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Si pudieras ver la bestia en que me has convertido.
He logrado contenerla, pero ahora la has dejado correr en libertad.
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Gritando en la obscuridad,
aúllo cuando estamos separados.
Quiero deslizar mis dientes a través de tu pecho, probar tu corazón palpitante.
Howl – Florence and the Machine*.
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Me sorprendió, que ni siquiera, a pesar de todo; aquella melancolía se hiciera presente.
Me di un momento para respirar, mientras la impresora seguía con su concierto de sonidos irritantes. Tenía que cambiar esa porquería, Jessica me lo había dicho, pero no le había dado importancia, después de todo ella era la que solía imprimir estas cosas en su oficina…
Volví a girar el bolígrafo entre mis dedos, como si aquella se convirtiera en una nueva y desquiciante manía. Lo sé, si algún especialista me observara por algunos minutos se daría cuenta de que no estaba para nada bien.
Y ese era un punto terrible a ojos de un psicoanalista, mi bienestar me importaba un rábano.
La impresora se estremeció sobre la polvosa superficie del mueble donde estaba y no soporté ni un segundo el ver la película de polvo siendo turbada por aquel movimiento. Puse más hojas en el alimentador de la impresora y quité las impresiones frescas, procurando que por ningún motivo se me ocurriera el leer aunque fuera una sola letra en aquellas páginas.
Con cuidado las conté, las acomodé sobre la mesa del escritorio y volví a girar la bonita pluma fuente entre mis dedos.
562 páginas… seis meses de trabajo, toda la investigación de los asesinatos…
¿Qué rayos iba a hacer con todo eso…?
El infernal aparato emitió un pitido y refunfuñé por lo bajo, se había quedado sin tinta…
Saqué las pocas hojas que había logrado imprimir en los últimos minutos y volví a contarlas, me faltaban al menos dos docenas de hojas para que estuviesen completas. Para que pudiera dar por terminada aquella monstruosidad épica.
Volví a acomodar las hojas sobre el escritorio y me arrojé sobre el pequeño sofá del estudio, sintiendo un terrible nudo en el estómago y apenas consciente de cómo es que seguía ahí, sin derramar ni una sola lágrima.
Me aferré entonces, al último borrador corregido que me había llegado. Un engargolado con el diseño que se mandaría a imprenta, con una bonita pasta plástica de color vino. Y la perfecta portada que por fin había llegado a la editorial; una fotografía preciosa en blanco y negro de un jardín que parecía sacado de un cuento… con adoquines de piedra formando patrones circulares, y por entre los espacios de la piedra se colaban las hierbas tiernas, salvajes, había arbustos, rosales, lilas, que estaban fuera de foco siendo la antesala de una pequeña edificación con preciosas columnas jónicas recubiertas de hiedra que dibujaban un circulo sobre el césped brillante y perlado de rocío, coronadas por una cúpula de cristales tintados, opacos que parecía consumida por el tiempo… el bosquejo de un lago que brillaba en un monocromático crepúsculo, las sombras de una casa, de diminutas personas borrosas… y el elemento central de la fotografía de portada, el único elemento que poseía color, un charco carmesí en el centro del pequeño patio de adoquines…
Era quizá la portada más preciosa que hubiese visto desde hace años…
Ni siquiera me había atrevido a pasar de aquella portada, atontada por el nombre al pie de la página… los finos trazos, el estilo delicado, refinado… la letra de Claude Faustus… él había tomado la fotografía…
Repasé con los dedos, como sumida en un trance terrible; los contornos de las columnas, las estrías, los giros que daba la fina hiedra mientras pretendía ahogar al mármol que compone las columnas…
Estaban anexas a la página de la portada, dos pequeñas instantáneas, las fotos origínales; aferradas a la hoja por un clip grande, de plástico, azul… de ese azul que hacía que mi pecho se estrujara y me tambaleara del horror… como la pluma fuente que Evan me dio…
Tomé las pequeñas instantáneas, más pequeñas que mi permiso de conducir y las observé nuevamente, con más detenimiento...
La primera, una versión más pequeña de la foto en la portada, a blanco y negro y en lugar del charco escarlata apenas se veía una silueta, un punto más claro y luminoso en la fotografía; y la segunda, su versión a color donde corroboraba que aquella mancha grotesca no era más que un charco de agua… ah… y los colores de la fotografía, era preciosa… arrebatadora… tomada en el momento exacto en el que el horizonte se teñía de purpura, de salmón y aguamarina, la eterna escena crepuscular.
Tenía algo escrito a los pies de la foto, los finos trazos en color rojo, sabía que era la letra de Claude Faustus, porque ya me había acostumbrado a sus garabatos en las correcciones de los borradores y aunque era una letra limpia y elegante me fastidiaba que fuera tan curveada, tan correcta.
Era peor que los trazos en cursiva de Sebastián, porque era mucho más nítida, más grande y espaciosa, era el tipo de letra que un sabelotodo posee; como la mía…
Di un largo suspiro, guardándome las fotos en el bolsillo del pantalón y atreviéndome a darle vuelta a la página, era quizá la mejor estructura que había visto en uno de mis libros, la letra tenía el tamaño correcto, la fuente era elegante, formal pero distinta, no podía creer que eso fuera mi libro pues parecía tener una simetría extraña, como si las letras, las líneas dieran sutiles giros y formasen un patrón, una figura. Todo era perfecto… era el libro más maravilloso y estético que había visto en mucho tiempo…
El desgraciado de Claude había trabajado en esto, lo sabía bien, había visto un par de libros en los últimos meses los cuales estaban bajo su supervisión y si, el jodido hacía unos trabajos increíbles…
Y por un momento me pareció estúpido pensar que uno de los mejores editores del planeta tuviese algo que ver en toda mi desgracia… pero así era…
No había nadie más que encajase en el rompecabezas…
Y sin embargo seguía sin comprender plenamente qué tenía que ver en todo esto…
No tenía pruebas más allá de mis propias conjeturas.
— ¿Señorita…?—, escuché a Sebastián, al otro lado de la puerta del estudio y me encogí en mi sitio sintiendo un hormigueo terrible recorrerme la piel.
—Pasa—, murmuré mirando el techo, sin mirar realmente…
Sin importar cómo es que esto me hacía sentir, ya no podía dar marcha atrás. Esa opción no existía.
— ¿Ya se han ido?—, balbuceé apretando con fuerza el engargolado entre mis brazos.
Sólo entonces me atreví a mirarlo directamente a los ojos desde que había comprendido esa otra cosa, porque había algo que me ponía aún más loca que la aberración que acababa de comprender y esa, sin duda alguna era el silencio y Sebastián se hallaba tan callado como una tumba.
— ¿Se han ido?—, repetí y él asintió sin siquiera apartar su mirada carmesí, furiosa, del engargolado entre mis brazos.
—Sus familiares ya tienen estadía en él un buen hotel en la ciudad, mientras que su amigo ha ido con el señor Wiesse al aeropuerto por su maleta extraviada—, dijo, serio y propio como la primera vez que lo vi, siendo el demonio con disfraz de mayordomo, antes de que el silencio volviera.
— ¿Planea seguir con eso…?—, susurró aniquilando el silencio que había reinado por varios minutos, entre dientes, con esa voz de ultratumba que antiguamente me hacía temblar como gelatina, ante la cual cada célula de mi cuerpo estallaba en pánico… mi instinto, ese instinto primitivo que reside en todas las criaturas animales, incluso en los seres humanos, el instinto de supervivencia; que me imploraba por huir del ser ante mi… oh, esa bendita voz no emitió ni el más débil de los sonidos.
