Su señorita, de fiesta.

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¿Es el diablo tan malo si llora mientras duerme?

Devil like me, Rainbow Kitten Surprise.

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2 de Febrero, 1989.

Han sido días muy intensos, no he dormido nada desde la última vez que vi a Malena. Luego de nuestra sesión donde me reveló el nombre de mi ancestro, no ha querido volver a verme. He ido a su local cada día, pero permanece cerrado, con la cortina metálica bajada y el candado puesto.

Temo por Malena y sus hijos.

Temo por ti y por mí.

Anoche volvió a pasar, esa visión extraña de Ciel gritándome por escapar de un horror sin nombre.

Sucedió que estaba en casa, me preparaba para dormir. Demian había llegado temprano y se había quedado dormido tan pronto como llegó. Así que mientras él dormía me di un baño.

Me cepillaba el cabello frente al tocador cuando pasó.

Estaba ahí, mirándome desde el interior del espejo.

Era él, Ciel.

Y parecía diferente a todas las otras veces en que lo vi.

Sus ojos eran diferentes, de otro color.

Todo él, parecía envuelto en una bruma oscura, y la sonrisa torcida que me dedicó…

¿Qué clase de niño podría sonreír con tanta crueldad?

¿Qué clase de persona podría poseer esa mirada tan vacía, tan inhumana?

Pero estaba ahí y no parecía un niño indefenso y asustado. No, parecía algo más, algo más terrible, mucho más extraño.

Y aunque el brillo de sus ojos rojizos era aterrador, lo peor de todo reposaba en su ojo derecho. La marca, ese dibujo de una estrella invertida con una extraña inscripción.

Estaba aterrada, paralizada y cuando el cepillo resbaló de mis manos ese tenebroso niño puso ambas manos contra el cristal del espejo.

Entonces comenzó a acercarse, su imagen, sus manos atravesaron el espejo y el cristal empezó a romperse.

Debí de haber corrido, debí de haber gritado pero no pude moverme. No pude hacer nada más que mirarlo.

Y sus manos me alcanzaron, su sonrisa cruel, sus ojos enfurecidos. Me tomó del cuello y comenzó a ahorcarme.

"Tienes que recordar" me dijo y su voz fue como el sonido de muchas voces hablando a la vez.

Pero sus dedos se encajaron en mi garganta, sus manos ejercieron una fuerza titánica sobre mi cuello. Con las uñas me rasgaba la piel y de su boca entreabierta se asomó un par de afilados colmillos.

Conseguí entonces, tal vez presa de la adrenalina, el mover mis manos lo suficiente como para alcanzar unas pequeñas tijeras del cajón del tocador.

Y entonces levanté las tijeras mientras Ciel me gritaba suplicando porque recordara.

Y antes de que pudiera defenderme, de usar las tijeras para alejarlo de mí alguien me detuvo.

Demian, a mis espaldas, me sostuvo la mano con la que empuñaba las tijeras y en cuanto eso pasó Ciel se esfumó.

Todo volvió a ser normal.

El espejo continuaba estrellado justo en el punto de donde él surgió. Pero no había rastro.

Y del cuello, de las manos me escurría sangre.

Demian me dijo que lo hice yo misma, que rompí el espejo y después me arañé el cuello hasta hacerme sangrar. Y luego traté de…

¿Por qué trataría yo de suicidarme?

Eso no tiene sentido.

No puede ser.

No puede…

No.

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¿Estás escuchándome? —exclama Lance Riddle desde la pantalla de la computadora y Sebastián Michaelis le dedica un breve gesto afirmativo.

El joven detective se encoje de hombros, a través de la vídeo llamada puede apreciarse el desorden sobre la mesa del escritorio, las hojas de papel y carpetas de archivo abundan, hay envolturas de golosinas y de frituras vacías; la inconfundible taza de café con el título impreso de una serie de ciencia ficción y a juzgar por la apariencia descuidada de Lance Riddle, es obvio que apenas y ha dormido desde ese fin de semana.

Es como si para él hubieran pasado meses enteros en lugar de una semana.

No, claro que no me escuchas, hasta la pared me pone más atención. Hasta mi abuela muerta me pone más atención dramatiza el detective y Sebastián vuelve a hacer el mismo gesto mientras continúa mimando al peludo felino entre sus brazos.

Lance entonces cambia su expresión de fastidio por una llena de diversión.

¿Es enserio, me cambias por un gato? inquiere Lance Riddle con una sonrisa burlona pero el demonio continúa ignorándolo mientras comienza a apretar las almohadillas en las pequeñas patas del felino.

Arriesgo mi pellejo robando los expedientes de los casos de Barton y tú me pagas ignorándome ¿Qué clase de amigo se supone que eres? le provoca el detective y a Sebastián se le borra la leve sonrisa de los labios.

—No somos amigos, Riddle —gruñe el demonio pero sus palabras pierden impacto cuando la peluda gata negra entre sus brazos posa una pata en la nariz del demonio.

Lance se ríe, tal vez por primera vez en días y suspira una vez para de reír. Se lleva ambas manos a la nuca y su mirada grisácea se pierde en algún punto lejano.

Siempre que pienso en todo esto,me resulta tan extraño. Tenemos tantas piezas pero no podemos completar el rompecabezas. Siento que me falta algo, debemos de estar olvidando algo… suspira el detective y el demonio le mira con atención.

Sebastián se obliga a sí mismo a resistirse a los encantos de la pequeña Luna, deja a la gata en el suelo y su mirada escarlata se posa por un momento en el pequeño cuaderno negro que esconde otra de esas "piezas".

Investigué sobre los Blackwood, de hecho no fue tan difícil como pensaba. En el archivo, de las cosas que estaban en la oficina de Barton encontré un expediente con un montón de cosas que sé eran de Susan comienza a decir y es evidente que al decir el nombre un dejo de dolor atraviesa la expresión del chico—. Era información sobre el caso que Susan manejaba entonces, eso lo sabemos, hacía un reportaje sobre el corporativo Blackwood, ella buscaba alguna noticia grande, algo escandaloso y sabemos que esa es la razón por la que ella… Lance se detiene a media frase, titubea y tras una pausa se aclara la garganta— sí, eso, y lo que encontré creo que era parte de la investigación de Susan, había nombres y algunos recortes de periódico, la nota de la que Patch nos habló estaba ahí, sobre la desaparición de Linette Blackwood pero también había otro recorte de un periódico diciendo que ella no había desaparecido, que por fin asumía el control de la empresa familiar y había viajado al extranjero para firmar un contrato importante. Encontré otros nombres, su abuela, Kristen Blackwood y su madre Malena Blackwood, ambas con residencia en Chicago, pero no había mucho más. La abuela murió hace poco más de un año, de su madre no hay información alguna desde hace veinticinco años. No hay nombre del padre. Linette sólo aparece registrada con el nombre de su abuela, el de su madre ni siquiera aparece en el acta de nacimiento, no hay nada sobre su padre o cualquier otra persona. Ni siquiera vivió en el país, su abuela y ella vivieron en Europa, en alguna parte de Francia, hasta hace cinco años. La información de Susan dice que no volvieron a Shirlight City en ningún momento, Linette se fue por su cuenta a gestionar el hotel Blackwood en Bridgeport, pero su abuela volvió a Chicago. Linette debería de tener la misma edad de Samantha, si es que siguiera viva, nacieron incluso con días de diferencia, Samantha nació el primero de Abril de 1989 mientras que Linette Blackwood aparece registrada el veinticinco de Febrero del mismo año. ¿A que suena todo como una coincidencia horrible, verdad?

Sebastián se mantuvo callado, mientras las piezas comenzaban a encajar en su mente, Malena Blackwood y Lilian Phantomhive ¿Era eso una broma de mal gusto?

Coincidencias como esas eran imposibles, Malena y Lilian se habían conocido, su conexión era más que pura casualidad, parecía demasiado como para ser sólo un accidente. Pero entonces ¿Qué clase de razón tenían los Blackwood? ¿Acaso una mujer como la Malena que Lilian dibujó en una página de su diario, acaso esa mujer que había descrito la Lilian de ese entonces podría ser tan perversa como para elaborar un plan tan rebuscado?

— ¿Qué hay del hermano de Linette? —pregunta el demonio y el desconcierto en los ojos de Lance Riddle se hace presente.

Linette no tenía ningún hermano, no hay nada sobre un hermano en los registros. No hay ninguna otra persona registrada con el apellido Blackwood mas que Linette ¿Qué es lo que sabes que no quieres decirme? el desconcierto en los ojos del detective se convirtió en cólera, indignación.

El demonio frunció el ceño, lo que eso significaba tal vez podría cambiarlo todo pero seguía sin tener sentido.

Pero ¿En realidad podía confiar en las palabras de la Lilian de hace tantos años? ¿Podía confiar en esa niña ingenua y enamoradiza, en esa confundida adolescente que bailaba entre las sombras, bajo el velo de la locura?

