Disclaimer: Los personajes de este One shot les pertenecen a la Mangaka Rumiko Takahashi, en cambio la trama salió exclusivamente de mi mente loca e inspirativa. No se aceptan copias/plagio del mismo.

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Advertencia: Lemon


Papá, vi a Santa besar a mamá

Por: Aida Koizumi


Ambos padres se encontraban perplejos ante la situación que vivían. Sus respiraciones se aceleraron y la vergüenza comenzaba a florecer en sus rostros.

Las mejillas de Kagome estaban enrojecidas, al grado de poder competir contra el traje de Santa Claus, y se sentía sofocada sin poder recibir el oxígeno necesario por su nerviosismo. Incluso temía desmayarse de la vergüenza.

Su mente estaba en blanco, no podía formular una sola palabra que sea coherente sin evitar el balbuceo. Hasta su corazón estaba alterado, sintiendo los latidos de forma perforante en su pecho.

Quiso mirar de soslayo a su esposo, quien se expresaba igual de sorprendida que ella, pero su ceño fruncido permanecía en su rostro. Un nuevo temor comenzó a invadir su ser y quiso creer en que Inuyasha no tomara en cuenta lo que su pequeña acababa de decir, más bien acusar.

¿Qué demonios había dicho y por qué llegó a esa conclusión?

Moroha los miraba desde su corta altura, manteniendo su postura firme y sus cejas casi juntas. Sus brazos se posaron sobre su pequeña cintura, como si el reclamo fuese con más fuerza.

—¿Qué fue lo que dijiste, Moroha? — preguntó el albino consternado ante tal declaración.

Su mente se envolvía de pensamientos malévolos, queriendo comprender el trasfondo de todo esto. Al principio creyó que era una broma de mal gusto, incluso retuvo una carcajada al imaginarlo imposible, pero Moroha se mostraba decidida. Algo perfectamente heredado de su madre, pues desde que se conocieron se mantuvo firme en sus argumentos, hasta en las peleas era toda una fiera.

Pero... ¿cómo fue que llegó a esa acusación? ¿Acaso había visto algo? ¿Kagome sería capaz de tirar a la basura todo lo que habían vivido por...?

Debía dejar de imaginar escenarios antes de que las náuseas se convirtieran en un vomito real.

—Lo que escuchaste, papá — respiró hondo antes de lanzar la bomba nuevamente. —Mamá te engaña con otro hombre.

Aquella reafirmación no ayudó en Kagome, su cuerpo parecía más estático y en tonalidades blancas. Si no respiraba lo suficiente y de forma correcta, se desmayaría en plena acusación.

Inuyasha comenzó a detallar los movimientos de su "infiel" esposa. Se la notaba muy perjudicada por lo dicho, como si su cuerpo expresara lo que sucedía en verdad.

Entonces... ¿Era cierto lo que dijo Moroha? ¿Kagome sería capaz de dejar de lado a la familia que tanto deseó por estar entre los brazos de otro hombre?

De pronto, sintió una impotencia y unos celos recorrer todo su cuerpo. No dudó en apretar los nudillos hasta verlos más pálidos, juraba que sus dientes se podrían romper de la fuerte presión que ejercía su mandíbula.

No, no quería creerlo. Se negaba rotundamente a aceptar esa realidad. Quiso recordar todas las veces en que Kagome le decía que lo amaba, en todos los cariños y los deseos que le cumplía, en todas las veces que gimió su nombre cuando él arremetía febrilmente contra su cuerpo.

No, Kagome sería incapaz de engañarlo luego de que ambos habían luchado por estar juntos.

La susodicha respiró hondo y tragó la suficiente saliva para no quedarse atorada ante lo que diría.

—Moroha — trató de regular su timbre de voz. —Esa es una acusación muy grave ¿sabes?

—No lo niegues — arremetió. —Yo los vi anoche.

—¿Anoche? — exclamaron en incógnita ambos padres.

—Si, anoche los vi besándose y entrando a un cuarto.

—Pero ¿Cómo es posible si anoche tu madre estuvo conmigo? — trataba de atar cabos y encontrarle lógica a la situación.

—Te digo la verdad, papá — la pequeña comenzó a saltar en desesperación. —Vi a Santa Claus besar a mamá.

