Disclaimer: Ni Dragon Ball ni sus personajes me pertenecen.

Capítulo 35

El irritante y quemando olor de aquel humo venenoso aún se percibía en el ambiente; si bien el viento lo había disipado considerablemente con el pasar de varios minutos, éste se resistía a marcharse por completo. Como consecuencia de esto, lastimando sus ojos y gargantas, algunos de los pistoleros contratados por Van Zant cubrían sus rostros esperando que el aire fresco pronto los auxiliara.

Para la gran mayoría de ellos esta no era la primera vez que participaban en un tiroteo. Habiéndose corrompido irremediablemente hacía muchos años atrás, se vieron tentados por el dinero fácil optando por una vida de crimen que los hizo ser los protagonistas de muchos asaltos y robos a mano armada. No obstante, superando todo lo anterior con creces, la batalla del día de hoy fue una auténtica guerra.

Se habían enfrentado a la policía en diversos momentos del pasado una infinidad de veces; sin embargo, nunca antes se atrevieron a plantarle cara a un superhéroe. Normalmente, cuando pensaban en un "superhéroe", sus mentes de inmediato los llevaba a pensar en caricaturas o en personajes de historietas, pero desde hace unos cuantos meses, tal cosa se convirtió en una amenaza muy real.

Videl Satán, la hija del campeón mundial, era famosa y muy conocida por combatir, sin la ayuda de nadie, a cuanto malhechor rompiese o violase la ley. Ella era una formidable adversaria; su apariencia esbelta y bella, propia de la juventud, era una fachada. Detrás de dicha fachada, se encontraba una valiente y muy fuerte chica, capaz de vencer, por sí sola, a cualquiera de ellos si así se lo propusiese.

Aún así, el hombre que tenían a escasos metros de distancia, sobrepasaba a la pelinegra en demasía.

– El humo se ha disipado casi por completo, vamos a echar un vistazo más de cerca.

Van Zant, quien se mantenía oculto gracias a un montículo de escombros, se levantó dispuesto a comprobar el estado del Gran Saiyaman. Sus secuaces, no teniendo más alternativa, tuvieron que obedecer sus órdenes emprendiendo una lenta y cautelosa marcha hacia el inmóvil héroe. A pesar de saber que sus armas no le causaban ningún daño, empuñándolas con fuerza, ninguno renunció a ellas.

Así pues, con un evidente miedo en sus caras, lo que quedaba del batallón de Van Zant fue rodeando al caído justiciero quien continuaba sin moverse al estar tirado en el pavimento. Para muchos, por no decir que en su totalidad, ver la cara descubierta del Gran Saiyaman era algo absolutamente increíble e inesperado. Nunca, ni remotamente, hubiesen imaginado que él se tratase de un chiquillo.

A simple vista, ignorando las habilidades que poseía, su fisionomía no sobresalía en lo más mínimo a excepción de su ridícula vestimenta. Era un chico muy joven, tanto así, que su aspecto concordaba con la de un estudiante que apenas cursaba la secundaria. Empero, recordando lo que podía hacer, ese mocoso sobrevivió a una lluvia de balas que, en otras circunstancias, mataría a quien sea sin problemas.

Tal cosa, indudablemente, lo volvía un individuo indestructible.

– ¡No puede ser, el desgraciado sigue con vida!

Y tal creencia, fortaleciéndose aún más, se confirmó cuando vieron como sus facciones empezaban a moverse, dibujando, con dificultad, distintas expresiones que evidenciaban la agonía por la cual estaba atravesando. Van Zant, por su parte, más que asustarse, no pudo evitar sentirse más y más enfadado al descubrir que su infalible as bajo la manga falló ante él.

Aquello debía ser un mal chiste, pensó el mafioso al ver como su enemigo iba recobrando la conciencia. El Gran Saiyaman, aferrándose a la vida con una inmensa terquedad, se negaba a sucumbir ante aquel tóxico gas con la capacidad de asesinar a todo aquel que lo aspirase. Enfrentarse a una persona como él, o mejor dicho, a un monstruo como él, era una tarea mucho más difícil de la que creyó.

Volteando la mirada, observando a lo lejos como Shapner también salía de su escondite, ambos rubios intercambiaron una tensa y silenciosa contemplación. El sonido de un quejido encendió las alarmas en Van Zant, quien, forzadamente, dejó de ver a Shapner para enfocarse de nuevo en el Gran Saiyaman, el cual, con cada segundo que transcurría, mejoraba demasiado rápido para el disgusto de Van Zant.

Por ello, mientras Shapner corría en dirección hacia donde le había disparado a Mr. Satán, Van Zant, sabiendo lo que pasaría si no actuaba con premura, recordó que todavía le quedaba una carta más por jugar. Sin decir nada, haciéndolo por su propia cuenta, Van Zant caminó alrededor del hijo de Goku agachándose para sujetar la larga capa roja que adornaba su horrible traje de superhéroe.

Los cazafortunas que le acompañaban, esperando que les diese alguna indicación, no dijeron ni una palabra limitándose a sólo observarlo. Van Zant, luciendo una inquietante demencia en su faz, ni siquiera se molestó en ordenarles que le ayudaran, él quería ser el mismo que exterminó y borró del mapa tanto al amado campeón mundial como a aquel fenómeno salido del infierno.

– Sí que eres un maldito duro de matar, pero todavía me queda un regalo más para ti…

No importándole que pesase como una tonelada, Van Zant, arrastrándolo por el suelo repleto de casquillos vacíos, emprendió una desesperada carrera contra el reloj por situarlo en el lugar, donde, ciegamente, esperaba que fuese su tumba. Sus subordinados, al ver las acciones de su jefe, no se demoraron en ayudarlo uniéndose para llevar al Gran Saiyaman adentro de la aduana de la estación.

A pesar de que ya no deberían sorprenderse, su incredulidad fue nuevamente retada al sentir el enorme peso que constituía el cuerpo del hermano de Goten. Tal descubrimiento solamente sembró más dudas sobre el origen y la verdadera naturaleza del desenmascarado justiciero, llevándolos, con cada vez más imaginación, a especular las posibles respuestas que contestarían sus inquietudes al respecto.

¿Era acaso alguna especie de experimento que se escapó de algún laboratorio secreto?

¿Era una mutación extraña producida por la exposición a la radiación nuclear?

Esas y más suposiciones fueron formándose en sus pensamientos en tanto continuaron arrastrándolo, y a medida que se aproximaban a su destino, el debilitado Gran Saiyaman emitía más ruidos que los puso en su máximo grado de alerta. Varios gruñidos y suspiros, uno tras otro, les recordaban que ese jovencito que arrastraban, aguantó, cómodamente, a casi todo el arsenal que habían preparado para él.

Si las bombas de demolición no lo mataban al explotar, nada hecho en este mundo podría hacerlo. Pero a su vez que ellos hacían hasta lo imposible por matarlo, Gohan, aún aturdido por los efectos del gas, experimentaba un punzante de dolor de cabeza que era acompañado por un intenso mareo. Asimismo, batallando por lograrlo, respirar representaba todo un desafío semejante a controlar el súper saiyajin.

Los ojos le dolían muchísimo, era como si estuviesen siendo arrasados por un voraz incendio que los quemaba sin piedad; por ende, un interminable lagrimeo le dificultaba poder abrirlos y ver lo que sucedía. Aún así, conseguía escuchar las voces de varias personas desconocidas que, retumbando en sus tímpanos, agravaban la jaqueca que lo aquejaba al taladrar su cerebro con cada sílaba que decían.

En sus casi veinte años de vida, desde que su maestro le enseñó a pelear, Gohan ya sabía en carne propia cuáles eran las dolencias y padecimientos más habituales que un guerrero sufría como resultado de una pelea. No obstante, lo que vivía en ese momento era algo completamente nuevo para él. Sus músculos se contrarían al sufrir calambres, ni siquiera conseguía mover un simple dedo.

Muchas veces en el pasado, principalmente luego de la muerte de su padre en el Torneo de Cell, Gohan llegó a tildar sus dones como una maldición. Hubiese dado lo que fuese con tal de ser un terrícola ordinario si eso le traía de vuelta la felicidad a su hogar roto; sin embargo, más allá de toda la culpa y remordimiento que padeció, eran sus poderes lo que lo mantenían vivo.

Gohan, al sentirse tan débil, recordó a su madre y a su hermano. Se preguntó, con gran pesar, qué les diría a ellos y a sus amigos cuando se enterasen de lo que pasó en aquella antigua estación ferroviaria. La vergüenza, abriendo aún más la herida, le refrescó la memoria haciéndole evocar sus crímenes. Empero, incluso antes de enfrentar sus miradas decepcionadas, primero tenía que salir de aquel aprieto.

– Sólo espero no haber llegado demasiado tarde…

No muy lejos de Gohan, explorando los alrededores con prudencia, Videl, caminando tan silenciosamente como le fue posible, comenzaba a internarse entre las edificaciones abandonadas presintiendo que algo no andaba nada bien. Desde la lejanía, cuando volaba a toda velocidad en su avión, avistó algunas columnas de humo que eran un claro indicio de un conflicto armado.

Pero ahora, como si un mago hubiese hecho uno de sus trucos de magia, una quietud demasiado sospechaba se extendía por doquier dándole una muy mala señal a la otrora justiciera. Se suponía, por lo que escuchó ayer en la noche de boca de Gohan y Shapner, que este sitio sería la ubicación donde ambos resolverían sus diferencias de la manera más salvaje y estúpida que existiese.

Pese a eso, no observaba ni a Gohan ni a Shapner por ninguna parte.

– Sé que ellos deben de estar aquí, esta es la única estación de trenes abandonada que encontré en el mapa–siguiendo una línea de tren oxidaba y cubierta de hierba, la pelinegra, debatiendo consigo misma, también vigilaba constantemente sus espaldas–esas explosiones que vi no pudieron haber sido un espejismo, algo pasó aquí pero parece que ya se terminó…

Sin saber exactamente hacia dónde se dirigía, la hija de Mr. Satán, avanzando sobre aquellos rieles carcomidos por el óxido, fue llegando a lo que antes de su nacimiento, incluso muchas décadas atrás, fungía como bodega de almacenaje para el carbón que alimentaba las anticuadas locomotoras. Aquella conclusión lo obtuvo fácilmente al ver varios montículos de dicho mineral aún en ese lugar.

