Su señorita, debut.

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"Oh cariño, cariño,

Oh, las lucen vuelven a encenderse.

Mirando, observando,

Mientras los créditos continúan.

Llorando, destrozándonos,

Sabes que estamos actuando en casa llena.

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No hay héroes, ni villanos, nadie a quien culpar

Mientras el escenario se llena de rosas marchitas

Y la emoción, la emoción se ha ido.

Nuestro debut fue una obra maestra,

Pero al final, para ti y para mí,

El espectáculo ya no puede continuar".

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Stole the Show – Kygo ft. Parson James*

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Mientras la observaba, como cada noche desde hacía algunas semanas, dormir, dormir de aquella forma, tan tranquila, tan pacífica. Pese a todo lo que había pasado, ella seguía ahí, contra todo pronóstico, sin pesadillas, sin llanto ni actuaciones, durmiendo tranquila como si fuera un ángel, viva.

Y él estaba ahí, observándola, como si sólo aquella figura delicada y frágil tuviera importancia.

Incluso mientras sostenía aquel objeto tan poderoso entre sus manos, el viejo cuaderno negro que tan terribles secretos guardaba ¿Por qué siquiera se había atrevido a conservar tal objeto?

¿Por qué se tomaba el cinismo de sostener esa cosa justo frente a su señorita?

La respuesta era tan simple que le hacía rabiar.

Era de ella…

¿Cuál era el punto de estar ahí?

¿Tenía el más mínimo sentido lo que estaba por hacer…?

Observó una vez más, la pálida tez de la mujer que dormía frente a él, apreciando en silencio la belleza terrible que poseía, anhelando entre si el poder observar el color imposible de aquellos ojos que sin duda le perseguirían por la eternidad.

Era en esos momentos en que se veía a sí mismo como un loco, se encontraba terriblemente necesitado de despertarla, de enredarse con ella entre las sábanas hasta estar por completo saciado, pero no, aunque era un desgraciado demonio sin ni una pizca de clemencia en su ser, era alguien que mantenía su palabra. Le había prometido a ese bastardo de Riddle que de verdad protegería a su señorita, que no le haría más daño del que ya iba a hacerle.

Mentiroso bastardo…

¿Y entonces por qué lo hacía?

Observó la fina caligrafía, los trazos delicados sobre el papel, era la primera vez que observaba aquellas letras en manos de Lilian, no sabía que le gustase el escribir. Era tal vez la única cosa que su obstinada señorita compartía con ella, pero aquello era incomparable, su señorita emanaba letras con cada pizca de su alma.

Le seguía pareciendo ilógico que alguien como ella lo estuviese dando todo por algo tan efímero, por algo tan autodestructivo. Comprendía sus razones, comprendía que debido a su propia naturaleza ella sacrificaría todo con tal de salvar a alguien, independientemente de si resultaba alguien amado.

Esa era la otra terrible similitud…

¿Qué no había dado el joven Conde en vida por vengar el honroso nombre de los seres amados…?

¿Qué no había dado la frágil figura de la tormentosa Lilian por mantener a su vástago a salvo...?

Y luego estaba ella, la mujer que se había apoderado de él, de un demonio ¿Hasta dónde no había llegado el auto sacrificio de esta pequeña mujer por lo ajeno, por lo amado?

Tenía que responder a sus preguntas.

Tenía que terminar lo que hace veinticuatro años él y Lilian habían comenzado, lo que hace más de cien años Ciel Phantomhive había forjado, lo que hasta ahora le mantenía condenado.

Y el primer paso estaba ahí, entre sus manos, entre las palabras y las oraciones poco coherentes. No había belleza en el acto cometido, había desesperación y emoción desbordada, no era la misma sensación plasmada en las páginas del diario, no era ni remotamente parecido al embriagante encanto dentro de las letras de su señorita y descubrir ese detalle lo había hecho relajarse, incluso sonreír, evocando la imagen de su distraída señorita en una típica tarde de "trabajo".

Toda concentración, con las gafas de montura puestas, que provocaban el curioso efecto donde sus ojos terribles parecían ser un poco más pequeños, con un toque gris mucho más marcado; toda ella, relajada, con un improvisado moño de donde escapaban mechones de cabello sin ningún cuidado, arrugando la respingada nariz ante algún error. De pronto, soltaba un gruñido, un suspiro fatigado y arrastrado se arrancaba las gafas de un movimiento para arrojarlas distraídamente sobre la superficie del escritorio desordenado, se masajeaba las sienes con ambas manos y se estiraba, pareciendo un gatito, dejándose caer contra el respaldo de la silla y estirando ambos brazos hasta arrojar un mínimo e imperceptible crujido de los huesos de su espalda. Se quedaba ahí, en el pequeño momento de relajación absoluta, con los ojos cerrados y respirando profundamente, era como ver a un gatito, dormitando brevemente antes de volver a contemplar con asombro su entorno, ella hacía lo mismo, luego de la última exhalación profunda volvía a abrir los ojos, sin regresar a su trabajo y por unos breves minutos ella hablaba, clara y concisa, buscando sin reserva alguna algo que le ayudara a producir una buena idea para regresar a su libro, sondeaba con breves e inofensivas preguntas al demonio y él, como el maravilloso asistente que era siempre encontraba diálogos lo suficientemente entretenidos para complacer a la voraz escritora.

Buscó entre las páginas, omitiendo sin inmutarse los pormenores de la Lilian de hacía años, borrando la agradable imagen de su señorita siendo ella misma, y volviendo al frío presente, a la noche muda donde la distancia labrada como un agujero negro, un objeto que lo succionaba todo, que lo arrancaba de raíz y jamás podría volver.

Quería rememorarlo una vez más, pensar en el momento exacto en que las cosas fracasaron para él y el por qué real de porque, precisamente, ella tenía que ser su señorita, que no había sido sólo una coincidencia fatal, debía de haber algo más, algo mucho más profundo, mucho más abominable que un montón de factores lanzados al azar.

Encontrar la página exacta no fue difícil y repasó una vez más la visión de su señorita en la cama, profundamente dormida, arrojó un quejido entre sueños y se giró en búsqueda de una posición más cómoda, quedó boca abajo, hombros y espalda descubierta y se permitió apreciar su piel nacarada un segundo antes de volver a arroparla a la perfección, los gruesos cobertores eran lo suficientemente cálidos para evitar que ella, humana, pasara frío alguno.

Se quedó ahí, sentado en el costado de la cama y decidió que leería rápido la página que necesitaba y volvería a la cama, fingiría con una sonrisa invisible, una llamada importante a media madrugada para tener un pretexto valido para despertarla y desahogar el abrumador deseo entre su carne blanda, su pelo perfumado.

