Su señorita, descansa.
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Mira, no significa que el demonio sea malvado, es sólo que él olvida con frecuencia exceder las expectativas.
—Devil like me, Rainbow Kitten Surprise.
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4 de febrero, 1989
¿Recuerdas a ese muchacho del que te hablé antes?
Sebastián, el muchacho del teatro; lo he visto hoy.
Salí a caminar, con la esperanza de visitar el local de Malena y volver a verla.
Pero en el camino, mientras cruzaba el parque a pocas calles del distrito comercial, fue que lo vi.
Lo reconocí de espaldas, sentado en una banca del parque. Lo primero que pensé fue en regresar por donde había venido, alejarme lo más posible de él, de verdad que quería hacerlo, de verdad quería.
Pero no pude, fue como si no fuera yo misma, me moví en su dirección sin siquiera notarlo. De alguna forma fue como si él me llamara y yo no pude resistirme a su llamado silencioso.
Cuando por fin lo alcancé, no pude evitarlo, me senté a su lado en la banca del parque.
"Señorita Lilian" me saludó con una sonrisa galante.
Su voz resulta como la recuerdo, un sonido leve, cadente, sugerente.
Es entonces que debí de haberme puesto de pie y continuar con mi camino, es entonces que la advertencia de Malena se hace escuchar, no quiero entenderlo, no quiero pensar en ella cuando no sé si está bien.
"Tenemos que dejar de encontrarnos de esta forma" soy directa, quizá demasiado grosera, casi puedo escuchar la voz de mi hermano regañándome por mi falta de modales para dirigirme a otros.
Pero la forma en que me mira, la manera en que su leve sonrisa cortés se trasforma en un gesto burlón, la postura que adopta, es como una amenaza no pronunciada. Una advertencia que no estoy dispuesta a tomar.
"¿De qué forma, señorita?" se burla y la sensación que sus palabras me provocan no me gusta.
No ha dicho nada malo, nada que pueda justificar la ira que me invade, ese odio poderoso que se construye en mi pecho y me somete.
No me gusta lo que esta persona me hace sentir, no lo soporto.
"Hablo de esto, de ti rondándome, apareciéndote por casualidad e incomodándome…" la ira en mi interior estalla y mis palabras son amargas, el dolor se extiende por mi pecho y no entiendo por qué.
Pero aunque soy dura, aunque le reclamo a gritos, la sonrisa de Sebastián no cede, sonríe de forma amplia, como si en realidad le hubiera contado un chiste.
Y es entonces que sucede, puedo sentirlo antes de verlo, ese dolor punzante en mi ojo derecho, arde.
Y antes de que pueda comprenderlo me llevo ambas manos a la cara, siento algo caliente brotar de mi ojo y correr por mi piel. Sucede lo mismo que en mi pesadilla.
De pronto todo se oscurece, las tinieblas me envuelven y dejo de estar en el parque, dejo de estar sentada en una banca y me encuentro en el suelo.
El miedo me inunda, me llevo las manos al vientre en un gesto automático, pero lo que siento sólo consigue aterrarme más.
Mi estómago está plano, mi cuerpo está muy delgado y tengo el cabello corto. Me siento mucho más pequeña que antes, mucho más débil. Lo único que me cubre es una especie de camisa y no tardo mucho en comprenderlo.
Soy Ciel.
Soy el niño, soy el mismo niño que veo en mis sueños, ese al que siento que debo salvar, ese al que he amado y protegido de los horrores invisibles, de los monstruos que parecen querer acabar con él. Ese mismo niño que quiere acabar conmigo, que trata de advertirme de algo.
Yo soy él, él es yo y va mucho más allá de que él sea mi ancestro.
Yo soy él, él soy yo.
Y en mi visión puedo comprenderlo, puedo entenderlo, que lo que siento ahora es lo mismo que él siente.
Odio, ira, impotencia, miedo.
Un odio tan grande que es imposible de contener, una ira asesina, violenta, algo que en definitiva un niño tan pequeño como el Ciel de esa fotografía no debería de haber conocido.
Pero se siente tan real, es tan intenso, enfermizo y no puedo evadirlo, no puedo seguir ignorándolo.
Mi corazón ruge al mismo ritmo frenético, grita con el mismo ahínco sediento de un algo demasiado oscuro, desconocido.
Sus emociones son tan intensas y violentas que no sé si podré soportarlo, y no se detienen, no se detiene, el dolor punzante en mi ojo se intensifica, las imágenes de antiguas pesadillas me atacan.
El incendio, la mansión incendiándose y los gritos de un niño que busca a sus padres.
La sangre, hay tanta sangre… en todas partes… sangre de tantas personas que ostentan el apellido de mi familia.
Pero también hay sangre en mis manos, sangre que yo misma he derramado, sangre que le pertenece a tantos rostros diferentes. Sangre de personas que Ciel ha matado de alguna forma.
Y yo soy Ciel, yo los he matado, a estos rostros sin nombre, él lo hizo, es su culpa, es mi culpa.
Pero está esa sombra, los ojos que nos han perseguido desde hace tanto, el fuego proviene de él y cuando abro los ojos, cuando el dolor en mi ojo cede puedo verlo. En mitad de la penumbra, su silueta de negro, de afilados colmillos y ojos brillantes en esa gama de colores oscuros, como fuego purpura.
Y la bruma que lo rodea se disipa, su imagen se torna más nítida, más real.
Y está ahí, Sebastián, el muchacho desconocido se vuelve familiar, tan familiar.
Lo conozco y es imposible, pero está ahí.
En sus recuerdos, los recuerdos de Ciel, mis recuerdos.
Aparece en cada una de las escenas de ésta horrible pesadilla que es Ciel Phantomhive.
Está ahí y es el único monstruo al que debería de temerle.
Es él, el demonio, la sombra que siempre acompañó al sombrío niño que pretendía ser un Conde.
Sebastián Michaelis, su nombre viene a mí con la fuerza de una tormenta, es él.
El demonio.
Y me encontró.
Nos encontró.
"No creí que fuera a recordarlo tan pronto, joven amo" susurró el demonio, con su sonrisa burlona, con sus intensos ojos del color de la sangre.
Y lo único que pude hacer fue correr.
Tengo que irme de aquí.
Tenemos que irnos… no puedo permitirlo…
¿Por qué? ¿Por qué ha vuelto ahora?
¿Qué más quiere de mí?
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Luego de regresar a los niños a casa de mi hermana, la despedida es demoledora, porque aunque ya lo sabía la esperanza vaga en mi pecho termina de morir.
