestara atención al entrar, pues estaban demasiado ocupados discutiendo.

-¡Deja de beber, puñetero borracho, y saca a esas bestias de nuestros campos!- gritaba alguien desde un lateral. Sin duda se dirigía a un tipo sentado en la barra, que tenía una jarra de cerveza en la mano, y no contaba con un aspecto demasiado bueno en ese momento.

Era grande como una montaña, con barba espesa negra, ojos oscuros, y la piel blanca, pero enrojecida debido a la toma de alcohol. Además, en sus ojos se notaba la chispa de la borrachera, pero sobre todo en que arrastraba las palabras como si cada una pesara diez toneladas. Todo empeoraba cuando se veía que sus músculos debían de estar hechos de acero para barcos, pues eran grandes y voluminosos en la zona del pecho y brazos, aunque sus piernas, dos grandes columnas, no se quedaban atrás.

-¡C-cómo me vuelvas a-a decir que hacer, pu-pu...- antes de seguir hablando le dio otro sorbo largo a su bebida- puñet-ero enaño, te me-metto la man-no por la gargancha y te sa-saco las tripas!- gritó, colérico, mientras golpeaba la mesa reiteradas veces con la jarra que tenía en la mano.

El tabernero, temiendo que fuera a romper el cristal, colocó al segundo golpe un trozo de tela que al menos amortiguaba los golpes, pero el otro no pareció darse cuenta hasta que apoyó la jarra y casi se le cae el liquido al suelo. Nico entonces se colocó en una esquina del bar, dispuesto a ser testigo de lo que pintaba ser una pelea entre el forastero y el resto de la cantina, hasta que oyeron un siniestro aullido en la lejanía. Todos, menos el gigantón, se encogieron asustados en su sitio. Este sólo apuró lo que quedaba de bebida, se colocó su bolsa al hombro, y salió tambaleándose, amenazando con caerse varias veces, aunque milagrosamente se lograba agarrar a algo para evitar caerse al suelo.

Nico se sintió tentado a seguirle, pues a los pocos segundos del primer aullido, un segundo retumbó por todas partes, y tras este, varios más. Estos se sintieron peligrosamente cerca, y el chico jamás había oído un grito semejante antes. Parecía como recién salido del... Infierno. Rápidamente salió corriendo de allí, y vio al resto como miraba algo atónitos. Cuando siguió con la vista la dirección en la que el resto estaba orientados comprendió su sorpresa. El tipo, anteriormente borracho, ahora manejaba con inusitada facilidad un enorme rifle de doble cámara, el cual había sacado del maletero de un todoterreno lo suficientemente grande como para que cupiera en el un elefante. Lo cargó con varias balas y se lo colocó en la espalda, para después ajustarse un cinturón al pantalón, donde reposaban en sus respectivas fundas varias espadas largas como las piernas de cualquiera de ellos. Tras coger varias armas más, ninguna de ellas de tamaño menor al de una extremidad humana, se dirigió con paso firme a las entradas de la plaza en la que se situaba el bar, y comenzó a soltar una sustancia en el suelo, creando una gruesa línea, de aproximadamente un cuerpo humano de ancho, que llegaba de extremo a extremo de la calle en cuestión. Repitió el proceso con cada entrada, mientras gruñía cosas que ninguno de ellos pudo entender, pero suponían que eran toda clase de maldiciones que harían sonrojar al más duro de los marineros.

-¡VENID AQUÍ, BICHOS DEL INFIERNO!- vociferó, tras acabar la operación, y cargó sus diversas armas de fuego.

Un aullido, idéntico al que se oyó minutos antes, se escuchó a apenas unos doscientos metros. Esta vez iba acompañado de rugidos y gruñidos, como si se trataran de varias fieras, cada una peor que la anterior. Y no era lo único: al poco les llegó el aroma de lo que quiera que viniera, y no podía ser más desagradable, pues era una combinación de azufre y perro.

-¡Mirad!- gritó Marin, señalando a la calle en frente de ellos. Cuando todos se fijaron, vieron un total de tres pares de brillantes ojos rojos, acompañados de gruñidos y ladridos. Odd se puso tenso.

-No son ni lobos, ni nada que se le parezca...- murmuró, mientras se colocaba a cuatro patas y se le erizaba el cabello.

Todos le miraron con sorpresa, no le veían ponerse así a menudo. El cazador, pese a que les había visto en cuanto había salido, no les había dirigido la palabra, hasta ese instante.

-Son infernalis canem, perros del infierno- gruñó el hombre- Normal que vuestro amigo no los reconozca- añadió.

-El como esos monstruos andan deambulando por aquí no lo sé, pero lo que sé es que me voy a hacer unas bonitas botas y chaqueta con sus pieles- continuó. El grupo le observó con confusión, y este sólo chasqueó la lengua.