Sumado a eso, las paredes de ladrillo rojizo eran víctimas de la humedad acumulada por el tiempo, mostrando preocupantes signos de deterioro que, con rapidez, inquietaron a Videl con el riesgo de que el edificio entero colapsara sobre ella. Pero, por más preocupante que fuesen tales hallazgos, la ojiazul siguió adentrándose más queriendo hallar a su exnovio y a Gohan.

Con cada paso que sus pies daban, el miedo, apoderándose de su imaginación, la bombardeó con numerosas visiones de un Gohan furioso que reducía a meros pedazos a Shapner. Para Videl era muy claro que el rubio, por muy buen boxeador que fuese, no tendría la más remota oportunidad de vencer ni defenderse de Gohan, y para empeorar las cosas, que Shapner sólo usase un brazo lo debilitaba más.

Agitando su cabeza, esforzándose por suprimir esos pensamientos tan horrendos y fatales, Videl, saltando de un agujero para caer en otro, revivió un fragmento de la breve e inquietante conversación que tuvo con Gohan en la fiesta de anoche. Cuando el Gran Saiyaman apareció, ella intuyó que no era un individuo normal; pero que resultase ser el hijo de un extraterrestre ya era más que descabellado.

¡Qué! –Escuchando su propia incredulidad, Videl, recordando su respuesta a la confesión de Gohan, todavía guardaba la esperanza que él solamente le estuviese jugando una broma de mal gusto– ¿escuchaste lo que acabas de decir?

No estoy loco, Videl. Sé que suena como una locura, pero es la verdad–pero Gohan, hablándole con mucha seriedad, no parecía estar bromeando al respecto–mi padre no era un ser humano; era de otro planeta. La raza a la que pertenecía mi padre se caracterizaba por ser muy hostil y salvaje, por ese motivo fue que perdí el control de mis acciones y envié al hospital a esos asaltabancos.

Esa importantísima revelación, como un picahielos clavándose en su corazón, era lo que continuaba nutriendo sus temores sobre el resultado final de la disputa entre ambos adolescentes. Por más que no le gustase pensarlo, ella era el génesis de un caos de escala planetaria. Tal vez esa descripción sonase exagerada, pero si las palabras de Gohan eran ciertas, entonces ese era el caso.

Y ahora, más que nunca, temía que Shapner hubiese hecho algo que agravase todavía más la situación. El rubio, desde que comenzó a boxear, era muy dado a presumir y a provocar a sus oponentes con el afán de lucirse y alimentar su ego. Así pues, tomando en cuenta que Shapner desconocía el origen de Gohan, al ser el mismo fanfarrón de siempre; podría oprimir un botón que desencadenase su muerte.

Saliendo de aquella área de almacenamiento, Videl, aún inquieta por el ensordecedor silencio que flotaba en el entorno, prosiguió con su caminata hallando a muy corta distancia una docena de vagones de pasajeros que, por su deterioro, aparentaban que con solamente tocarlos se desmoronarían. Si bien hubiese querido continuar, decidió darles un rápido vistazo para comprobar que estaban vacíos.

– Entonces uno de mis compañeros de clase proviene del espacio exterior, estoy empezando a extrañar esa época cuando la vida era aburrida pero normal…

No obstante, más allá de aceptar como auténtica la alocada historia de Gohan, existía otro elemento más que comenzaba a ganarse la atención de Videl. Un elemento que, arrastrándola de vuelta a la charla que sostuvo con el pelinegro ayer por la noche, resonó nuevamente en sus cavilaciones.

Supongamos por un segundo; sólo por un segundo, que te creo–aún escéptica, Videl no se atrevía a aceptar por completo la disparatada explicación de Gohan– ¿eso significa entonces que yo no podría aprender a volar como lo haces tú?... ¿al ser una humana no puedo volar igual que tú?

Sí puedes aprender a volar, que seas una humana no es impedimento para que controles tu ki–respondiéndole, Gohan le ofreció una gran sonrisa–tengo amigos que son humanos que también pueden volar, todos podemos hacerlo gracias a nuestro ki.

¿Ki?

Desgraciadamente para la curiosidad de Videl, Gohan no terminó de explicar qué era exactamente aquello que él llamaba "ki". La sola idea de no saber qué diablos era eso la devoraba por dentro, quería entender y aprender; quería ser capaz de imitar lo mismo que Gohan podía hacer. Y sin darse cuenta, olvidándose del porqué estaba en aquel lugar, un atisbo de felicidad brilló en la oscura desazón.

En tanto caminaba entre aquellos vagones cubiertos de polvo y telarañas, Videl, dejándose llevar por la imaginación, se vio a sí misma levantando autobuses con las manos o deteniendo balas en el aire tal y como el Gran Saiyaman lo logró miles de veces. Dicha fantasía le hizo dibujar una sonrisa idéntica a la un niño abriendo sus regalos de navidad, era una sonrisa que contrastaba con su carácter tosco y huraño.

Fue tal su nivel de alegría que, bajando la guardia por un segundo, la hija de Mr. Satán materializó en sus sueños el mayor de sus deseos: volar. Una de las razones por las que durante meses buscó con ahínco la identidad del superhéroe, fue averiguar cómo conseguía surcar los cielos como si fuese un ave al no necesitar de ninguna aeronave. Y al fin, luego de haber renunciado su búsqueda, halló la respuesta.

Lástima que la dura realidad rompiera la burbuja de sus ilusiones.

– Pero ya es demasiado tarde para pensar en eso, es una lástima…–murmurando, Videl escaneó los alrededores con la vista mientras no dejaba de caminar–pienso irme de la ciudad tan pronto como tenga mi diploma de secundaria, quiero dedicarme a estudiar leyes para despejar mi mente; quiero descansar de las artes marciales por un tiempo…

La posibilidad de instruirse en aquella magia misteriosa que Gohan decía controlar la tentaba; sin embargo, su anhelo de reinventarse a sí misma y florecer en un nuevo hogar ya era una decisión tomada. Una parte de ella sabía que era una estupidez no aprovechar esa oportunidad; aún así, antes de embarcarse en dominar trucos nuevos, primero debía poner en orden su trastornada vida.

– Me voy a arrepentir por esto; pero por ahora, sé que es lo mejor.

Y al enfriarse la repentina euforia que se apoderó de ella, Videl, deteniéndose en seco, se reclinó en una pared cercana para reflexionar sobre el último e importantísimo dilema, que Gohan, sin desearlo, puso en la mesa.

¿El niño que estaba en ese grupo de extraños eras tú, verdad Gohan? –oyendo su propia voz en sus recuerdos, Videl sintió los mismos nervios que en ese momento.

Sí, éramos nosotros–con voz casi inaudible, Gohan le replicó–y tienes razón otra vez, era yo.

No sólo había descubierto la verdadera naturaleza de Gohan y la procedencia de sus habilidades sobrehumanas; del mismo modo, también cayó en cuenta que su padre nunca salvó la Tierra como tantas veces lo afirmó. Tal cosa no era algo nuevo, ella acumuló muchas sospechas al escuchar las contradicciones en los relatos de su padre al respecto, pero esto, sin dejar dudas, lo confirmaba todo.

La familia Satán, literalmente hablando, nadaba en una piscina llena de dinero debido a toda la riqueza que llovió encima de sus cabezas gracias a la hazaña de Mr. Satán. Y en consecuencia, colmando todavía más sus bolsillos, esa opulencia trajo consigo beneficios adicionales como la poderosa influencia, que Mr. Satán, excesivamente, disfrutaba tanto en la rebautizada Ciudad Satán como en el resto del orbe.

Sintiendo unas horrendas náuseas, calculando la magnitud del indiscutible engaño, Videl, avergonzada hasta la médula, entendía que ni su padre ni ella eran merecedores de tanta fortuna. A pesar que ella no era la autora intelectual de semejante farsa, para la pelinegra, asumiendo las mentiras de su padre como propias, era imposible e inmoral desprenderse de la responsabilidad que eso conllevaba.

– Todo ha sido una mentira, un fraude…–dolida, no por la idea de perder los lujos materiales sino por las acciones de su padre, Videl, llevándose sus manos enguantadas al rostro, experimentó una mezcla de tristeza y rabia muy justificada–el mundo merece saber la verdad, mi padre no puede seguir jugando al héroe. Lo quiera o no, eso se tiene que terminar.

¿Cuál sería la reacción de la población al saber la noticia?

¿Cómo se comportarían Shapner e Ireza al saberlo?

Sabiendo lo popular que era la figura de su padre en la preparatoria, Videl, imaginándose las miradas de odio y enfado para tendrían para ella, la ojiazul, entristecida, por muy doloroso que fuera ese escenario, comprendería que las personas se comportaran así. La familia Satán, por muy pequeña que fuese, era un gran foco de atención y era perfectamente normal que la ciudadanía se volcara en su contra.

Posiblemente muchos, por no decir que en su totalidad, los repudiarían y exigirían que pagaran por haberse aprovechado y burlado de ellos durante años. Y si bien confiaba en el cariño que Ireza le profesaba, entendiendo que ninguna amistad es indestructible, Videl temía que la rubia cambiara su manera de tratarla llegando a odiarla y a despreciarla hasta que diese su último aliento.

Ahora, más que nunca, Videl anhelaba que existiese alguna forma para hacer "borrón y cuenta nueva", para que así, libremente, pudiese reconstruir su vida. Empero, por más que estuviese justificado, no era hora para lamentarse; ya ese momento llegaría más adelante. Videl, reanudando su exploración del sitio que la acogía, avanzó unos quince metros más para luego doblar a la derecha en una esquina.

Y allí, como si hubiese pasado de un planeta a otro, la hija de Mr. Satán se congeló por completo olvidándose de sus pesares ante el panorama que la recibió.

– ¿Pero qué demonios pasó aquí?

Muchísimos, más de los que lograse contar, Videl, sintiéndose como si estuviese en una zona de guerra, observó una enorme cantidad de hombres tendidos en el suelo que llenaban los alrededores. Y junto a ellos, regadas también por doquier, la justiciera halló un montón de armas de fuego de diferentes clases y calibres que, por el altísimo número de casquillos usados que veía, sabía que fueron disparadas.