¿O confiaría en el testimonio de un cadáver, en la información que les había costado la vida a Susan Rallye y Annelisse Barton?

¡Teníamos un trato Sebastián! vocifera el detective y deja caer ambos puños sobre la mesa del escritorio, la imagen se tambalea, la ira en la mirada platinada del detective es gigantesca—. Estoy confiando en ti, le estoy ocultando algo tan importante a mi mejor amiga por ti ¿Y esto es lo que voy a recibir, que me digas la verdad a medias? Tenemos un trato Sebastián, no habría secretos entre nosotros porque se supone que tanto tú como yo queremos protegerla ¡Dime lo que sabes! —grita Lance pero el demonio le responde con una sonrisa cruel.

Sebastián se toma un momento para saborear la desesperación y la furia en la mirada de su amigo, sin duda astuto y sin duda demasiado entrometido, siempre el tipo de persona en la que confiarías sin siquiera cuestionártelo.

Y no era ese hecho, no era la sonrisa amable ni la mirada determinada de Lance, no era su valentía ni su entrega, ni siquiera la simpatía que podía experimentar hacia él.

Lo cierto era que el demonio no tenía nadie más en quién confiar además de ese humano.

Tal vez Lance Riddle era la única manera que tenía de llegar al fondo de todo éste misterio, tal vez era la única forma de comprender qué pasaba en realidad. Por qué es que todo ese cúmulo de cosas se entretejían y llegaban hasta él, los lazos que lo unían a los Phantomhive, a Ciel y a Lilian, los lazos que lo encadenaban a Samantha Carson, qué era Linette Blackwood y por qué. No podían ser sólo coincidencias, no podía ser todo una casualidad.

Esto iba más allá de lo que había imaginado, mucho más allá de lo que su señorita sospechaba y si las cosas seguían el mismo rumbo nada bueno podía pasar.

¿Qué crees que pasará si se lo digo ahora? Puedocon el hecho de que no quiera hablarme ni verme jamás, perderé a mi mejor amiga, lo quiera o no ¿Pero y tú, tú qué perderías si le digo a Samantha todo lo que le ocultas? Lance no titubea, es astuto, mordaz y el demonio lo mira con detenimiento—. No soy un experto, pero desde que sé qué es lo que eres y la clase de acuerdo que tienen he investigado bastante ¿Crees que tienes todo el control porque eres un demonio y todo eso, no? Pues no es así, no lo sé todavía, pero sé que debe de haber una forma de que ella pueda librarse de ti ¿Siempre hay manera de hacer inválido un contrato, no? —la determinación en la voz de Lance Riddle bastaría para intimidar a cualquiera, pero a Sebastián lo único que le producían sus palabras era lástima.

Lástima porque al demonio de verdad le agradaba Lance Riddle, pero por mucho que le agradara no dejaría que nadie lo apartara de su contratista, nadie podría arrebatársela, no iba a perderla. Ni siquiera por él.

El demonio entonces le sonríe, una sonrisa divertida de colmillos afilados, ojos felinos de un color intenso y brillante, pupilas rasgadas e irises rosados.

—No somos amigos, Lance ruge el demonio e incluso a través de la sobriedad de la pantalla Lance puede sentirlo, la sutil amenaza, la advertencia, el peligro—. Y no creí que fueras tan estúpido como para amenazarme, podría acabar contigo tan fácilmente…

Pero no lo harás, no porque seas mi amigo, sino porque ella te importa lo suficiente como para que no cedas a tus impulsos el demonio ríe ante las palabras del detective, pero no se detiene—. Que le ocultes cosas como estas no es más que un intento tuyo por tener el control, tratas de controlarla pero es obvio que se te ha ido de las manos desde hace tanto ¿Crees que si sólo fuera un alma más, habrías permitido que todo se jodiera tanto? Pero no lo es, y ahora estamos aquí, tú y yo, haciéndole frente a un maldito monstruo que ni siquiera tú entiendes ¿Crees que esto es normal?

Las palabras del detective están teñidas de ira y convicción, pero no es eso lo que causa impacto en el demonio. Es en realidad lo sencillo que le ha resultado a Lance Riddle deducir algo que el demonio ha tratado de evadir por meses, lo obvio que eso resulta, como si entonces el demonio de verdad fuera capaz de comprender que por más que lo intente se encuentra a la deriva.

Sin control.

No lo diré nada, no porque estoy consciente de que sin importar qué es lo que sea Linette Blackwood tú eres mil veces más peligroso. Temo más porque tú acabes conmigo que cualquier otra cosa, porque al menos sé que lo que sea a lo que nos enfrentamos tiene un propósito muy claro ¿Pero y tú, Sebastián? ¿Cuál es tu propósito, a qué se supone que estás jugando? declara Lance antes de dar por finalizada la llamada.

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Veo a Peter subir las maletas a la camioneta, mi molestia no es esa, no es que tenga que usar la camioneta familiar de mi cuñado. Tampoco es que tenga que lidiar sola con un montón de niños durante el trayecto a casa, no. Mi molestia reside en la cara preocupada de mi hermana cuando Tyler sale de la casa hecho una furia y se mete en el interior de la camioneta dando un sonoro portazo.

La dulce Belle suspira con frustración y todo lo que quiero hacer es abrazarla, no me resisto, envuelvo a mi hermana en mis brazos y puedo sentir lo tensa que está.

—No quise decírselo, pero él habló con su mamá por teléfono creyendo que había sido su idea y bueno, esa mujer no pude tener menos tacto… —solloza Belle contra mi hombro y me aferro a mi hermana con fuerza.

—Hablaré con él, Belle —la consuelo y la sonrisa de mi hermana pese a que es dulce, se siente forzada.

— ¿Éramos así de horribles cuando adolescentes? No entiendo cómo es que mamá pudo soportarlo… —se queja con una sonrisa triste y poso mis dos manos en las mejillas de mi hermana, le pellizco las mejillas y consigo que sonría.

—No compares a Tyler con nosotras, éramos niñas horribles, yo me escapaba de casa, tú te ibas de fiesta… no entiendo cómo es que Evangeline no se volvió loca —trato de ser burlona y divertida pero sólo consigo que mi hermana me fulmine con la mirada.

—Por Dios Samantha, no estás ayudando y más te vale que hagas que esos niños tengan una buena Navidad o me las vas a pagar —amenaza con las regordetas mejillas infladas, por un momento me lo creo y mi angustia crece.

Pero entonces mi hermana se suelta a reír como una loca, ella me envuelve en sus brazos una vez más y se despide de mí.

Me quedo aturdida por un instante, tengo que respirar hondo y obligarme a salir de mi mente, de ese rumbo terrible que comienzan a tomar mis pensamientos.

Nada puede pasarles.

Repito la frase en mi mente tantas veces que pierdo la cuenta, estoy en trance, me quedo congelada y mi respiración se agita, siento el pánico naciendo en la boca de mi estómago y por más que quiero, no consigo calmarme.

— ¿Tía? —la vocecita del pequeño Peter me saca del trance, su pequeña mano cubierta por un guante de lana jala la esquina de mi chaqueta y tengo que obligarme a sonreírle, a tomarlo en brazos y hacerlo reír.

Es una suerte que Belle y Peter estuvieran ocupados despidiéndose de Grace como para notar mi comportamiento y me enfoco en abrochar bien el cinturón de mi pequeño sobrino.

Beso las mejillas del pequeño Peter y le hago cosquillas a Grace quien tiene la misma cara de disgusto porque Sebastián no ha venido a recogerla. Max permanece cruzado de brazos en su asiento, seguro está resentido por lo de su madre, pero a diferencia de su hermano mayor él sí se despide de Bell y Peter. Tyler sin embargo se pone los audífonos y su teléfono acapara toda su atención.

Mi hermana se despide de mí una vez más y Peter me revuelve el cabello y se burla de lo bajita que soy de nueva cuenta.

Cuando estoy dentro de la camioneta le doy un vistazo a la parte trasera. Grace y Peter se ríen de los gestos que hace Max y suspiro con alivio al saber que la bebé no vendrá conmigo, que pasará estos tres días con sus abuelos.

A Tyler no le emociona ser mi copiloto y la única cosa que parece escuchar es cuando le pido que se ponga el cinturón de seguridad, una vez que yo he hecho lo mismo pongo en marcha la camioneta y tengo que respirar hondo.

Veo a mi hermana y a su esposo despedirse mientras sus figuras se vuelven más lejanas en el espejo retrovisor, tengo que obligarme a ser valiente, a alejar el miedo y enfocarme en hacer que mis sobrinos disfruten de los próximos tres días.

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Cuando doy la vuelta y me incorporo en la calle que nos lleva a la colina, las exclamaciones de los niños me sacan una sonrisa. Tyler deja por fin su teléfono y se saca los audífonos, su sorpresa mientras nos acercamos a casa me hace sentir orgullosa y satisfecha.

