Su señorita, nuptuarium nocte II

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Se cuidadoso con la maldición que aqueja a los jóvenes amantes,

Comienza tan suave y dulce,

Pero termina convirtiéndolos en cazadores.

Howl – Florence and the Machine.

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Era la primera vez desde que esto había comenzado en que no me sentía como si esto, fuera más que una condena.

Y pese a todo lo que había ocurrido, lo que acababa de saber me dejé llevar, no como el acto desenfrenado y estúpido que terminaba por consumirme llegada la mañana, no. Esta vez lo hice por verdadera necesidad, porque lo necesitaba… necesitaba a Sebastián…

La observó bajo la luz de las velas, su piel inmaculada, tersa como pétalos de rosa, destilando ese aroma que lo despojaba de toda cordura.

Ella estaba ahí, pequeña y frágil bajo su cuerpo, entregada por completo y a la vez a un millón de kilómetros de distancia.

Comprendía lo que hacía en ese momento con toda claridad, comprendía en toda su amplitud aquel sentimiento, esa necesidad imperiosa, el hambre terrible que sólo podía ser saciada con ella, con su cuerpo, con su piel, sus labios adictivos, sus hombros perlados, la curva deliciosa de su cintura, de sus caderas… las largas piernas apresándole, la melodía de sus gemidos, el grito que portaba su nombre retumbando en un cuarto que jamás sería suyo.

Sentir la tibieza, el calor de su cuerpo contra el suyo, entre sus brazos libre de prenda alguna que impidiera el roce, que el momento febril le aturdiera, le hiciera sentirse por un momento que poseía vida tras aquel cuerpo, aquella envoltura.

Era ella y sólo ella la que podía satisfacer esa terrible ansia de un algo que hasta entonces había dormitado dentro de su ser corrupto.

Llegado a este punto ya no sabía exactamente, quién utilizaba a quién, quién jugaba con quién, ya no le importaba en lo más mínimo. Era entonces una cuestión estúpida el suponer que había razón, o un mundo más allá de ella, más allá de sus respiraciones erráticas, del ritmo frenético de sus cuerpos, de la sensación indescriptible de su piel húmeda y ardiente.

Ni siquiera le importaba que tal vez, como todos los encuentros anteriores; al llegar la mañana la brecha que se había labrado entre ambos siguiera creciendo, que sus labios dulces que convirtieran nuevamente en un lecho de amargura cuando la mañana llegara.

Ya nada le importaba.

Sólo quería sentirla así, para siempre, que por fin podía ser el centro de atención en la fastuosa alma de su señorita, quería seguir ahí, atado a su frugal existencia y ser consumido lentamente, hasta arder en el mismo fuego al que la estaba condenando.

Ahí, enterrando los dedos entre su cabello, entre las retorcidas ondas y los fragantes rizos; mancillando la piel, mientras ella jadeaba con los ojos cristalinos, sus terribles ojos en su preciosa gama, siendo una joya, un dique de hielo. Diamantes, inquebrantables diamantes.

Quedarse ahí, perpetuo, besándola con arrebato, violencia, sin contenerse al apresar los rosados labios entre sus dientes afilados, saboreando la dulce esencia, su cálido aliento. Incluso acunando vehemente, como un poseso, su fatal angustia, su terrible miedo.

Y aunque acostarse con ella representaba una terrible y majestuosa oleada, un impulso vivo, desgarrador, que le llenaba, que había llegado a necesitar para soportar cada segundo tortuoso de los días áridos y faltos de ella, sentía que, pese a eso, pese a lo gratificante que resultaba, un poco de él terminaba muriendo, así como ella, una parte de él moría con ella cada noche…

¿Por qué entonces, es que quería romperla por completo…?

¿Por qué quería corromper por completo a esta mujer…?

¿Por qué lo enloquecía escucharla, escuchar su voz clamando su nombre mucho más allá de estas malditas cuatro paredes…?

¿Quién era el usado, acaso era el demonio… acaso le usaba esta humana para olvidar sus absurdas penas; o es que acaso el demonio la usaba para satisfacer una sed que contradecía su propia existencia…?

¿Por qué se empeñaba tanto en enloquecerla al mismo grado en que él lo estaba por ella…?

Me froté los ojos, el sol me daba justo en la cara y me giré torpemente, enrollándome entre la sabana…

Fue cuando que abrí los ojos, asustada, sintiendo el espacio vacío a mi lado, estaba sola en la cama. Me desperecé entonces, incorporándome hasta sentarme en la cama.

Sebastián no estaba.

Me levanté entonces, con un terrible sentimiento brotando en mi pecho, la marca en mi espalda ardiendo, mi hombro punzante.

Se fue…

Chilló una molesta voz en mis adentros y me obligué a mí misma a detenerme, calmarme y respirar hondo.

Le di una mirada más al cuarto, para descubrir que en la mesilla de noche me esperaba una bandeja con el desayuno; una gran taza de café, tostadas, huevos con tocino y un tazón con fruta. Fui directo a tomar la bandeja, sentandome en la orilla de la cama y relamiéndome los labios, había una nota pegada a la taza de café, la inconfundible letra de Sebastián, sus trazos finos, curvados y elegantes "Es descafeinado, cuando termines de desayunar date una ducha, hay ropa limpia para ti en la gaveta de las toallas. Cuando estés lista ven a la sala, hay muchas cosas que hacer hoy"

Así, señoras y señores es como el romanticismo muere.

Pero aun cuando su nota parecía tan estoica estaba feliz, feliz de que al menos por ese momento parecíamos tratarnos de una manera mucho más liviana, así que comencé a desayunar, alabando entre mí el café caliente y las tiras de tocino bien doradas.

Cuando terminé hasta el último trozo de melón en mi plato fui al baño, me apetecía darme un baño en la tina pero sabía lo impaciente que podía ser Lance, y pese a todo, tras aquel terrible ataque que había tenido la noche anterior quería disculparme con él, lo que sea que tuviese que ver Lance Riddle en todo este asunto no era tan grave. Al menos no si Sebastián creía en él, por ahora, ni siquiera podía confiarme de mi misma, todo lo que tenía era la certeza de su inocencia por lo que había dicho el demonio. Podría ser que Sebastián fuera el peor asistente de todos los tiempos, pero si había algo que había hecho una y otra vez sin fallar era el salvarme y mantenerme con vida, si Lance fuera culpable de alguna forma en efecto, estaría más que muerto.

Y aunque esa suposición no me agradaba del todo, seguía estando intranquila, no sabía exactamente por qué, si me angustiaba el saber que Sebastián estaba dispuesto a matar a quien fuera para protegerme o que Lance, sin ser culpable de un homicidio, de verdad conocía a Susan… Susan…

Abrí la llave del agua caliente, y saqué una toalla de la gaveta, mi ropa estaba ahí, y decir que era mía era una completa mentira. Como fuera, cuando saliera de la ducha fácilmente podría ir a buscar algo más cómodo que eso, así que me metí a ducharme, pretendiendo que nada de lo que había ahí me causaba curiosidad.

Conocía en ciertos aspectos a Sebastián pero mirar la fila de productos de baño era de lo más divertido, shampoo, acondicionador, jabón en gel, ¿Eso era crema para afeitar…?

