Disclaimer: Ni Dragon Ball ni sus personajes me pertenecen.

Capítulo 23

Inquieto, jugueteando con un lápiz entre sus dedos, Gohan no le quitaba la mirada de encima al reloj que colgaba en una de las paredes del salón. El saiyajin, observando como cada manecilla se movía un paso a la vez, empezaba a exacerbarse no resistiendo sus ansias por irse de allí. Quería marcharse cuanto antes, ya no aguantaba seguir ahí sentado ni un segundo más.

Hacía casi treinta minutos desde que Videl, en compañía de Shapner, había abandonado la escuela para volver a casa y tomarse un merecido descanso. Gohan, luego de haberla confrontado demostrándole que él sospechaba lo que ocurría con el rubio, confiaba en poder ir tras ella para acabar, de una vez por todas, con la farsa que Shapner construyó alrededor de ellos dos.

Sin embargo, para su frustración, él continuaba allí atrapado escuchando como su maestro de matemáticas explicaba varios ejercicios que él sabía resolver desde la infancia. El tiempo siguió con su lenta marcha poniéndole los pelos de punta; y si bien sus compañeros no lo notaban, Gohan se estaba convirtiendo en una bomba que acabaría explotando si no sonaba la campana.

Haciendo un esfuerzo por tranquilizar su impaciencia, Gohan cerró los ojos y relajó sus músculos sintiendo como estos se contraían provocando que se reclinara hacia atrás en su asiento. Y allí, en dicha posición, su mente racional recuperó el control de sus acciones, borrando, temporalmente, tanto la cara de Videl como la de Shapner de sus pensamientos.

– ¿Por qué esta clase tiene que ser tan estúpidamente complicada?

No necesitaba pensar mucho para identificar a la dueña de aquella voz, aquel susurro cargado de lamentos y tristeza provenía de la delgada rubia sentada no muy lejos de él. Gohan, girándose suavemente hacia su derecha, y viéndola de soslayo, notó como Ireza escribía con una rapidez endemoniada cada una de las anotaciones que su profesor dejó plasmadas en el pizarrón.

Muy callado, no queriendo interrumpirla, Gohan recordó que los números no se llevaban nada bien con Ireza, la cual, con una expresión cargada de angustia, prosiguió murmurando frases que evidenciaban el temor y el nerviosismo que se multiplicaban en ella, al decirse, hasta el cansancio, que corría el riesgo de reprobar el año escolar a menos que superase el examen de mañana.

Oírla provocó en él algo que no ocurría en varios días, escucharla hizo que Gohan tuviera empatía por otra persona tal y como era su personalidad antes que naciese su conflicto personal con Shapner. Y sin saberlo, sin tan siquiera sospecharlo, Gohan apenas descubría el talento más especial que poseía Ireza: calmar los ánimos de alguien más.

Para Videl, Ireza era como una especie de pararrayos que absorbía y canalizaba sus arrebatos de ira; asimismo, le indicaba el camino correcto cuando su terquedad la internaba en el espeso bosque de rencores que guardaba por dentro. Ireza poseía muchísimos defectos; empero, cuando se trataba de sus amigos, la rubia se convertía en la mejor medicina a la que podían recurrir.

– Dejaremos la clase hasta aquí, pueden guardar sus cosas–comprobando la hora con su propio reloj, el maestro se volteó poniéndose de frente ante sus alumnos–no es necesario que les recuerde la importancia de la prueba de mañana, sobre todo para aquellos cuya graduación depende de mi clase.

Cruzándose de brazos, aquel veterano educador les dio un último consejo aunque este sonó más como una sentencia.

– Anoche estuve dándole una revisión rápida a mis registros académicos y sólo un puñado de ustedes está prácticamente aprobado. Los demás, me temo, están obligados a sacar una buena calificación mañana si es que desean graduarse junto al resto de sus compañeros–sus palabras, como si fuesen una tonelada de hormigón, cayeron sobre los hombros de cierta rubia cuya motivación se fue por los suelos–aprovechen la tarde de hoy para prepararse, estudien y consulten sus libros cuantas veces sean necesarias. Tomen con seriedad esta prueba, es la última oportunidad que tendrán…

Para Gohan, alguien que le debía su excelente desempeño académico a su madre, era difícil de imaginar lo que estaba sintiendo Ireza justo en ese momento. Bajo otras circunstancias, el hermano de Goten se hubiese ofrecido a ayudarla para que se preparase para el examen de mañana; no obstante, desafortunadamente, los distantes ki de Videl y Shapner le llamaban.

Y fue justo allí, mientras meditaba, que la campana al fin se manifestó liberando al saiyajin de los grilletes invisibles que lo encadenaban a su silla.

– Gohan, disculpa que te moleste; pero quería preguntarte si podrías ayudarme a…

Interrumpiéndose a sí misma, quedándose sin palabras de repente, Ireza se petrificó por un santiamén al descubrir como Gohan, por arte de magia, había desaparecido de su sitio sin dejar rastro. La rubia, pestañeando un par de veces, no era capaz de creer lo que veía, afirmándose, que un instante antes, él se encontraba ahí.

Superando el entendimiento de la blonda, la desaparición de Gohan no sólo sembró la confusión en ella; sino también, que dinamitó por completo las escasas esperanzas que tenía de no reprobar. Simultáneamente, sin que Ireza lo supiese, Gohan corría por los pasillos de la preparatoria a una velocidad sobrehumana enrumbándose hacia la azotea para emprender el vuelo.

Justo cuando el timbre resonó en sus oídos, los entrenados reflejos de Gohan entraron en acción otorgándole una brutal aceleración que, literalmente, detuvo al mundo y a todos los demás en él. Salió disparado del aula sin que nadie pudiese advertirlo, esquivando, sin problemas, a algunas cuantas personas que iban y venían por el corredor principal de la escuela.

Era como pasear por un campo lleno de estatuas vivientes, las cuales, moviéndose muy lento, casi daban la impresión de estar quietas. Gracias a eso, logró llegar a la escalera de emergencia antes que los salones se vaciaran y bloquearan las salidas. Uno a uno, subiendo por los escalones de aquella escalinata, Gohan se vio frente a la puerta de la terraza abriéndola con un veloz manotazo.

Y de inmediato, con una gran fuerza, una helada ventisca se estrelló contra él al comenzar a caminar hacia el exterior. A diferencia de los días anteriores donde las lluvias se habían apoderado de los cielos, esta tarde lucía agradablemente soleada y despejada ofreciéndole un firmamento vasto y perfecto para volar.

