Disclaimer: Ni Dragon Ball ni sus personajes me pertenecen.

Capítulo 36

A primera vista, con simplemente mirar el vaivén urbano que llenaba de color y movimiento las calles, cualquiera pensaría que Ciudad Satán era una urbe floreciente y cosmopolita que se acercaba a la cúspide de su apogeo. Tal pensamiento no era del todo equivocado, desde su renacimiento hace mucho atrás, la ciudad no debuto su exponencial crecimiento tanto en población como en economía.

Por ello, desde que Mr. Satán ganó notoriedad al coronarse campeón mundial, la metrópoli que lo acogía lo convirtió en un poderoso símbolo de orgullo y adoración que, en más de una ocasión, rayaba en lo absurdo. Tal cosa, con el afán de atraer turistas de otras partes del mundo, llenó hasta los últimos rincones de la ciudad con cientos de retratos y estatuas de Mr. Satán para glorificarlo todavía más.

Y por más ridícula que pareciese, dicha estrategia, funcionó. Anualmente, queriendo conocer el lugar donde nació y creció una verdadera leyenda de las artes marciales, miles de visitantes abarrotaban los hoteles y los recorridos guiados por las avenidas de Ciudad Satán, deteniéndose, uno tras otro, en los diferentes sitios donde los viajeros, tomando un sinfín de fotografías, inmortalizaban sus vacaciones.

No obstante, debajo de esa glamurosa fachada de modernidad y prosperidad, se hallaba una persistente mancha de delincuencia y crimen que siempre buscaba sacarle provecho a la fama de Ciudad Satán. Y si bien muchos conocían de ella, no existía nadie mejor que Videl para detectarla, perseguirla y castigarla. Ya que Videl, por casi dos décadas, tomó como un deber personal y moral encargarse de ese problema.

– Aquí tiene su orden, si desea algo más no dude en ordenarlo.

– Muchas gracias…

Mirando como una camarera colocaba frente a ella una taza de café acompañado por un pastel de limón, Videl, despidiéndola con una sonrisa, procedió a agregarle un poco de crema y azúcar a su bebida caliente; entretanto, sin dejar de observar el panorama citadino, la que alguna vez fue una justiciera adolescente, ahora, ya empezando sus treintas, quería un ritmo de vida más lento y pausado.

Sabía que era muy pronto para sentirse como una anciana; empero, el dolor muscular que la aquejaba a diario al volver a casa, se empeñaba en hacerla sentir así al cobrarle las intrépidas hazañas que protagonizó en su juventud. Lo quisiese o no, habiendo tenido una adolescencia tan agitada y llena de batallas, era lógico suponer que en el futuro tendría que pagar el alto precio por sus glorias pasadas.

Aún así, eran otras cosas mucho más dolorosas las que continuaban cobrándole viejos errores. Ahí estaba de nuevo, se decía Videl en sus pensamientos, cada vez que intentaba despejar su mente no podía evitar verse inmersa en aquellos pecados cuya expiación la ha eludido desde entonces. En aquella época, al presentársele la oportunidad de resolver sus desgracias con magia, ella se negó rotundamente.

Por un lado, entendía que ella debía reparar los daños causados por su propia cuenta; sin embargo, de haber aceptado aquella mágica ayuda, aquel pesar que la ha perseguido por los últimos años no estaría quemándole la conciencia justo en este momento. Aquella carga en su espalda no le quitaría el sueño por las noches, ningún mal recuerdo de sus malas acciones la visitaría en forma de crueles pesadillas.

Pese a la tentación de una salida fácil, Videl, queriendo hacer lo correcto después de haber hecho lo contrario, la rechazó deseando empezar a reconstruirse desde cero. Pero las circunstancias, dando la impresión de querer llenar su camino de obstáculos, no se tardaron en traerle otro dolor de cabeza que, llevándola al extremo, será para Videl su prueba final y decidirá si le concedía su tan anhelado perdón.

Alzando la mirada, llevándose a la boca un trozo del pastelillo que ordenó, Videl lo saboreó con agrado a su vez que inspeccionaba su reloj de pulsera. En menos de una hora, sin importar los miedos que estuviese experimentando, deberá dirigirse al que fue su hogar en su pubertad para reunirse con quienes fueron sus "hermanos y hermanas", de los cuales tres, en especial, sobresalían sobre el resto.

– Presiento que quieres matarme por llegar tarde, pero el tráfico es terrible a esta hora del día…

Hablándole de imprevisto, provocando que Videl se voltease a su izquierda, una inconfundible rubia de cabellos cortos apareció saludándola con una gran alegría. La pelinegra, poniéndose de pie, la recibió con un sincero abrazo que se prolongó por un minuto para luego volver a tomar asiento. Antes se veían casi todo el tiempo, actualmente, por el peso de la adultez, sus encuentros se redujeron a casi ninguno.

Ireza, antojándose del bocadillo que Videl comía, no se tardó en ordenarle uno idéntico a la mesera que se les acercó al presenciar su llegada. Para Videl, mirar a Ireza al rostro era algo curioso y contradictorio. La blonda, habiendo logrado materializar aquellos añejos sueños de su infancia, se mostraba muy jovial todas las noches en el noticiero nocturno de Ciudad Satán relatando el acontecer noticioso actual.

Videl la veía constantemente en su televisor; pero poder escucharla teniéndola a sólo unos cuantos metros frente a ella, era algo que creía ser cosa del pasado. Sus distintas carreras profesionales las hicieron tomar rutas separadas que, en muy escasas excepciones, como esta, coincidían en un mismo punto. Quizás era por eso que a Videl se le dificultaba iniciar una plática con ella; no sabía qué decirle.

Por otro lado, Ireza, sacándole partido a su don para leer las emociones de otros, no necesitó de mucho esfuerzo para detectar una tensa incomodidad que emanaba de Videl. Desde hacía bastante que no se hablaban, salvo muy fugaces reuniones como la de ahora, donde, casi siempre, repetían los mismos temas de conversación, siendo Ireza, más que Videl, la que terminaba aportando más a la charla.

– Hace mucho que no nos veíamos, casi un año si no mal recuerdo–dándole un sorbo a su café, Ireza, tomando la iniciativa, le lanzó un anzuelo a una callada Videl esperando que ella lo mordiera–creo que fue en aquella conferencia de prensa que hizo la fiscalía de la ciudad junto con el alcalde hace unos meses.

– Sí, ha pasado mucho desde aquella vez que nos encontramos–escueta, aún metida en su mundo, Videl le respondió.

– Es normal, las dos hemos estado muy atareadas; pero siempre me alegra volver a verte–degustando de la primera cucharada de su pastel, Ireza, ya conociendo cómo era Videl, sabía que tendría que insistir para que ella empezara a hablar más– ¿cómo van las cosas en la oficina?

– Ocupadas, como todos los días–recuperando una pizca de elocuencia, Videl, olvidándose temporalmente de su vida personal, se enfocó en su rutina laboral–la mayoría de la gente no se imagina la cantidad de casos nuevos que llegan a la oficina, a veces me gustaría darle un puñetazo en la cara al montón de sinvergüenzas que intentan sobornar testigos y a los miembros del jurado.

– Bueno, según recuerdo, cierta chica me dijo en una ocasión que estaba cansada de golpear, una y otra vez, a los mismos sujetos que salían libres de prisión…–soltando una corta carcajada, Ireza, sorbiendo más de su café, le comentó sin quitarle los ojos de encima–además has hecho un excelente trabajo, ni siquiera cuando estábamos en la escuela las calles se veían tan seguras y limpias como ahora.

– Al menos ya no hay secuestros o robos tan violentos como los de antes; pero extraño aquellas veces donde solía ir tras ellos, esos tiempos no volverán nunca más.

– En cierto modo, me encantaría que los viejos tiempos volvieran. En ocasiones siento que al noticiero le hace falta más emoción; aunque no cambiaría por nada del mundo la tranquilidad que tenemos–llevándose otro trozo de pastel a la boca, Ireza, imaginando los reportajes que prepararía gracias a las acrobáticas aventuras de Videl, no pudo hacer más que soñar con una época que ya le pertenecía a los libros de historia–pero creo que ya fue suficiente de hablar del trabajo, me gustaría que me contaras cómo te ha ido últimamente.

– No tengo nada nuevo que contarte, hago lo mismo cada semana–acabándose de comer el pastelillo frente a ella, Videl, se reclinó hacia atrás en la silla de su mesa–duermo todo lo que puedo, voy a la oficina desde temprano y los fines de semana me quedo en casa descansando.

– Ya me lo sospechaba, es exactamente lo mismo que me dijiste la última vez que nos vimos–también poniéndose cómoda, Ireza le dio un vistazo rápido a los alrededores de la cafetería donde se hallaban–si no cambias de estilo de vida, terminarás como una anciana amargada que vive con una docena de gatos.

Videl, sin decir nada, dibujó uno de sus clásicos semblantes serios que tantas veces intimidaron a los rivales que la desafiaban a pelear, Ireza; por su parte, fue incapaz de resistirse a las ganas de reírse que la invadieron por dentro. De haber sido otra persona, Videl, de inmediato, se hubiese ido de allí dejándola sola, pero al tratarse de la rubia, no tuvo más remedio que resignarse.

– Hablando en serio; Videl, es urgente que hagas algo con tu vida. Tienes más de treinta años, estoy segura que no quieres envejecer siendo una solterona–fiel a su estilo, Ireza, como lo hacía desde la preparatoria, hizo gala de su picardía y excesiva confianza–recuerdo que tiempo atrás, te había conseguido el número telefónico de un chico muy ardiente que conocí en el gimnasio que visito los fines de semana. Supongo que nunca te atreviste a llamarlo.

– No, no lo llamé–viéndose forzada a recordar algo tan vergonzoso para ella, Videl, con rapidez, se prestó expresar su negativa–me dijiste que ese chico era varios años menor que yo, no quiero que piensen que soy una mujer desesperada que anda persiguiendo jovencitos.

– Si no te quisiera como te quiero, ya me hubiera rendido contigo–cruzándose de piernas, Ireza, negando con la cabeza, ya no sabía qué hacer para sacar de su caparazón a la pelinegra–cada segundo que pasa es un segundo que nunca volverá, estás desperdiciando tiempo valioso que después lamentarás.

– ¿Entonces me estás diciendo que debí haber salido con un chico mucho más joven que yo?

– ¡Sí! –Enérgica, para Ireza la respuesta era más que obvia–no estoy diciendo que te casaras con él o algo así, simplemente se hubieran divertido teniendo algunas citas y, por qué no, hasta podrían haber terminado durmiendo juntos un par de veces.

De nuevo, totalmente escandalizada, Videl no dijo nada. Por más que conociera el estilo tan directo y descarado de Ireza cuando se trataba de hombres, la otrora justiciera, por más que lo intentase, nunca se acostumbraría del todo a sus comentarios.

– No me mires con esa cara, Videl. Ninguna de las dos somos unas niñitas, hay que aprovechar la vida mientras dure–feliz, con una gran sonrisa, la rubia volvió a presumir sus conquistas a lo largo de los años–desde hace unas semanas, comencé a salir con el nuevo chico del clima, imagino que lo habrás visto en el noticiero dando el pronóstico.

– La verdad no le presto mucha atención al pronóstico del clima.

– Es muy amable, una vez fuimos a tomar unas copas a un club que está cerca del centro. Estuvimos hablando por un par de horas, después me invitó a su departamento y…

– ¡No quiero escucharlo! –adivinando lo que pasó, Videl, prefiriendo mejor no oír nada al respecto, se preguntaba si algún día Ireza podría corregir ese libertinaje tan desvergonzado que la caracterizaba–nunca me podré acostumbrar a las historias de tus citas, a veces cuentas demasiados detalles.

– De acuerdo, dejaremos de hablar de mi vida amorosa para hablar de la tuya–insistiendo, la rubia, inclinándose hacia adelante, otra vez fue a la ofensiva–sabes que te quiero; Videl, lo sabes, por eso es que me preocupa que termines sola.

Sin ganas de hablar de eso, Videl, agobiada, solamente suspiró.

– No me siento preparada para salir con nadie, no soy buena para eso; quizás no merezca que nadie me ame–fatalista, mostrando una porción del remordimiento que ha arrastrado desde su adolescencia, Videl le replicó con voz baja y derrotada.

– ¡Por Dios santo, Videl! –Volviendo a escuchar la misma excusa que ha recibido en las escasas reuniones que han tenido, Ireza, al borde de perder la paciencia, se llevó una mano al rostro–Videl, no seas tan melodramática. Ya pasaron quince años; quince años desde que rompiste con Shapner. Creo que ya pasó tiempo más que suficiente como para dejarlo atrás, tienes superar lo que sucedió.

