Disclaimer: Ni Dragon Ball ni sus personajes me pertenecen.

Capítulo 24

Ensimismado, mirando la hoja de papel frente a él, Gohan guardaba silencio como el resto de sus compañeros mientras se llevaba a cabo la prueba final de matemáticas. Su temperamento, en ese instante, distaba en demasía del que tuvo el día de ayer. Hoy no eran ni los celos ni el enojo quienes lo dominaban; al contrario, eran el temor y la zozobra los culpables de su hermetismo.

Durante el vuelo de regreso a casa, Gohan no fue capaz de apartar el recuerdo de sus acciones desmedidas contra aquel cuarteto de asaltabancos. Su estilo solía ser más moderado, únicamente se limitaba a detener el robo y luego neutraliza a los responsables de tal crimen. La policía, haciéndose presente para finalizar su intervención, se encargaba de encarcelarlos y enjuiciarlos.

Pero este no fue el caso. En su mente continuaba atormentándolo la misma pregunta, se cuestionaba si aquellos cuatro hombres seguían con vida después de haber, literalmente, acabado uno por uno con todos ellos. Cuando recuperó la lucidez y se marchó de vuelta a su hogar, su lado humano, para bien o para mal, retomó las riendas de su volátil personalidad.

Si bien Gohan había visto y experimentado altísimos niveles de violencia con anterioridad, era la primera vez que usaba sus poderes, sin restricciones, en contra de simples terrícolas. No era de extrañar que su inestable conciencia lo martirizara en todo el trayecto, y al aterrizar en los verdes campos de las montañas Paoz, el remordimiento se hizo más grande al pensar en su madre.

¿Gohan, por qué te demoraste tanto? –Milk, iluminándose con una lámpara de aceite, le cuestionó al verlo llegar– ¿sucedió algo malo?

¿Por qué las luces no están encendidas? –notando como la oscuridad reinaba en su humilde morada, Gohan le indagó a su madre al respecto.

Estuvo lloviendo muchísimo hace un par de horas, la electricidad falló por culpa de la tormenta eléctrica–respondiéndole, Milk le explicó sin rodeos–supongo que el generador fue golpeado por algún rayo y por eso se descompuso. Tendré que pedirle ayuda a Bulma para repararlo, sin él no tendremos electricidad.

Presuroso, no teniendo el valor para ver a su mamá a los ojos, Gohan le dio una vaga explicación de su demora y corrió hacia su habitación inmediatamente. Permaneció allí esforzándose por tranquilizar su galopante corazón, el cual, aún impulsado por la adrenalina y el instinto saiyajin, latía con tanto furor que Gohan pensó que saldría de su pecho.

Tardó una eternidad dándose una ducha helada, lavó sus manos con un frenético ímpetu deseando eliminar hasta la última partícula de sangre de aquellos criminales. Desnudo, y dejando que el agua de la regadera cayera sobre él, Gohan intentó apaciguar su conmoción justificando su accionar sin importar que sus argumentos fuesen falsos o inválidos.

Su largo debate interno se terminó cuando Goten, llamándolo con un par de gritos, le avisó que la cena ya estaba servida y que Milk les esperaba. Así pues, no queriendo levantar ninguna sospecha, Gohan acabó de ducharse y se dispuso a vestirse para bajar a la mesa. Y allí, aguardando por él, debió hacerle frente a la suspicaz mirada de su madre que le observó como si supiese lo que pasó.

Sin embargo, al ver de soslayo la televisión apagada en una esquina, Gohan suspiró con alivio al comprender que la suerte, milagrosamente, se volcó a su favor. Milk, al anochecer, acostumbraba mirar el noticiero local como un pequeño desahogo de sus interminables deberes domésticos. Y allí, muchas veces, vio las hazañas heroicas que Gohan realizó bajo el manto del Gran Saiyaman.

Pero en esta ocasión, más que nunca, no había nada heroico que mostrar. Por ello, gracias a que la electricidad se interrumpió esta noche, Gohan relajó sus entumecidos músculos al comprender que su madre no vería en el televisor lo que ocurrió esta tarde. Tal cosa le brindaba, temporalmente, una fuerte dosis de paz. Una falsa y tensa paz.

Mañana, cuando vaya a la Corporación Cápsula, tengo pensado hablar con Bulma para pedirle su ayuda con tu ingreso a la universidad–acabando de cenar, Milk ignoraba los pensamientos de su hijo mayor teniendo ideas más felices en su cabeza–falta muy poco para que se termine el año escolar, en un par de semanas te entregarán tu diploma de secundaria y quiero que te inscribas, cuanto antes, en la mejor universidad que existe.

Gohan, sin dejar de comer la sopa de serpiente que preparó Milk, solamente la escuchaba.

Hace unos meses ella me mencionó la posibilidad de inscribirte en la Universidad del Oeste, Bulma estudió allí en su juventud y me dijo que con gusto me ayudaría para que estudies ahí–ilusionada, imaginándose a Gohan como todo un universitario, las retinas de Milk resplandecían de felicidad–estoy segura que con tus excelentes calificaciones y la recomendación de Bulma te aceptarán, no tengo la menor duda. Y si tuvieses que aplicar un examen de admisión, sé que lo aprobarás sin problemas.

Y fue allí, al recordar esa parte de la plática con su madre, que Gohan se reconectó con el presente mirando el examen de aritmética que yacía ante él. Unas horas antes, despertando con los rayos del sol golpeándole la cara, Gohan vaciló en asistir a la escuela temiendo que algún desafortunado revés del destino lo desenmascarara ante toda la ciudad.

Aún así, no sabiendo cómo justificarle su ausencia a su madre, Gohan entendía que no podía faltar a clases. Por ende, pretendiendo lucir lo más normal posible para Milk, se arregló en menos de un parpadeo y emprendió el viaje de ida hacia Ciudad Satán. Durante el recorrido, Gohan imaginó los escandalizados y amarillistas titulares que acompañaban su nombre en los periódicos matutinos.

Fue tan profunda y grave su preocupación por ello que, por primera vez en semanas, ni Videl ni Shapner se manifestaron en sus meditaciones, llegando a desaparecer, brevemente, de su horizonte. Sus nervios se intensificaron al avistar el edificio de la preparatoria en la distancia, no tenía idea de qué pasaría cuando aterrizase; empero, debía presentarse lo quisiese o no.

Armándose de valor, y comenzando con el descenso, Gohan se plantó en la terraza del centro educativo apurándose en bajar por la escalera de emergencia que, a diario, utilizaba para ir y venir. Al principio todo parecía verse tranquilo, nada le indicaba que fuese a tener inconvenientes o dificultades con su álter ego justiciero. No obstante, desgraciadamente, eso cambió muy rápido.

¿Supiste lo que pasó ayer en el banco?

Claro que sí, lo vi en la televisión.

Internándose en los concurridos pasillos de la escuela, los augurios de Gohan se cristalizaron al darse cuenta que él era el tema de conversación por excelencia entre los estudiantes. Videl y su repentino noviazgo con Shapner ya había pasado de moda, ni siquiera su infortunado accidente en la clase de deportes pudo igualar la relevancia de los hechos ocurridos en el banco de la metrópoli.

Gohan, caminando lo más deprisa que le fue permitido, atravesó la densa marea de gente que no terminaba de murmurar y especular sobre el encapuchado. Haciendo una corta parada frente a su casillero, Gohan lo abrió para tomar algunos libros oyendo como dos chicas, a unos pocos pasos de él, se unían al enorme coloquio que se esparció entre el estudiantado como un virus infeccioso.

El Gran Saiyaman reapareció y se volvió loco, casi mata a una pandilla de ladrones.

Dicen que la policía no se atrevió a detenerlo porque le tuvieron miedo, son unos cobardes…

¿Crees que el Gran Saiyaman le ganaría a Mr. Satán si lo retara a pelear?

No tengo idea, pero me encantaría ver esa pelea.

Justo en ese momento, finalizando con el parloteo, Gohan se sobresaltó al oír como la campana sonó de repente anunciando el inicio de la jornada de estudio. Reaccionando, tomando sus cosas con rapidez, Gohan salió disparado hacia su salón sin detenerse a saludar a nadie hasta sentarse en su sitio, notando, en un santiamén, que Videl y Shapner no se hallaban presentes en el aula.

