Hey, no eh muerto si se lo han planteado ni mucho menos abandonaré el fic. No, no haré eso, y no voy a arrojar una perorata de aquellas explicando el por qué de no haber actualizado en tantisimo tiempo. No, no diré mucho por ahora así que aquí les dejo el capitulo, uno larguito para compensar la tardanza :'D

Por ahí un saludo a todos aquellas/os (espero aún haya alguien por estos lares esperando leer mi fic) que han seguido esta cosa amorfa desde sus inicios, en verdad, muchisimas gracias por todo su apoyo y por su bellisimosshulodehermosos reviews.

Acá Samsi, con el mismo flower-power de siempre(?)

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Capitulo 22

Ese mayordomo, caída (parte II)

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Mientras caía, inmersa en la plenitud y claridad de las cosas. Como si un líquido invisible se infiltrara por mi piel hasta llegar al hueso, como si este se aferrara vuelto un punzante cristal que desgarraba mi carne de manera lenta, tortuosa. Un dolor que sabía a libertad e intentaba sostenerse de mí, sobrevivir.

Y la libertad se me escurría entre los dedos, entre uñas y dientes, entre miembros expuestos que se ensartarían en el filo de las rocas al final del desfiladero de imaginarios cadáveres y turbulentas aguas. Se esfumaba a la velocidad del viento, que golpeaba mi rostro, que acariciaba mi cara; y confié plenamente en que la fresca brisa marina sería lo último que me hiciera sentir viva antes de que el océano me tragara y la muerte por fin me reclamara.

Yo era suya desde hace tanto tiempo… le pertenecía tanto a aquel mundo, tan inminente e irremediable…

¿Qué más daba si fuera más temprano que tarde?

Veía su cuerpo al fondo del abismo, bajo capas y velos oscuros de agua salada, la recordé tan amarga y triste, tan furiosa y demente.

Ella sería mi muerte, lo sabía, su canción era mi sentencia, las notas de su piano imaginario que pululaban en el aire como moscas a la miel.

Yo era su vida, ella la mía… ¿Por qué no, entonces, rendirse ante ella?

Y me jalaba, se convirtió en la gravedad, en la fuerza del mar, en la piedra sólida, tan etérea como el aire y tan radiante como ese sol en llamas que entintaba al mar y al cielo con el color de la sangre.

Y caí, de lleno contra el océano, contra el olaje furioso que abatía a la piedra y arrastró mi cuerpo consigo, brutal, con fuerza, haciendo que mi cuerpo se estrellase contra el muro de roca blanca, y el agua me engulló, con su marea de espuma blanca, resguardándome entre sus aguas turbias, oscuras, de pronto muertas…

Y caí, mirando sus ojos que se abrían para mi… su pelo negro, como un manto resplandeciente de diminutos puntitos platinados, azulado, tan bello como el cielo nocturno, y sus ojos, sus azules ojos que se encajaban en mi con ponzoña, tan melancólica…

Y el frío, el agua fría, y sus ojos rojos que me alcanzaron antes de que la virulencia de su espíritu enfurecido me llevase con ella.

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Como un pez fuera del agua, ah, que comparación tan adecuada… tan malditamente acertada en ese momento.

Sí, boqueando, luchando por vivir, por respirar, deseando con todas las fuerzas el poder regresar a su habitad original y vagar con libertad, vivir con libertad. Pero no, ahí estaba yo… saltando a la red, condenándose a caer en un precipicio sin fondo…

Hace unos días, si, sólo unos días podría haber dicho con todo el orgullo del mundo que mi nombre es Samantha Carson, tengo veintitrés años y soy escritora.

Y también te habría contado con una sonrisa sincera que a pesar de provenir de una familia adoptiva mi mayor adoración en la vida eran mis tres pequeños y adorables sobrinos, los tres pequeños ángeles que Isabel mi dulce hermana mayor había traído al mundo junto a Peter mi cuñado, el que siempre había sido como un hermano mayor para mi desde que nos conocimos, sus dos hijos —de Peter y su exesposa— Max y Tyler que aunque al principio eran unos necios a mí me parecían dos niños admirables; mi padre adoptivo, Jerry, el hombre trabajador y divertido de siempre que se había enorgullecido de todos mis logros… el que siempre sería mi padre; Evangeline… mi rígida madre, la mujer que me había criado y a la que le debía mi carácter, todas mis manías y mi forma de ser, ella que había trabajado durante años sufribles turnos dobles para proporcionarnos lo mejor a mi hermana y a mí, la que por tantos años me había protegido de la verdad… de ellos…

Y por último en aquella estela de luz, en ese líquido vital del que yo misma me estaba privando se encontraba ella, mi mejor amiga, mi hermana, mi confidente, Jessica Sammuels la que siempre me había apoyado en cada uno de mis pasos, mi persona… mi Jess…

Mi familia… todos ellos aún vivos, aún libres… mirándome expectantes, preocupados, con los rostros desarmados, tristes y desesperados, intentando alcanzarme pero yo no podía, de ninguna manera, arrastrarlos conmigo… no, ellos eran mis seres amados, los que siempre me habían tendido una mano y me habían querido sinceramente sin esperar nunca algo a cambio.

No, yo no podía permitirme que por mi entera culpa, que por el juego retorcido de un demente alguno de ellos, de esos inocentes e increíbles seres humanos, saliera herido… que cayera junto conmigo al infierno al que yo misma me había condenado.

No, no me importaba terminar sumida en la más profunda y desquiciante soledad si era sólo por protegerles, no, incluso si me costaba la vida (que de todas formas una vez terminado esto yo moriría, sería tragada por el demonio) no iba permitir que alguno de ellos saliera herido en este juego, en esta guerra sin sentido.

Era tiempo de tomar las riendas, el control, y enfocarme en lo que verdaderamente importaba, esto ya no era sólo por mí y mis deseos de venganza, por mi orgullo herido, por Richard… no, esto era por ellos, por todos ellos…

Lo había decidido mientras miraba la cara de Evan Phantomhive descontrolarse ante mis palabras, ante mi decisión.

La verdad es que yo estaba muy asustada, la verdad es que el miedo me estaba aniquilando lentamente, moliendo cada una de mis células, me sentía agonizante sumergida en el horrible dolor, en aquel terrible sentimiento desesperado, yo estaba aterrada porque mi cabeza no dejaba de formar esas escenas terroríficas, esas imágenes en señal de advertencia.

Porque mientras hablaba con Evan, mientras le ordenaba con la voz fría y autoritaria que tenía que hacer… por dentro, en mi mente, mientras la persona que hablaba usando mi rostro, mis labios, mi voz parca y cortante, yo, la Samantha que aún quería aferrarse a la vida, a la esperanza, temblaba incontrolable siendo asesinada y tragada por el terror.

