Su señorita, venganza.
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No le pongas atención
Al hombre detrás de la cortina.
Es un estúpido, cruel, cobarde,
Sin poder.
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No le pongas atención
A las mentiras con las que tratan de alimentarte,
Es una perversa y retorcida fábula.
Él no es estable.
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No le pongas atención
Al hombre que trata de cambiarte,
Es un oscuro y familiar extraño,
Pero es peligroso.
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Y no importa a donde vayas.
No hay lugar como el hogar.
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No place like home – Todrick Hall.
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25 de marzo, 1989.
Lo escribo ahora, con la fecha del día en que ocurrió pese a que ha pasado tanto, pero quiero ponerlo por escrito, para saber de alguna forma que lo que ocurrió no sólo fue una horrible pesadilla.
Aunque me desperté en la mañana no muy convencida de lo que estaba por ocurrir, la sonrisa amable de Malena cuando llegué a su local me llenó de una esperanza que creía haber perdido.
Ella bajó la cortina como si en realidad la tienda se encontrara cerrada y me llevó con ella a la trastienda. Ahí, ya estaba todo preparado para realizar el ritual del viejo cuadernillo.
La trastienda en sí era como una diminuta casa de un solo cuarto, todo lo que había era una cama individual con coloridos cobertores y una cuna que de seguro era demasiado pequeña para el mayor de sus hijos, también había un librero y una estantería, una pequeña mesa con una parrilla eléctrica y un mini refrigerador bajo la mesa.
Malena dispuso en el centro de la habitación un montón de velas encendidas en forma de círculo. En el centro del círculo estaba dibujado el símbolo del libro con un líquido de un tono oscuro de rojo.
El pequeño hijo de Malena estaba de pie recargado contra la cama donde seguro él y su madre solían dormir, jugaba con un muñeco de tela y sus ojos oscuros me miraron un momento antes de sonreírme.
Malena tomó la mano de su hijo y con cuidado se sentó en el suelo, frente a un extremo del dibujo y me pidió que me sentara justo en frente de ella.
Las llamas de las velas se removieron inquietas mientras nos acomodábamos y el niño parecía encantado porque creía que estábamos jugando. Lo cierto es que me ponía muy nerviosa que estuviera ahí, cuando estábamos a punto de hacer algo que no sabíamos si en verdad funcionaría, si en verdad se trataba de algo bueno o que en realidad podía traernos muchos más problemas de los que ya teníamos.
Pero Malena me sonrió, tratando de calmarme y su mano alcanzó la mía, tratando de consolarme, el gesto maternal que me dedicó me hizo sentir más cómoda y entonces comenzó con el ritual.
Nos tomamos de las manos, una frente a la otra y primero nos tomamos un par de minutos para relajarnos y despejar la mente, con los ojos cerrados nos dedicamos a respirar profundo sin soltar nuestras manos.
Y para cuando abrimos los ojos pude notar que su hijo se había quedado dormido con la cabeza apoyada en las piernas de su madre. Malena le dedicó una fugaz mirada al infante y fue entonces que me pidió que le entregara lo que me había pedido.
Le entregué entonces un pañuelo donde había guardado un mechón de mi cabello y el pequeño anillo que le ha pertenecido a la familia por generaciones. El anillo de plata con un zafiro incrustado, parte del legado familiar que se creía perdido y que durante mi infancia había encontrado escondido en el ala vieja de la mansión. Cuando Malena me pidió que tratara de conseguir algo que le perteneciera a Ciel, supe de inmediato que el anillo era perfecto.
Malena tomó entonces los objetos y con cuidado los dejó a un lado suyo, ella misma sacó de sus bolsillos un par de cosas, una pequeña navaja y una bolsita con granos de sal.
Ella comenzó a recitar algo que reconocí como latín, no pude comprender mucho de lo que decía mientras Malena trazaba con cuidado un pentagrama sobre el símbolo.
Una estrella invertida idéntica al símbolo en el ojo derecho de Ciel, de inmediato entendí que algo no estaba bien pero observé con atención a Malena. Ella dibujaba los mismos símbolos y letras que había visto en el ojo de Ciel y se detuvo un momento para colocar con cuidado cinco velas negras sobre la punta de cada pico en la estrella.
"¿Estás segura de que esto invocará un ángel?" le pregunté entre susurros y Malena se detuvo un momento para mirarme, me tendió la caja de fósforos y me indicó que encendiera las velas.
"En realidad no estoy segura" respondió pero sus manos volvieron a apretar las mías, todo lo que pude ver fue la esperanza en sus ojos claros. "Pero tenemos que intentarlo, el ritual dice que tenemos que poner el símbolo del demonio al que queremos que el ángel extermine sobre el símbolo angelical. Mira, no sé si sea cierto, o si funcione, pero hasta ahora es la única cosa que tenemos".
Su voz era segura, confiada, pese a que sus manos temblaban y tenía los ojos cristalinos. Entendí entonces que estaba tan aterrada como yo y traté de sonreírle, de darle un poco de valor pese a que también estaba asustada. Malena Blackwood, pese a que la conocí por tan poco tiempo se había convertido en una gran amiga, en una confidente y la única persona en la que podía confiar, la única que había creído en mí. Y estaba ahí, exponiéndose a un peligro inimaginable por mí.
Lo menos que pude hacer por ella fue no ser una cobarde, no abandonarla.
"Venimos a ti con todo el respeto, implorando tu ayuda, sabio arcángel exterminador…" comenzó a decir Malena y con una mirada me alentó a repetir después de ella. "Te imploramos nos ayudes, nos protejas bajo tus alas de justicia y tu espada sagrada", repetimos con las manos unidas.
Pero no pasó nada y aunque eso me desanimó un poco, la implacable Malena no se dejó vencer. Entonces nuestras manos se soltaron y ella tomó los objetos que le había dado.
"Parte de la esencia del condenado" anunció poniendo en el centro del pentagrama el mechón de cabello que le di, "Un símbolo del alma que el demonio quiere tomar y por la cual te suplicamos liberes" recitó Malena con firmeza antes de colocar el anillo en el centro del pentagrama.
Ella me dedicó una fugaz sonrisa temblorosa y elevó la cuchilla que sacó de su bolsillo, me la entregó y me indicó con un gesto que debía de hacerme un corte en la palma.
No dudé entonces, convencida de que un poco de mi sangre en un ritual así tenía sentido, así que me hice un corte en la palma de la mano y dejé que un fino chorro carmesí cayera en el centro del dibujo.