Segundos más tarde, y con una marcada seriedad, su maestro entró en escena dando las típicas indicaciones previas a un examen. Gohan, llevándose una mano a la nuca tal y como lo hacía su padre, resopló al haberse olvidado por completo de dicha prueba. Pese a eso, teniendo problemas más grandes con los cuales lidiar, aquello no le causó ni la más mínima inquietud.

Tanto así que, hasta este preciso instante, aún seguía sin responder ninguna pregunta.

– Quince minutos, muchachos…–rompiendo con el silencio que casi cumplía una hora, el profesor de matemáticas les habló a sus alumnos–la prueba termina en quince minutos, ni un minuto más…

Palmeándose el rostro, esforzándose por despejar sus nublados pensamientos, Gohan sujetó con fuerza su bolígrafo y se dispuso a concluir con aquel desafío académico. No obstante, a medida que leía y resolvía los ejercicios planteados, Gohan los respondió con una facilidad tan avasallante que el término "desafío" no era el más apropiado para describir aquella situación.

Para cuando fue consciente de ello, Gohan había respondido a todos los cuestionamientos sin que ninguno de ellos fuese imposible para él. Todavía contando con tiempo de sobra, Gohan no quería volver a pensar en el Gran Saiyaman y giró su cabeza a su derecha apuntando a los asientos vacíos de Shapner y Videl, lo cual, encendiendo de nuevo sus celos, sólo empeoró su humor.

– Maldita sea, nada me sale bien…

Pero, enfriando sus ánimos antes de caldearse, la agónica y susurrante voz de Ireza provocó que Gohan se fijase en ella. Mirándola de reojo, siendo precavido para que nadie lo notara, Gohan observó su cara afligida y decaída que disentía con la sonriente y radiante expresión facial que era común ver en ella. Incluso, si agudizaba su visión, juraría que vio algunas lágrimas en sus pestañas.

Sintiendo una inmensa lástima por ella, Gohan sabía que la graduación de Ireza dependía en su mayoría de aprobar aquella materia. Por ello, posando su vista en su profesor quien daba la impresión de estar concentrado en sus asuntos, el hermano de Goten empezó a golpetear suavemente la superficie del escritorio que compartía con Ireza.

Para su frustración, su mensaje no fue visto por Ireza quien continuaba luchando por responder a una de las preguntas de la prueba. Así pues, cambiando de estrategia, Gohan le sacó provecho a las circunstancias extendiendo una pierna para darle, con disimulo, un par de leves golpecitos en uno de los pies de la rubia. Aquello, instantáneamente, logró el objetivo que Gohan pretendía.

Ireza, volteándose a su izquierda, entendió las generosas intenciones de Gohan, quien deslizó su examen unos cuantos centímetros hacia ella para que la blonda pudiese copiarlo. Gohan, reacomodándose en su silla, optó una postura que no llamara mucho la atención mientras Ireza, escribiendo con una velocidad casi maniática, cruzaba los dedos para que no los pillaran.

– Bien muchachos, se acabó el tiempo–poniéndose de pie, el maestro consultó con su reloj de pulsera confirmando la hora–la prueba se acabó, por favor dejen de escribir.

Como era de suponer en un escenario así, no se hicieron esperar los lamentos y reclamos de aquellos que no habían concluido de responder. Ireza, luciendo una tez muy pálida, le rogaba a las deidades del universo que su calificación fuese más que suficiente para pasar y poder graduarse en unas semanas más. Y sí lo conseguía, nunca olvidaría la ayuda salvadora de Gohan.

– Uno a uno traigan sus exámenes, pueden salir al receso luego de entregármelo–dándoles su última instrucción de la clase, aquel veterano educador fue guardando en su portafolios cada una de las pruebas que sus estudiantes le entregaban–en mi próxima lección se los devolveré calificados y también les entregaré sus promedios anuales. Espero traerles buenas noticias.

Habiendo entregado el suyo, Gohan caminó hacia la puerta sospechando que el Gran Saiyaman sería, otra vez, el foco principal de los comentarios durante el receso. Sin embargo, antes de que tan siquiera pudiese escuchar algo, los delgados brazos de Ireza lo rodearon por detrás; entretanto ella, sumamente agradecida, le obsequiaba el abrazo más feliz que haya dado en toda su vida.

Gohan, no acabándose de acostumbrar a las súbitas manifestaciones de afecto de la rubia, no pudo evitar sentirse incómodo ante la cercanía de Ireza, lo cual, tiñendo sus mejillas con un colorido tono rojizo, lo llevó a soltar una risa nerviosa y apenada. Ante esto, dando un giro de ciento ochenta grados, el saiyajin quedó frente a la blonda quien le sonreía gratamente.

– Gohan, muchísimas gracias…–susurrando para que nadie los descubriera, Ireza le dio las gracias–anoche casi no dormí por culpa de este maldito examen, estudié hasta muy tarde pero acabé sin entender nada…

– No hay de qué, Ireza–separándose un poco de ella, Gohan le regresó la sonrisa que Ireza le ofrecía–sé que las matemáticas no son tu fuerte y presentí que necesitabas ayuda.

– Ahora puedo respirar más tranquila–le comentó sin dejar de sentir felicidad en sus adentros–sé que mis calificaciones no son las más altas de la clase; pero confío en que sean más que suficientes para aprobar. Por nada del mundo podría faltar a la graduación de este año, quiero graduarme contigo, Shapner y Videl.

Mencionar aquel par de nombres encendió las alarmas de nuevo en Gohan, quien, percibiendo como la duda y la incertidumbre recorrían todo su cuerpo, se preguntaba cuál sería su paradero justo en ese momento. Por ende, necesitando saciar aquellas interrogantes, Gohan rápidamente se prestó a platicar al respecto con Ireza, esperando que ella, casualmente, supiese algo.

– Ya que los mencionas a ambos, supongo que también notaste que ninguno de ellos se presentó hoy a clases.

– Sí, me di cuenta de eso–cambiando su semblante por uno más pensativo, Ireza se reclinó en la pared de concreto a sus espaldas–imagino que Videl no vino porque se quedó reposando en cama, no olvides el accidente que tuvo ayer en la clase de deportes.

– Eso es verdad, es posible que se haya quedado en cama–apaciguando la irracionalidad característica de los saiyajin, Gohan se inclinó por el razonamiento lógico y rastreó el ki de Videl buscándolo entre todos los habitantes de Ciudad Satán, corroborando, efectivamente, que ella se localizaba en su hogar–aunque me preocupa qué pasará con su calificación final, ella también tiene que responder el examen de hoy.

– No nos olvidemos de Shapner, él también debe responderlo.

– Claro, no podría olvidarme de él–nada contento, Gohan debió disimular su desagrado por el aludido, prefiriendo, totalmente, enfocarse otra vez en la pelinegra–pero teniendo en cuenta el accidente que tuvo ayer, me gustaría saber cuál es el estado de Videl. Ojalá se encuentre mejor, yo estuve muy cerca de ella cuando cayó y no pude hacer nada por impedirlo.

– Si no te conociera diría que estás enamorado de ella–riendo un poco, y gozando de más tranquilidad al terminarse el examen, Ireza volvió a ser la chica bromista y avispada de siempre–pero entiendo lo que dices; además es muy lindo de tu parte que te preocupes por ella.

– Bueno, yo sólo…–reaccionando con su innata personalidad, Gohan tartamudeó con levedad.

– ¡Gohan, es tan fácil hacerte sonrojar! –Jugueteando con él otra vez, Ireza buscó en los bolsillos de sus pantalones su teléfono celular–pero no eres el único que se preocupa por ella, la mejor forma de salir de la duda es telefonearla y preguntarle cómo se siente. Cruza los dedos para que esté despierta y conteste la llamada.

Silenciándose, vigilando con extrema atención a la jovencita de cabellos dorados, Gohan vio como los segundos pasaban sin que Videl atendiera el teléfono. Ireza, impacientándose igualmente, comenzó a caminar en círculos al oír como el tono del auricular sonaba en su oído. Cada pitido arrasó con las esperanzas de Ireza, llevándola, irremediablemente, a muy poco de colgar.

Gohan, sospechando que Ireza tiraría la toalla, miró por un santiamén a sus alrededores viendo como otros seguían charlando sobre el Gran Saiyaman; sin embargo, olvidándose de aquello, su atención regresó de golpe a Ireza, cuando esta, sobresaltándose de improvisto, al fin consiguió comunicarse con Videl experimentando un gigantesco alivio al escucharla responder.