-Si estáis aquí aún es o por que sois unos puñeteros inconscientes, o es que venís a ayudar- les dijo, ante las miradas de los Guardianes.

-¿Es usted Karl, verdad?- preguntó entonces Herb. El aludido asintió- Me dedico a cazar... cosas que no todos se atreven a cazar. Ákos, el cura, me llamó alarmado por las bestias que últimamente pululaban por aquí. Le dije que yo no cazaba chuchos pulgosos, pero... cuando me mandó una foto de uno de esos bichos, me convenció- les aseguró.

Entonces, a modo de advertencia, disparó una bala a los pies de las criaturas, que dieron un salto algo asustadas y le gruñeron y aullaron, furiosas.

-En condiciones normales un ser humano no sería capaz de verlos, pero estos se dejan ver deliberadamente. Y lo más raro de todo, se supone que estas bestias se quedan siempre a la vera de algún demonio, y no he visto ninguno por aquí- les informó Karl.

Entonces, e inesperadamente, los perros del infierno se envalentonaron y corrieron hasta el límite de la calle, parándose justo en la línea que el cazador había colocando al final de la misma. Los tres animales eran cada uno del tamaño de un coche, su pelaje era negro, y sus ojos eran rojo sangre. Sus colmillos eran enormes, cada uno de fácil veinte centímetros, y su boca contaba con cuatro dientes de sable, siendo sus otros dientes de un tamaño más normal. Sus enormes zarpas no mostraban sus garras, pero Odd podía notar que tras la piel de sus dedos se escondían unas hojas grandes como el dedo índice de un hombre adulto.

-¿Por que no vienen a por nosotros?- se preguntó Sissi entonces. El cazador señaló la línea del suelo- La sal detiene a todos los seres que viven en el Infierno, no me preguntéis el motivo- respondió.

Los perros infernales gruñeron y se lanzaban contra una pared invisible. Cada vez que la golpeaban con sus cuerpos, la línea de sal se iba moviendo, y la propia barrera que les separaba de los animales se iba debilitando. Antes de que nadie pudiera decir algo, Karl se lanzó, gritando como un loco, contra los seres, portando dos espadas en las manos.

Los Guardianes observaron con asombro como luchaba fieramente contra los monstruos, cada uno casi tan grandes como él, aunque los más sorprendente es que fuera capaz de hacerles frente pese a la borrachera que debía llevar encima. O eso, o era muy buen actor. El estupor inicial fue sustituido en pocos segundos por un grito conjunto de combate, y cuatro de los presentes corrieron en dirección a la batalla. Percy sacó su hacha, Jeremy su tridente, Sam su lanza, y Asmae su espada. Los dos chicos lucharon cada uno contra uno de los seres, mientras que las chicas placaban al tercero, dando así a Karl un margen para recuperar el aliento. Este miró con sorpresa como unas chicas tan, en apariencia al menos, menudas como ellas lograban lanzar a un animal de ese tamaño y fuerza contra la pared. Más se sorprendió al ver como Sam empalaba al animal con su lanza como si fuera un ratón, y como el arma atravesaba al ser de lado a lado. Se giró, y vio como Percy decapitaba a otro, y también comprobó que Jeremy hería con su tridente al último espécimen.

-No está mal, para unos críos...- comentó, mientras se acercaba a los montículos de polvo, que anteriormente habían sido las bestias que estaban amenazado a aquel pueblo. Los recogió con una pequeña pala, y los metió en una bolsa, que se guardó en su chaqueta.

-Gracias, supongo. Aunque lo tenía todo controlado- dijo, tras recoger en silencio sus armas de nuevo en el vehículo. Yumi intencionadamente tocó su brazo derecho, y este gruñó, con una mueca.

-Dejame curarte- pidió. Karl la miró, con desconfianza. Ella poco a poco le retiró la manga, y vieron un enorme moratón tras la ropa, provocado sin duda por los golpes recibidos.

Yumi, entonces, iluminó ligeramente la mano de su energía, y el moratón desapareció casi de inmediato. Karl, lejos de verse sorprendido, simplemente agradeció con un gesto lo hecho por la japonesa.

-¿No te sorprende?- preguntó Aelita curiosa, aunque el hombre negó- En este mundo hay magia, dioses, monstruos y seres fantásticos de todo tipo, y yo he visto de todo- respondió.

-No es la primera vez que veo a gente con poderes mágicos, ya sea de combate o curativos, así que no es nada nuevo- añadió, mientras abría el coche, tras lo cual arrancó. Bajó la ventanilla, y se inclinó para poder hablar con los chicos.

