Su señorita, póker.
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Si pudiera regresar a ese momento,
Te dejaría colarte bajo mi piel.
¿Ceder o resistir?
De todas formas, parece que el monstruo siempre ganará.
Monster - Starset
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12 de Enero de 1989
He vuelto a verlo.
Caminaba a casa luego de hacer las compras en el supermercado más próximo. Lo reconocí de perfil, estaba de pie en la esquina, a un par de calles de casa. Estaba ahí, el mismo muchacho que me vio tocar en el teatro.
Era una de esas tardes en que la nieve caía sin cesar. Los copos danzaban en el aire cayendo grácilmente, la capa de nieve para entonces cubría buena parte de la acera y mis botas se hundían por completo en ella. Y él estaba ahí, con la mirada perdida en algún punto del cielo, con las manos ocultas en los bolsillos de la gabardina.
Ni siquiera se percató de que yo estaba ahí, mi presencia le pasó inadvertida hasta que estuve a su lado y reuní el valor necesario como para saludarlo.
Me miró, esbozando una sonrisa que no llegó a sus ojos, tenía la mirada perdida, parecía cansado, incluso dolido. Su melancolía era demoledora y verlo ahí en pleno invierno, como un desamparado me rompió el corazón. Algo dentro de mí se sacudió con fuerza, algo más allá de la lastima o la compasión que pudiera evocarme ésta visión de un hombre solitario y descorazonado. No, no sé cómo explicarlo, pero si trato de ponerle un nombre aquello que sentí al verle más bien se parece a… a la ira…
Tardó en devolverme el saludo, haciendo una pausa entre palabra y palabra y me tendió la mano desnuda y pálida. Pude reconocer su acento, sutil, apenas perceptible pero mientras volvía a agradecerle por los halagos del otro día pude verificarlo. Tenía esta manera de alargar algunas vocales, de paladear las palabras que yo conocía de sobra.
"¿Británico?" le pregunté y me miró con sorpresa, esbozando una sonrisa leve, complacida.
Negó sin despegar su mirada carmesí de la mía.
"No en realidad, pero viví por un tiempo en Londres" le sonreí, como si eso bastara para entrar en confianza, para que la incomodidad que me producía su cercanía se disipara.
"¿Y usted señorita?", preguntó con la más absoluta cortesía.
No supe qué responderle, pero era más que obvio, me aferré a mi abrigo, el viento había comenzado a soplar y de un momento a otro comenzaría a temblar.
"Nací en Londres, crecí ahí, vine a estudiar… supongo que también para quedarme", le contesté y se ofreció a ayudarme a llevar mis bolsas a casa.
Sin embargo existía algo, intrínseco, irremediablemente oscuro en sus ojos. Lejos del primer encuentro, de la primera impresión, podías encontrar en su presencia un algo inquietante. De pronto el camino que recorrían sus ojos dejaba de parecer una mirada atenta e inofensiva, resultaba entonces que el brillo de sus ojos calaba hondo, hasta los huesos y anidaba en ese hueco que queda en lo más profundo del alma.
Fue en ese momento en el que debí de obedecer a mis más bajos instintos, correr a como dictaba mi corazón agitado y no caer bajo el encanto fatal de su voz. Debí de haber dado media vuelta, rompiendo el protocolo y escapar sin despedirme de él. Pero lo cierto es que en cuanto abrió la boca y su voz inundó el silencio, todo aquello que me suplicaba por alejarme se vio ahogado de manera inevitable.
"No pude evitar el escucharla el otro día", comenzó y su voz estaba impregnada de este encanto que podía hacerme temblar.
"Su manera de tocar el piano, permítame decirlo, es usted una persona privilegiada con un talento inimaginable… no me había conmovido tanto al escuchar una pieza desde hace mucho tiempo…", lo dijo todo mientras me miraba, sin apartar sus ojos ni un solo segundo, me miraba con profundidad, como si pudiese ver a través de mí.
Me quedé callada, de pronto su presencia comenzaba a aplastarme, de pronto el tenerle cerca resultaba abrumador y las ganas de correr crecieron.
"No sé si suene raro el que lo diga… pero, es algo que no he podido dejar de pensar desde que nos conocimos ¿No nos habíamos visto antes?", me atreví a preguntarle y no me gustó para nada la forma en que sus labios se curvaron en una sonrisa complacida, repleta de satisfacción ante mis palabras.
Sus ojos brillaron a través de la nieve, la tormenta tomaba fuerza.
"Es curioso que lo mencione, pero lo cierto es que he tenido esa misma impresión desde entonces… de haberla visto antes", contestó antes de que de un solo movimiento, demasiado rápido; tomara una de mis manos entre las suyas.
Me estremecí en el acto, aún por sobre la tela de los guantes pude sentir lo fría que estaba su piel y aquello en el fondo de sus ojos oscuros se volvió mucho más notorio… algo en el fondo de mi pecho gritó para que me alejara.
"Contestando a su pregunta me temo decirle que no, nunca nos habíamos visto hasta esa tarde", se inclinó ligeramente, de pronto demasiado cerca, de pronto todo me dio vueltas.
"Porque no olvidaría un rostro como el suyo", culminó antes de besarme el dorso de la mano y la frialdad y la rigidez de su beso penetró en la piel de mi mano.
Detesté la manera en que su gesto me hizo sentir, detesté la corriente que cimbró mis adentros, el ardor que se apoderó de mi piel, el horror que me paralizó al ver sus ojos.
Supongo que jamás sabré si lo imaginé o de verdad ocurrió, pero ahí, a mitad de la calle y bajo la tormenta sus ojos dejaron de ser de ese tono de rojo quemado para volverse mucho más brillantes, mucho más claros, de un virulento tono rosáceo.
Fue apenas por un segundo, pero eso bastó para dejarme en claro que no quería que volviese a tocarme, ni a estar cerca de mí. No quería volver a verlo nunca más.
Y a como se acercó de la misma forma se alejó, con una sonrisa enigmática, luciendo tan encantador y terrible mientras tomaba las bolsas que dejé caer al suelo.
En silencio, ofuscada y de pronto enferma por el encanto de su sonrisa continué caminando rumbo a casa. Me siguió en el mismo imperturbable silencio y hasta que no estuve frente a la puerta de casa me atreví a encararlo.
Le agradecí con la misma frívola cortesía que tantas veces había visto en las institutrices inglesas. Y él volvió a ser todo melancolía, todo dolor.
"Lamento si la incomodé hace un momento", se apresuró a decir, mi urgencia por tenerlo lejos, por no volverlo a ver tal vez era demasiado notoria.
"Pero al menos déjeme saber su nombre…", suplicó y la crudeza del dolor reflejado en sus ojos me destrozó por completo.
¿Correr o tenderme a su lado y consolarlo? La verdad es que quería correr.
Y sin embargo cedí.
"Me llamo Lilian", acoté, con una sonrisa de mentiras y la de él fue radiante, estremecedora.
"Puede llamarme Sebastián".
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Nuestra historia era más como un momento breve y fugaz, pese a todo, su impacto en mi vida había sido profundo pero rápido, apenas había conseguido comprender lo que había ocurrido cuando decidí enterrar su recuerdo en lo más profundo del armario.
Jamás me había puesto a pensar por qué es que conservaba todo aquello que me dio y estando ahí, frente a los pedazos de nuestra amistad retorcida tampoco conseguía entender por qué es que la noticia de su futura boda aunque no lo quisiera creer me impactaba de tal forma.
Mi relación con Jacob no era el problema, cuando me fui de la ciudad y perdimos contacto lo nuestro ya estaba bien muerto… pero Natalie era harina de otro costal.
Jamás hubo un punto final, todo había sido tan rápido y estúpido.
Nos habíamos conocido el primer día de clases en mi primer año de secundaria, aún no conocía a Jessica, y Lance estaba en otro grupo. Ella, amable y toda sonrisas fue la primera en dirigirme la palabra, recuerdo que la primera impresión que tuve de ella fue por completo deslumbrante, ella era la chica más linda de la escuela, la más educada y la que todos decían que conseguiría lograr grandes cosas.
Era brillante, bonita, atlética, amable y todo el mundo gustaba de ella, le era tan fácil hacer amigos, era todo lo que yo nunca fui… todo lo que yo no podía ser.
Y pese a todas sus virtudes, Natalie era en realidad un lobo disfrazado de cordero.
¿Han escuchado alguna vez eso de que no deben juzgar a un libro por su portada, que las apariencias engañan?
Ella era justo así, con su brillante sonrisa y su mirada amable hacia que te creyeras cada una de sus palabras, y por un año yo creí ciegamente en todo lo que Natalie Redford decía.
Incluso cuando lo que salía de su boca se convirtió en un puñal que se clavó en mi espalda.
No voy a decir que la chica arruinó mi vida, pero fue un factor importante en la serie de cosas que me forzaron a madurar más rápido de lo que debería.
Había sido una crédula, estúpida, una ingenua y Natalie había sabido cómo aprovecharse de mí sin que yo me diera cuenta.
Jamás tuve la voluntad ni la fuerza para ponerla en su sitio, jamás le dije lo que sentía en realidad y cuando por fin la secundaria terminó no me empeñé en buscarla ni en dejarle en claro que jamás había sido mi amiga y que aunque hubiera sido una perra conmigo no le guardaba rencor alguno. Porque al final de cuentas, tras la humillación y sus burlas, había conseguido empujarme a la única amiga de verdad que he tenido desde entonces, ella me había llevado sin querer a conocer a Jess, a que nuestra amistad tomara la fuerza necesaria para que ni las sonrisas desdeñosas ni los rumores de Natalie volvieran a herirme.
Ni siquiera cuando descubrí que ella era la chica con la que Jacob me engañó.
Jamás le planté cara, jamás me atreví a reclamarle.
Había escuchado los consejos de Jessica, que alguien como Natalie no valía la pena, que había cosas mucho más importantes que ella pasando en mi vida. Jess tenía razón… pero, pensándolo bien ahora, creo que jamás conseguí superar esa decepción, esa traición.
Y ahora ella iba a casarse.
Natalie iba a casarse…
Ese era mi problema, ella obtendría de alguna manera algo que yo ya no podría tener, ni durante todo el tiempo en que fuimos amigas, jamás había envidiado a Natalie a como lo hacía en este momento y sentir eso, esto, era mi verdadero problema.
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Ella no había regresado a dormir, resultaba de lo más normal dadas las circunstancias. Lo sabía, esperaba que eso bastara, que aquel fuera el golpe letal a la peligrosa relación que sostenían. Esperaba que ella le odiara así como él había empezado a odiarla durante los primeros días.
Esperaba de todo menos eso.
Ahí, parado al pie de la cama donde ella dormía, incapaz de alejarse o acercase un solo milímetro.
Ella dormía, tranquila, sin rastros de lágrimas en su rostro de ninfa. El perfume de su cabello era intenso y había tumbado las sábanas a un lado.
Se lamentó para sus adentros, su exquisito cuerpo estaba apenas cubierto por un ligero camisón de satín y encaje. Y aunque conocía cada curva de su cuerpo la visión seguía siendo endemoniadamente erótica, estaba a un paso de mandar todo al carajo y lanzarse sobre ella, pero no era un chiquillo incapaz de resistirse a los placeres de la carne. No, era un demonio adulto, con varios miles de años sobre los hombros y ni ella, tan tentadora, podría vencerle sin siquiera intentarlo.
Se permitió suspirar, recobrando la compostura, recordando sus planes y conteniendo el impulso animal que le recorrió cuando ella lanzó un gemido ronco antes de girar sobre la cama y que la indecente prenda le dejara al descubierto los blancos muslos.
¿Cómo diría ella? Oh si, mierda.
Estaba a punto de marcharse, creyente de que ella le estaba jugando una broma hasta que la infame mujercita volvió a retorcerse, esta vez el gemido ronco se convirtió en un aullido de dolor.
Lo sabía, lo había presenciado antes, como las pesadillas la invadían apenas conseguía quedarse dormida. Y esa debía de ser una en especial horrenda a por como ella comenzó a sollozar.