– ¡Gracias al cielo, creí que nunca me contestarías!

El primogénito de Goku, observando como Ireza le hacía un par de ademanes, compartió su euforia al presenciar aquel contacto telefónico.

– ¿Cómo estás, cómo te sientes? –Preguntándole, Ireza fue directo al grano–hoy fue el examen final de matemáticas y me preguntaba qué pasará contigo al respecto, la graduación no está lejos.

Luego de eso, manteniéndose muy callada para oír las palabras de Videl, Ireza no dijo nada más asintiendo con la cabeza. Gohan, por su parte, maldecía al no ser poseedor de una agudeza auditiva como la del señor Picorro; para así, solapadamente, ser capaz de escuchar los dos lados de la conversación que se desarrollaba justo frente a sus narices.

No obstante, sus ojos le ofrecieron otro tipo de información muy distinta pero sumamente valiosa. Ireza, dibujando distintas expresiones faciales, fue pasando por el júbilo absoluto hasta detenerse en una seriedad que muy pocas veces ha sido vista en ella. Gohan, atando cabos sueltos en su mente, vio aquello como un indicio más de que las cosas no marchaban nada bien con Videl.

Posiblemente Shapner estaba involucrado en aquello, no lo dudaba ni remotamente. Y al pensar en él por millonésima vez, Gohan recurrió a sus poderes buscándolo en toda la extensión de la metrópoli. Le alegraba que no estuviese junto a Videl; empero, no confiando en él, se moría de curiosidad por saber dónde se hallaba y por qué no se presentó a clases.

– Estamos a punto de llegar, sólo faltan unas cuantas calles más…

Y a su vez que Gohan pensaba en él, Shapner, sentado justo al lado de Mr. Satán en el interior de su limusina, miraba por la ventanilla el paisaje exterior acumulando y fortaleciendo su odio por el Gran Saiyaman. Minutos antes, cumpliendo con las órdenes de su suegro, Shapner salió de su casa como lo hacía cada mañana tratando de lucir normal para no levantar sospechas en sus padres.

Desayunó y se despidió de ellos, les deseó un buen día prometiendo que no se tardaría como ayer. Caminó tranquilamente por su vecindario usando la misma ruta que lo llevaría a la escuela; pese a eso, al llegar a una concurrida intersección, Shapner se desvió al lado opuesto y apresuró su marcha, contemplando, a un par de kilómetros, la lujosa mansión de Mr. Satán.

Al arribar a su destino no se demoró en anunciarse. Sashimi, recibiéndolo como uno más de la familia, le informó que Mr. Satán aguardaba por él en la amplia cochera de la residencia. Siendo guiado por el mayordomo, Shapner se aproximó al vehículo que encendió su motor al verlo acercarse. Y así, sin rodeos, emprendieron su viaje tan pronto como Shapner tomó asiento.

– Mr. Satán, señor–rompiendo con el largo silencio que los ha acompañado, Shapner se giró a su suegro– ¿cómo se encuentra Videl, ya se siente mejor?

– Cuando fui a verla esta mañana, poco después de amanecer, ella todavía continuaba durmiendo–respondiéndole sin mirarlo, Mr. Satán mantenía su atención enfocada en el camino frente a ellos–durante la noche no hubo ningún problema con ella, puedo asegurarte que tuvo un descanso profundo y tranquilo.

– Eso me alegra mucho, yo casi no pude dormir anoche al pensar en ella.

– No te preocupes, Videl está sana y salva en su habitación–serio pero no grosero, Mr. Satán le enfatizó eso último–no quise despertarla cuando la visité, preferí que continuara durmiendo y descansando. Lo mejor será que se quede en casa todo el día, ya verás que muy pronto volverá a ser la de siempre.

– Ese es mi deseo más grande, quiero que vuelva a ser la chica que conocí hace muchos años; la misma que era antes de que ese maldito payaso apareciera.

Entendiendo aquella mención sobre el Gran Saiyaman, Mr. Satán aprovechó la ocasión para dejarle en claro algunos aspectos fundamentales de su plan a Shapner. Y el primero de aquellos aspectos era, cabalmente, la identidad del individuo a que irían a visitar justo ahora. Para el flamante campeón mundial, no era sencillo confesarle que hizo negocios con la mafia.

– Muchacho, como te lo dije ayer, te pedí que faltaras a la escuela porque planeo que hoy hagamos varias visitas importantes durante el día–notando que estaban muy cerca de llegar, Mr. Satán entendía que se le acababa el tiempo–la primera de ellas es la más importante de todas, en pocos minutos te presentaré con el hombre que me ha brindado su ayuda para que logremos nuestro objetivo.

Shapner, muy intrigado, se disponía a preguntarle de quién le hablaba pero Mr. Satán se le adelantó.

– No te voy a mentir, no me resulta nada fácil decirte su nombre. Si la prensa se enterara, incluso si la policía lo supiera, estoy seguro que terminaría tras las rejas en menos de lo que canta un gallo–si bien sus palabras sonaron muy dramáticas, el campeón no exageró en lo más mínimo–te apostaría lo que fuera a que has escuchado su nombre en la televisión muchas veces, es un sujeto polémico y peligroso. Me refiero a Van Zant, el mafioso más grande de la ciudad.

Palideciendo, abriendo los ojos con sincero asombro, el novio de Videl no se esperaba una revelación de ese calibre.

– Hay una cosa que quiero te que quede claro, muchacho. No me siento nada orgulloso por haberme aliado con él, estoy muy consciente de la gravedad de sus crímenes–defendiéndose más que todo de él mismo, Mr. Satán no pudo ocultar la dualidad que reinaba en sus pensamientos–pero no me arrepiento de haberlo hecho, todo lo que estoy haciendo lo hago para que Videl vuelva a ser feliz. Algún día, cuanto seas un hombre mayor y tengas tus propios hijos, sé que entenderás lo que dijo y no me juzgarás.

Tomándolos desprevenidos, la limusina detuvo por completo su avance estacionándose frente a la guarida de Van Zant. En las afueras, vigilando el perímetro al portar consigo armas de gran potencia, Shapner avistó a varios pistoleros al servicio de Van Zant, quienes, mirando el auto que los transportaba con total desconfianza, no dudarían en dispararles si fuese necesario.

Pudiendo ver el temor e intranquilidad que crecía en Shapner, Mr. Satán se colocó sus confiables gafas de sol que han ocultado, hasta el momento, su amada reputación de los despistados matones de Van Zant. Así pues, preparándose para bajar del automotor, Mr. Satán le dedicó algunas indicaciones más al adolescente que venía con él.

– Mantente cerca de mí todo el tiempo, no digas ni hagas nada a menos que yo te lo ordene–apuntándole con un dedo, Mr. Satán se esforzó por prevenir una equivocación que les costara la vida a ambos–no tengas miedo, Shapner. Me dijiste que eras un chico valiente que adoraba los desafíos, pues es la hora que me demuestres que no me equivoqué al confiar en ti.

Shapner, mirándolo fijamente, recordó por qué estaba allí además de las recompensas que caerían sobre él si cumplía su misión. Evocando tanto a Videl como al Gran Saiyaman, Shapner endureció su faz deshaciéndose de sus miedos y llenándose del coraje que presumía en el cuadrilátero. Y así, asintiéndole con la cabeza a su suegro, el rubio lo seguiría al mismísimo infierno si él se lo pidiese.

Y literalmente, eso le pedía.

– No lo defraudaré, Mr. Satán. Le juro por mi vida que no lo defraudaré.

– Entonces, adelante.

Dejando las charlas para después, Mr. Satán abrió la puerta a su costado saliendo de inmediato del vehículo. Shapner, no queriendo quedarse atrás, le imitó sintiendo el frío viento que azotaba en aquella parte de la ciudad estrellándose contra su rostro. Tragando saliva, empezando a caminar al lado del campeón, Shapner podía sentir la tensión que se acrecentaba a medida que se acercaban.

Sin embargo, relajando las cosas notoriamente, Mr. Satán mantenía el control de la situación presentándose tanto a él como a Shapner ante los guardias armados que los detuvieron. Recibiendo por parte de ellos autorización para entrar, Shapner miró con curiosidad el entorno que los acogió, diciéndose, mentalmente, que aquello superaba con creces cualquier sueño.