-Esto no ha acabo aún, Voy a dedicarme a investigar de donde salieron esas bestias. Según me han dicho los locales, la primera vez que les vieron fue en una montaña cercana, en una zona con ruinas romanas. Está aquí cerca, os puedo acercar- dijo.

Los chicos se miraron- ¿No es demasiado pequeño tu coche?- preguntó Ulrich. Karl le miró serio- Montad, anda- ordenó, mientras abría la puerta- No sois los únicos que saben de magia, niños- les espetó, mientras uno a uno entraba en el vehículo.

Sorprendentemente cupieron todos sin problemas, y hasta tenían espacio para sentarse sin estar apretujados. Obviamente el interior era mucho más grande que el exterior, seguramente usando la magia, pues vieron varios símbolos brillantes por las paredes, techo y suelo. Los sillones estaban colocados formando un cuadrado, como si fuera el interior de una limusina, siendo el único lado sin puestos la parte que daba a las puertas del coche. Karl les miró usando el reflejo del espejo retrovisor.

-Os lo dije, no habría problemas- gruñó, mientras comenzaba a conducir. Pese a que apenas unos minutos antes aquel hombre se estaba tambaleando, sus reflejos estaban al cien por cien, e incluso eran superiores a los de una persona normal, ya que apenas había usado las luces del coche, e iba a toda velocidad por los caminos de tierra como si estuviera en una autovía.

-Imagino que usaste magia curativa sobre ti mismo- comentó al poco de salir Noelia- Por que jamás había visto a nadie recuperarse de esa manera de una borrachera- aseguró la chica perro.

El aludido se rió sonoramente- ¡Soy un berserker, puedo beber cuanto quiera, que al poco estoy fresco como una rosa, chiquilla!- aseguró. (2)

Entonces, les mostró un tatuaje en su brazo derecho. Este era una línea que giraba en ángulos de 45º sobre si misma, formando un total de tres triángulos, y que formaban así un dibujo sin extremos.

-Este es el símbolo del dios nórdico Odin- les informó- Cada berserker está bajo la protección de un dios, normalmente un Aesir, como es mi caso, y luchamos en su nombre y bajo sus ordenes- dijo – Normalmente es el dios el que elije a sus berserker, así que para mi es un honor que Odin me eligiera- dijo, contento. (3)

-¿Entonces te mandó ese dios aquí?- preguntó Patrick, y Karl asintió. Entonces sonrió al ver como aparecía al fondo unas ruinas de un templo.

Este estaba medio derruido, con parte de las paredes caídas y las columnas sin sostener ningún tipo de techo. Del interior lo poco que se conservaba era un altar de mármol con una larga grieta al medio, pero no llegaba a partir a la mitad la mesa ceremonial. Al otro lado, en la única parte del edificio que se conservaba completo, había el contorno de una puerta, formada por ladrillos que sobresalían de la pared, y cuya forma era la de una U invertida.

-Yo no veo nada raro por aquí...- comentó William, mientras Aelita lanzaba una esfera de luz al aire para poder ver en la estancia.

-Las apariencias engañan, fijaos en la puerta- dijo Karl, serio, señalando la misma. Fijándose mejor, vieron que había talladas unas letras. Aelita hizo que la esfera de luz volara hacia lo escrito para poder leer apropiadamente lo que ponía.

-Portae inferni, las puertas del infierno... - leyó Noelia, con el ceño ligeramente fruncido.

-¿En serio creéis que...?- preguntó entonces Electra, para nadie en particular.

Karl entonces dio varios pasos al frente, colocándose por delante del resto de Guardianes- Sin duda es aquí, chicos- gruñó el hombre, mientras apretaba sus puños y se formaba en sus labios una ligera sonrisa de victoria

-¿Y ahora que hacemos?- preguntó Susan. El rostro del berserker se ensombreció ligeramente- Entraré y las cerraré por dentro con unos sellos mágicos, mientras vosotros hacéis lo mismo en este lado- ninguno de los chicos pareció muy conforme con eso.

-Tenemos una misión en el Infierno, si esta es de verdad una puerta que conduce al interior, nos gustaría aprovechar esta oportunidad- le contó Electra- Así que seremos nosotros los que cerremos la puerta por dentro- le aseguró.

Karl no parecía muy convencido, mandar a unos críos al mismo Infierno no es algo que un guerrero de los dioses con honor como él deban hacer.

-Os advierto que una vez que se cierren esta puerta ya no podréis huir por ella, y tendréis que encontrar otra puerta para poder salir- los chicos asintieron ante esa información, dispuestos a no amilanarse.

Dicho eso, Karl les escribió el conjuro que debían recitar una vez que estuvieran dentro, y les dio las indicaciones posteriores. Debían cortarse ligeramente la palma de la mano, y con la sangre que saliera, debían realizar un dibujo, que él mismo reprodujo tras los versos. Se trataba de una estrella de cinco puntas hecha con un único trazo, con un círculo cuya cara interna tocaba todas las puntas de la estrella. En el pentágono interno de la estrella, se encontraba el contorno de una cerradura.

