Su señorita, mentirosa I.
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Bien, tal vez soy una ladrona por robar tu corazón.
Sí, tal vez soy una ladrona por no hacerme responsable.
Sí, tal vez soy una mala, mala, mala, mala persona.
Bueno, cariño, lo sé.
Love, love, love — Of monsters and men.
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25 de febrero, 1989.
No he salido de casa ni una sola vez desde entonces.
Temo volver a encontrar a Sebastián.
No sé qué es lo que busca, qué lo ha traído de vuelta después de un siglo. Sólo sé que no quiero volver a verlo nunca más.
Puedo recordarlo, su fachada de ser perfecto, sus terribles ojos brillando en la oscuridad y la certeza de que el final me esperaba.
Y entonces… ¿Por qué?
¿Por qué pasó eso?
¿Por qué es que después de tanto tiempo se ha empeñado en volver a encontrarme?
No soy Ciel Phantomhive, hace mucho que dejé de serlo, soy Lilian Carson ahora y en esta vida que tengo vale la pena seguir, vale la pena luchar.
Tengo algo por lo cual vivir, alguien a quien amar y que me ame.
Y eso es mucho más importante, no existe nada más importante que esto, que tú.
Tengo una familia, tendré un bebé, debería de comprender que por más que lo intente no me rendiré ante él.
El demonio debería de entender que yo no le pertenezco, que es su culpa por haberme engañado, por haber hecho trampa y haber acabado conmigo cuando tuvo la menor oportunidad. Rompió nuestro contrato, se deshizo de mí ¿Por qué ahora tiene que volver?
¿Es que acaso no lo entiende…?
Ya no hay nada que nos una, yo no le debo nada, ya no.
Y no permitiré que el monstruo que es Sebastián Michaelis vuelva a arrebatármelo todo.
No se trata de venganza ahora, se trata de justicia.
Y sé que pagará por todo.
Sebastián pagará.
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El viaje sigue siendo largo, agotador, pese a que Sebastián conduce, de alguna forma me siento deshecha.
No es un dolor físico, es algo que me mantiene aturdida y desconectada de la realidad, una sensación vertiginosa, la percepción de que el peligro es inminente y el final está delante de mí.
Trato de dormir, sentada en el cómodo asiento trasero del auto, pero por mucho que lo intente no puedo conciliar el sueño. Me duermo por cortos lapsos de tiempo y las pesadillas se presentan tan pronto he cerrado los ojos, así que despierto una y otra vez hasta que ha pasado el tiempo suficiente como para que el sol salga y el demonio decida hacer una parada en una estación de servicio.
Hay que cargar gasolina, tengo que bajar del auto y ocuparme de mis necesidades básicas, hacer una parada en el baño y tratar de comer algo, de tomarme las medicinas. Pero no tengo hambre, mi estómago tampoco protesta y aunque el almuerzo que Sebastián empaquetó se ve muy apetitoso, lo cierto es que apenas y puedo tomar un par de tragos de agua.
A Sebastián no le hace gracia mi falta de apetito, me obliga a comer y de mala gana consigo engullir medio emparedado y una manzana.
La ansiedad es tan poderosa que apenas y percibo algo más, apenas soy consciente de lo que pasa en el exterior, apenas y entiendo los sonidos que salen de la radio. Es como si de pronto todo perdiera el sentido y me recupero a tiempo para ver el letrero de bienvenida a la ciudad.
Todo es igual a como la última vez en que estuve aquí, pero ya no me invade la nostalgia o la incomodidad, la imagen de la ciudad es la misma, sólo que sin adornos festivos. Sin embargo algo se siente diferente, hay algo que ha cambiado y eso lo entiendo tan pronto nos internamos por las calles de Shirlight city.
El rostro de Lance Riddle aparece en todas partes, está en los periódicos, en las pantallas de los televisores tras los escaparates de las tiendas. Y eso no hace más que acrecentar mi angustia, que el miedo despierte y me embista.
El ambiente en las calles de Palm District es diferente, tenso, no hay niños jugando en la calle y para ser cerca de medio día no hay gente. El distrito parece muerto, incluso hay negocios cerrados y para ser un día entre semana eso sólo acentúa que algo está mal, que algo está pasando en las calles y que la gente lo ha notado.
La presencia pesada y turbia de la muerte es reconocible a simple vista, es obvio que algo está por ocurrir.
Las calles se vuelven más familiares, más conocidas, conforme nos acercamos a nuestro destino. Puedo ver el lugar donde solía vivir con mis padres cuando era niña, reconozco la que era la casa donde Jess vivía antes de que sus padres se divorciaran y también la que solía ser la casa de los abuelos de Lance. No me sorprendo cuando llegamos al modesto bloque de apartamentos donde vive Lance, pero sí me preocupa que permanezca en un sector de la ciudad donde está tan expuesto a que algo le pase.
Sebastián parece molesto en el momento en que estaciona el auto. No quiero fijarme mucho en esa expresión que pone, está furioso y la marca del contrato palpita. Espero se deba a una tontería y no se trate de algo malo, porque aunque estoy tan cerca de ver a Lance el miedo ha empezado a causar estragos dentro de mí.
Mi intranquilidad aumenta cuando me interno en el bloque de apartamentos, en el viejo enrejado oxidado no hay nadie vigilando, la puerta permanece abierta y me propongo que cuando tenga la oportunidad, tengo que anexar una cláusula en el testamento, asegurarme de que una parte de lo que está destinado para Lance se invierta en un mejor lugar donde mi amigo pueda vivir seguro.
Dar con el edificio donde vive no es complicado pese a que todos lucen casi iguales, no es de sorprender que la puerta del edificio tampoco esté cerrada y aunque el departamento de mi amigo está en un sexto piso subo las escaleras a toda velocidad.
Mi cuerpo protesta fatigado y el aire lucha por entrar a mis pulmones, tengo una condición física espantosa, pero eso no me detiene. Tengo que verlo, tengo que saber que está bien.
Tengo que hacerlo.
Tan pronto estoy frente a la puerta de su departamento me apresuro en tocar el timbre, pero no funciona y es entonces que de forma exagerada y ansiosa comienzo a golpear la puerta.
No tardan en escucharse pasos provenientes del interior del departamento, el ruido de las cerraduras, y mi corazón palpita como loco en mi pecho.
—Grell te dije que no… —comienza a decir Lance cuando abre la puerta, pero se queda mudo al verme a mí en su puerta en lugar del shinigami.
No puedo contener mi emoción, no puedo frenar el impulso que siento de darle un abrazo y eso es lo que hago, tengo que ponerme de puntillas y el impulso que tomo le hace perder el equilibrio a Lance.
Él tiene que agarrarse del marco de la puerta, de forma que no lo tire al suelo ante mi efusivo saludo.
