Código Guardianes 117
Nota de autor: Para identificar a cada personaje, pondré un 910 o 911 entre paréntesis para identificar si es uno de los Guerreros o uno de los Guardianes, respectivamente.
-No noto a nadie aquí… Sólo a Beatrice. ¿Y tú? -preguntó Ulrich (911), a lo que Jhonny negó entonces.
-Tampoco. Esto es raro. Normalmente no irían a ningún lado… -murmuró el menor.
-¿Creéis que haya pasado algo grave, cachorrillo? -preguntó William, en tono burlón, a lo que el aludido asintió.
Los otros dos notaron como las mejillas de él se encendían, pero decidieron no comentar nada. Aunque la guerrera le dedicó una mirada a su compañero, desaprobatoria.
-Pronto lo sabremos -respondió Ulrich (911), quien se rodeó de su energía, y buscó a sus compañeros por todo el mundo.
En cuanto les localizó, frunció algo el ceño; parecían tener sus poderes apagados, como si volvieran a ser humanos.
Ante ellos, abrió un portal, que cruzó inmediatamente, seguido de Jhonny. Los dos Guerreros se miraron dubitativamente, pero no tardaron en cruzar el portal junto a los demás.
En cuanto lo cruzaron, vieron como los Guardianes estaban amordazados y tirados en el suelo, con sus manos y pies atados con cadenas y la ropa desgajada y llena de sangre, y en apariencia, a solas. Jhonny y Ulrich (911) se acercaron rápidamente, preocupados por ellos.
-¿¡Qué ha pasado!?
-Ulrich... -decía Yumi (911), arrastrando la voz. Se la veía agotada, junto con el resto.
-Ten cuidado, Noe...
-Morgan -corrigió la chica.
William resopló.
-Es una... -trataba de decir Yumi (911).
De pronto, los ojos de William se abrieron de par en par. Casi parecía que se le saldrían de las cuencas. Los Guardianes del Fuego y de la Muerte lo notaron.
-Trampa -dijo Odd (911).
Morgan olfateó, y de pronto pareció como si todos los pelos de cuerpo se hubiesen erizado.
Ahora lo recordaba.
El cabrón William tenía razón, también se le habían pasado detalles debido al Reinicio. La nueva información de su mundo se acumulaba en su mente. Tenía que evitar que lo que le había pasado a los otros Guardianes les pasara a los dos que quedaban.
-¡No os dejéis tocar por ellos! -gritó Morgan.
Un destello morado apareció entre los dos Guardianes restantes, quienes no tardaron en notar un pellizco en sus nucas una vez este destello desapareció. Jhonny y Ulrich sintieron el desvanecimiento completo de sus poderes, y la imposibilidad de transformarse.
-¿¡Qué ocurre!? -gritó Jhonny, asustado.
Como respuesta, acto siguiente una serie de descargas eléctricas recorrieron los cuerpos de los dos Guardianes, cayendo al suelo como sacos de patatas, y retorciéndose de dolor.
Morgan hubiese ido a por ellos, pero William la sostuvo por el brazo. Pudo ver como su compañero miraba hacia un punto distante de aquel bosque, y no tardó en ver el por qué. De modo que se soltó de su compañero, quien no le dio importancia.
-¡Código: Lyoko!
Una estela brillante de píxeles recubrió a William, quien adoptó una nueva vestimenta, muy similar a la que usaba en su etapa de posesión por XANA, aunque mostraba más protecciones, y en su mano derecha se enciontraba su clásica zweihänder.
Con su mano izquierda apunto a aquella dirección, formando una bola de humo negro. Cuando aparecieron cuchillas oscuras, lanzadas como proyectiles hacia ellos, estas se recubrieron también de humo, siendo de tenidas en ese instante y cayendo bruscamente al suelo.
-¡El resto!
Morgan asintió, pegando entonces un salto enorme hacia los árboles más cercanos a ella y perdiéndose en el bosque.
Bajo William se formó una estela de humo, de modo que cuando saltó, este lo impulsó aún más. En el aire, pudo ver que la superficie donde antes estuvo, de pronto fue destruida por un impacto de fuerza telequinética. La estela de polvo formada por esa explosión, apareció ese destello morado, para unos segundos después ver cómo se le acercaba un halo morado.
-Escudo -susurró William para sí.
Antes de que el escudo lo atravesara por la mitad, William usó el superhumo. Con velocidad de dirigió hacia ese lugar, volviendo a su forma original justo antes de entrar en la polvareda y preparándose con su espada.
Antes de aterrizar, dio un tajo vertical. La fuerza de tal impacto despejó el polvo restante.
Guardianes y Grupo pudieron ver que junto a William estaba Odd, quien de sus guanteletes pudo formar su escudo para protegerse del ataque. Sus pies estaban hundidos en el terreno, y tenía una rodilla hincada. El Guerrero felino sonreía con sorna, y sus ojos sanguíneos brillaban con fulgor. Mientras, William tenía rostro de esfuerzo, presionando con su espada el escudo del felino.
-¿Qué, Willy Boy? ¿Eso es todo? -se burló Odd.
-Mierda -expresó William, entre dientes.
La pugna era fuerte, y aunque Odd oponía una férrea resistencia, quien tenía el control era William, empujando cada vez más al felino y aplastándolo con su propio escudo. Para William, lo peor de todo era aquella risa, la cual nunca abandonaba su rostro. Esta se enfatizó unos segundos antes de Odd desapareciera de un destello.
Por la inercia, su espada quedó clavada donde antes estuvo Odd. Tras él, Odd, con el escudo aún activado, se dispuso a darle un tajo con el filo de este. William solo pudo usar un poco de humo para protegerse del corte del escudo antes de salir empujado por el choque, pero dando un voltereta, logró aterrizar acuclillado.
Su espada estaba clavada en el mismo sitio.
Odd deshizo su escudo, para luego disparar flechas láser. William las bloqueó con su control de humo, inundando sus manos de este y rodeándose de destellos tanto para golpear como para bloquear, pero el felino consiguió que al final no pudiera hacer más que esquivarlas. Este corría hacia él a cuatro patas, impulsándose y haciendo varias piruetas que lograban varios agujeros en su defensa. Parecía que Odd estuviera jugando con él para hacerle bailar, por el modo en que hacía pequeños brincos dispares a sus pies para evitar impactos de las flechas láser en estos, cuando no daba varios sprints y volteretas para evitar dichos ataques. De modo que se hartó, así que creó un campo de humo, el cual repulsó a Odd hacia varios metros de distancia, quien dio un mortal y aterrizó a cuatro patas. Usó un pulso de humo para ir disparado contra Odd, cogiendo su espada y preparando un puñetazo. Odd fue más rápido, y pudo saltar antes de recibir el golpe. En ese instante, del puño de William salieron varias serpientes de humo que lo atraparon por las extremidades, impulsándolo hacia William, mientras que este también usaba a Odd para ascender un poco, con su espada preparada en la otra mano.
Antes del impacto, de cada guantelete de Odd salieron tres garras metálicas, las cuales bloquearon al filo de la zweihänder. En el aire, en ese bloqueo de armas, Odd y William giraron, cambiando posiciones. Ambas armas brillaron, zweihänder de plata y garras de morado. La fuerza del poder en esas armas hizo que ambos salieran impulsados en direcciones opuestas.
Odd fue el primero en aterrizar, acuclillado y con sus garras clavadas al suelo. William dio un mortal antes de aterrizar sobre sus dos pies, espada en mano.
-¿Protegiendo a esos estúpidos? -Odd sonreía peligrosamente, mientras miraba hacia los Guardianes.
Se había puesto de pie.
-Odd -dijo William, manteniendo su gesto desafiante. Esos ojos decían a todas luces que alguien lo había poseído. Por ello procuró mantenerse tranquilo-, ¿quién te controla?
Odd empezó a carcajear.
-Ah, ¿esto? -preguntó Odd, señalándose a los ojos. Se encogió de hombros-. Nada del otro mundo.
William frunció aún más el ceño.
-¿Dónde está el resto?
-Ni idea. Ya sabes, no es que un Reinicio siente muy bien.
-¡Deja de vacilar! Sé que Yumi está aquí, y...
Escuchó varios silbidos en el aire y reaccionó a tiempo para evitar todos los disparos que le venían de frente desde lo profundo del bosque, pero antes de poder seguir esquivando, todo su cuerpo quedó bloqueado, para luego verse elevado y tirado hacia atrás, y entonces sintió frío. Como si fuera cámara lenta, pudo ver cómo una jabalina de metal lo atravesaba por el cuadrado lumbar derecho y pasaba a través de su cuerpo, llegando hacia Odd, quien la cogió con una mano y la clavó en el suelo. William fue dejado en el suelo, teniendo una caída seca. Entonces vio una sombra descender del cielo.
El impacto provocó que ciertas porciones del terreno fueran destruídas, y se elevara una polvareda. Una vez esta se despejó, se pudo ver a William, protegiéndose con un campo de humo, y su atacante, Yumi.
Cuando vio que su golpe no tuvo efecto, optó por saltar y dar varias volteretas en el aire hasta ponerse a la altura de Odd.
William pudo ponerse de pie, aunque tambaleante. Mientras, presionaba su herida.
-¿Problemas? -preguntaba Odd.
-¿Dos contra uno? -el dolor era intenso, pero podría soportarlo. Sin embargo, si seguía desangrándose de esa manera estaría jodido-. ¿No es eso algo propio de matones? -optó por usar su control de humo.
Perdería algo de capacidad de combate por centrar parte de su concentración y poder en cauterizar la herida, pero eso era mejor que desangrarse hasta la muerte.
Yumi corrió hacia él y le lanzó sus abanicos. Invocó su espada y los golpeó, desviándolos. Sin embargo, la telequinesis de Yumi imperaba en estos, de modo que tuvo que luchar contra esos discos cortantes, una y otra vez, mientras que Odd aprovechaba para dispararle.
Optó por cargar su espada, y girando sobre sí mismo, soltó un tajo energético hacia todas direcciones. Ahora eran ellos dos quienes esquivaban, oportunidad que tomó para usar su superhumo e ir rápidamente tras ellos.
Pero una vez se rematerializó en su forma humana y estuvo dispuesto a atacar, escuchó un disparo. Demasiado rápido para poder hacer algo. Demasiado rápido para evitar que su tórax, y que a este disparo le siguieran varios más que perforaran gran parte de su cuerpo.
Ante la mirada incrédula de los Guardianes, William cayó de rodillas, mientras que Yumi y Odd se mostraban impasibles. A William le daba asco la mirada de Yumi. Quien quisiera que la estuviera controlando pagaría.
De pronto la persona tras él le levantó por el cuello, para incrustarle una daga en el pecho. Antes de poder perder la respiración fue lanzado hacia un árbol cercano, y pegado a este cuando una bomba, lanzada justo después de él, explotó en un una masa pegajosa.
Jérémie estaba allí.
-Así que... tú también, ¿eh?
Las palabras se le atoraban y congestionaban. Su boca derramaba sangre, los disparos de bala no mejoraban mucho el asunto. Ya estaba desgastado tras su última misión, pero esto era el colmo.
-No te quejes. Esa daga tan solo te ha atravesado la... aorta, creo -decía el felino-. Mientras no te lo arranquen no te terminarás de morir. Tienes muchas heridas -dijo Odd, como si estuviera cantando una canción de burla.
Entonces William sonrió.
-Vete a la mierda.
Jérémie elevó su brazo hasta ponerlo a la altura del estómago de William, haciendo el gesto de usar una pistola. Por momento se preguntó si estaba haciendo alguna especie de broma; hasta que juntó los dedos restantes en un puño, que impactó con velocidad y potencia su diafragma.
William vomitó una cantidad enorme de sangre, perdiendo la respiración y, por unos segundos, la conciencia. Con su puño ensangrentado, se dio la vuelta, mirando hacia los jóvenes retenidos en el piso.
-Una pulgada -dijo Odd, mientras se carcajeaba.
Aun así, la mirada que le dirigió Odd a Jérémie era extraña, pensaba William. Le miraba como si estuviera al lado de una bestia.
-No estamos haciendo nada que vosotros no haríais -dijo Yumi-, Guardianes.
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Muro de Adriano, Britania, año 150 d.C.
El Sol acababa de ponerse bajo el horizonte. Las estrellas del cielo comenzaban a llenar el cielo nocturno, y el viento arrullaba aquella noche de invierno. Hacía frío, el suelo estaba embarrado por la lluvia, y las hojas de la hierba estaba mojada, incluso algunos charcos se podían ver a lo largo del camino que discurría cerca de la colina sobre la que se alzaba el muro. Este era de roca, de unos cinco metros de alto, y separaba el mundo civilizado romano de la barbarie celta del norte. Aquel puesto de guardia, en las cercanías de la zona costera de Britania en el lado oeste, estaba comandado por el centurión Máximo Silva, un hombre ya curtido en combate pero aún relativamente joven, de 25 años. Le quedaban apenas una década para retirarse de nuevo a Roma, donde le esperarían con honores. Aunque a esas alturas dudaba poder aguantar siquiera hasta el verano.
-Será mejor que descanse, de lo contrario, el mal que le aqueja irá a más- la voz del viejo curandero de la guarnición le taladró la cabeza, que le dolía.
Estaba tumbado boca arriba en una cama, bien guarecido del frío con unas mantas de piel de oso y cabra, aunque la tos rápidamente le llegó a la garganta, haciendo que se incorporara un poco. Estaba sudando, incluso su pelo, de color negro, estaba totalmente empapado. Sus ojos, normalmente bastante activos, estaban empañados por la enfermedad. Una neumonía se lo estaba llevando, y eso era lo que más rabia le daba: él, un hombre que había sobrevivido a toda clase de heridas de guerra, acabaría muriendo por una enfermedad, como si de un pobre granjero se tratara. Era indigna muerte para un soldado, más para un oficial como él.
-Plutón me llevará pronto, Tito, es absurdo hacerle esperar más- dijo, en un hilo de voz- Trae mi arma- ordenó.