Luego de revolver todo y terminar de bañarme en envolví en una toalla, todas las toallas en la gaveta eran rojas y sólo había una pequeña de color blanco que de seguro usaba para secarse las manos o algo parecido, me acordé del pequeño incidente hace unos meses y me sonrojé furiosamente ¿Acaso el muy desgraciado había usado esa toalla a propósito…?

Tomé mi ropa y salí del baño, más atontada de lo que había despertado y me rehusé a salir de ahí sin ropa, la ropa ahí no era de mi gusto pero no podía negar que era preciosa, que tenía estilo. Era ropa que Sebastián había elegido para mí, no sabía cuándo ni cómo pero ahí estaba, un conjunto completo, sencillo pero elegante.

Me puse la ropa interior, un sencillo coordinado negro que era muy cómodo y me quedaba perfecto, después unos pantalones de tubo, a la cadera y muy ajustados, pero no me resultó complicado ponérmelos y aunque eran de una tela parecida a la piel no eran para nada incomodos, luego me puse la blusa, una prenda de color hueso con holanes bajando desde el cuello de la blusa y preciosos botones que emulaban ser perlas. La blusa me encantaba sobre todo porque era contrastante con el pantalón ajustado que parecía muy moderno, mientras que la blusa era de esas cosas que yo me imaginaba salida de un libro de Jane Austen. Encima de la blusa me coloqué un suéter, un bonito suéter de lana color melocotón, sin botones y con un ligero escote en v, me arreglé el cuello de la blusa y las mangas y me dispuse a ponerme los zapatos.

Luego de colocarme unos gruesos y calientitos calcetines de lana observé con cuidado los zapatos, tratando de adivinar cómo iba a caminar con ellos sin romperme una pierna.

Eran unos zapatos de lo más lindos, femeninos, pero terriblemente altos, no quería ponerme eso, no sabía ni cómo iba a ponerme de pie con aquello puesto, eran del mismo color que el suéter y tenía un moño en las puntas, pero el tacón era del al menos diez centímetros y no estaba segura de mi misma como para poder ponerme eso. Pero me di valor, viéndome al espejo, sintiéndome ridícula por un momento, me quité los calcetines y me atreví a subirme sobre los zapatos, sorprendida di una pequeña vuelta frente al espejo, no eran incómodos y una vez puestos no se sentía mucho la altura del tacón.

Me sequé el cabello, de pronto tan animada que me dieron ganas de peinarme, me hice una cola de caballo y me peiné el flequillo de lado que para entonces ya me cubría los ojos.

Pero aun así, al salir de la habitación me mantuve pegada a la pared, apoyándome contra esta para no tropezar tontamente.

Cuando mi travesía hasta la sala principal terminó me encontré de buenas a primeras con esa sonrisa patente Lance Riddle, y tuve que luchar contra mi falta de equilibrio.

Lance estaba sentado sobre el amplio sillón de cuero y estaba vestido, por completo desperezado y con un emparedado en una mano mientras que con la otra sostenía unas cuantas hojas de papel.

—Buenas Sammie, te ves de muerte—, me saludó y me sonrojé como una tonta, bajando la mirada y acercándome a él hasta sentarme a su lado.

—Perdón por lo de anoche—, balbuceé mirándome las manos y en respuesta la mano de Lance me revolvió el cabello — ¡Para! ¡Es la primera vez que se me ocurre peinarme y vienes a deshacerlo…!

Lance soltó una risa, de esas que podían hacer a cualquiera temblar como gelatina y me estrechó contra él, dejando de lado los papeles que examinaba hace unos momentos.

Me removí un tanto incómoda pero no lo aparté de mí y le sonreí de la misma forma, relajada y feliz.

— ¿Estas mejor?—, preguntó por lo bajo mientras su sonrisa se esfumaba y sus ojos intensos me miraban con preocupación.

Asentí sólo para ver una pequeña sonrisa en sus labios.

—De verdad lo siento, Lance… yo…—, me mordí los labios—, perdí el control anoche, lo lamento… no quería decir eso de ti…

—Te entiendo—, dijo y le miré sorprendida, su brazo me soltó y volvió a darle una mordida al emparedado con toda la calma del mundo—, soy aspirante a detective ¿recuerdas? Y por lo que ahora sé es muy razonable que sospecharas de mí, tranquila Sammie, te volviste loca con toda la razón, no me debes ninguna disculpa

— ¿Y qué hay de que casi te mato anoche, cuando iba a chocarnos contra un árbol?—, inquirí con angustia, tomándole por el antebrazo.

—Bueno, entonces Dios te habría pateado el trasero por destrozar ese increíble auto—, dijo con seriedad y nos echamos a reír.

— ¿Entonces, estamos bien, Sammie?—, me preguntó con esa sonrisa suya.

—Bien, estamos bien entonces—, sonreí de verdad, sintiéndome mejor en ese momento, porque aunque nos habíamos distanciado mucho en estos años Lance seguiría siendo siempre mi mejor amigo y ahora le necesitaba más que nunca.

—Bueno, ahora, con todo esto de aquí…—, señaló la pila de papeles en la mesita de la sala, reparé en ese momento en que eran los expedientes del caso y tragué con dificultad—, llevamos desde las cinco de la mañana aquí, reuniendo todo el material…

— ¿Llevamos…?—, pregunté como una tonta y levanté la mirada, buscando a Sebastián por todas partes.

—Sí, Sebastián y yo, es un gran tipo… perdón por creer que era un hijo de puta, tal vez lo es, pero me agrada un poco—, dijo con calma, mientras se acababa lo restante de su emparedado de una mordida—, y cocina bestialmente, de verdad, adóptame, no pienso comer nada más si no ha sido cocinado por él —, dijo, murmurando contra mi oído y apenas se alejó un poco me miró con ojos de cachorro, suplicante y ansioso.

Me reí como una loca, no sabía en qué clase de universo surrealista me encontraba pero era de lo más divertido…

— ¿De qué se ríe?—, la voz de Sebastián interrumpió mi risa y le miré divertida ante su cara de confusión, de la expresión de Lance, contenía la risa y yo no podía parar.

"Querida C.

He recibido exitosamente su correo electrónico. Insisto en repetir lo mucho que me fastidia el utilizar este medio para contactarle, como le dije en un principio ante nuestra primera aventura juntos, que me parece una grosería inmensa el dirigirme a una persona de letras de otro modo que no sea escrito ¿A que le parece algo de lo más frío e impersonal el leer mis palabras desde un computador, no es así? A mí me resulta insatisfactorio el no poder observar su caligrafía ni oler la tinta sobre el papel, como sea, igual es usted Señorita Ciudad.

En cuanto a nuestros asuntos es una lástima que nos volvamos a contactar en una situación tan tensa como esta, recuerdo que habilité este correo sólo para usted, como contacto de emergencia. Espero que me lea en una pieza, de otra forma estaré muy molesto. Mi apreciada Ciudad, le soy por completo honesto al decirle que la vida sería tremendamente aburrida sin que usted me importunara con muertos tan interesantes como los que solemos ver.