La miró contorsionarse, como si intentara escapar de algo, siempre ocurría lo mismo. La veía agitarse, sacudirse prisionera del horror en sus sueños. La escuchaba jadear, quejarse, gemía de forma lastimera hasta que comenzaba a gritar. Siempre era lo mismo.
Sebastián había comenzado a experimentar una extraña angustia al verla de esa forma, era ridículo pero el impulso por protegerla nunca le dejaba en paz. Y ahí estaba, inmóvil, incapaz de protegerla de sí mismo, ni de sus sueños.
¿Qué estaba haciendo?
Tenía días, tal vez semanas sin saber qué rayos estaba haciendo.
La odiaba más que nunca, pero también la deseaba como nunca había deseado algo.
Había aprendido a odiarla, a aborrecerla, mucho más de lo que había detestado a ese caprichoso mocoso de Ciel Phantomhive. La odiaba más que a Lilianne.
Y había odiado a Lilianne con toda su fuerza durante décadas. Había odiado el parecido imposible que guardaba con su antecesor, había odiado el hecho de sentirse tan atraído por ella, odiaba el hecho de que por mucho que lo intentó, la ingenua Lilianne nunca cayó a sus pies. Odiaba el hecho de que estuvieran relacionadas.
Ella, la indefensa mujer con la que había convivido por varios meses era la misma criatura que se gestaba en las entrañas de Lilianne.
No lo había imaginado nunca, que terminara de nuevo envuelto en una situación así.
Que la misma sangre maldita corriera por sus venas.
Había preferido ignorarlo, ese aire tan familiar, ese vago parecido entre ambos y el como la figura solitaria de Samantha Carson siempre le llevaba a recordar al niño vil y cruento que era Ciel Phantomhive.
Se sentía prisionero de alguna forma que no conseguía comprender. Se sentía como la presa y no como el cazador, como si de pronto se diera cuenta de su verdadera posición.
Se sentía fuera de control.
Quería acabar con ella en ese mismo instante, quería aniquilarla y liberarse por fin de ella.
Si, quería hacerlo.
¿Entonces por qué no podía?
Estaba furioso, frustrado, con el deseo ardiendo en las entrañas y la resolución de que nada de lo que hiciera para evitar perder el control funcionaba a menos de que se tratara de ella. Lo había intentado, sin pensárselo, sin ningún tipo de remordimiento. Era un demonio después de todo.
Y cuando la oportunidad se presentó no había dudado ni un momento en seducir a la extraña que había entrado a la casa, la había seducido con plena intención de llevarla a la cama y comprobar si el placer que le proporcionaba su señorita podía ser replicado entre los brazos de cualquier otra mujer.
Y había fracasado con estrepito, la extraña había caído con facilidad, vulgar, insulsa, le había animado tanto como un puñado de piedras. Estaba resuelto a dejarla, sin siquiera consumar el acto y le había arrojado con violencia de pronto asqueado por el cuerpo caliente de la mujer extraña. La extraña sin embargo respondió con entusiasmo al arrebato de violencia y se le había pegado como una lapa. Entonces Samantha Carson llegó y decidió dejar de imponer resistencia.
De pronto la curiosidad y la furia habían sido más fuertes que su aversión por la desabrida humana, la idea de causarle dolor, la idea de quebrarla y acabar con ella de esa forma se apoderó de él. Y cuando por fin su señorita había cruzado la puerta no recibió nada de lo que había previsto.
Ella se había mantenido estoica, entera, tan fría e inexpresiva como una estatua. Sus ojos gélidos lo habían atravesado y no había entendido del todo si en realidad el brillo de sus ojos pálidos se debía a la decepción, a la ira o la amarga noción de que ya lo sabía, lo esperaba.
¿Acaso podía ser cierto?
La conocía y más que dolor, su semblante mostraba la certeza de que de alguna forma estaba preparada para eso, de que lo sabía, no le sorprendía.
Y ante eso no supo cómo reaccionar.
Era extraño, él, el demonio; se había quedado en blanco, estupefacto y la frágil humana había manejado la situación con una frívola entereza.
Sebastián se había quedado helado, por un jodido instante había revivido el infierno que había experimentado cuando semanas atrás había visto a su señorita caer desde la cima del barranco, saberla al borde de la muerte y sentir que jamás podría salvarla, que la perdería.
Sentía que ahora, justo en ese momento, como si estuviera a punto de perderla. Lo sentía en ese lazo monstruoso que les ataba, en la marca que punzaba y ardía con un dolor incomprensible y demoledor.
¿Pero, no era ese su objetivo?
Acabar con ella, sí. Terminar con lo que sea que tenían, sí, ese era el maldito punto.
Pero ahora… ahora…
¿Qué estaba pasando ahora?
No lo sabía.
Sebastián Michaelis no lo sabía.
Por primera vez se sentía por completo a merced de una fuerza que se escapaba de sus manos de su control.
Y entonces la había visto, a su señorita, la frívola mujer que había hecho al demonio sucumbir. Si, la había visto venirse abajo, destrozada e intranquila por algo que no tenía que ver consigo ni con él.
No, si la hubiese visto llorar por el eco de Richard Daniels en realidad no se habría enfurecido tanto.
No, era una amenaza más cercana, un alguien, un fantasma del pasado.
Y verla tan afectada por una cosa como esa sí que lo había enfurecido.
¡Pero qué estúpido sonaba todo ahora!
Sí, era un estúpido, un idiota condenado.
Y ella, la mujer que dormía; era su condena.
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Conducir era sencillo, conducía desde los dieciséis años. Recuerdo que fue en un verano, cuando Jerry decidió que era hora de enseñarme a conducir. Él había tirado la toalla con mi hermana, Isabel era demasiado nerviosa como para mantener la calma al volante y para entonces era evidente que el dolor en la espalda de mi padre no se debía sólo a dormir en un colchón viejo. Así que en esa mañana de sábado mi padre me había despertado temprano y me había dicho que me enseñaría a conducir.
Tenía un Cadillac, su más precioso tesoro de su juventud y lo guardábamos en un depósito que rentábamos en el centro de la ciudad. Me había quedado petrificada, helada, mi padre siempre había sido cariñoso y permisivo conmigo y mi hermana, pero su auto era intocable, lo cuidaba y mimaba mucho más que al gato viejo y gordo de mi hermana.
Y sin embargo ahí estábamos, en una mañana de sábado, sentados en su auto, con mis manos al volante y su sonrisa cálida a mi lado.
Nos había tomado varias semanas, muchos sábados por la mañana el que yo consiguiera hacer el recorrido del depósito a nuestro apartamento sin tener que detenerme más que lo necesario.
Él, Jerry, con el pecho lleno de orgullo me había entregado las llaves de su Cadillac y me había dicho que era una chica brillante, que siempre estaría orgulloso de mí.
El viejo automóvil de mi padre reposaba ahora en su garaje y yo tenía mi propio auto, pero siempre que necesitaba sentirme cerca de papá me sentaba al volante.
Oh sí, yo era la niñita de papá, supongo.
Pero mi punto era que, siempre que necesitaba un respiro, un poco más de confianza en mí misma me gustaba sentarme al volante y conducir. Había un algo en el hecho de tener y no tener el control que conseguía despejar mi mente.
Qué estúpido.
Y eso hacía ahora, conducir, sólo conducir.
Conducir por diez horas para ir a la boda de mi ex y Natalie Redford.
Conducir por diez horas a la boda de mi ex, con Sebastián como mi pareja en dirección a la ciudad en donde un psicópata asesina mujeres en mi nombre.
¿Alguien podría decirme que en realidad estoy loca? Porque de esa forma todo resultaría menos extraño.
—Oye, llevas una semana sin hablarme y nos queda otra hora de viaje ¿Podrías al menos pretender que mi existencia no te ofende tanto, cielo? —mi broma apenas se escucha por sobre el sonido del viento y la música en la radio, pero sé que me ha escuchado y sé que seguirá ignorándome.
—Eres increíble —le gruño al viento que me golpea el rostro y me siento tonta por seguir pretendiendo que nada ha pasado.
Pero me sentiría aún más tonta si me quedara destrozada y siendo patética ante él.
Decidí que si alguien sufriría en esto no sería yo, así que la mañana después del incidente había despertado con la resolución de que nada de esto me lastimaría más de lo que ya lo había hecho.
Tal vez había sido la horrible resaca o el hecho de que al despertar me no había encontrado con un desayuno de disculpas y ni una sola palabra suya. Lo que fuera, había decidido que no sufriría más por Sebastián y que tenía muchas cosas más por las cuales preocuparme.
Él era un demonio, le había vendido mi alma y fin de la historia.
Y él no me había dicho ni una sola palabra por el resto de la semana y ahora estábamos aquí, en camino a la boda de Jacob, atrapados juntos, lo más cerca que habíamos estado el uno del otro desde ese día.
Ridículo.
Y la ridícula que se pondría a gritar en mitad de la carretera sería yo, oh sí.
Así que decidí que sería un lindo momento para detenerme en la orilla de la carretera y enfrentar lo que había decidido pasar por alto.
— ¿Podrías, por favor, pretender que todavía existo? —es lo primero que digo una vez he frenado el auto y aunque tengo muchas ganas de querer golpearlo justo ahora me contengo.
—Llegaremos tarde —es todo lo que dice y el sonido de su voz sigue siendo letal, encantadora, pero mientras lo dice ni siquiera me mira.
Es como si le hablara a cualquier otra persona, como si yo fuera cualquiera.
No puedo hacer esto.
Trato de volver a respirar, trato de intentar calmarme y volver a poner el auto en marcha pero siento que el nudo en mi estómago está por explotar. Lo siento venir y es terrible, es insoportable, siento todo lo que he reprimido los últimos días estallar sin que pueda detenerlo y antes de que pueda evitarlo comienzo a gritarle.
— ¡No te entiendo! ¡De verdad que no puedo entenderte! —le grito mientras me desabrocho el cinturón de seguridad.
Quiero arrojarme sobre él, quiero golpearlo, quiero gritarle que se vaya a la mierda.
Pero me quedo quieta, estática mientras le veo apagar la radio y girarse para verme, y entonces pese a que quiero huir y me rehúso a mirarle a los ojos le sostengo la mirada. Tiene los ojos encendidos, de un rojo intenso y brillante, reconozco esa mirada, una mirada que no consigo descifrar pero que es suficiente como para hacerme temblar.
Debo de concentrarme en respirar como se debe, debo de enfocarme en no dudar ahora y romper a llorar. Debo concentrarme en que la fuerza de su mirada no me haga caer una vez más.
—No entiendo qué pasa ahora, no entiendo qué ocurre contigo —le espeto pero él continúa inmóvil y el deseo de golpearlo entonces se vuelve incontrolable, esta vez no me contengo y decido que si no va a hablarme lo acorralaré de la misma forma en que él lo hace.
Así que tan rápido a como pude salté de mi asiento para sentarme sobre su regazo.
¡Trata de ignorarme ahora!
— ¿Qué estás haciendo? —gruñe mientras frunce el ceño y aunque en mi cabeza las alarmas aúllan como locas no me muevo.
—Estoy enfrentándote, creí que era obvio —trato de que mi voz no tiemble pero es inútil y soy una gran imbécil por sentirme tan afectada por estar tan cerca suyo— ¿Qué se supone que haces sin hablarme e ignorándome cuando tenemos que fingir que nos amamos con locura? —le espeto y las palabras me saben amargas.
En lugar de una respuesta recibo una sonrisa torcida, cínica y sus manos enguantadas se aferran de manera peligrosa a mis caderas.
—Yo lo entiendo, lo entiendo. Esto… —nos señalo a ambos y la manera en que sus manos ejercen presión en mis caderas me saca de balance—… no es más que una mentira, lo sé. No tengo por qué alterarme porque estuviste haciendo lo que sea que hacías con Evelyn…
— ¿Evelyn…? —Sebastián arquea una ceja y se ve genuinamente confundido.
No puedo evitar la risa sarcástica que se me escapa.
—Claro que no sabes cómo se llama la chica con la que te acostaste hace unos días —espeto entre dientes antes de pasarme ambas manos por el pelo y jalar levemente, debo de controlarme pero la forma en que sus manos se deslizan hacia mi cintura resulta intolerable.