"6 de Enero de 1989*

Decidí retomar las lecciones de piano, con una nueva vida y una nueva identidad estoy convencida de que nadie podrá encontrarme, tengo la suerte de que mi imagen siguiera protegida y lejos de la prensa, y con un poco de esa misma suerte nadie me ha descubierto.

Ser Lilian Carson podrá significar estar lejos de mi hermano, de mi abuelo, pero te tengo a ti, los tengo a ambos y no hay nada que me haga más feliz que esto.

Como decía, decidí retomar las lecciones de piano, comencé la semana pasada y hoy… no sé cómo explicarlo, no entiendo realmente lo que pasó… yo…

¿Alguna vez —en un futuro, porque espero leas esto cuando seas la brillante jovencita que estoy segura que serás—, has llegado a sentir como que conoces a alguien que nunca antes habías visto?

Hoy me ocurrió algo parecido, practicaba en la sala de conciertos del teatro, deberías de conocerlo alguna vez, es uno de los lugares más preciosos que he conocido estando en América; en realidad me había colado a la sal de conciertos. Moría de ganas por probar el precioso piano de cola, las brillantes teclas de marfil, el olor de la madera añejada y la comodidad del banquillo con su cojín de terciopelo rojo.

Tocarlo fue como tomar un fragmento de casa, de mamá, del instructor de piano que amable pero severo me había presentado el instrumento que hasta antes de saber de ti conformaba mi felicidad absoluta.

Quiero decir, regresando a lo que dije antes; improvisaba en el piano de la sala de conciertos del teatro, me sentía más viva que nunca y a la vez nunca había extrañado ni añorado tanto el volver a Inglaterra, el volver a ver la sonrisa de mi madre, escuchar la risa de papá y sentir un abrazo de Evan, sentir el olor de mi abuelo. No voy a negarlo, realmente me sentí destrozada en ese momento.

Esperaba que tocando, que dejándolo salir a través del piano el dolor cesara, que el saber que te tendría sería suficiente para acallar mi pena, que el amor de Demian podría ser más que suficiente.

Pero en ese momento, sola en la sala de conciertos me sentí por completo miserable, por completo abandonada. Era una tristeza que se había estancado en mi pecho, acabando con todo, destruyéndolo todo, parecía ser mucho más fuerte que yo misma.

Algo tan poderoso, tan extraño…

A veces cuando toco es como abandonarme por completo, abandonar por completo el mundo exterior, sólo es la música y yo, sólo existe eso, el instrumento, el sonido.

En ese instante cerré los ojos, en completa confianza, por completo segura de que no había ni un alma más que yo dentro del teatro y me entregué por completo a mi pasión.

Espero alguna vez lo experimentes.

Espero que alguna vez encuentres algo que te haga sentir viva, que te haga encontrarle un pleno sentido a la vida, como que todo vale la pena sin importar lo difíciles que se puedan tornar las cosas. Espero para ti, vida mía, que algún día encuentres tu pasión en esta vida, algo que te haga vibrar desde dentro, algo que alimente tu alma y te provoque este cúmulo de sensaciones, esta euforia, esta descarga de paz, de realización.

Para mi es el piano ¿Pero, qué será para ti?

Sé que tal vez, estoy desviándome mucho del tema, del motivo que me hace escribirte, pero me gustaría aclarar esto, como una promesa tacita entre nosotras.

Lucha por lo que amas Samantha, no dejes que nadie te imponga algo ni te aleje de aquello que te haga sentir viva, tienes la capacidad de elegir qué quieres hacer con tu vida, la capacidad de encontrar y seguir el camino que te provoque amar locamente el vivir en este mundo.

Tienes toda una vida para encontrarlo, para luchar por ello y conseguirlo.

Regreso a lo que te decía, a la primera interrogante.

¿Has conocido a alguien, alguien a quien nunca antes has visto pero sientes como si no fuese la primera vez en que lo conoces?

No sé si estoy explicándome, amor mío; tampoco entiendo del todo esta sensación.

Cuando terminé mi improvisación, exhausta, me limpié las lágrimas, estaba agitada y quería volver a casa. Me levanté del banquillo, y no supe si sentirme aterrorizada cuando el sonido de aplausos retumbó a mis espaldas.

Creo que jamás me había sentido tan avergonzada en mi vida, temía encontrarme con la cara del instructor del conservatorio y un regaño monumental por estar ahí.

Pero, al voltearme no era el viejo instructor con el bigotillo recortado y oscuro. No, era un muchacho, tal vez no deba catalogarlo como muchacho, sin duda mucho mayor que yo, debería de ser un joven en apariencia de la edad de mi hermano mayor, tal vez 25, tal vez menos. No lo sé, pero, aunque puedo asegurar que he conocido a muchas personas hermosas en Inglaterra, demasiados gallardos pretendientes que traían costosos obsequios de boutiques en Londres y los inolvidables niñitos Italianos de mejillas regordetas y rosadas que parecen querubines durante viajes a Sicilia o Venecia en vacaciones con mis padres, la revelación de este individuo que conocí en el teatro sigue causando ese montón de reacciones tontas en mí.

Era el chico más apuesto que he conocido alguna vez, sé que soy una ilusa chica perdidamente enamorada de tu padre, Demian Carson, y eso nunca cambiará, estoy segura, pero mentiría horriblemente si te dijera que esta persona no es incluso más atractiva que tu padre.

Puedo describírtelo, espero que te hagas una idea de cómo es que luce este hombre, debo de comenzar por su cabello, largos mechones de un negro profundo, nocturno, piel pálida, en realidad demasiado pálida. Quisiera describir a detalle, su nariz recta, los marcados pómulos, la angulosa barbilla y los finos labios, pero hay algo que resalta indudablemente en la composición de su rostro, algo que lo distingue de cualquier otra persona que alguna vez pueda conocer.

Así como la peculiaridad que me arrebata el aliento en tu padre, sus ojos, de un color que realmente toma tiempo descubrir, en esta gama de gélidas tonalidades de azul claro, el gris, aguamarina, un sutil verdor.

Así como en él, como en Demian; este individuo posee unos ojos que sólo en sueños podrías concebir posibles.

¿Será verdad el color de sus ojos?

¿No será esta otra confusa idea que me he imaginado?

Pero la fuerza de su mirada, la poderosa corriente que recorrió mi cuerpo ante su gesto, ante sus ojos atentos y severos, me da la certeza suficiente para entender que no es un sueño.

Y sin embargo, sus ojos también son una oleada de pánico que inexplicable comencé a sentir conforme pasaban los segundos a su lado.