Grace grita algo sobre los preciosos decorados en las casas de los vecinos y por un momento me siento terrible porque no hay ningún tipo de decoración en casa, no tengo un árbol de Navidad ni brillantes luces decorando el porche.

Pero cuando estoy frente a casa, con el auto frente a la reja esperando a que Frank me deje pasar, por un momento pienso que me he equivocado de casa.

Las luces brillan en una gama multicolor creando un reflejo colorido sobre la nieve, del tejado cuelgan cascadas de luz y un alegre muñeco con nariz de zanahoria está un lado de la puerta principal. En el techo hay incluso un par de renos de plástico que simulan estar tirando del trineo rojo repleto de obsequios, lo que parece ser una figura de Santa Claus a punto de tirarse por la chimenea mueve de un lado a otro su brazo mecánico.

La corona en la puerta de entrada exhibe al mismo hombrecillo de traje rojo con una enorme sonrisa.

Mi incredulidad pasa en pocos segundos a convertirse en enojo y cuando Frank por fin aparece para abrir la reja, sé por la expresión en su rostro y por el ridículo gorro de duende sobre su cabeza que esto no ha sido su idea.

Tengo que contenerme, reprimir el impulso que tengo de bajarme de la camioneta y destrozar a patadas al muñeco de nieve que parece sonreírme.

Aparco la camioneta, vuelta una furia y tan pronto me he detenido Tyler y Max ya se han bajado y ayudan a sus hermanitos a salir.

Yo me quedo en el auto, contengo el grito que se construye en mi garganta y me obligo a respirar profundo antes de calmarme.

Sé que es una estupidez enojarme por algo como esto, que mi falta de espíritu Navideño no tiene que fastidiarme ahora, pero es que es ridículo, es una burla. Se está burlando de mí.

Los suaves golpes en el cristal de la ventana me obligan a levantar la vista del volante.

Lo que me recibe al otro lado del cristal de la ventana no es nada más que la sonrisa burlona de Sebastián Michaelis quien lleva al pequeño Peter en brazos.

Todas las ganas que tengo de gritarle y golpearlo se quedan contenidas en mitad de mi garganta y me obligo a sonreírle a mis sobrinos, a empaparme de la alegría de Grace quien se olvida por un momento que en el contenedor lleva a su gato viejo y gordo.

Sebastián todo sonrisas deja en mis brazos a un eufórico y risueño Peter, lo veo ponerse de rodillas frente a Grace y disculparse con ella por no haber ido a recogerla, pero mi sobrina se resiste, es una niñita orgullosa y le entrega el contenedor del gato antes de sacarle la lengua.

La situación se torna aún más absurda cuando los cuatro corpulentos y silenciosos guardaespaldas que Evan ha contratado para vigilarme salen por la puerta de la casa, todos con la misma diadema ridícula con cuernos de reno. El más alto e intimidante, el de las cicatrices, a quien Lance apodó Cara cortada, lleva incluso una nariz de esponja de color rojo. Los otros tres; Nudillos (llamado así por los tatuajes en sus dedos), Cosa número uno y cosa número dos (apodados de esa forma porque a Lance no se le ocurrió nada mejor), llevan cascabeles en el cuello. Van a ayudarle a Frank a bajar las maletas y Grace entonces decide que el corpulento Cara cortada será su nuevo compañero para jugar a las princesas.

Al final es el frío lo que nos obliga a entrar a casa y si la visión en el exterior se me antojó demasiado festiva, dentro es mil veces peor. Hay guirnaldas y adornos navideños por todas partes, los foquitos de colores parpadean desde todos los rincones y en el salón principal un inmenso árbol lleno de relucientes esferas me da la bienvenida. En la chimenea encendida, cuelgan doce pequeñas botas de fieltro, con el nombre de cada uno de mis sobrinos incluida la bebé. No es de extrañar que haya una pequeña bota con mi nombre, o una para Sebastián y Frank, lo de verdad hilarante está en que hay cuatro pequeñas botas coloridas para cada uno de los corpulentos guardaespaldas, no son sus nombres, sino sus apodos y entonces no puedo contener el cúmulo de emociones en mi estómago.

Mi risa brota sin control alguno, me rio tanto y tan fuerte que me duele el estómago y deja de importarme que mi casa parezca la aldea de Santa.

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La sonrisa orgullosa en Sebastián es imposible de ignorar, se ha esforzado preparando un banquete para la cena y aunque es sorprendente, presiento el desastre en el momento mismo en que la siempre entusiasta Grace hace un puchero.

Max hace lo mismo, una ligera mueca de asco que se intensifica cuando Sebastián deja el patillo principal en la mesa del comedor.

El pequeño Peter se pone a llorar a todo pulmón y el desastre es coronado cuando Tyler me dedica una mirada cargada de angustia y pronuncia las palabras mágicas.

— ¿Podemos ordenar pizza? —pregunta Tyler con cautela y la expresión de Sebastián es todo un poema.

Cara cortada con una corona de plástico en la cabeza mira con horror al demonio, Cosa 1 y cosa 2 se miran entre sí, Nudillos y Frank se detienen en su intento de servirse una porción del lechón al horno que reposa sobre la mesa.

Grace se va corriendo de la mesa, llora de forma escandalosa y Sebastián se queda mudo, pálido y petrificado mientras el resto de los niños se va del comedor.

El silencio que sigue es tenso y abrumador, Sebastián parece tan desconcertado que de hecho es muy cómico, pero la cara de los cuatro guardaespaldas y de Frank refleja la más desoladora decepción.

—Antes de que se pongan a llorar, no han hecho nada malo, no me gusta que mi casa parezca la maldita aldea de la Navidad, pero ese no es el problema. Son niños, Grace no quiere comer carne y Peter aún no entiende que ya saben, la carne sale de cosas vivas, servirles un cerdito entero para cenar no es como que algo agradable… —los consuelo, Frank suspira resignado, me da la razón y aunque la confusión persiste en los rostros de los guardaespaldas ninguno dice nada.

Suspiro, porque es imposible no reírse de la cara del demonio en estos momentos, es tan divertido que no puedo evitar palmearle un hombro antes de decirle que pida una pizza.

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Grace continúa renuente a escuchar a Sebastián, esta vez ni siquiera lo mira, es como si él no existiera y para rematar lleva al Señor bigotes en brazos, es como si la peluda Sue y la pequeña Luna también se hubiesen puesto del lado de Grace, y la siguen a ella y al viejo gato, ignorando a Sebastián.

Peter duerme su siesta en una de las habitaciones, mientras que Max y Tyler juegan videojuegos en la sala de televisión, han retado a Cosa 1 y 2 a una carrera en Mario Kart. En la cocina Nudillos y Cara cortada terminan de limpiar y es la primera vez en mucho tiempo que puedo sentirme tranquila, que me siento en casa.

El resto de la tarde se va con rapidez, mis sobrinos cenan la pizza que hemos pedido, de queso porque ha costado horrores convencer a Grace para que dejara de llorar por el cerdo.

Grace es la primera en caer agotada e irse a la cama, su apego a Cara cortada persiste, y es él quien lleva a la niña a dormir y le cuenta una historia.

Peter se niega a dormirse, tal vez tiene un subidón de azúcar por los montones de gomitas que le he dado a escondidas de Sebastián, pero de un momento a otro deja de saltar en el sillón para quedarse dormido, llevarlo a la cama le corresponde a Sebastián y aunque me cuesta bastante despegar a Tyler de la consola de videojuegos, se va a dormir sin oponer resistencia.

Max es otro asunto, me pregunta por qué su mamá no ha querido verlo en Navidad y mi corazón se rompe en mil pedazos. Siempre ha sido un niñito muy listo, para ser tan pequeño siempre ha sido más serio que su hermano mayor y verlo llorar por su mamá me deja fuera de combate.

Es entonces que le propongo a Cosa 1 y Cosa 2 que nos ayuden a montar un campamento en el salón principal, junto al árbol de Navidad, donde la vista del brillante acuario montado en la pared le otorga la calma necesaria al pequeño Max.

La primera noche la paso ahí, abrazando a Max, durmiendo en el sofá de la sala.

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El desayuno se sirve temprano, a las ocho de la mañana en punto, el demonio se prepara para el segundo round. Mis pequeños sobrinos, adormilados y en pijama se mantienen expectantes a lo que sea que Sebastián pondrá en la mesa.

Y con una sonrisa petulante, orgullosa y ganadora, el demonio le sirve a cada niño un plato con su patentado desayuno de disculpas. Waffles con chocolate y fresas frescas, crema batida y un poco de miel.

Grace es la primera en ponerse a devorar su desayuno y Peter se convierte en un adorable desastre de crema batida y chocolate derretido.

Parece que lo del cerdo ha sido olvidado y aunque siga sin convencerme puedo ignorar que mi casa es como la aldea de Santa.

