Disclaimer: Ni Dragon Ball ni sus personajes me pertenecen.
Capítulo 25
Inmóvil, tan quieto como una estatua viviente, Shapner luchaba por mantenerse estático mientras sentía como sus extremidades le reclamaban por conservar la misma posición por tanto tiempo. Simultáneamente, tomando las medidas de su cuerpo con una cinta métrica, un refinado sastre medía el largo de sus piernas y el grosor de su cintura para luego escribir sus anotaciones en una pequeña libreta.
En un intento por relajarse, tratando de olvidar aquella situación tan incómoda, el rubio quiso ser positivo recordándose la razón por la cual Mr. Satán lo trajo allí. En muy pocos días, robándose el protagonismo junto con Videl, Shapner asistiría al elegante baile de gala que el alcalde de la ciudad ofrecería en honor a su suegro como conmemoración por la derrota del monstruo de Cell.
Ahí, en medio de las personalidades más importantes de Ciudad Satán, el campeón mundial aprovecharía la velada para presentarlo como su yerno ante todos los presentes. El mundo conocería al afortunado jovencito que se ganó el corazón de la hija de su más amado héroe y, por supuesto, la simpatía de su padre, el cual, en el futuro, le heredaría la inmensa riqueza que ha amasado con los años.
Cerrando los ojos, dibujando una radiante sonrisa, Shapner se vio a él mismo escoltando a Videl a su vez que ella lucía un bellísimo vestido digno de una ocasión así. Imaginó a los fotógrafos inmortalizándolos con sus cámaras en una lluvia de brillantes destellos, escuchó complacido como algunos los catalogaban de "adorables" entretanto otros eran más expresivos al decir que eran "una linda pareja".
Shapner, embelesándose más con sus fantasías, por invitación de Mr. Satán llevó a Videl al centro del salón para que ambos, como si fuesen parte de un cuento de hadas, compartieran un romántico y hermoso momento al bailar. No importaba si en la vida real no fuese un experimentado bailarín, dentro de su cabeza, sin el más mínimo obstáculo, Shapner era capaz de hacer cualquier cosa.
Videl se veía feliz, su rostro adornado con un encantador rubor así lo demostraba. Aquella felicidad se debía a él, Shapner se vanagloriaba de haber sido él quien liberó a la pelinegra de la depresiva cárcel donde el Gran Saiyaman la aprisionó. Aquel falso superhéroe, aquel maldito charlatán nunca más volvería a poner sus sucias manos encima de ella. Gracias a él, Videl era ella de nuevo una vez más.
– ¿Cómo va todo?
Sacándolo de sus pensamientos, llenando el silencio de aquella habitación con su inconfundible voz, Mr. Satán entró dándole un vistazo a Shapner. El cual, devolviéndole la mirada, se percató que su suegro traía consigo una copa de vino y un habano encendido.
– Muy pronto terminaremos, Mr. Satán–volteándose con lentitud, aquel modista le respondió con un peculiar acento que reflejaba sus altísimos modales–sólo necesito unas medidas más y concluiremos.
– Fantástico, estoy muy ansioso por ver a mi joven yerno usando el esmoquin que confeccionarán para él–tomando asiento en uno de los sofás disponibles, Mr. Satán levantó su copa haciendo un leve brindis para Shapner–lamento mucho que nos encontremos tan apresurados, pero vamos a necesitar su traje nuevo en muy pocos días.
– No se preocupe, Mr. Satán–replicándole, aquel sujeto empleó su cinta métrica para averiguar la talla exacta del cuello de Shapner–le aseguro que trabajáremos a toda máquina para cumplir con su solicitud, cuando el traje esté listo lo contactaremos de inmediato.
– Muchísimas gracias, he sido cliente de ustedes por muchos años y conozco la calidad de su trabajo–poniéndose cómodo, Mr. Satán ocultaba magníficamente las preocupaciones que lo destrozaban en sus adentros–cuando acabes con Shapner, también necesitaré que me asesores para elegir un lindo vestido de gala. Pienso comprarle uno a Videl, quiero que tanto ella como Shapner se vean maravillosos.
– Con muchísimo gusto, Mr. Satán–encantado de servirle, aquel individuo ponía más nervioso a Shapner por su extraña forma de hablar–acabaré con él en unos minutos más; después de eso, le ayudaré.
– Gracias…–enfocando su mirada en su yerno, Mr. Satán se dispuso a hablarle–Shapner, muchacho, recuerdo que en la cena de anteayer por la noche, Videl y tú hablaron un poco de comprar ropa nueva.
– Sí señor, Videl me había dicho que le gustaría salir de compras cuando se presentara la oportunidad.
– ¿Crees que a Videl le gusten unas zapatillas de tacón? –Preguntándole, Mr. Satán le lanzó aquella consulta al ver, en la distancia, un estante repleto de zapatos para mujer–a Videl nunca le gustaron ese tipo de zapatos; pero luego de la cena que tuvimos los tres, creo que ella cambió de opinión.
– Bueno, mientras tomamos un paseo aquel día, Videl me comentó que aún no se acostumbraba del todo a utilizar tacones pero que no dudaba en que acabaría dominándolos…–sintiendo como aquel hombre continuaba tomando medidas de su anatomía, Shapner se vio en la obligación de reprimir el violento impulso de alejarlo de él–así que no tengo ni la más pequeña duda en que a Videl le gustará un par de zapatos nuevos.
– ¡Perfecto, está decidido! –Exclamó Mr. Satán con una resonante jovialidad gracias al licor que bebía–puedo verla ahora mismo en mi mente, Videl se verá bellísima con la ropa que le compraré para la fiesta que organiza el alcalde.
– ¡Listo, ya terminamos! –Interrumpiéndolos, ganándose la atención de tanto Shapner como Mr. Satán, aquel hombrecillo le sonrió al rubio–ya puedes ponerte cómodo, te prometo que te fascinará el traje que confeccionaremos para ti.
– Gracias, sé que así será…–devolviéndole el gesto; aunque no con la misma efusividad de él, Shapner luchó por sonreír.
Al decir eso, moviéndose con un notorio apuro para apartarse de él, Shapner caminó hacia el mismo diván donde reposaba Mr. Satán queriendo mantenerse cerca de su suegro. Sin embargo, ejecutando una coreografía improvisada, justamente cuando Shapner se sentaba, Mr. Satán se puso de pie dejando perplejo del novio de su hija.
– Ya que acabamos con Shapner, me gustaría comenzar con la elección del atuendo nuevo que le compraré a Videl–terminando de beber el contenido de su copa, Mr. Satán adoraba que en aquella tienda siempre le proporcionaran una dulce bebida con la cual humedecer su garganta– ¿comenzamos?
– Por supuesto, Mr. Satán…–guardando la cinta métrica que usó con Shapner, aquel sujeto le invitó con un gesto a que lo siguiera–por favor acompañe a la sección de damas, le mostraré los más recientes vestidos para jovencitas que tenemos a nuestra disposición.