Puedo confirmarle, como usted ha deducido, que hay alguien que ha interceptado y alterado nuestra inocente correspondencia. En cuanto a lo que se refiere a Susan Rallye no puedo darle más de lo que le he dado, si necesita un detalle adicional debería de inspeccionar el cuerpo usted misma, Susan no ha sido reclamada, las victimas de homicidio en esta ciudad siempre quedan bajo custodia policial en la morgue, así que si llegase a tener el tiempo necesario podría hacerle una visita a nuestra amiga, le aseguro que cualquier cosa que mis ojos hayan pasado por alto podrá verla usted.

Sin embargo por ahora, aún si llegasen nuevos clientes a mis manos me temo que no podré mandarle la información. Si la persona que ha rastreado nuestros intercambios sigue dejando un rastro de cuerpos le haré saber, pero no podrá saber nada más. Me imagino que no le gustará para nada el no saber las cosas, pero, Ciudad, la ignorancia es mejor que vivir bajo la mentira.

Cariñosamente, U.

P.D.: Espero, si alguna vez logramos conocernos, no sea usted el próximo cliente interesante".

Releí el correo por tercera vez, sobándome el cuello con ambas manos, estaba molesta pero no tenía más que decir para poder responder el correo. Si en algo conocía a Undertaker es que si le reclamaba no iba a responderme. Necesitaba información "interesante" para poder responderle y por ahora no tenía mucho más de lo que ya sabía.

No me malentiendan, Lance era fantástico y sus métodos para organizar la información y unir las pistas eran increíbles, pero apenas llevaba un día en esto y aunque estaba frenético, llenando una pizarra de corcho con montones de notas; aún no había llegado hasta un punto de verdad relevante en la investigación. Era razonable, todos mis hallazgos habían llevado meses de trabajo y pese a que Lance estaba muy bien preparado para esto en un día no podía pedirle milagros. Era brillante eso sí, mucho más eficiente que Sebastián y yo juntos, y doblemente fabuloso cuando Sebastián y él contribuían en algo juntos, me hacían sentir que no necesitaban de mí. Pero por fortuna, por muy buenos que ambos fueran juntos seguían sin entender del todo la relación entre cada víctima, al menos en eso yo llevaba la delantera. Nadie era mejor experto que yo misma en cuanto a Samantha Carson se refería.

Que tonto…

Me estiré, desentumiéndome luego de haber estado sentada tantas horas.

Lance entonces acomodaba fotografías de la última escena del crimen en la pizarra de corcho, la que era una lámina delgada de corcho que cubría toda la extensión de una pared del estudio. Mientras que Sebastián dando vueltas a sus espaldas, dictaba los detalles del informe forense.

Yo que había estado buena parte del tiempo sentada frente a la computadora revisando en el buscador de internet información sobre Susan Rallye y su trabajo como periodista, no paraba de observarlos de vez en vez completamente incrédula. Nunca había visto a Sebastián interactuar con otra persona de la misma forma en que lo hacía con Lance, parecía tan tranquilo, por completo a gusto con la presencia de Lance, incluso confiado, relajado.

Le había visto tratar a Jessica y a Frank antes, con ellos siempre parecía muy formal, demasiado forzado, no es que se notara a simple vista pero con otras personas siempre se mantenía en su papel, actuando como si la perfección fuese la única cosa importante en el universo. Mientras con Lance no era así, le importaba poco atenderlo, o ser amable, creo que más que nada era el simple y sencillo hecho de que frente a Lance no actuaba ni fingía ser alguien más, no era mi supuesto asistente o novio, ni el perfecto Sebastián Michaelis que el mundo adoraba. No, era Sebastián y ya, el mismo ingrato demonio que me había obligado a comprarle un gato y el mismo loco por las compras en internet, el mismo despreocupado individuo al que no le importaba recostarse toda la tarde para mimar a Luna. Y eso era de lo más divertido, porque no le había visto tan relajado desde que vivíamos en el departamento, era él mismo, y eso me resultaba invaluable.

Verle reaccionar sinceramente, enojarse, sonreír, ser irónico e incluso sorprenderse.

— ¡Te lo he repetido tres veces, y se escribe con th!—, dijo Sebastián sobándose las sienes.

—No, que no ¿Para qué lo pongo así? Es igual, se lee igual, y mientras lo pueda entender no me importa—, farfulló Lance garabateando una hoja.

El demonio se la arrebató y escribió sobre las letras torcidas de Lance.

— ¡Ah, Don se escribe con th!—, masculló Lance con el ceño fruncido, burlándose antes de que Sebastián le estampara en la cara la carpeta que llevaba en las manos.

—Lo siento, se me ha caído—, dijo Sebastián con una sonrisa encantadora.

— ¡Sí, lo noté! —, dijo Lance sobándose la nariz—, como todo se te suele caer en mi cara…

—Es tu nariz, tal vez tiene cierta atracción gravitacional…—, se mofó el demonio fingiendo inocencia y Lance estuvo a punto de regresarle el golpe pero ni él lo soportó, se rio estrepitosamente y me le uní.

—Joder…—, soltó entre risas mientras se sobaba le estomago—, creo que necesitamos un descanso, llevamos unas diez horas con lo mismo ¡Tengo bien entumido el trasero…!

—Al menos la bella durmiente puede seguir donde nos quedamos—, dijo Sebastián, lo fulminé con la mirada mientras Lance soltaba una risilla irritante.

— ¡Ya sé que me desperté a las 12 del día, paren de recalcarlo! Son unos niñitos insufribles—, chillé irritada.

Había una cosa que realmente no extrañaba; al Sebastián bromista.

—Pero es cierto, necesitamos un descanso, no vaya a ser que de pronto un archivero se me caiga sobre tu nariz, Riddle.

—Qué gracioso, Sebastián…—, Lance le miró con fastidio antes de pasarse ambas manos por su cabello castaño.

Sonreí, y aunque tenía la vista cansada y las piernas entumecidas estaba de muy buen humor. La pequeña y peluda Sue se asomó por la puerta del estudio y comenzó a maullar antes de corretear en mi dirección. La sostuve en brazos y salí del estudio mientras el demonio y mi amigo ponían un poco de orden.

Había llovido gran parte del día y las gatas se la habían pasado durmiendo, en mi habitación, la que ahora era la suite gatuna oficial.

De seguro estarían hambrientas, pues habíamos estado todo el día encerrados en el estudio y aunque Sebastián moría por Luna estaba de lo más entretenido molestando a Lance y acomodando información. Así que fui escaleras abajo, a la cocina y les llené los platos con alimento, al poco rato mientras Sue devoraba su ración Luna se frotó contra mis piernas y comenzó a comer.

Las miré comer, recargada contra la encimera de la cocina.

— ¿Te diviertes mucho, no?—, me atreví a preguntar cuando Sebastián llegó a la cocina.

Me sonrió de lado, avanzando en mi dirección, de inmediato a escasos centímetros de mí.

—No me quejo—, agregó, sus ojos rojos me miraban con picardía, conocía esa mirada, esa que me hacía temblar—, le queda perfecta—, añadió antes de tomarme por la barbilla y empujarme levemente, quedando prisionera entre la encimera y él.

— ¿Perdón?—, chillé confundida, por completo aturdida, porque su cercanía seguía siendo abrumadora, su aroma seguía siendo como una toxina terrible, me volvía gelatina.

—La ropa, señorita, le queda perfecta… esos pantalones, realmente le sientan bien…—, dijo y sus labios acariciaron la piel de mis mejillas.

—Ah… si, si…—, atiné a decir entre balbuceos.