Aún así, el clima era la menor de las preocupaciones de Gohan, quien, activando un pequeño botón en su reloj, fue cubierto de arriba a abajo por el pintoresco traje del Gran Saiyaman. Sin más demoras, no queriendo retrasarse más, Gohan despegó viendo como la enorme edificación de la preparatoria se tornaba cada vez más diminuta a medida que ganaba altura.

Ascendió como un cohete por varios metros atravesando las gruesas capas de nubosidad que se esparcían por la atmósfera, y dibujando una pronunciada pirueta, Gohan aceleró al descender pasando por encima de los rascacielos de la ciudad, enfilándose, con una precisión quirúrgica, hacia la colosal mansión que sobresalía en toda la urbe en la cima de una colina.

– Llegaré muy pronto…

Mientras se dirigía a la casa de Mr. Satán como si fuese un misil, el efecto tranquilizante que Ireza había manifestado en él perdió en su totalidad su eficacia, volviendo a llenarse, irremediablemente, de aquella ansiedad y enojo que siempre salía a flote cuando algo lo sacaba de sus casillas, llevándolo, a convertirse, en un esclavo inexorable de su furia.

Le hubiera encantado entrar de golpe en el sitio donde Videl y Shapner se hallaban, en verdad le habría gustado muchísimo irrumpir con violencia para desenmascarar, según él, al rubio y a sus artimañas. Sin embargo, todavía teniendo una pizca de cordura, Gohan se detuvo en seco flotando en el aire justo cuando se situaba sobre la residencia del campeón mundial.

– Videl, yo sé que no eres ninguna tonta. No te dejes engañar más por él–como si ella pudiese escucharlo, Gohan le habló a pesar de estar allí arriba y tan lejos de ella– ¡reacciona de una buena vez, termina con esta farsa y ponlo en su lugar!

Todo aquello venía a raíz que las presencias de Shapner y Videl se sentían muy cerca una de la otra, tanta proximidad entre ambos no ayudó en nada a apaciguar los caldeados ánimos de Gohan. Y alimentando su mal humor, su imaginación lo traicionó llenándolo de imágenes que golpearon su orgullo de saiyajin como muy pocas cosas podían hacerlo.

Vio a Videl recostada en su cama frotando su adolorida cabeza, vio como Shapner se acercaba a ella acostándose a su lado para platicar. Y ahí, lenta pero descaradamente, Shapner tomó ventaja de la situación al comenzar a jugar con el cabello de Videl, enredando, en sus dedos, una de sus largas y sedosas coletas negras.

– Será mejor que no se le ocurra hacer lo que creo que piensa hacer…

Incapaz de distinguir entre lo que era real y lo que no, Gohan cayó fácilmente en el juego de sus coléricas ilusiones, observando, justamente, lo que ni en mil años hubiese querido ver. Atrevido, valiéndose de su posición ventajosa, Shapner se reclinó sobre ella besándola con lentitud en una de sus mejillas en lo que aparentaba ser una inofensiva muestra de cariño.

No obstante, a su vez que hacía dicha acción, su única mano saludable que yacía posada sobre el vientre de Videl empezaba a escalar por su figura, acercándose, muy peligrosamente, al valle que formaban las cumbres femeninas de la otrora justiciera. Y hasta ese punto, los ki de ambos no lo persuadieron de lo erróneo de sus visiones. Al contrario, su cercanía parecía confirmarlas.

– ¿Cómo puede ser tan sinvergüenza? –Apretando tanto los puños como los dientes, Gohan no lograba sacarse de la mente aquella imagen que se proyectaba en él– ¡cómo se atreve a tocarla de esa forma!

Entretanto, lo que realmente sucedía en el interior de la alcoba de Videl no era, ni remotamente, lo que Gohan creía. Aunque, casualmente, él era el tema de conversación que Shapner y la pelinegra debatían. Ya resultaba imposible que no estuviesen conectados; y si bien no se encontraban físicamente en la misma recámara, los tres eran pasajeros en el mismo tren.

Pero, sin sospechar que Gohan tenía puesta su atención en ambos, Shapner dio por terminada la discusión sobre Gohan, realizando lo que él, precisamente, conjeturaba. A pesar de ser un simple ser humano en comparación con el primogénito de Goku, como cualquier hombre enamorado, Shapner intuía cuando otro individuo podía sus ojos en su chica.

Así pues, librando una lucha de egos masculinos, Shapner besó a Videl deseando marcar su territorio como si Gohan fuese capaz de mirarlos. Su beso distaba muchísimo de lo que Gohan especulaba; empero, terminó de destrozar el delicado balance que contenía el instinto más salvaje y primitivo que habitaba en Son Gohan. La bestia, para bien o para mal, era libre de su encierro.

Pero, salvándose por obra del azar, Shapner no tuvo que hacerle frente al enfurecido encapuchado debido a una ruidosa sirena policial que pasó frente a la mansión Satán.

– ¡Ahora qué carajos ocurre!

Volteándose, dándole la espalda a la ventana del dormitorio de Videl, Gohan miró como una seguidilla de unidades policiales aceleraban frenéticamente en dirección al corazón de la metrópoli. Desde hacía poco más de un mes que no intervenía en escenarios como este, la tragedia de Shapner y su repentina relación amorosa con Videl, lo habían absorbido en demasía.

Se ladeó nuevamente contemplando las cortinas que se agitaban en el balcón de Videl, consideró con seriedad invadir la privacidad de la ojiazul para sacar a patadas al patán de Shapner. Aún así, mirando de reojo la numerosa actividad policial que se incrementaba, Gohan tomó una decisión netamente impulsiva y emprendió el vuelo no sin antes advertirle a Shapner que volvería por él.

– ¡No sé qué está pasando pero acabaré con esto rápido! –Sobrevolando las carreteras como un meteoro descontrolado, Gohan agudizó su visión advirtiendo como varias patrullas se aglomeraban en el banco de la ciudad– ¿otra vez el banco, cuántas veces lo han asaltado ya?

Entretanto se desarrollaba la crisis que involucraba a Videl, Shapner y Gohan, la criminalidad aprovechó que los dos máximos paladines de la justician se habían evaporado del mapa, para, exponencialmente, salir de sus escondites y comenzar a hacer de las suyas por toda Ciudad Satán. Los robos y asaltos se multiplicaron, el crimen reinaba impune por las calles.

