Disclaimer: Ni Dragon Ball ni sus personajes me pertenecen.
Capítulo 34
Conocía esos pasillos como la palma de su mano, había caminado por ellos tantas veces en los últimos años que le era imposible perderse. En la mayoría de los casos lo hizo corriendo al tratar de ganarle al reloj, en otros, sin nada de entusiasmo, Ireza los transitó agobiada al presentir que le iría mal en un examen. Pero, el día de hoy, los recorrió con lentitud experimentando otra sensación: nostalgia.
Era muy común que los estudiantes odiasen la escuela, a ninguno les gustaba estudiar ni resolver tareas; sin embargo, al convivir los unos con los otros, muchas amistades se formaron desde temprana edad. Y para la rubia, no existía mejor manera de ejemplificar aquello que pensar en Videl y Shapner. Fueron ellos dos quienes la ayudaron a ser quien era; eran más que simples amigos, eran como sus hermanos.
Ireza podría pasarse toda una vida, recordando, con gran precisión, el lugar exacto donde sucedió cada uno de los sucesos que ahora llenaban su cabeza. No obstante, por más que el pasado le trajese hermosos recuerdos, era el presente el que le traía muchísima tristeza, ya que, mientras esperaba por la conclusión de las clases, la soledad la invadió en su pequeño rincón del salón.
Videl no se presentó esta mañana, tampoco Shapner; inclusive se ausentó Gohan, quien, con sus altísimas calificaciones, terminó convirtiéndose en el mejor alumno de su generación. Por ende, en tanto los demás celebraban y pensaban en su futuro, Ireza, sentada en su silla, se limitaba a esperar por el sonido de la campana, que le pondría punto final, para siempre, a esa etapa de su juventud.
– Ya pueden irse, muchachos. Los veré la próxima semana en la graduación, no olviden ir a sus casilleros para que recojan sus pertenencias–concluyendo con su última clase del año, el profesor de matemáticas que muchas veces los puso contra las cuerdas con sus pruebas, les dio el anuncio que tanto habían esperado al escuchar la campana–a pesar de los tropiezos que tuvimos en el camino, fue un gusto tenerlos como mis alumnos. Les deseo la mejor de las suertes en sus futuros estudios universitarios.
Casi de inmediato, sin demorarse demasiado, todos se levantaron de sus asientos para marcharse de allí luciendo enormes sonrisas en sus rostros. Pero para Ireza, quien continuaba pensando en sus ausentes compañeros, la alegría era agridulce. Un mal presentimiento comenzaba a carcomerla por dentro, no tenía idea de qué lo producía; empero, sin dudarlo, apostaría lo que fuese a que era algo muy malo.
Siguiendo a la multitud, pero mucho más despacio, Ireza abandonó el aula dirigiéndose a su casillero para desocuparlo al recoger sus cosas. Así pues, a su vez que caminaba, tanto a su derecha como a su izquierda, vio de soslayo como algunas chicas se tomaban fotografías y firmaban sus anuarios, prometiéndose, las unas a las otras, que nunca se olvidarían y que serían amigas por toda la eternidad.
Al verlas, guardando las distancias, a la rubia le hubiese encantado hacer lo mismo con Videl y Shapner; pero, conociendo a Videl, Ireza, sin temor a equivocarse, sabía que la otrora justiciera jamás haría una cursilería como esa. Por ello, empezando llenar su mochila con sus libros y cuadernos viejos, Ireza no fue capaz de escapar del ambiente festivo que empezaba a envolverla sin que pudiese ignorarlo más.
– Tengo la sensación que esto terminará muy mal; estoy segura.
– No pienses así, ya verás que todo saldrá bien. Te lo garantizo…
En al acto, al escuchar las interminables conversaciones sobre el baile de graduación que llegaban a sus oídos, la rubia, trayendo a colación la fiesta de Mr. Satán ayer por la noche, evocó la última charla que tuvo con Videl cuando le daba los toques finales a su maquillaje. Habiendo acabado de peinarla, echándole un vistazo más en el espejo, Ireza se sintió orgullosa de su labor al ver lo hermosa que se veía.
– Tengo miedo, Ireza. Tengo miedo que Shapner me odie cuando le diga la verdad.
– Videl, ya hemos hablado de eso hasta el cansancio, lo peor que puedes hacer es mentirte más a ti misma. Pase lo que pase, sabes que siempre contarás con mi apoyo.
Por más que intentó levantarle el ánimo, Ireza, viéndola lucir muy nerviosa, se vio en la obligación de aceptar que no había nada más que ella pudiese hacer para ayudarla. Lo que sucediese, a partir de ese momento, era algo que dependía únicamente de Videl y Shapner. Ella, por su parte, solamente podía cruzar los dedos y esperar por buenas noticias la próxima vez que hablasen.
– Ahora vete, tienes una medalla que recoger.
Luego de un fuerte abrazo, susurrándole que todo estaría bien, Ireza la vio marcharse perdiéndose de su vista unos pocos segundos después. Al regresar a su propia casa, la blonda, metiéndose directamente en la cama, elevó una plegaria al cielo en nombre de sus dos mejores camaradas. Confiaba en que los vería a la mañana siguiente en la escuela; sin embargo, socavando su tranquilidad, aquello no ocurrió.
– Ya no puedo resistirlo más, necesito saber qué pasó anoche…
Cerrando de un portazo su taquilla, sintiendo en su espalda el abultado peso de sus pertenencias apiñadas en su mochila, Ireza se alejó lo más que le fue posible hasta que creyó que nadie podría escucharla. Entrando en un solitario baño para mujeres, la rubia, sacando su teléfono celular, marcó el número telefónico de Videl, el cual, en menos de un santiamén, comenzó a timbrar sin parar.
Durante el día estuvo tentada a telefonearla; empero, queriéndole dar espacio para que no se sintiese acosada, Ireza libró una guerra interna contra sus deseos por llamarla. Pero ahora, preocupándose cada vez más, su insistente llamada no recibía contestación. Aquello no sólo incrementó sus miedos; si no también, que empezó a sembrar una paranoia nunca antes experimentada por ella.
– ¿Videl, dónde estás?
Pero su pregunta, por más urgente que fuese, se quedó flotando en el aire sin tener respuesta. Videl nunca fue una estudiante con asistencia perfecta, en algunas ocasiones faltó debido a sus labores heroicas. Shapner, por otro lado, igualmente poseía un registro de ausencias sin llegar a ser exageradas. Aún así, que los dos faltasen justamente en la misma fecha, era, sin duda, algo fuera de lo normal.
– Algo malo debió suceder ayer, es la única explicación posible.
Sufriendo un repentino y poderoso bochorno, Ireza, guardando su móvil, abrió el grifo frente a ella y procedió a mojar su rostro que ardía como un incendio. Repitió aquel movimiento unas diez veces más, una necesaria y reconfortante frescura alivió su sonrojada piel; sin embargo, al alzar la mirada, la rubia, viéndose a ella misma en el espejo del sanitario, supo que se olvidaba de alguien más.
– ¿Acaso Gohan tiene algo que ver con su repentina ausencia?
El pelinegro; a pesar de su extraordinario e insuperable récord académico, solía tener muchas llegadas tardías que empañaban su desempeño. Era muy curioso y extraño, que Gohan, casualmente, se ausentase el mismo día que Videl y Shapner. Y si bien la rubia no era la bombilla más brillante de la escuela, era lo suficientemente avispada como para notar un patrón entre los tres.
– Pero eso no tiene ningún sentido, no hay manera alguna en la que Gohan pudiese haber ido a la fiesta de Mr. Satán–observando como varias gotas de agua caían de su cara al lavabo, Ireza, debatiendo consigo misma, no hallaba explicación para ese importante detalle que notó en la red de sus especulaciones–era una fiesta privada, es imposible que Gohan tenga algo que ver con la ausencia de Videl y Shapner.
Secándose con una toalla de papel, la rubia, descartando a Gohan sin imaginarse que sus teorías apuntaban a la verdad, tomó otro rumbo llegando a una nueva y triste conclusión: Shapner y Videl habían terminado su relación. Tal posibilidad le entristecía, sabiendo lo mucho que Shapner amaba a Videl desde que se conocieron, Ireza entendía el sufrimiento que tuvo que haber soportado el rubio.
No obstante, poniéndose en los zapatos de Videl, Ireza consideraba que era lo mejor para los dos. Si ella no sentía nada por él, entonces, en ese caso, lo más conveniente era tomar caminos separados donde cada uno de ellos buscase su propia felicidad. Con dicha suposición en mente, tranquilizándose y olvidándose de las extrañas sospechas que la agobiaron, Ireza vio el horizonte con otra perspectiva.
– Posiblemente tuvieron una pelea, la noche debió terminar muy mal y ninguno de los dos tuvo humor para venir al último día de clases…–peinando sus cortos cabellos dorados, Ireza, colocándose de nuevo su mochila en la espalda, se dispuso a retirarse para enrumbarse de vuelta a su hogar–tal vez debería ir a casa de Videl y hablar con ella, pero sospecho que lo que más quiere en este momento es un poco de privacidad.
Para Ireza, los últimos minutos fueron un auténtico paseo en montaña rusa; luego de una abrupta y violenta subida, la bajada fue mucho más apacible y reflexiva. Así pues, al regresar al interminable pasillo que interconectaba la preparatoria, Ireza se repetía que le hubiese encantado hacer ese recorrido final con la compañía de Shapner y Videl, y por qué no, con el mismísimo Gohan.
