Disclaimer: Ni Dragon Ball ni sus personajes me pertenecen.
Capítulo 29
Agotada, harta del escandaloso ambiente festivo que la rodeaba, Videl logró hallar refugio detrás de una columna ubicada en una esquina de la habitación. Ocultándose lo mejor que le era posible, la pelinegra, sintiéndose como niña que acababa de cometer su peor travesura, esperaba que su escondite durase lo suficiente como para relajarse y quitarse de encima la jaqueca que la afligía.
Desde el amanecer, tan pronto como abrió los ojos, aquel día la había bombardeado con interminables desdichas que llovieron sobre ella una tras otra. En años anteriores, alejándose con éxito del frenesí mediático, Videl se mantenía en su casa entrenando a solas mientras su padre se pavoneaba como un rey ante las innumerables cámaras de televisión.
Sin embargo, para su desgracia, en esta ocasión no tuvo más remedio que unirse a la fiesta. Los noticieros, fiel a su naturaleza propagandística, le daban cobertura total a cada suceso del aniversario del Torneo de Cell transmitiendo en vivo y en directo para toda la ciudad; e inclusive, para el resto del mundo. Y los reporteros, al verla llegar, se le arrojaron como hormigas a la miel.
Los micrófonos la acorralaron tanto a ella como a su padre; pero al menos, para su efímera fortuna, Mr. Satán acaparó los destellos de los fotógrafos permitiéndole colarse entre los demás invitados perdiéndose en la muchedumbre. No obstante, sabiendo que aquello no duraría para siempre, Videl suspiró con frustración al comprender que llegaría su turno de darles la cara.
– ¿Desea una copa de agua, señorita Videl?
Sobresaltándola, tomándola con la guardia baja, uno de los muchísimos meseros portando una bandeja llena de copas le preguntó sacándola de su fugaz meditación. Videl, sintiendo como casi perdía el equilibrio por culpa de los tacones que usaba, se aferró al pilar que la escondía evitando que cayese al suelo, y a la postre, que fuese el hazmerreír frente a aquella descomunal multitud.
– ¿Qué?
– ¿Desea beber una copa con agua? –Algo incómodo por verla casi caer, aquel sujeto repitió su pregunta.
– Sí, agua…–tomando una de las varias copas que traía con él, Videl no quería que nadie más la localizara–le agradezco mucho y por favor, no le diga a nadie que estoy aquí. Quiero un minuto a solas para tomar aire…
– Como usted desee, señorita–sonriendo con educación, le replicó antes de emprender la marcha–disculpe el retraso, la ceremonia principal comenzará en unos diez minutos.
– Gracias…
Aliviada, viéndolo darle la espalda para marcharse, Videl volvió a suspirar llevándose un trago de agua a la boca. La temperatura era demasiado elevada para su gusto, comenzaba a sentirse mareada y sofocada; en definitiva, los bailes de gala y ella no combinaban nada bien. En consecuencia, terminándose su bebida, Videl le echó una mirada a sus alrededores.
Ni su padre ni Shapner, quien obviamente los acompañó, se veían en las cercanías. Al momento de arribar a la alcaldía, Mr. Satán, arrastrando al rubio con él, se lo llevó lejos de Videl por unos minutos para presentárselo a los más destacados asistentes. Sin tener problemas para hacerlo, Videl se imaginaba tal situación con su papá presumiendo a su yerno como una moneda de oro.
Por otra parte, en tanto ella conseguía distanciarse de ellos por un breve instante, varias personalidades importantes del ámbito político y empresarial se aproximaron a Videl, para felicitarla, personalmente, por el reconocimiento que más adelante recibiría de manos del mismísimo alcalde como agradecimiento a sus contribuciones a Ciudad Satán.
Videl, incómoda por aquella abundante gratitud proveniente de cuantiosos desconocidos, buscó la manera de alejarse del gentío sin ser grosera. Así pues, delineando la sonrisa más grande que pudo mostrar, la otrora heroína contuvo la respiración cuando giró sobre sus talones temiendo perder la estabilidad, al apoyarse, solamente, en las delgadas y largas agujas de sus zapatillas.
Sudorosa y ansiosa, rogando por un milagro, Videl emprendió una inquieta caminaba a su vez que escaneaba su entorno buscando algún sitio donde guarecerse. A pesar que semanas atrás usó unos similares al tener su primera cita con Shapner, aquellos zapatos tenían mayor altura poniéndole los nervios de punta al oír el peculiar ruido que producían al caminar.
Escuchando como un hábil pianista llenaba la atmósfera con una dulce melodía, Videl, como si estuviese atravesando un río de ardiente magma agudizó su visión, hallando, por medio de sus azuladas retinas, un desolado punto en aquella estancia, donde, al fin, podría esconderse. Por consiguiente, sin moverse de ahí, Videl permaneció inmóvil esperando a Shapner y a su padre.
Pero dejándolos a ambos de lado, temporalmente, la soledad que experimentaba la llenó de una falsa tranquilidad que, aminorando su estrés, la empujó a volver a ocultarse en las sombras apartándose de las brillantes luces del salón, las cuales, resplandeciendo al unísono en las lustrosas uñas de sus manos y pies, le hicieron enfocar su atención en sí misma.
Mirarse vestida, maquillada y peinada como si fuese una modelo le parecía extremadamente inverosímil, y aunque sonase exagerado, Videl pensaba que si lanzaba un puñetazo acabaría más lastimada ella que su oponente. Muy sinceramente detestaba su aspecto, la hacía lucir débil y superficial como si se hubiese convertido en una versión opuesta y retorcida de ella misma.
Pero, trayendo a colación a Ireza, Videl no quería despreciar ni desdeñar toda la generosa ayuda que la rubia le dio horas antes para su preparación. La blonda, sacando a relucir su experiencia y talento para la moda, se tomó la molestia de decorar cada rincón de su cuerpo como si fuese a ser exhibida en alguna lujosa y prestigiosa galería de arte moderno.
La justiciera de antaño se habría desmayado si pudiese verla ahora mismo, aquella jovencita que juró que jamás se transformaría en una princesa de cuento de hadas no tendría más alternativa que tragarse sus palabras. De arriba a abajo, al mejor estilo de una hechicera que agitó su varita mágica, Ireza se sentiría orgullosa de por vida por lo hermosa que la pelinegra lucía gracias a ella.
– De acuerdo; lo admito, tal vez no tiene nada de malo maquillarse un poco de vez en cuando–estudiando con detenimiento el diseño sencillo pero elegante que adornaba las uñas de sus manos y pies, Videl le daba crédito a la labor que consumió varias horas de Ireza–pero estos malditos zapatos ya me sacaron de quicio, podrán ser muy bonitos pero son un infierno traerlos puestos.
Mirando hacia el piso, frunciendo el ceño como si intentase intimidar a un enemigo, Videl encogió sus dedos del tratar de finalmente acoplarse al calzado que, dándole la impresión de ser más alta de lo normal, venía torturándola desde que acabó de vestirse para la celebración. Tal pensamiento, como si retrocediera el tiempo, la llevó de regreso al sábado anterior por la mañana.
La Videl de aquel entonces contrastaba en demasía con la actual; entretanto la del presente refunfuñaba tal cual es su personalidad, la del pasado lloraba desconsolada en los brazos de Ireza al aceptar que romper su falso amorío con Shapner no sería tan fácil como esperaba. Tanta amargura la destrozó, nunca antes una idea tan simple la había afectado tanto como esa.
– Lo resolveremos, no estás sola en esto…–luchando por contener sus propias lágrimas, Ireza le susurraba a su amiga quien no dejaba de llorar–ni Shapner ni tú se merecen tanto sufrimiento.
A pesar de las buenas intenciones de Ireza, sus frases de consuelo no surtían ningún efecto en el desgarrador tormento que azotaba a Videl. Ella, repitiendo una y otra vez la imagen de Shapner odiándola hasta morir, sólo le arrojó más leña al fuego llorando con aún más remordimiento. Todo era su culpa, no le era posible eludir su responsabilidad ni delegársela a alguien más.
Continuó lamentándose por lo que le pareció una eternidad, siguió culpándose y recriminándose a sí misma hasta que sus ojos, enrojecidos al teñirse de sangre, alcanzaron su punto máximo agotando todas las lágrimas que podían liberar. Ireza, al notar como aparentaba tranquilizarse, empezó a mecerla como si estuviese intentando apaciguar a un bebé o un infante.
Ver a Videl así la dejó sin habla, le resultaba tan inaudito que una chica que era el vivo retrato de la valentía y la dureza se desmoronara de tal forma. La rubia, controlando sus propias emociones, sabía que aquel sería un recuerdo que se quedaría guardado en su memoria para nunca marcharse. Y por supuesto, se volvería un secreto que no le contaría a nadie jamás.
