Su señorita, monstruo.

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Mi corazón es un objeto, mi alma un señuelo.

¿Quién diría que el vacío puede ser tan frío?

He perdido esas partes de mí que me completan.

Soy la oscuridad.

Yo soy el monstruo.

Monster, Starset.

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14 de Enero, 1989.

He vuelto a tener ese sueño, mi pesadilla recurrente, esa que me persigue desde que soy una niña.

Pero algo ha cambiado y no sé qué hacer, esta vez no veo al niño escapando de una sombra sin rostro. No, me veo a mí misma escapando de un rostro que posee nombre y sé que es él, aunque al despertar ya he olvidado el contorno de su rostro pálido. Lo sé, en mi interior hay algo que grita su nombre, mi corazón retumba al mismo tono mortífero de su voz.

Sueño con Sebastián, ese muchacho que conocí hace tan poco.

Sueño con él y es el único monstruo en mis pesadillas.

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17 de Enero, 1989.

¿Crees que sea posible que exista algo más allá de lo humano, que lo paranormal existe? Yo no sé qué creer… todo es tan confuso ahora…

Anoche ocurrió algo muy extraño. Yo estaba sola en casa y había decidido pintar para relajarme un poco. Pero pese a estar sola me sentí observada en todo momento… como si hubiese alguien más en la habitación, como si en cualquier momento algo fuera a hacerme daño.

Traté de ignorarlo pero la sensación persistía, supuse que tal vez se trataba de una jaqueca o alguna cosa ocasionada por el estrés y la falta de sueño en estos últimos días. Y cuando decidí abandonar la estancia para irme a descansar a mi cuarto, fue que ocurrió.

Un estruendo vino de la cocina, el sonido de cristales rompiéndose y cuando llegué a ver qué había pasado, me encontré con que todos los utensilios, platos, vasos, copas y tazas, refractarios o cualquier otra cosa hecha de vidrio o porcelana se encontraba en el piso, todo estaba hecho pedazos.

En un primer momento pensé que tal vez algún niño había roto la ventana con una pelota. Pero cuando revisé las ventanas y la puerta, estas se encontraban intactas.

Y la sensación de alguien siguiéndome se volvió imposible de ignorar.

Entonces ese mismo viento de misterio, empujó la puerta de la cocina y ésta se cerró con estrépito, con llave y me dejó encerrada dentro. Estuve atrapada en la cocina por horas, inmóvil, aterrada, hasta que Demian llegó a casa.

Tu padre no me creyó cuando le conté lo ocurrido, nadie me creyó. Dijeron que estoy muy estresada, que es debido a la falta de sueño… que tal vez debería comenzar a salir con más frecuencia y hacer amigos.

Pero yo sé lo que pasó. Lo sé.

Sé que hay algo en esta casa y yo no le agrado.

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Había resultado sencillo entrar a la escena del crimen, los patrulleros que custodiaban la entrada habían cedido fácilmente a la charla encantadora y relajada que Lance Riddle les dio. Y el demonio había aprovechado la oportunidad para fundirse en las sombras del edificio abandonado y buscar cualquier cosa, cualquier vestigio o rastro que les diera más respuestas que preguntas. Pero había sido una búsqueda infructuosa, poco quedaba del edificio, había sido envuelto en llamas casi por completo y el único hallazgo fuera de lo común residía en el sótano del edificio, donde los cuerpos habían sido encontrados.

Ahí yacían, tres espacios en el concreto ennegrecido que se encontraban limpios pese a la sangre abundante. Era como si el fuego no hubiese consumido los cuerpos de esas chicas asesinadas, parecía que las llamas los habían rodeado, como si las llamas cálidas las abrazaran antes de dar su último aliento.

Ese simple detalle le había dado al demonio la información suficiente como para saber que lo acontecido dentro de ese edificio en parte era obra de algún ente sobrenatural. Pero al igual que en la casa donde vivía con su señorita, el ente al que se enfrentaba no había dejado ni el más mínimo rastro de su presencia. No había nada, ni siquiera el eco del poder que envuelve a lo sobrenatural. Nada.

Al preguntarle a Lance, Sebastián confirmó lo que ya sospechaba; el edificio le pertenecía al corporativo Blackwood y según el informe del seguro se usaba como bodega. Era extraño, pues dentro del edificio no había nada que pareciera un mueble o cualquier cosa que pudiera resguardarse, sólo había media docena de barriles de aluminio vacíos en el sótano y montones de basura que se había acumulado con los años. El edificio estaba en completo abandono pero se sabía que el corporativo Blackwood lo había adquirido en fechas recientes así como otros lotes igual de deteriorados y con el mismo antecedente de abandono, todos en la misma zona.

Lance había dicho con una sonrisa melancólica que su abuelo solía relatarle historias de cómo era Palm District hacía setenta años, el lugar era muy diferente, un sector industrial muy prospero pero la ciudad había pasado una mala racha, consecuencia de la misma oleada catastrófica que le vino a las grandes ciudades en Estados Unidos luego de la segunda guerra mundial. Y las numerosas fábricas se habían ido a la quiebra, todas excepto una; la entonces joven inmobiliaria Blackwood que había migrado con urgencia a la prospera costa Oeste del país y se había asentado en Bridgeport.

Lance Riddle había prometido indagar más sobre el asunto y el demonio se había propuesto lo propio. Con la resolución innegable de que el nombre Blackwood era la clave para el misterio que perseguían el demonio lograba ver la catástrofe que se avecinaba. Era un hecho que Susan Rallye había pagado con su vida por una información que ellos apenas y conocían, y el destino de Annelisse Barton había sido el mismo. Si Sebastián tenía la razón, ese humano alegre y optimista en definitiva sería el próximo blanco, casi podía verlo, como si Lance Riddle tuviese una diana pintada en el pecho.

La amenaza había sido muy clara antes, si el asesino de esas chicas había jurado hacerle lo mismo que a Barton por el simple hecho de estar demasiado cerca de Samantha ¿Entonces, qué le amparaba a Lance Riddle ahora que significaba una verdadera amenaza, ahora que ya sabía demasiado como para ser inocente?

Y aunque Sebastián detestara admitirlo Lance Riddle era muy útil, era mucho más que útil y si lo dejaba morir entonces ella jamás le perdonaría.

Le odiaría para siempre si algo llegaba a pasarle a Lance Riddle.

Ese muchacho era demasiado importante, era bueno y si le arrancaba a Samantha la última luz de esperanza a la que se aferraba entonces todo terminaría, la perdería para siempre.

—Por favor Lucifer, quita esa cara larga, estás deprimiéndome… —bromeó Lance mientras trataba de poner en marcha a la decrépita Lucille.

El demonio le dedicó una mirada seria, cansada, desde su asiento y el joven detective decidió dejar de intentar arrancar el auto.

—Suficiente, tienes esa cara desde que hablamos con Patch, deberías de estar eufórico ¡Yo estoy tan feliz, estamos tan cerca…! —exclamó Lance con esa sonrisa suya y los ojos grises brillantes, repletos de esperanza.

—¿Cerca de qué en realidad? —espetó el demonio con una sonrisa ácida, con la furia naciéndole en la garganta.

—¿Me dirás ahora que eres un demonio de lento aprendizaje? —la sonrisa del chico vaciló ante la fulminante mirada del demonio—, está bien, me pondré serio porque tienes una cara de mierda en este momento y me estas asustando de verdad —proclamó el chico con resignación.

El demonio gruñó en respuesta.

—No podemos decírselo —dijo el demonio con tanta firmeza que hizo temblar a Lance Riddle.

