Su señorita, querida.

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¿El demonio se asustará si ella muere dentro de sus sueños?

Devi like me – Rainbown Kitten Surprise

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28 de Enero, 1989.

Su nombre, sé su nombre. El niño, siempre he sabido su nombre.

¿Cómo no pude darme cuenta antes?

Siempre estuvo ahí, siempre lo supe, su nombre siempre merodeó en mi memoria. Nunca me fue desconocido pero jamás me atreví a nombrarlo.

Ciel Phantomhive, el oscuro Conde, es él, el niño de mis sueños. Es el rostro de mis pesadillas.

¿Cómo no pude notarlo desde un principio? Pero es que su rostro, siempre se confundió con el mío dentro de mis sueños, es como ver una imagen reflejada en el espejo.

Él es yo, yo soy él.

No confío en las "visiones" de Malena, pero hoy, durante la sesión espiritista Malena dijo su nombre y en ningún momento le hablé de él.

¿Cómo podría Malena Blackwood enterarse de algo así cuando incluso mi familia no sabe quién era ese niño?

Para la historia, para el mundo, Ciel Phantomhive fue fugaz e irrelevante, como un mito. Un fantasma.

Entonces ¿Cómo? ¿Cómo es que Malena podría saber de su existencia?

Y la forma en que reaccionó, lo alterada que se puso cuando dijo su nombre…

¿Qué clase de secreto oculta este niño tan misterioso?

¿Qué tiene que ver conmigo?

Sólo sé que de alguna forma, lo que pasó con Ciel podría estar pasándome.

No confío en las palabras de una presunta psíquica pero en su visión ha podido describir la casa de mi familia, un incendio y aunque no haya registro de Ciel Phantomhive en la historia familiar sí que es cierto que alguna vez hubo un incendio en la mansión Phantomhive.

Me acerco a algo que tal vez no quiero descubrir.

Pero si la clave para ponerte a salvo se encuentra en el pasado, entonces lo descubriré.

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Es como si flotara, el agua caliente me cubre por completo y el perfume de las sales aromáticas cumple con su objetivo. Cierro los ojos, quiero entregarme a las sensaciones de éste momento, olvidar por un momento todas esas cosas terribles que me persiguen a través de mis sueños.

Y por un glorioso instante lo consigo, la música es suave, el sonido profundo y grave del chelo inunda el baño y hace eco.

La caricia de sus manos es dulce, delicada y por un momento no me siento necesitada, mi cuerpo no lo reclama a gritos, sólo me dejo llevar, me enfoco en respirar,

Y pese a que la situación podría antojarse demasiado erótica, justo ahora, lo que menos quiero es que el deseo me consuma.

Es la primera vez que me siento tranquila en mucho tiempo y es tal vez por su cercanía, por esta burbuja que ha creado en un intento de protegerme de la realidad.

No me importa, en realidad se lo agradezco, porque por unos minutos no está mal que me haga sentirme viva, que me haga olvidar que en realidad quiero morir.

Pero por ahora está bien, esto está bien. Estar aquí, sentada sobre su regazo, tomando un baño de burbujas en la bañera de mi habitación, como si por un idílico momento el nosotros existiera y todo lo que me preocupa se resume a esto, a sus labios contra mi piel.

Sus manos hábiles me masajean los hombros, se lleva la tensión y el estrés acumulado de los últimos días.

Sus labios acarician mi cuello y es su aroma, su olor combinado con el perfume del agua lo que consigue atraparme.

—Creí que no volvería a verte —susurra Sebastián contra mi nuca y quiero ignorar el tono de su voz, la cadente y sugerente suplica.

Suspiro, porque la sensación de sus caricias me lleva demasiado lejos, lo suficiente como para ignorar sus palabras.

—Yo tampoco pensé que saldríamos de esa —le confieso y sus manos abandonan mis hombros, me toma por el mentón y me obliga girar ligeramente la cabeza para mirarlo.

— ¿Quieres discutir esto ahora que por fin estamos solos y en casa? —le pregunto antes de que pueda decir algo más, su sonrisa divertida es mi respuesta, y aunque en realidad es una locura y aunque sé que al final me hará daño este tipo de interacciones entre nosotros es la única cosa "normal" a la que aún puedo aferrarme.

Es la única cosa que me impide volver a ese rincón oscuro que soy yo misma, a ese hueco que jamás podrá sanar.

Sebastián es todo lo que tengo, todo lo que su inmensa sed de sangre no podrá arrebatarme. Es lo único que no puedo destruir con mis propias manos.

Y sé que está mal, que de ninguna forma es bueno, pero ¿Qué más tengo… que más merezco?

Sé que él será mi muerte ¿Pero no es eso lo que deseo?

—Por favor —murmuro porque de verdad no quiero hablar de eso ahora, quiero olvidar ese fin de semana, quiero olvidar que yo…

Y la burbuja revienta, me estalla en la cara, las imágenes llegan como una cascada interminable y no puedo hacer que paren.

Veo a Jessica en esa fiesta, a Susan en la morgue, a Evelyn entre mis brazos y la mirada que Lance me dedicó cuando salí de la comisaría. Los ojos de Morales, su silenciosa amenaza y el terrible enfrentamiento con Evan Phantomhive.

Es como volver a estar ahí, en esa mañana gélida y extraña.

Cuando regresamos al cuarto del hotel, había caído rendida. El agotamiento, el shock, no me habían dejado ni respirar y había llegado hasta el hotel en brazos de Sebastián. Recuerdo que aunque su chaqueta me cubría casi por completo seguía sintiéndome expuesta, como si todo el mundo me mirara.

Mi ansiedad había llegado a un nuevo nivel y en cuanto me dejó en la habitación mi primer impulso fue correr al baño, mi imagen en el espejo había sido el tiro final, verme cubierta de sangre, tan irreconocible y vulnerable.

Verme de esa forma acabó conmigo y lo primero que hice fue meterme a la ducha, abrir las dos llaves del agua y quedarme ahí bajo el chorro del agua. Como si eso bastara para limpiar la sangre en mis manos, para redimir la culpa, como si eso cambiara el hecho de que de forma literal era responsable de la muerte de otra persona.

Con el vestido pegado a la piel, deshecho, asqueroso de mugre y sangre y el maquillaje corrido escurriéndome por las mejillas. Debí de haberme visto como una loca, incapaz de llorar pero por completo destrozada, con la mirada perdida y tallándome las manos con fuerza.

Entonces Sebastián me alcanzó en la ducha, sin decir nada, se había metido bajo el chorro de agua helada y abrazándome por la espalda se quedó conmigo hasta que de alguna forma dejé de sentirme tan sucia, tan rota.

No recuerdo en realidad cómo es que llegué a la cama, cómo es que conseguí salir de la ducha e ir al dormitorio. Sólo sé que conseguí dormir y cuando desperté ya era de noche.

El demonio me esperaba con comida caliente y una sonrisa. Había sido una gran sorpresa, porque por primera vez desde que empezamos a vivir juntos me había dejado comer pizza en su presencia. De pronto su obsesión por hacer que comiera de forma saludable parecía haberse tomado un descanso, estaba empeñado en hacerme sentir a gusto y aunque me miraba severo mientras engullía la quinta rebanada de pizza no protestó.

Incluso me había dado un bote de helado, se había burlado diciendo que no sería tan permisivo conmigo y que aprovechara su gesto de bondad. Lo cierto es que lo necesitaba.

Necesitaba algo tan normal e inofensivo como eso, como él siendo un estirado y yo llevándole la contraria.

Y entonces se me ocurrió prender la televisión.

Ocurrió de inmediato, ahí estaban, el rostro de Natalie llorando ante la cámara y la cara de Jacob contorsionada por la tristeza. Sebastián había reaccionado de inmediato, tomando el control remoto y dispuesto a apagar el aparato, pero no lo dejé hacerlo.