– Genial…–girándose levemente, Mr. Satán contempló a Shapner detrás suyo–quédate aquí y descansa, nos iremos a casa cuanto haya comprado la ropa de Videl.
– Claro Mr. Satán, lo esperaré aquí…
Sin responderle, limitándose a colocar en una mesa cercana el vaso vacío que sostenía, Mr. Satán abandonó aquella zona de la boutique dedicada a ropa y accesorios para caballero. Shapner, manteniendo un marcado silencio, esbozó un semblante pensativo al comenzar a ordenar las diferentes piezas del rompecabezas que, cargadas de numerosas emociones, lo llevaron a ensimismarse más.
Cuando se levantó esta mañana sabía que sería un día único y fuera de lo común, no todos podrían decir que vivirían una fracción de sus vidas al lado del personaje más famoso del planeta. No obstante, desde que Mr. Satán le confesó que alguien como Van Zant estaba involucrado en sus planes, para Shapner las cosas se enrumbaron a un sendero que lo llenaba de un incesante mal augurio.
Todavía, como si hubiese sucedido sólo unos segundos atrás, Shapner podía ver con claridad el miedo y la preocupación que se reflejó en el rostro de Mr. Satán cuando salieron de la guarida de Van Zant. No quiso decir nada en ese instante, simplemente se dejó empujar por la impaciencia y la ansiedad de Mr. Satán, quien, al subirse ambos a su limusina, le ordenó al conductor que acelerara de inmediato.
Tal suceso le arrebató el habla, no daba crédito a lo que veía adelante de él. Mr. Satán, el valiente guerrero que derrotó a Cell, el campeón mundial de las artes marciales que salvó a la humanidad del apocalipsis, yacía ante él completamente helado con una cara invadida por una palidez espectral. Esa no era la apariencia de un luchador invencible; al contrario, era la de un hombre dominado por el pánico.
– ¿Se encuentra bien, Mr. Satán? –honestamente preocupado por él, Shapner le cuestionó su estado de ánimo.
– ¡Sácanos de aquí rápido, regresemos a la ciudad!
Su suegro, actuando como si no hubiera escuchado su pregunta, se enfocó en su chofer, pidiéndole, casi rogándole, que se marchasen de allí dirigiéndose de vuelta al centro de la metrópoli. Shapner, optando por no hablarle más, analizó lo que ocurría comprendiendo que permanecer en el refugio de Van Zant les traería, en el peor de los casos, una seria y mortal amenaza para la existencia de los dos.
Empero, por más peligroso que fuese aquel mafioso, el raciocinio de Shapner le susurraba que Van Zant no era un rival que Mr. Satán no pudiese vencer. Después de todo, fue el mismísimo Mr. Satán quien venció a Cell. Aún así, más allá del inesperado comportamiento del campeón, a Shapner le seguía molestando que él haya tomado la decisión de recurrir a un tercero para encargarse del Gran Saiyaman.
Al principio, cuando Mr. Satán le propuso la posibilidad de hacerle frente a ese payaso, Shapner creyó que tal ofrecimiento implicaba que él y el superhéroe se enfrascarían en una pelea uno contra uno. Mr. Satán le dijo que admiraba y confiaba en sus habilidades; inclusive, lució impresionado cuando se enteró que Shapner poseía una larga carrera deportiva donde sobresalía su historial en el boxeo escolar.
No le gustaba admitirlo, pero el rubio sabía que la herida en su brazo derecho le restaba muchísimo de su potencial. El simple hecho de voltearse a mirar su hombro lo enfurecía, odiaba sentirse como un inútil que ni siquiera era capaz de atarse las agujetas él solo. Y al pensar en eso, automáticamente volvieron a él los recuerdos de los acontecimientos que se dieron al enrumbarse de regreso a la ciudad.
Por las ventanillas del automóvil se alcanzaba a ver el acentuado cambio en el panorama que los rodeaba, atrás se quedaron los barrios más pobres e inseguros de Ciudad Satán, para, en un dos por tres, ser reemplazados por los relucientes y altísimos rascacielos que decoraban el corazón de la urbe. Y al ver que se hallaban seguros en aquel sitio, el color retornó a la tez de Mr. Satán quien respiró aliviado.
– Esta es la tercera vez que salgo de la madriguera de ese buitre de Van Zant, y en cada ocasión que le doy la espalda para marcharme, he sentido un horrible escalofrío que me recorre de pies a cabeza–comentándole, tomándolo desprevenido, Mr. Satán libraba una batalla interna por aplacar sus sentires–no puedo evitarlo, es como si tuviese el presentimiento que ese maldito matón piensa apuñalearme por la espalda. Es espantoso…
– Entiendo, Mr. Satán…–algo incómodo, Shapner se veía mucho más tranquilo a pesar de haber conocido a uno de los criminales más buscados de la ciudad–no es nada agradable estar junto a alguien con una reputación como la de Van Zant…
– ¡Exactamente! –Aseguró con urgencia el campeón–creo que no es necesario recordarte que no debes hablar con nadie sobre lo que pasó entre nosotros y él, ni se te ocurra abrir la boca. Ya te lo dije antes de encontrarnos con él, si la prensa o la policía descubriesen que tengo negocios con Van Zant podría terminar en la cárcel. Mi prestigio y mi estilo de vida acabarían en la basura.
– No se preocupe, Mr. Satán. Estoy consciente de todo eso, no hablaré con nadie sobre lo que pasó. Es un secreto que me llevaré a la tumba…
– Espero que así sea, estoy arriesgándolo todo con tal de borrar del mapa a ese miserable del Gran Saiyaman–pasando del terror al enojo con mucha rapidez, Mr. Satán apretó sus puños al mencionar el nombre del enmascarado–sé que hice un trato con el demonio, pero era la única manera de lograrlo.
Asintiendo con la cabeza, sin la necesidad de utilizar lenguaje verbal, Shapner no podía evitar sentir una débil pero creciente molestia hacia Mr. Satán. La forma con la cual dudaba constantemente de su lealtad y fortaleza empezaba a disgustarle cada vez más; pese a eso, sabiendo que no le convenía en nada tener asperezas con el padre de Videl, el rubio optó por ignorarlo el resto del camino.
Y pensando igualmente en su recorrido, Mr. Satán no se tardó en ordenar que su vehículo se dirigiera a la segunda parada de su lista de pendientes. Girando en una intercepción, habiendo esperado unos minutos ante un semáforo en rojo, aquel elegante automotor se internó en el distrito más acaudalado y opulento de Ciudad Satán. Un sector que Shapner, ni en sus sueños más alocados, había visitado.
Sin perderse de un detalle, observándolo todo con suma atención, Shapner vio cómo se estacionaron en el interior de un complejo edificio que daba la impresión de ser una mezcla entre un hospital y un hotel de cinco estrellas. Dicho lugar se trataba de un centro médico exclusivo para aquellos que tuviesen el suficiente dinero como para pagar sus lujos; es decir, era únicamente para los ricos.