—¿Pero qué haces aquí? —se ríe una vez reacciona, sus brazos me envuelven y el olor de su colonia inunda mi olfato.
No lleva camisa, va con el torso desnudo y un pantalón de pijama colgándole de forma descuidada por las caderas. Parece que estaba alistándose para salir a trabajar y me enfoco en eso, en recuperar la compostura y decirle lo que venía a decirle. Pero es inútil, estoy tan contenta de verlo, el alivio por verlo y sentir su calor, escuchar su risa, no me deja pensar en nada más.
Tengo que respirar profundo, repetirme una y otra vez esas palabras que he repetido desde esa noche, que él está bien y que nada puede pasarle.
Pero de pronto la alegría que siento de ver a mi mejor amigo es desplazada por la angustia. El miedo me engulle poco a poco, reclama su lugar en mi interior y mi respiración se vuelve irregular. De pronto el cálido abrazo de Lance se convierte en una rígida prisión y en cuanto cierro los ojos la pesadilla vuelve.
Esa monstruosa imagen de la pesadilla que tuve antes de que Evelyn muriera, esa ilusión nefasta donde yo terminaba asesinando a Jessica por accidente y la imagen de Jess es reemplazada por Lance, su rostro se dibuja entre las tinieblas de mi sueño, es su voz la que grita de agonía y es su sangre la que me salpica las manos.
La ansiedad se apodera de mí, me devora viva y no puedo evitar que suceda, ya no puedo frenarla.
—¿Qué ocurre? —la voz preocupada de Lance me saca del trance, me toma por los hombros y me obliga a mirarle a los ojos, ahora que lo veo con detenimiento puedo notar que acaba de afeitarse y en su barbilla hay un pequeño punto rojo e irritado.
Ese detalle basta para anclarme al presente, para sonreírle de la mejor forma en que puedo.
Pero sé que él no se cree mi sonrisa y sus ojos grises me miran en búsqueda de una respuesta.
—Te extrañé demasiado —consigo decir y mi voz aún tiembla, me delata.
Pero Lance lo deja pasar, su sonrisa es cálida y sincera y vuelve a envolverme en un abrazo que aleja el miedo de mí.
—También te extrañé —susurra contra mi cabello antes de besar mi cabeza, el sentimiento que me inunda es dulce, cálido.
Por un momento incluso consigue hacerme olvidar todo lo que planeo, por un momento no existe nada más que sus brazos.
Por un momento me siento viva.
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Me muerdo el labio con fuerza, estoy nerviosa, no sé qué decirle a Lance ahora que estamos solos.
Sebastián y Lance han tenido una pequeña escena porque mi amigo no tiene comida decente en el refrigerador y el demonio ha salido hecho una furia con el pretexto de conseguir comida de verdad.
Pero creo que Sebastián sólo ha buscado una excusa sencilla para irse y no ver a Lance.
Al principio creí que era sólo mi imaginación, no me había parecido extraño que Sebastián se molestara por la efusiva bienvenida de Lance. Sin embargo cuando Lance saludó al demonio con una mueca y una mirada hostil, me quedó claro que entre ellos las cosas también se habían ido a la mierda.
Lance sale entonces de la cocina con un par de cervezas recién abiertas y me ofrece una.
Su sonrisa es deslumbrante, de verdad parece feliz de tenerme en casa y un pinchazo de culpa, de remordimiento, me intercepta.
—Debiste de avisar antes de venir, no he tenido tiempo ni para limpiar —se queja con una sonrisa burlona y de pronto me parece imposible el mirarlo a los ojos.
Le doy el primer trago a mi cerveza, busco darme valor, pero fracaso de manera estrepitosa porque Lance se sienta frente a mí, sobre la mesita de café.
Su presencia se torna pesada, puedo sentir su mirada platinada sobre mí, espera a que diga algo, a que le explique por qué estoy aquí. Lo sé, él me conoce mejor que nadie y es por eso mismo que nunca había sido capaz de mentirle. Hasta esa noche.
—¿Vas a decir algo, o vamos a tener que jugar a las veinte preguntas? Sammie, se te da fatal jugar esos juegos… —pese a su voz animada sé que no está bromeando, me mantengo quieta, contemplando la botella de cristal oscuro.
Sabía que sería difícil, siempre estuve consciente de ello, pero ahora, estando aquí con Lance tan cerca de mí ya no sé ni por dónde comenzar.
¿Cómo debería de hacerlo?
¿Cómo puedo despedirme de él sin que se dé cuenta?
El suspiro de Lance me obliga a levantar la mirada, sus ojos lucen cansados, dolidos, las profundas ojeras bajo sus ojos me ponen mucho más incómoda, la culpa incrementa y me valgo del dolor para encontrar el valor necesario.
—¿Por qué no me lo dijiste? —comienzo a decir en un susurro y la mirada atenta de mi amigo vacila por un segundo, sus ojos esquivan los míos y hace ese gesto suyo de llevarse una mano al cabello, desesperado, frustrado.
—No se supone que le cuente a nadie sobre el caso en el que trabajo, es información confidencial… —masculla y mis manos tiemblan, la furia nace en mi pecho pero trato de contenerme.
—Creí que ibas a ayudarme Lance, lo prometiste —le espeto de mala gana, soy hiriente, fría, pero poco me importa.
Lance le da un trago a su cerveza, se bebe casi todo el líquido de un golpe y yo he perdido el interés en la mía, dejo la botella con cuidado sobre la alfombra raída.
—No puedes ocultarme cosas como esas, sabes que todo, hasta el más mínimo detalle podría ser de verdad valioso para acabar con esto —el reclamo es inevitable, el reproche en mi voz, no quiero ser una perra con él pero no puedo dudar ahora, ya no puedo retroceder.
Lance no me mira, le da otro trago a su cerveza hasta acabársela. Hace una mueca, la botella cae sobre la alfombra y es una suerte que no se haya roto. Pero mi amigo no responde, sus manos van directo a su cabeza, lanza una especie de gruñido y su mirada se estanca en el piso.
La ira comienza abrirse paso en mi pecho, tal vez no es buena la forma en que mis emociones se han vuelto tan cambiantes o explosivas con el pasar de los meses. Tal vez mi actitud no es para nada correcta o saludable, pero ya no puedo evitarlo, ya no puedo controlarme y el deseo irrefrenable de gritarle me gana.
—¡Por Dios, Lance! —grito vuelta una furia y me he puesto de pie frente a él— Apareciste en televisión nacional ¿Tienes idea del peligro que corres ahora por haberte expuesto de esa forma? —le reclamo lista para pelear.
Pero Lance no parece inmutarse ante mi arrebato, su atención continúa en el mismo punto distante y no me mira. Pierdo la paciencia, el control, quiero respuestas así que ni siquiera lo pienso, mis acciones son violentas y trato de empujarlo, de sacarle una reacción por la fuerza.