Los uniformados, quienes se malacostumbraron a que Videl y el Gran Saiyaman salvaran el día, se vieron brumalmente dominados por los delincuentes quienes les superaban en número y vigor. La prensa escrita, cada mañana, lanzaba sus ejemplares hablando de ello, criticando, tanto a la policía por su ineptitud como al mismísimo alcalde, por no lograr frenar la ola imparable de delitos.

Era tal el nivel de caos que los malhechores, metafóricamente, brotaban de debajo de las piedras cuando un año antes no se atrevían a hacerlo al saber que el Gran Saiyaman y Videl les habrían frente. Y Gohan, apenas dándose cuenta de las consecuencias de la ausencia de su álter ego, tuvo un leve rayo de nitidez mental que le hizo ser más consciente al respecto.

Por ende, acercándose al edificio bancario rodeado por las autoridades, Gohan vio a su izquierda como un helicóptero de un noticiero local transmitía en vivo los acontecimientos. El cual, al notar su aparición en la escena, no se demoró en apuntar la lente de su videocámara sorprendiendo a la audiencia. Pero, no queriendo demorarse más, Gohan se prestó a aterrizar cuanto antes.

– ¡Policías cobardes! –Gritando con euforia, uno de los cuatro asaltantes abría fuego contra los policías que se resguardaban detrás de sus vehículos– ¡dejen de esconderse y vengan si se atreven!

Los agentes del orden, pensando primero en salvaguardar su integridad, ni siquiera se percataron como Gohan aterrizaba en medio del tiroteo sin tenerle el más mínimo temor a las balas. En otra época, Gohan hubiese aparecido bailando y recitando su tan peculiar presentación que resultaba ser su sello más característico. Sin embargo, el día de hoy, eso no ocurrió.

Un Gran Saiyaman silencioso y poco amigable posó sus pies en el suelo sin hacerse notar, solamente algunos alcanzaron a verlo haciendo acto de presencia. La multitud de curiosos que se hallaban en los alrededores se quedaron boquiabiertos con su llegada, muchos, por no decir todos, sacaron sus teléfonos celulares para grabar y fotografiar al superhéroe que se creía extinto.

– ¡No puede ser! –Otro de los pistoleros, también siendo presa del asombro, dejó de disparar para mirarlo con incredulidad– ¡es ese maldito fenómeno del Gran Saiyaman, está de regreso!

Ninguno de ellos olvidaba las hazañas heroicas que tal personaje protagonizó meses atrás, aún permanecía muy reciente en sus cabezas como otros de su misma calaña terminaron tras las rejas al no poder vencerlo. El triunfalismo y emoción que vivieron hacía unos cuantos minutos murió por completo, una afonía sepulcral se adueñó de ellos mirándose los unos a los otros.

No obstante, asumiendo su rol de liderazgo, el cabecilla de la banda alzó su voz al ver como el miedo intimidaba a sus hombres.

– ¡No importa si ese maldito payaso de circo está de regreso! –Hablándoles con firmeza, se tragó sus propias inquietudes y recargó su ametralladora– ¡ya tenemos el dinero en nuestras manos, no nos iremos sin él!

Valiente o estúpidamente, reorientaron sus armas hacia el Gran Saiyaman iniciando una lluvia de plomo que, sin piedad, habría matado a cualquier pobre diablo que se cruzase en su camino. Gohan, por su parte, se limitó a ver como los proyectiles se estrellaban contra su cuerpo, sintiendo, muy levemente, como éstos se pulverizaban al hacer contacto con sus ropas.

Por un fugaz santiamén se quedó allí de pie; empero, instantes más tarde, comenzó a caminar hacia el banco sin decir ni una frase. Aquella seriedad contrastaba muchísimo con el héroe sonriente y bailarín que los habitantes de Ciudad Satán recordaban, y observando aquel cambio de actitud, las cámaras de televisión y de los móviles se enfocaron aún más en él.

Las balas silbaban y los casquillos vacíos se acumulaban en el piso, los reporteros que cubrían el robo narraban con euforia como el Gran Saiyaman resurgió de su aparente retiro para devolverle la paz a la urbe. Por ello, dentro de sus pechos, los corazones de los bandidos latían con más ímpetu al ver como su armamento no le causaba ni un rasguño al estoico enmascarado.

– ¡El lanzacohetes, usen el maldito lanzacohetes!

Al borde de la derrota, en su creciente desesperación, el jefe de la pandilla ordenó recurrir a su más grande artillería de combate. Obedeciéndole, apuntándole con la mirilla de la bazuca, uno de sus secuaces daba profundas bocanadas de aire para mantener la calma y no fallar el tiro. Y al sentirse seguro, con el veloz movimiento de su dedo índice, jaló el gatillo lanzando su mortal misil.

Gohan, a su vez, miraba al grupo de asaltabancos por medio de la visera de su casco ubicándolos uno por uno, y con la misma expresión que aterrorizó a Cell en su torneo, Gohan no se inmutó cuando vio el estridente cohete que se dirigía hacia él sin tomarse la molestia de esquivarlo o rechazarlo. Permitió que éste lo golpeara, no hizo ni el más remoto esfuerzo por detenerlo.

Una brillante bola de fuego lo envolvió al llevarse a cabo la detonación, el ruido de la explosión aturdió a la muchedumbre en las cercanías. Por otro lado, experimentando una sutil sensación de alivio, el cuarteto de criminales se carcajeó al insultar al superhéroe. Pero, como si les hubiesen arrancado las lenguas, los cuatro enmudecieron al ver una silueta que surgía de entre las llamas.

– ¡Es un demonio…es un monstruo infernal!

Aquello fue lo último que alcanzaron a decir antes de aceptar su final. Gohan, entrando como un toro embravecido en la sede bancaria, envió a volar a uno de ellos con un certero puñetazo estrellándolo contra una de las paredes. Los demás, al ver el nivel de rudeza desmedida que empleaba el Gran Saiyaman, entendieron, tardíamente, que no tenían salida ni salvación.

Asustado, temblando como si fuese un indefenso conejo, uno de aquellos forajidos vio lo que acababa de suceder y no lo pensó mucho para huir. No le importó nada, ni las órdenes de su jefe ni los maletines repletos de dinero que yacían muy cerca de él. Su única y máxima preocupación fue escapar de allí, todo lo demás no valía la pena.

– ¿Adónde crees que vas?

