Disclaimer: Ni Dragon Ball ni sus personajes me pertenecen.
Capítulo 30
Veloz, sintiendo como las gélidas ráfagas de viento golpeaban su rostro, Gohan avanzaba sin detenerse atravesando espesas y enormes nubes que flotaban en el cielo. Hacía menos de diez minutos, habiendo esperado que su madre y hermano finalmente se durmieran, Gohan procedió a vestirse en silencio para luego escapar de su habitación al escabullirse por su ventana.
Al salir, el paisaje oscuro y quieto de las montañas Paoz lo saludó, mientras la luna, iluminando la oscuridad de la noche con su brillo plateado, se convirtió en la única testigo de su huida. En un principio empezó a correr a gran velocidad procurando mantener su ki indetectable; sin embargo, al cruzar kilómetros de bosque, comprendió que a ese ritmo tardaría una eternidad en llegar.
Deteniéndose en seco, dibujando una larga zanja en el suelo enlodado al frenar, Gohan se volteó hacia atrás pensando en que ya se había alejado lo suficiente como para arriesgarse a emprender el vuelo. La idea de elevar su ki lo ponía nervioso, no quería que nadie se percatara de su actividad nocturna, arruinando, en consecuencia, sus intenciones de plantarle cara a Shapner.
No obstante, sabiendo que si no apresuraba la marcha perdería su oportunidad, Gohan, renunciando al sigilo, decidió aventurarse comenzando a flotar con suavidad usando su poder a cuentagotas. Pronto, en cuestión de unos segundos, sobrepasó las copas de los árboles hasta alcanzar una altura considerable que le permitió observar, en la distancia, las luces de la ciudad.
Así pues, pisando el acelerador, metafóricamente, Gohan se propulsó como un cohete al dirigirse hacia la escandalosa Ciudad Satán. Gracias a la información que vio en el televisor el sábado anterior, el saiyajin se enteró que Mr. Satán, el padre de Videl y supuesto salvador del mundo, ofrecería una fiesta privada en la alcaldía para celebrar su victoria sobre Cell.
Tal cosa no tenía ninguna importancia para Gohan, no le interesaba que aquel hombre les mintiera a todos diciendo que él derrotó a Cell. Pero de forma indirecta, sin que Mr. Satán lo imaginase, su mentira actuó como una cortina que protegió a Gohan al borrarlo de la memoria de los humanos, permitiéndole, al saiyajin, tener una vida tranquila y normal junto a su familia.
– ¡Ya debieron haber comenzado, son más de las ocho! –comprobando la hora en su reloj, Gohan notó como la silueta de Ciudad Satán se volvía cada vez más grande.
Tratándose del séptimo aniversario del Torneo de Cell, tanto en la radio como en los programas de televisión, dicho suceso fue el único tema de conversación repitiéndose lo mismo durante horas. Milk, quien se tomaba muy a pecho aquella fecha, se hartó de la interminable habladuría al respecto apagando dichos aparatos al no querer escuchar más falsedades sobre aquello.
Cada año la historia se repetía. Milk odiaba como el planeta entero celebraba una vil falacia; entretanto ella, en la soledad de su alcoba, lloraba afligida a su esposo muerto. Gohan, también lidiando con sus propios conflictos, no quiso pensar más en sus errores del pasado, enfocándose, irónicamente, en las equivocaciones futuras que cometería justamente al ocultarse el sol.
No deseando que Goten despertase en medio de la noche y descubriese su ausencia, el primogénito de Goku, deliberadamente, aprovechó que no tuvo clases ese día para entrenar con su pequeño hermano menor. Contando con la aprobación de su madre, quien no quería que Goten viera en la televisión tantas mentiras, los retoños de Goku lucharon hasta el atardecer.
Sin desear excederse, pero sí intentando mantener una alta intensidad, Gohan intercambió golpes y puñetazos con Goten, sorprendiéndose, genuinamente, por la fuerza y potencial que aquel niño guardaba en su diminuto ser. La sorpresa más grande fue descubrir que podía alcanzar la mítica transformación del súper saiyajin, un nivel que, en su momento, parecía imposible de lograr.
– Espero que Goten esté profundamente dormido ahora mismo, él es el único que podría decirle a mamá que no estoy en casa–recordando el extenso y potente entrenamiento que sostuvieron ambos hermanos, Gohan confiaba en que Goten no despertase y notase su desaparición–me siento mal por no haberle dado una de las muchas semillas del ermitaño que tengo, pero necesito que duerma hasta el amanecer.
Al ser personas que viven en el campo, muy apartados de la civilización, los Son acostumbraban irse a dormir muy temprano disfrutando de la tranquilidad y la pasividad del aislamiento. Pero en esta ocasión, en tanto Goten y Milk conciliaban el sueño en sus camas, Gohan aguardaba a que se acercara la hora de partir, asegurándose, de llevar consigo, su provisión de semillas del ermitaño.
Y ahora, dejando a sus espaldas el panorama montañoso y salvaje, la jungla de concreto le daba la bienvenida con un millar de bombillas que, como si desafiasen a las propias estrellas, construían un sinfín de constelaciones en las fachadas de los rascacielos y en los muchos automóviles que circulaban en las calles. Ante esto, sin dejar de avanzar, Gohan se prestó a disfrazarse.
Oprimiendo un botón, protegiendo su verdadera identidad en menos de un parpadeo, el pintoresco traje del Gran Saiyaman lo vistió a su vez que empezaba con el descenso. A su derecha, iluminando el normalmente solitario parque de la ciudad, Gohan avistó muchos juegos mecánicos como carruseles y ruedas de la fortuna que eran decorados con carteles alusivos a Mr. Satán.
Dicho lugar se veía repleto de gente, era más que obvio que los habitantes de la metrópoli se habían unido a la celebración, glorificando, una vez más, la gran farsa de Mr. Satán. Aún así, ignorando tal cosa, Gohan giró a la izquierda enfilándose hacia el ayuntamiento donde sabía que se llevaría a cabo el tan anunciado baile de gala en honor a Mr. Satán.
Empero, más allá de la figura del campeón mundial, tal fiesta de etiqueta sería engalanada por la asistencia de cierta jovencita con el mismo apellido. Por lo que tenía entendido, como reconocimiento a su excelsa carrera heroica, Videl recibiría una condecoración honorífica de las manos del mismísimo alcalde. Lo cual, rápidamente, le hizo sospechar que Shapner estaría allí.
Pero forzándolo a olvidarse de Shapner, temporalmente, el inconfundible ruido de un helicóptero lo hizo desviar su mirada hacia arriba de él, confirmando, en un santiamén, que se trataba de dicha máquina voladora. Y no sólo era una, Gohan se percató que otras dos sobrevolaban en círculos vigilando el espacio aéreo que rodeaba al sitio donde se realizaría el magno evento.
Teniendo sumo cuidado, apresurándose en aterrizar, Gohan eludió los potentes reflectores que aquellas aeronaves usaban para buscar signos de cualquier intruso. Aunado a eso, el superhéroe no se demoró en observar como un numeroso despliegue policial establecía un impenetrable perímetro de seguridad que, en sana teoría, impediría el paso a cualquier visitante no invitado.
Aquello hubiera sido muy efectivo si se tratase de un humano ordinario; sin embargo, en el caso de Gohan, tales medidas de vigilancia eran ridículamente simples de burlar. Así pues, sin quitarle los ojos de encima a los helicópteros que patrullaban el firmamento, Gohan empleó al máximo sus poderes para moverse a una velocidad completamente imperceptible para los terrícolas.
– ¡Eso fue muy fácil! –Murmurando para sí mismo, Gohan se ocultó detrás de una cornisa del techo que era adornada con gárgolas–ahora necesito encontrarlos a los dos, en especial a él…
Concentrándose, detectando las presencias dentro de la alcaldía como si fuese un radar viviente, Gohan comprobó que la fiesta estaba repleta de individuos, pero siendo su principal prioridad, el saiyajin encontró lo que buscaba reconociendo los ki de Shapner y Videl. Luego de eso, comprendiendo que no podía simplemente entrar atravesando el techo, Gohan se movió de allí.
