Su señorita, mentirosa II.
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Creo que lo mejor será olvidar antes de darle más vueltas,
La manera en que me abrazaste tan fuerte
Por toda la noche
Hasta que llegó la mañana.
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Todo porque tú amas, amas, amas,
Cuando sabes que yo no puedo amar.
Tú amas, amas, amas,
Cuando sabes que no puedo amar.
Tú amas, amas, amas,
Cuando sabes que no puedo amarte.
Love, love, love — Of monsters and men.
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16 de Marzo, 1989.
He podido ver a Malena luego de tanto tiempo sin saber nada sobre ella.
Su local estaba abierto y pese a que no estaba en mis planes darme una vuelta por ahí, lo cierto es que fue como un impulso imposible de contener. Como si algo me llevara hacia Malena Blackwood y no pude evitarlo.
Cuando estuve frente a su local un extraño sentimiento de inquietud me arrebató el aliento.
No sé con exactitud qué es lo que sentí al atravesar la puerta de cristal de su local. Sólo sé que no me gustó para nada y por un momento pensé en huir, en darme la vuelta y volver corriendo a casa.
Pero no voy a mentirte, pese a todo mi preocupación por Malena pudo más que mi miedo. Y pese a que todo mi cuerpo gritaba por alejarme de ahí no lo hice.
Después de todo tenía en claro una cosa, que si alguien podría llegar a comprender mi situación sin duda sería ella. Que aunque fuera en lo más mínimo Malena podría ayudarme a protegerte del demonio y esa resolución bastaba para mí.
Así que ignoré las señales de advertencia respecto a estar de vuelta en el local de Malena.
Malena estaba tras el mostrador, igual que la primera vez que la vi, con su abultado vientre redondo como si estuviera a punto de reventar y el niño, su hijo, sentado sobre el mostrador mientras Malena le susurraba algo que no alcancé a escuchar.
Su cabello rubio suelto y enmarañado se movía al mismo ritmo en que mecía la cabeza y tardó más de lo normal en notar que yo estaba ahí.
Pero cuando sus ojos violetas centraron su atención sobre mí un escalofrío me recorrió de pies a cabeza.
"Lili, cariño ¿Qué haces aquí?" dijo con rapidez, como si en realidad no quisiera decirlo, como si mi presencia le incomodara demasiado.
"Quería saber si estabas bien" le sonreí de la mejor forma que pude pero mis manos temblaron.
Malena me dedicó una mirada afilada, el silencio se instaló incómodo entre nosotras y me sentí tan fuera de lugar.
"Eso que te persigue" puntualizó Malena con los ojos brillantes, llenos de hostilidad. "Te ha alcanzado ¿verdad?" fue sagaz, demasiado astuta y me quedé helada, confundida.
"Mira cariño, eres una linda chica, una persona tan buena, pero eres peligrosa y por mucho que me agrades mi prioridad son mis hijos. Tú y lo que sea que seas, lo que sea que te sigue, son un peligro para mi familia y para mí" espetó con agresividad, sus manos se extendieron sobre el mostrador de cristal y su melena rubia se meció con violencia.
"¿De qué estás hablando? No quiero hacerte daño, mucho menos a tus hijos, creí que estábamos juntas en esto… que podías ayudarme. Malena, por favor, no me importa lo que pase conmigo pero mi hija… no puedo permitir que le pase nada a mi bebé ¿Sabes cómo me siento, no?" le supliqué tratando de acercarme a ella pero Malena tomó a su hijo entre sus brazos y se alejó de mí tan rápido a como pudo.
"¡No lo entiendes Lilianne! Es que tú eres también un monstruo, tal vez incluso más horrible que el demonio que te sigue… y eso, tu hija, está destinada a serlo también". Gritó llena de miedo, de desesperación y no pude responderle, no pude ni respirar.
Sus palabras me atravesaron como cuchillos, los recuerdos de Ciel Phantomhive volvieron a mí a toda velocidad.
La sangre, la destrucción, el reguero de muertos que dejó tras sus espaldas.
Y el brillo inhumano de sus ojos.
Sebastián Michaelis, el demonio al que le vendí mi alma hace cien años no pudo devorarme.
¿Pero por qué, por qué no pudo?
Y la respuesta a esa pregunta llega de inmediato.
Él asesinó a Ciel, rompió el contrato y destruyó la única cosa que creía indestructible.
Pero… pero ¿Por qué un demonio como él habría roto un trato tan simple que se había cumplido?
Ciel había obtenido su venganza, lo había hecho, sí. Pero… ¿Era necesario acabar con las cosas de esa forma?
"No lo entiendes, yo tampoco lo entendí al inicio…" comenzó a decir Malena mientras arrullaba a su hijo en brazos. "Pero… ¿Crees en las almas, en la reencarnación? Es mejor que lo creas porque es lo único que puede explicar lo que pasa contigo, tu ancestro Ciel Phantomhive, el niño de mi visión; hizo un pacto con el demonio que te sigue. Y por alguna razón fracasó, y ese niño se convirtió en un monstruo tan terrible como el demonio mismo. Romper un contrato con un demonio no es una cosa sencilla Lilian, cuando le entregas tu alma será suya por la eternidad y existen muy pocas cosas que puedan romper el lazo entre un demonio y su presa"
"Una de esas cosas es que una de las partes muera, ya sea el demonio lo cual no es tu caso. O que el contratista muera sin haberse cumplido las condiciones del contrato, si eso ocurre de todas formas el alma le pertenece al demonio. Pero los demonios son seres tan caprichosos Lilianne, no se conforman con cosas fáciles y comunes, los demonios son como críticos culinarios, siempre famélicos pero jamás se llevarían cualquier cosa a la boca, son selectivos y quisquillosos, siempre buscan almas que cultivar, que sean difíciles y raras de encontrar. Y si lo que creo es correcto, la de tu ancestro era un alma difícil de encontrar".
"Pero si sólo fuera eso, una rencilla del pasado porque tu ancestro murió sin haberse cumplido el trato, entonces ¿Por qué aparecería tan tarde? Porque, cariño, los demonios son seres tan quisquillosos y si su objetivo fuera devorarte porque no pudo hacerlo en el pasado, entonces el demonio te habría interceptado hace mucho tiempo. Habría cultivado tu alma para obtener la misma que perdió, pero no lo ha hecho ¿No te parece eso muy extraño? Eres una chica feliz, tienes una buena vida y por lo que pude sentir, tu esencia no se asemeja en nada a la de ese niño".
"¿Por qué volvería ahora? ¿Con qué objetivo? Algo ocurrió, tú eres libre ¿Por qué entonces volvería si ya no hay nada que los una?"
Las palabras de Malena no hicieron más que alterarme, todo lo que ella había dicho yo lo sabía de sobra.
Era obvio que yo era libre, que el contrato entre Sebastián y yo se había roto de alguna manera. No recordaba cómo, ni por qué. Pero Malena tenía razón en lo último ¿Con qué objetivo Sebastián había vuelto a aparecer?
Si su intención no era reclamar mi alma ¿Entonces qué quería de mí? ¿Qué quiere de mí?
Malena entonces, con su pequeño hijo dormido entre sus brazos, pareció tomarse un momento para pensar en qué decir. Sus ojos violetas se pasearon por el mostrador de su tienda y se excusó por un momento antes de desaparecer por la trastienda.
Cuando vuelve, ya no lleva a su hijo en brazos, en su lugar sostiene un polvoriento maletín de cuero.
Lo deja sobre el mostrador y me hace un gesto, me pide acercarme a ella.
"Escúchame bien Lilianne, tal vez hay algo que podamos hacer para mantener al demonio lejos de ti, o para romper de forma definitiva los lazos que los unen" dice con una sonrisa suave, su mirada llena de determinación.
Con cuidado Malena le sacude el polvo al maletín y lo abre, de su interior saca una serie de pequeños cuadernillos viejos y amarillentos. Los toma con delicadeza y abre uno sobre el mostrador, el papel es tan frágil que por más cuidado que ponga Malena para pasar las páginas de todas formas las delicadas hojas se rompen un poco.
"Conseguí esto hace un buen tiempo, si son reales aquí hay un método para contactar a alguien que nos pueda ayudar…" susurra Malena y no puedo evitar volcar por completo mi atención al cuadernillo sobre la mesa.
Mientras Malena pasa las páginas, pese a que no puedo entender lo que está escrito, hay una serie de dibujos que llaman mi atención.
Uno de ellos se repite pasadas las páginas pero es hasta que Malena se detiene en una página en específico que comienza a tornarse insoportable.
Con cuidado Malena abre el cuadernillo de par en par, extendiéndolo sobre el mostrador y la imagen se descubre por completo.
Es como un sello, un emblema de color rojo, dentro del dibujo de un círculo hay un par de líneas entrelazadas que me recuerdan a un par de serpientes enroscadas; el par de líneas rodea lo que parece ser la punta de una espada puesta de cabeza.
El extraño símbolo activa algo en mis adentros, el pánico inexplicable me inunda y sé de inmediato que tiene que ver con Ciel, sus recuerdos se amontonan en mi mente sin un orden ni control. Todos son imágenes borrosas, ecos de algo que aún no consigo descifrar, que sigue sin tener una forma vívida o detallada.
"¿Qué clase de cosa podríamos contactar para eso?" le pregunto a Malena y ella me dedica una sonrisa tranquilizadora, una mirada cargada de seguridad.
"Un ángel"
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Lance Riddle se tira del cabello con notoria frustración, pero se obliga a recomponerse, a respirar hondo y recobrar la calma. Se da un momento más antes de lavarse la cara con agua fría, la imagen del espejo es deplorable y no le pasa desapercibida la mirada alarmada que le dedica un anciano que va saliendo de un cubículo del baño.
El joven detective trata de componer una sonrisa amable, pero aun así se apresura a salir del baño de inmediato.
Afuera, el impoluto pasillo de la sala de cuidados intensivos le da una fría bienvenida. Y el detective decide que antes de visitar a Sarah Meyer, la última víctima, que lo mejor sería ir a la tienda de regalos del hospital y comprar flores.
Lo más seguro es que Sarah continuara inconsciente los próximos días, la había encontrado en un estado lamentable, desnuda y molida a golpes, dentro de un edificio en obras. Cumplía con el rango de edad, veinticuatro años recién cumplidos y guardaba un siniestro parecido con Evelyn Sullivan. La chica era del todo común, universitaria con una brillante carrera por delante en las artes plásticas y esto último había sido lo de verdad impactante para el departamento de policía de Palm District. Pues la joven victima cursaba la carrera en el mismo centro universitario que la hija mayor del Teniente Antonio Morales.