No volveré a verla, ni a ella ni a los niños, es la última vez que veré a mi familia y me aseguro de despedirme. De abrazarlos y colmarme de un último recuerdo feliz que los incluya.
No me detengo, ni siquiera ante la mirada interrogante de mi cuñado. Poco me importa si Peter cree que estoy loca, porque sé que también será la última vez que lo vea y no puedo estar más feliz porque sé que mis sobrinos y mi hermana lo tienen a él, que sin importar lo que pase estarán bien.
Incluso parece perfecto, que mis padres, Evangeline y Jerry, estén presentes porque han ido a dejar a la bebé. Puedo abrazar a Jerry, puedo contagiarme de su risa y sus anécdotas absurdas sobre pesca o sobre sus perros. Puedo incluso tener la oportunidad de abrazar a Evangeline, mi mamá, pese a que ella no es tan afectuosa y yo tampoco, pero por una vez en mucho tiempo los rencores que puedo guardarle se desvanecen. Necesito a mi mamá, aunque sea por una última vez.
Lo cierto es que voy a extrañarlos demasiado, lo cierto es que desearía poder pasar más tiempo con ellos.
Pero la realidad es otra, tengo que irme, tengo que dejarlos y por un momento me pregunto qué pasará cuando yo me vaya, qué harán cuando yo muera.
¿Llorarán por mí…?
No quiero pensar en eso, no quiero pensar en lo que pueda pasar después de que yo me vaya. Tengo que evitarlo, porque no hay manera de que yo me arrepienta, de que retroceda en mi decisión, no lo hago por mero egoísmo, lo hago por protegerlos.
Y espero me entiendan, que algún día me entiendan.
Cuando tengo que subirme al auto, la mirada carmesí del demonio me envuelve, sus ojos parecen comprender lo que siento y su sonrisa es una especie de amenaza, una silenciosa advertencia de que ya no hay marcha atrás.
Lo sé y no me arrepiento de nada.
Vale la pena, ellos lo valen todo.
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Lance Riddle suspira desde su escritorio, no ha dormido para nada en días y lo cierto es que está agotado. Entre el trabajo de más que el Teniente Morales ha estado dándole en la última semana. Y la extenuante investigación secreta sobre los asesinatos.
El detective novato se encuentra al límite, agotado y molesto.
Luego de aquella última conversación con Sebastián la misma idea ha venido rondándole en la cabeza, la idea descabellada en la que ha pensado desde que el difunto Patch mencionó a Linette Blackwood.
En definitiva Sebastián le estaba ocultando algo, era obvio que el demonio sabía mucho más que él. Y aunque tuviera información valiosa Lance Riddle era consciente de que el demonio no lo sabía todo, por algo seguían en contacto, por algo le había confiado cierta información que ambos ocultaban de Samantha.
Así que tras esa última llamada con Sebastián, Lance había decido escarbar mucho más profundo en varios asuntos.
El primero sin duda eran los Blackwood, el segundo en su lista se refería a los Phantomhive, lo siguiente a investigar eran los casos de Barton y las notas de Susan. Y por último Lance se había propuesto investigar a Richard Daniels.
Lance Riddle no era un idiota, era astuto, siempre el primero de su clase. No era tan brillante como su mejor amiga, pero lo cierto es que se le daban bien éste tipo de cosas, el misterio iba impreso en su propio nombre y si existía algo imposible de resolver él haría todo por resolverlo.
Todo era como un rompecabezas, era cuestión de encontrar las piezas correctas que embonaran, que le dieran la solución que necesitaba. Ignorar una pieza tan importante como Richard Daniels sería un error imperdonable.
Porque ¿Acaso Samantha había vuelto a recibir noticia de Richard en todo ese tiempo?
Era ilógico, extraño, porque si la intención de Samantha Carson era encontrar a Richard Daniels ¿Entonces por qué seguía los pasos de un desconocido homicida?
El paradero de Richard Daniels era una incógnita sin resolver, una respuesta que llenaba un hueco enorme en el rompecabezas.
¿Quién era Richard en realidad y qué lo relacionaba con el caso además de Samantha Carson?
¿Qué sabía sobre Richard Daniels?
La verdad es que no sabía casi nada, Richard era un hombre común, sin ninguna seña o algo que lo hiciera destacar del resto. Su nombre incluso parecía hecho para no destacar.
Lo poco que sabía era lo mismo que sabía el resto del mundo; un maestro de escuela primaria, de reputación intachable y sin familia cercana, veintisiete años y nada que lo hiciera resaltar.
Demasiado ordinario para ser creíble, demasiado bueno para ser inocente.
—¡Lance querido! —la voz chillona viene acompañada del ruido de la puerta principal, el detective sonríe levemente antes de rodar los ojos.
¿Quién diría que la mismísima muerte lo encontraría tan encantador…?
—Volvimos, con comida de verdad y ropa decente —exclama Grell Stucliff mientras atraviesa el pequeño departamento.
El ruido de sus altos tacones es acompañado de los jadeos de un exhausto Ronald Knox que carga con todas las bolsas de las compras.
Al notarlo Lance niega con la cabeza y dando un suspiro se pone de pie para ayudar a su nuevo amigo con las bolsas.
El shinigami con el cabello pintado de rubio le agradece a Lance por su ayuda y de inmediato comienzan a desempacar las bolsas donde hay comida.
La puerta sin embargo permanece abierta y pasados unos minutos el extravagante Undertaker se aparece, no lleva la bata de laboratorio, en su lugar un inmenso suéter con estampado de corazones rosados. Como siempre, el shinigami retirado sonríe, una sonrisa divertida que tiembla en su rostro pálido, tiene tantas ganas de reírse que apenas y puede aguantarlo.
Una semana atrás, cuando Sam y Sebastián se fueron de la ciudad, el detective novato había recibido esa noche la visita del peculiar grupo de shinigamis.
Grell había encabezado cada visita, su energía y sentido del humor le habían impedido negarse y los había dejado pasar a los tres a su modesto apartamento.
Recordaba con claridad la mueca de asco que había hecho Grell al ver el estado de su hogar, era cierto que era un chico descuidado y que con su sueldo en realidad no le alcanzaba para nada mejor. Había pasado de ser un universitario que vivía de préstamos bancarios a ser un miembro activo del cuerpo de policía, pero eso no mejoraba su situación económica. No es que su paga fuera tan mala, pero aún tenía muchas deudas de la universidad que liquidar, y había resultado más sencillo seguir viviendo en su piso de estudiante dentro del corazón de Shirlight city que buscarse un sito más acomodado en otro sector de la ciudad.