Inmediatamente, al escuchar como Videl respiraba con más normalidad, Ireza se dispuso a hablarle de nuevo sabiendo que el tema de Shapner debía ser definido cuánto antes. Entre más se demore Videl en resolverlo, más difícil de remediar se le haría hundiéndola todavía más en el profundo hoyo que ella misma cavó. Odiaba abrir más la herida, pero era un mal necesario.
– ¿Ya te sientes mejor? –Preguntándole, sin dejar de acunarla, Ireza apartó varios mechones sueltos de la mojada cara de Videl– ¿quieres que vaya a buscarte un vaso con agua?
– ¡No te vayas, quédate aquí! –Reaccionando en el acto, Videl pasó abruptamente de la tristeza al miedo–si alguien te ve afuera podrían pensar que algo está pasando, no quiero que mi padre termine enterándose de todo.
– De acuerdo, no me iré a ninguna parte–sonriéndole, queriendo transmitirle una pizca de felicidad, Ireza buscaba el modo de retomar la conversación sin lastimarla más de lo que ya estaba–quedémonos un rato más aquí, aún es muy temprano y recuerdo que anoche tu padre dijo que saldría.
– Es cierto, no lo recordaba.
– Bien, entonces continuemos donde nos habíamos quedado–confirmando por el tono de voz de Videl que ella ya se encontraba más serena, Ireza se prestó a tocar con delicadeza uno de los principales puntos a tratar– ¿le darás una última oportunidad a Shapner antes de romper con él?
– Ya no quiero seguir ni un día más con esta farsa, Ireza. Ya me cansé de mentirle a él y a mí misma…–llevándose las manos al rostro, Videl hubiese deseado que existiese alguna manera de ser tragada por la tierra y desaparecer para siempre–la bola de nieve se hace más y más grande, ya no puedo soportarla más encima de mí.
Ireza, preparándose para volver a argumentarle, pretendía decirle algo pero Videl se le adelantó robándole las palabras de la boca.
– Y aunque no me guste admitirlo, sé que tienes razón–ladeándose, la pelinegra quedó cara a cara con su vieja amiga de la infancia–yo no quiero que Shapner me odie; no quiero vivir el resto de mi vida sintiéndome culpable por haber jugado con sus sentimientos. Él me salvó la vida, si no lo hubiese hecho hubiera muerto aquella noche. Siempre le estaré eternamente agradecida por eso, nunca olvidaré lo que hizo por mí.
– ¿Entonces…? –arqueando una ceja, Ireza le consultó con una indirecta.
– Entonces tendré que hacer las cosas de otro modo, si termino con él el lunes es un hecho que acabaré rompiéndole el corazón–recordando la horrible visión de sí misma sosteniendo el corazón de Shapner en una mano, Videl se negaba a volver realidad aquella pesadilla–él me ama, lo sé. Sé que la idea de perderme lo volverá loco, me odio tanto a mí misma por haberme aprovechado de él de la forma en que lo hice.
– Videl, es verdad que tomaste muy malas decisiones, terribles diría yo…–interviniendo en un santiamén, Ireza apagó cualquier conato de desprecio que provocase que Videl volviese a desmoronarse–pero no eres una mala persona, solamente que no supiste cómo manejar una situación tan compleja e inesperada como esta.
– Ya no tiene caso que piense en eso, lo hecho…hecho está–mordiéndose la lengua, armándose de valor para decir lo que pensaba, Videl confiaba en estar haciendo lo correcto esta vez–de acuerdo, haré lo que me pides. Le daré a Shapner una última oportunidad; no lo rechazaré ni huiré de él, en los próximos días seré lo más honesta que pueda ser con él.
– Sé que no es sencillo para ti, pero considero que es la única manera de resolver esto–abrazándola otra vez, Ireza apostaría su alma de ser necesario con tal de guiar a su amiga fuera de aquel lúgubre pantano donde ella misma se internó–pero no olvides que también debes ser honesta contigo misma, no trates de complacer a Shapner simplemente para sentirte menos culpable. De la honestidad que le des a él y a ti misma, encontrarás la respuesta que buscas. Si al salir de ese baile ningún sentimiento por él nace dentro de ti; entonces, sin renunciar a esa misma honestidad, le dirás lo que realmente sientes acabando con esto de una vez.
– Ojalá fuera tan fácil como suena, tengo tanto miedo de lo que piense Shapner cuando le diga que su mayor deseo nunca fue real…
– Nada en la vida es fácil; Videl, si lo fuera nadie aprendería de sus errores…
– A veces me pregunto de dónde sacaste tanta sabiduría, quizás en lugar de ser reportera deberías convertirte en una consejera o terapeuta de parejas–diciendo una pequeña broma, el semblante de Videl mostraba una notoria mejoría a pesar que el remordimiento aún la acompañaba.
– ¿Y de dónde más crees? –riéndose y dibujando una expresión presumida, Ireza no quería arruinar la tenue alegría que se asomó entre ellas dos– ¡te dije un millón de veces que ver telenovelas me sería de gran ayuda algún día!
Carcajeándose, soltando la primera risa verdadera del día, Videl se preguntaba qué cosa tan extraordinaria había hecho en su corta vida para haber merecido a una amiga como Ireza. Cualquier otra chica, al enterarse lo que hizo con Shapner, la hubiese insultado de la peor manera posible atreviéndose a amenazarla con llevar su trágica historia a la prensa.
Pero no, Ireza no hizo nada de eso. Inclusive, cuando más se merecía una bofetada dura y dolorosa, la rubia abrió sus brazos para abrazarla y hacerla sentir mejor. Le parecían tan increíbles los dones casi sobrehumanos de Ireza, ella, como si tuviese el poder para agitar o apaciguar el océano que existía en su interior, era la única persona en el universo que podía ayudarla.
Años atrás, cuando conoció a una pequeña niña de rizos dorados, jamás imaginó, ni remotamente, que esa chiquilla llegaría a colarse tanto en su alma. Ireza era más que una simple camarada, era muchísimo más que una confidente: era la hermana que sus padres no pudieron darle. Tenerla a su lado, sin importar nada, era más que un milagro; era una bendición caída del cielo.
– Me muero de ganas por darme una ducha, de tanto llorar tengo la cara sucia–habiendo aceptada su realidad, Videl se sentó en su cama notando como su tez aún permanecía impregnada del húmedo fruto de su llanto–también quiero comer algo, anoche no cené lo suficiente.
– Ve a ducharte, yo te esperaré aquí…
– Eso no sería justo, eres mi invitada. Lo correcto es que te duches primero–Videl, recordando que ella era la anfitriona, de inmediato se dio cuenta de lo descortés que sería si no le cedía la tina a Ireza antes que la utilizase ella–yo esperaré mi turno, ve a bañarte con calma. Abriré las ventanas y pediré que nos traigan el desayuno aquí.
– Nada de eso, Videl. Ve a bañarte tú primero, yo puedo esperar–arropándose con las mantas otra vez, Ireza se acomodó nuevamente su antifaz para dormir–quiero que te levantes con el pie derecho esta mañana; además, no olvides que tienes un vestido nuevo que mostrarme.
Sonriendo con sutileza, Videl no alegó nada más sabiendo que terminaría siendo inútil. Así pues, accediendo a la petición de Ireza, la antigua justiciera buscó un cambio de ropa limpia y se dirigió a su cuarto de baño privado. Una vez dentro, luego de asegurar la cerradura, la pelinegra se miró en el espejo del lavabo suspirando con vergüenza ante su espantoso y lamentable aspecto.
Sus ojos, tan rojos como manzanas, continuaban reflejando la tristeza y punzante ruina que se manifestaron hacía poco. Los sujetadores de su cabello, habiéndose soltado, ya no mantenían sus características coletas propiciando que su larga melena se liberara de su control dándole el peinado de una vieja bruja. Tal cosa, haciéndola reír, al menos le regaló una pizca de humor.
Ya desnuda, reposando en su bañera, Videl lavó tanto su cuerpo como su espíritu retirando todo ápice de miedo y vacilación. Por más que le desagradase, no sólo deberá asistir a la fiesta en la alcaldía junto a su padre; sino también, que tendrá que sincerarse con Shapner y ver si él es capaz de despertar en ella el más ínfimo sentimiento de amor que correspondiese al de él.
Sumergiéndose en el agua, notando como el abundante líquido la cubría por completo, realmente intentó mirar a Shapner de igual forma en la que él la veía. Si bien era un joven presumido en la mayoría de los casos, debajo de esa fachada de arrogancia y fanfarronería, Videl sabía que existía un hombre amable con buenas intenciones que solamente deseaba hacerla feliz.