Morales había estado de terrible humor desde que la noticia de la desaparición de la chica llegó a la comisaría, desde la muerte de Anelisse Barton el asunto se había tornado demasiado personal para todos en la ciudad.
Y Sarah Meyer no sólo compartía ese vínculo con Morales, había sido demasiado sencillo encontrarla, como si de forma deliberada el asesino la hubiese dejado ahí, a su alcance, para dejar un mensaje.
Y mientras la chica se debatía entre la vida y la muerte en cuidados intensivos, el Teniente Morales había comenzado a tomar medidas más drásticas para encontrar información que los llevara a solucionar el caso.
Por eso había puesto a Lance a la cabeza del caso, podría ser el más joven e inexperto del departamento pero en pocos meses había demostrado ser muy hábil en su trabajo. Además de que el carisma de Lance Riddle ante las cámaras había bastado para mantener la calma en la ciudad.
Morales necesitaba tiempo, tiempo que Lance sabía ya no tenían.
Y eso se lo confirmaba el demonio que de forma despreocupada coqueteaba con la encargada de la tienda de regalos.
Lance lo sabía, desde el momento en que había salido de la comisaría, él lo estaba siguiendo y era obvio lo que eso significaba. Samantha Carson estaba jugando a su propio juego, con sus propias piezas y lo creía tan indefenso y vulnerable como para mandar a Sebastián Michaelis a hacer de niñera.
—Ah, Riddle —saludó el demonio con burla y Lance se limitó a dedicarle una sonrisa falsa, hostil—, creí que sería agradable que me adelantara un poco para escogerle un hermoso arreglo de flores a Sarah Meyer —anunció todo sonrisa con los ojos brillantes como una llamarada.
Al momento, la chica del mostrador le extendió un magnifico arreglo de flores, alegres tulipanes y gerberas de colores, coronados por majestuosas y opulentas rosas blancas. Todo contenido en un jarrón de cristal tintado de un leve tono de lila.
Era un arreglo sin dudas precioso y Lance Riddle suspiró con fastidio, dispuesto a pagar y tomar las flores.
Pero el demonio lo detuvo con una sonrisa burlona y sarcástica antes de decir que ya se había encargado de pagar por las flores.
Era la primera vez desde esa pelea en que volvía a ver de frente a Sebastián, y en realidad aunque lo suyo no fuera odiar a las personas no podía evitar sentir un gran resentimiento hacia el demonio de ojos escarlata.
Lance sabía con toda seguridad que gran parte de lo que estaba pasando se debía a él, que en el remoto pasado el demonio había fallado y su error tenía tal magnitud que las consecuencias seguían presentándose, una a una como fichas de dominó puestas en fila. Y las fichas no habían dejado de caer.
No era de extrañar que cuando Lance tomó el arreglo entre sus brazos el demonio le siguió de cerca, sin esconderse, en silencio y con la penetrante mirada fija en Lance.
El silencio incómodo y tirante, había comenzado a tornarse sofocante y el camino de vuelta a la sala de cuidados intensivos había resultado un pequeño infierno.
Al llegar a la habitación de Sarah Meyer, vigilada de forma rigurosa por oficiales uniformados, Lance estuvo tentado a dejar a Sebastián afuera, pero creía conocerlo de cierta forma y el que estuviera presente ante él le daba la impresión de que tal vez sus intenciones no eran sólo el cumplir las órdenes de su contratista.
Así que la fantasiosa mentira del demonio siendo un agente del FBI había vuelto a usarse y los policías que custodiaban a Sarah Mayer no se resistieron, en parte creyentes de la mentira y en parte porque el respeto de los miembros del cuerpo de policía hacia Lance Riddle bastaba para que confiaran plenamente en él.
Así que ambos entraron a la habitación de Sarah sin ningún problema.
Sarah Meyer permanecía inmóvil, inconsciente sobre la cama de hospital, la pequeña mesa a un lado de su cama rebozaba de regalos, peluches, flores y tarjetas que familiares y amigos habían dejado ahí para ella. Pero por más detalles que ella recibiera, lo más probable según el informe médico es que Sarah Meyer nunca despertara.
Tenía múltiples fracturas, la cadera pulverizada, tres costillas rotas, piernas y brazos hechos trizas. Su cuerpo estaba tan golpeado y magullado, había daño en riñones e hígado, y tenía el rostro desfigurado, aún demasiado hinchado como para que la chica de la foto en el cartel de desaparecida llegara a guardar parecido con la chica que se debatía entre la vida y la muerte sobre esa cama.
Ni siquiera podía respirar por cuenta propia, una de las costillas fracturadas había perforado el pulmón izquierdo y estaba intubada y conectada a un respirador artificial. Tenía tantos cables y agujas clavados en el cuerpo, Lance Riddle no quería ni imaginar el tipo de horror que la pobre chica había experimentado.
Había sido un milagro encontrarla con vida, pero el destino que le amparaba a la chica no era para nada alentador.
Por mes y medio Sarah Meyer había sido torturada, golpeada y era seguro que si Sarah alguna vez despertaba su testimonio sería la mejor forma de guiarlos a la verdad.
Pero por ahora, lo único que podía hacer era esperar.
El demonio entonces acomodó los obsequios sobre la mesa, haciendo el espacio suficiente para que el arreglo de flores tuviera un lugar protagonista justo al centro de la mesa.
—¿Qué hacen en la ciudad? —preguntó el detective siendo directo, brusco.
El demonio le dedicó una mirada carente de humor, cargada de enojo y frustración. Y eso no era para nada lo que Lance Riddle esperaba ver en Sebastián Michaelis.
—¿No es obvio? —Contraatacó y a Lance no le pasó desapercibido el enojo en la voz del demonio—. Es el final, tu querida amiga se prepara para la jugada final —responde el demonio con una sonrisa cruel en los finos labios.
Lo sabía.
La conocía bien y ese último encuentro, hace unas cuantas horas, se trataba de una especie de improvisada despedida.
Por años lo había comprendido, la distancia que ella interponía como una forma desesperada para protegerse, siempre había sido así, fría y distante con el resto del mundo, una mentirosa.
Y desde que se conocían Lance Riddle tenía la certeza de que la única persona en el mundo a quien no le había mentido era a él, eran mejores amigos, siempre habían estado el uno para el otro ante cualquier adversidad. Y había una única cosa que ella había repetido sin parar ante el menor de los problemas, alejarse, ser agresiva, comportarse como una perra estúpida e impulsiva.
Lo sabía.
—Deberías de estar feliz Sebastián, restregándome en la cara que has ganado y que pronto, al fin, vas a cenar. —espeta Lance Riddle con tono venenoso y el demonio emite una leve risa falsa.
Sebastián se acercó entonces con los afilados ojos encendidos de un tono purpura, inhumanos, pero demasiado intensos para ser sólo los ojos de una bestia.
Acorraló al muchacho contra una esquina de la habitación y la implacable furia comenzó a manifestarse como una oleada de violento humo negro.
—Esto no era lo que esperaba —gruñó el demonio frunciendo el entrecejo de forma espantosa—, no lo entiendes Riddle, es una trampa… —brama el demonio con una sonrisa cruel y desfigurada.
—¡Claro que es una trampa! —masculla el detective sin dejarse intimidar por el arranque de Sebastián— ¿Cómo no pudiste verlo al principio? Los Phantomhive, el ritual, todo, ella es como una pieza, tú también lo eres, todos lo somos incluida la verdadera Linette Blackwood, este es el juego de alguien más y te guste o no tú no tienes el control —espeta el detective con amargura, con la ardiente determinación quemándole las entrañas.
El demonio sonríe, una sonrisa falsa y repleta de amargura, una mirada vacía y distante.
—Ganaste —susurra el demonio al oído de Lance.
Y entonces desaparece.
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Estoy en las puertas del hotel, he conseguido calmarme lo suficiente y pronto va a anochecer. Lo único que quiero es tirarme en la cama y tratar de descansar, de afinar los últimos detalles de mi plan o al menos tratar de tener una noche sin pesadillas.
Todo lo que quiero es un poco de paz antes de que la mañana llegue y tenga que irme, antes de que todo termine.
Pero cuando atravieso el vestíbulo del hotel, decidida a tomar el ascensor e ir a mi habitación, es que lo veo.
Está ahí, frente al mostrador de la recepción, va de traje y supongo que es eso lo que usa para trabajar.
Me quedo paralizada en mitad del vestíbulo porque parece imposible, demasiado irreal que Lance esté aquí, en mi hotel, hablando con la recepcionista casi a gritos.
Quiero retroceder, esconderme, escapar cuanto antes y me propongo a hacerlo. Camino lo más rápido que puedo en dirección al elevador, pero por más que trato de ser discreta mis zapatos hacen mucho ruido sobre el piso de reluciente mármol.
—No puedo darle información sobre los huéspedes —replica la recepcionista con voz aguda y nerviosa.
—Sólo dígame si ella se hospeda aquí, por favor —la voz de Lance está cargada de súplica y me siento terrible, no puedo pensar en otra cosa, no puedo sentir nada más que el sonido de su voz.
Y no es para nada raro que mientras camino, casi corriendo, en dirección al elevador mirando a Lance, que yo choque con alguien frente a mí.
No lo veo venir, no entiendo ni cómo ha pasado, pero el impacto es inminente y fuerte. Mis tacones se resbalan sobre el suelo recién pulido y pierdo el equilibrio. No hay forma de impedir mi caída y mis gafas de sol salen propulsadas muy lejos de mí.
El escándalo no tarda en llegar, la persona con la que he chocado, una ancianita con el rostro enrojecido, no tarda en reconocerme y pronto un grupo de personas me rodean.
Escucho mi nombre de tantas voces desconocidas y me gustaría volverme invisible, la idea de mantener un perfil bajo se ha ido a la mierda y casi puedo escuchar la voz de Simone estallando en cólera porque no hay manera de que con tantas personas mirándome la noticia no se filtre.
Estoy paralizada, no puedo levantarme, aturdida y abrumada por la cantidad de personas que se reúnen a mi alrededor y no sé ni cómo reaccionar. No puedo siquiera respirar.
De entre la multitud alguien se abre paso y deseo con todas mis fuerzas que se trate de Sebastián Michaelis, sin embargo, no es así. Quien se abre paso entre la multitud no es otro si no Lance Riddle y mi corazón golpea frenético en mi pecho.
— ¿Estás bien? —me pregunta con sus brillantes ojos grises llenos de preocupación, extiende ambas manos en mi dirección y soy incapaz de parpadear.
Está aquí.
Está aquí y está ayudándome ¿Por qué?
¿Por qué sigue aquí cuando yo lo he lastimado tanto?