Su hogar, seguía siendo el mismo pequeño apartamento de una habitación, con una reducida cocina y una pequeña sala de estar con el espacio suficiente para un viejo sofá raído, un televisor de segunda mano y una estantería tan llena que parecía a punto de reventar.
Su propia habitación tampoco era la gran cosa, una cama individual con un colchón que necesitaba ser cambiado con urgencia, su sencillo escritorio, un típico mueble sacado de una tienda barata dentro de una caja para armar usted mismo. Tal vez el único objeto lujoso que poseía Lance Riddle era su confiable computadora, una preciosa y moderna maquina equipada para ejecutar los más recientes títulos de juegos en línea. La decoración era escasa, en el último par de meses había sustituido todos los afiches de caricaturas, anime y videojuegos por una pizarra de corcho repleta de papeles y fotografías pertenecientes a la investigación.
No tenía mucho, pero sí todo lo que necesitaba, hasta ese fin de semana, y entonces las cosas dentro de su hogar sí que habían comenzado a escasear.
Lance se había enfrascado en su trabajo y en la investigación del caso, tanto que había comenzado a descuidar cosas tan simples como comprar comida para llenar el refrigerador.
Había estado al borde de la muerte, su auto había quedado carbonizado en la calle y la poca calma que conservaba se había ido por el drenaje.
Lo más terrible de todo no provenía del peligro al que el chico se exponía, no, provenía de alguien más.
Ella.
Por más traumático que le resultaba a Lance lo acontecido en ese par de días, sin duda, lo peor de todo se lo había llevado ella.
Samantha había vivido la peor parte y no podía ni imaginarse lo que su mejor amiga estaría sintiendo ahora, no podía imaginar el terror, la ansiedad y la impotencia que ella sentía.
Y eso era lo más terrible de todo.
Samantha Carson había matado a alguien, fuera por accidente y para nada intencional, pero había pasado, Evelyn Sullivan, esa chicha rara pero optimista, había muerto por su causa, entre sus brazos.
Y Lance Riddle no podía protegerla de sus propios actos.
Por primera vez desde que se habían conocido, por primera vez después de tantos años, Lance se sentía de verdad distante de ella.
Era su mejor amiga, su familia, la chica a la que había amado en silencio por más de diez años. Y aunque el tiempo había transcurrido, aunque se habían distanciado y vivían tan lejos el uno del otro, siempre habían mantenido contacto.
La presencia de Samantha en su vida era constante, mensajes de texto, llamadas por teléfono que podían durar horas, vídeo llamadas cómicas y regalos por correspondencia, sin falta, por los últimos cuatro años.
En Navidad intercambiaban regalos, en año nuevo un trago a larga distancia, él recibía una botella de tequila añejo y ella películas y series nuevas para ver. En día de San Valentín una tarjeta a modo de broma con mensajes pesimistas y contrarios al día del amor. En el cumpleaños de ella, Lance le enviaba un paquete con un poco de sus cosas favoritas, un libro, un cd con una mezcla de canciones que el mismo Lance hacía para ella y una carta donde le contaba con entusiasmo cualquier tontería que se le ocurría. En su cumpleaños Lance recibía un paquete parecido, un poco de sus cosas favoritas, algún videojuego, una película o mercancía de alguna de sus series favoritas y una carta, una carta donde su mejor amiga le dejaba saber hasta el más insignificante detalle de aquello que tenía en mente, su idea más reciente para una novela o le hablaba del libro en el que trabajaba.
La tradición de los paquetes de cumpleaños era más antigua aún, desde que se conocieron habían comenzado a hacerlo. Él tenía ocho años y ella seis, eran pequeños, iban juntos a la misma escuela primaria, jugaban en el mismo parque descuidado, caminaban juntos por las mismas calles y habían estado ahí, apoyándose el uno al otro en todo momento.
Y ahora, por primera vez, él no podía reconfortarla, no podía estar ahí para ella cuando lo necesitaba.
No era la distancia, no eran las circunstancias, era ella.
Samantha se había cerrado a él, a como hacía con todo el mundo pero jamás con él.
Lo estaba alejando a propósito, la conocía de sobra, la conocía más de lo que ella se conocía a sí misma. Y por ahora, había decidido mantenerlo al margen.
Y eso era en gran parte lo que no le permitía dormir tranquilo por la noche.
Ese inevitable abismo que ella había puesto entre los dos, la irremediable certeza de que de una forma u otra perdería a la persona que más quería en el mundo.
Era eso, el temor a ser desechado de la vida de su mejor amiga, el temor por perderla, la impotencia de querer salvarla cuando ella no quería ser salvada.
Iba a perderla, sin importar cuánto tratara, lo sabía. La conocía tan bien como para saber que Samantha no se rendiría hasta alcanzar su objetivo, y su objetivo la había llevado por el camino de la autodestrucción.
La venganza, Richard Daniels, Sebastián Michaelis, ella misma, eran cosas que de a poco habían cavado la tumba de su mejor amiga.
Tal vez guardar la esperanza de salvarla era lo peor que podía hacer, pero la amaba, más que a cualquier otra cosa, y si existía aunque fuera la más mínima posibilidad de salvarla lo haría.
Tomaría todos los riesgos, haría hasta lo imposible por ayudarla y si ella quería alejarlo, estaba bien, Lance estaba bien, la ayudaría de otras formas.
Estaría ahí para ella sin importar lo que pasara.
—¿De nuevo pensando en la chica, verdad? —inquiere el perspicaz Ronald sentado sobre el sofá.
Lance le sonríe a modo de disculpa pero ninguno de los dos consigue ignorar el gesto melancólico de Grell.
El shinigami de cabellos escarlata suspira recargado contra una pared, por su parte el extraño Undertaker se ha puesto serio, sus ojos examinan con detenimiento al muchacho humano y sonríe con deleite.
—Sé que no están aquí sólo por el encanto de mi sonrisa —dice Lance pasado el incómodo silencio, se lleva ambas manos a la nuca, entrelazando las manos entre su cabello castaño—, es obvio que tienen una especie de acuerdo con Samantha o con Sebastián, me inclino más por la primera opción, de que ella les haya pedido cuidarme o algo así, o en su defecto Sebastián les ha pedido vigilarme para saber que no le oculto nada ¿Cuál de las dos es correcta? —inquiere el detective y la sonrisa de Undertaker se ensancha.
—La primera —contesta Ronald con una mueca.
Grell chasquea la lengua, fingiéndose ofendida por la poca confianza del atractivo muchacho, pero es cierto.
