Su señorita, monstruo II.
.
.
.
Creías que lo olvidaría,
Pero siempre está en mi mente.
.
Eres el pulso en mis venas,
La guerra en la que lucho.
Eres el amor que odio,
La droga que consumo.
.
¿Podrías cambiarlo?
¿Podrías encerrarlo?
A este monstruo en el que me has convertido.
Monster – Starset.
.
.
.
20 de Enero, 1989.
Ha vuelto a ocurrir.
No como la vez anterior, pero yo sé que es cierto. Hay algo aquí, algo que me sigue, algo que me vigilayacecha desde las sombras. No sé con exactitud de qué pueda tratarse, pero lo cierto es que no le agrado.
Lo sé.
Puedo sentirlo.
Es como una presencia invisible, está ahí cada que cierro los ojos, cada que voy a dormir.
Está incluso en mis sueños, es como una niebla densa, obscura, un algo que ha anidado en mi pecho y ha comenzado a crecer.
No sé qué creer.
No sé qué más hacer.
Hoy mientras tomaba un baño ha vuelto a pasar. Fue como en las películas, todo estaba bien y después ya no.
Estaba en la tina, tomando un baño, buscaba relajarme cuando la puerta se cerró de golpe.
En un primer momento no me pareció para nada extraño. Pero después de unos cuantos minutos fue que lo extraño comenzó a ocurrir.
Primero se sintió como una brisa fría, un ligero escalofrío que me erizó por completo la piel.
Creí que tal vez, de alguna forma no había cerrado bien la ventana, o que el agua había comenzado a enfriarse, pensé que era hora de salir de la bañera pero en cuanto me enderecé para salir esa brisa se volvió más fuerte.
Como una ráfaga helada y me empujó de vuelta a la bañera, con fuerza, con demasiada fuerza.
Volví a intentarlo, creyendo que tal vez había resbalado. Pero esta vez no pude siquiera moverme.
Sentí una extraña presión en el pecho, algo que me obligaba a permanecer en el mismo sitio. Me quedé paralizada, por completo inmóvil, mientras la presión en mi pecho incrementaba su fuerza. Para ese momento,ya estaba aterrada, respiraba con dificultad mientras la presión amenazaba con aplastarme.
Y entonces comenzó a empujarme.
Lento, demasiado lento.
Mi cuerpo se deslizó sin poder evitarlo, con lentitud hasta sumergirse por completo en el agua perfumada.
Traté de luchar, traté de moverme y escapar, pero mi cuerpo no respondía, todo intento resultó inútil. Y sin poder evitarlo comencé a sofocarme, el agua me cubrió por completo, llegó a mi cuello, a mi cara y me hundí en la bañera.
Lo sentí con claridad, como si un par de manos me tomaran por el cuello y comenzaran a estrangularme. La presión era tan fuerte sobre mi pecho, el agua estaba helada y se sentía como un montón de agujas pinchándome la piel.
¿Lo has sentido alguna vez? Espero que no lo sientas nunca, esa impotencia, ese miedo, la caricia de la muerte que viene por ti. Esa sensación de vacío, cuando el miedo te inunda y es tan poderoso que dejas de sentir cualquier otra cosa además de eso, miedo.
Traté de gritar pero al abrir la boca sólo empeoró, el aire me abandonó, sentí como si esas manos invisibles me estrujaran el cuello y no sé si fue porque comenzaba a ahogarme que mi visión se nubló, que todo a mi alrededor comenzó a oscurecerse.
Y entonces lo vi.
A ese niño, al mismo niño de la fotografía, de mis pesadillas.
Estaba ahí, entre la bruma espesa, entre las tinieblas y fue como si todo se borrara. Como si todo dejara de existir.
Y entonces el niño estaba ahí, yo estaba ahí; en mitad de la nada, en un vacío infinito donde todo lo que podía ver era a ese niño. Y era como si flotáramos, en mitad de la nada.
El niño se encontraba como acurrucado, abrazando sus rodillas con ambos brazos y pude notar que no llevaba la misma ropa elegante que en mis pesadillas, no, en su lugar llevaba una vieja camisa sucia y con manchas de sangre.
Y no pude evitarlo, algo en mi pecho se hizo pedazos al verlo ahí, tan indefenso, tan frágil. El impulso de tocarlo, de protegerlo se volvió insoportable, tenía que ayudarlo de alguna forma. Y me acerqué a él, me agaché a su altura y traté de rodearlo con mis brazos.
Pero entonces el niño, este niño tan parecido a mí misma y a mi hermano, se volteó para mirarme. Y su mirada me dejó perpleja, me miraba con rabia, con un odio enfermizo, una furia animal. Lo peor de todo fue eso, sus ojos, el izquierdo era un ojo hermoso con un tono de azul profundo y luminoso, pero su ojo derecho era muy distinto, sangraba y profería un destello rosáceo, con un extraño dibujo… como una estrella invertida…
¿Qué significaría ese dibujo en su ojo?
No tuve tiempo para siquiera cuestionármelo, porque entonces el pequeño niño se abalanzó en mi contra.
Su cuerpo me embistió con fuerza, como si fuera mucho más grande, mucho más fuerte, y con ambas manos, pese a que eran pequeñas me tomó del cuello y comenzó a ahorcarme.
"¡ALEJATE!" gritaba con la voz rota y cargada de desesperación "DEBES IRTE ¡TIENES QUE IRTE DE AQUÍ!"
Pero en ningún momento me soltó, pese a su angustia jamás dejó de retenerme, jamás dejó de mirarme con la misma rabia y rencor.
"Nos encontró" sollozó el niño y el terror en su voz fue contagioso, mi pecho se contrajo dolorosamente y mi corazón bombeó con fuerza, comenzó a latir como loco.
El niño con ambas manos alrededor de mi cuello comenzó a gritar y entendí con horror que había algo detrás de él. Que algo trataba de llevárselo y ese algo, fundido en la penumbra, ese monstruo iba a hacerle daño.
Iba a hacernos daño.
El niño gritó, un grito de pura agonía y cuando comenzó a jalarlo lo sostuve con ambas manos, traté de protegerlo, de evitar que se lo llevara pero entonces todo se esfumó.
Todo se fue.
El niño, el monstruo, todo.