Sin que pudiese creerlo, ensuciando sus pantalones de la impresión, aquel desafortunado ladrón se paralizó al ver como el Gran Saiyaman, en menos de lo que cantaba un gallo, se materializó frente a él bloqueándole su ruta de escape sin que ninguno de ellos fuese capaz de seguir sus movimientos. Y asustándolo con una frialdad que evocaba a Vegeta, Gohan lo acorraló.

Paralelamente, y en las afueras del lugar, un reportero en compañía de su camarógrafo burló el cerco policial que controlaba el perímetro del banco para transmitir en directo los sucesos, mostrándoles, a propios y a extraños, cada una de las acciones que protagonizaban tanto los asaltantes como el reaparecido héroe.

Aún así, sin estar preparados para lo que verían, muchos se llevarían una horrenda sorpresa.

– ¡Te advertí que no la tocaras!

Como si Shapner se tratase de una astilla en su mente, Gohan no veía el rostro aterrado del ladronzuelo ante él. Si no que, para muy mala suerte de éste, la furia del saiyajin proyectaba al rubio y su burlona sonrisa. Gohan, endureciendo sus puños, se encontraba totalmente enceguecido sin percatarse que las cámaras de televisión se mantenían clavadas en él.

– ¡Te dije que te alejaras de ella, te dije que te largaras!

Vertiginoso, no dándole la oportunidad de tan siquiera reaccionar, Gohan apresó a aquel criminal sujetándolo fuertemente de su garganta. Sin clemencia, no teniendo capacidad de razonamiento, el hermano de Goten aplicó más presión deleitándose con la desfigurada y moribunda expresión facial que, tiñendo su piel de un tono púrpura, se formó en la faz de aquel delincuente.

Los otros dos rufianes, aún más asustados al ver lo que el Gran Saiyaman le hacía a su compañero, realizaron un fútil pero valeroso intento por terminar su agonía al recurrir a las pistolas que colgaban en sus cinturones. Entretanto, sin dejar de grabar, la videocámara de aquel noticiero documentaba segundo a segundo aquella batalla suicida.

Infructuosos, como era de esperar, los disparos no llegaron a lastimarlo aunque consiguieron que Gohan soltara a su víctima. Empero, firmando su sentencia de muerte, tal cosa también provocó que el enfurecido Gran Saiyaman se fijase en ellos. Y viendo doble, Gohan se prestó a destruir a los dos Shapner que le combatían ante la expectación de los atemorizados televidentes.

– ¡Te enseñaré a mantener tus sucias manos lejos de ella!

Evocando uno de los descomunales ataques que intercambió con Cell, Gohan conectó a uno de los dos con un derechazo explosivo que lo hizo atravesar una de las ventanas de la entidad financiera, aterrizando, violentamente, en una de las patrullas policiales que permanecían estacionadas en el exterior. Los gritos de mujeres horrorizadas, musicalizando tal barbarie, no se hicieron esperar.

– Si no quisiste entender por las buenas, lo harás por las malas…

Viendo como Shapner, o mejor dicho, como el último matón no dejaba de dispararle, Gohan se abalanzó sobre él tomando su mano junto con su revólver. Sin soltarlo, manteniéndolo sujetado, Gohan apretó su agarre desmoronando el metal del arma como si fuese un simple papel. Además, como secuela de aquello, los huesos de ese bravucón se rompieron hasta pulverizarse.

Sonriente, sintiendo un placer casi diabólico, Gohan se regodeó al oír como "Shapner" suplicaba misericordia al caer arrodillado ante el imparable encapuchado. Gohan, al mejor estilo de sus antepasados saiyajines, hizo caso omiso a sus peticiones reclinándose sobre él aún teniéndolo bajo su férreo dominio. Y allí, rabioso como un perro, Gohan le habló sin que los micrófonos le oyeran.

– No volverás a acercarte a Videl jamás, nunca le pondrás un dedo encima de nuevo. Me encargaré personalmente que así sea.

Así pues, con un giro muy rápido, Gohan le retorció el brazo a ese bandido rompiéndoselo por completo riéndose al verlo sucumbir en la inconciencia. Aquello era el desahogo que tanto necesitaba desde hacía semanas, al fin la represa se agrietó dejando salir el enojo que ya no cabía en su interior. Pero, para su pésima fortuna, no eran ni las circunstancias ni el momento correcto.

– ¡Es un animal, qué alguien haga algo!

Se necesitaron de las exclamaciones de un anciano y de los destellos de varias cámaras fotográficas, para que Gohan, ya siendo demasiado tarde, entrara en razón. Un silencio muy incómodo impregnó el ambiente, apenas unos cuantos susurros se alcanzaban a oír mientras Gohan, tragando saliva y estudiando los alrededores, constataba la magnitud de sus acciones.

Las fotografías se intensificaron pese al espanto que Gohan les provocaba, los corresponsales de prensa que cubrían el asalto empezaron a usar calificativos como "monstruoso" y "barbárico" para referirse a lo que acababan de presenciar. Gohan, notando sus guantes manchados con sangre, miró a los cuatro individuos que trituró comenzando a padecer un miedo muy humano.

– ¿Qué fue lo que hice, qué fue lo que hice?

Pasando de la ira absoluta al pánico total, Gohan se marchó volando de allí tan deprisa como pudo, dejando, tras de sí, una sombra de horror que se extendió entre los citadinos. Les encantaba ver como los infractores de la ley recibían su merecido por sus fechorías; sin embargo, el método empleado por el Gran Saiyaman, los volcó a preguntarse qué pasaría si él se pusiera en su contra.

Shapner y Videl, paradójicamente, desaparecieron de los pensamientos de Gohan en tanto huía en dirección a las montañas Paoz perdiéndose en el boscoso paisaje. Para Gohan era más que evidente que estaba perdiendo el control sobre sí mismo, y lo que más lo asustaba, fue que una parte de él gozó verdaderamente de comportarse como un auténtico saiyajin.

Y quisiese admitirlo o no, el mismísimo Gohan ansiaba poder hacerle lo mismo a Shapner.


Deprisa, subiendo las elegantes escaleras de su mansión como si el demonio quisiese castigarlo por sus pecados, Mr. Satán avanzaba a toda velocidad sintiendo el aplastante peso del remordimiento cayendo encima de él. Hacía menos de cinco minutos que arribó a su hogar luego de haber estado fuera casi todo el día, quería descansar en su oficina y beber un trago de brandy.

