Antes de que comiencen a leer tal vez deba aclarar un punto, la cosa aquí es que algunas partes pueden resultar confusas como en algún capitulo anterior a este. La cosa es que esta escrito en dos narrativas diferentes que van intercalándose por todo el capitulo pero al principio no ocurren simultáneamente, así que entre narrativa y narrativa retrocedemos a ciertos momentos narrados en una perspectiva diferente. Y ya, ya, era el único aviso que tenia, espero haberme explicado ^^U

Espero disfruten el capitulo, nos leemos allá abajo(?)

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Capitulo 22.

Ese mayordomo, caída. (parte III)

La sentí aferrarse a mi cuerpo en el vacío, entre el aire, y las decenas de metros que me separaban de la vida fueron engullidas por la gravedad en tan sólo segundos.

Caí al agua.

No estaba asustada, en realidad… en realidad me sentía muy calmada…

Y estrujó mi pecho, se abrió paso por mi cuerpo…

No comprendo cómo es que seguía consciente, podía ver, entre la obscuridad, una figura borrosa envuelta en tinieblas… sé qué era pero… yo…

Yo quería morir…

Quería ir con Lilian…

No, esta no es Lilian… no puede ser Lilian ¿Acaso tu propia madre te mataría…?

No.

Déjame.

¡Suéltame!

Siguió su recorrido, sé que una figura tan informe y sobrehumana como lo que lograba vislumbrar a metros sobre mí era lo que me sostenía. Sé qué era eso, sé bien que no podía ser nada más, aún en la profundidad donde todo era frio y húmedo reconocía el tacto de una garra desfigurada, que se habría camino por mi cuerpo, trazando surcos sanguinolentos sobre mi piel. Lo sé porque la misma pesadilla me invadía con frecuencia, aquella donde se repetía el preciso instante donde sellaba el pacto con Sebastián.

Sin embargo, esta vez, era real.

¡Que estúpida fui al pensar que era Lilian! Había caído redonda como una idiota en la trampa de esta cosa que encajaba sus garras en mi abdomen obligándome a sacar lo poco de aire que mantenía en mis pulmones, el agua se agitó, llevándose en aquellas diminutas burbujas el oxígeno vital… siguió arrastrándome, hundiéndome mucho más, y pronto no pude ver nada en aquella oscuridad absoluta, todo… todo era negro.

Me retorcí entre su agarre en un último intento de liberarme, de que de algún lugar recóndito en mi saliera una fuerza que me impulsase a la superficie como si yo fuese un disparo que bifurcara las aguas, que me llevara hasta Sebastián.

Pero como en intentos anteriores aquello fue por demás inútil. Me estrujó, apretó mi cuerpo como si exprimiese un limón. Era imposible que en aquel entorno el aire llegase a fluctuar de nuevo por mi cuerpo, pero, aquello, el humo que se arremolinó frente a mi cara era tan etéreo como una brisa fresca, sólo que, este aire era un cúmulo de oscuridad que penetró a través de mis labios y se introdujo abruptamente por mi boca, la sentí como algo sólido, reptando por mi garganta…

Di un pequeño salto sobre la cama, giré, me retorcí y abrí los ojos, el pitido agudo del despertador me hizo levantarme, como una máquina, y antes de siquiera desperezarme ya estaba en el baño lavándome la cara.

Me miré un segundo al espejo sobre el lavabo, grandes ojeras reposaban bajo mis ojos, no había dormido nada.

Había tenido una noche llena de pesadillas, sólo que no recordaba ni una y me hallaba tan exhausta…

Recordaba vagamente la sensación de asfixia, como si me ahogara y mi cuerpo agarrotado, molido, dolía como si en lugar de haber dormido en un suave lecho hubiese pasado la noche en el piso rocoso de alguna húmeda caverna, como si hubiesen aporreado mi cuerpo contra la fría roca toda la noche.

Me aferré al lavabo, un latigazo recorría mi espina dorsal, un mareo terrible, dolor.

Las arcadas vinieron abruptas, me convulsioné hasta el retrete, dos insufribles pasos y el vómito cayó por poco a la taza de baño. Creo que estuve diez minutos abrazando la fría porcelana, mientras mi estómago se estrujaba dolorosamente contra mis costillas, y el aire se iba de mi cuerpo con cada violenta exhalación.

Me incorporé temblorosa, con las piernas hechas gelatina y el sabor amargo destrozándome la boca. Creo que incluso me caí al suelo, no sé, en un parpadeo mi mejilla se encontraba contra el mármol blanco del baño.

La cabeza me punzó horriblemente, mis oídos se hallaban presos en una sinfonía de sonidos desconcertante, como los sonidos que produce el movimiento de un objeto bajo el agua.

Me senté en el suelo, apoyando mi espalda desnuda contra la pared, reparé en que mi cuerpo vestía un diminuto camisón de seda rosada, suave y bordado con exquisito encaje blanco. La visión de aquella prenda que se pegaba a mi cuerpo como otra piel disparó un miedo irrazonable en mi interior, una prenda que no me resultó familiar de ninguna forma.

Y sin embargo, tal a como la sensación se presentó, inexplicable, desapareció, en segundos me arranqué el camisón con las uñas destrozando la fina tela. Y desnuda, temblorosa, me paré para introducirme en la tina. Abrí el grifo y sollozando como una completa desquiciada comencé a bañarme, recorrí punta a punta de mi cuerpo con una esponja de mar amarilla y porosa, suave, y el aroma que el agua destilaba me relajó por completo extinguiendo toda mi inseguridad.

Me di un segundo idiota para completar cada curva, cada detalle en mí, anonada por la blancura de mi piel, palpando la piel suave y tersa como pétalos de flor…

Me sentía como una tonta ¿Todo eso por una simple pesadilla estúpida?

Había leído por ahí, no recuerdo hace cuánto, que la mente era poderosa y el miedo lograba distorsionar la realidad del cuerpo, algo de síntomas psicosomáticos… yo que sé…

Creo que estuve en la tina hasta que el agua se tornó helada y alcanzando una toalla de la gaveta del baño comencé a secarme. No sé qué especie de fascinación extraña agarré en aquel momento, como si no hubiese visto nada en mi entorno hasta aquel preciso instante.

El baño era amplío, blanco hasta el más insignificante detalle y la tina de baño parecía hecha de cristales recortados, unidos, no sé cómo describirlo, pero todo brillaba con una luz propia que me dejó aturdida.