Y volví a estar en la bañera, en el agua y Demian estaba ahí, sosteniéndome, gritando, llorando.
Yo no intenté acabar con mi vida, lo juro.
.
.
.
Sé que es un sueño, sé que no es real, pero de todas formas se siente como si lo fuese.
Vuelvo a estar en la morgue, el cuerpo de Susan está sobre una plancha de metal y una bruma espesa, helada cubre todo el lugar.
Y mis manos están manchadas de sangre, su sangre.
El cadáver de Susan se mueve, como una muñeca, como si alguien le hubiera atado hilos en cada una de sus extremidades y su cuerpo se contorsiona, se estira y se agita con violencia.
Se levanta de la mesa y el frío se apodera de mi cuerpo, es como si comenzara a congelarme, lentamente empezando por los pies.
Y aunque quiero correr, aunque quiero escapar no puedo moverme, es como si mis pies estuvieran clavados al piso y cuando miro al suelo mis piernas ya no parecen hechas de carne sino de hielo.
El frío es como un ente con vida propia, me destroza la piel y se mete en mi cuerpo hasta dar con mis huesos.
Duele.
Pero no se compara con la visión grotesca de Susan caminando frente a mí, moviéndose y está tan cerca, tan cerca.
Su rostro maltrecho queda a centímetros del mío, me sonríe y de sus ojos escurre un líquido espeso y negro, sangre. Y entonces soy consciente de que llevo algo entre las manos, de que puedo mover los brazos y es la desesperación, el miedo, el que actúa por mí. Mis manos se mueven por si solas y empujo el objeto entre mis dedos con toda la fuerza que tengo.
Es un cuchillo, es el arma homicida y la encajo en su pecho, le apuñalo el corazón.
Susan grita, grita con tanta fuerza y tan agudo que el dolor inunda mi cabeza, es como si taladrara mi cerebro.
Pero entonces, mientras la sangre fluye y me empapa entera me doy cuenta de que no es ella.
No es Susan.
No.
Su piel se torna oscura, como el bronce, de un café tostado.
Y el perfume de su largo cabello azabache se apodera del ambiente.
Puedo verme en sus ojos, grises, y me veo como alguien que soy incapaz de reconocer, un monstruo.
Y acabo de asesinar a mi mejor amiga, yo he matado a Jess.
Jessica.
Y entonces despierto.
—¡Jessica! —grito con voz estrangulada y aunque no estoy llorando mis ojos arden, mi cabeza duele.
Sé que se trata de Sebastián cuando un par de brazos me rodean, porque su calor me envuelve y su aroma penetra en mi nariz.
—Sólo fue una pesadilla —susurra contra mi cuello y el cosquilleo que me provoca en la piel es bien recibido.
Pero no consigo calmarme, las imágenes en mi sueño permanecen ahí, como tatuadas en mi mente, en mi piel.
Tengo que obligarme a respirar hondo, a empujar lejos el miedo, a despertar.
Pero no puedo.
No puedo.
Sebastián me obliga a mirarle, se coloca frente a mí, de rodillas sobre la cama y con ambas manos me toma del rostro, me obliga a mirarle a los ojos.
Sus ojos son del color de la sangre, de ese rojo intenso y brillante, y aunque no quiero el fuego en su mirada comienza a consumirme, a rodearme.
Una de sus manos abandona mi rostro para colocarse tras de mi nuca, el roce de sus dedos desnudos es cálido, suave; mientras que la mano que permanece en mi rostro, esa donde está la marca del contrato, me acaricia la mejilla con delicadeza.
La ansiedad, el miedo, siguen ahí, como una masa gigantesca que se mueve por mi cuerpo, que hace todo lo posible para ahogarme. Lo siento en mi garganta, me falta el aire y mi respiración se hace más inestable.
Sé qué está pasando, estoy teniendo un ataque de pánico, es horrible, doloroso y mi mente se vuelca en mi contra. Es como seguir dormida, como seguir dentro de la pesadilla y la imagen de Jessica muriendo por mi culpa no me deja en paz.
Sé que no es real, que nada puede pasarle, pero eso no impide que el miedo gane la batalla, que se apodere de cada centímetro de mi cuerpo, de mi alma.
No estoy llorando, el miedo es tan fuerte que ni siquiera puedo llorar, no puedo ni respirar, jadeo en búsqueda de aire y comienzo a hiperventilar, pero no puedo, no puedo.
Sebastián me sostiene con fuerza, no me deja alejarme, no me permite escapar y está ahí, sosteniéndome, tratando de unir mis pedazos porque yo ya no puedo.
No puedo.
Todo es tan abrumador, todo es tan fuerte, el dolor que inunda mi pecho es tan brutal y demoledor, se siente como si nunca fuera a detenerse, como si ya no fuera capaz de sentir nada más.
Sólo está el miedo, el horrible miedo que me arrastra y me despoja de todo.
—Mírame —su voz es una súplica, he vivido este momento antes, con él implorándome por volver de ese lugar oscuro y espantoso que es mi mente, que son mis sueños.
Hago lo que me pide, trato de concentrarme en mirarlo a los ojos, en no apartar mi mirada de la suya. Sus ojos brillan entre la penumbra, son como una fiera llamarada y parece tan alerta, tan preocupado.
—Fue sólo un sueño, nada puede hacerte daño —susurra con voz cálida, armoniosa y es como una caricia.
Mi pecho tiembla, los ojos me arden, quiero hacerlo, quiero olvidarlo y volver a la normalidad, pero no puedo, no ha sido sólo un sueño… porque podría ser ella, puede suceder.
—Por favor, mírame —implora y su mano en mi mejilla se traslada a mi mentón, ejerce presión, me impide girar el rostro—, nada de lo que viste en ese sueño es real, sólo fue eso, sólo fue un sueño —se acerca conforme lo dice, sus labios casi tocan los míos, todo lo que puedo ver son sus ojos carmesí.
Me acaricia el cabello, la espalda y la tela de mi pijama es muy delgada, deja que el calor de su mano llegue hasta mi piel helada. Mis manos que se mantienen estrujando mi pantalón de dormir son alcanzadas por la suya.