—Eso no quiere decir que no me interese por ti Lance, eres un tipo genial y sin duda podríamos ser amigos —se apresura a decir Ronald pero Lance le devuelve la misma sonrisa esplendida, falsa.
—Podríamos, pero no es así —responde el chico con una sonrisa y el trío de shinigamis intercambian miradas.
—No es sólo por eso Lance —interviene Grell con firmeza— lo que está pasando, confiamos en ti, en que podrás ayudarnos a resolverlo y acabar con eso que está ahí afuera robando almas y recuerdos. Ella me pidió a mí y sólo a mí que te protegiera, pero ellos dos creen en ti, un humano tan astuto como para develar un misterio que ningún inmortal ha podido resolver desde hace un año —culmina el shinigami pelirrojo antes de posar una mano fina y delicada sobre uno de los hombros del detective.
—Y puede que no lo parezca pero Sebastián también cree en ti, nunca había visto algo así… —la sonrisa melancólica de Grell acapara toda la atención de Lance— que Sebastián Michaelis actuara así por un ser humano…
Y en el momento mismo en que Grell termina de decirlo un nuevo silencio abrumador invade el pequeño departamento.
La resolución golpea a Lance, la misma sensación vertiginosa que había tratado de ignorar en la morgue, cuando conoció a los tres seres sobrenaturales que ahora lo visitaban con frecuencia.
La información recibida es procesada a toda velocidad en la mente de Lance Riddle, ahí estaba, lo que se le estaba escapando.
Sebastián Michaelis era otra pieza del rompecabezas.
—¿Lo conocen? —más que una pregunta es una afirmación y los shinigamis vuelven a intercambiar miradas, la sonrisa del enigmático Undertaker se convierte en un gesto burlón, su mirada ácida se posa en el detective.
—Es una larga y divertida historia… —la voz grave de Undertaker es como un espectro, desfasada, antinatural, el escalofrío que invade a Lance le confirma sus sospechas, que detrás de su fachada disparatada existe un ser terrible y poderoso.
La conmoción invade el rostro de Grell, Ronald se tensa de inmediato y están por reclamar, por impedir que el más imponente de los tres hable.
Undertaker sin embargo hace un gesto, un leve movimiento con su mano huesuda que provoca un cambio en el ambiente.
La presión del aire se torna insoportable y el par de shinigamis quedan inmóviles en su sitio, Lance también se ve afectado por el inexplicable fenómeno, se queda sin aliento.
—Te contaré una historia, Riddle, que trata sobre un pequeño niño y su venganza, la tragedia de una familia maldita y la perdición de un mayordomo demonio —se ríe el shinigami de cabello blanco antes de comenzar a contar la historia.
La historia de cómo es que Sebastián Michaelis terminó ahí, condenado a la perdición por una humana condenada a morir.
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Estoy agotada, mi cuerpo se rinde también, el dolor de cabeza con el que desperté no ha hecho más que volverse más fuerte. Y el ardor en mi garganta me indica lo que más temo.
No es hasta que salimos del auto, cuando regresamos a casa, que de verdad me siento fatal.
El primer estornudo me deja fuera de combate y no ayuda para nada la tormenta de nieve que ha comenzado.
El clima es espantoso, la temperatura ha descendido de forma abrupta y no sé si soy yo, pero estoy temblando.
Tan pronto estoy dentro de casa, en el vestíbulo principal, es como si me quedara sin energía, mi respiración es errática y por más que me acerque a la chimenea encendida el calor no llega a mí.
Hace frío, tengo tanto frío.
Y antes de que pueda hacer o decir algo todo se vuelve borroso.
El mundo bajo mis pies parece girar sin control alguno.
Cuando reacciono es Sebastián quien me sostiene, me ha atrapado antes de caer al piso y el suspiro resignado del demonio es reemplazado por una mueca de disgusto.
Lo sabe tan pronto se ha quitado los guantes de cuero negro, cuando su piel toca la mía.
—Buen momento para resfriarse, señorita —se burla pero no me riñe, es entendible, su preocupación por mi estado de salud evita que me reproche algo.
En lugar de regañarme o discutir, el demonio me levanta del suelo, me lleva en brazos al dormitorio y no tengo la fuerza ni las ganas para resistirme.
Pienso de inmediato en lo ocurrido la noche anterior, caer en el agua helada y después la nieve, es evidente que me han pasado factura, el estrés, todo, ya no puedo más.
Cuando Sebastián me deja en la cama me he rendido por completo.
Necesito descansar.
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La casa permanece en silencio, la tranquilidad y la calma que se respiran no parecen ser reales.
Es como estar en el ojo de la tormenta, mientras la nieve cae sin descanso alguno, dentro de la cálida casa su señorita permanece dormida.
Tan encantadora y letal, tan frágil y efímera.
El demonio mira a su contratista con detenimiento, por un momento la idea terrible lo invade, como si Samantha Carson fuera como uno de esos espectros que los atacaron horas atrás, como si ella no fuera un ser hecho de carne y hueso, sino de aire, tan frágil, que ante la menor perturbación estuviera condenada a desaparecer.
¿Por qué es que le resulta tan espantoso el pensamiento?
Sebastián se niega a averiguarlo, el peligroso rumbo que la situación ha tomado en los últimos días acapara su atención.
¿Cuánto tiempo le quedaría para verla, para disfrutar de la terrible belleza, de su cruel encanto?
¿Cuánto tiempo más les quedaba?
En definitiva muy poco, iban contra reloj, entre más se acercaban a resolver el misterio, más intensa se volvía la presencia de la muerte sobre los hombros de su contratista. La pequeña y frágil mujer que se había apoderado del demonio, perecería pronto, se esfumaría del mapa y entonces… ¿Entonces qué?
La respuesta era sencilla, demasiado obvia, encontrarían al culpable, ella tomaría su venganza y la vida de Richard Daniels sería liberada. Entonces todo terminaría, ella se esfumaría y no sería más que un eco de un algo monstruoso. El demonio reclamaría su ansiado premio y tal vez su exquisita señorita sería lo suficiente como para satisfacer su hambre vorágine.
Y de alguna forma la idea ya no se le antojaba tan atractiva como en un inicio.
Hasta ese momento, tras las revelaciones que surgían del indeseable y desastroso pasado, el fantasma del niño sediento de venganza, el espectro de su reencarnación, la sombra de una familia maldita de la cual no había podido liberarse sin importar cuánto tiempo había pasado.
¿Era sólo una maldita coincidencia?
Y si no lo era… ¿Qué era entonces?