Sus manos apresaban is caderas, tan terriblemente cerca…

— ¡Oye Sammie, mira esto, mira, mira...!—, la voz de Lance desde el recibidor y reaccioné, por completo sonrojada, agachando el rostro.

— ¡Mira, mira...!—, volvió a gritar, con emoción, mientras sus voz se acercaba nosotros, sus pasos resonaban por el pasillo.

Sebastián se apartó de mí, con una expresión terrible, enojado.

Y cuando Lance se asomó en la cocina con esa inmensa sonrisa el demonio rechinó los dientes.

— ¿Qué quieres Lance?—, preguntó el demonio, entre dientes.

Lance lo ignoró olímpicamente hasta quedar frente a mí y me plantó en la cara una hoja.

— ¡Mira Sammie… una fiesta de Halloween…!—, dijo con alegría y le di un manotazo.

— ¡No voy a ver nada si me la pones así!—, bramé por un momento molesta hasta que los ojos de cachorro de Lance volvieron a apuñalar mi corazón—, está bien, está bien, dame eso…

Me tendió el papel con una sonrisa gigantesca y le di una mirada, me estremecí, con esa torpe sensación, un miedo infantil ante aquel hecho.

Era un panfleto, propaganda sobre una fiesta de disfraces el día de Halloween, habría un concurso… una banda… odio las fiestas…

La fecha…

—Ah ¿Es la fiesta anual que hacen aquí, no?—, comentó Sebastián, sonando animado, curioso.

Asentí.

—Sí, hacen una gran fiesta cada año por Halloween… podría decirse que es la celebración más grande en este pueblo…—, dije, y dejé el folleto a un lado.

Entonces contuve el aliento, la carcajada, porque había dos pares de ojos que me miraban como cachorros moribundos, suplicantes.

—Oh, no lo sé, es una fiesta de disfraces y es en una semana… no tengo un disfraz para esto, y se lo suelen tomar muy enserio, no creo que…

—Puedo conseguirte un disfraz que deje a todos impresionados—, interrumpió Sebastián con altanería.

— ¡Vamos Sammie, te encanta el Halloween! ¿Recuerdas cómo éramos de pequeños con esto? ¡Va a ser fabuloso, como en los viejos tiempos…!—, exclamó Lance, con su sonrisa deslumbrante.

— ¿Olvidas que hay un asesino suelto que quiere liquidarme? ¡No tengo tiempo para una fiesta en mitad de todo esto!—, murmuré seria, apartando de los dos para tomar un vaso de la alacena y servirme agua.

—Pfft, falta una semana, no seas amargada, sé que todo esto es muy serio por favor ¡Es Halloween!—, suplicó Lance impidiéndome avanzar.

—No le hará daño a nadie que te diviertas una sola noche—, susurró el demonio contra mi oído y el vaso estuvo a punto de caerse al suelo.

—No sé si deba… ¿Y si Evan organiza una entrevista ese día?—, dije, intentando no sonar nerviosa.

—Hablé con él esta mañana, dijo que nos daría otra semana para descansar, no enfrentarás a los medios hasta que él terminé con sus negocios en Francia, dijo que cuando volviera podríamos enfocarnos bien en tu imagen pública…—, dijo Sebastián, por completo preparado para destrozar mis argumentos.

—Pero…

—No, vamos Sammie, me lo debes… siempre estás muy ocupada para divertirte un poco y no sé podré verte una vez que regrese a casa, debo de irme el primero de Noviembre, mi entrevista de trabajo será el 2 de Noviembre, no puedo quedarme más tiempo y no nos hemos visto en muchísimo tiempo, anda, sólo esta vez…—, suplicó Lance con sus ojos de cachorro.

Planteemos la situación desde un ángulo distinto, imagínenlo, estaba emparedada entre la ardiente masa de músculos Riddle por el frente y a mis espaldas el endemoniadamente atractivo y encantador Sebastián Michaelis.

¿Era mucho pedir algo de espacio personal? ¿O una cubeta con agua helada…?

—Me viene la regla esta semana—, chillé con las mejillas encendidas al punto de ebullición.

¡¿EN VERDAD ESA ES TU EXCUSA?!

— ¡Mentirosa!—, soltó Lance antes de irse de espaldas por la risa.

Y el demonio, aunque seguía pegado a mi comenzó a reírse también.

— ¡¿Qué?!—, chillé por completo avergonzada—, perdónenme por tener vagina—, mascullé pero la risa de Lance no se detenía.

—Ah, señorita, puede mentir mejor o admita que no quiere ir—, suspiró el demonio contra mi cuello.

— ¿Y tú qué sabes, que tal que si me llega la regla esta semana?—, balbuceé, trágame tierra… ¡Trágame!

—Hemos vivido juntos seis meses, sé cuándo puedes utilizar esa excusa—, Sebastián me soltó y de haber sido físicamente posible me habría vuelto un charco de líquido.

—Vamos será divertido—, dijo Lance, mientras se limpiaba con teatralidad una lagrima que le escurría por la mejilla de tanto reír.

— ¡PUDRANSE!—, chillé con la cara reluciente y roja.

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Volví a dar un hondo suspiro, no tenía ni idea de que existía uno de esos en la ciudad pero ahí estaba, con su fachada digna de una catedral gótica. No entendía por qué es que una edificación tan preciosa me causaba tal mezcla de emociones. Tal vez porque luego de una semana de confinamiento en casa rodeada de fotografías de cadáveres, pilas de papeles indescifrables y aquellos dos revoloteando a mi alrededor me habían macerado el cerebro a nuevos niveles, no lo sé, sabía que tenía que hacerme a la idea de que mi vida sería como esto a partir de ahora.

Pero seguía siendo un golpe duro a lo que yo nombraba normalidad, incluso a mi realidad. Para mí lo más normal seguían siendo los espacios pequeños, sencillos como el departamento donde crecí con mis padres y la acogedora casa de la abuela Camille; no entraba en ningún momento un lujoso hotel en mitad de la ciudad ni la ropa de marca que Tiffany —mi tía—, me mandaba desde hace dos semanas, no, nada de esto era mio…

Y sin embargo ya no me importaba.

— ¿Se encuentra bien, señorita?—, me sacó de mi ensimismamiento y miré sus ojos claros por el espejo retrovisor.

Asentí, removiéndome entre el cómodo asiento de cuero, detestaba las medias, en especial las pantimedias, me resultaban incómodas y me picaba el resorte en la cintura, pero qué más podía hacer. Tenía que lucir presentable para Evan, al menos esa mañana.

No todos los días el terrible Evan me marcaba por teléfono para invitarme cortésmente a desayunar con él.

—Es sólo que me hubiese gustado conducir yo misma hasta aquí, no había la necesidad de que… bueno, viniera su chofer a dejarme…—, murmuré un tanto abochornada, el chofer, quien había reconocido como el chico de la deslumbrante sonrisa y el acento británico, parte del personal del avión privado que me había traído a casa…

El chofer me dedicó una pequeña sonrisa, sus ojos verdes eran encantadores, y parecía muy joven, a lo sumo unos cinco años mayor que yo, y era una de las personas más elegantes que había visto en mi corta existencia.

