Su señorita, promesa.
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Esto es una tortura,
La electricidad entre nosotros;
Y esto es peligroso.
Porque te quiero demasiado,
Pero odio tu carácter,
Te odio.
Landfill — Daughter
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16 de febrero, 1989.
Ahora que por fin lo entiendo sólo quiero que lo sepas, jamás confíes en un demonio por mucho que parezca que tienes el control.
Lo único que le importa, lo único que es preciado para él es conseguir su recompensa.
Y no importará lo que tenga que hacer para obtenerla.
Los demonios no tienen escrúpulos, son despiadados, mentirosos. Pero sobre todo debes de recordar que no son humanos, por muy parecido que sea, por muy encantador que resulte.
Son sólo bestias sin sentimientos.
Si alguna vez, y espero que eso jamás suceda, te llegaras a topar con alguno recuerda, no importa lo que diga, no importa lo que haga, siempre te estará mintiendo.
Siempre te tendrá entre sus garras y nunca te dejará ir.
¿No es así, Sebastián?
Nunca me dejaste ir.
Incluso después de que me mataste.
Jamás me dejarás ir.
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Los ojos de Evan me recorren de arriba abajo, ahora sé que ese gesto que hace con la mano es una señal de aprobación y aunque es tan frío, tan poco expresivo, ahora lo conozco lo suficiente como para saber que mis acciones le complacen.
Ni siquiera se despide antes de dar por finalizada la video conferencia, pero no es como si no estuviera ya acostumbrada a sus manías tan poco amables.
La sala de juntas se llena de un murmullo un tanto molesto, los inversionistas hablan entre ellos y tengo que mantenerme inexpresiva ante ellos, pese a que lo único que quiero hacer es volver a casa y dormir.
Siento la tensión acumulada en mis hombros, he tenido demasiado trabajo en las últimas semanas y la presión de los Phantomhive sobre mí ha ido incrementando conforme la fecha se acerca.
Tengo que contener un suspiro, tragarme los insultos que tengo en la punta de la lengua cuando la petulante Simone se acerca con su agenda. Los empresarios han empezado a irse, son respetuosos y correctos cuando se dirigen a mí para despedirse y ya estoy tan acostumbrada a fingir una sonrisa que en realidad ya no me importa tratar con un montón de desconocidos.
Me cuesta creer ahora, cuando miro atrás en mis recuerdos, que yo era una chica tímida y cohibida ante los extraños. Recordar lo renuente que yo era para presentarme a las reuniones en la editorial, el pánico que me ocasionaba que alguien me entrevistara o me hicieran preguntas de vez en cuando. Esa imagen de mí misma parece tan lejana, tan ajena.
Pero aquí estoy, en una junta de empresas Funtom, siendo quien representa a la familia frente a un montón de adinerados empresarios.
Y entre ellos la sonrisa de Linette Blackwood me espera, es la última en levantarse de su puesto, sus ojos siguen causándome escalofríos y su presencia resulta tan intolerable como en el primer momento en que la vi.
Ella se acerca a mí, Simone quien es como mi asistente en cuanto a relaciones públicas y negocios no oculta su disgusto y adopta un porte hostil ante ella. Es obvio que existe una intensa rivalidad entre los Blackwood y los Phantomhive, pero poco me importa.
—No puedo evitar felicitarla por su gran trabajo en este proyecto —comienza Linette y su mano pálida se extiende en mi dirección, pese al ceño fruncido de Simone puedo entender que si rechazo su saludo estaré en serios problemas y me limito a corresponderle el gesto.
Mi mano le da un suave apretón a la de Linette, ella es tan delicada y pequeña que me toma por sorpresa la firmeza de su agarre, la fuerza de su mano.
Y la sonrisa que me dirige es por completo escalofriante.
—Será todo un placer para mí que el corporativo Blackwood y la fundación Funtom vuelvan a trabajar juntos en otro proyecto —su voz es tan melodiosa, tan clara y encantadora.
Pero por algún motivo me hace sentir incómoda y tan pronto se va consigo volver a respirar con normalidad.
La malhumorada Simone suspira de alivio y su atención vuelve a centrarse en su agenda, me da mi itinerario del día y tengo que escucharla con atención.
Los últimos meses han sido como lo mismo una y otra vez.
Luego de la noche de Navidad tuve un resfriado espantoso, la fiebre me hizo sucumbir en cama por al menos dos días y cuando pude recuperarme, en vísperas de Noche vieja, Evan y su sequito volvieron a visitarme.
La idea de trabajar en año nuevo nunca me había resultaba en especial atractiva, pero los Phantomhive me dejaron en claro que no conocían la palabra "descanso".
Evan seguía furioso conmigo debido a lo ocurrido en Shirlight city, el cubrir mi escandalo le había costado mucho y tenía que compensárselo con trabajo.
Así que las primeras semanas del año las pasé trabajando en mi imagen, en encarar las conferencias y ruedas de prensa para tratar asuntos de la fundación Funtom. Eventos sociales y de caridad se volvieron cosa de casi todos los días. Si no estaba organizando o asistiendo a un coctel para beneficencia, entonces estaba en una reunión con posibles inversionistas.
Pero en realidad esas no eran cosas tan malas, hasta cierto punto había llegado a encontrarme a gusto con el trabajo de la fundación. Algo en el hecho de tener control y poder resultaba un tanto satisfactorio, la administración parecía dárseme bastante bien y en realidad no hacía mucho más que revisar contratos y poner mi firma donde correspondía, decidir si aprobar o no una propuesta no era del todo cosa mía, Simone se había convertido en una consejera y aliada, su ayuda era todo lo que necesitaba para no cagarla de forma épica.
No todo era trabajo de oficina, no todo trataba de administración o ser encantadora en una fiesta lujosa. El trabajo de la fundación se extendía a otras cuestiones, como visitar los hogares de niños y ancianos que patrocina o mantiene Funtom, hospitales infantiles, escuelas privadas, orfanatos y albergues.
La beneficencia consiste en eso, en presentarme en un lugar, sonreírle a la gente, tomarme fotos con personas que creían que yo era un ángel que venía para ayudarles. Entregarle un juguete a un huérfano, servirle sopa a un anciano o repartir mantas en un refugio para gente de escasos recursos, eran cosas que hacía de vez en cuando, cosas que en realidad no me disgustaban y en las que disfrutaba involucrarme.