— ¿Qué es exactamente la marca en mi espalda, demonio?—, solté, sin poder aguantarlo ni un segundo más, incorporándome del sofá y encarándolo, plantándome frente a él con una voluntad impropia… ese tipo de arranques de valor que podrían hacer que mi cabeza rodara por los suelos…
Lo sabía…—No es el momento de hacer esas preguntas—, sostuvo, con su mirada virulenta, inhumana; tan emotivo como un bloque de hielo.
—Ah…—, suspiré frunciendo el entrecejo, no sabía bien qué estaba sintiendo en ese momento pero no era para nada agradable—; es mi cuerpo y mi alma la que se jugó ayer, no la tuya… ni nada tuyo, fue mi vida ¡Así que merezco res…!
—No—, sofocó mis replicas con sequedad, encajando sus dedos finos, desnudos; en mis hombros, apretando con fuerza, hiriéndome—, ¿Su alma, dice? ¿Su cuerpo, dice...? Ah, señorita… ¿Crees que nada mio pudo haberse perdido ayer…?
Y aunque supe plenamente que en aquel momento, la muerte estaba arañándome, que sin duda alguna jamás había visto tan furioso al demonio frente a mí, que si cometía un solo error más con mi boca imprudente todo se iría al diablo no temí, no sentí nada de miedo.
Lo sabía… ¡Lo sabía!
Morir era a lo que menos le temía…
Porque mi propia muerte no me importaba ni un poco…—Parece que no lo entiende del todo señorita…—, susurró con los ojos turbios, ahogados en esa emoción incomprensible para mi ¿Ira…? ¿Tristeza…? ¿Qué rayos era…?
— ¿Que no entiendo qué, Sebastián? Ayer, ella, un muerto… un espíritu ¡Un… no sé qué rayos era! E intentó matarme, era ella ¡Ella! Ella… y ella… ella quiso matarme… —, sollocé con la voz distorsionada ante la desesperación, la confusión—... me mató ¿Cierto?—, chillé con un sonido tan lastimero como el de un animal diminuto, indefenso.
Y no pude evitar sacudirme, por completo descompuesta, rota. Porque toda la serie de imposibles que intentaba comprender, que habían llegado a mi vida desde que lo conocí seguían chocando bruscamente contra todo lo que yo creía, lo que sabía. Y yo era tan ignorante y estúpida al respecto de todo ese tipo de cosas…
Lo miré sin poder siquiera respirar, mientras sus manos cedían, se rendían, y su agarre en mis hombros se volvió inexistente.
No dijo ni una sola palabra.
¡Lo sabía…!
— ¡No soy estúpida Sebastián!—, grité sin poder contener ni un segundo más la borboteante ira que consumía mis adentros, como veneno, veneno caliente, ardiente…—, no entiendo nada esto… ¿Cómo fue que, una chica de mi tamaño, con mi peso, con un escuálido y débil cuerpo tan demacrado y herido pudo sobrevivir a esa caída? ¿Cómo es eso posible? Lo supe, incluso antes de caer, que si terminaba en el fondo de ese abismo estaría muerta ¡Lo sabía! ¡¿Por qué clase de idiota me tomas?!
Para entonces gritaba, tan fuerte, tan desesperada... no entendía… ¿Cómo era que de pronto lucía mejor a como estaba ayer en la mañana, cómo es que ya no me veía tan demacrada, tan… tan…? ¿Cómo…?
Entonces todo pasó muy rápido, en menos de un parpadeo, con esa velocidad suya me tenía contra la pared. Me había arrojado con fuerza justo al otro extremo de la habitación, acorralándome en el hueco que había entre un archivero de metal y una estantería de madera, con una fuerza tal, una brusquedad que mi cabeza azotó de lleno contra el muro, el aire huyó despavorido de mi cuerpo y me quedé tiesa mientras los libros de la estantería caían por la fuerza del impacto. Y sus manos, a cada lado de mi cabeza se habían enterrado entre el yeso y el ladrillo, desprendiendo pedazos de pintura, descascarando la pared.
Ese era mi fin…— ¡Fue necesario!—, bramó en un grito ensordecedor, animal—, ¿Crees que no había nada mio, que nada mio iba a perderse? ¡Por favor Samantha…!—, continuó, arrastrando las palabras, escupiéndolas por sus labios finos, asomando las afiladas puntas de los colmillos blancos, perlados— ¡Si, si Samantha! ¿Crees que una débil y desnutrida humana podía sobrevivir a la gravedad de esas heridas? ¡Por supuesto que no Samantha! Ibas a morir…
No pude apartar la mirada de sus ojos, afilados, demoniacos… sus irises adquirieron un color, uno mucho más allá del violeta usual cuando se ponía colérico, no, este era un color como ningún otro, un color que no existía, uno imposible... uno que no era parte de este mundo, que debatía toda lógica posible. El color propio de los ojos de un demonio en toda regla. Ese, donde sus pupilas se volvían informes, comenzaban a rasgarse, bailaban entre las formas posibles e imposibles…
Ah, y el aire, el aire se había vuelto tan denso, tan espeso, estaba ahogándome… aquella masa negra que fluctúa envolviéndome, iba a matarme…
— ¿Y por qué no morí?—, alcancé a decir mientras sentía que iba a desmayarme.
Pareció reaccionar, controlándose en ese momento, retrocediendo en aquel ataque violento, demente.
—No debes morir—, y sus manos, mortalmente frías, rozaron mis mejillas, apresaron mi rostro—, no puedo dejarte morir…
—¿Tan terrible es quedarte sin cenar…?—, no supe ni de dónde salieron esas palabras, porque en ese momento el dolor que me consumía no poseía nombre, ni forma… no podía ser real…
Porque él, porque yo, no eran más que engaños y mentiras.
Lo sabía.
— ¿Por qué, eh? ¿Tanto te importa el mantener tu reputación como un hijo de puta que lo consigue todo? ¡Y qué si moría!—, solté entre dientes, perdida ante las sensaciones que me embargaban, aquella marejada turbia, corrosiva naciendo en mi pecho, engulléndome— ¿Acaso mi miseria te resulta reconfortante... mi desesperación es tan deliciosa…?
Eres humana, eres humana Samantha ¡Y él no…! ¡ÉL NO LO ES, RECUERDALO!
— ¡No entiendes nada Samantha, nada en absoluto!—, volvió a arremeter contra mí, deslizando sus dedos afilados por mi garganta, bajando de nueva cuenta a mis maltrechos hombros. Sólo entonces pude notar las heridas frescas, abiertas; la sangre que brotaba empapando mi blusa…
— ¿Qué debo entender entonces? Ya lo entendí todo Sebastián, que soy comida, eso lo sé muy bien, desde el principio. Que te gusta hacer esto, te gusta verte encantador, te gusta aprovecharte de las situaciones, de cada maldito momento que se presenta ¡Vienes sólo a jugar conmigo, y te vas, y te apartas y después empieza de nuevo!