Sebastián me sorprende, es creativo, puedo incluso apostar que ha pasado la noche entera investigando sobré qué le gusta hacer a los niños de hoy en día, sobre todo qué es lo que les gusta comer.

Y conforme pasa el día parece tan entregado en hacer reír a mis sobrinos que por un momento se me olvida lo que es en realidad, se me olvida la clase de situación de mierda en la que estamos metidos, el miedo y la ansiedad son desplazados hasta casi desaparecer, es como si por un momento en realidad fuéramos personas normales. Como si él no fuera un demonio y yo no hubiese matado a nadie hace una semana.

Sólo estamos aquí, como personas normales, sin nada extraño de por medio, somos reales.

Y aunque por primera vez en mucho tiempo me siento feliz de verdad, no puedo ignorar del todo la sensación dolorosa en el fondo de mi pecho, la agónica esperanza que se aferra a mis huesos y la demoledora verdad que me destruye por dentro.

Llegado el medio día, cuando por fin Grace ha perdonado a Sebastián por lo del cerdo y por no ir a recogerla, mi sobrina vuelve a enojarse con él, porque el demonio se ha encerrado con Cara cortada, Nudillos y Frank en la cocina. Es obvio que preparan la cena de Nochebuena pero Grace se niega a dejarlo pasar y tengo que contentarla con una película de princesas que me provoca dolor de cabeza y el descontento general entre sus hermanos.

Dejo entonces a Cosa 2 cuidando de Grace, mientras el resto de mis sobrinos, Cosa 1 y yo vamos al patio trasero a jugar con la nieve.

Pese a que el frio me pone a temblar, la nevada es muy ligera, los diminutos copos de nieve caen con lentitud y en general es un día precioso.

Cosa 1 le explica a Tyler porqué es que la piscina está cubierta y es la primera vez desde que lo vi llegar a mi casa, que lo escucho hablar, su acento británico es muy marcado y me pregunto si los otros tres también son ingleses. Tyler no parece contento con estar en una casa con piscina y no poder meterse en ella, pero es lo bastante sensato como para admitir que sería una mala idea el jugar en una piscina en pleno invierno.

Max le ayuda a Peter a construir un muñeco de nieve y pronto nos unimos en equipos para ver quién hace el mejor. Somos Max, Peter y yo contra Cosa 1 y Tyler.

El de ellos es gigantesco, pero el nuestro tiene una cara muy linda, Max le ha puesto su gorro y mi bufanda, tiene nariz de gomita y ojos de caramelos de menta, su boca es un crayón rojo y en lugar de ramitas como brazos tiene palitos de pan. Es considerablemente más pequeño que el golem de nieve de Tyler, con esa expresión aterradora y su boca con dientes de guijarro. Pese a las replica de Tyler, Cosa 1 le concede la victoria a nuestro pequeño muñeco de nieve, pero a Tyler no le parece y con todo el enojo irracional le tira una bola de nieve al pequeño hombrecillo con nariz de gomita.

El muñeco queda arruinado y Tyler se arrepiente al instante, la cara de Peter se pone roja, está a punto de llorar y Cosa 1 reacciona a toda velocidad, toma entre sus manos inmensas un puñado de nieve y me lo lanza en la cara.

La bola me golpea, no duele pero de todas formas me toma por sorpresa, el frío se cuela en mi piel y aunque en un primer momento quiero golpear la cabeza de Cosa 1, la risa divertida del pequeño Peter me detiene.

La segunda bola de nieve es mía, el guardaespaldas no se mueve ni un ápice cuando le tiro la bola en la cabeza y Peter aplaude eufórico. Como ha funcionado, Max y Tyler comienzan a tirarse bolas de nieve y el destruido muñeco con ojos de caramelos es olvidado demasiado pronto.

Peter grita, corre tratando de evitar los gélidos proyectiles que sus hermanos le arrojan y pronto se convierte en una guerra de bolas de nieve.

Peter está tan contento que ni siquiera cuando una bola le cae en la cara y lo tira al suelo deja de reírse, sus grititos agudos acaparan toda mi atención y nos enfrascamos en una batalla donde somos Peter y yo contra sus hermanos y el corpulento guardaespaldas.

Peter se empeña en construir un pequeño fuerte de nieve, el montículo de nieve que ha hecho ni siquiera alcanza a cubrirlo y es una suerte que Tyler y Max estén más interesados en hacerle caras a su hermano que en tirar bolas de nieve.

Entonces de la puerta del patio trasero salen Grace y Cosa 2 corriendo, mi sobrina lleva tantas capas de ropa encima que apenas y puede moverse y ha como hizo hace unos días con Sebastián, la mole de músculos que es Cosa 2 le sirve de escudo y también de tirador.

Los equipos se disuelven, todos arrojan bolas de nieve sin un objetivo fijo y nos mantenemos en eso, riéndonos, persiguiendo a Peter y tratando de derribar a Cosa 1 y 2, hasta que la nevada recobra fuerza y el frío se vuelve insoportable.

Dan las cuatro de la tarde cuando volvemos al interior de la casa. Los niños se quitan sus abrigos empapados de nieve frente a la chimenea encendida y Sebastián es como un extraño desconocido que sale de la cocina con tazones llenos de macarrones con queso instantáneos y dedos de pescado empanizado.

Sebastián Michaelis quien siempre había sido tan meticuloso con la preparación de la comida, tan riguroso y estricto con la comida chatarra, se sienta con el pequeño Peter en su regazo a darle de comer macarrones con queso que han salido de una caja.

Resulta tan increíble verlo de esa forma, rendido ante los caprichos de un grupo de niñitos que apenas y conoce.

Ignorar la sofocante sensación en mi pecho es entonces una proeza titánica, porque cuando veo a Sebastián siendo amable y cariñoso con el pequeño Peter sólo puedo verlo a él, a Sebastián y la sombra de Richard se extingue, mis recuerdos no evocan su imagen para torturarme.

Y no sé a qué le temo más, si a olvidar a Richard o acostumbrarme a ver a Sebastián de esta forma.

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Grace está por hacer una rabieta, porque su casita de galletas de jengibre no se mantiene estable, el glaseado escurre del desastroso tejado de galleta y la ventana hecha de caramelo termina de caerse.

Lo único que evita que Grace se ponga a llorar y haga un berrinche es que la casita de dulce que hizo Frank es mucho más fea y desastrosa. No tiene ni la forma de una casa, es sólo una pila de galletas llenas de betún verde y frijolitos de gomita.

Quien se lleva los aplausos es Peter quien ha estado comiéndose a los hombrecitos de jengibre mientras Sebastián le ha hecho una casa de galleta perfecta y hermosa. La pequeña casita tiene dibujado a detalle el tejado, la puerta y sus ventanas con finos trazos de glaseado. Parece tan real y adorable que da la sensación de que en cualquier momento por la pequeña puerta saldrán un par de hombrecitos de galleta. Claro, si Peter no se los hubiera comido todos.

Nudillos y Cara cortada se han ido a la tienda, por detalles de último minuto para la cena y sus dos musculosos compañeros permanecen jugando un videojuego con Tyler y Max.

Como me han elegido juez en su concurso de casas de galleta, le entrego la improvisada corona de cartón al ganador, Frank, sólo porque fastidiar a Sebastián resulta demasiado divertido y aunque a Grace no le hace gracia, su sentido artístico sigue siendo el de una niña de cinco años y deja pasar su derrota.

Sebastián se contiene de regañarnos cuando los niños y yo nos comemos el sobrante de las galletas, sé que le molesta que coma tanta azúcar y que en realidad no debería de dejar que coman tantos dulces antes de cenar, pero es nuestra idílica burbuja Navideña y el demonio tampoco parece querer salir de ahí.

Mis sobrinos se convierten en una hiperactiva bomba de azúcar, justo cuando los musculosos faltantes regresan de hacer las compras y Sebastián vuelve a encerrarse en la cocina para continuar con los preparativos de la cena.

Pese a que yo no hice ninguna casa de dulce estoy llena del pegajoso betún verde que a Peter le pareció divertido llenarme. Grace y Peter no son tampoco la imagen de la limpieza y con ayuda de Frank les doy un baño.

Para cuando el baño termina, el golpe de azúcar parece haber terminado y los niños se quedan dormidos tan pronto les he puesto el pijama.

Decido darme un respiro, ir a darme un baño antes de que sea hora de cenar y pese a que estoy tan tranquila de pronto la idea de estar sola no me gusta.

No quiero ser una loca paranoica cuando en las últimas horas la he pasado tan bien, pero es justo eso lo que me mantiene alerta. Supongo que me he acostumbrado al caos constante, al peligro rodeándome, a que siempre haya algo tratando de hacerme daño que ahora ya no sé ni cómo es estar tranquila.

Así que cuando estoy sola duchándome, la sensación latente de que algo malo está por ocurrir me resulta normal y dejo que el pensamiento fluya de la misma forma en que lo hace el agua de la regadera.