-¡Hazlo!- exclamó entonces, al ver la duda en sus ojos. El mayor asintió, y sin mediar más palabra, le acercó su espada al oficial, que apoyó en su pecho, sin quitar la funda.
Esta era de cuero bien curtido y el nombre del dueño escrito a lo largo de la misma, teniendo a un lado una cuerda para poder atarla. Ya solo en el cuarto, y únicamente iluminado por unas velas, sacó el arma de su funda. Era una gladius, una espada de hoja media, de doble filo, y con punta triangular. Tenía un mango corto coronado por una esfera en su final, aunque estaba decorado por ser su dueño un oficial con algo de oro, sin duda era una hermosa arma. Bien afilada y pulida, la había mandado reparar hacía poco, con la idea de usarla en poco tiempo, pero todo parecía indicar que no sería así. Echó un último vistazo a donde estaba: era un cuarto no demasiado grande, de unos diez metros cuadrados, con varias camas y unas ventanas, aunque al ser de noche tenían velas iluminando. Normalmente habría allí más enfermos, pero él era el único desgraciado allí, hacía semanas que no eran atacados y no había enfermos. Con un suspiro, y tosiendo, colocó el filo en la palma de su mano, se hizo un suave corte, y comenzó a murmurar, orándole a los dioses.
Antes de poder acabar, un fuerte temblor recorrió todo. El hombre se incorporó asustado e intentó huir, mientras polvo caía desde el techo y todo a su alrededor daba tumbos de lado a lado, pero no logró llegar muy lejos, pues en el suelo una gran grieta se abrió. Un fuerte olor a azufre llenó el ambiente, y de la zanja salió un denso humo negro que se metió en la boca de Máximo, que no pudo hacer nada para evitarlo, ni siquiera pudo gritar. En cuanto terminó de entrar, su cuerpo dejó de moverse, con la cabeza gacha, sin importar que todo su entorno siguiera temblando a modo de réplicas. Fue entonces que un soldado entró a la enfermería, viendo a su oficial tirado en el suelo.
Si dudarlo, lo agarró de las axilas y tiró de su cuerpo, en apariencia inerte, hasta el exterior. Lo apoyaron en el suelo, mientras el galeno lo revisaba, al mismo tiempo que todo el campamento se movilizaba para encontrar posibles daños, aunque lo máximo fue asustar a los animales, y algún que otro techo roto, pero nada que por la mañana no se pudiera arreglar. A falta de su líder, uno de los oficiales tomó el mando y comenzó a organizar a los legionarios, dando por hecho que su centurión había muerto. Para sorpresa de todos, abrió los ojos de golpe mientras le tapaban con mantas, espantando a los que estaban a su lado. Eran de un tono gris, y le rodeaba un aura negra como la noche, aunque de pronto puso una cara de dolor, llevándose las manos a la cara, y gritando de forma gutural, más propio de una bestia que de un humano.
-¡Por los dioses, galeno! ¡¿Qué le ocurre?!- gritó el oficial al mando. Este no daba crédito a lo que veía, el miedo se podía notar en sus ojos.
-¡I-idos! ¡Ahora!- esas fueron las únicas palabras que pudieron entenderle antes de que a trompicones se levantara y se pusiera a andar, en dirección a la salida.
Apartaba con violencia a los que se acercaban, lanzándolos por los aires sin siquiera tocarles, con solo mover sus manos podía hacerlo, era realmente terrible aquella situación. Se movió por el campamento, mientras todos sus hombres le observaban con miedo, con las armas preparadas para atacarle llegado el momento. El galeno permanecía cerca, observando sus movimientos, no entendía la naturaleza del mal que le aquejaba. Cuando el centurión llegó a las puertas, se desvaneció en un destello negro, casi evaporándose en el aire. Y aunque todos se pusieron a buscarle, no le podían ver por el campamento ni en sus alrededores, pues había aparecido de nuevo en un bosque cercano, a medio kilómetro de distancia, y con el dolor recorriendo todo su cuerpo. Cayó al suelo, le costaba moverse por los espasmos, y es que aquello que había salido de la tierra intentaba tomar su cuerpo por la fuerza. Se había resistido pero no sabía cuanto más podría aguantar.
-Sin duda eres un mortal fascinante- exclamó en su mente la criatura, pero Máximo sólo escupió-
¡Déjame en paz, vete!- gritó, con dificultad.
Oyó una suave risa, claramente iba a responder cuando una flecha cayó en su espalda, atravesando un poco su piel y carne. Apenas sintió dolor pues ya bastante tenía con lo que sentía por aquella criatura del Hades, pero era claro que no estaba solo, y que quienes estuvieran por allí no eran amistosos. Efectivamente, en menos de un minuto se vio rodeado de pictos.
Estos iban ataviados con sus prendas protectoras en el pecho, barriga y muslos, las caras con tinte azul, y espadas con escudos algunos, mientras que otros llevaban arcos y flechas en sus carcaj. El líder de ellos, un viejo conocido por Máximo, se le acercó con cara de diversión, en su mano llevaba un cuchillo que brillaba, se podían ver letras doradas a lo largo de su filo. Fue entonces que notó el nerviosismo en la criatura, que se revolvió dentro de él.
-¡Maldito mortal, hagamos un trato! Yo te daré mi poder y acaba con estas ratas- Máximo no entendía por qué decía eso o qué pasaba, pero era su oportunidad. Probablemente no volvería a tener esa oportunidad.
Asintió entonces, y de pronto el dolor cesó. Se sintió inundado por una fuerza arrolladora que jamás había sentido, y vio todo moverse a cámara lenta. Los soldados pictos movían las lanzas hacia él, mientras su líder enarbolaba su cuchillo. El romano entonces movió su mano hacia la muñeca de la mano con la que su rival directo sostenía el puñal, apretando con fuerza, y provocando un grito de este. Máximo, sin pensarlo demasiado, le dio un puñetazo en el rostro, y después otro en la boca del estómago, mandándole a volar por los aires, hasta chocar contra el tronco de un árbol.
-¿Qué es esta fuerza?- se preguntó el hombre, y pudo oír la voz de esa criatura en su mente de nuevo- Mi poder, muchacho. Espero que sea de tu agrado- comentó.
Máximo sonrió por eso, momento en el que todo volvió a moverse a una velocidad normal. Sobre él se abalanzaron los pictos, pero podía esquivar sus envites con facilidad. Uno de ellos, sin embargo, logró, y por la espalda pues le había rodeado, atravesarle con una lanza. Lo normal hubiera sido que hubiera muerto al instante, escupiendo sangre, pero lejos de eso, Máximo tomó la punta del arma, que salía desde su tripa, y tiró con fuerza hasta sacarla, cubierta de su sangre. La herida en seguida se cerró, y hubo silencio entonces. Sin más, los pictos huyeron de allí a toda prisa, incluido su jefe, que tenía en la mirada el miedo más absoluto.
-¿Qué eres?- preguntó, en voz alta, el romano. Tardó unos pocos segundos en responder- Es más fácil mostrártelo- la cabeza de Máximo se llenó de imágenes entonces.
Podía ver una llanura iluminada por lava, con el cielo rojizo y un fuerte olor a azufre inundó su nariz. Por todos lados oía gritos de agonía y dolor, los llantos de los condenados a aquel mundo horrible, pero que para aquella entidad le era extraordinariamente familiar, casi se sentía en casa. Una palabra le llegó a la mente: Infierno. Fijándose mejor, podía ver seres oscuros, como aquel que vivía en su cuerpo, pero sus tonalidades eran diferentes: negras, rosadas, rojas… Desde luego había variedad.
-Eres un siervo de Plutón, ¿verdad?- le preguntó Máximo entonces, a lo que la criatura negó- Soy un demonio, lo que has visto es el Infierno- ante él, entonces, apareció una esfera de humo gris, que reconoció como el ser que había intentado gobernarle.
-Eres interesante… has logrado evitar que te controle, e incluso has podido usar mis poderes, aunque sea una mínima parte. Tienes potencial, y muchos deseos de poder…- hizo entonces un gorjeo de lo que parecía satisfacción, parecía encantado con esa situación.
Aparecieron más imágenes. Pudo ver un lugar que no reconocía: el aire era purpura, dos esferas brillantes iluminaban aquel lugar, y había montañas gigantescas al fondo. Pero lo importante es lo que pasaba en el valle cercano, pues su vista cambió a ese punto. Una gran batalla se daba allí, pero no usaban espadas, lanzas, o escudos. Tampoco había caballos o soldados con armaduras de acero. Usaban tubos con un mango del que emanaban rayos de luz, usaban protecciones integrales que incluso les permitían volar, y los soldados que luchaban no eran humanos: eran grandes, de piel blanca pero con largos brazos y piernas, rostros achatados y ojos negruzcos, sin orejas y con dos orificios a modo de nariz. Tenían dientes planos y pese a su gran tamaño se movían con la agilidad de los mejores soldados posibles.
-¿Qu-qué es esto?- Máximo no entendía nada, a lo que el demonio rio- Este es mi mundo, mi pueblo. Vengo de otro lugar, lejos, muy lejos del tuyo, con una tecnología que superará a la vuestra durante miles de años- explicó.
Máximo, pese a la explicación, no entendía demasiado. Vio entonces como una de esas criaturas acababa en el suelo, con un gran agujero en el pecho, del que brotaba un líquido rosáceo, supuso que debía ser la sangre de aquel ser- Aquí morí, hace millones de años, en el suelo de un mundo que ya ni existe, y en el seno de una sociedad que se extinguió hace mucho, y mi energía fue directa al Infierno-
-Allí, fui torturado hasta que me convertí en esto. Te alegrará saber que también estoy en la parte alta de la jerarquía del Infierno- a eso Máximo asintió, en esa dualidad era positivo que los dos tuvieran alto rango.
Volvieron entonces a ver el bosque en el que acababan de luchar, claramente la explicación había acabado. Ahora lo importante era qué iba a pasar a partir de ahora. La crisis había terminado, no estaban en peligro, y se encontraban a solas. El demonio podría intentar dominarle de nuevo, pero no parecía con esa intención, pues estaba extrañamente tranquilo. Como si quisiera permanecer donde estaba, y Máximo no sabía muy bien qué pensar sobre todo aquello.
-¿Por qué no me acabas de dominar?- preguntó. El demonio sabía perfectamente que esa pregunta vendría tarde o temprano, así que la respondió.
-Tu no me puedes dominar, ni yo a ti. Y sé que no puedo salir de aquí, tú no lo permitirías. No sé por qué, no sé qué tienes de especial, pero así es. Tu fuerza de voluntad es tan intensa que has logrado detener a la mía, y a la inversa también. Así que mejor llevarse bien, ¿no crees?- preguntó.
Máximo asintió, lentamente. Observó sus manos, podía ver la ligera aura de poder del demonio.
-¿Qué me pasará cuando me envejezca?- preguntó. Se dio cuenta entonces que ya no sentía tanto calor como antes. Ya no tenía fiebre ni sudaba como hasta hace unos minutos.
-No me gusta adelantar los acontecimientos. Por ahora mejor aprender a usar el poder que te he dado- comentó el otro.
Asintiendo, decidió volver al campamento. Seguramente le estuvieran buscando y preguntándose qué había pasado. Anduvo en dirección a la muralla, en la que podía ver fácilmente a arqueros y lanceros yendo de acá para allá, parecían realmente nerviosos. En cuanto le vieron le apuntaron, así que pegó un grito para que no le dispararan flecha alguna, o que le lanzaran rocas o lanzas. Cruzó la puerta de entrada con determinación, y comprobó que todos le miraban ya estando dentro, claramente querían respuestas. Tendría que dar explicaciones, eso no le agradaba del todo, pero se lo debía a sus hombres, le eran leales y no habían huido presa del miedo por sus recién obtenidos poderes. También pensó en acabar con todos ellos y tomar el poder en Roma, tenía un fuerte deseo de hacer eso, pero no se dejó dominar por esos pensamientos. Las ansias de sangre no eran buenas consejeras, así que decidió dejarlas a un lado en su mente, justo cuando entraba a su campamento por la puerta principal.
-¿Qu-qué le sucedió?- preguntó uno de los suboficiales. Máximo suspiró un poco.
-Un ser del Hades… intentó controlarme, no sé cómo se lo impedí a decir verdad, pero lo hice.
Ahora soy yo el que lo controla- el silencio se instaló entonces.
Pudo notar su miedo, era evidente en su mirada- Hasta hace nada estabas enfermo, y ahora…
¿Cómo podemos saber que lo que nos dices es verdad?- preguntó otro de los suboficiales.
A un gesto de su mano, fue rodeado por varios legionarios, que le tiraron al suelo y colocaron cadenas en torno a su cuerpo, intentando impedir que se moviera. Máximo, sintiéndose herido en su orgullo, les comenzó a gritar e hizo fuerza con sus brazos, intentando romperlas, aunque antes de lograr nada le habían puesto boca abajo contra el suelo.
-¡Os arrepentiréis de esto, bastardos!- chilló, con los ojos encendidos, brillando incluso un poco.
Gritó cuando sintió que varios aceros se hundían en su cuerpo, provocando serias heridas, de las que comenzó a salir sangre, que manchó el suelo alrededor del centurión, que no paraba de gritar. Antes, cuando fue atacado por los pictos, no sintió tal dolor, pero ahora por alguna razón sí. Razonó entonces que no estaba usando sus poderes, así que decidió hacer eso mismo. Se rodeó de su energía, que brilló emanando de su piel, y hubo un fuerte destello. Cuando este se dispersó, se vio rodeado por sus antiguos subordinados, que se tapaban la cara y ponían muecas de dolor.
Aprovechando esa situación, tomó su arma, y comenzó a atacar a sus desprevenidos soldados, hundiendo su hoja en sus cuellos, matándolos en el acto, al menos los que estaban cerca, pues los demás, fuera de su alcance, también atacaron rápidamente, recuperados antes que los que más cerca estaban de la ceguera temporal.