— ¡Por favor Samantha! ¡¿Quién hace eso si no tú?!—, rugió mientras el bosquejo de la temible figura demoniaca surgía entre su cuerpo marmóreo; esta vez encajando sus manos, como garras informes, en mis brazos, arrastrando las largas uñas negras a mis hombros, destrozando todo a su paso. Volviendo polvo mis clavículas, perforando la piel y la sangre brotó entre finos hilos carmesí…
Iba a destrozarme…
Gemí ante el dolor, como si fuese la acción de un actor, algo que hice sólo porque debía de hacerse, no porque fuera real. Porque no era eso lo que me doblaba del dolor… no…
Fue como volver en el tiempo, horas atrás, sumida en la terrible pesadilla, verme al borde de la nada, de la perdición absoluta, mientras la apariencia atractiva y melancólica del demonio se disolvía y daba paso a ese cúmulo de obscuridad que amenazaba con destruirme como si yo fuera un insecto. Horas atrás, cuando en mi mente los cadáveres danzaban y adoptaban formas conocidas, familiares, cuando me di cuenta de en qué consistía realmente mi terrible suerte.
Mi verdadera maldición...
Se apretó contra mi cuerpo, siendo menos humano, menos Sebastián, envuelto en una obscuridad infinita, exhalando más de aquella materia espesa, de esa ira líquida.
No sé cómo es que mi cabeza no había reventado ante la presión, la falta de aire respirable…
—Eres una experta en eso—, bramó, con esa voz terrible, inhumana—, vienes corriendo, lloriqueando como una niña patética que no puede afrontar las consecuencias, la gravedad de sus actos; te cuelgas, trepas y vienes a mi… vienes a mí con toda tu crueldad, con todo tu turbio encanto, tu manía de no sentir nada ¡Vienes a mi implorando fuerza, implorando venganza y te lo llevas todo! Te lo llevas todo, lo arrebatas todo, lo consumes todo… ¿Crees que nada mio iba a perderse cuando saltaste a tu muerte? —, emitió una risa, una risa amarga, horrible— ¿Qué clase de persona cuerda entrega absolutamente todo por nada? No sé si eres realmente estúpida, si algo no funciona bien dentro de tu cabeza ¡¿Cómo es que alguien puede saltar tan gustoso a su propia muerte?! Cómo es que, alguien como tú, tan frágil y efímera no puede valorar su existencia ¡Te arrojas por barrancos, te conviertes en el flanco de una motosierra, en una agonizante criatura a mitad del bosque, en un ermitaño que morirá de inanición!
Te da tan poco vivir o no, te importa tan poco el respirar o no ¡Te pretendes la heroína cuando eres más débil que una hormiga! ¡¿Crees que nada mio iba a perderse?! Llevo perdiéndote desde que te conozco ¡Y eres el todo, Samantha, el todo!—, cuando sus gritos cesaron, cuando terminó de sacudirme entre su ataque de ira me quedé helada, como un cadáver.
No sabía exactamente cómo reaccionar, cómo sentirme al respecto.
Sé que antes de ayer, ese discurso habría mandado toda la determinación, la ira que moraba en mí, lo habría mandado todo al diablo. Porque ese era el último imposible que secretamente había aguardado desde la primera vez en que sus ojos terribles y seductores habían llegado a mi mundo.
¿Por qué…?
Porque mientras moría había visto lo que en verdad añoraba, el verdadero deseo que gritaba mi alma, y tan pronto lo había obtenido había perecido, yo misma lo había destruido…
Pero no podía admitirlo, había acabado con el espectro de mi madre en base a este terrible sentimiento, porque aunque había muerto al perderla sé que eso no era nada en comparación. Esto era peor que morir…
Porque ayer lo que me había logrado traer de vuelta eran mis estúpidos sentimientos por Sebastián y no la culpa vaga, el deseo de salvar a aquel por el cual lo había dado todo.
—Suéltame—, musite, siendo engullida por el vacío, por la confusión dentro de mí.
Y nada pasó, dejé de mirarle clavando los ojos en el piso, diminutas gotitas carmesí empapaban el piso enmoquetado de azul rey.
— ¿No ves que estas lastimándome…? —, alcancé a decir sin entender a qué me refería, no me importó.
Y me soltó, me tambaleé un momento, me había levantado del suelo hasta llevarme a su altura, para que sus terribles ojos consumieran los míos. Así que en cuanto me soltó caí torpemente, estrellándome contra la pobre estantería de madera que amenazó con venirse abajo cuando mi cuerpo la impactó, llené de sangre el mueble, y sólo entonces miré mi entorno un segundo, me observé a mí misma percatándome de que la sangre en mis manos no era mía.
Sebastián se había apartado entonces, volviendo a ser él mismo, tan estupefacto como yo.
Retrocedió hasta dar con la impresora dejando un sendero escarlata bajo sus pies.
La vista me provocó nauseas, recordando las terribles escenas mientras la mano de Sebastián, su mano ensangrentada tumbaba la pila de documentos sobre el escritorio, regando en aquel charco sangriento las fotografías de los cadáveres mutilados.
Me atravesó una dolorosa punzada, partiendo en dos mi cerebro, naciendo desde mi nuca. Creí que había sido el golpe que momentos antes el demonio me dio al arrojarme contra el muro, pero al ver la expresión desfigurada del demonio aferrándose al borde del escritorio me tragué mi dolor y como una idiota, la imbécil que era, fui hasta él mientras todo en mi volvía a cambiar de dirección, como un cardumen de peces ante una amenaza.
El mismo horror indescriptible al verle herido se apoderó de mí, evocando la imagen de su cuerpo inerte entre mis brazos dentro de aquella monstruosa pesadilla.
Me moví con torpeza, aturdida, adolorida y mis manos entonces fueron las que apresaron su rostro pálido. Todo me pareció una mala broma y no pude parar la risa histérica que brotó de mis labios.
El demonio me fulminó con la mirada, pero no opuso resistencia cuando comencé a buscar la fuente de sangre en él, me mordí los labios reprimiendo otra carcajada mientras lentamente la adrenalina me abandonaba y el dolor de mis heridas comenzaba a invadirme.
No supe qué me sorprendió más cuando lo vi, si fue el estado de su mano derecha** que lucía horrorosa, quemada, como si hubiese metido la mano entre los carbones ardientes de la chimenea del primer piso; terriblemente consumida por un fuego inexistente, dejando la carne pálida ahora negra, chamuscada, en puntos al rojo vivo y en otros puntos exponiendo el hueso brillante y blanco. Lo único legible entre aquel trozo de carne desfigurada que era su mano derecha era la marca aún prendida en ese brillo purpureo; el pentagrama seguía ahí, intacto y nítido a pesar de que toda su mano estaba destrozada.
Me forcé a mí misma a no vomitar, me mordí los labios con fuerza reprimiendo el grito que amenazaba con destruir mis cuerdas vocales. Sospeché que algo similar sucedía con mi hombro y aunque el dolor penetrante en esa zona lo confirmaba no me atreví a mirar.
Sin embargo no paró ahí, el horror siguió, mientras giraba con cuidado su brazo para terminar de evaluar la terrible quemadura algo captó mi atención; el lugar de donde la sangre brotaba, brillante, fresca y ardiente… la enredadera que reptaba desde su muñeca magullada hasta su antebrazo, ahora una serie de trazos rojizos, como diminutos cortes recién hechos.
Sin embargo, el dibujo continuaba mucho más allá de su brazo, el torrente de sangre venía desde su pecho, a la altura de su corazón…
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Le miró, abstraída, ensimismada en aquella labor infructífera, pero sabía el porqué de su señorita, que no era para nada tonta; para que hiciera tal cosa. Buscaba no sentirse inútil ante la serie de sucesos que los envolvían, así como él mismo se había sentido en aquellos tortuosos instantes. No había podido llegar a ella a tiempo y ahora las consecuencias se mostraban frente a él sin piedad alguna. Era cruel.