Una vez allí dentro, y avanzando con gran prisa, Mr. Satán orientó a Shapner en tanto se adentraban en los impolutos y extensos corredores que parecían nunca terminarse. Durante su caminata fueron encontrándose con enfermeras y galenos que saludaron al campeón con una exagerada felicidad, Shapner, por su parte, creyó que era invisible ya que la mayoría ni siquiera se dignó en verlo.
Aunque, tal cosa, cambió rápidamente gracias a un breve comentario de su suegro.
– Me encuentro muy bien, no necesito atención médica–respondiéndole a la pregunta de uno de los doctores que se cruzaron con ellos, Mr. Satán se giró para señalar a Shapner quien permanecía callado junto a él–en realidad he venido porque quiero que le practiquen un chequeo a mi joven amigo, como pueden darse cuenta al verlo, su brazo derecho sufrió una horrenda lesión y deseo que se reponga.
Mr. Satán, con haber dicho eso, generó que el foco de las miradas se enfilara a Shapner. Fue como si hubiese lanzando un hechizo que consiguió que el rubio, casi de forma instantánea, se convirtiese en lo único que existía para los allí reunidos. Así pues, dándole la prioridad que sólo recibían celebridades famosas o ancianos multimillonarios, Shapner se vio cómodamente sentado en una silla de ruedas.
Enseguida, sin que pudiese habituarse a ese colosal servicio, Shapner fue introducido en un elevador que lo trasladó hasta los pisos superiores de aquella edificación, donde, literalmente, sería convertido en un conejillo de indias. Para el novio de Videl era demasiado exagerado llegar a ese extremo; si bien su estado de salud no era perfecto, al menos tenía la capacidad de moverse usando sus propias piernas.
Pero antes de que fuese examinado y analizado por una horda de doctores, Shapner tuvo que hacer una de las tareas más dolorosas que ha tenido que realizar desde que fue dado de alta: quitarse el cabestrillo que le ofrecía soporte a su brazo lastimado. Cuando se encontraba en la intimidad de su habitación murmuraba un millar de groserías al hacerlo; pero aquí debió conformarse con solamente gruñir.
El dolor era tremendo. Tan pronto como el peso de su brazo recaía en su hombro, un desgarrador tirón lo forzaba a quejarse sonoramente, llevándolo, inclusive, al grado de soltar algunas cuentas lágrimas. Y a pesar de aquel sufrimiento físico tan severo, la convicción de Shapner de enfrentarse con el Gran Saiyaman seguía intacta. Era una misión suicida, pero de todos modos estaba dispuesto a llevarla a cabo.
– Sé que te duele, pero por favor relájate–notando su visible tormento, una de las enfermeras le comentó–no tardaremos mucho, resiste un poco más.
– Esto no es nada, he vivido cosas peores en el ring…–con su característica manera de ser, Shapner minimizó su condición recordándose todas las palizas que ha recibido desde que se metió de lleno en el boxeo escolar.
Y sin más preámbulos, con Shapner acostado en una camilla, el procedimiento inició. Se le tomaron muestras de sangre, seguidamente se le aplicó un electrocardiograma para conocer en qué condiciones se hallaba su corazón y, más importante aún, se le realizaron una serie de radiografías desde diferentes ángulos. Mr. Satán, no muy lejos de él, le veía con una palpable expectación que se dibujó en su rostro.
Casi una hora más tarde, y luego de haber respondido un millón de preguntas sobre el origen de su lesión y el historial clínico de su familia, Shapner al fin pudo disfrutar de la placentera comodidad que le era proporcionada. El rubio, bromeando consigo mismo, se decía que después de tantos chequeos lo mínimo que podían hacer por él era obsequiarle alguna especie de brazo robótico de última tecnología.
Sin embargo, Shapner tendría que olvidarse de las bromas infantiles para comenzar a aceptar, de mala gana, la cruda realidad.
– Es un gusto volver a verlo, Mr. Satán.
– Doctora Marcy, digo lo mismo.
Interrumpiendo sus respectivos pensamientos, entrando de improviso en la recámara donde aguardaban, una bella mujer vestida con un delantal blanco y un estetoscopio colgando en su cuello, se acercó a ellos trayendo consigo los resultados de los análisis de Shapner. La cual, deteniéndose primeramente con Mr. Satán, se prestó a saludar a uno de sus más destacados y aclamados pacientes.
– ¿Cómo se encuentra su rodilla, ha vuelto a sentir alguna molestia? –echándole un vistazo a la pierna izquierda del campeón, la doctora le preguntó con sincero interés–sé que en unos meses más se efectuará un nuevo torneo de artes marciales, me preocupa que la lesión en los meniscos de su rodilla izquierda vuelva a presentarse.
Escuchándola, haciendo memoria, Shapner recordó que años atrás Mr. Satán sufrió una contusión muy grave en su rodilla izquierda que casi lo llevó a perder el campeonato mundial. No obstante, negándose a retirarse, el padre de Videl continuó luchando logrando retener el cinturón; aunque como consecuencia, debió ser intervenido quirúrgicamente para reparar los profundos daños en su pierna.
– Le agradezco muchísimo su preocupación, doctora Marcy–comportándose muy amable con ella, Mr. Satán le regresó la sonrisa que ella le ofrecía–me encuentro de maravilla, después de la artroscopia que me realizó hace unos años; no he vuelto a sentir ninguna molestia en mi rodilla. Gracias a usted, está como nueva.
– Me alegra mucho escuchar eso, Mr. Satán–acomodándose sus lentes, la doctora sonrió nuevamente mientras le daba una mirada de soslayo a Shapner–no dude en contactarme si experimenta la más mínima dolencia, de inmediato le aplicaríamos un chequeo completo.
– Muchísimas gracias, doctora–le replicó el campeón dispuesto a tratar el tema que los trajo hasta allí–sé de primera mano lo excelentes que son los médicos de este hospital, son casi milagrosos. Por eso es que traje a mi más reciente y talentoso discípulo, estoy seguro que ustedes podrán hacer algo para ayudarlo.
– Hacemos nuestro mejor esfuerzo, no somos magos; pero siempre que esté a nuestro alcance buscaremos el tratamiento idóneo para el paciente–revisando los documentos que traía con ella, el semblante de Marcy se impregnó de una inquietante seriedad–lamentablemente; a diferencia de su caso, por el diagnóstico de su discípulo no hay mucho que pueda hacer por él.
Shapner, levantando la mirada, se contagió del silencio que se apoderó de Mr. Satán al oír las palabras de la cirujana.
– Antes que nada, quiero presentarme contigo. Esta es la primera vez que nos vemos–extendiéndole una mano, la doctora saludó a Shapner quien seguía absorto en sí mismo.
– Igualmente, doctora. Y sí, es la primera vez que visito este hospital.
– Me impresiona la magnitud del traumatismo que recibiste; por lo que leí, te lo provocó el disparo de un arma–releyendo sus anotaciones, ella le afirmó–también me asombra el excelente trabajo que realizaron los médicos que te atendieron, puedo imaginarme la laboriosa tarea que representó intervenirte en el quirófano.