Me recuerda el par de luces en mis pesadillas, la inquietante presencia que me persigue en sueños mientras miro la mansión de mi infancia prendida en llamas.

No entiendo cómo es que un extraño consigue provocar tantas sensaciones tan distintas dentro de mí, no sé si temerle a él o a esta gama de sentimientos encontrados que me provoca su imagen, sus ojos, rojo escarlata".

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..

— ¿Carson?

Salté aterrorizada dejando caer la pila de papeles que sostenía y dispersándolos lejos de la máquina de copias, giré lentamente intentando calmarme.

Claude Faustus curvó los labios en una sonrisa divertida, acercándose y acorralándome contra la fotocopiadora.

— ¿Si…?—, pregunté, intentando sonar como una persona profesional y seria, sin pesadillas extrañas, pero me era imposible al mirar los brillantes y penetrantes ojos dorados de Claude Faustus a unos cuantos centímetros de distancia, mirándome de esa forma, como si yo fuera un jodido oso en un monociclo.

—Es un milagro verla aquí, sola y sin sus infames abogados…—, masculla como si mi presencia en realidad le molestara cuando parece deleitarse de tenerme por completo a su merced.

— ¿Alguna vez le han comentado lo intimidante que resulta?—, Claude sonríe, no es esa sonrisa siniestra de psicópata en ciernes, no, es una sonrisa discreta que parece normal y aunque no quiera libero un poco de la tensión acumulada por su cercanía.

Se aleja de mi con lentitud y pronto me encuentro de rodillas en el suelo tratando de acomodar el desastre de hojas, Claude hace lo propio, importándole un bledo ensuciarse los pantalones de su traje y me ayuda en mi torpe tarea.

— ¿No tiene copiadora en casa, Carson?—, se burla y lo fulmino con la mirada.

—Supongo que hay costumbres que tardan en desaparecer—, digo entre dientes, tras todo el estrés de las últimas semanas la editorial resultaba ser mi pequeño oasis en mitad del desierto, pero viéndolo mejor es el infierno mismo.

—¿Carson?—, reacciono ante la quinta mención de mi nombre, y para mi mala suerte Claude está demasiado cerca, con su olor intoxicante y una mueca que se asemeja a la de una madre preocupada. Quiero reírme de los puros nervios pero no consigo mover ni un pelo.

—He conocido a escritores muy dispersos y distraídos, los de su especie son así, pero Carson, es la primera vez que la veo a usted así… siempre me pareció del tipo calmado, usted siempre ha sido muy fría...

—Le importa un rábano, en realidad—, espeto pero mi voz tiembla y toda yo soy un trozo de gelatina, ver la sonrisa ladina del que en algún momento fue mi jefe no hace nada más que disparar mis nervios a un nivel que creía imposible.

Me levanto de un salto, con mi desastroso cúmulo de hojas arrugadas y me limpio el polvo de la falda negra y entallada.

El horripilante Claude Faustus no se pierde ni uno sólo de mis movimientos y antes de entregarme la otra parte de hojas que él ha recogido se atreve a revisarlas, lo veo sonreír con una sonrisa que sin duda pondría a suspirar a cualquier persona común, pero estoy tan nerviosa que termino contagiada por su sonrisa deslumbrante.

—Creí que se había retirado de esto, su tío y sus abogados fueron muy claros respecto a eso… ¿Pero usted siempre le lleva la contra a los demás, no Carson?—, estoy demasiado abochornada frente a este sujeto salido de mis pesadillas.

Debo de verme como un tomate con patas.

— ¿Costumbres que tardan en desaparecer?—, se burla antes de entregarme las hojas y lo acomodo todo a la velocidad de la luz.

Quiero salir corriendo, pero soy demasiado torpe, aún no domino el fino arte de usar tacones (sarcasmo ¡demasiado sarcasmo!), me tambaleo más revuelta a como llegué y pongo mi montón de copias sobre la caja de archivo donde he apilado todos los cachivaches de mi antigua oficina. Estoy a un paso de abandonar la sala de fotocopiado cuando nuevamente el infeliz de Faustus se atraviesa en mi camino.

—Claude, en realidad tengo mucha prisa…—, mando el diablo la barrera de la formalidad entre nosotros y veo que es el peor error que he podido cometer.

Claude Faustus se inclina hacia mí con el rostro exánime y un par de mechones cayéndolo sobre la frente, me acorrala contra la puerta, el escalofrío que recorre mi espalda, las alarmas se encienden y aúllan como locas en mi mente. Debo de escapar, conozco bien esta sensación, el peligro latente, la adrenalina y el eco de la muerte arañándome.

Evadir el pensamiento es imposible y no me contengo ni un poco cuando el temblor en mis piernas se extiende y se vuelve mucho más notorio, el terror acumulándose en mi pecho y las lágrimas empujando en la parte posterior de mi garganta, contenidas y aprisionando un grito de puro horror.

No…

—Suéltame—, digo con voz estrangulada, trato de mantenerme distante, alejar de mi cabeza las escenas de esa noche. Y por primera vez, la suerte me sonríe y Claude relaja su expresión, se aleja de mí, como repelido ante el sonido de mi voz.

El silencio que precede a mi pequeño ataque de pánico es lo suficiente como para calmarme, respiro hondo un par de veces y decido repetir una vez más el discurso que di ante las cámaras hace una semana, me repito que debo de mantener mi sonrisa por más difícil que me resulte el actuar como una mujer enferma de amor y que mi fingida sorpresa ante la actuación de Sebastián sea tan real a cómo debería de ser.

Que parezca que en verdad estamos locos el uno por el otro y no que todo es un patético intento de cuento que no tiene manera alguna de terminar bien.

—Lo siento… ¿Estas bien…?—, no puedo apartar la vista de sus manos, grandes y pálidas, que se posan en las mías, lejos de lo que esperaba sus manos son cálidas e impecables, tiene las uñas bien cuidadas y no son negras.

Me aferro a ese detalle, a que sus manos tocándome no se parecen en nada a las manos de las alimañas de aquella noche, que son humanas y normales y cuando sus manos recorren mi rostro, me limpian el sudor de la frente y se aferran a mis mejillas quiero suponer que en realidad Claude Faustus está muy lejos de la lista de sospechosos, que no tiene nada que ver con el recuerdo de Susan ni la pila de cadáveres que se exhiben en el tablero de mi estudio. Que es exacto lo que pretende ser, el dueño de la casa editorial Blackwood, editor en jefe, el sujeto que supo captar a la perfección la esencia de mi libro a través de una fotografía.