En su cabeza aún se repetía la larga conversación que sostuvo con Van Zant durante horas, cada movimiento en su plan fue calculado con una precisión milimétrica, confiando, ciegamente, que al final del túnel, la luz de la victoria se regodeara con ellos. El atardecer, anunciando que muy pronto se marcharía el sol, fue la señal que le indicó que ya era el momento de volver a casa.

Una vez más, y con un tono levemente amenazante, Mr. Satán le ordenó a su chofer que no hablara con nadie sobre dónde estuvieron ni qué sucedió allí, el cual, sin atreverse a desafiarlo, le juró que no diría nada. Y así, de regreso en el interior de su limusina, el campeón mundial no se imaginaba la noticia que aguardaba por él tan pronto como pusiese un pie en su morada.

Y Sashimi, tratándose de su fiel mayordomo, fue el responsable de ponerlo al tanto de la salud de Videl, empujándolo, instantáneamente, a emprender la frenética carrera que ahora llevaba a cabo. Al fin pudo entender por qué sus instintos paternales estuvieron acosándolo sin descanso, ya comprendía el motivo de aquella llamada telefónica que se negó a contestar.

De seguir con vida su esposa, ella no le perdonaría que le hubiese dado la espalda a su hija. Se lo reprocharía reclamándole su indiferencia, ninguna de las explicaciones que él le daría apaciguarían a su enfurecida mujer. No obstante, ese no era el caso. Miguel partió de este mundo dejándole la crucial misión de cuidar y criar a Videl, una misión que falló al prestarle más atención a la fama.

Aún así, más allá de la vergüenza y el dolor, Mr. Satán sabía que no tenía tiempo para lamentaciones. Videl lo necesitaba, ella necesitaba que su padre estuviese junto a ella como solía hacerlo cuando enfermaba en su niñez. Van Zant, el Gran Saiyaman y Shapner desaparecieron de sus pensamientos, su primogénita los acaparó por completo convirtiéndose en su única prioridad.

– ¿Estás despierta, Videl? –con voz baja, no queriendo hacer una entrada escandalosa, Mr. Satán le cuestionó– ¡ya llegué cariño, ya llegó papá!

Habiendo acabado con aquel arduo maratón, Mr. Satán se halló frente a la puerta de Videl y no se demoró en abrirla. No se molestó en tocar o en pedir autorización para entrar, tan pronto como su mano derecha sujetó el pomo de la cerradura el campeón lo giró, adentrándose, con cautela, dentro de la habitación de su hija. Sin embargo, una figura masculina lo tomó por sorpresa.

– Me alegra verlo, Mr. Satán. Confiaba en que llegaría pronto…

Shapner, sentado en una silla al lado de la cama de su novia, se volcó hacia su suegro al percatarse de su sorpresiva llegada. El rubio, levantándose en el acto, intercambió miradas con Mr. Satán entretanto él asimilaba haberlo descubierto allí. Mirando de reojo a Videl quien continuaba descansando, Shapner se prestó a responder el cuestionamiento de Mr. Satán.

– Videl está descansando, se sentía mareada y se durmió hace un par de horas.

Callado, sin emitir ni el más diminuto ruido, Mr. Satán examinó la escena frente a él con desconfianza y disgusto. No le agradaba, ni en lo más mínimo, que un chico se encontrase a solas en la alcoba de su hija mientras que él no se hallaba presente en la mansión. En otras circunstancias hubiese echado al invasor; empero, la valía de Shapner le hizo tranquilizarse.

Shapner era sumamente valioso para él y sus propósitos, no le quedaba más remedio que ser condescendiente con el rubio.

– Sashimi me informó que Videl sufrió un accidente en la escuela, me dijo que le permitieron salir más temprano de lo normal para que volviese a casa–mirando a Videl dormida y abrigada con varias mantas, Mr. Satán cerró la puerta tras de él y caminó hacia ella– ¿qué clase de accidente sufrió, ya la ha examinado algún médico?

– Está en lo correcto, Mr. Satán. Hoy en la clase de deportes Videl tropezó y se golpeó la cabeza al caer…–durante el transcurso de la tarde, Shapner estuvo ensayando lo que le diría a su suegro cuando éste se enterara de lo sucedido; pero, ahora que lo tenía justo frente a él, su afán por no cometer un error que le costara su relación con Videl, provocó que olvidara el discurso que preparó y empezara a improvisar–era un ejercicio sencillo; se trataba de darle varias vueltas a la pista de atletismo de la escuela y, desafortunadamente, Videl perdió el equilibrio y cayó.

Simultáneamente a que escuchaba la explicación de Shapner, Mr. Satán se aproximó al lecho de su hija viéndola dormir, notando, entre los largos cabellos de Videl, como una abultada inflamación sobresalía en su cuero cabelludo. Preocupado, se reclinó sobre ella besándola en una mejilla para luego, como si fuese una niña pequeña, arroparla un poco más asegurándose de no despertarla.

Guardando silencio, no deseando interrumpir, Shapner los observaba diciéndose en sus adentros que todo salió mucho mejor de lo que creía. Luego de una breve pero satisfactoria sesión de besos con el amor de su vida, Shapner le aconsejó que descansase al oír las quejas de Videl a raíz de los mareos que experimentaba. Por ende, rápidamente, la ojiazul cerró sus ojos abrazando a Morfeo.

La cuidó y la acompañó como un centinela, se mantuvo atento a cada respiración y gesto que la pelinegra realizaba al soñar. Shapner aún seguía reviviendo la conversación que sostuvo con ella respecto a Gohan, sabía que las palabras de Videl sobre él no eran completamente ciertas. Un presagio, un mal augurio le advertía que debía asegurarse que Gohan no se le acercara más.

Y al pensar en Gohan, al recordarlo, su juicio le jugó una mala pasada al hacer un inusitado vínculo con el Gran Saiyaman. Por ello, teniendo en la punta de la lengua el nombre de aquel payaso, Shapner se envalentonó dando un paso hacia el frente dispuesto a aceptar la oferta de su suegro. No le asustaban los riesgos, sólo quería acabar a los dos tipos que amenazaban su felicidad.

– Mr. Satán, señor, sé que tal vez este no es el momento más adecuado para hablar sobre esto pero quiero que sepa que acepto su propuesta…

Petrificándolo, provocando que una corriente eléctrica estremeciera el cuerpo del campeón, la afirmación de Shapner detuvo los movimientos de Mr. Satán, el cual, recuperando la movilidad un santiamén después, se volteó con lentitud hacia el adolescente a sus espaldas. Ambos, sin decirse nada más, no recurrieron al lenguaje verbal comunicándose con sólo sus expresiones.