—Soy Eiden, el "asistente personal" de su tío, es así como llaman en américa a los mayordomos ¿No es así?—, dijo, y tardé varios segundos en reaccionar—, señorita Phantomhive debería de…

—Ugh, entre nosotros Eiden, no me llames así de nuevo, me da un no sé qué de tan sólo oírlo y no, los mayordomos se llaman mayordomos aquí y en China—, me apresuré a decir acomodándome la falda, Dios, me sentía como Jessica, si Jessica fuera una promiscua con trajes de miles de dólares.

Eiden volvió a sonreírme.

—Señorita Carson—, hizo una pausa y asentí aún no del todo conforme con oír a alguien que no fuera Sebastián diciéndolo, o un enojado Faustus exigiéndome cumplir a tiempo con el manuscrito…— Si usted desea puedo pedirle al señor Phantomhive que posponga la reunión, si es que no se siente lista…

— ¡No!—, chillé con desesperación—, no me puse estas cosas en vano, y si le cancelo seguro plañirá con Sebastián para torturarme después, no, no, ya tuve una semana estúpida y no quiero más de eso

El mayordomo rió por lo bajo, antes de abandonar el auto y yo me arrimé a la puerta, alisándome la falda con ambas manos.

Eiden me abrió la puerta y me ayudó a bajar, era sumamente extraño que ese tipo de gestos no vinieran de Sebastián, mucho más no tenerlo conmigo ante una cosa como esta. Pero el propio Sebastián había insistido en que debía de atender ciertas cosas por mi propia cuenta, era cierto, puede que frente a los demás estuviéramos juntos y no hubiese problema pero con los Phantomhive debíamos de ser sumamente precavidos.

Además de que Sebastián tenía la creencia de que si dejaba sólo a Lance en casa algo explotaría.

La verdad yo creía que si los dejaba a ambos solos en casa cuando regresara encontraría a Lance despanzurrado, como el muñeco de felpa con el que jugaba Luna.

Esperaba que nada de eso pasara.

Seguía a Eiden lo más rápido que podía, intentando no caerme a cada paso con los tacones de aguja, aquellos instrumentos de tortura que mi tía me había enviado hacía unas noches para alguna ocasión elegante. La verdad toda la ropa que estos días me había llegado calificaba para mí como algo sumamente elegante, pero si Tiffany decía que los zapatos negros de aguja que había enviado eran elegantes no iba a debatirlo ¿Qué sabía yo, la chica que usaba vaqueros y Converse rotas acerca de la elegancia…?

El mayordomo platicaba alegremente sobre la historia del hotel al que nos adentrábamos, que era el predilecto por la familia dentro de los Estados Unidos, que aunque usaban a Bridgeport como una ciudad transitoria siempre tenían la suite principal a su entera disposición. Toda mi atención estaba en el edificio, el propio hotel.

Ahora no estaba segura de qué clase de corriente regía la arquitectura del lugar, era como un palacio, oscilaba entre lo gótico y el barroco, una estructura blanca de por lo menos unos ocho pisos, con un techado donde sobresalían torres y cúpulas recubiertas de lo que desde lejos me parecían tejas de un color verde jade. Era maravilloso, y no tenía ni idea de que eso estaba ahí, era un rincón perdido en Bridgeport que jamás había visto. Y la magnificencia del edificio no paraba ahí, al entrar al vestíbulo principal, donde un enjambre de personas con trajes ejecutivos y elegantes revoloteaban de un lugar a otro; la entrada era enmarcada por un puerta de exquisita madera tallada y los botones —el personal del hotel ataviado en sacos rojos repletos de botones dorados como los hoteles de lujo de las películas— iban de un lado a otro cargando maletas o guiando a las personas. El vestíbulo principal era plenamente como una imagen de un sueño, me recordaba a la portada del libro, la pequeña fotografía que Claude había anexado en el borrador de mi libro. Estaba segura que aquellos cristales tintados en la cúpula de la escena fantástica eran los mismos que los del vitral que abarcaba toda la superficie de una de las paredes del vestíbulo, y la luz se filtraba entre el colorido cristal, bailando, formando diminutos arcoíris sobre el piso de mármol blanco.

Me quedé por completo atontada, inmóvil en mitad del vestíbulo, mirando el techo, una cúpula plagada de pinturas, como si fuese la capilla Sixtina, pero en lugar de escenas bíblicas los murales en el techo plasmaban escenas de cuentos de hadas, delicados seres alados que emulaban ser hadas envueltos en vaporosas túnicas, rodeando el centro de la cúpula, un lirio blanco que irradiaba pequeñas luces doradas, chispas rojizas y montones de verdes enredaderas, de hojas que parecían abrazar la flor… había visto…

—Carson—, dijo a mis espaldas, la voz de Evan, interrumpiendo mi trance—, es sorprendente, creí que no te gustaba el arte, que no apreciarías una construcción como esta…

—Creo que soy arquitecta, creo...—, balbuceé aturdida, girándome para encarar a Evan, sus ojos de zafiro seguían siendo terriblemente malos para mi salud mental.

—Temí que no llegaras, los americanos son bastante impuntuales…—, dijo con un poco de burla, esa sonrisa ladina en sus labios ligeramente rosados…

Joder, se parecían tanto…

—Sí, bueno, los ingleses son unos malditos maniáticos de la puntualidad, sólo me retrasé cinco minutos—, me quejé antes de que Evan torciera su sonrisa y me hiciera un ademán con la mano.

Traté de no volver a quedarme idiotizada por cada detalle dentro del hotel mientras seguía a Evan por el pasillo principal hacía el restaurante.

Y acorde con toda la estructura, el restaurante era ostentoso, tan elegante que me sentí como un insulso escupitajo. Desde las delicadas arañas que colgaban del techo, hasta las sillas acojinadas, de fina madera oscura y tapiz de pálida seda color hueso; y las mesas, varias mesas circulares dispersas por toda extensión de un salón enmarcado por amplios ventanales; eran de la misma madera obscura, cubiertas por costos manteles del mismo color que el respaldo y los asientos de las sillas. Cada mesa dispuesta con una jarra de plata con un buquet de flores frescas, fragantes lilas…

No pude evitar quedarme atontada nuevamente, y choqué contra la espalda de Evan cuando él se detuvo en una mesa en particular, hasta el fondo del restaurante y convenientemente oculta por un biombo de madera ¿acaso esas eran incrustaciones de oro…?

—Carson ¿Puedes sentarte ya?—, dijo Evan, molesto, mientras yo retrocedía y me alejaba un poco de él.

Tomó asiento, siempre elegante y controlado en sus movimientos. En cambio, yo me tropecé con mis propios pies y me aferré a la silla que estaba frente a mí.

Le sonreí como una tonta, sonrojada y avergonzada, me senté lo mejor que pude, alisando los pliegues de la falda y enderezándome por completo.

—Debemos de trabajar mucho contigo—, soltó él conteniendo la risa, y como si fuera posible la cara me ardió mucho más.

Suspiré, tomando la carta, y a como lo esperaba dentro de mí, no podía entender ni un comino de lo que ponía ahí.

—Yo ordeno por ti, Carson—, volvió a decir ante mi cara de confusión y resoplé.

Ya era mucho con Sebastián y Lance para remarcarme mi torpeza, no necesitaba de él.

—Ya ¿Por qué me llamaste en primer lugar?—, pregunté molesta, realmente incómoda.