Todavía sin olvidarse de la policía que custodiaba el ayuntamiento, Gohan saltó hacia un balcón cercano que, para su suerte, se hallaba vacío en ese instante. Y si bien no lo era, actuando como un ladrón en busca de un valioso botín, Gohan se escabulló en los alrededores aprovechándose de las sombras que se convirtieron en sus cómplices al ofrecerle refugio.
Gateando, aproximándose con lentitud a un ventanal cercano, Gohan se arrodilló consiguiendo esconder su silueta mientras echaba un vistazo hacia el interior. Desgraciadamente para él, las luces permanecían apagadas impidiéndole reconocer a Videl o a Shapner entre las muchas figuras humanas que, a duras penas, distinguía entre la densa negrura.
El único al cual identificó sin dificultades fue al alcalde, quien, siendo bañado por la brillante luz de un foco, parecía estar dando alguna especie de discurso al hablar sin parar. No poseyendo la capacidad para acelerar los acontecimientos que se desarrollaban frente a él, Gohan, con gran fastidio, debió quedarse ahí escondido consultando la hora cada vez que se impacientaba.
Viéndolo en ese predicamento, sacándole partido a la presión que cargaba encima, su temperamento saiyajin fue ganando terreno incrementando sus ganas de explotar. No obstante, robándole el aliento sin que pudiese evitarlo, una lámpara muy radiante se encendió de golpe iluminando una de las mesas donde se encontraban cómodamente sentados sus ocupantes.
– ¡No puede ser! –Boquiabierto, sintiendo como su ira se enfriaba hasta congelarse, Gohan masculló sorprendido al identificar a la jovencita que iluminaba aquel reflector– ¡es ella, es Videl!
No podía ver su cara, ella estaba de espaldas a él cuando fue el centro de atención de la iluminación. Aún así, sin temor a equivocarse, sabía que era ella gracias a la larga y negra cabellera que yacía libre de las coletas que siempre usaba. Para Gohan no era un secreto que Videl poseía una extensa melena, pero esta era la primera vez que la veía peinada de ese modo.
De inmediato, haciéndolo actuar como un chiquillo enamorado, sus sentimientos por ella tomaron las riendas de su ser, recitando, en su cabeza, todos los adjetivos calificativos de su vocabulario en un sincero intento por describirla. A pesar de eso, no dándole ni la más ínfima oportunidad para murmullar todos los sinónimos de "hermosa" que conocía, ella se levantó dejándolo enmudecido.
Desde que se conocieron, hacía ya casi un año, Gohan no se tardó en entender que la moda y el glamour no eran una de las prioridades de Videl. Mientras Ireza y las demás chicas del salón se preocupaban por lucir distintas cada mañana, la pelinegra, como si fuese una fotografía, prefería emplear el mismo conjunto de ropa que consistía en atuendos sencillos y escasamente femeninos.
Pero hoy, destrozando por completo aquella imagen de sí misma, una Videl esplendorosa que daba la impresión de ser un ángel caído del cielo, empezó a caminar lentamente hacia el escenario donde le esperaba el alcalde. Aquel vestido púrpura, cuya delgada tela se ceñía a su cuerpo, provocó que Gohan no tuviese más descripción para ella que exaltarla como una diosa.
No importaba que Videl se hubiese robado su corazón, solamente un ciego no sería capaz de reconocer lo preciosa y magnífica que lucía. Y sin romperse el hechizo que ella tejió sobre él, Gohan, sabiendo perfectamente que Videl era una mujer de baja estatura, pestañeó con gran desconcierto al notar que ella se veía mucho más alta de lo normal.
Su duda no debió esperar demasiado en ser aclarada. Con el mero acto de levantar un poco su falda para subir los escalones, Gohan observó cómo Videl llevaba puestos un par de tacones muy elevados que le proveían de unos centímetros más de altura. Inmediatamente, sin sospechar que él la miraba, Videl se giró para colocarse junto a su anfitrión a su vez que le aplaudían con vigor.
Quizás sus retinas no tenían la facultad de amplificar los objetos en la distancia; empero, estudiando el rostro de Videl con devoción, Gohan alcanzaba a ver varias pinceladas de maquillaje que resaltaron las ya de por sí bellísimas facciones de la otrora justiciera. Se quedó por una eternidad mirándola; le fue imposible apartar su mirada, deseaba tanto decirle lo bella que era.
Y no era para menos, Gohan ya no era aquel niño que viajó por el espacio para luchar contra Freezer ni el jovencito que eliminó al maligno Cell. Aunque exhibía algunos rasgos aniñados, Gohan ya era todo un hombre. Era un hombre que experimentaba, por vez primera, lo que era enamorarse loca y perdidamente. Para bien o para mal, Videl Satán era su primer gran amor.
Pero arruinando aquella visión angelical que Videl construyó para él, Shapner, apareciendo a la vista, fue como un demonio que lo haló del paraíso al infierno en un santiamén. Aquel rufián, sentado junto a Mr. Satán, se reía y sonreía al no dejar de mirar a Videl quien resplandecía ante la multitud allí reunida. Con tal escenario, la efímera alegría de Gohan se evaporó hasta desaparecer.
– ¡Se está riendo de mí, se está burlando de mí!
La rabia, fiel a su naturaleza irracional, cegó su juicio haciéndolo malinterpretar lo que sucedía frente a él. Si bien Shapner se carcajeaba y festejaba al presenciar un momento tan especial en la vida de Videl, Gohan, no viéndolo de esa manera, creía que el rubio se estaba mofando de él como si estuviese presumiéndole el sitio de honor que compartía junto a Videl.
El pelinegro, dejándose manipular por sus emociones como si fuese un títere, le gritaba mentalmente a Shapner que él no era más que una sabandija cuyo valor era inferior al de una rata de alcantarilla. Sin darse cuenta, consumido totalmente por su furia, Gohan apretó y deformó los gruesos barrotes de acero que conformaban el armazón que enmarcaba la ventanilla.
Por más que experimentó el impulso de irrumpir en la ceremonia para darle su mensaje, Gohan, todavía mirando de reojo a Videl, se plantó firme en el piso honrando su promesa que se hizo ayer de no estropear aquel merecido reconocimiento a la ojiazul. Y al rememorar precisamente el día anterior, Gohan, a su vez que contemplaba a Videl, se vio a sí mismo en el pasado.
Con la llegada de una nueva semana encabezada por el lunes, Gohan, como era usual, se preparó para asistir a la preparatoria aún arrastrando sus celos y resentimientos hacia Shapner. Se duchó y vistió en un instante; para enseguida, mientras desayunaba, escuchar los esperanzadores comentarios de su madre quien fantaseaba con verlo convertido en un joven universitario.
Así pues, despidiéndose antes de partir, Gohan despegó como un misil encaminándose a Ciudad Satán como lo había hecho millones de veces con anterioridad. Durante los primeros minutos de su viaje fingió que era una mañana como cualquier otra; empero, a medida que continuaba volando, fue más que obvio para él que no podría actuar normal una vez que llegase a su salón.
– No puedo; no puedo ver a ninguno de los dos sin que pierda el control…
Intentó resistir, trató de encadenar a la bestia que residía en sus adentros, pero fue inútil. Aquel monstruo; aquel animal salvaje que se regodeó al torturar a Cell, se lo impidió con una facilidad que lo asustó. Habiéndose apoderado de gran parte de su voluntad y espíritu, la crueldad que tanto alardeaba Vegeta sobre los saiyajin se negaba rotundamente a dejarlo ir.
Era más que evidente que tendría que tomar una decisión con rapidez, el edificio de la escuela se tornaba más y más imponente con cada segundo que transcurría al aproximarse a la ciudad. Por ende, haciendo un esfuerzo sobrehumano, Gohan no tuvo más alternativa que cambiar violentamente de curso desviándose a un costado para alejarse lo más posible de Shapner y Videl.
Sin atreverse a echar un vistazo hacia atrás, el primogénito de Goku, acelerando hasta romper la barrera del sonido, dibujó una larguísima estela blanca que dividió en dos el lienzo de la atmósfera. Continuó con ese ritmo sin aminorar la marcha, voló sin rumbo hasta que se acabó la tierra firme comenzando a cruzar el océano que se extendía infinitamente por debajo de él.