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Sé que estoy soñando, lo sé porque no hay manera de que las rosas de un azul tan brillante existan de forma natural, pero están ahí, en el jardín.

En ese mismo jardín de pesadilla que vi esa noche en la casa de reposo donde Lilian murió.

La fuente de la mujer que se parece a ella está ahí, con la misma expresión triste y la misma pose.

Su figura tallada en mármol tiene tanto detalle que parece que su larga túnica es de verdad y que ante la menor brisa se moverá, pero no es así, es de piedra sólida y lo único que tiene movimiento es el agua que corre en la fuente.

Otra cosa que me hace saber que estoy soñando es que dentro del jardín el sol brilla incandescente, parece ser una calurosa tarde primavera, cuando en casa hay una tormenta de nieve y el frío cala hasta los huesos.

Pero aunque sé que estoy soñando, quiero que sea real, lo deseo con todas mis fuerzas.

Porque ahí, entre las flores de colores imposibles, bajo el sol de primavera está Richard Daniels.

Richard

Vivo y a salvo, está bien. Está ahí y me sonríe, me invita a sentarme a su lado, con los brazos abiertos y una mirada dulce.

No he soñado con él desde hace tanto… no lo he visto desde hace tanto, que la visión de su rostro por un momento me resulta ajena, desconocida. Pero sé que es él, es su olor, la manera en que me mira lo que me hace saber que se trata de él.

Mi corazón late con fuerza en mi pecho, tan rápido que temo que tal vez no sea capaz de resistirlo.

Cuando por fin me acerco, temerosa, sus brazos me reciben y me envuelven, la dulzura de su abrazo termina por destruirme.

No lo merezco.

No merezco esto, no merezco ser capaz de soñar con algo tan bueno cuando he hecho algo tan terrible.

Y la felicidad, el placer de volver a ver a Richard se convierte en dolor, en amargura.

No merezco ser feliz

No me merezco ser feliz, no merezco sentir nada que no sea dolor.

—No es tu culpa —dice lo mismo que Evelyn antes de morir, y su voz dulce y cálida es una caricia sobre mi piel.

Pero sé que no es así, es mi culpa.

Todo es mi culpa, siempre será mi culpa…

Siempre cargaré con la monstruosa culpa de haber asesinado a alguien inocente, siempre seré responsable de la muerte de todas esas chicas, de que el alma de Susan Rallye tal vez nunca encuentre el descanso. Siempre tendré la culpa de todo.

Las manos suaves de Richard toman mi rostro, su frente se une a la mía y la abrumadora sensación de sus ojos oscuros tan cerca de mí, mirándome por fin, luego de meses sin verlo resulta demasiado.

Es como si pudiera saberlo todo, leer mi mente, ver mis recuerdos con tan sólo verme a los ojos.

Y sé tan bien como él lo sabe, que le he fallado, que sin importar lo que pase he fallado.

Mi amor por él se ha esfumado, como si mis sentimientos por él fueran la nieve del invierno y ahora, dentro de este sueño dulce y doloroso es primavera. Y la nieve se ha derretido, no queda nada.

Es tal vez la culpa lo único que puedo sentir al mirarle, porque aunque mis sentimientos sean diferentes a lo que eran cuando todo esto comenzó, sé que si algo le ha ocurrido por mi causa jamás podré perdonármelo.

No podría vivir con ello.

Por el amor que alguna vez le tuve, por el amor que alguna vez nos tuvimos.

No puedo, no lo merezco.

Me aferro a él, porque aunque sé que es un sueño quiero con todas mis fuerzas que sea real. Que Richard esté bien, que esté vivo y a salvo, que sin importar lo que pase conmigo él pueda vivir y seguir adelante. Y que tenga el futuro que jamás tendré.

Se lo suplico en silencio, contra su pecho, que por favor resista y que por favor cuando todo termine, que pueda superarlo, que pueda continuar con su vida sin mí.

Que viva por los dos y que sea feliz.

Es entonces que mi sueño comienza a destruirse, entre el susurro cálido de su voz contra mi cuello, los restos de su abrazo se evaporan y el frío de la realidad me arrastra.

Richard se aleja cada vez más, la bruma llega por mí, la oscuridad me devora y entonces el miedo me ataca.

Sé que tal vez nunca más vuelva a verlo, y aunque sé que no es real quiero aferrarme a él, quiero alcanzarlo.

Richard grita mi nombre, tal y como lo hizo en esa fatídica tarde a finales de Abril, cuando mi vida terminó y él desapareció.

El miedo me perfora, la angustia, la ira, la abrumadora culpa y lucho contra mí misma, lucho por seguir dormida y por no abandonarlo ahora.

Pero es inútil y entre más despierta estoy más insoportable se vuelve, más violento y monstruoso se vuelve el dolor en mi pecho.

Cuando por fin estoy consciente, cuando estoy despertando, las amargas lágrimas me escurren por las mejillas, la ira burbujea en mis adentros y el dolor amenaza con partirme en dos.

La alerta se intensifica, es la adrenalina lo que dispara mis acciones y cuando siento que algo me toca entre la oscuridad de la habitación, mi mano viaja toda velocidad al cajón de la mesa de noche.

La silueta entre las tinieblas trata de sujetarme, el miedo se convierte en una especie de sustancia ardiente y el dolor en mi cabeza es insoportable. Trato de gritar, de zafarme pero no puedo moverme, me mantiene cautiva y una mano helada me tapa la boca.

Entonces lo hago, con ambas manos, el metal frío, la determinación que se apodera de mí y la ira cruda, soy una bestia.

Entonces las luces se encienden, la brillante luz me lastima los ojos y me ciega por segundos, pero no cambio mi postura, el seguro del arma hace un chasquido ensordecedor y estoy a punto de jalar el gatillo cuando recupero la visión.

Siento como si toda mi sangre abandonara mi cuerpo, el impacto es tanto que he dejado de respirar.

Y aunque quiero gritar mi pulso se mantiene firme sobre el arma.

El ardor en la marca del contrato resulta indescriptible y puedo sentir un extraño latido en esa marca de mi espalda. Sólo puedo mirarlo a los ojos, sin poder creérmelo y su expresión sombría, herida, basta para hacerme reaccionar.

—Sólo vine a decirle que la cena está lista —son sus palabras, su voz es distante, fría y su mirada intensa me hace temblar.

—Sebastián —consigo decir en una especie de gemido que me hace darme cuenta de que en algún momento en mitad de mi sueño he comenzado a gritar con fuerza.

Y puedo entender qué es lo que he gritado al instante.

El nombre de Richard se escapa de mis labios sin que pueda evitarlo y el dolor que me atraviesa entonces proviene de la marca en mi espalda.

El arma continúa ahí, apuntando entre las cejas de Sebastián y no puedo moverme, me he quedado paralizada con sus ojos demoníacos que parecen acusarme, que lo saben todo pero a la vez nada.

—Dispara —musita con voz parca y expresión sombría.

Y aunque mis manos tiemblan, aunque toda yo comienzo a temblar las manos del demonio sostienen las mías, mantiene el cañón del arma pegado a la piel pálida de su frente.

—Dispara —me reta y el esbozo de una sonrisa cruel se dibuja en sus labios finos.

Cierro los ojos con fuerza y siento de a poco cómo es que mis manos son obligadas a moverse, aún con el arma entre ellas. Siento a Sebastián acercarse mucho más y cuando me atrevo a abrir los ojos, su mirada del color de la sangre está ahí, a tan pocos centímetros de distancia.

No tengo ni que desviar la mirada para saber lo que está haciendo, puedo sentirlo, el cañón del arma apuntando a su corazón, el vaivén de su pecho, el ruido de su corazón que late frenético y el latido del mío que parece a punto de estallar.

Sus ojos tienen esa mirada extraña, en parte tristeza, en parte dolor, en parte añoranza y no me gusta para nada.

— ¿Quieres saber si esto es real, si ya no estás dentro de un sueño? —pregunta y el veneno en su voz es muy notorio, la crueldad y la fiereza de sus palabras— dispárame —suena a súplica y el calor me abandona de golpe.

Acaba conmigo puedo escucharlo aunque en realidad no ha dicho nada y el miedo eclipsa todo lo demás.

Y aunque él me presiona, aunque sus manos aprietan las mías de forma dolorosa, no puedo hacerlo.

Sebastián permanece en la misma posición, mirándome de una forma que no entiendo, con un sentimiento que siembra el caos en mis adentros, algo que me niego a investigar, sólo sé que no es dulce, que no hay ternura ni calidez en su mirada. Es algo oscuro, terrible, algo me que me envuelve y que se niega a dejarme ir.

Algo tan intenso, tan profundo y violento que no da cabida a ninguna otra sensación.

Me mira por lo que parece ser una eternidad y para cuando el hechizo de su cercanía comienza a embrujarnos, ya me ha quitado el arma y la ha vuelto a dejar dentro del cajón.