Rodeado de su energía, Máximo se movió a gran velocidad entre ellos, atravesando los pechos de sus excompañeros, y aunque usaba su gladius para ello, esta se acabó rompiendo al intentar pasar a través de la armadura de su tercer y último suboficial. Sin más, y ante el estupor de este, el centurión le tomó del cuello, levantándolo del suelo, al mismo tiempo que apretaba con intensidad. Le miró a los ojos con odio, y procedió a romperle las vértebras, que crujieron bajo su agarre. Pudo ver como los que quedaban vacilaban, aunque al momento de él moverse hacia ellos comenzaron a huir.
-Cobardes…- murmuró, rodeado de su energía. Extendió sus brazos, y de los mismos emanaron esferas de luz a toda velocidad, que en un parpadeo llegaron a sus objetivos, destruyendo sus cuerpos a tal nivel que parecían acabar de ser devorados por alguna bestia.
Una vez más, el silencio pesado se dejó caer en el campamento. Solo era roto por la pesada respiración del centurión, que se miró las manos entonces, en una mezcla de estupor y una sensación de alivio que no había tenido en mucho tiempo. Comprendió que esa era su nueva naturaleza: la de una bestia, un ser oscuro con sed de sangre, al menos cuando se enfurecía, por lo que tendría que controlar la ira llegado el momento.
-¿Es este todo tu poder?- preguntó al aire Máximo entonces. Recibió la respuesta en unos pocos segundos- Aún te queda mucho por aprender. Te enseñaré a gobernar tu nuevo poder, a usar la ira como medio-
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Época presente
Beatrice andaba por el patio de la casa con inquietud. Frente a ella, la infinidad del espacio vacío que formaba casi la totalidad de aquella dimensión, solo rota precisamente por el edificio en el que ella ahora vivía, y en el que seguramente tendría que estar los próximos meses. Se acarició la incipiente tripa, pensativa, preguntándose donde estaban todos. Hacía horas que se habían ido, aún no volvían, y sabía que tenían un lío gordo entre manos. No conocía los detalles, pero sabía que algo pasaba, y un hormigueo en su espalda le indicaba que seguramente no fuera nada bueno.
Sintiéndose como un león enjaulado, había optado por salir al jardín, donde al menos podría estirar las piernas y andar un poco, pero sin alejarse demasiado, no deseaba perderse. No hacía calor allí, pero que ella supiera no había nada más allí, así que de perderse podría acabar todo bastante mal. Pensando en ello estaba cuando apareció por allí Seriel.
-Hola- saludó la chica, girando el rostro. El ángel se le acercó, llevaba unas bolsas de comida en sus manos.
-Pensé que tendrías hambre- comentó, tendiéndole una de ellas. La aludida asintió un poco, y ayudó al otro al llevar los alimentos hacia la casa.
-¿Los… ángeles coméis?- preguntó ella. Poco a poco toda aquella situación le era más normal, aunque tenía aún mucho que procesar, pero al menos así lo hacía a pasos agigantados.
Seriel la miró durante unos segundos antes de responder- No lo necesitamos. Nuestra energía basta para alimentar el cuerpo que hospedamos. El de esta joven, por ejemplo, no ha tenido esa necesidad en meses. No mientras lo ocupe yo- explicó.
Era verdad, de no saberlo Beatrice pensaría que hablaba con una chica a mediados de la veintena en vez de con un ángel. Suponía que algo similar pasaría con otras criaturas, aunque no se atrevió a preguntar de nuevo. Intuyendo aquello, Seriel siguió hablando.
-Otros seres sobrenaturales tampoco necesitan comer, pero los Guardianes lo necesitan, por ejemplo. Pueden estar sin comer o beber, pero estarían en una peor condición que de encontrarse bien nutridos- explicó.
Ella escuchaba atentamente- Los monstruos en ese sentido son como los seres humanos, también pueden morir de inanición, incluso más rápido que un ser humano por su mayor fuerza y resistencia, que requiere de más energía para mantenerse. Si pudieran usar su poder interno, en cambio, sí podría sobrevivir, tal y como hacen los Guardianes- terminó.
-¿Mí… bebé será igual?- preguntó ella, a lo que el otro e hundió de hombros- Lo más probable es que sí. Pese a ser tan joven aún, puedo notar su fuerza. No me extraña que quieran tenerle de su lado, los demonios- comentó.
-Ella tiene un destino incierto… me da pena por ella. Nacerá en un ambiente de guerra, tendrá que luchar… no sé si quiero eso para mi hija, la verdad. Lo veo injusto- Seriel la observó.
-No es algo en lo que podamos decidir ahora. Seguramente sea ella la que eventualmente elija, lo único que podemos hacer es aconsejarla para que no se pierda- razonó el ángel, a lo que la chica asintió.
-¿Me ayudaréis?- preguntó ella, y el ángel asintió- Es nuestro deber. Todo esto… no debería estar ocurriendo-
Ella suspiró. Durante la conversación, habían entrado a la casa, y ya estaban en la cocina. Dejaron las bolsas en la mesa, y el ser celestial no supo entonces muy bien como seguir. Sabía que los humanos tenían medios para conservar la comida, pero no cómo usarlos. Al ver eso, ella le fue indicando donde guardar las cosas. Había traído carne y verdura, pero nada procesado, seguramente por no saber si se podía comer o no. El ángel conocía bien la naturaleza y todos sus procesos, pero las tecnologías creadas por los seres humanos le eran en cierta medida desconocidas. No sabía como usar un móvil, por ejemplo, algo muy común a día de hoy pero que no existía en su mundo.
Además, no los necesitaba, así que no suponía tanto problema en la realidad.
Ya colocado todo en la nevera, ella cayó en la cuenta de cómo había pagado aquello, así que le preguntó. Seriel le comentó que Jamily le había dado algo de dinero para ello, y le había explicado cómo hacerlo. Le había dicho a qué tipo de sitios ir, cómo pagar, qué comprar… todo lo relacionado con eso. Ya que iba a vivir allí, le dijo, tenía que colaborar, así que iría a comprar todo lo necesario. Y aunque ellos podían crear en cierta medida su propia comida, usando los poderes de Odd y Yumi sobre todo, no era suficiente para dar de comer a todos, así que preferían ir a comprar, usando los tesoros que la hechicera tenía en su haber, así como parte del dinero de Asmeya, que seguía en Asmara con sus deberes como reina. Cada vez esos asuntos consumían más de su tiempo, y por tanto tenía menos para los Guardianes. Al menos dormía allí por las noches y se reunía con los demás cada vez que podía, aunque puede que esa noche solo cenaran allí unos pocos, si todo seguía igual.
En ello pensaba ella cuando sintió la energía de su alter ego. Arion, el alma del antiguo Guardián de la oscuridad, se hizo presente entonces, aunque en realidad siempre estaba ahí. Eran un solo ser, aunque ella podía hablar directamente con su energía, cosa que suponía era algo exclusivo de su persona, pues no conocía a nadie más, ni siquiera en los Guardianes, que pudieran hacer algo así o que contaran con tal grado de conexión. Se despidió de Seriel, y fue hacia el salón, donde se sentó en el sofá, y cerró los ojos entonces.
-Estas nerviosa….- comentó, a lo que ella asintió. Cuando abrió los ojos, pudo verle en frente de ella, cómodamente sentado en el otro extremo del sofá.
-Sí. Espero que los Guardianes estén bien, la verdad… Si ellos caen, no quiero ni pensar qué será de la humanidad- comentó.
-Yo no me preocuparía, a decir verdad… Ellos se saben defender. Lo que sí puede ser malo son las consecuencias de lo que ha pasado horas antes. Eso sí que puede torcerlo todo- explicó.
-¿A qué te refieres?- preguntó ella, a lo que Arión suspiró un poco.
-Han cambiado una vez más un universo entero, eso no es algo bueno. Cambiarlo demasiadas veces seguidas puede llevar a desestabilidad, más con la energía en el estado actual en el que está- respondió.
Ella asintió, tenía sentido- ¿Crees… que podré salir de aquí algún día?- preguntó.
La idea de vivir allí encerrada, aunque fuera una dimensión tan en apariencia perfecta y segura, le daba pánico. Sí, allí estaba a salvo tanto ella como su futura hija, pero, ¿valía la pena perder su libertad a cambio de ese grado de seguridad? Ahora era evidente que era lo mejor, pero, ¿y después de que todo eso pasara, qué? Ella daba por hecho que la dejarían seguir con su vida, pero, ¿y si no era así?
-Por supuesto. Ellos no quieren encerrarte. Si así fuera, no te podrías mover libremente. Una vez que todo pase, seguro que podrás volver a tu vida normal, querida- Beatrice contempló entonces el rostro de Arión.
Seguía siéndole curioso que él fuera como ella en todos los aspectos. Pensándolo era lógico, dado que ella era una reencarnación suya, la misma persona. Con esa idea en mente, no llegó a notar como él la abrazaba, aunque era más uno energético que real. Tras eso, cerró los ojos de nuevo, y se vio sola una vez más. Suspiró, y se acarició el vientre, pensativa.
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Las preocupaciones de Beatrice no estaban injustificadas. Apresado y con un arma instalada en su pecho, William sentía que desfallecía, pero se negó a rendir.
-¿Por qué? -necesitaba saberlo-. ¿Por qué estáis así?
-Bueno... -dijo Yumi-. Ya sabes lo que dicen de la curiosidad, ¿no?
William abrió con fuerza sus ojos.
-Jamily.
Yumi sonrió, aprobatoriamente.
-Lilith también -dijo Odd-. Es más, imagínate las caras de los Guardianes intentando retenernos para al final ser vapuleados -fue entonces que se carcajeó.
-Así que... ellos no han podido...
-¿Librarnos? -preguntó Odd, con sorna, mientras tomaba su cabello para luego tirar de él y alzar su cabeza. Buscaba el mayor dolor posible-. ¿Es que acaso hay que librarnos de algo?
William apretó los dientes. Se suponía que estaba entrenado para todo esto y más. ¿Cómo podía fallar de esa manera? Sabía lo que iba a pasar, y no podía dejar que sucediera.
Sin embargo...
-¡Dejadlo en paz!
Tras Yumi, una sombra, cuyos puños emitían un brillo verde, se preparaba para impactarle. La japonesa fue rápida al darse cuenta de ello, de modo que se dio media vuelta, enroscando sus propios brazos entorno a los de su atacante. Así pudo ver quien era: Sissi. Le propinó un cabezazo a Yumi, que se retiró unos pasos, tapándose su nariz por el sangrado, y antes de que ninguno de los otros dos le agarraran, Yumi velozmente la tomó desde atrás, pasando sus brazos por debajo de los de la otra, haciendo presión contra su propio cuerpo, la inmovilizó.
Sissi frunció el ceño al ver como se disponían a cortar su garganta con un cuchillo, estaba claro que estos no eran sus compañeros de siempre. Portaba un traje de tonalidades verdes, rosas y negras, manteniendo su pelo recogido.
-Error Yumi.
Sissi dio un nuevo cabezazo contra Yumi, zafándose rápidamente, y sacando un par de macanas negras. Con su telequinesis, Yumi atrajo su jabalina, y se preparó para el ataque de la francesa. Tenía suerte de que el tabique nasal no se le hubiese roto, sin embargo expulsaba sangre a borbotones de la nariz.
Se las haría pagar con creces.
Dándose una mirada desafiante, ambas iniciaron el combate.
Jérémie y Odd se disponían a ayudar a Yumi, pero de pronto una llamarada frenó su avance.
-¡¿Qué?!
Odd alzó la vista, y pudo ver detrás de las dos mujeres a Morgan. Esta sudaba un poco, con la mano en su dirección. A su lado, estaban los Guerreros que faltaban: Ulrich, Aelita y Patrick.
-¿Cómo coño te escapaste? -se preguntó Odd, refunfuñando entre dientes.
Sin embargo, Morgan lo había escuchado. Su traje era negro, con una especie de chaqueta con capucha, botas y protecciones varias, además de muchos cintos para guardar armas de fuego y armas blancas, como la funda para dos hachas que portaba a su espalda. Tenía algunas trazas grises, azules y negras, y las puntas de sus guantes contaban con garras de metal.
-¿Te has dado cuenta tú también, no?
Odd se teletransportó frente a Morgan, quien le esperaba ya con un par de metralletas. El felino fue lo suficientemente rápido para esquivar las balas, dando un par de mortales hacia atrás y apuntándole con sus puños.
Los disparos fueron inmediatos, y ambos marcaron distancias para tener tiros más seguros.
Aelita y Ulrich también iniciaron ofensivas. Estos portaban trajes similares a los usados en Lyoko, a diferencia de que sus trajes eran predominantemente negros, con trazas de sus colores característicos, además de otras peculiaridades, como la nijato que portaba Aelita a su espalda o los nunchakus de Ulrich.
Patrick usaba un traje oscuro, no muy distinto del de Ulrich.
Mientras los Guardianes y aquellas extrañas copias de ellos veían todo con impotencia, Jhonny sabía que le quedaba algo de poder, pero en esas condiciones no podía hacer mucho más que quedarse quieto, solo sería un estorbo y el esfuerzo de mantener a Noelia (910) en ese mundo le había debilitado lo bastante como para estar en esa situación.
Sissi bloqueaba cada golpe de la jabalina, la cual giraba Yumi con sus manos y brazos, de forma casi impredecible, al mismo tiempo que se daban rodillazos y patadas. Le llegó una estocada baja, pero con ambas macanas pudo presionar y atraer a Yumi. Era el momento perfecto para darle un golpe desde aquella posición.
Sin embargo, Yumi elevó su pierna izquierda hacia atrás, dándole un talonazo a Sissi en el rostro. Yumi apoyó sus manos en el suelo, para saltar con estas y dar una voltereta hasta posarse sobre los hombros de su rival, y dándole una patada más al rostro, para entonces dar un mortal y aterrizar en el suelo. Sissi quedó tirada en el suelo, con varios hematomas en el rostro y sangre saliendo desde su nariz y su boca.