Mientras los ojos, fríos, vacíos de la mujer frente a él no se atrevían a mirarle, sus manos viajaban, con una delicadeza y cuidado impropio, una atención que un ser como él no se merecía. Pero ahí estaba ella, limpiando con una gasa húmeda los restos de sangre e inmundicia en su mano destrozada, por más habilidosa que fuera su contratista no tenía mucho conocimiento en cómo proceder a tratar una quemadura de tal magnitud, pero no le importó, por una vez quería verla callada e inmutable, concentrada y abstraída del mundo. Sabía que ella meditaba por todo lo acontecido minutos atrás, sabía que ese dialogo terrible era el centro de los pensamientos de Samantha Carson y aunque no sabía realmente cómo lo había tomado, debido a su usual carencia de expresión; en definitiva aún no podía catalogarlo como algo bueno o malo, independientemente de las consecuencias que sus palabras trajeran a esta extraña situación.
La miró, con el pulso firme y sin vacilaciones untar una pomada para quemaduras por toda la extensión de su mano marchita. No pudo evitar sonreír divertido, su señorita podía ser una genio en otras cuestiones pero si él fuese un ser humano común y corriente las deplorables atenciones lo habrían llevado a la tumba. Ella le vendó la mano con cuidado, sin apretar demasiado los vendajes y permitiendo la movilidad de aquella extremidad carcomida. Le agradeció en silencio mientras ella respiraba hondo limpiándose el menjunje pegajoso de las manos, observó sus labios realizar aquel gesto maniático, se mordió con fuerza el labio inferior arrastrando un resto apenas perceptible de brillo labial. El demonio volvió a sonreír levemente moviendo con lentitud los dedos de su mano derecha.
—Quítate la camisa—, pidió ella con seriedad segundos antes de caer en cuenta de lo mal que había sonado esa petición.
Sebastián enarcó una ceja sin perder la oportunidad de avergonzarla pero a diferencia de la reacción habitual en su señorita todo lo que recibió fue una mirada gélida, resentida.
—Anda, quítate la camisa, necesito limpiarte—, susurró ella, apartando la mirada, concentrándose en abrir un paquete de gasas nuevo.
—Sólo tengo una mano buena ahora—, dijo, entre una broma, pretendiendo sonrojarla.
Pero eso no pasó, ella le miró, con sus ojos indescifrables, se levantó del sofá del estudio que ahora estaba lleno de envolturas plásticas y gasas húmedas, y se plantó frente a él mordiéndose el labio inferior con fuerza.
Con sus pequeñas manos comenzó a desabrocharle uno a uno los botones de la maltrecha camisa gris que llevaba puesta y cuando terminó de hacerlo le deslizó la camisa por los hombros hasta descubrir por completo su pecho.
La observó soltar un leve gruñido y olvidándose por completo de las gasas que acababa de sacar del botiquín tomó un frasco de vidrio lleno de bolitas de algodón, tomó una y la pasó por el pequeño cuenco con una mezcla de antiséptico, alcohol y agua oxigenada y comenzó a pasar el trozo de algodón por los dibujos sanguinolentos que atravesaban todo su pecho.
Se encontró absorto observándola, mientras ella limpiaba con cuidado cada pequeño trazo sangrante, examinando con detenimiento y asombro el patrón perfecto y retorcido de enredaderas que reptaban desde la marca del contrato.
A diferencia de la marca elegante, estilizada que era la noche anterior en esta ocasión eran una serie de trazos violentos y sin aparente sentido que seguían conectados como las ramas de un árbol agonizante, envolviendo su brazo.
Sabía lo que había ocurrido, pero eso no le quitaba lo inusual al acontecimiento.
Había estado a punto de matarla minutos atrás y aunque la marca del contrato suponía ser lo suficientemente fuerte para impedir su arrebato, aquella cosa que había salido en los cuerpos de ambos pasado aquel accidente había complicado del todo las cosas.
Para empezar, ahora pensándolo bien, con los ánimos fríos; no había tenido razón alguna para enojarse con ella y Samantha tampoco había tenido motivo alguno —aparente—, para comenzar a gritar como loca. Era esa cosa, esa maldita cosa que le había salido en el antebrazo.
De alguna manera loca y estúpida aquella cosa le había puesto tan furioso, tan terriblemente descontrolado. Pensó con detenimiento en todo lo que había pasado en el día y lo único que encontró fuera de contexto a diferencia de días anteriores, había sido la reacción de aquella cosa cuando alguien más se acercaba a su señorita. Eso lo comprendía en cierta medida, como el sentimiento de pertenencia y posesión que implicaba la marca de los contratos entre demonios y humanos, pero aquella cosa… oh, aquella cosa llevaba todo a extremos opuestos de un segundo a otro.
Era mucho más complicado…
— ¿También piensas en eso?—, susurró ella mientras tomaba un algodón limpio del frasco de vidrio y volvía empaparlo en aquella mezcla.
La miró curioso, con cierto asombro y sonrió levemente, no como el gesto burlón de siempre sino como una leve mueca, una tanto molesto, porque aunque él no tenía ni la menor idea de lo que esa mujer pensaba ella siempre acertaba cuando se trataba de él.
—…—, la miró abrir la boca para hablar pero ningún sonido escapó de entre sus labios, sus miradas se habían encontrado y la de ella parecía sumida en una desesperación sin límites—, ¿Eso que nos atacó… era…ella…?
El demonio se quedó quieto en su sitio, bajo un manto de terrible y corrosivo silencio, sabía exactamente la respuesta pero hasta para él era difícil. Era ella, había sido ella…
Asintió con expresión seria y la amargura inundó su mirada carmesí, al igual que la de su señorita. Ella pasó saliva como si tuviese algo atorado en la garganta y volvió a cambiar el algodón lleno de sangre oscura por uno limpio.
— ¿Algo así como un fantasma...?—, dijo Samantha sin poder evitar el tintar la palabra con su típica ironía, su escepticismo; Sebastián volvió a asentir… en realidad no había palabra más adecuada que esa—, ¿Y su motivo era… alejarme de ti, verdad?
Sebastián volvió a asentir mientras una fina arruga surcaba su frente.
—Lilian Carson—, dijo escuetamente como si el nombre no vibrara dentro de su ser podrido— consolidó su existencia en base al deseo de protegerte, no había ningún otro motivo que la mantuviera con vida e incluso más allá de la muerte su alma seguiría moviéndose ante el único anhelo de mantenerte a salvo—, recitó intentando sonar suave, como si sus palabras cargadas de dolor fueran un bálsamo lleno de consuelo para evitar el que su señorita se cayera a pedazos una vez más—. Lo cierto es que una vez en la muerte estos espíritus son incapaces de discernir entre lo bueno y lo malo…
— ¿Y son capaces de reconocer a otros seres como tú, cierto?—, completó ella de pronto recobrando la emoción entre su voz fría, muerta.
El demonio le sonrió levemente a la chica postrada frente a él.
—Se convierten en seres sobrenaturales al negarse a ser recogidos por los shinigamis, y eso sucede cuando las almas se corrompen si sus deseos en vida no son satisfechos del todo—, dijo el demonio apresando entonces la mano pálida de su señorita.
Ella ni se inmutó ante el toque, relajándose por completo y dejando caer el algodón mojado sobre la piel del demonio.