Para cuando fue consciente de ello, después de un trayecto que le pareció interminable, Gohan se percató que le era imposible aterrizar ya que no había un lugar dónde hacerlo. El mar era lo único que hallaba en cientos y cientos de millas a la redonda; pese a eso, ya sintiéndose un poco más relajado, Gohan se decía a él mismo que haber faltado a clases fue la mejor elección que tomó.
– ¡Qué buena suerte, allí hay una isla!
Al término de una corta búsqueda aérea, Gohan, esforzando al máximo sus globos oculares, logró divisar una diminuta mancha en el horizonte que le obsequió una sonrisa. Ya con un objetivo en la mira, el saiyajin reanudó su travesía dirigiéndose a esa isla que estaba dispuesta a recibirlo. Pero al acercarse, Gohan notó que dicha isla era muchísima más grande de lo que parecía en un inicio.
Su extensión era gigantesca, casi de las mismas dimensiones que la mismísima Ciudad Satán; aunque carecía de vegetación y demás signos de vida que la convirtieran en un punto atractivo para vacacionar. Sin embargo, para las necesidades de Gohan, era más que perfecta para pasar algunas horas de soledad y tranquilidad alejado de Shapner.
– Este lugar me trae tantos recuerdos, se parece mucho a la isla donde el señor Picorro me enseñó a pelear…
Al bajar, notando como sus pies se hundían en la húmeda arena de la playa que llenaba todo el terreno, Gohan se halló frente a varias rocas de enormes proporciones. Las cuales, pobremente, eran acompañadas por unas pocas palmeras, cuyas ramas marchitas, con su tono amarillento, rompían con la paradisiaca fantasía de las novelas sobre náufragos que leyó en su niñez.
Caminando, tomándose las cosas con calma, Gohan se alejó de la costa entrando en el desértico valle que encontró al escalar las formaciones rocosas que le dieron la bienvenida. Y trayendo a colación nuevamente sus recuerdos de la infancia, el pelinegro suspiró con nostalgia al evocar los seis duros meses que debió enfrentar para superar la inflexible prueba de sobrevivir por sí mismo.
Quitándose su mochila y arrojándola a un lado en el suelo, Gohan, recogiendo las mangas de su camisa, sintió el floreciente deseo de revivir aquella experiencia como si aquello fuese la solución para apaciguar al primitivo instinto barbárico que habitaba en su interior. Sin más demoras, a su vez que en la escuela verificaban la lista de asistencia, Gohan arrancó con su improvisada terapia.
No fue un comienzo espectacular, estando muy oxidado en lo que respecta a combatir, sus primeros movimientos fueron muy básicos al arrojar puñetazos al aire sin tener un blanco definido. Aún así, ganando más soltura gradualmente, sus arremetidas iban cobrando más potencia y aceleración comenzando a levantar mucho polvo que fue arrastrado por el viento.
Y fue en dichos torbellinos polvorientos, como si tuviese mente propia, que fue delineándose una figura masculina que la cólera de Gohan no se demoró en darle una identidad. Actuando en piloto automático, dándole rienda suelta a la ira que traía consigo, el hermano de Goten se dispuso a atacar a su falso oponente arremetiendo contra él con hambre de matar.
No obstante, como era de suponer, sus bestiales descargas no le causaron el más minúsculo daño a su fantasmal rival, el cual, riéndose de él, se burlaba abiertamente de sus infructuosos intentos por vencerlo. En contraste, al aumentar su demente ofensiva, Gohan sólo causaba que más columnas de humo se levantaran llenando de más partículas el entorno que lo rodeaba.
Sin importar cuánto lo atacase ni cuánta fuerza acumulara en sus puños, la etérea imagen de Shapner no detenía sus vigorosas carcajadas que únicamente enajenaron más a Gohan. Con el pasar del tiempo, desquebrajándose y destrozándose como consecuencia de su entrenamiento, las paredes aledañas acabaron colapsando creando numerosos montículos de escombros.
– ¡Deja de burlarte de mí!
Como una cuchilla, más rápida de lo que podría moverse una bala, Gohan lanzó una patada que decapitó al ficticio Shapner, quien; pese a quedarse sin cabeza, continuaba luciendo su burlón semblante que tanto encolerizaba al saiyajin. Tal semblante era un símbolo de su victoria sobre él; un símbolo que gritaba al mundo entero que Videl Satán le pertenecía a él y a nadie más.
Fue tal el grado de disgusto y frustración que padeció Gohan que, sin que lo notase, sus cabellos se erizaron tiñéndose con el mismo fulgor del sol. Y ahora siendo su turno para sonreír, llenándose de la misma arrogancia que lo cobijó al luchar contra Cell, un enérgico primogénito de Goku se catapultó hacia adelante atacando a todas las apariciones fantasmagóricas del rubio.
Para su desgracia, todavía sin comprender que aquello no era real, Gohan únicamente consiguió que más ceniza y guijarros fueran arrojados al cielo, dándole forma, inevitablemente, a más espectros con la apariencia de Shapner. Así pues, más iracundo que nunca, Gohan utilizó sus manos como si fueran cañones de artillería para disparar incontables ráfagas de energía.
Y nuevamente, como era lógico, sus ataques solamente produjeron más destrozos sin afectar al ilusorio Shapner que le miraba con sorna. Por ende, comportándose como todo saiyajin que actúa sin pensar, Gohan se olvidó de la sensatez para doblegarse ante el salvajismo, creyendo, empecinadamente, que así encontraría la respuesta a sus apuros.
Gritando, llegando al extremo de casi desgarrar sus cuerdas vocales, Gohan puso de manifiesto su enfado contra el novio de Videl recurriendo a un nivel de poder que no usaba desde hacía siete largos años. Continuó vociferando entretanto su cabellera dorada crecía y se volvía más punzante; asimismo, como si fuese un generador eléctrico, varios relámpagos adornaron su belicosa aura.
Visualmente era impresionante e intimidante, de haber estado el Shapner verdadero en aquella desolada isla, era más que probable que el rubio ensuciara sus pantalones. Sin embargo, si su padre lo hubiese visto; o incluso Vegeta, habría sido claro para cualquiera de ellos que los poderes actuales de Gohan, no se comparaban, tristemente, a los que tenía cuando venció al bioandroide.
Pero poco o nada le interesaba tal observación, su única ambición en ese instante era borrar del mapa a Shapner.
– ¡Gohan!
Congelándolo, apagando el incendio que devoraba su cordura, la voz de alguien muy importante para Gohan lo detuvo en seco. Y más significativo aún, era que dicha voz no era ninguna ilusión o espejismo.
– ¿Señor Picorro…? –genuinamente sorprendido, no esperándose que fuese a tener compañía, Gohan se mantuvo estático volteándose a su derecha, para encontrar, con su clásica pose de brazos cruzados, a su mentor que le veía con seriedad.
– ¿Qué está ocurriendo? –Fiel a su estilo, el namek no se anduvo con rodeos y fue directo al grano– ¿qué estás haciendo aquí?
– ¿Cómo supo que estaba aquí, señor Picorro? –sintiéndose como un niño acorralado luego de hacer una travesura, Gohan intentó eludir la pregunta al plantearle otra a su maestro.
– Bueno, eso es muy fácil de explicar–flotando con tranquilidad, sin perder la calma ante los poderes de Gohan, Picorro se elevó hasta alcanzar su misma altura–me encontraba meditando en el Tempo Sagrado y de repente sentí como tu ki se disparaba hasta las nubes; luego de eso, no fue nada difícil localizarte.
– No me di cuenta de lo que hacía, creo que me dejé llevar más de lo debido–suspirando, relajando sus tensos músculos, Gohan disipó su transformación regresando a su apariencia normal–lamento muchísimo haber interrumpido su meditación; señor Picorro, le ofrezco mis más sinceras disculpas.