Sintiéndose obviamente impresionada por ese descubrimiento, la pelinegra, muy confundida, se cuestionaba qué hacían allí esos individuos en una vieja estación de trenes en medio de la nada. Se suponía que solamente Shapner y Gohan debían estar allí, su pelea, por más estúpida que era, sólo los involucraba a ellos dos. Pero que esos sujetos se encontrasen allí, destruía ese argumento sin piedad.

Asimilando lo mejor que pudo dicha información, Videl, aproximándose al más cercano de esos desconocidos, lo examinó confirmando que traía consigo un arsenal como para robar un banco él solo. Enseguida, comprobando sus signos vitales, la chica con coletas, abriendo sus ojos con asombro, se percató que aún continuaba vivo; aunque parecía que no despertaría en un buen rato.

– Está inconsciente, vivo pero inconsciente–gateando a otro hombre tendido a su derecha, Videl, haciendo lo mismo, confirmó que ese también vivía–todos están armados hasta los dientes, es como si formaran parte de alguna clase de ejército o guerrilla. Eso quiere decir que las explosiones que vi a lo lejos las provocaron estos sujetos, pero eso no responde la pregunta de dónde están Gohan y Shapner.

Tal razonamiento incrementó sus miedos sobre ambos, con cada segundo que pasaba la mente de Videl se fue llenando de más dudas que alimentaban su culpa. Esto no estaría sucediendo si desde el principio ella no hubiera actuado como una cobarde al engañar a Shapner, lo cual, en un desafortunado giro del destino, provocó que Gohan sintiese celos del rubio llegando al extremo de querer pelear con él.

No obstante, la presencia de esa multitud la obligó a sobrecargar su cabeza con más cuestionamientos. Por más que lo pensaba nada tenía sentido, a menos que fuese un extraordinario acto de la casualidad, no deberían de estar en el mismo lugar donde Gohan y Shapner pensaban reunirse. Tal vez su presencia allí explicaba el mal presentimiento que la acosó desde muy temprano, la situación era más que crítica.

– Fue Shapner quien eligió este lugar para encontrarse con Gohan, fue idea suya venir aquí…–razonando, esforzándose para que calzaran las piezas del rompecabezas, Videl se sorprendió a sí misma cuando vio a la conclusión a la que estaba llegando–¿acaso Shapner sabía que estos tipos estarían aquí?

Alzando la mirada, Videl los contempló por segunda vez.

– Eso no puede ser posible. No hay forma alguna en la que Shapner supiese, antes de que fuéramos a la fiesta, que Gohan planeaba retarlo como para que preparase todo esto–discutiendo con ella misma, Videl se señaló ese detalle–en todo caso, estos sujetos se ven como matones que trabajan para el mejor postor, es imposible que Shapner pudiese encontrarlos y contratarlos en unas cuantas horas.

Desafortunadamente para Videl, sus suposiciones y teorías debieron detenerse cuando notó que no se hallaba a salvo. De reojo, viendo un reflejo en uno de los vidrios rotos de una ventana, Videl vio como algo o alguien se movía detrás de ella sin hacer ruido. No necesitando más motivos para actuar, la hija de Mr. Satán, con agilidad, se arrojó al piso justo antes de oír el característico ruido de un disparo.

Aterrizando junto al cuerpo de uno de los soldados de Van Zant, Videl, refugiándose detrás de este, escuchó cómo otras cuatro detonaciones acompañaron a la anterior. Mientras respiraba profundo y tranquilizaba su agitado corazón, Videl, preparándose para encarar el inminente peligro, no pudo evitar sentirse de regreso en aquella discoteca meses atrás cuando su descuido dio comienzo a su ruina.

Esta era, desde entonces, su primera lucha después de varias semanas de larga inactividad; por ende, no teniendo más alternativa, Videl tendría que abandonar su retiro para volver a las andadas. Aún así, sin que la pelinegra lo supiese ni imaginase en ese instante, esta será la última vez que Videl Satán combatirá el crimen usando únicamente sus manos.

En el futuro lo hará empleando argumentos legales y no puñetazos, pero antes de hacer realidad ese futuro, tendrá que salvaguardar su presente.


Si bien habían pasado varios minutos desde que recuperó la conciencia, para el rubio, quien corría a toda velocidad en busca de Mr. Satán, todavía le era sorprendente que su cuerpo no padeciese ninguna secuela por su casi muerte. Dicha sanación le planteó la duda de cómo ocurrió, ya que, por más que se esforzase por refrescar su memoria, no recordaba haber comido otra de esas raras semillas milagrosas.

Sin embargo, lo que sí podía recordar con mucha claridad fue su fallida y desastrosa lucha con el Gran Saiyaman. Meses atrás, cuando su rabia y terquedad lo cegaron, creía, realmente, que tenía la capacidad suficiente para derrotar a ese farsante; o al menos eso suponía que era en ese momento. Pero, más allá de haber sido traicionado por el amor de su vida, la dura y fría realidad le quitó la venda de los ojos.

En tanto avanzaba, viendo de soslayo su mano derecha, Shapner, recordando cómo sus huesos se rompieron y aplastaron al golpear al superhéroe, padeció, de improviso, un intenso escalofrío al revivir aquel horrendo dolor que escaló por su brazo hasta anidarse en todo su ser. Aún así, lo que sucedería más adelante, dejándolo fuera de combate, fue mucho peor al casi arrancarle la cabeza del cuello.

Habiendo boxeado por varios años, Shapner, ya estando acostumbrado a lo que se sentía al recibir un puñetazo en el rostro, jamás imaginó que algún día recibiría un derechazo tan demoledor como el que le obsequió el Gran Saiyaman. El impacto, sencillamente hablando, fue brutal. Shapner juraría que fue como haber sido atropellado por una locomotora, fue un verdadero milagro que no lo matara en el acto.

Luego de eso, a consecuencia de la desorientación y el grave daño que recibió su cuerpo, no le era posible evocar con claridad lo que ocurrió hasta que recuperó la salud mágicamente. Rememoraba, con gran dificultad, estar cayendo desde una altísima altura a una velocidad que, sin duda alguna, lo mataría tan pronto como chocase contra el suelo. Más allá de ese punto, lo demás se volvía confuso y borroso.

Más recientemente, ya con la seguridad de saber que Gohan y el Gran Saiyaman eran en realidad el mismo individuo, Shapner, queriendo desquitarse por la golpiza que sufrió, no vaciló en ser la distracción que Van Zant necesitaba, para que éste, empleando su arma más mortal, se hiciese cargo del enmascarado. Así pues, después de su intervención final en la contienda, Mr. Satán era su prioridad.

– No lo entiendo, recuerdo claramente que Mr. Satán se refugió en este edificio antes de que todo comenzara–pensando en voz alta, el exnovio de Videl, inspeccionando aquella edificación antigua plagada de telarañas, continuaba con su búsqueda del campeón mundial de las artes marciales–¿acaso se habrá marchado a otra parte?

El día de hoy, tanto para bien como para mal, sería uno humanamente imposible de olvidar para el rubio. Habían sucedido tantas cosas que, con sinceridad, Shapner no tenía ni la más mínima idea de por dónde empezar cuando volviese a casa, y sus padres, al darle la bienvenida, le pregunten cómo le fue en la escuela. Mentirles, le gustase o no, era el único recurso viable que podría utilizar en un caso así.

A pesar de haber mantenido en secreto su relación con Videl, para, en el futuro, presentársela a sus papás en su graduación de preparatoria, era un hecho ineludible para Shapner que la prensa que asistió a la fiesta la noche anterior ya debió haberlo publicado en sus diarios. Por lo tanto, desafortunadamente para él, la noticia de su romance ya debía haber llegado a oídos de su madre y su padre.

Más allá de ocultar que participó en una guerra clandestina, para Shapner, trágicamente, acabaría siendo muy doloroso tener que contarles que su noviazgo no funcionó y que terminó demasiado rápido. No les diría muchos detalles; algunas verdades era mejor guardárselas para él mismo, evitando, de ese modo, que sus progenitores se enteraran de la manera en la cual Videl jugó con él.

– Lo mejor será que no piense en nada de eso por ahora, ya me preocuparé de todos esos problemas después–aún no terminando de superar su amarga desilusión amorosa; si bien la había arrancado de su lastimado corazón, Shapner sabía que necesitaría de mucho tiempo para sanar las heridas que Videl le provocó– ¿pero adónde se metió Mr. Satán?

Bajando por una pequeña escalera, el rubio, ingresando en una habitación donde el olor a polvo y humedad impregnaban el ambiente, se detuvo en seco al toparse con una vista inesperada. Al principio no lo reconoció, solamente se asustó cuando divisó una silueta humana tirada en el suelo, la cual, de modo muy notorio, era acompañada por una creciente mancha de sangre que brotaba de ella.

Superando su asombro inicial, Shapner, pestañeando con incredulidad, identificó casi de inmediato aquel peinado tan característico que observó en esa persona tendida en el piso. En consecuencia, apresurándose a su socorro, de la mente del chico de cabellos dorados desaparecieron las preguntas y aflicciones que, instantes atrás, lo ahogaban acosándolo una y otra vez.

– ¡Mr. Satán! –Lanzándose, literalmente sobre él, Shapner se vio abrumado por la crudeza de la escena frente a él– ¿puede escucharme, Mr. Satán?

No teniendo ningún conocimiento en primeros auxilios, Shapner, impulsado por el temor, se quitó su chaqueta y la colocó en el estómago del campeón, donde, aplicando presión, esperaba detener la hemorragia sin saber qué más hacer. Mirando a un lado, luego al otro, el rubio buscaba a alguien que le brindase su apoyo; empero, como ya le era más que obvio, nadie caería del cielo para auxiliarlo.

La supervivencia de Mr. Satán; el héroe que salvó al mundo de Cell, dependía únicamente de él.

– ¡Por favor; Mr. Satán, hábleme! –no pudiendo retirar sus manos del sitio donde aplicaba presión, Shapner, desesperado, le hablaba con fuerza intentando que él le respondiera– ¿qué fue lo que pasó aquí?... ¿quién le hizo esto?

– Shapner…–con voz ronca y débil, para alegría de Shapner, el padre de Videl parecía reaccionar a sus llamados– ¿de verdad eres tú?