Malena me entregó un paño para envolverme la mano y limpió la cuchilla contra su ropa.
"Sangre del condenado" anunció y ante mi mirada incrédula ella también se hizo un corte en la palma de la mano "sangre de tu invocador, a quien le prestarás tus servicios" dijo y su sangre cayó sobre los objetos en el centro del círculo.
Pero ella no había terminado y volvió a limpiar de nuevo la cuchilla entre su ropa, fue entonces que con manos temblorosas tomó el brazo de su hijo dormido y extendió su pequeña mano infantil sobre el pentagrama.
Entendí lo que estaba por hacer y la detuve, tomé su mano que apretaba la cuchilla con fuerza.
"¿Malena?" la interrogué llena de miedo, de incertidumbre y ella me devolvió una mirada cargada de dolor, de terror.
"Necesitamos sangre de un inocente, con un alma y corazón puros ¿Qué hay más puro que el alma y el corazón de un niño?" se justificó pero sentí dentro de mí que estaba muy mal, que no podíamos continuar con eso.
"Entiende Lilian, no hago esto sólo por ti, también tengo que pensar en mi familia, y de esta forma puedo garantizar que mis hijos estén a salvo" respondió con la voz temblorosa y pude sentir su preocupación, su angustia.
"¿Estás segura de esto?" volví a preguntarle y traté de acariciar su mano con las yemas de mis dedos, traté de brindarle algún tipo de consuelo.
"No" respondió con sinceridad y me dedicó una dulce sonrisa, soltó la cuchilla un momento y se inclinó un poco hacia adelante, tanto como su protuberante vientre se lo permitía. Su mano me acarició las mejillas en un gesto maternal que desbordaba ternura.
"Pero no puedo darte la espalda Lilian, creo que por algo Dios me puso en tu camino y a ti en el mío. Creo en el destino Lilian Carson y tal vez tú y yo estábamos destinadas a conocernos, a que yo te ayudara a ponerle fin a esa maldición que rodea a tu familia" las lágrimas desbordaron los pálidos ojos de Malena y supe que estaba llorando también.
"Gracias" le dije con toda la sinceridad, tratando de mostrarle lo agradecida que me sentía con ella. Mis manos soltaron la suya y le devolví el mismo gesto acariciándole con cuidado el rostro "Eres la mejor amiga que he tenido, Malena Blackwood".
Y entonces nos soltamos, ella volvió a su tarea y tomó la cuchilla para hacerle un pequeño corte al niño en la palma de su mano.
"Y sangre de un inocente, libre de pecado, para que entiendas el nivel de nuestro compromiso, de nuestra lealtad hacia ti" su sangre fue lo último en caer dentro del circulo y aunque el niño se despertó y comenzó a llorar, Malena no se detuvo y terminó el ritual.
"Por favor ayúdanos, gran ángel exterminador" recitamos a coro mientras el llanto del niño se volvió ensordecedor.
Ocurrió en ese momento, pude sentirlo, mi corazón latió con furia, un viento frío invadió la habitación y sentí como si me quemara la piel. La alarma de peligro se encendió en mi mente y un miedo sin precedentes se apoderó de mí. Temblaba incapaz de respirar y apreté con fuerza las manos de Malena quien frente a mí mantuvo los ojos cerrados.
Y fue en ese momento que la presión en el aire se volvió diferente, como si el mismo aire fuera mucho más pesado, quería correr, quería correr y esconderme, alejarme lo más posible de esa horrible sensación. Pero no lo hice, mi cuerpo no respondía y se escuchaba una especie de zumbido, un sonido tan agudo y extraño. Mi cabeza se sentía a punto de reventar y los ojos me escocieron, las sensaciones en mi piel se volvieron insoportables y sentí un montón de pinchazos en el pecho que cada vez más dolorosos.
Cerré los ojos con fuerza porque el dolor era insoportable, tan pronto traté de abrirlos una luz cegadora, blanca y ardiente se hizo presente. Era como una llamarada que brotaba del símbolo dibujado sobre el piso, tan brillante, tan incandescente, no podía mirarla y cerré los ojos con fuerza mientras el calor me envolvió como si me quemara viva.
Lo que sea que comenzó a surgir de entre el símbolo del suelo pronto se interpuso entre Malena y yo, algo que ardía como fuego en contacto con mi piel; se levantó y me obligó a alejarme. Tuve que soltar las manos de Malena y alejarme tanto como me fue posible, hasta que me topé con una pared a mis espaldas.
Escuché los gritos de Malena y el pitido agudo se intensificó.
No pude ni moverme y los ecos de las memorias de Ciel invadieron mi mente, pude verlo entre la bruma de sus recuerdos. Las alas de un blanco inmaculado agitándose en el cielo, los mismos ojos purpuras y el cabello blanco.
Y comprendí de inmediato que habíamos cometido el peor error de todos.
Malena gritó mi nombre, su voz desesperada fue acompañada por lo gritos de su hijo.
No comprendí lo que ocurría y me tomó algunos minutos recuperar la visión. Pero entonces el ardor en mi piel se volvió insoportable. Algo ejerció presión contra mi cuello y no podía respirar, era tan fuerte, tan doloroso, me levantó del suelo y cuando conseguí recuperar de a poco la visión, pude verlo.
El ángel.
O lo que se suponía era un ángel. Sin embargo no se parecía en nada al ángel exterminador en los recuerdos de Ciel Phantomhive. Éste ser que se me antoja más a un demonio que un ángel. Y de todas formas tenía ese algo de peligro, ese extraño halo inmaculado y divino.
Un ser andrógino de al menos dos metros de altura que me tomó del cuello y me escrutó con sus extraños ojos iridiscentes. Tenía los ojos de un color tan extraño, un color que no creo que sea posible que exista, es como ver un ópalo brillando bajo la luz, los colores bailan entre su mirada inescrutable. Y aunque me aferro a la idea de que se trata de un ser divino no pude encontrar ni la más mínima pizca de bondad en su mirada. Su piel era pálida, nacarada, con un cierto rubor rosáceo en ciertos puntos de su rostro delicado como el de una muñeca de porcelana. Su cabello de un tono blanco, ligeramente platinado y tan largo que le llegaba al suelo. Sus labios del color de un durazno me dedicaron una sonrisa venenosa y sus manos con afiladas y largas uñas doradas ejercieron mayor presión en mi garganta.