Y no sé qué creer ante la expresión de su rostro, luce tan humano para mí, luce como un hombre común y corriente, puedo dejar de querer golpearme a mí misma y reconocer lo atractivo que es, lo bueno que sería que fuera tan humano y mortal como yo, un tipo que entiende y ama mi trabajo, tendríamos mucho en común, apuesto a que tendríamos el mismo gusto en libros… y tal vez el mismo gusto en arquitectura y el diseño a por cómo es su oficina, moderno pero a la vez con un toque clásico, minimalista pero no buscando la perfección, si no la practicidad. Me atrevo a imaginarme que tendríamos muchas cosas en común y que incluso podría ser un buen amigo…

Pero entre más tiempo paso mirándole de cerca, ese algo innegable en sus ojos se vuelve cada vez más notorio, más escandaloso. Si él fuera alguien tan frágil y efímero como yo no tendría esa mirada, la misma que he visto en Sebastián cuando cree que no estoy viéndolo. Una mirada que carga un dolor desgarrador, una pena sin nombre, es esa mirada que refleja el peso de miles de años sobre sus hombros. Y al menos en Claude Faustus este silencioso gesto es devastador.

—Algo nerviosa, debería de estar en otro lugar… sólo quería recoger las cosas que dejé en la oficina, ya sabes, aprovechar el tiempo… y no pude evitarlo…—, consigo decir y le ofrezco la sonrisa falsa que he practicado ante el espejo cada día desde que Lance volvió a casa.

Sé que no se traga mi sonrisa, me inquieta que sea capaz de notarlo cuando nadie antes había titubeado ante mi ensayada sonrisa.

Pero como no agrega más me doy media vuelta, aferrándome a la caja donde llevo mis cosas e incluso él abre la puerta para mí, respiro profundo dispuesta a escapar, veo las puertas abiertas del ascensor acercándome conforme me marcho y mi anhelado escape está a pocos minutos de mí.

— ¿Sabe por qué me gustan tanto los libros Carson…?—, su voz a mis espaldas me detiene, conozco el tono afectuoso en su voz, me recuerda a la última vez que charlé con él por teléfono antes de que la demanda por mis derechos de autor llegara a las puertas de la editorial, lo emocionado y orgulloso que se sentía porque la portada de mi libro estuviese lista.

—Los buenos libros, los buenos escritores, Carson; tienen esa capacidad de develar un poco de sí mismos en el papel… de imprimir pedazos de su alma en cada página. Los escritores son peligrosos Carson ¿No lo ha escuchado…? Son la especie más letal de todas, tienen la capacidad de enamorar a otros con sólo palabras…de robarle el corazón a alguien sin siquiera verle a la cara…—, su monologo resulta doloroso, me desarma por completo.

Las puertas del elevador se cierran a centímetros de mi rostro, estoy plantada sobre el pasillo principal de la sala del departamento de diseño de la editorial y me aferro fuertemente a la caja que llevo en las manos.

—Por cierto Carson—, agrega con un carraspeo y lo veo a mi lado presionando el botón para llamar el ascensor—, ya que no puedo pedirle que se arrepienta y regrese a lo suyo, pero me gustaría pedirle que hiciera recapacitar a la señorita Sammuels, no quiero perder a la editora mejor capacitada de mi editorial…—, suspira y no puedo evitar seguirlo cuando las puertas del elevador se abren y él entra.

De pronto, pese a todo, me importa un rábano el estar junto a este sujeto en el cubo del ascensor que resulta ser tan pequeño y asfixiante. No, ha mencionado a Jessica y mi curiosidad es más grande que mi sentido común, como siempre.

— ¿Jessica renunció?—, le interrogo y no me gusta nada la sorpresa en la cara de Claude.

— ¿No lo sabía? Presentó su renuncia el mismo día en que su demanda por derechos de autor llegó a mi oficina…—, suena tan serio y desconcertado, no puedo evitar morderme el labio—. Tenía entendido que ustedes eran muy cercanas, pensé que habían decidido irse juntas…

—No lo sabía—, me limito a responder porque aunque técnicamente yo despedí a Jessica, la despedí como mi representante no la corrí de la editorial…

Mierda.

Me gustaría que le diera esto por mí—, lo veo colocar una tarjeta de presentación en la caja con mis cosas y antes de que pueda replicar el ascensor abre sus puertas y Claude se va.

.

..

Apenas llego a casa, la pila de cosas que llevo en los brazos termina en el suelo, la caja de archivo apenas ha resistido el viaje y el montón de paquetes que son la correspondencia de hoy termina disperso por el suelo de la entrada. Me quito los zapatos, harta y adolorida, aprovecho para relajarme un poco, desabrochar los primeros botones de mi blusa y desfajarme, quiero incluso quitarme las medias, pero aún no estoy del todo segura si al fin la aterradora Simone se ha largado, casi puedo escuchar el eco de su voz regañándome por mis modales tan desenfadados. Puedo escucharla repetir que en realidad soy una cavernícola y que pese a mi presuntuoso intelecto básicamente fui criada por salvajes.

Tomo la correspondencia, decidiendo que dejaré las cosas de mi vieja oficina para después, la casa esta fría, pese a que el auto de Sebastián está en el garaje, siempre tengo que recordarle que encienda la calefacción y el muy idiota emprende su rutina de ser encantador y distraerme con la única cosa que hacemos además de fingir ante alguna presumida reportera del programa de chismes en turno.

No parece haber nadie en la estancia y con molestia descubro que el itinerario de la desagradable Simone sigue en la mesa del comedor, su agenda está ahí y su teléfono sigue cargándose en la barra de la cocina, seguro se ha ido a darse un tratamiento de belleza porque su insufrible ego y vanidad son más grandes que las asquerosas ensaladas de espinaca y carne falsa.

Tomo su itinerario, una carpeta llenas de hojas con los por menores de las últimas semanas, es aterrador, como el diario de un psicópata y todo está ahí sin omitir detalle alguno. Con fotografías y todo, lo reviso, porque es más grande mi curiosidad que el miedo a que el diablo personificado, rubio y maquillado me encuentre husmeando.

Lo primero en la carpeta son sus críticas respecto a mí, la palabra incompetente y distraída es el resumen de la primera semana; sin modales en la mesa, orgullosa y arrogante, niña, hay un insulto en francés que no quiero traducir y en letras mayúsculas resalta que soy una sabelotodo.