Pero, tornándose serio, Shapner esculpió una expresión estoica para demostrar que no era ningún chiquillo asustadizo. Y al adentrarse muchísimo más en aquella vieja edificación, el rubio comprendió que debía lucir de ese modo, al ser bombardeado, constantemente, por las miradas amenazadoras de los incontables secuaces de Van Zant que se topaban con ellos al continuar.

– Necesito hablar con Van Zant, díganle que traje al muchacho del que le hablé.

Mr. Satán, deteniéndose ante uno de los varios aposentos que se observaban allí adentro, intercambió un par de palabras con uno de los bravucones del mafioso que custodiaba dicha habitación, lo cual, simultáneamente, dejó boquiabierto a Shapner quien no terminaba de creer que ese infame criminal supiese de su existencia.

Lo había visto tanto en la televisión como en los diarios, su nombre era sinónimo de muerte. Aún podía recordar, con suma claridad, los enfrentamientos pasados entre él y Videl que llenaron páginas y páginas de reportajes en los periódicos. Sus padres, tratándose de personas honradas y sencillas, se hubiesen escandalizado si supiesen que estaba a muy poco de conocerlo.

– Es un gusto recibirlo de nuevo en mi humilde morada, siéntase como en su casa.

Borrando sus pensamientos, quedándose en blanco por un santiamén, el susodicho se materializó de repente, congelando, en el acto, la sangre de Shapner. Van Zant, aceptando el desconfiado apretón de manos de Mr. Satán, le dio la bienvenida al campeón asegurándole que lo esperaba con gran expectación, para ajustar, completamente, los detalles finales de su plan.

Y uno de ellos, le gustase o no a Shapner, era él.

– Antes de continuar donde nos habíamos quedado ayer, hay alguien que quiero presentarte–ladeándose, despejando la vista de Van Zant, Mr. Satán extendió un brazo apuntando hacia Shapner–su nombre es Shapner, mi yerno. Él será el encargado de luchar contra el Gran Saiyaman.

Sin decirse nada, sumergidos en sus propias meditaciones, Van Zant y Shapner se miraron el uno al otro, distinguiendo, en primera instancia, que los dos compartían un inusual parecido físico. Van Zant, segundos más tarde, dibujó una larga sonrisa que adornó sus facciones al acercarse al adolescente, el cual, instantáneamente, experimentó un poderoso mal presentimiento.

Era un sujeto muy delgado y pálido, con un aspecto escuálido. Shapner, sin temor a equivocarse, creía que podría vencerlo de un sólo golpe, si lo conectara, directamente, con uno de los fuertes derechazos que lo han hecho famoso en el boxeo escolar. Empero, más allá de su apariencia, era la manera tan perturbadora con la cual le sonreía la que encendía las alarmas en el rubio.

Aún así, no deseando verse débil, Shapner mantuvo su postura al encontrarse cara a cara con uno de los criminales más temidos de la ciudad.

– Es un honor conocerte, muchacho…–ofreciéndole un saludo, Van Zant lo estudió de pies a cabeza al esperar su respuesta–he escuchado muchas cosas interesantes sobre ti, es una grata sorpresa poder conocer al joven valiente que le dará su merecido a ese payaso.

– El gusto es mío, señor–contestándole, Shapner no podía apartar sus ojos de los de él–sinceramente nunca creí conocerlo en persona, lo he visto muchas veces en la televisión.

– Ya veo; aunque te aconsejo que no creas todo lo que dicen de mí en la televisión–riéndose, mirándolo maliciosamente, Van Zant le comentó–no soy tan malo como aseguran, solamente soy un hombre de negocios que cuida sus inversiones y que no tolera las traiciones. Por lo demás, mi estimado amigo, descubrirás que soy un sujeto muy agradable.

– No lo dudo, señor. No lo dudo…

– Dejémonos de formalismos; después de todo, seremos socios a partir de hoy–muy sonriente, Van Zant se aproximó a él abrazándolo por los hombros–llámame por mi nombre, eso de "señor" me hace sentir como un anciano.

– Como usted diga, Van Zant.

– ¿Podríamos comenzar ya? –Impaciente, cada segundo en ese lugar era un tormento para Mr. Satán–Shapner y yo tenemos otros asuntos que atender más tarde; además, es necesario explicarle nuestros planes.

– Claro, comencemos de inmediato–alejándose de Shapner, Van Zant se apresuró a volver a la recámara de donde vino–les aseguro que les encantará lo que tengo en mente…

Reanudando su mutuo andar, Shapner y Mr. Satán siguieron a Van Zant a la misma habitación donde el día de ayer, con mucho deleite, el mafioso le mostró al padre de Videl el impresionante ejército de mercenarios que creó para la tarea en cuestión. Shapner, ya no pudiendo sostener su seriedad, se sorprendió ante la enorme cantidad de vehículos y armamento que vio ahí reunido.

Sin ignorar, por supuesto, a la muchedumbre allí presente.

– Mi plan es simple pero muy sólido, sé que les gustará.

Reclinándose en una mesa de madera en el centro de aquel recinto, Van Zant les apuntó a un viejo pero muy detallado mapa de la ciudad que yacía ahí empotrado. Señalando una zona marcada con un círculo rojo en dicho mapa, Van Zant les informó de la ubicación que eligió para llevar a cabo la operación. Shapner, cumpliendo con lo exigido por su suegro, no habló sin que nadie se lo pidiese.

Muy pensativo, Mr. Satán le cuestionó el porqué de esa elección, a lo que Van Zant, sin problemas, le respondió. Escuchando como Van Zant les afirmaba que en aquella abandonada estación de ferrocarriles ningún entrometido vería lo que hacían, Shapner, en su mente, comenzó a construir el escenario donde confiaba vencer a ese fraude que se hace llamar el Gran Saiyaman.

Al imaginarse a sí mismo golpeándolo y derrotándolo, a Shapner le disgustaba que los restantes habitantes de Ciudad Satán no pudiesen ver como lo desenmascaraba desnudándolo en lo que es: una farsa, una mentira. Le hubiese encantado que todo esto se arreglara sólo entre ellos dos, sin que fuese necesario nada de lo que lo rodeaba; no obstante, eso no dependía de él.

– Mientras Shapner lucha con él, mis muchachos se mantendrán escondidos en puntos estratégicos sin intervenir en la pelea y solamente lo harán si fuese necesario–ganándose la atención de Shapner, Van Zant continuó con su explicación–previamente, llenaremos de explosivos uno de los edificios aledaños. Es importante que Shapner lo conduzca hasta ese sitio, luego detonaremos las cargas y lo sepultaremos debajo de toneladas de escombros.

– ¿Explosivos, demoler un edificio entero? –Mr. Satán, prefiriendo que todo se llevase con discreción, no lucía convencido de proceder de ese modo– ¿no crees que es demasiado excesivo llegar a ese extremo?

– Estoy comenzando a pensar que todavía no has asimilado contra quién nos estamos enfrentando, si realmente quieres que todo esto funcione; es necesario contemplar tales extremos–ganándose una mirada interesada por parte de Shapner, Van Zant le debatió a Mr. Satán–y si aún lo dudan, será mejor que piensen en lo que sucedió ayer en el banco de la ciudad.

Al escuchar aquello, tanto Mr. Satán como su joven yerno, meditaron al respecto.

– Caballeros, estoy seguro que ambos leyeron los diarios hoy por la mañana–fortaleciendo sus argumentos, Van Zant utilizó lo acontecido el día anterior como una carta a su favor–cuatro idiotas asaltaron el banco y casi terminan muertos al enfrentarse con el Gran Saiyaman. Si hubiesen estado bajo mis órdenes las cosas habrían terminado de otra manera; pero, ese no fue el caso.

– Sé adónde quieres llegar, pero no estoy seguro si debamos dar ese paso…–teniendo otro destello de cordura, Mr. Satán titubeó en voz alta.

– Mira a tu alrededor, sólo da un vistazo–extendiendo sus brazos, Van Zant les hizo ver todo el arsenal que los rodeaba–el paso ya lo dieron, no se pueden retractar. Su único camino es continuar, no hay otro…

– ¡Yo no me retracto, me encargaré de ese malnacido aunque tenga que hacerlo solo!

Férreo, sin la más mínima muestra de debilidad, Shapner se unió al debate a pesar de las indicaciones previas de Mr. Satán de no hablar sin su permiso. Mientras Mr. Satán batallaba por acallar sus dudas, Van Zant, delineando de nuevo otra sonrisa cargada de malicia, posó su total atención en el chico de cabellos rubios frente a él. Shapner, sin quererlo, comenzaba a agradarle.