—Phantomhive —susurró y su voz era como la seda, tan tersa, tan suave y melodiosa.
Extendió entonces un magnifico par de alas, blancas con reflejos dorados que abarcaban la habitación en su totalidad. Sus vestimentas en tonos dorados se mecían mientras retrocedía, era como si apenas se moviera, tan lento y elegante.
No pude entender nada de lo que ocurría, aún ahora, mientras escribo esto, sigo sin comprender qué demonios ocurrió.
¿Qué era esa cosa? ¿Qué clase de cosa invocamos?
"¡Suéltala!" gritó Malena mientras trataba de abrirse paso por entre las opulentas alas del ángel.
El ángel le dedicó una mirada altiva, como si Malena fuera un insecto insignificante y el miedo se disparó por mi torrente sanguíneo.
Fue entonces que el ángel me soltó, me dejó caer contra el piso y caí sobre mi costado, la alarma y el horror tiñeron los ojos de Malena y el dolor se abrió paso entre mi carne, me abracé el vientre con fuerza y las lágrimas rodaron por mis mejillas.
El ángel retrajo sus alas y Malena corrió con su hijo agarrado de la mano en mi dirección. Ella se arrodilló con dificultad frente a mí, el miedo brillaba en sus ojos violetas y sus manos tomaron las mías.
"Esto no era lo que te pedimos" gritó Malena llena de furia y el ángel la miró con una sonrisa cruel.
"Me invocaste para exterminar a un demonio ¿no es cierto? Y eso de ahí, es un demonio" se burló el ángel y aunque pude sentir la tensión en el agarre de Malena, ella no huyó de mí.
"No, el demonio que tienes que exterminar es Sebastián Michaelis" espetó y sigo sin creer lo valiente que era, lo fuerte que era.
Jamás podré agradecérselo.
El ángel se mantuvo en silencio y me observó de una forma escalofriante, sus ojos se mantuvieron fijos en mi vientre y entonces esbozó una sonrisa retorcida que me llenó de ira, de terror.
"Eso lo hará alguien más" nos sonrió y se aproximó con lentitud, su imponente figura se arrodilló frente a nosotras, su presencia inhumana amenazaba con aplastarnos.
Malena se interpuso entre el ángel y yo, el niño se mantuvo abrazado a sus piernas sin dejar de llorar.
"Yo tengo el poder aquí" gritó con firmeza y el ángel emitió una carcajada que se escuchaba como campanillas de plata "Te invocamos para que me sirvas a mí, para que hagas mi voluntad y eso significa que no dañarás a Lilian ni a su familia, que tienes que liberarla y matar al demonio que la persigue".
Y entonces estalló, el ángel hizo un movimiento, tan rápido, tan preciso, que no pude entenderlo hasta que ya había pasado. Hasta que el vibrante tono carmesí de su sangre me llenó la cara, la ropa, lo llenó todo.
Y Malena Blackwood se desplomó frente a mí, como una muñeca de trapo, su cuerpo cayó sobre el suelo haciendo un sonido hueco, sordo, como si fuera sólo un bulto y no una persona.
Su hijo corrió, el niño no lo entendía, sólo lo vi gritar y llorar mientras llamaba a su madre con su voz infantil, la sacudía con sus manos diminutas intentando hacer que Malena reaccionara.
Pero por más que el niño gritara, por más que sacudiera a su madre ella nunca iba a volver a moverse.
Y el ángel volvió a sonreír, una sonrisa torcida, cruel, sus ojos estaban encendidos entonces, eran como los de Sebastián, como los de Ciel, como los míos, de un tono imposible, como las llamas del infierno. Rojos, purpuras, rosados, todo a la vez.
El infierno ardía en su mirada mientras extendía sus alas y entre sus manos llenas de sangre sostuvo el corazón aún palpitante de Malena Blackwood, chorreante de sangre como una jugosa fruta, una brillante manzana escarlata. Y como si fuera sólo una fruta, el ángel lo estrujó entre sus dedos hasta que no quedó nada.
La oscuridad me reclamó, la furia, el odio, todo aquello que había mantenido oculto en mi interior, todo aquello que le perteneció a Ciel Phantomhive y que ahora es mío, es todo mío.
Comprendí mirando la sonrisa torcida del ser frente a mí, que en realidad había caído en una trampa.
Sus ojos virulentos se aproximaron en mi dirección, se precipitó sobre mí, de rodillas con la pálida piel manchada de sangre fresca.
Es él, no es Sebastián, siempre fue este ángel.
Fue él quien asesinó a Ciel Phantomhive.
Puedo sentirlo, el dolor que aúlla en mi piel, los gritos de peligro, sus advertencias.
No es Sebastián quien tenía que preocuparme, no ha sido él quien me encontró. Si no ese monstruo frente a mí, un ángel exterminador.
"Ciel Phantomhive" susurró contra mi oído y sentí sus manos empapadas de sangre cálida acariciarme el vientre "He esperado tanto por esto…".
Y entonces se fue, desapareció y la luz se extinguió, la inconsciencia se apoderó de mí.
Lo último que conseguí percibir antes de perder el conocimiento, es que había un niño llorando, un niño llamando a su madre.
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1 ° de abril, 1989.
Hay tantas cosas que quisiera decirte en persona, tantas cosas que quiero hacer pero que jamás ocurrirán.
Lo lamento.
Malena está muerta y siempre cargaré con el peso de su muerte sobre mis hombros.
Todo ha sido mi culpa, todo es mi culpa. Desde el pasado, desde siempre, incluso siendo Ciel Phantomhive, todo lo que he conseguido es condenar a mis seres queridos.
Lo siento.
Y prometo que contigo será diferente Samantha, mi cielo, prometo que no será así, que a ti sí podré protegerte.
Por favor no me odies, lo menos que quiero es que me guardes rencor. Sé que entenderás, que algún día podrás comprender que esta decisión que he tomado es por tu bien. Que lo hago porque te amo y siempre te amaré, sin importar lo que piense el resto del mundo siempre voy a amarte.
Y espero ellos lo hagan, espero que así sea. No los conozco y tal vez es una decisión muy precipitada, pero no puedo vivir a tu lado sin condenarte a un peligro inminente.
Los conocerás mejor que yo, espero sean una familia feliz, espero puedan darte todo lo que yo quisiera poder darte.