Me miré en el espejo frente al lavabo, removiendo las gotitas de agua del vidrio empañado, me miré en ese momento… no lo sé…

Pero aquello que me devolvió la mirada desde aquel espejo parecía todo menos la imagen de mi misma que recordaba, mi memoria se estremeció, mi mente dio un vuelco… no entendía…

Estaba frente a una sílfide, una ninfa divina con largo cabello chocolate y unos ojos claros, indescriptibles, sus ojos me atraparon y me hallé perdida en una mirada que no tenía un color en específico… oscilaba entre el gris, el aguamarina, un azul claro… tan puros… ojos que revelan un ser traslucido, puro. Y su piel, con un ligero brillo nacarado, era pálida, rosácea en puntos, pero blanca, como papel, como cera.

¿Esa era yo…? ¿Esa mujer envuelta en un halo inhumano era yo…?

¿Esos rasgos finos, aquellos pómulos altos, nariz respingada, labios de cereza…?

¿Qué… qué estaba pasando…?

Yo no… yo no… yo no… yo no puedo ser esa… yo soy… y-yo soy Sa…

— ¿Ocurre algo, cariño…?—, dulce, dulce como campanillas.

Escuchar esa voz rompió algo en mí, algo en mi mente se desgarró, un chispazo, una sensación, un dolor gigantesco que cayó sobre mí como una tonelada de rocas, me golpeó, me embistió…

Sólo ver su reflejo en el espejo, a espaldas de la angelical mujer de los ojos claros, bastó para que los ojos se me llenasen de lágrimas. No sé por qué, no comprendo, era una imagen que parecía haber muerto en mi memoria, pero aquella mujer, que me habló con tal dulzura, aquella mujer de cabello negro y ojos de zafiro, me destrozó por completo.

Y la abrasé, me giré como un torbellino, como un relámpago llegué a su ser y estreché su delicado cuerpo entre mis brazos.

— ¿Qué pasa mi vida…?—¸ su voz cargada de preocupación me hizo girar a ver su rostro, limpiándome las lágrimas con sus finos dedos me sonrió y sentí que moría presa de una dicha inconmensurable.

¡Mi madre, mi Lilian!

— ¿Pero por qué lloras mi cielo?—, soltó con su mueca, aquella que siempre ponía al preocuparse por mí.

—Tuve una pesadilla horrenda—, solté hundiendo el rostro en su pecho, embriagándome de aquel aroma que hizo eco en mis adentros…

Lirios y un ligero toque de vainilla…

Fue como un pinchazo en lo profundo de mi cerebro y un torrente de imágenes invadió mi mente; recuerdos. Recuerdos de todo tipo, una yo pequeña y Lilian, me llevaba al parque… me enseñaba a tocar piano, me ayudaba con mis tareas, me contaba historias para dormir…

Y tenía un padre, Demian, un padre brillante y amable, detallista, que me apoyaba y me amaba, me cuidaba, un Demian que se presentó en mi mente enseñándome a andar en bicicleta, felicitándome por mis logros en la escuela y llevándome al baile de graduación…

Tenía una familia…

Ellos eran mi familia, mis padres…

—Nada mamá, sólo fue una pesadilla rara, nada de cuidado—, sollocé sonriendo, sonriendo como nunca en la vida—, no es nada—.

Ella me sonrió, esplendorosa, radiante y comenzó a decir entre canturreos que bajara a desayunar con ella y con papá.

Cuando se fue de la habitación reparé en un montón de detalles que no había notado antes, cientos de fotografías sobrepuestas en una pizarra de corcho colgada en la pared…

El piso de madera chirrió bajo mis pies en cuanto me dirigí haca la cama, todo era exquisito; desde los suelos de roble en donde cada tablón poseía cicatrices propias causadas por el tiempo. Era una casa vieja, tenía un olor particular que sólo una casa que se ha impuesto durante décadas a las inclemencias del tiempo podría tener. Y su apariencia, techos con ricas molduras de madera tallada, el papel tapiz de un verde pálido donde finas enredaderas de color hueso formaban intrincados patrones.

Me tiré sobre la cama, era suave, cómoda, con acolchado verde oliva y sábanas blancas.

Observé el techo sonriendo como una tonta, olvidando por completo mi pesadilla.

Estaba feliz, tan absurdamente feliz…

Se precipitó en su dirección, en cuanto su mirada se perdió a sus espaldas, fue como una onda fría que nació en sus adentros y recorrió su espina dorsal, rápida, dolorosa. Le hizo estremecerse, no como si aquello indicase una amenaza cerca, no, es que se trataba precisamente de ella…

Intentó distraerla, intentó llamar su atención, la perdía… no podía evitar que el magnetismo de aquel espectro la arrastrase consigo. Incluso él mismo, quien se jactaba descaradamente de ser un demonio poderosos, antiguo; se había encontrado perdidamente prendado de la belleza que aquella imagen irradiaba. Incluso en la muerte Lilian Carson era un obstáculo.

Y la había perdido, tal vez el mismo se había encontrado presa del poder que manaba de su espíritu, como meses atrás aquella terrible noche en ese sanatorio. Cuando su señorita le había pedido que diera una vuelta por los alrededores, que buscara rastros de un algo que ni ella conocía y sin embargo Sebastián conocía la peste que todo el lugar cargaba; apestaba a Shinigami, a muerte. Pero había algo en aquel lugar, una presencia desconcertante, algo que había impregnado su poder y que ahora era imparable.

Y atrapado en una ilusión, una que lo llevó años en el pasado, directo a aquella época que recordaba con un sabor amargo. De pronto, presa de un poder innombrable se había encontrado prisionero entre los pasillos de la mansión Phantomhive. Y como si aquello no lograra ser más confuso una figura obscura que conocía a la perfección arremetió contra él, aquello que lo atacaba furiosamente no era otra cosa sino el él de hace 100 años. Un Sebastián ataviado de mayordomo le regresaba los golpes con agilidad, con maestría y el Sebastián de verdad, vestido como un moderno mortal se había hallado muy a su sorpresa en una desventaja que podría resultar mortal.

Frustrado y encolerizado, se había dado cuenta de que la única manera de acabar con aquello era escabullirse de sí mismo. Fue entonces que la marca en su mano palpitó dolorasamente, sabía que Samantha estaba en peligro y la absurda idea de escapar se convirtió en la urgencia de salvar a su contratista.