– Tengo cuentas pendientes con ese maldito, esto es personal…–enojado, Shapner superó su temor inicial al verse, cara a cara, con alguien de la reputación de Van Zant–desearía encargarme de él yo solo; pero con tal de verlo hecho pedazos, estoy dispuesto a hacer lo que ustedes me digan.

Mr. Satán, deseando retomar el control de la situación, pretendía hablar pero Shapner no se lo permitió.

– Lo que pasó ayer en el banco no fue más que un truco barato, no tengo la menor duda que ese payaso debió usar algún tipo de arma para herir tan gravemente a esos cuatro asaltantes–más enceguecido que nunca, Shapner persistía en sus prejuicios contra el Gran Saiyaman, negándose, totalmente, a tan siquiera considerar como posibles las habilidades del superhéroe–a mí no me engaña; sé que es un farsante, con sus artimañas no logrará asustarme.

– Tienes agallas, chico. Eso me gusta–aplaudiéndole, Van Zant sinceramente reconocía el coraje de Shapner–aunque, no te ofendas; pero no puedo evitar preguntarme cómo lucharás con él usando únicamente un brazo.

– De eso me encargaré yo…–reintegrándose a la conversación, Mr. Satán le replicó con rapidez evitando verse como el eslabón más endeble de la cadena–tan pronto como nos marchemos de aquí, llevaré a Shapner para que sea examinado por mis médicos personales. Cuando sus dos brazos estén en condiciones, personalmente lo entrenaré para la pelea.

– Entonces parece que estamos casi listos para proceder, sólo falta colocar las piezas en el tablero antes de atacar–reclinándose nuevamente sobre el mapa de la ciudad, Van Zant le dio una mirada rápida antes de regresar su vista a ambos–mañana a primera hora enviaré a mis hombres al sitio de la pelea, tardarán tres o cuatro días en colocar los explosivos y en establecer sus posiciones. Los contactaré cuanto esté hecho…

– Tres o cuatro días…–murmurando, el campeón sudaba muchísimo al mirar de soslayo el brazo herido de Shapner–es demasiado pronto, si tan sólo tuviéramos más tiempo…

– Señor, sé que está preocupado por mi hombro lastimado, puedo verlo en su cara–por segunda ocasión, Shapner abrió la boca sin que fuese necesario que se lo permitieran–no quiero que piense que soy un inútil por mi condición, ya se lo dije y se lo diré mil veces: por Videl haré lo que sea y cómo sea.

Oírlo mencionar a Videl fue como encender una bombilla para Van Zant, miles de malos recuerdos y cientos de humillaciones a manos de la otrora justiciera, destrozaron, temporalmente, el buen humor que poseía hasta ahora. Si Shapner tenía cuentas pendientes con el Gran Saiyaman, como lo dijo hace un minuto, Van Zant, igualmente, guardaba las suyas con Videl.

Más allá del dinero y las riquezas que Mr. Satán le prometió, el mafioso también esperaba eliminar dos pájaros con un sólo tiro, si esto, milagrosamente, llegaba a funcionar. Si bien el Gran Saiyaman era un oponente de mayor peso, Videl, para él, era el objetivo más codiciado y ansiado por destruir. No obstante, por su propio bien, primero debía asegurarse que Shapner tuviese éxito.

Si Shapner caía, él; a la postre, le acompañaría. Su venganza, su verdadera venganza, dependía del triunfo de ese muchacho casi inválido. Con tanto invertido, tal cosa, definitivamente, no era una opción. Así pues, recuperando su jovialidad, Van Zant evocó algo que podría serles de utilidad bajo las actuales circunstancias, convirtiéndose, más adelante, en la llave de su salvación.

– No había querido decirlo porque te vi muy seguro de ti mismo, pero creo que puedo darte un pequeño empujón que compense tu desventaja física–Van Zant, oportunista como siempre ha sido, no vaciló en recurrir a sus tretas favoritas–se trata de un gas neurotóxico de uso militar. Por lo que escuché de él hace mucho tiempo, con solamente aspirar una pequeña dosis, cualquier sujeto cae paralizado en cuestión de segundos al incapacitar su sistema nervioso central. Y si no se le administra un antídoto en menos de cinco minutos, la muerte está garantizada.

– ¿De qué demonios estás hablando? –Mr. Satán, no queriendo agrandar ni complicar aún más sus planes, tan sólo quería terminar con esto cuanto antes– ¿de dónde sacarías algo así?

– Si sabes dónde buscar, eres capaz de encontrar lo que sea…–astuto, Van Zant se jactó de sus conocimientos del mercado negro, para conseguir, sin problemas, cualquier cosa que desease–no olvides que así fue como logré encontrar todo el armamento que usaremos en la operación, soy bueno encontrando lo que quiero.

– Suena muy tentador, Van Zant. Pero yo prefiero hacerme cargo de él por mi propia cuenta–Shapner, rechazando su ofrecimiento, deseaba vencer al Gran Saiyaman limpiamente en una lucha mano a mano–nunca he necesitado ayuda para ganar mis peleas, no la necesito ahora.

– Cada minuto que pasa me simpatizas más, chico–Van Zant, caminando con lentitud hacia Shapner, de nuevo lo miró con aquella expresión cargada de perversidad–respeto mucho tu determinación, así es como debe comportarse un hombre de verdad. Eres muy maduro para tu edad.

– Le agradezco los cumplidos, es muy amable.

– Pero espero que no te moleste que, de todos modos, intente conseguir un par de frascos del gas que les mencioné–cruzándose de brazos ante Shapner, Van Zant no era la clase de sujeto que aceptase un "no" con facilidad–siempre he sido alguien que prefiere ser precavido, no pongo en duda tu fuerza; pero, si algo llegase a descontrolarse o no saliese como lo he planeado, tal vez ese paralizante sea nuestra única esperanza de salir vivos de todo esto.

– No creas que voy a darte de mi dinero para comprar armas extrañas, esto está fuera de nuestra negociación anterior–buscando ponerle un alto al libertinaje y exceso de poder que estaba tomando Van Zant, Mr. Satán se unió a la negativa de su yerno.

– No se alteren, no olviden que estamos del mismo lado en este juego–replicando, Van Zant no retrocedió en sus aspiraciones homicidas–y si te preocupa el dinero; tranquilo, estoy dispuesto a usar una parte de lo que me pagarás para adquirirlo en caso que lo halle.

Sintiendo como el ambiente estaba encaminándose, muy peligrosamente, hacia un sendero que trasgredía la ley a un nivel casi demencial, Mr. Satán, extendiendo una mano hacia Shapner, se dispuso a largarse de allí tan pronto les fuese posible. Eliminar al Gran Saiyaman, en otros términos, implicaba ejecutar un homicidio que lo podría llevar a prisión de ser descubierto.

No obstante, dispuesto a cruzar la línea, el campeón mundial no permitiría que la violencia excediera los límites que aún le quedaban a su debilitada moral. Así pues, dando por terminada la reunión, Mr. Satán se despidió de su infame socio arrastrando a Shapner fuera de allí teniendo el temor que Van Zant, a sus espaldas, los traicionara y les disparase cobardemente.

Si bien su miedo se hallaba bien fundamentado, Van Zant, deseándoles un lindo día, sabía que todavía no era el momento para matar a la gallina de los huevos de oro. Ya llegaría ese momento, llegaría cuando el Gran Saiyaman mordiera el polvo, dejándole, totalmente, vía libre para cumplir con los augurios de Mr. Satán. Y cuando eso sucediese, el apellido Satán moriría con Videl.

Todos son amigos y enemigos a la vez, esa es y siempre ha sido, la filosofía de Van Zant.


No recordaba con exactitud cuánto tiempo llevaba volando; empero, restándole importancia a eso, Videl pisó aún más el acelerador de su aeronave impaciente por llegar a su destino. Si estuviese viajando bajo otras circunstancias, la hija de Mr. Satán hubiese pensado que era un día muy bonito para dar un paseo surcando el despejado cielo azul.

Sin embargo, no siendo ese el caso, a la mente de Videl sólo le interesaba cumplir con el llamado de emergencia que recibió de la policía diez minutos atrás, cuando, encontrándose en su asiento en medio de la clase de biología, debió abandonar la preparatoria para acudir a la grave crisis que se desarrollaba a varios kilómetros en las afueras de Ciudad Satán.