Mi imagen pública se había visto muy beneficiada en los últimos meses y poco a poco, mientras el tiempo transcurría, Evan parecía despreciarme menos. Mi labor como la futura heredera de su imperio estaba resultando mejor a lo planeado.
La gente me quería, los inversionistas parecían adorarme y la prensa me amaba.
Yo era la perfecta niña rica, una filántropa con un bolsillo muy gordo y un corazón de oro.
Con una familia perfecta, con una vida soñada y una relación maravillosa.
Esa tal vez, era la cosa que menos me gustaba de entre todos los cambios en mi vida durante los últimos meses.
Esa cosa que de ninguna manera podría ser una "relación".
Eso era la mierda más dolorosa de todas, tener que fingir sin descanso alguno que existía un "nosotros" cuando nunca habíamos sido tan distantes el uno del otro.
Y sí, hablo de Sebastián y yo.
Luego de Navidad las cosas se habían enfriado de verdad, lo nuestro reposaba bajo tierra, en el mismo lugar donde mis ganas de vivir se encontraban, ahí, en la tumba de Evelyn, en la cuna de mis pesadillas y el sepulcro de mi esperanza.
No es que no nos habláramos, hablar era lo de menos, el trabajo de Funtom nos mantenía tan ocupados que en realidad no pasábamos mucho tiempo a solas.
Simone se había mudado por tiempo indefinido con nosotros, no era extraño tener visitas en casa, cuando no eran periodistas o algún representante de Funtom, la casa estaba abarrotada de maquillistas y fotógrafos porque las sesiones fotográficas para retratar nuestra falsa vida amorosa parecían no tener fin.
Siempre pasaba lo mismo, o mi nuevo trabajo excluía a Sebastián, o la farsa de nuestra relación nos absorbía por completo.
No había tiempo, no había manera y lo prefería de esa forma.
Mis pesadillas no habían desaparecido, él seguía ahí cuando eso pasaba, siendo lo único que me sostenía cuando yo me derrumbaba, pero su consuelo llegaba a medias, entre sonrisas falsas y miradas esquivas. Nuestro contacto físico se limitaba a un abrazo, a sus manos limpiando mis lágrimas, sus labios susurrando cualquier cosa que pudiera calmarme.
Pero no había vuelto a pasar nada más.
Ningún beso o caricia que no fuera fingida ante las cámaras.
Había terminado, pese a que la tensión seguía ahí, pese a que el hambre se mantenía viva y el fuego, la chispa, era irresistible.
Lo había intentado un par de veces, seducirlo, buscar evadir la tortura de mi mente entre sus brazos, pero cada intento había sido infructuoso. Sebastián me detenía, me evitaba como si yo fuera un leproso. Discutíamos, vaya que discutíamos, era como si de pronto hasta el más mínimo detalle le diera la excusa perfecta para iniciar una pelea. Hasta el motivo más absurdo lo hacía enfurecer y me había vuelto agresiva, tan malhumorada y explosiva como él.
Podíamos no hablarnos por días, podíamos dormir en habitaciones separadas, evadirnos y encontrar una forma de no vernos si no era por trabajo. Podíamos gritarnos, insultarnos, pero el resultado siempre era el mismo, al final del día él siempre estaba ahí cuando yo despertaba de una pesadilla, siempre estaría ahí, dispuesto a consolarme, a evitar que los monstruos acabaran conmigo a través de mis sueños.
Siempre estaba ahí protegiéndome de todo, de mí misma, de mis sueños, de Simone o Evan, del mundo real y de hasta el más mínimo peligro.
Su actitud conmigo había cambiado demasiado, era amable y cortés, la burla y su seducción se habían esfumado. Y se enfocaba en cuidarme, en que yo hiciera mi trabajo, en que nada me molestara, su protección había comenzado a resultar sofocante. Cuidaba mis horarios, si dormía temprano, que no me desvelara, que comiera saludable y no me excediera con la bebida. Muchas de esas manías suyas con frecuencia provocaban que estallara una discusión.
Pero por más fastidiada que me sintiera, por más que le dijera que parara, él no cedía, el demonio me sobreprotegía y yo estaba harta.
Sus celos habían incrementado gradualmente, se tomaba sus reservas y era grosero ante cualquier extraño que se acercara a mí. Había sido todo un problema dado que insistía en acompañarme a reuniones de la fundación, su actitud cortante y prepotente con los inversionistas era inaceptable y no pasó mucho tiempo para que Simone lo vetara de los asuntos de negocios.
Sin embargo su presencia en los eventos sociales y públicos no podía omitirse, pese a que se rehusaba a tocarme en privado, en público parecía extasiado y complacido de mantenerme a su lado, nunca faltaba una sonrisa arrogante, un agarre posesivo en mi cintura o alguna frase que incomodara a las personas y les dejara en claro que estábamos juntos.
Su actitud era como la de un niño berrinchudo y nunca me había resultado tan insoportable.
Lo entendía menos que nunca y para ser honesta ya no me importaba.
Otra cosa también, es que habíamos comenzado a viajar con frecuencia. El trabajo de Funtom requería que nos moviéramos con frecuencia y en un día típico podíamos asistir a un almuerzo en Nueva York y esa misma noche a un coctel en Los Ángeles. Vencer mis temores respecto a volver a Nueva York había sido difícil pero Evan y su equipo me habían preparado una sorpresa a la que no podía negarme.
Eso había ocurrido el catorce de febrero, en día de San Valentín, la idea era asistir a una cena con inversionistas en Nueva York, una mera formalidad para presentarme a un grupo de personas interesadas en invertir en la última propuesta. Pero la realidad había sido muy distinta, no se trataba de una cena de negocios, en realidad se trataba de una fiesta de compromiso.
Una fiesta para celebrar mi compromiso con Sebastián, fiesta donde toda la familia estuvo presente, incluido el abuelo, Frederick Phantomhive, y aunque no se dirigió a mí en ningún momento sus ojos me persiguieron durante toda la velada.