—Es curioso —responde con la voz ronca y los ojos llameantes— ya la estoy entendiendo ahora —sonríe con deleite y su mano viaja a mi barbilla.
Siento la urgencia de poner distancia entre los dos pero no puedo retractarme ahora, no puedo moverme.
— ¿Es esta su venganza por lo del otro día? —paso saliva y de pronto lo tengo a centímetros de mi rostro.
— ¿De qué estás hablando? —consigo decir sin titubear y me doy cuenta de que en realidad, la que se ha acercado tanto soy yo.
—Bueno, estamos en camino a la boda de un chico con el que salías, es obvio que no lo has olvidado… —susurra y entonces el encanto de su cercanía se esfuma y todo lo que siento es la terrible ira burbujeando en la boca de mi estómago.
Pero decido reprimir las ganas que tengo de escupirle en la cara y borrarle la sonrisa a base de insultos, en su lugar le sonrío, tratando de imitar esa sonrisa cruel que le he visto esbozar alguna vez.
—Oh, me has descubierto —le respondí, acercándome hasta que mis labios y los suyos estuvieron muy cerca de tocarse. Lo sentí tensarse debajo de mí y traté de ignorar la tortuosa sensación de sus manos apretándome contra su cuerpo.
Era estúpido, idiota, pero mi cuerpo ardía hambriento y necesitado de su contacto, como si en lugar de un par de días hubiesen pasado años. Y por una vez estaba segura de que Sebastián sentía lo mismo que yo, que la atracción y la lujuria entre nosotros es más poderosa que su ira. Y eso, más allá de intimidarme o hacerme perder la cordura, me dotaba de un de un valor y un poder que hasta entonces ignoraba.
Tenía al demonio a mi merced.
Y no iba a desaprovecharlo.
—Estoy jugando contigo, lo admito —le contesto con voz cadente y una sonrisa que emula las suyas, sus ojos ardieron y curvó los labios en una mueca entre molesta y divertida.
— ¿Usted está jugando conmigo? —gruñó con la voz ronca, burlón.
—Sí, no voy a mentirte… lo del otro día me dejó devastada —susurro acomodando mi rostro en el hueco de su cuello.
Lleva una camiseta sencilla con el cuello descubierto y la sensación de su piel fría y desnuda contra mi cara me hace sentir una corriente cálida en el bajo vientre que agita mi respiración al instante. Su olor es fuerte en esa zona y es un tormento, una espantosa y placentera tortura.
Pero no soy la única en reaccionar, le escucho jadear debajo de mí y el roce de sus manos va más abajo. Debo de recordarme lo que me propongo antes de que la temperatura siga subiendo y pierda por completo el control de la situación.
—Saber que Jake va a casarse fue un golpe muy duro para mí —me aseguro de sonar conmovida, de sonar como una tonta a punto de llorar y la fuerza de su agarre se incrementa.
Como si fuera posible me aprieta más contra su cuerpo y casi puedo sentir ese dolor punzante en la marca de mi espalda y hombro, como el dolor que de pronto sentía al tener a Lance demasiado cerca. Entonces me siento abrumada, como invadida por un sopor extraño y cálido. Conozco ésta sensación, la manera en que mi cuerpo deja de ser mío y el hambre por él resulta enloquecedora.
Oh sí, es otro de sus trucos, lo he sentido tantas veces antes, reconozco que trata de manipularme y por un segundo la tentación de ceder y entregarme a la marejada ardiente que me golpea el pecho es imposible.
De alguna forma lo controlo, de alguna forma recupero la cordura y me aferro con toda mi fuerza al dolor que me quema la piel en la zona de la marca del contrato. Y eso me basta, me da el valor necesario, aviva al monstruo de mi ira y la adrenalina inunda mi sistema.
Sebastián me aparta un poco de él, sus manos abandonan mi trasero para colarse un poco bajo la blusa de tirantes que llevo puesta y su tacto terciopelado me hace soltar un quejido. Me mira directo a los ojos y sé lo que está haciendo, sé que trata de doblegarme, de hacerme caer a sus pies.
— ¿Sólo eso la dejó tan alterada? —inquiere y la manera en que pronuncia las palabras, de forma tan sugerente me hace dudar de nuevo.
Paso entonces ambos brazos por su cuello, acortando la distancia y presionado a propósito mis pechos contra su torso.
–Sí, sólo eso ¿Qué esperabas, que llorara por ti, que me sintiera mal por ti…? —soy osada y quizá demasiado estúpida al decir éstas cosas rozando sus labios, pero surten el efecto que esperaba.
Sus manos suben por mi vientre y se trasladan a mi espalda donde la punta de sus dedos enguantados acaricia un trozo de las marcas de enredadera.
No entiendo la reacción, el éxtasis que me provoca pese a que lleva las manos cubiertas. Pero no me detengo a pensar en ello y retomo mi plan.
—De alguna forma, supongo que siempre me lo esperé… —le digo con toda la seriedad que soy capaz de expresar— Eres un demonio, siempre lo has sido y siempre lo serás, así que comprendo que hagas éste tipo de cosas con quien quieras y cuando quieras. Sé que te gusta jugar y sé que soy un juego para ti ¿Por qué debería de sentirme mal por algo que sé que no significa nada? Esto, tú y yo no es más que un juego, un juego que no me importa jugar —mis palabras duelen en lo más profundo de mi pecho y contener mis lágrimas es toda una hazaña, pero lo consigo.
Me mantengo entera frente a Sebastián, el demonio que me mira con una cólera inhumana.
Y sin embargo él no me suelta, no me aleja, luce amenazante, depredador; y la furia asesina en su mirada me atraviesa como un chuchillo, me desgarra el pecho, pero a la vez me llena de satisfacción.
Sé que sentir esto está mal, que la brecha ente nosotros ahora es un abismo, es irreparable.
Aun así me obligo a continuar, me obligo a no llorar pese a que el dolor en lo profundo de mi pecho no me deja respirar.
Esto tiene que terminar.
—Ah, siempre tan fría ¿No? —se inclina contra mi cuerpo casi empujándome contra el salpicadero del auto.
Sus manos paran de acariciar mi espalda y en menos de un segundo me toma del rostro con ambas manos. Tiene esa mirada que no comprendo, me mira de esa forma que resulta indescifrable, esa misma clase de expresión que me revuelve el estómago porque me mira de la misma manera en que la miró a ella… esa mirada cargada de añoranza, de desesperación.
Y es ésa mirada la que me derrumba por completo.
Sé que he perdido el control de lo que ocurre, se me va de las manos mientras me acaricia las mejillas y su aliento choca contra mi barbilla.
— ¿Quiere que juguemos? —arrastra las palabras con la voz ronca, rasposa y el deseo arde en mi vientre, en mis labios, en todo lo que sus manos y labios tocan.
Me suelta las mejillas, contengo el aliento y una de sus manos vuelve a mis caderas, me estrecha contra él y doy un respingo. Lo siento debajo de mí, su abultada erección presionada contra mi entrepierna y me hace gemir.
Su otra mano se posa en mi nuca, no sé en qué momento se ha quitado el guante, sólo sé que su piel, ahora ardiente acaricia esa zona sensible en mi nuca y siento que puedo derretirme. Arqueo la espalda, le rodeo con ambos brazos y hundo mis dedos en su cabello.
— ¿Qué pretende señorita, cree que voy a creerle, que no le importa lo que pasó? —susurra contra el lóbulo de mi oído antes de darle un leve mordisco.
—No me importa lo que hagas ni con quién, ni en dónde —conseguí articular pero él no se detiene, su boca comienza a dejar un reguero de besos húmedos y de leves mordiscos por todo mi cuello.
No puedo pensar ahora, no puedo dejarme llevar tan prono.
— ¿Enserio? —sé que se burla de mí aunque su voz suena tan ronca— ¿Podría entonces hacerle lo que quiera justo ahora…? —sus palabras van acompañadas de una caricia en mi vientre, con la mano desnuda que se encontraba en mi cadera me desabrocha el primer botón de mis jeans y su piel ardiente traza arabescos debajo de mi ombligo.
—No, en realidad no… —consigo ganar un poco de tiempo, consigo que deje de torturarme con su boca en mi cuello, ahora tengo su atención y sus ojos bailan entre una gama de colores imposible.
Por su sonrisa burlona se asoman los afilados colmillos y sé muy bien que pese a que se contiene, pese a que la bruma del deseo nos ha envuelto sigue hecho una furia, sigue tan enojado conmigo.
Está jugando conmigo y no voy a dejar que yo sea la única utilizada en nuestra relación.
— ¿No, no puedo hacerle esto? —entonces me suelta por un segundo, sus manos de pronto se encuentra bajo mi blusa, sus dedos amenazan con subir las copas de mi sujetador y debo de morderme el labio con fuerza.
—No, en realidad estoy muy decepcionada de ti —trato de ser seria, trato de liberar un poco de la ira que comienza corroer mis entrañas, a no permitir que lo que me provoca sea más fuerte que mi razón.
Y entonces sé que he recuperado el control.
Sebastián no se aparta, no se mueve, la excitación no disminuye pero algo cambia en su semblante y sus ojos parecen turbios, de un rojo muy oscuro, su boca es una línea recta, sus cejas se fruncen y una fina arruga le decora la frente.
Sé que su ira, sus celos, han ganado la batalla en su interior. Sé que sería tan capaz de hacerme trizas con un solo parpadeo y el nuevo disparo de adrenalina evita que huya aterrorizada. Hay algo terrible en él, algo que me atrae y me repele, no sé qué pasa, no quiero saberlo pero aun así me quedo en mi sitio. Me quedo ahí, sentada sobre su regazo y vuelta un caos, con el dolor, la ira y el ansia destruyéndome por dentro.
— ¿Decepcionada? —arquea una ceja y sus manos se deslizan a mi cintura, me aprieta con fuerza, casi tanta como para hacerme daño. Pero su voz denota el deleite, denota la satisfacción ante mi confesión.
—Sí, estoy tan decepcionada de ti, porque pese a que lo sabía que sólo soy un juego para ti, creí que en realidad me respetabas, que podrías cumplir con tu palabra —mi voz es dura, gélida, no sueno como yo misma.
Y Sebastián deja de lucir tan rabioso, deja de parecer una bestia. Y éste hecho es el que de verdad me aterroriza. Porque entonces, mientras le veo desarmarse, mientras lo veo ser tan humano, mientras veo que mis palabras lo han herido de verdad sé que estoy jodida, sé que sin importar cuanto lo intente no puedo mitigar lo que siento por él.
—Creí que me serías fiel en todos los sentidos, porque eso me prometiste cuando todo esto empezó ¿No? Que serías leal, que me dirías la verdad y me protegerías de todo, pero has fallado, desde el principio, no puedes siquiera mantenerme a salvo, no puedes hacer bien tu trabajo… —mi voz tiembla sin que pueda evitarlo, pero sé que no es el dolor lo que lo provoca, no, es la rabia, es el rencor, es todo el resentimiento que le guardo.
—Todo este tiempo no has sido más que un inútil, seguimos dando vueltas, seguimos jugando entre nosotros y sigues haciendo lo que se te da la gana ¿Qué estás haciendo en realidad? Porque allá afuera, en alguna parte de esa ciudad él sigue suelto, tal vez, justo en este momento otra chica esté muriendo, o quizá a otra chica le están haciendo lo mismo que a mí. Por ahí, en alguna parte, está Richard, esperando, tal vez esperando a morir porque no puedo salvarlo, porque en lugar de salvarlo estoy aquí contigo, jugando —no contengo el veneno que se filtra por mi voz, la crueldad de mi mirada.
Siento que soy alguien más, que un monstruo que no sabía que habitaba en mi interior se abre paso y se apodera de mí. No sé quién soy ahora, no sé quién soy desde hace mucho tiempo y justo ahora ya no quiero reprimirlo.
No soy esa chica que hace un año amaba a Richard con toda su alma, no soy esa chica a la que le apasionaba escribir, no soy esa chica que era libre y que sabía lo que quería, que sabía de lo que era capaz, aquella que ignoraba que los demonios existen y que se puede estar muerta de muchas maneras.