La banda Red Shark, un viejo y recurrente dolor de cabeza para Videl, había regresado a las andadas; pero, en esta ocasión, se atrevieron a algo más grande que robar una joyería o una tienda. Ellos, sin la más mínima indulgencia, interceptaron un autobús escolar repleto de niños de primaria que se dirigían a una excursión.

Arrebatándole el volante al conductor, los criminales continuaron con el recorrido del vehículo pero tomando como rehenes a todos los infantes, quienes, llorando y expresando sus miedos, se vieron forzados a silenciar sus bocas ante las amenazas de sus secuestradores. Mientras tanto, Rock, el líder de la pandilla, telefoneó a las autoridades comunicándoles sus exigencias.

Y fue justo allí, al requerir de toda la ayuda posible, que los uniformados no tardaron en contactar a la heroína de ojos azulados.

Estoy muy cerca, no tardaré en llegar…

Hasta ese punto, las cosas no distaban mucho de la típica rutina que Videl llevaba desde hacía un par de años; no obstante, al mirar de reojo por el espejo retrovisor, la señorita de coletas notó una silueta que le hizo recordar que aquello, desde unos meses atrás, cambió por completo. Frunciendo el ceño, Videl no se sentía nada feliz por volver a ver al Gran Saiyaman.

El encapuchado, aproximándose a ella cada vez más deprisa, decidió unirse a Videl en el rescate de los chiquillos secuestrados siguiéndola al lugar donde sus servicios eran requeridos. Unos segundos más tarde, colocándose justo al lado izquierdo de la nave de Videl, un sonriente Gran Saiyaman la saludó con un gesto amable que; en contraste, fue respondido con una cara enojada.

¡Maldita sea, otra vez este entrometido metiéndose en mis asuntos!

Molesta, aún sin acostumbrarse a su presencia, Videl utilizó la máxima potencia de la turbina de su avión, dejando, muy detrás de ella, al superhéroe de traje ridículo. De inmediato, sacando a relucir su talento como piloto, Videl realizó un par de giros y piruetas arriesgadas con tal de perder su rastro, para al menos, temporalmente, deshacerse de su fastidiosa intromisión.

Así pues, riéndose al ver que ya no lo veía persiguiéndola, Videl divisó su objetivo no muy lejos de ella. Avanzando de forma errática por una de las autopistas más concurridas de Ciudad Satán, el ómnibus que transportaba en su interior a las víctimas del secuestro, zigzagueaba, arriesgadamente, al eludir a los demás coches en la vía al huir de las autoridades policiales.

Las cuales, no queriendo poner en riesgo a los inocentes ocupantes del microbús, se mantenían a una prudente distancia pero no demasiado para que los bandidos escapasen. Algunos de los oficiales, al percatarse de la llegada de Videl, no se tardaron el saludarla con gran alegría, depositando en ella, sin duda alguna, sus esperanzas de rescatar a los raptados.

Lamentablemente, ellos no fueron los únicos en notar su arribo. Uno de los secuaces de Rock, mirando por medio de las ventanillas del autobús, descubrió como Videl descendía lentamente hasta posicionarse justo por encima de sus cabezas. Sin demorarse, alertando a sus compañeros, aquel delincuente gritó rabioso al apuntarles con un dedo a la aeronave de la justiciera.

¡Acelera y toma la siguiente desviación para salir de la autopista! –Dándole órdenes al conductor del autobús, Rock de inmediato se giró a sus demás hombres mientras preparaba su escopeta– ¡dispárenle a esa maldita mocosa, esta vez no se burlará de nosotros!

Deprisa, sabiendo que ella era un desafío más grande que la propia policía, los pistoleros de Rock abrieron varias de las ventanas del automotor sacando los cañones de sus fusiles y ametralladoras. Videl, reaccionando en menos de un parpadeo, observó el arsenal que se enfocaba en ella incrementando la altitud, a su vez que, esquivando la lluvia de plomo, se ladeó a su derecha.

Nuevamente, luciéndose al pilotear, Videl movía la palanca de control de su avión con una pericia que cualquier otro aviador envidiaría. Si bien los proyectiles salían disparados hacia ella en una cantidad considerable, Videl no se rendía logrando mantenerse muy cerca de ellos, al ejecutar, con una enorme elegancia, una serie de acrobacias y vueltas invertidas que evitaron que la abatiesen.

Simultáneamente a eso, sin quitarle la mirada al camino frente a él, el conductor cumplió con las indicaciones de su jefe, al virar, violentamente, en una de las desviaciones que los llevarían fuera de la carretera principal. Videl, maldiciendo soezmente, no se esperaba esa jugada viéndose obligada a cambiar de dirección muy rápido o les perdería la pista a esos sinvergüenzas.

¡La perdimos jefe, la perdimos! –eufórico, uno de los secuestradores celebró anticipadamente al creerse vencedor.

¡Cállate, no seas estúpido! –Sabiendo que aún faltaba mucho para celebrar, Rock lo reprendió sumamente disgustado– ¡esa maldita chiquilla no se rendirá fácilmente, en cualquier momento regresará!

¡Jefe, es ella! –Confirmando sus sospechas, otro de sus lacayos alzó la voz– ¡está justo detrás de nosotros!

¡Mátenla, mátenla ahora mismo!

Reanudándose el intenso tiroteo, una de las balas consiguió atravesar el parabrisas del aeroplano de Videl, quien, demostrando unos reflejos felinos, se inclinó a un costado salvándose de lo que pudo haber sido su muerte. Anonadada, tomándose un respiro para asimilar la buena fortuna que tuvo, Videl no olvidaba que ese era uno de los muchos peligros que enfrentaba a diario.

Así pues, concentrándose otra vez en los acontecimientos ante ella, Videl endureció sus facciones al comenzar a colocarse, por segunda vez, sobre el ómnibus para emprender un arriesgado abordaje improvisado. Con oprimir un botón, Videl activó el piloto automático de su nave; entretanto, desbloqueando la escotilla de entrada, la chica se preparaba para saltar al vacío.

Sintiendo como el frío viento chocaba contra su rostro, Videl elevó una plegaria al desear que el vehículo debajo de ella no cambiase de curso inesperadamente. Y al llenarse de seguridad, Videl no titubeó y brincó de su avión siendo halada por la gravedad mirando como sus largas coletas, salvajemente, se agitaban como si hubiesen cobrado vida propia al precipitarse a tierra.

Aunque la caída le resultó emocionante, esta no duró mucho. Amortiguando el aterrizaje lo mejor que pudo, sus pies se plantaron en el techo del autobús teniendo la precaución de no perder el equilibrio, lo cual, trágicamente, la mataría al estrellarse contra el áspero asfalto. Pero consiguiendo mantenerse estable, Videl vio su ruta de ingreso al ver una abertura de ventilación.

Sabiendo que no estaban solos, los maestros dentro del microbús lucharon por tranquilizar a sus aterrados estudiantes, quienes, vociferando con terror, no se quedaron callados al oír como las pistolas de sus captores abrían fuego contra la cubierta arriba de ellos. Frenándose, deteniendo su ofensiva, Videl casi fue alcanzada, otra vez, por uno de los numerosos disparos.

Era normal que tuviese que lidiar con ese tipo de dificultades; empero, como lo descubriría más adelante, cuando el destino parecía dictar sentencia, ni siquiera ella podía escapar de ella más de dos veces.

¡Mocosa idiota! –Encolerizado, Rock insultó a su más odiada rival– ¡te equivocaste si creíste que sería tan fácil vencernos, lo único que hiciste fue acorralarte a ti misma!

Saltando en reversa, Videl fue sorteando las ráfagas que la empujaban más y más hacia atrás. Pero, como la mismísima Videl lo sospechó, los cargadores de sus armas tarde o temprano se vaciaron, forzándolos, inevitablemente, a detenerse por un santiamén para recargar. Y Videl, sacándole provecho de esa efímera oportunidad, puso a prueba su joven elasticidad.

Aferrándose, casi con las uñas, al borde del cristal en la parte trasera del ómnibus, Videl se columpió hacia este pateándolo con la potencia suficiente como para romperlo. En consecuencia, una avalancha de trozos de vidrios fueron catapultados por el aire, impactando, de lleno, en uno de los miembros de la banda, quien, cerrando los ojos, no vio venir el puñetazo que lo noqueó.

