— Hey, Kou, ¿Puedes venir un seg...

— Lo siento, debo acompañar a Kominato a comprar.

Suspiro resignada mientras lo observo salir del aula. Como lo sospeché, me evitó al gual que las otras veces. Ya ha pasado una semana desde nuestro pequeño encuentro, y no he tenido oportunidad de hablar con el idiota de Kou porque se la ha pasado ignorándome. ¿Es que acaso se arrepintió? Comienzo a sentir un escozor en mis ojos, pero meneo la cabeza para guardar mis lágrimas.

Miro hacia atrás, donde están mis amigas que observaron toda la escena y yo niego con mi cabeza. Hacen una pequeña mueca y nos disponemos a almorzar. De reojo, veo por la ventana a Kikuchi-kun. Está riendo con sus amigos. Siempre está de buen humor y animado. A veces me gustaría ser más como él. Parece feliz todo el tiempo.

Él dirige una mirada hacia nuestra clase y nuestros ojos se encuentran. Su sonrisa se hace todavía más grande y me parece ver un pequeño rubor en sus mejillas. Les hace unas señas a sus amigos y se separa de ellos, ¿Se está acercando hacia aquí?

— Yoshioka-san, buenos días. Justo pasé por aquí y pensé en saludarte —. Dice pasando una mano por su cuello.

— Ah, Kikuchi-kun, buenos días, me alegro de que hayas venido — Le contesto sonriente.

Lo observo un segundo y él deposita su mirada en mi almuerzo:

— Wow Yoshioka-san, eso se ve muy rico, ¿Qué es? — Pregunta contemplando mi vianda.

Me rio y le comento que son onigiris.

— ¿Acaso los has hecho tú?

— Pues, a decir verdad sí, es lo único que me sale bien en la cocina. — Respondo encogiéndome de hombros.

Nunca tuve muchas habilidades para la cocina, mi madre intentó enseñarme un par de veces, pero es inútil. Siempre termino quemando la comida, por lo que decidimos que sería mejor que yo no sea la encargada de cocinar si queríamos evitar un incendio en mi casa. La única excepción son los onigiris. Es porque desde que era niña me encantan, así que le insistí a mi madre desde una temprana edad que me enseñara a cocinarlos. Llevó mucha práctica, pero ahora me salen deliciosos.

— ¿Te importa si pruebo uno? — Pregunta con timidez Kikuchi-kun.

— Para nada, adelante.

El chico toma los palitos chinos y prueba un onigiri. Pone los ojos en blanco y produce un gruñido de placer. Me pongo un poco roja, ya que no esperaba esa reacción, y Murao, a mi lado, ríe sigilosamente.

— Oye, de veras que está muy bueno — Me dice con los ojos muy abiertos — ¿Cómo es posible que solo seas buena haciendo onigiris en la cocina? — Insiste incrédulo.

— Es un misterio que a mí también me gustaría resolver — musito y rio.

Kikuchi suelta una carcajada y menea su cabeza. Me mira fijamente y no dice nada. Me remuevo en mi asiento un poco incómoda, mierda ¿De qué puedo hablar? Rápido, necesito pensar en un tema de conversación para que no siga este silencio incómodo.

...

¡¡Literalmente cualquier cosa!!

— Me gustan los perros. — suelto de repente.

Maldigo en voz baja, ¿Qué tiene que ver que me gusten los perros con la conversación que veníamos teniendo? Estamos en una escuela, ¡Ni siquiera hay perros aquí!

— Oh, pues, me alegro... supongo— Masculla Kikuchi-kun confundido por mi inesperado comentario.

A mi lado veo a Murao que apoya su frente en la palma de su mano al haber sido una espectadora de mi ridiculez. Me ruborizo e intento arreglarlo:

— Sí, es que en el camino hacia aquí me encontré con uno callejero y me acordé de él.

— ¿De veras? Si te gusta mucho tal vez podrías quedártelo. — Sugiere el pelirrojo encogiéndose de hombros.

— Ja, ojalá fuera tan fácil, mi madre no quiere uno en casa. Dice que es mucho trabajo y no quiere ensuciar la ropa de pelos. — contesto deprimida — Ya sabes cómo es — pongo los ojos en blanco y muevo mi mano hacia atrás restándole importancia.

Aunque era mentira eso de que me encontré a un perro en la calle en el camino a la escuela de hoy, es verdad que adoro a los perros. Desde que tengo memoria le he estado insistiendo a mi familia para adoptar uno, pero siempre que saco ese tema la conversación termina con un rotundo no.

— Pues, ahora que lo recuerdo, tengo un amigo que tiene un tío que trabaja en un refugio de perros. Estoy seguro que si le pido me dejará ir a visitarlos. Podrías venir conmigo algún día, si quieres. — Propone el chico en frente mío.

Abro bien grandes los ojos:

— ¿De verdad? ¡Me encantaría hacer eso alguna vez, si no es molestia!— exclamo emocionada.