– Puedo ver que no has olvidado los modales que te enseñó tu madre; de estar aquí, ella estaría muy orgullosa–riéndose un poco, queriendo contagiar con buen humor a su discípulo, Picorro le comentó alegre–no te preocupes, me alegra ver que tu vida no corre peligro. Por un instante pensé que algún enemigo te estaba atacando, me pareció muy extraño que no estuvieses en la escuela cuando sentí tu presencia.
– Comprendo, espero que ni Vegeta ni nadie más se haya percatado de esto–imaginándose a todos los amigos de su padre preparándose para una falsa batalla, Gohan se sonrojó notoriamente al sentirse avergonzado–sería una gran vergüenza para mí si todos vienen hasta aquí y descubren que no está pasando nada.
– No percibo el ki de nadie acercándose, así que supongo que sólo yo me di cuenta–apaciguando su pena, el guerrero de piel verde no le quitaba la mirada de encima–aunque todavía no has respondido a mis preguntas, Gohan…
– Bueno, yo…
– ¿Por qué estás aquí, Gohan? –Interrogándolo de nuevo, Picorro lo hacía con verdadera preocupación paternal– ¿no deberías estar en la escuela?
– Tiene razón; señor Picorro, debería estar en la escuela, pero decidí no asistir hoy. Necesitaba pensar, quería un tiempo para mí.
Bajando la vista, no queriendo delatarse a sí mismo, el cerebro de Gohan funcionaba a toda máquina tratando de hallar alguna excusa creíble que, milagrosamente, lograse esconder sus auténticas intenciones de estar allí. Le dolía en el alma mentirle a un ser tan querido como Picorro; sin embargo, sin más alternativas, Gohan se recordaba que era vital mantener su secreto a salvo.
Picorro, por su parte, únicamente arqueó una ceja al no sentirse complacido con aquella escueta explicación. Él, como el padre que casi era para Gohan, podía ver a kilómetros de distancia que algo no andaba bien con su hijo adoptivo; por ende, sin dejar de mirarlo, el namek se dispuso a reformular sus preguntas de otro modo, esperando que así, Gohan fuese más expresivo al hablar.
– ¿Hay algo de lo que quieras conversar, Gohan? –manteniendo un tono amistoso, Picorro le preguntó.
Por un instante, creyendo que lo descubrirían, Gohan miró nerviosamente en todas direcciones buscando una salida que sabía que no encontraría ahí. Empero, al intercambiar miradas con Picorro, una idea cruzó su mente encendiendo una luz en las tinieblas que, en un inicio, parecía ser lo suficientemente verosímil como para ocultar sus deseos de venganza contra Shapner.
– ¿Señor Picorro, recuerda qué día se celebra mañana? –sin demorarse, Gohan usó aquel golpe de inspiración confiando en que Picorro lo creyera.
– Creo que ya voy entendiendo–mordiendo el anzuelo, Picorro murmuró una corta frase antes de replicar– ¿te refieres a esa estupidez que hacen en honor a ese payaso de Mr. Satán?
– No me refería exactamente a las celebraciones que cada año realizan en su nombre; sino a la fecha en sí–suspirando de alivio, Gohan disimuló su sonrisa al ver como Picorro le seguía la corriente–mañana se cumplirán siete años desde que ocurrió el Torneo de Cell; siete años desde la muerte de mi papá.
– ¿Y es por esa razón que faltaste a clases y viniste a esta isla desierta?
– Sí, esa es la razón.
Luego de eso, pasaron un par de segundos sin decirse nada; entretanto, como si se adivinaran sus pensamientos, ambos comenzaron a descender con lentitud hasta que sus pies se plantaron en el suelo calcinado gracias a los anteriores disparos de Gohan. Y al estar allí, parado de nuevo sobre tierra firme, Gohan se volteó mirando atentamente el destruido paisaje que lo acusaba en silencio.
Cientos de cráteres humeantes yacían repartidos por doquier, gigantescas montañas de rocas se veían en todas partes fungiendo como mudos vestigios de la ira del saiyajin. Dicho ambiente de ruina y devastación le hizo cuestionarse qué pasaría cuando se enfrentase a Shapner, el rubio, por más que lo intentase, no tendría ni la más remota posibilidad de vencerlo o salir ileso de su pelea.
Si Gohan no lograba controlarse a sí mismo, Shapner podría perder muchísimo más que su orgullo; podría perder la vida.
– Sé que no es una fecha muy feliz para ti, puedo imaginarme los muchos malos recuerdos que guardas por dentro–Picorro, rompiendo con la afonía, fue el primero en tocar el tema–yo estuve ahí, Gohan. Yo lo vi todo. Sé que te culpas a ti mismo por la muerte de Goku, ya me lo habías dicho varias veces antes.
– Y todavía no puedo perdonarme. Fui demasiado arrogante, tanto poder se me subió a la cabeza y se adueñó de mí–si bien hablar de aquello era una fachada para esconder sus planes contra Shapner, Gohan, sin que pudiese evitarlo, se vio realmente afligido al evocar aquel horrendo día–sólo necesitaba darle el golpe de gracia, nada más. Pero quería regresarle a Cell todo el dolor y sufrimiento que le causó al mundo; quería torturarlo antes de acabar con él. Jamás imaginé que las circunstancias tomarían el rumbo que tomaron.
– No te diré una mentira dulce para que te sientas mejor contigo mismo, sabes que esa no es mi manera de hacer las cosas…
– Y agradezco que sea así, señor Picorro.
– Tomaste una pésima decisión; de haber eliminado a Cell cuando tuviste la oportunidad, Goku estaría aquí contigo–haberle dicho tal cosa le formó un dudo en la garganta; aún así, no era ninguna falsedad–pero no debes olvidar que Goku nunca te dejó solo; él no te abandonó. Incluso en el momento más crítico de la batalla, Goku estuvo a tu lado animándote y dándote fuerzas. Ni siquiera la muerte misma pudo separarlo de ti.
Callado, notando como sus ojos se humedecían, Gohan no se resistió al impulso de voltearse y ver directamente a Picorro, quien, como la figura paternal que era, prosiguió con su alegato.
– Tampoco olvides que la última vez que hablamos con él, Goku rechazó la posibilidad de ser resucitado porque deseaba entrenar en el otro mundo–teniendo una excelente memoria, Picorro hizo mención de aquel suceso que, en la mayoría de los casos, Gohan solía olvidar al verse agobiado por el remordimiento–no puedo decirte cuándo Goku regresará a la vida, podría suceder mañana mismo o en diez años. No lo sé. Pero estoy seguro, y apostaría lo que fuese, que Goku volverá algún día para verte a ti y a tu madre de nuevo.
Contemplándolo, estudiando sus facciones, Picorro examinaba a Gohan quien parecía contener las lágrimas que empezaban a acumularse en sus ojos. El namek; pese a tener los conocimientos del anterior Kamisama en su interior, nunca conseguiría entender plenamente a los terrícolas y a su compleja gama de emociones y sentires que los hacían ser quienes son.
– Es verdad. No se equivoca, señor Picorro. Mi papá no me dejó solo, siempre me acompañó hasta el último momento–estremeciéndolo, recorriéndolo de pies a cabeza, Gohan recordaba aquel Kamehameha que acabó con Cell, mientras Goku, desde el más allá, le hablaba al oído–pero gran parte de mi tormento y culpa no se origina por no tenerlo conmigo; aunque me sigue doliendo su ausencia, he podido superarlo poco a poco.
– ¿Entonces?
– Mi madre aún no supera su muerte, cada vez que se habla del Torneo de Cell puedo darme cuenta que se desmorona por dentro–apretando los puños, Gohan le afirmaba con sinceridad–pero la mayoría de mi tortura se produce al pensar que Goten nunca lo conoció; Goten no creció con él como yo sí puede hacerlo.
Con amargura, molestándose consigo mismo, Gohan se daba cuenta que su reciente rivalidad amorosa con Shapner, había eclipsado, por completo, aquel viejo reclamo personal que volvía a herirlo después de mucho tiempo. Bajo la vigilante atención de Picorro, el saiyajin, echándose en cara sus propias fallas, aprovechó la ocasión para decir en voz alta varias de sus desventuras.