De repente, todo el enojo y la perplejidad se esfumaron de sus cuerpos. Los rostros de ambos padres comenzaron a sentir más calor de lo normal, pintando sus mofletes rojizos.

—Espera... ¡¿Qué?! — Inuyasha fue el primero en reaccionar.

La azabache seguía callada, dejando que una ráfaga de recuerdos azotara su mente. Su nerviosismo se reactivó al pensar que Moroha escuchó todo lo vivido anoche.

Su esposo Inuyasha se mostraba igual, pero, al parecer, lograba dominar mejor la situación. Veía como su nuez de Adán se movía constantemente, como si tragar saliva fuera lo necesario para formular una respuesta amena para la pequeña en frente suyo.

Moroha los miraba atentamente, sin obtener más que respuestas silenciosas en sus ojos. Su madre parecía que se caería al piso en cualquier momento, y su padre no paraba de guiar sus ojos dorados a distintas direcciones, salvo a la suya.

Se empezaba a inquietar y su frustración superaba los niveles que posea desde que se despertó en la noche, escuchando cosas que no debía escuchar.

Pero ¿A quién podía engañar?

La culpa no era suya, sino de su mentirosa madre quien osaba resguardar sus aventuras con aquel personaje que solía idolatrar. Todo sucedió dentro de su hogar, cuando su padre se perdió dentro de sus profundos sueños. Aquel acontecimiento podría haber quedado en perfecto secreto, como un sueño abominable que tuvo, pero no. Fue muy real y sus ojos fueron testigos de la falsedad de su madre.

—¿No lo vas a negar? — escupió en reproche y con voz aguda. Sus brazos seguían en la misma posición; sobre su cintura demostrando autoridad. Su madre cada vez quedaba más en evidencia.

—Bueno... yo... — el balbuceo fue inevitable. Y es que no podía más de la vergüenza.

—Moroha, nosotros... Emmm — interrumpió inuyasha queriendo calmar a la pequeña.

De pronto, sintió que su lengua se trababa con cada palabra que trataba de expresar, como si la explicación que quería dar no resultase apropiada. Y en cierta parte era cierto...

¿Cómo podían explicarle a Moroha lo que realmente vio sin tener la necesidad de dar detalles de más?

-.-.-

12 horas antes...

El pequeño cuerpo no era capaz de expresar el cúmulo de emociones que estaban desbordando su ser. Apenas podía controlar los saltos constantes y sus corridas por todo el living.

De vez en cuando frenaba y observaba el imponente árbol artificial, adornado por diversas bolas brillantes de color dorado y rojo, y muñequitos similares a su adoración. Similares a Santa Claus.

Con solo imaginar que mañana llegaba su fecha favorita del año, Moroha no era capaz de conciliar el sueño. El reloj marcaba las 11:00 pm en lo alto de la chimenea, indicando el exceso de tiempo que la pequeña niña estuvo despierta. Normalmente caía exhausta en su cama a las 10 pm. Su madre a diario corría todos los peluches que se posaban sobre el acolchado, un trabajo cansador debido a la cantidad que juguetes que Moroha poseía, y preparaba la cama con un cuento listo para ser contado.

Pero esta vez era distinto.

Kagome miraba atentamente los movimientos exaltados de su pequeña, temía que sus pies se tropezaran con la alfombra debajo de la mesa o que se golpeara con las patas de las sillas o del sillón. Pero se negaba a decirle algo al respecto. La azabache ya conocía la terquedad de su hija y no quería comenzar una nueva pelea con ella. Sabía que nunca ganaría pues la pequeña daba pelea y pelea hasta el cansancio. Al final, Kagome terminaba resignada y le daba la razón, ganándose una sonrisa triunfal.

Al parecer Moroha heredó más que la apariencia de su padre.

Su corazón dio un vuelco al recordar tal comparación. Inuyasha siempre fue el amor de su vida desde la preparatoria, pero nunca tuvo el valor de decírselo hasta que se reencontraron en la Universidad. Cuando por fin pudo dirigirle unas cuantas palabras, se dio cuenta de lo vanidoso terco que podría ser. Recordaba que juró odiarlo luego de su trato, pero como dicen, del amor al odio hay un solo paso y ellos no fueron la excepción.