No obstante, a Shapner le gustaba llamar la atención; le encantaba que las miradas se enfocaran en él emulando al campeón mundial cuando aparecía en la televisión. Aquello, jugando en contra de Shapner, fortaleció el deseo de Videl por alejarse de él. La pelinegra no quería vivir con una copia de su padre que requería alimentarse de fama y popularidad; Videl ya estaba harta de eso.
A pesar de sus notorios defectos, Shapner, de ningún modo, dejaría de ser un buen amigo para ella. Pero únicamente sería eso: un buen amigo. Por ende, regresando a la superficie al terminársele el aire, Videl volvía a la misma conclusión a la que llegaba cada vez que se planteaba aquella encrucijada: nada, ni la más diminuta emoción romántica nacía en ella para él.
Videl, con aquella inexpugnable sentencia, se cuestionaba qué haría si Shapner trataba de besarla en esa estúpida gala; el impulso por apartarse de él se activaba por sí solo con el mero hecho de imaginar aquel escenario. Resultaba sumamente contradictorio, hasta hace unos días los besos de Shapner eran como una anestesia que borraba con éxito al Gran Saiyaman de sus pensamientos.
Eran tan altamente efectivos, que Videl, como si fuese una adicta que necesitaba una dosis más, no se separaba del rubio esperando que la besara otra vez adormeciendo su dolor, y así, en el proceso, sentirse menos culpable por la casi muerte de Shapner. Empero, al pensar en ello en retrospectiva, unas náuseas muy intensas retorcían su estómago evidenciando su total aversión.
Pese a eso, cumpliendo con su promesa a Ireza, Videl no pondría el último clavo en el ataúd hasta que se haya finalizado la ceremonia del próximo martes. Shapner era un gran camarada, uno que arriesgó su propia vida con tal de protegerla, lo mínimo que podía a hacer por él era dejar de mentirle y ofrecerle un rostro sincero que no quisiese engañarlo ni aprovecharse de él.
Con toalla en mano, retirando hasta la última gota de humedad de su desnudez, Videl tuvo el sumo cuidado de no lastimar el chichón en su cuero cabelludo; en tanto ella, como si viese una película en su mente, se veía bailando con Shapner en un salón repleto de fotógrafos y reporteros. Confiaba en que todo saliese bien para los dos, lamentaría herirlo en una noche tan especial.
Aún así, reconociendo la magnitud de sus errores, Videl entendía que por más que se esforzase no podría hacer que las cosas fuesen como eran antes. Ese sería su castigo; una penitencia de la que nunca se libraría sin importar cuánto lo intentara.
– ¿Ya te sientes mejor, Videl?
– Sí, mucho mejor…
De regreso con Ireza, casi tan pronto como abrió la puerta de su alcoba, la rubia, quien se tomó la molestia de separar las cortinas para permitirle al sol entrar en la habitación, la recibió con gran interés alegrándose por su más saludable apariencia. Sin más, teniendo un breve intercambio verbal, Ireza se prestó a ducharse mientras tanto Videl solicitaba el desayuno para ambas.
Minutos más tarde, oyendo como la regadera resonaba de fondo, Videl, mirando como un par de sirvientas reemplazaban las sábanas sucias de su cama a su vez que otra traía un carrito lleno con comida, se quedó sentada en su escritorio viendo de reojo la caja que contenía el vestido nuevo que le compró su padre. Lo quisiese o no; le gustase o no, esa será su vestimenta para la velada.
– Señorita Videl, si necesita alguna cosa más no dude en llamarnos–hallándose en la salida de su recámara, una de aquellas mucamas le afirmó con gentileza.
– Se los agradezco mucho–agradeciéndoles, Videl recordó a su padre de golpe lo cual la motivó a preguntar por él– ¿mi papá está en casa o ya se marchó?
– El señor Satán salió muy temprano esta mañana. Por lo que escuché, se dirigió al ayuntamiento de la ciudad para reunirse con el alcalde–aclarando su duda, la misma sirvienta le respondió–ya han terminado con los preparativos para el aniversario del próximo martes y los anunciarán en la televisión.
– Ya veo, muchas gracias otra vez. Ya pueden retirarse.
Viéndolas irse, Videl, levantándose de su silla, notó como un leve escalofrío la sacudió hasta sus huesos, repitiéndose, por millonésima vez, que no le era posible retractarse. En verdad haría esto; en verdad asistiría a una de esas reuniones de ricachones donde cada uno de ellos presumiría sus fortunas, sus esposas y sus enormes egos. Y su padre, no quedándose atrás, la presumiría a ella.
– ¿Qué huele tan bien? –Ireza, provocándole un susto al aparecer de la nada, habló en voz alta al acercarse al carrito repleto de comida que trajeron las criadas– ¡panqueques con mermelada y avena con canela!
Videl, girándose, la vio devorando con la mirada aquellos deliciosos platillos.
– ¡Videl, vives en el paraíso! –Sin resistirse, Ireza tomó un tazón con avena caliente llevándose una cucharada a la boca–ojalá este fin de semana no se terminara nunca…
– En eso último estoy de acuerdo contigo, ojalá nunca se terminara.
Ya no ignorando el hambre que la aquejaba, la pelinegra, optando por unos panqueques, se puso cómoda en el piso sentándose junto a Ireza como si estuviesen en un pícnic al aire libre. El sabor dulce y azucarado de la mermelada le dio un importante empujón al ánimo de Videl, quien, recordándose que debía mostrarle su vestido a Ireza, pretendía hacerlo al terminar de desayunar.
Conociéndola, evocando lo mucho que la enloquecía cualquier cosa relacionada con la moda, Videl suponía que Ireza explotaría al ver el atuendo que Mr. Satán adquirió para ella. Sin embargo, volviéndola a tomar desprevenida, Ireza se olvidó por un segundo de su vestuario formulándole una pregunta que la dejó en blanco, llevándola, al extremo, de casi atragantarse con su bocadillo.
– ¿Qué dijiste? –todavía pasmada, Videl le consultó.
– Te pregunté por qué no querías que Gohan supiera que vendría a verte–acabándose su avena, Ireza se sirvió un plato de panqueques mientras recordaba al pelinegro–entiendo que el tema de Shapner debía mantenerse en secreto, pero no era necesario actuar tan misteriosamente.
– Bueno, acabas de decirlo, no quería que nadie más supiese lo de Shapner–respondiéndole con prisa, Videl trató de ocultar el repentino cambio de comportamiento de Gohan hacia a ella–no digo que Gohan sea un hablador o un chismoso, es sólo que prefiero que algunas cosas no las sepan todos en la escuela.
– ¿Videl, sucedió algo malo entre ustedes dos? –siendo capaz de ver más allá de cualquier cortina de humo que Videl levantara, el sexto sentido de Ireza se encendió como un bombillo haciéndole sospechar–creo que ahora entiendo por qué Gohan me parecía actuar muy extraño últimamente.
– No, no ha sucedido nada entre nosotros. Absolutamente nada–actuando como una pésima actriz, los intentos de disimular por parte de Videl sólo consiguieron que Ireza se interesase más–yo no he notado nada extraño en él, sigue siendo el mismo Gohan de siempre.
– Videl, ya deberías haber aprendido que cada vez que niegas algo es porque en realidad sí hay un problema–con tranquilidad, confiando ciegamente en sus instintos, Ireza no se anduvo con rodeos acorralando nuevamente a su amiga–sino quieres decirme; está bien, no insistiré, pero tomando en cuenta todo lo que hemos conversado desde anoche, no creo saludable que escondas más amarguras.
Ya sabiendo cómo debía jugarse este juego, Ireza, como toda una profesional, hizo su movimiento para luego continuar desayunando con una calma casi imperturbable; empero, en sus adentros, sabía que había encendido en una mecha en el interior de Videl que no tardaría en explotar. Si bien Videl siempre se resistía al principio, su carácter, al fin y al cabo, terminaba traicionándola.
Por ende, masticando con lentitud, Ireza degustaba de la cremosa textura de la jalea de fresa que acompañaba sus panqueques. Videl, a su izquierda, hacía lo propio aunque con un notorio semblante que ponía de manifiesto la volátil mezcla de pensamientos que sacudían su cabeza. Y en menos de un minuto, ya no pudiendo fingir más, Videl agregó otra derrota más a su lista.
– ¡Videl, por fin te encuentro!
Sorprendiéndola con la guardia baja, rompiendo la delgada burbuja de sus recuerdos, la inconfundible voz de Shapner forzó a Videl a levantar su vista. Ella, girándose a su derecha, vio como Shapner caminaba entre los camareros e invitados de la fiesta enfilándose hacia ella con una gran sonrisa. El rubio, luciendo sumamente contento, parecía haberse ganado la lotería.