Cruzando la salida principal, sintiendo la brisa recibiéndola, a Ireza se le antojaba una tarde relajada y una siesta reparadora, pero antes, tan pronto como llegase, se daría una larga y sabrosa ducha. En una semana recibiría su diploma de secundaria, poco después, con dicho documento en mano, se inscribiría en la Universidad de Ciudad Satán donde estudiaría periodismo para convertirse en una reportera.
Sabía que Videl se iría de la ciudad, Gohan quizás se marche también y Shapner era todo un misterio. Aunque no le gustase nada la idea, desde ya tendría que empezar a acostumbrarse a estar sola y lejos de sus amigos. Mirando el sol, viendo lo bonito y azulado que resplandecía el cielo, Ireza se dijo que no era el momento para estar afligida y pesimista. Estaba a punto de graduarse; lo celebraría como lo merecía.
Era una lástima que, mientras ella pensaba en las sorpresas que le depararía el futuro, a varios kilómetros de allí, Videl, Shapner y Gohan, habían convergido en lo más cercano que existía en el mundo a un infierno.
Para cuando recuperó la lucidez, despertándose de golpe, Mr. Satán abrió por completo sus ojos sintiendo un extraño e inusual hormigueo que le recorría el cuerpo. Sin embargo, al recordar la traición de Van Zant, el campeón, examinándose a él mismo, se sorprendió al descubrir que ninguna herida ni cicatriz relucía en su piel. Aquello era algo asombroso; era casi sobrenatural.
En un inicio pensó que tal vez todo había sido una pesadilla; una terrible pesadilla que lo desvelaría cada vez que la recordase, pero, notando que no se hallaba en su cama, aquel hallazgo erradicó de inmediato la efímera felicidad que experimentó. Poniéndose de pie, mirando los alrededores que lo albergaban, Mr. Satán pronto se dio cuenta que no se encontraba en la vieja estación de trenes abandonada.
– ¿Dónde diablos estoy?
Bajo sus pies, extendiéndose hasta donde alcanzase la vista, Mr. Satán observó como el pasto cubría casi todo a la redonda. Algunos árboles, agitándose con el frío viento que los golpeaba, eran los únicos signos de vida que pudo distinguir. Primero caminando, más adelante corriendo, Mr. Satán comenzó a gritar intentando llamar la atención de quien fuese que anduviera por allí.
La anormal sensación que lo despertó aún continuaba sacudiéndolo, era como una ligera corriente eléctrica que le puso los pelos de punta. Si lo que estaba experimentando no era ninguna clase de sueño; entonces, sin que tuviese la más remota idea de qué diantres ocurría, Mr. Satán empezó a asustarse con la posibilidad de quedarse atrapado por toda la eternidad en aquel vacío y helado paraje.
Corrió por un kilómetro; incluso mucho más, pero no encontró nada más que maleza y gigantescos robles por doquier. Fue tal su desesperación que, sin prestarle atención al camino, Mr. Satán terminó perdiendo el equilibrio mordiendo el polvo al caerse. Aún así, sumándose una rareza más a su lista; pese a que debió haberse sentido adolorido por su aparatosa caída, Mr. Satán no sintió molestia alguna.
Y fue precisamente allí, al volver a levantarse, que el campeón mundial al fin obtuvo la primera respuesta que buscaba. Una lápida, en forma de cruz, se erguía justo frente a sus narices haciéndose adivinar en qué sitio se ubicaba. Girándose, mirando a un costado, Mr. Satán vio como más sepulturas comenzaron a aparecer en aquel aparente campo deshabitado.
– Este lugar es un cementerio; estoy en un cementerio…
Asustado, completamente poseído por el terror, el padre de Videl reanudó su delirante marcha sin importarle qué dirección tomase. No obstante, su huida fue otra vez interrumpida por el sonido de un coche fúnebre que se aproximaba a él lentamente. Y acompañándolo, manifestándose como si fuesen fantasmas, tres siluetas humanas también hicieron acto de presencia dirigiéndose hacia él.
Mr. Satán, impulsado por el instinto, no dudó en agitar los brazos y gritarles para que lo viesen. Empero, por más que vociferó, ninguna de aquellas personas le contestó. Pero, no dándole la oportunidad de retomar el aliento y ordenar sus ideas, otra sorpresa cayó sobre él como un ladrillo. Una nueva figura apareció sumándose a las anteriores, y esta última, a diferencia de las demás, era muy familiar para él.
– ¡Videl!
En efecto, se trataba de su propia hija Videl, quien, desalumbrada y con ropas negras, acompañaba aquella carroza. Ante tal escenario, quedándose enmudecido, Mr. Satán no se demoró mucho en unir los puntos para comprender lo que estaba observando. Pero sí aún le quedaba alguna duda, lo que sucedió inmediatamente después, borró, de un plumazo, hasta su más pequeña inquietud.
Tanto Videl como los otros que la escoltaban, como si no tuviesen una estructura sólida, lo atravesaron sin percatarse que él estaba allí continuando con su recorrido. Aquello dejó perplejo e impactado a Mr. Satán, quien, sacando conclusiones apresuradas, supuso que no sobrevivió a la herida de bala que Van Zant le infringió, y ahora, frente a sus ojos, se llevaba a cabo su funeral.
– ¡Esto no me puede estar pasando, no puede ser real!
Pero de nuevo, nadie le contestó. Por ello, al ver como Videl se alejaba de él, Mr. Satán la persiguió manteniéndose lo más cercano de ella que pudo. Sin embargo, saliendo a relucir la arrogancia que lo corrompió, Mr. Satán se cuestionó por qué sus ritos luctuosos se veían tan miserables y escasos en lujos. Habiendo sido uno de los hombres más ricos del planeta, esperaba que su sepelio fuera impresionante.
No había grandes ofrendas en su honor, ni largas filas de admiradores llorando por su partida, ni tampoco alcanzaba a ver al alcalde de Ciudad Satán participando en la ceremonia. Únicamente se encontraba Videl, quien, poseyendo un pequeño ramo de rosas blancas, permanecía en silencio sosteniendo su vista firmemente clavada en el suelo. Aún así, otro elemento lo inquietó más.
– Si estoy muerto, eso significa que Videl sabe lo que pasó; ella sabe lo que hice…
Así pues, mientras observaba como los sepultureros que acompañan a Videl comenzaban a cavar un agujero en el piso, Mr. Satán, perdiendo el don del habla por un instante, no pudo hacer más que cubrirse la cara con sus manos, al morirse, metafóricamente, de la vergüenza. Videl debía saberlo todo, ella sabía que hizo negocios con un repugnante mafioso y que murió como consecuencia de ello.
Avergonzado se quedó allí, inmóvil, parado a pocos metros de Videl. Callado, Mr. Satán atestiguó como el ataúd con su cadáver era sacado del vehículo que lo trasladaba, para, seguidamente, ser introducido en la que sería su morada final. Contempló como Videl se agachó ante su tumba para arrojar las flores que traía consigo, luego, con mucha rapidez, ella se irguió emprendiendo su marcha para irse de allí.
– Pobre chica, escuché que apenas tuvo el dinero suficiente como para comprarle un ataúd al charlatán de su padre.
– Dicen que se irá de la ciudad. Luego que se supiera la verdad, le confiscaron las propiedades que eran de su padre; ahora vive en la calle como una pordiosera.
– Si yo fuera ella, me escondería debajo de una roca y nunca volvería a salir.
Habiéndose mantenido quieto en su lugar, Mr. Satán, viendo como su única hija se distanciaba más y más de él, despertó de su letargo, al escuchar, con gran sorpresa, la corta conversación que sostuvieron los tres panteoneros antes de empezar a lanzar tierra sobre su féretro. Oyéndolos; aunque intentó no quitar sus retinas de Videl, Mr. Satán se vio forzado a girar sobre sus talones para escucharlos mejor.
– De verdad me apena mucho su hija, pero este maldito infeliz se merecía el final que tuvo.
– Es cierto, por años creí que había salvado al mundo de Cell; pero no resultó ser más que un fraude y un mentiroso.
– Y un asesino también, por su culpa murió su yerno a manos del Gran Saiyaman. No puedo creer que yo haya sido admirador de ese farsante, espero que esté pudriéndose en el infierno.
Oírlos decir aquello fue indescriptible para Mr. Satán, no halló palabras para expresar la sorpresa y el espanto que lo embargó ante tan pavoroso descubrimiento. De alguna manera, sin que él supiese cómo, su secreto; su más grande secreto, finalmente fue revelado y mostrado al público. Ahora le quedaba más que claro porqué su funeral era tan austero y nada glorioso. Ya no era un héroe, era un criminal.
A su mente cayeron millones de alucinaciones que, torturándolo con gran realismo, lo sumergieron aún más en su remordimiento y miseria. Vio como sus retratos eran quemados, sus fotografías destruidas y sus estatuas derrumbadas a lo largo y ancho de toda Ciudad Satán. Nadie en su sano juicio, ni siquiera Videl, derramaría una lágrima por alguien que mintió y engañó a tantos a cambio de fama y fortuna.