Necesitaba verlo.

Necesitaba comprobar que era real, que de verdad había ocurrido y no se trataba sólo de una horrible y cruel pesadilla.

Y ahí estaba la única prueba que había necesitado. La declaración de Natalie Redford era tan falsa como sus lágrimas, había dicho que Evelyn era una desviada, una enferma mental y que era muy posible que tuviera problemas de drogas. Que de seguro había muerto de esa forma, siendo una indeseable adicta víctima de algún asaltante.

Evelyn no era nada mío, no era mi amiga, pero esa no era la verdad.

Yo sabía la verdad.

Evelyn sólo había sido una víctima mía, un daño colateral, el producto de un juego retorcido y no se merecía morir. No se merecía morir en mi lugar.

Y tampoco merecía que alguien como Natalie la difamara de esa forma.

Ella merecía mucho más.

Mucho más que las mentiras de Natalie, que los engaños de Jacob y mucho más que ser sólo un señuelo, un nombre más.

Y merecía mucho más, así como esas chicas, así como Susan Rallye.

El resto de esa noche la había pasado al teléfono, con el portátil sobre las piernas y Sebastián convenciendo a todo aquel que se negaba a mis peticiones. Estaba determinada a darle un funeral apropiado a Evelyn, a redimirme de alguna manera aunque fuera por completo inútil.

Lo difícil no había sido conseguir todo para la mañana siguiente, lo de verdad complicado había sido que Natalie me respondiera las llamadas. Ella había cedido, histérica porque su luna de miel estaba arruinada, pero sólo porque le prometí que yo correría con los gastos.

Jacob no quiso hablar conmigo, si alguna vez llegué a conocerlo sabía que lo único que de verdad le importaba era su hermana. Podría haber tenido miles de chicas yendo y viniendo en su vida, pero su hermanita, Evelyn, era la única que siempre había estado ahí.

La mañana siguiente, pese a las protestas de Natalie conseguí que su funeral fuera un evento discreto, pequeño.

Sólo su familia más cercana, con sus padres, Jacob y Natalie.

Ni yo me permití asistir a la ceremonia, la culpa me mantenía lejos de ella, de su ataúd brillante coronado con flores. Era curioso, porque eran margaritas de colores demasiado alegres, en tonos rojos, azules, blancos y amarillos, tan llamativos y vivaces como la misma Evelyn.

Estuve ahí, agazapada, enfurruñada, mirando desde lo lejos cómo es que la ceremonia se llevaba a cabo, con Sebastián sosteniéndome y la culpa devorándome desde dentro.

En algún momento vi llegar a Lance, acompañado de Morales, pero fue el teniente quien llevó un ostentoso arreglo de flores para ella.

Sé que en algún momento Lance debió de haberse dado cuenta de que yo estaba ahí, pues en algún momento dirigió una vacilante sonrisa en mi dirección. Me envió un mensaje con una fotografía graciosa de sí mismo y me atreví a sonreír, a empujar lejos la culpa por tan sólo unos segundos.

Y tal y como habían llegado Morales y Lance se fueron, rápido, antes que los señores Sullivan y Natalie.

Sin embargo la silueta de Jacob permaneció ahí, ante la lápida adornada con flores.

Y entonces me atreví a acercarme, guiada por la sofocante necesidad de pedir perdón.

Pese a la protesta inicial de Sebastián me dejó ir con Jacob, una orden había bastado para hacerlo alejarse pero de todas formas la sensación de su mirada penetrante no me abandonó.

"Jake" le llamé en cuanto estuve cerca.

"Samantha, me dijeron que estuviste ahí…" es lo primero que Jacob me dice después de un largo silencio, no hay que ser un genio para saber que Morales o la policía han hablado con él y soy incapaz de mirarlo a los ojos cuando Jacob se gira para mirarme.

El silencio entre nosotros es demasiado incómodo, pese a toda nuestra historia nunca había estado tan incómoda frente a Jacob Sullivan. La culpa, la certeza de que Evelyn sólo fue una víctima más de mí misma es lo que torna todo esto insoportable. Tengo que esforzarme por no derrumbarme frente a él, no quiero tirarme al piso ahora y ser la patética y destrozada mujer en la que me he convertido desde que todo esto comenzó.

"¿Sabes? Nunca entendí del todo a mi hermana…" suspira Jacob y mis manos tiemblan, siento las lágrimas amontonarse en mis ojos pero no me permito llorar. "Siempre le agradaste, ella te admiraba", susurra Jacob y me atrevo a mirarlo sólo para descubrir esa sonrisa de hoyuelos que tantas veces utilizó en mi contra.

Pero sin importar su sonrisa Jacob sigue devastado. Me atrevo a mirarlo a los ojos y me arrepiento al instante, tiene los ojos hinchados y enrojecidos, las profundas y oscuras ojeras me dan a entender que no ha dormido para nada, que de seguro ha estado llorando la noche entera.

Verlo así es como la estocada final, nunca había visto a Jacob Sullivan tan afectado por algo.

Y la culpa en mi pecho toma una nueva dimensión, el dolor me rompe en pedazos y quiero correr, quiero alejarme lo más pronto posible de él. Quiero gritarle que lo siento, que todo es mi culpa, pero no puedo decir nada, no consigo pronunciar palabra alguna.

"Siempre me pareció tan gracioso, que las dos tuvieran la misma edad pero fueran tan diferentes. Siempre fuiste esa chica distante, triste e incluso cuando estábamos juntos, al principio, antes de que la cagaramos siempre sentí que en realidad no estabas ahí. Siempre guardaste tu distancia, siempre parecías a la defensiva, siempre parecías estar triste incluso cuando sonreías". Jacob vuelve a suspirar, sigue de rodillas frente a la tumba de su hermana, mirándome, y yo no puedo moverme.

No puedo respirar.

"Y ella era… ella era todo lo contrario…" sonríe con sinceridad, se gira de cara a la lápida y sus dedos acarician los pétalos de las coloridas margaritas.

"Siempre fue tan alegre, siempre parecía estar tan feliz… tan viva, siempre sonriendo y siendo empalagosa con todo el mundo. Siempre sonreía aunque todo fuera una mierda". Cuando Jacob comienza a llorar en silencio me siento tan mal, tan fuera de lugar, pero no puedo irme, por una vez no deseo alejarme de él, no puedo abandonar a Jacob ahora, aunque sólo sea por un minuto.

"Sé que fui un hermano de mierda" solloza y no puedo evitarlo, me arrodillo detrás de él, sobre la tierra húmeda y una de mis manos le acaricia la espalda.

"Lo siento" digo con voz atropellada y no sé por qué me estoy disculpando, no puedo ni entender por qué es que estoy haciendo esto.

"Nunca la entendí, cómo es que podía ser así de alegre y desinhibida, realmente nunca le importó lo que los demás llegaran a pensar sobre su comportamiento. O eso creía yo, pero de cierta forma siempre fuiste como una influencia muy fuerte para ella" Jacob emite una risa vacía y comienzo a llorar, las lágrimas caen por mis mejillas y siento un vacío en el estómago, un dolor en el pecho.

"No éramos amigas, yo apenas y hablaba con ella…" me sincero y Jacob asiente, me mira y sonríe.

"Era mi hermana y aunque la quería, nunca la conocí de verdad. Somos unas personas de mierda, tú y yo ¿no? No la conocíamos y estamos aquí, llorando por ella…" Jacob se ríe, es una risa rota, que pronto se convierte en llanto, en un lamento.

El dolor en mi pecho incrementa, me siento terrible, me siento tan mal que no puedo siquiera describirlo. Y aunque no quiero ver a Jacob en ése estado, cuando cierro los ojos sólo puedo verla ahí, entre mis brazos y su sangre me mancha las manos.