A Lance le tomó un segundo comprender a lo que Sebastián se refería.

Y el demonio vio como la ira teñía las facciones del chico, como sus ojos como plata líquida parecían relampaguear en mitad de la penumbra.

—¿Qué demonios estás diciendo? —gritó el chico y sus manos se aferraron al volante con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos.

—Creí que eras un genio ¿O ahora me dirás que eres de lento aprendizaje? —ironizó el demonio con una sonrisa venenosa.

—No juegues conmigo Sebastián ¿Tienes alguna idea de lo importante que es esto…? —vociferó Lance, indignado, furioso— ¡Linette Blackwood está muerta y allá afuera en la otra punta del país hay alguien, algo, que se pasea pretendiendo ser ella! Y no sé si tú ya lo entendiste pero para mí todo comienza a tener sentido, Linette Blackwood siempre fue la clave en todo esto y no le puedo ocultar esto a Sam…

—Entonces ve a decírselo, ve y dile que Linette Blackwood está muerta y que quien lidera al corporativo tal vez es el culpable de haber matado a todas esas chicas—masculló Sebastián con expresión fría, vacía— dile que la cabeza del corporativo Blackwood está detrás de todo esto y hazle saber que su sacrificio no valdrá para nada…

Y Lance Riddle se quedó de piedra, con la crudeza de esa revelación como un puñado de cuchillas atravesándole el pecho.

—Los Phantomhive son poderosos, sí, pero… ¿Crees que puedan protegerse de algo tan monstruoso como Linette Blackwood? ¿Crees que su poder baste para proteger a su familia, para protegerse a sí mismos?—preguntó el demonio y su voz atravesó el aire, se incrustó en lo profundo de Lance Riddle—. Tú no la has visto, pero yo sí y sé mucho más que tú, he vivido mucho más que tú, y puedo decirte que esa cosa que finge ser Linette Blackwood en definitiva no es humana. Es algo como yo, algo mucho peor… y por lo que sabemos no está sola ¿Crees que lo de la noche de Halloween fue una simple casualidad?

Sea lo que sea Linnette Blackwood tiene poder, tanto como para liderar a otros como yo, tanto como para eliminarte con sólo chasquear los dedos.

Lance Riddle no pudo contenerse, con la impotencia destruyendo su cordura golpeó con ambos puños el volante y emitió un grito frustrado.

—No voy a mentirle a mi mejor amiga por ti—gruñó con ambas manos sobre la cabeza y el demonio reprimió una carcajada cargada de ironía.

Lance Riddle era tan diferente de su señorita, era bueno, era demasiado bueno y su lealtad para con ella le ponía furioso.

Mientras que Samantha Carson ya le había mentido a todo el mundo, le había mentido a su mejor amiga y la había echado con crueldad de su vida con tal de protegerla. Incluso le mentía al demonio, Sebastián lo sabía, su truco esa mañana en el auto era la cúspide de su engaño.

Pero hasta entonces Samantha Carson había confiado ciegamente en una única persona y esa persona era Lance Riddle.

El demonio podía sentirlo, no sabía muy bien cómo, pero tal vez era demasiado obvio mientras veía la indecisión de Lance transformarse en culpa.

Lo supo desde el primer momento en que vio a Lance.

Desde que lo vio abrazándola y el vínculo sobrenatural que compartía con su señorita aulló en advertencia.

— ¿Y qué voy a hacer entonces? ¿Voy a sonreírle y fingir demencia, voy a fingir que no sé nada cuando lo sé todo, voy a mentirle y decirle que todo estará bien cuando sé que no es así?—Lance Riddle se convirtió en la imagen misma de la angustia, de la desolación y no quedó vestigio alguno del chico bromista de hace unos minutos.

Sebastián asintió en silencio para nada complacido, para nada feliz.

—Debes de confiar en mí —agregó el demonio con cautela—, lo haremos por su bien, lo menos que necesita ahora es saber que ninguno de sus seres queridos está a salvo ¿Qué crees que haría si se entera? Perdería la cabeza, haría una locura y entonces no podré protegerla, no podrás salvarla… culminó el demonio con la voz cargada de amargura y Lance Riddle se estremeció, indefenso.

—No sé de qué hablas… —titubeó el chico de pronto enfurruñado, de pronto aterrado.

Pero el demonio lo sabía, podía verlo con claridad en los ojos claros de Lance Riddle, en el doloroso golpeteo del corazón del chico.

Sebastián le dedicó una retorcida sonrisa, una que era más una mueca dolida que una sonrisa burlona pero Lance se aferró a sí mismo incapaz de moverse, incapaz de apartar la mirada.

—¿Eres consciente de que te estás poniendo en peligro si continuas? —inquirió el demonio con los ojos encendidos en llamaradas carmesí.

—¿Es inútil mentirte, no? De todas formas es como si pudieras ver a través de mí —Lance Riddle murmuró antes de soltar una risa carente de humor, rota—. Eres un demonio y yo soy un pobre infeliz que trata de salvar a alguien que no quiere ser salvada ¿Puedo ser más patético que eso? —Lance se desboronó entonces, con ambas manos en la cabeza y la mirada perdida.

Y el demonio guardó silencio, como si el dolor del chico fuera suyo, como si su desesperación fuera contagiosa.

El llanto le tomó desprevenido, Sebastián no lo esperaba, pero ahí estaba, ese chico que era demasiado bueno como para merecérselo, estaba ahí y lloraba de impotencia, de rabia, de dolor, por la misma mujer que estaba enloqueciéndolo, por la misma mujer que estaba utilizándolo.

No supo qué hacer en ese momento, no supo cómo reaccionar, lo único que sabía es que de cierta forma comprendía su dolor.

—Está bien —respondió el chico luego de varios minutos—, le mentiré por ti, voy a confiar en ti pero no lo hago porque de verdad crea en ti. Lo hago por ella, lo hago por protegerla y no dejaré que me hagas a un lado. Quiero ser parte de esto hasta sus últimas consecuencias, incluso si eso me lleva a la tumba— el demonio le ofreció una mano enguantada al chico, con solemnidad, con respeto.

Lance le miró un momento, aterrado pero decidido, sin temblar, sin vacilación estrechó la mano del demonio.

Y fue tan evidente que el demonio no pudo evitar sentir pena por él, se sintió tan cercano y tan unido a ese humano que no pudo evitar evocar la imagen de otro como él mucho tiempo atrás.

Incluso vio esa misma sonrisa, esa misma valentía reflejada en sus ojos, la misma de aquel que se llamó su amigo.

Pero Lance Riddle no era el servil Agni, no, no era un hombre entregado al servicio de su Príncipe.

No, Lance Riddle sólo era un chico que estaba enamorado de una chica.

Una chica que le había vendido su alma al demonio.

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Es mi tercer trago y decido que ya es suficiente. Lo último que necesito es parecer una ebria solitaria mientras los novios ensayan sus votos. Quiero vomitar y no es por el whiskey.

— ¡No!— chilla Natalie y tiene la cara roja como un tomate.

Decido que debo prestarles atención, porque Natalie ha decidido que debo reemplazar a su hermana mayor como dama de honor por el simple hecho de que he aparecido en televisión y eso podría elevar su status hasta las nubes.

Me siento tan asqueada de tantas formas diferentes en este momento…

Me doy cuenta entonces de que Natalie le ha gritado a uno de los encargados de las flores porque no le parece el color de las rosas. Ella sigue siendo la misma niñita caprichosa, consentida y mandona de antes y más que intimidarme, justo ahora sólo me da lástima. Incluso me compadezco de Jacob y me cuestiono el por qué es que va a casarse con alguien como Natalie.