— ¿Cómo en las películas, los fantasmas son personas con "asuntos pendientes"?—, interrogó llena de aquella curiosidad infantil que no le había visto desde aquella noche que se sentía lejana, cuando sin vacilación alguna aquella pequeña mujer le había dejado saber todo de ella.
—Algo así, pero sólo ocurre cuando la persona fallecida sobrepasa los estándares "normales"—, la miró fruncir el ceño en una mueca por completo confundida—, si, el trabajo de un shinigami consiste en recolectar las almas de los difuntos; para esto el shinigami vigila a la persona antes de que su hora de morir llegue, la sigue de cerca y son ellos, los dioses de la muerte, quienes se encargan de enjuiciar la vida humana, deciden si la persona en verdad debe morir en base a sus actos, en su vida. Usan las guadañas de la muerte para extirpar lo más precioso dentro de las almas humanas.
Los recuerdos.
Dentro de los recuerdos de la vida de la persona es que pueden decidir si prolongar o no la existencia del individuo. Si en dado caso, en muy pocas ocasiones; la vida de la persona a la que enjuician tendrá una magnitud importante sobre la historia o la existencia de la humanidad la dejan vivir y que cumpla el objetivo que se le otorgó.
— ¡¿Entonces no son como los de Death Note***?!—, chilló ella por completo alterada y se mordió el labio haciendo un puchero de proporciones increíbles.
Sebastián la miró perplejo por unos segundos antes de siquiera comprender lo que ella había dicho. Entonces negó con la cabeza incapaz de contener una sonora carcajada.
—No comprendo su referencia—, dijo el demonio y su contratista se echó a reír como niña.
—Ya, ya, entiendo, tú sigue
—Lo que pasó con Lilian Carson fue algo parecido, sólo que sin el mismo resultado positivo…—, la miró sentarse entonces, derechita sobre un paquete de plástico en el sillón del estudio—, Lilian Carson no poseía un alma que simplemente fuera a transcender como las otras, ni siquiera una que merecía la piedad de los dioses de la muerte. Su alma poseía un potencial incluso más destructivo que ese, sus deseos se habían visto turbados por la propia naturaleza de Lilian Carson, su alma había sido corrompida mucho antes de siquiera morir
— ¿Por su enfermedad, verdad?
El demonio asintió resintiendo una sensación extraña donde se supone estaría su marchito corazón.
—Sus padecimientos lograron alterar lo más valioso dentro de las almas humanas, sus recuerdos se vieron distorsionados por la fragilidad de su mente atormentada por la locura, la llevó incluso a distorsionar la verdadera intención de sus deseos. Al morir se negó a ser llevada, su alma envuelta en el caos decidió seguirte, aferrarse a ti como su ancla a este mundo. Y tu alma…—, se quedó callado de pronto presintiendo que estaba hablando de más, pero entonces aquella cosa en su antebrazo comenzó a volverse molesta, le obligó a hablar—, algunas veces los difuntos que se aferran tan fuertemente a los vivos buscan encausar la muerte de sus seres queridos. Creen que es la única manera de estar con ellos, los arrastran a la muerte con la creencia de que es lo correcto. Y Lilian Carson fue un caso como esos, buscó a toda costa el poder llevarte consigo, creyendo que era la única forma de protegerte, tal y como ella deseaba; sin importar que eso implicara tu muerte. Supongo que al verme a mí, un demonio; vinculado contigo, su hija; la ira de su espíritu la convirtió en eso… un ser lo suficientemente fuerte y despiadado como para hacer lo que hizo, como para…
—Mostrarme todo eso, comprendo—, Samantha asintió agachando la cabeza, provocando que aquella monstruosa cosa en el antebrazo del demonio palpitara dolorosamente—, entonces comprendo ahora la función de esto—, murmuró llevándose la mano izquierda sobre su hombro derecho, ahí donde el pentagrama reposaba— ¿Es como tu firma, cierto?—, preguntó sin dudarlo, con firmeza, tal vez incluso con la voz bailando cerca del horror.
—Si, en palabras simples es como una firma; sólo que no sólo está en tu piel… sino… en tu alma, es lo que me vincula a ti y marca tu alma como mi propiedad si algún otro demonio llegase a acercarse a ti. La marca impide que algún otro ente sobrenatural intente apoderarse de ti, ya que, al momento de formar el contrato una fracción de mi esencia como demonio se imprime dentro de ti creando esta marca, esta "firma", lo mismo que ocurre contigo, parte de tu esencia reside en mí, en la marca—, alzó la mano herida frente a ella—, al estar vinculados de esta forma el espíritu de Lilian Carson me tachó como una amenaza, debido a la naturaleza de nuestra unión—. La última palabra salió brusca, seca, e hizo eco en las paredes del estudio antes de que un nuevo silencio los abrazara sin clemencia alguna.
—Entonces… de alguna forma eso la enfureció mucho más, supongo que no es distinto entonces… si la desesperación dentro de mi pudo invocarte entonces la suya pudo otorgarle más... poder…—, dijo Samantha luego de varios minutos, llevándose un dedo a los labios y comenzando a sumirse nuevamente en aquel estado de sopor.
—Sí, a resumidas cuentas podemos decir que eso pasó ayer…
Samantha volvió arrugar la nariz, molesta y confundida, para nada satisfecha con aquella información.
Sebastián decidió que habían sido suficientes palabras para un solo día y levantándose del sofá del estudio comenzó a recoger los instrumentos de primeros auxilios desparramados por toda la habitación.
Cuando terminó y ella siguió inmóvil en su sitio sin siquiera inmutarse por la blusa empapada en sangre que aún llevaba puesta, suspiró resignado, guardando todo en la caja metálica que era el botiquín y volviendo en dirección a su señorita con rapidez. Le puso el botiquín sobre las manos y antes de que ella protestara la cargó en brazos tal y como lo había hecho cuando la conoció, cuando la salvó de morir desangrada en el bosque y machacada y ahogada horas atrás.
Ella enrojeció al momento, olvidando toda la furia y crueldad que había desplantado frente a él en los últimos instantes.
— ¡Vas a lastimarte más!—, soltó entre pequeños grititos de pánico al sentirse lejos del suelo.
Sebastián sonrió, con ese gesto suyo que arrebataba suspiros y aferró su agarré en torno al cuerpo liviano y frágil de su contratista.
—Debo darle un baño señorita ¿Qué va a hacer cuando su amigo regrese y la vea cubierta de sangre?—, canturreo triunfante mientras ella desistía de retorcerse entre sus brazos como un gusano.
—Es todo tu culpa, demonio imbécil—, chilló mirando hacia otro lado con las mejillas encendidas en un tono rosado—, y no puedes cargarme así ahora… ¡Tu mano esta…!—, balbuceó entonces, conteniendo un grito ahogado cuando el demonio la levantó en el aire con la mano "sana", colocándose a su señorita sobre un hombro.
Igual a que si cargara un costal de papas.
Ella gritó, en un chillido agudo e incomprensible mientras evitaba que el botiquín se resbalara de entre sus manos, comenzando a patalear y estremeciéndose con el temor tonto de caer al piso.
—No va a empeorar mi mano, está bien—, dijo el demonio sin detenerse ni un momento pese a los gritos de su contratista—, y después hablaremos de quién tienen la culpa en esto—, soltó entre un murmullo bajo, pretendiendo ser severo.
Ella jadeó en respuesta y desistió de patalear.