Al menos él tuvo la fortuna de crecer conociendo a su padre, observó su adoración por las artes marciales, teniendo, en primera fila, un asiento privilegiado para ver muchas de sus más épicas y célebres batallas. Aún así, más importante todavía, gozó de la suerte de compartir con él tanto en su hogar como fuera de él. No sólo conoció a Son Goku el guerrero; también conoció al hombre.
Goten, por el contrario, solamente podía conformarse con las fotos que su madre guardaba, como un tesoro, en los álbumes familiares y con las historias que Gohan le relataba. El pequeño nunca escuchó su voz, ni su risa ni sintió la calidez de uno de sus abrazos. Para Son Goten, Son Goku era una leyenda; un mito que escuchaba por las noches cuando no le era posible conciliar el sueño.
Y fue Son Gohan, el hermano que tanto admiraba y quería, el responsable de haberle negado la dicha de conocerlo.
– Usted acaba de decirlo, señor Picorro. No se sabe cuándo regresará mi padre, podría ser hoy mismo o tal vez nunca–sin la imagen de Shapner taladrándole la cabeza, Gohan se apuntó a él mismo como el enemigo–Goten aún es un niño, todavía no es totalmente consciente de la ausencia de nuestro padre; pero algún día, cuando Goten ya sea un hombre, él me señalará como el culpable de haberle arrebatado a su padre. Y yo, avergonzado, no tendré más salida que agachar la cabeza y aceptar sus reclamos.
Picorro, dejándolo que se desahogase, no lo interrumpió entretanto continuaba recriminándose. El Gohan de años anteriores hubiese estallado en llanto desde el principio, hubiera llorado desconsolado hasta el punto de sacarlo de sus casillas; no obstante, el Gohan que tenía ante él, no recurrió a eso. El Gohan actual prefirió estallar en rabia; prefirió que su carácter lo dominara.
Gohan ya no era un niño, la adolescencia lo moldeó como arcilla y lo lanzó hacia la adultez con una rapidez que dejó sorprendido al mismísimo Picorro. El namek, con nostalgia, empezaba a extrañar aquellos lloriqueos que tantas veces le destrozaron los tímpanos.
– Comprendo, entiendo que todo esto te cause dolor y angustia–replicándole, Picorro se mantuvo ecuánime–pero me parece que estás sacando conclusiones anticipadas, no tienes ninguna garantía de que tu hermano llegue a reprocharte lo que pasó ante Cell. Es posible que, al crecer, tal y como lo has hecho tú, él pueda entender la situación. No olvides que Goten es un saiyajin, el instinto de luchar corre por sus venas, cuando sea mayor entenderá los riesgos que implican estar en una pelea.
– Espero que sea así, desearía retroceder en el tiempo para rehacer las cosas.
– ¿Eso es todo de lo que quieres hablar? –Si bien fue muy leve, Picorro notó una tenue mejoría en Gohan–si deseas platicar de algo más; cualquier cosa, estoy aquí para escucharte.
– Se lo agradezco, señor Picorro. Pero eso era todo…
– ¿Estás seguro? –lanzándole una mirada penetrante, Picorro le consultó–si quieres charlar sobre las semillas que le pediste al maestro Karin, puedes hacerlo también.
Petrificándose, no dándole crédito a lo que escuchaba, Gohan sintió como su corazón casi se salió de su pecho al oír tal cosa. Mentir no era una de sus especialidades, no por nada Videl nunca le creyó cuando negaba ser el Gran Saiyaman, y Picorro, que lo conocía con mucha más profundidad que la otrora justiciera, no sería nada fácil de engañar o embaucar.
– Hace poco, Dende se percató de tu presencia en la torre del maestro Karin; luego se enteró que le pediste semillas porque querías retomar tu entrenamiento–platicándole con calma, no queriendo sonar como un fiscal en un juicio, Picorro le comentó con tono amigable–me parece bien que desees entrenar de nuevo; por lo que noté hace unos minutos, tu poder ha disminuido mucho. Asegúrate que tu madre no se entere, te meterás en problemas con ella si te descubre.
– Sí, pensaba hacer un poco de entrenamiento cuando me haya graduado de la preparatoria. No pienso volver a dedicarme totalmente a las peleas, pero creí que sería útil tener una dotación de semillas en caso de emergencia–luchando por no balbucear, Gohan no huyó de la situación al verse descubierto–me olvidé por completo que Dende siempre está al pendiente de todos en el planeta.
– Aún es joven, pero Mr. Popo siempre está con él para aconsejarlo…–sintiéndose orgulloso de su congénere, Picorro le alegó–aunque Dende es mucho más respetuoso con la privacidad que su predecesor, lo digo con seguridad porque el viejo Kamisama y yo nos fusionamos y poseo sus memorias.
– Ya veo…
Percatándose que la conversación había llegado a un punto muy delicado, Gohan, poniéndose cómodo en un peñasco cercano, se esforzaba por maquillar la preocupación que lo embargaba al temer que Dende, desde el Templo Sagrado, hubiese observado los actos que cometió en las últimas semanas. Igualmente, le inquietaba que él supiese lo que haría mañana por la noche.
– ¿Ya te sientes más tranquilo o quieres seguir conversando? –mirándolo fijamente, Picorro no lo perdía de vista.
– Ya estoy muy bien. Gracias a usted, señor Picorro.
– ¿Te quedarás aquí o irás a la escuela?
– Las clases comenzaron hace una hora, ya no tiene sentido que vaya a la escuela ahora–mirando su reloj, Gohan comprobó que hacía mucho que iniciaron las lecciones; además, por el momento, no tenía intenciones de encontrarse con Shapner–creo que me quedaré aquí un rato para pensar un poco, le prometo que no causaré ningún otro alboroto ni más falsas alarmas.
– Como quieras; de todos modos, sabes dónde encontrarme si me necesitas–empezando a flotar, Picorro se disponía a marcharse con la misma prontitud con la cual llegó.
– Sabe algo, señor Picorro, cuando llegué a esta isla me di cuenta que se parece mucho al lugar donde me enseñó a pelear–sonriente, regalándole a su maestro una sonrisa honesta, Gohan no se resistió a compartirle aquel recuerdo–creo que nunca podré agradecerle por todo lo que usted ha hecho por mí.
Ladeándose con levedad, deteniendo su ascenso, Picorro guardó silencio en tanto observaba fijamente a Gohan, el cual, aún sonriéndole, pronto le contagió su buen humor al namek.
– Sí, se parece mucho a aquella otra isla. Es sorprendente que hayan pasado ya tantos años, pero te confieso que me sorprende más otra cosa.
– ¿Qué?
– Ya dejaste de ser el llorón que recordaba, veo que al fin se terminaron los ruidosos lloriqueos.
Algo apenado, pero sin perder la sonrisa en su rostro, Gohan no le dijo nada mientras Picorro se reía llenando aquel solitario lugar con sus carcajadas. Empero, al cabo de unos segundos, la seriedad y formalidad que lo caracterizaban retornaron, esbozando, en su cara, una expresión que combinaba la sensatez del viejo Kamisama con la curiosidad propia de Picorro.
– Nunca entenderé completamente a los humanos, son criaturas cuyo comportamiento los hace difíciles de predecir–sintiendo como una fuerte ventisca agitaba su capa, Picorro le dio un último sermón antes de marcharse–pero al tener herencia saiyajin; al ser el primer híbrido entre ambas especies, la mezcla de instintos que llevas por dentro te hace especial, Gohan.
Gohan, sorprendido por el cambio de actitud de su maestro, se quedó perplejo sin saber cómo responder a tan inesperado comentario.
– La rabia es un arma de doble filo. Si sabes usarla cuando es el momento correcto, puede ayudarte a salvar el mundo; como ya lo hiciste una vez–notando el semblante confundido de Gohan, Picorro creyó ver, por un santiamén, a aquel niño que al principio de su entrenamiento no entendía a lo que se refería–pero si la usas en el momento equivocado, acabarás cometiendo un error tan terrible que te atormentará para siempre. En tu conciencia ya llevas el remordimiento de tus errores del pasado, no hagas algo que vuelva tu carga aún más pesada.