Quince años, repitió Videl en sus adentros, desde aquel fatídico tiroteo cuando se vio al borde de la muerte habían pasado quince años. Si bien ese era un dato que contabilizaba con precisión, el asombro se apoderaba de ella cada vez que lo pensaba. La vida, la ciudad y el resto del mundo continuaron su marcha con normalidad; pero una parte de ella, por más que se esforzó, seguía estancada en ese día.

Ireza, sin dejar de hablar, no detuvo su discurso ofreciéndole las típicas frases motivacionales que una amiga le decía a otra cuando necesitaba olvidarse de un exnovio. Videl, no queriendo ser grosera, se abstuvo de interrumpirla escuchándola mientras la rubia hacía un sincero esfuerzo por reconfortarla. A pesar que Ireza llegó a enterarse de una fracción de la verdad, jamás la supo en su totalidad.

Para Ireza, quien desconocía muchos de los sucesos que pasaron antes y después de su fallida relación con Shapner, era muy fácil insistirle en que se olvidase de él. La blonda asumía que fue un simple noviazgo que no fue capaz de hallar su rumbo a buen puerto, por ello, al irse bamboleando con el fuerte oleaje, terminó hundiéndose en medio del océano naufragando y fracasando sin tener salvación.

En resumen, aquel criterio no era más que una suposición muy alejada de la triste realidad.

– Además ustedes dos sólo estuvieron juntos por una semana; una semana–haciendo énfasis en eso último, Ireza, sin detener su discurso motivacional, recalcó el poco tiempo que fueron pareja–las cosas entre ustedes dos simplemente no funcionaron, Shapner estaba loco por ti; pero tú…

– Sabes que fue mucho más que sólo eso. Yo lo traté de la peor forma posible; aunque pasen mil años jamás podré olvidar lo desgraciada que fui con él–ansiosa, sintiendo como sus nervios ganaban más ímpetu, Videl le contestó a su vez que miraba de nuevo su reloj de pulsera–todavía recuerdo muy bien la última vez que nos vimos, Shapner no me dijo nada con palabras; pero la mirada que tenía en su rostro fue más que suficiente para hacerme entender que nunca me perdonaría por todo lo que le hice.

– Videl, escúchame con atención. Tú no eres ni serás la primera ni la última mujer que ha tenido una mala relación, es algo que pasa todo el tiempo, a mí me ha sucedido…

– No es lo mismo, Ireza. No hay punto de comparación.

– Pues si estás tan convencida de que Shapner te odia, tal vez deberíamos aprovechar que lo veremos en menos de una hora para preguntárselo–con un poco de fastidio por la terquedad de Videl, la rubia, agotando todas sus cartas, no se le ocurría otra manera para rescatar a Videl de ese enfermizo pesimismo–paguemos la cuenta y vayamos a la escuela, estoy segura que él asistirá a la fiesta de exalumnos junto con todos los demás.

Videl, otra vez, optó por no opinar. Meramente vio como Ireza levantaba la mano para llamar a la misma mesera que las ha atendido, pidiéndole, con un ademán, la cuenta por pagar. Repasando lo alegado por Ireza, Videl, comenzando a buscar su cartera para saldar su parte, recordó como entre las toneladas de paquetes y correspondencia que llegaban a su oficina, una carta en particular la paralizó por completo.

Dicha carta provenía de la Preparatoria Estrella Naranja, la más importante y destacada escuela secundaria donde asistían prácticamente todos los adolescentes de Ciudad Satán antes de dar el salto a la ajetreada vida universitaria. Videl, fuese de su agrado o no, fue una de las alumnas más célebres que recorrió sus pasillos tanto por su trayectoria heroica como por ser la hija del campeón mundial.

Tratándose del quinceavo aniversario de la graduación de su generación, como tradicionalmente se realizaba, una fiesta conmemorativa se llevaría a cabo con el objetivo de reunir a los egresados y así compartir sus experiencias desde que obtuvieron sus diplomas. Para Videl, más allá de no ser fanática de las celebraciones, tal cosa significaba que volvería a enfrentarse a su pasado y a sus consecuencias.

– ¿Todo bien? –Chasqueando sus dedos frente a la cara de Videl, Ireza, cada vez más preocupada por la salud mental de la pelinegra, le cuestionó al arquear una ceja–estás empezando a asustarme, y mucho.

– No es nada, no te inquietes.

– Eso espero…

Ambas amigas, recogiendo sus pertenencias, comenzaron a alejarse de la cafetería que habían elegido previamente como sitio de encuentro. La pelinegra, girando a la derecha, notó como un taxi se hallaba estacionado a muy corta distancia; de inmediato, pensando que llegarían en menos de diez minutos si lo abordaban, la hija de Mr. Satán se disponía a hacerle una señal cuando fue detenida por Ireza.

– Aún es temprano, vámonos caminando como solíamos hacerlo antes–invitándola con un gesto, Ireza le propuso–no hemos caminado juntas a la escuela desde la graduación; será divertido recordar viejos tiempos.

– De acuerdo, pero no te detengas a saludar a tus interminables admiradores.

Gracias a su excelente desempeño como presentadora de noticias, y por supuesto, a su carismática naturaleza, Ireza fue ganando su propia reputación saliendo del anonimato para convertirse en una de las personalidades más reconocidas de la televisión de Ciudad Satán. Muchos, por no decir todos, sabían que ella era la hermosa rubia que acaparaba las pantallas de sus televisores al caer la noche.

Así pues, escuchando silbidos y halagos subidos de tono, Ireza se robó más de una mirada de los transeúntes masculinos que las vieron caminar por las avenidas de la metrópoli. Tal situación era muy peculiar; si bien Videl también poseía un rostro famoso, era su amiga de la infancia quien resaltaba más, evidenciando, notoriamente, los dos diferentes modos que cada una eligió para manejar su popularidad.

Una de ellas siempre detestó ser vista como una mercancía; la otra abrazó su fama usándola como un trampolín para escalar hasta la cima.

– Estoy segura que has escuchado como ha sido la vida de Shapner, después de todo, su foto aparece en miles de revistas dedicadas al cine–volviendo a romper el silencio, Ireza, demostrando sus conocimientos periodísticos, le habló del rubio–cuando lo veamos le pediré una entrevista, con eso le ganaré en audiencia a mis competidores.

Videl, como ya se estaba volviendo costumbre, no respondió verbalmente apenas limitándose a avanzar por el sendero que las llevaría a su destino. Pensativa, escuchó como los autos iban y venían en todas direcciones. Asimismo, mirándose a sí misma en las vitrinas de las tiendas que abarrotaban las calles, juró que en menos de un segundo, como si fuese un acto de magia, el reflejo en los cristales cambió.

Ante la Videl del presente, como si fuese un eco del pasado resonando por última vez, la vio a ella. Era la Videl que fue tiempo atrás, aquella Videl que peinaba sus largos mechones negros en un par de coletas en honor a su madre. Esta no era la primera vez que pensaba en ella, solía hacerlo cada vez que el insomnio no le permitía dormir; sin embargo, al saber lo que la esperaba, el recuerdo se hizo mayúsculo.

Pronto, sin que pudiese evitarlo, tanto los ruidos de la ciudad como la voz de Ireza se volvieron inaudibles hasta desaparecer en su totalidad. Muchas veces trató de ignorar aquella tarde, hizo cuanto pudo por no recordarla metiéndose de lleno en su trabajo. Sus colegas, que la consideraban una trabajólica compulsiva, no se imaginaban que aquello no era más que un mecanismo de defensa.

¡Quietos ustedes dos, quédense donde están!

De joven, confiada en sanar sus heridas al distanciarse de todos, creyó sinceramente que enmendaría sus errores al cabo de unos años; no obstante, viéndose de nuevo rodeada y arrinconada en aquella estación de trenes abandonada, la Videl de treinta reconocía con zozobra que la Videl de dieciséis fue demasiado optimista. Si bien reparó algunas de sus fallas, otras continuaban pendientes.

No intenten hacer nada, al más mínimo movimiento les dispararemos…

Cansada después de haber peleado por su vida, débil por el número de golpes y cortes que su piel exhibía, Videl, sacando energías del fondo del pozo, a duras penas consiguió sostenerse sobre sus pies al disiparse el polvo y el humo de la explosión que hizo temblar el suelo. Frente a ella, acumulándose uno encima de otro, toneladas de ladrillos rojos como la sangre formaban una inmensa montaña de restos.

Desgraciadamente, para empeorar y complicar más las cosas, como si fuesen cucarachas brotando de una alcantarilla, un inesperado grupo de hombres armados aparecieron por los costados comenzando a rodearla tanto a ella como a Shapner, quien, aún tendido en el piso, se esforzaba por recuperar el aliento. Ante dicho paisaje, el instinto de Videl la impulsaba a luchar; aunque la razón la detuvo en seco.

Odiaba tener que admitirlo, desearía que ese no fuese el caso; pero las circunstancias claramente no jugaban a su favor. Quizás en otro momento se hubiese sentido capaz de vencer cómo sea a quién sea, pero ahora, recordándose que no aparecería ningún superhéroe para salvarla si lo necesitaba, Videl, para sorpresa de propios y extraños, comenzó a subir sus manos en señal de rendición.

No disparen, nos rendimos–Videl, aún sintiendo algunos granos de arena que se colaron en su boca, se vio en la obligación de salvaguardar la vida de Shapner y la suya sobre cualquier cosa–no haremos nada; pero por favor, no nos disparen…

Fallé, le fallé a Mr. Satán; no pude salvarlo…–el rubio, todavía sin levantarse, continuaba lamentando su fracaso sabiendo que la muerte de Mr. Satán era algo imposible de evitar–perdí demasiado tiempo valioso, fui muy lento.

Videl, no queriendo decir nada por unos instantes, se quedó quieta como una estatua mientras sus captores le informaban de su detención a quien fuese uno de sus peores enemigos. La pelinegra, enfocando sus ojos en la distancia, pudo ver como Van Zant se volteaba en su dirección protagonizando un peculiar intercambiado de miradas entre los dos adversarios.

Con atención, sospechando de lo podía hacer si se lo proponía, Videl no dejó de vigilarlo viendo como Van Zant comenzaba a hablar por medio de su radio, ordenándoles, a los suyos, que los llevaran ante él. Aún sin realizar ninguna acción que fuese malinterpretada, la ojiazul, inmóvil, presenció muy de cerca como dos mercenarios se acercaron a Shapner para levantarlo y llevarlo a empujones frente a Van Zant.

Poco después, sintiendo la punta de un rifle clavándose en su espalda, Videl, no necesitando más motivación que esa, comenzó a andar detrás de su exnovio. Ante tal peligro, Videl, padeciendo el castigo de la ironía y el karma, juraría que llegaba a escucharse a sí misma maldiciendo y refunfuñando por la aparición del entrometido Gran Saiyaman. Y ahora, más que nunca, se sentía indefensa sin él.

Cuando se sintió superada por él; cuando pensó que era una fracasada y que era una buena para nada, Videl, empezando su viaje hacia el infierno, renunció a todo sin reconsiderarlo. En su cólera, habiendo destruido hasta la última de las evidencias que recolectó sobre él, Videl, decidida, se empeñó en olvidarlo buscando cualquier excusa o placebo que le devolviese la confianza que le fue arrebatada.

Pero en ese entonces, cegada por su rabia, nunca agradeció la genuina ayuda que aquel enmascarado le ofrecía, ya que, de no haber sido por él, posiblemente hubiese terminado mal herida o muerta en alguno de los muchísimos tiroteos donde habituaba inmiscuirse. Ni por asomo reflexionó sobre aquello, su burbuja de exceso de confianza la mantuvo engañada hasta ya ser muy tarde.

La arrogancia y la soberbia eran dos de sus más grandes pecados; eran tan grandes que fue necesaria una lección de humildad de esta magnitud para que aprendiese a ser agradecida y menos altanera. Sin embargo, era una verdadera lástima que tuviese que ocurrir la muerte de alguien tan cercano como Gohan para comenzar a cambiar de actitud. Y al pensar en ello, la imagen de su padre tocó a su puerta.

¿Acaso me habré ganado la lotería? –Deteniendo sus pensamientos, Videl, pestañeando, oyó como la voz de Van Zant resonó con vigor en sus oídos–este tiene que ser el mejor día de toda mi vida, me siento como cuando era niño y abría mis regalos de navidad.

Riéndose, soltando una ruidosa carcajada que enojó aún más a la pelinegra, un alegre Van Zant se acercó hasta Videl, quien, sin abrir la boca, debió tragarse su malhumor al verlo bailar y festejar. Shapner, por su parte, continuaba conmocionado por todo lo que ha ocurrido, ignorando, hasta el momento, cualquier cosa que haga o diga Van Zant.

Estoy sorprendido, realmente estoy muy sorprendido…–sin borrar su desagradable sonrisa, el mafioso, colocándose frente a Videl, le comentó al ver su ropa hecha pedazos y su aspecto desarreglado–no me esperaba que aparecieras por aquí de repente; de hecho, tenía pensado ir a buscarte a la ciudad después de haber terminado aquí.