Habían comenzado con el pie izquierdo, pero de a poco su amor comenzó a florecer y, sin darse cuenta, ya estaban perdidamente enamorados del otro.

No podía asegurar que su relación fue de color de rosa, pues tenían varias diferencias en cuestiones de gustos y actitudes. Las peleas absurdas estaban muy presentes, como también las reconciliaciones apasionadas y llenas de lujuria. Podían vivir haciendo el amor como locos enamorados e insaciables, ya que encontraban que era de las formas más placenteras de sentir al otro en plenitud.

Y fue en una esas tantas noches febriles en las que lograron crear una nueva vida. Moroha fue totalmente imprevista, no se habían cuidado y no estaban preparados aún para dar tal paso agigantado. Pero con los meses, donde la pancita de Kagome crecía periódicamente, ambos fueron aceptando su futuro rol de padres y fueron amando a esa pequeña que se movía inquietamente.

Cuando Moroha nació sabían que su felicidad estaba completa. Era la niña más hermosa y tierna que habían creado.

Su cabello era similar al de su madre, pero con reflejos en tonalidades más claras. Sus ojos también eran chocolates y muy profundos, adornados con unas pestañas arqueadas. Ambos imaginaban que heredaría algún rasgo característico de Inuyasha, como sus ojos dorados o su melena albina, pero grande fue su sorpresa al ver que Moroha se convertiría en la copia de su padre. No solo poseía gestos y actitudes similares, sino que su carácter era idéntico al de él; orgulloso, bromista y terco. Pero tenía un corazón enorme, dispuesta a ayudar a todo el que se lo pidiera.

—Moroha — una voz masculina interrumpió los pensamientos de la joven. —Es hora de dormir ¿no crees?

—Pero papá... — reprochó la susodicha, frunciendo sus labios. Una estrategia que usualmente le servía.

—Nada de peros. Mañana es navidad y Santa Claus debe venir a dejar los regalos. Si no te duermes ¿cómo podrá dejarlos?

—Es que deseo conocer a Santa — su cuerpo se expresó en saltos de emoción. —Tengo muchas preguntas por hacerle.

—¿Cómo cuáles? — arqueó una ceja queriendo saber lo que experimenta aquella mente infantil.

—Me gustaría saber cómo puede viajar por todo el mundo en tan solo una noche, es algo extraño ya que un avión tardaría como 60 horas en recorrer el mismo camino... — la pequeña lo explicó tan naturalmente que se sorprendieron de su inteligencia.

Y es que, con apenas 4 años, Moroha se había enriquecido de más información que lo que un niño normal lo hace. Siempre fue muy curiosa y solía preguntarse diversas cuestiones que la dejaban en duda. Ahí es cuando entraban en juego sus padres ya que debían censurar ciertas explicaciones que la pequeña no dudaba en inquirirles. Le gustaba saber todo.

—También es extraño que tenga tanto dinero para comprarle juguetes a todos los niños... — guio su pequeña mano a su mentón y sus ojos se perdieron en buscar una respuesta a sus incógnitas.

—Ayy... Pequeña ingenua — mencionó el padre, meneando su cabeza. —Debes dejar de pensar tanto y disfrutar del momento ¿Sí?

Moroha apenas asintió a lo dicho y soltó un suspiro en resignación. Luego del cúmulo de emoción que vivía, su cuerpo comenzaba a mostrar síntomas de cansancio. No dudó el bostezar mientras tomaba la mano grande que su padre le ofrecía y partieron rumbo a su habitación.

Kagome sintió un vuelco en su corazón al ver cómo Moroha se dejaba llevar por su padre. Amaba verlos juntos, siempre compañeros en todo. Se podía notar a leguas que esa pequeña era la nena de papá.

Al llegar a las escaleras, él la tomó en brazos, recostando suavemente su cabeza en su cuello para comenzar la subida. Moroha enroscó sus brazos en el cálido cuerpo masculino y observó cómo, poco a poco, iba perdiendo visión del adornado living.

Kagome se dispuso a ordenar todo el perímetro. Reacomodó las cosas que estaban dispersas en otros lugares, barrió un poco el piso que su hija había ensuciado y terminó de adornar los detalles que faltaron para mañana celebrar aquella fiesta familiar.