Pero tan pronto mis manos han alcanzado los hombros de Lance, él se mueve, apresa mis muñecas entre sus manos que son tan grandes y fuertes en comparación a las mías.
Es entonces que se atreve a mirarme, sus ojos que son como la plata líquida brillan a causa de la luz que se filtra por la ventana del apartamento. Es más de medio día y el calor ha comenzado a filtrarse, a inundar la reducida estancia.
Es ese calor típico de las tardes de primavera de la ciudad donde crecimos, pero pese a que el sol se alza en lo alto, por alguna razón yo no lo siento. Por alguna razón lo único que siento es frío.
La mirada gélida y furiosa de Lance me saca de balance, siento mi propio coraje vacilar, huir despavorido y por un momento no sé quién es la persona que tengo delante.
El siempre dulce, amigable y divertido Lance Riddle se encuentra ausente, en su lugar hay un hombre furioso, desesperado y determinado.
—Sólo estaba haciendo mi trabajo Samantha —espeta y se levanta, de pronto resulta demasiado intimidante, la diferencia de alturas entre nosotros se vuelve abismal.
Él es tan alto y yo tan pequeña, pero eso nunca había significado nada hasta ahora.
—Me asignaron ese caso, y he hecho todo para hacer lo correcto ¿Qué esperabas que hiciera, que lo dejara todo, que saboteara a la policía para que estés a gusto? —me reprocha y siento su desesperación como propia, mi pecho se desinfla, el dolor me consume, y la mirada que me dedica me desarma por completo.
—Y no actúes como si tú no me ocultaras cosas —contiene un grito, su voz es ronca, pastosa y se inclina un poco en mi dirección.
Sus palabras duelen, me destrozan, pero sé que tiene la razón. Si no fuera por mí él no estaría involucrado en toda esta porquería, si no fuera por mí él no estaría en peligro.
Lo único que ha hecho ha sido intentar ayudarme, porque él es así, porque protegería a cualquiera mientras eso significara hacer lo correcto.
—¿A qué has venido? ¿A saludarme, a decirme que me extrañas? No soy idiota Samantha, deja de pensar que soy un ingenuo al que puedes engañar con tanta facilidad… —su voz tiembla y su respiración se agita.
Y tengo que esforzarme por mantener las lágrimas lejos, por no derrumbarme frente a él, tengo que aferrarme con fuerza a los despojos de coraje que me quedan. Pienso en una mentira, en algo que pueda decirle y que pueda creérselo, pero por más que lo intento no lo consigo. No puedo pensar cuando me mira de esa forma, cuando está tan cerca y cuando el miedo se arrastra dentro de mi cabeza, el temor innombrable que siempre he sentido desde que volvimos a vernos meses atrás.
—Deja de mentirme, por favor —suplica y el brillo de sus ojos incrementa, su pecho tiembla, sus manos tiemblan y la fuerza de su agarre cede.
La tristeza con la que me mira, la expresión desolada que adquiere su rostro, no puedo contra eso.
No puedo.
No puedo enfrentarlo, no puedo despedirme de él y dejarlo atrás como lo he hecho con todo el mundo, no puedo.
¿Por qué no puedo?
El nudo en mi garganta se vuelve insoportable, mi respiración se torna errática, me falta el aire, siento que estoy al borde de un ataque, siento que podría asfixiarme y el dolor en mi pecho me golpea sin piedad alguna.
—Lo siento —murmuro con la voz rota pero no puedo llorar— yo sólo… sólo quería verte una última vez —confieso en un susurro y las manos de Lance sueltan mis muñecas, el calor de su piel me hace cosquillas cuando posa ambas manos en mis mejillas y su mirada intensa siembra una sensación cálida en la boca de mi estómago.
—¿Vas a rendirte? —su voz es un sonido lastimero, una desesperada suplica que me apuñala el corazón.
—No —soy firme, no hay duda en mi voz pese a que el dolor en mi pecho está matándome— no puedo, no voy a rendirme. Tienen que pagar Lance, esto tiene que terminar y no voy a permitir que siga ocurriendo ¿Puedes entenderme? —trato de ser suave, de decirlo con tacto y que las palabras no tomen ese sabor amargo.
Pero es imposible y la mueca que hace Lance, un gesto adolorido y derrotado, me provoca un sinfín de sensaciones extrañas, dolorosas.
Le estoy haciendo daño, lo sé, pero ya es muy tarde como para parar.
No puedo.
—Tengo que hacerlo —repito y los ojos de Lance se mueven con desesperación por mi rostro, puedo entender que la esperanza no ha muerto en él, que aún cree que hay alguna especie de salvación para mí, pero está tan equivocado.
—Quiero morir —digo entre susurros y Lance se queda quieto, el peso de mis palabras lo impacta pasados unos segundos y su expresión se descompone al instante, la tristeza, la impotencia, la ira, se mezclan en sus ojos grises y su pecho se mueve a un ritmo descontrolado.
—Encontraré la forma, por favor, debe de haber algo que podamos hacer para que tú… —dice con voz estrangulada mientras la desesperación se apodera de él.
No puedo evitar la carcajada que se me escapa, es una risa vacía, irónica, y entonces mi amigo me suelta, su calor me abandona y de nuevo siento frío.
—¿Enserio crees eso? —me burlo y soy despiadada, cruel, pero si quiero protegerlo debo de mantenerlo lo más lejos posible de todo esto, de mí—. No puedes salvarme Lance, no quiero que me salves. Tienes que dejar de hacerte esto, de ir por ahí creyendo que puedes salvar a todo el mundo —espeto y trato de ser lo más hiriente posible, tengo que alejarlo, tengo que evitar que él siga poniéndose en peligro.
Porque yo no podría perdonarme nunca que algo le pase.
No puedo.
Lance me dedica una mirada herida, dolida, lo he lastimado y verlo de esa forma me destruye por dentro. Pero no hago nada por consolarlo, por retractarme de mis palabras. Sólo me quedo ahí, sonriéndole, decidida y deshecha.
Lance me sonríe una última vez, es un gesto lleno de tristeza, de indignación, pero tampoco dice nada. Se lleva ambas manos a la cabeza, respira profundo y no vuelve a mirarme.
Ni siquiera me mira pese a que estoy de pie frente a él, a escasos centímetros de distancia.
Se queda ahí por un eterno minuto, en completo silencio y mirando al techo. Se frota la cara con ambas manos y se le enrojece la piel, no sé si está llorando, tampoco me atrevo a mirarlo a los ojos.
Pero cuando por fin se mueve tengo que reprimir ese impulso que me grita que por favor haga algo, que por favor lo detenga, que tengo que impedir que se vaya y que nunca más vuelva a hablarme.