¿Por qué?
Pero Lance no espera una respuesta, me toma del brazo y tira con fuerza, hasta ponerme de pie y estrecharme entre sus brazos. Tenerlo tan cerca no me ayuda para nada, siento un nudo en mi garganta, un cúmulo de sensaciones en mi pecho que me impide respirar.
— ¿Qué haces aquí? —espeto contra su pecho, no me importa que hagamos una escena enfrente de tantas personas, no me importa nada.
Él está aquí, frente a mí, exponiéndose al peligro y no puedo soportarlo, el miedo me engulle, la angustia me golpea.
Pero Lance no me responde, su abrazo se vuelve más fuerte y a nuestro alrededor el ruido de voces se vuelve insoportable.
Me obligo a empujarlo, a usar toda mi fuerza para separarme de él, quiero correr, escapar de él, pero la mirada que me dedica me desarma por completo.
Es una mirada cargada de dolor y súplica, no puedo soportarlo, el dolor que me embarga por verlo así es demasiado. Quisiera decirle algo, quisiera disculparme, consolarlo, pero sé que no puedo, sé que por más que duela no puedo permitir que se acerque de nuevo.
Lo hago por protegerlo, tengo que recordarlo.
Y en esto no puedo fallar.
No puedo permitir que algo le pase a Lance por mi culpa.
Por alguna razón las personas a nuestro alrededor comienzan a dispersarse, hay un escándalo en el otro extremo del vestíbulo y no necesito girarme para saber que sin duda alguna se trata de Sebastián.
Casi puedo ver la magnitud del escándalo que Simone hará en cuanto se entere, de todas formas no importa. Para cuando Simone o los Phantomhive reciban la noticia, ya será demasiado tarde. Espero que para ese momento ya todo haya terminado.
Lo que sí me toma por sorpresa, de nueva cuenta, son las acciones de Lance Riddle. Pues en cuanto la multitud se dispersa y dejan de rodearnos, su mano me jala del antebrazo y me obliga a ir con él.
No puedo resistirme, su fuerza es demasiada en comparación a la mía y lo cierto es que sentir su calor es la única cosa que me impide perder la calma. Así que de todas formas no impongo resistencia, dejo que Lance me guie hasta las afueras del hotel y de ahí me arrastra consigo por media cuadra.
Me suelta entonces y tengo que respirar profundo, tratar de aclarar mis ideas antes de hablar y reclamarle.
—Espera —me pide mientras recupera el aliento— tengo que dejar de fumar, mírame, apenas y corrimos media cuadra y ya estoy exhausto —se burla de sí mismo y me dedica una sonrisa burlona, llena de humor.
Es difícil no ceder ante él, ante lo bien que se siente que él esté aquí, siendo el mismo de siempre pese a que le he dicho cosas horribles. Está aquí, sonriéndome y sé que es honesto, que a diferencia del resto del mundo Lance nunca buscaría engañarme o utilizarme.
Y es tan difícil poder encontrar la fuerza necesaria para alejarlo de mí.
¿Por qué es tan difícil?
—Tengo que irme Lance —trato de ser fría y distante con él, pero mi voz tiembla, toda yo me estremezco porque esa mirada que me dedica es demasiado intensa, demasiado cálida.
—Por favor —alcanza a decir y sus manos van a mis hombros, ejerce presión pero no la suficiente como para lastimarme—. Estás aquí y no sé si vaya a durar, sólo escúchame esta vez, ven conmigo. Déjame pasar el rato con mi mejor amiga, aunque sea una última vez —su voz está cargada de determinación y sé que si me niego él encontrará la forma de hacerme ceder.
Como cuando éramos niños y de un modo u otro siempre veíamos las películas que él escogía.
Siempre encontraba una manera de convencerme sobre ciertas cosas, y justo ahora no puedo negarme, pese a que quiero hacerlo.
—¿Qué dices? —pregunta con una sonrisa que vacila entre sus labios.
Y sé la respuesta antes de decirla.
—Sí.
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Sé que tal vez es un error, pero por muy mal que esté no puedo evitar el sentirme emocionada, feliz.
Tal vez para éste punto me he hecho a la idea de que si voy a despedirme de Lance Riddle, entonces tengo que hacerlo en grande. Que su último recuerdo de mí sea bueno y no una mentira cruel e hiriente.
Así que cuando Lance sugiere que vayamos de fiesta, como se supone que hacen las personas de nuestra edad, no puedo negarme pese a que lo último que me apetece es ir a un bar.
Lance está tan animado, tan feliz, que sin importar cuánto me desagrade la idea, de alguna forma termino contagiándome de su entusiasmo.
Cuando llegamos al local, me toma por sorpresa que pese a que el lugar está repleto y son apenas las siete y media de la noche, pese a la enorme fila Lance me toma de la mano y me lleva directamente a la puerta. Intercambia un par de palabras con el guardia de la puerta, se saludan como si fueran grandes amigos y me siento algo cohibida porque Lance siempre ha sido de esta forma. Siempre tan amigable, tan bueno para hacer amigos, me siento incluso culpable porque cuando estábamos en la secundaria Lance se aislaba mucho de sus otros amigos por mí. Pienso en que, de cierta forma siempre mantuve a Lance lejos de los demás, que de alguna forma he sido un impedimento para él y quiero irme, quiero escapar, porque yo siempre he sido esta persona horrible, grosera y tan poco competente para socializar.
Pero aunque quiero huir Lance en ningún momento suelta mi mano, y mis planes de escape se ven frustrados tan pronto me presenta a su amigo.
El guardia es muy respetuoso para hablar conmigo, pero no puedo ignorar esa mirada que me recorre de arriba abajo antes de dedicarle una seña a Lance. Él enrojece en el acto y me jala para que podamos entrar cuando su amigo nos abre la puerta.
— ¿Qué rayos ha sido eso? —no puedo evitar preguntarlo a gritos porque dentro del local la música es ensordecedora y pronto el calor de la multitud nos envuelve.
Lance aprieta mi mano con fuerza cuando atravesamos el montón de cuerpos apretujados de las personas que bailan en el local.
—Trabajé aquí un tiempo —responde y apenas puedo escuchar su voz por sobre el sonido de la música.
Nos movemos con dificultad en dirección a la barra del bar y cuando por fin conseguimos llegar, pese a lo concurrido que está la barra, hay asientos libres y nos apresuramos en ocupar el lugar.
Lance vuelve a sorprenderme por lo bien que se lleva con el cantinero, se saludan y se ponen al corriente, vuelve a presentarme con su amigo y a diferencia del guardia en la puerta, el cantinero me dedica una fugaz sonrisa y se inclina en mi dirección.
—Vaya, que novia más bonita te has conseguido Lance —dice con burla y Lance lo fulmina con la mirada, yo no puedo evitar reírme— ¿No? Bueno, de todas formas, linda señorita, puedo adivinar qué me va a pedir ¿Apuesta? —pregunta con falsa galantería, es obvio que está molestando a Lance y no me detengo a pensar en el por qué, sólo me dejo llevar por el momento y me río.
—Acepto la apuesta, amigo —le guiño un ojo al chico de la barra y Lance a mi lado rueda los ojos antes de cruzarse de brazos.
—Un cosmopolitan —me pica el cantinero y me río con ganas, Lance parece animarse también y me sonríe.
—Tequila —le digo con una sonrisa y el cantinero me mira con sorpresa antes de sonreír complacido, le da una palmada a Lance en un hombro y se gira para traer un par de pequeños vasos y una botella de tequila.
—Ésta va por la casa, en honor a la nueva novia de Lance —se burla antes de poner sobre la barra unas cuantas rodajas de limón.
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La música está a todo volumen, mi pecho vibra al mismo ritmo y no sé si se debe al alcohol o al ambiente, pero de pronto ya nada importa, de pronto ya no existe nada más.
Sólo estoy ahí, con mi mejor amigo, dentro de un bar y bailando con él como si no existiera nada malo en mi vida.
—Vamos marmota ¿A eso le llamas bailar? —se burla Lance mientras hace un paso ridículo de disco, me río de él porque es imposible no hacerlo y porque tal vez ya he tomado demasiado.
Lance se tambalea, finge que va a caerse y aunque dudo mucho de su equilibro no me preocupo por él. Su risa es contagiosa y poco me importa que las personas nos miren de forma extraña. Ni siquiera me importa que me reconozcan.
Sólo continúo bailando con él, me dejo llevar, envuelta en esta bruma de extraña felicidad, su sonrisa, su risa, el alcohol. Es como si justo ahora esto fuera lo que necesito para ser feliz, me hace sentirme viva por primera vez en mucho tiempo, desde la noche de Navidad.
Sin embargo, por más que trato de entregarme por completo al momento, mientras bailamos bajo las luces parpadeantes tan cerca uno del otro, la idea me asalta sin previo aviso. Ese miedo inmenso que ha crecido en mi pecho desde que volví a ver a Lance Riddle. Ese miedo sin nombre que tal vez ha estado presente desde que nos conocimos.
Desde la primera vez en que lo vi, cuando éramos niños y lo vi llorar en ese parque descuidado, donde mi hermana y yo solíamos ir a jugar. Ese niñito indefenso, que creía que el mundo iba a terminarse porque su mamá estaba enferma.
Pasó hace tanto que apenas y puedo recordarlo, pero el sentimiento persiste, esa necesidad arrolladora de protegerlo, de consolarlo. Nunca fui una niña afectuosa, ni con mis padres o el resto de mi familia y amigos, las únicas dos personas en el mundo a las que les mostraba mi afecto eran la abuela Camille y mi hermana, Belle. Pero en ese momento, cuando vi a ese niño en el parque, el sentimiento fue tan poderoso y doloroso que no pude evitarlo.
Me había acercado a él, al pequeño Lance de ocho años y le había dicho que todo estaría bien, que no llorara, y lo hice reír. Y después de ese momento las cosas se habían dado solas. Nos habíamos vuelto amigos muy rápido y por años todo lo que Lance tuvo, todo lo que yo tuve, éramos nosotros, sólo nosotros. Nos teníamos el uno al otro y nada más importaba.
Y ahora…
Después de todos estos años, estamos aquí y la misma necesidad terrible de protegerlo está asfixiándome. Tengo que protegerlo, no puedo dejar que le pase nada, no puedo.
—¿Estás bien? —su voz es un susurro entre la multitud, la música apenas me deja escucharlo y es el calor de su mano en mi mejilla lo que me devuelve a la realidad.
No sé exactamente lo que me impulsa en ese momento, todo es demasiado, tenerlo cerca y a la vez saber que está en peligro por mi culpa, el miedo, lo mucho que en realidad voy a extrañarlo.