No, ahora soy esto, una chica que ha tirado todos sus sueños a la basura, la culpable de que ahora todos mis seres queridos se encuentren en un peligro de muerte, soy la asesina de Susan Rallye y Annelisse Barton, yo tengo la culpa de que Richard tal vez… mientras que yo estoy aquí, aquí jugando con un demonio, pretendiendo que alguna vez o de alguna forma él conseguirá amarme de la misma forma insana en que yo lo hago… soy un monstruo.
Y ya no me importa.
—Te odio, —espeto a centímetros de su boca, él jadea— dio lo que me has hecho, odio en lo que me he convertido. Sólo quiero terminar con todo esto, por eso estamos aquí, para acabar con todo de una buena vez, —y su ojos se vuelven más turbio, mi espalda punza en respuesta y puedo saborear la agonía que refleja su mirada oscura, la misma que se instala en mi pecho— no me importa lo que hagas, no me importa si soy sólo un juego para ti, pero no voy a perdonarte nunca si por tu culpa todo lo que he sacrificado para salvarlo, para salvarlos, resulta inútil. No te perdonaré nunca si no consigo lo que me prometiste.
Respiro agitada, incapaz de decir más, siento que me he librado de un gran peso, la opresión en mi pecho cede, la ira se disipa y sé que me he desahogado lo suficiente. Sé que el dolor volverá, sé que volveré a ahogarme y sé que todo está mal, que todo en mí está mal.
Pero ya no importa. Ahora ya no me importa, por ahora está bien.
Sebastián me mira de esa forma que destruye todo vestigio de razón en mi mente, es como si de pronto él me hubiese arrebatado también el dolor que jamás cesó desde que lo conozco, luce como alguien destrozado. Como si de pronto el peso del tiempo, de sus actos le golpeara y no puedo entenderlo. No puedo comprenderlo, no sé qué es lo que piensa ni qué es lo que siente y me niego a averiguarlo.
Sólo sé que mi corazón palpita como loco en mi pecho, sólo sé que el calor dentro del auto no es producto de la calefacción y que pese a lo empañados que están los cristales de las ventanas jamás había sentido tanto frío dentro de mí.
Me niego a escuchar a esa voz lejana pero escandalosa que me implora que me vaya, que le deje en paz, que no debo usarle ni lastimarlo. Pero es una voz molesta, idiota, así que la ignoro, porque justo ahora lo único que necesito es su calor.
Necesito a Sebastián.
Necesito el fuego que enciende en mi interior, el incendio de placer que estalla cuando estamos juntos, necesito que termine de consumirme, que queme todo hasta que no quede más.
Su mano es cálida cuando me acaricia la mejilla, la mano con la marca del contrato que nos une; me acomoda un rebelde mechón de cabello tras la oreja y lo hace con lentitud, casi con dulzura.
Sus ojos son de un rojo quemado, apagado, y no del vibrante tono carmesí que invade mis pesadillas.
Está rendido ante mí, deshecho y ya no me importa.
—Lo lamento —susurra tan bajo que apenas y puedo escucharlo, sus dedos se enredan en mi cabello, su otra mano me acaricia el cuello y quiero ignorar la profunda melancolía con la que me mira.
Parece como si se acordara de algo cuando una sonrisa triste le adorna los labios, parece estar muy lejos de ahí, de mí, pese a que me mira a los ojos.
—Lamento no ser lo que necesitas, nunca seré lo que necesitas ¿verdad? —su voz es áspera, sus ojos son una tormenta de un algo a lo que me niego a ponerle nombre— Cumpliré con mi parte del trato, cumpliré con lo que deseas sin importar lo que sea. Ésta vez prometo protegerte de cualquier peligro, hasta que no quede nada de mí y este cuerpo sea destruido. Y seré tu arma, tu escudo y tu espada, todo lo que necesites que sea, yo lo seré.
Prometo que ésta vez te seré fiel —la vehemencia de su tono resulta todo lo que siempre quise mientras me toma una mano y la lleva a su pecho, siento el latir de su corazón como un rugido, un grito de dolor— y que cumpliré con cada orden que me sea dada al pie de la letra. Prometo que nunca te traicionaré… seré una herramienta, un objeto…
Pero no le dejo continuar, lo necesito, lo necesito ahora.
Y antes de que pueda terminar de decirlo ya estoy besándole, lo beso con urgencia, con violencia. Al principio él no responde, Sebastián se queda tan quieto que un escalofrío me paraliza a mí también. Pero en cuanto me detengo y trato de apartarme, es él que busca mis labios, es él quien me besa como si no existiera nada más.
Y me dejo ir, ya no puedo resistirme, ya no quiero resistirme.
Su beso es brusco, rudo, no hay ni una pizca de esa dulzura con la que me tocaba hace unos instantes. Y lo agradezco, lo disfruto, porque lo único que quiero es saciar esta ansia, este deseo.
Le devuelvo el beso con la misma intensidad, la misma furia y brutalidad, consigo entrelazar mis manos detrás de su cuello, ahondo el contacto y su lengua invade mi boca.
Me deja sin aliento cuando sus manos se cuelan bajo mi blusa y esta vez no se detiene, llega hasta las copas de mi sujetador y lo levanta, sus manos se posan en mis pechos desnudos y sus labios abandonan los míos. Vuelve a lo que hacía, a la dulce tortura de su boca dejando un sendero de besos por cada tramo de piel en mi cuello.
Sus dedos encuentran mis pezones y no reprimo el gemido que se me escapa cuando los pellizca levemente.
Lo siento mordisquear mis clavículas y no puedo evitar comenzar a mover las caderas, lo escucho contra mi piel y me obligo apartarme sólo para poder quitarme la blusa.
El frío se ha ido y todo lo que siento es el calor de su mirada, el fuego en sus ojos me abraza, me consume y es todo lo que necesito. Todo lo que quiero.
Soy yo quien le quita la camiseta y quien comienza de nuevo el contacto, me aferro a su pecho, a su boca, con desesperación y sus dedos se encajan en mis caderas, me obliga a moverme y el leve roce comienza a adquirir ritmo.
Pierdo el sentido, consumida por las sensaciones que me provoca, por el calor que se acumula en mi vientre y la deliciosa fricción que se provoca. Pero no es suficiente, necesito más.
Necesito mucho más.
Mis manos se mueven por si solas, le beso con ferocidad y atrapo su labio inferior entre mis dientes, jalo, succiono levemente su labio y Sebastián arroja un gemido ronco cuando mis manos alcanzan su destino y comienzo a desabrocharle el pantalón.
El demonio me detiene, apresa mis muñecas con una sola mano y me obliga a mirarle, sus ojos nublados por el deseo son un reflejo de los míos y me obliga a detener el vaivén de mis caderas, a enderezarme un poco.
No me suelta, soy su prisionera, quedo cautiva por la fuerza de sus manos, enormes en comparación a las mías.
Con su mano libre toma uno de mis pechos y comienza a acariciar mi pezón con los dedos. Trato de quedarme quieta pero se vuelve imposible cuando su boca comienza a atender mi otro pezón, está torturándome y no puedo reprimir la serie de gemidos que me arrancan sus caricias.
Esta vez aumento el ritmo cuando comienzo a frotarme contra él, anhelo su contacto, ardo por él y la ropa se vuelve demasiado estorbosa llegados a este punto.
—Deja de jugar —le suplico sin aliento y el demonio aparta su boca de mi pecho para sonreírme con diversión.
Pero lo hace, deja de torturarme y con manos hábiles y rápidas termina de desabrocharse el pantalón y descubro con sorpresa que no se ha molestado en ponerse ropa interior.
Me duermo el labio con fuerza antes de bajar mis manos a su erección y comenzar a torturarle con la misma urgencia, su boca vuelve a reclamar la mía mientras gruñe complacido.
Maldigo en voz baja cuando escucho el sonido de la tela de mis jeans al rasgarse, no quiero ni ver en qué estado ha dejado a mis pobres pantalones, sólo soy capaz de seguir besándole.
Protesto cuando aparta mis manos de su prominente erección y me obliga a colocarlas sobre sus hombros.
Pero pronto dejo quejarme cuando sus manos apretando mi trasero me hacen descender lentamente sobre su erección, me penetra lentamente y no puedo evitar encajarle las uñas en los hombros.
Sebastián gruñe con fuerza, su respiración es tan inestable como la mía y por un par de minutos ninguno de los dos se mueve. El demonio besa suavemente mi hombro, ése donde la marca del contrato se encuentra, pese a que lo hace tan suave y delicado mi piel se enciende y quema, lanza corrientes eléctricas por todo mi cuerpo. Gruñe contra mi piel y muerde con fuerza en el mismo lugar, lanzo un grito y no puedo soportarlo más. Necesito moverme, necesito más.
Sebastián me levanta un poco, sólo un poco, para acomodarse mejor en el estrecho asiento e inclinarme hacía delante de manera que su espalda queda libre para que pase mis manos inquietas por ella.
Entonces es como si leyera mi mente, sus manos comienzan a guiarme, a moverme y no tardo en seguir su ritmo, en moverme por mi misma.
Nuestras bocas se encuentran nuevamente, una de mi manos se adentra en las hebras oscuras de su cabello y tiro de él, en cuanto lo hago el demonio suelta un gruñido mitad gemido y debo de aferrarme a él con fuerza porque entonces decide tomar el control, decide que mis movimientos no son suficientes y comienza a mover las caderas para profundizar la penetración.
Aumenta el ritmo, siento que mi corazón podría estallar en mi pecho y mi voz sale libremente.
Gimo con fuerza y sus estocadas cobran mayor fuerza, mayor velocidad.
Me encuentro gritando lo que parece ser su nombre, pero mis gemidos son tan incoherentes, él no para de gruñir y el sonido húmedo de nuestros cuerpos unidos inunda el automóvil.
Sus manos dejan mis caderas, me rodea la cintura con un brazo y una mano traviesa se dirige a mi entrepierna. Grito con fuerza cuando sus dedos comienzan a acariciarme, se mueven en círculos y siento que podría enloquecer. Dejo de tirar de su cabello para aferrarme con ambas manos a su espalda.
—Sé que te encanta hacer ruido, pero aún hay autos pasando por la carretera —se burla entre jadeos y mi cara arde, es estúpido como es que eso consigue avergonzarme cuando nos encontramos en una situación así.
Pero no puedo evitar ser ruidosa cuando sus dedos me acarician mientras me embiste con fuerza.
Me calla con sus labios, con su lengua y el ritmo es frenético, desquiciante.
No puedo aguantarlo por mucho tiempo, la presión en mi vientre crece, es como una burbuja que continúa creciendo hasta ser gigantesca y sé que estoy cerca.
Mi cuerpo deja de responderme, trato de forma torpe y ansiosa de seguirle el ritmo, pero no puedo más, me aferro con fuerza a su espalda, sé que estoy arañándolo pero no puedo parar.
Siento que voy a explotar mientras el ritmo de sus caricias aumenta, no puedo seguir besándolo porque siento que he dejado de respirar y en cuanto alejo mi boca de la suya mis escandalosos gemidos salen sin control. Gimo contra su oído y eso parece motivar a Sebastián como ninguna otra cosa.
Me aprieta con fuerza contra su cuerpo, llegando tan profundo que casi resulta doloroso, pero es ese exquisito dolor el que termina conmigo.
La burbuja gigantesca revienta y mi orgasmo me ataca sin piedad alguna, me deshago entre sus brazos mientras una corriente como lava hirviendo me recorre de pies a cabeza.
Sebastián gruñe con fuerza contra mi cuello sin dejar de moverse y lo hace tan rápido, tan fuerte; que siento que me partirá en dos. Pero no importa, incluso cuando resulta un tanto doloroso la brutalidad con la que me penetra el dolor sólo consigue prolongar el placer que me embriaga y no puedo parar de gritar su nombre cuando una nueva presión se forma en mi vientre y vuelve a estallar.
Esta vez siento que pierdo el sentido, mientras el demonio alcanza el éxtasis y encaja los dientes en la sensible piel donde está la marca del contrato.