Su imperio; su imperio de abundante riqueza que construyó sobre endebles mentiras, acabó, por su propio peso, colapsando hasta ser reducido a cenizas.
– ¡Yo no quería que todo terminara así; yo sólo quería lo mejor para Videl!
No pudiendo soportar más las burlas e insultos que aquellos individuos tenían para él, Mr. Satán, acordándose de Videl, decidió ir tras ella siguiendo el mismo sendero que ella usó al marcharse. Unos minutos más tarde, avistando las puertas del camposanto donde reposarían sus restos mortales, quien fuese el campeón mundial de las artes marciales las cruzó, llevándose, de lleno, otro duro golpe.
En sus mejores tiempos, cuando era amado y casi adorado como un dios, incontables imágenes con su cara adornaban las fachadas de los edificios, recalcando, con gran orgullo, que aquella metrópoli era el hogar natal del héroe más grande que la historia humana haya conocido jamás. No obstante, al salir del cementerio, la inmensa mayoría de aquellas ilustraciones habían sido retiradas.
Inclusive, el monumental cartel que le daba la bienvenida a los visitantes a la urbe; aquel cartel donde también se le daba nombre a la ciudad, igualmente brillaba por su ausencia. Pero eso no era todo, las poquísimas fotos de su cara que aún se veían, fueron pintadas, con groseros grafitis, demostrando la indignación y decepción de sus antiguos aduladores. Algunas injurias eran leves; otras eran venenosas.
Farsante, mentiroso, charlatán y homicida. Esas eran las ofensas que más veces vio al ojear aquellos dibujos callejeros; empero, agravando la situación, las manifestaciones de rechazo más hirientes provenían de la prensa. Llamado por la curiosidad, aprovechando que era invisible y que no era visto por los transeúntes en las calles, Mr. Satán se acercó a un quiosco de periódicos repleto de diarios.
– ¿Cómo lo supieron, cómo lo descubrieron?
Ninguno de aquellos tabloides le explicó cómo fue que su farsa acabó por ser descubierta; sin embargo, lo que sí pudo leer en aquellos papeles, le hizo caer arrodillado al ser incapaz de creerlo. Al parecer, al ser atraídos por los diversos reportes de explosiones que se observaban en la lejanía, la policía acudió a la estación abandonada hallando tanto su cuerpo como el de Shapner.
Al principio, llevados por las apariencias, se especuló que él y Shapner fueron víctimas de un secuestro por parte de Van Zant, pero éste, contándoles sobre sus negociaciones ilegales, les confesó que él fue contratado por Mr. Satán para intentar asesinar al Gran Saiyaman. Días después, al encontrar evidencia que corroboró el testimonio de Van Zant, las autoridades lo declararon autor intelectual de los hechos.
Tomando en consideración como cambió la opinión que tenían de él de los ciudadanos de Ciudad Satán, Mr. Satán, resignado, hubiese aceptado que él fuese el blanco de todas aquellas maldiciones que llovían sobre su cabeza. Pero, desafiando el sentido común, aquello no fue exactamente lo que ocurrió. Al no estar con vida, la gente, alimentada por la ira y el rencor, necesitaban a alguien a quien culpar y lapidar.
Y ese alguien terminó siendo Videl.
De nada importaron sus años de heroína adolescente; de nada valieron que hubiese derrotado a incontables delincuentes a favor del bien, una estampida de irracional animadversión y desprecio desembocó en ella hasta llegar al extremo de ser echada de la única vivienda que poseía. Al enterarse de esto, Mr. Satán, abandonando su lectura, corrió como un demente hacia su antigua mansión.
– ¿Videl, dónde estás?
Atravesó las autopistas llenas de vehículos sin temer a ser arrollado por alguno de ellos, de haber estado en otras circunstancias, se hubiese divertido de tener dicha habilidad, pero no hoy. Siguió corriendo como un maratonista hasta que alcanzó su meta; y si bien hubiera podido traspasar los obstáculos delante de él, Mr. Satán prefirió detenerse precisamente en la entrada de su nada humilde casa.
Los elegantes y estilizados portones de su lujosa residencia permanecían cerrados con cadenas, además, justo encima de ellos, Mr. Satán notó un letrero que indicaba que dicha propiedad había sido embargada y clausurada. Por un instante pensó en entrar y buscar a Videl dentro, pero presintiendo que no estaría allí, Mr. Satán no se tardó más y prosiguió con su búsqueda sin importarle cuánto tardara.
Fue de un sitio a otro sin éxito: visitó la preparatoria, la alcaldía y el parque sin que la viese por ninguna parte. Para cuando fue consciente de ello, la noche, tomando el control de los cielos, oscureció todo. Y el clima, generando una torrencial lluvia que lo tomó por sorpresa, fue un reflejo de sus sentimientos al sentirse asqueado de sí mismo y profundamente arrepentido por sus propias acciones.
– Al menos la lluvia no me moja, creo que seré un alma en pena que vagará eternamente por toda la ciudad sin tener descanso…
Todavía experimentando aquel hormigueo que estremecía su incorpórea manifestación, Mr. Satán, deteniéndose por completo en medio de una carretera, extendió una mano mirando como las delgadas pero veloces gotas de agua traspasaban su silueta sin tocarlo. A los costados, encendiéndose uno por uno, muchos postes de alumbrado llenaron de luz la oscuridad que reinaba a placer en las calles.
Cuando pensaba en la muerte, creía que algún día podría reencontrarse con su esposa en el más allá luego de años sin verse. Sin embargo, parecía que su destino era quedarse solo por toda la eternidad viendo como su legado, pero principalmente su familia, pagaba el precio por sus fechorías. Aquello no era justo; debía ser él, y no Videl, quien tuviese que enfrentar las consecuencias de sus malas decisiones.
Al bajar la vista, mirando sin querer a un lado, Mr. Satán alcanzó a ver una tenue y pequeña fogata que ardía en un sucio bote de basura. Hipnotizado, sintiéndose atraído por un imán como si fuese una barra de metal, el otrora salvador del mundo avanzó a paso lento y firme hacia aquella débil fuente de luz. Al aproximarse, descubrió que esa hoguera se protegía de la tormenta al estar debajo de un puente.
– No por favor, que no sea ella…
Y allí, frotando sus delgadas manos cerca del fuego, finalmente la encontró. Habiendo sido expulsada y humillada por quienes alguna una vez salvó y defendió, Videl, sin más opción, tuvo que olvidarse de los lujos de antaño para comenzar una nueva vida como una solitaria indigente. Mr. Satán, al hallarla en tan precarias condiciones, no pudo hacer más que caer arrodillado ante ella viéndola sufrir en su pobreza.
Videl, quien no podía verlo ni escucharlo, continuó parada frente las llamas que le ofrecían una pizca de consuelo, al ser, literalmente, su posesión más preciada sobre la faz de la Tierra. Cada vez que el viento frío amenazaba con extinguirlo, Videl, arrojándole algún trozo de madera que tomó de un arbusto, lo mantenía ardiendo al avivarlo. Era una verdadera fortuna que la lluvia no pudiese alcanzarla hasta allí.
Pronto, oyendo como su estómago hambriento le rugía, el cansancio comenzó a mermarla, forzándola, de inmediato, a refugiarse en la cama improvisada que construyó con montones de periódicos viejos que, uno a uno, recolectó al deambular por la ciudad. Y otra vez, como ya se había vuelto costumbre desde que la expulsaron de la antigua mansión de su padre, tendría que irse a dormir sin cenar.
– ¡Yo no quería nada de esto para ti, solamente quería ofrecerte un futuro mejor! –Agachado junto a ella, mirándola dormirse en aquel sitio tan deplorable, Mr. Satán volvió a romper en llanto pero con aún más fuerza– ¡por favor, perdóname Videl!
Fue más que evidente para él que este no era una simple penitencia; era una tortura. Presenciaría, en primera fila, como todo lo que estuviese ligado a él acabaría siendo perseguido y pisoteado hasta que fuese extirpado como un cáncer. Y Mr. Satán, arrepintiéndose un millón de veces al día, no tendría permitido liberarse de sus culpas hasta que pagase con todas y cada una de sus lágrimas.
Así pues, aunque el tiempo ya no tuviese ningún efecto o significado para él, éste todavía ejercía su influencia en Videl. Su hija dejó de ser una adolescente, transformándose, ante sus fantasmales ojos, en una mujer casi idéntica a su esposa. Siempre había pensado que las dos eran una copia exacta, y ahora, al ver a Videl en sus veintes, al menos Mr. Satán podría dibujar una leve sonrisa al saber que tenía razón.
Lástima que no tuviese el derecho de ganarse más sonrisas.
– Por favor, una moneda…
– ¡Quítate, no me estorbes!
– Discúlpeme…
No importaba a dónde fuese ni con quién hablase, tener el apellido Satán era una auténtica maldición para Videl. Si bien habían transcurrido muchos años desde el fallecimiento del infame campeón mundial, el estigma social, no teniéndole misericordia, la persiguió y la apartó del resto de las personas que, al reconocerla, como si se tratase de una repugnante leprosa, la rechazaban y la alejaban de ellas.
Sin empleo y sin dinero, Videl, la misma Videl que una vez fue condecorada por el mismísimo alcalde con una medalla por su heroísmo, tenía que subsistir pidiendo limosna en las calles y buscando algo de comer en los basureros. Aquello sólo no fue inhumano, si no también, humillante tanto para Videl como para su padre quien la acompañaba como un guardián silencioso e invisible.