Porque en mi cabeza podía ver con suma claridad sus cuerpos muertos, fríos, inertes y destrozados en mis brazos, tendidos a mis pies, desfigurados y apenas reconocibles. Yo lo sabía bien, yo los reconocía perfectamente.

Veía, en un entorno sombrío, obscuro, que me evocaba aquellos recuerdos, la pesadilla llena de muerte y dolor; si, la misma habitación, la misma piedra sangrienta, el mismo suelo terroso lleno de sangre, de mugre y trozos de carne en estado de putrefacción, si, ahí, en el sitio de mis pesadillas dispersos a mi alrededor estaban todos ellos.

Yo me veía sobre la pila de cuerpos, en la cima de aquel montículo conformado por cadáveres destrozados, me veía pequeña y frágil, como si mi cuerpo estuviese compuesto por pequeñas astillas de cristal que se balanceaban, sosteniéndose y encajándose en la carne muerta, en la piel grisácea y manchada de sangre oscura y espesa.

Veía la tierna cara de Amie, la mayor de mis tres sobrinos, su piel rosácea y tierna ahora muerta, ceniza, opaca y blanca, pálida, tan fría… tan muerta…

Yo la veía, justo debajo de mis pies, su pequeño cuerpo aun tierno e infantil… la última vez que la había visto, que había visto su sonrisa pequeña y feliz Amie tenía cuando mucho cuatro años y ver su pequeño cuerpo desnudo y desfigurado, su piel joven ahora muerta y desgarrada, su sangre obscura y espesa, sus ojitos desorbitados, apagados, desenfocados y vacíos, su pelo rizado convertido en una masa chamuscada, pegajosa, embarrada de un líquido hediondo y grisáceo, sus manitas con los dedos rotos y torcidos, con el hueso reluciendo entre los manchones rojos, con la boca abierta… con su carita de ángel deformada, como si gritara, como si fuera presa de un dolor gigante… pero estaba muerta, tiesa y fría debajo de mis pies.

Y luego seguía, la imagen seguía, enfocaba sus rostros, sus cuerpos carentes de vida uno a uno, y luego venía el pequeño Peter, al que yo había visto correr rebosante de vida en cada una de mis visitas, si, lo veía con su inocente cuerpo marcado por quemaduras, por cortes que surcaban su cuerpo atravesándolo de un lado a otro porque era tan diminuto y vulnerable, sus ojitos azules mirando a la nada, sus bracitos retorcidos en un ángulo imposible, su rostro infantil y dulce echo jirones sanguinolentos.

Y luego venía un cuerpo muy pequeño envuelto en una trapo desgarrado y mugriento, entre unos brazos blancos que se veían como una muralla de piedra inamovible, era Isabel, mi hermana, que sostenía entre sus brazos un bultito, un bebé sin piel, sin forma, muerto y echo pedazos… mi hermana, mi angelical Isabel cubierta en sangre y sin rostro, envolviendo entre sus brazos a su bebé.

Las manos me temblaron, sentí que me caería en cualquier momento al suelo, el horror me estaba comiendo viva, necesitaba alejarme, necesitaba relajarme y dejar de fingirme fuerte porque ya no podía, ya no podía más.

Y aun así no me moví ni un centímetro de donde estaba, mientras Evan escupía mí nombre como si se tratase de veneno, me mantuve firme intentando lucir calmada y concentrada a pesar de que en la ilusión, de que en el escenario de mi mente el siguiente cuerpo, los siguientes cuerpos, ni siquiera eran cuerpos.

Y respiré intentado alejar como fuera posible aquellas imágenes de mi mente, hablé, con esa voz que no era mía, que era parte de aquella mascara, de aquello que me sostenía, de la furia que permanecía estancada en mi interior, de la sed de venganza, de aquella sed de justicia alentada por los rostros muertos y desfigurados de Susan Connors y todas esas mujeres, de los restos de aquella mujer frívola y desinteresada que yo creí haber alejado hace mucho tiempo… porque por mí misma me habría tirado a temblar y gritar como poseída.

Con aparente parsimonia regresé al sofá blanco, ese que había impedido que me tirara al piso a retorcerme de dolor, simplemente porque ya no podía permanecer de pie, era demasiado, demasiado…

Y mientras mi voz resonaba con una fuerza que yo en verdad no poseía seguía repitiéndose, esa pesadilla, volvía a repetirse… los cuerpos desmembrados, los huesos expuestos, la carne pútrida y sangrante, los rostros desfigurados, las miradas vacías, el hedor a muerte… el terror se volvía líquido y fluía en mi dirección.

Como un líquido ardiente y corrosivo, subía por entre la pila de cadáveres aglomerándose en el cuerpo que sostenían mis brazos agarrotados y tiesos por aquel estado de shock.

El líquido que manaba, la sangre coagulada y turbia que manaba de Jerry y Evangeline, quienes inertes en el extremo más lejano de la pila de cuerpos tenían los órganos expuestos, los cuerpos abiertos desde el abdomen hasta el pecho y sus rostros petrificados en un grito terrorífico, con agujeros sangrantes en lugar de ojos… mis padres, ahí, tendidos y muertos, brutalmente asesinados, enfocaban sus rostros desfigurados en mi dirección.

Y su sangre pútrida subía por mis piernas, envolviéndome, jalándome, hundiendo mi carne en los cadáveres debajo mio.

Y yo sostenía en mis brazos delgados y adoloridos el cuerpo de ella… mi persona, Jessica… Jess…

No… no, no, no, no, no, no ¡No! ¡No… no, no! ¡NO! NO

Mientras Evan me respondía, mientras hablaba con esa furia, con esa rabia que siempre había tenido para conmigo, mientras yo arrastraba ese apellido, ese nombre que me quemaba las entrañas miré a Sebastián, como si así algo fuese a pasar, como si su imagen, como si su mirada lograse erradicar aquella escena de mi mente, que me protegiese de mi misma pero no fue así.

Él parecía confundido, como si no entendiera nada de lo que estaba pasando, de lo que estaba diciendo, tan ajeno a los pensamientos que me estaban enloqueciendo, tan ignorante del terror que me estaba matando y sopesé la realidad, la terrible y cruda realidad, otra vez.

Él era el demonio, únicamente estaba ahí, a mi lado, porque al final de toda esta locura obtendría mi alma como recompensa ¿A él en qué podía importarle que los demás murieran? Simplemente estaba ahí porque yo le había vendido mi alma y ahora encadenado por ese maldito contrato fingía, pretendía, que yo le importaba aunque fuera un poco, porque yo era su comida, así de sencillo.