Oh, y el resto, el encontrarse cara a cara con el particular Shinigami que tanto detestaba. Y entonces, entonces, cuando creía que no era más que una serie de imposibles que sólo le involucraban a él se topó, con que la madre biológica de su señorita no era otra más que Lilian Carson, Ciel.

Y como si aquello no fuera suficiente le había visto morir sin poder hacer nada para impedirlo.

Mierda… ¡Mierda!

Pero haciendo a un lado aquellos molestos recuerdos se enfocó en lo que pasaba. La marca del contrato ardía al rojo vivo, consumiendo en un dolor terrible su mano, su brazo, toda la piel de su cuerpo. Sabía que si no se daba prisa entonces todo se terminaría. Samantha moriría si no lograba alcanzarla a tiempo.

Y no iba a perderla.

Así que haciendo uso de toda su sobrenatural fuerza se internó en la jungla, tras el rastro de su señorita.

Cayendo de lleno en otra ilusión.

Decidí que era tiempo de apresurarme, rodeé en la cama envuelta en mi propia risa. No lo sé, estaba tan feliz que podía carcajearme sin razón alguna.

El vientre me cosquilleaba, me sentía ligera, demasiado. Tenía un ligero picor en mi hombro derecho pero nada me importó en ese momento y dando saltitos me arrimé a la pizarra de corcho. Bajo esta, un pequeño escritorio de metal con libros y cuadernos ordenados. Cosas de la universidad, me dije y entre mis manos sostuve un pequeño calendario con estampados de gatitos.

Revisé distraídamente las casillas con números, cada una tachada con una cruz rojiza, marcaban los días como si yo esperara ansiosamente por algo y al encontrar la casilla del número 15 dentro de un círculo rojo me pregunté por un segundo qué pasaba ese día.

¿Qué día era hoy?

15 de Octubre

Una vocecilla en mi cabeza desgarró mis oídos con aquella información y tambaleándome dejé el calendario en su lugar.

Sentí que el estómago se me revolvía y retrocediendo, con los pies desnudos sobre la duela del piso; me tropecé con algo.

Una prenda, suave, delicada, se deslizó entre mis pies haciendo que cayera.

Lo tomé rápidamente, tan pronto como pude volver a levantarme; y entre mis manos me encontré con un bonito vestido rojo. El color de la prenda perforó mis pupilas, tan brillante; un rojo borgoña que hizo eco en mi cerebro. Las palabras que conformaban el nombre del color rebotaron en mi mente y el picor en mi hombro se convirtió en una sensación de ardor.

El vestido, elegante, me atrevería a decir que sexi; era un trozo de seda, vaporoso, corto. Precioso.

Y sin saber por qué aquella prenda hacía que el corazón me palpitara con fuerza, que el aliento me abandonara y mis rodillas cedieran busqué mi ropa entre los cajones de los muebles al otro lado de la cama.

Algo impaciente me coloqué la ropa interior, el tacto de la tela contra mi piel me ponía de los nervios y entonces recordé lo que había marcado en el calendario…

¡Hoy era el recital de mi madre!

Si, por el cual había pasado semanas ensayando, tocaría el piano en la filarmónica de Bridgeport y Demian había pedido el día libre para poder verla. Yo misma había arreglado y organizado una pequeña fiesta en el salón del teatro para festejar el éxito de Lilian.

Me coloqué el vestido y busqué en el closet unos zapatos de tacón que me agradaran para mi atuendo.

Taconeé hacia el baño y busqué el maquillaje para poder arreglarme.

Mi cabello, ahora seco, caía en preciosas ondas en torno a mi rostro. Lo recogí en una especie de moño que dejaba caer un rizo obscuro por aquí y por allá.

Comencé a maquillarme y al cabo de unos minutos contemplé satisfecha mi imagen en el espejo.

Hermosa.

Me sonreí, le sonreí a la preciosa mujer del espejo y bajé hambrienta, deseosa de ver a mis padres.

Era demasiado tarde cuando se percató de ello. Había cometido un error fatal.

Corría sin una dirección fija, infinitamente, entre kilómetros de espesa selva. Las raíces de los árboles se desprendían de la tierra húmeda y se convertían en espinosas ramas de rosal. Como si tuvieran vida, los tallos se convertían en objetos negros que reptaban en su dirección, como si se tratara de una serpiente venenosa.

Y entre más rápido corría incrementaban su número, su largo, le alcanzaban.

Pronto una letal rama se enroscó en la pierna de Sebastián, las espinas desgarraron el tejido como si cortaran papel y pronto un veneno corrosivo y ardiente invadió su sistema.

Se agachó levemente, vuelto un torbellino de obscuridad, de poder. Con una de sus garras cortó aquella cosa y apenas terminó de destrozarla cuando la cosa se volvió liquida y fluctuó por entre sus dedos como una viscosa baba negra.

Pero, a la velocidad de un parpadeo; un cúmulo de ponzoñosas raíces se precipitó sobre él. Muchas buscando una extremidad donde enroscarse, el resto perforándole el torso como un motón de agujas ensartándose en un alfiletero.

La sangre, en una explosión carmesí le bañó el cuerpo y profirió un alarido digno de una bestia herida.

Intentó escapar, forcejeando contra las venenosas ataduras pero entre más se movía más se apretaban en torno a su cuerpo. Y si lograba romper alguna, una nueva raíz que escurría de veneno salía del suelo y se clavaba en su carne.

Se hundía, su cuerpo se hundía entre un remolino de sustancia obscura, de tierra, de maleza, de materia podrida…

Estaba perdido…

¿Perdido…?

No, no.

El grito que escapó de su garganta, la mano le ardió poderosamente.

Escuchaba la voz de su señorita, desgarrada y débil, como un eco a la distancia. Pero podía escucharla claramente. Ella corría a unos metros de él, clamaba con la voz ronca y destrozada el nombre de Lilian.

Y tan sólo verla, tan sólo mirar su semblante destrozado, la desesperación con la que corría hacía su perdición, el ver sus ojos…

El ver aquellos pozos aguamarina, el perderse una vez más en aquella mirada imposible… el empaparse de su color irrepetible…

¿Acaso no volvería a ver sus ojos otra vez?

El pensamiento ardió en sus adentros, como si de pronto llevara lava en lugar de sangre dentro del cuerpo.

Bramó encolerizado, perdiendo la razón entre su ira burbujeante, destructiva. Vuelto una verdadera bestia, sin ni un solo rastro de su envase humano.