Sin darle la oportunidad de preguntarle qué quería decirle con eso, Picorro, perdiéndose en el horizonte, se retiró de aquel sitio devolviéndole la soledad que Gohan tanto buscó. El saiyajin, regresando sus ojos al paisaje circundante, contempló nuevamente los destrozos que causó minutos antes, recordando, fríamente, lo que pensaba hacer al caer la noche al día siguiente.
La silueta de Shapner reapareció en su mente burlándose de él otra vez, podía escuchar cómo Shapner le presumía su posición junto a Videl, como si ella, al mejor estilo de un trofeo, no fuese más que un adorno que inflaba el ego del rubio. Ante tal pensamiento, encendiéndose como una chispa en un barril de pólvora, los celos se convirtieron en enojo en menos de un parpadeo.
Deseaba tanto destrozarlo; deseaba tanto hacerlo trizas con sus propias manos. Y fue justo allí, al pensar en eso, que el enigmático discurso de Picorro resonó en su cabeza. La semana anterior, perdiendo el control al sucumbir a sus instintos, casi asesinó a cuatro simples criminales al propinarles una paliza que la ciencia médica hubiese tardado meses en sanar.
Y en su desesperación, al recuperar su lado humano la cordura, Gohan se vio en la obligación de reparar los daños, recurriendo, como último recurso, a las milagrosas semillas del ermitaño. Ahora bien, si descargaba toda su furia contra Shapner como su sangre saiyajin le demandaba, era más que evidente que no quedaría nada de Shapner al terminarse su pelea.
– Debo mantener la calma, tengo que tranquilizarme. No puedo perder el control otra vez…
Hallándose de nuevo en el presente, mirando por la ventana como el alcalde le colocaba una medalla en el cuello a Videl, Gohan honraba la promesa que se hizo ayer de no arruinar su premiación. Al ver de reojo a Shapner, al verlo sentado en compañía de Mr. Satán, Gohan se aferraba al consejo de Picorro para no cometer una equivocación que lo perseguiría para siempre.
Le daría una lección, de eso no había duda; sin embargo, prometiéndoselo a él mismo, permitiría que Shapner saliera con vida de su confrontación, para que así, sin importar cuántos años pasaran, Shapner jamás olvide que no debía volver a aprovecharse de Videl Satán nunca más.
– Como alcalde de Ciudad Satán, en nombre de todos los ciudadanos que se han sentido a salvo gracias a ti…–sosteniendo una brillante medalla de oro, el alcalde, sin dejar de hablar en voz alta, se colocó frente una callada Videl que solamente lo miraba–es un honor y un placer, premiarte con esta medalla como agradecimiento a tus años de labor altruista en favor del bien y la justicia.
El vigoroso eco de los aplausos; si bien era más que predecible en un escenario así, pudo tomarla por sorpresa incrementando la incomodidad que ya de por sí traía consigo. Por más que muchos pensaran que era igual a su padre, Videl, rehuyendo de la fama y la popularidad, desearía poder desaparecer al ser tragada por la tierra ante tan ruidosa pleitesía.
Forzada por las circunstancias, recordando como Ireza le aconsejó que se mostrara lo más feliz y radiante que pudiese, Videl les ofreció una tenue sonrisa que contrastaba con sus verdaderos sentires. No le gustaba nada estar allí pero no tenía más alternativa, sus años como heroína adolescente se habían terminado y sólo serán un recuerdo que atesorará hasta la vejez.
Meses atrás, cuando decidió dimitir, sólo fue cuestión de días para que los criminales se sintiesen seguros en su ausencia, llenando las calles, rápidamente, con robos y asaltos que no fueron socorridos por el también ausente Gran Saiyaman. No obstante, viéndose a futuro, Videl se prometía que algún día volvería a Ciudad Satán para limpiarla como solía hacerlo en su juventud.
Pero, a diferencia del pasado, no lo hará con los puños; lo hará en las cortes. Ni Mr. Satán ni Shapner se lo imaginaban, ninguno de ellos sospechaba los deseos de Videl por marcharse de la ciudad al acabar la preparatoria. Se iría para que pudiese estudiar leyes sin la influencia de su padre, no permitiría que el campeón le facilitara las cosas sólo por el simple hecho de ser su hija.
Videl no quería halagos ni privilegios, por más merecidos que estos fueran.
– ¿Ya terminaste de vestirte?
De vuelta al sábado anterior, encontrándose en la privacidad de su baño personal, una exasperada Videl luchaba por colocarse aquel lindo pero ajustado vestido que le dificultaba respirar. No era que le quedara pequeño, Mr. Satán no se equivocó de talla cuando lo eligió antes de comprarlo, sino que su ceñido diseño, por más elegante que fuese, le cortaba un poco la respiración.
– ¿Videl, ya estás lista?
– Un segundo, no puedo cerrar la cremallera…–Videl, mirándose en el espejo, refunfuñando y forcejando con ella misma, le respondió a una impaciente Ireza que le hablaba desde el otro lado de la puerta– ¡esta maldita porquería no se cierra!
– Sal, te ayudaré a cerrarla.
Normalmente, en otras circunstancias, Videl se hubiese negado a recibir ayuda por algo tan simple como vestirse; no obstante, ya habiendo agotado su paciencia, Videl abrió la puerta encontrándose con una inquieta Ireza. La rubia, sin importarle la expresión malhumorada de su amiga, no se resistió a sonreírle al quedar fascinada con la asombrosa apariencia de la pelinegra.
Sin decir nada más, por el momento, Videl se dejó comandar por Ireza quien le pidió que se volteara. Al hacerlo, soltando la cremallera que tantas dificultades le trajo en pocos segundos, Videl sintió como Ireza la fue cerrando con un fuerte tirón, que la obligó, abruptamente, a adoptar una postura más recta mientras su pecho era más comprimido que antes.
– Listo, ya está asegurado–ignorando la estrechez que azotaba a Videl, Ireza, más sonriente que nunca, la sujetó por los hombros para girarla y hacer que estuviesen cara a cara–no tienes idea de lo mucho que te envidio, te ves preciosa. Desearía tener un vestido igual, tu padre tuvo muy buen gusto cuando lo eligió para ti.
– Pues si quieres te lo obsequio, esta maldita cosa me aprieta tanto que no me deja respirar–no compartiendo la efervescente felicidad que desbordaba la blonda, Videl, dando grandes bocanadas de aire, luchaba por llenar de oxígeno sus pulmones–no creo poder llevar puesto este vestido durante toda la fiesta, me desmayaré.
– ¡Por Dios santo, Videl! –Ya sospechando que Videl diría cualquier excusa para no usar aquel atuendo, Ireza hizo caso omiso a sus quejas–te ves maravillosa vestida así, sólo es cuestión de que te acostumbres. Siempre has usado ropa holgada, es normal que un vestido tan ceñido al cuerpo te incomode.
– ¿Ya puedo quitármelo? –Sin rodeos, Videl le preguntó– ¡querías verme usándolo y lo hice, ahora me lo quitaré!
– Nada de eso, úsalo por unos minutos para que te vayas acostumbrando a él–haciéndole un ademán, Ireza, a su vez que se alejaba un poco para traer consigo los zapatos nuevos de su amiga, no le permitió que se lo quitara–ahora tienes que probarte los zapatos, como tienen un tacón muy alto tendrás que practicar con ellos.
– Si lo que querías era darme ánimos, pues lo estás logrando de maravilla–con ironía, deseando que aquel maldito tormento se terminase, Videl le replicó– ¿de verdad es necesario que practique con esas cosas tan horrorosas?
– A menos que no quieras caerte frente a todos en la fiesta; me temo que sí–agachándose frente a Videl, Ireza le colocó los zapatos a su alcance–anda, póntelos. Yo te ataré los broches de los tobillos.
No tenía caso negarse ni resistirse, Videl lo sabía. Así pues, soltando un largo suspiro, la hija de Mr. Satán levantó un poco la falda del vestido para mirar hacia el suelo; enseguida, uno a la vez, metió sus pies en aquel calzado viendo como Ireza los aseguraba en su sitio. De inmediato, casi instantáneamente, lo primero que notó fue como su altura aumentó unos cuantos centímetros.