Jacob llora con tanta fuerza, todo él tiembla y en algún momento no puede ni mantenerse por sí mismo, se gira, vuelto un desastre y sus manos temblorosas se aferran a mis hombros.

Está hecho pedazos, yo misma lo estoy, así que no lo aparto, no lo alejo de mí cuando se echa a llorar contra mi pecho. Sólo por este momento quiero ofrecerle aunque sea el más mínimo consuelo, por un momento es como si toda esa mierda de nuestro pasado no existiera. Por un momento lo veo como un amigo y no como alguien que me hizo daño.

Porque sé que el daño que yo le he hecho, aunque él no lo sepa, es irreparable.

Yo maté a su hermana.

"No vayas a hacerte ideas raras ahora Carson…" dice a modo de burla, después de que se ha calmado.

Le sonrío, trato de no venirme abajo. Ahí está ese pequeño Jacob hijo de puta que jamás extrañaré.

"Ni muerta volvería a meterme contigo" espeto, ruedo los ojos y cruzo los brazos.

Y Jacob se recompone lo suficiente como para dedicarme esa sonrisa suya.

"Lo sé, pero aunque yo lo intentara sé que ese prometido tuyo me haría pedazos. Tiene toda la pinta de ser un tipo que no se anda con rodeos, que si me atrevo a siquiera mirarte me romperá la cara a golpes" Jacob finge estremecerse, pero sé que es cierto.

Sebastián sería tan capaz de asesinarlo sólo porque se ha acercado demasiado a mí.

Y me obligo a ignorar ese pensamiento tan pronto como surge.

La risa suave de Jacob me saca de balance, se ha puesto de pie y me extiende una mano para ayudarme a levantarme.

"Podría yo misma romperte la cabeza a golpes ¿De qué te ríes Jacob?" le espeto y Jacob niega con la cabeza.

"Es curioso, nunca pensé que nos volveríamos a encontrar por algo así…" sonríe y quiero reclamarle, golpearlo de verdad "No me refiero a… "esto", me refiero a nosotros. Y no me veas como como si fuera un idiota, hablo de que, olvidando que mi hermana… dejando eso de lado, nunca pensé que volvería a verte para el día de mi boda. Es surrealista". Dice Jacob y una sonrisa carente de humor se instala en mis labios.

"Ya, me dirás la porquería de que esperabas que nosotros…"

"No", me interrumpe al instante y la mueca arrepentida que me dedica me saca de balance "no soy tan imbécil Samantha. Tú y yo, eso jamás habría funcionado. Me refiero a ti, a verte comprometida con alguien como él. Todos en la secundaria, incluso yo, teníamos esa idea de que tú y Lance Riddle acabarían teniendo algo ¿A que suena idiota, no?" se ríe pero yo no sé cómo reaccionar.

"¿Lance? ¿Lance y yo?" trato de no sonar como una histérica pero no puedo evitarlo.

Jacob parece confundido ante lo brusca que he sido, se ve incluso incómodo y suspira ampliamente antes de responder.

"Siempre ha estado loco por ti, desde la secundaria. Creí que lo sabías, siempre ha sido tan obvio…" Jacob se da la media vuelta, se va sin despedirse pero yo me quedo ahí, inmóvil.

Como una imbécil.

— ¿Señorita? —la voz de Sebastián me regresa a la realidad, tal y como esa mañana.

Reacciono y me doy cuenta que estoy hecha un ovillo, arrinconada contra la bañera y el agua ha empezado a enfriarse.

Sebastián está alerta, arrodillado ante mí y sus ojos de un brillante tono de rojo me miran con preocupación.

Gotas de agua escurren por su piel pálida, su cabello húmedo está peinado hacia atrás y está tan cerca de mí.

Por un momento el dolor eclipsa todo lo demás, estoy tan aturdida que no consigo comprender qué es lo que pasa, tardo mucho más de lo que me gustaría para volver al presente, para comprobar que lo está pasando ahora es real.

Me toma otro momento el respirar profundo, el demonio me toma el rostro con ambas manos e imploro porque no entienda, porque no adivine en qué estoy pensando.

Pero sé que no me cree, sé qué sabe que le oculto algo y me obligo a no flaquear, a dejar que el impulso, que ese instinto terrible sea lo suficiente para distraerlo, para engañarlo.

Acorto la distancia, mis manos, frías, se enredan en el cabello oscuro de Sebastián y tiro hacia mí. Su cuerpo cálido me mantiene cautiva y mi beso es desesperado, lleno de urgencia y necesidad.

Me olvido incluso de por qué lo hago, ya no sé si es porque quiero evitar el confrontarlo o si en realidad quiero hacerlo, si es que el deseo ha ganado terreno o si esta es mi patética forma de anclarme a la realidad.

Y Sebastián no impone resistencia, parece ahora tan dócil entre mis brazos, tan necesitado que no se atreve a replicar.

Sus caricias son lo único que consigue que no vuelva a sumergirme en mis tortuosos pensamientos, sus besos son lo único que me impiden derrumbarme y por ahora está bien.

La necesidad por un contacto más profundo comienza a resultar enloquecedora y cuando las cosas de verdad comienzan a calentarse alguien toca la puerta.

— ¡Señorita Carson! —la nerviosa voz de Frank Wiesse nos interrumpe y aunque quiero ignorarlo insiste.

Golpea a la puerta varias veces, con fuerza y el demonio gruñe contra mi boca con frustración.

— ¡N-no es mi intención interrumpirla pero hay alguien al teléfono que quiere hablar con usted! —grita Frank y se le escucha tan desesperado que por más que quiera ignorarlo capta mi atención.

—Espero que se algo bueno —gruñe Sebastián mientras se aleja de mí y muy a mi sorpresa no me siento avergonzada porque Frank se dé cuenta de esto.

El demonio sale de la tina, el agua escurre al suelo y me ayuda a salir.

— ¡Lo siento! —chilla Frank al otro lado de la puerta y Sebastián parece tan molesto que resulta de verdad atemorizante.

El frio me pone la piel de gallina y acepto de buena gana la mullida bata de baño con la que el demonio me envuelve.

—Frank, te dije que no iba a recibir ninguna llamada hoy… —le grito a la puerta y el demonio fulmina con la mirada a la puerta mientras se enrolla una toalla en la cintura.

— ¡Lo siento! —Frank se escucha tan mortificado que no puedo molestarme con él y cuando Sebastián le abre la puerta del baño con cara de pocos amigos se pone tan rojo como un tomate.

Pero en un instante, bajo la severa mirada de Sebastián, Frank pierde el color de su cara y se queda por completo pálido.

Frank se queda paralizado frente a Sebastián y es ridículo como puede resultar así de intimidante cuando va casi desnudo y con el cabello mojado.

— ¿Quién está al teléfono? —intervengo y Frank recupera el color por un momento para volver a tomar esa expresión nerviosa.

Me extiende el teléfono y se va de inmediato.

Cuando contesto el grito que me saluda me lastima los oídos y reconozco la voz infantil al otro lado de la línea, entonces yo soy la que se pone pálida.

¡Tía! —me recibe la vocecita infantil y alarga la a antes de reírse.

— ¿Peter? —pregunto confundida y Sebastián arquea una ceja interrogante— Peter, cielo ¿Me llamaste tú? —le pregunto con voz dulce y Peter, mi pequeño sobrino, se ríe.

Escucho un ruido de pasos a través del teléfono, las voces aniñadas parecen pelearse por quién hablará ahora y me apresuro a llegar a la cama, a sentarme y respirar profundo.

¡Yo quiero hablar con la tía! —esa sin duda ha sido la voz de Grace, mi sobrina y se me escapa una sonrisa.