Y le miré furiosa, enardecida, porque esa simple afirmación era incluso más aterradora que el cadáver de Jess que se deshacía como cera derretida entre mis manos, sí, porque el volver a recordarme la realidad fue incluso más doloroso y agónico que ver a mis seres amados muertos en mi cabeza por mi entera culpa.

Sí, porque en ese momento mientras decía las palabras que me condenaban por completo, aquellas que me apartaban de la luz, de mi habitad de natural, mientras sentenciaba a cuenta propia mi condena y su nombre resbalaba de mis labios con aquella voz ajena; si, en ese instante lo comprendí y rogué a lo que fuera que en ese preciso momento la tierra se abriera y me tragara, que me arrastrara por fin al infierno al cual yo acababa de saltar.

Porque mientras la imagen del cadáver de Jessica Sammuels se desvanecía entre el líquido turbio y apestoso entendí la razón de aquella pesadilla, del miedo irracional esa mañana, del porqué me dolía tanto el imaginar aquel momento… esa mirada extraña que le dedicó a mi madre… aquel tono que siempre se apoderaba de él cuando de un modo u otro alguna conversación terminaba refiriéndose a ella, por qué su rostro se entremezclaba con el de Richard en mis sueños… el porqué del todo, de los sonrojos, de la ira, de la tristeza, del miedo e incluso de la indiferencia, de porque actuaba de una manera aún más estúpida a como yo era normalmente…

Y me dieron muchas ganas de reír, no sé si era por el aún latente estado de shock, o porque tanta información me había puesto histérica, o porque tenía otro ataque de nervios y ansiedad, no lo sé, quizá simplemente el reír era otra manera de evitar el desbaratarme y llorar, sí, en verdad quería tirarme y llorar, llorar como si así alfin todo pudiera encontrar su final.

Y lo miré furiosa, con la sangre hirviéndome de rabia, con el pecho estrujado y estancado, sumido en aquel dolor que había aprendido recientemente también era causa suya, le miré como si fuera posible que alguna fuerza inhumana brotara de mis ojos acuosos y claros y lo asesinara una y otra y otra y otra vez hasta que no quedara ni un pelo de Sebastián Michaelis en este ni en el otro mundo.

Lo quería. Mierda, lo quería… en alguna parte torcida dentro de mí habían empezado a nacer esos sentimientos estúpidos y mortíferos, era como el miedo que me paralizaba… la sola idea me resultaba escalofriante de por sí pero así era. Yo sentía algo por él, algo que me resultaba asfixiante y corrosivo, porque cuando me percaté de que la sola idea de imaginármelo herido… o enojado conmigo, o que sus ojos penetrantes y seductores estuviesen clavados en alguien más que no fuera yo, o esa idea, esa posibilidad tan gigante y verdadera, devastadora; de que ante sus ojos yo sólo fuera un bocado más entre tantos, un alma que comer y nada más… que aquellas cosas me estremecieran más que la muerte misma, que fuesen tan impactantes para mí como el peligro latente que ahora acechaba a mis seres amados ¿Y qué era sino, entonces?

Sebastián había entrado en ese minúsculo círculo de rostros cálidos y humanos, se había aferrado ahí hasta construirse un lugar, yo le quería tanto como para que mi odio por él, por lo que representa su ser y por lo que provocaba en mi fuese opacado, eclipsado. Yo le quería y no sabía cuánto… pero si lo suficiente, tal vez demasiado...

Mierda, mierda, mierda… mierda… ¡Mierda!

Como lo odiaba por ello… ¡Como me odiaba a mí misma por ello!

Estúpida, estúpida ¡Estúpida!

Ahí estaba yo, plantada a mitad de un lugar que de pronto se me había olvidado, encarando a Evan, rebajándome a su nivel y escupiendo nombres con el mismo desprecio que él, condenándome, arrojándome, cayendo a lo que siempre había evitado… a lo mismo que me había traído hasta aquí y sin embargo, a pesar de que lo comprendía, de que sabía que aquello, que esta decisión que acababa de tomar era un completo error y que me pesaba, como si yo misma hubiese apuñalado mi orgullo y bailoteado sobre mi propia moral, a pesar de eso yo no me arrepentía.

No, no me arrepentía de lo que acababa de decir, de lo que a partir de ahora pasaría, no.

No, no me arrepentía.

Esto no era por mí, era por ellos… por la alucinación que picoteaba mi cerebro, porque la imagen de esos cuerpos no se volviera realidad, no, yo no lo permitiría a toda costa… no… eso no pasaría.

Aun si Lilian a través de sus letras me había advertido que no me acercara a los Phantomhive y que me alejara a toda costa de aquel mal que les perseguía, lo sentía muchísimo pero yo no podía permitir que los míos salieran heridos por mi entera culpa, era algo que jamás me perdonaría a mí misma.

No podía sostener esa promesa, la última voluntad de mi madre si algo así de grande para mí estaba en riesgo y desgraciadamente era mi única opción, mi único camino a tomar.

El poder de los Phantomhive podía ponerlos a salvo, podía protegerlos, podría hacer lo que yo no podía por cuenta propia… yo no tenía el poder ni el dinero suficiente como para proteger de su invisible alcance a todos mis seres amados pero ellos sí, Evan lo tenía, Frederick, para ellos era tan sencillo como ponerse los zapatos y si en mis manos estaba aquella posibilidad no iba a desaprovecharla.

Y también porque lo quisiera o no, me agradase o no la idea, el poder y el dinero de los Phantomhive me desligaba de toda responsabilidad o esfuerzo, no tendría que trabajar, no tendría que preocuparme por el libro… y eso significaba que por fin podría enfocarme completamente en la búsqueda de Richard, en descubrir quien había asesinado a esas mujeres, si, por fin llevaría a cabo lo que en verdad me importaba cumplir, por fin moriría (si, suena terriblemente mal, lo sé) por fin todo acabaría… si y me libraría de él y estas desgraciadas emociones, de esta maldita suerte.

Así que cuando terminé de decirlo, de hablar, de articular lo que podía no fui ni capaz de voltearme, de mirarle una vez más y me fui, ciertamente hui, porque ya no podía, ya no podía fingirme valiente y la risa quería brotar de mí, era una locura, una completa estupidez. Un completo error.

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Jessica Samuels aspiró hondo con los dedos moviéndose frenéticamente en el aparato que sostenía temblorosa, sentía que una crisis nerviosa le vendría encima en cualquier momento y ni todo el café del mundo podría tranquilizarla.

Miró sin mirar realmente las imágenes cambiantes del teléfono celular ¿En qué estaba pensado ella?

¿Estaba loca? Oh si, completamente loca.