Sacando un par de las muchísimas radiografías que se le tomaron a Shapner, la doctora las colocó en un negatoscopio que colgaba en una pared cercana. En el acto, como lo hacía cada vez que examinaba una imagen de ese tipo, la médica tomó un bolígrafo de sus bolsillos y lo empleó como un puntero para señalar las áreas que, con gran pericia, describía con detenimiento al explicarle al campeón y a su yerno.
– La bala que te impactó atravesó el omóplato fracturando tu húmero en el proceso; además, dañó seriamente la articulación glenohumeral–Shapner, viendo aquella fotografía del interior de su cuerpo, prestaba suma atención al ver las diversas zonas de su anatomía que la doctora mencionaba–por otra parte, el proyectil rompió varios de los ligamentos, nervios, músculos y arterias que irrigan con sangre todo el brazo. A esto me refería con mi comentario anterior, reparar todos estos daños debió ser un trabajo titánico.
– Disculpe que no entienda mucho de lo que dice, doctora; pero con sólo escucharlo hace que me duela más.
– Doctora, la razón por la cual traje a Shapner aquí es para que usted pueda acelerar el tiempo de sanación de su herida–Mr. Satán, yendo directo al grano, le expuso su deseo a la doctora utilizando algunas falsedades para ocultar sus verdaderos propósitos–antes que Shapner sufriera este trágico y lamentable accidente, yo lo estuve preparando por meses para que compitiera junto conmigo en el torneo de las artes marciales. Esto ha sido un golpe muy duro para ambos; si no logra recuperarse a tiempo, tendrá que esperar cuatro años para el próximo torneo.
– Así es, hemos trabajo muchísimo para el torneo; pero me es imposible mover el brazo con libertad–sabiendo, obviamente, que aquello era una vil mentira, Shapner se limitó a seguirle la corriente a su suegro–por favor, doctora; ayúdeme. Entiendo que usted no puede hacer milagros, pero al menos podría operarme para sanar más rápido.
– Soy sincera con ustedes dos, de verdad me encantaría chasquear los dedos para que tu hombro sanara por arte de magia; pero no me es posible hacer algo así–haciendo una seguidilla de ademanes, la médica lamentó mucho no poder cumplir los anhelos de Shapner y Mr. Satán–las lesiones que recibiste ya fueron trataras, llevarte al quirófano resultaría contraproducente porque implicaría que aumentaría el tiempo de recuperación.
– ¡Pero doctora…!
– Lo que tu cuerpo necesita más que nada es descanso y rehabilitación–sentenciando el destino de Shapner, para el rubio la honestidad de ella fue como recibir otro balazo–tienes que dejar que tu cuerpo sane por sí mismo, en unos meses podrás comenzar con ejercicios simples de rehabilitación que te ayudarán a recobrar la movilidad. Si le exiges a tu cuerpo realizar actos que no puede hacer, sólo conseguirás empeorar tu estado.
Mr. Satán pretendía intervenir pero la doctora prosiguió.
– Sé que esto significa muchísimo para los dos, me imagino lo mucho que se han preparado para el torneo; pero no hay nada que yo pueda hacer en este caso–con sensatez, dándoles una necesaria dosis de cordura, ella les alegó–Shapner, las lesiones internas que padeces son muy delicadas pero no significan que sean el fin del mundo; en menos de un año, con el debido descanso, estarás nuevamente entrenando con Mr. Satán. No es fácil de aceptar; lo sé, pero es lo correcto.
Ninguno de los dos lo dijo en ese instante, pero sabían que tal panorama complicaba, por no decir "destruía", las escasas esperanzas que poseían para concretar el enfrentamiento entre Shapner y el Gran Saiyaman. Empero, tratándose únicamente de la verdad, el veredicto de la doctora sólo les quitaba la venda de los ojos, que los dos, por igual, se habían colocado negándose a mirar la realidad.
Para Shapner era humanamente imposible que luchara contra el superhéroe, no existía médico sobre la faz de la Tierra que pudiera devolverle la salud en menos de un parpadeo. Mr. Satán, por su parte, se vio forzado a aceptar lo que la poca prudencia que le quedaba venía diciéndole desde hacía días. Tal revés, lo obligó a empezar a considerar nuevas alternativas para no cancelar toda la operación.
Con esa encrucijada atormentándolo, Mr. Satán no le insistió más a la cirujana y procedió a agradecerle por su cortesía. Así pues, escoltando a Shapner de vuelta a su limusina, el campeón no intercambió opinión alguna con su yerno protagonizando una afonía incómoda que, literalmente, fue como una grieta en el suelo que los separó cuando más unidos creían estar.
Shapner, en sus adentros, se sentía devastado al ver como sus ilusiones de encarar al Gran Saiyaman en igualdad de condiciones eran tiradas a la basura. Sabía, en lo más hondo de su mente, que las apuestas se acumulaban en su contra, señalándolo, desde ahora, como el perdedor del encuentro. Fue tan grande su enojo y frustración, que enterró sus propias uñas en su piel al apretar con rabia su puño izquierdo.
– Mr. Satán, yo…
– No te preocupes, ya se me ocurrirá algo…
Allí estaban, sentados uno frente al otro, compartiendo el amargo trago de la desilusión. Un trago que se hacía más intenso con el pasar de los segundos, un trago que los asqueaba al no querer rendirse. Reclinándose hacia atrás, deseando despejar su nublado juicio, Mr. Satán le ordenó a su conductor que se encaminara a la boutique de ropa que, muy constantemente, él visitaba para renovar su guardarropa.
Justamente cuando arribaron allí, transformando por completo su aspecto a uno más alegre, Shapner se impresionó por los dotes actorales del campeón, quien, cuidando su imagen pública, no se permitió verse con mal genio ante sus amados fanáticos. Y así, retornando a la actualidad, viéndose en el mismo sofá donde Mr. Satán lo dejó solo, Shapner se volteó a su derecha al verlo regresar minutos después.
– Si el vestido no fuese de la talla exacta de la señorita Videl, no dude en traerlo de vuelta para realizarle los ajustes correspondientes–comentándole, el mismo tipo que tomó las medidas de su cuerpo le hablaba a Mr. Satán quien traía consigo varias bolsas y cajas–en cuanto a las zapatillas de tacón, se las cambiaremos por las que necesite en caso que no sean de su número.
– Muchísimas gracias–dándole las gracias, el campeón le replicó con una enorme sonrisa adornando sus labios–por eso siempre prefiero visitarlos a ustedes, la calidad de su atención es la mejor de toda la ciudad.
– Para nosotros es un honor tener un cliente tan distinguido como usted, Mr. Satán…–devolviéndole el gesto, aquel hombrecillo le afirmó–comenzaremos de inmediato a confeccionar el traje para su yerno, esperamos tenerlo listo en un par de días.
– Perfecto, estaré esperando su llamada.