– ¡Gracias al cielo! –Aliviado parcialmente, Shapner exclamó un efusivo agradecimiento–sí, soy yo, Mr. Satán. Lo he estado buscando por todas partes; de haber sabido que estaba malherido, no me hubiese tardado tanto en venir por usted.

Shapner no podía imaginarlo ni sospecharlo, pero Mr. Satán, poco antes de despertar, tuvo una espantosa visión que le mostró las fatales repercusiones que se provocaron por haber actuado como lo hizo. Fue necesario una experiencia así de traumática para que su arrogancia; aquella maldita arrogancia que lo corrompió hace años, al fin lo soltase y le devolviese la libertad de aceptar sus equivocaciones.

El padre de Videl, en dicha alucinación propiciada por su inconciencia, no sólo vio como sus fieles aduladores se volcaban contra él; sino además, que observó cómo su hija era quien tuvo que sobrellevar el odio que era para él. Asimismo, sin olvidase de Shapner, la muerte del rubio a manos del Gran Saiyaman acabó de ensuciar su amada reputación pasando de ser un héroe a ser un asesino.

– Yo creí que estabas muerto; Shapner, te vi morir frente a mis ojos…–mirando a Shapner quien hacía todo a su alcance por socorrerlo, Mr. Satán, en el fondo de su ser, sabía que no era merecedor de su misericordia–no sé cómo es posible que estés con vida, pero me alegra muchísimo.

– Es una larga y complicada historia, Mr. Satán…–sintiendo como sus manos se humedecían de rojo, el rubio, escuchando también como su ritmo cardíaco retumbaba en sus oídos, trató de apaciguar al hombre tendido frente a él–le prometo que se lo contaré todo después; pero por favor no hable más, no se esfuerce demasiado…

– Todo esto ha sido culpa mía, el único culpable he sido yo…–ignorando las súplicas de Shapner, Mr. Satán, no pudiendo eludir por más tiempo su responsabilidad en los hechos, reafirmó su gigantesca culpabilidad–abrí la caja de Pandora y estas son las consecuencias…

– No diga eso, Mr. Satán. Ninguno de los dos sabía que esto pasaría…

– Shapner, tienes que saber la verdad, es justo que la sepas…

Pensando que estaba delirando por la falta de sangre, Shapner, muy preocupado, planeaba pedirle otra vez que no hablara, pero Mr. Satán se le adelantó.

– Desde el principio; desde que tuve la estúpida idea de asociarme con ese maldito de Van Zant, supe que necesitaba a alguien para que fuese la carnada para la trampa…–pálido, con pocas energías pero negándose a morir, Mr. Satán soltó la bomba–y cuando Videl me dijo que saldría contigo, creí que eras el indicado para el trabajo. No me importó ni pensé en tu seguridad, solamente me interesó que aceptaras para que hicieras lo que yo necesitaba.

Por un instante, aflojando su sujeción sobre él, Shapner, cambiando su expresión preocupada por una muy difícil de describir, estuvo a punto de reclinarse hacia atrás hasta que recordó que no podía soltarlo, aplicando, nuevamente, presión sobre la herida del campeón.

– Nunca me gustó la idea de ver a Videl con un chico. Cada vez que lo pensaba, unos celos enfermizos me quemaban por dentro y por eso siempre le prohibí que saliera con uno–dejando que sus recuerdos lo llevaran unos años al pasado, Mr. Satán, con gran nostalgia, evocó la época cuando se vio obligado a aceptar que Videl ya no era una niña–mi Videl, ni única hija, ya no era la niña pequeña que conocía; ahora se estaba convirtiendo en toda una mujer y odiaba la posibilidad de que algún día un hombre me la quitara.

En tanto Mr. Satán derramaba una lágrima al recordar a Videl en su infancia; una infancia que casi ignoró por completo por haberse enfocado en su fama, Shapner, todavía confundido por lo que escuchó antes, se limitó a dejarlo a hablar pese a que presentía que eso sólo lo desgastaría más.

– Soy un hipócrita y un mentiroso, no puedo creer que me haya convertido en alguien tan despreciable–ya no importándole el dolor físico, era el dolor de haber sido un mal padre el que lo destrozaba en su interior–te invité a mi casa con la intención de manipularte, quería llenar tu cabeza con promesas y tesoros confiando en que harías lo que te dijera sin dudarlo. Soy un monstruo, sé que merezco la muerte; pero no quiero morir sin antes confesar mis pecados y pedirte perdón…

Recordando mantener la compresión en el vientre de Mr. Satán, Shapner, aún callado, apartó su mirada de él prefiriendo mirar en otra dirección en tanto procesaba lo que acababa de oír. Repitiendo sus palabras, una y otra vez, el rubio, esforzándose por no voltearse a mirarlo, se vio inmerso en sus pensamientos, retrocediendo, mentalmente, hasta el día exacto en que ambos se conocieron.

Tratándose de una celebridad a nivel mundial, y siendo el padre de la mujer que adoraba con locura, resultaba paradójico que nunca antes lo haya visto personalmente. No fue hasta que Videl, al fin, aceptando una de sus invitaciones a salir, que Shapner tuvo el honor de conocerlo. Dicho encuentro, grabándose en su memoria, sería por siempre una ocasión irrepetible e inigualable para el rubio.

Desde que cruzó la puerta de la mansión Satán; desde el primer apretón de manos, Shapner se vio rodeado por una infinidad de tentadoras promesas, que lo sedujeron, una tras otra, con cada vez más y más irresistibles riquezas. Le era imposible negar, con total honestidad, que con gusto se dejó endulzar por las maravillosas ofrendas que Mr. Satán tuvo para él cuando cenaron los tres aquella noche.

Shapner, sin engañarse a sí mismo, sabía que cualquier otra persona en sus zapatos hubiese caído encantada ante tales regalos. Nadie se hubiera resistido a la idea de ser el yerno de Mr. Satán, y; a la postre, heredar su vasta fortuna. Empero, en aquel momento, no fue el dinero lo que lo motivó a unirse a Mr. Satán y seguir sus órdenes, fue algo mucho más noble, puro y sincero: el amor.

Amaba a Videl, la amaba tanto que caminaría sobre lava ardiendo si era necesario. No sólo quería ser el novio de Videl por un breve tiempo; quería construir una vida perfecta para ella convirtiéndose en su esposo y ser el padre de sus futuros hijos. Florecer y prosperar a su lado eran sus mayores motivaciones, deseaba, con todas sus fuerzas, envejecer y morir junto a la chica que lo enamoró desde niño.

Quizás no debió ser tan ingenuo. De haber analizado las cosas con más suspicacia, se habría dado cuenta que las ofertas y las recompensas que Mr. Satán tenía para él, eran, sospechosamente, demasiado buenas para ser verdad. Literalmente se sintió como un plebeyo que se volvía parte de la realeza, casi como un cuento de hadas hecho realidad. Ya muy tarde, se decía que fue un tonto al no descubrirlo.

Sin embargo, bajo las actuales circunstancias, Shapner se cuestionaba cómo debía proceder a partir de ahora. Por más que tratase de ignorar las constantes bofetadas que ha recibido, el azar, o tal vez el destino, lo castigó con otro bofetón que empeoraba la decepción que arrastraba desde que Videl rompió con él. Era más que triste o trágico; era frustrante.

Cuando supo de la existencia del Gran Saiyaman, confiado en que no era más que un fraude, el rubio, con seguridad, solía burlarse de él llamándolo payaso o bufón de circo. No obstante, ante la luz de las revelaciones que continuaron su avalancha sobre él, Shapner se daba en cuenta que en realidad él era el bufón. Tanto la hija como el padre le vieron la cara de idiota; los dos, a su manera, se burlaron de él.

No era ningún plebeyo, que, muy pronto, se transformaría en un príncipe que heredaría la corona del imperio Satán. Fue solamente un pobre diablo enviado al matadero, para realizar, como si fuese un esclavo, el trabajo sucio que el magnífico campeón mundial se negaba a hacer con sus propias manos. Y al pensarlo, al ver deshechos todos sus sueños, Shapner sintió el impulso de gritar y maldecir.

Una parte de él, la misma que lo convenció de distraer a Gohan para que Van Zant lo eliminase, volvió a susurrarle al oído diciéndole que se marchase de ahí y lo dejase morir. Pero, por más que quiso hacerlo; no lo hizo. Si bien Gohan y Mr. Satán pisotearon su dignidad y se mofaron de él, Mr. Satán, al ser un humano normal, generaba en Shapner la suficiente lástima como para no abandonarlo a su suerte.

Lástima, pensó Shapner al dibujar una afligida sonrisa. Prefería quedarse a su lado y ayudarlo porque le provocaba lástima; la misma lástima que Videl tuvo para él al fingir que correspondía sus sentimientos por ella. Estaba molesto, muchísimo. Nadie parecía tenerle el más mínimo respeto, le dolía que las personas más cercanas a él hayan sido quienes más daño y dolor le han provocado.

– Estás enfadado, puedo darme cuenta con facilidad…

Interrumpiendo sus meditaciones, la voz de Mr. Satán, agotada y casi inaudible, rompió el frío silencio.

– No te culpo, tampoco lo haré si quieres dejarme morir aquí; me lo merecería–presintiendo lo que estuvo pensando hacía poco, Mr. Satán, avergonzado, le aseveró–comprendo que sería estúpido de mi parte creer que me perdonarías sin más; sé que me he aprovechado de ti como si fueses una herramienta.

– Pues tiene razón, Mr. Satán. Estoy enfadado, tanto con usted como conmigo mismo por no haber sido más sensato desde el principio–todavía sin querer mirarlo directamente, esforzándose por mantener un tono de voz ecuánime, Shapner le respondió–aunque se equivoca en algo: no pienso dejarlo morir. Usted no pensó en mi bienestar, pero yo sí pienso en el suyo.

– Me siento como un sinvergüenza al decirte esto; pero gracias, Shapner. A pesar de todo lo que te hice, sigues siendo un chico muy noble, entiendo por qué Videl te eligió a ti…

– Debe saber, Mr. Satán, que Videl y yo rompimos nuestra relación ayer en la fiesta…–a pesar que las circunstancias no eran las mejores, Shapner optó por no ocultar ese importantísimo suceso–Videl y yo tuvimos una pequeña discusión anoche, ella me dijo que no se sentía a gusto conmigo y me pidió que nos separáramos. Lo nuestro, se terminó.