Odd luchaba con fiereza, y Morgan le correspondía. Un baile de patadas y puñetazos se desencadenaba entre ellos, una danza brutal. Él usaba sus garras y cola para golpearla, mientras ella esquivaba los puñetazos y buscaba un hueco para atacar, y cada vez que lo encontraba, le daba un puñetazo en aquella área que dejaba al descubierto, que por la gran habilidad del otro apenas aparecía durante un segundo, por ello era capaz de darle un fuerte golpe en la boca del estómago cada vez que podía.
Yumi no le dejó descansar, lanzándole sus abanicos. Sissi rodó un poco por el suelo antes de impulsarse para volver a estar de pie. Cargó un halo de energía en sus puños, y corrió hacia Yumi, y esta la esperaba, con su jabalina lista.
Pero la super velocidad de Ulrich impidió que Sissi continuara.
-Ahora mismo céntrate en los chicos -dijo Ulrich, para luego mirar a Yumi-. Yo me encargo de ella.
-Pero... -trató de protestar-. Cuantos más mejor. Y así los detendremos.
-No estamos en nuestro mejor momento -dijo Aelita, mientras miraba a Jérémie. Ambos se retaban con la mirada-, ninguno. Cualquier segundo de más es importante para todos.
Sissi lo comprendió. Trataban de ganar aunque fuera un poco de tiempo, y en esos mismos momentos ella era mejor como médico que como guerrera. No tenía precisamente los poderes más útiles para el ataque ni era la mejor en su estilo de combate, y en aquella situación, otras personas más poderosas serían más efectivas. Y era cierto, había una chica embarazada. No podía darse el lujo de perder el tiempo en aquel momento.
La chica asintió, dirigiéndose entonces hacia los Guardianes y el Grupo.
Entonces Jérémie desapareció en una nube de humo, la cual surgió tras lanzar un objeto al suelo.
-¡Voy a por él, Aelita! -dijo Patrick, quien empezó a echar a correr-. ¡Cuidado con nuestro amigo!
Aelita asintió, dubitativamente, y Patrick desapareció entonces en el bosque. La pelirrosa entonces miró hacia Odd y luego hacia William, quien empezaba mostrar espasmos musculares.
Apretó los dientes con fuerza.
-No -masculló.
-Patético -dijo Yumi-. Esos niñatos se rien de nosotros y vosotros los defendéis.
-¡Basta! -respondió Ulrich-. Yumi, por favor, detente -suplicó-. Tu eres más fuerte que esto.
-¿Y tú qué sabes? -replicó Yumi.
En su voz se distinguía furia contenida.
-¿Cuándo has dejado tú que alguien te diga qué hacer?
-Nunca.
-¡Entonces detén esto!
Yumi rio un poco.
-No sabes nada.
Ulrich entrecerró sus ojos. Una gota de sudor resbalaba por su frente al mismo tiempo que desenfundaba sus katanas. Tragó saliva con fuerza.
Yumi cargó un pulso telequinético contra Ulrich, quien corriendo lo esquivó, llegando. Esta vez el choque era igualado entre katanas y jabalina, Yumi giraba su arma con destreza, moviéndose como una extensión más de su cuerpo, sin embargo, la habilidad del Ulrich era muy alta, evitando crearle cualquier oportunidad de ventaja para esta poder asestarle un golpe con uno de los extremos. Pero el verdadero problema para Yumi era que el alemán era demasiado veloz, usando una versión más limitada del super sprint para aumentar tanto reflejos como movimientos, siendo también muy ágil a la hora de esquivar su ataques, respondiéndole con giros y codazos, o bien rodillazos, patadas y barridos.
Sus puños estaban apretados, respiraba con fuerza, sus ojos estaban dilatados, y su sudor se mezclaba con su propia sangre. William Dunbar se retorcía, impotente.
-No... Esto... -salivaba, sin poder evitar toser; rastros de flema y sangre se entremezclaran.
-¡William! -Aelita se le había acercado, y puso sus manos en su pecho y cabeza, mientras varias líneas lumínicas aparecían bajo sus manos-. Tranquilo. Vas a salir de esta. Trata de aguantar un poco el dolor. Solo un poco.
-No... -dijo William, con voz temblorosa.
-Puedes con esto -decía Aelita, con voz suave-. Lo has hecho antes, muchas veces.
Tras el último de los golpes, Odd le dio un fuerte, desgarrando la carne de su rostro. Morgan, resoplando como un animal furioso, volvió a atacar, esa vez con una de sus hachas en la derecha y garras retráctiles en la izquierda. Desgraciada o afortunadamente (dependiendo de a quien se le preguntara) ambos poseían un factor curativo; aunque sabía que esa baza no serviría de mucho.
Precisamente en una de esas logró asestarle un golpe brutal en su costado, destrozándole la caja torácica y lanzándole a un par de metros de distancia, pero no sin que este se teletransportase lo suficientemente cerca para golpearla con su escudo recién activado y volver a transportarse directamente hacia ella y atravesarle el pecho gracias, en parte, a la energía concentrada en el guantelete y su propia fuerza.
Así mismo, disparó hasta siete veces a su estómago. La chica se retorcía y vomitaba su propia sangre.
Yumi soltó una vez más sus abanicos, y usando su telequinesis estos comenzaron a comprometer su defensa.
Perfecto. Ahora no solo tenía que bloquear la jabalina.
-¡Triangular!
Alrededor de Yumi, Ulrich y dos copias más de este la rodearon corriendo en una forma diametral de triángulo equilátero. Yumi se concentró, e imbuyó en su jabalina un potente pulso telequinético, de modo que lo clavó profundamente en el suelo, destruyendo el terreno bajo ella, y expulsando de su radio a todos los Ulrich.
Una vez se despejó el polvo, vio un brillo amarillento dirigiéndose hacia ella. Usando su super sprint, Ulrich corría hacia ella. Yumi sacó entonces un par de sai mientras dirigía con su poder sus abanicos contra él. Entonces Ulrich saltó, impulsado por su velocidad, y con el brillo azul de en sus espadas, interceptó a ambos abanicos insertando cada katana en uno de estos, y girando sobre sí mismo, los redirigió contra ella, de forma que no le quedó de otra que dar varias volteretas hacia atrás impulsándose con manos y pies, hasta poder marcar más distancias.
Usó la telequinesis para volver a controlarlos, y dirigirlos contra Ulrich, quien aún seguía cayendo. Pero tras este, apareció otro, quien se impulsó desde sus hombros (haciéndolo desaparecer en un destello amarillo), quien cargaba en su mano derecha un campo de fuerza de velocidad comprimida, el cual lanzó hacia ella. Ella fue lo suficientemente rápida para cargar un pulso telequinético.
Sin embargo, recibió un impacto directo por su costado izquierdo con fuerza de velocidad, siendo empujada hacia varios metros, pero pudiendo dar una vuelta para aterrizar en cuclillas. Su instinto entonces, ya en completa alerta, le hizo esquivar el golpe de uno de los nunchakus de Ulrich, aunque este preparaba en la inercia una patada alta. Yumi se inclinó hacia atrás al máximo que pudo, apoyándose entonces con las manos en suelo, y abriendo sus piernas en una serie de patadas giratorias. Una de estas impactó con su mentón, haciéndolo desaparecer en un destello.
-Putos clones -se quejó la japonesa.
-Escoria -dijo Odd, ahogándola y clavando sus zarpas en la garganta de la chica.
Morgan trataba de quitárselo de encima, pero se sentía débil, mucho más que de costumbre.
-De por sí no estás en forma... -el felino se reía-. ¿Horas combatiendo a la muerte y luego esto? ¿O ha sido el Reinicio? -Morgan parecía que trataba de decir algo, así que apretó el agarre de su garganta-. Bueno... Igual me da por matarte.
Yumi se incorporó justo a tiempo para recibir a Ulrich, quien corría hacia ella. Cuando lo tuvo a su alcance, usó su poder para sacar un pequeño cuchillo que guardaba, haciendo que este frenara unos segundos mientras evitaba que este cuchillo le atravesara el cuello, oportunidad que tomó Yumi para darle un barrido con su pierna y derribarle, y entonces apuñalarle ambos muslos con sus sai.
Ulrich tuvo suerte de que la adrenalina de la batalla le diera las fuerzas suficientes para apenas notar el dolor, aprovechando para apoyar sus manos en el suelo sobre sus hombros, levantando sus piernas e impactándoselas en el estómago, alejándola y pudiendo impulsarse con sus manos para también alejarse. Aunque Yumi atrajo los sai, sacándolos de las piernas de Ulrich, quien cayó de rodillas, debido al brusco aumento de dolor.
Los ojos de William empezaron a tornarse amarillentos, y una sustancia negra, humeante, comenzaba a cubrir su mitad izquierda, mientras sus alaridos de dolor comenzaban a transformarse en gruñidos.
-Eres fuerte, William. .
Aelita sabía que no le quedaba mucho tiempo antes de que todo se fuera al traste.
-Estómago caliente y cabeza fría -le insuflaba más de su poder-. Estómago caliente y cabeza fría -no debía rendirse, o lo pagarían los chicos-. Estómago caliente y cabeza fría, estómago caliente y cabeza fría, estómago caliente y cabeza fría...
Aquella sustancia comenzaba a tomar forma, empezando a mostrar ciertos destellos reductos humeantes morados y rojizos.
La femoral, pensó Ulrich, mientras comenzaba a notar un entumecimiento en sus piernas.
-Quien debería detenerse eres tú -dijo Yumi, con soberbia-. Si no cierras esas heridas...
-No me importa -dijo Ulrich, ignorando el dolor para luego levantarse-. Yumi, no estás bien -Ulrich extendió su mano-. Déjame ayudarte, por favor.
-Siempre dándotelas de héroe -Ulrich le devolvió la sonrisa-. ¿Pero sabes lo que de verdad eres? Una completa decepción. Así que no pretendas hacer algo que no puedes.
Ulrich cerró sus ojos y respiró hondo. Sus piernas estaban un tanto dobladas, y se apoyaba con sus manos en sus muslos, sobre las heridas
-Parece que no entiendes lo jodido que estas -dijo Yumi.
Ulrich sonrió.
-Parece que no me conoces.
Apartó sus manos de los muslos, para hacerlas vibrar a velocidad, y una vez estuvo preparado, volvió a situar sus manos sobre las heridas, desprendiéndose un leve brillo amarillento. Ulrich apretó su mandíbula, en ningún momento gimió de dolor. No tardó mucho en volver a apartar las manos, dejando a la vista heridas cicatrizadas, pero humeantes.
Ulrich tomó sus nunchakus y miró fijamente a la japonesa.
-¿Bailamos?
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Ciudad de Roma, año 409.
El fuego lo cubría todo, el humo inundaba el ambiente, y el olor a carne quemada se esparcía por todo el lado derecho de la rivera del río Tíber, estando la izquierda bastante destruida. El fuego se extendía lento pero con paso firme a lo largo de la ciudad, aunque se trataba de detener por parte de la población civil, que si bien había intentado huir ante el ataque visigodo de los últimos días, al final pequeños grupos se habían quedado para intentar proteger los pocos lugares que quedaban sin arder, y arreglar aquellos que habían sido tomados por el fuego.
Máximo recorría las calles, en silencio, con su armadura de centurión puesta y ensangrentada, la espada en la mano también goteando la sangre de sus enemigos, y una cara de estar disfrutando la matanza bastante peligrosa si uno se paraba a mirarle. Ya había perdido la cuenta de cuantos enemigos había acabado pasando a cuchillo, pero le daba igual, solo quería seguir y seguir. Esos baños de sangre… le daban la vida. Le sacaban del estado somnoliento en el que normalmente estaba. Durante años podía estar como un humano normal, con especial fuerza y resistencia, pero normal en cuanto a comportamiento. Pero a la mínima oportunidad de violencia, la sangre que recorría su cuerpo le hacía violento, hervía su cólera, y le movía a atacar a todo lo que se moviera o respirara, sin dejar títere con cabeza, y a duras penas diferenciando entre aliados o enemigos. Su único aliado era él, y la criatura que en él vivía. Desde que le había enseñado había permanecido dormido en su subconsciente, como si estuviera tomándose una siesta bastante larga, dejándole usar todos sus poderes. Sabía de alguna manera que no era todo lo que podía hacer, pero se conformaba con ello.
Mientras deambulaba, pudo ver desde lejos como un grupo de personas se internaba en una casa. Se ocultó tras los restos de una casa que había caído por las llamas, y pudo oír desde allí como una mujer gritaba. Con una sonrisa sádica, se rodeó de su energía, y corrió a toda velocidad hacia el edificio. Las llamas le rodeaban, pero a él le daba igual, ni sentía el calor ni el humo que entraba en sus pulmones, aunque tampoco notaba el frío de la lluvia, o las inclemencias de una tormenta eléctrica. Rápidamente fue capaz de subir por las escaleras, y vio a varios invasores rodeando a una sacerdotisa de Minerva. Se las diferenciaba por sus prendas, que eran propias de ellas, así como de un tatuaje que tenían en el antebrazo.
Se dirigió rápidamente hacia ellos, dispuestos a empalarlos con su espada y por la espalda, pero una intensa luz blanca le obligó a protegerse los ojos. Gruñó algo pues esa luz le hizo algo de daño, cosa que no había sentido desde que había sido cambiado, a mucho mejor, por aquella criatura. Pese a todo el tiempo pasado aún no conocía su nombre, tal vez jamás lo supiera, pero al menos ya sabía que se trataba de un demonio de alto rango. Esos pensamientos fueron cortados por una fuerte voz.
-¿Cómo has podido sobrevivir a mi luz?- se trataba de una voz femenina. Cuando pudo abrir los ojos, un minuto después, ya pasado el exceso de luz, se vio en un hueco con su forma en la pared, claramente una fuerte corriente le había lanzado contra la misma.