— Claro que no es molestia, bueno, avisame cuando te viene bien y yo arreglo todo. Tú déjalo en mis manos. — Responde Kikuchi con una sonrisa radiante y las mejillas sonrojadas.

Asiento frenéticamente y suena el timbre. Miro por reflejo hacia la puerta y me encuentro con un Kou... ¿Molesto? Está mirando hacia aquí. ¿Cuál es su problema? Antes me ignoraba, ahora parece que no me puede sacar sus ojos de encima.

En el momento en que cruzamos miradas, ninguno de los dos la aparta. Tiene un semblante serio y deprimente.

— Bueno, creo que ya es hora de irme a mi clase, ¡Nos vemos mañana! — Las palabras de Kikuchi-kun logran que corte la guerra de miradas entre Kou y yo.

Murmuro una despedida y vuelvo a observar a Kou... que está con su celular. Sus dedos se mueven a lo largo de la pantalla. Es obvio que está chateando.

Unos celos terribles me invaden, porque sé que se trata de Narumi. Es más o menos con la única persona que se escribe. De alguna forma, eso hace que sea aún peor. Siento que si hablara por teléfono con más personas le restaría importancia. Gruño al imaginar qué le estará diciendo y mi todo mi buen humor se desvanece en cuestión de segundos. Eso me enoja todavía más, así que saco mis apuntes y me concentro nada más que en la clase. No miré a Kou ni una sola vez desde ese momento hasta que terminó el día escolar.

— ¡Mamá! ¡Llegué! — grito cuando abro la puerta.

— ¡Muy bien, cielo! En un momento está la comida.

Me apresuro a cambiarme en cuanto llego a mi cuarto. Hace calor, así que elijo un pijama de un conjunto de una remera lila suelta con unos shorts violetas. Antes de ir a ayudar a poner la mesa no olvido guardar mis pantuflas de conejo que había dejado tiradas.

Mientras camino a la cocina comienzo a sentir un olor exquisito.

— Mm, ¿Qué vamos a comer que tiene tan rico olor? — le pregunto a mi madre luego de abrazarla por detrás y depositar un beso en su mejilla en forma de saludo.

Ella ríe y me despeina un poco el cabello.

— Bueno, hoy me ha apetecido comer ramen — informa de camino a lavarse las manos —¿Qué te parece?

— Es genial mamá, iré poniendo los cubiertos y eso.

Después de poner la mesa y esperar a la llegada de mi padre, por fin nos sentamos a comer. Aunque, me es algo difícil concentrarme en la comida. Sigo pensando en él y en sus estúpidos mensajes.

Sin darme cuenta me quedo revolviendo el postre perdida en mis pensamientos. Se ve que mi padre lo nota porque pregunta:

— ¿Estás bien, cariño? Pareces un poco distraída.

Parpadeo unos segundos, volviendo a la realidad, y pongo la mejor de mis sonrisas:

— Sí, disculpen, estoy un poco estresada con los estudios, pero soy sólo yo siendo exagerada — Suelto rezando porque me crean.

Noto cómo mis padres se miran entre sí, como si se dijeran algo por sus miradas, sin necesidad de palabras, y me doy cuenta de que no se lo tragaron. Maldigo para mí misma, y de a poco voy empujando la silla hacia atrás para salir de allí más disimuladamente.

Pero como tengo mala suerte de nacimiento, sin querer empujo con fuerza de más haciendo que me caiga hacia atrás con la silla.

— ¡Futaba! ¿Hija, estás bien? — exclaman ambos de mis padres corriendo a levantarme.

Dejo que me ayuden y me sacudo para limpiar la suciedad. Avergonzada miro hacia abajo y digo:

— Sí, em, creo que lo mejor será irme a la cama. Estoy agotada. — musito mientras me dirijo a mi cuarto.

Cierro la puerta y me apoyo contra ella. Suspiro y lentamente me dejo caer hasta sentarme en el piso. Me doy una bofetada mentalmente. Tengo que ponerle un fin a esto, la incertidumbre me está matando.

De repente me levanto y mi cuerpo actúa por sí solo. Me pongo un buzo arriba de mi pijama con el corazón palpitando inmensamente fuerte, y busco zapatillas para salir. Mientras me ato los cordones noto que mis manos tiemblan y paro un momento para respirar apropiadamente y cierro los ojos y cuento: 1...2...3...4... Mis esfuerzos por relajarme son en vano, por lo que me aguanto mis nervios y les aviso a mis padres que salgo por un momento y que regresaré antes de que lo noten.

— ¿A dónde vas Futaba? — Pregunta mi madre consternada poniendo una mano en su pecho.

— Tengo que ver a... un amigo.

Abro la puerta y salgo a toda velocidad hacia la casa de Kou. Necesito verlo. Necesito decirle que me gusta.