– Lo lamento mucho, no lo sabía…–tosiendo con levedad, Mr. Satán experimentó unas fuertes náuseas al percibir el sabor de la sangre en todo su paladar–te juro que no te miento cuando te digo que lo siento, pude darme cuenta que en verdad la amabas. Cuando te recibí en mi casa aquella noche, vi en tus ojos la misma mirada enamorada que yo tenía cuando me enamoré de Miguel. Más allá de lo que te hice, nunca dudé de tus intenciones con Videl.

– Con el debido respeto, Mr. Satán, preferiría cambiar el tema por unos minutos…–evocando la emoción que inundó su cuerpo cuando Videl aceptó ser su novia, Shapner, repitiéndose que aquello fue una mentira, no vaciló en pensar en algo que venía inquietándolo desde que lo encontró malherido– ¿quién le hizo esto?

– Van Zant…–replicándole sin rodeos, Mr. Satán aclaró su duda–el maldito de Van Zant me disparó…

Ese último hallazgo, de un plumazo, borró de la cabeza de Shapner la amargura que Videl plantó en él y la rabia que Mr. Satán le produjo al decirle la verdad. Le era más que claro, tomando en consideración la nefasta reputación que tenía Van Zant, que un hombre de su calaña no era alguien de fiar. Era un matón, un mafioso que brindaba sus servicios a cambio de una ganancia económica.

Para Shapner seguía siendo preocupante que se haya involucrado con un sujeto de su clase; asimismo, que él atacara a uno de sus "aliados" sembraba el temor de ser atacado igualmente. Batallando por mantener la calma y no sucumbir ante el pánico, el rubio, barajando sus opciones, comprendía que solamente le quedaban dos: quedarse con Mr. Satán hasta el final o irse en busca de ayuda médica.

Y como si de una bombilla se tratase, recordando la extraordinaria sanación que vivió en carne propia por aquella semilla extraña que Gohan le dio, Shapner, no teniendo más alternativa, tomó una decisión.

– Mr. Satán, creo que encontré la forma de curarlo; aunque no tengo más remedio que dejarlo aquí solo–tomando, una por una, las manos del campeón, Shapner las colocó sobre su chaqueta ensangrentada que funcionaba como un torniquete improvisado–iré a traerle la misma medicina mágica que sanó mi hombro, le aseguro que eso lo curará de inmediato.

– ¿Medicina mágica?

– Así es. Es complicado de explicar, pero le doy mi palabra que no le estoy mintiendo–sabiendo el riesgo que tría consigo dejarlo solo, Shapner, decidido, no retrocedió–yo me encargaré de ir y volver lo más rápido que me sea posible; mientras tanto, necesito que presione la herida lo más fuerte que pueda.

Aunque no entendía de qué demonios hablaba, Mr. Satán, no queriendo morir sin antes disculparse con Videl, se dispuso a librar su última gran pelea por sobrevivir. Así pues, sin decirse nada más, ambos hombres intercambiaron miradas firmes y seguras, previamente de emprender, por sí mismos, el reto que habían escogido. Mr. Satán, viéndolo irse corriendo, no pudo hacer más que desearle suerte.

Shapner, por su parte, en tanto corría como si el diablo lo persiguiera, recordaba lo que Van Zant planeaba realizar poco antes de retirarse de la zona de guerra. Si él conseguía tirarle encima aquel edificio a Gohan, el rubio, fallando en su misión, no podría tomar una de aquellas extrañas y curativas semillas, lo cual, en consecuencia, terminaría provocando que Mr. Satán sucumbiera ante la muerte.

No obstante, sin que ni Shapner ni Mr. Satán lo imaginasen, alguien más también libraba su propia lucha por la sobrevivencia. Y ese alguien, tanto para bien como para mal, había marcado sus vidas para siempre.


– ¡Este maldito pesa una tonelada!

– ¿Cómo es posible que pese tanto?

Quejándose y protestando, pero sin detener sus esfuerzos, los hombres de Van Zant continuaban con su tarea de llevar al desenmascarado superhéroe hasta el lugar, donde, depositando toda su fe, esperaban que las bombas lograsen eliminarlo. Lamentablemente para ellos, y sin que estuviese haciendo algo por defenderse o impedirles sus intenciones, el increíble peso del Gran Saiyaman no se los hacía nada fácil.

De haber sabido que Gohan pertenecía a una violenta raza de guerreros extraterrestres, aquellos cazafortunas, con más sensatez, ya hubieran huido de allí escapando de la furia del paralizado saiyajin. Sin embargo, ignorando esto, no podían evitar preguntarse cómo era posible que ese chico pudiese pesar tanto. Aquello, indudablemente, se sumaba a las demás preguntas que tenían sobre él.

Algunos de ellos, hartos de arrastrarlo, intentaron cargarlo en hombros; pero ni siquiera pudieron levantarlo una pulgada. Viendo que eso no funcionó, reanudando su táctica anterior, reiniciaron con el lento y engorroso deber de tirar de él por el suelo, avanzando, con torpeza, unos cuantos centímetros por minuto. Aún así, sin protestar ni quejarse, Van Zant se mantenía callado sin dejar de remolcarlo.

Sintiendo el sudor goteando por su rostro, el criminal, sin perder de vista la entrada del edificio a unos diez metros, ignoraba el dolor en sus músculos negándose a tomar el más pequeño descanso. Ese sujeto debía morir, pensaba una y otra vez, haría lo que fuese a su alcance por borrarlo del mapa tal y como hizo con Mr. Satán. Y sin ninguno de ellos dos, Ciudad Satán sería suya con mucha facilidad.

– No, aún me queda encargarme de alguien más…

Murmurando, hablándose a él mismo, la imagen de Videl se materializó en sus pensamientos al recordarla. Esa maldita mocosa, habiendo arruinado muchos de sus planes anteriores, también merecía recibir su castigo. Tan pronto como el Gran Saiyaman estuviese muerto, emprendería el viaje a la ciudad y la buscaría sin parar hasta dar con ella. Y cuando la haya encontrado, él la enviaría directo al infierno.

Pero, desconociendo que Videl no estaba tan lejos de él como suponía, la hija del agonizante campeón mundial se mantenía atrincherada detrás de unos cuantos escombros, los cuales, brindándole un moderado grado de protección, la cubrían de los impactos de bala que intentaban matarla. Gracias a que estuvo alerta, Videl, reaccionando a tiempo, pudo cubrirse antes de ser asesinada por la espalda.

Sus atacantes, por otro lado, eran un grupo de mercenarios que participan en la lucha contra el Gran Saiyaman; empero, a diferencia del resto de sus compañeros, y sin tener la autorización de Van Zant, decidieron abandonar la contienda al ver que su armamento no era efectivo contra él. Por ello, al no ver cómo era abatido el Gran Saiyaman, se toparon casualmente con Videl cuando se retiraban de allí.

Encontrándose en el borde exterior de la estación, y sin la supervisión de Van Zant, aquel escuadrón de pistoleros no vacilaron en aprovechar ese inesperado golpe de suerte que representaba toparse con ella. Videl, poseyendo un historial más antiguo que el Gran Saiyaman, les había propinado varias palizas a muchos de ellos, quienes, al tenerla de frente, quisieron vengarse de ella.

– Aparecieron más sujetos armados, esto me da muy mala espina–Videl, sabiendo que su improvisado escudo de ladrillos viejos no resistiría para siempre, todavía intentaba entender qué hacían esos hombres allí–no vine aquí con la intención me involucrarme en un tiroteo, pero parece que no tengo otra opción.

Era casi paradójico; era como si la providencia quisiese regresarla a la situación exacta que inició su abrupto declive. Fue precisamente en un tiroteo, varios meses atrás, cuando su arrogancia casi la mata al confiarse demasiado. De no haber sido por Shapner, quien recibió el mortal proyectil por ella, Videl ya estaría descansado en su morada final sepultada junto a su madre.

Y ahora, de vuelta a la misma encrucijada, Videl sabía que enfrentar sus miedos y pelear era la única manera de salir por completo de aquel depresivo pantano que la encerró por semanas. Por ende; aunque estuviese algo oxidada, no olvidando su vasta experiencia luchando con delincuentes, la pelinegra esperó a que se les agotaran las municiones, forzándolos, sin más, a detener la balacera.

Al cabo de una breve pero estresante espera, oyendo como los ruidosos disparos se detenían, Videl supo que ya era hora de responder. Tomando una profunda bocanada de aire, dando un gran salto, Videl salió de su escondite y se aproximó a su primer adversario. Dicho malhechor, quien estaba cambiando el cargador de su pistola, quedó inmóvil al ver lo rápido que ella se colocó ante él.

– ¡Ahhhhh! –sujetando el revólver que él traía consigo, Videl, alejando el cañón de éste de ella, procedió a castigarlo con un demoledor codazo al rostro que le rompió la nariz.

– ¡Maldita mocosa! –sumándose un segundo matón, éste la empujó por detrás provocando que Videl rompiese el cristal de una ventana con su nuca– ¡de esta no sales con vida!

Si bien el impacto la desorientó, Videl, todavía inmovilizando la mano de aquel tipo, lo haló hacia ella para hundirle el estómago gracias a un duro rodillazo que lo sacó de la pelea. No obstante, no dándole tregua, el mismo mercenario que la embistió por la espalda se abalanzó sobre ella sujetándole el brazo izquierdo, para de tal modo, con su otra extremidad disponible, conectarla con reiterados puñetazos.

Videl, maldiciendo mentalmente por ese sutil descuido, se vio arrinconada contra un muro mientras ese hombre más alto que ella la golpeaba en el rostro. Aún así, mostrando buenos reflejos, Videl bloqueó sus ataques con su antebrazo derecho, para luego, con un presuroso y ágil movimiento, Videl lo agarró por su chaqueta y con un potente tirón lo mandó a volar al hacer una acrobática voltereta.

– ¡Desgraciada!

Insultándola y alertándola de su presencia, un tercer ladrón se apresuró a ir hacia la otrora justiciera, quien, esforzándose por recuperar el aliento, empezaba a pagar el precio de su larga inactividad al cansarse con demasiada rapidez. Desgraciadamente para Videl, justamente cuando se volteaba para confrontarlo, su enemigo fue más veloz al golpearla con la culata de su rifle en una de sus sienes.