Ante él, una se alzaba imponente, mientras una segunda huía despavorida por un lateral, parecía aterrada. Llevaba una armadura de oficial romano brillante, una gladius en la mano, en los hombros unas pieles de cordero, y un casco con cresta en su cabeza. Pese a los años, la reconoció en seguida como la diosa Minerva, y debía reconocer que era realmente imponente: pelo negro, ojos castaños, piel clara y labios finos, su cuerpo estaba esculpido por la actividad física, aunque no le tenía nada que envidiar a diosas más femeninas. Ella, como intuyendo lo que pensaba, sonrió de medio lado.
-¿Te pasa algo, soldado?- preguntó ella, mientras andaba- Roma está cayendo, no podía quedarme de brazos cruzados en el Olimpo mientras todo se arruinaba. Ya mi hogar natal, Atenas, lo ha perdido todo… No pienso dejar caer este- afirmó, apretando con fuerza el mango de su arma.
Él la observó en silencio. Era una mujer sin duda increíble, digna de una divinidad. Obediente, toda sed de sangre desapareció de su cuerpo, y su lado romano, fiel a sus dioses, tomó su raciocinio una vez más.
A partir de ahí, y durante horas, diosa y romano lucharon codo con codo contra el enemigo. Aunque pudiera parecer que en conjunto nada les podría parar, ella no podía usar todo su poder o su padre, Júpiter, jamás le perdonaría semejante intervención con los humanos, por ello ni Marte se había atrevido a hacer nada. Por su parte, ahora que había controlado su deseo de destrucción, Máximo tampoco tenia todo su poder a su disposición, aún no había aprendido a usarlo estando en un estado de calma. Pese a ello, grupo que encontraban de bárbaros, grupo que acababa derrotado por aquel dúo que no estaba preparado, pero que sin duda trabajaba bastante bien. Durante ese rato, ella le había estado analizando con la mirada. Estaba claro que no era un humano normal, no podía serlo por haber soportado un ataque de ella. En cuanto miró en su alma vio que tenía a un ser oscuro en ella, uno que le recordaba a las criaturas del infierno que tanto le gustaban a su prima Proserpina, pero más fuerte. Mucho más fuerte. Le había oído hablar de esos seres a su padre y tíos, y al parecer eran muy poderosos, pero tenían un punto débil, aunque no llegó a descubrir cual era antes de que ellos la descubrieran espiándoles. Pensando en ello suspiró un poco, tendría que preguntárselo más tarde, ya cuando la ciudad estuviera en una mejor situación. Tenían mucho trabajo por delante.
-A nuestro mundo le queda muy poco, mi señora…- comentó él, sentándose. Estaba empapado con sangre y sudor, aunque ella dudaba que fuera propia.
-Puede. El Imperio ha sido demasiado bucólico, demasiada fiesta, vino, corrupción… Desde Nerón no ha vuelto a alzar el rostro, ya solo quedan los cimientos. Pero es mi deber defenderla- respondió.
Él la miró. La luz del amanecer, que ya se avistaba desde una muralla, la hacían ver especialmente bella. Al contrario que él, ella se encontraba impoluta, como si acabara de despertar.
Ella le observó- Tú también tienes poder, por cierto. No creas que no me he fijado- se colocó a su lado. Desde donde estaban, en lo alto de un edificio, se podía ver a gente ya trabajando para reconstruir lo destruido, aunque las palabras de ella no iban en absoluto desencaminadas.
Ellos no lo sabían aún, pero a la parte occidental del Imperio le quedaban poco más de 60 años de vida. Él miró a la mujer entonces, y se rascó algo el brazo, suspirando.
-Así es. Soy un demonio- sus ojos brillaron entonces un poco. Se volvieron enteramente grises, pero ella no parecía especialmente impresionada.
-Lo sabía…- comentó ella, poniendo una sonrisa victoriosa, a lo que él la miró con interés- Siendo una diosa debería eliminarte de la faz de la tierra- siguió ella, entonces.
Máximo se levantó entonces rápidamente, arma en mano, pero ella le pidió calma con un gesto de la mano- Pero, dado que me has ayudado… lo pasaré por alto. Soy una deidad de palabra, ahora te debo un favor. No tenías por qué y me ayudaste, cosa que agradezca- ella le tendió la mano.
Él tomó su antebrazo a modo de saludo, asintiendo, con una ligera sonrisa- Si en alguna ocasión necesitas el poder de un dios, llámame. Sabré corresponder- antes de que pudiera decir nada, ella desapareció en un destello de luz.
Máximo se protegió los ojos con el antebrazo para evitar cegarse. Cuando lo retiró, ella ya no estaba, había desaparecido. Se fijo entonces en que, por el este, comenzaban a despuntar los primeros rayos de sol de un nuevo día.
Reino de España, año 1512, actual territorio de México.
La brisa del mar acariciaba la costa, levantaba un poco de la arena de la playa, y mecía los árboles de la densa jungla mientras recorría la superficie de aquel paradisiaco lugar. Máximo tenía los pies enterrados en la arena, e inspiraba con fuerza, llenando sus pulmones de aire, para después exhalar poco a poco, con los ojos cerrados, centrándose. Había llegado allí en la expedición de Cortés en cuanto las noticias de un nuevo mundo llegaron a sus oídos, y desde entonces había estado allí, viviendo lejos de la humanidad.
En esa situación de tranquilidad era feliz, no deseaba más que esa paz fuera eterna. Los baños de sangre habían quedado atrás, ya no deseaba eso, no al menos en un futuro cercano. Y la razón para ese gran cambio estaba en una cabaña cercana a la playa. Esta era de madera, construida por él mismo con unos tablones de madera de uno de los barcos encallados con los que habían viajado hasta allí, y aunque había ido allí con las expediciones españolas, él se había quedado al margen, al menos temporalmente. Pudo oír los maullidos de un gato, y lo vio saltar desde la ventana, persiguiendo a un ratón entre la maleza. Máximo se le acercó con una ligera sonrisa, y le observó morder el diminuto cuerpo del roedor, llenando su boca rápidamente de sangre. Acarició su lomo negro tranquilo, mientras le dejaba comer su presa, comprobó que tenía sus ojos cerrados, disfrutando el manjar.
Se lo había encontrado unos años antes, y por alguna razón le había seguido desde el instante de verle, y eso que le echó varias veces de donde vivía. Pero ese felino obstinado se había empeñado en estar con él, y al final le permitió estar con él, aunque con el tiempo le cogió cariño y lo adoptó. Le daba comida y cuidaba, y se lo había llevado al nuevo mundo con él. Pensando en ello se sentó a su lado, y suspiró un poco. El demonio que habitaba su cuerpo no estaba nada de acuerdo con aquello, pero a él le daba igual, no estaba al mando, el que mandaba era él, y quería eso. Algo muy grave debía pasar para que volviera a la senda de la destrucción en la que había vivido desde que aquella criatura entrara en su cuerpo, estaba dispuesto a no volver a ello.
-Te estás volviendo débil, Máximo… ¿Dónde está ese espíritu guerrero indomable?- esas palabras resonaron de pronto en su mente.
El aludido gruñó molesto, poniendo mala cara- Sigo siendo un soldado, te lo puedo demostrar cuando quieras- se rodeó entonces de su energía.
El demonio chasqueó la lengua. Estaba muy frustrado y cabreado, desde hace meses aquel tipo se había dedicado a cuidar a esa estúpida bestia, y se había alejado de los combates. Le había enseñado a usar sus poderes, a manejar su energía a su antojo, a lanzar esferas masivas de poder, a moverse a la velocidad de la luz, a usar armas energéticas… pero él había decidido criar un puto gato. Tendría que devolverle a la senda, y sabía bien cómo. Máximo, inconsciente de todo aquello, fue a cuidar de los animales que tenía, unos pocos cerdos y una cabra, que tenía en un corral aledaño a su cabaña, y a unos pocos metros, un área que había deforestado para tener plantas de cultivo que poder criar.
Aunque no necesitaba comer sí que le gustaba saborear carne y verdura habitualmente, era uno de esos placeres que gustaba conservar.
En ese pequeño paraíso no le molestaba nadie, que era lo que más valoraba, aunque esa paz no iba a ser duradera, el demonio se iba a asegurar de ello. Sin que el humano se diera cuenta, revisó el bosque cercano, y pudo localizar fácilmente una aldea indígena. Era pequeña, apenas una decena de cabañas de adobe y madera, con plantas verdes a modo de techo, y sin nada que separara el interior del exterior más que una apertura a modo de puerta. Las mujeres en esos momentos cuidaban de los niños, que jugaban correteando de lado a lado pero sin alejarse demasiado, que por comodidad ni llevaban ropa. En esos momentos varios hombres adultos, ninguno de más de metro setenta, volvían de cazar, con un par de animales atados en sus pértigas. Aprovechando entonces, el demonio se presentó ante ellos en forma de una esfera de humo, y rápidamente la aldea se puso en movimiento, rodeándolo y amenazándole con lanzas. Incluso el chamán, asustado, le lanzaba piedras y objetos en teoría mágicos, pero las esquivaba todas si dificultad. Fue entonces que se comenzó a mover de nuevo de vuelta hacia donde estaba Máximo, guiándoles hacia él.
Este no escuchó a los nativos hasta que no salieron de entre la maleza. Gruñó, ¿cómo no les había sentido venir? En cualquier caso se preparó para el ataque, pues les vio con malas intenciones y las lanzas preparadas.
Pero lejos de lanzarlas, tomaron unos tubos y comenzaron a acribillarle con pequeñas púas. Estas le dieron por todo el cuerpo, e intentó proteger al animal con su cuerpo, pero este ya hacía tiempo que había salido corriendo de allí. Cuando le buscó con la mirada, y aprovechando su aparente despiste, los otros atacaron en tropel, parecían más con miedo que otra cosa, pero igualmente lo hicieron.
Lanzaron rocas y lanzas contra él, que se incrustaron en su carne, pero no parecía estar pendiente de ellos. Estaba estático donde estaba, pero se acabó moviendo, lentamente, hacia la derecha. Desde allí podían intuir un pequeño bulto negro. Segundos después, Máximo comenzó a gritar. Y con mucha rabia. Su energía le inundó, sus ojos se volvieron grises, e incluso sus colmillos crecieron hasta ser como sables, al mismo tiempo que sus músculos se hacían más voluminosos.
Pudo oír como los nativos aullaban de pánico e intentaban huir, pero él les detuvo con un gesto de la mano, que comenzó a apretar. Eso hizo que las vísceras de todos ellos se apretaran, hasta que comenzaron a toser sangre. El demonio de su interior se regocijaba por ello, le encantaba la escena, y quiso ir a más. Le dio una idea, que a Máximo le fue muy grata. Según morían, les resucitaba y les volvía a matar, una y otra vez durante una larga hora, durante la cual, el reguero de sangre a sus pies no dejaba de aumentar, y el hedor al líquido vital inundaba el ambiente y atraía a las moscas y demás insectos, que estaban deseando dar cuenta de aquel banquete improvisado. No paró hasta que estuvo su ira satisfecho, dejando los cuerpos ahí mismo, sin parar a siquiera echarles algo de tierra encima. Para ese momento había recuperado un aspecto humano, y tenía la respiración algo agitada.
-¿fuiste tú, verdad?- preguntó el humano, a lo que el demonio se rio- ¡Dímelo!- gritó, furioso.
-Y si así fuera, ¿Qué más da? Juraste no volver a matar, y en cuanto te han atacado lo has vuelto a hacer. Eres un ser especial, Máximo… no intentes negar tu naturaleza, ahora eres un demonio también- le aseguró.
-¿A qué te refieres?- le preguntó- ¿Me has convertido?- preguntó, a lo que el otro se lo pensó unos segundos- No exactamente, pero te comportas como uno, hablas como uno, matas como uno… tu alma ya está podrida por su cercanía a la mía, y tus poderes base han aumentado. Todo marcha según lo planeado por mi- el romano se estaba enfadando.
El comportamiento extremadamente paternalista y controlador de su compañero de cuerpo le ponía de los nervios. Tenía que encontrar la manera de usar su poder, pero que no pudiera hacer nada sin que el se lo permitiera. La dualidad tenía que acabarse, tenía que ser él el que controlara todo, no que fueran dos a los mandos. Pero esa acción tomaría tiempo y tendría que hacerlo de tal forma que el otro no se diera cuenta de ello. Eso sería difícil dado que convivían juntos, y lo que uno hacía podía saberlo el otro. O eso pensaba él, pues estaba claro que esa acción que el demonio había realizado él no la había descubierto hasta que no fue tarde. Pero ya habría tiempo de lograr eso, ahora tenía otra acción más importante que hacer.
Se acercó al cuerpo inerte de su mascota, y acarició su tripa. La carne, tejido, y órganos fue desapareciendo, dejando solo los huesos. Incluso sus ojos habían desaparecido, pero fueron sustituidos por dos fuegos verdes, dando así lugar a una nueva mascota: un gato esquelético bastante siniestro y con flamas verdosas a modo de pupilas. Se comenzó a mover, ronroneando cariñoso, acariciándose con sus ropas. Se levantó entonces, se rodeó de su energía, y destruyó la vivienda en la que hasta entonces había vivido, así como toda aquella área, incluyendo los cuerpos muertos de sus enemigos y los cultivos, dejando solo arena y polvo. La selva, a unos pocos cientos de metros, se mantenía bastante intacta, pero Máximo decidió que era hora de volver a las andadas. El estado de paz en el que se había encontrado hasta entonces había desaparecido, eso le daba rabia pero dudaba poder recuperarla. Por eso, y decidido a retomar el control sobre su vida, se internó en la selva. Le daría al demonio la sangre que demandaba, y cuando estuviera tranquilo, empezaría con los estudios necesarios para ello. Estaba determinado a hacer eso, su determinación le llevaba a hacerlo.
Año 1790, Francia, afueras de París.