Pero no lo hago, no me muevo, ni siquiera respiro, me muerdo el labio con fuerza esperando a que el dolor físico me distraiga un poco de la terrible sensación que se apodera de mi cuerpo, el dolor lacerante que ataca mi corazón y que me estruja el estómago.
Y no hago nada, ni siquiera cuando Lance se va, cuando toma sus llaves y sale del departamento con un sonoro portazo.
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Son casi las tres de la tarde cuando el mensaje de Grell llega, un simple "él está aquí" que liquida mi angustia y mi preocupación.
Tengo que obligarme a respirar profundo, a concentrarme en lo que hago y aunque parte de mi ansiedad se ha ido, sigo sin poder encontrarle sentido a un montón de cosas.
El informe detallado que Sebastián ha robado de la estación de policía mientras yo me instalaba en la habitación del hotel, no tiene sentido, no puedo entenderlo. No comprendo cómo es que han podido dar con la chica que tenían secuestrada.
No comprendo qué es lo que significa el montón de información que tengo delante.
Es el trabajo de Lance, es su investigación, pero no consigo entender qué es lo que hace entre el informe de la investigación una sección dedicada a los Phantomhive.
El nombre en concreto me desconcierta y me llena de dudas ¿Por qué Lance Riddle ha investigado a Ciel Phantomhive? ¿Por qué es que su nombre está aquí, en una investigación por homicidio cuando el niño murió hace más de cien años?
Lo peor de todo no es eso, hay toda una sección que trata sobre Linette Blackwood y el corporativo Blackwood. La información que desconozco es demasiada y me cuesta encontrarle sentido.
Nada encaja para mí, lo único en lo que puedo pensar es en por qué existe un archivo con el nombre de Lilian Carson entre la investigación de los asesinatos.
No sé cómo ha obtenido esa información, pero hay copias de documentos oficiales donde su nombre real aparece, documentos incluso que datan del año en que nací. Una copia de mi certificado de nacimiento y del acta de adopción donde la firma de Lilian aparece junto a la de mis padres adoptivos.
No entiendo qué es lo que hacen esas cosas ahí, no entiendo qué relación tienen Lilian Carson y Ciel Phantomhive, sé que Lilian tenía una especie de obsesión por el personaje de Ciel, pero lo cierto es que no logro entender qué clase de relación podrían guardar con los Blackwood, o con los asesinatos.
No me gusta para nada el estar tan confundida por algo que creí sabía de sobra. Es obvio que Lance sabe mucho más que yo lo que de verdad ocurre y no sé cómo sentirme al respecto.
Ha investigado todo esto a mis espaldas, toda esta información que ha ocultado de mí por meses, me ha mentido y su traición duele en lo más profundo de mi alma.
Y por lo que veo Lance está demasiado involucrado en todo esto, el peligro que corre es demasiado y aunque la traición escuece en mi pecho, mi preocupación por él siempre va a ganar la batalla.
Estoy tan cansada y tal vez es la falta de sueño, o lo difícil y doloroso de la situación, tal vez es el miedo y el estrés, lo que me impide encontrarle coherencia alguna a los papeles frente a mí. Sea como sea decido que he tenido suficiente y tal vez lo más sensato sea darme una ducha y tratar de dormir un poco. Tal vez cuando despierte mi mente esté despejada y pueda comprender mejor las cosas.
Y eso es lo que hago, dejo los archivos a un lado, desperdigados sobre la cama del hotel y me tomo mi tiempo en desempacar de la maleta las cosas necesarias para darme un baño.
Es entonces que mi teléfono celular, puesto sobre la cama comienza a sonar, trato de ignorar el ruido y enfocarme en mi tarea. Lo más seguro es que se trate de Simone y aunque ya he hablado con ella hace menos de una hora, seguro está llamando de nuevo, va a gritarme y tratar de obligarme a que regrese pese a que hemos quedado de acuerdo en que me cubriría por los próximos tres días siempre y cuando no llegara tarde para los preparativos de la boda, para tomar un avión a Inglaterra y darle el mayor éxito mediático a la familia.
Así que dejo el teléfono sonar sin la intención de contestar la llamada, Simone puede esperar hasta que termine mi baño y le regrese la llamada.
Sin embargo el teléfono vuelve a sonar y la idea fugaz de que tal vez se trate de Lance basta para hacerme tomar el teléfono.
Tarde me doy cuenta de que no puede ser él, cuando sostengo el teléfono entre mis manos reacciono ante el hecho de que ese no es el tono de llamada de mi amigo y que tal vez de verdad ya no quiere hablarme nunca. El identificador de llamadas marca "Desconocido" y estoy tentada a no responder, podría tratarse incluso de Evan tratando de contactarme para echarme la bronca de mi vida por haber corrido al equipo de la revista de forma tan grosera, pero descarto la idea de inmediato y le doy a rechazar la llamada.
Sea quien sea puede esperar y dejo el aparato sobre la mesita de noche.
Y tan pronto como lo he dejado ahí vuelve a sonar, la paranoia entonces me invade.
¿Y si algo pasó, y si Frank está llamando desde un número diferente?
¿Y si algo pasó en casa?
Peor aún, podría ser Jessica, podría estar en problemas…
Y la oleada de pánico es más poderosa que cualquier otra cosa, así que tomo el teléfono y contesto.
—Vaya, creí que tendría que ir por ti para que me prestases atención, cariño —la voz distorsionado al otro lado de la línea habla antes de que pueda pronunciar palabra.
Por un segundo es como si mi corazón dejase de latir, me quedo sin aliento y el frío se asienta en mi piel con una rapidez alarmante. El tiempo se detiene por lo que parece una eternidad, me he quedado como una estatua, inmóvil y aterrada.
—Estaba pensando en enviarte en los próximos días un regalo muy especial —se ríe con diversión y mi corazón comienza a latir a una marcha frenética, mi respiración se torna pesada, agitada, estoy a punto de hiperventilar—. Pero no hará falta, ahora estás de vuelta en la ciudad ¿No te parece maravilloso, cariño? —mis piernas tiemblan y tengo que sostenerme de la cama, obligarme a sentarme antes de colapsar.
No puedo hablar, no puedo decir nada, todo en mi interior es un completo caos, el miedo, la furia, es una enredada mezcla de emociones intensas y demoledoras.
—Vamos linda, creí que ya nos teníamos la confianza suficiente como para hablar por teléfono ¿No vas a decirme nada? —suena ofendido, decepcionado y tengo que obligarme a no soltarme a llorar como una estúpida.
Mis manos tiemblan, toda yo tiemblo y no sé si sea bueno que la furia, el odio, comiencen a tomar la ventaja.
— ¿Qué quieres ahora? —espeto al teléfono sin contener el veneno de mi voz.