—Todo debe de ser perfecto—farfulla Natalie con esa sonrisa espeluznante en la cara.

Decido que estoy demasiado sobria para soportarlo pero cuando estoy por pedirle otra copa al camarero, uno de los brazos de Natalie me empuja hasta casi hacerme caer.

Recupero el equilibrio sólo para verla correr a toda velocidad en dirección al baño pero choca con una de esas chicas que la idolatran y entonces Natalie le vomita encima.

Es como una película de terror, su vomito sale disparado como un chorro directo a las tetas falsas de esa pobre chica. La chica queda casi por completo bañada en vómito y comienza a gritar, empuja a la vomitiva Natalie lejos de ella y la aturdida Natalie cae al suelo sobre su trasero. Es obvio decir que ha limpiado con el culo todo el vómito que ha caído en el piso.

Y todo es como ver una serie de fichas de dominó cayendo; el camarero que pasa cerca se resbala y su bandeja vuela por los aires para aterrizar sobre la mesa con una torre de copas llenas de champán. La torre se cae y todo es un desastre de burbujas y cristales en pocos segundos. El resto del grupito de Natalie queda empapado de champán y el grito de la muy embarazada Jenny McMilllan amenaza con romperme los tímpanos.

Creo que Jenny ha entrado en labor de parto.

Pero la cereza del pastel se suscita cuando por la puerta del lugar entran Lance Riddle y Sebastián Michaelis, ambos de traje y tan brillantes y apuestos que un suspiro colectivo brota de todos los labios femeninos con excepción de Jessica que se ríe como loca al fondo del salón.

Veo a Natalie ponerse tan pálida como la cera pero nadie le ayuda a levantarse y su indignación pasa a la vergüenza absoluta cuando otra risa se une a la de Jessica.

Es Jacob, Jacob Sullivan; casi llorando de la risa porque su futura esposa ha vomitado como la niña del exorcista.

No quiero seguir viendo cuando las risotadas de Jacob se convierten en una carcajada colectiva y todo el mundo señala a Natalie Redford sobre un charco de su propio vómito.

Y yo no sé qué me pasa, pero en lugar de huir de ahí soy la única que se acerca a Natalie para ayudarle.

Natalie Redford me mira como un animal rabioso pero de todas formas acepta la mano que le ofrezco y se pone de pie. Me siento como una idiota porque aunque me lo esperaba igual me siento algo herida cuando me aparta de un manotazo y se va sin decir nada al baño.

Soy aún más idiota porque la sigo, pero Natalie no se detiene y entra al baño, cierra la puerta detrás de ella y es un milagro que no se me estampe en la nariz.

—Oye marmota ¿todo bien por aquí? —es Lance y tan pronto reconozco su voz, el tacto de sus manos rasposas me intercepta, siento el calor de sus manos jalarme del brazo y me detengo.

Me giro para mirarlo, mi interior es un caos y la ansiedad gana la batalla, tal vez es el alcohol lo que me lleva a hacer lo que estoy por hacer pero ni siquiera lo pienso, es algo que no puedo contener.

Y dejo que mi cuerpo actúe por sí solo, que mi puño se alce y conecte contra su barbilla. Le golpeo tan duro que siento el crujir de mis nudillos, duele, la poca sombra de barba que lleva en la barbilla me raspa la mano y mi piel arde.

—Joder… —jadea Lance y me apresuro a revisar mi mano, a evaluar el daño y veo mi mano enrojecerse, hincharse— ¡¿Estás loca?! —gruñe sobándose la barbilla y yo maldigo porque parece ser que me he dañado más la mano de lo que a él parece afectarle mi golpe.

—Maldita sea —sisea Lance y la sensación enfermiza que me recorre no me gusta para nada.

—Para ser así de pequeña pegas fuerte —sonríe y eso sólo consigue acrecentar mi ira, la sensación terrible que se ha acumulado en la boca de mi estómago desde que vi a Jessica en esta fiesta estalla.

— ¡¿Qué estabas pensando al traer a Jessica?! —le espeto, no puedo contenerme y es una suerte que estemos en un rincón tan apartado donde no hay nadie espiando.

Lance se queda quieto, sus ojos me miran con una intensidad que no comprendo y que hace vacilar mi coraje, la ira que burbujea en mis venas se diluye, y todo lo que queda es el horror, el miedo.

—¿Por qué trajiste a Jessica a la ciudad? —consigo decirle pero el temblor en mi voz es incontenible y el miedo comienza a reptar por mi garganta.

—Yo no lo traje, Natalie invitó a casi toda la secundaria… —se excusa y no es porque ya sé que eso no es cierto, que sé que me miente, no, es la expresión torturada en sus ojos, en todo él.

Lo conozco tan bien, lo conozco desde hace tanto tiempo…

—¡Sé cuándo me mientes Lance! —respondo y su mirada huye de la mía, ve hacia el piso, se soba la barbilla.

—Bien, está bien —suspira con resignación y el estigma que deja su mentira se encaja en mi pecho— yo invité a Jess, pero no fue idea mía, ella se enteró de alguna forma… supongo que su hermano le dijo porque sabes cómo es Natalie y su boda es el gran escándalo en la ciudad. Así que ella me llamó y me pidió que la invitara…

—¿En qué estabas pensando? —le reprocho y Lance deja de sobarse la barbilla, tenso, alerta.

—Sabes cómo es Jessica, no tuve otra opción y lo sé, soy un imbécil, estoy exponiendo a Jess, lo sé… —su tono es tan torturado, sus ojos lucen tan arrepentidos… tan tristes…

Tengo que enfocarme en respirar, en no derrumbarme más y no puedo resistirlo.

No puedo verlo así, por mi culpa, no puedo.

—Es hora de irnos —la voz de Sebastián Michaelis me saca del trance, no sé cómo pero mi mano se mantiene extendida en el aire, tan cerca de tocar a Lance…

Debo de recomponerme entonces, debo de ser fuerte y fría para que en el momento en que Lance me sonríe la ansiedad no me coma viva.

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El camino a la morgue transcurre en medio de las bromas ocurrentes de Lance y los gruñidos molestos de Sebastián, lo que consigue relajarme rápidamente pese a que la manera tan familiar y relajada con la que se tratan me saca un poco de quicio.

—Satanás no comprende lo mucho que aprecio a Lucille, díselo Sammie —exclama Lance con esa sonrisa suya y ruedo los ojos.

—Lance, tienes veinticinco es hora de que dejes de ponerle nombre a las cosas… —me burlo de él y su sonrisa es todo lo que necesito para que la angustia se esfume, para que el miedo escape lejos de mí.

Lucille frena con brusquedad y reconozco el lugar en donde estamos, ha aparcado enfrente de ese horrible bar donde alguna vez llegamos a escaparnos. Ese mismo bar que sigue de pie justo a un lado de las oficinas de la morgue.

Quiero creer que la alerta en la mirada de Sebastián no es más que una reacción ante lo cerca que está Lance de mí, me obligo a creer que sólo se trata de un dejo de celos pese a que en la marca en mi hombro siento una punzada extraña.

No puedo evitar el sentirme aliviada cuando la mano cálida de Lance toma una de las mías, su toque es como un bálsamo, es reparador, y me hace sentir tan tranquila, a salvo.

Cuando hemos cruzado la calle y Sebastián toca la puerta del local puedo sentir el temblor en la mano de mi amigo. Pienso en Susan, pienso en que hasta hace menos de un año ella estaba viva y formaba parte de la vida de Lance, aferrarme a ese pensamiento me mantiene cuerda, pero el dolor que me provoca es apenas soportable.