Bufó, resopló apretando los labios, quería gritar, quería ir y cachetear a Samantha a ver si así entraba en razón, no, mejor aún… quería tomar al mandilón de Sebastián por las solapas de la camisa y sacudirlo, gritarle que era un inútil incompetente y que por ningún motivo dejase a Sam hacer lo que sea que estaba planeando.

Pero era imposible, Jess lo sabía, lo sabía perfectamente, Samantha era una mula terca y orgullosa y una vez que decidía algo nada, ni la más devastadora fuerza de la naturaleza, ni la ira de algún Dios todopoderoso le iba a impedir realizar su cometido.

Así era, así había sido siempre y Jessica no podía hervir de furia con tranquilidad, porque: a) Había sido despedida, ridículo, pero había sido despedida; b) Porque esa despedida no sólo significaba que sus cheques no serían firmados y validados, no, sino que era otra manera de decir "Deja de entrometerte en mi vida porque lo que voy a hacer te parecerá una completa estupidez y no me dejarás ser una mártir a gusto"; y c) Porque aún si esa loca mula insensata le había despedido y le había echado con esa frialdad, Jessica era Jessica y Sam era Sam, y siempre, pasara lo que pasara ambas serian la persona de la otra, así de simple.

Por mucho que le hiciera exasperar y por muchas ganas de sacarle los ojos que le dieran, Sam siempre había estado ahí para ella, cuando sus padres se separaron, le había ayudado a solventar los gastos médicos de su hermano cuando este había tenido el accidente y aunque ambas fueran malísimas hablando de sentimientos y reconfortando a otros, cuando el momento llegaba Jess sabía con toda seguridad que Sam siempre le apoyaría y viceversa, siempre había sido así.

Y ese había sido un golpe muy duro, lo sabía, lo sentía, sabía que Samantha tendría sus motivos, un muy buen motivo para decir lo que había dicho… y eso era lo que no le gustaba, le daba mala espina que la situación hubiese dado un giro tan drástico.

Algo malo estaba pasando, algo muy malo, algo increíblemente malo sucedía con Samantha Carson y Jessica era igual de terca, lo averiguaría a como diera lugar.

Si, lo sabría porque Sam era su persona y aquello no le gustaba para nada, no le agradaba en lo más mínimo que otra vez se enfrascase tan herméticamente como para sacarle de en medio, no, era una situación difícil, habían pasado muchas cosas difíciles en los últimos meses y Jessica Samuels quería auto convencerse a toda costa de que estas decisiones eran producto de la confusión, de la tristeza en los últimos acontecimientos.

Entonces lo encontró, la idea le vino a la mente en cuanto repasó esos acontecimientos, la pantalla del aparato quedó fija, estática y aspiró hondo, dándose valor.

Se colocó el aparato en el oído, el sonido de la línea en espera comenzaba a impacientarle, golpeó el piso con uno de sus tacones blancos, al quinto timbrazo cogieron la llamada.

Oh si, ahí había gato encerrado y lo averiguaría.

¿Jessica…? —, la voz distorsionada por el ruido al otro lado de la línea le respondió ¿Era época de lluvias en Shirlight city o eso que se escuchaba era la ducha?

—Sí, soy yo—, dijo Jess jugando con un mechón de cabello, repentinamente nerviosa, eso le parecía una tontería.

Por el amor de Dios Jessica ¡Son las dos de la mañana!—, le reprendió la voz, si, definitivamente se escuchaba como alguien que es despertado a las dos de la mañana.

—Oh, que lastima ¿Qué no eres universitario y los de tu clase ni siquiera duermen?

Ya ¿Qué quieres? Te oyes muy molesta, no me gusta para nada cuando estás muy molesta…—la voz varonil esperó una respuesta, pero era como si ya no hubiese nadie detrás de la línea— ¿Jess…?

Jessica suspiró acomodando las palabras en su mente, ensamblando un plan medianamente bueno.

Le agradaba Sebastián pero… pero sabía de qué iba eso, sí. Sebastián, pensó frunciendo el ceño hasta que sus cejas se juntaron, algo en él no le agradaba, desde el principio y no era por sonar como una loca pero de pronto la idea de que su persona y ese individuo estuvieran juntos no pareció tan irresistiblemente encantadora.

Porque sabía de qué iba eso y sabía que si Sam se cerraba tan herméticamente a otros era porque estaba por cometer algo increíblemente estupido, si, la conocía a la perfección y sabía que eso no acabaría bien, al menos no para Sam.

Jessica dime ¿Por qué por todos los infiernos me hablas a las dos de la mañana?

Jessica era partidaria de que ese par, de que Sam y Sebastián se veían encantadores juntos pero, no, algo no le cuadraba ahí, fuera lo que fuera la idea le picoteaba el cerebro como una parvada de cuervos hambrientos.

¿Jess… hey, sigues ahí?

Además se encontraba el factor Evan — el dolor de trasero Evan— y en definitiva eso era lo que menos le agradaba en todo ese asunto.

¿Jess…?

¡Para ya Lance! Si, sigo aquí ¡Por Dios Lance Riddle suenas como retrasado!—, dijo por fin con brusquedad y hastío.

Ya, lo siento, es que me habría enojado muchísimo si me hablabas a esta hora sólo para dejarme como idiota al teléfono

No, por supuesto que no, si te hablo es porque tengo una razón para hacerlo y no sabía que eran las dos de la mañana…

Dime ¿Estas en una de esas fiestas en antros raros con hotel incluido? Porque son las dos de la mañana aquí y en cuatro estados a la redonda incluido Bridgeport

No estoy en Bridgeport—, atajó la morena mirándose la uñas pulcramente pintadas.

¿Cómo que no estás en Bridgeport?— se escuchó sorprendido, levemente sorprendido.

— ¿Tu no ves la televisión, verdad? ¿Eres un cavernícola o algo así Lance?—, Jessica volvió a fruncir el ceño, no quería explicarle la situación pero al parecer no quedaba de otra — no, no muevas tu trasero de ahí, ni se te ocurra dirigirte a la computadora, necesito que me escuches Lance

El silencio al otro lado de la línea le hizo imaginar a Jess a un Lance adormilado y atontado tambaleándose a mitad de camino de la cama al ordenador con ojos abiertos de la sorpresa.

Está bien…— murmuró por fin suspirando, Jessica le imaginó pasándose una mano por el pelo, típico en él.

Jess suspiró en respuesta mirando a su alrededor por si alguien escuchaba esa conversación, era temprano pero ya había gente en recepción así que disimuladamente, con cautela y delicadeza se escurrió por uno de los pasillos y tomó el ascensor a su propia habitación.

Ya, dispara

Jessica miró las puertas del elevador cerrarse frente a ella y respiró con más calma.