Videl, prefiriendo ser precavida, mantuvo el silencio.

¿Qué te ocurre? –precisamente, notando su resistencia a hablar, Van Zant se atrevió a tomar una de las maltrechas coletas de Videl para empezar a juguetear con ella–recuerdo que eras muy habladora, solías hablar mucho cuando nos veíamos...

Conteniéndose, mordiéndose la lengua, Videl apretaba su mandíbula.

No eres la misma Videl que recuerdo; eres diferente–usando la punta de la coleta que sostenía, Van Zant, como si fuese un bolígrafo, iba delineando algunos rasgos faciales de la hija de Mr. Satán–tienes su cara, su ropa y su peinado; pero no eres ella. Hay algo en tu mirada que no tenías antes: miedo.

Soltándole el cabello, Van Zant, sacando un paquete de cigarrillos de sus pantalones, se dispuso a fumar.

Creo que empiezo a entender, ya sé qué es lo que te preocupa–dirigiendo su mirada a Shapner, Van Zant, todavía sorprendiéndose por lo parecidos que eran los dos, se preparó para exponer los temores de Videl–tienes miedo que le haga algo a él, te inquieta que pueda matarlo tal y como lo hice con ese entrometido del Gran Saiyaman.

Videl, tragando saliva, sintió como el sudor humedecía más su piel.

No tienes que preocuparte por eso, jamás le haría daño a un buen amigo como Shapner–riéndose otra vez, Van Zant, soplándole en el rostro el humo de su cigarro, se sentía en la cima del mundo–no sé si te lo habrá contado, pero no hubiera podido eliminar a esa maldita plaga del Gran Saiyaman sin la ayuda de Shapner.

¿Qué…?–sin que pudiese ni evitarlo ni creerlo, Videl, por fin diciendo una palabra, se giró hacia el rubio mirándolo con incredulidad.

Entonces no lo sabías, permíteme contártelo…–echando más sal a la herida, Van Zant, muy feliz, quería regodearse más por su gran victoria–ese desgraciado del Gran Saiyaman era muy difícil de matar, le disparamos con todo lo que teníamos y no logramos hacerle ni un rasguño; pero gracias a una brillante distracción protagonizada por Shapner, pude acercármele por detrás y lanzarle una granada de gas.

Shapner, el cual se había mantenido sumergido en su propio mundo, alzando la vista luego de una eternidad, posó sus ojos en Videl quien le veía con una expresión que le fue casi imposible de describir. Negación, decepción, asombro y tristeza, esas fueron algunas de las pocas emociones que pudo dilucidar en aquella fugaz y dolorosa fracción de segundo.

Videl, atando cabos en sus adentros, empezaba a comprender por qué su exnovio fue tan evasivo con el tema de Gohan desde que se reencontraron. Tal cosa fue una doble bofetada para ella, por un lado le sorprendía que alguien con poderes tan increíbles haya podido ser derrotado y asesinado por humanos ordinarios. La lógica, con su fría y dura naturaleza, dictaba que Gohan debía ser el ganador indiscutible.

Asimismo, como si fuese un cuchillo que se enterró en sus entrañas, la mera idea de que Shapner se aliara con un grupo de criminales para asesinar a Gohan, le causó, casi de inmediato, una fuerte necesidad de vaciar el contenido de su estómago. Conocía a Shapner desde que eran niños, sabía cuál era la forma de ser del rubio; ni por asomo hubiese pensado que sería capaz de hacer algo así.

Para Videl, un día de pesadilla como este, por más que lo intentase, le resultaría difícil de olvidar. No obstante, oyendo la voz de su conciencia, Videl; aunque no le gustase, tenía que reconocer que ella era una hipócrita por juzgarlo y escandalizarse.

¿Acaso no fue ella la que aceptó ser su novia sólo por lástima?

¿Acaso no fue ella la que lo usó como una especie de anestesia para excusarse de sus equivocaciones?

¿Acaso no fue ella la que estuvo mintiéndole por varios días mientras Shapner fantaseaba con toda una vida como pareja?

Por muy noble, altruista y heroico que haya sido su pasado, su presente, igual de sucio que las manos de Shapner, no le daba el derecho de emitir un juicio de moralidad y justicia. Aunado a eso, volviendo a ver la imagen de Mr. Satán proyectándose en su mente, Videl, recibiendo otro golpe muy bajo, también se recordaba que su padre era tan responsable de lo sucedido como lo eran Shapner y ella misma.

Pero tampoco puedo olvidarme de alguien muy importante…–malicioso, deleitándose de escupir veneno cada una de sus palabras, Van Zant deseaba hacerle más daño emocional a Videl antes de iniciar con el físico–sabes, cuando tu padre fue a buscarme a mi oficina hace unos meses, jamás creí que terminaría ayudando a quien considero como la peor cosa que me ha sucedido en la vida.

Conteniéndose, recordándose que los acontecimientos jugaban en su contra, sin importarle cuán culpable fuese su padre, Videl, sintiendo como sus puños temblaban de ira, se quedó petrificada en su lugar.

Tu padre no era un mal sujeto, tal vez fue demasiado ingenuo al creer que podría controlarme con sólo ofrecerme dinero; pero sin su inesperada visita aquella vez, nunca hubiera podido lograr nada de esto–tirando al piso el cigarrillo que sostenía, Van Zant, aplastándolo con uno de sus pies, lo machacó con su bota antes de volver a hablar–el pobre hombre se veía muy desesperado cuando nos conocimos, dijo que haría lo que sea con tal de verte sonreír otra vez.

Si bien deseaba dañarla mentalmente, Van Zant, sin saberlo, provocó que la memoria de Videl rebobinara sus cintas, regresándola, en menos de un parpadeo, hasta el día en que su padre se enteró de su decisión de renunciar a la policía. En aquel entonces, afectada por haber visto a Shapner casi morir por su error, Videl, despedazando su habitación, la hizo lucir como si fuese el cuarto de un manicomio.

Mr. Satán, aún sin imaginarse las consecuencias que acarearían sus acciones, quedó destrozado al ver a su única hija llorar a cántaros mientras se desmoronaba frente a él. Aquello le fue tan impactante que terminó buscando ayuda en cualquier rincón de la ciudad, llegando, desafortunadamente, ante la guarida del sujeto que se atrevió a traicionarlo.

Entiendo que todo esto sea una locura para ti, tanto tu padre como yo estuvimos planificando este día desde hace semanas…–narrándole, Van Zant no perdió ni la más mínima oportunidad para resaltar su participación en la destrucción del Gran Saiyaman–me tomó mucho tiempo y duro trabajo crear este ejército; pero gracias al dinero de tu padre, pude lograr lo imposible.

Eso explica por qué hay tantos hombres armados aquí, por ti mismo nunca hubieras podido reunirlos a todos–más participativa, Videl le afirmó al mirar a tantísimos individuos allí reunidos.

Y no nos olvidemos de mis ganancias, nada de esto fue gratis–con tono bromista, haciendo más burla de la situación, Van Zant caminaba con lentitud entre Videl y Shapner–cuando cerramos el trato, tu padre me entregó un maletín lleno de dinero. Al principio lo acepté creyendo que sería lo único que obtendría de él; pero más adelante, me fui dando cuenta que podría tener más ingresos si jugaba bien mis cartas.

¿Qué más quieres ganar con todo esto? –Videl, aún resistiéndose a la tentación de aprovechar su cercanía para atacarlo, le cuestionó a su viejo archienemigo–aunque me cueste creerlo, puedo imaginar que mi padre te entregó una enorme suma de dinero… ¿qué más podrías obtener?

¿Por qué tendría que haberme conformado con una rebanada del pastel, si puedo apoderarme de todo? –Con una simple analogía, Van Zant, como si fuese la cosa más natural del mundo, le replicó–entendí que si hacía el movimiento correcto en el instante indicado, no sólo podría quitarme de encima a dos complicados rivales; sino también, que acabaría quedándome con toda la fortuna de tu padre…

¿Fue por dinero? –Interrumpiéndolos a los dos, levantando la voz con gran enojo, fue el turno de Shapner para hacerse notar– ¿asesinaste a Mr. Satán solamente para arrebatarle su fortuna?

Pues sí, soy un hombre que aprovecha las oportunidades tan pronto como las observa–con cinismo; pero muy sincero, Van Zant le respondió al exnovio de Videl–al principio pensé en arrebatarle sus cosas y dejarlo vivir, pero no quise arriesgarme y preferí arrancar el problema desde la raíz.

¡Entonces yo debería arrancarte la cabeza! –a diferencia de Videl quien no quería provocar un polvorín, Shapner, enojado y enérgico, ni siquiera pensaba en su propia supervivencia–no puedo creer que yo haya aceptado participar en algo como esto, mucho menos con una alimaña como tú.

Girándose, concentrándose totalmente en el exnovio de Videl, Van Zant mantuvo una postura callada y seria en tanto se encaminaba hacia Shapner. Videl, maldiciendo mentalmente, le reprochaba a Shapner por haber sido tan idiota de incitar a ese maniático. Así pues, por más que desease protegerlo, Videl se advertía a sí misma que cualquier paso en falso podría resultarle fatal tanto a ella como a Shapner.

Me caes bien, chico. En verdad me simpatizas muchísimo, jamás olvidaré que gracias a tu distracción pude deshacerme de ese malnacido bufón de circo–acercándosele, parándose justo frente a Shapner, ambos rubios, con expresiones faciales muy distintas, se encararon–pero creo que deberías respetar a tus mayores, no olvides que eres un mocoso metido en un asunto de adultos…

Oportunista, tal y como él mismo lo dijo, Van Zant aprovechó que Shapner era sujetado por dos de sus secuaces para propinarle un vigoroso puñetazo al vientre que, instantáneamente, le robó el aliento y la voz. Videl, sintiendo el impulso de reaccionar, estuvo a punto de defenderlo pero las puntas de las ametralladoras rodeándola la detuvieron con facilidad. No había nada que pudiese hacer por él.

No olvides que la única razón por la cual saldrás con vida de esto es porque yo lo permitiré, estoy en deuda contigo por la valiosa ayuda que me diste; pero si vuelves a desafiarme, será la última cosa que harás…–hablándole con firmeza, Van Zant, más victorioso que nunca, no permitiría que nadie arruinara su gran día–te perdonaré por esta vez, así que mide mejor tus palabras para la próxima.

Ladeándose, mirando directamente a Videl, Van Zant no se demoró en recordar la conexión que el rubio y ella sostenían.

Y para que veas que no soy tan malo como piensas, dejaré que le des una última mirada a la chica que tanto te gusta–tomando a Shapner por su largo cabello, el mafioso, alzándole la mirada con violencia, le apuntó a la otrora justiciera con una mano–como comprenderás, no puedo dejar que ella salga viva de aquí. Tu novia y yo tenemos viejos asuntos pendientes por saldar y me temo que no sobrevivirá para volverte a ver, así que aprovecha para despedirte de ella.

Shapner, quién padecía el punzante dolor del derechazo que recibió, intentó articular alguna palabra pero la falta de aire se lo impidió. Van Zant, fingiendo que no entendía lo que le ocurría, le veía con una cara burlona esperando la tan anunciada despedida entre ambos adolescentes. Aún así, al cabo de una corta espera, Van Zant lo soltó dejando que Shapner luchase por llenar sus pulmones con oxígeno.

Ante aquello, ocurriéndosele una nueva idea para mortificarlos a ambos, Van Zant caminó hasta situarse a espaldas de Shapner, para luego, con un gesto, pedirle prestado a uno de los suyos el fusil que sostenía. Videl, quien podía ver lo que ocurría claramente frente a ella, sintió como su ritmo cardíaco se incrementaba al creer que estaba a escasos segundos de presenciar una ejecución por fusilamiento.

Creo que mejor debería ser al revés, dejaré que Julieta se despida de Romeo por última vez–muy sonriente, divirtiéndose en grande, Van Zant le lanzó una obvia indirecta a Videl–no seas tímida, te doy la oportunidad de despedirte de él antes que acabe contigo.

Videl, observando como Van Zant dirigía la punta de su arma a la nuca de Shapner, sintiéndose muy nerviosa, más que en cualquier otra batalla anterior, trató de hablar pero no le salían las palabras de la boca.

Vamos, no tengo todo el día…–impaciente, sosteniendo el fusil a centímetros de la cabeza del rubio, Van Zant le insistía a Videl– ¿acaso no piensas decirle nada?

Shapner…–obligada por los acontecimientos, Videl, diciendo lo primero que se le vino a la mente, recuperó la elocuencia–en toda mi vida he tenido muy pocos amigos, tú eres uno de ellos. Lamento mucho que lo nuestro haya terminado de la forma en que lo hizo, desearía poder retroceder el tiempo para haber sido más honesta contigo. Sé que es posible que nunca me perdones por todo el daño que te hice; pero sin importar cuánto tiempo tenga que pasar, espero que algún día puedas perdonarme.