Cayendo al suelo, viéndose afectada por las secuelas de tan inesperada agresión, una Videl muy desorientada y mareada pestañeó muchas veces al sentirse confundida. Asimismo, percibiendo como un líquido cálido empezaba a fluir por su piel, la pelinegra notó como varias gotas de su sangre manchaban el piso. Entretanto, al observar su condición, su atacante se dispuso a dispararle con su arma.

– No te preocupes, te enviaré al otro mundo en menos de un minuto…

Al oír aquello, experimentando un terremoto mental, Videl supo que su vida estaba en inminente peligro y sacó fuerzas de flaqueza para reaccionar. Así pues, desde su actual posición, Videl arrojó una patada al aire que desvió la boca del fusil lejos de ella antes de que le disparasen. Y sintiéndose como si estuviese en un nido de víboras, Videl se irguió para contraatacar dispuesta a todo por sobrevivir.

El intercambio de golpes se prolongó por lo que le pareció una eternidad, hacía mucho tiempo que no sentía el dolor de los impactos en su cuerpo, lo cual, en lugar de amedrentarla, fue despertando a la guerrera que dormía dentro de Videl desde hace semanas. Una sonrisa complacida adornó sus labios, la adrenalina ardía en sus venas; la Videl que por años fue una aliada leal de la policía había regresado.

Por ello, logrando superar a su contrincante, Videl lo fue empujando gradualmente hasta colocarlo al borde de una escalera que descendía a un nivel inferior. Gritando, liberando de esa forma una pizca de su rabia, Videl lo pateó en el pecho tirándolo hacia atrás, rodando, sobre los escalones, en un sinfín de ocasiones. Sin embargo, segundos más tarde, ella también realizó el mismo atropellado descenso.

Un nuevo rival, embistiéndola como si fuese un toro, vengó a su compañero caído aplicándole la misma maniobra. Sin más remedio, agregando más heridas a su creciente lista de dolencias, Videl resistió lo mejor que pudo cada uno de los martillazos que acumuló al chocar con los peldaños. Y deteniéndola, de una manera nada cómoda, una pared la frenó salvándola de su interminable viaje.

– Apuesto que no recuerdas quién soy, pero yo no he olvidado lo que me hiciste una vez…–sacando una navaja de entre sus ropas, aquel sujeto empezó a hablarle al bajar lentamente por la escalinata–antes de ir a la cárcel estuve en el hospital por varias semanas porque me rompiste un brazo, ahora voy hacerte lo mismo y mucho más…

Riéndose, confiado por la apariencia maltratada y golpeada que Videl exhibía, ese individuo se le acercó ansioso por clavarle la hoja de su cuchilla a la pelinegra.

– Tienes razón, no recuerdo quién diablos eres–reincorporándose, la hija de Mr. Satán retomó su postura de combate mientras respiraba agitadamente–pero estoy segura que te merecías que te rompiera el brazo.

– ¿Te gusta presumir, verdad? –disponiéndose a atacarla, le preguntó con tono molesto aunque no esperaba que le respondiera–de todas formas, te voy a quitar esa sonrisa de la cara.

Dicho eso, no esperando más, abanicó su cuchillo hacia el rostro de Videl, quien, reclinándose hacia atrás, ludió aquel letal objeto. Enseguida, capturando la mano de ese tipo que sostenía la navaja, la ojiazul lo detuvo temporalmente; empero, cuando pensaba golpearlo con su puño derecho, aquel cazafortunas paró su derechazo quedándose los dos sujetados e inmóviles.

– Buena jugada, lástima que no funcionó.

– ¡Cállate! –no estando de humor para soportar bromas, Videl, aprovechando que el abdomen de él se hallaba desprotegido y descubierto, procedió a patearlo justamente allí.

Y sin dejar de acatarlo, Videl pudo darle el puñetazo que quería cuando se soltaron a raíz del puntapié que le dio. Él, por su parte, trastabilló al caer perdiendo el equilibrio por un santiamén soltando el cuchillo; aún así, con habilidad, pudo levantarse deprisa y reanudó su ofensiva. Videl, ofreciéndole una "amistosa" bienvenida, lo recibió con una lluvia de nudillos que él no se tardó en regresarle.

Pero, sacando una notoria ventaja, Videl lo fue superando con sus arremetidas dando la impresión de que lo tumbaría muy pronto. No obstante, negándose a rendirse, ese pistolero consiguió abofetearla en la cara aprovechándose que la vista de Videl, como resultado de la sangre que goteaba sobre sus ojos, no le permitía ver con claridad todo lo que pasaba a su alrededor.

Retrocediendo un par de pasos, Videl, limpiando su cara, tomó el suficiente impulso como para conectarlo con una patada lateral que, como mínimo, debió haberle roto algunos dientes. Y para rematarlo, no queriendo perder la delantera, la hija del campeón repitió su ataque dos veces más. Ansiosa por hacerlo una tercera vez, Videl, acercándosele, se llevó una desagradable sorpresa.

– ¡Ya quédate quieta, mocosa maldita!

Deteniéndole y sujetándole el pie en el aire, él le torció el tobillo a su vez que la tiraba en el suelo. Observándola en esa situación, pasándose de listo, intentó darle un pisotón pero Videl rodó sobre sí misma para esquivarlo. Lamentablemente, al rodar quedó arrinconada contra la barandilla de la escalera, lo cual, aliándose con su agresor, le permitió que la pateara en el vientre.

– No eres tan ruda como aparentas…–viéndola escupir una gruesa mezcla de sangre y saliva, aquel mercenario le afirmó mientras caminaba a su alrededor preparándose para un ataque más–sólo eres una chiquilla malcriada.

Mirándolo de soslayo, sabiendo que tenía que hacer algo para protegerse, Videl se irguió como un resorte parándose sobre sus manos. Aquel delincuente, no esperando nada semejante, se quedó quieto por el asombro facilitándole a Videl la labor de atraparlo con sus piernas, las cuales, enredándose en su cuello, no se demoraron en aplicar presión sobre él, quien, inútilmente, trató de liberarse ya muy tarde.

Haciendo un esfuerzo casi sobrehumano, la pelinegra, arqueándose hacia un costado y presionándolo más, consiguió tirarlo resistiendo los desesperados intentos de su oponente por soltarse de su amarre. Retorciéndose como un pez fuera del agua, aquel pobre diablo hizo cuando pudo; pero los muslos de Videl se negaron rotundamente a liberarlo.

Si bien él le causó muchos problemas, Videl, notando como la tez de su cara se volvía azul, sabía que sólo era cuestión de tiempo para que el oxígeno se le acabara y se desmayara; por ello, teniendo cuidado, esperaba soltarlo cuando ya no representara una amenaza para ella. Y así, viendo como su resistencia se desvanecía hasta esfumarse por completo, Videl, liberándolo, se tomó también un respiro.

Sonriendo, ya no recordaba lo divertido que le parecía luchar y patear traseros; sin embargo, sin olvidarse de Gohan y Shapner, Videl comprendía que no podía enfrascarse en más peleas sin sentido. Por ello, levantándose con gran pesadez, la hija de Mr. Satán empezó a subir por la escalera procurando no provocar el más ínfimo ruido. Por desgracia para ella, aún le faltaba mucho más por enfrentar.

Gozando de una pequeña dosis de fortuna, la chica, a medida que regresó al nivel superior, notó que las cercanías parecían tranquilas. Tal quietud le era sospechosa; pero al no tener más opción, se arriesgó a seguir adentrándose, todavía más, en las edificaciones abandonadas. Le era más que obvio que el bullicio causado por los disparos debió alertar a más bandidos, cosa se confirmó poco después.

Descubriendo una sombra muy peligrosa cercana a una puerta, Videl, alistándose para un nuevo asalto, vio con antelación como la boca de una pistola apuntaba en su dirección. Decidida en ser la primera en hacer un movimiento, Videl se agachó para esquivarla y para golpear a su propietario en la mano. Aquello, exitosamente, le permitió desarmarlo quitándole el revólver.

Abanicando un torpe puñetazo, aquel cazafortunas se vio superado por Videl quien le obsequió una tormenta de derechazos, que, uno por uno, fueron impactando en su rostro. Empero, no quedándose sin defenderse, ese rufián la sujetó por sus hombros y la empujó al correr tan veloz como le fue posible, consiguiendo, con gran éxito, que Videl detuviera sus ataques además de estrellarla contra un muro.

– ¡Ahhhhhh!

Cuando se disponía a buscar su arma para dispararle, tomándolo por sorpresa, un grito masculino lo interrumpió, para luego, dolorosamente, sentir como una robusta botella de vidrio explotaba en su cabeza con violencia. Videl, quien reacomodaba sus pensamientos, alzó la vista para descubrir la identidad de su inesperado salvador. Era, ni más ni menos, que el mismísimo Shapner.

El rubio, quien se encontraba cerca y escuchó el escándalo, no fue capaz de evitar sorprenderse al ver a su exnovia merodeando y peleando en aquel sitio. Aún así, dejando las preguntas para otro momento, tomó la decisión de salvarle la vida por segunda ocasión, recogiendo, del suelo, una antigua garrafa de whisky. Enseguida, mostrando sus habilidades como boxeador, Shapner no dudó en unirse a la lucha.

Con un golpe al estómago y otro al pecho, Shapner, teniendo sus baterías cargadas, se dio un festín con aquel sujeto que acabó convirtiéndose en un saco de boxeo viviente. Sintiéndose de vuelta en el cuadrilátero, el rubio, no pensando en lucirse ni verse genial como lo hacía antes, meramente le importaba derrotarlo con rapidez para asegurarse de la sobrevivencia de la pelinegra.

Y a diferencia de su encuentro con Gohan, el cual, resistió sus arremetidas con facilidad, su rival de turno se vio sobrepasado y aplastado sin que pudiese evitarlo. Videl, por su parte, continuaba tendida en el piso presenciando la contienda, y desde allí, recuperando el aliento, pudo ver con alivio como Shapner controlaba la crisis sin que fuese necesario que ella interviniese.

Le gustase reconocerlo o no, Shapner, otra vez, la ayudó a salir de un gravísimo apuro.