— ¿Cuán rápido crees que podrías llegar a Weston Valley?

¿Qué?

Más silencio, Lance Riddle se sintió increíblemente nervioso y alarmado desde su posición.

La tensión atravesaba la distancia, como si brotara de los aparatos y envolviera a ambos individuos intentando ahogarlos.

¿Qué? ¡¿Estás loca?! Son las dos de la mañana, si ya se te olvidó Shirlight city queda a más de quinientos kilómetros de ahí y sea lo que sea tengo que ir a la universidad, tengo un trabajo y una vida Jessica ¿Dónde demonios estas?

Otro suspiro, Lance Riddle se enervó hasta el colapso, eso no pintaba bien, para nada.

—Ya, puedes ir y encender el ordenador— dijo Jessica saliendo del elevador, suspirando sonoramente, el silencio al otro lado de la línea le dio a entender que Lance hacía exactamente lo que le había dicho.

Jessica llegó frente a la que era su habitación en ese hotel, abrió la puerta y se dejó caer en el sofá de la pequeña estancia, no era tan imponente como la suite matrimonial pero era una habitación agradable y amplia con un par de silloncitos blancos, una mampara de bambú que le daba un aspecto tanto más privado y acogedor al pequeño recibidor y una mesilla repleta de revistas y periódicos.

Jessica ¿Qué pasó? ¿Qué demonios está pasando Jessica…? ¡¿Qui…?!

Ya, para, detente, deja de hablar… me das dolor de cabeza Riddle—, le interrumpió sobándose la frente con una mano.

Pero es que…

—Ya, lo sé, lo sé, escúchame. Es muy importante que me escuches, luego te responderé todo lo que quieras, ahora escúchame

¿Sam está bien?

— ¡Lance!

Perdón, te escucho.

Ah, es precisamente por ella que te llamo ¿Recuerdas, cuando estabas conmigo hace unos meses, el mensaje que me llegó al teléfono?

Por supuesto, era una cosa horrible ¿Cómo podría olvidarlo?

Pues la prensa lo sabe, ya leíste ¿No?

Sí, una de las fotografías que aparece en los artículos es la misma que la de ese mensaje, lo sé, me di cuenta enseguida ¿Qué está pasando Jess?

No lo sé—, la voz le tembló afianzando el teléfono entre sus temblorosas manos—, no tengo ni la más remota idea de qué demonios está sucediendo…

A Jessica le estremeció el siquiera recordar ese mensaje, aquella tarde mientras visitaba a su hermano en Shirlight city se había topado con Lance en el mismo viejo restaurant de siempre, su hermano había insistido en pasar ahí y comprar una grasosa hamburguesa.

Y mientras se tomaban un café en uno de los gabinetes del local el celular de Jessica resonó, un mensaje, uno aterrador, había una fotografía de Sam, estaba fuera de foco pero podía reconocerla de perfil, si, su figura con la piel pálida y el pelo ondeante y marrón, ahí, parada detrás de un escaparate de alguna tienda o algo así… parecía que se acomodaba el pelo detrás de la oreja y fijándose a fondo Jessica y Lance pudieron jurar que Samantha se mordía el labio, como si supiera que alguien la observaba aunque no hubiese nadie visible en realidad y la horripilante frase adjunta, la que en si no parecía alarmante pero ah… se había sentido horrible el leerla.

¿A qué es linda, verdad?

Y por más aterrador aún, esta había aparecido en la primera plana de un periódico británico antes de que toda la tormenta mediática se les viniera encima.

Posteriormente tras el desconcierto inicial, cuando con más calma Jessica y Lance analizaron qué significaba aquel mensaje perturbador llegó otro, uno verdaderamente alarmante.

Y ahí estaba ella, en la fotografía, Sam atada en una cajuela, con dos hombres sosteniéndola por los brazos y uno de ellos le inyectada una especie de líquido blanco, tenía una mordaza en los labios y lo ojos vendados.

La horripilante frase adjunta ¿La quieres devuelta?

Antes de que Jess sufriera un ataque de pánico en el restaurant Lance ya le había llevado hasta su auto dispuesto a ayudar cuando la llamada llegó.

Exigían su rescate, efectivamente como Lance lo había pensado desde el primer perturbador mensaje, estaba secuestrada y exigían por ella una cantidad que era imposible de pagar para Jessica Sammuels.

Lance se encaminó al aeropuerto pisando el acelerador con fuerza ni bien la llamada había terminado, pero debido a las circunstancias, lo frenético en el actuar y el transcurrir del tiempo en aquellos instantes Jessica fue la que tomó el avión con destino a Nueva York porque de haber sido por él, por sí mismo, Lance Riddle habría abordado el avión, habría incluso atravesado el mundo con tal de ponerla a salvo pero no contaba con los medios para hacerlo, en aquel momento no podía, si, la verdad le importaba un huevo que los exámenes finales eran esa misma semana pero Jessica, la Jessica fuerte de siempre se había desmoronado en llanto y le había suplicado porque se quedara ahí, porque las esperara, porque cuidara de su hermano frágil y enfermo, porque no hiciera alguna estupidez por intentar salvar a Sam.

Y aquello había sido alucinante, nunca había visto a Jessica Sammuels tan inconsolable como en aquel segundo y sólo por eso no había renegado.

Lance escúchame, te necesito, necesito que llegues tan rápido como puedas a la dirección que aparece en uno de los artículos

¿A la privada de Weston Hill, a esa mansión monstruosa?

Sí, justo a esa, necesito que me hagas un favor.

Me aferré a la baranda, con el entusiasmo propio de una niña pequeña, y recordé a mis sobrinos, a Isabel, mi hermana; y a Peter, mi cuñado; con expresiones llenas de asombro. Y me estremecí, temblé apretando mi agarre en torno a la barda madera.

El miedo regresaba, volátil, a toda velocidad, barriendo la poca calma y tranquilidad que había logrado construir en las últimas horas. Volvía a verlos como en esa mañana y el horror golpeaba a mi mente con un torrente de imágenes que se estrellaban como el oleaje al fondo del acantilado.

Se me fue el aire, cortando de golpe la poca compostura que aún conservaba y el calor del Sol que se erguía sobre mi cabeza se volvió lejano.

Abrumada clavé la vista en el lecho de rocas que era azotado por las espumosas olas. Necesitaba ahuyentar los pensamientos que me atormentaban, esa serie de imágenes que destrozaban mi cerebro… los cuerpos muertos y desfigurados que se empeñaban en aparecerse. Ahora, permanecían latentes como foquitos titilantes que presentaban en su luz a mis seres queridos atrozmente aniquilados, igual que los seres en la lista de muertos que cargaba sobre mis hombros.