—Estás aquí ahora, estoy aquí —susurra tan cerca que puedo sentir su aliento contra mis labios— y no dejaré que nada te haga daño, nada podrá hacerte daño mientras yo esté a tu lado, lo prometí ¿recuerdas? —sus manos toman las mías con sumo cuidado y las conducen lentamente a su pecho.
—Yo soy real —murmura y poco a poco comienzo a recuperar el aliento—, esto es real —culmina antes de que me rodee con ambos brazos, está abrazándome.
Me quedo ahí, atrapada entre sus brazos mientras me estrecha con fuerza contra su cuerpo.
Y entonces no puedo contenerlo, mi pecho estalla y la presión se libera, el llanto sale sin que pueda impedirlo y duele tanto que por un momento pienso que jamás podré parar.
Pero se detiene, en algún momento dejo de llorar, en algún momento comienza a amanecer y la oscuridad de la habitación es reemplazada por la luz del sol.
En algún momento el dolor deja de ser tan intenso, el miedo vuelve a dormitar en las profundidades de mi mente y dejo de ver a Jessica, dejo de pensar en el horrible sueño que he tenido.
En algún momento mi respiración vuelve a la normalidad y mi corazón recupera su ritmo.
La ansiedad se evapora y una nueva bruma me envuelve.
El frío es desplazado debido al calor, el calor de sus brazos, su olor, que penetran en mi piel y me hacen sucumbir sin que pueda resistirme.
No sé qué es lo que pasa, no sé si es un truco del demonio para controlarme, si es su manera de anclarme a la realidad o de hacerme entender que está ahí, que no se va a ir.
Sea lo que sea, es tan poderoso que es imposible frenarlo.
Y cuando por fin me he calmado, cuando al fin me atrevo a separarme de él me encuentro de nueva cuenta con sus ojos, con esa mirada que aniquila a mi razón.
El deseo arde en mi vientre, quema, y la necesidad me golpea con fuerza. Sé entonces que no es cosa suya, que no está controlándome con alguno de sus trucos, que no está usándome ni doblegándome, no. Es como si el demonio se entregara a mí, como si me pidiera ser usado, como si sólo él pudiera curar el dolor que me atormenta.
Y aunque sé que él jamás podrá sanarme, lo necesito, lo necesito ahora.
Sus ojos son como una súplica, sus labios una invitación y la caricia suave de sus dedos sobre mi piel es todo lo que quiero.
Soy yo quien acaba con la poca distancia entre nosotros, mi boca reclama la suya con violencia, con desesperación y el hambre aniquila todo vestigio del miedo.
Mis manos, inquietas, encuentran la forma de aumentar el contacto, mis dedos se hunden entre los mechones oscuros de su cabello y me dejo caer contra la cama. Quedo a su merced, aprisionada entre su cuerpo y el colchón.
El incendio se desata en mi interior, puedo sentirle en cada tramo de mi piel, como una corriente eléctrica y las sensaciones se vuelven abrumadoras, todo se intensifica.
Pero se siente diferente, algo es diferente.
Su boca abandona la mía, migra a mi cuello y sus dedos juegan con el elástico de mi pantalón de pijama.
Ansío todo de él, lo necesito pero algo nos interrumpe y el calor me abandona de golpe.
Es el timbre de su teléfono celular.
Sebastián me dedica una mirada fugaz y le dedico un breve gesto, una afirmación. El demonio me suelta, me envuelvo entre las sabanas y en pocos segundos él está atendiendo la llamada.
Su voz es suave, un murmullo y me estiro para tomar mi propio teléfono de la mesilla de noche. El brillo de la pantalla me lastima los ojos y me doy cuenta de que son casi las siete de la mañana, creo que he dormido un máximo de cuatro horas pero no me siento del todo cansada.
Sé que es inútil tratar de volver a dormirme y la verdad es que no quiero intentarlo. El recuerdo de mi pesadilla vuelve y apenas soy capaz de reprimir el impulso de llamar a Jessica y gritarle como una loca.
Decido que debo de levantarme, de hacer algo y comenzar este día para que todo acabe lo más pronto posible.
Quiero volver a casa.
Quiero que Jess salga de esta ciudad de inmediato.
Necesito saber que ella estará a salvo.
Y cuanto más tiempo esté cerca de mí el peligro aumenta, tengo que alejarla de mí, necesito que se vaya.
Así que me levanto, mientras Sebastián continúa con lo suyo y haciendo uso del teléfono empotrado en una de las paredes de la habitación me hago cargo de pedir el desayuno. Pido todo lo que se me antoja, mi apetito es bueno y me alegra saber que al menos puedo disfrutar de eso, de algo tan simple como comer.
Para cuando Sebastián ha finalizado su llamada me encuentro en el cuarto de baño tratando de aplacar mi cabello rebelde.
—¿Lance? —le pregunto cuando entra al baño, su imagen en el espejo asiente y antes de que pueda agregar otra cosa sus manos reemplazan a las mías y comienza a cepillarme el cabello.
—Acaba de salir de la morgue, el cadáver que encontraron era de un indigente, sobredosis, llevaba varias horas muerto… —pese a que suena tan calmado sus ojos reflejan una extraña mezcla de amargura e impotencia.
—Pero es un caso que no nos importa, no tiene nada que ver conmigo ¿cierto? —soy agresiva, mordaz.
—No —dice con voz fría, distante y trata de distraerme cuando sus manos dejan mi cabello y se posan sobre mi cintura.
Quiero protestar, reñirle porque siento que me oculta algo, pero de nuevo nos interrumpen. Esta vez se trata de la puerta de la habitación, es el desayuno.
.
.
.
Tenemos el tiempo justo una vez que termino de desayunar, tan justo que me enfrasco por completo en estar lista para asistir a la mentada boda.
Es ridículo, porque mientras a mí me toma casi dos horas arreglarme a Sebastián sólo le toma unos minutos.
Cuando termino de arreglarme me encuentro nerviosa, ansiosa y no sé con exactitud qué es lo que busco. El fantasma de mis pesadillas sigue presente, mi temor por Jessica ha comenzado a enloquecerme y estoy tan paranoica que apenas y puedo concentrarme.