¿Qué clase de horror perseguía a la mujer que había jurado proteger, qué clase de monstruo ansiaba a su señorita con tanto ímpetu como para hacer todo eso?
Fuera lo que fuera, de una cosa estaba seguro.
Ella era suya, le pertenecía y no dejaría que nada ni nadie se la arrebatara.
El deseo de Sebastián Michaelis por Samantha Carson era inquebrantable, imposible y absoluto. Y el demonio de ojos escarlata no la dejaría ir.
Nunca la dejaría ir.
Y el quejido de la mujer lo mantuvo alerta, ella se removió incómoda sobre la cama, con la expresión colmada de dolor. El demonio sonrió con deleite, ver a la fría mujer siendo honesta ante él siempre era un espectáculo digno de recordar. Pero por mucho que lo disfrutara tenía que atenderla, mantenerla a salvo, incluso de algo tan pequeño como un resfriado.
Sebastián se sentó a un lado de la cama, la luz de la lámpara creaba un contraste de sombras y colores sobre la piel pálida de su señorita, la ilusión de su existencia evanescente parecía volverse real por segundos. Pero cuando posó la mano en la frente de su contratista, ella no se redujo a humo y cenizas, no, era real, tan real que resultaba una tortura y el tacto de su piel pálida era ardiente, tenía fiebre.
La sonrisa en los labios del demonio fue sincera y discreta, la mujer que le hacía perder el control había sido abatida por un simple resfriado y aunque lleva viviendo con ella desde finales de abril, la visión de esa mujer desenfrenada y temperamental nunca había resultado tan ordinaria y humana.
Era casi tierna, casi linda, casi inofensiva.
Cuidar de ella resultaba sencillo, mantenerla abrigada y pasar un paño por la frente pálida cada tanto.
Sebastián se lo había tomado muy enserio, le había pedido a Frank y a los guardaespaldas que fueran por medicina y que cuidaran de ella mientras preparaba comida apropiada para cuando su señorita despertara y necesitara recuperar fuerzas.
Pero había pasado medio día y Samantha no daba señales de mejorar, era lo más obvio, lo más correcto, su cuerpo había sucumbido a muchos factores al mismo tiempo, el estrés, la mala alimentación y la forma en que se había expuesto durante el ataque.
Así que Sebastián tuvo que recurrir a algunos viejos remedios que conocía, el primero de ellos consistía en darle un baño a su contratista.
Había sido lo más complicado, Samantha ardía en fiebre y su cuerpo estaba cubierto de sudor. Desnudarla y llevarla a la bañera no había sido difícil, podía resistir a la tentación de su pequeño cuerpo, la insinuante curva de sus caderas, la estrecha cintura, podía resistirlo, lo que no estaba preparado para aguantar eran los estragos de la fiebre en su señorita.
Ella se quejaba, se retorcía entre sus brazos, rebelde pero inconsciente, bailando entre el velo de los sueños y de la realidad. El demonio suponía que tenía alguna especie de pesadilla, que la ensoñación que la envolvía hacía de las suyas. Pero demasiado tarde comprendió que lo que ella farfullaba cuando la metía en el agua no se trataba de una pesadilla.
—Lance —había gemido con una mejilla pegada a la bañera, no era un grito desesperado, ni una súplica de auxilio, no, la sonrisa en sus labios rosados decía todo lo contrario.
El nombre del detective era una palabra dulce, un suspiro cargado de felicidad y la marca en el antebrazo del demonio ardió en respuesta.
Sebastián se quedó petrificado, la ira bullendo como veneno por su cuerpo, el color de sus ojos cambió al instante.
No.
—No se lo digas —suplicó una risueña Samantha y el color imposible de su mirada se hizo presente.
Su contratista había abierto los ojos, ahí, desnuda y temblorosa dentro de la tina, mirando al demonio de una forma en que nunca lo había visto.
El mar de tonalidades frías en sus ojos parecía encendido por un brillo desconocido, una chispa de algo que distaba mucho de la persona fría y aguerrida que el demonio conocía. Un chispazo de algo tan humano y doloroso, inocente y agonizante.
Algo cálido, poderoso y a la vez tan monstruoso.
—Por favor —rogó con una sonrisa sincera, dulce, y la mano delicada de su contratista alcanzó el rostro del demonio, ella temblaba, su respiración era errática— no se lo digas, no puede enterarse —balbuceó antes de echarse a reír.
Sebastián no supo cómo reaccionar, no entendía a lo que su contratista se refería, pero no le gustaba para nada.
Podía estar delirando a causa de la elevada fiebre, pero sin duda alguna ella estaba siendo honesta, sin ninguna máscara.
—¿De qué habla, my lady? —susurró el demonio y la mujer rio con ganas, pero no parecía ser una risa divertida, era una risa falsa, amarga.
—Promételo Lance —repitió su señorita y con ambas manos aun temblando sujetó el rostro del demonio, el demonio bufó con molestia pero aceptó, prometió en el lugar de Lance Riddle.
Samantha sin embargo no pareció a gusto, sus dedos finos halaron con suavidad de los cabellos negros del demonio. El aliento cálido de su señorita acarició los labios del demonio y el ansia lo embistió sin piedad alguna.
—Lo prometo —asintió Sebastián contra los labios de su contratista.
La mujer sonrío complacida pero no impuso distancia alguna, tampoco se atrevió a ahondar el contacto, en su lugar su expresión cambió a la tristeza, a una profunda y oscura emoción.
¿Qué es lo que no puedo decirle a Sebastián? —espeta el demonio con una sonrisa cruel, burlona.
Samantha le regresa la misma mueca, una sonrisa afilada y una mirada cargada de dolor.
—Que estoy enamorada de él —murmura Samantha antes de soltar a Sebastián y llevarse ambas manos a la boca.
No.
El demonio se queda quieto mirando a la mujer, la visión tan irreal y gloriosa, ella desnuda, más desnuda que nunca con las mejillas sonrojadas y mordiéndose el labio con fuerza, los ojos aguamarina desbordados en lágrimas.
No.
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Es más de media noche cuando por fin responde la llamada, el joven detective casi se resbala de su silla debido a la impresión.
Pese a que llevaba el último par de horas tratando de contactar a Samantha, en realidad esperaba que ella no contestara, estaba por rendirse, decidido a que esa sería la última llamada y que después trataría de dormir como cualquier persona normal.