Cada noche, al regresar al mismo puente que le ha dado hospedaje por más de una década, Mr. Satán, mirándola tumbarse en el suelo para descansar, se volteaba a la luna como si ella fuese la responsable de haberla colocado en aquel sufrimiento eterno. Le gritaba y la maldecía; le imploraba que lo enviasen al infierno a cambio de que Videl tuviese la oportunidad de tener una vida digna.
No obstante, sabiendo que el único culpable del tormento de Videl era él mismo, sus reclamos y peticiones no servían para nada.
– ¡Te lo suplico; Videl, tienes que escucharme!
Ante la carencia de alimentos y medicinas, era obvio que, tarde o temprano, sus penurias le cobrarían una factura muy cara a la sola y pálida pelinegra. Enfurecido por la impotencia de no poder ayudarla, Mr. Satán, queriendo morirse por segunda vez, vio como una fuerte fiebre la atacó por varias semanas hasta que, cediendo al fin, Videl ya no poseía las fuerzas suficientes como para levantarse de su catre.
Ella se veía en pésimo estado, necesitaba ayuda médica de urgencia pero presentía que nadie se la daría. La Videl luchadora de antes ya sólo era un vago recuerdo, la Videl actual, demacrada y enferma, no era ni la sombra de su versión más joven. Presenciando como agonizaba, sospechando que no resistiría mucho más, Mr. Satán trató de abrazarla a pesar de saber que aquello le era imposible.
– Fui un mal padre, debí morir yo y no tu madre; ella hubiese hecho un mejor trabajo que yo cuidándote–notando como ella respiraba cada vez más agitada, Mr. Satán empezó a entrar en pánico–sé que ya lo sabes, pero quiero decirte la verdad yo mismo. Soy un fraude, una completa mentira. Nunca derroté a Cell, no tengo idea de cómo lo hicieron; pero estoy seguro que lo vencieron aquellos hombres extraños que aparecieron en el torneo.
Jadeando, teniendo dificultades para llenar sus pulmones con oxígeno, Videl era incapaz de escucharlo.
– Me embriagué de fama, dejé que la riqueza me encegueciera y me separara de ti. Te abandoné tantas veces, me arrepiento de todo el daño que te causé en vida y ahora en muerte. No he sido más que una desgracia para ti…
Videl, abriendo sus ojos por última vez, miró sus alrededores antes de su ocaso final.
– ¡Perdóname; hija, perdóname por favor!
Incluso estando ante una tragedia familiar, el duro e implacable juicio divino le impedía que encontrase el indulto que tanto ansiaba su atormentada alma. Levantándose, llorando como jamás lo había hecho antes, Mr. Satán gritó al ver el cadáver de quien fuese su primogénita. Sus acciones la condenaron a una existencia plagada de martirio, hambruna y miseria. Él, su propio padre, fue su juez, jurado y verdugo.
– ¿Por qué tuvo que ser ella la que pagase por mis errores? –gritando a los cuatro vientos, no sabiendo a quién enviarles sus reclamos, Mr. Satán apuntaba en todas direcciones– ¿por qué no simplemente me castigaron a mí y la dejaron a ella en paz?
De nuevo, como muchas veces antes, no obtuvo respuesta.
– ¿Qué más quieren de mí? –Enojado, casi al borde de caer arrodillado, Mr. Satán no renunció a sus protestas– ¡ya lo he perdido todo, no me queda nada más en el mundo!
Derrotado, cansado de esperar a que alguien le respondiera, Mr. Satán fue desplomándose hasta tocar el suelo sin dejar de sollozar. Se quedó en esa posición por un siglo o un milenio, sinceramente no tenía idea de cuánto tiempo pasó mientras lloraba la muerte de Videl; no obstante, al alzar la mirada, notó como las cercanías que lo rodeaban empezaban a distorsionarse y deformarse.
Presuroso, usando el dorso de su brazo, Mr. Satán limpió sus humedecidos ojos creyendo que esa era la razón de su visión borrosa; empero, al ver que el ambiente continuó desdibujándose, el otrora campeón mundial se vio invadido otra vez por el miedo. Los edificios circundantes, los automóviles que pasaban, los peatones caminando y el puente sobre su cabeza, gradualmente, uno por uno, fueron borrándose.
– ¿Qué diablos está ocurriendo? –Enseguida, girándose hacia atrás, Mr. Satán se enfocó en el cuerpo inerte de su hija– ¡Videl!
Ella, al igual que el resto, empezó a desvanecerse tornándose cada vez más traslúcida, a lo cual, con gran rapidez, Mr. Satán reaccionó arrastrándose hacia ella para darle un último adiós. Gateó tan rápido como pudo, pero al ver como las circunstancias se volcaron en su contra, Mr. Satán, intuyendo que no volvería a verla después de hoy, extendió su brazo derecho intentando alcanzarla con la punta de su dedo índice.
– ¡Videl!
Y recibiendo otra dolorosa bofetada, cuando sólo le hacían falta unos cuantos centímetros más para tocarla, Videl, evaporándose por completo, se esfumó en un soplido junto a todo lo demás. Casi en el acto, luego que ella se fuera, una negrura sin comparación lo abrazó, a su vez que, repentinamente, experimentó una sensación de ingravidez que lo hizo flotar sin que pudiese distinguir arriba de abajo.
– Supongo que ahora sí me iré al infierno…
Si bien aceptaba que era merecedor de quedar atrapado en aquel sitio de condena eterna, Mr. Satán, dejando salir su lado más humano, sin esconderlo ni negarlo, reflejó en su rostro el más absoluto terror que, hallándose al borde del abismo, lo reclamó como suyo. No podía sujetarse de nada, ninguna cuerda aparecería mágicamente de repente para ofrecerle una vía de escape. Nada ni nadie lo sacaría de allí.
– ¡Por favor, denme una segunda oportunidad! –Empezando a sentir como una fuerza intangible lo halaba hacia abajo, Mr. Satán, confrontando sus propios demonios, se armó de valor como cuando participó de su pelea inaugural tantos años atrás– ¡si alguien me escucha, quién sea; por favor, quiero una segunda oportunidad!
A medida que se precipitó más y más, Mr. Satán, sorprendiéndose a sí mismo, empezó a escuchar numerosas voces del pasado que hicieron eco en sus oídos. Primeramente, sintiéndose un niño pequeño de nuevo, reconoció a sus padres hablándole cuando apenas aprendía a caminar; más adelante, evocando su juventud, identificó a Miguel quien aceptó salir con él cuando la invitó a su primera cita.
Igualmente, revivió el día en que ella le dio la noticia de su embarazo y su posterior boda. Más memorias de ella, abriéndose como puertas en un pasillo interminable, lo llevaron por diversos momentos de su vida juntos como pareja. Y como ya se lo imaginaba, se vio de vuelta en aquella cama de hospital cuando Miguel falleció. Pero, sin darle tregua, más recuerdos lo arrastraron llevándolo a una época más cercana.
Reverberando en el ambiente, siendo juzgado por su propia conciencia, escuchó la maldita conversación que sostuvo con Van Zant cuando se conocieron y donde él mismo firmó su sentencia de muerte. Más que buscar la destrucción del Gran Saiyaman, acabó cavando la tumba de Shapner y la suya, lo cual; a la postre, significó que la existencia de Videl terminara por arruinarse sin remedio.
– ¡Ya lo sé; ya lo sé, no es necesario que me lo recuerden otra vez! –Tapándose las orejas, intentando huir de aquella plática que retumbaba en el aire, el padre de Videl ya no quería seguir escuchándola– ¡es mi culpa, soy el único culpable de lo que pasó!... ¡por eso quiero intentarlo una vez más!
Empero, otra vez, no recibió réplica que aplacara sus ruegos. Sin embargo, ya no recordando cómo se sentía, un agudo y punzante dolor lo golpeó en su vientre acallando sus palabras. Apretando los dientes y los párpados, sabiendo muy bien cuál era la razón de tan insoportable dolencia, Mr. Satán, maldiciendo a Van Zant, no pudo resistir más y trató de gritar aunque descubrió que no podía hacerlo.
Pero eso, sorprendentemente, no fue el único hallazgo. Una luz muy intensa; tan intensa como la del sol, lo dejó ciego por unos segundos hasta volverse más tolerable. Además, un líquido salado y espeso llenó su paladar, y si bien sólo estaba especulando, Mr. Satán juraría que era su sangre. Aún así, sucediendo demasiadas cosas como para que las procesase con calma, Mr. Satán notó algo más.
Todavía seguía con vida.
Los ruidos que sus tímpanos captaban no eran del todo claros, le eran casi imposibles de identificar. Asimismo, tampoco lograba distinguir lo que observaba en aquel mar de luces y sombras que se pintaba frente a él. Respirar le resultaba una tarea titánica; pero se esforzaba por concretar cada inhalación. Y a pesar de sus heridas, Mr. Satán, usando la poca claridad mental que poseía, sospechó lo que pasó.
Una vez que Van Zant le disparó, chocando contra el sólido suelo de ladrillo, su mente, al sucumbir ante la inconsciencia, permitió que cada uno de sus remordimientos y pesares jugaran con él en un último intento por expiarlo. Y ahora que realmente despertó, aún aferrándose al mundo de los vivos gracias a un delgado hilo, Mr. Satán comprendía que esa era la segunda oportunidad que tanto buscó conseguir.