-Los demonios seguramente noten que habéis entrado, así que daos prisa y procurad que no os vean ni sientan- pidió Karl.

Sería Sam la que le restara importancia- Nos hemos visto con esos ojos negros en más de una ocasión, así que no hay problema- aseguró la morena.

-Seguramente si no nos vieras capaces de hacerlo no nos dejarías entrar, ¿verdad?- le preguntó Sissi, a lo que el otro asintió.

-Si podéis luchar así contra tres perros del infierno, imagino que podréis salir con vida de aquel sitio- comentó, aunque no se le veía totalmente convencido.

Antes de que se pudiera arrepentir, cogieron el papel con los cánticos y el dibujo, y se colocaron ante la puerta en la pared. Tras una mirada fugaz hacia atrás, fueron entrando por el portal en dirección al Infierno, deseando no tener que arrepentirse de eso. La única que se quedó atrás fue Noelia, que no contaba con los poderes necesarios para poder defenderse apropiadamente.

En cuanto el último pasó, Karl se dispuso a hacer su parte. Empezó a recitar en un perfecto latín a oídos de la chica, y, tras unos cortos versos, se hizo un corte en la mano con un cuchillito, y comenzó a pintar en la pared con su sangre el dibujo que les enseñó a los Guardianes. Una vez que acabó, la sangre comenzó a brillar de un tono naranja, y el berserker sonrió satisfecho.

-Mi parte está hecha. Lo único que debemos esperar ahora es que ellos puedan hacer lo mismo al otro lado. Lo sabremos cuando el dibujo brille en color oro- aseguró.

Noelia meneó el rabo de lado a lado, curiosa- ¿Y si se borra?- preguntó ella, pero el otro negó- Una vez que ambas partes se cierren, el dibujo se hundirá en la pared, y yo no me pienso mover de aquí hasta que eso pase- aseguró.

La chica asintió, y rezó por que todos volvieran sanos y salvos. Nada les prepararía para lo que iba a venir.

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Nada más entrar, el olor del azufre inundó las fosas nasales de los chicos, aunque no hacía un calor extremo, como se esperaban, pero sí que la temperatura del Infierno era como la de una tarde de verano al sol. El pasillo en el que aparecieron estaba iluminado con rocas brillantes localizadas en paredes y techo, y le daban un tono rojizo a la estancia.

-Lo primero sería cerrar la puerta- comentó Aelita, mientras se rodeaba de su energía, y hacía aparecer su armadura y su escudo, lista para combatir.

El resto de sus compañeros la imitaron, y fue Percy el que se hizo un corte en la mano, tras lo cual, Yumi comenzó a cantar el salmo, pero fue cortada por una risa nada más acabar el primer verso.

-¡Mira lo que ha traído el portal a mi guarida!- gritó encantado un demonio. Este tenía forma humanoide y un cuerpo de un tono gris, con ojos de un brillante color gris. Sus brazos eran largos y finos, pero sus garras oscuras eran aterradoras. No contaba con facciones, siendo un ente totalmente negro.

-Será un honor para mí matar a los Guardianes aquí, en mi propio hogar- rió, mientras elevaba su energía. Era sin duda mucho más poderoso que sus compañeros de ojos negros, y eso puso nervioso a los chicos.

Sin mediar más palabras, se lanzó a por los chicos a toda velocidad, dispuesto a matarles.

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Este capitulo es cronológicamente anterior al de la boda, pero creo que queda claro. Serán varios más los que estén antes en cuanto al momento temporal.

(1) Para recordar, ver capítulo 90

(2) Los berserker eran guerreros de élite nórdicos que tenían la habilidad de ser grandes e invencibles guerreros mitológicos. Existieron de verdad, y para entrar en trance solían beber sopas hechas a base de plantas alucinógenas, que les proporcionaban un estado temporal de salvajismo puro, durante el cual gritaban y se comportaban con violencia, siendo por ello muy temidos y respetados por los europeos de la época. Solían vestir con pieles de oso y lobo.

(3) Los dioses nórdicos se pueden dividir en dos grupos, los Aesir eran dioses guerreros, como Thor, Odin o Loki. El otro grupo son los Vanir, dioses de la naturaleza, como Frey o Freyja.

Bien, ¿Qué os parece? ¿Os gusta? Como siempre, comentad, decid que os gusta y que no etc... Para acabar , me despido, hasta la próxima , y que la inspiración os acompañe. Código Lyoko ni ninguno de sus personajes me pertenece, así como Susan que pertenece a Doctor Who.