Miró por última vez el árbol de navidad estático e imponente. Las pequeñas luces de colores iluminaban el resto de la decoración dorada y roja, dejando una hermosa y nostálgica vista de su infancia.

Recordaba que ella era como Moroha a su edad, siempre hiperactiva y emocionada por navidad. Una vez, tuvo la osadía de adelantar el reloj para que llegara más temprano el 25 de diciembre y poder abrir los regalos sin dormirse en el proceso. Pero su familia la descubrió antes de tiempo y, como castigo, le ordenaron que durmiera temprano.

Desde ese momento, decidió que no quería que su hija sufriera lo mismo. Por lo tanto, siempre le dijo que los regalos se abrían al día siguiente, cuando Santa Claus haya terminado de repartírselos a todos en la noche.

Inuyasha bajó lentamente los últimos escalones y contempló a su esposa. Era imposible negar la belleza que emanaba, incluso desde esa posición su figura se delineaba de forma exquisita, mandando corrientes eléctricas a su dormido compañero.

Caminó sigilosamente hasta atraparla en un abrazo por detrás. Afianzó sus brazos alrededor de su cintura estrecha y reposó su mentón sobre su hombro. El cuerpo femenino se tensó ante la inesperada intervención, pero al instante se relajó reconociendo su calor.

—La enana ya está descansando — avisó el albino. Cerró sus ojos y aspiró profundamente el aroma de su amada.

Aún no entendía cómo, en el pasado, no había caído enamorado. Kagome era la mujer que todo hombre deseaba; era carismática, atenta, compañera, amorosa y súper activa en la cama. Al comienzo habían tenido sus roces verbales, pero entendió que aquello fue la chispa que encendió a la bestia en su interior. Ella no se quedaba callada, si tenía que dar pelea lo hacía y más si se meten con sus seres queridos. Incluso recordaba cuando lo defendió ante unos excompañeros que solían burlarse de su aspecto exótico. A pesar de que ellos le doblaban en altura y peso, Kagome no se dejó intimidar y argumentó tan bien que hasta el mismo se quedó sin palabras.

Aquellas acciones u otros gestos fueron los que le robaron el corazón. Su amor por ella era tan fuerte que vivía por su familia y su felicidad, sus mujeres eran la luz de toda la oscuridad en la que vivió.

Kagome ronroneó y refregó su cuerpo contra el suyo, en busca de obtener más de su calor. Pero aquel movimiento no sólo incentivó su fuego interno, sino que también una protuberancia apareció entre sus pantalones.

Por obvias razones, la joven se percató del suceso y soltó una risita traviesa ante su intencional provocación. Su mente perversa deseaba cumplir cierto capricho y esta noche era la ideal.

—¿Aún deseas proseguir con tu idea? — ella asintió volteándose. —¡Keh! No entiendo porque tanta preparación si al final vamos a terminar...

—Shhh... — lo frenó con un dedo en sus labios. —Es mi fantasía desde años y deseo cumplirla de principio a fin. Además, no debemos preocuparnos, Moroha está exhausta y dudo que nos interrumpa.

Touché. La pequeña estaba tan emocionaba que su cuerpo ya se mostraba exhausto a estas horas. No sería raro que ya estuviera en su tercer sueño, acompañado con una respiración calma y leves ronquidos.

Su esposa se acercó a su oreja y guio sus brazos a su nuca, comenzando una sesión de "piojitos". Una técnica de seducción claramente efectiva.

—Me parece que alguien no está de acuerdo con tu decisión... — susurró suavemente.

Para afirmar lo dicho, deslizó una de sus manos por toda la extensión de su pecho. Los músculos sobresalían por su camisa blanca, delineando los relieves. Cuando llegó a su objetivo, comenzó una caricia de arriba a abajo, logrando extraer de la boca masculina leves suspiros cargados de pasión.

—Kagome... — advirtió roncamente por los efectos de la seducción.

—Cúmpleme este deseo de navidad ¿quieres?

Y como si fuese la cerecita en el pastel, la joven esposa se mordió el labio inferior lentamente, para prolongar la tortura del albino. Él no dudó en atrapar aquel pedazo de carne y arrasarlo en un beso apasionado. Ladeó su cabeza en busca de profundizar la unión y sentir de forma más directa el aliento y el sabor de su mujer. Todo en ella era exquisito.