Lo mucho que lo quiero.
Así que no me importa, todo deja de importarme, porque es la última vez que veré a Lance y ya no importa nada más, nada.
Lo abrazo, necesitada, ansiosa, llena de miedo, trato de abrazarlo con toda la fuerza que tengo pero me estremezco, todo mi cuerpo tiembla y el dolor en mi pecho revienta. Las sensaciones se vuelven demoledoras, intensas y todo es caos por un segundo.
Lance no dice nada, no me reclama, me corresponde el abrazo y me sostiene con fuerza contra su pecho. Puedo sentir su agitada respiración contra mi cuello, el calor se torna asfixiante, su olor es insoportable, esta mezcla de humo de tabaco y colonia que de cierta forma he llegado a añorar en secreto.
Trato de impedir que mi mente se ponga en marcha, imaginando un montón de escenarios que jamás ocurrirán. Cómo sería mi vida si jamás me hubiera ido de Shirlight city, si tan sólo me hubiera quedado con Lance, si tan solo no fuera tan estúpida, si tan sólo me hubiera dado cuenta antes.
Pero ya es demasiado tarde, no importa lo que haga, nada cambiará el resultado. Voy a morir, quiero morir, pero si tan sólo… si sólo pudiera estar con él un poco más de tiempo…
¿Por qué?
La sensación cálida que inunda mi pecho es abrasadora, intensa y demoledora, hace el miedo a un lado, aniquila la ansiedad de golpe y aunque el dolor se aferra a mis huesos no es tan terrible. Puedo soportar el dolor, puedo soportar lo que sea mientras Lance esté bien, mientras nada le ocurra.
—Oye —Lance reclama mi atención, impone un poco de distancia entre nosotros y con una mano toma mi mentón—, no llores por favor, estoy aquí, siempre voy a estar aquí —me sonríe y no puedo, no puedo seguir mirándolo a los ojos, porque sé que dice la verdad.
Nunca me ha mentido y siempre ha estado ahí.
Siempre estuvo ahí, apoyándome, recuerdo que dijo algo parecido cuando lo de Natalie ocurrió. Me pidió que no llorara, que él siempre estaría ahí para mí.
Y lo único que pude hacer para compensárselo fue escapar cuando la secundaria terminó, alejarme de él, imponer toda la distancia que fue posible entre nosotros. No porque el idiota de Jacob Sullivan me trajera loca, no porque los Phantomhive me obligaran a hacerlo. Lo hice porque quise, porque de alguna forma siempre lo supe y no tenía la fuerza necesaria para enfrentarlo.
Porque de alguna forma el miedo por perderlo, por intentar algo más que tal vez no funcionaría, ese miedo irracional siempre pudo más que yo, mucho más que mis sentimientos por él.
Porque era más sencillo, siempre fue más sencillo, ser sólo amigos, tratar de verlo sólo como mi mejor amigo y no como algo mucho más importante.
Soy una estúpida.
—Lo siento —susurro, trato de no llorar, de tragarme mis sentimientos y enfocarme en disfrutar del tiempo que me queda con él.
Pero Lance es astuto, siempre ha sido tan astuto y me mira con preocupación, con una mezcla de tristeza y ternura que me destruye por dentro.
Todo sería tan sencillo, pero no es así, estamos aquí y no puedo, no se puede.
—Tienes cara de necesitar otro trago —dice antes de besar mi frente, su gesto es tan dulce y delicado, tan sincero.
Y me obligo a sonreírle, a empujar el dolor en mis adentros y permitir que la sensación cálida que me embriaga domine por completo.
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Me río con fuerza porque Lance se tambalea y no puede abrir la puerta de su apartamento, las llaves se le caen de las manos y ambos estallamos en carcajadas.
Siento un agradable cosquilleo en la piel, mi pecho se siente caliente, mi estómago parece haber sido invadido por mariposas. Se me escapa una risita tonta sin razón a aparente y de pronto comienzo a sentirme muy cansada, pero a la vez tan feliz.
Cuando Lance por fin consigue abrir la puerta me toma de la mano y me obliga a seguirlo. Vamos a tropezones por la estancia a oscuras, me he quitado los zapatos y la sensación del piso helado bajo mis pies me pone a temblar.
Me abrazo a mí misma mientras Lance cierra la puerta y va a la cocina. Las luces me lastiman los ojos cuando él las enciende, son tan brillantes, me abrazo con más fuerza permitiendo que el olor de Lance me envuelva porque me ha puesto su saco. El olor de su colonia es fuerte y me arde la cara como si yo fuera una niña idiota y enamoradiza.
El cosquilleo en mi piel se intensifica, es para este momento que el ardor en la marca del contrato ha llegado a un nuevo nivel, duele, quema, pero ya no importa.
De hecho, es la primera vez en toda la noche que pienso en Sebastián y trato de desterrar el nefasto pensamiento de una sola vez. No quiero volver ahí, no quiero pensar en eso por ahora.
Todo lo que me importa por el momento es estar con Lance.
Por ahora lo demás puede esperar, que se joda el mundo por un rato más.
Lance vuelve de la cocina y me ofrece un vaso de agua, lo acepto y pese a que mis manos tiemblan consigo no derramar el contenido del vaso.
Lance se queda callado, mirándome, es una mirada cargada de dulzura, de un algo amargo que me impide respirar. Es media noche me dice con una sonrisa idiota y aunque no tiene nada de gracioso terminamos riéndonos.
Pero entre las carcajadas y el alcohol la necesidad urgente de recostarme se vuelve abrumadora, todo da vueltas y el adormecimiento me gana. Me tambaleo y el vaso se me resbala de las manos. El cristal se vuelve añicos y el ruido es espantoso, el agua me empapa la falda del vestido y pego un chillido agudo que culmina en una risa divertida.
Lance lucha por no reírse, pero de todas formas se le escapa una sonrisa que me pone las piernas como gelatina. Se inclina con falsa galantería frente a mí, imitando de una forma terrible a Sebastián, pero el sutil acento británico del demonio no puede ser imitado por Lance y en su lugar arrastra las palabras de una forma cómica. No importa, de todas formas me hace reír y acepto su oferta, de llevarme cargando al dormitorio para evitar que me haga daño en los pies con los cristales rotos.
Pese a que el camino a su habitación es corto, de todas formas resulta toda una hazaña, Lance casi tropieza y casi me tira, choca contra la estantería y no puedo evitar reírme.
Prendada de su cuello, entre sus brazos, el calor me golpea y el cosquilleo de mi piel se torna doloroso.
Abre la puerta de la habitación de una patada y su risa tan cerca de mi oído hace que mi corazón lata como loco.
Me deja sobre la cama y jadea de forma exagerada, bromea diciendo que soy muy pesada y me acomodo en la cama. Él se recuesta a mi lado, no sin antes quitarse los zapatos y arremangarse la camisa.
—¿Hace cuánto que no estamos así? —pregunta pasado unos minutos de risillas tontas.
Mi mano busca con torpeza la suya y la aprieto con fuerza.
—Creo que desde que tenía diez años, ese verano que mi prima quiso pasar el fin de semana con nosotros… —me río con la mirada perdida en el techo.
De alguna forma puedo imaginarme las constelaciones de brillantes pegatinas en el techo de la habitación de Tyler y Max, pensar en ellos me destroza el corazón. Y sin poder evitarlo vuelvo a pensar en ellos, recordar a mis sobrinos sigue siendo tan dulce y doloroso.
El nudo en mi garganta regresa, la ansiedad vuelve a abrirse paso y hace un hueco en mi pecho.
Y me enfoco en la risa fácil de Lance, en tratar de empujar esos recuerdos y repetirme una y otra vez que ellos están bien. Que mi familia estará bien, que podrá seguir adelante sin mí.
—Tu madre quiso matarnos cuando nos vio dormidos en la misma cama —se ríe, pero su voz está cargada de una nostalgia que me apuñala el corazón—, además tu hermana me habría sacado la mierda a golpes de haber intentado algo raro —me estremezco antes sus palabras y la pregunta se vuelve clara y consistente entre la bruma de mi mente.
—¡Lance! —le riño fingiéndome ofendida pero cuando me giro para mirarle sus ojos están ahí, fijos en mí.
Me mira de una forma tan intensa y lleva nuestras manos entrelazadas a su pecho. Puedo sentir el golpeteo arrítmico de su corazón, la rapidez de sus latidos que son un reflejo de los míos.
Me sonríe lleno de dulzura, de una ternura que me desarma.
Y lucho por no venirme abajo, por no deshacerme en llanto.
—¿Desde cuándo te gusto? —mis palabras salen por sí solas, no tengo tiempo para pensarlo y su sonrisa vacila, mi corazón da un vuelco y creo que podría estallarme en el pecho.
Él suspira y su mirada se pierde en el techo, flexiona su brazo libre y se lo lleva a la cabeza.
Está haciendo esa especie de tic suyo, de llevarse una mano a la cabeza y tirarse del cabello, ese gesto que siempre ha hecho desde que lo conozco.
—¿Nada se te escapa, verdad? —sonríe y no puedo ignorar la forma en que su voz tiembla, el vaivén de su pecho, el cómo se cubre el rostro con su mano libre.
—En realidad soy bastante lenta —trato de burlarme, de quitarle peso a la situación porque la tensión que surge entre nosotros es demasiada—. De cierta forma siempre lo supe, pero soy una idiota y necesité que Jacob Sullivan me lo dijera para terminar de darme cuenta. —susurro y trato de no llorar, de que el dolor punzante en mi pecho disminuya aunque es imposible.
Lance vuelve a girarse, se recuesta sobre su costado de forma que me mira de frente y su rostro está tan cerca como para sentir su cálido aliento contra mi piel. Me sonríe, con los ojos brillantes y llenos de lágrimas no derramadas.
—No lo sé —balbucea con una sonrisa temblorosa y lleva nuestras manos entrelazadas a sus labios—. Supongo que desde siempre, desde que te vi ¿Sabes? Es estúpido, porque apenas y recuerdo algo de cuando nos conocimos. Pero supongo que no sería extraño si lo pienso con cuidado, fuiste como un ángel para mí y fue imposible no tomarte cariño de inmediato —sonríe y el dolor es insoportable, un par de lágrimas traicioneras se me escapan y tengo que obligarme a respirar.
Lance deja salir una discreta risa que me pone a temblar y nuestras manos unidas se sueltan. Él rompe el contacto sólo para llevar sus manos a mi rostro y limpiarme las lágrimas con tanta dulzura.