Lo siguiente es el programa de la primera entrevista que el demonio y yo dimos, recuerdo a la entrevistadora con recelo, otra rubia plástica con fijador de cabello en lugar de sesos, sus preguntas habían sido de lo peor, demasiado chismosa y muy mal preparada había babeado por Sebastián durante toda la hora en que duró la entrevista y sus preguntas eran demasiado personales, llena de insinuaciones y mediocres coqueteos nos había obligado a contarle los detalles más íntimos y picantes de nuestra relación. Aquella vez había querido morirme de la vergüenza, en un programa en vivo que fue de lo más inapropiado (palabras de la propia Simone), la presentadora al final había sido apaleada por el papel que el demonio y yo desempeñamos.

Sebastián Michaelis todo insolencia y seducción, había hablado casi todo el programa, y aunque frente a las cámaras correspondí a sus bromas y su actuación de estar loco de amor por mí, en mi interior quería escapar y ahorcarme en la comodidad de mi propio baño, usando papel higiénico como el arma del delito.

Lo siguiente era un fragmento del Times, una columna que hablaba acerca de las declaraciones que tuve que dar en una conferencia de prensa al día siguiente de esa horrible entrevista. Frente a un montón de periodistas, a menos de una semana desde que Lance se había ido; declaré que me retiraba del mundo de los libros, dejaría de ser escritora para tomar mis responsabilidades como miembro de la influyente familia a la que pertenecía, y para ser la embajadora de la fundación Funtom.

El resto de las cosas dentro del itinerario de Simone eran un poco más de lo mismo, más entrevistas para programas de televisión, de radio y artículos para revistas y periódicos.

Lo más relevante de estas eran aquellas en las que aparecía con Sebastián, el demonio había tomado con humor el ser una figura pública y más que nunca me había planteado el vender su imagen para mi beneficio, pero la aterradora Simone y el propio Evan habían visto con malos ojos el carisma de mi antiguo asistente, aun así resultaba de gran ayuda para mí, la tímida y ermitaña escritora que había evitado en la medida de lo posible a los medios, era muy mala para hablar en público, me ponía demasiado nerviosa y solía olvidar con frecuencia las líneas de aquellos programas en donde había un guion. Por suerte el endemoniado Sebastián Michaelis, sin perder su papel del novio perfecto y arrebatador; estaba a mi lado y me susurraba discreto aquello que se me llegaba a olvidar o cuando una pregunta difícil era lanzada en mi dirección, por preguntas complicadas entendamos todas aquellas que hablaban de Lilian o buscaban información de mi relación con el desaparecido Richard Daniels.

Lo cierto es que, pese a la situación la presencia constante de Sebastián en estos eventos me relajaba, me sentía mucho más cómoda con él a mi lado, aun cuando él actuaba y se portaba cariñoso y coqueto frente a las cámaras, su actitud pese a que era una farsa y en ocasiones resultaba doloroso para mí el tener que corresponderle con la misma efusividad, sólo conseguía que siguiera hundiéndome cada vez más profundo, lo que sentía por él había decidido nutrirse de la farsa de relación que sosteníamos ante el resto del mundo, de las noches llenas de sus besos hambrientos y la furia de nuestros encuentros nocturnos. Por más que me esforzara cada día en alejar esos sentimientos, bastaba con un gesto, una mirada furtiva, algo que pareciera autentico entre las mentiras de cada día para que esa chispa se convirtiera en un incendio.

Me sentía en caída libre, no sabía cuándo ni cómo, pero tenía bien claro que cuando la caída terminara sería mortal para mí. En el sentido más literal de la palabra.

Otra cuestión relevante, plasmada en la agenda de Simone había sido el gran acontecimiento de hacía do semanas. El furor de los medios por mí y por Sebastián había comenzado a menguar, una vez aclaradas todas las publicaciones y filtraciones sobre nosotros, el interés se mantenía distante y al parecer de la perfeccionista Simone necesitábamos llamar un poco más la atención por más tiempo si quería hacer bien mi trabajo.

Había dicho "No basta con que parezcan una pareja bonita y tal, necesitan también ser una pareja real y sólida", pero ¿Cómo? "Sencillo, matrimonio".

No, no nos habíamos casado en una perfecta boda de mentira. Pero la propuesta se había llevado acabo.

La última aparición que tuvimos en un programa de televisión fue como invitados a un programa un sábado por la noche, el presentador era un afable actor retirado que a diferencia de sus predecesores había sido amable y divertido. Nos había hecho participar en un montón de retos, como juegos tontos de adivinar cosas sobre el otro, un concurso por quién de los dos era el mejor decorador de pasteles, incluso había hecho a Sebastián gastar una broma telefónica pretendiendo ser un trabajador de una línea caliente.

Frente a las cámaras había hecho a la perfección su trabajo, con voz seductora había convencido a la mujer del otro lado de la línea que debía pagarle la ridícula cantidad 500 dólares por minuto, la broma no había salido como el conductor lo había planeado, pero había sido divertido. Al menos para mí, que no paré de reírme ante cada barbaridad que Sebastián decía por teléfono. Si alguien supiera que esa era la misma voz que usaba para suplicarle a la peluda Sue que le dejara acariciarla la cosa hubiera sido muy distinta.

Al final, mientras el conductor decidía hacernos una mini entrevista, Sebastián, como si fuera un gesto espontáneo y no un frío y bien calculado acto, se puso de rodillas, interrumpiendo a la mitad de una pregunta al conductor. Y ante un foro repleto y una docena de cámaras había hecho la gran pregunta.

Como si en realidad fuera el caballeroso y romántico ser humano que pretendía ser en público, dio un conmovedor discurso sobre sus apasionados sentimientos hacia mí, jurándome amor eterno y un montón de cursilerías en un monologo que yo misma había escrito la noche anterior en el estudio siendo supervisada por Simone. Lo que supone pondría a cualquier novia a llorar de felicidad, a mí me había causado náuseas y un extraño escozor en la garganta, comprendí días después que aunque mis lágrimas de felicidad eran una actuación habían sido un poco reales, pero no lloraba de dicha ante la propuesta, lloraba porque sabía que, al llegar a casa, todo lo que obtendría sería un revolcón sin propósito, y una muerte patética.

Entre mi memorable actuación de novia llorona, había dicho que si, a como estipulaba el frívolo libreto que había redactado la noche anterior. El demonio había colocado la flamante sortija en mi dedo y luego, ante un público eufórico, habíamos complacido a la audiencia con un beso quizá demasiado subido de tono.

Esa noche, había decido estar furiosa y ofendida sin razón alguna, había tomado mi pijama y me encerré en el estudio la noche entera. Aunque quería llorar y lamentarme no hice ninguna de las dos, y aprovechando el drama y todo aquello que sentía decidí comenzar a escribir a modo de terapia. No lo había hecho desde que tenía doce años, pero aquella noche, destrozada y rabiosa sólo me permití el desahogarme en el papel. El fruto de mi frustración yacía, como mi secreto más oculto, en la pila de fotocopias que tomé en la editorial.