Sebastián, aún en toalla, me mira como si yo fuera un fenómeno, parece curioso y a la vez aliviado.

Apuesto a que su alrededor no he sonreído ni una sola vez en los últimos días.

Es entonces que la voz de mi hermana se escucha, parece estar regañándolos y de seguro le has quitado el teléfono, las risas de mis sobrinos se alejan y es reemplazada por la voz severa de mi hermana.

Espero al menos a ellos si les respondas cuando te llaman —la voz de mi hermana es acusadora y el alivio y la felicidad que siento por escucharla me inunda el pecho.

— ¡Belle! no contengo mi emoción y sé que debo de parecer una loca mientras le grito al teléfono como una niñita emocionada.

Belle mi culo Samantha Carson, no me has llamado ni una sola vez en meses y no contestas mis llamadas ni mis mensajes ¿Quién te crees que eres o quién te piensas que soy yo? ¡Soy tu hermana mayor, por un demonio! —Isabel se escucha tan molesta, pero no me importa, escuchar su voz remueve algo en mi interior, algo cálido y dulce que no había sentido desde hace tanto tiempo.

No Peter, mamá no quiso decir eso, no repitas esa palabra —mi hermana suena nerviosa, frustrada y entonces la voz tierna y dulce de Peter grita "culo" a todo pulmón— mierda —masculla ella y se apresura a pedir que no repita lo que ha dicho, pero entonces la voz de Peter y Grace corean "mierda" a todo volumen.

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— ¡Mierda! —chilla Isabel antes de llevarse el dedo a la boca y soplar.

Me río de ella porque se le ha vuelto a olvidar el usar un trapo para tomar la tetera con agua hirviendo.

Ella masculla un momento de groserías por lo bajo mientras pone su mano bajo el chorro de agua fría. Soy yo quien quita la tetera del fuego y apaga la estufa.

— ¿Cómo le haces para sobrevivir sin un adulto en casa? —me burlo de ella y mi hermana me fulmina con la mirada.

—Ja, ja, muy graciosa Samantha —me recrimina antes de volver a sentarse en la mesa de la cocina—. En realidad ustedes tienen la culpa, mamá es chef, tenía una hermanita genio que cocinaba para las dos y luego está Peter el Dios de los pasteles ¿Crees que necesité en algún punto aprender a cocinar? —dice con humor antes de dedicarme una dulce sonrisa.

Yo niego con la cabeza, pero lo cierto es que estoy tan feliz de verla que no puedo reprocharle nada.

Vierto el agua caliente en su taza y hago lo mismo en la mía.

A mi hermana ni le importa que el líquido caliente se fugue de su taza cuando la levanta para, de hecho sonríe con ternura al ver su taza desastrosa y deforme, seguro se la ha hecho alguno de mis pequeños sobrinos por el día de las madres o por su cumpleaños.

Me tomo mi tiempo para mirarla, para observar con atención a mi hermana mayor, a mi dulce Isabel. Ella no ha cambiado mucho, tienen la misma cara fresca y redondeada, con la pequeña nariz respingada de Evangeline y los mismos ojos marrones y dulces de Jerry, su piel no es pálida, es el del color de los duraznos y aunque es un poco más alta que yo parece mucho más joven, mucho más inocente. Lleva el cabello sumamente corto, con el corte de un niño, pero luce adorable, tan guapa pese a que no lleva ni una pizca de maquillaje encima.

Ojalá yo me viera así de bien, así de saludable, así de feliz.

—Por Dios Samantha, me estás asustando, me vez como si yo fuera un bicho raro… —Isabel deja de lado su té caliente y me mira con cuidado— ¿Tengo algo entre los dientes? —lanza un gritillo, de pronto está avergonzada y es adorable con las mejillas por completo sonrojadas.

Me río de ella de nuevo.

—No Belle, no tienes nada entre los dientes… es sólo que hace tanto que no te veía. Admiraba lo bonita que es mi hermana mayor—le sonrío e Isabel me mira con los ojos entrecerrados por un largo minuto.

—Sí, bueno, sé que soy hermosa y eso, Peter me lo confirma seguido—me sonríe pícara y tengo que alejar esa imagen pronto de mi mente.

La carcajada de mi hermana me hace saber que estoy sonrojada hasta las orejas y ahora soy yo quien ve a mi hermana con enojo.

—No Samantha, no me veas así… la que se ha imaginado esas cosas has sido tú —se burla y es una suerte que el pequeño Peter llegue como un huracán por la puerta de la cocina.

El pequeño Peter con tres años es apenas tan alto como para subirse con dificultad a la silla donde estoy sentada. Se sienta en mi regazo y sus manos regordetas van directo a mi cara.

— ¡Tíaaaa! —grita lleno emoción y sus enormes ojos marrones me miran muy de cerca.

Le hago cosquillas y mi sobrino se retuerce y se ríe sin control, su cabello es tan rubio como el de su padre, no es porque sea mi sobrino, pero es el niño más bonito que he visto en la vida.

Belle suspira, con una enorme sonrisa y quiero congelar el tiempo, quedarme aquí para siempre, en la cocina de la casa de mi hermana, con el pequeño Peter sonriéndome… como si mi vida fuera normal, feliz.

Pero por más que lo deseo sé que eso no puede ocurrir. Sé que una vez éste día termine volveré a ese lugar de mierda, donde todo lo imposible se vuelve realidad, donde las pesadillas no me dejan tranquila y tras de mí dejo un rastro de muerte.

El pequeño Peter deja de reír, he dejado de hacerle cosquillas y su vocecita infantil me pregunta si estoy bien, me pregunta que por qué estoy llorando.

Le sonrío a mi sobrino, trato de empujar lejos todo esos pensamientos horribles y concentrarme en que ahora estoy aquí, que nada malo puede pasar mientras esté aquí y nada malo puede ocurrirle a mi familia.

Pero es difícil, es demasiado difícil y siento la ansiedad reptar por mi garganta, arañarme.

Peter está por echarse a llorar sobre mí y la alarma en los ojos de mi hermana se hace presente.

Es entonces que la puerta de la cocina se abre de par en par y los gritos eufóricos de Grace inundan la habitación. Es una niña de cinco años en toda regla, vestida como estrafalaria princesa bailarina, con un tutú rosado, una corona de plástico y medías multicolor, lleva trenzado el cabello castaño con voluminosos moños rosados, canta a todo pulmón una melosa canción de alguna película de Disney.

Detrás de ella está Sebastián Michaelis, lleva al viejo Señor Bigotes —el gato— cargado en brazos y una reluciente corona de plástico adornándole la cabeza.

Entonces la ansiedad se esfuma, mis lágrimas son reemplazadas por una gran carcajada y el pequeño Peter ríe conmigo.

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Antes de abandonar Shirlight City, había sido necesario el volver a la morgue, donde Grell y Undertaker nos esperaban. La fugaz visita había resultado infructuosa, la policía había acaparado la evidencia que quedaba y la catedral permanecía acordonada. Los cuerpos yacían dentro del cuarto frío y aunque me sentía al borde de la locura tuve que revisarlos.

El mismo resultado para los dos cuerpos encontrados, incluso con Evelyn. Estaban huecas, sin recuerdo alguno declaró el propio Undertaker y aunque se había puesto serio para la ocasión esa sonrisa divertida nunca se borró de su rostro.

Habíamos conseguido darle nombre a las últimas víctimas, las tres chicas desparecidas y las otras dos encontradas en la catedral, todas ellas habían sido reportadas como desaparecidas. Al menos una o dos semanas cada una, el intervalo de tiempo se acortaba con alarmante rapidez y hasta ahora nunca había aparecido más de una a la vez.