Cuando desperté serían cerca de las cinco de la tarde y al encontrarme sola en la habitación de un hospital, lo primero en lo que pensé fue en ti. El pánico que me invadió cuando sentí que ya no estabas conmigo… no quiero que nunca experimentes algo como eso.
Así que no pude evitarlo, no pensé en ello en ningún momento, quería verte, quería tenerte entre mis brazos y aunque el dolor cuando me puse de pie fue desgarrador no me detuve.
Tenía que encontrarte, tenía que verte y saber que estabas bien. Por un momento el miedo de que esa criatura te hubiese arrancado de mí me dominó y ni siquiera me importó arrancarme la intravenosa de la muñeca.
Salí de la habitación, corrí sin saber a dónde ir, la desesperación me llenó por completo y aunque cada paso era una tortura, a la vez era como si algo me guiara.
Lo entendí entonces, cuando al doblar un pasillo pude ver el ventanal hacia los cuneros.
No me tomó mucho tiempo encontrarte entre los demás bebés. Eras tan pequeña, el único bebé dentro de una incubadora, tan indefensa, prematura. Pero ¿Sabes? Desde ese primer momento entendí que serías una mujer muy fuerte.
Espero lo seas, espero nunca te rindas.
Y cuando te vi ahí, lo entendí, cuando el llanto de esa pareja llegó a mí, el llanto de una niña más pequeña que el hijo de Malena. Lo entendí, mirando el rostro de esas personas, imaginé a mis padres, a Malena y lloré con ellos, porque entonces pude comprenderlo.
No podemos estar juntas, lo lamento.
Quisiera poder abrazarte, hacer todas esas cosas que mi madre hizo conmigo, leerte antes de dormir, arrullarte, verte crecer. Quisiera poder hacerlo, que seamos una familia como esa, como la pareja con su hija que lloraban en silencio frente a los cuneros.
Quisiera poder estar junto a ti cuando digas tu primera palabra, escuchar tu voz llamándome como esa pequeña niña de cabello oscuro y ojos avellanas. Quisiera poder ser yo quien te consuele, quien limpie tus lágrimas y te diga que todo estará bien cuando algo te haga sentir mal, ser quien te haga sonreír y te diga que las cosas mejorarán.
De verdad que deseo sea de esa forma, pero no puedo, cariño, es lo mejor para ti.
Te vi ahí, tan frágil y pequeña, por completo indefensa ¿Cómo podría dejarte, cómo podría siquiera pensar en abandonarte?
Pero no puedo llevarte conmigo, no puedo ser tu mamá, no puedo exponerte a este peligro innombrable, a esta maldición letal.
Así que cuando el hombre se fue con su hija y la mujer se quedó sola a un lado de mí frente a los cuneros, supe de inmediato que ésta era la decisión correcta.
"¿Cuál es el suyo?" me preguntó la mujer y me atreví a mirarla con detenimiento, bajita, de silueta esbelta y piel apiñonada, mejillas bañadas de pecas y rizado cabello de un castaño claro. Sus profundos ojos almendrados, de color caramelo, me miraron con detenimiento, su mirada me escrutó en silencio como si me juzgara.
Pero parecía tan triste, tan destrozada.
Le señalé en silencio al bebé en la incubadora, a ti, ese minúsculo bebé conectado a un respirador.
Y la mujer de actitud imponente se desarmó del todo frente a mis ojos.
Su mirada se llenó de lágrimas que se negó a derramar y mi corazón se estrujó en mi pecho.
"¿Y el suyo?" le pregunté tratando de sonreír.
"Murió" fue su respuesta y aunque su voz fue fría y firme, sus manos temblaron vueltas puño contra el cristal de la ventana.
La idea cobró fuerza en mi mente, recordé al hombre y a la niña, a Malena y a su hijo.
Ese niño había perdido a su madre por mi culpa.
Y ésta mujer a mi lado había perdido un hijo.
Y yo te perdería a ti.
Y aunque no estaba segura de poder hacer algo por el hijo de Malena, al menos podía hacer algo por esta mujer.
"Mi nombre es Lilian Carson" le sonreí estirando mi mano en su dirección, los ojos de la mujer volvieron a examinarme a detalle y no entendí si en realidad ella sentía compasión o envidia de mí.
"Evangeline Simmons" respondió luego de un largo minuto de silencio, su mano apretó la mía, sus ojos me miraron de forma directa y una leve sonrisa apareció en sus labios.
Si bien es cierto que no fue la persona más amable o cálida del mundo, en sus ojos pude distinguir el mismo sentimiento apabullante que en los de Malena y quizá fue el recuerdo agridulce de Malena Blackwood lo que me empujó a hacerlo.
Pude sentirlo, el valor, el coraje, la determinación. Sería una madre estupenda, tal vez estricta y firme, pero sin duda podría brindarte un ambiente mucho más seguro que yo.
Espero los Simmons puedan cuidar bien de ti, confío en que te mantendrán alejada de mí.
Confío en que será de esa forma.
Pero aun así, me pregunto… ¿Qué pasará con los hijos de Malena Blackwood?
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Frank Wiesse lo sabía, sabía que algo horrible estaba por ocurrir desde el momento exacto en que escuchó que tocaban a la puerta de su cabaña.
Harry, George, Paul y Tom, dormían cada uno en las camas que habían dispuesto dentro del lugar. Y a Frank le tocaba montar guardia esa noche. Así que era el único despierto cuando abrió la puerta y vio al inexpresivo Sebastián Michaelis ahí, cuando era cerca de media noche.
Meses atrás las interrupciones de Sebastián a altas horas de la noche no solían ser del todo extrañas. A veces él le hacía pedidos un tanto extravagantes a Frank, sobre todo durante aquellos sombríos meses en los que su señorita se recuperaba de esa fractura y de la muerte de su madre biológica. Eran peticiones pequeñas, detalles que a Frank no le molestaba hacer, cosas como recordarle ir por flores a la mañana siguiente o pedirle que tratara de calmar a su señorita durante sus cada vez más frecuentes pesadillas.
Pero después de eso, después de esos tensos meses, después de aquellas "vacaciones" las cosas entre su señorita y su asistente habían cambiado por completo. La intromisión de los Phantomhive había sido un factor importante y la presencia de Lance Riddle sin dudas había cambiado por completo el ambiente dentro de la casa.
Pero algo más ocurría, algo que Frank podía sentir pese a que nadie lo mencionaba.