Shapner, no teniendo problemas para deducir que ya se retiraban, también le dio las gracias al modista; aunque guardando una considerable distancia. Luego de eso, todavía sin hablarse, Shapner y su suegro salieron a la calle donde les esperaba su chofer quien les abrió las puertas del vehículo a ambos. Mr. Satán, siendo muy consciente del hielo que los rodeaba, se atrevió a romperlo con un mero comentario.
– ¿Crees que le guste a Videl? –abriendo la tapa de la caja donde venía guardado el vestido de gala que le compró, Mr. Satán le preguntó a Shapner a pesar de no interesarle mucho su criterio al respecto–escogí un diseño que luzca hermoso en ella pero sin ser demasiado revelador.
– Me gusta el color, el morado combinará muy bien con el azul de sus ojos–echándole un vistazo a la tela púrpura de la vestimenta, Shapner le contestó sin querer mostrar la apatía que burbujeaba en él–Videl se verá maravillosa con este vestido, se robará las miradas de todos.
– A veces olvido que Videl ya no es la niñita pequeña que solía corretear por la casa, desearía que Miguel estuviese con nosotros para que pudiese verla–trayendo a colación a su difunta esposa, Mr. Satán no pudo evitar experimentar algunos celos paternales respecto a Videl–siempre me negué a la posibilidad de ver a mi hija saliendo con un chico, y heme aquí, comprándole ropa nueva para que se divierta al lado de su novio.
– Yo quiero darle las gracias por la ropa y por la visita al hospital–armándose de valor, Shapner se atrevió a tocar aquel último tema–sé que todo parece perdido sobre mi hombro, no hay nada que puedan hacer los médicos para ayudarme; pero quiero decirle, una vez más, que estoy dispuesto a continuar sin importar que sólo pueda usar un brazo. Ese maldito patán tiene cuentas pendientes conmigo, no lo voy a dejar irse sin pagar todo lo que ha hecho.
– Te prometí un brazo nuevo; pero fallé. Lo lamento mucho, muchísimo–dejando los rodeos a un costado, Mr. Satán discutió ese predicamento con él–confiaba en que hubiera alguna manera de solucionar el problema de tu hombro, no esperaba una negativa tan aplastante.
– No se preocupe, esto no cambia nada–si bien era una causa perdida, era de admirar la valentía de Shapner–yo sigo aquí con usted, no me haré a un lado. En cuatro días, cuando Van Zant tenga todo preparado, yo me encargaré de ese payaso.
– Seré sincero contigo: no me gustan las ideas de Van Zant, yo hubiera prefiero algo más discreto; pero si es la única manera de deshacernos de él, yo continuaré adelante.
¿Qué esperaban conseguir con aquella terca obstinación?
¿Un milagro inesperado?
¿Un repentino golpe de suerte?
Ni ellos mismos lo sabían, pero eso no evitaba que al menos lo intentaran. Shapner defendería todo aquello que consideraba suyo, protegería aquella felicidad que tanto persiguió por años y que cruelmente le era negada. No soltaría la mano de Videl por nada del mundo; después de interminables rechazos, no permitiría que ese bufón, ni Gohan ni nadie más lo apartaran de ella. Videl era su novia.
Le habría encantado acompañar a Mr. Satán en el viaje de retorno a su mansión y saludar a Videl; sin embargo, recordando la promesa que les hizo a sus padres esta mañana, Shapner le pidió que lo dejara a unas cuantas calles de su hogar para regresar caminando. Aún no le confesaba a su familia su noviazgo con Videl, lo haría cuando el Gran Saiyaman haya desaparecido del mapa para toda la eternidad.
Por ende, estacionándose a un lado de la carretera, abrió la puerta del auto diciéndole a Mr. Satán que iría a visitar a Videl muy pronto. Y así, sin más, Shapner abandonó la limusina emprendiendo una lenta caminata. Deteniéndose, mirando de soslayo el transporte del campeón alejándose en la calzada, se recordó que él mismo juró que pagaría el precio que fuese por estar junto a Videl el resto de su vida.
Frunciendo el ceño, viendo su hombro lastimado, el mismísimo Shapner se dijo que acabaría con el enmascarado a como diera lugar; aunque eso significase arrancarse el brazo con sus propias manos.
Podría sonar tonto o exagerado, pero para Videl no existía sonido más relajante que el ruido que producía el agua de la regadera mientras se daba una ducha. Cerrando los ojos, manteniéndose inmóvil debajo de la gélida corriente, Videl sentía como cada gota chocaba con fuerza contra su femenina desnudez recorriendo hasta el último centímetro de su cuerpo.
Al principio, cuando se quitó la ropa y se internó en la bañera, no pudo evitar blasfemar sonoramente al verse golpeada por el intenso dolor que se produjo en el instante en que el frío flujo tocó el chichón en su cabeza. Se vio muy tentada a apartarse y retroceder, aquello se sentía como si un taladro quisiese perforar su cráneo arrebatándole la cordura y la sensatez en el proceso.
No obstante, manteniéndose allí a pesar de las molestias, Videl fue experimentando una agradable disminución en su sufrimiento a medida que las bajas temperaturas, actuando como un analgésico rudimentario, adormecieron aquella abultada protuberancia en su cuero cabelludo. Aún percibía un tenue malestar, pero aquello era mil veces mejor que hace unos pocos minutos atrás.
Más aliviada, teniendo una preocupación menos en su extensa lista, Videl se vio seducida a cambiar de posición poniéndose cómoda dentro de su tina. Cerrando una llave para abrir otra, la otrora justiciera contempló como el recipiente que la contenía empezaba a llenarse cubriendo primero los dedos de sus pies; para luego, con rapidez, comenzar a escalar por sus muslos estando muy cerca de sus rodillas.
Hallando una gratificante sensación en ello, Videl permitió que aquel helado líquido continuara con su ascenso hasta que superase, por unos cuantos milímetros, la redondez de sus senos. Allí, sentada abrazando sus piernas, no se atrevía a interrumpir el diáfano silencio que se apoderó de su cuarto de baño. Con suma honestidad, le sorprendía lo tranquilo que podía ser aquel sitio tan ordinario.
– ¡Gracias al cielo, creí que nunca me contestarías!
Era algo muy peculiar; a pesar de conocerla desde que eran muy niñas, Videl aún no se acostumbraba en su totalidad a esa súbita alegría que la voz de Ireza era capaz de transmitir. Justo cuando atendió al llamado de su celular, su oído casi explotó al escuchar la potencia con la cual la rubia le habló al responderle. Razonando, Videl pensó que quizás nunca descubrirá de dónde sacaba Ireza tanta energía.
– ¿Cómo estás, cómo te sientes?
– Estoy bien, Ireza. Gracias por preguntar–oyéndose a ella misma en sus recuerdos, Videl veía su reflejo en la superficie del agua a su alrededor–todavía me siento algo mareada y me duele mucho la cabeza, pero no es nada grave.