Arqueando una ceja, no esperando algo así, Van Zant dibujó una media sonrisa.

Vaya, parece que hiciste algo muy malo–sin dejar de apuntarle a Shapner, Van Zant se mofó de Videl–me encantaría saber qué fue; pero hay otros temas por atender. Así que supongo que lo dejaremos hasta aquí…

En aquel momento; a pesar que todo sucedió con mucha rapidez, para Videl, quien abrió sus ojos al suponer lo que ocurría, se llevó una tremenda sorpresa al ver que se equivocó. Van Zant, con un ágil movimiento de manos, ante la mirada atónita y congelada de Videl, le dio la vuelta al rifle haciendo que el cañón y la culata cambiaran de posiciones; enseguida, con esta última, golpeó al rubio con fuerza.

Videl casi se lanzó hacia Shapner para ayudarlo; sin embargo, con sus pies pegados al suelo, la pelinegra se limitó a ver como su exnovio caía inconsciente gracias al duro golpe que recibió. Un delgado pero notorio hilo de sangre brotó de entre sus cabellos dorados estancándose a su alrededor, creando, en un santiamén, un pequeño e inquietante charco rojizo que fue tiñendo el piso.

No te preocupes por él, despertará muy adolorido en unas cuantas horas–viendo a Shapner tendido frente a él, Van Zant, pasándole al lado, se enfiló hacia Videl quien endureció su mirada al escuchar su voz–es una lástima que no pueda decir lo mismo de ti…

No es la primera vez que me amenazas con matarme, recuerdo muy bien muchas otras veces…–no queriendo darle el gusto de verla asustada, la hija de Mr. Satán, tragándose sus inquietudes lo mejor que pudo, le contestó– ¿qué te hace pensar que esta vez será diferente?

Desafiante hasta el final; eso me gusta–sonriente, no queriendo soltar las riendas, Van Zant le afirmó–pero me parece que estás tratando de engañarte a ti misma, no quieres reconocer que ya estás derrotada. Tu padre está muerto; el Gran Saiyaman está muerto, no hay nadie a kilómetros a la redonda que aparezca para ayudarte. Estás acabada.

Videl, sin replicar, escuchó las risas de los soldados de Van Zant quienes se burlaban de ella al tenerla acorralada. Dicho escenario no era nada nuevo para ella, ya en el pasado se había enfrentado a una gran cantidad de adversarios que harían lo que fuese necesario por eliminarla. Inclusive Van Zant y los suyos, en unas cuantas veces, intentaron asesinarla cuando aparecía en su guarida arruinando sus planes.

Y precisamente, en más de una ocasión, cuando los pronósticos más optimistas decían que acabaría muy malherida, Videl, casi por arte de magia, lograba imponerse venciendo a todo aquel que se le plantase al frente. No obstante, como si fuese un frío baño de realidad, que el Gran Saiyaman empezase a ayudarla y a salvarle la vida casi a diario, le demostró que no era invencible y que podría morir si se descuidaba.

El Gran Saiyaman, o mejor dicho, Gohan, vino a darle una necesaria y urgente dosis de humildad que aplaudió sus destrezas pero desnudó sus debilidades. Y ahora, al estar rodeada por más de una veintena de tipos armados, Videl, barajando con más sensatez sus opciones, sabía que la fuerza bruta no era la salvación a su situación; sino que debía mantener la lucidez sin perder la calma.

Te veo muy confiado, pero te estás olvidando de algo…

¿De qué?

Todo lo que has logrado hasta ahora, sólo lo has hecho gracias a la ayuda de otros–si bien lo estaba provocando, Videl buscaba la forma de reducir el número de enemigos a solamente uno–con el Gran Saiyaman necesitaste que Shapner lo distrajera; sino tu ejército no lo hubiera derrotado. Y aunque no estuve presente, presiento que tomaste desprevenido a mi padre. Si hubieras peleado con él, la historia sería diferente…

Viendo como Van Zant borraba esa maldita sonrisa burlona de su cara, Videl, cruzando los dedos, esperaba que su jugada funcionara por más arriesgada que fuese.

Siempre has necesitado de otros para triunfar, nunca has hecho nada con tus propias manos–lastimando su orgullo, la pelinegra le dio donde más le dolía–dices que tenemos cuentas pendientes, entonces hazte cargo de ellas tú mismo. Aquí estoy, desarmada y sola. Si en verdad quieres matarme, inténtalo tú solo y sin armas.

¿Estás insinuando que pelee contigo? –Oyendo varios murmullos que provenían de sus filas, Van Zant, pensando con astucia, pudo entender lo que Videl pretendía hacer.

Exactamente, ya me cansé de escucharte parlotear de tus logros. Además, quiero romperte todos los huesos del cuerpo por haber matado a mi padre…–a pesar que por fuera su aspecto la hacía lucir tan firme como una roca, por dentro, al pensar en su padre, Videl sentía que se desmoronaba– ¿aceptas o no?

Van Zant, tomándose su tiempo para responder, miró sus alrededores dándole un vistazo al montículo de escombros que conformaba la tumba del Gran Saiyaman.

Buen intento, niñita lista. Buen intento–sin alterarse, negándole el placer de verlo contra las cuerdas, Van Zant le aseveró–quieres que me sienta presionado frente a mis hombres para que caiga en tu juego, intentarás matarme para dejarlos sin un líder y así poder escapar. Es un plan astuto; pero no te va a funcionar.

Videl, sin decir nada, aún esperaba por una respuesta.

Sé que te sientes muy nerviosa, si yo estuviera en tus zapatos lo estaría–mirando al mismo sujeto que le entregó el rifle que cargaba en sus manos, Van Zant, arrojándoselo de regreso, se volteó hacia Videl para continuar hablándole–así que jugaremos tu juego, pero cambiaré las reglas. Cuando dije que no saldrías con vida de este lugar no estaba mintiendo; aquí estará tu tumba.

Mirando a Shapner tirado en el pavimento, Videl, ya no sabiendo qué hacer para salvar su propio pellejo, no tenía más opción que continuar hacia adelante pese a los riesgos.

No soy bueno peleando, pero eso no significa que no te dejaré las cosas fáciles–recogiendo las mangas de su camisa, Van Zant, seguidamente, sacó un arma de sus bolsillos para tirarla a un costado–no usaré ningún arma, lucharemos uno contra el otro tal y como dijiste. Aunque, hay un detalle importante que no quiero que olvides.

Girándose, dándose a vuelta, Van Zant llamó la atención de sus subordinados.

Todos escúchenme, pase lo que pase; vean lo que vean, no se entrometan en esto–girándoles instrucciones, el mafioso pronto les señaló a la hija de Mr. Satán con una mano–pero sin importar quién gane este tonto juego, quiero que al terminar le disparen con todo lo que tengan. Ella piensa que al vencerme logrará salvarse, pero se equivoca. Cuando haya saldado cuentas con ella, y ya me sienta satisfecho, su estadía en este mundo se terminará. Hasta entonces, miren y disfruten del espectáculo…

Saboreando un poco de sangre en su paladar, Videl, todavía arrastrando las dolencias de su lucha anterior cuando fue rescatada por Shapner, comprendía que su estrategia no funcionó tan bien como la imaginaba en un principio. Sin importar si le daba una paliza a ese desgraciado de Van Zant, sus tropas, en menos de lo que cantaba un gallo, la acribillarían a tiros llenándola de agujeros.

Callada, jamás le gustó admitir sus derrotas. Desde muy niña, cuando empezó a entrenarse y tener sus primeras peleas, Videl prefería seguir luchando y recibir una golpiza antes que aceptar que no ganaría. Y ahora, superada en número ampliamente y con una sentencia de muerte, todo parecía indicar que no valía la pena tan siquiera intentarlo. Van Zant tenía razón, había perdido desde antes de comenzar.

Dejando de ver a Van Zant, Videl, de soslayo, posó su atención en su exnovio. No confiaba en las promesas del asesino de su padre; empero, presentía que Shapner conseguiría salir vivo de esta. Sin nadie que protegiese Ciudad Satán, la pelinegra, imaginándose un futuro desolador y casi apocalíptico, se preguntaba qué clase de vida tendría Shapner al vivir en una ciudad controlada por Van Zant.

Asimismo, recordando a Ireza, la desazón acrecentó su amargura al imaginar el miedo que caería sobre la rubia cuando Van Zant se proclamase amo y señor de Ciudad Satán. No sólo falló en evitar que esto ocurriese; sino además, que condenó a un verdadero infierno a los pocos amigos verdaderos que poseía. Por su culpa; por haber sido una cobarde y mentirosa, ambos pasarían por miles de tribulaciones.

Videl, cambiando de dirección, observando la violenta sepultura de Gohan, le daba las gracias por cada una de las veces en que apareció de improvisto para rescatarla. Nunca tuvo la cortesía de agradecérselo, sin su intervención salvadora, es posible que ya hubiese fallecido hacía mucho. Y sin olvidarse de la inesperada declaración de amor que Gohan le dio anoche, desearía que las cosas fuesen diferentes.

Es muy extraño verte tan callada, supongo que ya te resignaste y aceptaste que este es tu final…

Volteándose, notando como Van Zant yacía a muy corta distancia de ella, Videl se asqueó al ver esa repugnante mueca egocéntrica en su cara.

Si voy a morir aquí; lo acepto. Sabía que tarde o temprano la suerte se me acabaría, pero no esperé que fuese tan pronto–ignorando los dolores musculares que la aquejaban, Videl, ya no pensando en salir de allí con vida, se enfocaba en una nueva meta–quiero hacerte polvo; quiero romperte hasta la última fibra de tu maldito cuerpo, pagarás por haber asesinado a mi padre…

Respondiendo con una silenciosa sonrisa burlona, Van Zant no la interrumpió.

Conozco la clase de basura que eres, pero jamás imaginé que harías algo así…

Si bien no lo diría públicamente, Van Zant, enormemente asombrado, no podía creer que Videl luciese tan tranquila sabiendo lo que le hizo a Mr. Satán. Honestamente, cuando apretó el gatillo, imaginó que Videl se derrumbaría como un edificio al enterarse de la noticia, lloriqueando, como una chiquilla, ante el cuerpo inerte del fallecido campeón. Pero eso, por más increíble que sonase, no estaba ocurriendo.

Te doy mi palabra que cuando tu apestoso cadáver esté tirado justo donde estás parada, te sepultaré al lado de tu padre. Los dos compartirán una linda tumba familiar.

No dudo que así sea, lo que sí dudo es que vivas para verlo.

Y yo que pensaba que este día no podía volverse más raro, jamás creí que te escucharía amenazando de muerte a alguien–sorprendido, pero no asustado, Van Zant cerró la brecha que los separaba–antes de empezar, te diré una cosa más. De todos mis años en este negocio, el Gran Saiyaman, indudablemente, fue el mayor dolor de cabeza con el que me he topado. Ese maldito era un fenómeno, alguien tan poderoso como él no podía ser normal. Aún así, te confieso que nunca me olvidé de ti.

Gracias por el cumplido, pero halagándome no evitarás que me encargue de ti.

No estoy halagándote, niñita sabelotodo–entrecerrando sus ojos, Van Zant, poniendo de manifiesto todo su rencor acumulado contra Videl, le afirmó–solamente quiero dejarte en claro la razón por la cual estoy haciendo todo esto, quiero que pagues por todas la veces que terminé en prisión por tu culpa. Es muy humillante que alguien de mi reputación haya sido vencido, una y otra vez, por una mocosa de secundaria.

Eres una basura sinvergüenza, una rata de alcantarilla como tú debería haberse quedado tras las rejas desde la primera vez que te arresté–hablándole con el mismo tono de voz, Videl, sin amedrentarse, le replicó–nunca entenderé como alguien tan patético y escuálido como tú llegó tan lejos, siempre has sido una alimaña cobarde que se esconde mientras los demás hacen el trabajo sucio…

Esta no era la primera vez que era el blanco de insultos. Desde hacía muchísimo tiempo atrás, cuando tomó el descarriado camino que escogió para sí mismo, Van Zant llegó a tener varias discusiones verbales con otros cabecillas del crimen organizado en sus interminables luchas por ganar territorios. Si bien no le agradaba que lo hicieran, al tratarse de otros sujetos de su edad, la situación era tolerable.

No obstante, que una chiquilla como Videl se burlara de él constantemente ante sus hombres lo enfurecía hasta casi enloquecer. Era una completa deshonra que alguien como él, que controlaba la mayoría de los negocios ilegales en Ciudad Satán, fuese vencido, con tanta regularidad, por una mocosa entrometida como Videl. Por su culpa, varios de sus colegas solían reírse de él a escondidas.

Era humillante y frustrante para él, toda la imagen de gran gánster que intentaba construir se veía manchada y empañada por sus recurrentes derrotas ante Videl. Así pues, escuchando como sus tropas murmuraban algo mientras los observaban hablar, Van Zant, apretando sus puños, se dispuso a acabar de una vez por todas por esa maldita niña lanzando el primer puñetazo de la pelea.