Lo cierto es que no tenía ni la más mínima idea de qué iba a decirle, habían pasado tres días desde esa conversación con el trío de shinigamis y seguía en shock, seguía renuente a creerlo. Por muy incrédulo que se sintiera respecto a la historia que Undertaker le había contado, en realidad no quería decírselo a Sam, la conocía bien y sabía que eso no sería exactamente algo grato para ella.
Lo último que ella necesitaba era enterarse de algo como eso, entendía ahora la renuencia de Sebastián, entendía por qué es que le ocultaba cosas.
Porque, con lo que ahora sabía las cosas se habían tornado mucho más claras para él, tenía un sin número de piezas nuevas dentro de su rompecabezas y muchas de ellas no eran para nada buenas.
Todo era mucho más grande de lo que había calculado en un primer momento, provenía de un punto más oscuro, más lejano, una mancha del pasado que se había extendido hasta alcanzar el presente y por lo que Lance conseguía deducir, incluso el mismo Sebastián ignoraba algunas cosas en la historia.
¿Estaría el demonio enterado del verdadero peligro que corrían?
Lance no sabía la respuesta a esa pregunta y deseaba que no fuera demasiado tarde.
Así que había tomado el teléfono, sin una razón en particular, tal vez sólo quería escuchar su voz y darse el valor necesario para no rendirse en su nuevo plan.
Estaba decidido, determinado, haría todo, todo para salvarla.
Y cuando estaba por rendirse entonces respondió la llamada.
—Riddle —pero la voz de Sebastián contestó.
Lance se obligó a ponerse de pie, a hacer algo, a pensar en algo rápido, algo que no formara parte del montón de secretos que ahora tenía que ocultar.
—Satán, no esperaba que tú me contestaras… —atinó a decir el muchacho tratando de ocultar el temblor en su voz, recorrió con la mirada la pizarra de corcho en su habitación.
El nombre de Ciel Phantomhive resaltaba de entre todas las cosas en la pizarra.
Había pasado horas reordenando las cosas en la pizarra y aunque tenía mucha más información que antes, las cosas todavía no encajaban en torno al nombre del niño.
—¿Qué quieres ahora, Riddle? ¿Vas a volver a amenazarme? —la voz del demonio está cargada de molestia, es cruel y burlón, el detective se toma un momento para respirar profundo y pensar en algo.
—Hablaba para desearles una feliz Navidad —una risa nerviosa se le escapa a Lance y el gruñido del demonio se escucha desde la bocina del aparato.
—¿Enserio? —gruñe el demonio con sarcasmo—, algo nos atacó, al menos cinco demonios, no como los de la noche de Halloween, estos eran diferentes. Seres sin una forma definida, alimañas sin rostro ni consciencia, lo extraño es que cinco de esas cosas no aparecen así como así… ¿alguna idea, Sherlock?
—¿Crees que alguien las mandó? ¿Pero a qué? ¿Crees que Linette Blackwood… o lo que sea que es tiene control sobre esas cosas? —la mente del detective va a toda velocidad, las palabras anotadas en la pizarra comienzan a adquirir otro significado.
—Sí —afirma al demonio con la misma seriedad, la misma voz sombría— son demonios al fin y al cabo, pudieron haber robado las almas y los recuerdos de esas chicas, es obvio que algo más grande y poderoso los controla. Es probable incluso que estuvieran detrás de otro ataque hace algunos meses…
—¿Qué hay de los demonios en la fiesta de Halloween, crees que también Linette haya tenido que ver…? Porque esos eran muy parecidos a ti, no creo que sea tan sencillo controlar algo como eso… —el detective se aferra a esa idea con fuerza, trata de desviar su atención del cúmulo de información en su mente.
—Eso fue diferente, es complicado de explicar, por lo general cuando un humano es marcado por un ser sobrenatural se vuelve "especial", destaca del resto y es normal que se vuelva un imán para otros seres, así que puede que no sólo Linette Blackwood y sus alimañas sean lo único que nos persiguen —explica el demonio sin emoción, Lance se acerca la pizarra, el nombre de Sebastián está ahí y la idea se vuelve insoportable, demasiado escandalosa.
—¿No te parece extraño? —pregunta entonces el detective, sus ojos son plata liquida, metal ardiente.
Las palabras de Undertaker hacen eco en la mente del chico, es como si por fin terminara de asimilar algunas cosas, el secuestro, el ritual… Sebastián y Linette ¿Eran sólo coincidencias?
Sabía la respuesta, claro que no lo eran, era algo mucho más grande, mucho más terrible y Lance Riddle podía entender que el demonio no tenía ni la más mínima idea de la magnitud de las cosas.
—En primer lugar ¿Estás seguro de que sólo se debe a ti? Porque, por lo que ahora sabemos nos enfrentamos a algo que no es humano y ese algo estaba detrás de ella mucho antes de que tú aparecieras en su vida. Linette desapareció meses antes de que Samantha fuera secuestrada y por lo que he investigado en realidad no es necesario llevar acabo un ritual tan complicado para contactar a un demonio… —Lance habla rápido, fluido, las imágenes se amontonan en su cabeza, sus manos vuelven a mover cosas sobre el tablero de corcho.
El silencio al otro lado de la línea lo mantiene nervioso, la ansiedad comienza a formar un nudo en la boca del estómago del detective, la idea termina de invadirlo.
"Era una vez un niño que lo tenía todo, hasta que un día los tipos malos le arrebataron hasta la última pizca de misericordia, de humanidad. Ese niño le vendió su alma al demonio a cambio de vengarse de aquellos que lo humillaron tanto ¿A qué puedes adivinar el nombre de ese demonio, verdad?"
—Sebastián, esto es serio, hablo de que no es sólo una coincidencia. Linette ya estaba muerta y ya había sido suplantada por ese monstruo, pero por qué razón iría tras Samantha Carson ¿Has pensado en eso alguna vez? ¿Qué podría querer un inmortal de una chica como ella, además de su alma? No hay nada lógico, por qué Linette Blackwood buscaría una forma de destruirla públicamente ¿Con qué objetivo, por dinero, por fama? Son cosas que sólo a los humanos les importan, si Linette Blackwood buscara destruirla y es tan poderosa entonces ya lo habría hecho hace mucho ¿Por qué enviar amenazas, por qué matar a otras en su lugar, por qué no enfrentarlo de forma directa y tomar lo único que puede quitarle? —la voz de Lance aumenta su volumen conforme habla, está alterado, eufórico, el rumbo de sus pensamientos pierde el control.
¿Y que tal si…?