Se levantó entre la ponzoña y podredumbre de aquella ilusión, y; disparado en la dirección de aquellos gritos comenzó a gritar también.

Su nombre brotaba sin parar de entre los malsanos labios, como un bramido, un cantico.

Estaba a centímetros de ella cuando el suelo de tierra se convirtió en roca sólida.

Se detuvo, la brisa traída de los rugidos de las olas. Un viento salado, helado.

Si se movía aunque fuera un poco el peñasco lo engulliría.

Y ahí estaba Samantha, dentro de una especie de trance, mientras su cuerpo se bamboleaba sobre la orilla del barranco.

Y entonces, la miró, lo mismo que su contratista miraba ahogada en un llanto desgarrador.

Lilian vestida de novia…

No entendía la congoja que crecía en mi pecho, la imagen era tan poderosamente destructiva para mis adentros. Como si nada en aquel cuadro fuese real, no estaba bien.

Pero no podía apartar la vista de lo que estaba frente a mí. Era un retrato familiar, colgado de la pared del pasillo principal, cerca de la escalera. Y sin poder detenerme retrocedí. Mi tacón pisó una tabla floja, el sonido de la madera crujiendo atravesó el pasillo.

Mi espalda no alcanzó a toparse con la pared, en su lugar la textura de la tela, de un torso, de una persona a mis espaldas. Un olor masculino que reconocí al instante. Demian me sostuvo por los hombros y sus manos suaves llenaron de calor la piel fría de mis hombros.

—Estas preciosa—, dijo, y su voz estaba cargada de un cariño que también conocía. Conocía ese tono muy bien.

Entonces ¿Por qué sentía como si estuviera mal?

— ¿Qué pasa?—, preguntó.

Negué con la cabeza y le di una última mirada al cuadro en la pared.

Era una fotografía, un enorme retrato familiar donde aparecían Demian y Lilian, con algunos años menos; y yo, la Samantha de trece años vistiendo un lindo vestido blanco. Feliz, una familia.

Me aferré al brazo que Demian me ofreció, me condujo a través del pasillo. Por alguna razón me sentía perdida, desorientada.

Aquel lugar me era tan ajeno, desconcertante.

Sacudí la cabeza, abortando tal pensamiento. Esta era mi casa, el lugar donde crecí, donde había vivido toda mi vida. Aquí, dentro de estos muros de madera, donde estos suelos de roble mis padres me habían criado, me habían engendrado.

Si, así era.

Observaba atentamente las paredes, el mismo papel tapiz verde y surcado de enredaderas recubría todas las paredes. No fue cuestión de mucho tiempo para toparnos con las escaleras. Los tablones crujían levemente ante nuestros pasos y escuchaba a Demian hablar, emocionado, entusiasmado por lo de esta tarde.

Yo respondía en automático, contagiándome de su emoción, como si supiera a la perfección lo que iba a suceder aunque cada una de mis palabras parecía tan extraña en mi mente.

Para cuando me di cuenta atravesábamos la estancia y llegamos al comedor.

Lilian colocaba la mesa, el olor de panqueques recién hechos captó mi atención. Me sonrió, le sonreí, y me senté en la mesa.

¿De qué diablos me estoy preocupando?

Ella cayó, simplemente, cayó.

Y él, él, para él no existió otra cosa más que el anhelo de salvarla.

Y se lanzó tras ella.

Ella se había ido antes que nosotros, mientras que Demian y yo recogíamos la mesa charlábamos sobre los detalles de la fiesta. En algún momento dejé de entender, de escuchar, mi hombro ardía, dolía y por alguna razón me sentía… no sé, aterrada.

Conforme pasaban los minutos, los momentos; aquella angustia parecía crecer en mi interior.

Algo estaba muy mal, pero, simplemente me negaba a creer en que este mundo repleto de dicha fuese algún tipo de error.

Tenía una familia, Lilian estaba bien y Demian estaba a su lado. Estábamos juntos, unidos, como siempre debió ser…

¿Cómo siempre debió ser…?

Yo no… esto no…

¿No…?

¡Qué tontería más grande estás pensando Samantha!

Me reí por lo bajo mientras observaba a Demian dentro del auto, me pedía que subiera con él y sin mucho revuelo me subí en el asiento del copiloto. Aspiré hondo mientras me abrochaba el cinturón de seguridad.

El aroma estaba cargado con ese olor, ese aroma, ese mismo que hacía a mi pecho estrujarse. El perfume de Lilian invadía cada centímetro del vehículo…

Recargué la cabeza contra el cristal de la ventanilla, algo soñolienta, cansada. Veía la ruta a seguir, memorizando cada calle, cada nombre, giro, detalle.

Pasaron menos de quince minutos para llegar al estacionamiento del teatro y aparcamos el auto lo más cerca posible del imponente edificio de la filarmónica. Parecía tan grande, tan ostentoso y viejo.

La imagen del teatro era algo que me pareció de lo más normal, algo que era común, algo que no me aturdía tanto como el hecho de que vería a Lilian en unos minutos.

Todo se hallaba a reventar, era una suerte que tuviésemos boletos desde hace semanas porque las taquillas no se daban abasto. Aferrada al brazo de Demian nos abrimos paso entre la multitud, yo iba a tropezones riéndome como una niñita emocionada, en realidad estaba eufórica pero esa incipiente angustia no me dejaba en paz.

Pero, al cruzar las enormes puertas de la entrada no pude evitar maravillarme con la magnificencia en el interior del edifico. Desde los suelos de mármol negro, lustroso, brillante; y el fino acabado en las columnas que se erguían hasta el abovedado techo. En el vestíbulo principal colgaban hermosas arañas de cristal y pliegues de tela roja, pesada, suntuosa parecían enmarcar las paredes, los paneles de las paredes rodeados por finos patrones dorados. Todo era exquisito y me resultó tan nuevo y aplastante. Me mordí el labio con fuerza, pero no podía sentir nada.

Demian seguía con su cháchara, veía sus labios moverse pero no entendía ni un poco de lo que decía; la angustia crecía dentro de mí y cuando estábamos por entrar a la sala de conciertos vi un algo, a la distancia, algo que llamó mi atención. Era como una mancha entre el remolino de personas conglomeradas dentro del teatro, sin embargo; yo sólo pude notar a esa persona.