– Vayamos a mi oficina, ahí conversaremos con más tranquilidad…

Serio, con un tono de voz que le devolvió el escalofrío a Shapner, Mr. Satán le dio una caricia más a la delicada silueta de su hija susurrándole lo mucho que la amaba. Así pues, dirigiéndose a la salida de la recámara, el padre de la pelinegra le pidió que lo acompañara haciendo un leve ademán. Shapner, antes de marcharse, le dio un vistazo final a Videl deseándole un feliz reposo.

De inmediato, no queriendo hacer esperar a su suegro, Shapner lo siguió saliendo del dormitorio de su novia viendo como Mr. Satán cerraba la puerta teniendo la delicadeza de no provocar ruido. Y así, como si estuviesen participando en un funeral, la mudez los cobijó emprendiendo una larga caminata hasta el despacho privado del campeón, quien, pensativo, no sabía por dónde empezar.

Bajaron la escalera, esquivaron a varias sirvientas junto a Sashimi, el cual, como era su deber, les preguntó si necesitaban algo. Con una rápida negativa Mr. Satán se encargó de él, Shapner, por su parte, se limitó a agradecerle sin dejar de andar detrás del campeón. Unos minutos más tarde, y todavía sin pronunciar ni una sílaba, tanto Mr. Satán como el joven rubio, llegaron a su destino.

– Señor, antes que cualquier otra cosa, créame que lamento mucho lo que sucedió esta tarde con Videl–observando como Mr. Satán aseguraba la puerta de su oficina, Shapner fue el primero en hablar haciéndose responsable del accidente de la otrora justiciera–yo me encontraba en otra parte de la escuela, no pude hacer nada en ese momento para evitar lo que pasó. Me siento muy culpable y asumo esa responsabilidad…

Mr. Satán, mientras tanto, se dispuso a satisfacer su ansiedad por la bebida sirviéndose una copa de brandy. Sin verlo, pero escuchándolo, Mr. Satán inundó su boca con un ardiente trago, saboreando, con gran ansiedad, aquel maravilloso néctar etílico que siempre lo tranquilizaba sin importar cuáles fuesen las dificultades que lo abrumaran.

– Comprendo que usted se sienta molesto conmigo, siento muchísimo no haber sido capaz de…

– No estoy molesto contigo, no pienses eso…–interrumpiéndolo, sintiendo como el licor inundaba su ser, Mr. Satán negó con su cabeza–fue un accidente; tú mismo lo dijiste, los accidentes pasan sin que podamos hacer algo para evitarlos.

Aliviado, muy aliviado, Shapner juraría que le acababan de quitar un elefante de encima.

– Me alegra, muchísimo, saber que puedo confiar en alguien para cuidar de Videl cuando no me encuentro presente; me siento muy relajado sabiendo que estás con ella velando por su bienestar–halagándolo, regalándole una sonrisa amable, Mr. Satán se encaminó hacia él–gracias por haberla cuidado mientras no estaba, no necesito recordarte que Videl es el tesoro más valioso que tengo…

– No tiene que darme las gracias, señor. Yo la amo, habría cualquier cosa por ella–volviendo a pensar en el Gran Saiyaman y en Gohan, Shapner endureció su postura–y como se lo dije hace unos minutos, he tomado la decisión de aceptar su propuesta de hacerle frente a ese farsante del Gran Saiyaman.

Y ahí, finalmente, Mr. Satán escuchó lo que venía esperando desde la noche en que Shapner y él se conocieron.

– Soy sincero contigo, no te mentiré, me complace mucho escucharte–acabándose de un sorbo su bebida, Mr. Satán se moría de ganas por detallarle todo su plan–tenemos mucho que conversar, necesito explicarte lo que harás a partir de este instante.

– Entiendo, yo también estoy muy ansioso por saber qué cosas tiene usted en mente. Y le doy mi palabra que haré lo que me pida, no lo decepcionaré.

No siendo consciente de las consecuencias de sus acciones, Shapner le entregó carta blanca a Mr. Satán para que lo usase, literalmente, como su peón en una partida de ajedrez. Sin embargo, sin que Shapner lo supiese, para su suegro él ya lo era desde el primer instante en que supo que necesitaría a alguien para que se sacrificara. Su alma y su vida, desde ahora, le pertenecían a él.

– Perfecto, en ese caso lo primero que debemos hacer es asegurarnos que tu hombro lastimado se reponga lo antes posible–señalando lo más evidente, Mr. Satán le apuntó con un dedo al cabestrillo que sostenía su brazo derecho–si vas a enfrentarse a ese maldito bufón, tienes que estar al cien por ciento.

– Cuando salí del hospital, los doctores me dijeron que tardaría un par de meses en poder quitarme los vendajes.

– Pues, como comprenderás, no tenemos mucho tiempo–dando en el clavo de nuevo, Mr. Satán desearía que existiese alguna medicina mágica que sanara heridas de ese tipo en menos de un parpadeo. No obstante, para su mala fortuna, sí existía algo así pero se hallaba lejos de su alcance–mañana no vayas a la escuela, sal de tu casa como lo haces normalmente y asegúrate que tus padres no sospechen nada. Quiero que vengas aquí a primera hora, pienso llevarte con mis médicos privados para que te examinen. Estoy seguro que ellos se encargarán de dejar como nuevo tu brazo.

En el fondo no le gustaba la idea de mentirles a sus padres, ellos eran un pilar fundamental en su vida pero no tenía más alternativa que hacerlo. Por Videl sería capaz de ir hasta al mismísimo infierno, y teniendo el respaldo de Mr. Satán, Shapner sentía una motivación increíble que le hacía pensar que podría abofetear al propio demonio y salir victorioso.

– Hay otra cosa que tienes que saber, pero te daré más información cuando sea apropiado–pensando en Van Zant, Mr. Satán no sabía aún cómo decirle que había entablado negocios con uno de los criminales más buscados de Ciudad Satán–recientemente he estado en conversaciones con alguien que nos ayudará a encargarnos del Gran Saiyaman, él es un personaje muy controversial y polémico; por dicha razón es que mantengo su nombre lo más oculto posible.