La sorpresa no había sido sólo para mí, Evan había planeado bien el cómo utilizar las cosas a su favor, y la fiesta de compromiso también se había convertido en la excusa perfecta para presentar a su nueva novia, Amelia, una Condesa de Reino Unido. La indirecta había sido clara, su relación era un compromiso arreglado que sin duda alguna le otorgaría un mejo estatus, pero la sonrisa de Amelia no parecía ser forzada. En realidad la novia de mi tío resultaba ser una mujer dulce, humilde, muy inteligente que había estudiado política y relaciones exteriores y tenía un puesto importante en el parlamento de Gran Bretaña. Era fácil hablar con Amelia, o Amie como la llamó Tiffany Aspen; siempre tenía algo que decir sin importar el tema de conversación, siempre tenía un comentario inteligente y su interés en mí me había parecido sincero. Había pasado gran parte de la noche con Amelia hablando de libros y un montón de cosas, de ninguna manera me hizo sentir incómoda y me cuestioné qué clase de motivo habría hecho que Amelia aceptara el involucrarse con alguien como Evan, tan controlador y antipático.
Lo importante no era Amelia y su dulce sonrisa, lo importante había sido que después de esa noche la farsa tomó una nueva dimensión.
La sentencia de una boda real estaba aproximándose, con toda la familia de acuerdo, los regalos de compromiso apilados en una habitación y los preparativos para el ostentoso evento. Las invitaciones estaban listas, la fecha reservada y un viaje a Inglaterra, todo era abrumador, era como un chiste de mal gusto.
Un terrible chiste que amenazaba con volverme loca.
La fecha estaba fijada para el primero de abril, el día de mi cumpleaños, a unas dos semanas de distancia y cada mañana me levantaba con la esperanza de que algo ocurriera, de que todo terminara antes de que el plazo se cumpliera.
No iba a casarme de mentiras, no iba a vivir mi vida entre falsas esperanzas aguardando a que la muerte un día por fin me alcanzara.
Pero el tiempo corría y no había ninguna novedad.
La investigación estaba ante un callejón sin salida, no había nuevos hallazgos y aunque Lance y yo seguíamos en contacto no había mucho que agregar.
Mi relación con Lance había vuelto a ser un poco a como era en los viejos tiempos, sus bromas y su sonrisa a veces eran la única cosa que me daba la fuerza necesaria para seguir. Su amistad era todo lo que me quedaba, su apoyo, su consuelo, mi amigo se había convertido en mi único pilar, pues me había empeñado en alejar del todo a mi familia, no hablaba con mi hermana ni con mi mamá. Todo lo que tenía, todo a lo que seguía aferrándome era él, Lance.
Y aunque él estaba ahí para mí, lo extrañaba más que nunca. No habíamos vuelto a vernos de frente desde que nos despedimos en la comisaría. Nos manteníamos en contacto a través de llamadas por teléfono y mensajes de texto, pese a que no eran tan frecuentes o duraderas, porque mi trabajo y el suyo siempre se interponían; Lance sin falta me enviaba aunque fuera un mensaje y yo procuraba hacer lo mismo.
Era extraño, curioso, que conforme más me acercaba a Lance, mientras la distancia entre nosotros se acortaba, la distancia impuesta por Sebastián entre él y yo no hacía más que crecer.
Pero también había cosas que no habían cambiado. Por ejemplo, la ansiedad, el miedo, siempre estaban presentes, contenidos en el fondo de mi pecho, todo estaba ahí, siempre estaría ahí.
Siempre, al cerrar los ojos ella estaría ahí, muriendo por mi culpa, su sangre jamás saldría de mis manos, sus ojos siempre me perseguirían, todas ellas, su recuerdo siempre sería parte de mis pesadillas.
Y no había pasado una sola noche en la que pudiera dormir, las pesadillas me atacaban apenas cerrar los ojos, dormía pocas horas por noche y siempre me despertaba más de una vez.
La falta de sueño me había cobrado factura más de una vez, entre eso, el estrés y el poco apetito que me daba había comenzado a adelgazar de nuevo. No estaba en realidad esquelética, como dije antes Sebastián estaba empeñado en evitar que yo enfermara y su insistencia por hacerme comer era lo único que evitaba que yo me hundiera en un abismo mucho más profundo.
De todas formas no fue una sorpresa cuando comencé a sentirme mal, tenía mareos y me sentía muy cansada, una visita al médico me había confirmado mis sospechas, tenía un cuadro de desnutrición y anemia. Entonces no sólo Sebastián se convirtió en un maniático por cuidar mi salud, Evan me había dado el regaño de mi vida y durante todo un mes me obligó a ir una vez a la semana con un nutriólogo.
Me había recuperado un poco, para principios de Marzo había ganado el peso suficiente como para que ya no fuera necesario acudir al nutriólogo. Pero seguía tomando vitaminas y algunos suplementos alimenticios. Incluso me habían obligado a hacer ejercicio al menos dos veces por semana, porque a Simone le resulta imprescindible que me mantuviera en forma para poder lucir el vestido de boda que ella se había encargado de mandar a hacer.
—En realidad no tienes nada más por hacer hoy —son las palabras de Simone mientras pasa las hojas de su agenda y por un momento creo que es una broma.
Ella tiene que repetirme lo que acaba de decir porque sigo un tanto perdida en mis pensamientos.
Simone ya no se molesta conmigo cuando algo así sucede, sólo se queda en silencio esperando a que yo haga algo. Tengo que respirar hondo, recordarme que ahora estoy aquí, en el ahora y que nada me pasará, así como he tenido que recordármelo en los últimos dos meses y medio.
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"Lo siento, tengo mucho trabajo, hay un caso nuevo que no me ha dejado dormir ¿Hablamos luego?"
Tengo que admitir que me siento un tanto decepcionada al leer su mensaje, porque tenía pensado distraerme un poco hablando con Lance. Pero tengo que entenderlo, ya no es como cuando éramos niños, no tenemos tiempo ahora para sólo ser tontos y ya.
Tengo que contener el suspiro porque estamos por llegar a casa y la mirada de Nudillos a través del espejo retrovisor está llena de preocupación. De los cuatro Nudillos es en quien más confío y con el único con el que he sostenido una conversación de verdad. Y de los cuatro parece ser de forma oficial el guardaespaldas que Evan asignó para vigilarme, pues es él quien me acompaña a todas partes.
De alguna forma me he acostumbrado a él pronto, no dice nada y a veces creo que tampoco me escucha, pero de alguna manera me hace sentirme un poco más tranquila.