Algo había ocurrido entre su señorita y Sebastián, algo que en realidad no sabía bien qué significaba. Eran quizás los breves gestos, la forma en que habían comenzado a tratarse, la complicidad en las miradas que de vez en cuando se dedicaban. Pero a la vez eran tan contradictorios, su señorita se cerraba mucho más con el pasar de los días, sus sonrisas se tornaban más falsas, su risa se extinguió por completo cuando Lance Riddle tuvo que irse de la casa. Y Sebastián estaba de peor humor que nunca, se había vuelto mandón y mucho más perfeccionista, sus órdenes se volvían más específicas y casi imposibles de realizar.
Lo peor había venido después de aquel fugaz viaje fuera del pueblo. Su señorita había vuelto mucho más oscura, mucho más fría e inestable. Junto con ella los cuatro guardaespaldas habían llegado a la casa para quedarse.
Harry, mejor conocido como Nudillos, comandaba a los enormes y musculosos guardaespaldas. Y aunque era un sujeto de pocas palabras, había sido el único que se molestó en explicarle la situación. Con su acento tosco, el líder de la cuadrilla de musculosos guardias, le había dicho a un incrédulo Frank que la pequeña mujer a la que protegía, estaba implicada en un caso de homicidio, y que sus vínculos con un asesino en serie la mantenían al borde de la muerte en repetidas ocasiones.
Las cosas se habían ido en picada de forma lenta en los siguientes meses.
No quedaba rastro alguno de la espontánea escritora que había conocido años atrás. Era un cascarón de sí misma, con un lindo peinado y un lindo atuendo según fuera la ocasión, era una farsa. Una farsa que se caía a pedazos frente a sus ojos.
Y el perfecto Sebastián Michaelis tampoco era el mismo, atrás había quedado el humor ácido y burlón del muchacho de cabello negro. Parecía mucho más salvaje, para nada controlado, volátil e impulsivo, se enojaba con facilidad y era distante con todos, incluso con ella.
Para este punto quedaba demasiado en claro que la relación de su señorita y su asistente no era más que una mentira, una mentira que se tambaleaba ante la menor perturbación. Era común escucharlos discutir, que de súbito no pronunciaran palabra alguna y que se evitaran a toda costa mientras no hubiera un periodista o una cámara presente.
Su señorita se extinguía con el pasar de los días y mientras ella se apagaba de a poco, Sebastián Michaelis tomaba una fuerza implacable y demoledora. Había una hostilidad presente en él que se volvía imposible de ignorar, un aura oscura y asfixiante que cargaba el asistente siempre que ella no estaba cerca.
Así que había esperado en silencio a que pasara cualquier cosa, todo menos eso.
Cuando el enigmático Sebastián le pidió que los cubriera, Frank pudo entender de inmediato que esta salida sería muy diferente a las anteriores.
Los cuatro no habían demorado en despertarse y ponerse en marcha con las órdenes de Sebastián, mientras que Frank había acompañado a su jefa a su estudio.
La frívola Samantha Carson que se sentó en su escritorio esa noche, había sido distante y firme mientras le indicaba que mantuviera distraída el mayor tiempo posible a la temperamental Simone. Su petición en si misma no era extraña, no era la primera vez que su jefa le pedía mantener entretenida a Simone cuando ella buscaba un momento de calma. Lo de verdad extraño radicaba en la última serie de peticiones que le hizo.
"Llama a Gregory Lambert en la mañana, envíale una copia de los documentos y llama a Jessica Sammuels después, dile que acepte lo que Gregory va a enviarle, que no se preocupe por mí" había dicho antes de entregarle a Frank un folder, no había podido resistirse entonces a darle un vistazo al contenido, su sorpresa se había transformado en angustia al instante.
Era un testamento, su testamento, y Frank Wiesse no había podido evitar leerlo.
El nombre de Frank figuraba en una de las cláusulas del documento, junto con el nombre de los cuatro guardaespaldas, sin embargo las especificaciones de ese apartado lo beneficiaban más a él que a los otros. Le dejaría esa casa, los autos y una cantidad mensual marcada como "bono de retiro".
Había buscado explicaciones de inmediato, alterado, lleno de angustia y confusión.
¿Qué diablos significaba eso?
Pero Samantha Carson no respondió ninguna de sus preguntas, se mantuvo estoica, distante, antes de despedirse de él con una sonrisa falsa y tirante. Había hecho lo mismo con los cuatro guardaespaldas y el silencioso Harry —alias Nudillos— había sido directo y agresivo al preguntarle a dónde iban, por qué es que se iban tan tarde. Tampoco había obtenido respuesta alguna y pese a la tensión del momento, una mirada de Sebastián había bastado para detener al resto de los guardaespaldas.
Podría ser que los guardaespaldas respondieran a las órdenes directas de la cabeza de los Phantomhive, pero tanto ellos como el mismo Frank le guardaban mucho más respeto y lealtad al muchacho de ojos escarlata. No entendía la razón de eso, era algo inexplicable y automático. Sebastián podía ser menos intimidante en apariencia en comparación con las montañas de músculos que eran los guardaespaldas, sin embargo siempre parecía mucho más dominante, más imponente y autoritario. Y por más control que pareciera ejercer una única palabra de la inestable señorita bastaba para doblegar al asistente.
Así que tampoco había resultado extraña la actitud renuente de Sebastián cuando abandonaron la casa, su mirada vacía y su sonrisa forzada.
Lo más extraño había comenzado después, Harry y Tom —alias Nudillos y Cara cortada—, se habían ido de inmediato, siguiendo en otro auto a su señorita y su asistente. El resto de la noche había trascurrido con normalidad, pero Frank no había podido dormir en todo ese tiempo.
Cuando la mañana llegó, apenas los primeros rayos de sol salieron por el horizonte, Frank y los dos restantes ya estaban encargándose de todas las tareas que Sebastián realizaba cada mañana. Siempre le había parecido curioso que hiciera todas esas cosas solo de una manera tan rápida y eficiente, sin embargo ya estaba acostumbrado a eso. Y mientras Paul —alias Cosa 2— preparaba el desayuno, Frank fregaba el piso y George —Cosa 1— arreglaba el jardín, fue que lo extraño de verdad comenzó a ocurrir.
El timbre de la puerta principal sonó con insistencia y el sonido agudo retumbó por toda la casa, George había entrado de inmediato a la casa, alerta y listo para cualquier cosa, pero el único que fue en dirección a la puerta fue Frank.