Algo poderoso, doloroso; un sentimiento que me hizo temblar. Su cara me era tan ajena y borrosa, pero sus ojos, el color… rojo…

Demian me haló del brazo, lo único que pude entender era que nos apuráramos, que el camino hacia los palcos estaba a nuestra izquierda. Perdí esa mirada entre el mar de personas con un gusto amargo en la boca y a tropezones subí los escalones hacia los palcos.

La iluminación era un asco en el pasillo tras los palcos y más de una vez estuve a punto de irme de cara contra el suelo, estaba por completo desconcertada, veía mi brazo entrelazado con el de Demian pero no sentía ni un ápice de aquel contacto. Cuando el miedo comenzó a florecer en mis entrañas Demian me soltó y me abrió paso para que entrara a nuestro palco.

Su sonrisa irradiaba esa calma, esa paz, y no bastó más que mirarle unos segundos para tranquilizarme. Sus ojos, copia exacta de los míos; me encontré perdida en su mirada… había algo… un alguien…

Confundida clavé la vista a mis pies, anduve tímidamente, vacilante; hasta que mis manos alcanzaron los barandales del palco. Mármol blanco, lustroso; que conformaba la elegante barda, los pilares torcidos. Las manos de Demian rozaron mis hombros, sentí una tibia prenda envolverme, el olor que desprendía no era otro sino el de mi madre.

Sonreí, de nuevo prisionera de esa sensación despiadada mientras me sentaba en una suave poltrona cubierta de terciopelo azul, de ese azul zafiro.

Las luces se extinguieron, me estiré lo más que pude sin moverme de mi sitio, intentando ver algo, el teatro era por completo penumbras y me sentía tan intranquila en medio de aquella obscuridad.

Temblé, aferrándome a los brazos de mí asiento, igual que esa mañana… ese dolor terrible, esa sensación de asfixia, el ahogo, el mareo…

Fue entonces, cuando creí que caería al piso para retorcerme en un ataque de ansiedad cuando una luz al fondo de mi campo de visión captó mi atención. Y el sonido, ah, las notas pululaban en el aire envolviendo la sala en una tonada. Había empezado como un murmullo pero gradualmente el sonido del piano se había vuelto ensordecedor. No podía escuchar nada más.

Me precipité en dirección al sonido, saltando de mi asiento y encaramándome sobre la barda del palco intenté distinguir algo, lo que fuera.

Bajo mis narices estaba el escenario, la luz cálida y amarillenta que salía de los reflectores me cegó por unos segundos, pero no tardé mucho en saber lo que pasaba.

Ahí, bajo mis pies, bajo las luces de los reflectores y cientos de miradas atentas estaba ella.

Lilian.

La miró perderse entre el agua salda, había llegado hasta el fondo, allá en un abismo donde predominaba la obscuridad y nada podía distinguirse.

Tenía el cuerpo agarrotado, debilitado, el veneno le afectaba y sus efectos eran fuertes, terribles. Ni un demonio como él podía resistir la fuerza de aquella sustancia. Le había debilitado al grado de enfrascarlo en aquella envoltura humana y como si fuese humano la marcha en el rescate de su señorita se había convertido en una proeza titánica, irreal.

Se encontró cegado entre la obscuridad finita del fondo marino, guiado únicamente por el poder de la marca del contrato, mientras más dolorosa resultaba más cerca estaba de hallarla.

Pero aquello no era más que una mera trampa. El espíritu enardecido de Lilian Carson lo había llevado hasta ahí y cuando Sebastián creyó haber alcanzado a Samantha se encontró a si mismo envuelto en un remolino de personas. Otra ilusión.

Pero esta ilusión se tambaleaba, no era muy fuerte, pero no por eso dejaba de ser tan peligrosa.

Estaba en medio de un teatro, completamente desconcertado observó la situación.

Ya no estaba bajo aquellas vestimentas cómodas pero agradables que solía usar bajo el servicio de su señorita. No, se miró a si mismo vestido de gala, apropiado para el lugar en donde se encontraba; el saco color hueso, la impoluta camisa blanca y una corbata color vino, pantalones negros y mocasines del mismo color. Llevaba el cabello peinado hacia atrás y sus manos estaban libres, desnudas, manos humanas, no había marca.

Comprendió la inconsistencia en la ilusión y frunció el ceño furioso. En esta ilusión él era humano.

Y sin la guía de la marca jamás iba a encontrarla.

Lilian iba a matarla, iba a matarlos a ambos.

Sonrió amargamente, un teatro era el mejor escenario posible para asesinarles a ambos. Un teatro era el lugar justo, el escenario exacto.

Le había conocido en ese mismo sitio y ahora le mataría en el mismo sitio.

Desesperado buscó entre la multitud, turbando a los entes que simulaban ser personas en aquella pesadilla; empujándoles, abriéndose paso sin precipitarse a correr. Sabía que cualquier movimiento en falso y aquello se vendría abajo.

Entonces algo a la distancia captó su atención, como un destello carmesí; la miró entre la multitud, muy por delante de él, intentando llegar a la entrada de la sala de conciertos.

La imagen lo descolocó por completo. Se quedó inmóvil, enajenado.

Samantha caminaba aferrada al brazo de alguien, no le importó, pero ella estaba tan arrebatadoramente preciosa, tan hermosa; su figura apenas cubierta por aquella prenda, su cabello tal y como era, ondas que caían gráciles y enmarcaban su rostro, su piel nacarada. Era una criatura completamente distinta a la demacrada mujer con la que había convivido los últimos días.

El peso de la ilusión le golpeó con mucha más fuerza en ese momento. Sus ojos, aquellos ojos que siempre le habían resultado desconcertantes, parecían tan… felices…

—Creí que nunca llegarías—, su voz resonó a sus espaldas.

Se giró poseído por la rabia y fulminó a aquella figura con la mirada.

— ¿Qué es esto Ciel, por qué lo haces?— masculló Sebastián envuelto en cólera.

Ciel Phantomhive, el mismo niño de doce años que recordaba, el mismo de hace tantos años le miró a los ojos. Sus orbes de zafiro destilaban un odio incontenible por la imagen de Sebastián.

— ¿Por qué precisamente ella Sebastián?— atacó el niño con la voz desfigurada, rota—. ¿Acaso no había más personas miserables en el mundo? ¿Por qué ella Sebastián?—.

Sebastián le dedicó una mirada fría mientras aquel cuerpo se transfiguraba a la figura de Lilian.

La mujer le miró con los ojos llorosos y los labios apretados. En otra circunstancia la figura de Lilian habría bastado para hacerle sufrir, sin embargo Sebastián no podía sentir otra cosa por ella que no fuera odio.