Susan está muerta…

Aprieto la mano de Lance con fuerza, como si intentara darle valor, también como un gesto de disculpa, como la única manera en que se me ocurre ofrecerle algo de consuelo.

Cuando el demonio toca por tercera vez he reunido el valor suficiente para sostenerme, sin embargo la puerta no se abre.

Se escuchan ruidos al otro lado de la puerta, pero permanece cerrada y una pequeña escotilla se abre, es una ranura imperceptible y sé que quien sea que está del otro lado puede ver a Sebastián por esa minúscula rendija.

Entonces se escucha un grito, un golpe y el sonido de pasos que corren hacia la puerta y la escotilla se abre en su totalidad, es un rectángulo lo suficientemente grande como para que un par de ojos se asomen por ahí.

Mi valor se convierte en desconcierto porque reconozco ese par de ojos que se asoma, esos ojos de un verde amarillento, brillantes y enmarcados por gafas de color rojo.

Grell…

—¡Sebastián! —chilla el pelirrojo y la puerta se abre, el escándalo que hace es de lo más cómico porque mientras chilla de la emoción y está por arrojarse a los brazos del demonio, Sebastián se hace a un lado y Grell cae de cara al piso.

—¿Pero qué mierda…? —exclama Lance y una carcajada aguda y estridente se escucha desde dentro del local.

Grell se recompone en el acto, se levanta del piso de un salto y luce avergonzado, con las mejillas del mismo carmín brillante de su pelo alborotado. Se ve tan diferente a como lucía en la noche de Halloween y yo no sé si sentirme tranquila o salir corriendo.

Sin embargo, cuando el shinigami fija su atención en mí, opto por la primera opción.

—¡Niña! —gritonea con voz femenina y aguda, la carcajada a sus espaldas se intensifica y otro par de ojos verdes se asoma por el rellano de la puerta.

No puedo evitar que Grell me envuelva en una abrazo que me saca el aire, me evalúa con detenimiento, sus manos de uñas largas y rojas me pellizcan las mejillas y farfulla un montón de cosas que yo no consigo escuchar.

—¿Qué haces tú aquí? —es lo primero que balbucea en voz alta y que consigo comprender— ¿No me digas que eres esa chica a la que Undie espera? Ay no, si tu madre viviera ya me habría cortado la cabeza… ¡¿Qué clase de amigo soy yo si dejo que su hijita venga a quien sabe qué a una morgue?! —grita y me sacude por los hombros.

Sigo tan aturdida que no puedo apartarlo, pero Grell no me presta atención por más tiempo, en su lugar, acomodándose el cabello y pestañeando con exageración se dirige a Lance.

Mi amigo es más ágil, sé que está nervioso porque se lleva las manos a la cabeza, pero de todas formas consigue sonreírle al shinigami y saludarle con un beso en el dorso de la mano. En respuesta Grell gritonea como colegiala y se abanica la cara con una mano.

Es entonces que las carcajadas desde el interior de la morgue se vuelven por completo ensordecedoras.

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No puedo apartar la vista de la persona frente a mí.

Él tampoco y no sé si eso es bueno o no.

Sólo sé que no es lo que esperaba, creo.

Para empezar está su cabello, de un gris platinado, tan largo que estoy segura que le llega al suelo, tiene incluso un par de delgadas trenzas en el cabello y lleva el flequillo tan largo que le cubre la mitad de la cara y ambos ojos por completo. Y sin embargo, su cabello tan llamativo no consigue opacar las escandalosas cicatrices que tiene, una de esas cicatrices atraviesa su rostro de lado a lado y es una línea grisácea en su piel tan pálida. La otra de sus cicatrices se encuentra en su cuello, apuesto a que le rodea todo el cuello como una gargantilla horripilante y permanente. Tal vez lo más escandaloso, incluso más que sus cicatrices, es esa sonrisa enorme, esa sonrisa demencial que esboza con sus labios finos y que remarca los afilados ángulos de su barbilla y nariz.

O quizá es que todo el conjunto de su rostro deja de lucir atemorizante por cómo es que va vestido. Lleva una bata blanca, lo cual no es extraño porque estamos en una morgue, pero debajo de la bata lleva puesta una camiseta amarillo chillón, estampada con un par de coloridos muñecos que seguro son parte de alguna caricatura infantil extraña y la bata le queda demasiado grande, las mangas le ocultan las manos. Su absurdo conjunto es rematado por lo que parece ser un pantalón sumamente entallado de color negro y repleto de cierres y adornos metálicos; y como zapatos lleva pantuflas peludas de color rosado.

Es un chiste, es como un mal chiste…

—Lo siento Sammie, no encontramos tazas en… ¿la cocina? Aunque no parecía una cocina… —Lance rompe el silencio mientras lo veo entrar por el hueco que cubre una cortina de plástico.

Sebastián viene detrás de él con una charola metálica en las manos y lo que parece ser vasos de precipitado y un matraz con un líquido oscuro en su interior.

El inconfundible olor de café recién hecho irrumpe en la estancia, opacando por completo el olor a antiséptico y aromatizante de limón.

Grell, que está sentado en un banquillo a mi lado se está arreglando las uñas y el muchacho que se mueve con nerviosismo a su lado no le quita los ojos de encima a Sebastián, luce tan asustado que en cualquier momento podría desmayarse.

Me enfoco un momento en el muchacho a un lado de Grell, mientras el demonio y mi amigo acomodan el contenido de la charola sobre la mesa de metal frente a mí. No puedo ignorar el color de los ojos de éste desconocido, son del mismo verde amarillento que los de Grell y mi conclusión es directa y terminante, pero no por eso me hace sentir tranquila. Si el tipo resulta ser también un shinigami sólo se me ocurre que hay algo mucho peor pasando en esta ciudad, y yo estoy aquí, Jess está aquí, Lance vive aquí.

Y la manera en que se comporta me pone mucho más nerviosa. En realidad su apariencia no es tan exótica como la de Grell, podría pasar desapercibido con facilidad entre el montón de personas que viven en la ciudad, se ve como cualquier otro muchacho de la edad de Lance, joven, fresco y con la mitad del cabello teñido de rubio. Lo único fuera de lo común en él son sus ojos tan peculiares y brillantes, porque incluso viste como una persona normal, con camisa y un pantalón negro de vestir, como un oficinista…

—Por Dios Ronald, querido, deja de moverte tanto ¡Me vas a volver loca! —le regaña Grell y el tal Ronald, el del pelo teñido, se encoje otro poco en el banquillo.

Grell bufa soltando otra tanda de palabras entre dientes que no entiendo y la situación se vuelve aún más absurda cuando el estrafalario Undertaker se ríe con ganas.

La que va a volverse loca soy yo.

Vuelvo a mirar al frente, furiosa y desconcertada, me siento como si se estuviera riendo de mí y aunque no quiero hacerlo no puedo contenerme, mi cuerpo actúa antes de que siquiera lo piense y el estruendo de cristales rompiéndose es lo único que escucho.

Cuando consigo escuchar otra cosa además del cristal haciéndose añicos ya es muy tarde, ya lo he hecho, y con ambas manos sostengo de las solapas de la camiseta con estampados de caricaturas al extraño Undertaker, la mitad de su cuerpo está recostada sobre la mesa de metal y el líquido ardiente le ha empapado por completo.

Levanto mi puño, no lo medito ni un segundo, quiero golpearlo y borrarle la sonrisa inmensa que amenaza con partirle la cara en dos. Pero no puedo, mi puño no se mueve, queda inmóvil bajo el firme agarre del demonio.