Al mirar por la ventanilla del auto no me sorprende ver autos y una camioneta con el logotipo de una revista. Seguro es alguna otra odiosa sesión de fotos, o entrevista de algún tipo y aunque no estoy cansada sí estoy molesta, Simone no mencionó nada al respecto y no me gustan las sorpresas.
Cuando la reja se abre y Nudillos lleva el auto al interior, hay otra sorpresa esperando por mí.
Sebastián Michaelis espera por mí en la puerta principal, sus ojos carmesí me miran con intensidad y tengo que obligarme a sonreírle, la farsa ha comenzado y parece que por ahora no me dejará en paz.
Me recibe con una sonrisa encantadora cuando bajo del auto, tenemos que fingir un abrazo y una efusiva bienvenida porque hay un equipo de filmación siguiéndolo de cerca.
Sus brazos envuelven mi cintura y su beso resulta demasiado brusco para ser sólo un saludo, pero aunque le correspondo me niego a dejarme llevar, me niego a permitir que las sensaciones que me provoca ganen la batalla y soy yo quien lo aparta, quien pone distancia entre nosotros.
—Son de una revista sobre bodas, quisieron darnos una sorpresa, así que sonría y sea más efusiva —susurra contra mi oído y lo único que quiero hacer es gritarle porque se aleje.
Sin embargo sé que debo de hacer lo que me ha pedido y mantengo una sonrisa esplendida cuando nos acercamos a la casa tomados de la mano.
Y tal y como ha dicho el equipo de filmación se presenta diciendo que pertenecen a una revista sobre bodas que ha comprado la exclusiva. Las cámaras graban cada uno de nuestros movimientos, supongo que también nos entrevistaran o algo así. Pero por ahora el director de la puesta en escena me explica que nos tomará unas cuantas fotos.
Dentro de casa todo está lleno de flores, majestuosas rosas e inmaculados lirios de color blanco, del techo cuelgan numerosos candelabros de cristal, todo es tan elegante y glamoroso.
Las maquillistas me dan un retoque, quieren mantenerlo todo "natural y casual", y aunque lleve ropa de oficina la sesión comienza. Nos toman fotos en el vestíbulo principal, en el comedor y el fotógrafo pide un par más en la sala.
Es en la sala de estar principal donde Simone aguarda con un montón de documentos que deben de pertenecer a asuntos de la fundación, está sentada en uno de los sofás atendiendo una llamada por teléfono y el televisor está encendido, es el noticiera pero justo ahora sólo aparece la sección de espectáculos donde un par de tomas de la última rueda de prensa que di se están transmitiendo.
Al fotógrafo le encanta la idea de captar un momento cotidiano como ese y aunque a Simone no le hace gracia se levanta de su sitio para ir a hablar por teléfono a otra parte. El fotógrafo ordena que nos sentemos en el sofá y pretendamos que Sebastián me ayuda con algo del trabajo. La idea es demasiado alejada de la realidad, pues el demonio nunca me ayuda con nada que sea de la fundación porque yo no se lo permito. Sin embargo no protesto y me pongo a hacer lo que el fotógrafo quiere.
El televisor permanece encendido y mientras los flashes se disparan sobre nosotros algo capta mi atención.
—En las últimas semanas ha causado conmoción a nivel nacional el caso de un asesino en serie… —anuncia una voz femenina y trato de ignorarlo, el fotógrafo pide mi atención y me enfoco en sonreír— conocido como el "asesino de Palm district" se presume que ya ha cobrado la vida de al menos veinticinco mujeres, entre sus víctimas destaca el nombre de Anelisse Barton quien era la comandante del cuerpo de policía local…
Pero entonces se vuelve tan difícil de ignorar, mis manos comienzan a temblar y los documentos que sostengo se escurren de entre mis dedos.
Sebastián evita que las hojas de papel se dispersen por el suelo, las deja en la mesilla de café y aunque permanezco con la vista clavada en mis manos sé que estoy acaparando toda su atención.
El caso se ha mantenido abierto y pronto, durante finales de Abril se cumplirá un año desde que ésta carnicería comenzó —narra la comentarista y por un segundo mis manos se tiñen de rojo, por un segundo estoy ahí, en la morgue y por un segundo todo lo que puedo ver es el cadáver de Susan Rallye, olvidado, abandonado.
Lo siento en ese momento, ese mismo sentimiento que me impide respirar, que me atrapa y me arrastra, que me lleva a un rincón profundo y oscuro dentro de mis pensamientos.
Siento las manos de Sebastián tomarme por los hombros, he comenzado a ovillarme sobre mí misma y él me impide abandonarme a mi miedo, a la ansiedad que me consume. Su toque avanza, con una mano aferrada a mi cintura me mantiene derecha y la otra se traslada a mi rostro, apresa mi barbilla entre sus dedos y me obliga a mirarlo a los ojos.
Las voces del equipo de la revista son un eco lejano, todo lo que puedo escuchar es mi corazón latiendo al borde del colapso. El hechizo fatal de su mirada me envuelve, sus ojos de la misma tonalidad de la sangre, son cálidos, profundos y la marejada de sensaciones que me provoca se precipita en mi interior.
Con ambas manos sostiene mi rostro, sus pulgares me acarician de forma suave las mejillas, quiero huir, quiero correr a esconderme y cerrar los ojos esperando a que todo termine. El miedo me consume, puedo sentirlo, puedo escucharlo, el sonido de las voces que han permanecido dentro de mi cabeza desde que ocurrió.
Es entonces que los labios del demonio chocan con los míos, su beso es una suave caricia, un toque tan delicado y superficial. Es la primera vez en meses que se siente como algo real, que mi pecho vibra ante su cercanía y quiero creer que no se debe a la presencia de las cámaras. Que es algo real y que ésta es su forma de regresarme a la realidad.
Es la primera vez en meses que las ganas de sucumbir ante él se vuelven insoportables, la urgencia nace en mi vientre, el fuego me quema pero aunque quiero desconectarme de mí misma y del resto del mundo algo me jala con violencia.
Lance.
—Éste es un fragmento de la entrevista que nuestro corresponsal en la ciudad consiguió hacerle al detective a cargo de la investigación sobre el caso, después de que en un operativo realizado hace unos días consiguiera encontrar a una mujer desaparecida que tal vez estaba a punto de convertirse en la siguiente victima… —dice la conductora del noticiero y por segunda vez en el día me aparto de Sebastián.