No podía hablar ni moverse, el abundante sangrado que emanaba del orificio de bala en su estómago, lo debilitó, en demasía, impidiéndole que lo hiciese. Sin embargo, aceptando que irremediablemente moriría de verdad en aquel lugar, Mr. Satán, rogando por un milagro más, quería despedirse de Videl para confesarle sus más sucios secretos, y, sobre todo, para implorarle su perdón.
Así pues, una vez que muriese verdaderamente, no importándole los castigos que estuviesen esperándolo al cruzar la línea, mientras su única hija lo perdonase, tendría paz en su corazón.
– Ya lo dice un viejo refrán: no se puede hacer una tortilla sin romper algunos huevos…
Habiendo trascurrido quince minutos de intenso bombardeo, Van Zant, no siendo ningún idiota, no necesitaba más pruebas para convencerse que las cosas no saldrían como las imaginó. Si bien le era obvio que algunos de sus hombres terminarían derrotados al luchar con el Gran Saiyaman, el mafioso, sinceramente, no se esperaba que casi todo su batallón acabaría tendido en el suelo.
A medida que el tiempo fue trascurriendo, Van Zant, con cada vez más prisa, fue alejándose del lugar donde le había disparado a Mr. Satán para buscar un nuevo punto que le ofreciese más seguridad. La posibilidad de aprovechar la distracción del superhéroe para largarse de allí constantemente lo tentaba; sin embargo, por más arriesgado que pareciese, el gánster se mantenía en aquel sitio negándose a huir.
Tratándose de un individuo con un largo y grueso expediente criminal en su haber, Van Zant, con una gran sonrisa, se enorgullecía de todas las veces en las que burló a la justicia. No obstante, para su notoria frustración, le resultaba una completa humillación que los responsables de ser una insoportable piedra en sus zapatos siempre fuesen un par de malditos mocosos.
Aquello era más que inaudito, ni siquiera la policía era una molestia tan grande como ellos dos. La primera fue Videl, quien, por varios años, se interpuso con sus negocios dándole una paliza tras otra al irrumpir en su guarida como si fuese un juego de niños. Y ahora, acabando con su ejército frente a sus ojos, el desenmascarado Gran Saiyaman estaba destruyendo el duro trabajo de más de una semana.
Pero, más allá de la derrota que observaba en el campo de batalla, que su rival de turno fuese un "monstruo" era la principal causa para mantenerse allí pese al peligro. Videl, por muy buena luchadora que fuese, nunca, ni una sola vez, mostró habilidades semejantes a las de ese fenómeno. Por ende, muy confiado en ese sentido, Van Zant pensaba que borrar a la pelinegra del mapa sería pan comido.
– Pero este desgraciado es más mucho difícil de matar. Si no hago algo pronto, no quedará nadie más de mi lado…
Sintiendo como la presión aumentaba sobre sus hombros, a Van Zant le era más que claro que tenía que eliminarlo hoy mismo sin importar el costo; de lo contrario, presentía que el Gran Saiyaman buscaría venganza y no se detendría hasta dar con él. Así pues, recordándose que las balas y los misiles no le provocaban ni cosquillas, pensando de nuevo en su arma secreta, Van Zant se topó con un problema.
– Estoy demasiado lejos de él, no creo poder arrojarle una de las granadas desde aquí–hablándose para él mismo, Van Zant, sin quitarle los ojos de encima al superhéroe, barajaba sus pocas opciones–tendría que acercarme para intentarlo; pero correría el riesgo de ser visto. Si fracaso, todo se acabará.
Van Zant, recurriendo a sus binoculares para examinar más a fondo los alrededores, no encontró nada diferente en sus primeras observaciones. El Gran Saiyaman, rodeado por una docena de los mercenarios que contrató, sin despeinarse, no experimentaba ninguna dificultad para sobrevivir a múltiples disparos a quemarropa. Si no estuviese despierto, Van Zant pensaría que aquello no era más que un sueño.
Luego de unos segundos, como lo sospechaba Van Zant, el Gran Saiyaman se limitó a esperar a que las municiones de sus atacantes se acabaran para hacerse cargo de ellos. Y desapareciendo de su vista en menos de un parpadeo, literalmente, Van Zant no fue capaz de ver cómo ese payaso noqueó a cada uno de sus agresores, dejando, tras de sí, un rastro de muchísimos cuerpos tirados por doquier.
La mera idea de acercarse a ese sujeto era un suicidio, no era humanamente posible vencerlo.
– Lo quiera o no debo hacer algo, tengo que tomar una decisión y rápido.
Aún sin dejar de inspeccionar el ruidoso y convulso tiroteo, Van Zant, mirando más allá de las columnas de humo que eran empujadas por el viento, se detuvo sin previo aviso al notar una solitaria y familiar silueta que permanecía atrás y muy lejos de las acciones. Pestañeando, ajustando el enfoque de sus prismáticos, lo que descubrió escasos instantes después le robó el habla al tomarlo por sorpresa.
De pie, totalmente ileso y sin mostrar signos de estar herido, Shapner, aquel jovencito que retó y luchó con sus propias manos contra el Gran Saiyaman, continuaba con vida a pesar de la golpiza que recibió hacía un cuarto de hora. Tal cosa era sencillamente imposible, no existía forma alguna en la que Shapner estuviese vivo como si nada le hubiese ocurrido.
– ¿Qué clase de broma es esta? –comprobando el estado del rubio, nuevamente, Van Zant tuvo que tragarse sus incredulidades por más justificadas que estuviesen– ¿cómo es posible que esto esté ocurriendo?
La exagerada cantidad de eventos sobrenaturales que estaba presenciando, destrozando, por completo, su sentido común, le hicieron vacilar llegando a casi descartar cualquier plan que su cabeza estuviese elaborando. Sin embargo, al mantener sus ojos clavados en Shapner, el mafioso, queriéndole sacar provecho a la "resurrección" del rubio, pensó que todavía podía volcar el juego a su favor.
– ¡Oye, fortachón! –Empleando su radio con el cual le daba órdenes a los suyos, Van Zant, cruzando los dedos para que Shapner lo escuchase, esperaba que el rubio estuviese dispuesto a un intento más– ¿puedes escucharme?
Entretanto Van Zant reorganizaba sus peones en el tablero, Gohan, encargándose precisamente de dichos peones, luchaba tanto contra ellos como contra sus deseos de acabar con todos gracias a una sola explosión de energía. A pesar de haberles demostrado que sus armas no eran capaces de lastimarlo, ellos, empecinadamente, continuaban peleando sin retroceder ni un centímetro.
Gohan, haciendo a un lado sus diferencias, reconocía que eran muy valientes al enfrentarse a un rival que los superaba ampliamente en fuerza; empero, no queriendo alargar más esa inútil batalla campal, el saiyajin tuvo que conformarse con derrotarlos con rapidez teniendo la delicadeza de no asesinarlos. No permitiría, bajo ninguna circunstancia, que su conciencia cargara con el peso de una equivocación más.
Pero sus pensamientos se vieron interrumpidos cuando otro misil, explotándole de lleno en la espalda, lo rodeó con una ardiente bola de fuego que no duró más de unos segundos. Si bien tal artefacto explosivo no le causaba daño alguno, el espeso humo negro que se metía en su boca y nariz, le impedía, por un breve período de tiempo, respirar con libertad hasta que la brisa le ofreciese aire limpio y fresco.
Sin saberlo, no sospechando lo que planeaba hacer Van Zant, Gohan ni se imaginaba que aquel mafioso pensaba aprovecharse de ese mortal efecto. No obstante, mentalizado en salir de allí cuanto antes, Gohan respondió al ataque tan pronto como pudo alimentar sus pulmones con oxígeno, mandando a volar, con un moderado puñetazo, al sujeto que le disparó aquel cohete de corto alcance.
– Sé que Van Zant los contrató, uno de sus compañeros me lo dijo…–volviendo a intentar hablar con ellos, Gohan, bloqueando con sus brazos de los interminables disparos que llovían sobre él, pensó que se rendirían pacíficamente si sacaba del conflicto al cabecilla de su grupo–díganme dónde está escondido y dejaré que todos ustedes se vayan de aquí…
A pesar de sus intentos por dialogar, aquellos pistoleros se negaban a claudicar aún esperanzados por llenar sus bolsillos con la jugosa recompensa que les fue prometida. Decepcionado de la humanidad, a Gohan le parecía irracional cómo la codicia y el hambre por riquezas podía enceguecer la mente humana. Vegeta, por ejemplo, de haber estado en su lugar, ya los hubiese desintegrado sin dudarlo.
– Pero no soy Vegeta y jamás volveré a comportarme como él…
Así pues, por más tedioso que le fuese, sin importar qué tan veloz pudiese moverse, Gohan se dio a la tarea que destrozar los rifles y pistolas que aquellos mercenarios empleaban dejándolos desarmados. Sin embargo, como si se tratasen de cucarachas, cada vez que vencía a un pequeño grupo de ellos, otra veintena de cazafortunas, disparándole desde otra posición, reiniciaba el ineficaz y tedioso tiroteo.