¡Maldita!

Desenfundando un largo cuchillo, el segundo al mando del secuestro lo abanicó hacia Videl, la cual, agachándose velozmente, lo eludió sin dificultades. Poniendo en práctica sus conocimientos de artes marciales, Videl se irguió sujetando ambas muñecas de su oponente inmovilizándolo. Teniéndolo controlado, Videl le obsequió una patada al estómago seguido de un derechazo.

Aunque parecía estar derrotado, aquel individuo se apoyó en uno de los asientos impulsándose hacia Videl. Pero con torpeza, estando enceguecido por la furia, él le lanzó una sucesión de golpes que sólo lograron golpear a la nada. La hija de Mr. Satán, enseñándole cómo se debe golpear, le regresó la dosis haciéndolo ver incontables estrellas al tumbarlo al suelo.

Pero, aún sin rendirse y antes de levantarse, ese matón la sujetó de uno de sus tobillos tirándola al piso. Escupiendo una pizca de saliva, Videl se aprovechó de esa posición irguiéndose con sus manos, aprisionando, con sus tonificados muslos, el cuello de su adversario. Con él dominado, Videl volvió a tirarlo aplicando más presión al usar sus piernas.

Aquel pobre tonto, experimentando como su tráquea se comprimía a raíz de la maniobra de Videl, empezó a desesperarse a medida que fue perdiendo la lucidez. La pelinegra, siendo muy cuidadosa en su táctica, solamente deseaba dejarlo fuera de combate sin llegar a matarlo. Por ello, viendo como ese tipo se retorcía como un pez tirado en tierra, vio su victoria cada vez más cerca.

Tal cosa continuó por pocos segundos, ya que, arrebatándole la conciencia, un velo oscuro se cernió sobre él haciéndole reclinarse en el regazo de Morfeo. Habiendo derrotado con facilidad a los bravucones de Rock, Videl, poniéndose de pie de inmediato, se colocó en posición de pelea dispuesta a hacer lo mismo con el aludido.

Y precisamente, sin darle ni la más remota oportunidad de pensar en un plan, Rock, conectándola con un revés demoledor, la envió a volar por el pasillo que dividía las dos hileras de butacas dentro del camión. Sin embargo, ansiosa por una buena contienda, Videl soportó el dolor del golpe sin soltar quejido alguno.

Este será tu final, no volverás a burlarte de mí de nuevo–visiblemente enfadado, Rock le gritó a Videl mientras ella se levantaba–fuiste una estúpida al venir aquí, este autobús será tu tumba…

Ya perdí la cuenta de cuántas veces me has dicho lo mismo–engreída, pero sin mentir, Videl retiró de su rostro el delgado hilo de sangre que brotaba de la comisura de sus labios–para cuando termine el día, estarás en prisión compartiendo una linda celda junto al resto de sus tontos compañeros.

¡Mocosa insolente! –Tronando sus nudillos, Rock le replicó con furia– ¡será mejor que te prepares porque voy a enseñarte buenos modales!

¡Cierra la boca!

Callándolo, literalmente, Videl corrió hacia Rock con una velocidad impresionante que le permitió; a la postre, ganar el impulso suficiente para dar un salto muy alto, el cual, exitosamente, se transformó en un puntapié que se estrelló en la faz de Rock. Simultáneamente a que Rock retrocedía, Videl le regaló un codazo en el pecho que lo hizo caer en seco.

Videl, prosiguiendo con su ataque, se arrojó contra Rock cuando sus pies aterrizaron preparándose para acabar con él. Rock, por su parte, dibujó un semblante enfurecido al ver la sangre que salía de su nariz rota. No obstante, sin poder tan siquiera decir algo, Videl lo acribilló con un huracán de puñetazos que fueron explotando en su abdomen.

Los niños secuestrados, mirando en vivo y en directo a la famosa heroína de Ciudad Satán, se libraron del miedo que los encadenaba empezando a vitorear su nombre en señal de apoyo. Y retribuyéndoles con creces sus aplausos, Videl trituró la mandíbula de Rock con un vigoroso rodillazo que lo llevó a caminar hacia atrás a su vez que se tambaleaba.

La enorme diferencia de tamaños, en el papel, hubiese dicho que Rock ganaría. Empero, al estar dentro de un autobús, el reducido espacio disponible hacía del bandido un lento y pesado gigante que, fatalmente, no era capaz de defenderse. Videl; por el contrario, supo usar a su favor su pequeña estatura la cual la dotó de una agilidad imparable para Rock.

Por desgracia para Videl, su último movimiento puso en grave peligro a todos los ocupantes de aquel microbús. Rock, muy mareado por el impacto en su mentón, trastabilló desplomándose encima del conductor del bus. Tal cosa, como si fuesen varias fichas de dominó, provocó un efecto en cadena que terminó sacándolos del camino hasta chocar con un robusto árbol al lado de la vía.

La parte frontal de la carrocería se abolló notoriamente al impactar con la sólida madera del roble; entretanto, en el interior, la inercia hizo que todos se inclinasen hacia delante al resistir la colisión. Al encontrarse inmóviles en su totalidad, los maestros a cargo del grupo de chiquillos abrieron la puerta trasera, por donde, rápidamente, comenzaron a evacuar a sus alumnos.

¡Rápido, salgan de inmediato! –Escuchando las sirenas policiales acercándose, Videl les afirmó– ¡la policía no tardará en llegar, esto se terminó!

No, esto aún no termina–helándole la sangre, Rock tomó desprevenida a Videl al aprisionarla por la espalda sujetándola de su garganta con un brazo–terminará cuando acabe contigo.

Haciéndole sentir lo mismo que experimentó uno de los suyos minutos antes, Rock presionaba su faringe impidiéndole captar el vital oxígeno necesario para la vida. Sufriendo, padeciendo una dolorosa asfixia, Videl intentó liberarse pero Rock la mantenía fuertemente aprisionada. Y para complicar aún más las cosas, con su mano libre le apuntó con su revólver a su sien izquierda.

Te lo dije: este autobús será tu tumba…

Sin soltarla, Rock salió del maltrecho vehículo sin importarle que los uniformados ya hayan establecido un perímetro a su alrededor. Y al notar que algunos de ellos pretendían acercarse, el pandillero recurrió a amenazarlos con que le dispararía si daban un sólo paso. Por un tenso y eterno santiamén Rock fue el amo y señor de la situación, lo fue hasta que él apareció.

¿Qué demonios es eso?

Arriba, rompiendo la barrera del sonido al volar, el Gran Saiyaman dibujaba una larguísima estela blanca al aproximarse a ellos. Más tarde, en menos de un parpadeo, el superhéroe aterrizó creando un notorio cráter al posarse frente a Rock. Esta vez no hubo presentaciones ridículas ni bailes infantiles, las circunstancias no se prestaban para ello.

Si te mueves aunque sea un poco, le volaré la tapa de los sesos…

Por un breve instante, antes de sucumbir, Videl creyó que sus miradas se conectaron. Ese no era el payaso que conocía, era un hombre muy distinto. A pesar que sus facciones no eran visibles, se podía sentir una seriedad muy palpable viniendo del encapuchado. El cual, desplazándose hacia Rock como un relámpago, se abalanzó sobre él sin que éste pudiese reaccionar.

Aquello sucedió tan velozmente que ningún ojo humano pudo verlo, ni siquiera una cámara de televisión hubiese sido capaz de grabarlo. El Gran Saiyaman no sólo logró liberar a Videl de los gruesos brazos de Rock; si no que también, casi al mismo tiempo, lo embistió con una potencia tan brutal que dejó noqueado a Rock como si una locomotora lo hubiera atropellado.

Está recuperando el conocimiento…

No deje de respirar, señorita Videl. Continúe respirando…

Para cuando Videl recobró la conciencia, se hallaba recostada en una camilla dentro de una ambulancia. Un par de paramédicos, estabilizando sus signos vitales, fueron los encargados de cuidar de ella mientras las autoridades judiciales hacían lo suyo. Videl, por otro lado, no distinguía con claridad sus alrededores al ver sólo siluetas y sombras oscuras.

¿Qué pasó?

El Gran Saiyaman le salvó la vida, señorita–respondiéndole, uno de los socorristas le relató–perdió la conciencia por casi veinte minutos; pero no se preocupe, ya se encuentra bien.

¿El Gran Saiyaman? –cuestionó Videl al no recordar bien lo ocurrido.