—Nuestros asuntos Carson, debemos de tratarlos de frente ¿No crees?—, dijo con tranquilidad haciendo un ademán con la mano y de inmediato un mesero estaba en nuestra mesa, intercambió un par de palabras con él, algo que vagamente reconocí como francés y pronto el mesero volvió a irse.

—Lo sé, pero tenía entendido que estabas muy ocupado…—, le observé con atención, honestamente me ponía nerviosa, su parecido con Lilian me arrebataba el aliento.

—Sí, lo estuve, como pudiste haberte enterado las acciones de la compañía cayeron en picada luego del escándalo con… bueno, contigo…—, me enfurruñé mientras lo decía, pero él parecía muy tranquilo.

— ¿Es muy grave?—, murmuré, el mesero volvió con un carrito, dispuso una bandeja sobre la mesa y comenzó a preparar un par de tazas, servía té.

Evan interrumpió el ritual del té, fruncía ligeramente el ceño y me dedicó una sonrisa ligera, que no supe cómo interpretar.

—No es tan grave, por fortuna no todas las grandes personas de negocios se muestran horrorizadas por nuestra historia, en este mundo la gente hace cosas mucho peores que esa…

—Qué confortante—, ironicé y aquella sonrisa en Evan volvió a presentarse.

—No puedo pedirte que de la noche a la mañana te conviertas en un haz de los negocios, sé que tal vez no tienes ni la más mínima idea sobre las finanzas o cómo administrar una empresa—, sentenció, mientras le entregaban la taza y él probaba del humeante té.

Asentí, cada vez más incómoda.

—En realidad quería hablar de eso contigo, puedo hacerme cargo de mi parte pero no sé qué clase de trabajo útil podría hacer, no sé, creo que se vería muy mal que la "heredera" limpiara baños, porque fuera de eso no creo serte útil para nada—, dramaticé, mientras el mesero me tendía una taza.

Esta vez Evan rió limpiamente, llevándose una servilleta de tela a los labios, como si de la risa hubiese escupido el té.

¡O también puedo ser la comediante estrella en las fiestas!

—Oh, tranquila, te pedí café, pero no… no creo que seas útil en intendencia—, comentó burlón, bueno, al menos me pidió café—, eres muy simpática, la prensa va a adorarte y luego de pensar bastante en qué haría contigo, la verdad no me agrada el hecho de pintarte como una muñequita y que seas la nueva Kim Kardashian, inútil pero en boca de todos—, bromeó y me atreví a reír con él mientras el mesero volvía con una taza de café.

Le di un trago al café, de pronto más animada, menos incómoda.

—Me gustaría que dirigieras la fundación Funtom—, y ante sus palabras la que terminó escupiéndolo todo fui yo.

— ¿Qué?—, dije, atónita, limpiándome el café de la ropa, esa mancha jamás se quitaría, mierda…

—Ya debes de saber, la fundación Funtom, caridad, en resumen…—, dijo tranquilo, volviendo a tomar de su taza.

—Pero yo no sé dirigir nada de… de nada…—, balbuceé, por completo alterada.

—No es difícil, sólo debes de ser la cara de la fundación, mi madre solía ser la imagen de la fundación pero luego de que ella…—, hizo una pausa, y reconocí de inmediato esa mirada en él—, bueno, mamá volvió a darle relevancia a la fundación Funtom pero después de ella volvió a quedar desatendida, intenté hacer algo al respecto pero mi imagen no le hace bien, perjudico más a la fundación de lo que puedo beneficiarla, así que ha estado en manos de René los últimos años… pero ella va a dirigir ahora la rama francesa de la empresa y… bueno, en si no es complicado, sólo debes de acudir a la reuniones del comité para ayudar a decidir en qué proyectos debe de invertir la fundación y ese tipo de cosas, supongo que eso también ayudará a tu imagen pública, tienes unos registros impecables, eres la persona perfecta para el trabajo, no me lo tomes a mal pero cualquiera podría sentir compasión de ti… una niña huérfana, de origen humilde, tan inteligente que ingresó a la universidad a los dieciséis años, una brillante escritora que siempre se interesó por aportarle algo a los demás, no tengo ni la necesidad de pintarte un pasado perfecto, tú misma te encargaste de eso…

—Oh sí, soy una gran ciudadana, pago mis impuestos y no pateo los botes de basura de los vecinos, eso me hace la candidata perfecta para algo tan importante como eso ¿Evan estás loco?—, chillé sin poder contenerme, pese al lugar donde me encontraba.

—No, es la verdad, no puedo imaginarme a nadie más haciéndolo y ya lo he hablado con el comité, están encantados contigo—, continuó, tan relajado…

Dios…

Me quedé callada, mientras el mesero volvía con el desayuno, acomodó los platos en la mesa y ni siquiera el tocino me animó.

Tomé el tenedor y comencé a cortar un trozo de pan francés, me lo metí en la boca y mastiqué lentamente. Evan comía como si nada, por completo ajeno a mi estado de ánimo.

Hablaba en serio…

—Sin embargo igual tendrás que ir a un montón de ruedas de prensa y atender entrevistas—, dijo luego de un rato, limpiándose la comisura de los labios.

—Lo sé—, murmuré pinchando con el tenedor una pequeña y regordeta fresa—, lo he hablado con Sebastián… dijo que no tenía problema alguno con…—, tomé un trago de café—, hacer pública nuestra relación… hablar ante las cámaras… esas cosas…

—Eso es bueno—, agregó Evan—, Simone se quedará contigo un tiempo para que pongan en orden las cosas a tratar en las entrevistas, espero no sea una molestia, Simone es un tanto… complicada…—, dio un último bocado a su omelette y me miró, de la misma forma en que lo hacía antes, como si algo en mi le causara diversión—, ah, por cierto, Tiffany estaba emocionada por el disfraz que usarás esta noche…

¿Qué?

Lo observé reírse, con ganas, y me quedé por completo idiota, impactada.

— ¿Mi qué?—, chillé.

—Sí, tú disfraz ¿Hoy es la famosa fiesta de Halloween que hacen en tu pueblo, no?—, asentí sin poder volver a respirar—, tu prometido y tu amigo le han pedido el favor a tu tía, está realmente feliz por eso… ¡Oh, era sorpresa, lo siento!—, y su sonrisa se ensanchó aún más.

Dios…

Lección aprendida, prefiero escuchar a este hombre gritar que reír.

¡Phantomhive…!—, chilló una voz femenina a mis espaldas y me hizo saltar del susto.

Evan paró de reír de inmediato y la arruga en su frente fue épica.

Me reí por lo bajo, antes de sentir un par de manos en mis hombros.

—Tú ¿Qué demonios haces aquí?—, farfulló Evan y me giré entonces.

Púrpura…

—Ahh… ¿No te pone feliz verme…?—, dijo con un puchero y me sentí como un gran trozo de popo de perro aplastada.