No esperaban visitas de ningún tipo, no había nada programado para ese día y aunque fuera un imprudente periodista eran poco más de las seis de la mañana y Simone todavía no bajaba a gritar órdenes. Así que fue del todo extraño que al abrir la puerta una deslumbrante chica de exóticos ojos purpuras le sonriera y se presentara como Linette Blackwood, diciendo que tenía una reunión importante con la señorita Carson por asuntos de la fundación Funtom.
Frank no supo que hacer, consciente de que si dejaba a la distinguida invitada afuera Simone armaría un escándalo, pero lo cierto es que la radiante y hermosa Linette tenía un algo que le causaba escalofríos.
La había invitado a pasar y la sonrisa dulce de Linette se había transformado en una mueca tan extraña y escalofriante, venía acompañada de un hombre que figuraba ser mayor que ella, con el cabello castaño y profundos e inquietantes ojos negros. El acompañante de Linette no había dicho una sola palabra, en su lugar había observado con detenimiento cada rincón de la casa y con el mismo rigor a los dos guardaespaldas y al propio Frank.
Lo más extraño había radicado en que en cuanto Frank estaba por cerrar la puerta pudo notar que afuera no había ningún auto donde los invitados hubieran llegado, sobre todo estaba ese detalle de que la reja de la entrada permanecía cerrada y no había forma de que alguien tratara de entrar sin activar las alarmas.
No podía ignorar ese detalle, la extraña paranoia que su señorita había comenzado a experimentar en los últimos meses de forma inevitable lo había contagiado un poco. Las cámaras de seguridad y las alarmas de vigilancia eran prueba de ello y aunque se mantuvo tranquilo y cortés frente a los invitados, había comenzado a sentirse ansioso e incómodo.
Algo estaba muy mal con esa chica y su extraño compañero, no era sólo la apariencia antinatural de Linette con el cabello de un rubio demasiado pálido, era otra cosa, algo que no podía verse a simple viste, algo que le ponía la carne de gallina así que Frank había aprovechado la oportunidad, excusándose de que iría a buscar a Simone para avisarle sobre su llegada.
La mirada hostil de Linette Blackwood no concordó para nada en su rostro angelical y pálido.
Simone había reaccionado como una demente. No había sido el hecho de que Samantha Carson se hubiera ido en mitad de la noche, eso era lo de menos. Simone se había puesto como loca ante la noticia de que Linette Blackwood estaba ahí. Había reñido a Frank por dejar pasar a Linette y a él no le gustó para nada la mirada angustiada de la siempre cínica Simone.
Simone parecía al borde del colapso, frenética había dado vueltas y vueltas por su habitación mientras murmuraba cosas en francés, idioma que al menos Frank Wiesse no entendía en nada.
La actitud tan extraña de Simone se había visto acentuada cuando muy en contra de su carácter vanidoso, Simone bajó en camisón y bata, sin arreglarse, sin ni una sola gota de maquillaje ni zapatos. Descalza y desaliñada fue directo a la estancia principal, donde los sospechosos invitados se habían instalado cómodamente.
Paul y George permanecían tensos pero serviciales, habían ofrecido la hospitalidad propia de la que Sebastián alardeaba frente a las visitas. Y aunque no eran el perfecto Sebastián Michaelis que podía improvisar un refinado y complicado postre en pocos minutos, Frank no encontraba valida la mueca de disgusto del compañero de Linette.
Simone había permanecido inmóvil, parada a un lado del sofá, incapaz de acercarse, como si en realidad quisiera mantener toda la distancia posible entre la peculiar albina y su extraño acompañante. Simone había sido deliberada y abiertamente grosera con Linette, su actitud hostil había aumentado la tensión en el ambiente y tanto Paul como George se habían situado rígidos y alerta tras la espalda de la rubia. Parecían listos para cualquier cosa, incluso para atacar de ser necesario y Frank comenzó a sentirlo, la inexplicable sensación de que algo horrible estaba por ocurrir.
Fue entonces que el mensaje llegó a su teléfono, la misma cosa, al mismo tiempo "Perdimos a la señorita y a Sebastián hace un par de horas, vamos en camino" había sido el mensaje de Harry y Frank se apresuró a responder apartándose de forma discreta de la sala de estar.
"No vuelvan", escribió mirando de reojo como es que el silencioso hombre que acompañaba a Linette sonreía de una forma escalofriante "dos personas están aquí buscando a la señorita. No me dan buena espina, han burlado el sistema de seguridad".
La respuesta de Harry no había demorado en llegar "No llame a la policía a menos de que lo crea necesario, póngase en contacto con el señor Phantomhive de inmediato. Buscaremos a la señorita, por favor saque a Simone de ahí tan pronto sea posible".
Y tan pronto había leído el mensaje el caos estalló.
—¡¿Dónde está Samantha Carson?! —gritó el hombre con la voz rasposa y una mirada demencial bailando en sus ojos oscuros.
Se había puesto de pie lanzando la delicada taza de té al suelo y de inmediato Paul y George escudaron a Simone detrás de ellos.
Frank se quedó petrificado, el muchacho le sonaba de algo y no sabía si eso era bueno o no. Lo que sí sabía es que tenía que proteger a Samantha Carson y a Simone, era su trabajo, y no iba a fallarle a nadie.
—¿Para qué busca a la señorita Carson? —había preguntado cauteloso mientras se acercaba con cuidado al muchacho de cabello castaño.
Y había ocurrido tan rápido que no lo había visto venir.
El disparo, un estruendo y el grito de Simone, tan desgarrador y agudo.
Frank Wiesse se desplomó en el suelo, cayendo de frente, con las manos contraídas sobre el abdomen. La sangre manchó el inmaculado piso de mármol que había estado fregando momentos atrás y una risa ronca se le escapó al atacante.
Frank pudo verlo, pudo verlo todo, pese a que el dolor había comenzado a eclipsar sus sentidos. Paul y George desenfundaron sus armas entonces, haciendo retroceder a Simone y apuntaron cada uno en dirección a los invitados.
El grito de terror de Simone detrás de los guardaespaldas hizo temblar la casa. Frank pudo observar incrédulo, como es que una masa oscura atrapó a la rubia y comenzó a arrastrarla.