Sebastián a mis espaldas impide que le un buen golpe a Undertaker y con cuidado, con suma delicadeza, me hace soltarlo y me obliga a retroceder.

Undertaker se ríe, se retuerce sobre la mesa y una carcajada por parte de Ronald se le une.

Entonces tampoco me contengo, me retuerzo en brazos de Sebastián tratando de zafarme y golpear a quien esté a mi alcance pero el demonio no me suelta, de pronto toda la fuerza y la adrenalina se esfuman, mi ira es opacada por esa tormenta de sensaciones cálidas que me envuelven ante la cercanía de Sebastián y sé bien que es un truco suyo para controlarme.

Y me obligo a ceder porque sé que estoy siendo una ridícula, que mientras estemos en esta ciudad, mientras Jess esté aquí, no tengo tiempo para ser una estúpida histérica.

A Sebastián le toma menos de un minuto hacer que me calme por completo y aunque me deja atontada y abochornada, cuando me suelta ya no tengo ese terrible impulso de lanzarme como una loca sobre Undertaker.

Pero al estrafalario forense le toma mucho más tiempo el calmarse mientras se retuerce de la risa. Ronald sin embargo se calla en cuanto el demonio le dedica una mirada amenazante y me sorprende ver a Grell con una cara tan seria.

No me gusta para nada ese gesto por parte suya, quiero evadir el pensamiento pero mi mente llega a la misma conclusión contundente que con Ronald y pese a que el toque de Sebastián me mantiene tranquila, sé que en el fondo de mi pecho el monstruo que es la ansiedad y el miedo sigue creciendo.

Undertaker entonces se calla, sus labios se curvan en una sonrisa extraña, como si estuviera conteniendo otra estruendosa carcajada y se deja caer de espaldas sobre los cristales rotos y el café derramado, entonces todo ese cabello que le cae en la cara se aparta y me regresa la mirada, sus ojos son del mismo tono de verde, pero son mucho más intensos que los de Grell o Ronald, mucho más afilados y fríos. Y el que me vea con tanta atención dispara la ola de ansiedad que dormitaba en mi pecho.

Es como un golpe, seco, duro y el calor de Sebastián me abandona, el frío llega como una tormenta despiadada y no puedo ni moverme, no puedo respirar.

Es como si pudiera ver a través de mí, como si en realidad lo supiera todo, como si yo fuera un bicho insignificante que puede aplastar con facilidad y que no existe nada que pueda evitarlo.

Lo sé entonces, así como el horror que amenaza con ahogarme, así como el dolor que me golpea el pecho y la sensación de peligro que se vuelve insoportable.

jadeo y lucho por mantenerme firme, por no temblar, porque el valor regrese a mí— eres lo mismo que Grell ¿verdad? —mi dedo apunta en dirección a Undertaker y el aludido se levanta por fin de la mesa, me sonríe y se acomoda las mangas de su bata desastrosa.

Sus dedos delgados muestran sus uñas negras, demasiado largas, y lleva en cada dedo un montón de anillos que brillan y tintinean cuando se acerca a mí.

—Lo esperaba de usted, Carson me extiende la mano repleta de joyas y aunque en mi interior el miedo está consumiéndome me mantengo firme, me mantengo entera y tomo su mano sin vacilar.

—Debo decir que yo no me lo esperaba, shinigami le respondo y por el brillo en sus ojos y la forma en que sonríe sé que no me equivoco.

Undertaker se inclina un poco ante mí, más que un acto solemne o cortés parece que está burlándose y cuando besa el dorso de mi mano comprendo que la burla no va dirigida a mí.

Sebastián detrás de mí gruñe y en menos de un segundo ha impuesto distancia entre Undertaker y yo, su agarre es posesivo, brusco y me hace daño, me mantiene tan cerca de su cuerpo que su calor me inunda y su olor me envuelve.

La piel en mi espalda se siente como si ardiera al rojo vivo y las punzadas en la marca del contrato son apenas soportables.

No comprendo qué es lo que pasa, ni qué es esta extraña tensión que se apodera del ambiente, sólo sé que quien está frente a mí puede ser una verdadera amenaza y que quiero irme de aquí tan pronto a como sea posible.

—Compórtate —espeta Grell y su voz no tiene ese tono agudo y femenino, casi se escucha amenazante y la tensión aumenta, el pecho del demonio vibra.

De alguna forma Grell se interpone entre Sebastián (quien me cubre con su cuerpo) y Undertaker, y el peligro se vuelve tan palpable, tan real.

—La chica y ese par bombones de ahí vienen conmigo, no sé cuáles son tus asuntos con ellos pero la chica está bajo mi cuidado —Grell suena tan firme, su voz es un siseo ronco, cargado de advertencia y decisión.

Veo a Ronald jalar a Grell y comienzan a murmurar algo y por la cara que ambos ponen sólo consigo sentirme más nerviosa.

Y cuando siento que la tensión aumenta más que nunca la voz de Lance interrumpe en la escena.

—Ah sí, hola soy Lance Riddle, humano hasta donde sé y policía ¿Podemos enfocarnos en que hay un asesino suelto y buscamos pistas? Después puedes patear el demoníaco trasero de Sebastián, si quieres —Lance hace lo suyo, como un valiente idiota, es él mismo y por fortuna le resulta hilarante a Undertaker.

No se ríe a carcajadas como momentos atrás pero en definitiva baja la guardia, la tensión se desvanece y suelta una risilla tonta.

El peligro ha pasado, Ronald y Grell se hacen a un lado y el primero de ellos arroja un sonoro suspiro.

Sebastián también parece relajarse, pero no me suelta, su posesivo agarre continúa en mi cintura y agradezco que lo haga porque de cierta forma me mantiene cuerda.

El sonriente Undertaker se quita la bata y nos hace una seña para que lo sigamos, mientras camina el montón de adornos metálicos en su ropa hacen ruido y se mueve con un extraño balanceo, como si en lugar de caminar dentro de un lugar lleno de cadáveres estuviera tomando un paseo por el parque. El primero en seguirlo es Lance y Grell se aprovecha para tomarlo del brazo, su seriedad se ha ido por el caño y ahora coquetea y se sonroja como una colegiala, la situación vuelve a tornarse tan ridícula como en un inicio pero no me relajo en lo absoluto.

Seguimos a Undertaker que murmura algo ininteligible, nos lleva por la primera estancia, estéril y ordenada, pero al atravesar las puertas la segunda habitación resulta un completo caos.

Para empezar hay un escritorio repleto de papeles, un viejo ordenador encendido que repite el mismo vídeo una y otra vez y una única silla giratoria repleta de pegatinas con motivos infantiles, hay tazas de café a medio beber por todas partes, las paredes se encuentran tapizadas de relojes y archiveros polvorientos que se ven como si fueran a venirse abajo en cualquier momento. Todo huele a tierra mojada y aunque la habitación es pequeña hay demasiadas cosas en su interior.

Undertaker abre uno de los cajones de un archivero y se queda ahí un buen rato revolviendo su contenido, comprendo que busca ropa limpia cuando montones de prendas salen del archivador y las arroja sin ningún cuidado, lo que parece ser un calcetín de rayas multicolor cae sobre el hombro de Lance y un zapato puntiagudo sale despedido a toda velocidad para impactarse contra la nariz de Grell.