—Esto es lo que creo —dice Lance antes de volver a su escritorio y tomar un bolígrafo, el pequeño objeto se mueve entre los dedos del chico, su objetivo es la pizarra— no creo que la buscara a ella, no creo que vaya tras de Samantha…
"¿Pero sabes? La venganza nunca puede ser algo bueno, por más frío que seas, por más seguro que estés, siempre terminará destruyéndote y eso le pasó al pequeño Conde. Un día, cuando por fin alcanzó su objetivo y el demonio estaba por reclamar su premio alguien, algo, decidió que no podría ser posible".
—¿Qué, te has vuelto loco? —el gruñido del demonio le causa un escalofrío a Lance, pero ya no hay manera de retractarse— Finjamos que tienes razón, que sólo es un engaño, que las chicas muertas son un truco para desviar nuestra atención de la verdad ¿Qué se supone que significan las fotografías?
Lance frunce el ceño, su atención se centra en escribir algo en una de las fotografías.
—Sabemos que son dos, que hay dos involucrados en esto, uno es la cosa que suplanta a Linette Blackwood, el otro tiene que ser el asesino de esas chicas. El asesino, es muy obvio, busca a Samantha ¿Con qué razón o por qué? No creo que importe al final. Lo que importa es que no actúa solo, tampoco creo que actúe bajo su propia voluntad, es entonces que interviene el segundo sujeto, Linette Blackwood. Y yo creo que es ella quien tiene el control, quien tiene el poder para mantener al asesino cubierto y enviar esas cosas a atacar, ¿Pero cuál es su objetivo, por qué? Si es que planeó todo desde un inicio, y hablo del principio, el ritual… ¿No te parece demasiado extraño…? Un ritual hecho a detalle, tan parecido al de hace cien años… —el bolígrafo se resbala de los dedos de Lance Riddle, el silencio se vuelve tirante, asfixiante.
El miedo comienza a apoderarse del detective, los recuerdos lo invaden, la figura de Sebastián envuelta en tinieblas, las bestias inhumanas que lo perseguían, los disparos a ese demonio que no le hicieron nada en absoluto.
Mierda.
El aire se vuelve espeso, el miedo comienza a paralizarlo y las luces parpadean, el sonido se ha ido.
Lance Riddle puede sentirlo, con el teléfono aún contra su oído, la forma en que el ambiente ha cambiado y la oscuridad se hace presente, el aire se vuelve espeso.
El corazón de Lance comienza a latir a toda velocidad, el sudor frío le recorre el cuerpo y un escalofrío le advierte lo que está por ocurrir.
Del teléfono no sale ningún ruido y es la ausencia de sonido lo que le hace entender lo que ocurre.
Lance se gira con lentitud, el miedo lo desborda, pero se obliga a respirar profundo, a cerrar los ojos y encontrar algo que le devuelva el coraje, el valor.
Pero cuando los abre, cuando por fin consigue serenarse su entorno ha cambiado por completo, la oscuridad lo rodea y no existe nada más.
El chasquido de los tacones resuena en mitad de las tinieblas, Lance lo sabe, reconoce la silueta del demonio antes de que se deje ver.
Ojos encendidos en una tonalidad de colores imposibles, pupilas rasgadas, una sonrisa cruel con colmillos alargados, algo para nada humano.
—¿Te crees tan intocable porque ella te quiere…? —la risa, la terrible risa, el terrible sonido que le hiela la sangre.
Es entonces que el demonio se hace visible por completo, su cuerpo sale de la bruma, de las tinieblas, es mucho más alto, mucho más imponente y aunque es monstruoso el rostro pálido conserva un bosquejo del rostro de su envoltura. Cientos de plumas negras, como las alas de un cuervo, descienden desde lo alto y no es de extrañar la presencia de los pequeños objetos, pues las inmensas alas negras del demonio están desplegadas en toda su majestuosa extensión. Las manos envueltas en guantes de cuero negro, tienen afiladas garras en la punta de cada dedo y el detective siente que su cabeza está a punto de estallar.
—Te creía más listo, Riddle —se burla el demonio con una sonrisa cruel.
Sin embargo Lance Riddle le hace frente, es quizá la adrenalina, o el terror, lo que le inyecta la valentía necesaria para desenfundar el arma escondida en la cinturilla de sus pantalones.
Sabe que es inútil, que sin importar cuántas balas use no podrá defenderse del demonio, sin embargo el peso familiar del revolver le brinda un poco de seguridad.
—Lo sé todo Sebastián, todo. Eres el mismo demonio al que ese niño, Ciel Phantomhive; le vendió su alma. Y aun no entiendo cómo ni por qué, pero no pudiste devorar su alma. Hay algo, mucho más peligroso que tú, algo que sin duda se ha mantenido rondando a esa familia y por años, por más de un siglo todo estuvo bien, los Phantomhive se mantuvieron a salvo hasta que tú apareciste de nuevo. No voy a culparte, porque tal vez ni tú lo sabías, pero es por tu causa que ha ocurrido todo esto y sea lo que sea Linette Blackwood, no creo que busque acabar con Samantha, te quiere a ti —grita el detective apretando con firmeza el arma entre sus manos.
El demonio avanza con paso felino, burlón, hostil, su mirada cruel se posa en los ojos del chico y se inclina en su dirección.
—¿Y qué vas a hacer tú al respecto? —se ríe el demonio, soberbio, confiado— Si sabes tanto deberías de entenderlo, que esto no es un juego, no puedes pretender ser el caballero de brillante armadura que va a acabar con los monstruos y quedarse con la princesa. Las cosas no funcionan de esa forma, no entiendes nada, no sabes nada —espeta el demonio con voz fría.
Lance Riddle no duda ni un segundo, cuando su dedo jala del gatillo y la bala se pierde entre la figura oscura a centímetros de él. La sangre brota en una explosión carmesí, pero la sonrisa de Sebastián Michaelis no se va, en su lugar, la discreta sonrisa cruel se convierte en una amplia mueca retorcida.
La risa del demonio brota, retumba en mitad de las tinieblas, los disparos no cesan, una lluvia de balas se cierne sobre el cuerpo del demonio y Lance Riddle se decide a descargar su ira, su impotencia.
Es hasta que el detective se queda sin balas que el demonio deja de reírse, su ojos afilados son una amenaza, su sonrisa una sentencia.
—Sigue jugando a ser el héroe, pero recuerda esto Lance, ella es mía y no tiene que ver con Ciel Phantomhive, es mía y no hay nada que puedas hacer para salvarla —susurra el demonio con deleite, la bruma que lo envuelve se compacta a su alrededor y es entonces que la figura inconfundible del Sebastián que conoce se hace presente.