Cuando la hora llega sigo nerviosa pero Sebastián me asegura que todo saldrá bien, que sólo serán un par de horas más y volveremos a casa. Quiero confiar en él, quiero aferrarme a sus palabras y creer en que eso será así, no quiero ser una pesimista ahora pero este sentimiento en mi pecho continúa presente, se hace más grande conforme pasa el tiempo.
Es tan insoportable que apenas y puedo respirar, pero no me dejo llevar, no me hago un ovillo y me rindo ante el miedo. No puedo hacer eso ahora, no cuando ya he pasado por tanto, no puedo sólo sentarme y rendirme ahora.
Así que, aunque quiero huir, acepto el brazo que el demonio me ofrece y dejo que su sonrisa me contagie, que la seguridad que su toque me envía me envuelva.
Nos conducimos en silencio en dirección a la iglesia, donde se llevará a cabo la ceremonia, pese a que estoy nerviosa el silencio no resulta incómodo y cuando llegamos al lugar ya puedo respirar con mucha menos dificultad. Mi ansiedad se mantiene ahí, contenida en lo profundo de mi pecho, pero puedo arreglármelas para mantenerla a raya por un poco más de tiempo.
La iglesia resulta ser la pequeña catedral al centro de la ciudad, con su fachada antigua y propia de una catedral gótica. Los coloridos vitrales acentúan la magnificencia del viejo edificio de piedra y hay enormes arreglos florales por todas partes, suntuosos ramos de rosas blancas e inmaculadas orquídeas. Todo es de un blanco puro, sin ninguna otra chispa de color además de los vitrales y de los vestidos de las damas, de un rosado pálido y opaco. No puedo dejar de sentirme incómoda entre las pocas persona que se encuentran dentro de la iglesia.
Evelyn con un diminuto vestido igual que el mío me recibe con los brazos abiertos y no puedo esquivarla, su sonrisa es tan amplia que no parece sincera y las otras dos damas me miran de arriba abajo, pero no me saludan, sus murmullos se escuchan por el amplio interior de la iglesia y no necesito prestarles atención para saber sobre qué hablan.
Sin embargo me sorprende no ver rastro alguno de Natalie ni de Jacob y lo último que necesito ahora es que haya un gran drama.
Una de las otras damas, la rubia demasiado delgada y con el cabello corto se dedica a darme indicaciones. Seré yo quien encabece la pequeña caravana de las damas de honor para ser seguida por Evelyn, la misma rubia y la regordeta hermana mayor de Natalie.
Sus gritos y ordenes duran poco tiempo, me mantengo en silencio, callada y obediente y es una fortuna que Sebastián esté todo el tiempo tan cerca de mí. Agradezco su carisma, su natural encanto que provoca que él sea el centro de atención, porque de ninguna forma me siento bien como para manejar la situación. Es Sebastián quien toma las riendas de lo que ocurre, responde y charla con cortesía, con naturalidad y mi nerviosismo pasa desapercibido para todo el mundo.
Se acerca la hora de que empiece la ceremonia, el cura llega con sus asistentes, después llegan más decoradores y colocan en el pasillo central de la iglesia una delicada alfombra blanca, coronan los adornos de flores con trozos de tela traslucida y rosada, y un enorme candelabro de cristal se coloca en el techo.
Todo brilla, todo es como de cuento y poco a poco los invitados comienzan a llegar.
El cuarteto de cuerdas se coloca a un costado del atrio, justo enfrente del monumental órgano y los músicos comienzan a hacer pruebas de audio.
Veo a Evelyn tan sonriente como una lunática y un pinchazo de angustia nace en mi estómago.
Jacob aparece antes de que la mayoría de los invitados lleguen, el padrino resulta ser otro de los hermanos mayores de Natalie y los señores Redford, los padres de Natalie llegan y se sientan en primera fila.
La señora Redford es como la recuerdo, la misma mujer estirada por la que parece que el tiempo no ha pasado. Va tan elegante que parece que va a ver al presidente en lugar de asistir a una boda, con joyas relucientes y un peinado alto que parece un nido de pájaros. El señor Redford tiene este aire atemorizante de siempre, es como ver a un capo de la mafia en lugar de un vendedor de autos.
La familia de Jacob llega también, resulta incómodo pero nada que no pueda tolerar.
Hay tanta gente en la iglesia que pese a que es muy amplia por dentro cada uno de los asientos son ocupados y mi nerviosismo crece conforme pasan los minutos.
Incluso distingo la cara del teniente Morales entre la multitud, es como si no me quitara los ojos de encima y me siento cohibida, pequeña.
Los últimos en llegar son Lance y Jessica, el hermano pequeño de Jess los acompaña y en parte me relajo, ella está ahí, está bien. Ambos están bien.
Veo a Jessica a un costado de las puertas de entrada, parece incómoda pero eso no dura mucho, Lance de seguro le dice algo que la hace reír y verla feliz es todo lo que necesito para que parte de mi angustia me deje tranquila. Tengo que repetirme que esa horrible pesadilla sólo fue eso y que no hay manera de que algo así pueda ocurrir, Jessica estará bien, está a salvo de mí y mientras yo viva, mientras mi trato con Evan se mantenga en pie mi amiga estará bien.
De todas formas el miedo no se aleja, esta presión en mi pecho que amenaza con sofocarme permanece ahí, latente, esperando a explotar ante la menor perturbación.
Sé que algo va mal cuando la iglesia se llena de susurros, la gente se inquieta y la rubia mandona comienza a lucir como si le fuera a dar un ataque de pánico.
Evelyn se ve eufórica, se ríe de algo que yo no entiendo mientras molesta a su hermano y a Jacob no podría importarle menos toda la situación. La regordeta hermana de Natalie hace una seña, parece aterrorizada y cuando me doy cuenta de que pide a las damas de honor que la sigamos mi mente se inunda de ideas fatalistas y horrendas.
Tengo que separarme de Sebastián entonces, cuando el roce de sus manos me abandona otro poco del miedo regresa y me siento al borde del colapso cuando Evelyn me arrastra colgada de mi brazo en dirección a la parte trasera de la iglesia.
No entiendo qué pasa en lo absoluto, mi cabeza sigue saturada de cosas que preferiría olvidar, así que me toma más tiempo de lo normal darme cuenta de lo que pasa a mi alrededor.