—No te vayas a burlar de mí, no creo en el amor a primera vista y si te dijera que es eso estaría mintiéndote. Fue cosa también del tiempo, de conocerte de verdad, de pasar tantas cosas contigo. Crecimos juntos y estuviste ahí, conmigo, cuando las cosas se pusieron difíciles. Me salvaste —declara y me quedo sin aliento.
Por un segundo vuelvo a ver al niño del parque, al pequeño Lance Riddle llorando, al indefenso Lance que vi derrumbarse durante el funeral de su madre.
Y me siento terrible, porque no puede ser así, porque yo no sé hacer otra cosa mas que dañar a los que me rodean y él no ha sido la excepción. Porque cuando yo muera quien más sufrirá por mí es él, y entonces ya no podré estar con él, no podré salvarlo de eso, no podré consolarlo.
Voy a fallarle.
—Siempre has sido mi mejor amiga y siempre me dio miedo decírtelo, siempre me aterró que si me atrevía a decirte cómo me siento entonces me rechazarías o peor aún, que tal vez tú y yo intentásemos algo y las cosas se echaran a perder ¿A que suena idiota, verdad? —me dedica una sonrisa rota, temblorosa y no puedo más.
Porque sé que tiene razón, me conoce tan bien que sabe cómo reaccionaría ante cualquier cosa.
Y me río, porque siento las lágrimas escociéndome los ojos, el dolor sofocante de mi pecho, es una risa llena de desesperación, de frustración.
Soy yo ahora quien se lleva ambas manos a la cabeza, trato de quítame el cabello de la frente y me muerdo los labios con fuerza, reprimo el grito que nace en mi garganta.
—Lo siento —me apresuro a decir y me incorporo hasta quedar sentada.
No puedo con esto, no puedo hacerlo.
No puedo enfrentar esto, no puedo.
Tengo que irme, tengo que escapar ahora, porque no puedo hacerle esto y mirarlo a la cara. No puedo seguir fingiendo que en realidad estoy bien y que sólo he venido a pasar tiempo con él.
No puedo.
No puedo continuar a su lado, no puedo seguir aferrándome a él como una idiota egoísta. No puedo seguir usándolo para evadir la realidad, para ser feliz cuando no lo merezco de ninguna forma.
No puedo.
Y estoy dispuesta a irme, trato de ponerme de pie, de correr, pero él me detiene.
Las manos de Lance Riddle se encajan en mis hombros, los hace con cuidado, sin imponer fuerza y siento el temblor de su cuerpo a mis espaldas. El contacto de sus manos contra la piel desnuda de mis hombros envía una cálida corriente que me parte en dos, la marca del contrato quema, las enredaderas de mi espalda aúllan de dolor. Siento su aliento contra mi nuca, su respiración que me hace cosquillas.
No puedo.
—No te vayas —su voz es un suspiro, una desesperada súplica y me quedo inmóvil, petrificada.
No puedo quedarme pero tampoco puedo irme.
No puedo abandonarlo así, dejarlo cuando él siempre ha vuelto, cuando esta mañana le dije cosas tan horribles y de todas formas regresó a buscarme.
No puedo.
—Me gustas —susurra contra mi piel y entonces no puedo contener el llanto, sus brazos me rodean con lentitud, me abraza con delicadeza, con tanto cariño que no puedo seguir resistiéndome—. Te amo —afirma con tono decidido y tengo que cubrirme la boca con ambas manos para reprimir los sollozos, los lastimeros quejidos de dolor.
Y las sensaciones se vuelven tan abrumadoras, mis sentimientos vuelven a explotar en mi pecho y el latido agónico de mi corazón se convierte en zumbido, late a un frenético y dichoso ritmo.
La sensación cálida se sobrepone al dolor, mi ansiedad es eclipsada por la dulzura de un sentimiento que se abre paso en mis entrañas.
Siempre lo he sabido, siempre fue tan obvio y siempre dejé que el miedo por perderlo fuera tan intenso y poderoso como para contener lo que siento por él. Siempre lo enterré en lo más profundo de mí misma y encadené el sentimiento, lo condené a morir. Pero ahí está, reacio, implacable y demoledor.
Me destruye y me vuelve a ensamblar, tan extraño y absurdo, tan imposible de seguir conteniéndose.
Y es por completo diferente a todo lo que he sentido antes, no es desesperado y vorágine como lo que siento por Sebastián, tampoco es como lo que llegué a sentir por Richard Daniels. No, es por completo diferente, es tan dulce, tan sincero, tan bueno.
Es como un rayo de sol en primavera, una brisa cálida de verano, como algo que te hace sentir en casa, algo que sin importar que tan malas sean las cosas siempre podrá hacerte sonreír.
—Siempre fuiste tú —le confieso con una sonrisa temblorosa, con las lágrimas corriéndome por las mejillas, digo la verdad, le revelo el más terrible y doloroso de mis secretos, ese que incluso conseguí ocultar de mí misma.
Mi cuerpo se sacude, presa del llanto, trato de no hacer ruido, de ser silenciosa pero es inútil.
Lance me suelta entonces, el frío me colma la piel y por un momento temo que él vuelva a irse. Temo que decida abandonarme, que lo haya lastimado tanto como para perderlo de manera definitiva.
Pero no es así, él sólo se levanta de la cama para colocarse frente a mí. Parado a los pies de la cama sus ojos como la plata líquida me miran ansiosos, llenos de duda y expectación. Su respiración errática vuelve a desata el caos en mi interior cuando se inclina en mi dirección hasta que su frente y la mía quedan unidas.
Me enfoco en respirar, en tratar de recuperar el control sobre mi cuerpo que tiembla, el control de mi respiración agitada, pero no puedo. Lo único que consigo es dejar de llorar.
—Te amo —susurro tan bajo que no sé si Lance ha conseguido escucharlo.
Mi corazón se encoge, se vuelve pedazos ante su silencio, quiero huir, alejarme lo más pronto posible porque sé que existe algo que jamás podré superar. Y eso sería que Lance me rechazara, que todo se arruine porque soy tan incompetente, tan mentirosa.
Y el aliento cálido de Lance me abruma por completo, puedo sentirlo antes de darme cuenta de lo que está pasando. El sabor del alcohol de sus labios, la suave caricia de su boca sobre la mía, es un beso tan dulce, un sentimiento que me arrolla, que me arrastra y no puedo frenarlo.
No es el hambre a la que me he acostumbrado, es otra cosa, es un anhelo vedado que por fin despierta, algo que no tiene final ni principio. Algo que no se ha nutrido del odio y el deseo, es un algo que creció a base de tiempo, de cariño, tan fuerte y cálido.
Dejo de pensar entonces, dejo de pensar en las posibles consecuencias de mis actos, en lo que ocurrirá cuando todo termine y llegue la mañana.
No es una necesidad desenfrenada, es algo distinto, como si de verdad necesitara de su contacto para seguir viva. Como si en realidad estuviera hecha para esto, como si en realidad estuviéramos hechos para esto, para besarnos hasta quedarnos sin aliento.
La forma en que su cuerpo se amolda al mío, la forma en que sus manos se aferran a mi cintura y sus piernas se colocan entre las mías.
De forma lenta me empuja contra la cama, sus labios abandonan los míos y me dedica una mirada llena de deseo, de pasión, pero también de amor.
No dudo ni un segundo, no hay manera de arrepentirme de esto, no puedo resistirme porque sé que esta es la última vez que estaremos juntos y esta es la única forma en que puedo despedirme, en que puedo demostrarle lo importante que es para mí.
Y aunque Lance parece dudar, aunque se estremece sin hacer nada, yo sé lo que quiero, lo quiero a él.
Siempre lo he querido a él.
Me pongo de rodillas sobre la cama, me quito el saco, la tela de mi vestido se desliza por mis hombros y no me siento avergonzada, no quiero seguir escondiéndome, ya no. Y Lance tiembla, se estremece incapaz de moverse, incapaz de apartar sus brillantes ojos de los míos. Cuando me quito el sujetador un chispazo nace en mi vientre, de pronto el temor me inunda, la confusión me atormenta y aparto la mirada.
—No tienes que forzarte a hacer esto —susurra y sus manos toman mi rostro, su mirada me llena de seguridad, de determinación.
Ésta vez soy yo quien inicia el contacto, uno mis labios a los suyos y la tensión en los hombros de Lance cede cuando paso mis manos por su cuello.
Y cuando volvemos a separarnos ya no hay duda en su mirada, se quita la camisa dejando al descubierto su trabajado torso y aprovecho el momento para arrojar el vestido al suelo y quitarme la única prenda que me queda.
Lance recorre mi cuerpo con la mirada, me dedica una sonrisa tímida que me hace reír. El encantador sonrojo en su rostro me provoca abrazarlo, y sé de inmediato, cuando lo rodeo con mis brazos que en realidad esto será muy difícil.
Que será demasiado doloroso para él que hagamos esto y que cuando despierte me haya ido.
No puedo sólo tener sexo con él, sería tan cruel, tan terrible.
Merece más que esto. Merece mucho más de lo que yo puedo ofrecerle, mucha más que una noche, pero soy idiota, egoísta y ya no es posible.
Es demasiado tarde.
Así que me aseguro de ser tan dulce con él como siempre lo ha sido conmigo, de demostrarle con mis besos, con caricias, con cada parte de mí, que de verdad lo amo, que lo he amado por tanto tiempo.
Me dejo caer sobre la cama, con Lance entre mis brazos, con su boca dejando un reguero de besos por cada tramo de mi piel. Que el placentero y lento roce desvanezca los vestigios de cordura que me quedan.
Sus manos acunan mis pechos, su lengua traza el tortuoso camino de mis clavículas hasta mi ombligo y me retuerzo, cegada por un placer agridulce, la abrumadora noción de que soy amada.
Apenas y entiendo en qué momento se ha deshecho del resto de su ropa, sólo soy consciente, entre la encantadora bruma de sus ojos grises, que ya no hay marcha atrás.
Me mira con adoración, con una sonrisa idiota que me contagia, me besa con una pasión arrebatadora y comienza con lentitud, el ritmo cadente de sus caderas, la deliciosa fricción que me arrebata el aliento.
Lo beso, ida entre la dulce ensoñación, entre el calor de sus brazos y el perfume de su piel.
Lance jadea contra mi cuello, me aferro a sus hombros, mis piernas se enroscan en su cintura y su boca vuelve a vuelve a buscar la mía.
El ritmo se intensifica, me siento como si flotara, por completo embriagada por las sensaciones que me provoca, el calor en mi pecho que se extiende con rapidez hasta inundarme por completo, el cosquilleo de mi piel que cubre cada centímetro,
La corriente cálida, intensa, que se siembra en mi vientre sube y baja con cada segundo que pasa, me estremece de pies a cabeza y lo abrazo con más fuerza. Quiero fundirme entre sus brazos, impregnarme de su aroma y congelar este momento, extenderlo hasta el infinito. Lo quiero todo, quiero más que una noche, que sólo esto pese a que sé que no puede ocurrir.