—Sabes que jamás fue mi intención el volver a verte—, murmuro el demonio y Lilian miró el suelo, lo sabía.

— ¿Por qué mi hija Sebastián? ¿Por qué precisamente mi hija?—, su voz fue un quejido apenas entendible.

—Sólo pasó Lilian, yo no nunca supe que se trataba de tu hija hasta que…

— ¡¿Crees que soy estúpida, demonio?! ¡Mi preciosa hija, mi querida hija!

Sebastián la contempló por un instante, Lilian se hallaba tan destrozada, tan rota pero tan trastornada por la ira.

— ¡La engañaste! ¡Tú le hiciste esto!— le acusó descargando su ira mediante sus gritos.

Los entes en la ilusión pararon su marcha, la multitud los rodeó, atenta, alerta; cada rostro desfigurándose hasta extinguirse.

— ¡La engañaste para poder vengarte! Atrapaste a mi hija en esto, la hiciste caer en tus trucos sólo porque es mi hija… ¡Tú… tú maldito demonio!

El golpe arremetió contra la mejilla del demonio, estruendoso, doloroso. La marca rojiza de una fina manó se dibujó en su mejilla.

La expresión carente de emoción de Sebastián sólo consiguió enfurecer aún más a Lilian.

—No—, habló el demonio, su voz no era nada, tan fría, tan indiferente—, ella me invocó, ella me llamó, ella pactó conmigo y yo no pienso en ella más que como mi cena. Samantha Carson me vendió su alma, es mía, ella me pertenece—, el demonio le sonrió a la encolerizada mujer, una mueca torcida, cruel.

Lilian dejó su furia de lado para caer en una desdicha inconmensurable y su cuerpo tambaleó, retrocedió, temblaba negando con la cabeza. Las lágrimas nublaron su mirada azulada.

El teatro se quedó sin luz en ese instante, el demonio lo sintió en ese momento, la marca palpitó en su mano, le indicaba la dirección; la pesadilla que Lilian había construido se deshacía. En otras palabras, o ella estaba débil o Samantha moría, él moría.

Se le agotaba el tiempo…

Dio media vuelta, ignorando a la mujer y se dispuso a correr en dirección a Samantha, pero de pronto la multitud decidió acorralarlo, ahora eran moles de roca, pálidas estatuas con vida que bloqueaban su camino.

Le asestó un golpe al que tenía de frente, la mole de piedra se deshizo entre sus manos volviéndose un charco de sangre obscura. Varios más se volvieron liquido sin siquiera tocarlos. Sebastián sonrió intentando abrirse paso, un solo roce bastaba para pulverizarlos y obedeciendo a la marca del contrato se internó en la sal de conciertos.

Error.

Los reflectores se encendieron, el escenario cobró vida y Lilian, envuelta en aquella aura espectral comenzó a tocar el piano.

El dolor que surcó los sentidos de Sebastián era innombrable, los sonidos se volvieron estridentes, doloroso, aberrantes. Lo acordes de la melodía parecían cuchillas y cada nota se incrustaba en su mente con una fuerza inaudita.

Se dobló cayendo al suelo, llevándose las manos a la cabeza en un intento desesperado porque parase. El dolor crudo, punzante, no podía moverse, estaba paralizado.

Cerró los ojos con fuerza intentando enfocarse en lo que fuera, en algo lo suficientemente fuerte como para aplastar el dolor.

¿Y qué fue lo que vio cuando cerró los ojos?

A ella, su señorita retorciéndose entre una masa negra e informe, su figura demacrada, la Samantha real que forcejeaba por liberarse entre el agua, entre la Lilian desfigurada y demoniaca que le arrastraba, que se empeñaba en ahogarla.

Estiró los dedos en su dirección y rozó la piel de su señorita por un instante antes que la ilusión volviera a tragárselo.

Cuando volvió al tormento del teatro una nueva horda de estatuas le habían rodeado, observó a las repugnantes cosas fluctuar como ríos sangrientos bajo sus pies y luego erguirse como bestias sin rostro.

Se levantó del suelo ensangrentado de un salto, no pudo evitar rememorar aquella vez en que atrapado y sin remedio alguno en el pequeño teatro de ese barco se había divertido destazando sin escrúpulos a un montón de bestias humanas que estabas más muertas que vivas.

Habría sido igual de divertido destrozar a la tropa de estatuas blancas si aquello no fuera una mera ilusión y su señorita no corriera tal peligro.

Destrozaba el cabeza de una de esas cosas, trepado en una butaca; cuando un grito desgarró la melodía demencial.

A unos metros sobre él, en un palco, vio a Samantha, la preciosa encarnación de su señorita que se encontraba prisionera por una de esas cosas. Sabía que el dolor de aquella tonada infernal estaba desgarrándola por dentro. Sofoco un grito con su nombre esquivando a dos moles blancas que intentaban alcanzarle.

Busco con la mirada la manera de subir a los palcos y cuando logró vislumbrar la escalera en aquella penumbra ya había un cúmulo de aquellos monstruos dispuestos obstaculizando su camino.

Sonrió abiertamente, como el demonio que era, aunque no se lo propusiera aquello era muy divertido.

Se lanzó contra las moles de piedra sin pensárselo ni un segundo.

Una dolorosa punzada recorrió mi cuerpo, me aferré al chal que cubría mis hombros, una sensación vertiginosa se apoderó de mí y me tambaleé, retrocediendo.

No podía mirarla, su imagen, su música, sus ojos clavados en mi dirección…

La voz de Demian brotó irreconocible a mis espaldas y tropecé, pero aquello que me sostuvo, aquel ser que impidió mi caída no era el rostro que me había guiado hasta ahí. Grité horrorizada, sintiendo como todo en mi mente se rompía, esto era demasiado.

Vi una mano blanca, no pálida, literalmente blanca, no sé qué era y no quisiera averiguarlo, pero la mano se aferró a mi antebrazo con una fuerza, me hacía daño, su rose quemaba. Todo mi cuerpo ardía.

Giré para encontrarme con un rostro que no existía, un ente blanco, increíblemente blanco, no había boca ni ojos, no había nada humano en aquella figura más allá de su forma, la ligera impresión de una silueta humana.