—¡¿Estás escuchando?! —grita la rubia y me toma unos segundos saber que me está hablando a mí.
Entonces le presto atención a lo que pasa, y lo que menos quería que pasara está ocurriendo y el drama de Natalie es tan absurdo en comparación a lo que me atormenta.
Natalie está ahí, en la pequeña habitación acondicionada para ella, con el rímel corrido y abrazando una papelera.
Me toma un momento conectar los puntos, también porque Evelyn es una indiscreta y comienza a burlarse de Natalie.
—¡No tiene nada de gracioso, estúpida! —brama Natalie, está hecha una furia y vomita dentro de la papelera, mi estómago se revuelve.
Es desagradable y quiero irme, no tengo ganas de enfrentar el drama de alguien más, mucho menos el de Natalie y Jacob. La idea de escapar ahora se vuelve incontenible pero la rubia neurótica me lo impide y encuentro acorralada entre la novia llorona y vomitiva y la terrible sonrisa complacida de Evelyn.
—¿Y qué me están viendo todas? —chilla Natalie una vez que ha terminado de vomitar, sus ojos están hinchados y enrojecidos pero no por eso deja de lucir intimidante— ¡No sean inútiles y ayúdenme a vestirme! —ordena la muy déspota y mi incomodidad se convierte en indignación.
—Vístete tú sola —lo he dicho sin siquiera pensarlo y quiero taparme la boca, correr, la novia me dedica una mirada asesina, rabiosa y llena de odio.
La hermana de Natalie se queda con la boca abierta y me gano esa misma mirada ponzoñosa por parte de la neurótica rubia.
Evelyn sin embargo comienza a carcajearse como una loca.
—¿Qué has dicho tú, estúpida golfa? —gruñe Natalie y casi puedo ver que le brota humo de las orejas por el coraje, tiene la cara tan roja como un tomate y esta vez, no consigue intimidarme.
Me causa más gracia que cualquier otra cosa.
—Lo que oíste —le espeto y es absurdo que me sienta tan bien y tan valiente por plantarle cara a estas alturas.
Natalie bufa, patea el suelo, está haciendo una rabieta como si fuera una niña pequeña y estoy por irme, por escapar de una situación tan absurda cuando Natalie Redford comienza a llorar como un bebé. Llora, hiperventila y estira sus brazos flacuchos y pálidos en mi dirección.
No puedo evitarlo, no consigo escapar de su agarre, ella se cuelga de mi cuello y se suelta a llorar sobre mí. Es mucho más alta que yo y por ende mucho más pesada, así que pierdo el equilibrio y por fortuna un mullido taburete frena mi caída. Natalie llora, berrea como loca y Evelyn no para de reírse.
—Es hora de que se vayan y nos den unos minutos —anuncia Evelyn con un par de aplausos y aunque la rubia quiere protestar se queda afuera junto con la hermana de Natalie.
—¿Qué rayos le pasa? —le pregunto a Evelyn y la sonrisa burlona que me dedica acaba con mi paciencia.
—Mi hermano la dejó —responde Evelyn y Natalie lanza un grito antes de llorar con más fuerza.
—Jacob está ahí afuera esperándote, sé que es un imbécil pero no creo que sea tan idiota como para presentarse a la boda si te dejó —trato de contener mi sarcasmo, el coraje que me hierve en la boca del estómago.
—La dejó hace un mes —agrega Evelyn y Natalie sigue hipando sobre mí sin control alguno— Nat se volvió un poquito loca porque ya sabes cómo es mi hermano, no pudo mantener sus pantalones arriba… —se burla Evelyn y vuelvo a rodar los ojos.
—Tú tampoco sabes hacerlo Ev —la confronto y ella me dedica un puchero arrepentido.
—Ese no es el punto en este momento ¿Quién crees tú que se embarazó como medida desesperada? —se mofa Evelyn y Natalie luce tan patética entre mis brazos que no me dan ni ganas de moverme.
—En realidad no me importa, no sé ni qué hago aquí —escupo, es como si de pronto todo el rencor que le guardo a Natalie encontrara un método de escape y lo dejo salir, ya no puedo contenerlo—. Nunca fuimos amigas —comienzo y Evelyn deja de sonreír—, ni tú ni Natalie. Nunca fuimos amigas. Natalie, siempre te quise decir que como ser humano que me das asco, siempre fuiste una perra manipuladora y no sé ni por qué acepté el venir a tu maldita boda —le espeto y Natalie deja de llorar, se queda pasmada y me mira por completo sorprendida.
—Y tú, Evelyn, jamás en la vida te hice caso ¿Qué carajo tienes tú conmigo, eh? —Natalie se levanta, como un resorte y es un alivio, vuelvo a respirar, Evelyn sin embargo se queda como ida—, no tenías por qué ir a verme hasta mi casa y hacer lo que hiciste. Eres una perra tan grande y estúpida como Natalie si esperas que te trate bien luego de eso, y la verdad es que no te soporto ¡Nunca te soporté! No entiendo ni por qué eres así conmigo, siempre has sido así, como un maldito chicle y eres tan empalagosa… ¡Estoy harta de ustedes dos, de todo esto! —grito y me pongo de pie.
—Me vale un rábano si estabas tan desesperada por atrapar a Jacob y ahora estás embarazada ¿Acaso Jacob vale tanto la pena? Digo, nos engañó a ambas con la otra por años ¿Te crees tú que vale la pena? —mis palabras siguen, la ira arde en mis entrañas y es como si al fin dejara salir todo eso que me guardé por años— ¿Era tan necesario para ti tratarme como basura cuando éramos niñas? Me hiciste sentir miserable sólo por un chico estúpido y han pasado diez malditos años Natalie, no vas a venir ahora a embarrarme en tu porquería y tu drama sólo porque se te da la gana. Yo superé a Jacob hace mucho tiempo y no te enfrenté no porque siguiera herida por tus mentiras, no, no te di la cara en diez años porque no vales la maldita pena.
Cuando termino se siente bien, se siente increíble por un segundo. Y después nada. Me preparo para escapar, doy la media vuelta, mi mano alcanza el pomo de la puerta y voy a salir.