La Revolución había estallado. El pueblo clamaba por libertad tras la caída de la monarquía francesa, y líderes revolucionarios aparecían como las setas en el suelo húmedo de un bosque tras la llovizna. Y por supuesto, Máximo estaba gozando de esa época. Notaba la ira de los ciudadanos, su llanto por poder vivir dignamente, sin la servidumbre de hasta entonces, trabajando su propia tierra sin que nadie le robara el fruto de su trabajo con altos impuestos o autoritarismo salvaje, que nadie les reprimiera, en definitiva, ser realmente iguales. El romano había visto aquello muchas veces antes: el pueblo pide, y los políticos dan un poco de ese algo para calmar los ánimos, la gente se cabrea, toma las armas, y comienza la masacre tanto en un lado como en el otro. Y esa vez no fue la excepción. Pero si bien había participado en múltiples batallas, ya sea en el lado del gobierno o con la población, ese día estaba recluido en una biblioteca, rodeado de libros, cerca de una iglesia. El lugar santo adormecía al demonio lo suficiente para que estuviera demasiado cansado como para darse cuenta de lo que pasaba, lo que le permitía un mayor control, lo que no limitaba sus poderes, así que eran todo ventajas. A su derecha, y entre los libros, tenía varias velas encendidas, pues a pesar de ser de día, las nubes tapaban el Sol, por lo que dentro del edificio había poca luz, pese a las grandes ventanas que recorrían las paredes de la biblioteca.
-Finalmente…- murmuró, mientras una sonrisa aparecía en su rostro. Sostuvo el libro y lo observó, ya tenía preparado el procedimiento.
Este en el fondo era sencillo, pero necesitaba tenerlo todo asegurado: solo tenía una oportunidad, en cuanto comenzara el demonio se daría cuenta e intentaría detenerle, así que debía ser una sola vez y de golpe. Cerró el libro entonces, y lo dejó sobre la mesa, no era francés, sino tibetano. Al parecer fue escrito por un monje años antes, que en un viaje astral, conoció las debilidades de los habitantes del Infierno, y puso esa información por escrito, para que pudieran leerla todos. Por supuesto en cuanto las autoridades se enteraron lo quisieron recuperar, pero Máximo se lo quedó, pensó que le vendría bien esa información, y así fue. Decidido, se desplazó, acompañado por su fiel mascota, el gato Regulus, el mismo que resucitó cientos de años antes de esos sucesos. Correteaba a su alrededor alegremente, pero para evitar que la gente se asustara, cuando estaba cerca de ellos aparentaba ser un animal normal, aunque no era más que fachada.
Mientras andaba, se rodeó de su energía, concentrándose en la de otra entidad. Otra muy diferente a la suya y lejana en el espacio, pero que conocía bien. Había hablado habitualmente desde que la conocía con ella, hace siglos. Ella le había dicho que le debía un favor, y era hora de que ella se lo devolviera. Segundos después, ante él apareció un fuerte resplandor dorado, y se materializó una mujer. Tenía el pelo suelto, un vestido blanco impoluto, y varias joyas a lo largo de sus antebrazos y en el cuello.
-Me alegra verte, Minerva- saludó. Le daba en cierta medida vergüenza que ella vistiera con tanta elegancia mientras él tenía la ropa sucia y sudada, pese a cambiarla a menudo.
Ella le acompañó andando- ¿En qué puedo ayudar, mi buen Máximo?- preguntó, tomando su brazo con el suyo.
En cuanto el poder de ella le envolvió, su ropa, antes pordiosera, ahora era mucho más pulcra: una camisa de manga larga blanca, pantalón marrón claro, zapatos negros, y una elegante chaqueta de buena tela color negra. Un sombrero alado cubría su cabeza, y contaba con brazaletes a lo largo de su antebrazos y dedos, e impresionado por el cambio, la miró. La mujer se rio un poco, y respondió.
-Los dioses tenemos el poder de la creación, vosotros, los demonios, creo que no podéis hacer eso, no al menos crear materia. Pero la energía humana sí puede, si aprendes a usarlo… tendrás un gran poder- le explicó.
-Hace buena gala de su condición de diosa de la sabiduría, lady Minerva- murmuró, acercándola. Ella le miró a los ojos, y aunque deseaba muchas cosas, terminó colocando sus manos en el pecho del hombre, apartándole suavemente.
-Bien sabes mi promesa, Máximo- le recordó ella, a lo que él se rio- No decías eso la noche en la que Galileo descubrió las lunas de Júpiter, o el día en el que Newton descubrió la gravedad, mi lady- las mejillas de ella enrojecieron entonces, y pararon en medio del camino.
-Ya sabes que esos fueron deslices…- él la abrazó por detrás- ¿Deslices? No soy estúpido, querida. ¿Por qué insistes en mantener tu virtud? Hace tiempo que al resto de olímpicos le dio igual- murmuró.
Ella suspiró- Por que cuando me tengas, irás a por otra- murmuró, y el hombre la miró- No quiero eso, no quiero verte con otras. Reconozco…- pero él la cortó antes.
-¿Qué me vigilabas?- terminó él, a lo que la mujer asintió- Sabes entonces que nunca yazco con otras mujeres. U hombres- Minerva tuvo que asentir. Eso era real.
Y aún así… no podía quitarse esa idea de la cabeza. Máximo simplemente la condujo hacia el edificio hacia el que se dirigían. Acariciaba suavemente la mano de ella con su pulgar.
-Cuando logre mi objetivo… seré todo tuyo, Minerva. Lo juro. Seré tu fiel soldado, mi señora- aseguró- Sé que la Atenea de este mundo tiene a sus órdenes a un grupo de guerreros capaces de usar su energía, y al ser ella su contraparte, también de vos. Déjeme cumplir a mi ese papel- pidió. (1)
Ella le miró con sorpresa, pero sonrió entonces- Por mucho que haga, no te separarás de mí, ¿verdad?- le preguntó, a lo que el hombre asintió.
-Hoy será el gran día, además. Necesito que, si algo se descontrola, me destruyas- le dijo, y ella le miró con sorpresa- ¿Qué?-
No entendía a qué se refería. Así que Máximo tuvo que explicarle- Voy a controlar al demonio que vive en mi interior, para que solo yo pueda mandar y poder usar todo su poder- afirmó- Y para eso, necesito tu ayuda. Lo tengo todo preparado- afirmó.
Ella asintió, momento en el que él abrió las puertas de una vieja iglesia. Esta era de las pocas que habían sobrevivido al pillaje y saqueo generalizado protagonizado por los revolucionarios, aunque no había sido abierta en mucho tiempo, a juzgar por el olor a humedad y espacio cerrado que emanaba de ella. De todas formas, las velas se encendieron con su mera presencia, mostrando una iglesia normal: altos muros de piedra, vidrieras bien decoradas, un altar sencillo de madera, asientos a ambos lados de la sala, y una pila bautismal. La magia se podía notar recorriendo el sitio, no veía glifos pero sabía que los grandes santuarios estaban protegidos, y ese, al menos hasta hace poco, lo había estado.
-Este es un punto mágico, ¿verdad? Pero no está protegido, ¿eliminaste tú esas protecciones?- a eso él asintió.
-Tuve ayuda para eso, pero sí- le reconoció- Me sentaré y me atarás a la silla, ¿vale?- ella asintió, y procedió.
Una vez que estuvo sentado, ella ató las correas en el respaldo, las de los apoyabrazos, y en las patas de la silla, impidiendo así que se levantara de ninguna de las maneras. Luego, le indicó con un gesto dónde se encontraban unos tintes, y le dijo que en su piel pintara unos glifos que tenía hechos en un papel. Al ser una diosa de arte, se le daba bastante bien, y pudo pintar fácilmente en su pecho, estómago, y cuello. Ella más o menos reconocía los símbolos, eran hebreos, aunque estaba más concentrada en hacerlos bien que otra cosa. Una vez que acabó, el le pidió alejarse, y que le tirara por encima un cubo de agua que había cerca, pero se la debía tirar a las piernas. Ella se fijó en el gran círculo hecho con tiza blanca que había en suelo y techo, cosa que le sorprendió, pero suponía que era una trampa de demonios. Pensando en ello, realizó la acción, y vio como el hombre comenzaba a gritar con fuerza, mientras humo salía de su cuerpo.
Se giraba de lado a lado, gritando en idiomas que ella no entendía, y con su energía disparada, tenía incluso los ojos brillando de color gris. Llegó un momento en que todo temblaba, incluso una grieta se abrió en el suelo, los libros cayeron de donde estaban, polvo cayó por todos lados, y algunas vidrieras se rompieron.
-¡¿Cómo te atreves, mortal?! ¡Yo te lo di todo, miserable traidor! ¡Te torturaré por toda la eternidad en el infierno!- pudieron oír ese grito por toda la estancia, pero Máximo seguía en ese estado, con la piel enrojecida y las venas bastante hinchadas.
Chilló varias veces más, algunas veces de forma gutural, a veces de forma humana, pero llegado un momento, la piel de su rostro se tintó de forma autónoma: dos líneas aparecieron en sus mejillas, una a cada lado, de color rojo, su pelo negro se volvió grisáceo, y sus ojos se mantuvieron negros, pero parecían más fieros. Seguía humeando, pero cada vez menos, y su piel fue recobrando un aspecto más normal, y cerró los ojos, murmurando.
-Gracias…- ella simplemente asintió, podía notar que su mente se despejaba y su energía se iba calmando, era Máximo, sin duda. Jamás había visto un proceso semejante, la diosa estaba impresionada.
Ese hombre… era una caja de misterios, a decir verdad. Le conocía bien, habían luchado juntos a menudo, pero su fuerza de voluntad era muy intensa, a decir verdad. Ser capaz de aguantar a un demonio de alto rango como había hecho era realmente impresionante. Le ayudó a levantarse y le llevó a una silla, y fue a buscar agua. Se sentía cansado pero satisfecho, finalmente era libre del yugo de aquella criatura. Oyó unos pasos acercarse y alzó la mirada, suponiendo que se trataba de Minerva. Pero en su lugar, vio a una mujer morena, de ojos marrones y alas de mariposa a la espalda.
-Máximo, la verdad es que estoy impresionada- comentó ella- Me llamo Jamily, por cierto, y te quiero en mi equipo- comentó.
Detrás suya apareció una silla, y, ahorcajadas, se sentó en la misma. Tamborileó sus dedos en el respaldo, y le observó. Parecía tenso- ¿Sabes quien o qué es Oscuridad?- preguntó, pero rápidamente procedió a explicarse.
-En fin, es mi jefa, te ha estado observando desde lejos, y le gustaría que trabajaras para ella. Te puede ofrecer muchas cosas, aunque a largo plazo. ¿Estarías interesado?- preguntó ella, con una sonrisa enigmática.
Al romano le dolía la cabeza, y gruñendo, se acarició el rostro con una mano- No pienso ser el acólito de nadie…- murmuró- ¿Y qué eres? Es la primera vez que veo a algo como tú- añadió.
-Soy una aelida, de otro mundo diferente a este. Es una lástima, deseaba tener al único mortal que ha controlado a un demonio en la historia, pero en fin- se levantó entonces- Tengo que irme.
Desapareció en el aire en ese instante, y Máximo simplemente se acarició los ojos, estaba tenso. Volvió a oír pasos, pero en esa ocasión sí que era Minerva, que le traía una jarra con agua para que bebiera un poco. Cosa que hizo.
-Pareces preocupado, ¿qué te pasa?- le preguntó ella, aunque el hombre negó- Creo que estoy más cansado de lo esperado… aunque he logrado absorber a un demonio. Su poder es mío, le he destruido, fue glorioso, mi señora…- murmuró, y la besó en los labios.
Ella se lo permitió, e incluso respondió al mismo, haciendo que el hombre sonriera un poco por ello, finalmente podría vivir tranquilo. Aquel momento fue interrumpido por el gato de él, que comenzó a maullar entonces, pidiendo las atenciones de su amo. Este lo tomó en brazos, y se lo colocó en el regazo, pensativo. Ella le observó, para después hacer lo mismo con el entorno.
-¿Qué harás ahora?- le preguntó ella. El hombre suspiró- Durante todo este tiempo, me he enterado de los planes del Infierno, al ser ese demonio uno de alto rango me enteré de bastantes cosas, así que lo aprovecharé en mi favor- afirmó él.
Ella asintió, era un deseo… ¿razonable? Esperaba que fuera así. Se sentó a su lado y observó al animal en un apacible silencio, solo interrumpido por los sonidos de una lejana batalla, y que desencadenaría una época de cambios en toda Europa. Pensando en ello, la mujer simplemente se recostó en el hombro de él, mientras el hombre acariciaba lentamente su muslo, mientras su mascota esquelética deambulaba y olisqueaba por la zona.
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Época presente.
Sissi estaba terminando de sanarlos.
A pesar de ser plenamente consciente de la carnicería que se deba a sus espaldas, nunca desvió la vista de los jóvenes. No decía nada, y trataba de que estos tampoco dijeran nada.
Un buen cirujano jamás se distrae de sus pacientes.
Morgan seguía siendo asfixiada por Odd, y a punto de perder el conocimiento.
-Venga, me atravesaste las costillas y sigo aquí. ¿Es que no vas a pelear más por tu vida, perra?
Morgan no parecía reaccionar, estaba demasiado calmada.
Odd estaba desconcertado.
Fue entonces como notó una sensación fría en su abdomen. Bajó la vista y contempló como una de las garras retráctiles de la chica le atravesaban la zona del diafragma, y luego pudo ver un cañón de fusil apuntarle a la zona.
-Cómete esta -dijo Morgan.
Una ráfaga de balas atravesó el tórax de Odd, mientras Morgan sacaba la garra de su corazón y le atravesaba la cabeza.
Ambos cayeron al suelo, frente a frente. A su alrededor se formó un charco enorme de sangre. Mogan pudo ver entonces cómo de Odd salió algo parecido a una especie de espectro negro.
-Mierda... ¿Será que...? Maldito... -murmuró Morgan, antes de cerrar los ojos.
Aquella sustancia negra seguía avanzando por su cuerpo, y Aelita se empezaba a dar cuenta de que no tenía remedio. Fue entonces que vio a Odd y Morgan caer derrotados.