Inquieta, tragando saliva, Videl debió olvidarse de Gohan para encarar a su elegante novio, el cual, deteniéndose justo frente a ella, daba la impresión de ser el hijo de algún magnate petrolero gracias a su lujosa vestimenta. Ella, recordándose su promesa, exhaló sonoramente antes de ofrecerle la expresión más honesta y sonriente que sus labios le permitieran dibujar.
Casi al instante, regresándole el gesto, Shapner arqueó una ceja al no entender la mudez tan sepulcral de la pelinegra, quien, por dentro, volvía a planearse la pregunta si algo en su interior correspondía al rubio. Lo estudió, otra vez, por completo. No negaba que se veía muy apuesto, aquel esmoquin hecho a la medida resaltaba su musculatura y figura masculina.
A pesar de ser la primera vez que formaba parte de la clase alta de la ciudad, Shapner, como una tuerca en un tornillo, emboaba casi a la perfección como si hubiese nacido en una familia acaudalada. Sin embargo, echándola para atrás, literalmente, eso era lo que Videl menos quería para sí misma. No deseaba pertenecer a los ricos y ególatras; no deseaba ser uno de ellos.
– ¿Sucede algo? –curioso, Shapner le preguntó.
– No, nada. Sólo que me siento muy acalorada, hay demasiada gente aquí y el calor es insoportable–Videl, agitando una de sus manos como un abanico, le replicó sin darle demasiados detalles– ¿dónde está mi papá?
– Precisamente él me envió a buscarte, la ceremonia está a punto de comenzar–empleando su único brazo saludable, Shapner demostró su caballerosidad escoltando a Videl mientras comenzaban a caminar lentamente–tu padre me presentó al alcalde y a otros importantes conocidos suyos, incluso les dijo que yo era su discípulo número uno y que me fracturé el hombro en un entrenamiento.
Aquello era con exactitud lo que Videl más temía: su padre estaba convirtiendo a Shapner en una réplica idéntica de él mismo. Desde que él y Shapner se conocieron, Videl, con astucia, se dio cuenta de cómo Mr. Satán comenzaba a llenar con tonterías la mente de Shapner, prometiéndole, una tras otra, recompensas y tesoros cada vez más exagerados y absurdos.
A Videl, tal cosa, le parecía muy sospechosa. Años antes, negándose rotundamente a verla con un chico, Mr. Satán levantó gigantescos muros que la encerraron al mejor estilo de una damisela en una torre. No obstante, con Shapner, Mr. Satán se encargó personalmente de derribar dichos muros, facilitándole, en demasía, que él y ella llegaran a consolidar una súbita relación amorosa.
Videl, ya teniendo más despejada su mente y habiendo aceptado en su totalidad la culpa por sus equivocaciones, no podía evitar llenarse de sospechas que le erizaban los vellos de la nuca. Carecía de pruebas pero la actitud de su padre emulaba a la de un chantajista, era como si estuviese sobornando o comprando a Shapner, para que éste, a su vez, hiciese algo por él.
Un algo que desconocía; un algo que la asustaba.
– Sé que no te gustan las entrevistas así que no la acepté en un principio, pero me encantaría que ambos apareciéramos en las portadas de los diarios–hablándole a Videl sin parar, Shapner no dejaba de contarle lo que vivió minutos antes en compañía de su suegro–eso me recuerda, también quieren hablar contigo para un reportaje especial sobre tus años de lucha contra el crimen.
– ¿Entrevista? –desconcentrada, no habiéndole prestado atención a lo último que dijo, Videl se volteó a verlo muy confundida– ¿cuál entrevista?
– La que te comenté hace un momento…–era tan su nivel de euforia por lo que estaba viviendo, que Shapner, pasando por alto lo pensativa y callada que Videl lucía, no dudó en reiterar su relato–cuando conversaba con el alcalde, tu padre me presentó a uno de los reporteros que está escribiendo una columna sobre la ceremonia, me dijo que le gustaría escribir un artículo sobre nosotros dos pero le señalé que primero lo consultaría contigo.
– Entiendo, gracias por no haber aceptado. No quiero entrometidos husmeando en mi vida privada, desde que papá ganó el cinturón del campeonato mundial han intentado hablar conmigo para saber todo de mí–frunciendo el ceño, recordando las contantes molestias que soportó al ahuyentar a periodistas de revistas amarillistas, Videl no se sentía de humor para permitirle a un desconocido escudriñar en sus secretos más personales–pero nunca les di el gusto, siempre fui precavida con ellos. Comprendo que te sientas entusiasmado con todo esto; no te culpo, pero te aconsejo que no confíes en la prensa. Cuando menos te lo esperes, inventarán cualquier estupidez con tal de vender más ejemplares.
– Gracias por el consejo, me alegra tener a una buena maestra enseñándome–deteniendo su avance, Shapner, sin resistirle a la tentación, volvió a sucumbir ante el amor que le tenía–sé que te he dicho esto muchas veces desde que nos vimos más temprano, pero quiero decírtelo otra vez: te ves preciosa, Videl. Desearía poder usar mis dos brazos para abrazarte, jamás te había visto más hermosa que hoy.
Horas antes, cuando Ireza le daba los toques finales a su cabello, una de las sirvientas de la mansión fue a buscarla hasta su habitación para informarle de la llegada de Shapner. Mirando en su reloj despertador que se acercaba el momento de partir, Videl, notoriamente nerviosa, se dio un vistazo final en su espejo armándose de valor para asumir la responsabilidad de sus acciones.
Ireza, como si fuese un pintor que creaba una obra maestra, alisaba con delicadeza la larga cabellera negra de Videl que, cayendo por su espalda, esbozaba una catarata azabache que se vio libre de los rulos que formaban sus icónicas coletas. Una vez finalizado con su maquillaje y peinado, Videl, ya preparada, se vio en la obligación de superar el primer desafío de la noche.
Caminando descalza por la alfombra de su cuarto, la otrora justiciera, metiendo sus pies en aquellos malditos zapatos, en un principio se vio intimidada por su altura pero al seguir las recomendaciones de Ireza logró hallar su punto de equilibrio. Entretanto, agachándose, la rubia abrochó en sus tobillos las correas de los tacones asegurándolos en su sitio.
Levantándose, haciéndole una señal positiva con ambos dedos pulgares, Ireza no era capaz de contener su emoción y deleite por verla lista para la gran noche. Videl, ofreciéndole un semblante dudoso y nervioso, no experimentaba la misma felicidad que la rubia desbordaba a raudales. Sin más, tomando una profunda bocanada de aire, Videl empezó a caminar saliendo de su recámara.
El trayecto hasta la escalera principal de la mansión fue relativamente normal. Sin apresurarse, equilibrándose con cada paso que daba, Videl empezaba a habituarse ganando confianza a medida que se iba acercando a su destino. Empero, al llegar allí, dos nuevos retos le plantaron cara. Por un lado, debía bajar los interminables escalones sin caerse; asimismo, Shapner estaba allí mirándola.
Mr. Satán, quien conversaba con su yerno en ese instante, se percató del repentino cambio en el rubio volteándose hacia atrás para descubrir qué pasaba. Y al hacerlo, quedándose callado y pensativo, el campeón de inmediato se contagió del abismal asombro de Shapner, al ver, en la cima de la escalinata, a lo más cercano que existía en este mundo a un ángel.
– Baja despacio, apoya un pie a la vez y relájate…
Ireza, detrás de ella en todo momento, le susurró al oído al adivinar el vértigo que Videl debía estar padeciendo. Para la rubia la situación resultaba un poco cómica, aquella chica que no temía propinarles potentes palizas a sus adversarios ni que dudaba en enfrentarse desarmada a peligrosos mafiosos, se veía pálida y asustada al descender por una escalera con tacones altos.
En tanto Videl emprendía una lenta marcha hacia abajo, Mr. Satán y Shapner, sin dejar de mirarla, se internaban cada uno en sus propias mentes teniendo un elemento en común: les asombraba lo exageradamente bella que Videl lucía. Para Mr. Satán era como si su esposa hubiese resucitado, era tal su sorpresa que, por un santiamén, creyó que volvería a vivir su primera cita con ella.
Shapner, por otra parte, se olvidó de su hombro lastimado y de su enfrentamiento con el Gran Saiyaman. Por un corto lapso de tiempo lo único que existió era Videl y nada más, ni la más realista de sus fantasías hubiera podido crear a una Videl tan maravillosa como la que contemplaba. Ella era inigualable, extraordinaria e insuperable. Pero, sobre todo, era su novia.