Demasiado…

Respiré hondo, sofocando el grito, el llanto, que nacía en mi garganta. Tenía que mantenerme firme, tenía que ser fuerte, tenía que ser la mujer valiente que Evan Phantomhive había visto y escuchado esa mañana y no la frágil, rota y desquiciada persona que habitaba en mí.

–Es por ellos, por ellos…–, susurré siguiendo con los ojos el vaivén del oleaje, intentando en vano que el terror se fuera, que tuviese esa seguridad de que nada les ocurriría y estarían bien, que yo estaría bien…

Sopesaba mis opciones, como quien saborea el deje amargo de una sentencia de muerte. Eso eran finalmente, entre las opciones a elegir estaba el rendirse y el luchar y tomara cual tomara el resultado seguiría invariable. Moriría de una u otra forma.

Daría medio día, tal vez Sebastián seguiría discutiendo con Evan sobre los detalles de nuestro regreso y lo que pasaría una vez que regresáramos a casa. La verdad no tenía fuerzas para seguir con ello, o para elaborar una serie de mentiras creíbles y fáciles de seguir o recordar así que él se encargaría de eso por lo menos hasta que me sintiera mejor. Así que había decidido salir a pasear y recorrer aquello que me llamara la atención de la isla, unas mini vacaciones dentro de las vacaciones.

Ese barranco era el punto más alto de la isla, y las vistas desde ahí eran impresionantes.

Seguía fascinada por la postal frente a mis ojos, la claridad de las aguas en un tono aguamarina, podías apreciar con toda nitidez el fondo marino con su blanca arena y ese cielo, claro, impío, que a lo lejos se fusionaba con los límites del mar.

Había llegado hasta ahí yo sola, dispuesta a aclarar mi mente, así que volví a emprender mi caminata para regresar por algo de comer.

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Pero treinta minutos después mi brillante idea dejó de ser tan brillante, me detuve jadeando por aire. No podía caminar ni cinco minutos seguidos sin jadear como perro, afiancé mi mano en la baranda intentando recuperar el aliento, quizá era por la altura y porque ir cuesta abajo era muy difícil entre el terreno irregular y lleno de piedras.

Había seguido la baranda de madera como camino de regreso a la parte baja de la isla, mi sentido de la orientación aún me daba con que sobrevivir pero con mi coordinación —aumentada por una resaca— era mejor no arriesgarme a perderme en esa isla.

Retomé la marcha aspirando hondamente, sacando el aire por la nariz, podía ver las precarias construcciones al final de la inclinada montaña, eran chozas amarillentas, conformadas por paja y bambú, tablas de madera lisa y blanca y techos de palma, esa era la dichosa zona comercial y a pesar de su sencilla constitución eran numerosas y la gente se había concentrado ahí, se veían como puntitos de colores por las ropas de los turistas y sus cabezas revestidas con gorras para combatir la luz del Sol.

Me mordí el labio, tenía sed, tenía hambre y mucho, pero mucho calor.

Había dejado de mirar maravillada el cielo azul y el agua cristalina, ahora los miraba molesta, seriamente molesta, molesta con el desgraciado Sol que parecía acercarse y ponerse más caliente con cada segundo que pasaba, con el infeliz aire que había dejado de soplar y ahora estaba húmedo, caliente y era difícil de respirar, molesta con el camino de piedra y tierra que se empeñaba en hacerme tropezar, molesta conmigo misma —sobre todo conmigo misma— por usar sandalias, por no llevar una botella de agua más grande, por no llevar una bendita gorra, por no usar una liga para mi endemoniado cabello que ya se había rizado como un poodle, molesta conmigo misma por ser tan yo.

Tan increíblemente estúpida e irritable.

Suspiré dejando salir todo el aire de mis pulmones, aferrándome a la baranda… ¿Qué hora sería?

Ah ¡Brillante! ¿Qué no sabes de la existencia de algo llamado reloj?

Bufé caminando más aprisa, aún más enojada, afortunadamente el terreno se volvía más suave entre más avanzaba y pronto la sombra de los altos palmeros me resguardó del despiadado sol, la tierra fría, húmeda y lodosa reemplazó a la piedra del camino y perdí de vista los maderos de la barda.

El calor era ridículamente fuerte entre el follaje verde y tupido de aquel escenario selvático, pero me agradaba… era imposible ver tanto verde en la ciudad y aunque iba seguido a la verde Appleton no se comparaba a lo que había en la bendita isla.

No, más allá de las inmaculadas playas de arena blanca te adentrabas por completo en una espesa selva, llena de árboles gigantescos y verdes, cubiertos por lianas y largas y finas enredaderas, el piso lodoso lleno de hojarasca, de verde musgo y plantas que en la vida cotidiana jamás te encontrarías, verde, verde y calurosa.

Tenía un olor completamente distinto a los bosques de pino y arce de la verde Appleton, era distinto, muy distinto, el aire marino cargado y caliente se arremolinaba, era húmedo, espeso pero agradable, extrañamente agradable. Olía a tierra húmeda y madera recién cortada.

Absorta en mi observación del pequeño tramo de selva que atravesé para llegar a la zona comercial no tomé ninguna fotografía, quería esperar a llegar a la playa en aquel lado de la isla, en el folleto decía que en la parte sur de la isla había una formación de coral enorme que sobresalía cuando la marea era baja y se formaban unas posas no muy profundas entre las rocas y los corales como piscinas naturales llenas de coloridos pececillos y otros animalillos marinos, ese era mi objetivo, empaparme en el agua cristalina y tomar fotos como la turista americana y asfixiada que era.

Me reí porque quería reír, me sentía tranquila y podría decirse que hasta feliz… me gustaba este lugar, no lo suficiente como para permanecer más tiempo en él sino que me gustaba para pensar, la selva me gustaba para pensar, la arena blanca era increíble para relajarse, la sensación vertiginosa que me producía la saliente y las rocas afiladas al fondo, era increíble.

Cuando me di cuenta de ello mis pies adoloridos volvieron a pisar un suelo humano, era un serie de tablones de madera que formaban un sendero y sin pensármelo mucho lo seguí, la madera era vieja y seguramente estaba apolillada o infestada de algo porque había maderos rotos y podridos en varias partes del sendero, pero seguía siendo agradable, seguía viéndose como algo natural, como si aquel sendero hubiese sido creado por obra de la naturaleza y no de los aldeanos y lugareños.

Pronto logré ver señalamientos, letreros en madera un tanto rudimentarios pero se leían perfectamente las letras y palabras en inglés, sí, me sentí como toda una turista y con la emoción de una niña seguí los señalamientos.