Aelita se separó de William, y se aproximó rápidamente a sus compañeros. con su segunda vista, vio en qué estado se encontraban, y solo le sirvió para aumentar su estado de alarma, tomando a ambos con cada uno de sus brazos y dar un salto hacia Sissi.
Su amiga se sobresaltó un poco cuando aterrizó a su lado, pero su rostro gesticuló en horror cuando vio a sus dos amigos.
-Ellos se pueden regenerar. ¿Cómo es posible?
-No son inmortales, Sissi -dijo Aelita-. Y ese maldito Reinicio.
-Tss -lo sabía muy bien, lo sentía con sus propios poderes-. ¿Podría ir esto a peor?
Aelita dirigió su vista hacia William, quien estaban siendo completamente cubierto por aquello.
-William.
Sissi abrió tanto los ojos que los allí postrados pensaron que se le iban a salir de las cuencas.
-Quédate aquí entonces -dijo Sissi-. Tienes que protegernos hasta que termine de curarlos.
Aelita asintió.
El aura de muerte que William desprendía pudieron sentirla todos los presentes, incluso Ulrich y Yumi dejaron de pelear para observar al chico. Estaba casi completamente cubierto de aquello, y empezaba a mostrar una forma monstruosa. Ambos Guerreros decidieron aparcar sus diferencias y prepararse para el ataque.
Aelita reaccionó a tiempo de parar el cuerpo que venía disparado hacia ella desde su costado izquierdo; por poco cae sobre Sissi. Entonces se dio cuenta de que, a quien sostenía con sus brazos no era otro más que Patrick.
El cuerpo del chico estaba inundado de una enorme variedad de heridas. Esto no podía ser peor.
Se escuchó un disparo, y de la nuca de William saltó sangre, para luego ser recubierto por una enorme descarga eléctrica. Mientras gritaba en alaridos de dolor, la sustancia se desvanecía, hasta no ser nada. Tras unos segundos William calló desmayado, a pesar de que la descarga no cesó.
Aelita sintió como Jérémie aterrizaba unos metros tras Yumi. También estaba herido, y se le notaba bastante cansado.
-Has tardado -dijo Yumi-. Ya iba siendo hora de que aparecieras -no recibió ninguna respuesta.
Ambos se dirigieron la mirada mutuamente, y Yumi asintió. Nadie de los presentes lo entendió.
-Da igual.
Jéremie sacó un puñal, y miró fijamente hacia Ulrich.
-Muy bien -Ulrich apretó el agarres sobre sus katanas-. Adelante.
Jérémie corrió hacia los dos.
Aelita permaneció junto a Sissi. Sabía que el rubio podría aprovechar un mínimo descuido y dirigirse hacia los chicos.
Yumi esperó a que su compañero se pusiera a su altura para empezar un nuevo ataque. Una vez que Jérémie se puso a su altura...
Todos quedaron bloqueados, y de la boca de la japonesa surgieron hilos de sangre.
Jérémie había incrustado su puñal en el pecho de Yumi, a la altura de su corazón. Esta giró su cuello lentamente, y vio en el francés las sonrisa más macabra imaginables.
-¡Yumi! -Ulrich corrió hacia ella.
Antes de que Ulrich pudiera reaccionar, un torrente de balas impactó contra él. La mano que no portaba un puñal, portó en cambio un fusil, y Ulrich cayó de espaldas al suelo.
Jérémie soltó el mango del puñal y tomó a Yumi del cuello, para lanzarla hacia Sissi y Aelita; entonces se acercó rápidamente a Ulrich y lo lanzó a un árbol cercano a William, lanzando un objeto, el cual explosionó en una sustancia pegajosa, similar a la que retenía a William. También empezó a recibir fuertes descargas.
Le volvió a apuntar con el fusil, y entonces sintió el potente impacto de un campo de energía contra el dorso de su mano. No fue tan fuerte como para hacerle soltar su arma, pero sí para empujar su brazo. Entonces se dio media vuelta, y la miró.
Aelita tenía el brazo alzado y le apuntaba directamente. Ambos se miraron fijamente: Aelita con rabia y Jérémie con apatía.
Los más jóvenes estaban completamente impactados. Sissi no podía distinguir muy bien si por la velocidad de los acontecimientos o por los hechos en sí. Lo comprendía muy bien, y sabía lo que iba a pasar. Se levantó y se acercó a su amiga.
Pudo ver como de Yumi salió una especie de ente negro, el cual se perdió al vuelo. Ninguna perdió detalle.
-¿Ahora lo comprendéis? -preguntó Jérémie, tranquilamente.
Aelita volvió a enfocarse en el rubio.
Sissi posó su mano sobre la carótida externa de Yumi. Sudor frío resbalaba por su frente al tratar de detectar pulso. También pudo ver cómo le estaba costando respirar. Era muy débil. Veía su rostro afligido, y decidió no perder más tiempo.
-Aelita, su corazón y pulmón están perforados -dijo Sissi-. Da gracias a que, inconscientemente, sea su telequinesis la que esté ejerciendo de factor coagulante, pero hay que reparar los tejidos, pero también necesito abrir un punto para igualar la presión respiratoria. También tiene un neumotórax.
Aelita asintió.
-Me mantendré lo más alejada posible de tí. Y trataré de que él no se os acerque.
Sissi le sonrió ligeramente.
Aelita caminó y se acercó a Jérémie, hasta que estuvo a cierta distancia: ni muy cerca ni muy lejos.
-Lo sabes, ¿no? -dijo Jérémie.
A miró un poco por el rabillo del ojo a sus amigas, pero no bajó la guardia.
-¿Por qué? -preguntó Aelita.
-Lo sabes -dijo Jérémie.
-Cállate -dijo Aelita, mientras tragaba saliva con fuerza.
-Tienes dos opciones: o matas o... -Aelita apretó su mandíbula-. O puede que ocurra un buen caos.
Aelita apartó la vista, y miró hacia William y Ulrich, quienes seguían recibiendo descargas. Les apuntó con la mano y las descargas pararon. Los dos cayeron en la inconsciencia.
-No voy a caer en tus juegos.
Jérémie ladeó la cabeza, como un animal curioso.
-¿De verdad?
Aelita lo sintió y se dio rápidamente la vuelta. Rodeando a los Guardianes, a sus otros homólogos y a sus compañeros convalecientes, habían varios clones de Jérémie, apuntando hacia todos.
-O ganas o todos pierden. No hay un plan C.
Aelita no pudo evitar apretar sus puños, y bajar su brazo.
-No me obligues -suplicó Aelita-. Eres mejor que esto, Jérémie.
-Tu amiga no podrá curarles.
Aelita chasqueó los dientes.
-Para ya.
Jérémie sonrió.
-No. Esto empieza ya.
Aelita se daba cuenta de que no le quedaban más opciones, y su mirada se lo demostró a Jérémie.
-Pues plan D.
Jérémie la miró con curiosidad por unos segundos, y entonces volvió a borrar aquella sonrisa. Aelita agradeció aquello, y se preparó.
A pesar de toda la presión que sentía sabre la seguridad de todos ellos, Sissi no dejó de tratar a sus amigos. Confiaba plenamente en Aelita, pero sabía que no sería suficiente, y aun así las vidas de todos podrían estar en peligro. Virtualmente, estaba sola contra el peligro.
-Hagámoslo más parejo -Jérémie le lanzó algo, y Aelita lo tomó, sorprendiéndose a darse cuenta de lo que era-. Si ninguno tiene feedback, será más justo, ¿no crees?
Aelita lo encerró en su puño.
-¿Atacas por la espalda y piensas que voy a confiar en ti?
Jérémie asintió.
-Fue salvada. ¿Es mentira?
Aelita entrecerró los ojos y volvió a mirar a lo que le había dado Jérémie.
-No.
Jérémie pulsó unos comandos en uno de los guanteletes de su traje, para luego volver a mirarla. Aelita se llevó el dispositivo a la nuca. Las marcas de sus mejillas desaparecieron y sus orejas dejaron de ser puntiagudas.
-No hay especialidades, ni trajes -se quitó la gabardina que portaba-, no hay armas de fuego -tiró todas las armas de fuego que portaba-. Solo fuerza e ingenio puramente humano.
-¿Demasiado fácil? -preguntó Aelita, mientras se deshacía de sus propias armas de fuego.
En lugar de responder, Jérémie corrió directamente hacia ella. Aelita desvió con su brazo el golpe de Jérémie antes de que este le impactase, respondiendo con un puño que él bloqueó, a lo que ella agarró con rapidez el brazo que antes había desviado. Jérémie echó velozmente su cuerpo hacia atrás antes de que Aelita se impulsase con sus brazos y elevase sus piernas para darle una patada en el mentón.
Ambos se soltaron, aterrizando ella en el suelo y él haciendo dos volteretas hacia atrás. Jérémie sacó un látigo, con el cual la atacó. Aelita se agachó, antes del primer golpe, con el segundo sacó su katana y chocó hoja con cuerda. Así que empezó una contienda entre espada y látigo. Jérémie hacía varias combinaciones en las que tomaba el látigo a dos manos, cortando tajos y haciéndole más difícil a Aelita el bloquearle.
En cierto momento, ella sacó una cadena, contrarrestando al látigo, y preparando un corte con la espada. El trayecto de la hoja fue desviado por la ninjato que Jérémie sacó.
La cadena y el látigo les complicaba el poder acercarse mutuamente, pero cuando lo hacían, les seguían las espadas, Para evitar dañar las hojas más de la cuenta, no las chocaban demasiado, y solo buscaban clavarlas en su adversario.
Jérémie hizo un barrido con la pierna, y entonces Aelita hizo una pirueta, pero Jérémie sacó un cuchillo oculto, teniendo ella que esquivarlo antes de que le perforase el rostro. Al aterrizar, sintió la atadura del látigo en su cuello tirándola hacia delante, en el punto en el que Jérémie pudo golpear su nuca para hacerla caer, pero su rostro aterrizó con el puño del rubio, a lo que luego dio más vueltas con el látigo sobre su cuello para hacerle más prensa y golpear su cabeza con el codo. La hizo soltarse del látigo, para darle tres puñetazos en la cara, darle un codazo en el diafragma y darle una patada, la cual la tumbó de espaldas.
Estaba aturdida, pero no había perdido consciencia de la situación, por lo que pudo levantarse rápidamente, y bloquear varios de sus golpes, pero este logró aprisionar su brazo, y empujarla hasta chocar contra un árbol, y tomarla del cuello para tirarla a varios metros de distancia.
-Quien es mejor que esto eres tú -dijo Jérémie, quien empezó a mostrarse ofuscado-. ¿Por qué haces esto?
Aelita tenía el rostro completamente ensangrentado, y unos cuantos moratones. Hizo fuerza para levantarse, solo para ser recibida con un rodillazo de Jérémie en la cara, solo que antes de volver a caer de espaldas, Jérémie la sostuvo por el cuello del traje, y bloqueó el derechazo que le iba a dar ella, logrando retorcerle el brazo y romperle la muñeca. No le dejó convalecer esa fractura, antes de extenderle el brazo y dar un enorme golpe en la articulación del codo, luxándoselo.
A pesar el intenso dolor, Aelita aprovechó para usar su mano restante y hurgar en una herida que Jérémie tenía en el estómago, y el estremecimiento doloroso que tuvo, Aelita lo tomó como oportunidad para hacerle prensa en el cuello con su brazo y hacer peso con su propio cuerpo, dando una voltereta, cayendo ella encima de él, y levantándose antes de que este pudiera reaccionar, pero no pudo esquivar el barrido que Jérémie le hizo con una pierna, devolviéndole al suelo.
Jérémie se logró poner encima de ella, impidiéndole cualquier oportunidad de liberarse. Su mirada era un fuego de furia.
-¿¡Por qué no te defiendes!?
Los puñetazos se podrían escuchar incluso a trescientos metros. Sissi llegó a contabilizar hasta veinte de estos, antes de que pararan bruscamente, y fueran sustituidos por otros distintos.
Cada vez le era más difícil quedarse ahí, siendo solo una médico.
Jérémie tenía a Aelita agarrada por el cuello y levantada en el aire, mientras le daba puñetazos en el estómago. Otros veinte. Cuando la soltó, quedando esta sobre sus rodillas y su brazo restante, vomitó un charco de restos de comida y sangre.
-Mal -dijo Jérémie, su rostro mostraba decepción.
-Si... -dijo Aelita, gotas de sangre y saliva caían de su boca-. Vaya que... si...
-Se esperaba más de tí.
Jérémie vio como ella parecía que asentía.
Aunque no supo ver cuando Aelita se levantó rápidamente, con el brazo izquierdo flexionado, impactando la palma de su mano en su esternón.
Todos quedaron anonadados.
El siguiente en vomitar sangre fue Jérémie, antes de que Aelita lo mandara de una patada contra el árbol de antes, y le lanzara un par de cuerdas, las cuales le retuvieron. A pesar de todo, él le mantuvo la mirada a Aelita.
Por un momento quiso sonreír.
Esa mirada...
Eso era lo que buscó en todo el combate. De por sí le dolía el pecho, pero aquella emoción que lo embargaba y aumentaba esa presión lo hacía más llevadero.
-Plan D -dijo Aelita, mientras sacaba algo de su cinturón; era una especie de mando.
Jérémie quedó desconcertado, dirigiendo la vista hacia su propio cinturón. Ahora comprendía por qué ella se había dejado vapulear de esa manera.
-Desactivación -dijo Aelita, mientras presionaba un botón.
Fue entonces que tanto los Guerreros y el Grupo, sintieron cómo empezaban a recuperar la movilidad. Los Guardianes también sintieron recuperar sus poderes, y entonces todos se levantaron. Clones de Jérémie se habían desvanecido en pequeños insectos voladores antes de que estos pensaran siquiera en combatirlos, dirigiéndose hacia el original.
Yumi (911) no lo pensó mucho antes de ir hacia Sissi.
-¿Puedo ayudarte? -preguntó la Guardiana de la Naturaleza.