Él se ríe de mí, es una risa discreta, casi mecánica, que me provoca un escalofrío.
—¿No te lo he dejado claro, amor? Te quiero a ti, siempre te he querido a ti —susurra con enfermiza dulzura y mi mano libre se convierte en un puño, mi mandíbula se tensa tanto que resulta doloroso.
—Perdóname por haberte dejado olvidada estos meses, creí que después de mi regalo de Navidad ibas a querer un poco de espacio. No te culpo, los demonios son bestias desagradables ¿no es así? —canturrea con diversión y tengo que morderme el labio inferior hasta hacerlo sangrar para reprimir el grito que nace en mi garganta.
Los recuerdos de esa noche regresan de golpe, los gritos de mis sobrinos se clavan como cuchillas en mi cerebro, pudieron haber muerto esa noche por su culpa, por mi culpa.
—He estado ocupado estos meses —comienza a decir como si me pidiera perdón, pero todo lo que yo quiero hacer es vaciar el arma dentro de mi maleta en su cabeza—. Todo estaba bien ¿Sabes? Conseguí a una linda chica que me recordaba a tu amiguita, la dulce y sonriente Evelyn ¿Te acuerdas de ella? ¿Recuerdas su cálida sonrisa cuando le disparaste? Oh cariño, cada que pienso en ti esa noche… —el jadeo que se escucha me repugna pero consigo escuchar algo más, un vago gemido que me eriza los vellos de la nuca.
El terror me invade, mi coraje vacila y tengo que cerrar los ojos, enfocarme en no pensar en Evelyn, en esa noche, en que cada una de mis pesadillas la incluyen a ella. Tengo que concentrarme en el ruido de fondo, en lo que se escucha más allá de su voz.
—Mira mi amor, no quería precipitar las cosas porque llevo meses planeando a detalle cómo quiero que nos encontremos ¿Pero sabes qué? Tu amigo ha estado jodiendome por un buen rato y estoy harto de él, es un entrometido de lo peor y estaba dispuesto a dejarlo pasar porque ¿Qué tanto podría hacer un cobarde como Lance Riddle para detenerme? Si ni siquiera se ha atrevido a decirte que te ama —la estruendosa carcajada me pone a temblar, sus palabras consiguen distraerme y el miedo se convierte en un monstruo que amenaza con devorarme.
El terror me domina, puedo recordar la amenaza de esa carta cuando ese paquete con partes de Anelisse Barton llegó a casa. Había dicho que si no lo detenía el siguiente sería Lance, y el miedo no me deja respirar.
—No te atrevas a hacerle nada ¿Entiendes? Tú le haces algo a Lance y te juro que… —le grito al aparato, pierdo por completo la compostura y una nueva carcajada vuelve a interrumpirme.
Su risa hace que mi sangre hierva del coraje, es un sonido espantoso, que sin duda podría aterrorizar a cualquier y aunque el terror se aferra a mí, el odio predomina.
—Querida señorita Carson —se burla con voz melosa, como si mi nombre fuera la cosa más hermosa del mundo— ¿Vas a qué, a matarme, vas a dispararme igual que a Evelyn Sullivan? Oh preciosa, sería todo un placer si eso me da el honor de ver cómo te rompes en pedazos una vez más… ¿Sabes lo hermosa que eres cuando el miedo te domina? La desesperación inundando esos ojos tan fríos y distantes, y tu llanto, eres la cosa más bella cuando te dejas llevar por tus emociones… —la excitación, el deleite en su voz roza la locura y me siento tan asqueada, tan enferma.
—Dime algo, contéstame con la verdad, por favor no me mientas como le mientes a todo el mundo —ruega con tono lastimero y mi estómago se revuelve, quiero vomitar—. ¿Qué harías si yo mato a Lance? —canturrea con alegría y sus palabras me dejan helada.
Todo da vueltas, el miedo termina de reclamarme, me arrastra hasta la oscuridad de mi mente y mis recuerdos se vuelcan en mi contra, todo es demasiado, todo me desborda.
Puedo ver la sonrisa de Lance, sus ojos grises, está ahí en cada momento importante, el niño indefenso, el adolescente inseguro y el adulto valiente.
No.
Y mi pecho duele, me quedo sin aire, las lágrimas han empezado a correr por mis mejillas y la sensación vertiginosa me arrebata todo, la ansiedad me consume, el miedo me taladra los huesos y no sé ni cómo ni por qué es que sigo consciente, cómo es que puedo soportarlo cuando el dolor es tan fuerte y desgarrador.
No puedo perderlo, no puedo.
No puedo, no podría vivir si algo le pasara, si nunca más volviera ver su cálida sonrisa, ni sus ojos tan alegres y sinceros. No volvería a escuchar su voz llamándome de forma cariñosa con todos los apodos ridículos que se le ocurren, no escucharía sus bromas ni sus ocurrencias, su risa. No podría soportar el no volver a sentir uno de sus abrazos, sin su mano sosteniendo la mía, sin su presencia que siempre me ha brindado consuelo y protección.
No puedo.
—Voy a matarlo —anuncia la voz llena de determinación y el gemido lastimero que se me escapa provoca que una especie de gruñido salga de la bocina del teléfono—. Voy a matar a Lance Riddle y voy a disfrutarlo tanto, tengo tantas ideas en mente, me pregunto cómo serán sus gritos, qué tanto dolor podrá resistir antes de morir… —la voz suena alterada, casi grita y la desesperación que se filtra por su voz me deja en claro que habla muy enserio.
Es entonces que la puerta de la habitación se abre, me toma por sorpresa pero de alguna forma me ayuda a calmarme. Es Sebastián Michaelis que ha vuelto con comida caliente, su leve sonrisa amable se desvanece en el acto, sus ojos brillan en ese color demoníaco y la expresión seria que adopta su rostro me da el valor que necesito.
El demonio no dice nada, cierra la puerta sin hacer ruido y deja la bolsa en el piso, de inmediato se sienta a mi lado, sus brazos me rodean y el ardor de la marca basta para anclarme a la realidad, para recuperar un poco de mi cordura.
—Hagamos un trato —le espeto al teléfono, el agarre del demonio cobra fuerza— pero esta vez sin trucos, sin engaños, sólo tú y yo —no titubeo, mi voz es clara, firme pero recibo una risa ácida y cínica en respuesta.
—Oh, mi querida señorita mentirosa... —jadea con deleite—, eres tan predecible, no dudas ni un momento en lanzarte a la boca del lobo para salvar a alguien ¿Alguna vez piensas en ti misma? Primero fue por Richard Daniels, luego fue por tu mami, por tu amiguita y ahora por Lance Riddle ¿Acaso eres tan tonta o tu corazón es tan fácil y entregado? —se burla pero su voz tiembla y lo delata.