– Comprendo…–no sabiendo qué opinar al respecto, Shapner optó por no decir mucho.

– Mañana, igualmente, te llevaré con él para que lo conozcas. Con su apoyo estoy convencido que nos libraremos de ese maldito rufián–esquivando, por el momento, decirle la identidad de su infame socio, Mr. Satán prefirió hablar de otros temas relacionados–pero dejando eso de lado, también quiero que sepas que hoy por la mañana me reuní con el alcalde de la ciudad. Como sabrás, en estas fechas se llevan a cabo las celebraciones por la derrota de Cell.

– Claro que lo sé, toda la ciudad espera que llegue esta época para salir a la calle a celebrar junto con usted.

– Sin embargo, debido a la situación que estamos viviendo con Videl, le solicité al alcalde que cambie los planes para este año–reclinándose en su escritorio, Mr. Satán buscó una postura más relajada–le pedí que organizara un baile de gala en el ayuntamiento, mi intención es que Videl se dé cuenta que es una chica muy querida en la ciudad y que no debe sentirse inferior al Gran Saiyaman. Asimismo, el alcalde me aseguró que le entregará un reconocimiento público por sus años de servicio a la ciudad. Esto último mantenlo en secreto, debe ser una sorpresa para Videl.

– No se preocupe, mis labios están sellados–de nuevo, totalmente comprometido con la causa, Shapner le demostró su fidelidad a su suegro–le confieso que extrañaré ver los desfiles pero creo que será lo mejor para alegrar el estado de ánimo de Videl.

– También quiero aprovechar la ocasión para otra cosa, deseo que nos acompañes a Videl y a mí al baile para presentarte como mi yerno ante la prensa y demás hombres de negocios con los cuales tengo relación–mirándolo directamente, Mr. Satán le lanzó otra enorme responsabilidad al chico frente a él–quiero que estés cerca de ella toda la noche, asegúrate que se divierta. Llévala a la pista de baile, encárgate de que sea una velada que nunca olvide.

Inevitablemente, como si su imaginación fuese un volcán haciendo erupción, una muy antigua fantasía de Shapner prometía hacerse realidad. En el pasado, gracias a aquella Videl imaginaria que lo visitaba en las noches, el rubio conjeturaba lo maravilloso que debía ser tener la fortuna de estar junto a Videl en una discoteca bailando durante horas hasta el amanecer.

En cada visita nocturna que ella le hacía, la mente de Shapner embellecía su hermosa figura con distintos atuendos que, al ser exaltados por sus sensuales movimientos, sólo lograba enamorarlo más de ella convenciéndose que estaba enfermo de amor. Por años, al hundir su cabeza en la almohada, ella aparecía ante él para aliviar el dolor que le causaba la Videl real con sus rechazos.

Pero ahora, contra todo pronóstico, la auténtica Videl se convertiría en su pareja de baile. Y sin perder tiempo, como si estuviese soñando despierto, Shapner juraría que lograba verla usando un par de tacones que adornaron sus pequeños pies al otorgarle un poco más de altura. Los cuales, combinándose con un elegante vestido, la hicieron digna de ser descrita como una obra maestra.

Era una visión demasiada apoteósica, tanto que su corazón amenazaba con salirse de su pecho.

– ¿Y bien, qué te parece la idea? –notando el prolongado silencio de su acompañante, Mr. Satán arqueó una ceja.

– Discúlpeme, es sólo que imaginaba cómo sería algo así–sin mentir, con honestidad, Shapner le confesó sus pensamientos–varias veces imaginé que Videl y yo bailábamos juntos, y al saber que eso se hará realidad, aún no termino de creerlo.

– Ya veo…

Al oírlo, su lado paternal se endureció al no gustarle que un chico usase a su hija como foco central de sueños e ilusiones. Celoso, odiando que Videl ya no fuese la pequeña niña que alguna vez fue, Mr. Satán no terminaba de acostumbrarse a la noción que alguien estuviese enamorado de ella. No obstante, otra vez, debió reprimir aquel sentimiento recordándose la importancia de Shapner.

– Lo único que me preocupa es que no tengo un traje acorde para la ocasión, tendré que rentar uno–rompiendo sus meditaciones, Shapner pensó en voz alta.

– Eso no será necesario, mañana mismo iremos a una tienda y te compraré un traje. Mañana no será un día cualquiera, tendremos una larga agenda que cumplir.

Y en ese instante, de manera casual y accidental, Mr. Satán posó una mano sobre el control remoto de su televisión, el cual, estando en la superficie del buró, se accionó encendiendo la gigantesca pantalla que colgaba en una de las paredes de su oficina. Dicho aparato, hallándose sintonizado en el noticiero local, les ofreció varias imágenes que sólo le echaron más leña al fuego.

Hasta el momento, nadie ha dado una declaración oficial sobre la controversial intervención del Gran Saiyaman en el robo del banco esta tarde. Ni el alcalde ni el comandante de policía se han referido al caso–hablando con una marcada seriedad, un periodista informaba del acontecer diario de Ciudad Satán, puntualizando, en gran medida, la noticia que se adueñó del protagonismo el día de hoy–sin embargo, sabemos por fuentes no oficiales, que los cuatro asaltantes que fueron detenidos por el Gran Saiyaman se encuentran hospitalizados y bajo estricta vigilancia policial…

No estando enterados de aquello, tanto Shapner como Mr. Satán interrumpieron su conversación para mirar, con una devoción casi religiosa, a aquel artefacto parlante.

De los cuatro asaltabancos, el caso más grave corresponde al delincuente que fue lanzado por el Gran Saiyaman hasta incrustarse en una patrulla policial–ilustrando sus palabras con una grabación de video, Mr. Satán y Shapner se limitaron a seguir observando–algunos rumores indican que sufrió múltiples fracturas de hueso; incluyendo, la ruptura de varias vertebras que le harían perder la movilidad por completo.

Mr. Satán, tragando saliva al escuchar aquello, llegó a preguntarse qué pasaría si la ofensiva de Van Zant fallaba al intentar eliminar a semejante individuo. No podía sacarse de la mente el impresionante ejército de mercenarios que aquel mafioso construyó, tal milicia se veía fuertemente armada y con la capacidad necesaria de plantarle cara a la propia policía.

Aún así, el campeón mundial temía que ni siquiera aquella fuerza insurgente fuese suficiente para cumplir con el trabajo. Por ende, mirando de soslayo a Shapner, Mr. Satán comenzaba a sudar frío al imaginarse el violento final que él tendría si las cosas no salían como las esperaba. Shapner, como si fuese un cordero en camino al matadero, acabaría siendo la primera víctima de su plan.