– Eres muy amable, te lo agradezco. Pero también tienes que darle crédito a Ireza, si no fuera por ella, yo no hubiera sabido cómo peinarme o maquillarme–verdaderamente agradecida, ella le sonrió a su vez que le ajustó su corbata al verla levemente suelta–y no nos olvidemos de ti. Te ves muy apuesto con ese traje, hace un segundo pensaba que parecías el hijo de algún ricachón excéntrico.
– Gracias; aunque cuando tu padre me entregó este traje, tomando en cuenta mi hombro izquierdo, pensé que no luciría bien con él–comentándole, Shapner le apuntó a su hombro con su ademán–pero cuando me vi en el espejo de mi habitación; no me lo creía, de verdad, todo esto es como un sueño para mí. No tengo palabras…
Ladeando la vista, mordiéndose el labio inferior, tal afirmación fue como una puñalada para Videl, quien, sintiendo la sombra del remordimiento acorralándola, se vio atormentada por la visión de ella misma arrancándole el corazón a Shapner.
– Te soy sincera, odio este tipo de cosas. Nunca quise participar en fiestas como estas porque están repletas de personas hipócritas; lo único que les interesa es su dinero–honrando su promesa, Videl era honesta con Shapner al dar su verdadera opinión sobre ese tipo de reuniones–Shapner, sé que eres un buen tipo, te conozco desde hace mucho y por eso te pido que no te dejes consumir por la fama. Tal vez no me lo creas, pero mi padre cambió mucho cuando se volvió el campeón mundial. No cometas el mismo error que él cometió.
Guardando silencio, sorprendido por aquel comentario de su novia, Shapner levantó la mirada para estudiar a los demás presentes en la ceremonia. Y allí, por un fugaz instante, las palabras de Videl anularon el embrujo que Mr. Satán había conjurado sobre él desde que lo implicó en sus planes. Así pues, con el juicio despejado, Shapner se percataba que quizás ella no se equivocaba.
Los individuos que veía a su alrededor eran multimillonarios, ninguno de ellos debía preocuparse por nada dedicándose solamente a disfrutar de sus vastas riquezas. Tal descubrimiento le hizo recordar a sus padres, recordó las tensas conversaciones que escuchó de ellos, cuando, corriendo el riesgo de terminar en la calle, estuvieron a punto de perder su casa ante una enorme hipoteca.
Videl no mentía al decir que muchos de esos ricachones eran sujetos consumidos por la avaricia, al escuchar sus risas fingidas Shapner se daba cuenta de ello. No obstante, con su familia todavía muy presente en sus meditaciones, Shapner creía que estar allí esa noche y codearse con esos magnates era la oportunidad perfecta para cambiar su destino y el de sus progenitores.
Si usaba bien sus cartas, como un hábil jugador de póker, no sólo se aseguraría un brillante futuro al lado de Videl; sino también, que respiraría tranquilo sabiendo que ninguna crisis económica volvería a golpear el bolsillo de sus padres. Tan pronto como desapareciera el Gran Saiyaman le demostraría a Videl que él sería diferente; le demostraría que él era el indicado para ella.
– ¡Damas y caballeros, mil perdones por el retraso! –Cortando, repentinamente, la conversación de Shapner y Videl, el mismísimo alcalde de Ciudad Satán tomó un micrófono y se robó la atención de los asistentes–ya estamos listos para comenzar, confío en que la espera no haya sido demasiada larga.
Mirándose entre sí, Shapner y Videl dejaron su plática para otro momento imitando a la multitud, que empezaba, con rapidez, a tomar asiento en las distintas mesas que llenaban aquella habitación del ayuntamiento. Avistando a su padre ya instalado en una de ellas, la pelinegra y el rubio se prestaron a unírsele en tanto Mr. Satán se volteó a verlos recibiéndolos con una sonrisa.
Casi instantáneamente, justo cuando Videl y Shapner tomaban asiento, las luces principales del salón fueron apagándose ofreciéndoles un poco de privacidad a cada uno de los comensales. Aunado a eso, brillando como un sol en miniatura, un poderoso reflector iluminó la figura del alcalde quien se mantenía de pie en el escenario ante todos sus invitados.
Tal y como Mr. Satán se los había explicado unos días antes a su yerno e hija, las personalidades más reconocidas y famosas de Ciudad Satán serían parte de aquella velada, reuniendo, en un sólo punto, al círculo más selecto de la creciente y opulenta clase alta de la metrópoli. Aquello no era ninguna casualidad; todo lo contrario, fue una jugada deliberada del propio Mr. Satán.
Queriendo lavarle más el cerebro a Shapner, el campeón, únicamente para exhibirlo como una adquisición más en su colección, se aseguró que otros ricos como él lo conocieran y lo admitieran como uno de los suyos. Mr. Satán, vil y astutamente, esperaba que eso cegara la cordura de Shapner convirtiéndose en una herramienta fácil de usar y manipular.
Por ende, desde que llegaron a la alcaldía, se tomó un segundo para llevarlo con cada empresario que conocía; inclusive, moviendo sus influencias en la prensa, no se demoró en concretar que Shapner fuese el tema principal de algún artículo periodístico. Luego de eso, dejando que sus artimañas germinaran, lo envió por Videl meramente para que terminara de absorber el veneno.
– No es necesario que diga la razón de esta celebración, ninguno de nosotros sería capaz de olvidar lo que ocurrió hace siete años–continuando con su presentación, el alcalde se encargaría de halagar lo suficiente a Mr. Satán como para que éste financie su campaña de reelección en unos meses–muchos pensamos que sería el fin del mundo, yo pensé en escribir mi testamento; pero luego me di cuenta que no quedaría nadie vivo para recibir mi herencia.
Si bien no fue su intención hacer una broma, su comentario fue tomado como tal por la mayoría que soltó una leve risa grupal. Para Videl, quien prefería enfocarse en su plato, aquella risa meramente avivó sus antiguas teorías y dudas sobre el Torneo de Cell, cuestionándose, por millonésima vez, quiénes eran aquellos hombres rubios que se presentaron a luchar ese día.
Y automáticamente, recordando a Gohan, Videl volvía a entablar aquel nexo entre dichos guerreros desconocidos de cabellos doraros y el Gran Saiyaman. Sus habilidades eran prácticamente las mismas, salvo que el superhéroe no resplandecía con ese extraño brillo amarillento; por lo demás, Videl estaba más que convencida que existía un vínculo entre ellos.
– Está bien; lo admito, sí ocurrió algo entre Gohan y yo…
Al pensar otra vez en Gohan, Videl, como si una fuerza invisible la halara de regreso al sábado por la mañana, se vio a ella misma de nuevo sentada en la alfombra de su habitación desayunando y conversando con Ireza. La rubia, disimulando su expresión triunfante, respiró satisfecha al observar que su apuesta fue la correcta y que Videl no pudo seguir más tiempo con su actuación.
– Discúlpame por forzarte a hablar de esto, pero considero que lo mejor para tu salud es no esconder ni reprimir nada más–dándole un sorbo a un vaso con jugo de naranja, Ireza aclaró su garganta–si lo deseas, primero te diré lo que yo he notado y después me contarás lo que pasó.
– De acuerdo, te escucho.
– Sabes que Gohan siempre ha sido un chico muy callado y reservado, cada vez que pasaba algo en el salón ni siquiera se daba cuenta o no le prestaba atención–sonriendo con levedad, la rubia recordó lo exageradamente tímido que era Gohan en ocasiones; sobre todo cuando ella, deliberadamente, le coqueteaba–pero cuando Shapner y tú comenzaron a salir, casi instantáneamente me percaté que algo cambió en él.
A su vez que la Videl del presente no le prestaba interés a lo que el alcalde decía, la del pasado, muy interesada, sí escuchaba a Ireza.
– Una mañana en particular me extrañó que dijese que tu noviazgo con Shapner le parecía demasiado precipitado, yo le dije que Shapner ha estado enamorado de ti desde que lo conozco; pero Gohan continuó diciendo que no creía que fuese lo correcto–bebiendo otro trago de su bebida, Ireza prosiguió con su breve relato–en otros momentos también noté varias miradas serias de Gohan hacia Shapner y a ti; y aunque no puedo leer mentes, soy capaz de darme cuenta cuando un chico está celoso.
– ¿Celoso?
– Sí, celoso–habiendo regresado el vaso vacío al carrito que trajeron las mucamas, Ireza contrajo sus piernas rodeándolas con sus brazos–no quiero meterte más cosas en la cabeza, así que no me creas del todo, pero tengo la leve sospecha que tal vez Gohan está enamorado de ti.
Conociendo a Videl, Ireza, basándose en el temperamento normal de ella, hubiese esperado que la pelinegra reaccionara con una airada negación; no obstante, eso no pasó. Videl permaneció en silencio y muy pensativa.