Esta vez soy yo quien emite una risilla burlona, lo tengo donde quería y aunque sea peligroso y astuto puedo con él, puedo hacerlo.
—Está bien, tú ganas —suspira derrotado y no me permito alegrarme, porque sé que de ninguna forma ha terminado—. Éste es el trato, te doy toda la noche para que lo pienses bien y tal vez comiences a valorar tu vida. Mañana a primera hora, al amanecer, te espero en la gasolinera sobre la carretera estatal, a media hora de la ciudad. Si estás ahí significa que no mataré a Lance Riddle y tú y yo por fin podremos reunirnos, pero si llegas un solo minuto tarde él estará muerto antes de que te des cuenta y de todas formas iré por ti —dice antes de colgar.
Dejo el teléfono a un lado, mi decisión es más que obvia, voy a salvar a Lance y acabaré con todo esto de una vez.
Estoy decidida, ya no tengo miedo, no hay arrepentimiento.
Voy a morir.
Pero si Lance vive, si puedo salvarlo, si puedo protegerlo entonces todo habrá valido la pena.
Tomo mis cosas para darme un baño, la idea es clara, tengo que hacer algo para asegurar que no me tienda ninguna trampa y entonces me despediré de Lance, voy a entregarme.
Cuando me dirijo al baño Sebastián se interpone entre la puerta y yo, su mirada severa me amenaza, es obvio que ha escuchado la conversación.
Se queda de pie a pocos centímetros de distancia de mí.
No parece para nada contento y no quiero averiguarlo, no quiero detenerme a pensar en lo que le ocurre a Sebastián ahora, no podría lidiar con el hecho de que él también se propusiera detenerme.
Sus acciones son rápidas y violentas, pero me lo esperaba, de alguna forma lo había visto venir.
El demonio encaja los dedos sobre mis hombros, tan rápido que apenas y puedo parpadear, me ha acorralado contra la pared. Su mirada depredadora surte el efecto usual en mí, me siento pequeña y destrozada, indefensa frente a él. Y su rostro permanece exánime, lo único que delata su furia es el brillo de sus ojos, las pupilas rasgadas y los irises de color rosado.
Su aliento golpea mi piel, su calor amenaza con acabar con mi razón y sus labios están peligrosamente cerca de los míos. Su respiración es un jadeo violento, emite un gruñido que me eriza la piel y el toque de sus dedos en mis hombros me hace daño.
—Necesito reunirme con el Teniente Morales en una hora —comienzo a decir y es un milagro que mi voz no tiemble ante su cercanía—, necesito que mantengas lejos a Lance el tiempo suficiente como para que yo hable con el Teniente —ordeno con voz firme y autoritaria, el demonio me dedica una sonrisa cruel y retorcida.
Pero me suelta, me deja libre y la mirada que me dedica está cargada de resentimiento, de dolor.
—Escúchame bien, demonio. Todo va a terminar pronto, atraparemos a quien me ha hecho esto, tendré mi venganza y encontraré a Richard, pero necesito que me obedezcas ahora, que cumplas tu promesa —el veneno se filtra en mi voz, la furia me domina y el demonio sonríe con diversión—, es una orden.
Y aunque no parece feliz de hacerlo no me reclama.
Sebastián inclina la cabeza en una silenciosa afirmación y antes de que pueda decir algo más ya se ha ido, se ha esfumado.
.
Cuando vivía en la ciudad, siendo una niña, sólo entré a la comisaría una vez. Conocía la estación de policía igual de bien que cualquier otro residente de Palm district, pues la estación del subterráneo más próxima estaba justo del otro lado de la calle.
Era usual que pasara por esa calle cuando iba de camino a la preparatoria, tenía que abordar el subterráneo en esa estación y siempre, cada mañana y cada tarde pasaba por ahí. Ver el edificio de ladrillo, descuidado y con la pintura cayéndose era algo tan típico que en realidad no le ponía mucha atención.
Nunca me había resultado un lugar intimidante, incluso esa única vez que terminé en la comisaria cuando a mi hermana se le ocurrió la brillante idea de que nos fugáramos a una fiesta. Belle aún no conocía a Peter, estaba por cumplir los dieciocho pero se sentía toda una adulta y yo con dieciséis también era una fanfarrona.
En esa ocasión había puesto aprueba mi resistencia al alcohol, mi hermana también, pero a diferencia de mí Belle había quedado fulminada con un par de cervezas. Había cargado con mi hermana mayor ebria y la había arrastrado por toda la avenida en dirección a casa.
Y como nunca he tenido buena suerte, una cuadra antes de llegar a casa, la única solitaria patrulla de la ciudad nos detuvo y nos llevó a la comisaría.
La cosa había sido sencilla en realidad, el agente llamó a nuestros padres mientras Belle lloraba desconsolada diciendo que su vida se iba a terminar y que mamá nos castigaría por siempre. Y aunque la primera cosa era una completa exageración, la segunda casi ocurrió. Evangeline estaba tan furiosa que no nos habló por semanas, jamás había visto a mi madre enojarse tanto como esa vez, pero lo que más recuerdo fue la mirada que me dedicó, un gesto cargado de decepción y reproche.
Para terminar de cagarla al año siguiente abandoné arquitectura y la fractura de nuestra relación madre-hija llegó a su punta más alto cuando Evan Phantomhive me propuso ese contrato.
Pero por más melancólica que se me antojara la situación, no podía seguir deteniéndome en mis recuerdos, además el taxi en el que me dirigía a la comisaria estaba a punto de llegar.
El taxi se detiene justo enfrente del edificio de ladrillos de mis recuerdos y me apresuro en pagarle al conductor y darle las gracias.
Una vez estoy de pie en la calle me doy un minuto para respirar profundo y calmar mis nervios, aprieto el maletín contra mi pecho y me preparo, reúno el valor suficiente antes de aproximarme a la estación de policía.
No tengo muchos recuerdos de cómo era por dentro, pero supongo que no ha cambiado en nada en casi ocho años. Dentro huele a antiséptico, a café y un leve olor a humo de cigarro que me pica la nariz.
El piso de moqueta gris amortigua el sonido de mis tacones, he decido que si quiero algo de Morales lo mejor que puedo hacer es usar mi poderoso nombre para intimidarlo, así que cuando salí de la ducha me vestí con lo mejor que Sebastián empacó en la maleta. Pero mientras camino erguida, tratando de imitar el porte elegante e imponente de los Phantomhive, creo que tal vez el corto vestido negro y los altos tacones rojos han sido demasiado.
Los uniformados me miran con curiosidad y agradezco a los lentes de sol que llevo puestos que no me hayan reconocido. Me acerco a lo que parece ser un mostrador donde una mujer policía me mira de arriba abajo con cara de pocos amigos.