La oleada de placer es más fuerte que antes y dejo de respirar, cierro los ojos y un grito se atora en mi garganta.
Sebastián deja de moverse, sus manos se aferran con fuerza a mis caderas, sus dedos se encajan en mi piel y me hace daño, sé que dejará una marca y no podría importarme menos. Yo misma hago lo propio en su espalda, siento su sangre cálida empaparme los dedos mientras la nube de placer se disipa poco a poco.
El demonio jadea contra mi cuello, consigo recuperar el aliento y mis manos caen inertes a mis costados, pero Sebastián no me suelta, sus manos se deslizan de mis caderas a mi cintura y su tacto me provoca escalofríos.
En lugar de soltarme me envuelve entre sus brazos y dejo caer mi mejilla contra su hombro.
El sudor escurre por mi frente, por todo mi cuerpo, pero el calor no me abandona, continúo en llamas por lo que parece una eternidad hasta que mi respiración vuelve a su ritmo normal.
Mis brazos vuelven a la vida y lo que queda de mi orgasmo se esfuma por completo, le acaricio la espalda y sé que todo ha terminado.
Sé que ya nada será como antes, que ya nada podrá volver a ser como era. Que todo lo que me queda es éste momento y que en cuanto volvamos al mundo exterior ya nada tendrá remedio.
Esto ya no podrá repararse, esto es todo lo que puedo darle y es todo lo que él puede darme.
Me obligo a empujar lejos la amargura, la tristeza que brota en mi pecho como un cáncer, me obligo a disfrutar lo que queda de éste momento. De nosotros.
Y le obligo a mi corazón a matar las esperanzas que aún le quedan.
Seguimos así, juntos, por un buen rato, mientras el demonio respira en mi cuello, en mi pelo y sé que ya es momento de separarnos cuando deja besos suaves y cortos en mi hombro. Me enderezo para mirarle, con las piernas agarrotadas y las caderas adoloridas.
Me sonríe, me sonríe de verdad, con una sonrisa discreta, pequeña y le beso una última vez antes de que el mundo exterior nos obligue a separarnos.
Dejo que mi teléfono siga sonando unos segundos más mientras me levanto con dificultad de su regazo y vuelvo al asiento del conductor.
Sebastián no deja de mirarme mientras se acomoda los pantalones, luce como un desastre y sé que yo me veo peor, pero el frío del exterior invade el auto y recuerdo en dónde estamos, recuerdo que estamos a orillas del camino en una carretera estatal a pocos kilómetros de la caseta de peaje y a muchos menos kilómetros de alguna estación de servicio.
Cuando me atrevo a buscar mi teléfono en el porta bebidas sé que ya todo se ha terminado. Y cuando Sebastián reclina el asiento para alcanzar una de las maletas que hemos dejado en la parte trasera, sé que ya no puedo retractarme.
Entonces tomo mi teléfono y es un milagro que no me tiemblen las manos, no me molesto en ver el identificador de llamadas, sé por el tono del timbre que se trata de Lance y cuando contesto pongo el altavoz.
—¡¿Dónde demonios están?! —grita la voz de Lance desde el aparato y recibo la ropa limpia que el demonio me ofrece antes de contestarle.
—Lo lamento, había mucho tránsito para salir de la ciudad —mi voz no tiembla y me sorprendo de lo buena que soy fingiendo ese tono de fastidio.
—Se supone que estarían aquí hace dos horas, llevo sentado como idiota dos horas en las hamburguesas de Bernie, me veo como un tipo al que han plantado, un depresivo chico plantado —le ofrezco a Sebastián mi teléfono mientras trato de vestirme rápidamente.
—Estamos por llegar, —apremia Sebastián y no me sorprende que cuando termino de colocarme la ropa interior limpia, él ya está por completo vestido e impecable— danos una hora y media más, estamos por llegar a la gasolinera antes de la caseta —su voz es calmada y tranquila pero la marca del contrato comienza a punzarme.
No entiendo lo que significa y no me detengo a pensarlo.
—Está bien, pero ni un minuto menos ¿entienden? —Lance suspira al otro lado de la línea mientras yo lucho por ponerme los pantalones— no quería decirles esto por teléfono, porque no quiero alterarte marmota, pero anoche llegó un nuevo caso —dice y casi puedo verlo pasándose las manos por el cabello con frustración.
Me quedo helada, con los pantalones a medio poner.
— ¿Un nuevo caso? —pregunto y la ansiedad y el terror escapan de su jaula y amenazan con poseerme.
—Sí… —suspira Lance— anoche mi compañero y yo hacíamos guardia, ya sabes, rutina, porque soy el nuevo y debo de hacer todo su papeleo por él. Pero nos llegó un llamado, alguien reportó un incendio en un lote abandonado y me pareció extraño porque esas son cosas para los bomberos ¿no?, pero reportaron que habían escuchado gritos y disparos antes de que el fuego comenzara.
Cuando mi compañero y yo llegamos al lugar, por suerte los bomberos ya se habían encargado del fuego, pero bueno… —hace una pausa y arroja un sonoro suspiro antes de continuar—, había tres cuerpos en la escena. Tres chicas… yo no les encuentro ninguna otra similitud más queesa, pero las tres habían sido reportadas como desaparecidas en las últimas semanas.
Miro a Sebastián, de pronto el frío incrementa y consigo terminar de vestirme pese a que mis manos tiemblan como locas.
— ¿Y qué te hace pensar que tienen algo que ver en esto? —es el demonio quien pregunta, severo, serio.
—Bueno, eso sí que no se los puedo explicar por teléfono, tienen que verlo ustedes mismos… es… —Lance vuelve a suspirar de pura desesperación y la angustia y el miedo son como una soga en mi cuello que me impiden respirar con normalidad—, nunca había visto algo como eso… sé que ha sido la misma persona que le hizo eso a Susan y a Barton, lo sé, puedo sentirlo. Como sea, conseguí una cita con el forense, nos dejará ver los cuerpos esta misma noche luego de la cena de ensayo.
— ¿El forense, cómo es que un médico forense te hace un favor como ese cuando eres un novato? —Sebastián se mofa, arrogante pero yo sé la respuesta antes de que Lance la diga.
—No me está haciendo el favor a mí, idiota, el favor es para ella… el forense es su contacto ¿Cómo demonios dijiste que se llamaba? —sé que la pregunta va para mí y Sebastián se muestra curioso pero incrédulo.
—Undertaker
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El resto del viaje es tranquilo, ninguno de los dos dice nada después de la llamada de Lance y la necesidad de tomar aire fresco se vuelve insoportable.
Salgo del auto a tomar aire y debo de inclinarme, aferrarme a mis rodillas y recordar que ellos están bien, que mi familia está a salvo, que Jessica está lejos de mí y que no pueden hacerle daño. Pero mi mantra no surte efecto, sí que hay alguien a quien puede dañar, a quien no puedo proteger.
Lance.
Y esa simple idea destruye mi calma.
Vuelvo al auto en un segundo, sé que ya no puedo contener mis emociones, mis manos tiemblan cuando intento arrancar el auto y las llaves caen sobre el tapizado. El demonio se ofrece a conducir, no me niego y me asegura que sabe llegar.
Pero yo no puedo mirarle, la ansiedad ha retornado de su escondite y conforme pasan los minutos sólo consigue empeorar.
Sebastián se detiene en la gasolinera más próxima y me obliga a bajarme del auto, quiero protestar pero obedezco, es como si funcionara en automático y lo primero que hago es buscar un baño. Me lavo la cara y el agua fría consigue tranquilizarme un poco.
Cuando regreso al auto consigo respirar con normalidad y el demonio me ofrece una botella de agua bien fría, no me atrevo a mirarlo cuando me pregunta si estoy bien y emprendemos la marcha con tranquilidad.
Ignoro la tensión, ignoro su mirada sobre mí y me enfoco en lo que veo a mi alrededor.
No puedo negar que la nostalgia me invade, sobre todo cuando el letrero con el nombre de la ciudad me da la bienvenida. Hace cinco años que había salido de Shirlight City y jamás pensé que volvería, sin embargo aquí estoy y la ciudad donde crecí me recibe con un cielo nuboso, gris.
Es tan diferente de Bridgeport, tan distante de la verde Weston…
El panorama mismo ya resulta intimidante y el presentimiento de que algo muy malo va a pasar surge como una chispa.
La ciudad es muy diferente a como la recuerdo, hay muchos más rascacielos de los que recordaba y las torres de apartamentos abundan. Mientras recorremos la ciudad sólo descubro más cambios, las calles acaban de ser pavimentadas y las avenidas resultan amplias y luminosas. Hay autobuses gigantescos en lugar de los viejos camiones que solía tomar para ir a la universidad y los taxis han cambiado de color.
Pero pese a los drásticos cambios nada me sorprende hasta que nos adentramos por las calles de Palm district, el lugar en donde vivía con mis padres, y el lugar en donde solía estar la escuela primaria a la que iba cuando pequeña es ahora un estacionamiento y el resto de la cuadra alberga un supermercado.
Tardamos varios minutos más, las calles son como las recuerdo, estrechas y las fachadas de las casas lucen coloridos adornos navideños. Las luces resplandecen pese a que aún es de día y aunque hace frío, sin lugar a dudas la temperatura es mucho más alta que en casa.
Otra sorpresa, grata esta vez, es cuando al doblar en la esquina veo la única cosa que no ha cambiado ni un poco. El letrero de neón de Bernie's, la vieja hamburguesería de los cincuenta que solía frecuentar durante mi infancia, continúa ahí como si el tiempo no hubiese pasado en lo absoluto. Incluso todavía la b parpadea.
Y me siento ansiosa, nerviosa; tanto que ni siquiera espero a que el auto deje de moverse del todo y he abierto la puerta para bajarme.
Tengo que reprimir el impulso que tengo de correr y respiro hondo. No espero por Sebastián, entro yo sola al lugar y escucho la campanilla de la puerta sonar.
Todo sigue como siempre, el piso de mosaicos blanco y negro, el olor a carne a la parrilla, los gabinetes de piel roja, incluso la rocola sigue ahí. Y el viejo Bernie me saluda al verme pasar, es el mismo viejecillo regordete y calvo que recuerdo, con la barba blanca recortada y el moño rojo en su camisa de cuadros.
Pero no me detengo a saludar a Bernie, mi mirada examina el lugar en busca de Lance Riddle y lo encuentro al fondo del restaurante, sentado en la misma mesa donde solíamos reunirnos.
Me ve tan pronto a como yo lo encuentro, luce tan aliviado y feliz que es todo lo que necesito para sentirme bien, a salvo.
Y no contengo las ganas que tengo de abrazarlo, de comprobar que está entero y que mi halo de destrucción se mantiene lejos de él. El calor de sus brazos envolviéndome, su olor, es todo lo que necesito para que por fin la angustia se aleje, que el miedo se extinga. Lo abrazo con fuerza y su risa me contagia.
—Tardaste siglos, por un momento creí que… —pero no termina la frase, tampoco me suelta y yo no quiero soltarlo.
—Lo siento, tuve la brillante idea de querer conducir hasta aquí —el alivio me domina y debo empujar lejos las lágrimas que siento en el fondo de la garganta.
—Riddle —la voz de Sebastián a mi espalda es la única señal que necesito para por fin separarme de Lance.
Incluso el demonio parece relajado y la manera en que se estrechan las manos como si fueran viejos amigos es por completo surrealista.
—Hola Satanás ¿Qué tal el viaje? —su pregunta es inocente pero Sebastián le devuelve una sonrisa cruel, falsa, y Lance se lo toma con humor, vuelve a reír y enfoco mi atención en el brazo que pasa por mis hombros.
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No me desagrada la imagen que el espejo del baño me devuelve, estoy lista y luzco encantadora. Las enseñanzas de Simone han rendido sus frutos y lo único que me falta es ignorar esa terrible sensación en mi pecho de que algo horrible está por ocurrir.
Debo de concentrarme, repaso una vez más lo que tengo que decir y maldigo en voz baja el hecho de estar sola ahora.