Le había ocultado incluso al propio Sebastián que había comenzado a escribir a hurtadillas, sin embargo Claude Faustus se había enterado por culpa de mi torpeza.

A como eran las cosas en estos días, si Sebastián llegaba a enterarse entonces se haría el Armagedón.

Sobre todo si se enteraba que específicamente, para ir a la editorial, había decido esconder el monstruoso anillo de compromiso del que tanto presumía ante la inaudita Simone.

Volviendo a la agenda de Simone y los cambios del último mes, otra cosa destacada eran las notas de Simone respecto a las reuniones que había tenido con los directivos de la fundación Funtom. Reuniones formales y muy estrictas donde la mitad del tiempo se hablaba de finanzas y cifras que había estudiado en pequeños cursos intensivos impartidos por Evan, en su mayoría por teléfono o video llamada.

Después estaba el primer coctel de negocios al que había asistido, aprovechando la noticia del compromiso, en compañía de Sebastián; los miembros del comité, a como había dicho Evan, estaban encantados conmigo, con mi imagen, con el personaje que era.

Muy a mi desgracia me había vuelto a topar con la perturbadora Linette Blackwood, la encantadora chica albina que a mi parecer me había acechado toda la noche. Sin embargo Line, con todo y sus ojos purpuras sólo me había dirigido la palabra por mera educación, para saludarme y felicitarme por mi compromiso.

Sebastián se había mostrado inusualmente grosero con ella, cosa que Evan, quien se hizo presente aquella noche; felicitó por lo bajo. Aprovechándome y usando a Sebastián como excusa, había hecho las preguntas convenientes sobre la tal Line Blackwood, pero resultaba ser tan misteriosa para el mundo como para mí.

En esa ocasión, habíamos llegado a casa cerca de las cuatro de la mañana, yo estaba a una copa de champán de estar ebria y esperaba desahogar mis apetitos de borracha en la cama con Sebastián, pero este, por primera vez desde que habíamos empezado con nuestros encuentros me rechazó.

Yo, llena de alcohol y herida por su rechazo decidí que debía de tomar mis cosas de nuestra habitación y largarme a cualquier otro rincón de la casa a dormir. Ante la amenaza Sebastián se puso más allá de furioso, al final habíamos acabado discutiendo por todo y nada, gritando como idiotas tantos insultos que me son imposibles de repetir. Y aunque al final, agotada y enojada; me quedé dormida sobre la cama que compartíamos, al día siguiente el ya conocido desayuno de disculpas me recibió apenas despertar.

Conocía ese desayuno porque en el último medio año de convivencia, antes del sexo y las cámaras acosándonos, el demonio había tomado esa costumbre. Cuando él hacía algo que me hiciera enojar, o ante alguna discusión o pelea, un plato grande de waffles recién hechos con mucho jarabe de chocolate y fresas frescas era lo que recibía para desayunar. Recordaba haberle dicho en alguna ocasión que era el desayuno que la abuela Camille me preparaba en mis cumpleaños.

Habíamos discutido un par de veces más, conciliándonos con sexo y waffles con chocolate para desayunar.

No era una sorpresa que la correcta Simone incluso hubiera tomado nota de aquello. Después de todo vivía con nosotros, y citando su agenda, pese a lo grande que era la casa yo era demasiado ruidosa por la noche.

Perra.

Lo demás eran notas breves y vagas sobre el juicio y la demanda por derechos de autor hacia la editorial Blackwood.

Como Claude había dicho, mis abogados habían dejado muy en claro que ya no requería los servicios de su editorial, Evan se había asegurado de que ni un centavo más le fuera dado al corporativo Blackwood por mi trabajo. Los abogados habían sido despiadados, como perros hambrientos y obedientes a las órdenes de su amo de ojos azules.

Si Evan sabía que yo había vuelto en persona a poner un pie sobre la editorial que dirigía Claude Faustus, entonces, tal vez, mi cabeza yacería empotrada en la pared de su casa a modo de castigo.

Lo último en el itinerario de Simone eran un par de notas sobre próximas reuniones programadas para esta semana y la última anotación consistía en su horario de vuelo, se iría el Viernes por la noche de vuelta al infierno de donde jamás debió de salir.

Así que una vez tome nota de cuando se iría de mi casa, volví a dejar su espeluznante itinerario sobre la mesa del comedor.

Decidí ocuparme en lo mío, en revisar mi correspondencia.

Extrañándome porque a estas alturas no hubiese aparecido ya el demonio para molestar, o para aprovechar este momento sin la rubia para trabajar en la investigación.

Quería suponer que tal vez estaría trabajando por su cuenta en el estudio, dada la hora tal vez estaría burlándose de Lance por teléfono mientras ambos fingían que eran el dúo dinámico en lugar de un par de niñitos idiotas incapaces de parar de insultarse el uno al otro.

Así que tampoco me extrañé del todo cuando escuché ruidos provenientes de la palta alta, en su lugar fui a sentarme en el sillón de la segunda sala de estar, donde la consola de videojuegos y revisar el correo.

Había un par de sobres con el remitente de industrias Funtom, los cuales arrojé sobre la mesita de centro, dispuesta a revisarlos más tarde. Lo demás consistía en las facturas correspondientes a final de mes, estaríamos a diciembre dentro de un par de días, lo que resultaba una noticia deprimente para mí.

Sería mi primera Navidad sin hablarle a Jess, en su lugar estaba segura de que obtendría una cena digna de un rey cortesía de un Sebastián Michaelis alardeando de sus habilidades culinarias y la soledad que representaba mi convicción de mantener a salvo a mis seres queridos.

Yo no era una loca de la Navidad, no la celebraba, la Navidad y yo éramos enemigas desde hacía años, y no estaba dispuesta a cambiar ese hecho.

Ni siquiera con Richard había festejado la Navidad, él había entendido mis razones, siempre comprensivo y cariñoso, las dos Navidades que habíamos pasado juntos habían sido veladas sencillas, cenando en casa y viendo películas, hacíamos el amor y aunque yo me negara Richard insistía en darme un obsequio.

Conservaba la pulsera y un volumen de poemas escondidos en una caja dentro del armario de mi vieja habitación, cosas que no permitiría que el demonio viera ni tocara jamás.