Forcejeé mientras aquella cosa, con sus manos heladas, con sus miembros rígidos se apretaba en torno a mí. Como si fuese una mole de roca, no pude liberarme, no pude hacer nada, me quedé ahí, ensimismada en mi ansiedad, en el horror mientras aquella cosa me encarcelaba contra la poltrona de terciopelo azul y con su inmunda mano me obligaba a mirar en dirección a Lilian.

Apreté los ojos con fuerza invadida por las sensaciones confusas y desagradables dentro de mí.

Resonó en mi mente, como un grito lejano, algo tan oculto en mi cabeza que apenas y lo entendí.

Cúbrete los oídos, no escuches, no escuches ¡No escuches!

Intentaba, con una desesperación animal el mover mis manos y cubrir mis oídos pero ante el más leve movimiento la cosa se apretaba aún más, me estrechaba llevándome al borde de la asfixia.

Cuando creí que me estrecharía hasta matarme la tensión se rompió a mí alrededor. Vi los trozos de aquella cosa caer y retorcerse bajo mis pies, apenas y logré recuperar el aliento cuando algo cubrió mis oídos y solté un grito que desgarró mi garganta.

Los trozos blancos de materia se volvieron rojizos, se volvieron sangre y empaparon los dedos de mis pies, todo mi cuerpo.

Me revolví intentando zafarme, estaba fuera de mí, pero quien fuera que me sujetaba me hizo levantarme, me aferró entre sus brazos y me arrastró consigo mientras yo pataleaba y berreaba vuelta una loca.

¡¿Pero qué…?!

Mi cuerpo ardía, dolía, la piel en mi hombro se sentía como si le hubiesen prendido fuego. Toda yo me sentía envuelta en fuego.

Miré hacía los brazos que me sostenían suplicando por ser liberada, por salir de esta locura; su aroma caló profundamente en mi cabeza, conocía aquella esencia mejor de lo que me conocía a mí misma. Una punzada se estancó en mi cabeza, el dolor partió mi mente en pedazos, mi pecho se estrujó dolorosamente, mi estómago dio un vuelco, la realidad me golpeó como si un camión acabara de arrollarme.

Todo esto estaba mal… ¿Qué rayos era todo esto?

Las imágenes regresaron a mi cerebro en un torrente infinito, vertiginoso, todo esto era tan falso, tan irreal y tortuoso.

Me aferré a los brazos del demonio. No podía ser otro sino Sebastián y me deshice en un llanto abrumador.

Enterré la cabeza en su pecho, mis manos se aferraron a su cuello y deseé con todas mis fuerzas el morir en ese mismo instante.

Todo era mentira…

—No pienses estupideces en este momento—, su voz atravesó mis oídos y lentamente me colocó en el piso.

Le miré aturdida, destrozada.

—Esto no es real—, murmuré sin poder evitar deshacerme entre lágrimas.

—No es real, nada aquí es real

Sus brazos me envolvieron nuevamente, me aferré a su calor, a su cuerpo, necesitaba consuelo, un refugio.

—Míreme—, pidió entre susurros y sus manos desnudas se enterraron en mis hombros.

Levanté el rostro lentamente sin poder calamar mis sollozos, boqueando incontrolablemente por poder calmarme.

—Estoy aquí, sólo míreme—, suplicó mientras sus manos atrapaban mi rostro, acariciaban mis mejillas, sus pulgares limpiaron delicadamente mis lágrimas y le observé.

Pese a lo que mal que me sentía no pude evitar sonrojarme como un imbécil. Este no era el momento ni el lugar pero era Sebastián a quien tenía enfrente y todo carecía de coherencia cuando se trataba de él.

Sus ojos carmesí parecían arder, no era furia… era… ¿Qué era...?

Era la misma clase de mirada que un lobo le dedica a su indefensa presa antes de caerle encima y devorarla.

Me sonrió levemente y como una tonta aparte los ojos de él, intentando escudarme bajo la cortina de cabellos que cubrían mi frente. Había recordado la indecorosa prenda que me cubría y mi cara ardió de la vergüenza.

¡Concéntrate Samantha!

Lo encaré nuevamente dispuesta a preguntar qué pasaba pero me encontré con su rostro desencajado, desfigurado.

Sus labios se abrieron en un grito que jamás salió de sus adentros y la calidez de su sangre me empapó el rostro.

Caí al suelo bruscamente observando con horror la imagen frente a mí.

Algo parecido a un gran trozo de cristal sobresalía del pecho de Sebastián, justo donde se supone se encuentra el corazón.

La burbuja de angustia que permanecía en mi reventó en ese instante y me quedé sin aliento, sin nada.

El chal se escurrió de mis hombros y observé a Sebastián cayendo al suelo, inmóvil.

Me apresuré en su dirección, aferrando entre mis brazos a Sebastián, pasando mis manos por su rostro, por la herida en su pecho. Su mirada carmesí, apagada, encontró la mía.

¿Qué rayos iba a hacer ahora…?

¿Por qué…?

No, no, no, no ¡No, no, no!

Cálmate…

¡E-él va…!

Concéntrate…

Yo no… y-yo…

E-esto no es real… no es real…

No puede ser real… ¡No puede…!

—Suéltalo—, su voz, como campanillas.

Me negué a levantar la vista incapaz de dejar de mirar a los ojos de Sebastián, el rojo vibrante se opacaba, se volvía turbio.

—Esto no es real—, gemí apretando el rostro de Sebastián entre mis manos.

—Ven conmigo, vuelve conmigo mi cielo—, la voz de Lilian hizo eco, rebotó entre las paredes de este teatro de pesadilla.

Negué con la cabeza mientras las lágrimas volvían a inundar mis ojos. Aquello dolía como el infierno.

—Esto puede ser real si vienes conmigo.. ¡To lo que siempre quisiste, todo lo que amas…!

— ¡No!—, grité mirando furiosa la imagen de Lilian, la maldita imagen que siempre evocaba en casa cuando sentí que moriría por perderla.

Me miró ofuscada, confundida.

Sus ojos azules desgarraban mi alma, me consumían.

— ¡Estas muerta…! ¡Yo te vi morir, moriste en mis brazos y yo viví... seguí con vida! ¡Seguí viviendo a pesar de perderte! Sobreviví sin ti… ¡C-como siempre lo he hecho desde que nací…!—, mis palabras destrozaron mi pecho, sentí que un poco de mi moría ante cada sílaba.

Y era cierto, nunca había necesitado de Lilian para ser feliz, en mi infantil ignorancia yo era dichosa… me había atrevido a ser feliz incluso luego de conocerla, incluso cuando la preocupación por ella me destruía por dentro.