Sebastián la llevó hasta el baño de la que era su habitación, sabiendo que la mujer sobre su espalda realizaba aquel gesto que le hacía sentir como un demente.
Abrió la puerta de su habitación, que era la más alejada del estudio y la biblioteca y a su vez la más cercana a las escaleras del recibidor. Samantha estaba quieta, tan quieta que daba miedo, y por un momento una sensación extraña nació en el demonio, proveniente de la marca en su antebrazo. Pero al sentir su respiración, su corazón palpitante contra él la sensación se esfumó, fugaz y terrible.
La tendió sobre la cama un momento, y ella seguía sonrojada en su punto máximo, con la cara ardiente y enrojecida. La miró apretar el acolchado oscuro entre sus dedos pálidos y supo al instante en qué pensaba ella sin ningún problema.
Sonrió de lado, se dirigió al baño y comenzó a preparar todo para asear a su señorita. Se detuvo un momento mientras el agua caliente salía del grifo para llenar la bañera… ¿Hace cuánto que no hacía eso...?
— ¿Estas bien?—, la escuchó decir a sus espaldas, intranquila, genuinamente preocupada.
Y aunque la marca se agitó en respuesta, como si la voz de su señorita fuese un coro celestial, dentro de si el demonio ardió en rabia.
—Perfectamente, jo…—, se interrumpió abruptamente sabiendo lo que decía y sabiendo también que era por completo un error, se masajeó levemente las sienes y cerró el agua caliente con un dejo amargo en la boca.
Samantha Carson no tenía nada que ver con Ciel Phantomhive, ni con Lilianne, era una persona completamente distinta…
Se giró para verla, reteniendo un nuevo impulso incluso más agresivo que el que se había apoderado de él al verla sonreír por la obra de Claude Faustus. Ella estaba ahí, parada bajo el marco de la puerta y parecía tan delicada, tan frágil de aquella forma, como si de un segundo a otro su existencia fuese a desaparecer por completo del mundo. Estaba ahí, desnuda, incluso más desnuda que la primera vez, porque ahora la conocía en todos los aspectos y pese a todo, estaba ahí; no como el cuerpo ausente y vacío de los últimos meses, si no como ella misma… completa, viva…
Ella vaciló un momento, aferrándose entonces a sus brazos delgados, su piel tan blanca como el mármol; intentando cubrir su torso, sus pechos, su desnudes. Y eso no funcionó en lo más mínimo, la observó de pies a cabeza, mientras el vapor del agua caliente volvía el entorno más denso, pesado; era como la Samantha en la ilusión, se hallaba perfectamente, con todo su fatal encanto brillando frente a él. Estaba sana, en una pieza y no había rastro alguno de la agresión sobre sus brazos, sus hombros, el pentagrama estaba ahí intacto sobre su hombro ligeramente más rosado que el resto de su piel tierna y fragante. Pero estaba bien, intacta, sin ni uno sólo de los múltiples hematomas del día anterior.
Como si nada le hubiese pasado.
Incluso luciendo más saludable, más encantadora que de costumbre; no mortalmente delgada como en días anteriores, si no saludable, esbelta y estilizada como un ser mucho más allá de lo humano. Era perfecta…
Y no supo ni cómo ni cuándo, pero ya estaba ante ella por completo desarmado, destrozado y anhelante de devorar por completo su carne tierna, sus labios rosados.
Ella tembló ante su cercanía, sin saber a ciencia cierta lo que estaba haciendo o lo que estaba pasando.
Sólo supo que, cuando el demonio la mantuvo cautiva entre el muro frío de mosaicos grises y su cuerpo a medio desnudar ya no iba a haber marcha atrás. Aceptó la rendición sin replica alguna, el sumergirse en su completa perdición.
Fue ella la que buscó el contacto, fue ella la que, como una bestia hambrienta; buscó la unión entre sus labios y los labios del demonio, aferrando su cuerpo contra él, dejándose llevar por completo por la marejada de emociones, de sensaciones que aquella monstruosidad despertaba en ambos.
Sebastián la sostuvo entonces, mientras ella enredaba sus delicadas piernas entorno a la cintura masculina. Extasiado ante el roce, el sabor de su piel pálida, el sentir su cuerpo tibio por completo a su merced.
La miró como hacía meses no la veía, como hacía noches que no la reconocía, como el único objeto que le devolvía la vida a su existencia carente y vacía. Deseándola como no había deseado nada desde hace siglos.
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Volví mi atención a lo que estaba haciendo, intentando que la sangre no volviera acumularse en mis mejillas y me delatara. Quería mantener alejado el tema de mi mente el mayor tiempo posible o sino todo lo demás regresaría y me engulliría viva.
Sin importar lo que había pasado, ni lo que pasaría a partir de ahora no podía dejarme vencer ante nada, no podía arrepentirme de nada aun cuando dentro de mi todo estaba viniéndose abajo.
Arrojé un insulto entre dientes cuando por andar distraída terminé haciéndome un corte en el dedo índice con el cuchillo.
Bufé y me llevé el dedo a los labios intentando parar la inevitable hemorragia, dejando abandonado el cuchillo sobre la tabla de picar.
Sebastián acudió inmediatamente, lo sé porque pude sentir su aliento contra mi oído antes de que, con sus movimientos rápidos y elegantes tomara mi dedo para examinar la herida.
—Es una cortada mínima, señorita—, susurró contra mi oído, burlón.
Volví a gruñir apartando lo más pronto posible de él, antes de que el cosquilleo de mi estómago pasara de las desagradables y vomitivas mariposas a una parvada de pterodáctilos carroñeros.
¡Pero qué malditas tonterías piensas, Samantha!
—Ya, voy por una bandita…—, susurré viendo el pequeño corte en mi dedo con extrañeza, con esa sensación vertiginosa de que mi cerebro se convertía en papilla nuevamente.
Uní las piezas nuevamente sin poder evitar que se me formara un nudo inmenso en la garganta, de pronto el olor de la comida que se hacía en la cocina me pareció repugnante. Me tambaleé ligeramente hasta golpearme la cadera contra la encimera de la cocina y chillé por lo bajo, quejándome de un dolor que no pude sentir.
Seguía sin entender nada más allá de lo que ya suponía, y aunque intentaba no pensar en eso no pude evitar el abrazarme a mí misma, pretendiendo que mis brazos llegarían lo suficientemente lejos como para tocar con ambas manos las marcas de mi espalda… ¿Qué eran…?
Suspiré, girándome, dándole la espalda a Sebastián y dirigiéndome escaleras arriba buscando el botiquín.
— ¿Puedes terminar la cena?—, dije por lo bajo con la voz ahogada y cansada, temblorosa.
Sin voltearme a ver supe que asentía, y escuché el sonido del cuchillo sobre la tabla mientras terminaba de cortar los vegetales, el sonido me atacó como una puñalada porque había decidido ayudarle y dejaba mi tarea por mis tontas cosas. Era una inútil…
Sabía que pronto llegarían, que Lance y Frank volverían pronto, y aunque estaba ansiosa de saber qué hacía Lance en mi casa, por otra parte quería regresarlo, que volviera Shirlight City a cientos de kilómetros de distancia donde mi existencia no representaba peligro alguno para él. Donde todo era normal y no había demonios, fantasmas o shinigamis tocando a la puerta.
Donde por el simple hecho de ser mi amigo su vida no corría peligro.