Grell está por ponerse a gritar como una loca cuando el shinigami de cabello plateado se quita la camisa manchada de café, verlo es todo un espectáculo, hay tantas cicatrices surcándole la espalda que más bien parece un muñeco de tela hecho de muchos pedazos mal remendados. Su piel es tan pálida que parece de papel y resulta casi doloroso mirarle, es como una aparición, como si fuera sólo un espectro, una sombra borrosa de un algo que alguna vez brilló con fuerza.

Grell se retuerce, como una fanática deslumbrada y se sonroja con fuerza mientras se abanica la cara. Undertaker sigue en lo suyo, se coloca ropa limpia, una absurda camiseta verde neón con los mismos personajes de caricatura y del interior del cajón saca lo que parece ser una goma para el pelo y un par de gafas de montura, muy parecidas a las de Ronald.

El risueño Undertaker se hace una media coleta, apartando del todo el cabello que le cubre el rostro y se coloca las gafas, pese a su sonrisa ahora luce por completo distinto, no parece amenazante, pero sí mucho más serio, casi profesional.

Se coloca una bata limpia y con las manos arremangadas vuelve a aproximarse.

Se toma un momento para sacar algo de entre la montaña de papeles del que supongo es su escritorio y cuando lo encuentra se coloca frente a mí, deja en mis manos una gruesa carpeta y sé antes de abrirla de lo que se trata.

Aquí está todo.

—Grell cariño ¿Puedes preparar más café para nuestros invitados? —canturrea Undertaker y Grell sonríe tontamente antes de irse— ¿Dónde quedaron mis modales, ciudad? ¡Es la primera vez que nos vemos en carne y hueso! —exclama y jala la única silla frente al escritorio.

Me obligo a sentarme, a respirar hondo y darle un repaso al contenido de la carpeta.

La foto de Susan me recibe como la primera vez en que la vi, su rostro, su cuerpo abandonado sobre un colchón viejo con el torso y vientre destrozados por las cuchilladas. Ella está ahí, muerta, y aunque la he visto tantas veces no puedo evitar que resulte impactante, que mi estómago se estruje con violencia y se me haga nudo la garganta.

—Podemos visitar a la señorita Rallye en cuanto nos pongamos al tanto de todo —culmina Undertaker y no puedo evitar mirar a Lance.

Lance permanece inmóvil, de pronto parece demasiado alterado y su sonrisa característica se borra, me regresa la mirada, sus ojos son como la plata líquida, y sé que su mirada refleja todo lo que siento, refleja la misma angustia, la ansiedad y el monstruoso terror que cala hasta los huesos.

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Sé que es media noche, porque todos los relojes de las paredes emiten sus alarmas, campanadas y demás avisos. El cansancio acumulado se convierte en un peso insoportable y le doy otro trago al vaso de precipitado que me sirve como taza de café.

Lance no luce mejor que yo, sentado en un banquillo que ha traído de la otra habitación se lleva las manos continuamente al pelo y Sebastián ya no le dice nada cuando enciende el octavo cigarrillo de la noche y comienza a fumar. Me siento terrible al verlo de esta forma, con las pronunciadas ojeras bajo sus brillantes ojos y esa sonrisa rota, todo su optimismo se ha ido y aunque de vez en cuando me mira y me sonríe sé que su sonrisa es falsa, que sus ojos evitan los míos.

—Estamos listos —es todo lo que se me ocurre decir, porque quiero irme, quiero que Lance se aleje de este lugar y descanse, quiero que todo termine cuanto antes.

Undertaker me sonríe no como una mueca burlona sino como una afirmación y hace un gesto para que le sigamos de vuelta a la amplia habitación estéril y ordenada.

Necesito estar segura de que Lance estará bien cuando veamos a Susan, así que lo primero que hago al ponerme de pie es tomar su mano. Su calor basta para espabilarme, así que cuando juntos volvemos al centro de la morgue el temblor en la mano de mi mejor amigo desaparece.

Undertaker nos espera frente a uno de los cuartos fríos, el más apartado de todos y su mano acaricia la pequeña puerta.

—Ah… ¿Es por esa chica? —Ronald que se había mantenido lejos, como repelido por Sebastián, pregunta sentado desde una de las mesas metálicas y Grell, que continúa arreglándose las uñas sentado a un lado suyo mira con curiosidad en dirección a Undertaker.

—¿Qué saben ustedes de Susan? —Lance pregunta con brusquedad, aprieta la mandíbula y su mano ejerce presión sobre la mía.

—No creo que sea algo que debamos decir —susurra Ronald con nerviosismo pero Grell lo fulmina con la mirada y se pone de pie de un salto.

—Saben lo que somos y lo que sea que está pasando les incumbe, tal vez ellos puedan ayudarnos a entender lo que pasa —Grell suspira mientras se acomoda el cabello y Undertaker abre la puerta del compartimento en el cuarto frío.

Una nube espesa de vapor frío surge del lugar y con una mano jala el cajón.

Debo de morderme ambos labios con fuerza, ahogar el grito que quiere abandonar mi garganta, porque lo que estoy viendo es mucho peor que en mis pesadillas.

Susan.

Lance tiembla a mi lado y sé que es demasiado para él, que no puede soportarlo, a diferencia de mí él conoció a Susan, vivió con ella y eran tan cercanos hace un año.

Así que la visión grotesca de su cadáver mutilado es mucho más impactante para él que para mí.

No puedo quitarle los ojos de encima, del cuerpo de Susan hinchado y amoratado debido a que está congelado, ni de las heridas aún abiertas por toda la extensión de su pecho, Ella permanece igual que en la fotografía, tal y como fue encontrada, en el mismo estado de putrefacción, sólo que sus ojos no están abiertos y su boca no mantiene esa expresión desgarradora. Parece como dormida, como si en cualquier momento fuera a despertar y me dijera qué fue lo que le pasó y quién le hizo esto.

No lloro pese a que quiero hacerlo, la mano de Lance me suelta y no lo detengo, lo veo dar vueltas de un lado a otro y llevarse las manos a la cabeza, pero no hago nada por consolarlo. No puedo evitarlo, me acerco a la plancha metálica, el vapor frío se cuela por mi piel y observo lo queda de Susan, trato de imaginarla de otra forma pero es imposible.

—Entonces —grita Lance y parte de su desesperación se filtra en su voz, se le escucha tan torturado— ¿Qué más pueden decirme sobre Susan que no sepa ya? —pregunta con tono amenazante en dirección a los shinigamis.

Grell es el único que se muestra un tanto afectado, su mirada va de Susan a mí en repetidas ocasiones y asiente con la cabeza antes de llevarse una mano al mentón.

—Esa chica es un caso raro, no me refiero sólo a que fue asesinada y sigue aquí pese a que han pasado ocho meses. Es algo mucho más extraño… —suspira el pelirrojo y las ideas que vienen a mi mente no me gustan para nada.

—Tan extraño como para que tres shinigamis merodeen en esta ciudad ¿no? —es Sebastián quien interviene, tan cerca como yo del cuerpo congelado de Susan, sus ojos son del color de la sangre y la miran con detenimiento, una sonrisa torcida se dibuja en sus labios finos y la frustración se apodera de mí.

—¿Algo faltaba en Susan, verdad? —mi voz es firme, fría, aunque por dentro estoy deshecha.

Ronald se remueve con nerviosismo y Grell me dedica una sonrisa amarga.

Undertaker sin embargo parece tan extasiado y satisfecho.

—¿No se los dije? Mi amiga, la señorita escritora es muy lista, ha deducido algo con apenas un poco de información —se ríe con deleite e inclina la cabeza, algunos mechones de su cabello grisáceo caen sobre el cuerpo de Susan, como una cortina de hilos de plata.