– Es posible que le gustes, tengo esa intuición. Supongo que a Gohan le molestó que Shapner haya tenido el valor de salir contigo, cuando él, por su timidez, nunca se atrevió a decirte nada–apoyando su mentón en sus rodillas dobladas, Ireza intentó no emocionarse demasiado al recordar que había visto algo similar en una de las tantas telenovelas románticas que amaba mirar en la televisión–además él estuvo muy preocupado por ti ayer en la escuela, fue el primero en decir que tu ausencia en el examen final de matemáticas podría traerte problemas para aprobar la clase.
– No tenía idea de esas cosas, al parecer no soy tan buena observadora como creía que era…
– No tienes que creerme del todo, sabes que a veces me gusta ver romances donde no los hay–reconociendo uno de sus más grandes defectos, Ireza le aseveró.
– Quizás no estés tan equivocada; quizás no estés tan lejos de la verdad…
– ¿Qué? –No esperándose una declaración así, la blonda sintió el impulso de ponerse de pie– ¿qué fue lo que sucedió entre ustedes dos?
– Nunca llegué a pensar que Gohan estuviese interesado en mí; mucho menos de ese modo–ensimismada, Videl tragaba saliva con pesadez al considerar las sospechas de Ireza–la verdad no sé qué pensar sobre Gohan; pero tienes toda la razón al decir que ya no es el mismo de antes. Ha cambiado.
Ireza pretendía reiterar su pregunta anterior; pero Videl, adelantándose, le dio la respuesta que buscaba no sin antes plantearle una corta interrogante.
– ¿Recuerdas cuando me caí en la escuela durante la clase de deportes?
– Claro que sí, me asusté mucho ese día. Realmente pensé que algo grave te había sucedido.
– Pues todo comenzó ese día, la razón por la que terminé perdiendo el equilibrio fue por Gohan–mirando la cara genuinamente pasmada de Ireza, Videl, imaginando lo que debía estar pensando, se apresuró a despejar sus dudas–no es que Gohan me haya empujado o tirado al piso, pero las palabras que me dijo fueron las que me desconcentraron.
Flexionando sus rodillas, Ireza estiró una de sus piernas mientras Videl reclinaba su espalda en el borde de su cama.
– No sé cómo lo hizo pero Gohan descubrió la verdad; él sabe que lo mío con Shapner es una farsa–retirando algunos mechones de su frente, Videl enfocó sus hermosos zafiros en su amiga–ese día, mientras corríamos, él se acercó a mí y me dijo que no me veía feliz con Shapner. Por prestarle atención perdí de vista el camino y terminé cayendo; pero lo peor fueron las cosas que me dijo en la enfermería cuando estuvimos a solas.
– ¿Qué cosas? –la blonda, recordando que Gohan fue el encargado de llevar a la pelinegra a la enfermería, comenzaba a unir las piezas del rompecabezas que Videl le arrojaba.
– Me dijo mis verdades directamente: dijo que me sentía culpable por lo que le ocurrió a Shapner y que por eso era que yo había aceptado salir con él. Me dijo que yo no amaba a Shapner y que era un error estar con él–dándole una mirada inquieta y preocupada, Videl dejó helada a la rubia–de alguna manera que no entiendo se dio cuenta de mi engaño; aunque me parece que malinterpretó la situación. Gohan está apuntando con el dedo equivocado a la víctima y al victimario.
– No entiendo.
– Gohan cree que Shapner me forzó a salir con él, piensa que Shapner me chantajeó o algo así–volviendo a ponerse nerviosa, Videl comenzó a respirar de forma muy agitada–Gohan no se ha dado cuenta que en realidad soy yo quien está usando a Shapner; soy yo la que ha jugado con él todo este tiempo.
Ireza, sin evitarlo, se dejó caer hacia atrás acostándose en el suelo alfombrado observando en silencio el techo de la habitación. Allí, sin decir nada aún, se sumergió en sus propios pensamientos evocando todas las ocasiones en las que notó la inusual conducta de Gohan hacia Shapner y Videl, y al hacerlo, como si un cartucho de dinamita explotara, se enfocó en un detalle.
Gohan siempre parecía mirar con enojo a Shapner, cada vez que lo veía de reojo el genio de la clase fruncía el ceño evidenciando el enfado que guardaba por dentro. Ireza, teniendo experiencia con otros chicos, pensó que simplemente debía sentirse celoso por ver a Videl con Shapner. Sin embargo, asustándose sin saber por qué, presentía que algo mucho más serio controlaba a Gohan.
Tal vez Gohan estaba empezando a sacar a la luz las emociones que, generalmente, mantenía escondidas ya que le avergonzaban o porque no sabía cómo expresarlas. Era posible que Gohan estuviese enamorado en secreto de Videl desde hacía algún tiempo, y al enterarse que Shapner se la arrebató, el pelinegro no pudo continuar ocultando su frustración al respecto.
De inmediato, siendo el recuerdo más reciente que tenía de él, Ireza evocó cuando Gohan le ayudó con su examen dejándole copiar el suyo. Ireza, con gran incredulidad, se negaba a creer que ese muchacho introvertido pero amable llegase a hacer alguna estupidez que lo metiera en problemas con Shapner. Eso es ridículo, se decía Ireza, Gohan no tendría el valor hacer una locura.
– ¿Shapner sabe algo sobre esto? –aún tirada sobre la alfombra, Ireza le consultó a su amiga.
– No sabe lo que Gohan me dijo en la enfermería, pero nos encontró cuando estábamos a solas y los dos terminaron peleándose…
– ¿Peleándose? –Irguiéndose como un resorte, Ireza vio como sus conjeturas eran tiradas a la basura– ¡pero ninguno de los dos tiene golpes o moretones!
– No fue una pelea a puñetazos, fue más bien un enfrentamiento verbal–reviviendo aquella escena en su mente, ahora fue el turno de Videl para dejarse caer al suelo–a Shapner no le gustó nada que nos encontrara tan cerca, yo estaba acostaba en una camilla y Gohan sentado junto a mí. Luego de eso, Shapner le pidió que se marchara, Gohan no aceptó y empezaron a lanzarse insultos como dos gorilas estúpidos.
– Puedo imaginármelo, fue la típica pelea de hombres por ver quién tiene el ego más grande–habiendo sido testigo de muchas luchas de ese estilo, Ireza se sorprendía que Gohan hubiera participado en una de ellas contra Shapner–Gohan tuvo mucha suerte que Shapner no estuviese en condiciones; de haberlo estado, lo hubiera enviado al hospital con la mandíbula destrozada.
Videl, al escucharla, prefirió reservarse su opinión por un segundo. Era verdad que Shapner era un destacado atleta; el rubio, en más de una ocasión, envió a la lona a sus oponentes en sus peleas de boxeo. Shapner; pese a su forma de ser presumida y fanfarrona, era un peleador con un enorme potencial que lo llevaría muy lejos si tomase la decisión de convertirse en un boxeador profesional.
No obstante, lo que Ireza ignoraba por completo, era que aquel jovencito delgado y con una apariencia débil era, en realidad, el superhéroe que destrozó a cuatro asaltabancos como si fueran moscas. Videl seguía sin poder probar su teoría; empero, ella confiaba ciegamente en sus sospechas y en la corazonada que le repetía hasta el cansancio que Gohan era el Gran Saiyaman.
Con tal imagen mental absorbiéndola por un santiamén, la imaginación de Videl, plasmándolo de manera muy gráfica, creó un terrible escenario donde Gohan y Shapner sí pasaron de los meros insultos a acciones más violentas. Videl, por más que intentó borrar esa proyección que miraba en la privacidad de su cabeza, no fue capaz de hacerlo contemplándola con horror.
En un inicio, aún engañado por la fachada de Gohan, Shapner se aventuró a usar su único brazo saludable para lanzarle un puñetazo al pelinegro; sin embargo, como era de esperar, aquel golpe al mentón ni siquiera tuvo la potencia suficiente como para mover a Gohan ni un centímetro. El cual, luciendo un semblante casi inexpresivo, dejó mudos tanto a Shapner como a la propia Videl.
Sabiendo, muy bien, lo que Gohan podía hacer, Videl trató de terminar con aquella estúpida discusión. Empero, habiendo encendido Shapner una mecha en Gohan, éste hizo caso omiso a las súplicas de Videl caminando hacia Shapner como un toro ansioso por matar. Extendiendo una mano, tomando al rubio por el cuello, Gohan lo levantó en el aire haciendo que sus pies colgaran.