—¡Espera! —grita Natalie y me jala del brazo, tengo que respirar profundo y recordar que está embarazada— ¡Si te vas ahora llamaré a la prensa, les diré lo que hizo Evelyn! —me amenaza y se escucha tan determinada.
Me siento tan asqueada de tantas maneras diferentes, pero justo en este momento, mientras la vida de mis amigos corre el peor de los peligros no puedo dejar que alguien como Natalie acabe con mi esfuerzo por protegerlos.
Me giro para mirarla, pese a que es tan alta no me dejo intimidar por esa mirada cargada de odio, no, la encaro con la misma fiereza y no me permito dudar.
—Me quedaré, pero no voy a ser tu maldita dama de honor —espeto antes de irme.
.
Por fin la novia entra a la iglesia, la pequeña procesión de damas es encabezada por Evelyn.
Sebastián y yo nos mantenemos en una esquina apartada al fondo de la iglesia, lo más cerca posible de la salida. Mi coraje es tanto que no me atrevo a mirar cuando la novia entra, quiero largarme en este mismo momento y olvidarme por completo de estas personas, de esta ciudad. Pero la risa de Jessica y de Lance me mantiene firme en mi sitio, encadenada. No puedo irme ahora hasta asegurarme de que ambos estarán bien, y el temor por mis amigos es tan grande que opaca al rencor que siento por Natalie.
Sebastián Michaelis a mi lado, toma mi mano y me obliga a mirarle, quiero ignorar esta nueva actitud suya cuando estamos cerca, quiero reprimir por completo esa malsana sensación que brota en mi pecho. Es un sentimiento que ahora quiero aniquilar, que quiero enterrar tan profundo como sea posible.
Esquivo su mirada, el fuego de sus ojos, miro al frente, al atrio donde Natalie y Jacob están cara a cara.
Es irónico ahora, dos de las personas que más daño me hicieron durante mi adolescencia están ahí, uniendo sus vidas y haciendo la única cosa que hasta hace un año quería con toda mi alma.
No puedo evitar recordarlo ahora, me siento como una maldita hipócrita, pero de pronto su recuerdo me invade, su voz reemplaza a la de Jacob cuando comienza a pronunciar sus votos, la memoria de su olor, de sus brazos llega como una puñalada, me derriba y todo lo que consigo hacer es apretar la mano de Sebastián.
Richard…
No sé bien qué es lo que siento ahora, mi interior es un cúmulo de emociones contradictorias, todo es un desastre, todo es terrible, doloroso y asfixiante.
Soy un maldito desastre, porque estoy aquí, sintiéndome terrible por estar en una boda, envidiando y odiando a aquellos que me causan lastima sólo porque ellos tienen lo que yo ya no tendré nunca. Extrañando a un hombre que desapareció de mi vida hace más de ocho meses, y añorando el amor de un ser que será mi destrucción.
Soy un maldito desastre.
.
.
.
—Señorita ¿Puede fingir un poco mejor? —susurra el demonio contra mi oído mientras nos mecemos en la pista de baile.
Le dedico una sonrisa cargada de cinismo, la opresión en mi pecho se intensifica, no quiero derrumbarme ni ser una loca ahora. Así que opto por actuar de una forma mucho más convincente, me río tontamente cuando Sebastián me hace girar y le beso con una enfermiza ternura cuando se inclina hacia mí.
Estoy harta, cansada y todo lo que quiero es ir por otro trago, salir de esta maldita fiesta ahora, tomar a Jessica como si fuera un costal de papas y salir huyendo de esta maldita ciudad.
—Aquí Lance, pidiendo permiso para bailar con mi mejor amiga… —Lance nos interrumpe, es como mi héroe ahora y aunque Sebastián protesta me suelta.
El demonio me dedica una mirada fulminante antes de alejarse y dejarnos solos, Lance me sonríe y aunque no lo he visto en casi todo el día no me produce ningún tipo de alivio, de hecho un poco del miedo sale de su barrera de contención y me encuentro mirando a todas partes en búsqueda de Jessica.
—Oye ¿Estás bien? —la voz de mi amigo me intercepta, me obligo a ponerle atención, sus ojos claros me miran con preocupación y me obligo a asentir con la cabeza.
—No te creo una mierda, tienes esa cara como de muerta viviente —y aunque lo dice en un tono divertido y desenfadado no puedo ignorar la angustia con la que me mira.
—¿Dónde está Jess? —pregunto y Lance me toma ambas manos, me impide correr para buscarla.
—Deja de ser una loca un segundo, Jess está bien, se fue temprano, tenía que dejar a su hermano y mañana tiene que tomar un avión temprano, ya sabes cómo es con la puntualidad… —dice mi amigo con tranquilidad y aunque la angustia no se va, me siento un poco más relajada.
Respiro profundo, la imagen de mi pesadilla vuelve al ataque y tengo que repetirme una y otra vez que no hay manera de que eso ocurra, que Jessica está segura y nada malo puedo ocurrirle.
—Oye, basta… tienes que parar de hacer eso —Lance me reprocha y me jala contra él, se acerca y su aroma fresco me regresa de a poco a la realidad.
—Lo siento… todo esto… —balbuceo, apenas y consigo escuchar mi voz.
Lance acomoda una de sus manos en mi cintura y la otra se aferra a una de mis manos, me sonríe y mueve las cejas de manera cómica. Acomodo mi mano libre en su hombro y dejo que me guie, pronto nos mecemos al mismo ritmo lento y tranquilo de la canción que se escucha.
Es una canción cursi, de esas canciones románticas y tristes que de seguro aparecen en una escena deprimente en cualquier película genérica de chicas. Es esa clase de canción que se pondría de fondo para una película basada en un libro de Nicholas Sparks y casi me siento mal, como una idiota.
—Vamos, al menos finge que bailar conmigo te hace feliz —Lance finge un puchero pero no me parece divertido, no puedo olvidar su expresión de anoche, no puedo olvidar que le estoy arrastrando a mi porquería.
Por un segundo el recuerdo de mi pesadilla cambia, puedo verlo en mi mente, su rostro dibujándose frente a mí, su cuerpo tibio extinguiéndose entre mis brazos y el cuchillo entre mis manos deslizándose por su pecho
Deja de ser Jessica y se convierte en Lance, y sus ojos como la plata se apagan por mi culpa.