A mis espaldas, estaba ella, la portadora de esa voz femenina y terriblemente sugerente, y era… mierda, la chica más bonita que había visto en la vida. Una pequeña rubia, demasiado rubia, su cabello era de un color extraño, demasiado claro, casi blanco y caía en gráciles rizos por su hombro izquierdo, y su piel, mortalmente pálida; de facciones infantiles, rostro redondo y nariz respingada, parecía la cosa más delicada, como una pequeña muñequita con los labios sonrosados y aquellos enormes ojos brillantes… purpuras…

—Oh, lo siento preciosa—, canturreó con una sonrisa radiante, mostrando una hilera de perfectos dientes perlados—, Ivy es un grosero, soy Linette, puedes decirme Line—, dijo e inclinó ligeramente la cabeza, sonriéndome, con sus ojos claros y purpuras perforándome.

—Lárgate, Linette, es un asunto privado—, gruñó Evan, furioso, y pronto lo tuve a mi lado, enterrando sus manos frías en mis hombros.

—Ivy, estas en mi hotel—, canturreó con alegría y Evan se pegó contra el respaldo de mi asiento, como si intentase apartarme lo mayor posible de ella, de ella y sus ojos, sus ojos…— tú deberías largarte…

Y algo en su tono de voz, pese a lo coqueta que pretendía ser, me puso los pelos de punta.

—Vamonos ya, no pretendo continuar hablando frente a alguien tan desagradable—, sentenció Evan y me jaló con fuerza hasta levantarme de la silla, prácticamente llevándome a rastras me sacó del restaurant y volvimos a la preciosa recepción.

— ¿Quién rayos era esa…?—, jadeé, sin poder sacar sus terribles ojos de mi mente.

Evan me fulminó con la mirada.

—Linette Blackwood, líder del corporativo Blackwood, Dios, no puedo creer que no lo sepas, publicabas en su editorial…

.

.

.

— ¡Que no!—, el grito de Lance y el olor a panqueques recién hechos me recibió al abrir la puerta, maldije por lo bajo mientras me agachaba a recoger las llaves que se me habían caído.

De inmediato tuve a la pequeña Sue frotándose entre mis piernas, la sostuve en brazos y fui hacia la cocina en donde un nuevo grito de Lance se hacía presente.

—No seas infantil, si no te lo hubieses comido todo anoche…—, se quejó el demonio y la escena me hizo olvidar la mirada horripilante de aquella mujer albina.

Sebastián estaba frente a la estufa con una pala de plástico en las manos, con el cómico mandil con estampado de gatitos que usaba para cocinar, parecía molesto y Lance a su lado estaba inconsolable, mirando un bote vacío de helado de chocolate, hacía un puchero, como un niñito a punto de llorar…

— ¿No podías comprar más?—, chilló Lance y Sebastián se giró entonces por, completamente enfurecido.

— ¡No venden de ese helado por aquí, y mucho menos a las seis de la mañana!—, bramó levantando la pala sobre la cabeza de Lance y entonces no pude más, me eché a reír como una loca.

Sue saltó de entre mis brazos y tuve que sostenerme de la encimera de la cocina para no caerme.

— ¡¿De qué te ríes?!—, soltaron al unísono y seguí riendo como una desquiciada.

—Lo siento, no era mi intención el interrumpirles, me voy si quieren más privacidad…—, me burlé y por la cara que ambos pusieron sabía que terminaría muerta, bajo algún puente.

— ¿Y qué tal te fue?—, me interrogó el demonio, volviendo a su sitio frente a la estufa, zanjando por completo el tema.

Miré a Lance sentarse en un banco frente a la barra de la cocina, con el bote vacío de helado.

Me mordí los labios sin saber qué decir.

—Supongo que bien…—, murmuré sentándome a un lado de Lance, agobiada.

Sebastián apagó la estufa y se plantó frente a mí, con una mirada curiosa.

— ¿Sammie, tu tío el ogro te amenazó con robar tu alma?—, susurró Lance Riddle con una mejilla pegada a la reluciente superficie de la encimera.

Sonreí levemente, mirando la expresión molesta del demonio.

—No, en realidad… me ha dado la fundación Funtom—, susurré y escuché el estruendo, cuando Lance se cayó con todo y banco.

Sebastián sonrió ampliamente sin apartar sus ojos de mí, como si supiera que le ocultaba algo.

No sabía qué tan relevante podía ser el avistamiento de Line Blackwood durante el desayuno, pero hasta que no supiera más sobre ella podía comenzar a especular.

Suspiré pegando la mejilla contra la encimera.

—Es una gran noticia—, intervino Sebastián, pretendiendo confortarme y pasó los dedos por entre mi cabello.

— ¡Oh, gran ama y señora!—, gritoneó Lance aplastándome, me abrazaba por la espalda, dejando caer todo su peso sobre mí — ¿Puedes comprarme un bote de helado, por favor?

— ¡Ah! Que te quites, pesas, estas obeso ¡Me aplastas!—, chillé retorciéndome para liberarme de Lance.

— ¡Vamos, vamos Sammie! Sebastián se ha comido todo mi helado… ¡Cree que se pueden comer panqueques sin helado…!—, chilló como un niñito haciendo berrinche.

Y no pude evitar reír.

—Era mi helado—, refunfuñó el demonio y me libré del peso de Lance, Sebastián me levantó entonces del banco, mientras yo me seguía riendo.

—Oh, Dios, me da pena interponerme en su relación idílica—, me burlé mientras Sebastián me dejaba en el piso y Lance seguía como loco, emocionado y con esa sonrisa que podía noquear a cualquiera.

—Vamos por ese helado, déjenme sacarme estos zapatos, están matándome—, me quejé apartándome de ambos, dispuesta a subir a mi habitación a cambiarme y sacarme de una vez las medias que picaban.

— ¡No tardes Sammie, me estoy muriendo de hambre…!

Negué riéndome por lo bajo, adentrándome a la biblioteca para tomar un atajo a mi cuarto.

Me saqué los zapatos altos antes de subir la escalera al estudio y me sostuve de la baranda masajeándome la punta de los dedos.

Suspiré de alivio y fui directo a mi habitación, luego de aquel encuentro extraño no había comido más que aquel par de bocados de fruta y pan, y la verdad quería un tazón de helado de chocolate para relajarme un rato.

Abrí la puerta de mi cuarto, por completo animada, y comencé a quitarme las medias.

Observé entonces, una inmensa caja justo sobre mi cama, una bonita caja de color blanco con un lazo negro en la tapa.

Genial

Seguro era el famoso disfraz que Tiffany envió, resoplé, vuelta un manojo de nervios mientras terminaba de sacarme el suéter y comenzaba a desabotonarme la blusa. Me subí a la cama y acaricié la cubierta de la caja, la superficie de la tapa estaba cubierta por un bonito papel de regalo color blanco con diminutas líneas un poco más oscuras, emulando ser un trozo de fino encaje con un bonito patrón de flores.

Levanté la tapa esperando encontrar un montón de telas brillantes, algo de lo más llamativo, pero en su lugar el descubrimiento me dejó paralizada.

¿Qué rayos…?

Grité, grité tan fuerte a como pude, arrojando la caja y precipitándome hacía una esquina del cuarto…

¡No… no… no!

Sebastián y Lance entraron por la puerta de la habitación en unos segundos y mientras que Lance se quedaba petrificado a unos pasos de la caja el demonio fue de inmediato en mi dirección, para entonces yo estaba inconsolable, abrazándome a mí misma y ahogada en un llanto amargo, gimiendo horrorizada.

Sebastián me pegó contra él, ocultando mi rostro entre su pecho y le rodeé con los brazos buscando el fundirme en una con él. Que todo esto no fuera más que una pesadilla.