Confundido, sumamente impactado por lo que estaba ocurriendo, Shapner se vio desprovisto del don del habla, mientras Gohan, con su rostro desfigurado por la ira, continuaba aplicando presión sobre él ignorando los horrorizados gritos de Videl. La hija de Mr. Satán, en otras circunstancias, hubiese intentado detenerlo; hubiese intentado luchar contra él.
Pero no pudo, por primera vez en muchísimos años, Videl Satán se paralizó perdiendo su facultad para reaccionar. Quizás aquel breve espejismo fue demasiado lejos; quizás Gohan no se atrevería a cruzar esa línea. Aún así, temiendo lo que podría suceder, Videl elevó una plegaria a los cielos para que nada ni nadie hiciese que esos dos terminaran matándose el uno al otro.
Lamentablemente para Videl, su ruego fue escuchado solamente por el mismísimo demonio.
– Para no complicar más las cosas, creo que no debes decirle nada de esto a Shapner. Ya hay demasiado peso en los hombros de ustedes dos, mantén en secreto todo lo que Gohan te dijo–Ireza, sin imaginarse lo que Videl pensaba, le comentó rompiendo con la afonía que las cobijó–por ahora tu principal prioridad será resolver tu situación con Shapner, cuando eso ya esté definido, pensaremos qué hacer con respecto a Gohan.
Videl, aún sin saber qué decir, se limitó a asentir con la cabeza, aunque eso no borró la imagen de Gohan estrangulando con facilidad a Shapner.
– Y antes de terminar con Gohan, me gustaría decirte algo si me lo permites–Ireza, dibujando una sonrisa pícara y cómplice, se ganó una mirada confundida de Videl–sé que es una tontería pero me gustaría decírtela…
– De acuerdo, dila…
– Antes que Shapner y tú comenzaran a salir, yo llegué a pensar muy seriamente que Gohan y tú tenían algo a escondidas–soltando una risita muy infantil, la rubia sacó del baúl de los recuerdos aquella vieja sospecha.
– Así que era eso…–recordando las muchas veces en las que Ireza le murmuraba sobre eso, Videl echó de menos los viejos tiempos antes de todo este caos.
– Tienes que admitir que era demasiado sospechoso que estuvieses detrás de él todos los días, recuerdo que en una oportunidad lo seguiste al salir de clases–dándole forma a su punto, Ireza le argumentó con hechos reales–te conozco de prácticamente toda la vida, y jamás; ni una sola vez, te habías comportado así por un chico.
– Sabes muy bien que lo vigilaba de cerca porque Gohan siempre me ha parecido que esconde algo–sin revelar que su investigación daba por sentado que Gohan era el Gran Saiyaman, Videl también le replicó escudándose en la verdad– ¿no te parece extraño que a pesar de vivir tan lejos nunca usara un automóvil a un avión?
– Recuerdo que una vez Gohan me dijo que sí tiene un automóvil; pero que es para una sola persona–rememorando aquella ocasión cuando le coqueteó para que la acompañara a su casa, Ireza le respondió a Videl.
Videl, en sus adentros, sabía que Gohan volaba de un sitio a otro sin necesitar de ninguna máquina o medio de transporte convencional. Al pensar en eso, sintiendo como la tentación la recorría otra vez, Videl se moría de ganas por pedirle que le mostrara cómo lo hacía. La pelinegra no creía en la magia; no obstante, no encontraba otra explicación coherente para resolver aquel enigma.
– En todo caso, en verdad creí que te estabas enamorando de él–sonriente, Ireza prosiguió–también pensaba que la forma tan grosera y hostil que tenías de ser con Gohan era, en realidad, un intento tuyo por llamar su atención. Es gracioso, en aquel entonces recuerdo que Shapner se veía muy molesto y celoso por tu súbito interés en Gohan; hoy en día, los papeles se han invertido.
– Ya lo dijiste hace un minuto, no puedo estar pensando en dos chicos al mismo tiempo–levantándose, recogiendo los platos y cubiertos que usó para desayunar, Videl no pensaba escribir una nueva página no sin antes terminar con la anterior.
– Tienes toda la razón…–imitándola, Ireza le ayudó con la limpieza–pero sabes algo, Videl; si entre Shapner y tú no hubiera sucedido nada, me habría encantado que Gohan y tú estuvieran juntos. Los dos parecían estar hechos el uno para el otro, Gohan hubiese sido el contrapeso perfecto para ti. Tal vez alguien tímido como Gohan habría sido la cura ideal para tu amargado malhumor.
Videl, deteniéndose por un segundo, no supo si Ireza estaba bromeando o hablando en serio. Pese a eso, ni ella misma tenía claro qué pensar ni sentir sobre Gohan. Si era verdad que él estaba interesado en ella; si era cierto que Gohan se había enamorado de ella, entonces Videl, por completo, ignoraba cómo lidiar con aquella revelación que nunca consideró posible.
Asimismo, Videl no ocultaba el hecho que Gohan, en un principio, la atrajo por su aura de misterio. Desde que lo conoció, su intuición encendió todas las alarmas haciéndole apuntar su mirada en él. Y al reflexionar sobre aquellos tiempos, Videl, avergonzándose, admitía que su actitud hacia Gohan siempre fue agresiva y nada amistosa.
Aún así, demostrando una bondad que rozaba en lo absurdo, Gohan nunca quitó su expresión amable y sonriente cuando se veían en la escuela cada mañana. Inclusive, yendo más allá, Videl caía en cuenta que Gohan, ni una sola vez, se vio embriagado ni interesado en la fama de su padre como sí lo hacían la inmensa mayoría de los chicos que la conocían. Incluido el propio Shapner.
A Gohan no parecía importarle que viviera en una mansión, ni que su papá fuese el hombre más rico de toda la ciudad, para Son Gohan, Videl Satán era una persona más en el mundo. Y ahora, en retrospectiva, Videl extrañaba lo bien que se sentía cuando Gohan la trataba de tal forma. Él la respetaba y la valoraba por quien era y no por el apellido que adornaba su nombre.
Sumado a eso, entretanto veía a Ireza acabar con la limpieza, Videl contabilizó todas aquellas veces en las que Gohan, bajo el manto del Gran Saiyaman, le prestó su ayuda salvándola de morir. Evocó cuando aquel autobús cayó de un barranco, y más recientemente, cuando aquel pandillero llamado Rock estuvo a punto de dispararle a la cabeza por haber arruinado uno de sus planes.
Y ni una sola vez le dio las gracias; ni una sola vez le agradeció por haberle salvado la vida.
Desplomándose, cayendo sentada en su cama, Videl miró al sol que entraba por su ventana notando su tenue reflejo en los cristales. Su arrogancia, terquedad y soberbia eran sus peores defectos; defectos que jugaban con ella como si fuese una muñeca impidiéndole crecer y progresar. Si hubiese sido más humilde, tal vez no estaría en la crisis en la que estaba metida.
– ¿Pasa algo, Videl? –Ireza, observando su repentino cambio de humor, volvió a preocuparse por ella.
– Nada, no ocurre nada malo…
Al suceder el incidente con Shapner, ella, terca y estúpidamente, pensó que ya no era útil para nadie y que solamente sería un estorbo. Su orgullo, aquel maldito orgullo que en tantas oportunidades fue su mejor aliado, se había volcado en su contra. Si bien era cierto que el Gran Saiyaman la superaba ampliamente, eso no significaba que no pudiese aprender de él y mejorar.
No era ninguna inútil ni una fracasada, sencillamente se topó con alguien que se encontraba muy por encima de su nivel. Y ahora, ese alguien que siempre estuvo allí para cubrirle la espalda y sacarla de apuros, se dirigía, como un tren descarrilado, directamente en ruta de colisión hacia un incauto Shapner que no tenía ni la más remota idea de la estampida humana que se le venía.
Era un hecho que desconocía muchísimo de Gohan, apenas la punta del iceberg se asomaba en la superficie; sin embargo, Videl no quería que aquel chico amable y bienintencionado terminase transformándose en un buscapleitos que, al final del viaje, acabe arrepintiéndose de lo que hizo. Le gustase o no, ella era la única que podía detener aquel choque antes de que ocurriese.
– ¿Estás segura que no te…?
– El vestido, casi me olvidaba de mostrártelo…
Reaccionando con rapidez, interrumpiendo a Ireza antes que sospechase algo, Videl se apresuró a levantarse acercándose a su escritorio, donde, reposando desde ayer, se hallaban las dos cajas que contenían tanto su ropa como sus zapatos nuevos para el baile. Por ende, haciéndole un gesto a Ireza para que se acercara, Videl empezó a abrir tales paquetes ante la mirada curiosa de la rubia.