Las tarjetas de Navidad de este año habían llegado antes, estaban debajo de las facturas, mi madre había obligado a toda la familia mandarlas antes, pues en un gesto de amabilidad y generosidad sin precedentes el soberbio Evan Phantomhive le había regalado a mis padres, los Simmons, un viaje por su aniversario a la Toscana, mi tío intentaba limar las asperezas del pasado, disculparse por lo cruel que había sido conmigo y mi familia en años anteriores. Además del viaje todo pagado al destino de los sueños de mi madre, sus disculpas habían llegado también a mi hermana quien antes de la víspera de Navidad se iría de viaje a Hawái. Incluso para mí, botellas de finos licores de importación y un auto nuevo por todas las molestias.

Millonarios excéntricos.

Así que tampoco me resultó raro ver una postal de parte de Jerry y un paquete con el sello postal de Italia; en la postal una imagen de un viñedo y un par de líneas cómicas sobre el viaje y lo preciosa que es la Toscana, dentro del paquete dos cartas a puño y letra de mi madre con recetas que copió de un par de restaurantes y un pequeño recetario en italiano a modo de ofrenda de paz para Sebastián.

Lo extraño venía debajo del paquete de mis padres, una pequeña caja y un abultado sobre unidos por un listón de terciopelo rojo.

Me sonaba de algo, pero el hecho de que se me hiciera familiar fue un tanto escalofriante, sobre todo la desprolija caligrafía en el remitente del abultado sobre.

Sin soportarlo un segundo más deshice el nudo, tomando el sobre de papel y antes de que distinguiera el nombre escrito en el sobre el ruido en el piso de arriba se volvió demasiado escandaloso.

Entonces, simultáneamente reconocí tres cosas: 1) El ruido proveniente de arriba salía de la habitación que compartía con Sebastián; 2) El nombre en el sobre pertenecía al mismo al que le pertenecían tales garabatos, Jacob Sullivan mi ex, y 3) Los ruidos que salían de la habitación de Sebastián en realidad eran gemidos.

¿Qué…?

La reacción en cadena fue la siguiente; la caja y el sobre de parte de Jacob terminaron en el suelo, me levanté del sofá y como alma que lleva el diablo subí las escaleras al segundo piso.

No hubo ni un solo segundo para pensarlo, cuando me di cuenta con el pie descalzo había pateado la puerta de la habitación y la escena frente a mí fue la estocada final y necesaria para que dejara la caída libre e impactara de forma brutal contra la realidad.

Sobre la cama, en una pose que daba rienda suelta a la imaginación se encontraba Sebastián Michaelis, mí prometido; despeinado y con la camisa a medio quitar, debajo de una mujer sentada a horcajadas sobre él y la vista de su espalda desnuda me confirmó lo evidente, que no llevaba sostén…

Ocurrieron tres cosas de manera simultánea:

Número 1; la patética y engañada Samantha escuchó el sonido de su corazón al partirse en cientos de miles de pedazos.

Número 2; el demonio, muy cínico, se dio cuenta de que estaba ahí y como si de pronto la extraña sobre sus piernas fuera una peste la empujó, al tiempo en que se ponía de pie. Si yo seguro que lucía como una idiota, la cara de imbécil de Sebastián me superaba con creces.

Número 3; contrario a lo esperado, la extrañara con los senos al descubierto, se giró y al verme saltó de la cama para estrangularme en un abrazo que solo una amiga de toda la vida podría darte luego de no haberte visto en mucho, mucho tiempo.

..

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Dos margaritas y media después, sentada en una de las sillas frente a la piscina vacía, terminé de leer el contenido del sobre de Jacob.

Tenía unas ganas tremendas de arrojarme desde el segundo piso a la piscina sin agua, de alguna manera me había contenido, o tal vez estaba muy atontada por tantas margaritas. Lo que fuera, lo que quedaba en mi copa pasó por mi garganta de un solo sorbo.

Observar la mentada cajita, de la cual el muy atento de Jacob ya había mencionado en su bíblica carta; resultaba doloroso. Pero si había podido con la escena de hace rato, por muy fuerte que fuera el contenido de la caja yo estaría bien.

Después de todo, con cuanta frecuencia tu ex, el ex, el Jacob Sullivan por el que había suspirado casi toda mi adolescencia, aquel con el que había tenido la relación más tóxica y destructiva (hasta que conocí a Sebastián), te invitaba a su boda…

A su puta boda, la puta boda de Jake Sullivan con la perra Redford, Natalie Redford… la Natalie Redford.

La chica que había intentado hacer mi vida miserable durante todo lo que duró la secundaria, la chica que me había utilizado como si yo fuera un animalito, esa chica.

Con Jake…

¿No era increíble…? ¿No era lo más maravilloso del mundo?

Pidiéndome en su carta que no le contara a su amada Natalie nuestra aventura que duró toda la preparatoria, pidiendo también que le hiciera el grandísimo favor a mi querida amiga de ser una de sus damas de honor…

Oye Dios, tienes un gran sentido del humor, maldito hijo de puta…

¿Malas noticias…?—, Sebastián Michaelis haciendo acto de presencia y mirando con reprobación el cómo me servía la cuarta margarita en mi copa.

Si, él más que nadie en el mundo detestaba verme beber, incluso se molestaba cuando me veía comer comida chatarra, o haciendo cualquier otra cosa que pudiera atentar contra mi salud, como salir sin suéter cuando hace frío, incluso había peleado con Lance respecto a él fumando dentro de casa y cerca de mí.

El mismo demonio que había estado a unos minutos de acostarse con otra sobre nuestra cama.

Hipócrita—, salió de mi boca sin poder evitarlo y me bebí la margarita de un solo trago.

El demonio se sentó a mi lado, observándome furioso pero sin contestar a mi insulto, sus ojos como el fuego se detuvieron en los papeles dispersos sobre la silla contigua, sabía bien lo que estaba mirando, lo mismo que yo había visto durante varios minutos. Como si la vieja fotografía fuera a darme las respuestas a todas mis preguntas, como si la Sam del pasado, con el horroroso uniforme de la secundaria, con las mejillas sonrojadas y el cabello peinado en dos infantiles y ridiculas coletas fuera a decirme por qué es que tenía tan mala suerte.

Como si la sonrisa blanca de la perfecta Natalie Redford, con el cabello perfecto y la cara de muñequita fuera a consolarme.

O como si el Jacob Sullivan de 14 años fuera a reparar mi corazón roto con sus palabras bonitas y sus ojos verdes.

La quinta margarita iba en camino hasta que el desgraciado demonio al que le había vendido mi alma decidió que ya no debía de ingerir ni una sola gota más de alcohol.

—Sueltame—, gruñí, usando toda mi fuerza en contener mi llanto, reprimeindo a esa parte de mí que se moría por dentro.

—Supongo que terribles noticias—, espetó, con las manos enguantadas aferradas a las mías, reprimir el impulso de escupirle en el rostro fue bastante difícil.