Quiero seguir besando sus labios por lo que resta de mi vida, repetirle una y otra vez lo mucho que lo amo, escuchar para siempre el susurro dulce de su voz pronunciando mi nombre.
Y por más que lo deseé, por más que se prolongue el embiste de su cuerpo contra el mío, sé que no durará para siempre.
La bruma nos envuelve, la terrible y gloriosa culminación me araña la piel.
El sabor de sus labios, el ardor en mi vientre, la firmeza de su agarre en mis caderas, en tan intenso y abrumador, me desborda, me destruye.
Tiemblo bajo su cuerpo, sin poder contener mi voz que clama su nombre, sin poder contenerme por más tiempo y cuando él se estremece entre mis piernas el dolor por fin se atreve a irse, es un placer inexplicable, una sensación desgarradora que me llena el pecho, que me nubla la mente.
Mi corazón estalla bombeando como desquiciado y me quedo sin aliento, no soy capaz de respirar, cierro los ojos con fuerza mientras el sudor me escurre por la piel y el aliento de Lance me acaricia el lóbulo del oído.
Cuando todo termina descubro que no he tenido suficiente. Cuando Lance se deja caer a mi lado no puedo frenarme, no puedo satisfacer el ansia que de pronto surge, el miedo que me embarga y la realidad me pisa los talones.
Vuelvo a besarlo, con el mismo calor que me consume desde dentro.
Y volvemos a hacer el amor tantas veces como son necesarias, hasta que el sopor, el agotamiento, hacen mella en mí.
Hasta que ya no puedo más y me rindo entre la seguridad de sus brazos, ante el calor de su pecho.
Pese a que estoy agotada, pese a que el cansancio me gana, trato de levantarme e interponer distancia entre nosotros. No porque esté huyendo de él si no porque tengo que irme, tengo que terminar con esto de una buena vez.
Sin embargo cuando hago un intento de moverme, su brazo como una pesada barra de hierro me sostiene por la cintura y me mantiene fija a la cama. Su respiración lenta y cálida golpea mi cuello, envía una cálida corriente por mi columna vertebral y me cosquillea la piel. Deposita cortos y húmedos besos en la piel de mi hombro y el ardor que me provoca es demasiado incómodo, me giro entonces quedando cara a cara con Lance.
Los ojos de Lance, pese a que parecen cansados resplandecen repletos de júbilo. Una sonrisa tira de sus labios y me acomoda un mechón de cabello tras la oreja.
—Por favor no te vayas —susurra rendido, con una sonrisa que me rompe el corazón—. Quédate conmigo, encontraré la forma de que esto funcione, de que podamos estar juntos —dice con convicción mientras me estrecha contra él.
Y el dolor retorna de su prisión, el vacío se forma en mi interior y me arranca de a poco todo lo que hay dentro de mí.
Duele.
Ojalá tuviera razón, quiero creer en sus palabras, en que tal vez si exista alguna esperanza. Pero no es así.
No hay forma de eludir lo inevitable y soy despreciable, tan cruel.
Porque lo beso en los labios y le sonrío de la forma más falsa en que nunca lo he hecho.
—Está bien —susurro contra su boca y me siento terrible por la amplia sonrisa que me dedica—. No me iré, nunca más voy a irme.
Y sé por la amplia sonrisa que me dedica, que se ha creído mi mentira, es quizá el ambiente, lo que momentos antes ocurrió que lo mantiene ebrio de felicidad y no puede entender que el temblor de mi cuerpo significa otra cosa.
Sus brazos me envuelven, me acuna contra su pecho y contener el llanto se vuelve imposible, pero me mantengo firme, me abandono al calor de su piel. Me entrego por completo al momento, me dejo arrastrar por el cansancio y por primera vez en casi un año puedo dormir sin tener pesadillas.
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Despierto debido al calor sofocante en la habitación, siento la piel recubierta de sudor y no quiero levantarme, me gustaría permanecer más tiempo aquí, con su olor envolviéndome y su brazo en mi cintura.
Pero no puedo, por más que lo deseé no es posible.
Tengo que irme ahora si quiero cumplir con mi parte del trato.
Si quiero mantener a salvo a Lance tengo que hacer esto.
Así que con el mayor cuidado del que soy capaz aparto su brazo de mí. Lance balbucea dormido algo que no puedo entender, pero no se despierta, y no puedo contener la sonrisa que me provoca el verlo dormir a mi lado.
Me levanto de la cama y me apresuro a recoger del suelo mi ropa.
Recuerdo entonces que mi bolso debe de haberse quedado en la sala de estar, necesito revisar mi teléfono y revisar la hora, porque en realidad no sé cuánto tiempo tengo y no estaría mal que pudiera regresar rápido al hotel por algo de ropa y tal vez una ducha.
De todas formas me coloco la ropa, tratando de ser lo más silenciosa posible, el desastroso vestido continúa un poco humedecido de la falda pero no importa. Cuando estoy por salir me doy un momento más para observar la habitación, es un desastre de prendas de ropa dispersas sin cuidado alguno y noto que en una de las paredes reposa una pizarra de corcho vacía, hay papeles dispersos, destrozados y no quiero ser una curiosa ahora.
En su lugar me acerco al escritorio, hay una sudadera de color rojo colgando del respaldo de la silla y no puedo resistir el impulso de tomarla y abrazar la prenda.
Huelle como él, huele a su perfume, a un dejo de cigarro y los ojos se me llenan de lágrimas que no puedo derramar.
Necesito ser fuerte ahora, no puedo arrepentirme y me permito un último gesto egoísta e impulsivo. Me coloco la sudadera que me queda demasiado grande, pero que basta para calentarme un poco, para darme valor.
Le dedico una última mirada a Lance que permanece dormido, inmóvil, con el brazo extendió a su costado como si yo siguiera ahí.
Y entonces me doy la vuelta, le doy la espalda y salgo de la habitación sin hacer el menor ruido.
Tengo que encontrar mi bolso y mis zapatos y salir lo más rápido posible.
No he pensado de qué forma me iré, qué haré para llegar al punto de encuentro, pero mi preocupación se extingue en el momento en que cierro la puerta de la habitación con cuidado y al girarme está ahí.
Sebastián.
Sus ojos de un carmesí brillante me miran desde el extremo opuesto de la sala de estar.
Se mantiene inexpresivo, la precaria iluminación que se cuela por las ventanas le da un matiz sombrío y misterioso a su rostro pálido y anguloso.
Su afilada barbilla se alza con altivez, parece escrutarme en silencio y no sé qué hacer, me quedo paralizada con la espalda pegada a la puerta, he olvidado cómo respirar.
Y por un momento no puedo pensar, no puedo sentir nada.
El demonio permanece en silencio, de pie sobre los restos de cristales rotos, me dedica una sonrisa falsa que me llena de dolor.
Pero tengo que ser firme, apegarme al plan y hacer lo que tengo que hacer.
Y me acerco a él, con las manos vueltas puño y la determinación quemándome las entrañas.
Mis pies descalzos se mueven en puntillas sobre la moqueta, y tan pronto como estoy a menos de medio metro de él es que sus manos se extienden en mi dirección. Me entrega un cambio de ropa pulcramente doblado, con todo y zapatos incluidos. Es esa especie de ropa cómoda que ha sido relegada en mi armario para ser reemplazada por los elegantes trajes de corte ejecutivo y vestidos de coctel para los eventos de la fundación.
No tengo palabras, siento mi corazón partirse en pedazos, llena de confusión, de agradecimiento y nostalgia.
Me apresuro a ir al baño, el nudo en mi garganta se vuelve cada vez más grande mientras me cambio de ropa, los cómodos pantalones de mezclilla, mis zapatillas deportivas favoritas y el suave y viejo suéter de la abuela Camille. Todo está ahí y sé que ese pequeño detalle, este simple gesto, es su forma de despedirse de mí.
Pese a que no hace tanto frío me coloco el suéter de la abuela y encima la sudadera de Lance, de alguna forma me hace sentir mejor, de alguna forma es suficiente para alejar el miedo que me ha atormentado desde siempre.
Cuando salgo del baño el demonio me espera, en sus manos desnudas reposa mi teléfono y las llaves del auto.
Pero la forma en que me mira es tan extraña, tan profunda y dolorosa, me mira directo a los ojos, sin sonreír y la expresión tan seria en su rostro me llena de incertidumbre.
¿Qué se supone que le diga ahora, qué se supone que haga?
Hay tanto que quisiera decirle, tanto que no sé ni por dónde empezar.
Este es el final y me obligo a respirar profundo, a empujar lejos el cúmulo de sentimientos encontrados que deciden embestirme.
La piel de mi hombro arde, la marca del contrato palpita como si estuviera a punto de darle una orden terrible y estúpida. Pero no puedo frenarme ahora, no puedo detenerme a pensar en las cosas que quizá aún puedo hacer.
Ya no hay posibilidades, ya no hay más cartas ni piezas para jugar. Todo está sobre la mesa, tengo que darlo todo ahora, apostarlo todo y ya no importa si pierdo o si gano.
Sólo importa que Lance siga con vida, que mi familia esté a salvo y que Richard Daniels encuentre una forma de ser feliz cuando todo termine.
Y cuando acepto las cosas que el demonio me ofrece, sus manos frías y pálidas se niegan a dejarme ir, sus ojos me miran con una mezcla de abrumadoras e intensas emociones que no tienen nombre, que no puedo comprender y detesto la forma en que me hace sentir, el fuego que se precipita sobre mi piel ante su toque, el doloroso deseo que resurge como una bestia y la enfermiza ansia, la violenta oleada de furia y resentimiento, de dolor.
—¿Conoces el plan, no? —susurro tan bajo que apenas y yo puedo escuchar mi voz, pero sé de sobra que Sebastián me escucha—. Voy a ir sola al lugar del encuentro y tú te quedarás aquí, cuidando de Lance, tienes que evitar que cuando despierte vaya a buscarme porque entonces nada de esto habrá valido la pena. Sólo tenemos una oportunidad, tienes que mantenerlo a salvo hasta que el momento correcto llegue y yo te llame, sólo hasta entonces volveremos a vernos para cumplir con nuestro contrato —es sorprendente como es que mi voz no tiembla, como es que me mantengo firme pese a que dentro de mí todo es tan confuso y contradictorio.