En medio de las ráfagas que lo golpeaban, sintiendo como una en particular lo hacía con mayor potencia, Gohan avistó una de las tres ametralladoras calibre cincuenta que Van Zant adquirió en el mercado negro. Dicha máquina, escupiendo plomo como una bestia enfurecía, utilizaba balas trazadoras que dibujaban una rojiza serie de destellos que delineaban la trayectoria de los proyectiles.
Caminando hacia su ubicación, permitiendo que los tiros golpeasen su pecho al estrellarse contra él, Gohan terminó colocándose justo en frente de la boca del grueso cañón que ardía al rojo vivo por la interminable sucesión de descargas que mantenía sin parar. Ante su inminente llegada, el cuarteto de cazarrecompensas que la operaba entró en pánico, y todos, excepto el tirador, optaron por alejarse.
– ¡Acabaré contigo, maldito fenómeno! –sin dejar de apretar el gatillo, el operador de dicha arma no abandonó su puesto.
Cuántas veces había escuchado frases similares en los últimos veinte minutos, habiendo perdido la cuenta, Gohan no lo sabía. Pero no prestándole atención a los insultos y amenazas dirigidas hacia él, Gohan, manteniendo un milagroso equilibrio de sus volátiles emociones, extendió el brazo derecho observando como los impactos eran detenidos por la palma de su mano.
Mientras tanto, no importándole que sus compañeros lo hayan dejado solo, aquel sujeto continuaba disparándole al Gran Saiyaman resistiendo los calientes casquillos vacíos que, rebotando uno tras otro muy cerca de él, salían eyectados por montones de su arma hasta acumularse en el piso. Ya sea por coraje o por inacción, su dedo nunca se separó del disparador.
Y Gohan, como si estuviese hecha de papel, apretó la punta de la ametralladora hasta cerrar el orificio de salida; enseguida, con un fuerte tirón, el saiyajin le arrebató aquel instrumento bélico a su portador para destruirlo con simplemente retorcerlo. Ante eso, tanto Gohan como aquel individuo, se quedaron mirando el uno al otro sin saber qué decirse; empero, un visitante inesperado los sorprendió a ambos.
– ¡Carajo! –reconociendo aquel objeto que cayó a pocos metros de él, el desarmado pistolero no fue capaz de decir algo más elocuente.
Una granada, aterrizando entre las piernas de Gohan, apareció de la nada al ser lanzada desde un costado por alguno de los muchos combatientes que persistían en seguir luchando. Por su parte, el hijo de Goku, arqueó una ceja al comprender lo que sucedería cuando aquel dispositivo hiciese explosión. Por ende, acelerando a niveles sobrehumanos, Gohan procedió a intervenir.
– ¡Ahhhhhh! –siendo cegado por un vigoroso fulgor al explotar la granada, el mismo mercenario que trató de eliminar al Gran Saiyaman, a duras penas pudo hacer algo más que gritar.
A pesar que sus poderes ya no eran tan espectaculares como en su lucha contra Cell, para hacerse cargo de algo tan insuficiente como una bomba, eran más que útiles. Gohan, agachándose antes que detonase, recogió dicha granada y la encerró en una burbuja de ki del tamaño de un balón de baloncesto, donde, impidiendo que hiriera mortalmente a alguien, el estallido sería contenido.
Y así, cumpliendo su cometido, Gohan evitó que las esquirlas metálicas terminaran matando a cualquier desafortunado que se cruzase en su camino. Al alzar la mirada, viendo la expresión de espanto que tenía adherida al rostro, el hermano de Goten observó cómo su anterior oponente meramente se desmayaba. Al menos no será necesario que lo noquee, reflexionó Gohan al verlo inconsciente pero con vida.
– Tengo que admitirlo, cuando llegaste a la escuela por primera vez me pareciste un debilucho y un bueno para nada. La próxima vez que conozca a alguien, seré más precavido.
Reconociendo esa voz, y sin pensarlo demasiado, Gohan giró sobre sus talones para encontrarse cara a cara con Shapner. Tal cosa fue como retroceder hasta el inicio de la contienda, cuando ambos, estando exactamente a la misma distancia uno del otro, se disponían a matarse mutuamente. Sin embargo, a diferencia de esa primera vez, la faz de Gohan lucía totalmente expuesta sin un casco que la escondiese.
– Shapner, estás despierto…
Allí estaba él, de pie, sin un sólo rasguño en su cuerpo. Su ropa, rota y muy dañada, eran el indicio más llamativo que quedó de lo cerca que estuvo de fallecer por culpa suya. Su larga cabellera dorada, que en más de una vez presumió con gran arrogancia, yacía despeinada y sucia otorgándole el aspecto de un indigente. Aún así, más allá de su deplorable fachada, a Gohan le alegraba hallarlo sano y salvo.
Siendo capaz de cortarse con un cuchillo, un silencio incómodo y extenuante se materializó entre los dos al no decirse nada más. Gohan, saboteándose a él mismo cada vez que lo intentaba, no pudo hacer más que observarlo fijamente en tanto Shapner le imitaba. Haberlo intimidado y amenazado escondiéndose en su álter ego fue muy fácil de lograr; pero hablarle con su auténtico yo, fue un duro reto para Gohan.
Esa era la primera vez que se hablarían desde su breve pelea; aunque, más importante aún, era la primera vez que volvían a verse desde que Gohan intentó asesinarlo. Ese era un momento que Gohan, sinceramente, hubiese querido que sucediese más adelante. Todavía, a raíz de sus numerosos adversarios, no había podido enfriar su cabeza para pensar con calma qué le diría al rubio.
Pedir disculpas y justificar sus actos no sería suficiente, Gohan lo comprendía. Shapner, en todo su derecho, tenía la potestad de protestar por la tortura física a la que fue sometido por el saiyajin unos minutos antes. A pesar que Shapner también poseía una cuota de responsabilidad en lo ocurrido, no era él quien contaba con poderes y habilidades sobrenaturales con las cuales provocar dolor y muerte.
– Así que todo el tiempo fuiste tú, eso explica muchas cosas–Shapner, conversándole como si no estuviesen en una zona de guerra, se estaba dando el lujo de charlar con una inusual tranquilidad–anoche, cuando estábamos en la fiesta, dijiste que me tenías vigilado muy de cerca y que sabías todo lo que hacía. En ese instante no entendía cómo era eso posible, pensaba que sólo querías asustarme; ahora lo entiendo todo…
– Shapner, yo no sé cómo decirlo; pero lamento muchísimo haber intentado…
– ¿Matarme? –Interrumpiéndolo, la voz de Shapner remarcó con frialdad aquella palabra–se siente muy raro el sólo pensarlo; aún más después de haberme recuperado. Ni siquiera sé qué pasará cuando todo esto termine, nada volverá a ser igual que antes. Todo cambió para siempre, Gohan.
– Lo sé, yo lo arruiné todo. Me gustaría disculparme contigo, pero sospecho que no servirá de nada.
– Tienes razón, no servirá de nada. Aunque te agradezco que hayas curado mi hombro herido, pero nunca te perdonaré por todo lo demás–moviendo su brazo en cuestión, Shapner, apretando su mano derecha, la mantuvo de esa forma mientras lo miraba–no tienes idea de cuántas veces me prometí a mí mismo, que mataría, con mis propias manos, al Gran Saiyaman; juré que haría lo que fuese con tal de lograrlo. Haber sido vencido por ti fue demasiado doloroso, y no lo digo solamente por el dolor físico.
– Shapner, los dos nos equivocamos. Fuimos demasiado lejos, en especial yo. Volví a cometer los mismos errores que hace muchos años prometí que no cometería–Gohan, mirando sus palmas enguantadas aún con algunas manchas de sangre que le pertenecían a Shapner, imaginó las caras de sus amigos y familiares cuando se enterasen de lo que hizo en aquella estación abandonada–yo sólo quería lo mejor para Videl; quería hacerla feliz. Sencillamente deseaba que fuera la misma Videl que conocí cuando llegué a Ciudad Satán, quería que fuera la misma Videl que empezó a gustarme hasta enamorarme de ella.
– ¿Te enamoraste de ella, Gohan? –preguntándole sobre su ahora exnovia, el rubio, no comportándose como normalmente lo haría, vio a espaldas de Gohan como los soldados de Van Zant se replegaban y reagrupaban aprovechando la distracción que él estaba creando–respóndeme con sinceridad, Gohan…
El aludido, mirando fijamente a su compañero de preparatoria, no se percataba de los movimientos detrás de él.
– ¿Te enamoraste de Videl, Gohan?
– Sí, me enamoré de ella–decidido, el hijo de Goku compartió sus sentires con su rival amoroso–nunca antes, en toda mi vida, había sentido algo así por una chica. Ella es valiente, testaruda y muy hermosa, me tomó demasiado tiempo darme cuenta que sentía por Videl mucho más que admiración y respeto. Pero cuando lo supe, ya era demasiado tarde. Había perdido la carrera; la había perdido contigo, Shapner.
Para Gohan, quien no escondía su sorpresa, era muy inesperado que aquello estuviese sucediendo. De todos los posibles escenarios que imaginó al reencontrarse con Shapner, el saiyajin, honestamente, no adivinó que terminarían charlando con tanta naturalidad. Quizás aquello se debía a que Shapner, al ser un humano ordinario, era incapaz de devolverle, recíprocamente, la paliza que recibió por parte suya.