Videl, sintiendo como sus instintos le alertaban del inminente peligro, pudo leer el lenguaje corporal de Van Zant anticipando sus intenciones. Por ende, ladeándose a su izquierda, Videl vio como el golpe de Van Zant pasaba a escasos centímetros de la punta de su nariz. El mafioso, atacando de manera alocada y sin coordinación, reiteró su ofensiva al ver como fracasó desde tan temprano.

La pelinegra, ignorando como los músculos de su cuerpo le gritaban de dolor, sin quitarle la mirada de encima a Van Zant, pudo eludir su segunda arremetida al reclinarse al lado opuesto. Enseguida, intuyendo que el criminal la atacaría de igual manera una tercera vez, Videl, agachándose antes que la atacase, consiguió burlar el derechazo que Van Zant disparó al aire.

¡Quédate quieta, maldita mocosa!

Sabiendo que estaba haciendo el ridículo frente a su ejército, Van Zant, frustrado y enojado, le gritó a Videl quien se limitaba a esquivar sus torpes embestidas. Viéndola enderezarse, creyendo que al fin la tenía aprisionada, Van Zant quiso conectarla con una lluvia de puñetazos dirigidos al rostro. Empero, utilizando sus antebrazos como un escudo, Videl, con gran habilidad, logró bloquearlos uno por uno.

Rápidamente, para quienes eran los espectadores en tan inusual combate, quedó más que demostrado quién sí poseía entrenamiento en artes marciales y quién no. En consecuencia, comprendiendo que la balanza se inclinaba en su contra, Van Zant, cegado por su enojo, trató de golpear a Videl con un puntapié a la altura del mentón; aún así, hábilmente, Videl imitó su accionar bloqueando su patada.

Entretanto, aprovechando una corta y fugaz ventana de oportunidad, Videl se dio cuenta que el pecho de Van Zant yacía expuesto y desprotegido, así pues, dando un pequeño salto, Videl lo pateó justo allí mandándolo a volar, y en el proceso, al perder el equilibrio, Van Zant terminó tirado en el piso al tropezar con Shapner quien continuaba tendido e inconsciente.

¿Lo ves? –Agitada, recuperando el aliento, Videl le habló al verlo en el suelo–te crees el amo y señor del mundo, pero no eres más que un inútil que no puede hacer nada por sí mismo. Tú no derrotaste al Gran Saiyaman, ni a mi padre y mucho menos me vencerás a mí. Así que graba para siempre en tu estúpida cabeza que sin importar cuánto te esfuerces por negarlo, nunca dejarás de ser un fracasado.

Todavía sintiendo el pie de Videl en su esternón, Van Zant, escupiendo una gruesa mezcla de sangre y saliva, no pudo sentirse más encolerizado al ser humillado otra vez en público.

Sé que no tengo posibilidades de sobrevivir a esta pelea, tus hombres me acribillarán sin importar que te venza–sin olvidarse de su ineludible destino, Videl, con valentía, no dejaba de hablarle–pero si pudiese salir con vida de aquí, juro que dedicaría el resto de mi vida a asegurarme que las alimañas como tú no salgan de prisión hasta no haber pagado su deuda con la sociedad.

Levantándose, visiblemente molesto, la expresión de Van Zant hubiese asustado a cualquiera.

¡Cállate, deja de burlarte de mí!

Enloquecido, presenciando como su día glorioso y perfecto se caía a pedazos, el mafioso se encaminó hacia Videl corriendo como un toro fuera de control. Deseando cerrarle la boca de inmediato, Van Zant, fuera de sí, intentó patearla como ella lo hizo con él; sin embargo, con simplemente dar un paso hacia su derecha, Videl no tuvo problema alguno en esquivarlo de nuevo.

Respirando pesadamente, manteniéndose en todo momento por delante de su oponente, era más que claro para Videl que ya lo hubiese vencido de no estar cansada y malherida. Aún así, teniendo un impresionante dominio de sus emociones, la otrora justiciera alzó su antebrazo izquierdo para bloquear sin problemas otro puñetazo dirigido a su barbilla.

Terco, demostrando que no sabía lo que hacía, Van Zant siguió disparando golpes al aire que Videl eludía y detenía sin despeinarse. Escuchando las exclamaciones y comentarios que provenían de los mercenarios bajo su mando, Van Zant, cayendo en una quemante desesperación, pretendía golpearla con un puntapié por lo que acabó elevando demasiado arriba su pierna derecha.

Adelantándose, haciendo un gran esfuerzo físico pese a sus dolencias, Videl giró sobre ella misma a su vez que se agachaba para escaparse de la agresión de Van Zant. Sin embargo, aprovechando otro momento de debilidad de su contrincante, Videl contratacó con una patada rastrera que impactó contra el tobillo izquierdo del mafioso, la cual, como efecto secundario, provocó que volviese a caerse al suelo.

Estrellándose sonoramente, soltando un quejido cuando su espalda chocó contra el duro pavimento, Van Zant no pudo esconder las numerosas expresiones fáciles que exhibieron su sufrimiento. Por su parte, tomando grandes bocanadas de aire, una jadeante pero firme Videl mantenía su vigilante mirada sobre él, esperando, casi de inmediato, otra iracunda reacción del asesino de su padre.

¿Acaso no has tenido suficiente? –habiéndose limitado a solamente mitigar y anular las ofensivas de Van Zant, Videl, en su interior, se moría de ganas por regresárselas multiplicadas por mil–sigo sin poder creer que todos estos sujetos obedezcan tus órdenes, tienes que ser el líder más incompetente que existe…

Callado, pero no menos enfadado, Van Zant se reincorporó padeciendo una combinación de rabia incontrolable con una incredulidad aplastante. Así pues, todavía sin aceptar que no le era posible vencerla en una pelea uno contra uno, Van Zant se lanzó hacia ella otra vez queriendo sujetarla de su cuello y cerrarle la garganta hasta que sus malditas palabras se silenciaran para siempre.

Y por tercera vez, viéndolo venir a gran velocidad, Videl no tuvo más remedio que continuar bloqueando y esquivando los erráticos puñetazos que llovían sobre ella como si proviniesen de una tormenta. En tanto los eludía, empleando las últimas fuerzas de sus pantorrillas, la antigua heroína de Ciudad Satán, realizando una vuelta completa, brincó acumulando la energía suficiente como para volver a patearlo.

La punta de su zapato, dándole de lleno a la mandíbula de Van Zant, causó que éste saliese expedido varios metros hasta estrellarse en la base de la montaña de escombros que habían sepultado al Gran Saiyaman. Aterrizando; a pesar que no podía verlos directamente, Videl, escuchando como los secuaces de Van Zant preparaban sus armas, supo que su final se hallaba a ínfimos segundos de llegar.

Ya me cansé de jugar contigo, maldita mocosa–rodando sobre sí mismo, estando acostado sobre los restos incontables de ladrillos rojos, Van Zant le afirmó después de escupir un par de dientes de su sangrante boca–no importa lo que digas o lo que hagas, no saldrás con vida de aquí…

Volteando la mirada, observando como los soldados de Van Zant le apuntaban, Videl ni siquiera intentó defenderse sabiendo que la victoria era prácticamente imposible de lograr. Asimismo, dedicándole una mueca horrenda que intentaba ser una sonrisa, Van Zant levantó una mano para señalarla con un dedo. Ambos sabían lo que pasaría a continuación, sólo faltaba que él diese la orden para que fuese ejecutada.

¡Dispárenle!

– Videl…

Aquel grito cargado de resentimiento, ira y maldad continuaba resonando en sus recuerdos hasta el día de hoy sin importar cuántos años hayan transcurrido. No era la primera vez que pensaba en lo sucedido aquella tarde, en muchas ocasiones se despertaba en medio de la noche preguntándose qué hubiese pasado si Van Zant hubiera logrado sus ambiciones de verla sin vida.

– ¡Videl!

– ¿Qué?

– ¡Hasta que al fin me respondes! –Con un ligero atisbo de molestia, Ireza, rompiendo la burbuja de sus pensamientos, la trajo de vuelta al presente con su voz–desde hace unos minutos te estoy hablando, pero no me respondías…

– Lo siento, es que estaba pensando en algunos asuntos del trabajo que necesito resolver.

– No es necesario que me mientas, Videl–con suspicacia, la rubia, pudiendo saber cuándo Videl trataba de engañarla, bajó su tono para sonar más amistosa–sé que volver a ver a Shapner es muy incómodo para ti, pero no puedes seguir ahogándote en un vaso con agua. Quiero que rompas esas cadenas que te han tenido atrapada por tantos años, estoy empezando a preocuparme por tu salud mental.

– Estoy bien, no tienes que preocuparte–aprovechando que las dos habían detenido su caminata, Videl, dándose cuenta que se encontraban a pocos metros de la entrada de la preparatoria, trató de disimular su nerviosismo–ya te dije que estoy bien, estaré muy feliz cuando todo esto haya terminado.

– Eso espero, nunca antes te había visto tan distraída como hoy–reiniciando su marcha, la rubia, luciendo un aspecto más jovial, sonrió al ver la puerta de la escuela–esto me trae tantos recuerdos, es increíble que ya hayan pasado quince años desde la graduación.

Algunos árboles eran nuevos, la pintura de los postes de iluminación se veía levemente desgastada, las bancas de madera donde los estudiantes podían sentarse durante los recesos habían sido reemplazadas por asientos de concreto. Más allá de eso, el edificio de la preparatoria lucía exactamente igual que la última vez que estuvo allí, salvo una gigantesca pancarta que colgaba sobre las puertas:

¡Bienvenidos exalumnos del año 774!

Soltando un largo suspiro, Videl, siguiendo a una sonriente Ireza que actuaba como su viejo yo, se internó en los pasillos de la escuela reuniendo todo el valor que le quedaba para volver a verlo. Este era una ocasión que sabía que ocurría tarde o temprano, no importaba que tan lejos se fuese o cuánto tiempo pasase, lo quisiese o no, todos los senderos la llevarían de regreso frente a Shapner.

Y por supuesto, también hacia Gohan.


Cuando la invitación de la reunión llegó a sus manos hace unos días, Gohan, sinceramente sorprendido, se quedó ensimismado en su mundo al terminar de leerla. Luego de lo ocurrido en aquella estación de trenes abandonada en medio de la nada, ya teniendo su diploma de secundaria, el saiyajin se marchó de Ciudad Satán para embarcarse al siguiente gran reto académico que le esperaba en la Capital del Oeste.

Su madre nunca lo sabrá, ni remotamente lo imaginará; pero aquel día cuando su rostro mostraba una sonrisa feliz al posar ante las cámaras, con disimulo, sin que nadie se diese cuenta, sus ojos nunca se apartaron de Videl quien hacía lo propio ante su padre. Verla con el cabello suelto, con toga y birrete de graduada, era una imagen que permanecía intacta en sus retinas hasta los tiempos actuales.

En aquella ocasión, al tratarse de la graduación, Gohan no tuvo el valor de acercarse a ella hasta casi finalizada la ceremonia. Durante todo el evento experimentó unas ansias inmensas por hablar con Videl a solas; sin embargo, a raíz de los acontecimientos dados en la fiesta del alcalde y en su pelea contra Shapner, Gohan, todavía profundamente avergonzado, debió conformarse con una charla fugaz.

Por otro lado, para gran orgullo de Milk, gracias a sus extraordinarias calificaciones que le dieron el título del mejor alumno de su generación, Gohan, ante todos sus compañeros, fue el elegido para dar el discurso final que fue grabado minuciosamente por la esposa de Goku. Dicha grabación, guardada como un tesoro, era acompañada por el millar de fotografías que Milk tomó aquel lejano día hace quince años.

En la última conversación que sostuvo con Videl, Gohan, sin cansarse de ofrecerle sus más sinceras disculpas por todas las barbaries que cometió, le expresó su anhelo de que tanto ella como él pudiesen volver a verse en algún momento en el futuro. Videl; si bien no se sentía nada cómoda al recordar todo lo sucedido, también quería que las heridas sanaran y pudieran reencontrarse en buenos términos.

Luego de eso, y desde entonces, ninguno de los dos se volvió a ver.

– Espero que Videl sí asista a la reunión; quiero volver a verla.

Con sus maletas en mano, despidiéndose de una Milk que desbordaba felicidad, Gohan se mudó de su humilde localidad natal en las montañas Paoz, para trasladarse, de forma permanente, a la creciente y cosmopolita Capital del Oeste al otro lado del mundo. En el pasado, debido a las batallas que libró junto a los demás protectores de la Tierra, era recurrente que viajase hasta allí pasando cortas estadías.