– ¿Estás bien? –Luego de haberle propinado un demoledor puñetazo a ese criminal, Shapner, arrodillándose junto a Videl, le hizo la primera de varias preguntas que tenía para ella– ¿puedes ponerte de pie, Videl?

– Sí, estoy bien…–siendo ayudada por Shapner quien la tomó de la cintura para levantarla, Videl, muy adolorida, se volteó hacia él–no sé de dónde diablos saliste, pero muchas gracias por la ayuda. Después de mucho tiempo sin tener una pelea, creo que me oxidé demasiado.

– ¿Qué haces aquí, Videl? –Cuestionándola, el rubio se alegró al verla con vida–no deberías estar aquí…

– ¿Después de escucharte a ti y al Gran Saiyaman discutiendo, de verdad pensaste que no vendría a detenerlos? –Con un ligero tono de reproche, Videl le replicó–temí que estuvieras muerto, por muy buen peleador que seas; jamás le ganarías a…

– A Gohan…–cortando sus palabras, Shapner provocó que ella dibujase una cara de genuina sorpresa–ya sé quién es en verdad el Gran Saiyaman, ahora entiendo muchas cosas.

– ¿Él te lo dijo?

– En realidad fue un descubrimiento accidental, él no tenía su casco puesto y pude verle el rostro con claridad–sin soltarla, ambos caminaron con cautela esperando que no fueran atacados por nadie más.

– ¡Espera un segundo! –Sobresaltándose de repente, Videl, padeciendo en demasía varios tsunamis mentales, se percató de un detalle increíble que había pasado por algo– ¡está sano, tu brazo derecho está sano!

– Sí, mis heridas fueron curadas. Aunque me cueste trabajo entenderlo, aquella semilla extraña que Gohan me dio anoche fue la responsable de curarme–al responderte, experimentado una sensación similar, Shapner recordó de inmediato al moribundo Mr. Satán quien requería con urgencia una semilla–no pensaba que te vería aquí y menos tan pronto, pero hay algo que debes saber.

– ¿Qué pasa? –no esperando ni un segundo, Videl, reviviendo sus malos augurios, hizo a un lado sus propias dolencias.

Shapner, quien se quedó callado al ver su reacción, se arrepintió de haberle dicho eso pensando que para Videl sería una noticia durísima enterarse de la condición de su padre, tomando en consideración, lo mal que ella se veía. Sin embargo, el rubio también consideraba que era justo que ella lo supiese. Así pues; aunque Videl no fue honesta con él desde el principio, él sí actuaría con honestidad con ella.

– Primero necesito que te tranquilices, han pasado demasiadas cosas en muy poco tiempo…

– ¡No me tengas en ascuas, Shapner! –no teniendo nada de paciencia, Videl quería respuestas.

– Tu padre está muy mal herido. Es posible que muera si no recibe atención médica con urgencia…–si bien su intención era revelarle aquello con suavidad y calma, la abrupta conducta de Videl lo llevó a ser totalmente directo–no sé cuánto tiempo le quede, la última vez que lo vi estaba muy mal.

– ¿Cómo que mi padre está muy mal? –Negando con la cabeza, Videl se resistía a creer algo así– ¿de qué demonios me estás hablando?

– Él está aquí; tu padre está aquí…–tratando de mantener los ánimos lo más tranquilos posible, Shapner decidió dejar de caminar para mirarla directo al rostro–es demasiado difícil de explicar, pero tu padre y yo planeamos desde hace mucho deshacernos del Gran Saiyaman, y para que nos apoyara, él le pidió ayuda a un mafioso llamado Van Zant; y al parecer, él le disparó.

Con sólo escuchar ese perverso nombre, la memoria de Videl, activándose en el acto, la hizo hacer un repaso veloz por varios sucesos del pasado donde luchó contra aquella alimaña. Ella, una y otra vez, era constantemente enviada por la policía para detener los robos y demás delitos, que Van Zant, bajo su autoría, rompían y alteraban la paz que tanto amaban los habitantes de Ciudad Satán.

Desgraciadamente para Videl, los jueces, ya sea por corruptos o por inútiles, siempre terminaban soltándolo reiniciando el ciclo de nuevo. Dicha ineptitud judicial era la que motivaba a Videl a unirse al mundo de las leyes y las normas de un modo más profesional; empero, dejando sus deseos para el futuro para después, que su padre se asociara con Van Zant le era tanto aterrador como imposible.

– No sé exactamente qué pasó ni por qué lo hizo, pero tu padre está entre la vida y la muerte en este preciso momento; la única manera de salvarlo es que le demos una de las semillas que Gohan tiene.

Videl, reclinándose en una pared detrás de ella, no apartó su mirada de Shapner, quien, no sabiendo qué más decirle, se había limitado a solamente ser franco con ella. La pelinegra, recordando por todo lo que tuvo que pasar desde que puso un pie en ese sitio, continuaba resistiéndose a la idea de que su padre estuviese en ese lugar; además, de ser partícipe de algo tan absurdo como lo que Shapner decía.

– Es imposible, no te creo…

– Videl, no te estoy mintiendo–apuntándose a sí mismo, Shapner le señaló la sangre que lo empapaba– ¿de verdad crees que te estaría mintiendo con algo tan serio?

Videl, enmudecida, no respondió.

– Sé que las últimas horas no han sido nada buenas para nosotros dos; pero me conoces desde que éramos niños, sabes que no te mentiría con una cosa así.

A Videl, quien seguía sin responder, todo le parecía una horrible pesadilla. Desde que Gohan apareció para retar a Shapner, los eventos, uno tras otro, sólo han ido empeorando trayéndole más y más desgracias. Y ahora, por más falsas que le sonasen, sus instintos no detectaban ninguna mentira en las circunstancias descritas por Shapner.

– ¿Dónde está mi padre? –Sujetándolo de su camisa cubierta de sangre, Videl, preguntándole por el campeón, sentía que se desmoronaba por dentro–quiero que me lleves con él, también quiero que me expliques qué está pasando exactamente aquí. No entiendo nada de lo que está sucediendo, esto tiene que ser un mal sueño.

– Videl, necesito encontrar a Gohan. Si no le entrego una de esas semillas milagrosas a tu padre, él morirá.

– ¡No, no me dejarás sola! –No importándole dónde estaban, Videl alzó la voz– ¡quiero verlo con mis propios ojos, llévame con él ahora mismo!

– Le di mi palabra a tu padre que no lo dejaría morir, no pienso romper a mi promesa…–siendo su turno para alzar la voz, Shapner se opuso–si te llevo con él ahora, sólo será para que lo veas morir.

El Shapner de hace unas semanas, completamente enloquecido de amor por ella, la hubiera complacido sin dudar; no obstante, el Shapner de hoy, el Shapner que ya sabía que Videl y su padre le mintieron, se negó rotundamente a complacerla. Entendía que era difícil para ella no poder estar con su papá moribundo; aún así, por muy leve que fuese, todavía existía una posibilidad de salvarlo.

– Quiero explicaciones, Shapner. Necesito saber por qué hay muchos sujetos armados aquí, cómo mi padre se involucró en esto y dónde está Gohan.

Viéndola ceder, Shapner, tomándola de una mano cómo solía hacerlo cuando creía que se amaban, se dispuso a hacerle una promesa.

– Acompáñame a buscar a Gohan, luego te llevaré con tu padre…

– De acuerdo, pero quiero respuestas.

– Sígueme, ya perdimos demasiado tiempo…

Sin soltarla, guiándola entre el laberinto de pasillos y edificios en ruinas, Shapner rogaba en su interior que Gohan se encontrara aún con vida. Le era muy evidente que Videl, tarde o temprano, tendría que saber todo lo que pasó; desde el detalle más insignificante hasta el más grande. La otrora justiciera, por más doloroso que le resultase, merecía enterarse de la conspiración que se entretejió en las sombras.

Una conspiración que fue plantada y financiada por su padre.

– Debemos apresurarnos; pero sin bajar la guardia, este lugar está infestado de sujetos armados.

Mientras tanto avanzaban, Shapner, oyendo como su mente debatía sobre cómo decirle a Videl que él colaboró con un mafioso peligroso, empezaba a arrepentirse de haberse involucrado en la trampa final que orquestó Van Zant contra Gohan. Las imágenes de él ahogándose y sucumbiendo ante los efectos de aquel gas, lo atormentaban, una tras otra, comenzando a separar al Gran Saiyaman de Gohan.

Tal cosa le resultaba ilógica, ambos eran el mismo individuo; sin embargo, cada vez más pensando en Gohan y no en el superhéroe, Shapner no podía olvidarse del torpe y sabelotodo Gohan que llegó a la escuela meses atrás. A pesar de burlarse de su debilucha apariencia y su desastrosa habilidad social, Gohan, antes de que todo esto sucediese, podría haberse considerado como uno de sus amigos.

El Shapner presumido y fanfarrón de aquel entonces, buscando la manera de hacerse el gracioso a costillas de Gohan, acostumbraba preguntarle sobre su experiencia con chicas para verlo balbucear una contestación casi incomprensible. Su ingenuidad infantil y su absoluto desconocimiento del mundo joven eran su mayor foco de diversión, Gohan, literalmente, era alguien salido de una cueva.

Aún así, por más bromas que tuvo para él, Gohan, con una amabilidad que resultaba casi irreal, nunca se mostró molesto ni grosero con Shapner, hasta que, formalizada su relación con Videl, el rubio se dio cuenta del cambio en su actitud. Pero antes de todo eso, cuando necesitaba completar una tarea a pocos minutos de ser revisada por su maestro, sabía, claramente, que Gohan le dejaría copiar la suya.

Almorzaron juntos en la cafetería de la escuela miles de veces, recorrieron los pasillos de la preparatoria en compañía de Ireza y Videl en el mismo número de ocasiones. Era un sujeto agradable, si se olvidaba de su naturaleza aniñada que tanto le hacía gracia; inclusive, si nada de esto hubiera ocurrido, Shapner no dudaba que su amistad con él habría durado por muchos años.

Pero al no ser ese el caso, Gohan, mostrándole su verdadero yo, fue capaz tanto de casi matarlo como de resucitarlo. Y el rubio, ardiendo de rabia y motivado por el hambre de venganza, lo condenó a morir.