El plan era sencillo, Lance lo había planeado todo con precisión. Mi amigo y el demonio irían a inspeccionar la escena del crimen mientras que yo asistía a la cena de ensayo, sólo tendría que sonreír y ser amable hasta que ellos regresaran y partiéramos juntos a la morgue.
—Maldición Samantha —le espeto a mi reflejo y me siento como una loca— se supone que estabas siendo valiente y enfrentando las cosas… ¡No es momento de encerrarte en el baño y portarte como una loca!
Mierda.
Respiro hondo una vez más y aliso las inexistentes arrugas en mi vestido.
El color es bonito, aguamarina, y me enfoco en esa tontería antes de abrir la puerta y abandonar la seguridad del baño.
Vamos, puedes con mucho más que esto, enfrentaste a Sebastián, te has salvado de morir tantas veces…
Pero por más que lo intento nada me prepara para lo que ocurre. Estoy ahí, caminando en el restaurante más despampanante de la ciudad, caminando hacia la mesa donde uno de los fantasmas de mi pasado me espera.
Y cuando estoy frente a ella no sé ni que decir.
Natalie Redford me da la espalda pero aun así puedo reconocerla, su pelo está atado en una coleta alta y se ríe de algo que yo no consigo escuchar.
Soy patética.
Y para mi desgracia la voz de Evelyn, chillona y melosa me intercepta cuando decido dar media vuelta para escapar.
— ¡Es ella, ahí está! —exclama con alegría y me siento enferma, siento la bilis subirme por la garganta y sin embargo, cuando Evelyn me jala del brazo y me arrastra a su mesa no me resisto.
Es una suerte que haya poca gente dentro del lugar porque ahora todas las miradas se posan en mí, y lo último que necesito ahora es que alguien llame a la prensa.
La hermanita de Jacob me obliga a sentarme y me encuentro siendo escrutada por un grupo de chicas de las que apenas y me acuerdo.
Y cuando veo de frente a Natalie me quedo congelada.
Ella luce igual, sigue tan elegante, tan fresca y radiante, sus ojos color miel me miran de arriba abajo y sus labios pintados de rosa me sonríen con esa falsa cortesía suya.
—Luces maravillosa Sammie, querida —su voz es tan dulce, su sonrisa tan amplia y su mano cruza la pequeña mesa redonda, me tiende la mano con ese aire de superioridad que siempre la caracterizó.
La piedra en su sortija es del tamaño de una fresa pequeña y brilla tanto que es difícil de mirar.
Sé que está presumiendo y que trata de intimidarme, pero no puedo dejar que se salga con la suya.
Ya no somos niñas y ella ya no puede hacerme menos.
—No, tú luces tan radiante Nat —le sonrío y uso ese mismo tono falso y amable con ella, Natalie parece confundida cuando mi mano estrecha la suya y su cara no tiene precio cuando la —falsa— sortija que adorna mi dedo queda a la vista.
— ¿Es de verdad? —chilla una de esas chicas, la que está sentada a la derecha de Natalie, la reconozco entonces como Jenny McMillan, una embarazada Jenny McMillan, la chica que se burlaba de Lance por usar frenos.
Asiento con una sonrisa y todas las demás se unen a los elogios para mi anillo.
—Es suficiente —bufa Natalie y su posición de abeja reina queda en claro, todas apartan sus manos lejos de mí y se acomodan obedientes en sus asientos.
— ¿Dónde estará él? —escucho que murmuran cuando los camareros llegan y toman los pedidos.
Yo no tengo hambre, me siento aturdida y le pido a uno de los camareros un vaso con whiskey.
Creí que sería peor, creía que no podría enfrentar a Natalie Redford, pero ahora, mientras la observo admirarse en su espejo de mano sé que ella no vale la pena.
Nunca ha valido la pena.
Las chicas continúan su cuchicheo y puedo oír mi nombre y el de Sebastián de forma esporádica y repetitiva. Natalie Redford ignora a todo el mundo, la veo enajenada con su imagen en el espejo y me siento tan fuera de lugar.
— ¡Pero mira a quién tenemos aquí! —la voz masculina a mis espaldas me resulta tan familiar que no puedo evitar voltear.
Sé quién es mucho antes de verlo, pero aun así resulta un tanto impactante.
Jacob Sullivan me mira con los ojos desorbitados y me impresiona demasiado que aunque sigue siendo igual de atractivo a como lo era entonces, su sonrisa de hoyuelos y sus ojos azules ya no causan ni el más mínimo efecto en mí.
—Hola Jake —le saludo con una sonrisa ensayada y falsa.
Veo a Jacob titubear y tengo que levantarme de mi silla.
Es tal y como lo recuerdo. Sigue siendo el mismo chico alto y atlético, con la barbilla partida cubierta por una sombra de barba oscura. Sigue siendo él, el patán que me rompió el corazón en mi adolescencia. El típico chico confiado que cree que por tener una cara bonita el mundo debe de postrarse a sus pies.
Y le he dejado sin palabras.
— ¿Samantha Simmons? —es todo lo que dice, parece anonadado y suelto una risa que pretende ser divertida, aunque la boca se me llena de bilis.
—Carson, ahora soy Carson… desde ¿No sé, cinco años ya? —le ofrezco mi mano intentando ser lo menos hostil posible y su reacción no me toma por sorpresa.
En lugar de estrechar mi mano se inclina para besarme la mejilla y pese a que odio que la gente haga eso le correspondo el saludo.
— ¿Verdad que es irreconocible, cariño? —Natalie de pronto está a un lado de Jacob y se aferra a su brazo— de no haberte visto antes en esas fotografías no hubiese creído que eres tú, porque ya sabes, solías ser mucho más bajita cuando estábamos en la escuela… —Natalie ríe de forma escandalosa y su comentario hiriente se me resbala.
—Bueno, soy dos años más joven que tú, no es mucho pero en aquel entonces era demasiado —ella hace una mueca ante mi comentario y Jacob parece contener una carcajada.
—Sí, es cierto, supongo que al fin creciste, al fin pareces una mujer y no una niña —continúa ella y puedo ver cómo encaja sus uñas largas y coloridas en el brazo de Jacob.
—Vaya, así que al final si conseguiste atraparlo —la voz femenina que lo dice me saca de balance, esto no puede ser bueno y un pinchazo de terror brota en mi pecho.
Es Jessica, Jess…
¿Qué carajo hace Jessica aquí?
—Jacob siempre fue excelente para bajarse los pantalones, así que nunca creí que fuera a casarse y bueno, tampoco creí que encontrases a alguien que pudiera soportarte —dice Jessica con diversión y veo a Natalie perder por completo la compostura.
Ellas se odiaban desde la secundaria y parece que el sentimiento persiste.
A Natalie se le arruga la amplia frente brillante que tiene, sus cejas se contraen de manera y horrorosa y parece que está oliendo un trozo de mierda.
—Jessica… ¿Qué tal te va…? —interviene Jacob, luce tenso, asustado y sé que le teme a Natalie, a Jess.
Me atrevo a mirar a Jessica, está a un par de pasos de mí y deseo con todas mis fuerzas que sólo sea una alucinación. Pero no, ella está ahí, tan cerca, con su piel oscura y el cabello negro y largo. La miro rápidamente, como si la escaneara, todo parece en orden, luce increíble con un pequeño vestido plateado y entallado, y los labios pintados de un exótico tono purpura.
Ella está bien, está sana y salva.
—De maravilla —le responde Jessica y parece tan aterradora justo en este momento, sus ojos grises parecen querer asesinar a Jacob cuando él estira su mano en su dirección para saludarla.
Me he quedado tiesa y ahora no puedo apartar mis ojos de ella.
Jacob deja caer su mano y Jess se acomoda un mechón de cabello.
— ¿Pero qué haces aquí? —inquiere Natalie con una sonrisa que le tira de los labios de una manera espantosa.
—Ah, lo siento ¿Te estoy importunando? —la voz de Jess es dulce, sarcástica y veo a la perfecta Natalie crispar los dedos en la mano enrojecida de Jacob.
—Es un evento privado —se defiende Natalie con una sonrisa que muestra todos los dientes, luce como el gato de Chesire y es horripilante.
La tensión es tanta que me preparo para el momento en que alguna de las dos se arroje sobre la otra. Así como cuando estábamos en tercer año y Jess le dejó un ojo morado y le arrancó un mechón de cabello a Natalie, porque ella había comenzado a esparcir rumores sobre el divorcio de sus padres.
Jessica nunca se había dejado intimidar por Natalie Redford, jamás había creído los rumores que la venenosa lengua de Natalie inventaba y Natalie la odiaba porque era la única en toda la escuela que se atrevió a enfrentarla.
Jess me había defendido, había peleado por mi cuando la furia de Natalie me alcanzó a finales del primer año.
Y el culpable de todo eso estaba ahí, Jacob Sullivan.
—No vayas comenzar a inventar que te acoso o algo así, no estoy aquí por gusto, acompaño a uno de tus invitados —responde Jess con una ancha sonrisa y casi puedo escuchar el rechinido de los dientes de Natalie.
— Viene contigo, Sammie querida? —inquiere Natalie, siempre tan amable, hipócrita—, creí que vendrías con ese prometido tuyo… ¿O es que te ha dejado? —,canturrea y reconozco la rabia con la que me mira.
Quiero responderle, quiero gritarle que se pudra y olvidarme de todo este asunto de una vez, pero las palabras continúan atoradas en el fondo de mi garganta.
Noto que Jess ha volcado su atención en mí, está mirándome pese a que lo ha evitado en los últimos minutos, sé que hace lo mismo que yo he hecho antes. Me examina con detenimiento, buscando al igual que yo alguna señal de que algo esté fuera de lugar.
La preocupación en los ojos de Jess es palpable, me hace sentir terrible al instante, la culpa me pincha en el estómago y las ganas de correr aumentan.
— ¿Qué tal si tú y yo vamos a saludar a mis abuelos? —Jacob es tan oportuno y Natalie no opone resistencia, asiente con la cabeza y es la primera en irse, con una sonrisa triunfal y esos aires suyos de que todo el mundo besa el suelo por donde camina.
Sigo congelada, petrificada, debo de recordarme cómo se respira, debo de obligarme a recuperar el control.
— ¿Estás bien…? Parece como si hubieras visto un fantasma, estás asustándome —la mano de Jess se posa en mi espalda, no esperaba que fuera ella la primera en hablarme.
No esperaba que volviese a dirigirme la palabra de nuevo, pero aquí estamos. Aquí está ella, preocupándose por mí aunque la he echado de mi vida.
Debo de repetirme que hago esto para protegerla, pero no puedo calmar mi miedo, mi angustia, Jessica está aquí, en esta ciudad, donde chicas desaparecen y son asesinadas por mi culpa.
Y el pánico porque algo le suceda apenas y me deja respirar.
Un camarero se acerca y me quedo como idiota mirando la copa que me ofrece, hasta que recuerdo el trago que le pedí y apuro el contenido en mi garganta. Ni siquiera consigo percibir el sabor, sólo sé que es fuerte y me pica la garganta.
— ¿Sam? —Jessica parece más alterada que antes y no puedo sostenerle la mirada, no puedo seguir cerca suyo, tengo que alejarme, tengo que apartarla tanto como me sea posible…
No puedo dejar que nada le pase por mi culpa.
—Lo siento, necesitaba eso —le sonrío a como puedo, pero sé que he fracasado—, yo… bueno, no podía decirle que no cuando recibí su invitación…
— ¿Es por Jacob o por Natalie? Jamás has podido decirle a que no a ninguno de los dos —sé que no quiere herirme cuando lo dice pero la amargura y el desdén están ahí.
Parece tan dolida que lucho por no consolarla, por no rodearla con mis brazos y mandar mis planes al carajo.
Lo hago por ella.
—Lo hago porque quiero —es mi respuesta y lo digo con tanta firmeza que hasta yo me sorprendo.
— ¿Qué estás haciendo? —como esperaba, Jess no se anda con rodeos, es directa y pregunta algo que no puedo confesarle pese a que en realidad quiero hacerlo.
—Vivo mi vida —espeto y sueno como una idiota arrogante, tan petulante como la mismísima Natalie.