Algunos minutos después salí de la espesa selva verde y las construcciones de bambú y palma se erguían frente a mí, eran más grandes de cerca y ante la sombra de los altos árboles y cocoteros parecían sacadas de un libro de historia, como si estuviesen ahí desde hace siglos, igual de rudimentarias y frágiles a como las primeras viviendas en la época en que recién los grupos nómadas se volvían sedentarios y formaban pequeñas aldeas.

Pero eran recientes, uno se percataba por los letreros recién pintados y el chocante contraste entre el entorno y las personas que rodeaban el lugar, todos turistas con gorras de visera amplia, shorts, pescadores de manta y mezclilla delgada, las coloridas playeras con sus escandalosos estampados y las enormes gafas de sol.

También por los diversos escaparates llenos de artesanías y relucientes perlas, joyas y piedras de obsidiana, cuarzos y figurillas de porcelana, cerámica e incluso de plata y acero que parecían ser locales, tenían un estilo propio y un tanto burdo pero la gente se formaba para comprarlas.

Resistí el impulso de tomar mi cámara y lanzar flashazos a diestra y siniestra, no, el plan era no sobresalir, mezclarse entre la multitud y ser una turista más.

Había corrido el rumor de que Samantha Carson la perra con suerte de los Funtom vacacionaba en alguna de las islas en ese archipiélago y no pensaba arriesgarme en ser descubierta. No, quería aprovechar al máximo los últimos momentos que me quedaban ahí y ser acosada por un montón de personas no estaba en la lista de pendientes, no.

Recorrí el lugar, caminando con todo el cuidado posible, no quería tropezar y ser aplastada por decenas de pies, la pierna derecha comenzaba a molestarme luego de caminar mucho —secuelas de una fractura múltiple y expuesta, recién curada— y entre lo que mi estatura me permitía ver sin pararme de puntillas no sabía para donde ir así que caminaba con cuidado, un poco despacio, completamente agotada.

Suspiré ajustándome las gafas de sol a la nariz, me ardían los ojos, era ridículo ¿Cuánto habría tomado la noche anterior?

Choqué contra algo, alguien… yo que sé, fui incapaz de recobrar el equilibrio y la pierna me punzaba como si otra vez el hueso se desprendiera de su sitio y atravesase mi piel, una punzada me atravesó la cabeza como si un rayo me partiera en dos y todo me dio vueltas, dejé de sentir el piso bajo mis pies y esperaba caer contra el empedrado del camino…

Chillé, el estómago se removió en mi interior como si agitase una lata de soda y jadeé buscando aire, se me había nublado la vista y percibí vagamente las figuras envueltas en llamativos colores que ahora me rodeaban… creo me había caído contra la piedra y me había golpeado fuertemente la cabeza porque de pronto el aire dejó de ser salado y marino, ahora apestaba a rosas, a colonia, a Sebastián.

Y los sentidos regresaron a mí como un ferrocarril a toda marcha.

Hay no puede ser… ¡Al demonio lo que dije! ¡Al demonio!

Oh no… oh no, levántate ¡Levántate!

Pero mi cuerpo no respondía y las personas que habían formado un círculo alrededor de mí tenían las bocas abiertas formando una O de proporciones imposibles, y vinieron los flashes, los murmullos y los chillidos femeninos, ah sí, sí, no necesitaba ni girar la cabeza para entender a la perfección lo que había pasado.

— ¿Está bien?—, su voz me atravesó, se encajó en la piel de mi nuca como una docena de finas agujas y su suave y cálida piel me sostenía por la cintura, había dejado caer mi torso sobre el suyo y su desquiciante aroma manaba de él aturdiéndome más.

Oh si, Sebastián Michaelis tenía un don para las entradas triunfales y yo tenía un don para esos momentos incómodos ¡Genial!

Yo saqué balbuceos incoherentes en lugar de palabras y mi cuerpo dejó de ser mio, me levantó con delicadeza haciéndome girar sobre mis adoloridos pies, estrechándome contra su pecho envuelto en la camisa blanca y me miró directamente a los ojos.

Hay que decir que Sebastián tenía un talento descomunal para lucir increíblemente bien bajo los deslumbrantes rayos del sol de esa maldita isla, y yo, Samantha, la pobre y estúpida mortal adolorida tenía un talento impresionante para paralizarme ante su mirada carmesí, intensa, preocupada.

Como fuera, ya me imaginaba la imagen en la primera plana y un título ridículo y escandaloso como "¿Acaso no se respira amor?" o una burrada parecida.

Me sonrojé ante la idea, me sonrojé porque las personas a nuestro alrededor no dejaban de soltar exclamaciones y suspiros, me sonrojé porque me estaba quedando sin aire y porque Sebastián apretó mi cuerpo contra el suyo, sujetándome de la cintura y la mano donde se encontraba la marca subió por mi espalda, rozó la piel de mi hombro y acarició mi cuello con lentitud.

¿Estas bien?—, su voz aterciopelada sonó terriblemente sincera, preocupada, como desesperada mientras su mano blanca y cálida se estancaba en mi barbilla.

—Resaca—, articulé aún jadeante y con la voz apagada, descompuesta, me sentía muy cansada, de pronto me sentía terriblemente cansada y el calor no me ayudaba en nada.

Sus ojos se afilaron como si me estuviese regañando y sus labios se curvearon ligeramente en una sonrisa extraña, se burlaba.

Inconscientemente sonreí ¡Ahí estaba el idiota demonio de siempre! Me alegró, me alegró muchísimo que aquel pequeño gesto siguiera ahí y de no ser porque estaba sobria y adolorida lo habría abrazado, le habría besado. Pero se me adelantó, sus labios rozaron los míos, fue algo rápido, suave y cuando reaccioné por completo su mano jalaba de mí.

Seguramente estaba sonrojada hasta las orejas y moví los pies con rapidez, intentando caminar a su mismo ritmo, fue entonces que reparé en una figura…

Fue en un segundo, pero fue suficiente para mí. Entre las decenas de formas humanas que caminaban por la zona, a lo lejos, cosa de unos veinte metros; la vi… mezclándose con la multitud como si no fuese más que una persona entre cientos. Y su cabello ondeaba, mecido por el mismo viento que impactaba contra mi piel, real, completamente real.

Lilian caminaba al otro lado de la calle, de espaldas, en verdad…

No.

Sebastián se detuvo, yo me había quedado plantada en el mismo sitio mientras el aire era incapaz de penetrar en mis pulmones.

Me giré para mirarlo.

No

Su mano apretó la mía, no con fuerza, sino en un movimiento suave y cuidadoso. Llamaba mi atención.

No…

Retrocedí, escapando de su agarre y mirándole mover los labios. No había sonido.

¡No!