Suspiré ampliamente, deteniéndome frente a la puerta del estudio y comprobando una vez más que la puerta estaba cerrada con llave. Ya llamaría después a un contratista que arreglara los huecos de la pared y compraría un librero nuevo, una alfombra nueva y otra impresora… ya tendría tiempo para limpiar la sangre…
Seguí mi camino, sintiendo ahora la amplitud entre ambos puntos, la verdadera distancia entre mi estudio y la habitación de Sebastián. Siendo la última habitación al fondo del pasillo, a pocos pasos de distancia de la escalera del recibidor, esa habitación que estaba planeada como un cuarto de huéspedes y no como lo que ahora era…
Respiré hondo mientras abría la puerta y observaba todo frente a mí… la cama vuelta un desastre, mi ropa esparcida, formando un sendero al baño… me sonrojé violentamente buscando como tonta la caja metálica que era el botiquín, y encontrándola por fin en una esquina, sobre el piso.
La abrí con torpeza, con las manos temblorosas y saqué de una caja de cartón una bandita color piel. Me envolví el dedo con la bandita y regresé lo que había usado a su lugar. Cerré la caja y me levanté, y en menos de lo que hacía eso escuché el ruido del auto al aparcarse en la entrada.
—
Lance parloteaba como un loro mientras yo, agazapada en mi asiento, rígida y terriblemente nerviosa evitaba mirar en dirección a Sebastián.
Él se paseaba por el comedor, mientras servía la cena, llegó a mi lugar, sirviendo en un cuenco amplio una buena cucharada de un caldo ligeramente café, luego colocó los fideos, las rebanadas del lomo de cerdo bien cocidas y las rodajas de vegetales.
Lance chifló, se relamió los labios pretendiendo que el hilillo de baba que le escurrió por la barbilla no estaba ahí, y como un pobre hambreado clavó el tenedor sobre un trozo de zanahoria y se lo llevó a la boca, ansioso.
— ¡¿De dónde has sacado a este hombre?!—, dijo y no pude evitar reír, mientras el demonio tomaba asiento a un lado mio, sabía que sonreía, por completo complacido con la reacción exagerada de Lance Riddle.
—Esa es una pregunta que nunca tendrá respuesta—, dijo Frank, quien se había sentado a cenar con nosotros y engullía como troglodita una rebanada de lomo de cerdo.
—Jamás, ni en un restaurante de fideos había probado algo así—, dijo Lance, plenamente sincero, haciendo una cómica reverencia en dirección al demonio y me mordí el labio mientras sumergía la cuchara en mi plato.
—La verdad es la primera vez que lo preparo, Sam me ha dado la receta—, alardeó el demonio y no pude evitar mirarlo y sonrojarme como una idiota.
—Alabada seas, marmota—, se burló Lance haciéndome enrojecer aún más.
—Idiotas—, chillé antes de probar el caldo.
Y seguí comiendo, en completo silencio, dándome cuenta de que estaba muriendo de hambre porque no había probado bocado desde aquella última y desgraciada galleta mantequilla…
A decir verdad, no había comida tan animada desde hacía mucho tiempo…
Y mirando a Sebastián brevemente le agradecí por aquello, porque de una manera u otra me había salvado la vida de tantas maneras que no sabía enumerar.
Él me regresó la mirada, una mirada intensa y sugerente y no pude evitar atragantarme con un pedazo de calabaza.
Tosí tapándome los labios.
—Anda, Sammie, debes de recordar masticar, casi me mato yo también—, dijo Lance con una amplia sonrisa burlona.
Le fulminé con la mirada y me limpié la boca con una servilleta.
—Ya, para de burlarte o voy a patearte el culo bien fuerte—, dije entre dientes antes de que mi irritante amigo estallará en una sonora carcajada.
Se limpió un ojo teatralmente como si le hubiese hecho llorar de la risa.
—Te extrañé terriblemente Sammie—, soltó, sincero, inocente y el hambre se me fue al instante.
¿Por qué tenías que volver ahora…?
—Yo… realmente no sé qué decir, supongo que me gusta verte después de tanto tiempo…—, murmuré mordiéndome los labios en el proceso.
Esto se había tornado terriblemente incómodo.
Lance negó levemente con esa sonrisa suya, miró el techo y se quedó quieto, tan mortalmente serio…
—Voy a ser honesto con ustedes—, dijo de pronto, cortando el silencio de un tajo.
Frank dejó de comer enseguida y lo vi tensarse en su asiento, incluso yo lo hice, sé que incluso Sebastián lo hizo.
Fue como una reacción automática de mi cuerpo, más un pleno impulso que una acción, pero mi mano buscó la de Sebastián por debajo de la mesa y el demonio correspondió a mi gesto, apresando mi mano con fuerza.
—Me gustaría decir que estoy aquí por gusto—, dijo, y me miró con sus brillantes ojos grises, tan serios y severos que no sabía si seguía siendo la misma persona alegre de siempre.
— ¿Qué haces aquí entonces?—, espeté sin saber por qué sus palabras habían hecho que algo en lo profundo de mi doliera.
—Jessica me llamó anoche, bueno… en realidad… ¿Se puedo contar como hoy, no? Como sea, el punto es que no está nada contenta—, dijo, clavando su mirada platinada sobre mí y el dolor dentro mio fluyó libremente.
Jess…
—Sabes bien que por sobre todas las cosas no me gusta mentir, Samantha, y creo que por consideración a ti, como un verdadero amigo debo de decirte la verdad aún si eso te duele ¿Lo sabes, no?—, asentí mientras lo que había evitado sentir se precipitaba sobre mí— Bien, hace seis meses, me encontré a Jessica en la ciudad, fue a visitar a su hermano y pasó por el mismo lugar de siempre para recordar viejos tiempos… el punto es que me la encontré ahí y nos sentamos a hablar, igual que a ti, a ella no la había visto en mucho tiempo hasta entonces..
Y fue entonces cuando el primer mensaje llegó—, dijo, como si fuese una sentencia, como si fuera a revelar un mal inimaginable y lo comprendí de inmediato, mientras el temor volvía, arañándome, rasgándome desde dentro…
—¿Estabas ahí…?—, mi voz salió rota, ahogando un llanto que ardía en lo más profundo de mi.
Reviví en mi mente aquel horrible momento… toda esa maldita mañana en que la pesadilla comenzó…
Volteé a mirar a Sebastián, a encontrarme con sus ojos rojizos, aturdidos por la revelación.
Volví a mirar a Lance exasperada porque siguiera con su relato.
—Si—, dijo sin vacilación—, alguien le mandó una fotografía tuya a Jessica, y aunque no parecía para nada amenazante si fue un mensaje bastante extraño; había una frase adjunta que le puso los nervios de punta a Jess…
— ¿Qué frase?—, soltó Frank, quien estaba petrificado en su asiento, el terror era visible en él, la angustia…
Lance bajó la cabeza y rebuscó en el bolsillo de su pantalón, sacó una hoja de papel arrugada y la extendió en la mesa.
—Le pedí a Jess que me diera su teléfono, que yo podía investigar de dónde provenían los mensajes, no por el primer mensaje… sino, por el segundo mensaje—, el miró con una seriedad propia de un muerto y la vieja herida terminó por abrirse por completo—, en el que pedían tu rescate
Me levanté de un salto, alcanzando a mirar lo que estaba en la hoja, y ahí, frente a mis ojos se desató nuevamente la pesadilla.
— ¿Pero qué…?—, gimió Frank, tan horrorizado como yo misma.