Frank creía que nunca había visto algo como eso, que un monstruo de humo existiera y pudiera atacar y derribar con facilidad a los corpulentos guardaespaldas. Sin embargo, de cierta forma, Frank Wiesse sentía que había vivido algo parecido antes, su pecho vibró, su corazón latió con furia mientras un nuevo disparo se cernía en su dirección.
La bala se incrustó, a quema ropa, en su espalda y la sangre manó a raudales como si fuera a inundar la casa. Toda esa sangre que no sabía que podía contenerse dentro de su cuerpo, comenzó a escaparse, mientras el dolor le hacía retorcerse sobre sí mismo. Se contrajo tratando de girarse, tratando de luchar y hacer algo, pero tan pronto pudo colocarse boca arriba el hombre de ojos negros volvió a dispararle.
Simone gritó llena de terror con los ojos empapados en lágrimas, el monstruo que la sostenía la había arrastrado para dejarla cerca de Frank. Gritaba, se retorcía, trataba de liberarse, trataba de ayudarlo de alguna forma y sus ojos pardos ardían llenos de furia.
Frank no pudo hacer nada, el dolor le impedía moverse, había perdido mucha sangre y sólo podía sentir el metal frío del arma contra su frente.
—No desperdicies balas en alguien tan insignificante, hermano —susurró Linette Blackwood con voz tersa y melódica, su delicada figura, etérea y luminosa caminó en su dirección de forma grácil, casi bailando.
La monstruosa Linette Blackwood, tan hermosa e inhumana se situó a un lado de Simone, sus afilados ojos purpuras miraron con odio a la chica, y una sonrisa muerta se dibujó en su delicada boca rosácea como de muñeca.
—Line —se burló el hombre sin despegar sus ojos fríos de Frank—, tienes toda la razón. Tengo que guardarle unas cuantas a Lance Riddle —y despegó el cañón de su pistola de la frente pálida de Frank.
La encantadora y cantarina risa de Linette Blackwood retumbó por toda la casa, pese a que el sonido era leve y delicado podía superponerse con fuerza a los gritos de Simone y los rugidos de las bestias que mantenían ocupados al par de guardaespaldas, como si fueran animales jugando con su comida.
Aquello que mantenía prisionera a Simone comenzó a moverse, arrastrándola escaleras arriba y tras ella, los rítmicos pasos de Linette Blackwood y su hermano le siguieron.
Frank se apresuró a actuar, sacando del bolsillo de su pantalón su teléfono, las manos le temblaban, ya no podía sentir la punta de los dedos y una violenta tos lo invadió. La sangre le escurría de las comisuras de los labios, pero la imagen del muchacho de ojos grises, Lance Riddle, llegó de golpe a su mente y entendió que el chico era la razón por la cual su señorita y Sebastián se habían marchado.
"Busquen a Lance Riddle" consiguió escribir con las manos temblorosas y los ojos empapados de lágrimas no derramadas.
El teléfono comenzó a sonar entonces, pero ya no había nadie que contestara la llamada y el teléfono no dejó de sonar.
.
.
Lance Riddle había despertado con un sabor amargo en la boca, un punzante dolor de cabeza y una sonrisa radiante. No le había extrañado despertar sin ella a su lado, consciente de que tal vez eso iba a suceder. Lo que sí le extrañaba era el ruido que provenía de su cocina, el olor que inundaba el aire dentro de su departamento.
Se había estirado perezoso, con el cabello revuelto y una sonrisa que vaciló en el preciso instante en que sus ojos grises comenzaron a reparar en las cosas dentro de su dormitorio. Lo sabía, pero de todas formas el dolor y la desilusión lo golpearon sin piedad alguna.
Ella se había ido, había escapado tal y como hacía siempre que algo era demasiado doloroso como para enfrentarlo.
Cobarde.
Lo sabía, pero de todas formas dolía. Levantarse de la cama resultaba entonces un hecho agotador, tomar su ropa y vestirse, prepararse para ir a trabajar, continuar con la rutina de todos los días, esperando que la presencia de Samantha Carson en su vida no se extinguiera de súbito.
Y fue entonces, al salir del dormitorio; que entendió que ese miedo que lo había mantenido al límite por casi un año por fin lo había alcanzado, se volvía real.
Sebastián Michaelis lo esperaba con una sonrisa vacía, con una mirada apagada y una taza de café caliente.
El demonio no había pronunciado palabra alguna, pero a Lance Riddle le tomó muy poco tiempo darse cuenta de lo que su presencia significaba.
—¿Ella va a entregarse, verdad? —murmuró el muchacho de ojos grises, el demonio le respondió con un breve gesto en señal de afirmación.
La furia ardió en los ojos del joven detective, su mandíbula se tensó al momento y el impulso frenético, violento, de querer golpear algo le nubló el juicio por cuestión de segundos.
Sebastián Michaelis, el demonio de ojos escarlata; pudo sentir la vibrante furia del chico humano, lo comprendía bien, jamás había entendido tan bien a un ser humano como había llegado a comprender a Lance Riddle. Y el hecho de comprenderlo, de experimentar algo tan parecido lo había hecho llegar a una desesperada conclusión.
—¿Y ahora sí vas a obedecer, vas a quedarte aquí vigilándome o lo que sea que tengas que hacer? —protestó Lance con la voz ronca, conteniendo un grito cargado de pura frustración.
El demonio le dedicó una mirada afilada, una silenciosa amenaza, pero a Lance Riddle ya nada proveniente de él podía intimidarlo.
Fue inmediato, Lance tomó las llaves y salió a la calle, sin saber a dónde ir ni cómo llegar hasta ella. No tenía un auto propio, luego del accidente con Lucille pocas ganas le quedaban de adquirir un nuevo automóvil y no era algo imprescindible pues podía llegar andando a la comisaría sin ningún problema. Pero justo ahora sí que era un gran inconveniente, eran poco más de las cinco de la mañana y estaba a punto de amanecer. Necesitaba moverse rápido, no estaba seguro de hace cuánto es que Samantha lo había dejado ahí, pero si algo sabía es que no tenía mucho tiempo para poder encontrarla.
Tan pronto había comenzado a caminar la idea de buscar ayuda en la comisaría había sido automática. No quería aprovecharse de su nueva posición dentro del departamento de policía, pero lo cierto es que ya no importaba, todo lo que le importaba a Lance Riddle era encontrarla, salvarla.
Y tan pronto lo había decidido ya estaba corriendo en dirección a la comisaría.