—Lo siento —balbuceo con voz estrangulada, el miedo surge, se abre paso entre mi carne, me destroza el pecho y mi corazón late como loco.
—No te disculpes, nada de esto es culpa tuya —lo dice con tanta franqueza que considero el creérmelo, que por un segundo la culpa se va y el dolor disminuye.
—Todo es mi culpa —susurro y mi voz se escucha rota, toda yo estoy rota y no sé de qué manera pueda repararme.
—No te hagas esto —me suplica y no puedo mirarlo, no puedo enfrentar a Lance, no puedo enfrentar a la única persona en la que de verdad confío, la única persona a la que jamás he podido alejar de mi vida.
¿Por qué he tenido que arrastrarlo a él también?
¿Por qué no puedo alejarlo...?
—Tienes que irte —me apresuro a decir y sus ojos chispean, brillan, puedo ver la determinación y el coraje en su mirada, puedo sentirlo.
—No Samantha —espeta y mi nombre se escucha tan extraño en sus labios—, no vas a hacerme esto ahora. No vas a alejarme como al resto del mundo, no puedes sólo echarme y esperar a que no luche por ti ¿Quién te crees que soy, eh? Maldita sea… —sisea y su mano en mi cintura ejerce presión.
—Te conozco desde los ocho años, crecí contigo… crecimos juntos y siempre estuviste ahí cuando todo se fue a la mierda, y en las malditas cosas buenas… siempre —su voz es inestable, sus ojos son fieros y sus palabras me atraviesan, se incrustan en mi pecho.
—¿Te piensas que puedes echarme como si yo fuera cualquier cosa? Entiendo qué intentas hacer, quieres protegerme, así como a Jessica, quieres proteger a todo el maldito mundo ¿Pero quién coño te protege a ti? ¿Acaso al menos piensas en ti misma, aún te preocupas por lo que pueda ocurrirte? —la tortura, el dolor en su tono no hace más que seguir abriendo mis heridas.
—Eres mi maldita mejor amiga desde que soy capaz de recordar, no puedes pedirme que me largue… no voy a irme, no voy a dejarte ahora, los últimos cinco años te despareciste y lo acepté, estabas empezando de nuevo, te mudaste y tu carrera era importante, mi carrera también era lo más importante…—me hace girar, me sostiene con fuerza, mi cabeza da vueltas y mi pecho se estruja de manera dolorosa—. Y ahora estamos aquí, juntos después de cinco malditos años, estamos en esta situación de mierda, todo es horrible y no hay momento en el que no esté aterrado hasta la mierda, pero estamos juntos y eso para mí es suficiente —culmina con firmeza, es tan honesto, es tan bueno y la culpa, la ansiedad y el miedo me embisten con violencia.
Sé la respuesta, sé por qué es que Lance Riddle es diferente de todos, lo sé.
Y la idea recobra fuerza, el horror se apodera de mi mente, me arrastra y tengo que sostenerme, tengo que impedir que me lleve.
Entonces abrazo a Lance, mis brazos se aferran a él con toda la fuerza que tengo, tengo que pararme de puntillas para alcanzar el hueco de su cuello y me obligo a respirar, a seguir respirando, a no llorar aunque es lo único que quiero hacer.
—No quiero perderte —le confieso y decirlo duele tanto, la sola idea de que algo le pase por mi culpa está matándome—, no podría soportarlo…
Lance me corresponde el abrazo, sus brazos me rodean e incluso me levanta del suelo, hunde el rostro en mi cuello y puedo sentir su respiración agitada contra mi piel. Sé que está aterrado, que la ansiedad y el miedo hacen de las suyas, sé que lucha contra la misma sensación amarga, terrible.
—Yo tampoco podría —susurra, mi pecho retumba, mi corazón apenas puede seguir el ritmo, tengo que morderme los labios con fuerza y cerrar los ojos.
Tengo que concentrarme en la estúpida letra de la canción cursi y repetirme un millón de veces que estoy aquí, que estamos aquí, y mientras estemos juntos nada malo puede pasarle.
Porque de verdad yo no podría, no puedo perderlo a él…
No puedo perder a Lance.
.
No tengo idea de la hora, sólo que me siento mejor, de alguna forma me siento mejor.
Lance dice alguna tontería y me río con ganas, es tal vez el efecto del tequila o la cara de pocos amigos que pone Sebastián cuando Lance le reprocha que no tiene sentido del humor.
—Vamos, Lucifer, en algún momento diré algo que te haga reír —insiste Lance y el demonio rueda los ojos.
Verlos interactuar de esta forma sigue resultándome gracioso, llego incluso a pensar que en una situación muy distinta, si tan solo yo no estuviera hundida hasta el cuello y Sebastián no fuera un demonio, en realidad él y Lance podrían llegar a ser amigos. La sensación agridulce de ese pensamiento me estremece, me enfoco en poner mi atención en Sebastián, que está a mi lado, tan cerca que resulta abrumador.
He descubierto que de alguna manera su cercanía ya no me afecta tanto, en lugar de sentirme incómoda de alguna manera he comenzado a sentirme tranquila, si Sebastián se aleja por mucho tiempo soy incapaz de estar en calma. Y sé que eso es malo, no hay manera de que eso sea bueno.
Me enfoco en mirar el rostro del demonio, lleva la mitad del cabello peinado hacia atrás y le sienta de maravilla, es tan atractivo que te arrebata el aliento y aunque quiero seguir mirándolo, aunque quiero ser tonta y débil algo me obliga a apartar los ojos de él.
Es el teléfono de Lance, suena sobre la mesa de la barra en donde hemos estado el resto de la noche, bebiendo. A Lance le toma un buen tiempo darse cuenta de que su teléfono está sonando, sé que está algo borracho porque se ríe como un tonto y su risa es contagiosa, yo también he bebido de más.
—Dame un segundo marmota, tal vez sea el pesado de Morales… —se excusa antes de levantarse del banquillo y alejarse en búsqueda de un lugar con menos ruido.
Miro alrededor, el salón es muy grande y para este momento las luces son bajas y focos de colores iluminan la pista de baile, hay menos personas que antes, lo cierto es que después de que Jess se fue realmente no le presté atención al resto del mundo, y cuando Lance dijo que Morales se había ido había comenzado a relajarme del todo.