El oxígeno comenzó a escasear en sus cuerpos y debieron separarse. Inuyasha la observó desde su altura, sintiéndose hipnotizado de tantas emociones que ella le provocaba.

—Bien — comentó resignado, ganándose otro beso de Kagome.

—Entonces te espero en nuestra habitación.

Una vez dicho todo, ambos se dirigieron a preparar todo lo acordado previamente. La joven decidió cambiar su ropa casual a un camisón ajustado y con encaje. Sus cremosas piernas resaltaban el color oscuro de la vestimenta y sus voluptuosos pechos se asomaban deseosos de la próxima liberación.

Se coloco una bata de satín blanca y se sentó en el colchón, ansiosa de cumplir una de sus tantas fantasías sexuales. No iba a negar que temía que Inuyasha no aceptase esta propuesta pues no era muy del estilo de él, nunca quería acceder a adentrarse en nuevas experiencias. Más si implicaban usar ciertos objetos o prendas.

La puerta se abrió, esfumando sus pensamientos y hundiéndola más en sus deseos. Ella se aproximó al estático cuerpo masculino mientras lo inspeccionaba con detalle.

El cuerpo de su esposo estaba cubierto por una bata roja con detalles en los extremos de color blanco y con textura suave. Aquella bajaba hasta sus caderas, ajustándose con un cinturón negro y hebilla dorada. Sus pantalones, medianamente holgados, se ajustaban a sus piernas atléticas y a su trasero tonificado por las idas al gimnasio.

En sus pies vestía unas botas negras, en conteste con el color rojizo de su disfraz y el escaso blanco. Su melena albina quedó suelta, desordenada y salvaje como siempre, pero gran parte de su cabeza estaba cubierta por un gorro rojo y con pompón blanco en la punta.

A simple vista se veía exquisito con aquel traje de Santa Claus. Había pensado comprar uno más sexy pensando que este no lo sería, pero estaba muy equivocada. A su esposo todo le sentaba se maravilla.

—¿Te gusta lo que ves? — inquirió en tono seductor, erizándole los vellos a la joven.

—Clara que si — afirmó pérdida en sus ojos dorados. —Ahora quiero que cumplas mi deseo, Santa...

—¿Cuál es ese deseo que tanto anhelas, pequeña traviesa?

Aquella referencia le proporcionó una onda de calor por todo su cuerpo, instalándose en su bajo vientre. Expectante, acercó su cuerpo contra el fuerte pecho masculino y susurró sus delirios.

—Quiero que me hagas tuya, Santa...

Y sin necesitar una respuesta, el hombre estampó sus labios contra los femeninos, en busca de encender la llama de su interior.

Ambos cuerpos se abrazaron precipitadamente y dejaron que sus manos recorrieran cada rincón cubierto. Los besos se distribuían por los labios y otros por el cuello, dejando escapar roncos gemidos de placer.

Kagome arqueó su espalda cuando el albino comenzó a lamer con insistencia su cuello, en busca de llegar a los montes de carne. Sus dedos se expresaron y sus uñas se clavaron en los omoplatos masculinos, queriendo controlar las sensaciones que él solo era capaz de provocar en su cuerpo.

De pronto, sintió como la bata caía al piso y el bretel de su camisón comenzaba a deslizarse por el largo de su brazo, dejando expuesto su objetivo. Él no tardó en sumergir su sedienta cavidad bucal en el pezón erguido y rosado. Besó, mordió de forma suave y succionó, impregnándolo de saliva hasta el cansancio. Luego, realizó el mismo procedimiento con el otro pecho, liberando sonidos placenteros en Kagome.

La joven estaba perdida en ese mar de sensaciones que su cuerpo experimentaba. La ola de calor venía con más intensidad cuando él le dedicaba más atención a su botón hinchado. Su respiración se volvió irregular y los suspiros no eran suficientes para demostrar su gusto.

—Inuyasha...

—Shhh... Inuyasha no está acá. Ahora disfruta del placer que Santa te pueda otorgar — volvió a su boca, y junto a su lengua, exploró con fuerza.

—Sii...

No sabían quién fue el que cerró la puerta de sopetón, ni cómo fue que llegaron tan rápido a la cama. Solo podían mantener su atención en los besos que compartían y en las caricias como lava ardiente.