Emma Thompson, la primera de la lista tenía diecinueve años y lo único que nos unía era un rostro cubierto de pecas. Le seguía Phoebe Hopkins, una estudiante de medicina con 23 años. Anna Jenkins con 21 años y el cabello castaño. Christine y Sophia Bellamy no tenían nada que se pareciera al perfil de las demás víctimas, eran hermanas de 26 y 28 años, la menor había desaparecido unos tres días antes que la mayor, pero por más que buscamos no existía ninguna posible conexión conmigo.

Por último estaba Evelyn Sullivan, desaparecida y muerta la misma noche, y yo había sido su verdugo.

Yo había jalado el gatillo.

Había llegado a pensar, que así como yo había comenzado a perder la cabeza, así como el miedo y la ansiedad incrementaban día con día, en el asesino de esas chicas ocurría una metamorfosis parecida, mucho más monstruosa.

Parecía ir a ciegas, matando al azar. Como si fuera por completo incapaz de contenerse, como si su objetivo ya no fuera el enviarme un mensaje, sólo se trataba de matar.

Porque a estas alturas lo único que todas tenían en común era eso, ser mujeres.

El patrón se había roto, había chicas muertas sin una razón en concreto. Ese meticuloso sistema de seleccionar a sus víctimas se había ido por el caño después de Anelisse Barton, y ya ni siquiera había forma de vincular estos homicidios con el nombre Blackwood.

Undertaker estaba más emocionado que nunca, como si saber que había un homicida sin control ni raciocinio fuera en realidad algo divertido.

Grell sin embargo se había molestado, quejándose de la poca visión de los asesinos modernos.

Había decidido ignorar su horrible comentario y aunque volver a visitarlos me había arrancado otro poco de esperanza, al menos sabía que podía contar con ellos.

Que de alguna forma tenía dos aliados tan fuertes como para no preocuparme por ellos.

Y que ahora, gracias a Grell, tenía la oportunidad de mantener a salvo a Lance.

Y eso es más que suficiente.

— ¿Sam? —la voz de mi hermana me saca de mis pensamientos y me encuentro siendo mirada por todos en la extensa y repleta mesa del comedor.

Me encojo en mi sitio, avergonzada, me obligo a prestar atención pero de pronto me siento tan extraña, tan fuera de lugar.

Busco entre las miradas curiosas y preocupadas de mi familia la de Sebastián, y es una pena que esté sentado tan lejos, entre Grace y la bebé, porque Grace le ha dado por acaparar al demonio. Está justo en el extremo opuesto de la mesa y la urgencia por tenerlo cerca es apenas soportable.

— ¿Estás bien? —pregunta Max, mi sobrino, hijo de Peter, pese a que tiene ocho años siempre ha sido muy espabilado y la mirada preocupada que me dedica me hace reaccionar.

—Sí cielo —le respondo y eso basta para que vuelva a lo suyo, a devorar su montaña de puré de papa.

El pequeño Peter a mi lado tira su cuchara y vuelca su plato con macarrones con queso sobre la mesa.

Mi pequeño episodio pasa entonces desapercibido y la mesa se llena de ruido.

Mi hermana regaña al pequeño Peter pero Grace, como la niñita pequeña que es no desaprovecha la oportunidad para llamar la atención y arroja un pedazo de pan. El panecillo vuela por el comedor y aterriza justo en la cabeza de Tyler que con doce años, pese a creerse todo un adolescente maduro; igual le devuelve el ataque a su hermanastra, Grace esquiva por los pelos una cucharada de puré de papa y pronto la tranquila cena familiar se convierte en un campo de batalla.

Hay guisantes por todas partes, mi hermana se olvida de la disciplina y es ella quien me arroja una mazorca de maíz a medio comer. Pero tiene tan mala puntería que no me da, la mazorca golpea la puerta de la cocina y me dejo llevar. Decido que me preocuparé después por el desperdicio de comida y con ambas manos repletas de guisantes me uno a la pelea.

Sebastián se convierte en el protector de la pequeña Grace, con agilidad previene que los proyectiles de comida lleguen a tocar a Grace y alardea de su habilidad arrojando guisantes y trocitos de zanahoria que siempre dan en el blanco. Y aunque la gran mayoría me caen a mí, Tyler y Max se llevan también una buena parte.

El comedor es un desastre, lleno de risas y gritos por parte de la bebé —Katie— a quien la propia Isabel le ha untado de papilla las mejillas.

Entonces es cuando Tyler, en un acto de valiente pero estúpida osadía toma una pieza de pollo frito y la avienta. La pierna de pollo vuela a toda velocidad y se estampa contra el pecho de su padre, Peter, mi cuñado, quien va saliendo de la cocina con el postre en las manos.

— ¡OHHH! —grita el pequeño Peter mientras aplaude con ambas manos.

El silencio se apodera del comedor y veo a mi hermana enrojecer en su asiento, es como si ella en cualquier momento fuera a salir corriendo. Y mis sobrinos se ven entre ellos antes de responder a coro.

—Fue la tía —cuatro pequeños dedos me apuntan, la bebé ríe de forma adorable y escandalosa.

Y mi cuñado quien permanece inmutable se suelta a reír pasados unos minutos.

La bebé aplaude y el pequeño Peter se le une.

Mi hermana se relaja en su puesto y trata de limpiarse un poco.

—Como todos son unos pequeños traidores sólo yo comeré postre —recita mi cuñado mientras se sienta en su sitio, a mi lado, deja el refractario cubierto de aluminio en la mesa y la exclamación colectiva no puede evitarse cuando Peter quita el aluminio del refractario y un apetitoso tiramisú inunda el comedor con su fuerte olor a chocolate y café.

El pequeño Peter hace lo suyo, al igual que Grace, ponen un puchero de lo más adorable y sin entender nada de lo que pasa la bebé hace lo mismo.

Peter mira a cada uno de sus hijos, a Isabel, a Sebastián y a mí antes de comerse una cucharada enorme del postre.

La cara de sus hijos, mía y de mi hermana, supongo que ha de ser súper cómica y Peter estalla en carcajadas antes de pedirnos que cada uno pase su plato para que sirva el postre.

Mis sobrinos devoran su postre en silencio, es evidente que saben que Peter los castigará una vez terminemos de cenar. Isabel está tan nerviosa y es tan linda que por un momento creo que Peter se olvidará de todo, pero no es de esa forma y la ración de mi hermana y Grace es considerablemente más pequeña. La mía en cambio es una ración tamaño familiar.

Cuando Peter le entrega a Sebastián su ración le palmea el hombro y tengo que reprimir una carcajada ante la cara confundida del demonio.

La cosa es que Sebastián se había esmerado en preparar un postre para la cena de hoy, pero tal parece que Peter se lo ha pasado por el forro.

—Lo siento cariño, te dije que los postres son su territorio —me burlo de Sebastián y mi cuñado y yo chocamos las manos en señal de complicidad.

Mi hermana rueda los ojos y fulmina con la mirada a su esposo.

—No dejes que ese par de idiotas te desanime Sebastián, siempre hacen lo mismo cuando alguien viene a cenar —lo consuela mi hermana con voz dulce y el que rueda los ojos ahora es Peter.

— ¡Mala palabra! —grita Grace y mi hermana se lleva una mano a la frente.

Me concentro en mi postre, en volcar toda mi atención en ellos, en las caras graciosas que hace Tyler para que la bebé ría y en la expresión de asombro que Sebastián pone al probar el tiramisú de Peter. Quiero concentrarme en los halagos del demonio y la falsa modestia de Peter, en lo bueno que está el postre y en lo adorables que son mis sobrinos.

De verdad quiero estar aquí, aquí y ahora, en la realidad. Pero las pesadillas me jalan, la ansiedad y el miedo luchan por sobrevivir en mi interior y ahogar la momentánea felicidad que experimento.