Estaban ahí, la primer fotografía, como Lance lo había dicho, era una foto mía, mal enfocada y borrosa que reconocí al instante. Estaba parada al otro lado de un escaparate de una tienda, una modesta florería en una callejuela de Nueva York donde Richard Daniels, mi prometido desaparecido; se había detenido a comprarme un ramo de flores el día antes de mi secuestro, como un amuleto de buena suerte para la reunión que tendría ese día.
Recordé el momento con toda claridad, mientras la culpa y el dolor me tragaban entera.
Recordé su sonrisa radiante, su mirada soñadora cuando me jaló del brazo mientras caminábamos por la calle, antes de que fuera a mi reunión en la televisora; incluso el sonido de su voz, la calidez de su mano al acariciar mi mejilla y pedirme que le acompañara un momento, que no nos tardaríamos mucho.
Entonces me condujo dentro del local y tras un par de palabras con el encargado de la florería me tendió un ramo de flores, de delicados y hermosos lirios blancos; y entonces con una sonrisa que me hizo temblar como gelatina dijo que quería que en nuestra boda la iglesia estuviera repleta de lirios blancos porque le recordaban a su abuela y a mí, a mi madre.
Aquel simple recuerdo, fugaz, tan precioso en mi mente bastó para hacer que mis lágrimas salieran sin control alguno. Que el pavor, el horror volviera apresarme entre sus garras.
Negué con la cabeza, mirando a Lance sin poder creerlo, sin poder comprender por qué él tenía eso…
Y volví a mirar la hoja, la frase adjunta "¿A que no es linda…?"
Me estremecí, jadeando sin control, mientras miraba la siguiente fotografía, mirándome a mí misma atada de manos y pies, amordazada… en ese terrible instante cuando la muerte se presentó a mí por primera vez…
"¿La quieres de vuelta…?"
—Lo siento Sammie, pero necesito saberlo—, la voz de Lance acalló mis sollozos—, esa fotografía, aparece en uno de los artículos sobre ti, está en los periódicos, en la internet… por favor, Sammie—, suplicó mirándome ahogado en una desesperación inmensa— dime qué está pasando…
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* Si alguien conoce esa canción, o han llegado a escucharla o googlearla al comenzar el capitulo no les diré que me gusta ese grupo, de hecho no conozco más que un par de canciones pero cuando escuché esta la letra me flechó por completo y supe qué tenía que escribir en este capitulo. De verdad, le deben este capitulo a la letra de Howl(?) La traduje como pude, así que espero que este bien hecha xDU
Lo curioso es que buscaba cosas para nada que ver con kuroshitsuji(?), veía AMAV's de Madoka Magica (si, me gusta esa cosa, felices? es que mi aor por Homura Akemi rebasa este mundo(?)) y salió esa canción y PUM, fue como un interruptor mágico en mi cerebro
** Voy a reconocer con mucha vergüenza (reconozco aún más avergonzada que no pude escribir la palabra vergüenza sin el corrector, porque este teclado nuevo que tengo es una caca y no sé cómo poner ciertas cosas..), que cuando estaba escribiendo esto me detuve y releí toda la historia desde el principio ¡No me acordaba de en qué mano estaba la puta marca del contrato! Joder, en verdad, sigo sin saber si era la mano correcta, me cago en todo, sip.
¿Alguna piadosa alma que me pueda decir en qué mano está? Si es así la amaré por siempre.
*** No debo de aclarar esa referencia ¿O si? xDDD No sé ustedes pero lo primero en que yo pienso cuando escucho la palabra shinigami sigue siendo Ruyk de Death Note revolcándose por comer una manzana más xDDDU
Hola gentecita bella y hermosa que sigue leyendo esto
Regresa todo mi flower power vomitivo pa' ustedes
Aquí Samsi con un nuevo capitulo de esta historia, espero y no haga explotar cerebros(?) Yo sé que no, aún no vienen las cosas..."intensas" por así decirlo.
Y espero que antes de que me maten por no incluir un lemmon en forma y regla, voy a escudarme tras una simple frase: AÚN NO ES TIEMPO DE ESO.
Si, no voy a negar que se revolcaron como conejitos en primavera, pero ¡HEY! Tendrán su lemmon cuando la hora indicada llegue, no les prometo grandes cosas porque aún no me pongo a escribirlo, pero tampoco les diré que mis lemmons son malos y terribles(?) puedo decir que no será algo plenamente explicito, con todos los detalles de ese momento, no hijos míos, no. Nada de sexo explicito, yo soy más... suave por decirlo de alguna forma. Pero sin irnos del punto, ya, lo tendrán a su tiempo, cuando ese momento sea realmente importante para la historia, no es que no sea importante ahora pero tampoco es el centro de galaxia en estos momentos.
Ahora, hablando de lo que ha pasado (fuera del sexo implícito, marranas), si lo han notado este y el anterior capitulo han sido más bien leves, suavecitos, transitorios entre un arco y otro, introduciendo nuevos personajes y una nueva problemática, la verdadera acción viene para después. Pero por ahora, con estas piezas del rompecabezas quiero sus opiniones respecto a la historia ¡Conjeturas señoritas, conjeturas!
En cuanto a los propios personajes... ahh... no sé qué decir con respecto al Sebastián de este capitulo, me sabe a que ese muy Occ (ooc, lo que sea), como que todo iba por un rumbo al principio y luego el Sebastián en mi mente me abofeteó y se apoderó de la situación. No lo sé, no estoy tan satisfecha con él ¡Es que, por qué el desgraciado ha de ser así , eh! Yana, alma mía, por favor, danos más de este hombre antes de que kuroshituji termine ¡Por piedad! Respecto a todo lo demás el capitulo me ha gustado bastante.
Sigo con mi enamoramiento torpe por Lance Riddle, no sé, es mi hijo favorito(?)
En cuanto a otras cositas... creo que es todo lo que puedo decir.
-aplaude(?)-
Hablando ahora de temas más escabrosos(?), con respecto a las actualizaciones en estos meses me verán seguido por aquí ¡Al fin estoy de vacaciones! Unas grandes y bien merecidas vacaciones por haber acabado al fin la preparatoria ¡Oh si, bebes(?)! Y en el ínterin entre que esto se acabó y la universidad empieza tendré un muy buen tiempo para ponerme al corriente con ustedes ¡Se los debo!
Así que, ahora así, como que mi nombre es Juana y me apellido de Arco(wut?), puedo decirles que actualizaré lo más pronto posible, en cosa de unas tres semanas nos leemos nuevamente en un nuevo capitulo de esta historia, y digo tres porque quiero avanzar otros capítulos, para no volver a atrasarme y hacer un limbo mental como antes
¡De verdad lo siento por tardar tanto, enseriooo...!
Por esta ocasión no podré responder reviews por aquí, lo siento por los beshos guest que llegaron aquí, pero por ahora, si quiero actualizar y ponerme bien al corriente de todo sólo podré mandar PM's a los reviews con cuenta en este sitio.
¡Pero muchas gracias a todos y todas los que comentaron! De verdad, sus reviews siempre me alegran el día, son súper motivantes cuando me llegan, enserio, no hay cosa más chula que revisar el correo y ver reviews.
Así que dejen muchisisisisisisisimos reviews ¡Por favor!
(Y sin los dejan son como espinitas, como si alguien me pinchara el trasero y dijera ¡Hey, jodida vaca gorda, muévete a escribir)
Nos leemos pronto, besos
(Samsi vuelve a su caja)