– ¿Cuánto más nos falta para llegar? –Videl, interrumpiendo sus pensamientos, le preguntó al caminar detrás de él.

– No mucho; pero tenemos que tener más cuidado a medida que nos vayamos acercando–pensando en Van Zant y su ejército, Shapner, todavía sin atreverse a decirle con claridad a qué se refería, no fue muy específico–me temo que Gohan no está solo y es muy peligroso que nos vean. Por tu seguridad, será mejor que me dejes ir solo hasta el lugar exacto donde está Gohan, luego volveré por ti e iremos con tu padre.

– Hay algo que no me estás diciendo, sabes que no puedes mentirme–notando su sutil nerviosismo, Videl, con suspicacia, intuía que su miedo iba más allá de lo dicho hasta ahora.

– Ya te lo dije, preocupémonos primero por salvarle la vida a tu padre; las explicaciones vendrán después…

Si bien no le gustaba nada que Shapner le estuviese ocultando lo que sabía, Videl, no queriendo caer en hipocresías, aceptaba que ella le mintió sobre su falso noviazgo; además de ser el origen de los acontecimientos que se desencadenaban, por ello, temporalmente, no insistiría en preguntar más esperando que las ansiadas respuestas llegaran pronto.

Así pues, haciendo paradas reiteradas para comprobar que nadie más aparecería para dispararles, los dos, con muchísima cautela, fueron aproximándose al epicentro de la batalla. Videl, mirando los alrededores con incredulidad y asombro, se quedó boquiabierta al ver la descomunal cantidad de hombres inconscientes así como el brutal arsenal que los acompañaba.

Videl, habiendo participado en varios tiroteos con anterioridad, no podía dar crédito a los signos de desenfrenada violencia que observaba por doquier. Casquillos de balas vacíos, lanzacohetes y un millar de cráteres de disparos, aquel escenario daba la impresión de haber salido de una película o un programa de televisión. Sin embargo, por más difícil de creer que fuese, era la pura realidad.

Y avivando su horror, lo que vino enseguida, la puso a aprueba y sepultó las esperanzas de Shapner. Una nube de humo rojizo y un rugido estridente, destrozando la tensa paz que reinaba en aquella estación de trenes, se extendieron en todas direcciones bloqueando la luz del sol, llenando el cielo, por completo, de oscuridad. Videl y Shapner, saliendo de su asombro inicial, apenas pudieron reaccionar.

– ¡Al suelo, al suelo!

Videl no lo sospechaba; Shapner podía imaginarlo. Van Zant, cumpliendo con su cometido, al término de una larga y extenuante marcha arrastrando el pesado cuerpo de Gohan, finalmente pudo oprimir el botón que desató el infierno que tanto deseaba. Más de doscientas cargas de explosivos, detonando todas en sincronía, tiraron al piso toneladas de ladrillos y concreto que cayeron encima del saiyajin.

El polvo, colmando hasta el último rincón a la redonda, los envolvió en su totalidad cubriéndolos de pies a cabeza, forzándolos, sin más alternativa, a aguantar la respiración hasta que el aire volviese a ser respirable. Entretanto, estremeciendo la superficie terrestre, un fuerte pero corto temblor sacudió las cercanías, colocándole, para orgullo de Van Zant, la cereza en el pastel que les serviría a sus comensales.

– Llegamos tarde, llegamos demasiado tarde…

Sabiendo lo que significaba aquella demolición, Shapner, dando por muerto a Gohan, igualmente hacía lo mismo con Mr. Satán. Videl, alzando la mirada y limpiando la abundante suciedad de su rostro, enmudeció al ver como una montaña de escombros se erguía a unos treinta metros de distancia. La otrora justiciera no lo sabía, pero aquella tumba también significaba el fin de su padre.

Van Zant, por su parte, asomándose del refugio que eligió antes de la detonación, ignoró las advertencias de los suyos y se acercó a las faldas de la colina que el mismo creó. Cada gota de sudor derramada y cada calambre en sus adoloridos músculos habían valido la pena, aquel superhéroe que muchos tildaban de invencible; aquel que sembró el terror en el hampa, yacía derrotado por su mano.

A sus espaldas, congregándose de a poco junto a él, sus hombres suspiraban de alivio al pensar que nunca más volverían a ver a ese entrometido enmascarado.

– ¡Se acabó, al fin me deshice de esa maldita plaga!

Gritando, haciendo que su euforia retumbara en el ambiente, Van Zant celebró con locura sintiéndose libre de cualquier obstáculo que pudiese impedirse sus ambiciones. Videl, mirándolo fijamente, evocó todas aquellas veces donde lo escuchó celebrando al creerse imparable; empero, aún desconociendo la magnitud de sus actos, tenía el escalofriante presentimiento que, esta vez, su victoria era auténtica.

Shapner, muy conmocionado, percibía como su espíritu luchador se complacía de haber vengado la paliza que el Gran Saiyaman le propinó; por otra parte, su conciencia se mortificaba por la muerte de Gohan. Un peligroso enemigo fue eliminado y borrado del mapa; un compañero y amigo fue asesinado de una manera barbárica e inhumana. Y le gustase o no, viviría el resto de su vida con ese recuerdo.

Y peor aún, sumándose un peso más en sus remordimientos, el inminente fallecimiento del padre de Videl terminó de desmoronarlo mentalmente. Ni siquiera notó que su exnovia, levantándose a su derecha, se plantaba sobre sus pies resistiendo tanto el dolor como el cansancio físico. No le importó que la mugre impregnara su largo cabello ni sus ropas, solamente ansiaba comprender qué ocurría.

– ¿Dónde está Gohan exactamente, Shapner? –Sin apartar sus ojos de Van Zant en la lejanía, Videl, soportando el nudo que padecía en la garganta, no se resistió a la necesidad que brotaba en su ser por obtener explicaciones– ¡dime dónde está!

Shapner, mudo, sin ser capaz de hablar, se limitó a extender una mano señalando con un dedo a la colosal pila de restos frente a ellos. Videl, como si estuviese embrujada por el paisaje desolador, permaneció estática en su sitio tratando de hilar y asimilar lo vivido hasta ahora. Hombres armados atacándola, su padre agonizando, Van Zant festejando y Gohan aplastado por un edificio entero.

Aquello, en definitiva, debía ser una pesadilla.

– ¡Quietos ustedes dos, quédense donde están!

Y cuando creían que las cosas no podían empeorar más, tomándolos desprevenidos, salidos de la nada, una veintena de los secuaces de Van Zant aparecieron apuntándoles con sus armas al irse disipando el polvo. Muchos reconocieron a Shapner; sin embargo, al verlo junto a la chiquilla que tantas veces los envió a la cárcel, no vacilaron en rodearlos dispuestos a fusilarlos si hacían el más mínimo movimiento.

Shapner ni siquiera pestañeó, Videl no intentó nada sabiendo que las circunstancias no le eran favorables. Por primera vez en la historia de Ciudad Satán, la heroína que parecía insuperable para el crimen y la mafia, se rendía sin oponer resistencia alguna. Meses atrás maldijo que el Gran Saiyaman se entrometiera en sus asuntos, hoy, mirando su monumental sepultura, se sentía indefensa sin él.

Van Zant, siendo informado segundos después, se giró a su derecha contemplado a quien fuese su mayor adversaria desde que tenía memoria. Era un inesperado regalo del destino que Videl estuviese ahí; no le importaba cómo llegó, solamente le interesaba aprovechar su aparición para saldar cuentas pendientes con ella. Sin Mr. Satán y el Gran Saiyaman, ya nada ni nadie constituía una amenaza para él.

Ciudad Satán, sin que lo imaginase, se hallaba a punto de perder a su última gran defensora.

Fin Capítulo Treinta y cinco

Hola, muchas gracias por leer otro capítulo más. Como lo dije al principio de la historia, Tras la sombra de un indicio es el hermano gemelo de otro fic que publiqué hace ya varios años atrás: Lo malo de ser un héroe. En esa historia, exploré el lado malvado que Gohan posee en su interior y que sólo se manifiesta, cuando, por la influencia de su herencia saiyajin, sus emociones se descontrolan.

Con Tras la sombra de un indicio también quería explorarlo otra vez pero desde otro ángulo; además, en esta ocasión, deseaba sacar a la luz la parte más humana y sensible que Videl alberga en su interior. No quería que fuera invencible ni perfecta; todo lo contrario, quería que cayera y tocara el fondo del abismo, para luego, empujada por las consecuencias de sus errores, escalara y saliera de allí.

Este fic nació como un One-Shot, nada más; pero gracias a mi estimada amiga Linkyiwakura, quien le echó un vistazo al borrador, quise desarrollar más la idea. Más de treinta episodios después, luego de cinco años de duro trabajo, el fic está a sólo un episodio más para llegar a su final. Les doy las gracias a todos aquellos que me han acompañado desde el inicio y a quienes se fueron sumando con los años.

Tras la sombra de un indicio es el último fanfic largo que haré, es posible que en el futuro haga otro más; pero no a corto ni mediano plazo. Ya no poseo el tiempo libre suficiente como para hacer más fics de este tipo con regularidad, por eso prefiero no comenzar algo que posiblemente no pueda terminar. No me gusta dejar fanfics abandonados ni incompletos; aunque tarde siglos, siempre busco terminarlos.

Me disculpo por la extensión del capítulo, por más que intenté contenerme me fue imposible no extenderme de más. Narrar me gusta mucho; me gusta contar lo mejor que pueda lo que pasa con los personajes y siempre termino alargándome demasiado. Espero al menos que la lectura los haya entretenido, de antemano les adelanto que el capítulo final será igual o más extenso que este.

Para concluir por ahora, les dejo otra de mis recomendaciones musicales. Como siempre me ha gustado hacerlo, me encanta escuchar algún soundtrack mientras escribo para mantenerme concentrado en la escritura y sentirme más a gusto. Si alguno quiere oír la canción que me ayudó de inspiración, búsquenla en You Tube con este nombre: The End of Evangelion - The Passage of Emptiness.

Antes de despedirme, les doy las gracias a Getsukei, Kellz19, Akane Mitsui, Guest, Rodri99exex y a Lupis OrSa por sus comentarios en el capítulo anterior. Gracias por leer y hasta la próxima.