– Me alegra saber eso, no tienes ni idea de lo mucho que te echo de menos por aquí–comentándole, Ireza le alegó con honestidad–hoy se llevó a cabo el examen final de matemáticas; fue horrible, gracias al cielo Gohan me dio un empujón sin que nadie se diese cuenta.
En el acto, como si una bomba hubiese detonado en el interior de Videl, el estómago de la pelinegra se contrajo al oír el nombre de Gohan aparecer de repente en la conversación.
– Ireza, escúchame muy bien–batallando por controlar su ansiedad, Videl cambió de oreja la ubicación de su teléfono–necesito que me hagas un favor, te lo explicaré todo en otro momento, por ahora no puedo darte muchos detalles así que te pido que hagas lo que diga.
– Claro Videl, cómo digas…–leyendo entre líneas, Ireza no era la mejor de la clase pero su intuición era muy precisa detectando cuando algo no andaba bien.
– Respóndeme lo más escueto que puedas, no quiero que nadie que esté cerca de ti sepa nada–sabiendo que esta, tal vez, sería su última oportunidad por enderezar su torcido camino, Videl quería ir un paso a la vez sin que las cosas se saliesen de su control– ¿entiendes?
– Sí…–cumpliendo con su petición, la rubia apagó la felicidad que mostró en un inicio, llenándose, repentinamente, de una marcada seriedad que Gohan, parado junto a ella, detectó.
– ¿Estás sola en este momento?
– No.
– ¿Por casualidad Gohan está junto a ti justo ahora? –tragando saliva, Videl deseaba que la contestación de Ireza fuese casi instantánea.
– Sí, así es…
Habiendo obtenido la información que deseaba, Videl humedeció sus labios buscando la forma más simple con la cual proceder.
– No quiero que Gohan se entere de lo que te diré, ya te lo explicaré todo más tarde; pero por ahora sólo quiero que tú lo sepas–casi comiéndose las uñas, Videl se sentía como una chiquilla que había cometido la peor travesura del mundo–quiero que vengas a mi casa cuando salgas de clase, necesito decirte muchas cosas, no he sido muy honesta contigo ni con nadie últimamente. Necesito quitarme este peso de encima, ya no lo resisto más.
– Está bien, Videl…–escuchando como todas las alarmas se encendían en su cabeza, Ireza se moría de ganas por saber a qué demonios se refería Videl.
– De hecho, dile a tus papás que te quedarás a dormir en mi casa, me gustaría que estuvieras conmigo por un par de días–invitándola a pasar la noche junto a ella, Videl sonaba como la típica chica que organizaba una pijamada con sus mejores amigas–sé que sueno como una loca, y no, el golpe en la cabeza no hizo perder la cordura, es sólo que quiero desahogarme con alguien de mi entera confianza.
Si bien aquella aseveración podría catalogarse como sobreactuada, para Videl, quien venía desde hacía semanas reprimiendo sus auténticos sentires, la válvula de escape que mantenía cerrada estaba llegando al límite de su resistencia, amenazándola, muy severamente, con detonar. Lo cual desembocaría a una crisis personal y psicológica de proporciones nunca antes vistas en ella.
En consecuencia, como si estuviese remando en un bote salvavidas en medio de la infinidad del mar, Ireza, metafóricamente, brillaba como un lejano faro que le ofrecía la esperanza de ser rescatada. Y la rubia, al otro lado de la línea telefónica, se percató de ello de inmediato, oyendo, más allá de las palabras de Videl, como la pelinegra gritaba por ayuda como jamás lo había hecho en su joven vida.
Después de eso, dejando las explicaciones para cuando pudiesen conversar en privado, Videl y la blonda se despidieron al verse ésta última en la obligación de regresar al salón de clases. Colgando el teléfono, reclinándose hacia atrás, Videl se dejó caer en la suavidad de su cama rogándole al tiempo que pasase rápido. Aún faltaban varias horas más para que Ireza la buscara, sería una lenta y muy larga espera.
Empero, sin que se lo esperase, estar allí despierta y tirada sobre el colchón, le permitió darse cuenta de algo sumamente obvio pero que, hasta ese momento, no le prestó la atención que se merecía. Su habitación, cada rincón de ella, daba la impresión de formar parte de un cementerio ante la total carencia de vitalidad y calor. Aquello, tristemente, era la sombra de la apatía que brotó en ella.
Las paredes, luciendo el más absoluto vacío, mostraban un pobre decorado que contrastaba con los lujos que en los restantes aposentos de la mansión maravillaban a los observadores. Girando los ojos, sin tan siquiera mover la cabeza, los zafiros de Videl le echaron un vistazo a la solitaria esquina, donde, por varios años, acostumbraba encontrarse aquel viejo saco de boxeo con el cual entrenaba a solas.
Apretando los puños, recordando la sensación de sus nudillos impactando contra la tela de aquel costal, la Videl de antaño que todavía permanecía en cautiverio, iba logrando, con mayor éxito, soltar las duras amarras que la inmovilizaban haciendo resonar sus gritos hasta estremecer a la falsa Videl que, sin muchos problemas, consiguió engañar a Shapner hasta transformarlo en un chico cegado por el amor.
Con el simple hecho de recordar a su "novio", Videl se asqueó de ella misma. No a causa de que Shapner le pareciese repugnante o nauseabundo, sino porque le producía náuseas la manera tan vil y cobarde con la cual se aprovechó de los sinceros sentimientos que el rubio siempre ha tenido por y para ella. El asco fue tan intenso que tuvo ganas de vomitar; pero peor aún, se sintió tan sucia como una cloaca.
Y no era para menos, desde que la culpa y la lástima la hicieron aceptar aquel beso que Shapner le dio en el hospital cuando lo visitó, Videl se sumergió en un espeso y profundo pantano de alquitrán que se nutría con las mentiras que ella misma inventaba y creía. Ya no aguantándolo más, harta de aquel insoportable remordimiento, Videl se levantó como un resorte apresurándose en ir a su ducha privada.
Una a una, empezando por sus calcetines, las diversas piezas de ropa que la cubrían fueron desapareciendo revelando más y más de su piel desnuda. Habiéndose quitado el sostén y con su largo cabello negro libre de sus habituales coletas, Videl apartó la mampara de la tina abriendo con urgencia el grifo de la regadera. Sin más, quedándose allí por lo que le pareció un siglo, ella meditó en silencio.
– Me muero de hambre, debí haber comido algo antes que nada–jugueteando con el agua que llenaba la bañera, Videl dibujaba líneas serpenteantes en su superficie mirando como su imagen se distorsionaba y se restauraba mágicamente–tal vez debería darme prisa en vestirme y comer algo antes que llegue Ireza, no creo que pueda hacerlo cuando tengamos que hablar.
A pesar de haber estado sumergida por casi una eternidad, Videl únicamente se quedó ahí viéndose a ella misma sin mover ni un dedo. Por lo cual, al titiritar de frío, la ojiazul extendió un brazo tomando una pastilla de jabón para frotarla por toda su humanidad. Con la bañera llenándose de burbujas, Videl la usó para enjuagarse antes de dejar correr el agua por la tubería hasta el desagüe.