Estoy tan abrumada y deshecha que apenas y me doy cuenta de que se ha ido, que me ha dejado sola en la cama y se ha ido tan rápido que ni lo he visto marcharse.

Me obligo a recuperar el aliento, a levantarme y alistarme, me he quedado dormida con la bata de baño puesta y me cuestiono si el escozor en mi garganta se deberá a mis gritos o a que me he quedado dormida con el cabello mojado.

Sea como sea me apresuro a vestirme, el bonito vestido de terciopelo escarlata me espera colgando de la percha, preparado para ser usado durante la cena de Nochebuena.

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Es casi media noche cuando termino de ayudarle a Frank con la limpieza, no hay mucho que hacer de todas formas, Sebastián lo ha dejado todo impecable antes de irse a acostar a Grace y al pequeño Peter. Lo único que queda es guardar las sobras de la cena y entre las bromas de Frank y lo desubicados que somos dentro de la cocina nos toma un buen tiempo.

Cuando salimos de la cocina Cos están terminando de acomodar los regalos bajo el árbol de Navidad. Pensar que dos hombres tan rudos y toscos hayan envuelto por sí mismos los regalos resulta una idea tan graciosa que no puedo contener la amplia sonrisa burlona.

Frank y el par de guardaespaldas se despiden, es entonces que de verdad me quedo sola y la nostalgia que me invade es demoledora.

Necesito un trago.

El pensamiento es automático, poderoso y no puedo detenerme, cruzo la casa en dirección al pequeño bar, no sé exactamente lo que quiero, sólo tomo la primera botella a mi alcance y me sirvo en un vaso una buena cantidad.

Cuando estoy por darle el primer sorbo es que comienza, lo siento venir, la terrible sensación de que hay algo acechándome desde las sombras, que algo me observa.

Y aunque me esfuerzo en creer que sólo es mi imaginación, las parpadeantes luces navideñas que se extienden por la estancia se apagan, la oscuridad lo envuelve todo y el vaso entre mis manos se resbala.

El ruido del cristal volviéndose trizas, una puerta se abre y la brillante luz de una linterna me da de lleno en la cara. Me siento como transportada en el tiempo, a esa noche, en la iglesia, cuando Morales y su equipo me encontraron con Evelyn en brazos.

El miedo, la impotencia, se apoderan de mi cuerpo y no puedo moverme, es entonces que la corriente ardiente que nace en mi estómago comienza a inundarme y se vuelve asfixiante. Es una emoción oscura, turbia, que me estremece, que me arrebata el aliento y no puedo entenderlo.

Es como una monstruosa ansia de querer acabar con todo.

Pero cuando la luz de la linterna baja, cuando ya estoy preparada para hacer cualquier cosa no me encuentro con ninguna amenaza. Es Nudillos sosteniendo una linterna con una mano mientras que con la otra sostiene una caja de herramientas.

Sin embargo no dejo de temblar, tengo que aferrarme a la barra de bar y respirar profundo, tratar que la nube espesa que son mis pensamientos se calmen, que los recuerdos vuelvan a permanecer recluidos en ese rincón oscuro de mi mente.

—Creo que la tormenta ha estropeado el cableado —dice y su acento resulta extraño, violento—, trataré de arreglarlo —susurra con cautela y no puedo ignorar la manera en que me mira, la luz de la linterna fija en el vaso que he roto.

Que sea justo él, es tal vez lo que me mantiene tan alterada.

Él era esa cuarta persona en la catedral esa noche, aquel que salió caminando para ser resguardado por paramédicos y policías. Era él quien se encargaba de vigilarme esa noche mientras que Cara cortada seguía a Sebastián.

Lo supe después de llegar a casa, Evan y su abogado me esperaban en la sala de estar.

Me había vuelto a hacer las mismas preguntas que yo no pude responderle en la comisaría, sin embargo parecía más tranquilo, su venenosa sonrisa se había esfumado y el sermón que me dio más que ser un consuelo resultó inquietante. Me dijo que no tenía de qué preocuparme, que sin importar la clase de cosas que hiciera él podría cubrirlas. La conversación se valió de eso, de Evan mostrándome el verdadero alcance de su familia, del inmenso poder que un Phantomhive poseía y que si a él se le daba la gana, la posibilidad de borrarme del mapa podría convertirse en una realidad con sólo chasquear los dedos.

La familia tenía influencias en la política y el gobierno británico, ya no eran nobles pero se contemplaba la posibilidad de que el mismo Evan retomara el título nobiliario que por derecho le pertenecía a su familia. Las empresas Funtom se extendían y se diversificaban en tantos campos que en realidad sería imposible nombrarlos a todos.

Pero había demostrado su punto, no había noticia alguna respecto a lo ocurrido en Shirlight city esa noche que me involucrara, incluso había hecho que de alguna forma fotografías y noticias falsas nos situaran a Sebastián y a mí en otro punto del planeta. Sin mucho esfuerzo me había librado de un cargo de homicidio y más que sentirme agradecida estaba horrorizada.

Había comprendido también que Evan no intervenía a mi favor porque yo se lo pidiera, o porque de alguna forma él tratara de corregir sus errores del pasado a través de mí; lo hacía por algo más allá de mí, por la familia.

En un primer momento siempre llegué a pensar que a Evan lo movía la ambición, que era sólo un arrogante sediento de poder. Pero de alguna forma había llegado a entender que en realidad no era así, Evan hacía las cosas pensando en lo mejor para su familia, para el apellido Phantomhive.

Y lo quisiera o no, yo ya era parte de la familia.

— ¿Está bien, señorita? —pregunta con el mismo acento hosco de que no puedo reconocer, tiene una voz grave, que concuerda con su apariencia de matón y consigue acaparar toda mi atención, sacarme de mi ensimismamiento.

—Lo siento —susurro con voz estrangulada y me obligo a no perder el control, a permanecer en el aquí y en el ahora—…yo sólo quería saber ¿Estabas ahí, verdad? Estuviste ahí esa noche… lo viste todo… —y más que una pregunta mis palabras son una acusación.

No puedo verle el rostro porque la luz de su linterna continúa apuntando al suelo, sin embargo sé que no esperaba mi pregunta. Y tampoco creo que le resulte agradable recordar lo que pasó porque se queda callado, su silencio dura lo que parece ser una eternidad.

—Sí —me confirma y siento mis piernas flaquear, los recuerdos me envuelven, es inútil resistirse—, estaba ahí, yo la seguí después de que entró al auto, la seguí esa noche y esperábamos cualquier cosa menos eso. Fui yo quien llamó a la policía y a los bomberos —dice en un tono solemne, es honesto y tengo que resistir el impulso que siento de tirarme al suelo y llorar.

No sé qué sentir al respecto, no lo he sabido desde que aparecieron y comenzaron a deambular por casa, no sé si sentirme segura o si aumentar un peso más sobre mis hombros, si son de ayuda o sólo se convertirán en nombres que aumentar a la lista de muertos.

—No sé qué está pasando, ni por qué es que fue a esa iglesia, sólo sé que mi labor es protegerla y tenga por seguro que mis hombres y yo haremos todo lo que esté a nuestro alcance por mantenerla a salvo —sé que no miente, sé que dice la verdad, la determinación en su voz me ayuda a no derrumbarme, pero tengo la certeza de que por mucho que quiera creer en ellos no podrán protegerme.

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No sé de qué va mi sueño, sé que no es una pesadilla, pero no consigo entender nada y tan pronto comienza a tener coherencia el ruido se vuelve insoportable, escucho gritos y el frío golpea mi piel.

— ¡Mamá! —escucho una voz infantil gritando, su llanto basta para despertarme del todo y que la alerta se dispare en mi sistema.

Las luces se encienden al momento, me he levantado tan rápido de la cama que todo da vueltas por unos segundos y cuando consigo estabilizarme lo primero que veo es al pequeño Peter en la puerta, llora a todo pulmón mientras abraza a su peluche favorito y aunque la imagen es descorazonadora, ver a mi pequeño sobrino es todo lo que necesito para calmarme.

— ¿Qué ocurre cariño? —le pregunto con voz dulce, me acerco a él y tan pronto puede Peter ya está abrazándome.

Trato de consolarlo, lo levanto en brazos y le susurro con ternura esperando a que eso sea suficiente para detener su llanto. Grita por su mamá y aunque me parte el alma consigo que sus gritos se conviertan en sollozos.

— ¿Qué ocurre linda? —pregunta Sebastián a mis espaldas entre susurros y por el tono meloso de su voz sé que no se dirige a mí.

Grace está también en la puerta de la habitación, se ve pálida y asustada, pero sobre todo adormilada y hace un puchero enorme, está por soltarse a llorar.

Grace se mantiene por más tiempo que su hermanito, no llora hasta que Sebastián la toma en brazos y su llanto es silencioso, desolador.

—Pesadilla —balbucea con la cara roja y el cabello revuelto, mi corazón se encoge dentro de mi pecho y deseo que mi hermana estuviera aquí para decirles que todo estará bien.