El albino terminó de deshacerse del camisón molesto para poder indagar en el cálido y esbelto cuerpo de la joven. Recorrió toda la piel expuesta, centrándose en los lugares donde más placer le generaban.

Su gigante mano no tardó en encontrar, debajo de sus bragas de encaje, la pequeña perla. Con ayuda de su lubricación comenzó una fricción lenta y tortuosa, excitándose de las expresiones que Kagome le regalaba.

Ella trató de reacomodarse en el mullido colchón, buscando soporte en sus frágiles codos, pero el cúmulo de sensaciones la mareaban. Sentía que se desmayaría de placer en cualquier instante.

Inuyasha friccionó con más ganas la carne y sus dedos comenzaron a empaparse de sus fluidos íntimos. El movimiento se facilitó y su esposa en dudó en arquear su espalda, soltando jadeos entrecortados.

Sabía que estaba cerca, su rostro desfigurado de placer lo anunciaba.

Antes de seguir con su cometido, apartó la última prenda empapada que quedaba y la arrojó hacia algún rincón de la habitación. Recostó su pecho sobre el colchón, dejando su boca en frente de los labios íntimos. Su aroma era sensacional, y su sabor también.

Recorrió sus muslos internos, intimidándola con leves suspiros y besos húmedos, hasta volver a llegar a su intimidad. Se saboreó, imaginando el banquete que se venía y sumergió su cavidad bucal en las carnes hinchadas de placer.

—Ahhhh... Inu... Santa... — gimió en descontrol al sentirlo recorrer con su lengua todo el lugar oculto.

Guio sus manos hasta la melena albina y la atrajo más hacia su cuerpo, buscando eliminar la distancia e incrementar el fuego en sus venas. La lengua masculina recorría todo su sexo, deteniéndose en los pliegues húmedos y en su rojizo clítoris. Alteraba las presiones, llevándola hasta el mismísimo cielo.

—Ahhh... Mmm — gimió arqueándose lo más que podía. Se sentía cerca de la explosión, su cuerpo comenzaba a desbordarse de sensaciones.

Kagome gritó entrecortadamente, cegada del orgasmo de la que fue golpeada. Sus pechos subían y bajaban en compás de su alterada respiración. Sus venas ardían en placer y sus poros brotaron de sudor. Inuyasha se dedicó a lamer todo el néctar de su clímax, antes de proseguir con el acto. Él era el único capaz de hacer vibrar su cuerpo en puro deseo.

Cuando la joven logró calmarse, ayudó a despojar aquellas prendas festivas de su amado. Su pecho cálido y fornido se dejó entrever y sintió una sed por recorrer los músculos marcados.

Sus manos tomaron vida propia y recorrió todo su cuerpo expuesto de forma pacífica. Sus dedos se elevaban y se hundían por los relieves de su piel caliente. Una vez llegó a los hombros, tiró de la bata roja por sus brazos hasta dejarla tirada en la cama. Repitió el procedimiento con sus pantalones, del mismo color, para obtener la vista completa de su excitación.

Kagome mordió su labio, conteniendo la pasión que sentía por él. Lo inspeccionó antes de volver a sus labios y beber de ellos. Sus besos eran lentos, pero profundos, cargados de hambre y de lujuria. Sus lenguas se entremezclaban en una danza ardiente y sus suspiros se fundían en el otro.

El albino sintió como la mano femenina comenzaba a deslizarse, nuevamente, por lo largo de su torso hasta llegar al bulto despierto. Lo rodeó entre sus dedos y rozó su palma en un vaivén feroz.

—Kag... ahhh — exclamó su gusto. Cerró sus ojos y se entregó a su caricia.

La susodicha sintió como su intimidad se mojaban al verlo gozar por sus acciones. No podía negar que lo excitaba demasiado verlo con los ojos cerrados y con su espalda levemente arqueada, entregándose a ella. Era todo un adonis, pero era suyo.

Y con ese pensamiento en mente, aumentó la velocidad por toda la extensión caliente. Le gustaba alternar las presiones entre la base y el glande inflamado de placer. Incluso el sonido deslizante e indecente de su extremidad era mucho para ellos.

Inuyasha tuvo que apartarla antes de culminar sobre su mano. No era que le disgustara la masturbación, pero quería llegar al fondo de todo esto.