El demonio me dedica una mirada furiosa, pero no me importa, cuando veo en la pantalla del televisor hay un primer plano del rostro de mi amigo.
Lance está ahí, en televisión, con un montón de reporteros y camarógrafos rodeándolo, a su lado el semblante imperturbable del Teniente Morales. Pero es Lance quien habla, es a él a quien se dirigen los periodistas y la angustia en mi pecho vuelve al ataque.
Me apresuro entonces a buscar el control remoto y subir el volumen, a mis espaldas el fotógrafo protesta, pero no me importa si ya he arruinado todo.
—¿Cree que podrá resolver el caso pese a su poca experiencia? —es la pregunta de un reportero y Lance le sonríe a la cámara, parece incómodo, apenado, y hace ese gesto suyo de pasarse una mano por el cabello revuelto.
— Todos estamos trabajando duro para resolver éste caso, no creo que deban darle el crédito a una sola persona, mucho menos a mí, sólo estoy haciendo mi trabajo —es su respuesta, y pese a la deslumbrante sonrisa sé que en realidad está muy nervioso.
Es como si mi corazón dejara de latir, puedo sentir el calor abandonarme de golpe, el temblor se apodera de mis extremidades y ese sentimiento oscuro y doloroso me inunda.
—Por ahora no podemos dar mucha información sobre el caso, pero les doy mi palabra de que haré todo lo que esté en mis manos para detener a quien ha hecho esto —su determinación me desarma, la decisión en sus brillantes ojos grises es como una bofetada.
Por un momento es como si él estuviera frente a mí, casi puedo sentirlo, su olor, su calor y una punzada dolorosa me recorre.
Su rostro deja de aparecer en la pantalla, la transmisión de esa entrevista ha terminado y el rostro joven y fresco de la conductora del noticiero se hace presente.
—El detective Lance Riddle se unió al cuerpo de policía de Shirlight city a principios de noviembre del año pasado, pese a su inexperiencia por sí solo dirigió un operativo donde consiguió rescatar con éxito a una mujer que llevaba desaparecida desde principios de enero de éste año. La joven promesa del cuerpo de policía fue el primero en su clase y se graduó con honores como Criminólogo… —entonces la transmisión se corta de forma abrupta, alguien ha apagado el televisor y la furia, el odio, termina por consumirme.
A mi lado es Sebastián quien sostiene el control remoto y me mira de esa forma en que no comprendo, su sonrisa arrogante termina de destruir mi autocontrol y ya no me importa para nada el mantener las apariencias con tantas personas en casa.
—¿Pero qué mierda te pasa? —le espeto con furia, su expresión cambia, una sonrisa cínica, una mirada sombría, y el silencio se apodera de la casa.
—¿Quieres pelear ahora, cariño? ¿Con tanta gente aquí que espera ver lo felices que somos? —arrastra la palabra cariño con especial énfasis, está burlándose y la ira hierve en la boca de mi estómago.
Me pongo de pie, poco me importa lucir como una loca ahora, o que nuestra farsa se derrumbe de forma inminente.
El staff de la revista se mira entre sí con confusión, el fotógrafo se ha quedado quieto mientras me mira y la duda se dibuja en su expresión.
—¡Largo de aquí! —grito en dirección al camarógrafo y veo a Simone dirigirse a toda velocidad en mi dirección.
—¿Qué estás haciendo? —dice Simone entre dientes, la humillación y el coraje hacen que su cara se torne de un rojo brillante y tengo que reprimir el impulso que siento de empujarla.
—Quiero que se vayan ¡Quiero a todas estas personas fuera de mi casa ahora! —ordeno y un avergonzado Frank junto a tres de los cuatro se acercan.
Simone me reta con la mirada, sus ojos pardos son fríos e imponentes, no me dejo intimidar y le planto cara con la misma firmeza, espero que mi mirada baste para ella, que sea tan cruel y arrogante a como ella siempre ha sido conmigo.
Y tras un eterno minuto ella retrocede, su silenciosa retirada es el sinónimo de su derrota y empuja a Frank, quien detrás de ella estaba dispuesto a sacarla arrastras si yo lo ordenaba.
Simone intercambia un par de palabras con el director de la puesta en escena y eso basta para que todo el equipo comience a recoger sus cosas y marcharse.
Tres de los cuatro guardaespaldas escoltan a los miembros de la revista a la puerta principal. Frank y el silencioso Nudillos acompañan a Simone quien es la última en irse no sin antes dedicarme una mirada fría, cargada de reproche y amenaza.
Cuando por fin no queda nadie dentro de casa permito que mis emociones tomen el control de la situación. Y es el enojo, el odio, lo primero que revienta.
—¿Qué mierda pasa contigo? —le grito al demonio que permanece sentado en el sofá y me mira como si la culpable de todo fuera yo.
Bufo, exasperada y lo empujo con todas mis fuerzas esperando que al menos eso lo altere.
Pero sus ojos de un oscuro tono de rojo dejan de mirarme, su mirada rehúye a la mía y no hace más que aumentar mi enojo.
—¿Te importaría al menos fingir que existo? Mierda, ya habíamos tenido esta discusión antes, habíamos llegado a un acuerdo y… —empiezo a reclamarle pero ocurre tan rápido que me quedo sin habla.
En un segundo estoy de pie gritándole y al siguiente estoy recostada sobre el sofá, acorralada entre sus brazos y su rostro a centímetros del mío. Su cuerpo me aprisiona y el calor me golpea, mi interior grita.
Está tan cerca que puedo percibir su olor, sus manos colocadas a ambos lados de mi rostro, una de sus piernas se sitúa entre las mías y el calor aumenta. La presión de su cuerpo sobre el mío se incrementa, recarga todo su peso sobre mí y sin embargo no me está aplastando, se mantiene tan cerca que puedo sentir su respiración, el vaivén de su pecho contra el mío.
Estoy paralizada, no sé si es su cercanía lo que me aturde esta forma, tal vez es esa poderosa y monstruosa atracción que existe entre nosotros. Es tal vez la terrible electricidad que recorre mi piel cuando su boca besa la piel desnuda de mi cuello.