Así pues, muy avergonzando por lo ocurrido, Gohan no encontró ninguna excusa o pretexto que le diese justificación a sus crímenes. De esto, precisamente, le previno Picorro cuando le advirtió de hacer algo que lamentaría muchísimo. Shapner, por otro lado, más allá de verlo balbucear en voz baja, mantenía su ojos muy atentos al panorama que se dibujaba delante de él, y más especialmente, detrás de Gohan.
Casi un año antes, aún engañado por la falsa apariencia de Gohan, jamás hubiese colaborado en aquel último intento. No obstante, sabiendo ahora que su mayor enemigo siempre se ocultó de él a simple vista, Shapner no volvería a casa sin haber cumplido su promesa. Tal vez no podría hacerlo él mismo, pero aún existía una posibilidad más; aunque eso significase recurrir a tácticas viles y oportunistas.
Su deseo por ganar se mantenía intacto, lo único que había cambiado eran sus motivaciones. Ya no era el amor el motor que lo hacía seguir con aquella locura, eran el honor y la venganza.
– Te entiendo; entiendo muy bien a lo que te refieres–Shapner, replicándole, se evocó a sí mismo recordando varios sucesos del pasado que involucraban a Videl–para bien y para mal, Videl me cambió la vida por completo. Yo la conocí cuando mi familia se mudó a Ciudad Satán, me enamoré de ella por las mismas razones que tú; aunque Videl nunca me correspondió como yo lo deseaba.
– Yo lo lamento mucho, Shapner. Sé que la amas tanto como yo, fui muy ciego al no darme cuenta de ello. Los celos que sentía por verte con ella me nublaron el juicio.
– El amor nos hace ciegos, Gohan. Cuando un hombre se enamora de una mujer, no importa lo listo que sea, es inevitable que no pierda la cabeza–delineando una leve sonrisa, el rubio metió sus manos en los bolsillos de sus pantalones–supongo que ya debiste habérselo dicho a Videl, imagino que se lo confesaste anoche cuando los encontré a solas en aquel balcón. Sospecho también que por eso la besaste.
– Sí, se lo dije anoche en la fiesta. Le conté varias cosas sobre mí que muy pocos saben, pero lo principal fue decirle que la amo–notando, ya muy tarde, como el ambiente se había silenciado de repente, Gohan se volteó echando un vistazo a los solitarios alrededores–y cuando se lo dije, no me pude resistir; sentí que moriría si no la besaba allí mismo…
– Yo también sentí lo mismo una vez.
Agachando la mirada, viendo de reojo el piso repleto de casquillos de bala vacíos y armas destrozadas, Shapner, concentrando su atención en una de ellas, se recordó a sí mismo en aquella cama de hospital varios meses atrás. Allí, sintiéndose físicamente muy débil y enfermo, el rubio, como si le inyectasen una sobredosis de vitalidad, dibujó una gran sonrisa en sus labios cuando Videl apareció de imprevisto.
En aquel momento, impulsado por la efervescente pasión que tenía por ella, Shapner no pudo resistirse a la tentación de concretar un añejo anhelo que arrastraba desde hacía años. Si bien en la actualidad estaba enterado que ella sólo lo hizo por lástima, para Shapner, aquel beso sería inolvidable al tratarse del primero en su vida, y, tristemente, por haber sido el inicio de una dolorosa y cruel mentira.
Una parte de su corazón le exigía que la odiase hasta el final de sus días; que la recordase como la más imperdonable traición que alguien alguna vez orquestó en su contra. Aquel sentimiento de aversión era perfectamente justificable, ella tomó sus ilusiones y las aplastó de manera egoísta al sólo pensar en sí misma. Esa Videl, por mucho que no quisiese admitirlo, no era la Videl que lo enamoró con vehemencia.
Inclusive, sorprendiéndose a él mismo, ya ni siquiera podía ver a la Videl de sus fantasías como antes, ya que ella, al corresponderle exactamente como él lo deseaba, era aún más falsa que la auténtica. Ella, por más bella y amorosa que fuese con él, era un completo engaño. Era muy triste darse cuenta de algo así de una forma tan horrible, pero un chico tan embrujado como Shapner lo necesitaba con urgencia.
– Sí, hubo un momento en mi vida en que creí que moriría si no podía tenerla a mi lado.
No obstante, odiarla le haría más daño a él que a ella. Haber descubierto la verdad no sólo lo liberó de su embrujo; si no además, que lo llevó a conocer a la legítima Videl que se escondía debajo de aquella máscara de rudeza y arrogancia que tanto lo conquistó. La pelinegra, como cualquier otro ser humano, era imperfecta y con defectos tan profundos como los del rubio.
Tras su casi muerte y posterior renacimiento, Shapner, en un extraño giro del destino, comenzó a madurar. Ya no sufriría por ella como en el pasado; ya no depositaría toda su alegría en ella al ilusionarse con espejismos. Eso, de raíz, se acabó. Así pues, haría algo impensable para él en otra época, era algo extremista pero era lo más saludable: arrancarla y sacarla en su totalidad de sus pensamientos.
El primer amor jamás se olvida, Shapner era consciente de ello; empero, por su propio bien, lo intentaría. Sin embargo, al regresar su vista hacia Gohan, por más que supiese que era una estupidez, el rubio apetecía quitarse aquel mal sabor de boca que le dejó ser vapuleado por él. Era justo que le devolviese el golpe; pero ya llegaría su oportunidad, sólo esperaba que Van Zant hiciese lo suyo.
– En ese caso, les deseo mucha suerte a los dos–charlándole otra vez, Shapner se dispuso a darle un consejo a Gohan que sonaría con matices de despecho–pero te recomiendo que tengas cuidado, no te ilusiones demasiado porque podrías terminar como yo.
– Para serte sincero, cuando Videl se entere de lo que pasó aquí, dudo mucho que quiera darme una oportunidad para estar juntos…
– Si ella fue capaz de dármela a mí, tal vez también te la dé a ti.
– A todo esto, tengo que darte las gracias, Shapner.
– ¿Las gracias?
– Sí, gracias a ti Videl salió ilesa en aquel tiroteo–olvidándose de la rivalidad que los envenenó, Gohan sabía que Shapner era un héroe a pesar de no usar capa–como yo no vivo en la ciudad no estuve presente cuando eso sucedió, que ella siga con vida es gracias a ti. Ojalá también supiera qué decirle a Videl respecto a todo esto cuando nos volvamos a ver.
Mientras Gohan continuaba preguntándose qué le diría cuando tuviese que confesarle lo que hizo, muy delicadamente, rodando con lentitud hasta detenerse unos centímetros delante de él, una lata pasó entre sus piernas sin que el saiyajin lo esperase. Shapner, quien estaba frente a él, reconoció de inmediato aquel artefacto al tener uno idéntico en sus bolsillos.
Gohan, quien la confundió con cualquier otra cosa menos un arma, no tuvo la misma reacción que unos minutos antes con aquella granada más tradicional. Shapner; por el contrario, procedió a cubrir su rostro en tanto se daba la vuelta para buscar refugio. Simultáneamente, no muy lejos de ellos, Van Zant hacía lo mismo que Shapner sin borrar la gran satisfacción de su cara al lograr su misión.
– ¿Pero esto qué es…?
El hermano de Goten, interrumpido por una ruidosa explosión, miró atónito cómo de repente se creó una enorme nube de humo amarillento que, en menos de un santiamén, lo envolvió de pies a cabeza. No obstante, más allá de la impresión inicial, fueron los efectos secundarios lo que le hicieron experimentar un miedo como pocas veces alguien de su naturaleza hubiese sentido jamás.
Shapner, quien salió corriendo lo más rápido que pudo antes de la detonación, abrió sus ojos teniendo un asiento privilegiado para ver como Gohan se asfixiaba. El rubio, incapaz de mirar a otro sitio, lo vio agitarse y tambalearse de un lado al otro a su vez que tosía con fuerza. No era una imagen bonita, pero representaba el hambre de venganza que ardía y corría por sus venas.
Por otra parte, el saiyajin, desde su niñez, fue un participante activo en un sinnúmero de peleas, donde, capaces de destruir planetas, los ataques energéticos eran el platillo principal del repertorio. Se entrenó para conectar demoledores puñetazos y para esquivar mortales técnicas de combate; sin embargo, nunca, ni remotamente, se había preparado para ser atacado con algo tan insospechado como un gas.
Pero no era cualquier simple gas, era uno capaz de matarlo. Aquella sustancia tóxica, cerrándole y apretándole la tráquea, le obstaculizaba respirar con normalidad impidiéndole nutrirse con el valioso oxígeno que tanto ansiaban sus pulmones. Sus globos oculares, también sufriendo por su quemante presencia, no le permitían ver nada de lo que ocurría en sus alrededores dejándolo ciego.
Gohan, impulsado por el instinto de supervivencia, no dudó en saltar a un costado escapando de aquel químico que lo ahogaba. No obstante, al no poder ver lo que hacía, Gohan terminó chocando con un viejo y oxidado vagón de carbón que se hallaba a su izquierda. A pesar que ese impacto no representó una amenaza para él, su equilibrio y orientación sí estaban siendo afectados por el humo venenoso.