La regordeta uniformada me dedica una sonrisa que se nota forzada y mi determinación vacila, me quito las gafas de sol y trato de sonreírle de la manera más encantadora.
La mujer palidece, me mira con los ojos desorbitados y una sonrisa se le pinta en los labios.
—Samantha Carson —saludo con una sonrisa a la mujer y ella asiente frenética, no me pasa desapercibida la mirada que dirige a mis espaldas, como si buscara algo— sé que tal vez no sea una petición muy sensata, pero me gustaría hablar con el teniente Antonio Morales… —me aseguro de inclinarme en dirección a la mujer, tratando de que la distancia se reduzca lo mayor posible— tengo información que tal vez le pueda ser de mucha utilidad… —susurro y la mujer me mira confundida antes de levantar el teléfono sobre el mostrador y marcar un número.
Me sorprende que haya funcionado, que sea tan fácil, pero supongo que mi imagen pública ha ayudado mucho, eso y que los Phantomhive son monstruos poderosos, y yo soy uno de ellos, supongo.
La mujer charla por teléfono en susurros pero por la cara que pone es obvio que está en problemas, sus labios hacen una mueca de disgusto y cuelga el teléfono de inmediato.
—El teniente Morales la espera en su oficina, en la segunda planta, a la derecha —me indica con amabilidad y le agradezco con una sonrisa.
Me apresuro en llegar a la segunda planta, camino tan rápido como puedo y descubro con satisfacción que después de todo ya no soy tan terrible para andar en tacones.
Cuando subo las escaleras al segundo piso ya no me siento tan nerviosa, tal vez es un chispazo de adrenalina o que en realidad después de todo a lo que me he enfrentado, encarar a Morales es el menor de mis problemas.
No es difícil encontrar la oficina de Morales, pues aunque el segundo piso es muy amplio está lleno de escritorios bordeados por mamparas a modo de paredes. La única habitación de verdad está al fondo, detrás de todos los escritorios, es una oficina con amplios ventanales que permiten que se vea el interior de la misma.
La placa con el nombre de Morales está incrustada en la puerta metálica y antes de que pueda atreverme a tocar la puerta Antonio Morales ya la ha abierto.
Es como si hubieran pasado décadas desde la última vez que nos vimos, y no unos cuantos meses. Su rostro cansado se contorsiona por el enojo, frunce tanto el ceño que sus tupidas cejas oscuras se juntan y noto que de cierta forma parece que tiene menos cabello que la primera vez que lo vi.
—Vaya, creí que nunca más iba a poner un pie en mi ciudad, pero usted siempre está llena de sorpresas ¿No es así, señorita Phantomhive? —dice con hostilidad y me muerdo la lengua, reprimo el grito y la sarta de insultos que le quiero decir por llamarme de esa forma.
—Es Carson, soy Carson, no importa lo que diga la prensa o la televisión ¿Entiende? —le espeto y Morales sonríe con cinismo antes de hacerse a un lado y dejarme pasar a su oficina.
Cierra la puerta de su oficina y no me pasa desapercibido el gesto que hace, mirando en ambas direcciones antes de bajar las persianas de las ventanas de su oficina.
—¿Qué clase de información tiene, señorita Carson? —pregunta una vez se ha sentado tras su escritorio, un sencillo mueble de metal que se inclina un poco cuando el teniente apoya ambas manos sobre él.
Me siento en el pequeño sillón frente al escritorio, el mueble rechina y se queja, es demasiado viejo y me doy un momento para reparar en que todo dentro de su oficina es demasiado sencillo.
Saco del maletín una carpeta repleta de hojas y la dejo sobre su escritorio.
Morales arquea una ceja, interrogante y toma entre sus manos unas cuantas hojas, las revisa con rapidez, su expresión se transforma, pasa del desconcierto a la ira, y de la ira a la indignación, después, cuando comienza a tomar más hojas su expresión se queda en blanco.
Todo está ahí, entre sus manos, cada cosa, cada trozo de información que he guardado recelosa por casi un año. El horror está ahí, impreso en el papel, vuelto nada más que palabras.
—Sé que sería una novela increíble, pero es la realidad —me atrevo a decir una vez que el Teniente Morales ha dejado a un lado los papeles.
Detesto la forma en la cual me mira, sus ojos son condescendientes y se prepara para decir algo que en realidad no se atreve a decir.
—Fui secuestrada a mediados de abril, el año pasado, Richard Daniels y yo fuimos separados y desde entonces no sé nada de él. Me drogaron, me vendieron, me torturaron y golpearon —pese a que creía estar lista para decirlo mi voz me traiciona, mis manos tiemblan— me violaron —mis manos se vuelven puños y no puedo entender cómo es que no estoy llorando.
Frente a mí el Teniente Morales hace un gesto lleno de impotencia, de pronto luce tan tenso y sus ojos me dedican una mirada arrepentida.
—Me hubiera gustado tanto el no salir viva de eso ¿sabe? Pero estoy aquí, frente a usted, a casi un año de lo que pasó mientras que allá afuera, el sujeto que me secuestró, el que está detrás de todo esto sigue libre —trato de ser fría, de contener el cúmulo de emociones que me golpean y la expresión del Teniente no me ayuda para nada—. Y sé que es la misma persona que ha matado a esas chicas, le he seguido la pista Teniente, porque en realidad soy una persona horrenda y vengativa y quiero hacer justicia con mis propias manos. Y me imagino que usted también ¿No? ¿No quiere justicia por la muerte de Anelisse Barton? —soy cruel, burlona y la ira vuelve a teñir las facciones del Teniente.
—¿Qué tiene en mente, señorita Carson? —espeta Morales y sé que al mencionar a Barton he dado en el clavo.
Le dedico al Teniente una sonrisa cruel y torcida, al más puro estilo Phantomhive.
—Le entregaré al asesino, mañana antes del mediodía. Usted tendrá su venganza y yo la mía —digo con firmeza y Morales se toma un momento para pensarlo.
Mi angustia crece, siento que me falta el aliento, espero que acepte, que esté tan desesperado como para aceptar mi trato y que todo salga como quiero.
Cuando Antonio Morales suspira no sé ni qué esperar.
—Me imagino que lo hará por sus propios métodos y que no quiere que la policía se involucre hasta que sea oportuno ¿No es así, señorita Carson? —su sagacidad me complace, pero no confío del todo en él, asiento con la cabeza y el Teniente entrelaza sus manos sobre el escritorio—. Eso es bastante ilegal señorita Crason, podría arrestarla ahora mismo por ocultar evidencia o retomar ese cargo de homicidio que tenemos pendiente… —la amenaza implícita en sus palabras no me toma por sorpresa.
Tampoco es que pueda guardarle rencor, sólo hace su trabajo, hace lo cree correcto y pienso en Lance sin poder evitarlo.