No puedo comprenderlo, quiero ignorar la sensación cálida que inunda mi pecho, quiero mantener esos recuerdos tan lejos como sea posible pero ignorarlos se vuelve tan difícil. Es tan peligroso, tan horrible, que siga provocándome esto pese a que no ha hecho nada además de lastimarme. Es enfermizo, terrible y no importa porque de todas formas mi cuerpo responde, reacciona a él.
—Sebastián —susurro con la voz temblorosa quiero decir más, quiero gritarle, reclamarle por su comportamiento tan infantil de los últimos meses.
Pero es como si mi voz me hubiera abandonado, todo lo que quería decirle se me ha olvidado, mi mente está en blanco y por más que trato de encontrar la fuerza y voluntad necesarias para enfrentarlo, no puedo.
No quiero resistirme, quiero caer, quiero volver a ese abismo al que Sebastián me arrastra cada que estamos juntos.
Lo deseo.
—¿Eso es lo que quiere? —gruñe contra mi oído y el sonido de su voz me pone a temblar.
Sus ojos buscan los míos, la tormenta se desata, es incontrolable. La necesidad y la urgencia me golpean, el hambre es inaguantable, pero me mantengo quieta.
Por algún motivo no sucumbo al impulso terrible, a la tentación de su boca entreabierta tan cerca de la mía.
Y ese algo que me impide sucumbir parece tener más fuerza que la lujuria que el demonio desata en mi interior.
—¿No estará cambiando de opinión? —me amenaza con voz sugerente, la mano con la marca del contrato me sostiene por la barbilla, su toque es delicado pero firme y mi cuerpo se estremece con deleite.
Su risa se hace presente, parece disfrutar el tenerme a su merced, y es esa sonrisa burlona, sarcástica lo que me empuja lejos del hechizo de su encanto.
Y la que sonríe de forma cruel soy yo.
—¿Qué hay de ti? —le espeto con frialdad, la sonrisa que se me escapa provoca el desconcierto en los ojos del demonio.
—No soy idiota, estás evitándome y ésta vez lo haces de una forma tan absurda, ni siquiera hice algo que provocara que me trates de ésta forma ¿Teníamos un acuerdo, no? —espeto y la sonrisa burlona se borra de su rostro.
Sus ojos arden, son de ese color que oscila entre el rosa brillante y el purpura. No me responde y en lugar de hablar decide torturarme, su boca viaja a mi cuello y sus labios depositan húmedos besos que me hacen perder la razón. Una de sus piernas se abre paso entre las mías y la fricción que provoca me hace jadear.
—Aún está a tiempo de rendirse —susurra contra mi cuello y sus palabras me toman por sorpresa.
Esperaba que dijera cualquier cosa, que se burlara, que encontrara algo hiriente y cruel para reprocharme. Todo menos eso.
No lo entiendo, estoy paralizada, confundida, hay algo doloroso que nace en mi pecho y se extiende, me quita el aliento y lo destruye todo a su paso, de pronto el nudo en mi garganta se vuelve insoportable y las ganas de llorar me atacan.
No quiero entender a qué se está refiriendo, ni el extraño brillo en sus ojos ahora tan oscuros. Es esa mezcla de desesperanza, de desesperación, un cúmulo de melancolía, de algo que no puedo entender.
¿Acaso él…?
—No —digo con voz firme, la desesperación se aleja, la ira renace en mis adentros, me invade por completo y no permite que ninguna otra cosa exista en mi interior.
El odio, esa masa oscura y horripilante que se ha mantenido latente y oculta, que se ha nutrido del dolor, permanece ahí, como si en cualquier momento fuera a atacar.
El demonio me sonríe, es una mueca torcida, una sonrisa falsa colmada de amargura y no lo comprendo, no puedo entenderlo, la forma en que sus ojos me miran y luce como si en realidad quisiera decirme algo, pero no lo hace.
El brillo de sus ojos demoníacos se hace presente de nuevo, se queda sobre mí, inmóvil y mechones de su cabello ébano se desparraman sobre mi rostro. Está tan cerca que ante el menor movimiento el roce de nuestros labios resultaría inminente.
Anhelo su contacto pero el eco de sus palabras aún flota en la habitación, el significado doloroso, impensable; permanece ahí y quiero ignorarlo.
Porque justo hace un momento me acaba de preguntar si acaso dudo, me ha ofrecido libertad.
—Lo prometiste —consigo encontrar mi voz, consigo decirlo pero de todas formas no puedo evitar que la voz me tiemble y que el incontrolable dolor, el odio vorágine se apoderen de mí.
Sebastián se mantiene inamovible, sus ojos no se apartan de los míos y es como si estuviéramos de vuelta en el auto, meses atrás, antes de esa noche, ese momento en que me hizo ese juramento. Tiene la misma expresión, sus ojos son esa tormenta que en definitiva terminará por destruirme.
—Quiero morir… —le confieso y es la primera vez que lo digo en voz alta, las palabras se me escapan, son como un suspiro, la súplica implícita, la añoranza.
Mátame.
Y es entonces que Sebastián impone un poco de distancia, sé lo que quiere hacer, va a dejarme ahora, se irá y volveremos a nuestro ciclo interminable de ignorarnos, pelear y reconciliarnos. Volveremos a ese abismo, a ese juego insufrible donde él tratará de controlarme. Pero ahora puedo verlo, puedo sentirlo, él ya no tiene el control. Y yo tampoco.
Vamos a la deriva, en picada y no hemos terminado de caer.
Así que mis manos viajan a su rostro, lo detengo, evito que se aleje. Trato de ignorar esa angustia, ese miedo que se siembra en mi pecho, que es tan poderoso que eclipsa el odio y la ira. Esa ansia insana, enfermiza, que inició desde hace tanto, ese miedo inexplicable de perderlo.
—Quiero esto —consigo decir con voz inestable— y no voy a rendirme hasta que aquellos que me hicieron esto paguen. Quiero venganza, quiero matarlos y que sufran todo lo que me han hecho pasar, el infierno que me han hecho vivir por casi un año. Quiero morir y no voy a arrepentirme, no tengo miedo de morir, quiero hacerlo —no titubeo, no dudo en ningún momento, la tormenta en mi interior no me detiene.
La intensa mirada del demonio me cubre por completo, sabe que no le miento, porque nunca antes había sido tan honesta con él. Una leve sonrisa se dibuja en sus labios, sé que no le complacen mis palabras pero tampoco me detiene.