Jess retrocede, aprieta los labios y sé que la he lastimado.
—No te creo una mierda —sisea y me atrevo a mirarla directo a los ojos, tiene los ojos brillantes, cristalinos.
Me quedo callada, mirándola, tratando de ser fría y cruel.
Jess no lo soporta por mucho tiempo, suspira resignada, la decepción en su mirada me taladra el alma, pero no hago nada por detenerla. No hago nada por impedir que se vaya.
No puedo.
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Lance Riddle mantiene su sonrisa pese a que es obvio que está aterrorizado, angustiado. Resulta curioso, casi cómico y aunque es tentador burlarse de él, Sebastián se contiene.
En lugar de burlarse se dedica a observarlo.
—No entiendo —dice el demonio y Lance Riddle le mira por un segundo antes de volver su atención al camino.
El humano deja de cantar lo que la emisora de radio local emite y conduce con tranquilidad antes de responder.
—Oh, algo que Satanás no entiende, eso sí que es nuevo —Lance Riddle se burla con su característica sonrisa.
Sebastián le fulmina con la mirada.
—Está bien, dime lo que sucede. Por si no lo sabes, criatura del averno; puedes confiar en mi… ¡Mírame! Técnicamente soy policía y he robado informes a escondidas para ayudarlos ¿No es eso ya una muestra de que puedes confiar en mí? —pese a que suena tan tranquilo al demonio no se le escapa esa mirada atormentada.
—No, en realidad es una prueba de que eres un completo imbécil —se burla el demonio y la sonrisa de Lance Riddle se borra—. Eso es lo que no entiendo, porque si fueras de verdad estúpido ya te habrían atrapado y estarías lloriqueando en prisión…
— ¡Yo no lloriqueo! —refuta el chico con molestia.
—Pero no eres un estúpido —continúa el demonio con seriedad—, es obvio que no eres tonto... de hecho, para ser humano eres muy listo.
—Oh, papi Satán me ama —se burla Lance son una sonrisa sarcástica.
—Deja de jugar Riddle —amenaza Sebastián y por increíble que parezca Lance Riddle pone expresión seria—. El punto es que, no consigo entenderte. Estás arriesgando tu trabajo, tu libertad, incluso tu vida sin pedir nada a cambio… ¿Por qué lo haces? Nada de esto tiene que ver contigo.
—Es por Susan —se apresura a contestar pero su determinación resulta tan débil, tan vaga.
—Sé cuando alguien trata de mentirme, soy un demonio ¿recuerdas?
—No tienes que recordármelo —masculla el chico con fastidio pasándose una mano por el cabello castaño—, mira, no es algo que te importe, tengo mis razones y soy de utilidad ¿No es eso suficiente para ti?
—No —musita el demonio con los ojos carmesí brillando con intensidad.
—Eres un dolor en el culo ¿lo sabías? —Lance Riddle termina la conversación en el momento justo en que estaciona su horrendo auto a un lado de la acera.
El demonio decide que es suficiente por el momento y se apresura a abandonar el viejo cacharro oxidado que su acompañante llama "Lucille".
—Lucille, bebé —recita Riddle con la voz melosa mientras sale de su asqueroso auto verde limón—, volveré en un segundo, sé una buena chica y arranca pronto cuando vuelva.
—Eres un ridículo —se queja el demonio mientras rueda los ojos y el aludido ríe a carcajadas.
Sebastián sigue al detective novato, la calle está desierta, es una zona de la ciudad horrenda y pestilente, las paredes están llenas de grafitis y hay una alcantarilla abierta cubierta con un pedazo de cartón. El demonio no recordaba haber visto tanta inmundicia o podredumbre desde aquella vez recorriendo las callejuelas de un barrio bajo de Londres, cuando el mocoso irritante de Ciel Phantomhive era su contratista.
— ¿Qué parte de la ciudad es ésta? —pregunta el demonio con curiosidad mientras atraviesan la calle estrecha y oscura.
—Esto es el corazón de Palm district, el lugar donde Samantha y yo crecimos—, dice el chico con nostalgia y el desconcierto en los ojos del demonio es demasiado notorio.
¿Ella había crecido en este lugar?
—Por aquí, en ésta calle —Lance hace un ademán con las manos como si quisiera abarcar la calle entera—, era por donde caminábamos para ir a la escuela... bueno, la escuela a la que íbamos ya no existe —una risa breve se le escapa y el demonio sigue con la mirada la dirección en la que el dedo de Lance Riddle apunta—, ahí —señala hacia adelante—, a unas cinco cuadras solía estar la escuela… pero la clausuraron hace unos cinco años, hace dos que se convirtió en un Walt-mart. Si quieres mi opinión, no creo que vaya a durar mucho, ésta zona en particular es la peor del distrito, roban ahí por lo menos dos veces a la semana.
Lance se encoge de hombros, como si lo que ha dicho no tuviera la menor importancia y continúa caminando hasta la esquina de la cuadra.
El demonio lo sigue incrédulo, tenía conocimiento de lo viles que se habían vuelto los humanos en las últimas décadas, pero ignoraba por completo que su señorita proviniera de un lugar como ese, ella jamás lo había mencionado.
Doblaron a la derecha, donde la única farola se mantenía encendida, su luz parpadeaba y era amarillenta y opaca. Un vagabundo yacía tendido a un par de pasos, con una enorme caja de cartón a su lado, era anciano, olía igual que un basurero y tenía el pelo y la barba tan largos que no se distinguía a simple vista el rostro pálido y arrugado.
— ¡Muchacho! —aúlla el anciano indigente y el olor a alcohol de su aliento es demasiado fuerte, impregna el aire.
—Eh, Satanás… —Lance toma el brazo del demonio y le obliga a acercarse al apestoso anciano—, ése de ahí es Patch, que no te intimide, en realidad es un viejo encantador —pero el demonio mira a Lance como si estuviera chiflado.
—Llegas tarde muchacho, si no me das lo de siempre no hay trato —refunfuña el viejo y se levanta tembloroso.
—Eres un viejo impaciente, toma —Lance Riddle se saca un paquete de la chaqueta y el oloroso Patch se lo arrebata de las manos.
El demonio piensa lo peor al momento en que observa la sonrisa complacida de Lance Riddle.
Pero entonces, Patch, desgarra con sus uñas sucias la envoltura de papel y el olor de la comida grasosa de esa hamburguesería reemplaza la pestilencia a orines y licor. El anciano apura el contenido del paquete, mordisquea la hamburguesa y engulle las patatas hasta que no queda nada.
—Este chico es mi héroe ¡Es un héroe! —hipa el anciano antes de caerse de sentón sobre la caja de cartón.
—Sí, sí Patch, soy el jodido Batman, ahora, no te vayas a dormir sin cumplir tu parte del trato —apremia Lance.
Patch suelta una carcajada que muestra cada uno de los pocos dientes podridos en sus encías hinchadas, pero su risa se convierte en una tos violenta y tarda varias minutos en dejar de toser.
El demonio ya no puede reprimir su indignación y toma por las solapas de la chaqueta a Lance Riddle, lo levanta del suelo y en menos de un parpadeo presiona el cuerpo del chico contra la pared.
—No juegues conmigo Riddle ¿Me has traído para esto, para ver a un vagabundo ebrio al que le das caridad? —Sebastián gruñe pero la sonrisa de Lance Riddle no vacila.
—Tranquilízate, Patch puede ayudarnos aunque no lo creas, él estuvo ahí, es un testigo, puede decirnos quién dejó ahí esos cuerpos —dice con la voz entrecortada y Sebastián duda un momento antes de soltarlo.
—Joder, mierda —jadea Lance Riddle mientras recupera el aliento—, sí que eres fuerte, casi me orino del maldito susto… creí que ibas a matarme. Habría sido una muerte demasiado patética, y habrían encontrado mi cuerpo a un lado de Patch ¡Que puto horror!
— ¿Quieres dejar de hacerte el gracioso y hacer que hable? —el demonio inquiere entre dientes y las ganas de asesinar a Lance Riddle se vuelven insoportables cuando su risa ronca vuelve a escucharse.
— ¿Oíste Patch? Éste es mi amigo, Satán, y si no le cuentas a él lo que me dijiste anoche entonces me hará picadillo ¿Quién te va a dar de comer si me convierto en un cadáver? —el anciano se retuerce, de pronto alarmado; y de sus harapos saca una botella de licor, le pega un trago largo y luego asiente frenético.
El apestoso Patch luce aterrorizado y mueve los pies descalzos con absoluto nerviosismo. Mira a ambos lados de la calle antes de aclararse la garganta.
—Mira chico, te lo dije anoche, pero sólo voy a repetirlo porque aunque sé que no eres el maldito Batman sé que eres el único en esta ciudad de porquería que puede hacer algo de verdad para arreglarlo todo. —Patch le pega otro trago a su botella pero no se relaja en lo más mínimo, vuelve a inspeccionar la calle— Todo está muy jodido aquí, el vecindario siempre fue una mierda pero nadie se metía con nadie ¿Entiendes lo que te digo?
No te diré que antes era el puto paraíso, si, la gente roba y de pronto algún desgraciado atropella a una vieja en la avenida pero esas cosas pasan en todo el mundo ¿No?
—Por favor Patch, no tenemos mucho tiempo —Riddle suplica y el anciano le hace una seña con los dedos.
Lance Riddle parece entender lo que le pide y saca del bolsillo de sus pantalones una cajetilla de cigarros nueva y se la da al viejo.
—Eres un viejo embustero —se queja Riddle y saca otra cajetilla de sus bolsillos, ésta se encuentra abierta y saca el último cigarro del paquete para llevárselo a los labios.
Lance Riddle prende su cigarrillo y le ofrece el encendedor al viejo vagabundo. El anciano se pone a fumar de inmediato y se guarda el encendedor entre los harapos.
—Ese era mi puto encendedor Patch, siempre haces lo mismo… —gruñe Riddle pero el viejo ni se inmuta.
—Te decía, la ciudad siempre ha sido una mierda, pero no una mierda tan gorda como lo es ahora ¿Sabes a lo que me refiero? Claro que lo sabes, todo el maldito mundo lo sabe, pero nadie hace nada… —refunfuña Patch y le da una larga calada al cigarrillo—. Y mira, yo estaba tranquilo, todo estaba tranquilo hasta que mataron a esa chica, la primera de todas ¿Cómo se llamaba…?
— ¿Se refiere a Susan Rallye? —el demonio interviene y es como si un rayo de luz iluminase toda la calle.
— ¡No! ¡Esa no! —grita Patch y el cigarrillo se le cae de los labios, pero eso no parece afectarle—, hablo de la otra, la primera de todas, esa pobre chica… ¡Si Dios hubiese visto lo que le hicieron a esa pobre chica! —Patch se retuerce, se le botan las lágrimas y se suena la nariz con un trozo de periódico que recoge del suelo.
Sebastián está por arrojarse sobre el miserable viejo pero Lance Riddle se interpone entre ambos.
—Lo siento Patch, pero debes decirlo todo —la voz de Lance es suave y confortable y el anciano asiente, se aclara la garganta.
—Está bien, pero debes saber que me juego el culo por ti chico —murmura Patch y le da otro trago a su botella —bueno… esa chica desapareció hace… ¿Hace cuánto encontraron a la periodista muerta…? Sí, eso, sí, eso fue hace ocho meses y la otra apareció a principios de ese año… —Patch cuenta con sus dedos como si fuera un niño pequeño y tras unos segundos contesta— ¡Desapareció hace un año! Si, esa chica desapareció en Noviembre del año pasado. Y no era algo común, la gente no desaparece así como así, pero ella lo hizo.
Creo tenía una tía o una abuela en California… no recuerdo cuál de las dos, pero sé que se había muerto, era una vieja ciega o algo así y estaba forrada hasta los dientes, o algo así decía el periódico… ¿Sabes que ya casi nadie los lee? Pero yo si, yo siempre… es bueno bajo la ropa para pasar el invierno y eso es importante porque de no haber sido invierno no habría leído la noticia y no habría sabido que había una chica desaparecida en nuestra ciudad.