—Hay una nota—, y la voz de Lance fue como un quejido, un gemido lastimero.

Traté de contener mi llanto, de poner atención a lo que pasaba más allá del horror que luchaba por consumirme. Me separé un poco de Sebastián, aun dentro de su agarre posesivo y miré a Lance. Sus ojos, plata líquida; expresaban un horror y una pena sin comparación alguna, pero aun así, sin descomponerse dio un par de pasos en nuestra dirección, con un sobre en las manos… manchado de sangre…

— ¿Qué dice?—, gemí apretando entre mis manos el cuello de la camisa del demonio.

Lance abrió el sobre con cuidado, impregnándose los dedos del terrible color rojo y lentamente se deslizó al suelo, hasta quedar sentado, apoyando la espalda en la pata de la cama. Su mirada se perdió entre la hoja blanca, y se quedó callado, perdido hasta que la hoja se escurrió de entre sus dedos manchados.

Sebastián me soltó entonces, tomando la hoja antes de caer al suelo y me agazapé contra su cuerpo, volviéndome un ovillo.

—"Querido Señor y Señora Michaelis, me honra el presentarles este humilde obsequio en esta su noche de bodas. He de decir que su unión no es de mi agrado y así como ha ocurrido con la astuta señora Barton, preferiría arrancarme los ojos antes de felicitarles, pero, lo hecho esta hecho ¿No? Espero, y en sus próximas nupcias disfrute del vestido que me he molestado enviarle, le aseguro que es el vestido de bodas más fino y elegante, así como usted misma, mi querida e ingenua señorita.

Sobre todo el precioso juego de anillos, espero no le incomode usar de modelo las manos de Barton, pero es que no me hubiese gustado para nada el que los anillos llegasen en un empaque tan convencional e insulso a como se acostumbra. Permítame ofrecerle las manos de Anelise Barton ¿Verdad que son hermosas? Las he tomado pensando en sus gráciles manos, mi señorita.

Aunque algo me hace creer que no le agradan del todo mis detalles, pero, mi brillante señorita, si busca la verdad, si busca algo más que no sea el placer de nuestra relación y hablo también de su molestos acompañantes, me temo decirle que quizá tenga que agregar un misterio* más a su lista y el próximo par de ojos serán grises, como la plata —", leyó el demonio observándome, con los ojos bien abiertos de par en par, con aquella terrible preocupación e incredulidad impropia de alguien como él.

Y miró a Lance, y en lugar de lastima sus ojos irradiaban la misma preocupación lacerante.

Suspiró largamente, estrujando la hoja entre sus manos pálidas, con los ojos cerrados y la boca vuelta una línea.

Al abrirlos sus pupilas ardían en el mismo tono que predomina en la llama de una vela.

Estaba furioso, más encolerizado que nunca.

Y se puso de pie, casi de un salto, de él irradiaba, apenas perceptible, la misma aura terrible, que delataba su naturaleza sobrehumana.

Rodeó la cama, al mismo paso cadente de un gato y se agachó, con una sonrisa afilada, con los colmillos sobresaliendo de entre sus finos labios.

Lance seguía tendido, como una muñeca de trapo, siendo el mismo niño que el mundo había abandonado y en esta ocasión, olvidando mis lágrimas y mi temor volví a acercarme a él, como cuando éramos niños, y lo estreché en mis brazos, él ni siquiera chistó, se dejó hacer, se dejó envolver en mis brazos, hundiendo la nariz entre mi cabello, respirando en mi cuello con lentitud.

Entonces el demonio se levantó sosteniendo entre sus manos el contenido de la caja.

Lo que ahora sabía eran los ojos de Anelise Barton reposaban sobre las manos del demonio, dos pequeñas esferas blancas, con dos diminutos puntos color miel como irises.

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* es un juego de palabras(?), en inglés "riddle" significa "acertijo/misterio" y recordemos que el apellido de Lance es Riddles, si precisamente por eso, es un juego de palabras al que hace alusión Sebastián en próximos capitulos ¿Y por qué? Porque es de esos chistes malisimos que a mi me dan gracia, punto. xDU

¡HOLA GENTE!

Aquí Samsi con todo el Flower Power de siempre, todo besho y sensual(?)

En cuanto termine de escribir esta noto respondo reviews, ¡Lo juro! Incluso hay algunas personitas a las que ya debió de haberles llegado un PM mio bien homosexual y bonito(?)

Ahora, hablando de este capitulo voy a decir algo, así, y me vale todo un huevo(?): AMÉ LA ESCENA SENSUALONA(?) DEL PRINCIPIO. Hace mucho que la había escrito, estaba ensayando por si esta situación se presentaba en el fic y me la había guardado, pero bueno, decidí que viera la luz y en verdad me encanta cómo quedó.

Ahora, hablando de otras cosas en general dentro del capitulo, si, es un capitulo un poco más corto que el anterior y si, cuando dije hace un par de semanas que iba a publicar la semana anterior, hablaba enserio, pero bueno, mi computadora últimamente anda de loca entre que quiere morirse y entre que no y perdí bastantes días porque la muy hija de su mamá no quería prender o se apagaba de pronto y me eliminaba el archivo. Dios, pero por fin, aparentemente, esta funcionando bien y mientras que no se le ocurra morir de nuevo todo estará bien(?)

Ahora, no sé, no puedo evitar escribir escenas tontas con Lance y Sebastián dentro(?) ¿Entienden a lo que me refiero? Hay un noséqué que me impulsa a hacerlos pelear(?)

En cuanto a la situación que se presenta aquí, repito, quiero sus conjeturas llegados a este punto. ¿Qué clase de conexión creen que tenga Susan con su asesino? ¿Qué creen sobre Lance, que tiene algo que ver en esto o de verdad es inocente? ¿Qué hay de las otras chicas, son una pista verdadera o no...? ¿Qué clase de papel creen que tenga que ver Linette Blackwood en esto? Y parfavar(?), ¿Qué opinan sobre el primer par de escenas, hay feeling ahí(?XD)?

AAAAHHHH! Estoy re contenta por poder publicar xDU

Uh, uh, uh, antes de olvidarme, la señorita Black Cat, Marugenia( ) y a Mentes Perversas, por pasearse y dejar un review, porque sé que han seguido esto desde que comenzó y quiero comermelas besos ;/o/;)9

Ahora, hablando de otras cosas voy a decir algo, sólo por decir(?)

Estoy trabajando en una serie de drabbles de Inuyasha, y por decir escribo sobre Sesshomaru y un personaje mio de una novela. Espero publicar el primero de estos drabbles la semana que viene y si todo va bien publicaré de dos a tres drabbles por semana, así que no leeremos haya pronto y seguido(?)

En si estos drabbles serán como un ejercicio de practica, porque quiero practicar con este personaje antes de comenzar a escribir bien con él dentro de us propia novela, más que nada porque es uno de estos santos personajes "complicados" ¡Y como , no! De la mano de Sesshomaru, para complicarme aún más la existencia :okay:

En cuanto a la actualización de este fic nos vemos la semana que viene con un nuevo capitulo y quizás respuestas a las preguntas(?)

Ahora, sin mucho más que decir me despido, Samsi con todo el flower power del mundo mundial!

Nos leemos pronto