—Y tú tienes que matarme —mi voz es firme, decidida, no hay frialdad, no hay crueldad y le dedico la única sonrisa sincera y real que he esbozado desde la noche de Navidad.
La leve sonrisa en el rostro de Sebastián se ensancha, los afilados colmillos se asoman por sus labios pálidos, su mirada permanece encendida en esa gama de colores inciertos. Asiente con la cabeza, y sé que no me miente, que esta es una promesa que no puede romperse.
La caricia de sus labios contra los míos me arrebata el aliento, la deliciosa fricción, el placentero dolor que jamás se irá.
Su beso es un gesto desesperado, una amarga y deliciosa tortura. Sus dedos se encajan en mis caderas, pero no hay calor, no hay ni un rastro de esa hambre asfixiante, de la electricidad entre nosotros.
Es algo más, algo que no es guiado por el ansía, por ese monstruoso vínculo que compartimos. Es un algo que no comprendo, poderoso, destructivo, desenfrenado.
Hundo los dedos en su cabello, me atrevo a jadear su nombre cuando su boca abandona la mía y deja un sendero de besos por todo mi cuello.
Sus manos son hábiles, diestras, y no tarda mucho en que lo que queda de mi cordura se desvanezca. Sus dedos fríos se cuelan bajo la tela de mi blusa y sus caricias son todo lo que necesito. Su boca sigue bajando, mi blusa es arrancada de un solo movimiento y el anhelo me quema.
No sé exactamente qué es lo que hay en sus ojos cuando se detiene por un segundo para mirarme.
No quiero averiguarlo.
Sólo quiero caer.
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—Hola, te comunicas con Lance Riddle, no puedo responder ahora pero deja tu mensaje y ten por seguro que te llamaré —el buzón vuelve a recibirme y cuelgo de inmediato.
Es mi último intento, después del intento número catorce es obvio que de verdad no está disponible. Pero me cuesta calmarme, me cuesta mucho respirar profundo y tranquilizarme, convencerme de que él está bien y que tengo que concentrarme en mi trabajo.
Pero es demasiado difícil y conforme el tiempo transcurre mi mente continúa llenándose de ideas cada vez más horrendas.
Miro la hora en el reloj del estudio, Simone no tardará en aparecer, furiosa por el episodio de ayer se ha propuesto el llenarme de papeleo y aunque el trabajo me mantiene un tanto distraída de todo el asunto, lo cierto es que no estoy de humor para leer o corregir contratos o lo que sea que Simone quiera darme.
Vuelvo a revisar mi teléfono, sé que estoy actuando como una loca pero he podido contactarme con Lance desde hace dos días, nada más allá de su mensaje y luego apareció en las noticias.
No sé cómo sentirme, estoy tan preocupada por él y a la vez enfadada. En ningún momento me mencionó algo tan importante como eso, que trabajara de forma oficial en el caso y que Lance me oculte cosas tan importantes me pone tan mal. Soy una hipócrita, no puedo exigirle honestidad cuando yo le engañé esa noche, cuando le he pedido a una tríada de seres sobrenaturales que lo mantengan alejado del peligro.
Y antes de que pueda pensarlo dos veces el teléfono ya está marcando al número del shinigami de rojo.
A diferencia de Lance, recibo una respuesta inmediata, al segundo timbrazo la llamada es contestada y la voz aguda de Grell me saluda con entusiasmo.
—¡Niña! —grita y tengo que alejar el auricular de mi oído.
—¿Puedes decirme por qué Lance está en televisión nacional? —no quiero ser grosera con Grell pero no puedo evitarlo, estoy desesperada.
Al otro lado de la línea se escucha un suspiro y el sonido de voces lejanas que no puedo discernir, parece que Grell habla con alguien más y mi enojo, mi angustia, crecen mucho más.
—Lo siento cariño —dice con voz dulce y me obligo a reprimir el violento impulso que siento de querer arrojar el teléfono contra la pared—. He mantenido mi promesa, pero creo que lo conoces mejor que yo, Lance es un chico listo, escurridizo y se ha vuelto muy reservado conmigo luego de eso…
—¿A qué te refieres con eso? —me apresuro a preguntar y se escucha un ruido en el teléfono.
Grell masculla algo tan bajo que no puedo entenderlo y de inmediato pienso en lo peor, la angustia me engulle, el temor porque algo le haya pasado es demasiado.
Puedo verlo al cerrar los ojos, mis pesadillas convergen en una misma secuencia, el terror de la pérdida es insoportable y el fantasma de Susan, de Evelyn, se ríe de mí y mi incapacidad de poder proteger a los que amo. Mi gran talento para hacer que todos a mí alrededor salgan perjudicados de alguna forma.
—No es nada cariño, tuvimos una pelea porque se dio cuenta de que bueno, tú me pediste cuidarlo, y eso. No ha dejado de ser el mismo chico amable y bromista, pero se toma sus reservas con todos nosotros, ha estado trabajando demasiado y aunque lo vigilo de cerca no siempre puedo hacerlo… —es la respuesta del shinigami pasados unos minutos de incómodo silencioso, no le creo, no le creo nada pero me esfuerzo por no reclamarle.
Sé que me oculta algo, tengo el presentimiento de que algo ahí no está bien. Pero me quedo callada porque ya no consigo discernir si mi presentimiento es real o sólo es parte del miedo que me corroe desde dentro.
Porque cuando cierro los ojos vuelvo a ver a Evelyn entre mis brazos y la sensación de un ataque de ansiedad tira de mis piernas, me hace temblar.
—¿Él está bien? —es todo lo que consigo articular y el temblor en mi voz es imposible de reprimir.
—Cariño, te lo prometí, él está bien y si eso te tranquiliza no hay ningún Lance Riddle en los registros —sé que pretende consolarme y de cierta forma lo consigue, pero lo que necesito ahora para mantener la calma es escuchar la voz de Lance.
—Iré para allá, volveré a la ciudad. —suelto de inmediato en el momento en que la puerta del estudio se abre.
La silueta de Sebastián cargando una bandeja con bocadillos me distrae por un segundo, me sonríe con cortesía antes de dejar la bandeja sobre el escritorio y en sus manos vestidas por guantes de cuero reposan un par de frascos, son mis vitaminas y no va a irse hasta que me haya tomado los medicamentos y comido todo lo de la bandeja.