Sissi le sonrió.
-Te lo agradecería, la verdad.
Quienes se mostraban más conscientes eran Odd y Morgan. La última miró a las Guardianas del Espacio y el Tiempo. Estas también le devolvieron la mirada. Tras unos segundos de silencio, Morgan habló.
-¿Os gustan los chocobollos? -preguntó, con una sonrisa-. Juro que me voy a dar una buena ducha después de esto. Con toda esta sangre seguro que me entran venéreas o algo chungo. Imagínate si se me mezcla con heces de murciélago -Morgan se estremeció-. Por favor, eso otra vez no. Veamos, la ducha, chocobollo y zumo de mango, ver si me puedo comprar ese traje de tiburón que quería, cazar al yonki de la esquina de la escuela cerca de mi casa...
La cara de las gemelas era todo un poema. O se había dado un buen golpe, o venía estúpida de serie. Morgan se dio cuenta de esto, y volvió a sonreír.
-¿Qué? Soy libre para decir todas las gilipolleces que quiera. ¿O no?
Estas se miraron, con duda, pero luego la ayudaron a levantarse, y la chica hizo lo mismo con Odd, quien se reía de las palabras de la chica.
Ellas dos, por otra parte, no sabían qué pensar. Y sus rostros inexpresivos lo mostraban.
-¡Joder! Parecemos coladores -expresó el felino.
Morgan asintió, pero luego dirigió la vista a otra parte. Odd se fijó, y vio a Jhonny. Entonces le dio una mirada cómplice y le dio un pequeño empujón.
-Venga, habla con él.
Morgan lo miró, enrojecida y empezó a caminar hacia el chico.
-¡Háztela, cabrona! -gritó Odd.
Todos lo escucharon, y enseguida los miraron. Aunque no tardaron en apartar la vista, ignorándolos.
-Tú sigue impactando, bocazas, e igual te impacto con mi derecha -gruñó Morgan, mientras se acercaba a Jhonny.
Una vez estuvieron la una frente al otro, él mostró nervios, pero ella le dirigió una mirada apenada.
-Lo... lo que pasó en la misión... -estaba sonrojado-. Yo... ¿Quisieras ser...?
Morgan cambió sus gestos faciales. Jhonny no supo muy bien por qué se mostraba así; tan seria.
-Jonathan -la chica respiró con calma, el menor sintió el frío de sus palabras.
¿Dónde estaba lo de "cachorrillo"?
-Me aproveché... No -rectificó-. No yo. Se aprovecharon de tí -sentenció, y Jhonny sintió su mundo derrumbarse-. Eres un menor, casi un niño. Sea lo que sea que sucedió, quien lo hizo se aprovechó de tí, y te usó. Y cuando la despiertes -Jhonny se sorprendió de que ella lo supiera-, haz que tome responsabilidad por todo.
Morgan dirigió su vista a las gemelas.
-Ellas no iban tan mal desencaminadas.
-No -dijo Jhonny, refutando sus palabras-. La edad no tiene nada que ver. Solo los sentimientos. ¿Por qué nos importan tanto tonterías como ese sentido de moral?
Morgan le dirigió una mirada solemne.
-Esa moral nos hace algo mejores -posó una mano en su hombro-. Aunque la edad no importara, yo no soy esa persona. Ni siquiera compartimos el nombre. Y hemos vivido vidas muy distintas -Morgan cerró sus ojos, reflexionando-. ¿Sabes? Me recuerdas un poco a mi hermano.
Con aquellas palabras, Jhonny sintió que el último clavo de su ataúd se había fijado. Morgan se dio cuenta de ello, así que antes de irse, le dijo...
-Por cierto, creo que a ella le gustará Obara. Es un buen nombre, así que... Acógela bien y evita que se meta en muchos líos.
Cuando se marchó, Jhonny esbozó una leve sonrisa.
Mientras todos se lamían las heridas, Jeremy (911) y Aelita (911) se abrazaban, llorando.
-¿Estás bien, Lita? -preguntó el Guardián del Agua, mientras acariciaba su rostro con una mano, y con la otra su tripa.
Aelita (911) respondió con un profundo beso, el cual fue correspondido. En aquellos momentos, ambos se sentían como los únicos que existían en el mundo.
-Sí -respondió la Guardiana de la Luz, tomando sus mejillas con ambas manos y pegando su frente con la de él, sonriendo-. También noto cómo regresa el hechizo.
Jeremy sonreía pletórico, y no pudo detener su propio llanto.
-¡Qué bien! -carcajeó un poco-. ¡Vaya! Soy el Guardián de Agua y ni siquiera puedo dejar de llorar.
Aquella frase hizo que Aelita no pudiera evitar besarlo de nuevo, y abrazarlo con más fuerza.
Cuando se separaron, vieron a sus amigos, y se percataron.
La mayoría de los Guardianes miraba, en el mejor de los sentidos, con recelo a sus homólogos. La tensión en el ambiente se podría cortar perfectamente con un cuchillo. En el peor de los casos, más de uno parecía como predispuesto al ataque, y tal vez a algún tipo de carnicería.
Ambos se miraron fijamente. Habían llegado a la misma conclusión. Entonces dirigieron sus miradas hacia sus homólogos Guerreros.
Ambos habían llegado a entrenar juntos con cierta violencia, incluso se habían enfrentado a sus homólogos. Pero jamás creyeron poder ver una brutalidad así, aunque sus propias imágenes de espejo lo proyectasen. No era normal, y cada vez se daban más cuenta de que aquel Reinicio había sido completamente distinto. Empezaban a darse cuenta de que aquellos que habían sido poseídos no parecían realmente locos.
No eran los Guerreros que ellos recordaban.
Sabían que estaban en conflictos muy constantes, pero esto era distinto. Incluso esa Aelita tenía más parecido con el antiguo Jérémie que, irónicamente, el actual Jérémie. Aquellas miradas y gestos...
¿Por qué parecía que hubiesen visto a la misma muerte?
Mientras tanto, Aelita miraba fijamente a su compañero, antes de acercársele.
-Toda esta parafernalia para esto -dijo Aelita, reflexionando, más para ella que para él.
-Pero no hubo mentiras -dijo Jérémie.
-No -dijo Aelita-. Yumi también lo sabía, ¿no? -Jérémie asintió-. Está loca -quería reirse, pero no pudo evitar denotar cierta tristeza.
-A veces lo más cuerdo es estar loco.
Aelita sonrió ligeramente, asintiendo.
-De todas formas esto ha terminado, Jérémie -dijo, volviendo a la seriedad del momento.
-¿Y quién lo decide? -preguntó Jérémie, mientras llevaba sus manos a la parte trasera de su cinturón-. No terminaste el trabajo.
-Encotraré la manera de liberarte, no lo dudes. Por ahora estás preso.
Jérémie sonrió ligeramente, mientras sacaba un dispositivo en forma de tubo del cinturón con un botón, y Aelita lo notó. Algo dentro de ella hizo que saltaran las alarmas.
Con una mano tenía ese dispositivo, y lon la otra, portaba un cuchillo. Estab terminando de cortar sus ataduras.
-¿Rendición? -preguntó Jérémie, con ironía-. Nunca -presionó el botón del dispositivo.
-¡No!
Todos escucharon el sonido característico de una descarga eléctrica y un golpe contra una masa de carne. Miraron en dirección a los dos Guerreros, y vieron cómo Aelita había atravesado el pecho de Jérémie. La chica sudaba y su rostro mostrba el más profundo pánico. Él estaba suelto de sus ataduras, y sostenía a Aelita de su brazo.
Sonreía, mientras cerraba sus ojos y le soltaba.
De los ojos de la guerrera empezaban a salir lágrimas.
Fue así como todos corrieron hacia los dos. Los primeros en acercarse fueron Ulrich (911) y William (911), quienes habían ido a asistir antes a sus homólogos y contribuían a sanarlos de sus heridas.
-¿¡Qué ha pasado!? -preguntó William (911).
Aelita apretó los dientes, mientras quitaba poco a poco del pecho de Jérémie, temblando. De él salió aquel espectro tan extraño.
Marin fue rápida como para bloquear el espectro y atraerlo a ella, usando un dispositivo extraño en forma de pelota para aprisionarlo.
-Parece que los cachivaches de los Guerreros son útiles al fin y al cabo -murmuró la Guardiana del Espacio.
Susan corrió hacia los dos, y usando sus poderes, puedo retroceder ligeramente el tiempo, y devolver el corazón de Jérémie más o menos a su estado original. Su poderes no habían regresado del todo, pero al menos podía ayudar en eso. Lamentablemente se agotó con facilidad, y no pudo regenerar la caja torácica del chico.
Por suerte seguía vivo, aunque inconsciente.
-Debería bastar con esto, pero tiene que ser curado como es debido.
Entonces se percató de algo en la piel de Jérémie. No le había prestado atención antes. Era un aparto, y parecía...
-¿Qué es esto? -preguntó Susan.
Aelita se miró la mano izquierda, la cual seguía temblando, y luego la miró a ella. Su rostro era inexpresivo, aunque no dejaba de derramar lágrimas.
-Se iba auto-inmolar y... Sabía que trataría de detener la máquina... Se desató y... Se atravesó el corazón con el brazo de Aelita. Quería un suicidio, y no perdió la oportunidad.
-Mierda -dijo Susan.
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Pasaron un par de horas.
Era de noche y todos estaban en la Ermita.
-¿Así que los que están ahora viven, pero los que no están o no son parte del grupo o están muertos? -preguntó Odd (911).
-Eso parece, sí -respondió Yumi (911).
-Menos estorbo -expresó Aurora, mientras pasaba de lado.
-Al menos no tendremos que volverles a ver el careto -secundó Electra, siguiendo a su amiga.
-Ya -dijo Percy-. Y encima ahora resultar que no son ni siquiera de nuestro Multiverso, sino de uno distinto -se rio un poco-. De puta madre.
Yumi (911), Odd (911), Jeremy (911) y Aelita (911) se miraron entre ellos, preocupados.
Morgan y William se encontraban fuera de la Ermita, charlando.
-Lo de las kryptonitas es una estupidez -dijo Morgan.
-No creo, la verdad. Osea, en Smallville estaban de puta madre -dijo William.
-Tal vez en Smallville, pero los cómics son otra historia. Pero que la kryptonita rosa te vuelva gay... Es como la canción esa.
-¿Cuál? -preguntó William.
-Está en español, pero en francés se diría como: La picadura de la cobra gay. Que si te pica te vuelves gay -cantó Morgan.
William pensó que esa era la mayor chorrada que había escuchado.
-¿Os encontráis bien? -preguntó una voz.
Se giraron y vieron a Jhonny, junto con Ulrich (911).
No parecía tan triste como antes, y Morgan lo agradeció. Morgan se les acercó y les tendió el dispositivo supresor, pensó que ese era el mejor momento.
-Os será más útil a vosotros que a nosotros -murmuró ella, y ellos tomó el dispositivo.
Urich lo observó durante unos segundos.
-¿Qué haréis ahora? -preguntó Jhonny-. Además… No sé usar esto… -comentó, acariciando el dispositivo. Cuando ponía esa cara de cachorro era imposible no querer achucharle, pensó Morgan.
De verdad le recordaba demasiado a su hermano.
Pero una cosa era clara: ambos grupos, a esas alturas, eran incompatibles. No había que ser especialmente inteligente para darse cuenta. Lo que sí había notado Jhonny, y Ulrich un rato antes, es que algo o alguien había interferido en la percepción de las cosas de los Guardianes, seguramente fuera eso lo que lo provocó todo.
-Será mejor separarnos, pero teniendo un nexo de unión. Vosotros seríais los ideales para ello -afirmó Morgan, a lo que los dos Guardianes asintieron.
-Tenemos demasiadas diferencias ahora, sí… La pelea de antes lo demuestra -comentó Ulrich (911), y miró de reojo la Ermita.
-Nos iremos en un rato, imagino -dijo William, mientras les dirigía una mirada solemne-. Tened mucho cuidado de ahora en adelante.
Suspirando, Ulrich (911) y Jhonny se miraron. Ir en conjunto era fundamental, y descubrir realmente qué había pasado con los Guardianes.
-Estaremos en contacto -dijo Ulrich (911)-. No me gustaría perder contacto, os visitaré de tanto en cuanto para poder hablar mejor. Temo que podríais recibir represalias -explicó y William bajó el rostro-. No sólo por parte de algún Guardián. Aelita es el cuerpo físico de Miguel, y si ella hubiera muerto… Se hubiera liado mucho -explico.
William apretó los puños.
-¡Joder! Sois un foco de problemas, ¿sabes? Me toca la moral -el aludido alzó una ceja, pero llevaba cierta razón.
-Lo siento, en serio. No es plato de buen gusto todo esto, pero es la verdad. Guardaros mucho vosotros también.
Ulrich tendió su brazo entonces.
Los otros dos lo tomaron, en cierta medida agradecidos.
Solo media hora después, Marin abrió un portal que les llevaría a todos a su mundo, con Jérémie en brazos de William, y con los demás pudiendo andar mal que bien.
Los Guardianes simplemente se alejaron, no deseaban ver a sus homólogos, en algunos casos por respeto, y en otros por falta de ganas de seguir discutiendo, aunque deseaban matarlos ahí mismo. Ante esa gran tensión simplemente lo cruzaron, y Marin lo cerró tras ser todo ello. Se veía cierto arrepentimiento en sus ojos.
Susan, la única a su lado, la tomó del hombro.
-Vámonos. Tenemos que hablar con los demás -su hermana asintió.
Había mucho de lo que hablar.
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(1) Ver capítulo 14.
Quisiera agradecerle a DarkClaw1997 su colaboración, una vez más, en la realización de este capítulo.
Bien, ¿Qué os parece? ¿Os gusta? Como siempre, comentad, decid que os gusta y que no etc... Para acabar , me despido, hasta la próxima , y que la inspiración os acompañe. Código Lyoko ni ninguno de sus personajes me pertenece, así como Marin, que pertenece a Doctor Who .