Recostó el cuerpo femenino y se dedicó a besar toda la extensión de su cuello, mientras su falo rozaba la entrada húmeda de ella. Kagome envolvió sus piernas sobre la cadera de él, en busca de intensificar el roce y el delirio.

De un solo golpe, el albino hundió su miembro entre las carnes ardientes, generando un gemido en ambos. El vaivén fue lo siguiente, combinando la fricción de sus pechos, el quejido de la cama y sus suspiros sofocantes. Los pechos femeninos se balanceaban de arriba a abajo en contraste con la fuerza impuesta por la unión.

Kagome se abrazó a su espalda y recostó lo más que pudo su cabeza contra la almohada. Los chispazos entre cada embestida encendieron cada terminación nerviosa, llenándola de un deseo insaciable. Incluso sentía que sus uñas clavadas a su espalda, las vibraciones de su cuerpo y los gemidos entrecortados no eran suficientes para demostrar todo su sentir.

Movió con más fuerza sus caderas, ayudándole a profundizar la unión de sus sexos. El sudor ya era evidente en el rostro de Inuyasha, quien no dudó en aumentar la velocidad de su pelvis e iniciar movimientos circulares.

—Ahhh... Kagome. Eres mía, solo mía — aseguró perdido en el placer. Las embestidas cambiaron de ritmo y se sentía más sensible.

—Sii — aceptó entre suspiros. —Solo tuya, te amo... te amo mucho...

—Joder... Te amo... — declaró besándola.

Ya no era suficiente. Sus besos desenfrenados, sus caricias pecaminosas, sus roces delirantes, nada era suficiente a comparación de la sensación que sentían al aproximarse al clímax.

Sentían que se elevaban hacia el máximo placer, sus cuerpos no eran capaces de experimentar tanto calor y la próxima explosión, debajo de sus vientres bajos, era cada vez más evidente.

Una embestida más, y otra más hasta que alcanzaron la culminación. Ambos gritaron en respuesta al chispazo de placer que recorría sus venas, los fluidos se expandieron por sus sexos y el calor de sus cuerpos era casi insoportable.

Inuyasha terminó por esconder su rostro y morderlo, sintiendo como su miembro sensible era amasado por el interior de Kagome. Sus testículos también estaban sensibilizados después de tanto choque contra sus glúteos.

La joven quedó intacta, dejando que el orgasmo hiciera lo suyo y que su respiración se relajara luego de tantas emociones. Lo sintió tumbarse a su derecha y atraer su cuerpo sudado contra el pecho masculino.

—Eso fue...

—Fascinante — concluyó él.

El albino comenzó a peinar la melena desordenada de su esposa, algo lógico luego de semejante acto, y concluyó con un beso en su coronilla. Ella se dejó mimar mientras aspiraba el aroma masculino de su amado y realizaba pequeños círculos en su pecho.

—Solo espero que Moroha no haya escuchado nuestros ruidos — mencionó con cierto temor.

Y es que la pequeña anteriormente los ha interrumpido en plena acción. Nunca se animó a entrar a su habitación, gracias a Kami, pero si se ha manifestado con pequeños sonidos y preguntas en el pasillo. Por eso Kagome escogió esta noche, dado que la emoción de Moroha era tan grande que su cuerpo terminaría exhausto.

Dudaba que los interrumpiera, aunque, ahora que su raciocinio volvía en sí, habían hecho mucho escándalo. Muchos ruidos, gemidos y gritos.

—Tranquila — palmó su espalda para relajarla. —La enana estaba muerta de cansancio. No creo que un pequeño ruido haya interrumpido su sueño.

Kagome decidió quedarse con su explicación hasta que sus ojos se cerraron y se entregó a Morfeo. Inuyasha la siguió minutos después, no sin antes tapar sus cuerpos que, poco a poco se ambientaban al frío de la estación.

Los copos de nieve caían desenfrenados en el exterior, pintando la ciudad en tonalidades frías. Pero todo aquello no fue suficiente distracción para la pequeña niña quien no lograba conciliar el sueño.

Ohhh sii...

Aquellos pequeños ruidos que Inuyasha calificó eran solo producto de su imaginación o de su poca conciencia. Moroha no solo había escuchado todo el acto desenfrenado que llevaron, sino que también vio cómo se besaron apasionadamente en pleno pasillo.