– Ireza ya debió haber salido de la escuela, si la conozco bien, no creo que tarde mucho en venir aquí–ahora enfocándose en su melena azabache, Videl la peinó con sus dedos retirando una gran cantidad de nudos gracias a la ayuda del espumoso champú que aplicó; asimismo, tuvo cuidado de no maltratar la zona del chichón en su cabeza–me pregunto dónde estará papá, es extraño que no haya venido a buscarme en todo el día. También Sashimi, además ninguna sirvienta ha aparecido para tocar a mi puerta.
Pero encogiéndose de hombros, sacándole partido a la soledad y privacidad que poseía, Videl acabó de ducharse retirando aquella suciedad, más mental que real, que la llevó al borde del vómito. Con una toalla enrollada en su cabeza y otra rodeando su figura, Videl salió de ahí recorriendo el corto trecho que la condujo a su recámara buscando algo que ponerse en su ropero a la derecha de su televisión.
Apresurada, sin tardarse mucho en decidir, Videl tomó las primeras prendas de vestir que halló colocándose unos pantaloncillos y un suéter amarillo que, honestamente, no recordaba tener. Cubrió sus pies descalzos con unas calcetas; no obstante, deteniéndose sin tenerlo planeado, Videl se petrificó al notar que en su armario sólo veía zapatillas altas que no le apetecían usar.
– No estoy de humor para ponerme tacones, y no importa si son bajos; quiero algo cómodo.
Volteándose a su izquierda, mirando de nuevo hacia su desordenada cama, Videl evocó la comodidad de su antiguo par de botas que, siendo su fiel calzado en incontables peleas, parecían ser inseparables. Pero, aquella camaradería que las unió en un sinfín de combates, se vio destrozada cuando el infierno comenzó metiéndolas en un envejecido baúl, intentando borrar, furiosamente, todo indicio del ayer.
Sin que pudiese detenerse, empujada por una necesidad casi demencial, Videl se puso de rodillas gateando hasta llegar al borde de su litera. Allí, como si fuese a saquear una tumba, la pelinegra metió sus manos palpando el polvoriento piso hasta tocar, con las puntas de sus dedos, la sólida estructura del cofre allí tirado. Sujetándolo por los costados, halando con fuerza, Videl lo sacó de ahí con un tirón.
Dubitativa, sintiendo el impulso de volver a colocarlo donde lo halló, Videl apretó sus párpados cegándose a ella misma; entretanto, sin ceder ante sus dudas, la hija de Mr. Satán abrió la tapa escuchando como las oxidadas bisagras rechinaron. En el acto, más veloz que una bala, el característico olor a pertenencias viejas impregnó sus fosas nasales haciéndole abrir sus ojos inconscientemente.
– Es como si estuvieran llamándome, podría jurar que los escucho diciendo mi nombre…
Frente a ella, mostrando los evidentes signos de desgaste que el paso del tiempo ha causado sobre ellos, los botines que tantos dientes rompieron al desatar una lluvia de patadas, yacían quietos esperando que su dueña volviese a tenerles el cariño que solía profesarles. Y como si fuesen un par de reliquias milenarias, Videl los tomó poniéndoselos con calma atajando con firmeza las agujetas.
– No importa cuántos años pasen, parece que siempre me quedarán a la medida.
Sin embargo, observando de reojo, Videl descubrió muchas cosas más acordándose cuando las escondió allí dentro jurándose que nunca volvería a mirarlas. Y si bien creyó destruir la mayoría de los recortes de periódico donde figuraba el Gran Saiyaman, Videl recogió uno de los escasos trozos de papel que continuaban casi intactos pese a que la humedad había comenzado a degradar la tinta de las fotografías.
La señorita Videl y el Gran Saiyaman frustran secuestro de autobús escolar.
Con delicadeza, acercando aquel documento a ella, Videl leyó mentalmente el titular del diario donde se narraba, causalmente, el mismo secuestro que ella soñó antes de despertar esta mañana. Vio su propio rostro en la imagen, como era su costumbre, lucía seria y con el ceño fruncido. El Gran Saiyaman; por el contrario, presumía una gigantesca sonrisa a su vez que realizaba una de sus tantas poses ridículas.
– Cuando le explique todo a Ireza creo que no podré decirle nada sobre Gohan y el Gran Saiyaman; aunque lo intentara, sé que ella nunca me creería–hablando consigo misma, Videl se comentó–lo mejor será que no le diga nada al respecto; pero es algo que tendré que arreglar cuando se presente la oportunidad. Primero tengo que terminar con Shapner, esta farsa no tiene futuro. Y cuando lo haya hecho, sin importar cuántas excusas patéticas diga, Gohan deberá admitir de una vez por todas que él es el Gran Saiyaman.
Aquellas preguntas que prometió nunca repetir, aquellas interrogantes que se aseguró sepultar para siempre; de nuevo, sin que las detuviese, brotaron de sus labios deseando una contundente y racional respuesta: ¿Cómo podía volar igual que un ave? ¿Cómo era posible que tuviese la fuerza para doblar el metal como si fuese cartón? ¿Cómo fue capaz de obtener esa velocidad tan monstruosa?
Y sobre todas ellas, resaltando como un árbol de navidad en medio de un oscuro desierto, Videl reiteró la cuestión que más ansias tenía por realizar: ¿Existía alguna forma con la cual ella pudiese aprender a hacer lo mismo?
– Pero esas no son las únicas preguntas que tengo para él–poniéndose de pie, Videl caminó hacia la ventana de su habitación echando un vistazo por las cortinas–hay una más que quiero hacerle, y es, tal vez, la más importante de todas.
¿Tiene Gohan alguna relación con los extraños sujetos de cabellos rubios que aparecieron en el Torneo de Cell?
Todos los indicios, todas las evidencias y todas sus especulaciones indicaban que sí. Incluso, si hacía más memoria, los breves avistamientos de un sujeto apodado como "el guerrero dorado" así lo reafirmaban. Dicho individuo, fue visto en tres ocasiones antes de desaparecer. Poco después, reemplazándolo en los noticieros, el Gran Saiyaman emprendió su lucha contra el crimen.
Eran demasiadas coincidencias para ser ignoradas.
Empero, congelando su debate interno, Videl vio como la limusina de su padre ingresaba en la mansión alcanzando a reconocer su peinado a través de las ventanillas del auto. Los nervios, reclamándola como suya, le hicieron ver como se materializó la peor de sus pesadillas. Antes de confrontar a Shapner, Videl quería armarse de valor al confesarse con Ireza.
Confiaba en que ella le diese uno de sus infalibles consejos, esperaba que la larga experiencia de la rubia en relaciones amorosas le dijese cómo debía separarse de Shapner sin herirlo en el proceso. Si tan sólo Videl no se hubiese apartado del ventanal con tanta prisa, se habría dado cuenta que su novio no se hallaba presente junto a su padre cuando éste salió del coche.