Su imagen tembló frente a mis ojos cayendo de rodillas y mirándome abnegada en llanto.

No soportaba verla de esa forma, su pena era tan absoluta, tan grande…

—No sabes lo que dices—, susurro lastimeramente, su mano intentó alcanzarme y me aparté— ¡Tú eres mi hi…!

— ¡NO!—, mi grito retumbó por todo el lugar, estridente, mi voz se había vuelto en un estruendo parecido al sonido de un trueno.

Lilian se quedó helada en su sitio y su mano cayó inerte a su costado.

—Tú no eres mi madre, nunca fuiste mi madre… tú no me criaste, tú no me viste crecer… ¡No eres nada para mí!— mi mentira la hizo pedazos, mi voz era tan fría, tan increíble pero ella se había tragado cada palabra.

El nudo en mi garganta no me dejó respirar, estaba ahogándome, ya no podía… ya no…

No soy tu hija, no soy nada de ti, no eres nada mio más allá de la mujer que me abandonó. Soy Samantha Carson y tú estás muerta, yo estoy viva y quiero vivir hasta que este maldito demonio al que le he vendido mi alma acabe conmigo cuando complete mi meta. Y no hay más, y eso es lo que quiero ser, lo único que quiero hacer.

Su imagen terminó por hacerse pedazos delante de mí, como si toda ella estuviese hecha de cristal y sus pedazos, diminutos trozos brillantes se esparcieron como polvo alrededor de mí.

Me aferré a Sebastián sintiendo como si yo misma me partiera en pedazos y vi al demonio deshacerse entre mis brazos.

Todo dejó de existir…

Sebastián sintió el golpe, algo que se habría paso a sus espaldas y acabó con todo aquello que tenía por delante, algo salió de su pecho y entonces perdió el sentido de todo aquello que ocurría.

Vio a su señorita una última vez antes de abandonar la ilusión, ella lloraba. Lloraba por él.

Fue en un parpadeo en como volvió a la realidad, observó el cuerpo inerte de su pequeña dama flotando a centímetros delante de él, sus ojos entreabiertos habían perdido todo rastro de vida y su sangre tintaba el agua circundante a ella, moría.

La alcanzó rápidamente, sostuvo con delicadeza su cuerpo frágil y lánguido.

La tomó de la cintura mientras la marca palpitaba débilmente, el tiempo se había agotado.

Se llevó la muñeca derecha a los labios y perforó con los dientes su propia piel. El sabor metálico de su sangre avivó la marca, el hombro de su contratista adquirió un brillo propio.

Y la besó.

Desperté con la mirada de Sebastián a centímetros de mí. La tos me hizo doblarme hasta que mi pecho se topó con mis rodillas y comencé a toser, el pecho me ardía, mis costillas golpeteaban mis órganos con violencia. Me retorcí intentando volver a respirar y cuando por fin el aire penetró en mis pulmones me tumbé rendida en la arena húmeda debajo de mí.

Jadeé, gemí de dolor. Y pestañeé hasta que los ojos dejaron de escocerme.

Nuevamente al abrirlos lo primero que vi fueron los ojos de Sebastián, su mirada derrochaba alivio.

Yo sin embargo sentí como mi pecho se encogía dolorosamente.

Lo miré por unos momentos antes de estallar en llanto y me lancé a sus brazos, enredé las manos en su cuello y pegué mi frente contra su piel fría.

Lloraba como una niñita desconsolada, le abracé tan fuerte que de haber sido otra persona le habría hecho daño.

Nunca había estado tan feliz de verle.

Sin siquiera pensarlo cuando mi llanto cesó busqué sus labios, le besé y me aferré a ese contacto como si la vida se me fuera en ello.

Él se había quedado estático debajo de mí pero no tardó en corresponder a mi efusividad de la misma forma desesperada en que yo lo hacía. Pronto era él quien marcaba el ritmo del beso, parecía hambriento, incontrolable y me tumbó en la arena con las manos enterradas en mi cabello húmedo. Su lengua invadió cada rincón de mi boca y me pegó contra su cuerpo, su piel húmeda parecía arder. Yo misma sentía mi piel arder.

Cuando creí que iba derretirme se separó de mí, apenas lo suficiente como para romper el contacto.

Su frente se unió a la mía y miré sus ojos, su mirada vuelta fuego, una mirada que ardía en una sensación que hacía que todo mi cuerpo se prendiera en llamas.

Jadeé intentando recuperar el aliento, olvidando por completo donde estaba y lo que acababa de ocurrir. Sólo estábamos los dos, ahí, tumbados sobre la arena húmeda mientras atardecía.

—Bienvenida de vuelta al mundo de los vivos, señorita.

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¡Hola de vuelta gente de fanfiction!

Antes de derrochar miel quiero saludar a una personita especial a la que le dedico este capitulo (espero y no me mates, maten) Mon, mujer mi vida y de mi kokoro espero disfrute de este capitulo. Y si no ya podrá agarrarme a guamazos cuando quiera

Pero bueno, y no, no, NO, no abandoné el fic ni nada de eso a pesar de los eones sin haber actualizado esta historia. No voy a abandonarla de ninguna forma así que dejen esas caras largas y disfruten de esto ¡Hay mucho más de esta historia por delante! Mucho más Sebastián llamemosleseñoritodificil y Sam lalocatsundere para que nos riamos, suframos(?) y lloremos cono nenazas.

Eh, no sé qué decir con respecto al capitulo, es... uhh... uno de esos capítulos extraños a los que ni yo les hallo forma al principio pero creo que el resultado es bueno, no sé si he llegado a explicarme con todo dentro del capitulo pero espero alguien lo entienda D':

En otras cuestiones tengo ciertas dudas con mi manera de escribir en estos últimos tiempos, no lo sé, siento que ha cambiado mucho... no lo sé, si me dieran su opinión respecto al estilo de escritura y la narrativa les agradecería infinitamente

Si bien todo anda bien por acá en mi cajita nos leeríamos pronto, la siguiente semana en un nuevo capitulo que prometo será muy divertido para despegarnos estas cosas raras en el último, últimos arcos; así que la semana que viene nos vemos con un nuevo capitulo y nuevo arco de esta historia.

Si dejan un bello y sensual review prometo ser una buena autora que actualiza continuamente(?)

XD Nah, Samsi ama su malda'(?)

Nos leemos luego gentecita!