Grité, grité lanzándome las manos a la cabeza, no escuchaba mis gritos, no podía escuchar mi voz.

Sebastián me tomó por los hombros, comenzó a sacudirme, veía sus labios moverse, tal vez él también gritaba desesperado porque me calmase pero no podía escucharlo…

No podía, no podía… ¿Por qué no podía?

¡No…no!

Volví a girarme, aturdida, las notas del piano subían su volumen, enloquecidas, en una sonata trillada y vertiginosa, me tapé los oídos pero el sonido acuchillaba mis tímpanos, todo giraba.

No

Y ella me miró de frente con sus ojos obscuros que parecían llamarme.

Lilian.

Estaba ahí, de pie, con su cabello negro cayéndole por los hombros, con su pecho de ave, sus manos pequeñas y su silueta frágil. Y su ropa, seda que bailaba cubriendo sus pechos, la túnica blanca que le hacía ver más muerta que viva.

¡No!

Y se alejaba, su persona se difuminaba entre la gente hasta que no vi más que un manchón blanco que andaba en dirección al sendero de tablones…

– ¡Samantha! –, le escuché gritar a mis espaldas, pero ya era tarde.

No sé cómo, ni de dónde salió la fuerza necesaria para echarme a correr tras la figura de Lilian.

No sé cómo una chica de menos de 50 kilos pudo ser más rápida que un demonio de siglos de antigüedad, no me importa, yo sólo quería verla otra vez, sólo quiero verla una vez más…

Sólo quiero decirlo cuanto la amo, cuanto la amé, sólo quiero pedirle que me perdone… quiero decirle que la extraño, que la quiero ver una vez más…

Corrí, empujando a cada persona frente a mí, corrí más rápido de lo que nunca corrí en la vida, a pesar del dolor en mi pierna, a pesar del calor que ardía sobre mi cuerpo o la visión borrosa a causa de las lágrimas.

Tropecé a la entrada del sendero de tablones, mis manos, heridas por diminutas ramitas; y mis rodillas cubiertas de lodo apenas tuvieron tiempo para recuperarse porque inmediatamente salté poniéndome de pie, recuperando la velocidad e internándome por entre los tupidos matorrales y el suntuoso follaje.

Los rasguños recubrieron la piel de mis brazos, piernas y cara, mi cabeza parecía estar a punto de explotar; pero seguí, seguí como una demente, a tropezones, casi a rastras con el cuerpo completamente molido por el cansancio. Pero yo, yo, yo no hacía más que correr…

Entonces me detuve, como si una fuerza invisible y mucho más poderosa que yo me frenara, jadeé, la miré ahí… al borde del precipicio…

Lilian, mi madre, al borde del barranco…

Me tambaleé, presa del horror, incapaz de apartar la vista de sus ojos, ejercía una atracción poderosa sobre mí.

El azul, turbio, opaco, de sus ojos entornados en mi dirección y extendió los brazos hacía mí.

Su piel blanca, nacarada, cubierta por los retazos de seda blanca, se veía hermosa… era hermosa. Su vestido era precioso, una túnica de gasa y seda, con adornos de perlas y encaje hecho a mano, caía la cola del vestido por el borde del peñasco siendo agitada por la brisa, como si fuese un espectro adherido a su figura.

Una trágica novia…

Me acerqué, con cuidado, temiendo que un movimiento, que incluso mi aliento pudiese empujarla a caer al vacío… no iba a perderla una vez más.

Podía salvarla, podía salvarla, esta vez yo podía salvarla.

Me sonrío.

—¡Samantha!—, la voz de Sebastián retumbó por mi cuerpo, un bramido poderosos, una voz desfigurada… era el demonio el que me hablaba…

Giré un segundo, todo se detuvo de golpe, reaccioné… pero era tarde, demasiado tarde…

Caí.


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¡HOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOLAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA!

Hola gente, como dije, acá Samsi, regresando de... bah, de regresar. Si, a dar mi perorata y si son tan beshos y shulos de leerla pues se los agradezco mucho, les amo gente, mucho.

Pero bien, hablando de hablar porque si y entre nos, la prepa me ha traído de aquí para allá y pues bueno, intenté poner todo mi esfuerzo en la escuela y en uno que otro proyecto personal así que a resumidas cuentas esa es la razón por la que he tardado los milenios en poder terminar el capitulo como Dios manda y actualizar. La cosa de la cosa aquí es que me queda un año antes de entrar a la universidad (esperemos) y pues tengo que esforzarme para mantener la beca y esas cositas así que bueno, en verdad que ah acaparado toda mi atención eueU

Así que tampoco sé bien si vaya a actualizar con regularidad, no tengo fechas de actualización para futuros capítulos pero si puedo decirles que intentaré que nos veamos cada dos semanas de ser posible, esta vez nos leeremos para (tal vez) este fin de semana, haré todo lo que sea posible porque sea así.

Otra cosa acá fue que me quedé trabada por un buen tiempo en este arco, re-hice el capitulo varias veces buscando algo que me gustase y que resultara interesante, espero que sea interesante :DU y que les guste este capitulo, ya saben, cualquier cosa, sugerencia, duda, pregunta, mentada, comentario bienvenido sea ¡Se vive y come de reviews! Por favor, dejen sus reviews.

Tal vez deba comentar también, que, bueno, mi forma de escribir a cambiado mucho desde aquellos ayeres, tal vez se note por ahí en algunos párrafos o líneas porque este capitulo me salió por pedazos y luego de darles el visto bueno los uní y les di una 'coherencia' decente, e trabajado mucho últimamente en mis proyectos personales de llamesmoleslibros y cuentos, pseudos poesías y esas cosas; más que nada porque intento terminar algunas ideas que tengo y ver si en un futuro pudiese publicar algo...

Por ahí, tampoco he andado activa en el blog que tengo y otras cosas por el estilo, pero bueno, intentaré estar por ahí más seguido y subir algunos relatos que he hecho y esas cosas así que pueden buscar el blog por si les interesa y ver qué cosillas hay por ahí (espacio publicitario) le eh cambiado el nombre a la url y al blog y también el diseño, pueden buscarlo como: 'elgatoenmiescritorio . blogspot . mx'

Pero buano, hablando del fic y estas cositas, terminando por fin mi perorata quiero agradecerles muchisimo por leer esto y por todos sus reviews :'D

La historia, ah, digamos, esta la última tragedia que se atravezará (espero, por mi propia seguridad) para consolidar ciertas cosas entre nuestro par de tortolos(?) y bueno, en cuanto este arco de fin ahondaremos más en la histria, si, comenzaremos a atar cabos con otros temas y verle forma esta historia.

Creo que es todo lo que tengo que decir por ahora.

Samsi fuera