La cena termina poco después, Tyler el mayor de mis sobrinos se lleva en brazos a un Peter soñoliento y es seguido de cerca por Max, me encanta que esos dos parezcan querer tanto a sus hermanastros. Siempre me preocupó que Max y Tyler no se sintieran bien sabiendo que su papá tendría más hijos.

Grace es otra historia, no quiere despegarse de Sebastián y lo obliga a ir con él, que sea él quien le cuento una historia para dormir.

Isabel se disculpa, la bebé llora a todo pulmón y mi hermana se la lleva a su cuarto.

Quedamos Peter y yo en el comedor, y por la forma en que me mira sé que él no ha podido ignorar mi comportamiento de hoy.

—Siempre eres el alma de la fiesta ¿Qué te pasa hoy? —es directo, rudo y me siento intimidada por sus ojos verdes.

Me levanto de mi asiento, quiero evadirlo, no puedo sólo contarle a Peter cómo me siento porque ni yo sé cómo me siento. Así que me escudo en los platos sucios, en recoger la mesa y tratar de ignorarlo.

Pero mi cuñado no cede, su actitud protectora conmigo y con mi hermana siempre me pareció su mejor cualidad, pero ahora sólo quiero que me deje en paz. Así que terminamos ambos, con la montaña de platos sucios de por medio en la cocina.

Soy yo quien lava los platos y Peter quien seca y guarda, no puede no burlarse de que no alcanzo las estanterías y que tengo el tamaño de un hobbit.

—Isabel estaba furiosa —comienza a decir y creo que no puedo manejar esta conversación.

—Perdón por no llamar ni venir antes… estos últimos meses han sido un completo caos —me disculpo y soy tan sincera como puedo, Peter asiente con la cabeza pero me regresa una mirada triste.

—Una cosa es que seas una hermana horrible, otra muy diferente es que no me digas nada a mí —me acusa y el pinchazo de culpa me estremece—. Llegas con un tipo que no conozco de pronto, te vas a casar con él y no me entero por ti ni por Belle, me entero por televisión nacional ¿Crees que eso se hace? Cuando salía con tu hermana siempre fuiste la primera en saber esas cosas… ¡Me amenazabas y me gritabas si hacía algo de lo que no tuvieras conocimiento! —me reprocha y aunque sé que no quiere lastimarme sus palabras son duras.

— ¿Qué pasó con Richard Daniels? —pregunta y el vaso que estoy sosteniendo se me resbala de las manos, es una suerte que sea de plástico y no se haga añicos.

Su pregunta destroza la barrera que he construido en mi interior, la ansiedad me desborda, la culpa, el miedo y el odio me colman el pecho y tengo que aferrarme con ambas manos al fregadero.

—Me he hecho esa misma maldita pregunta por meses —digo sin querer, con voz estrangulada y el escozor de las lágrimas en mis ojos.

Recuerdo que antes de nuestro viaje a Nueva York, Richard y yo habíamos estado en ésta misma situación, en casa de mi hermana, teniendo una cena muy parecida a ésta.

Incluso puedo escuchar su risa cuando cierro los ojos, se burlaba de mí porque no podía alcanzar las alacenas altas y Peter estaba ahí, riéndose con él.

Y yo era feliz.

—Lo siento —se apresura Peter a decir y aunque trata de consolarme rechazo su abrazo, me aparto tanto como puedo de él.

Siento que estoy por estallar, todo en mi interior se prepara para explotar y aunque sé que Peter no tiene la culpa, por un momento, en mi cabeza, todo es su culpa.

Es como volver a la pesadilla, donde apuñalo a Susan, donde es mi mano la que acaba con la vida de mis amigos, donde yo maté a Evelyn.

—Tía —interrumpe el pequeño Peter cuando entra por la puerta de la cocina.

Viste un pijama con dibujos de dinosaurios y sus pantuflas son esponjosas patas de dinosaurio en color rojo. Va más dormido que despierto y arrastra una cobija con el dibujo de un perrito, lleva en el otro brazo a su mono de peluche, ese viejo peluche tejido que era mío cuando tenía más o menos la edad de Tyler y que le regalé al pequeño Peter en su último cumpleaños.

Estira sus pequeños brazos en mi dirección, con mirada suplicante y un puchero irreprochable, incluso no le importa tirar su juguete y su manta al suelo. Sé lo que quiere y al instante toda esa tormenta de emociones en mi interior se desvanece.

—Cuento —me pide y mi corazón se derrite en ese instante, tomo a su mono y la manta antes de levantar al pequeño Peter en brazos y llevarlo a su cama.

No puedo ignorar la mirada de mi cuñado cuando dejo la cocina, tampoco puedo ignorar ese recuerdo que permanece en mi mente cuando llevo a mi sobrino a dormir, pero lo hago lo mejor que puedo y me esfuerzo en contarle una historia encantadora para antes de dormir.

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La sonrisa de Sebastián me está poniendo de los nervios, pese a que está oscuro puedo distinguirla a la perfección, es esa sonrisa burlona y divertida que solía sonrojarme en los primeros días. Esa misma sonrisa y esa misma mirada curiosa que ponía siempre que me veía escribir, se siente como si hubieran pasado años desde la última vez que vi esa expresión en el demonio.

—Voy a golpearte —lo amenazo pero su sonrisa se ensancha y arrojo la almohada con dibujos de autos directo a su cara.

El demonio no hace nada por esquivarla, le da de lleno en el rostro y aunque le he desacomodado un mechón de cabello, la sonrisa sigue ahí.

Me rindo, porque la visión de Sebastián Michaelis recostado en una cama de carrito de carreras es demasiado graciosa como para soportarlo. La mitad de sus piernas sobresale de la cama y el acolchado con una caricatura de un astronauta apenas y le cubre el torso.

Es obvio decir que es otra broma de Peter ¿Han notado lo mucho que quiero a mi cuñado?

Evito reírme y me recuesto boca arriba en la cama de Tyler, pese a que es más pequeña que mi cama mi cuerpo cabe a la perfección, me concentro en mirar el techo repleto de pequeños stickers fosforescentes que simulan ser estrellas. Están puestos de forma cuidadosa, simulando constelaciones reales y sé que ha sido obra del pequeño Max que sigue inmerso en el tema del espacio y las estrellas.

Pese a lo reticentes que son Tyler y Max con mi hermana, no dudaron en ningún momento en cedernos su habitación para pasar la noche, adoro a esos niños, tan inteligentes y amables como su padre. Justo ahora deben de estar dormidos en el pequeño campamento que montaron en la sala.

—Ahí está de nuevo —se burla el demonio y me giro para mirarle, sus ojos carmesí brillan en la oscuridad, su mirada es intensa, indescifrable.

— ¿Qué? —espeto y el demonio se ríe.

—Eso en su cara, esa cosa rara que hizo hace un segundo —se burla y me señala— ¿Cómo se llama eso? Oh si, sonrisa, estaba sonriendo hace un momento —y aunque su voz es burlona la amargura en su mirada es imposible de ignorar.

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Estoy corriendo, sólo sé que estoy corriendo, corro a través de un pasillo interminable y sé que algo me persigue, que algo trata de alcanzarme.

No sé con exactitud en qué dirección estoy corriendo, sólo sé que no puedo detenerme. Que tengo que escapar y encontrar una salida.

Tampoco sé si existe salida, sólo sé que de alguna forma tengo que irme de dónde sea que estoy.

El miedo está asfixiándome, siento que en cualquier momento mi corazón saldrá propulsado fuera de mi pecho y aunque no estoy llorando los ojos me arden.

Es entonces que tropiezo, aunque se siente como si alguien me empujara, por un momento creo que caeré al vacío, me siento en caída libre. Como si bajo mis pies no existiera nada más que el abismo.