—¿Qué? Pero… —la voz nerviosa del shinigami acaba con mis dudas.
—No se lo digas, pero… estoy lista —susurro contra el teléfono, los ojos del demonio centran su atención en mí, no sonríe, sólo está serio, tan serio que me da la impresión de que mis palabras le han molestado.
—Cariño… —la voz de Grell está cargada de tristeza, de desconsuelo y quisiera tener el valor suficiente como para intentar consolarlo, pero no lo tengo.
—Todo tiene que terminar y estoy lista, volveré a Shirlight city y acabaré con esto —digo con firmeza, con los ojos fijos en la intensa mirada de Sebastián—. No puedo permitir que siga pasando, que más personas mueran por mi culpa, me he escondido como una cobarde por tanto tiempo y ya es suficiente, quiero hacerlo, voy a hacerlo…
—¿Entiendes lo que eso significa? —la voz dulce y cautelosa de Grell es como una puñalada, yo lo sé, lo sé bien.
Voy a morir.
Y no hay forma de que eso cambie.
—¿Entiendes que cuando el momento llegue, no habrá salvación para ti? Estás condenada a desparecer, tu alma será devorada y no habrá nada más, será el fin. —mientras Grell lo dice no puedo apartar la vista de Sebastián, cada palabra es tan certera, tan dolorosa, pero es lo que quiero oír.
Pero ¿Por qué he comenzado a llorar?
—Lo sé —respondo y es una sorpresa que mi llanto no sea escandaloso.
Lo comprendo entonces, es eso mismo, esa nostalgia que me inundó en el momento en que me despedí de mis sobrinos y mi hermana. La pregunta viene de golpe y sólo puedo pensar en una persona.
¿Qué pasará con Lance cuando yo muera?
El pensamiento es doloroso, me desarma por completo porque hasta este momento jamás había reparado en eso.
—¿Puedes prometerlo? —sé al momento que no se lo estoy pidiendo a Grell, que mis palabras van dirigidas al demonio de ojos carmesí frente a mí.
El dolor punzante de mi pecho me impide respirar, la marca en mi hombro arde, reacciona ante el deseo ardiente de una orden no pronunciada.
—Lo que quieras cariño —responde Grell al otro lado de la línea.
—Cuida de él —consigo decir y mi corazón late con furia, como si quisiera escaparse de mi pecho—. Cuida de Lance cuando yo me haya ido, prométeme que él estará bien, que podrá seguir con su vida sin mí y que Richard Daniels también encontrará la forma de ser feliz aunque yo esté muerta, por favor. —suplico, ordeno y no espero a la respuesta de Grell antes de terminar la llamada.
Me apresuro a limpiar las lágrimas que me escurren por las mejillas, siento que ya he llorado todo lo que tenía que llorar y aunque el dolor persiste de alguna forma está bien.
Sebastián Michaelis me extiende una mano enguantada para que me levante de la silla y tan pronto lo hago, el demonio se inclina ante mí, de rodillas y con una mano en el pecho pronuncia esas palabras que sellaron mi destino, que acabarían con mi vida.
—Yes, my lady.
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Quizás podrá parecer que irnos en mitad de la noche es un acto impulsivo y para nada planeado, pero no es así. He planeado cada detalle de lo que vendrá en los próximos días y no hay manera de que mi plan fracase.
Confío en que Frank y el par de guardaespaldas basten para contener a Simone cuando la mañana llegue y ella se dé cuenta de que me he ido.
Espero que Frank pueda persuadirla de no comunicarle a Evan en dónde estoy y espero que no se culpe de ninguna forma porque no voy a volver.
Tengo que terminar con todo pronto y la única manera en la que eso puede ocurrir es volver a la ciudad, volver al mismo sitio en donde esa noche terminé de perderme del todo.
Espero que Evan no me odie cuando se entere de lo que va a pasarme. Espero que mantenga su promesa de velar por mi familia incluso después de que yo me haya ido, confío en que lo hará, confío en que la carta y el testamento que dejé sobre el escritorio del estudio sean suficientes para él, para garantizar el futuro de todos mis seres queridos.
Me hubiera gustado tener el valor y el coraje suficiente para hablar con Jessica una última vez, para despedirme de ella y asegurarme de que ha podido seguir con su vida, que está bien. Y decirle que lo siento, que en realidad la he extrañado mucho y que sin importar lo que le dije en el pasado siempre ha sido y será mi mejor amiga.
Pero es más fácil de esta forma, irme sin despedirme de ella, porque sé que no habría podido tener el valor suficiente para irme luego de hablar con ella. De todas formas duele, sé que voy a lastimarla, sé que Jess llorará por mí, que será una perdida terrible para ella, pero es mejor así, que no sepa que me iré de verdad, que siga pensando que estoy bien hasta el final.
Así que cuando Sebastián pone el auto en marcha no hay nada más que hacer, que decir, me he despedido de los cuatro y de Frank, sabiendo que con Sebastián al volante será sencillo perder el auto donde Nudillos y Cara cortada empezarán a seguirnos. No quiero arriesgarlos a ellos también, que pongan sus vidas en juego por mí, sobre todo cuando lo último que deseo es ser salvada.
Voy a morir.
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Hola gente bella de fanfiction, según mi reloj aún es lunes
Y voy veloz porque mañana es mi primer día oficial de clases y tengo que levantarme a las cinco jeje
Comentando rápidamente algunas cosas del capitulo, sí, la escena final la agregué de último minuto. Y bueno este capitulo es más que nada introductorio para el arco.
Porque en efecto lindos pimpollos, hemos comenzado con el último arco, estamos de forma oficial en la recta final de fanfic y me muero de la emoción por saber tus opiniones al respecto.
Ese par de escenas entre Sebastián y Sam, me han roto el corazón, pero descuiden, cosas peores vendrán dijo la biblia(?)
Saluditos de amor usuales para la bella Anvi y gracias por tu ayuda mujer, eres amor del bueno.
Nos leemos el próximo lunes con un nuevo capítulo que les prometo los dejará impaktadarks(?)
Dejn todo su amor, teorías locas, tomatazos y así en forma de review.
¡Nos leemos pronto!