Pero no puedo hablarle a mi hermana a esta hora para preocuparla porque sus hijos han tenido un mal sueño, tengo que ser capaz de consolarlos yo misma. Puedo hacer esto.

Y aunque Sebastián es bueno con Grace, mi sobrina es la primera en correr y subirse a la cama para pedir que me acurruque con ella. Cumplo el capricho de la asustada niñita de cinco años, con Peter de mi lado izquierdo y Grace al derecho trato de inventarme una buena historia que los distraiga y les haga olvidar lo que sea que hayan soñado.

Peter se queda dormido primero, es un niño encantador que sonríe acurrucado contra mi cuerpo y aunque Grace es ruidosa y pide que le ponga atención no tarda en dormirse también, descubro que ese sentimiento cálido en mi pecho provocado por ellos es lo que necesito para dormir.

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Algo está jalándome, es lo primero que siento, como si alguien me tomara de un brazo y comenzara a tirar con fuerza.

Lo siguiente son los gritos, un grito agudo que me llena de desesperación.

Lucho contra la ensoñación, quiero despertarme en ese momento y es cuando la voz grave de Sebastián comienza a llamarme, el dolor en mi espalda y hombro es insoportable.

Cuando consigo abrir los ojos, aturdida y desesperada, el llanto agudo de Grace me recibe.

Las luces están apagadas pero puedo verla, a mi costado, aferrada a mi brazo y gritando llena de miedo.

Tardo en entenderlo, sigo atontada y medio dormida, pero en cuanto me percato de ello yo también comienzo a gritar.

Hay algo aquí, en la habitación, algo que no tiene forma, es un cúmulo de oscuridad, de sombras; que se aferra a ambas piernas de Grace y tira de ella.

Envuelvo a Grace entre mis brazos, trato de mantenerla a mi lado pero esta cosa, éste monstruo es tan fuerte que resulta imposible impedir que a cada segundo aparte más a la niña de mí.

Busco a Sebastián con la mirada, la desesperación y la impotencia acaban con mi razón, el miedo se filtra como una corriente poderosa, destructiva y cuando consigo encontrar a Sebastián no hay manera de que pueda controlarme.

La misma cosa, la misma masa oscura y espesa rodea a Sebastián, el demonio mantiene entre sus brazos al pequeño Peter que grita horrorizado, la expresión de Sebastián me arrebata la esperanza, sé que es demasiado grave por el color de su mirada virulenta y la forma en que la marca del contrato brilla en su mano desnuda.

Grace se me resbala, sus pequeñas manos tratan de aferrarse a mí, pero no puedo por más resistencia que imponga, las tinieblas se la están llevando y mis gritos me destrozan la garganta, lágrimas de impotencia me nublan la vista y el coraje, la ira, se amontonan en mi pecho y amenazan con partirme en dos.

Es entonces que siento como el piso se sacude, hay un ruido, un zumbido, un pitido tan agudo que resulta doloroso. El sonido es tan violento, ensordecedor y los cristales de las ventanas revientan, los focos en las lámparas estallan y la puerta de la habitación se abre en ese momento.

Son dos de los cuatro guardaespaldas, uno de ellos, Cara cortada, mantiene en alto un arma y su expresión no vacila cuando dispara en dirección al monstruo que trata de llevarse a Grace.

Y aunque parece hecho de humo, la bala encuentra carne donde impactarse, la bestia emite un alarido y suelta a Grace. Chorros de color negro emanan del lugar donde ha recibido el disparo, la oscuridad se retrae, se aleja de Peter y Sebastián.

Pero los gritos de Grace no cesan, tampoco los de Peter, la bestia tampoco se va, su presencia sombría se contrae, parece hacerse pequeña y aprovecho para levantarme de la cama con Grace en mis brazos.

Tan pronto lo hago Nudillos me quita a la niña de los brazos, Sebastián se interpone entre la criatura y yo y el rugido que brota de su garganta es un sonido animal, una amenaza.

El ambiente se torna mucho más pesado, Peter llora sin control alguno y tengo que obligarlo a moverse, tiro de su pequeño cuerpo y lo levanto, tengo que sacarlo de aquí. Tengo que sacarlos de aquí ahora.

— ¡Peter! —escucho la voz de Tyler por el pasillo una vez que los guardaespaldas y yo hemos sacado a los niños de la habitación.

Les grito que corran, que se marchen pero no estoy segura de que hayan conseguido escucharme porque de nueva cuenta ese pitido ensordecedor aparece. Me tambaleo, presa de un dolor punzante en la cabeza, es como si mi cabeza estuviera por estallar y aunque el dolor es insoportable trato de moverme, la reacción de los niños y de los guardaespaldas es la misma, sé que deben de experimentar el mismo dolor indescriptible por cómo es que Max se lleva las manos a la cabeza y Tyler cae de rodillas al suelo, Nudillos emite un grito ahogado y el alarido inhumano que proviene de la habitación debe de pertenecerle a Sebastián.

Una nueva serie de disparos y el pitido cesa, el grito de Frank desde el primer piso me hace reaccionar, la adrenalina se dispara en mi torrente sanguíneo y cuando Cosa 1 y 2 llegan corriendo por el pasillo lo primero que hago es darles a Peter y gritarles que vayamos al primer piso.

Grace grita el nombre de Sebastián e ignorar sus suplicas me derrumba otro poco.

Los tres guardaespaldas guían a los niños por el pasillo, todo ocurre tan rápido que apenas y puedo comprender lo que sucede. Cuando hemos llegado a las escaleras y sólo falta que Tyler y yo bajemos al primer piso, una nueva sacudida hace temblar la casa, Tyler cae al suelo y un estruendoso sonido me hiela la sangre.

El rugido agónico que proviene de la habitación le pertenece a Sebastián, lo sé, puedo sentirlo a través del vínculo que nos une, mi pecho se retuerce presa de un dolor que me arrebata el aliento, la ansiedad me derriba y la adrenalina se esfuma.

Estoy paralizada, el miedo me mantiene fija, inmóvil y aunque Tyler ha conseguido levantarse y trata de arrastrarme no puedo. Estoy congelada, mi mirada vuelve al pasillo, mi corazón late a toda marcha y no sé qué es lo que pasa.

Por un momento el sonido se va, los gritos de mis sobrinos, los gritos de Frank, mis propios gritos llamando a Sebastián, el sonido se extingue. Todo va a cámara lenta y mientras el suelo se sacude con violencia es que lo veo.

Es como niebla, un humo tan delicado que se mueve con lentitud, la niebla se arrastra por el suelo, va en mi dirección y lo comprendo al momento.

Ha venido por mí.

El sonido vuelve, la marca del contrato quema y antes de que la niebla me alcance empujo a Tyler en dirección a Frank que ha subido las escaleras. Frank me mira, el pánico en sus ojos se transforma en comprensión y aunque Tyler se niega a dejarme sola no puede luchar contra Frank que lo lleva escaleras abajo.

Me pongo de pie, decidida, si enfrento a esta cosa ahora tal vez les dé el tiempo necesario para que mis sobrinos estén fuera de peligro.

Es estúpido, es peligroso, pero si no hago algo no los dejará en paz.

Y no podría continuar si algo les sucede.

— ¡Estoy aquí! —grito y la casa se estremece, la niebla se concentra en mitad del pasillo, la oscuridad crece, se hincha y el monstruo sin forma surge.

— ¡Ven por mí y déjalos en paz! —grito lleno de ira y el monstruo ruge, se prepara para lanzarse contra mí.

Es entonces que una de las paredes se viene abajo, la puerta de la habitación donde dormía hace unos momentos sale propulsada antes de volverse añicos y la pared estalla como si hubiera explotado una bomba. La nube de polvo revela a Sebastián que más demonio que humano somete a una criatura hecha de humo y tinieblas.

Detrás de él Cara cortada se tambalea, está herido, se agarra un brazo y trata de esquivar los escombros.

La bestia que me acechaba lo ignora, también me ignora a mí, su atención se centra en Sebastián y se tira sobre él.

Tal vez soy estúpida, pero no puedo evitarlo, no puedo reprimir el impulso de ayudar al guardaespaldas a salir de ahí, lo alcanzo y tan pronto mis manos tocan su brazo herido siento la sangre cálida empaparme los dedos.

Los monstruos se enfrascan en su lucha con Sebastián y tengo el tiempo suficiente como para bajar con el guardaespaldas al primer piso.

Abajo, Frank ha llevado a los niños a la cocina, lo más prudente es salir por la puerta trasera y aunque la nevada no ha cesado lo más seguro para los niños es alejarlos de la casa.

Los corpulentos guardaespaldas y Frank se deshacen de sus abrigos para cubrir a los niños, han dejado de llorar pero el miedo impreso en sus rostros me mata por dentro. Es obvio que no entienden lo que sucede, ni yo misma lo entiendo pero tengo que fingir que todo está bien, sonreírles y pedirles que se vayan con Frank y tres de los guardaespaldas a un lugar seguro.