Como efecto secundario, debido a las agujas que elevaban sus talones sobre el piso, Videl comenzó sentir como si una cuerda invisible la halara hacia adelante con la clara intención de derribarla. Por ende, esforzándose por no caerse, la otrora heroína se vio en la obligación de mantenerse equilibrada dando la impresión de ser una estatua que se negaba a moverse.
– Supongo que debes sentir que estás a punto de caerte, eso es normal. Lo más ideal sería que usaras tacones más bajos para ir ganando experiencia y luego pasar a unos más altos–levantándose, colocándose junto a Videl, Ireza aguantaba sus ganas de reírse al ver a Videl tan nerviosa e inmóvil–pero como no tenemos tiempo para eso, no queda más remedio que usar estos para que practiques.
Sin dejar de vigilarla, Ireza se arrepentía por no haber traído en su equipaje una videocámara para inmortalizar tan inusual suceso. Empero, grabando cada instante en su memoria, Ireza se aseguraría de nunca olvidar el semblante nervioso de Videl ni sus movimientos tan temerosos. Pero dejando para después las bromas, Ireza se prestó a compartir con Videl toda su sabiduría.
Despejando de obstáculos la habitación de Videl, la rubia, evocando los consejos que leyó en muchas revistas de moda y que ella misma puso en acción en más de una vez, le impartió a su amiga la primera de las varias lecciones que vendrían por el resto del día. Y como si Videl retrocediera a su niñez temprana, la ojiazul se dispuso a aprender a caminar otra vez.
Pidiéndole que dibujara una línea imaginaria frente a ella, Ireza, sin apartarse de Videl, le indicó que caminase sobre dicha línea tratando de no salirse de ésta. Quizás tal indicación podría sonar estúpida, pero al comenzar a avanzar, Videl se dio cuenta que no era tan sencillo como sonaba. El primer paso fue horrendo, el segundo fue espantoso y el tercero casi la tumba por completo.
Sin embargo, para su fortuna, Ireza se mantenía atenta en todo momento sosteniéndola desde atrás ofreciéndole estabilidad y seguridad. Estando a mayor elevación y al no sentir el contacto directo de sus pies con el piso, a Videl se le dificultaba mantener tanto el equilibrio como saber cuándo apoyar su peso en aquellos malditos zapatos. Aún así, logró llegar al final de la meta.
– Muy bien, ahora gírate y hazlo de nuevo.
– ¿De nuevo?
– Así es, lo harás hasta que puedas caminar con los ojos cerrados.
Mordiéndose la lengua, maldiciéndose a ella misma por haber aceptado asistir a esa maldita fiesta, Videl se vio incapaz de protagonizar un berrinche, ya que, al querer protestar, casi tropieza. Lo cual, más que doloroso, hubiese sido una caída muy humillante. Así pues, jurando que no volvería a usar nada similar, continuó practicando esperando dominar aquel par de zapatillas.
Entretanto, con normalidad y lentitud, las agujas del reloj prosiguieron con su interminable marcha sin sufrir ningún sobresalto. El sol, por su parte, fue elevándose gradualmente en el firmamento a medida que el día avanzaba. Pronto los cálidos y matutinos rayos de luz se terminaron, para darles espacio, sucesivamente, a los más tenues y rojizos del atardecer.
Pero sin notar ni pensar en el paso del tiempo, Videl, como si fuese una acróbata que caminaba sobre una cuerda que conectaba a dos barrancos, mantenía su desfile yendo y viniendo al terminar de recorrer los pocos metros que comprendían su sendero. Ireza, sentada en la cama de Videl, la vigilaba en tanto pensaba en los detalles del maquillaje que le aplicaría a su camarada.
– ¿Puedo detenerme para descansar? –Habiendo llegado al final de la línea por millonésima vez, la pelinegra, mareada de dar tantas vueltas, se detuvo mirando con cansancio a Ireza–llevo horas haciendo lo mismo sin parar, creo que ya lo estoy dominando.
– Está bien, te ganaste un descanso–risueña, encantada de verla con ropa más femenina, Ireza palmeó el colchón de la cama invitándola a que se le acerque–lo has hecho de forma excelente, Videl. Me tienes sorprendida, no te caíste ni una sola vez.
– Estaré igual de feliz que tú tan pronto como haya terminado ese tonto baile…–controlando sus zapatos, Videl no tuvo problemas en llegar hasta Ireza y sentarse de golpe a su lado–los pies me están matando, no entiendo como a otras mujeres les encanta usar estas malditas cosas.
Desatando las delgadas correas de sus tobillos, Videl soltó un quejido de alivio cuando se sintió libre de aquellos desgraciados aparatos de tortura que, en nombre de la elegancia, muchas mujeres incluso amaban usar.
– La belleza duele, amiga mía–riéndose, dejándose caer de espaldas en la cama, Ireza le comentó–pero apenas hemos terminado con la primera lección del día, cuando hayas descansado continuaremos con la práctica; pero esta vez, aprenderás a subir y bajar escalones con los tacones puestos.
– ¡Tienes que estar bromeando! –Frustrada, Videl ni siquiera intentó argumentar algo más–si voy a tener que pasar por este infierno, espero que al menos la fiesta no sea aburrida.
– Ya que lo mencionas, no olvides pensar en lo que dirás cuando te condecoren–tomando con más seriedad la gala ella que la propia Videl, Ireza no se olvidaba de los pormenores más insignificantes– ¿ya has pensando en algo?
– No, no he pensado en nada. Tal vez ni siquiera diga algo; de todas maneras, nunca hice esto porque quisiera premios o reconocimientos–masajeando sus doloridos pies, Videl no se sentía de humor para meditar al respecto–además, me pone nerviosa la sola idea de imaginarme en un escenario rodeada de un montón de desconocidos.
– Aún así, creo que deberías pensar en algo. Con una frase de agradecimiento será más que suficiente–contemplando el techo de la habitación, Ireza recordó otro de los consejos que leyó en sus revistas para chicas–cuando estés en la fiesta y te sientas nerviosa, finge que no hay nadie más. Mira fijamente el piso sin agachar la cabeza, eso te ayudará a no perder el equilibrio e ignorarás a todos los que estén allí.
– Más allá de cualquier discurso, todavía no puedo sacarme de la cabeza a Shapner y Gohan. Lo único que pido es que esto no se complique más de lo que ya está…
– No pienses en eso, olvídate de ellos pensando en cualquier otra cosa–extendiendo una mano, Ireza la sujetó de un hombro–ahora que veo tu cabello desde este ángulo, creo que te verías mejor con el cabello suelto. Eso sin duda dejará sin habla a todo el mundo.
– Nunca cambié de peinado porque me recuerda a mi madre–mirando sus largos mechones, Videl recordó fugazmente cuando su madre le peinaba el cabello en su niñez–para serte sincera, sino estuvieras aquí, no sabría qué hacer ni cómo prepararme para el baile.
– Confía en mí, cuando haya terminado de peinarte y maquillarte, ni Shapner ni tu padre encontrarán palabras para describirte–con picardía, muy segura de sí misma, Ireza se levantó volviendo a sentarse–y no pongas esa cara, ya verás que todo saldrá bien.
– Suenas como si fueras mi hada madrina.
– ¡Y lo soy! –rimbombante, Ireza le exclamó apuntándose a ella misma con un dedo–no dudaré en usar mis mejores hechizos para cuando llegue el día del baile, pero te advierto que debes irte antes de la medianoche…
Sonrientes, ambas se rieron como unas niñas. Momentos así de dulces y sinceros, eran los que apaciguaban y alejaban a los demonios internos de Videl. Ireza, como la luz de un faro, la estaba guiando por el camino correcto indicándole por dónde debía ir, para salir, al fin, de aquel oscuro y lúgubre pantano que la ha encerrado desde hacía semanas. Sólo faltaba un poco más y sería libre.