Pero no es así, aunque me preparo para una caída infinita no ocurre, he caído al suelo, el impacto es violento, brutal. Y el dolor invade cada centímetro de mi cuerpo.

El miedo me impide levantarme, estoy paralizada y consigo escuchar los pasos de una criatura que debe de ser gigantesca, El piso tiembla, su rugido aclama mi nombre. Y me alcanza, lo siento reptar por mis piernas, me respira en el cuello y con un golpe brusco me gira boca arriba.

Y entonces veo la cara del monstruo.

La oscuridad se desvanece y la luz lo inunda todo de golpe.

Soy yo.

Es mi rostro, esa soy yo y mis ojos me dedican una mirada furiosa, demente, antes de levantar la pistola y apuntarme en la frente.

El techo, o lo que parece ser el techo del lugar en donde estoy es como un espejo de agua. Las ondas distorsionan la imagen, pero es tan clara a la vez. Puedo verme, a quien se supone que soy yo y me doy cuenta de que yo soy Evelyn. De que estoy a merced de mi misma, de ese monstruo que es Samantha Carson.

Y entonces dispara.

Se escucha como un trueno, una tormenta y cierro los ojos con fuerza.

Pero cuando los abro soy yo quien tiene el arma, soy yo la que está de rodillas frente al cuerpo de Evelyn.

Y aunque la sangre brota de su cabeza, aunque sus ojos ya no tienen luz y su piel está pálida ella ríe. Evelyn sonríe, su risa inunda la habitación y cada que se ríe su sangre me salpica.

Toda yo estoy cubierta de sangre.

De su sangre y trato de alejarme, de correr. Pero cuando doy media vuelta para marcharme Susan Rallye está ahí, es una muñeca grisácea con el vientre abierto y lleno de sangre putrefacta. Me dedica una sonrisa que le rasga los labios y antes de que pueda moverme un montón de manos se aferran a mis extremidades. Hay manos por todas partes. En mis piernas, en mis brazos y cara.

Y las manos son fuertes, poderosas, me arrastran y me levantan mientras Susan me sigue de cerca.

Entonces las manos me dejan caer sobre una superficie dura. La iluminación cambia, el entorno es distinto y vuelvo a estar sobre la mesa de piedra, en ese momento exacto en que mi vida terminó.

Entonces estoy ahí, con los enmascarados rodeándome y uno de ellos empuña un cuchillo.

Sus risas inundan la sala, me preparo para morir, quiero morir. Y ni el miedo, ni la ira bastan para cambiar mi deseo.

Entonces se quitan las máscaras, sus rostros pálidos me devuelven una mirada cargada de odio y las reconozco a todas.

Todas están ahí, cada chica que ha matado, cada chica que ha muerto por mi culpa, todas, desde la primera hasta la última, Susan, Anelisse, Evelyn…

Todas empuñan el cuchillo que acabará con mi vida, todas sedientas de venganza.

De justicia.

Y entonces despierto.

— ¡Ev…! —comienzo a gritar pero tan pronto abro la boca alguien me la tapa.

El pánico me domina, lucho por liberarme y las lágrimas ardientes me escurren por las mejillas.

Trato de gritar, de liberarme y escapar pero por más que me resisto no consigo liberarme.

—Soy yo —susurra en la oscuridad y aunque quiero escucharlo no puedo, el miedo sigue ahí, mi pesadilla no se va y aún puedo ver a Susan, a Evelyn.

—Por favor Samantha —vuelve a susurrar y su voz es dulce, desesperada.

Es entonces que una tenue luz rompe con las tinieblas y el rostro de Sebastián Michaelis me da la bienvenida.

Me obligo a tranquilizarme, a aferrarme a él, al contorno de su rostro atractivo bajo la luz de la lámpara, al calor de sus ojos que me envuelve de a poco. Que la sensación de su piel sea lo único que puedo sentir.

Pero el miedo me desborda y soy incapaz de moverme.

Sé que él lo nota, que esta vez no puedo salir yo sola de la pesadilla, que lo necesito y en silencio, con esa mirada intensa, desconocida, me envuelve en sus brazos hasta que vuelvo a quedarme dormida.

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Despierto por el sonido estridente del metal siendo golpeado. Me remuevo incómoda, con los músculos adoloridos y cautiva entre la pared y un cuerpo duro.

Me toma unos segundos comenzar a despertar pues el ruido es tanto que me duelen los oídos, la cabeza me duele y me esfuerzo por empujar al demonio que me mantiene abrazada contra su cuerpo.

—Cinco minutos más —masculla el demonio y puedo ver su sonrisa divertida.

— ¡En nombre de la decencia, sepárense ya! —exclama Peter y su voz es acompañada de ese estruendoso sonido metálico.

Cuando Sebastián se digna en soltarme puedo incorporarme y ver lo que causa ese ruido, son Grace y Peter que golpean sartenes y ollas con espátulas de metal.

El pequeño Peter lleva un tazón colorido a modo de sombrero y Grace una cacerola.

Mi cuñado alienta a sus hijos golpeando una sartén con un cucharon de metal y aunque el ruido que hacen es espantoso no puedo evitar que me contagien con su buen humor.

—Qué niños tan desobedientes —se burla mi cuñado y su diminuta orquesta grita que si— ¿De qué sirve que los haga dormir en camas separadas si igual van a despertar así? —dramatiza y se lleva una mano a la frente como si en realidad algo terrible hubiera pasado.

Me contengo porque quiero decirle a Peter que no ha pasado nada, que es una de las pocas veces en que Sebastián y yo hemos estado en una cama sin hacer nada.

El demonio entonces decide provocar a Peter y vuelve a envolverme entre sus brazos, trata de besarme y es una suerte que mis sobrinos decidan subirse a la cama.

El pequeño rubio golpea su sartén con fuerza y Grace se deja caer sobre mí.

Sus risas alejan cualquier rastro de ansiedad, de incomodidad y por primera vez en demasiado tiempo me siento como si en realidad tuviera un hogar.

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Mi hermana suspira y esboza una sonrisa que se me antoja melancólica. Ella se lleva una mano al mentón mientras observa el álbum de fotografías que ha extendido sobre la mesa de la cocina.

Estoy tentada a reclamarle pero verla tan tranquila me lo impide.

— ¿No era una niña adorable? —señala Belle y Sebastián sonríe tan divertido por la situación— ¿Cuántos años teníamos ahí marmota? —me pregunta con burla y estoy a punto de aventarle una galleta en la cara.

—Cuatro, tú tenías cuatro y yo dos, creo—le respondo fingiendo una sonrisa y mi hermana ríe tontamente.

—Tienes razón, llevabas ese peluche horrible de la feria, la marmota Scotty… te dormiste con esa cosa hasta que mamá lo tiró —narra Isabel con una sonrisa de oreja a oreja.

— ¿Cuándo dejó de dormir con Scotty? —inquiere Sebastián y me obligo a comerme la galleta en lugar de arrojársela en la cabeza.

—Estábamos en secundaria, como por primer año, todo porque un día Lance y Jess fueron a dormir a casa. Dormimos los cuatro en la sala y a la mañana siguiente cuando mamá despertó vio que Scotty la marmota seguía ahí. Y entonces ella lo tomó mientras dormíamos y lo tiró en la basura.

— ¡Tenía diez años! —me defiendo y ella se ríe.

—Sí, niñita genio, pero por muy adelantada que fueras eso no impidió que llorarás por Scotty —se burla y una sonrisa casi malévola le adorna los labios— ¿Acaso Lance sigue llamándote marmota, hermanita? —pregunta y la galleta sale propulsada contra su nariz.

Mi hermana se ríe, pese a que tiene una risa suave y melodiosa es demasiado irritante.

— ¡Niñas! —nos regaña el pequeño Peter que sentado en mi regazo toma jugo en su vaso entrenador.