—Yo maté a Evelyn Sullivan, le disparé porque creí que era el asesino, porque me hizo creer que tenía a Jessica Sammuels y si no lo detenía entonces… —respiro profundo, empujo lejos la ansiedad que amenaza con arrebatarme el control—, sé que no soy la mejor persona del mundo y que no tengo derecho a exigirle que confíe en mí. Pero le estoy diciendo la verdad, estoy aquí, confesándome, diciéndole algo que es tan difícil de decir… quisiera estar muerta ¿Sabes lo que es eso, sabe lo que se siente? Despertar cada mañana deseando morir, mientras el desgraciado que lo hizo está libre asesinando a mujeres por mi culpa ¿Sabe cómo se siente eso? —pero pierdo el control, mi voz es un sonido irreconocible, roto, y me levanto del incómodo sofá para golpear con ambas manos la mesa del escritorio—. No he podido dormir, ni una sola maldita noche desde que todo empezó y cada que cierro los ojos veo sus rostros, de cada una, veo a Susan Rallye, a Anelisse Barton, veo a Evelyn y todas las malditas mañanas me pregunto ¿Por qué diablos ellas están muertas y yo no? ¿Sabe cómo se siente eso? —grito con voz estrangulada y ya no puedo reprimir el llanto, mis lágrimas corren por mis mejillas y el dolor agónico en mi pecho no me deja en paz.
El teniente Morales también se pone de pie, tiene la cara roja y aprieta la mandíbula con fuerza.
Pero veo la determinación en sus ojos, su decisión, su coraje.
—Si quiere o no arrestarme después de esto no me importa, aceptaré la culpa y cumpliré con mi condena si es necesario, pero por favor, se lo suplico. Tiene que confiar en mí porque no podré hacerlo si no cuento con su ayuda —extiendo mi mano en dirección a Morales, no espero que acepte y sin embargo su mano enorme y velluda toma la mía.
—Diga lo que necesita señorita Carson, le daré mi palabra, pero ese desgraciado es mío —me sonríe y me obligo a sonreírle, a que me crea pese a que le estoy mintiendo.
—Necesito que mantenga a Lance Riddle lejos de esto, destitúyalo del caso, despídalo si es necesario, pero debe de mantenerlo lejos y a salvo —le pide con voz firme pese a que por dentro estoy a punto a derrumbarme.
Morales me mira interrogante, pero su mano no suelta la mía, la expectación está matándome y no sé qué voy a hacer si él se niega aceptar mi propuesta.
—Tiene mi palabra, señorita Carson —dice pasados unos minutos de tenso silencio.
Y aunque eso debería de alegrarme la verdad es que me siento terrible.
Estoy destruyendo su vida, estoy haciéndole tanto daño…
Lo siento.
Pero es por su bien, es por mantenerlo a salvo.
Ya no se trata de venganza, se trata de mantenerlo con vida.
Y si tengo que engañar a todo el mundo, entonces lo haré.
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¡Hola gentecita bella de fanfiction!
Aunque seas fantasma o dejes review, aunque esté leyendo esto desde hace un buen rato, igual, como sea, bienvenido a un nuevo capítulo de éste fic.
Pffft ¿Por dónde debería de comenzar ahora?
Sé que éste último fragmento del diario tal vez no responde a nuestra preguntas, pero bueno, el diario aún tiene un par de secretos que darnos y voy a recordarles que estamos a dos capítulos del final de ésta historia.
Sí, nos quedan dos capítulos y el epílogo.
Así que si tiene algún comentario, teoría, crítica o cualquier cosa llegó el momento de que lo digan a través de un review.
Porque ajá, después será muy tarde(?)
Otra cosa, entrando más en el capítulo, les diré que estos han sido los capítulos más duros de escribir. Han sido dolorosos y exhaustivos, no porque sean extensos o intensos, si no por la carga emocional que conlleva el llegar hasta este punto de la historia.
No sé si se han dado cuenta, pero conforme más avanzamos más doloroso se vuelve, para nuestra Sam las cosas se tornan muy difícilesy aunque ella está determinada en cumplir con su objetivo, vemos que poco a poco la desesperación, el miedo y el dolor toman por completo el control de sus actos. No es la misma persona que conocimos en un inicio, no es la misma histérica y distraída, torpe e impulsiva del inicio, Samantha Carson ha cambiado muchísimo desde entonces y bueno, prueba de eso es lo que estamos viendo en los últimos capítulos.
En especial éstos últimos, la orden que le ha dado a Sebastián en el capítulo anterior, y el trato que ha hecho con Morales, todo por proteger a Lance. Y más que nada el rumbo que han tomado sus pensamientos, ella está lista para que todo termine, se ha resignado a la idea de morir y bueno ¿Creen que se le cumplan sus deseos?
¿Qué opinan sobre el cambio que ha habido en el personaje de Samantha? ¿Qué otra cosa han notado que cambió en ella?
Respecto a Lance, no crean que yo disfruto con hacerlo sufrir. Como saben Lance Riddle es mi personaje favorito en ésta historia y lo quiero muchísimo, sin embargo son cosas que tiene que ocurrir, que no puedo evitar que pasen. Y bueno, nuestro querido amigo favorito también ha cambiado un poco desde su primer aparición, se ha vuelto un chico más serio ¡Pero no se preocupen! Que Sam le haya dicho todo eso no significa que dejemos de ver a Lance en futuros episodios, de hecho el señorito lindo es una pieza importante para el final de ésta historia.
En cuanto a Sebastián, en últimas fechas me ha costado más que nunca el poder lidiar con él. Sus partes son la más difíciles de hacer en los últimos capítulos y aunque ha sido un poco relegado en éste episodio, no crean que es de forma intencional o porque se me ha olvidado. No, tiene su razón de ser y veremos el por qué después.
¿Pero qué creen ustedes respecto a la actitud de Sebastián en éste capítulo? ¿Por qué parecía molesto con Sam? ¿Qué creen que vaya a hacer el demonio ahora, que cumplirá las ordenes de su contratista o acaso creen que tiene otra cosa en mente?
La escena con Morales, uy, creí mientras escribía esa escena que en realidad sería muy sencilla de hacer, y ajá, ahí me tienen como una loca al borde de las lágrimas llorando, y no estaba en mi cueva escribiendo, de hecho estaba en la biblioteca de la universidad justo como ahora gg
El fragmento de la canción es parte de la bella love, love, love de Of monsters and men que es la canción con la estoy obsesionada estos días, así que si por ahí pueden buscarla y escucharla lo entenderán, sobre todo en el siguiente capítulo.
Bien, como siempre un saludito de amor verdadero para la bella Anvi y como siempre gracias por tu ayuda mujer bella.
Nos leemos el próximo lunes con el penúltimo capítulo de ésta historia.
Besos.