Y entonces nadie supo de la chica, y como no tenía familia aquí nadie hizo nada para buscarla. Excepto esa periodista, pero ahora también está muerta ¿Muy curioso, no? Primero la chica que había desaparecido y luego la periodista… y después la chica donde estaban esos departamentos, luego la huérfana, la enfermera y la chica de 17 años, a esa la conocía, me daba dinero cuando iba a pedir a la avenida, iba en preparatoria, era muy linda —las lágrimas vuelven a escurrirle al viejo y de un solo trago se termina el contenido de la botella.
El demonio se queda sin palabras, es obvio que está hablando de las mismas chicas, todas ellas, cada una muerta por aquel que su señorita perseguía.
Imposible.
— ¡Y la pianista! —gime Patch llorando de forma ruidosa—. Ahí lo supe, yo lo entendí… esa pobre chica… la que tocaba el piano… la dejaron hecha pedacitos dentro del teatro ¡Fue tan espantoso! No vi el cuerpo, nadie lo vio, escuché que sacaron a esa chica en varias bolsas… como si fuera un rompecabezas… ¡Un rompecabezas!
No vi el cuerpo de la pianista ¿Qué cuerpo pudo haber quedado si es que le hicieron lo mismo que a la otra chica? Me imagino que fue igualito, igual de espantoso… ¡Yo lo sé Lance, debes de creerme! ¡Sólo el mismo monstruo pudo haber hecho todo eso…! Debe de ser eso, debe de ser el mismito animal enfermo el que mató a todas esas chicas. Porque a esa chica que desapareció le hicieron lo mismo.
¿Te acuerdas que dije que desapareció? Pues eso, así, puff, nada de nada. Un día estaba ahí en donde quiera que estuviera, aquí en esta ciudad y al día siguiente ya nadie sabía nada, como si la tierra se la hubiese tragado. Así ¡Pum! Y luego, en Enero, no me acuerdo de la fecha… no me acuerdo de nada sobre ese día además de eso. Y eso, Jesús, fue lo más horrendo que he visto nunca. Estaba en el basurero, como la Navidad y el año nuevo acababan de pasar había comida de puta madre en la basura y fui a darme un festín… y entonces yo encontré una bolsa ¡Una de esas que son negras y bien grandes! Ahí, en mitad de una pila de basura como si fuera sólo eso, basura. Pero abrí la bolsa… ¡No debí de abrirla, no debí! Pero lo hice, abrí la bolsa y estaba ahí… la chica del periódico… ahí estaba… —el viejo se suelta a llorar y Lance Riddle se sienta a su lado, sobre la caja de cartón que se hunde otro poco.
—Lo haces muy bien Patch, sólo otro poco ¿sí? —le susurra Lance Riddle con voz amable pero el anciano niega, continúa llorando y el muchacho le pasa una mano por los hombros—, por favor Patch, te traeré comida dos veces al día, sabes que lo haré. Te protegeré ¿Lo sabes, no? Nadie te hará daño, te llevaré a la comisaría y van a cuidarte ahí…
— ¡Los policías no pueden hacer una mierda! —grita Patch mientras empuja al Lance Riddle al suelo—. No me jodas ahora Lance, tú sabes lo que le pasó a la jefa, la aventaron ahí frente a la maldita comisaría… ¡Estaba muerta, bien muerta! ¡Y me va a pasar lo mismo, yo lo sé, ese tipo va a buscarme y va a encontrarme y me va a hacer picadillo y me tirará a la basura…!
—Eso es cierto, usted morirá y lo harán pedazos —Sebastián Michaelis interviene y el alterado vagabundo deja de llorar.
— ¡¿Pero qué estás haciendo idiota?! —vocifera Lance Riddle mientras se pone de pie—, Patch es todo lo que tenemos ¡Si lo asustas y se larga jamás volverá a hablar!
—Le digo la verdad, la policía no ha conseguido hacer nada y por lo que sabemos la única que lo intentó está muerta ¿Crees que van a poder proteger a tu amigo? —el demonio sonríe, sus ojos brillan en la oscuridad de la calle.
Lance Riddle aprieta los puños con fuerza, con impotencia.
Tiene razón.
— ¿Ves? Tu amigo es listo, es muy listo y no, no me voy a asustar como un puto marica ¿De qué otra forma crees que voy a terminar? Sé demasiado, podré ser un viejo borracho en la calle e igual me voy a morir pronto —Patch se pone de pie, parece lúcido, decidido— y si igual me hacen puré no me habré muerto sin hacer nada.
Dijiste que puedes acabar con esto, que puedes atrapar a ese hijo de puta y que nadie más volverá a hacer lo que le hicieron a esas chicas ¡Lo prometiste! Y eres un cabrón de palabra, lo sé, me das de comer… me das pasta aunque sabes que me la voy a gastar toda en puto alcohol…
Eres bueno, eres bueno y confío en que tú puedes, en que le callarás el puto hocico a Morales y vas a atrapar tú sólo a ese malnacido. Sé que es el mismo cabrón, sé que fue él, lo vi en el edificio abandonado ese, el que era una fábrica, estaba viviendo ahí porque hay muchos de esos barriles de metal y hacen unas fogatas que si calientan. Y estaba ahí, con esas tres chicas que desaparecieron, así como ella, estaban ahí y estaban vivas, estaban vivas…
Yo me escondí, atrás del barril y supongo que no podía ver a través de su máscara…
—Dime que es un maldita broma Lance y puede que no te mate —el demonio sisea fulminante, pero Lance niega con la cabeza.
—Patch es todo lo que tenemos, es lo más cerca que estaremos de hallarlo, sólo escúchalo, aún no me dice el nombre de esa chica que encontró y tengo un presentimiento Sebastián, llámame idiota, pero sé que esa chica es importante… me pasé la noche entera buscando en el archivo pero no hay nada sobre la chica y sé que no me miente, lo conozco. Por favor, confía en mí, confía en Patch… —suplica Lance Riddle y la determinación en sus ojos platinados no deja lugar a ni una pizca de duda.
Sebastián Michaelis se atreve a hacer lo que no había vuelto a hacer desde los tiempos de ese mocoso, confiar en un humano.
— ¿Ya dejarán de interrumpir? Me voy a poner muy ebrio después y quiero acabar ahora —el anciano refunfuña y espera la afirmación del demonio y el detective.
—Qué bueno, así se hace, debes de confiar en tus amigos ¿No? Los amigos hacen eso y Lance es el mejor amigo que puedas tener, lo juro, lo juro.
Pero les estaba diciendo, ese tipo estaba ahí con esas chicas y entonces las mató, una por una… a una la apuñaló y me asusté mucho, porque si, porque uno se asusta cuando ves algo como eso. Y me quise ir, quería irme aunque afuera hacía un frío de la mierda. Quise huir pero no lo hice.
Me creí Batman, me sentí como el puto Batman, porque me acorde de ella, en esa bolsa… quise ayudarlas… y traté de ayudarlas. Y tiré el bote con la fogata, así, empujé el barril y se calló sobre mis periódicos ¡Todo empezó a arder! Y entonces el de la máscara me vio, me vio y yo corrí como un loco hacia esas chicas, creí que le ganaría, porque sólo llevaba ese cuchillo en la mano y dije ¿Qué importa si me da con el cuchillo? Pero cuando estaba cerca sacó la pistola y en lugar de apuntarme agarró a una de las chicas, les había tapado la boca pero entonces a esa que agarró le quitó la cinta y le disparó.
No la mató, le dio en una pierna y entonces la chica gritó ¡Gritó tan fuerte! Y yo grité y el fuego del barril… y ya todo se estaba quemando… ¡Todo se estaba quemando! ¡Y no pude salvar a la chica que gritaba! ¡No salvé a ninguna.
Y dejé de sentirme como el puto Batman, Lance, lo siento… ¡Pero el fuego estaba en todas partes y ese tipo comenzó a dispararle a la chica! Y le disparaba y ella gritaba y gritaba… y me pedía ayuda ¡Me gritaba por ayuda! ¡Pero no la ayudé! Yo corrí, yo corrí y sólo pude escuchar los gritos de la chica y sus disparos… ¿La dejó como una coladera, verdad? Me imagino que si…
Debió de haberla dejado tan horrible como a la que encontré en el basurero… ahí en esa bolsa, con su cabeza cortada y todo lo demás hecho pedacitos. Era una chica muy bonita, tenía una cara muy bonita ¿Sabías eso? Era como ver a un angelito, era rubia y muy blanca… ¿Pero todos los muertos se ven blancos, no? Pero ella era muy rubia… tenía el pelo muy clarito, como si fuera blanco… como un angelito. ¿Por qué nadie había buscado a esa chica si era tan bonita? Pues nadie iba a buscarla, la vieja ciega estaba muerta, ella también… pero ¿Nadie más la extrañaría, nadie más se preguntaba dónde estaría Linnette Blackwood?
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Capítulo dedicado a la bella AnVi, bebé, gracias por la ayuda, eres amor del bueno3
Ahora: no, no me morí. No, no andaba de parranda. No, no abandoné el fic. No me maten por favor. Sí, soy universitaria, esa es la explicación más sencilla que tengo para no haber actualizado en tanto tiempo (¿?)
Dejemos mis dramas porque igual me van a lapidar.
Bueno, ahora hablemos de lo que nos importa y pese a que ha pasado un chorro de tiempo hagamos de cuenta que no. Y espérense puercas, que del lemmon hablaremos al final.
Primero la cosa del diario ¿Qué creen que pasa con eso? ¿Será que de verdad Lillian y Sebastián tuvieron algo que ver? Y no me vayan a decir que me lo saque de la manga, eso es algo de lo arrojé pistas desde la primera aparición de Lilian en el fanfic. Ahora, si es que no han puesto atención en los fragmentos del diario pues les diré que son muy importantes y que suelo dejar pistas por ahí casi siempre.
Hablando de la cosa de la boda, Natalie y otros chanchullos pues ¿Qué les puedo decir? Desde que yo comencé a escribir para mí siempre fue una cuestión bastante personal y Natalie es una de esas cosas que digamos que me pasaron y hacer a este personaje, con esa historia en particular es también mi forma de superar eso que a mí me pasó. Y que a mi homónima le haya pasado algo parecido es mera coincidencia (?) Pregunta indiscreta porque soy una metiche ¿Tuvieron alguna abusiva/o como Natalie en sus vidas? ¿Se solucionó? Yo jamás le dije que se fuera a freír espárragos, debí de haberlo hecho.
Hablando ahora de la cosa que de verdad debería de importarnos y todavía no hablo del lemmon, vayamos a esta cuestión de la escena entre Sebastián y nuestro mejor amigo favorito Lance Riddle ¿Qué piensan de eso? Vamos, suelten sus teorías locas sobre Linnette Blacwood, yo sé que quieren. En lo personal esa fue mi parte favorita del capítulo, adoro escribir esos momentos en donde Sebastián y Lance interactúan, no sé, como que los amo juntos, los veo en plan viejos amigos pero literal, así como dos viejos cascarrabias amigos que se insultan y todo eso(?)
Ahora sí, hablemos del lemmon y bueno, sí, fui bastante más gráfica esta vez en comparación con las escenas "calientes" antes de esta. Y espero la hayan disfrutado porque no creo que volvamos a tener escenas como estas (?) y la razón es que si lo notaron hay un cierto tinte amargo, medio triste pese a que se dieron duro y tupido. Así que eso, la explicación del lemmon en este capítulo ni yo puedo darla, salió sin planearlo y una cosas llevó a la otra… y ya saben cómo son esos dos juntos (?)
Esa escena es como una especie de… ¿despedida?
Como sea ¿Alguien notó la referencia a ese dialogo de la serie? Sep, el juramento de Sebastián 3
¿Alguien cree que lo cumpla? Hagan sus apuestas.
Otra pregunta ¿Qué creen que significó para Sebastián ese juramento? ¿Qué creen que haya sentido/pensado/loquesea con esa escena? Y no sean sucias(?)
Espero hayan disfrutado el capítulo y dejen su amor y reviews!
Nos vemos pronto, si es que queda alguien por ahí uwu