Al verlo desorientado, como si fuese una víbora saliendo de su madriguera, Van Zant no se demoró en ordenarle a los hombres que aún le quedaban que reanudaran el ataque. Shapner, sin moverse de su pequeño escondite, quedó verdaderamente impresionado de lo que atestiguaba al ver como su compañero de preparatoria era acribillado a tiros frente a sus narices.
– ¡Oye, fortachón! –Oyendo la voz de Van Zant en su cabeza, el rubio, sin dejar de mirar los acontecimientos que se desarrollaban ante él, se vio inmerso en sus recuerdos– ¿puedes escucharme?
En aquel instante, luego de su milagrosa recuperación, en lo último en que pensaba Shapner era en volver a comunicarse con Van Zant; empero, hablándole de nuevo por medio del audífono que le entregó antes de iniciar la pelea, el exnovio de Videl se vio forzado a prestarle atención. Por ende, buscándolo en el terreno circundante, Shapner examinó sus cercanías sin lograr encontrarlo.
– ¡Esto es un maldito milagro, no puedo creer que sigas vivo! –Van Zant, no escondiendo su asombro, le exclamó–después de la golpiza que te dio ese payaso, pensé que ya estarías en el otro mundo.
Shapner, quien no podía responderle, se limitó a únicamente escucharlo.
– Si puedes escucharme quiero que hagas alguna señal, es muy importante que oigas lo que quiero decirte…
Entretanto Gohan combatía con los mercenarios que reclutó Van Zant, Shapner, cumpliendo con la petición del mafioso, levantó una mano esperando que él lo viese.
– ¡Perfecto, ahora escucha con mucha atención! –Estando a poco más de cien metros de distancia, Van Zant lo vigilaba con la ayuda de sus binoculares–no sé cómo demonios sobreviviste, pero te voy a pedir que me hagas un último favor. Como ya te diste cuenta esta operación ha sido un fracaso, es sólo cuestión de tiempo para que ese desgraciado nos venza a todos.
El rubio, quien presenciaba como Gohan vencía sin problemas a los matones de Van Zant, llegó a la misma conclusión que él.
– Pero no todo está perdido, aún nos queda un as bajo la manga–adivinando cuales eran sus intenciones, Shapner palpó la granada de gas que traía consigo en sus pantalones–sospecho que recuerdas la granada que te di, yo también tengo algunas cuantas conmigo; llegó la hora de usarlas.
De haberle sido posible, Shapner le hubiese preguntado cómo pensaba hacer eso; aunque, como si leyera sus pensamientos, Van Zant le explicó su plan:
– Cómo no puedes arrojarle la tuya porque él la vería y la esquivaría, me encargaré personalmente de lanzarle una de las mías desde atrás–describiéndole sus objetivos, Van Zant le resumió sus planes con rapidez–lo que necesito que hagas es distraerlo lo suficiente para que yo pueda acercarme a él sin que me note. Habla con él, cuéntale un maldito chiste; lo que sea, sólo distráelo por cinco minutos.
En ese momento, aprovechando que Van Zant dejó de hablar, Shapner alzó la vista y miró como Gohan seguía bloqueando las balas y venciendo a los bandidos que le disparaban. Mirándolo volar, moviéndose a súper velocidad y desviando misiles con las manos, para el rubio, sin olvidarse de las heridas que él le infringió poco antes, era más que obvio que no estaba a su alcance derrotarlo por sí mismo.
Desde que dedicó su vida al boxeo se sintió orgulloso de sus logros, de sus victorias en el cuadrilátero y del esfuerzo que realizó para llegar hasta la cima. Nunca, ni una sola vez, se rindió ni tiró la toalla por más difícil que fuese un oponente. Pero el Gran Saiyaman, o mejor dicho, Gohan, fue el primero en vencerlo y humillarlo con una facilidad que le hacía explotar de furia.
Fue como si una hormiga pelease contra un dinosaurio, jamás se había sentido más insignificante e indefenso que cuando Gohan lo destrozó con un sólo puñetazo. Recordarlo lo enojaba muchísimo, su orgullo fue herido de tal manera que ni siquiera una de esas extrañas semillas mágicas podría sanarlo. Lo único que lograría curarlo era devolverle el golpe y hacerlo sentir vulnerable como lo hizo con él.
Y esta era la ocasión perfecta para eso.
– Esta será nuestra última oportunidad, considérala como una revancha de la paliza que te dio–volviendo a escuchar a Van Zant, Shapner endureció tanto sus facciones como sus puños–si estás dispuesto a ayudarme, hazme otra señal; no tenemos más opciones…
Ese que veía ahí no era el Gohan enclenque y tonto que creía conocer, tampoco era el mismo chico sabelotodo que sacaba calificaciones perfectas en todas las clases. Era una anomalía de la naturaleza, un fenómeno que podría destruir el mundo tal y como Cell dijo que lo haría años atrás. Era un peligro; un peligro que de no erradicarse terminaría cobrando la vida de todos. Ese era un riesgo que no correría.
Y así, con otra señal que fue vista por Van Zant a lo lejos, Shapner selló su participación, una vez más, en aquella guerra. Armándose de valor, rogando para que ningún proyectil o bomba impactase contra él, Shapner caminó hasta donde Gohan se encontraba muy ocupado. Hablándole de sorpresa, obligándolo a girar sobre sus pies, el rubio se dio a la tarea de ganar tiempo para que Van Zant hiciese su parte.
– ¿Ahora qué demonios va a pasar aquí?
Regresándose al presente, aún observando cómo Gohan se tambaleaba hasta caer al suelo, Shapner guardó su distancia cuando se percató que el mismísimo Van Zant salió de la nada al aproximarse al abatido superhéroe. Al verlo se cuestionó dónde estaba Mr. Satán, y al pensar en su antiguo suegro, Shapner prefirió alejarse de los pistoleros y correr en busca del campeón.
– ¡No puede ser, el desgraciado sigue con vida!
Sin embargo, deteniéndose a medio camino al oír aquella exclamación, Shapner miró de soslayo como Gohan era rodeado por los secuaces de Van Zant quienes no se demoraron en estudiar de cerca a tan pintoresco personaje. Haber escuchado aquello lo tentó a retroceder sobre sus pasos para comprobar los hechos por sí mismo; empero, preocupándose por Mr. Satán, descartó aquella tentadora posibilidad.
– Sí que eres un maldito duro de matar, pero todavía me queda un regalo más para ti…
Sujetándolo de su capa rojiza, el propio Van Zant, con la ayuda de sus hombres, comenzó a arrastrar a Gohan por el suelo en tanto el saiyajin se negaba a morir respirando con muchísima dificultad. De haber sido un terrícola normal en su totalidad, el hijo de Milk ya estaría con su padre en el otro mundo; no obstante, gracias a su genética extraterrestre, pudo sobrevivir aunque su estado era crítico y delicado.
Van Zant no tenía ni idea de nada de eso, pero no necesitando más incentivos para acabar con él, no quiso darle ni un minuto para que se recuperase. Shapner, aún inmóvil en la lejanía sin poder apartar la mirada, rápidamente se dio cuenta de los planes de Van Zant, el cual, guiando a los suyos, se dirigía al edificio que, previamente, había sido equipado con cientos de cargas explosivas de demolición.
Gracias a su imaginación, sabiendo lo que pasaría, Shapner vio como Gohan era sepultado por toneladas de escombros en la que sería su tumba. Haberse desquitado con él alivió una pesada carga sobre sus hombros; pero, reemplazándola con una mucho peor, saber que él estaría envuelto en la muerte de uno de sus compañeros de escuela acabaría siendo un recuerdo nada grado para él. Aún así, no retrocedió.
Sin mirar atrás, queriendo fingir que nada ocurría a sus espaldas, Shapner reanudó su búsqueda de Mr. Satán, al adentrarse, con premura, en la deteriorada edificación donde el padre de Videl se ocultó al inicio de la pelea. Y precisamente, sin que Shapner ni Van Zant lo notasen, la otrora heroína de Ciudad Satán, sobrevolando los alrededores, empezó el descenso aterrizando en una zona despejada y segura.
Sintiendo como el tren de aterrizaje hacía contacto con el piso, Videl, saltando de la cabina, se tomó la molestia de estudiar el paisaje en ruinas, presintiendo, con gran desconsuelo, que ya era demasiado tarde para detener aquella demencia. Empero, como en sus mejores épocas, la Videl valiente y decidida asumió las riendas preparándose para lo que sea que estuviese esperándola unos metros más adelante.
Y así, desconociendo lo que encontraría a la vuelta de la esquina, Videl se apresuró a hallar a Shapner y a Gohan, sin imaginarse, ni remotamente, que ella era la pieza faltante en aquel sangriento rompecabezas.
Fin Capítulo Treinta y cuatro
Hola, muchas gracias por leer este nuevo capítulo, espero que les haya gustado. Por fin voy llegando al final, me ha costado un mundo lograrlo pero ya casi termino. Ahora con la llegada de Videl a escena tengo todos los elementos que necesito para darle forma a la conclusión de la historia, dicho final lo planeé desde hace años, pero me hacía falta definir varios detalles pendientes antes de escribirlo.
Bueno, no quiero extenderme más de lo que ya lo hice, para terminar por hoy les doy las gracias a Lei1990, Kellz19, Getsukei, Akane Mitsui y a Lupis OrSa por sus comentarios en el capítulo anterior.
Gracias por leer y hasta la próxima.