Afortunadamente para Videl, Ireza, pasando por alto lo anterior, soltó un chillido de emoción al sentir con sus manos la delicada tela púrpura del vestido de gala. La blonda, sacándolo de su empaque y extendiéndola sobre ella misma, lucía una expresión de regocijo casi demencial que llevó a Videl a preocuparse seriamente por Ireza.
– ¿Ya te lo probaste? –directa, enloquecida pero feliz, Ireza le cuestionó.
– No, papá me lo dio ayer antes de que llegaras así que no he tenido la oportunidad de probármelo –sincera, Videl se encogió de hombros.
– ¿Entonces qué esperamos? –Entregándole el vestido, Ireza le apuntó a Videl la puerta de su baño privado–tenemos mucho trabajo por delante, tengo que pensar en qué peinado combinará con el vestido. Y no nos olvidemos del maquillaje, el púrpura es un color muy especial; no cualquier tono combinaba con él.
– Pensé que con el vestido sería más que suficiente, no soy muy fanática del maquillaje.
– ¿Es una broma, verdad? –Arqueando una ceja, Ireza le consultó–es un baile de gala, te entregarán una medalla y será en el aniversario del Torneo de Cell. Es más que obvio que tienes que ir maquillada y peinada para la ocasión…–remarcando la solemnidad de aquel magno evento, Ireza no permitiría que su mejor amiga asistiese a éste mal preparada– ¡muéstrame tus manos, deprisa!
Callada, no objetándole, Videl extendió sus manos que fueron examinadas con urgencia por Ireza. La cual, segundos más tarde, le dio un vistazo igual de intenso a los pies descalzos de la pelinegra. Poco después, corriendo hacia su maleta, Ireza escudriñó entre sus cosas mientras que Videl sólo la miraba sin saber qué le ocurría. Su frenético comportamiento le asustaba en demasía.
– ¡Sabía que tenía que traerlos, lo sabía! –eufórica, Ireza sacó una bolsa de tela que intrigó a Videl.
– ¿De qué hablas, qué es eso?
– Es mi colección de esmaltes para uñas, sé que entre todos estos colores está el indicado para que combine con tu vestido–riéndose como una niña, Ireza regresó al lado de Videl mostrándole los muchos frascos con diferentes tonalidades–tenemos muchas cosas por hacer el día de hoy, mientras te pruebas el vestido pensaré cómo peinarte y maquillarte. Y por supuesto, también debo pensar en cuál color te beneficia más, luego me encargaré de pintarte las uñas.
– ¿De verdad es necesario? –mirando sus manos, Videl no se mostraba muy convencida–nunca he usado nada de eso…
– ¡Claro que sí! –muy segura, Ireza le exclamó– ¡ahora ve a ponerte el vestido, no hay tiempo que perder!
Y fue precisamente el tiempo, quien, jugando con ella como si fuese una marioneta, el responsable de arrastrarla de vuelta al presente al ser iluminada por una brillante luz blanca que cayó sobre ella. Videl, pestañeando y esbozando un rostro sorprendido, alzó la vista descubriendo que un enorme reflector que colgaba del techo le apuntaba directamente.
Videl, escuchando como el ruidoso eco de un aplauso grupal la rodeaba, se volteó a ver a su padre el cual también le aplaudía. Shapner, sentado a su derecha, se veía imposibilitado de hacer lo mismo pero le sonrió a su vez que le levantaba el pulgar izquierdo en señal de apoyo. Se estaba volviendo más que obvio para Videl que ella era el centro de atención, tal cosa no le gustaba nada.
Habiendo estado sumergida en sus recuerdos, la pelinegra, sin darse cuenta, se había desconectado de la fiesta ignorando el largo y aburrido discurso del alcalde. Luego de ver en la televisión y en los periódicos cómo se hablaba hasta el cansancio del heroísmo de su padre en el Torneo de Cell, Videl, harta de aquello, no quería escuchar ni una palabra más al respecto.
– ¡Señorita Videl! –Llamándola desde el escenario, el alcalde, muy sonriente e invitándola con un gesto, la sacó de su estado de sorpresa– ¡por favor venga y suba al escenario!
Con lentitud, sintiendo unos nervios no propios de ella, Videl se levantó de su silla experimentando una asfixiante ansiedad; por consiguiente, notando como los demás invitados a la velada no despegaban sus ojos de ella, la ojiazul le dio un vistazo final a Mr. Satán quien no podía lucir más orgulloso de su primogénita. Shapner, igualmente contento, la felicitaba en silencio.
A pesar de la atmósfera tan densa y aplastante, Videl, recordando los consejos de Ireza antes de partir, fingió que se hallaba completamente sola evitando hacer contacto visual con cualquiera. Así pues, caminando lentamente, teniendo la precaución no tropezar con sus tacones y caerse, la otrora justiciera avanzó hasta colocarse justo al lado del alcalde sonriéndole con una falsa alegría.
Una vez allí, dedicándole palabras aduladoras y halagadoras, aquel anciano que se negaba a renunciar a su posición política, comenzó a hacer un rápido resumen de la extensa trayectoria heroica de la hija de Mr. Satán. Destacó el valor y la fuerza que, según él, heredó de su padre. Asimismo, resaltó que el apellido Satán se había ganado un puesto fijo en los libros de historia.
No obstante, sin que la mismísima Videl se diera cuenta, en las afueras de la alcaldía, una silueta masculina la observaba atentamente a través de uno de los amplios ventanales. Gohan, quien logró salir de su casa evadiendo con éxito la rigurosa vigilancia de su madre, se escabulló en el ayuntamiento ocultándose en las sombras de la edificación sin ser detectado.
El saiyajin, escondiendo su identidad con su llamativo disfraz del Gran Saiyaman, esperaba pacientemente a que la premiación de Videl terminase, para, enseguida, buscar la manera de concretar su principal objetivo. Sin embargo, por más que repasaba su plan una y otra vez en su cabeza, todos sus sentidos se enfocaron en Videl admirando lo brutalmente hermosa que se veía.
Sabía que al tratarse de una celebración para ricachones, Videl se vestiría apropiadamente; empero, superando con creces sus suposiciones, la pelinegra se robó con facilidad el aliento de Gohan con su lindura. Era bellísima, aquel vestido ceñido pero recatado delineaba su figura femenina agitando el corazón de Gohan.
Y como si el destino lo hiciera deliberadamente, las luces de la habitación le daban la apariencia de un ángel recién caído del cielo. Pero arruinando su efímera felicidad, Shapner, quien se ubicaba a unos metros de ella, se ganó una mirada enfurecida del saiyajin quien no pudo evitar apretar sus puños al mirarlo. Allí estaba él, riéndose. Allí estaba él, sonriendo. Allí estaba él, celebrando.
Verlo tan feliz lo enfureció; lo enfermó al punto de casi vomitar. Para Gohan, aquellas risas sólo evidenciaban lo hipócrita y manipulador que era en realidad. Pero él, personalmente, le daría una lección. Palpando sus bolsillos, comprobando que traía consigo su valiosa carga de semillas del ermitaño, Gohan entrecerró sus párpados al apuntar sus retinas al brazo vendado del rubio.
Devolverle la salud sería su primera meta; más adelante, al estar ambos frente a frente, se la arrebataría de nuevo. En honor a Videl, Gohan lucharía por ella deseoso de rescatarla. Por ella, jugaría sucio de ser necesario. Por ella, el superhéroe se convertiría en un villano por última vez.
Fin Capítulo Veintinueve
Hola, muchas gracias por leer este nuevo capítulo. Les confesaré un secreto, cuando escribo una historia me gusta hacer un pequeño esquema para tener estructurado cada suceso del fic, así me garantizo cómo pasar del punto A al punto B. Cuando planifiqué esta historia la tenía contemplada para que terminara con treinta episodios; es decir, el siguiente debería haber sido el final.
Pero como ya se han dado cuenta, mis cálculos fallaron por mucho. Todo esto se debió porque consideré que era necesario justificar y cimentar apropiadamente la relación de Gohan y Videl; me explico, necesité de varios capítulos para construir, lo mejor posible, la relación de Shapner y Videl. No quiero que casual y mágicamente los personajes den un giro abrupto en sus decisiones.
Yo espero no alargar demasiado el fic, eso sería innecesario y terminaría siendo cansado tanto para ustedes como para mí. No quiero que el fic se transforme en un monstruo gigantesco de casi mil páginas como me pasó con El Príncipe Gohan, quienes hayan leído esa otra historia sabrán a qué me refiero. Confío en extenderme sólo lo absolutamente necesario, no más.
No les quitaré más tiempo, antes de despedirme les doy las gracias a Kellz19, Lei1990, Princess Saremi, SViMarcy, El Calabazo y a Lupis OrSa por sus comentarios en el capítulo anterior. Gracias por leer y hasta la próxima.