– ¡Es un tipo despreciable, es un charlatán!

Empero, experimentando sensaciones completamente opuestas a él, Shapner observaba el televisor con una mirada cargada de rencor.

– Sigue usando trucos baratos para aparentar que tiene poderes sobrenaturales, lo único que desea es ganar más fama–aferrándose a sus creencias, Shapner mantenía su escepticismo al máximo–ya cruzó la línea; ya no se conforma con sólo fingir que vuela y que es inmune a las balas. Ahora se atreve a lastimar gente, si no lo detenemos, podría comenzar a asesinar.

– Hablas como si estuviéramos en guerra con él.

– ¿Es que acaso no lo estamos? –sintiendo como la sangre le hervía en las venas, Shapner le debatió–esta broma, este juego o lo que sea que él cree que está haciendo; ya llegó demasiado lejos. Usted mismo me lo dijo, por culpa de este payaso Videl está hecha pedazos. Yo puedo ver muy claramente las cosas, no tengo la menor duda: estamos en guerra con él.

Poniéndose de pie, Mr. Satán le dio la espalda a la televisión no queriendo verla más.

– ¿Irías a la guerra por Videl? –directo, sin rodeos, Mr. Satán le cuestionó– ¿serías capaz de olvidarte de la moralidad con tal de lograr que Videl vuelva a ser cómo era antes?

– Ese infeliz maldito trajo una guerra a nosotros y mientras todos los demás lo aman, usted y yo sabemos muy bien quién es en realidad–enérgico, Shapner no vaciló en responder–él es igual que Cell, no es más que un pobre diablo que se disfraza de carnaval y usa trucos para engañar a todos. Alguien así no merece ninguna muestra de moralidad, ya es hora de ponerle un alto en el camino. Debemos destruirlo, debemos correr el riesgo. Yo correré el riesgo.

Humedeciendo sus labios, y con voz muy baja, Mr. Satán se tomó su tiempo para responder.

– Quiero que tengas muy en claro que a partir de esta noche ya no hay regreso, has decidido acompañarme a una misión suicida–con cautela, hablando pausadamente, Mr. Satán empezaba a desear otro trago de licor–si lo vencemos, el triunfo que nos espera será igual de grande que mi victoria contra Cell. Pero si fallamos, si fracasamos, está casi garantizado que lo perderemos todo. No importa cuántos trucos use, si no lo derrotamos, no habrá un mañana para ninguno de los dos.

– Eso lo entiendo, y no pienso perder; no voy a perder.

Silenciándose, impresionado por el odio que percibía en Shapner, Mr. Satán estaba convencido que tanto desprecio hacia alguien no era normal. Una parte de él le decía que aquel resentimiento iba más allá de lo que podía ver, no sabía explicar con claridad el cómo y el porqué de esa ira. Pero, le gustase admitirlo o no, aquello le facilitaba la tarea de manipularlo y utilizarlo.

– Vete a casa, Shapner. Ve y descansa, necesitarás todas fuerzas mañana–tomándolo por su hombro sano, Mr. Satán lo condujo a la salida–cuando nos reunamos con mi socio, el del que te hablé antes, entenderás porque estamos a punto de provocar una guerra. Lo que haremos no será una simple pelea, no será como pelear con alguien en un cuadrilátero. No, nada de eso, será una guerra en todo el sentido de la palabra.

Tal afirmación dejó en silencio a Shapner, quien, hasta este instante, siempre pensó que su enfrentamiento con el Gran Saiyaman sería una lucha uno contra uno. Era su mayor deseo desafiarlo y derrotarlo en su propio juego, quería ser él, y nadie más, el elegido para desenmascarar sus mentiras del mismo modo que lo hizo Mr. Satán con Cell.

Así pues, desmenuzando lo dicho por su suegro, Shapner no se imaginaba lo que Mr. Satán y su socio orquestaban tras bambalinas, siendo él y el Gran Saiyaman, los actores principales en la función. Y Videl, no quedándose atrás, tomaría un papel crucial encarnando tanto a la damisela en apuros como a la valerosa jovencita que se liberaba de sus cadenas.

Pero, como se lo dijo Mr. Satán segundos atrás, ya no existía vuelta de página para ninguno de los dos. Y si bien no sabía con exactitud cuál era el rol que tomaría, sólo necesitaba esperar hasta el amanecer para descubrirlo. Por ello, dispuesto a proteger el delgado hilo que lo unía con Videl, Shapner primero acabaría con el héroe, para luego, más adelante, hacer lo mismo con Gohan.

Con un firme apretón de manos se despidió de su anfitrión, y agradeciéndole la gentiliza de llevarlo a casa en su limusina, Shapner miró por la ventanilla hacia la habitación de Videl. Susurrándole, pidiéndole al viento que llevara sus palabras hasta ella, Shapner le dijo que la amaba y que mañana sería el inicio de un nuevo comienzo para los dos.

No obstante, en realidad, sólo estaría provocando el principio del fin para ambos.

Fin Capítulo Veintitrés

Hola, muchas gracias por leer. Desde el primer capítulo comenté que este fic es un experimento, tomé a tres personajes que siempre los había usado de una manera para darles un giro de ciento ochenta grados y ver qué pasa. En un principio creí que sería una historia corta, incluso me planteé no alargarme mucho con la trama. Pero la trama tenía otros planes para mí.

Con cada episodio que avanzo siento la necesidad de profundizar más; de explicar mejor las cosas para que no queden cabos sueltos o preguntas sin respuesta. Los que me conocen desde mis inicios saben que me resulta casi imposible no alargarme, les soy sincero cuando les digo que he intentado no irme por las ramas; pero de un modo u otro, termino explayándome.

Al replantearme mis cálculos y al consultar mis notas, creo que el fic acabará con no más de treinta capítulos. Este pequeño experimento se ha convertido en un gigante en mis manos, y estoy disfrutando de cada paso a medida que la historia va cerrando ciclos, ojalá ustedes también se sientan así de felices al leer. Y si no es así, lamento mucho que la lectura no les agrade.

Ya para terminar por hoy, les doy las gracias a Salamander's eye, Kim, SViMarcy y a Lupis OrSa por sus comentarios en el capítulo anterior.

Gracias por leer y hasta la próxima.