No obstante, esta vez, Gohan se convertiría en un habitante más de la Capital después de haber sido aceptado en la misma universidad donde Bulma se doctoró. La científica, además de haber enviado una muy influyente nota de recomendación a su favor, le ofreció a Gohan la posibilidad de vivir en la Corporación Cápsula en una de sus inagotables habitaciones. Aún así, Gohan declinó la oferta.

Causada por su comportamiento con Videl y Shapner, Gohan, guardando dentro de sí una gigantesca vergüenza, deseaba y necesitaba mucha privacidad para ir subsanando las cicatrices que llevaba consigo. Igualmente, queriendo gozar de independencia, Gohan prefirió convertirse en un inquilino de una torre de apartamentos que no se ubicaba muy lejos del campus universitario.

Pronto, ya de plano inmerso en sus estudios, Gohan buscó un poco de consuelo devorando libro tras libro de ingeniería que cayó en sus manos. Así pues, fue creciendo en conocimientos hasta llegar al importante puesto que hoy poseía en la Corporación Cápsula, donde, bajo su tutela, se desarrollaban diversos proyectos aeroespaciales y otras tecnologías derribadas.

– Aterrizaré en la azotea de la escuela como en los viejos tiempos, espero que no haya nadie por allí…

Luego de una visita a la casa de su madre para comer, Gohan, habiendo volado por la misma ruta que empleaba en su adolescencia, se dirigió directamente hacia Ciudad Satán. Hacer otra vez aquel recorrido le puso la piel de gallina, más allá de sus intervenciones como superhéroe enmascarado, los malos recuerdos que tanto luchó por dejar olvidados, como si fuesen una avalancha, lo aplastaban ahora.

En especial uno; uno donde se veía a él mismo debajo de miles de toneladas de escombros, causados, súbitamente, por el edificio que fue demolido sobre él. No podía ocultar que se sintió como un estúpido por haber sido engañado con tanta facilidad, si hubiera estado más alerta a su entorno, no hubiese caído víctima de aquel gas venenoso que, en un principio, parecía arrancarle la vida al asfixiarlo.

La explosión lo tomó por sorpresa. Escuchó un estallido ensordecedor, que fue seguido, con rapidez, por una sucesión consecutiva de golpes que impactaron en todo su cuerpo. Y si ya se le hacía difícil respirar con normalidad, los pesados bloques de hormigón que lo aprensaron junto con el espeso polvo que inundó su nariz, Gohan, atrapado, se vio en la obligación de redoblar esfuerzos por resistir y sobrevivir.

A pesar que el peso en sí no era letal para él, la falta de oxígeno sí representaba una amenaza muy seria. Por ello, en tanto se ahogaba, las imágenes de muchísimas personas fueron desfilando en su mente a medida que ésta iba apagándose: vio a su madre llorando por él al enterarse de su fallecimiento, Goten, parado junto a ella, hacía lo mismo mientras se negaba a creer que su hermano murió de esa manera.

Picorro, reflejando su tristeza en aquellas facciones tan estoicas que lo caracterizaban, lamentaba que su pupilo no haya tomado las decisiones correctas. Shapner y Videl, dibujándose por unos segundos, mostraron sus respectivos sentimientos sobre él. Por último, manteniéndose de espaldas, su padre, Goku, lentamente fue volteándose hacia él; aunque no alcanzaba a distinguir su rostro con claridad.

Papá…–murmurando, enterrado debajo de todos aquellos escombros, Gohan le hablaba–soy un completo fracaso, te prometí que cuidaría a mamá y terminé dejándola sola. Por favor; papá, perdóname…

Era su deber cuidarla, Goku se lo encargó antes de desaparecer con Cell. Y ahora, siete años después, tropezando con la misma piedra, acabó cometiendo el mismo trágico error. Sin embargo, aquella terrible equivocación que lo llevó a estar dónde se encontraba, se produjo gracias a una nueva y complemente inocente emoción que la juventud trajo a su ser: el amor.

Se había enamorado, por primera vez en su vida una mujer tocó su corazón como nunca antes alguna lo hizo. Jamás podrá olvidarla, ella marcó un antes y un después en él. Lamentablemente, las cosas evolucionaron para mal cuando los celos tomaron las riendas de su juicio. Si tan sólo hubiese sido más paciente, se habría llevado la sorpresa de saber que Videl rompió con Shapner por voluntad propia.

Fui un completo estúpido…

Si no hubiera actuado como un salvaje, quizás, corriendo con un poco de buena suerte, una Videl soltera y alejada del rubio le habría dado la oportunidad de confesarle sus sentires por ella. Nada le garantizaba que Videl lo aceptara de inmediato ni tampoco que los dos estuviesen juntos, pero al menos le alegraría haberlo intentado. Tal vez ambos, en otras circunstancias, acabarían siendo felices el uno con el otro.

Gohan no tenía experiencia alguna en cuestiones románticas, más allá de su natural timidez, desconocía por completo cómo llevar un noviazgo. Posiblemente le terminaría pidiendo consejo a Krilin o a Yamcha; aunque, con mucha pena, sospecharía que los dos le dedicarían toda clase de bromas al respeto. Aún así, con tal de estar con Videl y explorar esa reciente etapa en su existencia, las soportaría.

Y fue al pensar en ella, al recordar cada línea de su cara, que Gohan, detectando su ki muy cerca de su ubicación, se olvidó de su encierro sorprendiéndose de sentirla en aquel sitio tan remoto. En un inicio pensó que se estaba equivocando, no era posible que Videl realmente se hallase allí. No obstante, al concentrarse lo suficiente, no dejando lugar a dudas, Gohan confirmó que se trataba de ella.

Su ki se está debilitando, algo malo le está ocurriendo…

Seguía sin entender cómo llegó hasta allí, pero dejando esas cuestiones para otro momento, Gohan, tosiendo vigorosamente al estar sepultado, realizó otro increíble descubrimiento: respiraba mucho mejor. Y no sólo eso, aquellos espasmos musculares que lo mantenían paralizado, disipándose con una velocidad milagrosa, le otorgaban la posibilidad de salir de allí.

Aquellos poderes sobrehumanos que tantas veces consideró responsables de sus más dolorosas desgracias, en este aprieto en particular, siendo su principal aliado, eran lo que lo conservaban vivo. Todavía le dolía la garganta, tendría que soportar ese molesto ardor al tragar por algún tiempo más; pero afortunadamente, el letal gas que le cerró la tráquea ya no tenía efecto alguno en él.

La tragedia que casi protagonizó será una enseñanza valiosa que conservará por siempre, aquel ejército de pistoleros; a pesar de no poder igualar sus habilidades sobrenaturales, le demostraron que el ingenio humano era capaz de arrodillar y someter a alguien como él. Ni remotamente, ni en sus sueños más alocados, podría haber vaticinado que un químico venenoso conseguiría casi llevarlo a la tumba.

Tengo que salir de aquí, algo terrible sucederá si no lo hago…

Haciendo a un costado las secuelas del gas que aún sentía, Gohan, tranquilizándose, hizo justo lo contrario a lo que sus beligerantes instintos le indicaban. De haberlo hecho, sabiendo que se comportaría como la bestia que estuvo a punto de matar a Shapner, el pelinegro, no deseando perder otra vez el control de su inestable temperamento, optó por ir con lentitud.

Apretando sus puños, reuniendo sus energías, Gohan fue recobrando la movilidad consiguiendo girarse sobre sí mismo apoyando sus manos en el piso. Enseguida, empezando a ponerse de pie, el hijo de Goku fue elevando la monumental montaña de restos que se apiñaban en su espalda. Recordando que Shapner, Videl y muchos otros rondaban las cercanías, no se atrevió a liberarse con una explosión.

Así pues, generando un mini terremoto que sacudió el suelo, Gohan, comenzando a flotar, notó como el peso iba aminorando conforme algunos escombros caían por las laderas. Paulatinamente, una vez que pudo empezar a elevarse, Gohan fue acelerando subiendo más y más en el cielo. Si bien no podía abrir los ojos debido al polvo que los cubría, usando su ki, determinó que se alejó lo suficiente de la estación.

Y así, arrojando en la distancia la pesada carga que traía, el saiyajin, saboreando el viento que le brindaba aire fresco, limpió su cara polvorienta redescubriendo el mundo exterior. Mirando con cautela el paisaje ante él, Gohan, viendo como la superficie terrestre aparentaba ser diminuta a esa altura, no pudo evitar recordar que la última vez que estuvo allí casi terminó asesinando a Shapner.

Aún puedo arreglar las cosas, sé que puedo arreglarlas…

Con eso en mente, sacudiendo sus ropas rotas y sucias, el hermano de Goten, se dispuso a descender para terminar con esta tontería de una vez. Guiándose por las numerosas presencias que detectaba, sobre todo por la de Videl, Gohan bajó en picada apresurándose al presentir que algo muy malo sucedería si no intervenía. Casual y paradójicamente, ya lo había hecho sin darse cuenta.

¡Dispárenle!

Gohan no lo sabía en ese instante, pero mientras continuaba enterrado, Van Zant, ordenándoles a sus tropas que acabaran con Videl, sonreía satisfecho al confiar en que muy pronto la vería acribillada. Videl, por su parte, resignándose a su horrendo final, mantuvo la vista firme queriendo irse sin darle el gusto a sus asesinos de verla asustada ni derrotada. Caería con honor; caería con valentía.

¿Qué está pasando?

¿Es un terremoto?

Videl, también sintiendo como un repentino movimiento sísmico los interrumpía, se ladeó hacia la tumba del Gran Saiyaman observando cómo ésta oscilaba como una gelatina. Los muchos trozos de ladrillos rotos y apilados uno sobre el otro, vibrando igualmente, no sólo salvaron a Videl de una muerte espantosa; sino también, que le dieron la oportunidad de correr y alejarse de sus enemigos.

¿Acaso están ciegos, montón de estúpidos? –Van Zant, quien no le quitó los ojos de encima a Videl, veía con rabia como ella huía sin ser detenida por nadie– ¡se está escapando, dispárenle de una vez!

No obstante, asustados al ver como toda una colina de hormigón empezaba a elevarse en el aire, ninguno de ellos reaccionó a las órdenes de Van Zant preocupándose más por ellos mismos que por Videl. Y precisamente, Van Zant, quien estaba en las faldas de dicha colina, tuvo que olvidarse de Videl cuando varios bloques de concreto comenzaron a rodar hacia abajo muy cerca de él.

Como pudo, todavía padeciendo el dolor de la paliza que le propinó Videl, Van Zant se arrastró por el piso para luego levantarse y escapar de allí igual que una rata que abandonaba un barco hundiéndose. Así pues, refugiándose detrás de una locomotora oxidada, el mafioso, alzando la vista al firmamento, se quedó boquiabierto al contemplar como la montaña de escombros se perdía entre las nubes.

Videl, quien también se escondía, imitó a Van Zant manteniendo sus ojos azules clavados en la silueta humana que se divisaba en lo alto. Una parte de ella supo de inmediato quién era, Van Zant tuvo el mismo pensamiento; sin embargo, tanto ella como él, se resistían a darle crédito a lo que presenciaban. Aún así, superando su entendimiento por mucho, los hechos que se daban eran innegables.

Aquella figura que se alcanzaba a ver, como si fuese un meteorito en ruta de colisión hacia la Tierra, empezó un rápido y descomunal descenso, el cual, ante la mirada atenta de los presentes, generó diversas reacciones en la multitud. Videl, convencida de que se trataba de Gohan, sintiendo un alivio indescriptible y reconfortante, entendió que sus probabilidades de salir airosa resucitaron.

Por el contrario, para Van Zant y su batallón de mercenarios, quienes creían ya ganada la confrontación, empezaban a comprender cuán equivocados estaban. Y así, posando sus pies de nuevo en el pavimento, Gohan, todavía reponiéndose de su experiencia cercana a la muerte, miró sus alrededores dirigiendo su atención al cuerpo tirado ante él que yacía a unos metros.

Shapner…–si bien su aspecto podía resultar alarmista, al sentir su ki, Gohan se tranquilizó al saber que seguía con vida–este tiene que ser el peor día que he tenido en muchos años…

Usando sus poderes para rastrear a los demás, Gohan no tuvo complicaciones para ubicar a cada uno de los terrícolas que se encontraban en aquel lugar. El saiyajin, girando su cabeza a su derecha, se apresuró en cargar a Shapner en sus brazos para dirigirse hacia donde Videl se ocultaba. Esta no era la clase de reunión que hubiese preferido, pero al menos le alegraba que ellos estuviesen con vida.

Sé que estás ahí, Videl…

Frente a él, extendiéndose y serpenteando por doquier, una gran grieta en el piso le servía de refugio a la pelinegra quien aprovechaba cada segundo para reponerse. Videl, demasiado agotada como para hacer algún movimiento, se limitó a permanecer allí escuchando como los pasos de Gohan se aproximaban a su escondite. Y en un santiamén, apareciendo finalmente, los dos volvieron a verse.