Dicho descubrimiento quedaría para unos minutos más tarde, justamente cuando escuchó cómo alguien tocaba a su puerta.
Encontrarse en aquel lugar lo inundó de una profunda nostalgia, era como si las manecillas del reloj no se movieran en esa mítica torre que desafiaba al firmamento. Callado, mirando sus alrededores, Gohan vio una serie de grietas y fisuras que se extendían por las columnas que sostenían el domo sobre su cabeza. Sonriendo, pensando en su padre, Gohan recordó el motivo exacto de tales fracturas.
Fue justo allí, a pocos metros de donde se ubicaba, donde Son Goku, expulsando su poder, le pidió al maestro Karin que comparara su nivel con el de Cell. Como si fuese un terremoto, toda la estructura se sacudió con una brutal violencia que puso a prueba su resistencia ancestral. Un resplandor dorado, llenando por completo la habitación, se atrevió a rivalizar con el fulgente brillo del sol.
En aquel entonces, todavía sin imaginarse lo que pasaría días después, Gohan se cuestionaba la anormal tranquilidad de su papá a pesar del peligro que amenazaba con destruir la Tierra. Pero borrando su sonrisa de los labios, sus equivocaciones pasadas le arrancaron la felicidad al recriminarle por no haber acabado con Cell cuando tuvo la oportunidad; sin quererlo, el exceso de confianza lo volvió un fanfarrón.
Y si bien sabía que estaba a punto de cometer otra gravísima equivocación, Gohan confiaba en que todo saliese a su favor.
– Aquí tienes, muchacho. No son muchas pero al menos tendrás una dotación considerable en caso de emergencia…
Interrumpiéndolo, apareciendo de repente a su derecha, el anciano maestro Karin traía consigo una pequeña bolsa de tela que, por lo abultada que se veía, le indicaba a Gohan que obtendría la cantidad de semillas que necesitaba e, inclusive, un poco más de lo requerido.
– Se lo agradezco mucho, maestro–sonriéndole, Gohan se le acercó para tomar su preciado botín de semillas–me serán de gran utilidad para mi entrenamiento con Goten.
– Me alegra que pienses retomar tu entrenamiento, siempre se debe estar preparado en caso que algo malo suceda–aquel pequeño gato antropomórfico no se lo dijo abiertamente; pero desde que Gohan le digo que necesitaba semillas para entrenar con su hermano menor, sus instintos felinos le susurraron que aquello no era verdad– ¿y tu madre está de acuerdo que entrenes con tu hermano?
– Bueno, no fue fácil convencerla–riéndose nervioso, Gohan no pudo ocultar su ansiedad por obtener la bolsa que todavía sostenía el maestro Karin–le prometí que si Goten salía lastimado lo curaría con una semilla, sin ellas no podré retomar mi entrenamiento como es debido.
– Ya veo…–a pesar que seguía sin creerle del todo, Karin extendió su diminuto brazo hacia Gohan–puedo recordar como si fuese ayer cuando tu padre y tú salieron de la habitación del tiempo, Goku casi destruye el lugar al expulsar su poder.
– Yo también pensé en lo mismo hace un instante–agachándose, poniéndose a la misma altura del gato frente a él, Gohan tomó la bolsa aunque Karin continuaba aferrado a ella–me cuesta creer que hayan pasado tantos años.
– Le he dicho un millón de veces al perezoso de Yajirobe que se encargue de las reparaciones; pero siempre se excusa diciendo que fue Goku, y no él, quien provocó los daños–mirando fijamente a Gohan, la voz de Karin no reflejaba la tranquilidad que normalmente transmitía–ahora que te veo más de cerca me doy cuenta que ya eres todo un hombre, Gohan. Es increíble el parecido físico que tienes con Goku, es una lástima que él no haya podido estar con nosotros para verte creer.
Quedándose en silencio, a Gohan lo tomaron por sorpresa las palabras del maestro Karin.
– Puedo sentir, por medio de tu mirada, que guardas mucha culpa y rabia interna–aunque no podía leer con exactitud sus pensamientos, la intuición de aquel antiquísimo felino era capaz de ver cosas que otros no podían observar–sé que no me corresponde decirte esto; pero sin importar qué clase de situaciones te atormenten, nunca olvides que la memoria de tu padre sigue viva dentro de ti. Ahora ve y vuelva a casa, el sol no tardará en ponerse.
No sabiendo qué responder a aquel comentario, Gohan sólo pudo limitarse a agradecerle por las semillas antes de salir disparado en el cielo como un misil. Karin, casi en el acto, se percató que Gohan no volaba hacia las montañas Paoz, sino que se dirigía directamente a Ciudad Satán. Aquella ciudad, para bien y para mal, había calado demasiado profundo en Gohan llegando a afectar su personalidad.
En un principio, cuando Gohan se presentó ante él pidiendo semillas, Karin pretendía negarse a su solicitud al sentir que sus motivos no eran honestos. Tratándose de una persona como Gohan, igual de pura e ingenua que Goku, era muy sencillo detectar cuando alguna mentira salía de su boca. Sus sospechas le advirtieron que momentos muy duros se avecinaban para él; aún así, accedió a su petición.
Aceptó porque su milenaria sabiduría le indicó que era lo correcto; tal vez el sendero que Gohan estaba atravesando se hallaba plagado de malas decisiones y dolorosos desaciertos; no obstante, al final de aquel camino, la vida de Gohan y de aquellos que lo rodeaban acabarían encontrando la paz que buscaban. El trayecto prometía ser atroz; la meta, siendo más esperanzadora, les ofrecía mutuo perdón.
Entretanto, acelerando para llegar a Ciudad Satán antes del atardecer, Gohan tenía otros pensamientos en su cabeza; y en todos ellos, inevitablemente, las siluetas de Videl y Shapner cobraron más vigor.
Fin Capítulo Veinticinco
Hola, muchas gracias por leer, espero que les haya gustado este nuevo capítulo. No quiero quitarles mucho tiempo así que seré breve, como ya lo he dicho antes, estoy muy consciente que el clímax final se ha tardado mucho en llegar. Pero sinceramente prefiero tomarme mi tiempo para construir y plantear bien la situación, lo que menos deseo es que todo se resuelva demasiado rápido y sin coherencia.
No habitúo escuchar música cantada, pero casualmente me topé con una canción cuya letra me parece que encaja con lo que está viviendo Shapner con respecto a su amor enfermizo con Videl. Es curioso como una canción que nunca escuchaste antes le cae como anillo al dedo a una idea en particular. Si desean escuchar la canción de la que les hablo, búsquenla en You Tube con este nombre: Reik – Peligro.
Antes de despedirme les doy las gracias a Kellz19, TheRecklessGirl, SViMarcy, Lupis OrSa y a Time m4 por sus comentarios en el capítulo anterior. Muchas gracias por seguir leyendo y comentando esta historia a pesar de mi lentitud.
Gracias por leer y hasta la próxima.