Sus ojos continuaron con su inspección, la caja abierta sobre mi regazo, la invitación de la maldita boda contenía una caja de cristal con una flor de narciso bien conservada en su interior y la tarjeta blanca con finos dibujos dorados, la bonita letra cursiva que anunciaba la fecha del evento a una escasa semana y los nombres de los novios.

Para mi desgracia Jacob Sullivan entraba en esa clase de cosas que inevitablemente le había contado al diabólico Sebastián, estando sobria, muchos meses atrás, cuando llegamos a esta casa y me ayudó a desempacar.

Se había mostrado curioso por las cajas selladas en mi armario y aunque había intentado evadirlo, me pareció que para acabar con su curiosidad debía de enseñarle al menos el contenido de una, la más inofensiva de mis cajas de secretos había sido justo esa, la que estaba marcada como "Secundaria", no había hecho muchas preguntas pero si las necesarias como para saber que en algún punto, el chico de ojos verdes y cabello negro había sido mi novio.

Lo terrible es que, aunque no le había señalado quién era Jacob, la mayor parte de las fotografías tenían algo escrito detrás, justo esa tenía una dedicatoria redactada a puño y letra de Natalie, donde decía que bendecía a Dios por darle amigos tan buenos como Jake y yo.

Puta mentirosa…

—Ah… mire eso señorita—, se jactó con burla, escupiendo cada palabra con rabia y me limité a apretar los dientes—, nos han invitado a una boda… ¿no es un todo un detalle de sus amigos? Tomarla en cuenta pese a lo grosera que es usted…

—Si, como eres tan correcto…—, solté con sarcasmo, el demonio me fulminó con la mirada pero con una sonrisa que delataba lo mucho que le divertía mi ironía.

—Por cierto, su amiga dijo que no se iría sin despedirse—, todo sonrisa, me soltó y en cambio una de sus manos me tomó por la barbilla.

— ¿No te habías enterado? Tengo pésimos modales…—, le contesté, tan burlona como él y conseguí una sonrisa llena de arrogancia, su mano en mi cintura.

No, no vas a hacer esto ahora…

—Además por qué habría de atenderla cuando eres tan buen anfitrión, de hecho… deberías de ir a despedirla…—, a como esperaba Sebastián parece complacido con mi respuesta.

— ¿Celosa señorita…?—, ronronea contra mi oído y la risa que se me escapa duele.

Devastada…—, susurro contra su barbilla, sé que cree que he caído en su trampa.

Me he aprendido todos sus trucos para llevarme a la cama.

Se aparta de mí y aún con esa sonrisa de suficiencia en los labios me acaricia una mejilla.

Idiota…

—Jacob va a casarse…—, gimo, fingiendo un puchero, una voz llorona que gracias al alcohol es auténtica y entonces la sonrisa se borra del perfecto rostro de Sebastián—… mi Jake se va a casar—, dejo de reprimir mis lágrimas y aunque el nudo en mi garganta no es culpa de Jacob Sullivan sé que el demonio cree lo contrario.

Su rostro se mantiene exánime, perro sus ojos son de purpura ardiente.

Le he hecho enfurecer de una manera tan rápida y tan simple que resulta cómico, pero reír no esta en el plan y si quiero que, como sea, aún si suena retorcido e imposible él sienta un poco de los celos y el dolor que su escena me provocaron.

Tomo la invitación, la preciosa tarjeta con la fecha impresa y decido que puedo quebrarme, que mi venganza sea esa, que mi rabia, mis celos y los trozos de mi corazón se vayan de esta forma. Pero sólo consigo que todo duela más, mientras el demonio colérico me mira sin moverse.

La extraña, decide reaparecer, la conozco, luego de que me soltara; la hermana menor de Jacob, su pequeña y zorra hermana que tenía un loco y extraño fanatismo por mí.

Pero en cuanto me ve, tan rota decide que debe irse, que ya ha cumplido con su tarea de traer la invitación y grita que espera verme pronto.

Ninguno hace nada por ir a despedirla, Sebastián parece estar en trance, demasiado enojado como para funcionar y tomo las fotografías, la carta y la invitación.

Esa misma noche decido que volveré a dormir sola en mi habitación.

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¡Hola a todo el mundo!

Gentecita, gatos y todo aquel ente que se pase por aquí a estas horas de la noche(?)

Si, esta lloviendo, por eso actualizo(?)

Un saludo y un barazo enorme para todos dónde quiera que esten, desde aquí en mi cajita se les quiere mucho y se les extraña muchisisimo, antes de la perorata de siempre, les recuerdo que deben dejar todo su amor, quejas, tomatazos y sugerencias en forma de review, recuerden: cada review es una galleta, alimenten a esta pobre alma(?)

Ahora si, hablando del fic y todas las cosas que nos importan ¿Qué les ha parecido este capitulo? (risa malevola de fondo porque si) ¿Qué creen ustedes con el pedazo de diario que han leído...?

No sé, pero siento que habrá una lluvia de odio para Sebastián, yo lidero de la turba furiosa, lleven sus antorchas, llevele llevele(?)

No lo odien muchotampoco odien a Sam, esto será muy importante para que lo que viene más adelante tenga sentido. Otra pregunta ¿Qué creen sobre la venganza de hoy...?

Mientras dejo que arda Troya les diré un poquito de mi choro, as always, estos días he estado con todo sobre trabajar en mis pendientes, así que no tardaré en actualizar la otra historia de por acá y molestar a los lectores fantasma de wattpad con otra actualización. No tardaré en volver por aquí y dejarles un capitulo más de este fic. Espero que, si aún hay alguien leyendo mis cosas haga acto de presencia y disfrute de este capitulo. Hablando un poquito de mi por si hay curiosidad (aunque no lo creo -llora- ) les traigo la noticia de que me quedé en la carrera que yo quería en la universidad que yo elegí ( y gratis, gracias Diosito) y para este Agosto empezaré mi primer semestre de Creación Literaria. Hace poco también, me metí en un concurso de cuento y pues estoy a la espera de los resultados, me costó varias noches de no dormir nada y un montón de pesadillas porque TRASTORNOS DEL SUEÑO SAMSI ATACÓ(?)

Y en fin, mientras mis días de ser nini se van acabando, voy a hacer un examen pronto por cosas de la universidad,, así que espero que todo vaya bien (un YAY colectivo para mi, por favor), así que mientras pretendo estudiar y escribo mis pendientes tendré tiempito para contestar reviews y dejar amor, flores y arcoiris. Pero hoy, gentecita chula, me iré a dormir porque debo de comenzar a tener una rutina de gente decente otra vez y dormir xDU

Nos leemos pronto!

Samsi out