Creí que estabas muerto, de verdad pensé que lo estabas…

Yo también lo creía, es un milagro que no lo esté…–saltando hacia abajo, cayendo en la zanja donde se resguardaba Videl, Gohan colocó con cuidado a Shapner junto a la justiciera– ¿te encuentras bien?

He estado peor, esto no es nada…–jadeante, Videl le respondió.

¿Cómo fue que llegaste hasta aquí? –haciéndole una pregunta muy válida, Gohan, quitándose su capa roja, la usó para abrigarla al verla temblar–jamás me esperé que te encontraría aquí, cuando sentí tu ki me sorprendí mucho.

Es una larga historia, te la contaré cuando logremos salir vivos de aquí–sin olvidarse de Van Zant y sus hombres, la hija de Mr. Satán, aceptando aquella improvisada frazada, le comentó–por ahora no podemos olvidarnos de esos sujetos, con mucho gusto te ayudaría; pero ya aprendí a aceptar cuando sólo sería un estorbo…

Ya has hecho suficiente, yo me encargaré del resto. Confía en mí–buscando en su cinturón, Gohan tomó la bolsa con semillas del ermitaño que el maestro Karin le entregó hacía unos días. Dicha bolsa, debido al edificio que le tiraron encima, se había roto y muchas de las semillas se perdieron, afortunadamente, algunas se salvaron–quiero que comas una semilla y luego le des otra a Shapner.

De acuerdo–recibiendo la maltrecha bolsa de tela, Videl, sacando un par de semillas, le afirmó–acaba con esto rápido, este día es una maldita pesadilla…

Quédense aquí hasta que todo termine.

No nos moveremos de este sitio.

Sin decirse nada más, Gohan, asintiendo con la cabeza, se despidió de ella brincando hacia afuera de la trinchera decidido en ponerle punto final a esta ridícula guerra. Entretanto Videl, sosteniendo una de las semillas en las puntas de sus delgados dedos, la examinó con desconfianza en un principio; no obstante, impulsada por la curiosidad, no se tardó en llevársela a la boca para comenzar a masticarla.

Del mismo modo en que lo experimentó Shapner cuando la probó por primera vez, Videl, inicialmente, no sintió nada fuera de lo normal; empero, en un parpadeo, todo el dolor físico y las heridas que la mermaban desaparecieron de repente restaurándola hasta dejarla como nueva. La pelinegra ni siquiera logró hablar por el asombro, simplemente permaneció callada sin creer que estaba curada.

¡Escúchenme! –simultáneamente, Gohan, parándose ante lo que quedaba del ejército de Van Zant, alzó la voz para enviarles un claro mensaje–esto se terminó, no tiene caso que continúen luchando. Les daré la oportunidad de dar media vuelta y marcharse, si aceptan los dejaré irse; pero si insisten en pelear, no dudaré en responder…

Siendo ya poco más de treinta personas, recordando que nada de lo que usaron antes pudo derrotarlo, ni siquiera tirarle un edificio encima, varios de ellos se miraron los unos a los otros. Habiendo sido testigos de acontecimientos que sobrepasaban los límites terrenales, en su mayoría, no queriendo tentar a la suerte, prefirieron oír los reclamos de Van Zant que enfrentar a alguien invencible.

Por ende, arrojando sus armas y dándose la vuelta, aquellos que aceptaron la oferta de Gohan se apresuraron a irse de allí ante la mirada molesta de Van Zant, el cual, atravesando a los pocos que se mantuvieron junto a él, se situó justo ante éstos empuñando un revólver. Gohan, quien lo observaba silenciosamente, lamentaba que Van Zant fuese un individuo tan terco y obstinado.

¿Después de todo lo que ha pasado hasta ahora, todavía insistes en continuar? –hablándole directamente a Van Zant, Gohan, ya no necesitando fingir su voz de superhéroe, no comprendía la terquedad de su actual rival.

Dejaré de insistir hasta que te vea muerto, malnacido…

Reconozco que me tomaste por sorpresa con ese gas, pero no volverá a suceder.

¿Cómo es posible que estés con vida? –Más incrédulo que enfadado, Van Zant le cuestionó– ¡deberías estar quemándote en el infierno!

Sinceramente no lo sé, por un instante creí que moriría–tosiendo un poco, Gohan recordó con angustia aquella horrible sensación de asfixia que le arrebató el aire–todavía me duele la garganta, si hubiera inhalado más de ese veneno; no creo que estaría aquí hablándote…

Con sólo siete mercenarios a un lado y con cinco en el otro, Van Zant, apretando la empuñadura de su pistola, sabía mejor que nadie que era virtualmente imposible que pudiese eliminarlo. Ni las balas, ni los lanzacohetes, ni nada en su arsenal fue capaz de arrancarlo del mundo de los vivos. Rendirse era la única opción viable que podría tomar; empero, imaginando lo que le esperaría al hacerlo, se negó.

Terminaría en prisión, obviamente, pero ninguno de los trucos y artimañas que usó en el pasado volverían a sacarlo de allí. Haber asesinado a Mr. Satán le daría una sentencia que ningún soborno resolvería, se pudriría en una celda hasta el final de sus días mirando la luz del sol por medio de una diminuta ventana. Ese era un destino que no quería, prefería la muerte misma antes que eso.

Para cuando fue consciente de sus acciones, Van Zant, corriendo hacia Gohan con su arma apuntándole, le disparaba uno por uno cada tiro en su cargador. Sus escasos seguidores, emulándolo, se abalanzaron contra Gohan disparando las últimas ráfagas de sus armas. Videl, quien luchaba por darle la semilla al dormido Shapner, se congeló al escuchar las sonoras detonaciones.

¿Acaso nunca aprenderán?

Formulando aquella pregunta, Gohan, sin molestarse en moverse de su posición, se limitó a crear una barrera de energía frente a él que frenó y destruyó los proyectiles que se dirigían hacia él. Enseguida, recordando la historia que le contó su padre de aquella vez cuando luchó contra su madre en el torneo de artes marciales, Gohan, cansado de pelear, utilizó la misma técnica que Goku.

Concentrando su ki en su puño derecho, el saiyajin, dando un puñetazo al aire, produjo una corriente de viento a presión que actuó como una pared invisible. Dicha pared, golpeando de lleno a la mitad de los cazarrecompensas contratados por Van Zant, los envió a volar noqueándolos en el proceso. Así pues, repitiendo el mismo ataque una segunda vez, Gohan derrotó a los restantes tiradores que faltaban.

Con eso, sin que pudiese impedirlo, Van Zant se quedó completamente solo.

¿Te rendirás ahora?

Mudo, ya no teniendo ni idea de qué hacer, el mafioso se quedó petrificado como si sus piernas se hubiesen pegado al piso. Sintiendo su corazón bombeando con fuerza, mirando su ejército totalmente vencido y esparcido por todas partes, Van Zant, entrando en pánico, no soportaba el peso de la derrota. Y ante él, como si fuese un gigante, el Gran Saiyaman le miraba fijamente.

Sus sueños de grandeza; aquellos sueños que crecieron como la espuma hasta embriagarlo, ahora, apagándose uno a la vez, desaparecían sin que lograse salvarlos. No era justo, pensaba Van Zant, sus planes y sus estrategias fueron inútiles, la batalla estaba condenada al fracaso desde antes de comenzar. Sin embargo, aún sin soltar su revólver, Van Zant lo apuntó otra vez hacia Gohan.

No iré a la cárcel, no dejaré que me lleves allí.

Quieras o no, es al único lugar donde irás.

Yo tengo otra idea en mente…

Lo que sucedió a continuación, Gohan lo recordaría por los próximos quince años. No es que tuviese pena por Van Zant, solamente se preguntaba qué hubiera ocurrido si lo hubiese detenido. Contando con una bala más, Van Zant, habiendo decidido que la utilizaría consigo mismo, se apresuró a apuntarse con su arma ante la cara sorprendida y atónita de Gohan.

Sin mirar atrás, negándose a aceptar que perdió, Van Zant presionó la punta del cañón justo en su sien derecha antes de accionar el gatillo. Gohan, siendo el único testigo, le gritó que se detuviera; pero sus palabras no llegaron a los oídos de Van Zant, quien, desplomándose al destrozarse el cráneo, cayó inerte delante de Gohan derramando su sangre por el agujero que él mismo se hizo en la cabeza.

Quieto, sin dejar de observarlo, Gohan se mantuvo allí por lo que le pareció una eternidad. El suicidio de Van Zant nunca será su responsabilidad, que él haya tomado esa trágica alternativa fue consecuencia de sus actos. Con cobardía, no queriendo enfrentar sus culpas, Van Zant prefirió huir de ellas; no obstante, prometiéndose que él sí enfrentaría las suyas, Gohan se giró para ayudar a Videl y Shapner.

– Puedo sentir su ki, sí vino a la reunión…

Aterrizando, deseando olvidarse de sus recuerdos por unos minutos, Gohan, parado en la azotea que tantas veces empleó como pista de aterrizaje, abrió la puerta y empezó a bajar por las escaleras que lo llevarían a los niveles inferiores de la escuela. Si bien muchas dudas y miedos lo acosaron al descender, sus ansias por verla fueron mayores y lo empujaban a continuar sin detenerse.

Deseaba saber de ella; escuchar cómo ha sido su vida y preguntarle si aún siente lo mismo que le respondió cuando le preguntó si alguna vez podrían intentar estar juntos. Así pues, para cuando se dio cuenta, ya había llegado hasta el pasillo que lo dirigiría al gimnasio donde se congregaban sus excompañeros de preparatoria. Sólo necesitaba apresurarse, aquel camino lo conducirá hacia Videl.

Y por supuesto, también hacia Shapner.


Cuando era estudiante; pese a ser la hija de una celebridad mundial, nunca tuvo un círculo amplio de amistades. Sabía que muchos sólo se le acercaban porque deseaban beneficiarse de su apellido, por ende, al ser tan reservada y huraña, las chicas que pudieron hacer sido su séquito personal de aduladoras, acabaron convirtiéndose en un grupo de envidiosas que la odiaban a escondidas.

Y ahora, al entrar en aquel gimnasio donde se encontraban sus viejos compañeros, Videl confirmó aquel pensamiento al notar las miradas nada amigables que se dirigían a ella. Honestamente poco le importaba si les simpatizaba o no, no se encontraba allí por ninguno de ellos; pero al mirarlos, no podía esconder que el peso de los años era muy notorio en sus rostros, al igual que en el suyo.

Desde que Ireza y ella habían entrado en la habitación, Videl, alejándose lo más que pudo de la multitud, decidió no participar demasiado en la fiesta. La rubia, quien era todo lo contrario a Videl, no se tardó en ir a saludarlos aunque nunca hubieran sido muy cercanos. Entretanto, a la distancia, Videl reconoció a Ángela cuya melena rojiza la volvía imposible de confundir en aquel gentío.

– ¿No vas a saludar a nadie? –volviendo con ella, Ireza le cuestionó su actitud tan distante.

– No tiene caso, sabes que nunca llegué a entablar amistad con ninguno de ellos–arrinconándose más en una esquina, Videl empezaba a preguntarse si Shapner haría acto de presencia–sólo estoy aquí porque me convenciste de venir. Si Shapner no aparece en unos veinte minutos, me iré…

– Claro que vendrá, estoy segura–como si pudiese ver el futuro en una bola de cristal, la blonda le habló con seguridad–y no te olvides de Gohan, recuerda que él siempre llega tarde a todo…

Escuchando como alguien la llamaba por su nombre, Ireza, separándose de Videl momentáneamente, dejó sola a la antigua justiciera quien se resistía en platicar con los presentes. No teniendo más qué hacer, Videl, con aburrimiento, miró en silencio como Ireza congeniaba con los demás dibujando una gran sonrisa al ser felicitada por carrera periodística.

La estética y lucir a la moda jamás fueron una de sus preocupaciones. Incluso hoy en día, su armario lucía repleto de ropa de oficina que transmitía muchísima seriedad, aquello contrastaba con los atuendos llamativos que Ireza usaba para resaltar su belleza natural. Tal cosa no era algo nuevo; no obstante, ahora que ambas eran mujeres adultas, sí se marcaba una gigantesca diferencia entre las dos.

– Esta estúpida reunión me está afectando la cabeza…

Murmurando, hablando consigo misma, Videl comprendía que los nervios por ver a Shapner y a Gohan empezaban a jugarle malas pasadas. Tonterías como verse bien, que nunca antes le interesaron, comenzaban a agobiarla con varias ideas sobre su aspecto. Y sin darse cuenta, jugueteando con la larga trenza que tejía sus cabellos, Videl se vio abrumada por más trivialidades absurdas.

Queriendo mantenerse alejada, la pelinegra, aprovechando que nadie se detenía a mirarla, caminó hacia una de las mesas con bocadillos, donde también, evocando el lejano pasado, algunas fotografías de la graduación fueron puestas allí para ser contempladas. Todavía recordaba los preparativos para la ceremonia, influenciada por Ireza, Videl aceptó cambiar de peinado al ser una ocasión especial.