—¿Y no sólo es Susan, verdad? Puede que todas ellas… que todas y cada una de ellas les hayan robado lo que ustedes vienen a buscar ¿no es así? —no sé de dónde saco la fuerza para no venirme abajo mientras lo digo, pero me mantengo entera y la sonrisa de Undertaker no hace más que incrementarse.

Grell acaricia la frente pálida de Susan y es él quien empuja de nuevo su cuerpo al interior del cuarto frío, cierra la pequeña puerta y me mira con una mezcla de culpa, de un algo parecido a la tristeza.

—Los últimos meses esta ciudad ha causado mucho de qué hablar en el mundo shinigami, para empezar está él —Grell señala a Undertaker quien se ha quitado las gafas y se deshace la coleta— sí es de los nuestros, pero podríamos decir que está retirado y luego tenemos una serie de asesinatos que no parece tener la más mínima relación entre sí.

—Pero un asesino en serie cualquiera no atraería la atención de dos shinigamis, eso sería estúpido —espeto y Grell me sonríe con burla.

—La cosa es que no es un caso común, ninguna de estas chicas tenía que morir. Sus nombres no aparecen en los registros —Ronald responde, aun sentado sobre la mesa de metal y cruza los brazos sobre su cabeza— eso tampoco es tan raro, pasa cuando hay una muerte violenta y prematura, a veces los registros tardan un poco en documentar los casos de homicidio pero nunca habíamos visto algo como esto.

Todas ellas, sin excepción alguna no tienen "memoria", sus almas no poseen los recuerdos que cualquier otra alma mortal tiene, son como casetes en blanco, sólo están así, vacías. Y en realidad, aunque sea extraño no importa mucho, mientras podamos recoger el alma de la persona fallecida no hay mucho problema, sí, el papeleo es terrible y nuestro jefe se pone como loco, pero no es nada del otro mundo.

—Excepto por Susan ¿Por eso sigue aquí, verdad? —pregunto y Ronald asiente, se mira la muñeca, al reloj que lleva en ella y hace una mueca de fastidio.

—El cuerpo de Susan Rallye estaba hueco, algo robó su alma y por seis meses nuestro departamento investigó el asunto, creo que lo sabes, un alma perdida es un gran problema —Ronald le lanza una mirada fugaz al demonio y me remuevo incómoda—. Pero no encontramos nada, nada hasta hace unas cuantas semanas, cuando Annelisse Barton fue asesinada y su cuerpo vacío apareció.

El silencio que le sigue a sus palabras resulta sofocante, dura apenas unos segundos antes de que Lance estalle y le dé una patada a la mesa de metal donde Ronald está sentado. Su arrebato no termina ahí, apenas le da tiempo a Ronald de levantarse cuando Lance ha comenzado a golpear la mesa con ambas manos vueltas puño.

Su frustración e impotencia, su ira, es contagiosa y violenta, es tan humano.

Mientras que yo me quedo de piedra, inmóvil, como adormecida, no puedo reaccionar, no puedo sentir nada. Todo es demasiado, toda esta nueva información es demasiada y es como si de pronto el tiempo dejara de seguir su marcha.

Lance se calma por fin, una vez que ha volcado la mesa, Ronald se acerca a Grell y se despide sin dejar de mirar su reloj, no me detengo a mirarlo por mucho tiempo, creo que tengo una idea de qué es lo que tiene que hacer fuera de aquí. Me aferro entonces a mí misma, como si eso bastara para que todo vuelva a la normalidad.

Pero no es suficiente.

Ya nada es suficiente.

—¿Podemos ver a las últimas tres? —mi voz es irreconocible, distante y fría.

Undertaker aplaude con esa sonrisa bobalicona que resulta irritante y cuando escucho que la puerta de entrada se cierra de un fuerte portazo no tengo el valor para voltear a ver que Lance ya no está ahí.

Mi suplica silenciosa es aceptada por Sebastián, basta con mirarle para que comprenda mi mensaje y me deja sola junto al par de shinigamis.

Undertaker se ríe por lo bajo y Grell vuelve a mostrarse protector y a la ofensiva, posa sus manos delicadas sobre mis hombros, me talla los brazos, como si buscara calentarme o brindarme confort. Pero el calor nunca regresa, todo lo que siento es un frío crudo, muerto.

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El frío de la calle me recibe, recuerdo entonces que aún llevo puesto el vestido ligero de fiesta, pero ni la noche helada y húmeda consigue alterarme.

Me quedo un momento de pie en la puerta de la morgue, observando, viendo a Lance recargado contra la puerta de su auto, con la mirada perdida y un cigarro entre los labios. Sebastián le acompaña, de pie a un lado, mira a la calle con expresión vacía y es el primero en darse cuenta que estoy ahí. Me mira con intensidad, como si buscara algo, como si quisiera algo, pero el fuego en sus ojos no llega hasta mí.

—¿Puedo pedirte algo? —le susurro a Grell y sus ojos me miran con curiosidad antes de asentir con la cabeza.

—Puedes pedirme lo que quieras —el pelirrojo me sonríe y miro una vez más a Lance, la culpa cava un hoyo en mis entrañas, se apodera de mi pecho.

—¿Puedes mantenerlo a salvo? —la voz me tiembla, toda yo tiemblo, el miedo ha vuelto y me reclama sin piedad.

Grell me dedica una mirada cargada de tristeza y sus manos van a mi rostro, me acarician las mejillas y tengo que empujar lejos las lágrimas que amenazan con escaparse de mis ojos.

—Puedo hacerlo, sí. Pero debes de entender que si su nombre aparece en los registros entonces no hay nada que yo pueda hacer… —su voz es suave, amable, pero no me brinda ningún tipo de consuelo.

Por favor le suplico y el shinigami suspira, mira en la misma dirección en que yo lo hago, mira a Lance que permanece tan distraído a unos metros de nosotros.

—Haré lo que pueda, pero también debes de prometerme el mantenerte a salvo y ante cualquier problema debes de llamarme ¿Puedes prometerlo? —su preocupación por mí es como un recordatorio doloroso de Lilian, sé que lo hace por ella y no quiero ni imaginármela, no quiero comprender por qué es que alguien como Grell estaría en deuda con ella.

—Haré lo que pueda —es mi respuesta y no puedo impedir el abrazo en el que me envuelve.

No puedo evitar pensar en lo irónico de la situación, pensar que en el primer momento en que nos vimos Grell sólo pensaba en cortarme en dos con su sierra eléctrica… y ahora

Me despido de Grell tratando de sonreírle, tratando de evitar verlo como un amigo y sólo como un aliado.

Cuando cierra la puerta del establecimiento el frío ya ha penetrado en mi piel y dar esos pasos que me separan del demonio y mi amigo se convierten en un pequeño tormento.

Lance evita mirarme, tampoco me atrevo a mirarle a los ojos, no decimos nada. No hay nada que decir.

Sebastián me ofrece su gabardina, decido aceptarla y la prenda me cubre por completo, el calor es bien recibido por mi cuerpo adolorido y cuando estoy por abordar al auto el ruido de una sirena se hace presente.

Me detengo en ese momento, Lance se ha quedado paralizado frente a la puerta del auto y la patrulla que ha aparecido por la calle se detiene del otro lado de la acera, justo enfrente de nosotros, justo enfrente de la morgue.

Las luces en rojo y azul parpadean, inundan la calle oscura y el único tripulante del vehículo desciende. Es un policía, lleva el uniforme negro y la inconfundible gorra con una insignia. Su atención es toda para nosotros, ve a Lance y el reconocimiento en su expresión pasa a convertirse en confusión.