Y el impulso de apretujar las mejillas de mi sobrino es incontenible.

Peter se ríe y el jugo se le escapa por la nariz, mi hermana corre por servilletas y luego de limpiarle la nariz lo manda a jugar con sus hermanos.

Belle suspira entonces, con la mirada fija en mí.

—Supongo que no te veré en Navidad —se queja y casi me siento mal por ese pequeño chantaje suyo.

El demonio me mira interrogante y no quiero hablar de esto ahora.

Lo último que me apetece hacer ahora es celebrar Navidad.

—Por favor Samantha, sé que eres el maldito Grinch pero por una vez me gustaría que dejaras tu drama de lado y celebraras Navidad con tu familia, como lo hacen las personas normales —reprocha y se le encienden las mejillas del coraje.

—Ya cenamos en familia, una no Navidad es suficiente para mí —le respondo y mi hermana bufa, infla las mejillas.

— ¡Tu prometido está aquí! —señala a Sebastián y el demonio le da la razón.

— ¿Y? No es como si fueras a pasar una Navidad en familia Belle, tú y Peter se irán de viaje —la acuso y mi hermana no cambia su expresión.

—No me voy a ir a ninguna parte —murmura y su puchero triste me destroza el corazón.

— ¿Bárbara canceló? —es mi pregunta y Belle se apresura a tomar asiento.

Luce tan preocupada y triste que olvido el tema de nuestra discusión.

Sebastián nos dedica una mirada confundida, llena de interrogación e Isabel suspira.

—Verás, cómo prácticamente ya eres parte de la familia te voy a contar la historia —dice Belle y aunque parece algo triste su voz es dulce y amable—, Peter estuvo casado antes, su ex-esposa Bárbara y él tuvieron a Tyler y a Max. Cuando yo conocí a Peter ellos ya estaban separados, con el divorcio en trámite. La historia es sencilla, nos enamoramos y él se divorció, Bárbara le cedió la custodia de los niños porque su carrera le importaba más en ese momento. No es que yo la esté juzgando, pero siempre ha puesto el trabajo por delante de su familia. Y bueno, eso nunca había sido un problema con los niños, dos semanas en verano, el día de sus cumpleaños, el día de la madre y Navidad. Ella nunca había faltado en estos cinco años, pero esta vez… ¿Cómo se supone que les diga que su madre no quiere verlos en Navidad? No quiero arruinarle la Navidad a Max y las cosas con Tyler han sido algo intensas desde que empezó la secundaria —mi hermana suspira y me levanto para abrazarla, parece abatida.

—Mamá y papá cuidaran de Katie, Peter y Grace, pero ya sabes que a mamá nunca le ha hecho gracia que yo cuide a los hijos de otra mujer. No quiero que mis niños pasen una Navidad incómoda en casa de su amargada abuelastra —se lamenta y su aflicción me conmueve, sé que mi hermana ama a esos niños como si fueran suyos.

—Esa palabra no existe Belle —le recuerdo mientras la abrazo.

—Y aunque no es que la idea de pasar estas fechas lejos de mis bebés me agrade ¿Quién en su sano juicio dejaría perder un viaje de primera al maldito Hawái? Hermanita, odio a tu desgraciado tío con toda mi alma y aunque amo a mis hijos quiero tener aunque sea una noche para mí y para Peter. Cuando no estoy cubierta de vómito de bebé tengo gliter hasta en el culo —se queja y no puedo evitar reírme.

— ¡Mala palabra! —grito y mi hermana me da una palmada en la frente.

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Esto está mal.

Pese a que Tyler y Max me sonríen maravillados con la idea yo sé que en realidad estoy cometiendo un error.

Pero ya he aceptado y el abrazo que me dedica Max me estruja el corazón. Cuando Tyler también me abraza sé que no puedo negarme, ya no puedo arrepentirme.

Mi hermana me sonríe con agradecimiento y aunque quiero correr le regreso la sonrisa.

Grace y Peter están tan contentos que se les olvida que mes estoy despidiendo y sus usuales lágrimas y suplicas porque no me vaya no se hacen presentes.

La que quiere llorar y hacer una rabieta soy yo, pero el brazo del demonio, fijo en mi cintura me impide hacer cualquiera de las dos.

—Pasaremos una Navidad increíble —Tyler le dice a su hermano y aunque de verdad me hace feliz que estén tan entusiasmados me gustaría que no fuera de esa forma— ¡La casa de la tía Sam tienen que ser increíble! —declara y el escalofrío que me recorre no es para nada normal.

He aceptado el celebrar la Navidad por primera vez en diez años, en mi casa, con todos mis sobrinos.

Navidad, niños y Sebastián Michaelis, no hay manera de que eso salga bien.

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¡Hola gentecita chula de fanfiction!

Saludito especial de amor verdadero para los nuevos lectores, incluso si son fantasmas. Y para la como siempre bella Anvi por su ayuda, por cierto, ese fragmento del diario lo agregué de último minuto así que si no lo habías leído upsi(?)

Por cierto, la canción del inicio "Devil like me" de Ranbow Kitten Surprise es mi nueva fuente de inspiración para este fic así que si les pica la curiosidad busquen la canción. Mi hermano debe de odiarme porque la escucho todo el tiempo mientras escribo y la canto con mi bella voz.

Un pequeño aviso antes de empezar con las cositas que quiero comentar, comenzaré a actualizar cada Lunes porque si, hasta finales de Agosto, empiezo las clases en unas dos semanas y bueno, la universidad es una perra mala así que tal vez comience a actualizar de forma más inconstante cuando se termine Agosto.

Otra cosa, estamos a pocos capítulos de terminar con el fanfic.

Éste capítulo nos introduce al penúltimo arco, y será uno muy corto, de dos capítulos más uno intermedio entre el penúltimo y el último arco. Así que si, estamos, siendo exactos, a seis capítulos del final, más un epilogo.

"Pero está usted loca?!" Sí, un poquito, pero ya estamos en la recta final y si lo han notado hasta ahora, el mismo diario de Lilian nos ha marcado el tiempo, vamos contra reloj y espero acabar antes de que termine Agosto. Es posible que para los últimos capítulo tal vez actualicé el final y el epilogo de un tirón. Como un especial a modo de festejo(?)

Y no es que el fanfic muera en ese momento, estoy planeando algunos extras y una sorpresa que les diré en el epilogo.

Así que ese era el aviso importante.

Ahora, pasando a comentar algunas cositas sobre el capítulo, hay que comenzar con la cosa del diario, dejen sus teorías locas en los comentarios y recuerden que estos fragmentos son importantes ¿Creen que Ciel tenga que ver con lo que le pasa a Lilian? Es obvio que si, pero ¿Por qué?

La primera escena en la bañera, no fue algo planeado, tenía esta tentación de escribir una escena como esa y al final decidí introducirla en éste capítulo. Espero hayan disfrutado de ella(?)

La cosa con los sobrinos, todo éste arco, era algo que había planeado desde el principio, porque ajá, la Navidad en Julio es algo muy refrescante(?) Y porque por el momento "la Carson" y Sebastián necesitaban un momento de "tranquilidad". ¿Qué creen que pase en su Navidad?

En estos últimos capítulos pienso que le he dado un mayor énfasis a la cosa de las pesadillas y los sueños de Sam, de una forma u otra también podremos encontrar algunos mensajes o pistas en sus sueños así que atentos a eso. Sin mencionar que son de las escenas que más me gustan escribir porque son surrealistas y extrañas.

En esta ocasión nos leemos éste Viernes, y si, dos capítulos en una semana porque se les quiere incluso si son fantasmas.

La próxima semana empezamos con las actualizaciones cada Lunes, así que eso, gocen mientras puedan(?)

¡Nos leemos pronto!