Las coletas, por más infantiles que luciesen, eran la última conexión en este mundo que le quedaba con su madre. Mantenerlas hasta ya muy avanzada su adolescencia fue tanto un reto como una convicción personal; sin embargo, sabiendo que no podría usarlas eternamente, Videl se encaró con ella misma y se vio muy tentada a hacer algo tan radical como cortarlas.

Inclusive teniendo unas tijeras en su mano, llegó a cortar algunos hilos antes de arrepentirse. Así pues, retrocediendo sobre sus pasos, Videl llegó a un punto intermedio. Conservaría aquella extensa cabellera que su madre solía peinarle; pero, definiendo su propio estilo, reemplazaría las coletas por una trenza. La idea le gustó, era un cambio refrescante que la ayudaría a dejar atrás a una Videl que no existiría más.

Aún así, queriendo delimitar una frontera entre ambas etapas, para ese día en específico, la ojiazul optó por meramente usar el cabello suelto sin nada que lo sujetara. Y ahora, viéndose a ella misma en aquella foto, Videl arrastró la figura de su padre a ese momento en particular. Su relación se vio muy golpeada en muchos sentidos, las mentiras y engaños que los envolvían quedaron al descubierto para los dos.

Por ende, tan pronto como la pelea con Van Zant concluyó y pudo retomar su vida, Videl, armándose de valor, le comunicó a su padre su decisión de partir de Ciudad Satán por motivos académicos. Mr. Satán, quien aún tenía muy presente lo ocurrido días atrás, no le puso freno alguno deseándole la mejor de las suertes. Y así, sosteniendo su diploma de secundaria, Videl se marchó para redescubrirse a ella misma.

¿Dónde está Van Zant? –Sin quererlo, al pensar en su padre, Videl se escuchó en el ya remoto pasado poco antes de hallarlo con vida–escuché muchos disparos, supongo que no se rendiría así no más…

Está muerto, se dio un tiro en la cabeza cuando vio que no tenía salida…

Sorprendida, no esperándose un acontecimiento así, Videl no dijo nada sin saber qué sentir. Van Zant era una peste que venía contaminando la ciudad desde hacía mucho, lidiar con él acabó convirtiéndose en toda una jaqueca por su negativa a detenerse. Liberarse de él suponía un alivio enorme; aunque esto significara que se quedaría con el sinsabor de no verlo pagar por sus crímenes en una prisión.

Ya no tiene importancia, ahora lo importante es salir de aquí…–Gohan, revisando al inconsciente Shapner acostando frente a él, sonó demasiado duro para lo que acostumbraba Videl–parece que recibió un fuerte golpe en la nuca, el sangrado se detuvo pero me preocupa que tenga alguna contusión cerebral. Tan pronto como coma la semilla, cualquier daño que posea se curará.

Ojalá estas semillas también pudieran resucitar a los muertos…

Gohan no entendió a qué se refirió con eso, pero ella, sabiéndolo mejor que nadie, y sumándole el hecho que todo lo sucedido hoy se originó por sus acciones, sintió como sus mejillas se calentaban al ser humedecidas por las ardientes lágrimas que emanaron de sus ojos. Gohan, muy confundido, en un inicio no tenía ni idea de cómo reaccionar ni qué decirle ante su inesperado llanto desconsolado.

Todo esto ha sido culpa mía, fui yo la que provocó que esto pasara…

Estás equivocada, el causante de todo este maldito infierno he sido yo–asumiendo su responsabilidad, Gohan se señaló a él mismo–no debí involucrarme en tu vida personal ni en la de Shapner, tomé como propia una situación que no me correspondía. Yo me dejé llevar por los celos, envidiaba tanto a Shapner que yo mismo me puse en una venda en los ojos.

No has entendido, no tienes ni idea…–apuntándole al rubio, Videl hizo que Gohan se voltease a mirarlo antes de volver a verla–cuando Shapner me salvó de morir aquella noche, sentí que tenía una enorme deuda con él. Yo sólo quería agradecerle por haberme salvado, así que decidí darle todo aquello que siempre le negué. Shapner pensó que yo lo amaba; pensó que tendríamos un futuro, no fue mi intención herirlo, pero terminé haciéndolo.

Gohan, con empatía, comprendiendo que ella también arrastraba sus propios pecados, no la interrumpió.

Siempre fui muy arrogante, creí que nunca necesitaría la ayuda de nadie; pero cuando apareciste, me demostraste cuán equivocada estaba–mirando fijamente a Gohan, Videl le alegó–me hice a un lado porque pensé que ya no sería útil para nadie. Teniendo a alguien que puede volar y detener balas con las manos, mi presencia sólo resultaría siendo un estorbo.

Yo lamento mucho que te hayas sentido así, jamás creí que verías las cosas de esa manera; yo solamente quería ayudar–compartiendo su tristeza, Gohan correspondió a su sinceridad–no eres ningún estorbo, simplemente que nunca has entrenado de la manera en la que yo lo he hecho. Si lo hicieras, no dudo que aprenderías a hacer lo mismo. Yo podría entrenarte; podría enseñarte a usar tu ki…

No suena nada mal, pero nada de eso me hará recuperar a mi padre…–sollozando otra vez, Videl se llevó las manos al rostro–no sé realmente cómo pasó, pero Shapner me dijo que mi padre también vino a este lugar y que fue asesinado por Van Zant. Shapner me iba a guiar hasta él, pero Van Zant nos atrapó y no pude encontrarlo.

Enterarse de aquello fue una gran sorpresa para Gohan, quien, hasta este punto, desconocía de la fallida conspiración que se elaboró para acabar con él. Asimismo, sintiendo una gran pena por Videl, Gohan no halló forma más oportuna para brindarle un poco de apoyo que ofrecerle un abrazo. Videl, al sentirse rodeada por los brazos de Gohan, no hizo más que seguir llorando maldiciendo ese día.

Gohan deseaba decirle algo que la hiciese sentir mejor, pero no encontró las palabras para hacerlo, Videl, todavía desahogándose y sin dejar de llorar, renunció a la dureza que la caracterizaba. Gohan ya sabía lo que era perder a un padre, Videl también; aunque ahora ella tendría que pasar el resto de su vida sin ninguno de ellos. Fue un instante tan doloroso, que Gohan no se atrevía ni a mover un dedo.

Pidiéndole consejo a un ausente Picorro, Gohan, cerrando sus ojos, hubiese deseado que su maestro escuchase sus pensamientos para preguntarle qué hacer. No obstante, no recibiendo una respuesta milagrosa, Gohan se limitó a arropar el delgado cuerpo de Videl mientras ella continuaba lamentándose. Así pues, frotándole la espalda a Videl de modo gentil, Gohan alzó la vista a los alrededores.

Ver la magnitud de los daños causados, tanto materiales como humanos, reafirmó aquel odio por las peleas que Gohan albergaba en su ser desde muy niño. A diferencia de Goku que las amaba, Gohan las aborrecía porque provocaban dolor y sufrimiento a aquellos que se veían atrapados en medio de la violencia. Y él, traicionándose a él mismo, le trajo precisamente eso a Shapner y a Videl.

Al menos como consuelo, sin considerar al fallecido Van Zant, Gohan detectaba que todos los soldados del mafioso continuaban con vida pese a su inconciencia. Cuando recapacitó de sus errores al casi asesinar a Shapner, Gohan, no queriendo manchar más sus manos, tuvo la delicadeza de vencerlos sin matarlos. Gracias a eso, cada uno de ellos despertaría en unas horas.

Y al sentirlos, uno a uno, Gohan, arqueando una ceja, se percató que un ki muy pequeño se iba apagando con forme pasaban los minutos. La naturaleza de su energía le fue demasiado similar a la de Videl, tanto así, que sobresaltándose, el saiyajin giró su cabeza hacia la dirección donde esa presencia se localizaba. Videl, notando su abrupto movimiento, le miró cuestionándole con la mirada qué ocurría.

¿Estás completamente segura que tu padre vino a este lugar?

Sí, Shapner y Van Zant me lo dijeron.

Sin querer darle falsas esperanzas, Gohan, buscando las semillas del ermitaño que le quedaban, tomó una de ellas con urgencia.

¿Qué pasa?

Quédate aquí y cuida a Shapner, no tardaré en volver…

Soltándola y poniéndose de pie con prisa, Gohan no pudo esconder la ansiedad que lo inundaba.

No me dejes en ascuas, explícame qué pasa…

Debo darme prisa, si me tardo no podré salvarlo…

¿A quién?

A tu padre…

Dicho eso, ante una atónita Videl, Gohan se internó como un relámpago en las ruinas que quedaban de aquella destrozada estación de trenes. Haciendo memoria, la Videl treintañera recordó como para su versión más joven unos cuantos segundos parecieron ser siglos, fue una espera donde una amplia gama de sensaciones la recorrieron desde la punta de sus pies hasta el último de sus cabellos.

Poco después, para gran alivio de Videl, ella observó sin habla como Gohan reaparecía trayendo consigo a su padre. Tal y como Shapner le dijo, Mr. Satán, al borde de fallecer, lucía sumamente grave a raíz de la enorme pérdida de sangre que sufrió debido a su herida de bala. Gohan, manteniendo la calma, le pidió a Videl que le ayudara a suministrarle la semilla, asegurándole que eso lo salvaría.

Por ello, sin demorarse, Videl le pidió a su padre que tragara aquel fruto prometiéndole que muy pronto estaría como nuevo. Un convaleciente Mr. Satán, quien ya no distinguía lo que era real y lo que no, en un principio creyó ver a su esposa muerta recibiéndolo en el más allá; empero, al aclararse su visión, vio a una Videl angelical que le imploraba que no la dejase sola en el mundo.

– Hola Videl...

Al verlo curarse mágicamente, tanto padre como hija, dejando de lado sus propias equivocaciones, se fundieron en un abrazo tan vigoroso que, incluso hoy en día, Videl lo percibía. No lo dijeron en aquel entonces, pero sabían que una vez que ambos recuperaran el aliento y las lágrimas se hayan secado de sus rostros, deberían tener una larga y sincera conversación donde confesarían todos sus crímenes.

– Discúlpala, Shapner. Últimamente anda muy distraída, ya sabes lo mucho que la ponen nerviosa las fiestas y reuniones…

Pestañeando, como si despertase de un largo sueño, Videl escuchó la voz de Ireza cerca de ella además de otra muy familiar. Girándose, viajando del pasado al presente, Videl dejó de mirar las caras en la fotografía ante ella, para observar, precisamente, a los propietarios de esas mismas caras frente a ella. El golpe psicológico fue brutal, por más que supiese que se reencontrarían no se sentía preparada.

Ireza, sin perder su sonrisa, le hacía gestos a Videl con sus cejas para que reaccionara y respondiera al saludo de Shapner. El cual, con una expresión sonriente y amistosa, esperaba pacientemente por la respuesta de su exnovia, quien, como un ciervo enceguecido por las luces de un auto, seguía parada inmóvil como si hubiera perdido la razón. Pero tomándoselo con humor, Shapner volvió a hablarle.

– Es un gusto verte de nuevo, Videl. Cuando te vi de espaldas no te reconocí con ese peinado; por lo demás, no has cambiado nada.

Mirando las muecas de Ireza, al fin saliendo de su asombro inicial, Videl extendió una mano para saludar a Shapner quien gustoso la aceptó. El corazón en su pecho latía tan fuerte que parecía querer estallar, ni siquiera cuando su vida corrió peligro ante las tropas de Van Zant hace quince años, llegó a sentirse tan nerviosa. Así pues, la otrora heroína se dispuso a pagar el precio que juró que pagaría llegada la hora.

Entretanto, a punto de abrir las puertas del gimnasio, un Gohan igual de ansioso que Videl se moría de ganas por volverla a ver.

Fin Capítulo Treinta y seis

Hola, muchas gracias por leer otro capítulo más. Sé que en el capítulo anterior dije que éste sería el último, no lo he olvidado, y en realidad, este sí era el último. Lo que sucedió fue que cuando llegué a escribir más de ochenta páginas, todavía faltándome más por narrar, me dije que era demasiada narración para leerla de una sola vez, por eso dividí el final en tres segmentos: esta es la primera parte.

Como esta primera parte ya estaba escrita y corregida, decidí publicarla de una vez mientras termino de preparar la segunda parte. Espero tenerla lista para su publicación en unas cuantas semanas, esa mitad también es muy larga y me tomará unos días corregir los errores ortográficos que encuentre al revisarla. Lamento muchísimo que el final se me alargara tanto, les juro que fue algo accidental y sin intención.

Antes de despedirme, les doy las gracias a Lei1990, Akane Mitsui, Kellz19 y a Lupis OrSa por sus comentarios en el capítulo anterior. Gracias por leer y hasta la próxima.