Los ojos rojos del demonio le dedican una mirada cargada de odio, de rabia, pero Lance no se deja amedrentar.
Los ojos del detective brillan bañados en esperanza, en determinación.
—Pero Ciel Phantomhive y Lilian Carson pudieron librarse de ti, no sé cómo ni por qué, pero si ya ha pasado antes puede volver a ocurrir —la voz del chico no tiembla, esboza una sonrisa confiada que a Sebastián se le antoja demasiado arrogante.
Y antes de que alguno de los dos pueda decir algo, el demonio ya se ha ido.
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¡Hola gente chula de fanfiction!
Ya sé, no es Lunes, pero más vale tarde que nunca, no? (?)
Saludos de amor a la bella AnVi por aguantarme, por ayudarme en mi indecisión y por sufrir conmigo, mujer, eres un sol (insertar corazoncito gay del wasa aquí)
Ahora, hablando del capítulo, iremos por partes.
La cosa del diario, sí, era algo obvio desde un inicio, que Lilian no sólo es descendiente de Ciel, si no que su vínculo es mucho más profundo que eso. Lilian es la reencarnación de Ciel y es ahora cuando aclaro un par de cositas respecto al universo del fanfic.
Para empezar cuando yo inicié con este fanfic hace cinco años, sí, cinco ya, yo había tomado en cuenta hasta el arco del circo dentro del manga y por algunas otras cuestiones obvias dentro del fic (cofcofClaudecofcof) también tomé en cuenta Kuroshitsuji II, si me preguntan el archivo original del fanfic sigue guardado de esa forma, como "Fic Kuroshitsuji II" y ajá, no le he cambiado el título en cinco años JÁ(?) Entonces para ponernos en contexto, voy a explicar una cosita de forma breve y sin dar mucho spoiler.
Ciel (alias el mocosito, olvidemos los últimos capítulos del manga por ahora, por favor) sí vivió lo del circo, sí mandó a darle cuello a toda la tropa del circo, sí conoció al viejo rabo verde, etc., después conforme avanzaba el manga y la propia trama del fic, decidí tomar en cuenta también lo del Campania, entonces todo ocurre hasta ahí, por eso la reacción y la "rivalidad" aún presente entre Undertaker y Sebastián, la cosa va que luego de esa parte del manga yo retomo lo que pasó en la primera temporada del fanfic, osea que Ash y Ángela sí existieron, que la reina loca sí existió, que Ciel concretó su venganza y ajá, entonces tomo la trama de Kuroshitsuji II y a partir de ahí comienzan los problemas, el personaje de Claude existe en el universo del fanfic, como hemos visto desde el inicio de la historia. Pero es hasta ahí que uso la trama de Kuro.
Ahora bien, sabemos que Claude no murió en la isla, que algo pasó con Ciel y pese a que ya no era humano de todas formas murió, sabemos que hay "algo" que ha asumido la identidad de la fallecida Linette Blackwood, sabemos que de alguna forma el contrato existente entre Ciel y Sebastián se rompió y el demonio no pudo reclamar su alma, sabemos ahora que de alguna forma los recuerdos de la vida pasada de Lilian despertaron y que en parte son estos los que ocasionaron que ella se volviera loca.
Teorías locas y todo eso en los reviews.
Otra cosa para comentar en el capítulo es la escena después del diario, esa primera escena con nuestra Sam ¿Alguien más se puso a llorar? Yo medio lloré mientras a escribía, lo siento, pero vamos hacia la recta final y nadie dijo que esto iba a ser bonito.
Era una trampa mía(?)
Ahora bien, toda esa parte en tercera persona donde nos centramos en Lance fue mi favorita en el capítulo ¿Les he dicho que es mi personaje favorito en esta serie? Es mi bebé favorito y que se robe el protagonismo por momentos no es sólo porque yo lo ame(?)
La cosa de Lance conviviendo con los shinigamis siempre me gustó y bueno, no creo que a Grell le moleste.
¿Qué les pareció esa parte? ¿Qué teorías se les vienen a la mente con todo lo que Lance ha descubierto?
Dejen sus teorías que amo leerlas
Ahora, la escenita rompe corazones de Sebastián y Sam ¿Qué quieren que les diga? Yo vivo del dolor(?)
En estos últimos capítulos creo que se está notando que hay un cambio en su "relación". Sam se ha cerrado y se niega a admitir lo que ya sabes, trata de alejarse, de sólo mantener las cosas como nada más que esa lujuria que existe entre ambos ¿Pero creen que le esté funcionando?
Por su parte Sebastián... bueno ¿Cómo creen que se haya tomado la noticia? Yo no creo que le guste para nada, pero ha comenzado a cuestionarse algunas cosas y en un demonio eso es demasiado. Escribir sobre Sebastián y tratar de mantener su personaje a como es, siempre es una proeza, es muy difícil, porque no quiero hacer cosas que sienta que no van con él ¿Me entienden? Yo no me lo imagino siendo cursi y amoroso, diciendo te amo o admitiendo que quiere a alguien, no. Todo, desde el principio no era mas que un juego para él, una farsa y en este punto las cosas han comenzado a tomar otro rumbo, es obvio que Sam no significa lo mismo para él que cuando las cosas comenzaron. Sin embargo no es un idílica historia de amor, su relación es un tira y afloja, llena de engaños, de mentiras, de desenfreno. Sebastián no sabe qué hacer con ella, le hace perder el control y no es porque dulces y tiernos sentimientos se desarrollen en su corazón de demonio, es otra cosa, una cosa a la que ninguno le encuentra nombre. Pero si es amor o no, bueno, saquen sus propias conclusiones.
¿Qué piensan de esa escena?
La última parte, Jesús, me costó horrores, por eso no subí el capítulo ayer, porque esta indecisa respecto a muchas cosas. Mas que nada sobre qué debería de hacer Lance, vamos, que conocemos a Lance y él siempre ha sido el chico honesto y directo, pero por un momento dudé de si él tenía o no que enfrentar al demonio por lo que Undie le contó. Al final sí lo hizo y vaya, yo no hago más que seguir amando al bebé Lance ¿Qué pensaron sobre la escena? ¿Creen que estuvo bien o no que Lance enfrentara a Sebastián sobre lo que ahora sabe? ¿Qué piensas ahora sobre Sebastián?
Es todo por ahora, porque ya me extendí a lo bestia(?)
El siguiente capítulo es el inicio del fin(?)
Nos leemos el próximo Lunes con el inicio del último arco.
¡Nos leemos pronto!
Y los amo con todo mi corazoncito de pollo