Sebastián se arrodilla entonces, con sus manos aún fijas sobre las mías, es un gesto elegante, solemne y majestuoso. En ningún momento me quita la mirada de encima, sus penetrantes ojos del color de la sangre que parecen acusarme, llenos de rabia, de odio. Pero la sonrisa que esboza entonces, un discreto gesto, es todo lo que necesito para entender que obedecerá mis órdenes.
O eso quiero pensar, porque ya no consigo entender nada, ya no consigo respirar con normalidad o evitar que las emociones me desborden, no entiendo lo que siento, no entiendo qué es esto.
Este dolor punzante que acuchilla mi pecho, la amarga y demoledora tristeza que se apodera de mí.
Todo es tan intenso, jamás había sido tan abrumador y es como si todo proviniera de la marca en mi espalda, de esa monstruosa cosa que no tiene explicación. No sé ni siquiera si esto es mío, porque es tan violento y desgarrador.
—Se lo dije antes, señorita, que cumpliré con sus órdenes sin importar de qué se trate —susurra y sus labios rozan el dorso de mi mano, su cálido aliento me acaricia, mi pecho se estruja de forma dolorosa—. Protegeré a Lance Riddle con mi vida, de ser necesario, lo prometo.
Su declaración es todo lo que necesito, no me detengo a pensar en la amarga sonrisa, en la mirada indescifrable que sus ojos me dedican, ni en el dolor agudo que proviene de la marca del contrato. No quiero pensar en nada más que en el alivio que inunda mi pecho, el agradecimiento, la seguridad de que Lance estará a salvo, de que nadie más tendrá que salir herido por mi culpa.
Mi corazón late con furia, destrozado, agonizante, pero estoy bien, puedo con esto.
Porque sé que todo ha valido la pena si puedo salvar a Lance.
Y si puedo salvar a Richard Daniels, si puedo vengar a Susan, entonces ya no necesito nada más.
No puedo evitarlo, porque es la última vez que nos veremos antes de que todo termine y por más que intente reprimirlo, el recuerdo de todo lo que hemos pasado en casi un año me invade de súbito. Lo que he vivido con Sebastián Michaelis, no siempre fue horrible y tortuoso, tuvo sus momentos buenos, fugaces y efímeros. Y no me arrepiento de nada, de ninguno de los recuerdos que llegan como una cascada infinita.
Será la última vez, pienso a modo de justificación pero sé que no es suficiente cuando me precipito sobre él y lo rodeo con mis brazos.
Sollozo contra su cuello y quiero callar de una vez el eco de las voces en mi mente que me dicen que esto está mal, que me vaya pero a la vez que me quede.
—Gracias —susurro contra su cuello y es quizá la primera vez desde que nos conocemos que no estoy mintiendo, que no estoy reprimiendo lo que en verdad quiero decirle—. Gracias por todo, por soportarme por casi un año, por salvarme ese día y seguirme salvando siempre, gracias —me separo de él y le dedico la única sonrisa genuina, real, que alguna vez le he dedicado.
Ignorar la mirada penetrante, intensa, que me dedica es demasiado difícil. Se siente como si quisiera decir algo, sus labios se entreabren pero ningún sonido sale de ellos y aunque quisiera escuchar lo que tiene para decirme ya no tenemos tiempo.
No sé si es correcto lo que estoy por hacer, pero no lo puedo evitar, deposito un beso en su mejilla y me permito demostrarle mi afecto, mis verdaderos sentimientos a través de ese gesto.
Cuando me levanto, me siento como si al fin fuera libre, en paz.
Y cuando abandono el departamento mi mente está despejada, no hay miedo, no hay culpa o arrepentimiento.
Voy a morir.
Y eso es todo lo que deseo.
.
Piso el acelerador a fondo, voy con buen tiempo pero la carretera está despejada y me gusta ese pinchazo de adrenalina que provoca la velocidad. Delante de mí, el cielo nocturno comienza a aclararse con lentitud, las primeras señales del amanecer se hacen visibles.
Cuando llego al lugar del encuentro, aparcar el auto es el menor de mis problemas. El punto de encuentro es una vieja gasolinera con una única toma de combustible, la pequeña tienda permanece cerrada pese al letrero que reza "ABIERTO LAS 24 HORAS". Es un lugar perfecto para desaparecer y me pregunto si tiene algún tipo de significado.
Pero lo sé tan pronto bajo del auto, no estoy sola, puedo sentirlo, pese a que no hay ningún otro auto cerca. O tal vez sólo se trata de mi mente jugándome una broma. Sea como sea me aferro a la tela de mi sudadera, el peso del arma dentro del bolsillo me da un poco de seguridad.
Lo cierto es que no sé qué voy a hacer, sólo sé que tengo que esperar a que llegue el amanecer. Esperar a lo que sea que tenga que ocurrir.
Y no tengo que esperar mucho, pronto las luces brillantes de un auto aproximándose a toda velocidad por la carretera se hacen presentes. Es un auto viejo que de seguro podría ser fácil de identificar a plena luz del día, un viejo modelo de Mustang con reluciente pintura roja y se me antoja algo familiar, es muy parecido al viejo auto de Jerry y el simple pensamiento me revuelve el estómago.
El auto se detiene a pocos metros de mí, el motor ruge con un sonido estridente y tengo que mantener las manos ocultas dentro del bolsillo de la sudadera, el frío del metal me proporciona estabilidad. Cuando la puerta del conductor se abre no puedo ni creérmelo, no sé cómo frenar mis impulsos porque quisiera levantar el cañón del arma en dirección a la persona que salga de ese auto. Y en cuanto la idea toma fuerza hay un sonido que se hace escuchar por sobre el rugido del motor.
Un grito.
Los faros del auto permanecen encendidos, me dan justo en la cara y no me permiten ver nada más allá de las brillantes luces. Así que no soy capaz de ver nada más que una silueta oscura que se mueve y cierra la puerta.
Otra puerta se abre, mi corazón bombea con fuerza en mi pecho, no puedo permitir que el miedo me domine, dejo correr con libertad el odio que nace en mis entrañas. La súbita y violenta oleada de ira que me hace temblar.
De nuevo, un grito ahogado se hace escuchar y mi respiración se vuelve muy agitada, empuño con ambas manos el arma y apunto frente a mí.
Es entonces que la figura se acerca y un sonido, como un sollozo; se hace escuchar, se acerca con pasos estridentes sobre la gravilla del camino. Contengo el aliento, la imagen es horrible, me arrebata todo y es entonces que el miedo incontenible se apodera de mí.
Simone, con el cabello enmarañado y una mordaza en los labios me dedica una mirada aterrada, suplicante. Su rostro fino y hermoso está casi desfigurado, hinchado, lleno de moretones y manchas de sangre seca. Lleva una mordaza en los labios pálidos y quebrados, un trozo de tela lleno de sangre y no puedo fijarme en otra cosa más que en el hecho de que lleva un delgado camisón como los que usa para dormir. La tela de la prenda está por completo arruinada, le faltan trozos y está llena de manchas oscuras, los tramos de su pálida piel que son visibles dejan ver un poco más de lo mismo que en su rostro, oscuros e inmensos cardenales, rasguños aún sangrantes.
La imagen de Simone en tal estado es poderosa, enfermiza, mi mente me arrastra de vuelta al profundo abismo de mis recuerdos y vuelvo a estar en ese día, esa mañana, puedo volver a sentirlo, los golpes, las manos tocándome.
El arma se escurre de mis manos, caigo de rodillas, no puedo controlarlo, todo me desborda y mi seguridad se extingue. El vómito viene como una corriente ardiente en mi garganta y los recuerdos me atacan, me destruyen.
No tengo tiempo a pensarlo, la terrible ira regresa, cuando dejo de vomitar me apresuro en buscar la pistola, ni siquiera estoy pensándolo.
—¡Ayudame! —la voz de Simone me regresa a la realidad, consigo tocar el arma con las puntas de los dedos, su voz está ronca, irreconocible y se escucha tan desesperada, tan aterrada, es como escucharme a mí misma meses atrás suplicando por una ayuda que en realidad nunca llegó.
El chasquido del seguro me deja helada, pierdo el arma de vista y los ojos se me empañan en lágrimas de furia que me queman por dentro.
El cañón de un arma le apunta directo a la sien derecha y Simone se mantiene inmóvil, paralizada entre los brazos del enmascarado, sus ojos pardos con las pupilas dilatadas están llenos de miedo, de desesperación y me mira suplicante, impotente.
Ella no entiende por qué le han ocurrido todas esas cosas, pero yo sí, es mi culpa.
—Esto no era parte del trato —espeto tratando de ser fuerte, de no temblar, pero la furia me desborda, el miedo me engulle sin que pueda hacer nada.
Una risa estridente y retorcida sale del enmascarado y empuja con violencia a Simone contra el suelo, ella cae de rodillas y su cara se precipita contra el suelo sin poder evitarlo. Sus brazos permanecen atados con cinta a sus espaldas y ella grita, suelta un grito lleno de dolor, pero pese a que tiene los ojos cristalinos no se atreve a llorar.
—Arruinaste mis planes cariño, iba de camino a visitarte cuando tuviste el atrevimiento de irte. Esto, era parte del plan. —su voz resuena en mi mente, el miedo, el dolor; me apuñalan el pecho, la ira burbujea en la boca de mi estómago y las lágrimas se amontonan en mis ojos.
Pone un pie sobre la espalda de Simone y ella grita, pero no lucha, no forcejea. Sus inmensos ojos pardos me miran, en ningún momento aparta la mirada de mí, sus ojos me atraviesan y puedo entenderlo, puedo entender esa emoción extraña y corrosiva que me recorre al sentir sus ojos sobre mí.
Puedo sentir su odio, su ira, la impotencia, la terrible humillación.
—Déjala ir, estoy entregándome, vine sola y estoy cumpliendo mi parte del trato —grito pero mi voz tiembla, la desesperación se escapa.
Y Simone gime, sus ojos se tiñen de la más desgarradora desesperación, el miedo, la súplica.
—Una vida por otra, mi amor, ese es el trato, así que escoge: Lance Riddle o la joven e inocente Simone Phantomhive ¿Entiendes eso, preciosa? —su voz está llena de deleite, de diversión y la traición arde en mi pecho.
El dolor me destroza por dentro, el monstruoso miedo, la ansiedad, no ha servido para nada.
Y Simone está aquí… ¿Qué hay de los cuatro, que hay de Frank?
Y ya no me importa, sé lo peligroso, lo posible que sea que Simone salga herida de esto, pero no tengo muchas opciones, mi mano se aferra a la pistola pero algo se me adelanta. El sonido de un disparo rasga el aire, el arma del enmascarado cae al suelo, pero ha sido apenas un rozón, la sangre escurre de su brazo, alguien ha disparado a mucha distancia, entre la oscuridad, a espaldas de él.