Mi corazón termina de romperse en pedazos porque Grace no quiere marcharse sin Sebastián, no sé qué decirle pero Nudillos con expresión solemne, le promete que irá por Sebastián y todos nos iremos, que él acabará con los monstruos.

Grace accede, le cree y espero que eso suceda.

Cuando Frank abre la puerta al jardín no hay marcha atrás, los veo marcharse con el corazón destrozado y el dolor lacerante en mi espalda.

Nudillos me entrega una pistola, sé que comprende que eso no nos protegerá en lo absoluto, pero la determinación en su rostro me dice que sin importar lo que pase se las apañará para protegerme, para cumplir su promesa.

El ruido de la planta alta no hace más que alterarme, me siento al borde del colapso pero encuentro la fuerza necesaria para caminar junto al intimidante guardaespaldas y subir las escaleras.

Me preparo para lo que sea, para el peor escenario posible, pero por más que me mentalice la escena continúa siendo como salida de la peor de mis pesadillas.

Sebastián Michaelis bañado en sangre, sangre oscura y espesa que ruego no sea suya. Es evidente que está herido, pero se mantiene en pie, entero. Sus ojos demoníacos me encuentran de inmediato, el alivio es notorio pero es reemplazado por la angustia en menos de un segundo.

No consigo comprenderlo, no reacciono a tiempo y para cuando el demonio grita que me aleje de ahí ya es tarde.

La oscuridad me engulle, el arma cae al suelo y los gritos de Sebastián son un sonido apenas reconocible.

La criatura aparece frente a mí, me envuelve y me embiste, lo hace tan rápido que no puedo ni parpadear. Me lleva a toda velocidad de un extremo a otro del pasillo y lo único que consigo hacer es extender mis manos en dirección a Sebastián.

Grito su nombre y él grita el mío, se mueve a una velocidad imposible, trata de alcanzarme pero esta cosa que me arrastra es mucho más rápida.

Y cuando por fin la mano de Sebastián alcanza la mía la bestia me estrella contra el ventanal del pasillo, ese que da justo al patio trasero.

La caída es inminente, otra de las criaturas aparece, arrastra a Sebastián y nuestras manos se sueltan.

Caigo a toda velocidad, apenas y puedo sentir el frío crudo del invierno penetrar mi piel, cuando mi cuerpo cae dentro del agua helada.

La criatura estruja mi cuerpo, me aprieta el cuello, trata de aplastarme, no puedo respirar. El agua entra por mi boca, por mi nariz y aunque lucho por tratar de resistir pronto comienzo a sentirlo, voy a ahogarme.

Mi vista se nubla, todo se vuelve borroso y el dolor de mi cuerpo me obliga a ceder.

He dejado de moverme, estoy ahogándome.

Voy a morir.

Y no me resisto, ya no puedo luchar, cuando todo se torna oscuro me dejo llevar.

Siento que floto, que ya no hay ningún tipo de peso oprimiéndome, me siento ligera, libre.

Y me preparo para morir.

Pero eso no ocurre, algo me obliga a elevarme, a moverme, alguien me arrastra y me saca del agua.

El frío me da la bienvenida, abro los ojos, la boca por mero reflejo y boqueo tratando de recuperar el aliento, de volver a respirar.

Es Frank quien me ha sacado del agua y me arrastra sobre la nieve helada.

Tardo en reaccionar, son los gritos de los niños lo que me regresa a la realidad.

Me doy cuenta de dónde estoy, de lo que ha pasado y mientras recupero el aliento miro a mi alrededor, estoy en el patio trasero, frente a la piscina, se supone que estaba vacía pero la veo tan llena que el agua se desborda.

Frank me obliga a ponerme de pie, a correr, pero en cuanto lo hace una nueva sacudida mucho más violenta que las anteriores cimbra la tierra y nos derriba.

Un agónico rugido salido de la casa, del segundo piso, me obliga a ponerme de pie. Los tres guardaespaldas llevan a los niños en dirección a la salida y ayudo a Frank a incorporarse cuando ocurre.

Del segundo piso se escuchan disparos, veo cómo es que un par de figuras oscuras caen desde la ventana rota sobre el suelo cubierto de nieve. Mi corazón se detiene por un segundo cuando distingo a Sebastián entre las figuras que se retuercen sobre la nieve.

Pero a diferencia de lo que vi durante la noche de Halloween, ésta vez parece tener el control de la situación, esboza una sonrisa cruel y retorcida cuando sus manos como garras parten por la mitad a la criatura. El líquido turbio lo cubre por completo, la nieve se tiñe de un rojo demasiado oscuro, casi negro y sé de inmediato que se ha terminado.

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La voz de Grace, Peter y Max me despierta, sus gritos llenos de emoción y alegría son lo primero que percibo.

Al abrir los ojos están los tres ahí, en pijama, con sonrisas enormes mientras dan pequeños saltos sobre la cama.

— ¡Feliz Navidad! —gritan a coro llenos de júbilo y me arrancan una sonrisa de inmediato.

Los tres me envuelven en un abrazo que estremece mi corazón, trato de prolongar el contacto, de abrazarlos por el mayor tiempo posible y por alejar el horrible recuerdo que amenaza con hacerme llorar.

Están bien.

Repito esa oración tantas veces en mi mente que pierdo la cuenta, me obligo a sonreírles y a contagiarme de su entusiasmo mientras cada uno me enseña lo que Santa les ha traído.

Grace alardea sobre su muñeca nueva, una pequeña Cenicienta de plástico, con sus relucientes zapatillas de cristal falso. Peter en cambio sostiene un peluche de dinosaurio y emite adorables gruñidos que para él suenan igual que un tiranosaurio. El tímido pero inteligente Max trata su regalo con más cuidado que sus hermanos pequeños, sostiene un juego de química para niños y señala otra caja con un telescopio.

Reparo en que Tyler está sentado en el borde de la cama, no es entusiasta ni parlanchín, pero parece bastante a gusto con la consola de videojuegos portátil.

Están bien, vuelvo a repetirme mientras le ayudo al pequeño Max a abrir sus regalos.

Es entonces que Sebastián aparece, entra silencioso por la puerta de la habitación, con una sonrisa amable y una bandeja con el desayuno. Luce perfecto, intacto, deja la bandeja en la mesa de noche y me guiña un ojo.

Tengo que recordarlo entonces, recordar que se ha hecho cargo de todo, que ha hecho todo porque estos niños que apenas y conoce sean felices y estén a salvo.

Tengo que recordar cuando veo sus sonrisas, que la noche anterior no pasó para ellos, que el poder del demonio es tan grande que ha podido borrar todo recuerdo sobre lo que pasó.

Incluso en los guardaespaldas y Frank, la pesadilla de Navidad jamás ocurrió, tengo que recordarlo.

Tengo que recordarlo mientras miro la habitación, las ventanas intactas y la pared entera, como si nada hubiera pasado.

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¡Hola de nuevo gentecita bella de fanfiction!

Lo prometido es deuda y aquí estamos, con un nuevo capítulo en Viernes, y sí. Ya sé, son más de las dos de la mañana por aquí, pero hey, lo importante es actualizar en tiempo y forma(?)

Saludo de amor verdadero para la bella Anvi por su ayuda, mujer gracias por todo y por aguantar mis locuras. Que no te lo he dicho antes, pero ya estoy trabajando en algunos extras.

Ahora, hablando del capítulo, lo haré veloz porque ya es tarde y tengo sueño, sólo voy a comentar tres cosas en especial.

Primero; ¿Qué les han parecido los sobrinos de nuestra Sam? Yo morí de amor con todos ellos, sobre todo con Peter aunque Grace es amor(?)

La cosa de estas escena, de una Navidad colorida y alegre no es algo que nuestra Sam haga con regularidad, así que aunque no todo salió como ella lo esperaba, darle un poco de alegría festiva (en Julio, porque Navidad en Julio wins) nunca estará de más.

¡Feliz Navidad en Julio!

Ahora, la cosa de la "pelea", esta escena con acción y con -papasitoteodioperoteamo- Sebastián dándolo todo para mantener a los sobrinos de Sam a salvo ¿Qué piensan de esa parte? Fue de mis partes favoritas del capítulo, que la escribí de un tirón en mitad de un ataque de inspiración e insomnio.

Y sí, mi parte favorita es ésta, donde Sam sueña con Richard y al despertar CHAN CHAN CHAAAAN escena súper jarcor con Sebastián(?)

Tenía un buen rato queriendo escribir una escena como esa, otro enfrentamiento entre ellos, intenso y violento.

¿Qué opinan sobre esa escena? ¿Sebastián hablaba enserio, de verdad quería que le disparara?

Dejen todo su amor, preguntas y teorías locas en forma de review.

¡Nos leemos pronto!