Me alegra mucho escucharla pronunciar mi nombre, no dudé en intervenir cuando sentí que estaba en peligro.

Sobresaltándola, forzándola a girarse al costado opuesto, las retinas de Videl pudieron enfocar al superhéroe que se encaminó hacia ella con lentitud, regalándole, honestamente, una sonrisa boba pero feliz. Videl, no sabiendo qué decirle, se mantuvo callada mientras el Gran Saiyaman se colocaba junto a ella tomándola de una mano en forma de saludo.

Señorita Videl, sé que le disgusta que la ayude pero sólo lo hago porque deseo que todos los habitantes de Ciudad Satán puedan vivir en paz; y eso, por supuesto, la incluye a usted–preparándose para marcharse, el héroe le dedicó unas pocas palabras–estoy seguro que ambos podemos trabajar juntos ayudándonos mutuamente, usted es una persona muy valiente y fuerte. La admiro mucho, no podría quedarme inmóvil viendo como su vida peligra. Cuente conmigo siempre; aunque lo dude, soy su amigo…

Agitada, sentándose en su cama, Videl despertó de su pesado descanso apareciendo de entre las calurosas mantas que la anidaron durante la noche. Respirando con rapidez, sintiendo una delgada capa de sudor rodeándola por completo, Videl frotó su cara al darse cuenta que todo lo anterior no fue más que un largo sueño.

Ya más relajada, mirando los rayos del sol que entraban entre las cortinas cerradas, Videl miró su reloj despertador descubriendo que ya eran más de las diez de la mañana. No acostumbraba dormir tanto tiempo, estaba habituada a madrugar para asistir a la escuela. Y al pensar en eso, Videl tuvo el efímero impulso de vestirse y correr de inmediato a clases.

No obstante, justo cuando pretendía hacerlo, el chichón en su cabeza le hizo recordar su desafortunado accidente de ayer volviéndola a conectar con la realidad. Examinando su habitación como si no hubiese estado allí en años, Videl halló cerca de su lecho la silla vacía donde Shapner, por varias horas, permaneció sentado al vigilar su lenta mejoría.

– Gracias al cielo que ya no está, necesito estar a solas para pensar.

Dejándose caer de espaldas, Videl se zambulló en la suavidad de sus cojines estirando sus brazos abarcando toda la extensión de su colchón. Seguidamente, sin que pudiese pensar en otra cosa, Videl evocó la visita de Shapner que pareció nunca acabarse. En cierta forma le agradecía su honesta preocupación por ella; sin embargo, el rubio ya no la anestesiaba como al principio.

Y al suspirar de alivio por la ausencia de su novio, Videl se vio acorralada por una complicada sumatoria de remembranzas y pensamientos que cayeron sobre ella como una lluvia de estrellas fugaces. Shapner fue el artífice de abrir la puerta de su memoria, encaminándola, directamente, hacia Gohan y sus inesperadas palabras en la enfermería de la preparatoria.

Videl, en aquel momento, juraría que se sintió desnudada. Gohan, casi dando en el clavo, pudo ver más allá de la máscara de falsedades con la que intentaba esconderse. Tal cosa, en consecuencia, la llevó a acordarse del Gran Saiyaman, como si ambos, mágicamente, estuviesen unidos por un hilo que ocasionara que las acciones de uno repercutieran en el otro.

– No, otra vez no–susurrándose, tomando una almohada para cubrirse con ella, Videl volvía a vacilar al situarse al borde del acantilado–prometí que no volvería a pensar en él, juré no volver a entrar a ese maldito laberinto sin salida.

Empero, rompiendo aquel juramento, Videl se atrevió a hacerlo una vez más. Aquel viejo recuerdo del autobús la tomó desprevenida, tal evento se dio varios meses antes del incidente de Shapner en aquella discoteca. Asimismo, el otro sueño que tuvo donde el Gran Saiyaman la rescataba de un edificio en llamas, se produjo, realmente, unas semanas después del secuestro del ómnibus.

Para Videl, inquietantemente, era más que obvio que tantas reminiscencias juntas no eran obra de la casualidad. Videl nunca creyó en casualidades, siempre fue una firme devota de la lógica quien le enseñó que cualquier cosa, sin importar lo inexplicable que luciese, sí poseía una explicación razonable. Y ella, en el fondo de su alma, sabía que el Gran Saiyaman no era la excepción.

– Cuente conmigo siempre; aunque lo dude, soy su amigo–repitiendo, textualmente, lo que le comentó el superhéroe en su sueño, Videl trató de buscar algún indicio de hipocresía en ello pero no lo consiguió–tal vez me equivoqué, tal vez malinterpreté todo lo que pasó. Quizás he estado viendo las cosas desde el ojo de una cerradura…

Luego de eso, Videl se quedó en silenció por varios minutos. Únicamente se congeló mirando el techo de su dormitorio asimilando lo que dijo, al contemplar, con arrepentimiento, sus decisiones en los últimos días. Resignada, la hija de Mr. Satán se vio obligada a reconocer que estaba metida en serios problemas. Problemas que ella, solamente ella, era la responsable de haber causado.

Y cada uno de ellos, para su desgracia, eran igual de grandes entre sí. Por ello, sintiéndose contra la espada y la pared, Videl no sabía por cuál comenzar. Era más que evidente que Shapner había perdido el efecto embriagante que, al inicio, le ayudó a olvidarse de sus fallas huyendo de sus fantasmas. Pero ahora, viendo la luz al salir de las tinieblas, Videl fue sincera consigo misma.

Shapner y ella no eran compatibles, no existía química alguna que lograse mantenerlos unidos. Ella comprendía que le destrozaría el corazón si él supiese que no lo amaba, decírselo sería como apuñalarlo. Aún así, quisiese o no, era su obligación confesárselo. Shapner vivía en una mentira, una mentira que ella construyó para él y que tendría que destruir si quería ser libre de nuevo.

Y para empeorar más las cosas, Gohan, parado al otro extremo de la balanza, pensaba equivocadamente que Shapner era una especie de titiritero que, con impunidad, la controlaba como si se tratase de una muñeca. Videl no tenía pruebas pero su intuición le decía que, en sus adentros, una furia ciega lo carcomía empujándolo a entrar en conflicto con Shapner.

La pequeña pelea verbal que tuvieron en la enfermería sólo fue un entremés, si no les decía la verdad a ambos, ni siquiera se atrevía a imaginar lo que pasaría. Shapner aún caía fácilmente en la fachada que Gohan usaba a diario, aún creía que no era más que un simple nerd. Sin embargo, sabiendo que Gohan era muchísimo más de lo que aparentaba, Videl temía por Shapner.

– Gohan es el Gran Saiyaman, sé que es él. Siempre lo he sabido–hablándose en voz alta, Videl empezaba a poner en orden sus pensamientos–necesito hablar con Gohan, necesito aclarar las cosas antes que Shapner haga alguna estupidez que vaya a lamentar después; o peor aún, que yo la termine lamentando.

Con urgencia, más que una necesidad, Videl imploraba al cielo para que alguien le mostrase el camino correcto que la condujera fuera de ese pantano, donde ella misma, por culpa de su terquedad y cobardía, se metió. Y justo allí, respondiendo mágicamente a sus plegarias, su teléfono celular comenzó a sonar con fuerza haciéndola saltar del susto.

Moviéndose, extendiendo una mano hacia la mesa junto a su cama, Videl tomó su móvil descubriendo la identidad de la persona que intentaba contactarla. Quedándose casi sin habla, Videl le dio las gracias a Ireza por aparecer precisamente cuando más la necesitaba. La rubia era como un ángel para ella, y apresurándose a contestarle, Videl esperaba que todo saliese bien.

El tiempo de huir se acabó, ya era hora de pagar el precio por sus pecados.

Fin Capítulo Veinticuatro

Hola, muchas gracias por leer. Al fin llegué a un momento de la historia que esperaba desde el principio, estoy consciente que tardé mucho en llegar hasta aquí pero no quería que las cosas pareciesen apresuradas o precipitadas. Como lo dije muchas veces antes, era necesario que Videl tocara fondo antes de levantarse. Y ya, finalmente, se está levantando.

No les quitaré más tiempo, antes de despedirme les doy las gracias a Salamander's eye, TheRecklessGirl y a Lupis OrSa por sus comentarios en el capítulo anterior.

Gracias por leer y hasta la próxima.