Y no pierdo el tiempo, me levanto tan rápido como puedo, trato de levantar a Simone del suelo, la cubro con mi cuerpo y ella gime, se retuerce, trata de levantarse y un nuevo disparo se escucha, de nuevo lejano.
Pero no tengo el tiempo suficiente y aunque consigo alejar a Simone de mí, eso no impide que un brazo increíblemente fuerte me jale del cabello con violencia. Reprimo el grito de dolor, veo a Simone alejarse arrastras por el suelo de gravilla y reconozco de inmediato la voz que grita en la oscuridad.
—¡Suéltela ahora o disparo! —grita Nudillos con su extraño acento y su voz intimidante.
El enmascarado me pega contra su cuerpo, puedo sentí su respiración frenética a mis espaldas y la adrenalina continúa en mi sistema. Retrocede y me obliga a seguirlo hasta que quedamos recargados contra el cofre del auto, con una mano me jala del cabello y con la otra me rodea la cintura. Podría en cualquier momento librarme de él, mis brazos están libres y el arma reposa entre mis manos, sólo tendría que moverme un poco, esperar al momento propicio y hacer que todo termine de una vez.
Nudillos y Cara cortada se aproximan con paso firme, las luces de los faros iluminan por completo sus rostros, y ante la luz brillante lucen de verdad intimidantes, ambos levantan el arma en dirección a quien me sostiene y sé por el brillo en sus ojos que harán lo que sea para protegerme.
Me pregunto qué habrá pasado en casa, porque sólo dos de los cuatro están aquí ¿Qué hay de Frank? Pero no me permito cuestionármelo por más tiempo, no quiero pensar ahora en eso, tengo que sacar a Simone a salvo de esto y atrapar de una buena vez al desgraciado que le ha hecho esto.
Sin embargo, me suelta, me deja ir. No lo entiendo porque todo ocurre demasiado rápido. Lo único que consigo percibir es el grito de Simone, un sonido desgarrador y distorsionado por el horror. Frente a mí lo imposible vuelve a ocurrir, justo como en la noche de Navidad, es como humo, humo negro que de pronto se condensa y se vuelve sólido.
Las mismas bestias que nos atacaron en la noche de Navidad vuelven, son sólo oscuridad, monstruosos cúmulos de humo que rodean a los dos guardaespaldas y los apretujan entre sus garras chorreantes de un líquido negro y espeso.
No tengo que voltear para saber que eso mismo pasa con Simone, sus gritos son tan fuertes y desesperados.
—Vamos linda, dispárame ahora, obtén tu venganza pero tus queridos amigos serán alimento para monstruos —se burla con deleite y mis manos tiemblan mientras levanto el arma en su dirección.
—Dispara —me alienta Simone con voz firme y serena, hablando en francés que por meses se empeñó en enseñarme.
La busco con la mirada, está a un costado del auto y puedo verla con claridad, atrapada entre las garras de una bestia sin forma. El cabello rubio le cae raudo y rebelde por la cara, pero puedo ver la determinación, el valor que quema en sus ojos avellana. Ella no llora, no se resiste, se mantiene firme y tranquila pese a que la situación es espantosa. Aún mantiene su porte, su orgullo, es toda una Phantomhive y no me sorprende que ella en realidad parezca confiada, que confíe en que yo podré con esto.
—No te preocupes por mí, dispárale, es lo mejor para todos —ella no duda, su voz no tiembla pero yo no puedo dejar de temblar, las lágrimas comienzan a correr por mis mejillas porque sé lo que trata de hacer, lo que trata de decir.
Y no puedo permitir que nadie más se sacrifique por mí, no merezco eso.
Tiro el arma al suelo y los ojos de Simone se llenan de confusión, de dolor.
—Va a matarte —grita con desesperación y trata de luchar, de liberarse y detenerme.
—No puedo dejar que esto siga pasando, es mi culpa, es mi problema y yo tengo que terminarlo —trato de que mi voz no tiemble, de dejar de llorar y ni siquiera sé si he pronunciado bien las cosas, pero sé por el dolor en sus ojos pardos que me ha entendido, Simone se derrumba y gruesas lágrimas brotan de sus ojos.
—Prima —grita a todo pulmón y comienza a retorcerse desesperada—, no eres una niña tonta, eres familia, no voy a perder a otra parte de mi familia ¡No puedes hacerle esto a la familia! —grita y ha perdido por completo la compostura, el dolor en sus ojos, sé que no miente y su tristeza me destruye el corazón, pero no me detengo.
El enmascarado toma la pistola, se ríe con deleite, me toma con un brazo, apretándome el cuello y me guía hacia la puerta del auto.
Abre la puerta pero no puedo apartar la mirada de los suplicantes ojos de Simone, la siempre dura y rigurosa Simone, nunca creí que llegaría a verla tan afectada por mi culpa. No creí que pudiera causarle tanto dolor. Pero ella está aquí, rogándome a gritos que no me vaya, que no me rinda.
El asesino se apresura, me ata las manos con cinta, aprieta tanto que se me adormecen las manos. Pero eso no basta, se toma un momento para sacar algo de la guantera, una reluciente jeringuilla que llena con un líquido blanco, supongo que es la misma droga que meses atrás usaron para mantenerme inconsciente. Sea como sea me levanta una manga de la sudadera y me pincha el brazo. El efecto es inmediato, siento los ojos pesados y la cabeza me duele, todo comienza a darme vueltas.
El frío me arrastra y dejo de percibir poco a poco los sonidos. Sin embargo, antes de hacerme entrar al auto puedo percibir en la lejanía el ruido de una sirena, es una patrulla que se acerca y los gritos de Simone recobran fuerza, son un chillido agudo y espantoso antes de que un último disparo se detone.
Eso es lo último que consigo ver, el impacto de la bala, la sangre regándose sobre el parabrisas y yo también grito, grito con fuerza. Le ha dado, le ha disparado y aunque trato de forcejar es inútil, por más que trato de luchar las tinieblas me arrastran, la inconciencia me reclama.
El auto se mueve a toda velocidad mientras el sonido de las sirenas de policía se acerca.
Lo último que escucho entre el velo de una espesa bruma es su voz, Lance, que grita mi nombre.
Y sé de inmediato que he fallado.
Le he fallado.
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Hola gentecita bella de fanfiction.
Puntual nos leemos otro lunes con un nuevo capítulo, espero hayan por ahí, por mera curiosidad escuchado la canción del principio durante cierta escena que discutiremos en un momento.
Saluditos de amor usuales para la bella Anvi, como siempre gracias por tu ayuda y tu apoyo, porque ya sabes, soy una loca inconforme con todo (?)
Y saluditos de amor verdadero para todos los que lean este fic, sean o no fantasmas.
Ahora, hablemos de lo que pasó en el capítulo, y yo sé, yo lo sé. Pero vamos por partes y comencemos por el principio.
El fragmento del diario ¿Se esperaban lo del ángel? No me saqué a Malena Blackwood de la manga, ella fue algo planeado desde el inicio y su importancia en la historia a aumentado conforme avanzamos. El próximo capítulo veremos las últimas tres entradas del diario y terminaremos de saber sus secretos.
¿Qué teoría se les ocurre ahora a raíz de este fragmento del diario?
La primera escena, uff, debo de decir que fue la última que escribí del capítulo, disfruto de escribir ese tipo de escenas narradas en tercera persona y bueno, ya saben, mi fenómeno favorito es Lance Riddle y hoy hemos tenido mucho de él en este capítulo.
¿Qué opinan respecto a esta escena de Sebastián y Lance? ¿Qué piensan sobre lo último que dice Sebastián antes de desaparecer? ¿Y a qué se refiere con que todo ha sido una trampa?
Ahora bien, la siguiente secuencia de escenas podemos reunirlas y considerarlas como una sola (?) Hablando de esto, tampoco crean que me lo saqué de la manga o porque se me antojó hacerlo. Las cosas entre Samantha Lance siempre estuvieron presentes, latentes, esperando hasta que el momento propicio llegara y estallar. Y a diferencia del lemon del auto, que repito fue por completo improvisado. Esta escena, esta interacción con Lance sí la planeé desde un inicio, desde que el personaje de Lance terminó de formarse en mi mente, pues vino con todo y esto. Fue una escena difícil y dolorosa y creanme cuando les digo que lloré como una loca escribiendo esto y una personita también. Espero haber conseguido el plasmar todo lo que esa escena significó. Siempre han sido los mejores amigos y siempre han sentido cosas mucho más fuertes el uno por el otro, pero jamás se habían atrevido a admitirlo. Y por desgracia ya es demasiado tarde para ellos.
¿Qué opinan respecto a eso? Sobre todo, sobre la relación de Lance y Sam, sobre su despedida ¿Qué sintieron al leerlo? A mi partió el corazón, porque bueno, es una cosa muy triste.
¿Qué piensan ahora sobre Sam? ¿Creen que lo que hizo está bien o está mal? Pueden odiarla si quieren, después de todo es una mentirosa.
La escena de la "despedida" entre Sebastián y Sam, bueno, no creo que haya algo más triste entre ese par que esta escena y nos remonta de forma inevitable al inicio de la historia.
¿Alguien más derramó lagrimitas en esa escena? Porque yo sí, pero ajá, yo soy una llorona(?)
La última escena, el encuentro con el asesino, vaya, que debo de admitir que al final sí me salió un tanto improvisado lo de incluir a Simone en esta secuencia. Pero me gustó bastante el resultado y aunque tenía planeadas otras cosa con Simone, bueno, esto es lo que hay(?)
Recuerden, este es el penúltimo capítulo, y es la última oportunidad que tienen de hacer sus apuestas y dejar sus teorías sobre la mesa.
¿Quién es el asesino? ¿Qué es en realidad aquello que reemplaza a Linette Blackwood, en realidad es un ángel? ¿Qué pudo haber ocurrido entre el Ciel y el Sebastián del pasado para que el contrato se rompiera? ¿Y cuál es el verdadero objetivo del demonio? ¿Volvió por Lilian, y si fue así por qué no lo logró?
¿Qué pasará con Samantha y Sebastián?
Yo no sé ustedes, pero me muero por leer sus reviews. Así que ya saben, dudas, comentarios, preguntas, amor u odio, todo lo pueden dejar en forma de review y en esta ocasión haré lo posile por responderlo todos, palabra de Samsi.
Nos leemos la próxima semana, el 28 de Agosto con el capítulo final y el epílogo de esta historia. Por fin, luego de cinco años -se escuchan trompetas imaginarias(?)-
Besos.