Veo a Natalie con Jacob, rodeados de la multitud, todos bailan y el ambiente es contagioso, casi divertido.
Al fin me siento como si pudiera respirar, como si mi pecho se hubiera librado de esa presión y no sé si debo adjudicárselo al tequila o a Lance, pero el miedo me ha dado tregua y el terror se mantiene cautivo, me deja en paz.
Y entonces puedo sentirlo, lo siento incluso antes de que ocurra, es como si algo cambiara en el aire, es una ligera corriente y por un momento todo se queda en silencio.
Algo está mal.
Y Sebastián, quien mantiene una mano en mi cintura refuerza su agarre, sus ojos que habían sido burlones y atrevidos en casi toda la velada se encienden en señal de alerta.
Y sé que de verdad algo horrible está ocurriendo cuando Lance se acerca a toda velocidad, no queda ninguna pizca de humor en su rostro, su sonrisa achispada se ha ido y se ve tan pálido, tan frágil.
Su mirada cargada de angustia termina de reventar la burbuja y su mano extendida me ofrece su teléfono celular, la pantalla del aparato muestra que hay una llamada, el tiempo corre y marca desconocido.
Tomo el teléfono, de pronto el miedo retorna, me paraliza y mis manos tiemblan.
—¿Hola? —contesto y trato de sonar firme.
Al otro lado de la línea me saluda un grito, un grito agudo y femenino y es como si un millón de toneladas me cayeran encima.
—Samantha Carson ¡Pero qué honor! —no consigo reconocer la voz que me habla, es evidente que su voz está distorsionada, pero de todas formas me hiela la sangre, mi corazón se salta un latido.
Me quedo muda, sé lo que está pasando, es él, esta persona al otro lado debe de ser él, debe de ser a quien estoy buscando… tiene que ser él…
Y de nueva cuenta un grito femenino se escucha al otro lado del teléfono, mi estómago se revuelve, todo da vueltas por un instante.
—¿No va a decirme nada? —se burla la voz y busco la mirada del demonio, no sé qué decir, no sé qué hacer.
—Está bien, voy a admitir que me decepciona un poco que por fin podamos hablar y no tenga nada interesante para decirme, lastima mis sentimientos señorita —la voz suspira, tengo que aferrarme a la mano que el demonio me tiende—. Voy a ser directo, tengo a tu amiga, es muy bonita en persona ¿lo entiendes?
Y el mundo deja de girar, el terror estalla en mi pecho, destruye mi mente, la ansiedad se arrastra como una bestia hambrienta y mi respiración se torna pesada, mis ojos se nublan.
—¿Qué quieres? —escupo y el veneno en mi voz, la furia impide que me derrumbe, que me suelte a llorar.
La voz se ríe, se burla de mí y su carcajada es cruel, carente de humor.
Veo a Lance sostenerse con ambas manos de la barra del bar, su cuerpo tiembla, no me mira y la culpa cava un abismo en mi pecho.
—¿No es obvio lo que quiero? Pero dime ¿Qué es lo que tú quieres? —cuestiona, es irónico, lo está disfrutando y mi sangre hierve, mi corazón late con furia— en realidad no quería hacer esto, pero ¿Sabes qué? Ya me cansé de jugar, te quiero aquí, ahora, sólo tú y yo, o tu amiga se muere. Y cariño, sabes que yo no miento.
Respiro hondo, inhalo todo el aire que puedo y cierro los ojos con fuera, ahuyentar las lágrimas no es difícil pero igual duele. Mi pesadilla regresa, con más fuerza que nunca y esta vez, por más que lo intente no se va.
Es real.
—No lo escuches —jadea Lance pero se escucha tan desesperado y poco creíble—, tiene que ser una trampa… —su voz roza la histeria, verlo así me parte en dos pero no puedo escucharlo, no puedo hacerle caso ahora.
Tiene a Jess.
Jessica…
Va a matarla…
Sebastián Michaelis me sostiene, se interpone entre Lance y yo, sus ojos carmesí brillan con intensidad, me obliga a mirarlo, impide que me vuelva loca. De alguna forma me da fuera, de alguna forma me da la seguridad que necesito y aunque el dolor es ensordecedor sé lo que debo de hacer.
—Dime qué tengo que hacer, a dónde debo de ir y vas a dejarla en paz, vas a dejar que se vaya y no le harás daño —digo con firmeza, la voz vuelve a reírse, emite una sonora carcajada.
—Lo sabía, estoy en la catedral seguro que la conoces, estuviste ahí está tarde. Déjame decírtelo antes de que lo olvide, te veías increíble… ¿tienes idea de lo hermosa que eres? —quiero vomitar, el maldito estuvo ahí… y no pude proteger a Jessica.
Mi mano se vuelve un puño, la adrenalina inunda mi sistema y sólo puedo pensar en una sola cosa, tengo que matarlo.
Voy a matarlo.
—Tienes veinte minutos, si llegas tarde sabes lo que pasará ¿cierto? —dice antes de colgar.
.
.
.
.
.
.
.
Saludito especial de amor para la bella Anvi que me ayuda y me aguanta pese a que estoy loca.
Y otro saludito de amor verdadero para la bella Mon, que eventualmente leerá esto, o la obligo(?)
Hola gente bella de fanfiction -ruido de grillos(?)-
Hablemos brevemente del capítulo ¿Ustedes qué creen que pasará?
Teorías locas por favor(?)
Yo no sé ustedes, pero este capitulo en particular me dolió mucho el escribirlo, esa escena entre Sam y Lance, les juro que yo me puse a llorar mientras lo escribía. Y ese fragmento inicial del diario... fueron demasiadas emociones pese a que el capítulo es más corto que el anterior. Sí, me hago llorar porque soy una rara(?)
¿Cuál fue su parte favorita del capítulo? La mía el enfrentamiento con Natalie, porque si, porque era algo que me hubiese gustado decirle, supongo.
Ahora, hablando de la actualización, nos leemos la próxima semana con la tercera parte de monstruo porque se me da la gana(?)
Por cierto, escuchen la canción que he puesto al inicio de los últimos capítulos, es amor(?)
¡Dejen sus reviews de amor, nos leemos pronto!