Por desgracia, trayéndola de vuelta al presente, el eco de sus risas se vio opacado por el fuerte ruido de los aplausos que se concretaron al ser condecorada. Notando como su cuello cargaba algo pesado, Videl, prestándole atención a su premio, tuvo que admitir que el diseño de la medalla era de su agrado. No le interesaban los reconocimientos, pero ese era suyo por mérito propio.
No obstante, dándose cuenta como el silencio fue regresando exponencialmente, Videl comprendió que ya era la hora de decir algunas palabras. Por más que quisiese huir de ahí, no tenía más alternativa que darle las gracias a todos los que se reunieron allí esta noche. Miró a su padre y luego a Shapner, los dos se veían muy felices por ella. Lástima que ella no se sintiese igual.
– Muchísimas gracias, señor alcalde. Muchísimas gracias a todos ustedes por estar aquí–armándose de valor, con el mismo valor que la llevó a derrotar a matones y mafiosos, Videl Satán habló en voz alta dejándose guiar por la improvisación–para ser honesta, no preparé ningún discurso para esta noche. Lo intenté, traté de escribir algo, pero las palabras nunca aparecieron. Supongo que prefirieron esperar a que estuviese aquí frente a ustedes.
Sin interrumpirla, viéndola en silencio, los invitados a la fiesta prestaban interés por la joven heroína ante ellos.
– Muchas veces han intentado entrevistarme para contar mi historia, igualmente me han preguntado por qué hice todo lo que hice. Pero la verdad, nunca fui muy dada a la publicidad a pesar de ser la hija de un hombre tan conocido como mi padre–sonriéndole, el aludido la miraba con orgullo–Ciudad Satán es un buen lugar para vivir, es una ciudad que cada día crece y se llena de más habitantes. Aquí he podido conocer a mis mejores amigos; amigos que recordaré hasta mi último día de vida. Y más allá de llevar el apellido de mi familia, Ciudad Satán tiene mi corazón.
Otra ovación, corta pero vigorosa, acompañó el final de aquella frase que enunció la pelinegra; la cual, a los pocos segundos, prosiguió con su disertación.
– No me lancé a las calles porque quisiera premios o medallas; lo hice porque me cansé de ver como el crimen se salía de control y creí que la policía necesitaba un par de manos extras–lanzándoseles una crítica sutil, Videl sabía que las fuerzas policiales eran muy incompetentes con su trabajo–pero este año, al meditar mi situación actual, decidí que era hora de retirarme.
En la distancia; aunque no alcanzaba a escuchar lo que decía, la silueta de un superhéroe enmascarado la contemplaba con adoración.
– En menos de un mes terminaré la preparatoria y tengo toda la intención de continuar mis estudios en la universidad, estaré fuera de las calles por un largo tiempo, pero volveré–alzando la mirada, Videl dejó salir un destello de la antigua confianza que la caracterizaba–quiero ser abogada; quiero seguir ayudando a la ciudad, pero usando las leyes mismas, y no los puños, como mis armas. No recuerdo cuántas veces vi como los sujetos que atrapaba y enviaba a prisión, eran liberados, días más tarde, con una facilidad que me aterra e indigna.
Sin que pudiese evitarlo, la imagen de un descarado Van Zant se dibujó en la mente de Mr. Satán.
– Les agradezco por esto; si bien nunca busqué que se me premiara, les doy las gracias–aferrándose a su medalla, lo que sí buscaba Videl era la manera de bajarse del escenario y regresar a su asiento–por hoy terminó aquí, pero confío en estar de vuelta en unos años más. Gracias a todos y buenas noches.
Inclinándose un poco hacia adelante, sintiendo su corazón bombeando por dentro, Videl fue nuevamente acogida por otro gran aplauso que la escoltó de regreso a su mesa. Mr. Satán, poniéndose de pie, la recibió con un abrazo sincero y paternal que se ganó muchas fotografías de la prensa allí presente. Sin duda alguna, esa será la portada de los diarios al día siguiente.
Aquella bella y emotiva escena familiar tardó unos minutos; enseguida, soltándose para volver a sus lugares, Videl, deteniéndose en seco al voltearse, se topó con Shapner, quien, igualmente, se levantó para felicitarla en persona. El rubio, usando sólo un brazo, la atrajo hacia él para ofrecerle una pizca del enorme amor que guardaba en su interior para ella.
Tal acción, también fotografiada, no fue ignorada por nadie quienes esperaban un típico beso de una pareja de novios. El rubio, obviamente, tuvo la misma idea en su cabeza. Y Videl, recordando su promesa de ser honesta tanto con él como con consigo misma, juraría que sintió que la realidad empezaba a moverse en cámara lenta mientras los labios de Shapner se le acercaban.
De inmediato, bombardeándola en menos de un parpadeo, muchos recuerdos de Shapner, buenos y malos, le mostraron cuando lo conoció y cuando él le salvó la vida. Shapner; a pesar de sus defectos como ser pretensioso y demasiado vanidoso, en el fondo, debajo de todo aquello, era una buena persona. Shapner era un buen compañero y un buen amigo; pero nada más.
Con delicadeza, moviéndose con determinación, Videl ladeó su rostro recibiendo aquella manifestación de afecto en una de sus mejillas. Haberlo besado hubiese sido una mentira para los dos, lo hubiera engañado otra vez haciéndole creer en algo que no era más que una farsa. Ya no le mentiría a Shapner, no más. De igual manera, ya no se mentiría a sí misma.
Para Shapner, quien percibió aquello como si le quitaran un dulce de la boca, no tuvo más remedio que sentarse otra vez luchando por ocultar su decepción. Varios pensamientos tocaron a su puerta, pero se aferró como a una cuerda de salvamento a uno en especial: quizás a Videl le apenaba un beso en público; quizás no quería darle más de qué hablar a los medios escritos.
Empero, abstraído en su sitio, el rubio no se dio el lujo de mostrarse dolido manteniendo una gran sonrisa en su cara para disimular. Sin embargo, en las afueras de la habitación, riéndose en silencio de él, un Gohan sumamente feliz se burlaba de Shapner al mirar a través de la patética expresión que maquillaba su desilusión. Ya era su turno para reírse; era su turno para divertirse.
– Prometo que me apiadaré de ti, no me atreveré a quitarte la vida. No quiero llevarte en mi conciencia–hablando para sí mismo, Gohan pensaba en voz alta–pero te aseguro que nunca olvidarás lo que haré contigo, recordarás por el resto de tu miserable vida que no debes volver a acercarte a Videl jamás. Te doy mi palabra, Shapner…
Poco después, la fiesta reanudó su itinerario al acabarse la premiación. Los meceros, con prisa, se prestaron a servir la cena entretanto Gohan continuaba vigilante. Fue como un tiburón cazando, esperó con paciencia a que la oportunidad se presentara para acercarse y dejar su mensaje. Aún así, sin olvidarse de Picorro, Gohan alzó su vista al cielo nocturno contemplando a la luna brillar.
Sabía que Kamisama; es decir, Dende, lo estaba observando. No entendía por qué el joven namek no daba la señal de alerta sobre sus intenciones; no obstante, rogándole que no interviniera, Gohan le aseguraba en sus plegarias que sus futuras acciones sólo buscaban el bien.
Fin Capítulo Treinta
Hola, muchas gracias por leer un episodio más de este fic. No les quitaré más tiempo además que no deseo ser redundante con respecto a mis anteriores notas de autor, pero poco a poco voy acomodando las piezas finales de la historia para llegar al clímax. Sólo hace falta un pequeño empujón y todas las fichas de dominó se golearán las unas a las otras, ya quiero narrar esa parte.
Les agradezco a todos los que me han acompañado desde el inicio, sé que mis fics suelen hacerse gigantescos pero trataré de no exagerar esta vez. Y como siempre me ha gustado, me encanta escuchar algún soundtrack mientras escribo. Si alguno quiere oír la canción que me ayudó de inspiración, búsquenla en You Tube con este nombre: Man Of Steel Soundtrack – Flight.
Antes de despedirme, les doy las gracias a Lei1990, Kellz19, SViMarcy, Akane Mitsui y a Lupis OrSa por sus comentarios en el capítulo anterior. Gracias por leer y hasta la próxima.