—Mierda —farfulla Lance y el oficial cruza la calle, va directo a Lance.

—¡Riddle! —dice el policía y palmea con fuerza la espalda de Lance, es como un gigante, sus manos son tan grandes y es casi como si quisiera derribar a Lance de un golpe en lugar de saludarlo.

—¿Pero qué haces aquí a esta hora? Y mira la cara que tienes ¡Te ves terrible! —el oficial sacude uno de los hombros de Lance, y mi amigo tarda en responderle el saludo y sonreírle.

—Morales, joder, un día de estos vas a romperme un brazo si sigues haciendo eso —tal vez es por la poca iluminación que el policía ríe por la broma de Lance o tal es que Lance es muy bueno fingiendo.

—Más te vale no estar bebiendo hasta tarde muchacho, sé que pediste el fin de semana pero de todas formas necesito tu apoyo mañana en la boda de la chica Redford —escuchar el apellido de Natalie hace saltar las alarmas en mi mente.

—¿Lance? —me acerco a ellos, a Lance y se ve tan nervioso que no es capaz de decir palabra.

Entonces el policía se percata de mi presencia, de Sebastián, que se mantiene tan cerca de mí a como le es posible y pasa su brazo por mi cintura. Me mira de arriba abajo y ahora, que estamos más cerca puedo observar su rostro bajo las luces parpadeantes de la patrulla.

Es un hombre muy alto, fornido y no es sólo por su apellido que sé que es latino, hay algo muy característico en sus rasgos fuertes y su nariz gruesa, en su piel tostada y sus pequeños ojos oscuros. Le calculo que ronda los cincuenta y pocos, es difícil de decir cuando se ve en tan buena forma y porque su cabello negro es abundante, el único rastro de la edad está ahí, como delgados mechones grisáceos entre su tupido cabello.

—Vaya —es lo primero que dice pero no me dejo amedrentar por la manera en que me mira ni el tono severo que adopta su voz— ¿Eres la chica que sale en televisión, no? Carson —me señala y no me sorprende que lo sepa.

—Samantha Carson ¿Y usted es? —me apresuro en responderle, no puedo evitar parecer a la defensiva y no me gusta la sonrisa ladina que el oficial me dedica.

Riddle, no me dijiste que eras amigo de toda una celebridad como Samantha Carson…—el oficial mira a Lance, le reprocha y entonces me tiende una de sus enormes manos— soy el teniente Antonio Morales del departamento de policía de esta ciudad —anuncia con orgullo y su mano le da un apretón contundente a la mía.

Lance entonces reacciona, se apresura en mi dirección, me dedica una mirada cargada de advertencia y sé de inmediato que el teniente Morales no es alguien con quien puedo bajar la guardia.

—Nosotros… —balbucea Lance— en realidad estaba por llevarlos devuelta a su hotel, sólo pasamos por un trago…

—Y los traes a un bar de mala muerte, hijo, cuando tienes a invitados de tanta categoría no se supone que los lleves a tomar una copa frente a una maldita oficina forense —se queja Morales y vuelve a golpear con la mano abierta la espalda de Lance.

—Yo crecí aquí —intervengo con seguridad, con esa falsa amabilidad que he ensayado tantas veces—, crecí en este barrio y ya sabe, no es el mejor lugar del mundo pero siempre hay algo que te hace querer volver…—mi sonrisa basta para atraer toda su atención y el teniente Morales asiente en señal de aprobación.

—¿Tiene su encanto, verdad? —pregunta pero nadie responde y el oficial suspira—como sea, me temo informarle que este ya no es un lugar donde una señorita como usted pueda venir a tomarse un trago y sobre todo a éstas horas. Había escuchado hablar de usted antes de que apareciera en televisión ¿sabías eso, novato? Samantha Carson, la escritora, mi hija es su fan, tiene todos sus libros y no es que yo quiera aprovecharme de la situación pero lo cierto es que también he leído su trabajo…

—Gracias, pero espero que su hija no tenga doce años —bromeo y recibo una risa cómplice por parte del oficial, Sebastián incrementa la fuerza de su posesivo agarre en mi cintura pero también emite una leve risa que me provoca cosquillas.

—Oh no, mi pequeña ya va a la universidad, acaba de cumplir diecinueve, pero debo decirle señorita Carson que de verdad es todo un ejemplo para ella, y de los buenos; quiere ser escritora como usted aunque no de misterio ni homicidios —es perspicaz, casi cínico y comprendo a dónde quiere llegar antes de que lo diga—. Por cierto, ese libro es mi favorito, sobre los asesinatos en serie en Texas. Sé que se basó en un caso real ¿está pensando hacer lo mismo en Shirlight city?

—¿Perdón? —Sebastián pregunta por mí y la sonrisa del teniente Morales resulta demasiado sospechosa.

—Lo siento, es que mi hija se puso muy triste al saber que su escritora favorita se retiraba y viéndola de frente, es usted muy joven… pensé que tal vez lo que pasa en una ciudad como esta pudiese convertirse en un gran libro ¿no cree? —su pregunta suena más bien como una acusación y las ganas de irme se intensifican.

—Lo siento, yo sólo vengo de visita por el fin de semana y me da mucha pena por su hija, pero decidí retirarme, darme un tiempo para disfrutar de mi familia y de mi pareja me obligo a sonar apenada, a darle mi sonrisa más brillante y a que el beso que le doy a Sebastián en la mejilla parezca un gesto sincero y no un acto calculado.

Antonio Morales ríe, vuelve a palmearle la espalda a Lance y se gira para volver a su patrulla.

Sólo entonces consigo relajarme, dejo de contener el aliento y vuelvo a abrir la puerta del viejo auto de Lance para meterme por fin.

— ¡Oye novato!—grita Morales al otro lado de la calle, veo que golpea la puerta y el sonido de una segunda sirena inunda la calle.

Es una ambulancia, que se detiene detrás de la patrulla del teniente Morales.

—Sé que es muy tarde y todo eso, pero me gustaría que vinieras temprano —grita Morales y Lance se queda quieto ante la puerta abierta del auto.

—Morales por Dios, ya es Domingo ¡Es tu día libre! —grita Lance porque el ruido de la sirena de la ambulancia es muy alto.

Es entonces que las puertas de la ambulancia se abren y los paramédicos bajan con una camilla, con una bolsa negra.

Es como si un rayo me alcanzara, me partiera en dos y el dolor, la angustia regresan, me inundan.

—¡Encontraron al viejo Patch hace una hora! —grita el teniente y la cara de Lance se contrae del horror.

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Hola a todos, gentecita bella.

Aquí Samsi reportándose con un nuevo capítulo del fic. Y para todos aquello que han encontrado esta historia y han comenzado a leerla en fechas recientes ¡Bienvenidos al fic! Espero les vaya de maravilla.

Yo estoy de vacaciones y he podido escribir bastante, me queda un mes y unos días más de vacaciones, así que prometo nos veremos seguido por aquí. Nos veremos cada viernes hasta que empiece el semestre. Una ve que empiece no sé qué tan seguido nos podamos ver, lo siento (?)

Pero por ahora nos leeremos la semana que viene.

¡Gracias a la bella Anvi por toda su ayuda y su amor! Chica, eres un amor y te lo repito porque así soy.

Es la una de la mañana por acá, tenía ganas de comentar algo más respecto al capitulo pero vengo a hacer esto bien veloz y la verdad es que ya hasta se me olvidó, upsi.

Dejen sus bellos reviews de amor verdadero y nos leemos la próxima semana sin falta

Samsi out