Sus manos se empuñaron con fuerza y su ceño no paraba de estar fruncido. Las imágenes no dejaban de ir y venir en su mente, afirmando lo que siempre temió.

Su madre engañaba a su padre con Santa Claus. Con uno de sus ídolos más grandes, con él que siempre le brindaba felicidad cuando se tomaba fotos en los centros comerciales. Aquel añejo y humilde hombre que ayudaba a todos los niños del mundo y le otorgaba los regalos que deseaban.

Pero esto no se iba a quedar así, no señor. Ella era una niña valiente y prepotente, no permitirá que su madre le vea la cara de estúpido a su padre, y menos con aquel hombre roba madres y falso.

Con esa idea, recostó su cuerpo en el colchón y se tapó hasta la cabeza con sus frazadas. El sueño no tardó en llegar y en instalarse en ella.

Al día siguiente, realizó toda su rutina mañanera de forma brusca. El enojo persistía en sus poros y no dudaba en que el volcán erupcionaría en cualquier momento.

Y así fue como sucedió. Luego de bajar al living y ver el rostro complacido de su madre mientras preparaba el desayuno, no aguantó más. La expuso de la peor forma frente a su padre, gritándole mentirosa a cada rato.

La joven no comprendía el cambio brusco de su actitud. Moroha siempre fue una niña dulce y compañera, rara vez mostraba enfado por ciertas cosas. Pensaba que ella se despertaría con la ilusión de ver los regalos y de comer galletas de navidad con leche, pero no. Lo primero que hizo fue acusarla de algo que ella juró ver.

Inuyasha tampoco comprendía del todo la situación. Incluso pensó que todo se trataba de un sueño que ella tuvo.

Cuando quiso acercarse y tranquilizar a Moroha, ella exclamó que no sea ciego, que lo que vio es real. Que su madre lo engañaba en su casa. En pleno 25 de diciembre.

Las cartas fueron expuestas y luego de esperar a que la pequeña libere más información de lo sucedido, ambos se quedaron sin palabras.

Y es que como podían explicarle que ese hombre que vio no era Santa Claus, sino Inuyasha y que todo fue producto de una fantasía sexual que Kagome deseaba.

La pequeña los seguía mirando, expectante a sus respuestas. Estaban seguros de que no permitiría que huyeran o dejasen el tema para después.

Estaban expuestos, más que expuestos, y sin poder formular una explicación coherente y censurada para la pequeña curiosa.

Menudo 25 de diciembre les tocó vivir...

Fin

Palabras: 5114


Notas de autor: ¡Feliz navidad (atrasada) mis bellos lectores! No tienen una idea de cuanto los extrañé, pero cuando uno tiene bloqueos es difícil escribir. Este OS lo tenía pensado subir el mismo 25 de diciembre, pero no me gustó como quedó. Entonces tuve que editarlo y reescribirlo hasta llegar a este resultado. El lemon no fue planeado, pero últimamente los escribo super rápido y decidí regalárselos para navidad.

Me hubiese encantado que mi soldado caído favorito (cof cof Zio cof cof) me hubiese acompañado en este reto, pero me abandonó :c (igual te sigo amando uwu)

Como no voy a publicar nada hasta enero, quiero desearles un hermoso año nuevo con todos sus seres queridos. Que este 2021 sea un año mucho mejor para todos y que podamos cumplir nuestras metas, en mi caso seguir escribiendo fanfics :3

También les comunico que ya tengo 3 proyectos por publicar, tengo muchas ideas en realidad, pero me voy a centrar en estas 3; la historia del profesor/alumna, un lemon explicito OU y un longfic relatando todos los sucesos desde el regreso de Kagome al Sengoku hasta el presente de Yashahime.

Otro tema que quiero tratar es el siguiente: NO permito que nadie tome mis historias en otras plataformas teniendo o no mi permiso. Hace unos días me pasó y no permitiré que lo hagan nuevamente. En caso de que vean uno de mis fanfics en otro lado, por favor díganmelo.

Espero verlos nuevamente en estos días. Los amo demasiado y agradezco todo el apoyo que le dan a mis fanfics, ya sea por acá como en fb (algunas personitas ya me conocen :0)

Con amor, Aida.