El viejo edificio de ladrillo estaba abierto, tan pronto entró la ansiedad ya había comenzado a asfixiarlo y el sentimiento se incrementó cuando la mirada penetrante del teniente Morales lo miró como si fuera un ente insignificante. Lance Riddle no se dejó amedrentar por la severa mirada de su superior, sin embargo no podía ignorar la postura hostil y distante de su compañero.
—¡Tengo información importante sobre el caso! —exclamó exhausto, tratando de recuperar el aliento mientras se detenía justo frente al teniente.
El hombre mayor suspiró abatido, el trato que sostenía con Samantha Carson había llegado a su culminación y pese a que el chico de ojos grises de verdad le agradaba, el teniente Morales era una persona de palabra.
—¿No lo sabías? Estás fuera del caso, Riddle —espetó el teniente en tono despectivo.
Y al astuto detective novato no le tomó nada de tiempo llegar a la conclusión de que sin duda, su fugitiva e inestable mejor amiga estaba detrás de eso.
Lance Riddle siempre había luchado por hacer lo correcto, siempre había creído en la justicia, en que de una forma u otra el bien podía triunfar sobre el mal. Pero ya no era un niño, ya no era un iluso que creía que las cosas eran blancas o negras. Había madurado, incluso antes de que todo comenzara a ocurrir, estaba muy consciente de que en ocasiones para hacer lo correcto tenía que romper las reglas, cometer errores que quizá tendría que pagar con creces después.
Y lo que estaba por hacer era muestra de ello.
No lo pensó ni un segundo, cuando la mujer del mostrador le entregó las llaves a Morales, Lance las tomó antes que el teniente y con toda la fuerza que tenía, con la adrenalina al máximo, salió corriendo de la comisaría en dirección a la acera de enfrente donde la patrulla del teniente estaba estacionada.
Antonio Morales lo siguió de cerca, su inmenso cuerpo como una mole de roca no era para nada lento. Y le bastó con estirar un gigantesco brazo para inmovilizar a Lance Riddle en cuanto estuvieron frente a la patrulla.
Lance se dejó llevar, con la furia y la incertidumbre nublando su mente, levantó el puño en dirección al rostro curtido del teniente. Sin embargo el golpe nunca llegó, el agarre de Morales en torno al cuello del chico disminuyó y una presión sofocante se apoderó del ambiente.
Detrás de Morales, el rostro pálido del demonio le dedicó una sonrisa burlona a Lance Riddle.
Los ojos llameantes de Sebastián Michaelis brillaban llenos de éxtasis, decididos e implacables.
Al demonio de ojos escarlata, le había bastado un simple movimiento para apartar al voluminoso Morales, su mano enguantada sostenía el puño de Lance en el aire, evitando que el golpe impactara contra el rostro del teniente.
—Sube al auto —susurró el demonio con la misma sonrisa ladina y burlona.
Lance obedeció al instante, sin detenerse a observar cómo es que el imponente Morales caía rendido contra la acera. El demonio abordó el automóvil y bastó una mirada llena de complicidad para que Lance dejara de lado los resentimientos entre ambos.
Nunca había conducido una patrulla antes, el ruido de la sirena se le antojaba demasiado molesto y las parpadeantes luces en azul y rojo le lastimaban un poco los ojos. Pero no podía detenerse, no iba a detenerse, tenía que encontrarla, alcanzarla antes de que fuera demasiado tarde y aunque Sebastián se mantuviera inexpresivo a su lado, sabía que él quería lo mismo.
Salvarla.
Sebastián no dijo nada durante el trayecto, una única oración entre dientes que le indicaba a dónde tenían que ir, pero además de eso no había pronunciado palabra alguna. Lance no entendía qué es lo que le pasaba, seguía sin entender lo ocurrido mientras estaban en el hospital visitando a Sarah Meyer.
No quería entender el verdadero significado de aquello, no quería llenarse de esperanza cuando la situación en la que se encontraban era tan precaria y peligrosa.
Así que tampoco se atrevió a preguntar, sólo se concentró en conducir, en pisar el acelerador hasta el fondo. Detrás de ellos no habían tardado en aparecer un par de patrullas y aunque lo menos que quería era una persecución, no se detuvo y siguió a toda velocidad hacia la salida más próxima de la ciudad.
El camino no era largo, poco menos de una hora, reducida a la mitad debido a la desenfrenada marcha.
Lo había visto ocurrir antes de estar ahí, amanecía, la luz cálida del sol naciente inundaba la carretera, deslumbrándolo. Y aun así fue capaz de ver el momento exacto en que el Mustang rojo cereza arrancaba, la vio entonces, a la distancia, justo como en esa monstruosa fotografía meses atrás.
Samantha Carson en el mismo automóvil que el asesino, la tenía. Y el impulso terrible se apoderó de él. Los neumáticos de la patrulla emitieron un ruido espantoso mientras derrapaba sobre la carretera y frenaba con violencia.
Tan pronto el auto se detuvo ya estaba bajando, su corazón latiendo a mil por hora, su respiración agitada y la ira enfermiza, la ansiedad vorágine, le destrozaban el pecho.
Era demasiado tarde, por más que corriera tras el automóvil, por más que gritara el nombre de Samantha Carson, ya era demasiado tarde.
Había llegado tarde.
Se dejó caer de rodillas contra la carretera, incapaz de respirar, incapaz de reaccionar.
Sabía que tenía que moverse, hacer algo, pero el sonido estridente de las sirenas acercándose, los gritos desgarradores de la mujer tirada en el estacionamiento de la gasolinera. Todo se volvió abrumador y vertiginoso, todo giró dentro de la mente del detective novato, el caos se apoderó de su mente, su pecho se estrujó con violencia.
Nunca había estado tan asustado en su vida, nunca había experimentado un miedo tan absoluto y demoledor.
—Levántate —espetó el demonio y la furia, el odio, se apoderaron de Lance Riddle.
Su pecho vibró ante un violento grito, su cuerpo se levantó de un salto, guiado por el más bajo de sus instintos.
Las patrullas que los perseguían se detuvieron entonces, rodeándolos, la voz de Antonio Morales era como un trueno en la tormenta.
—¡Es tu maldita culpa! —bramó el detective, y pese a que le temblaban las manos de todas formas tomó a Sebastián de las solapas de la camisa y comenzó a sacudirlo.
No importaba la fuerza que aplicara, por más que lo intentara, por más furioso que se sintiera el muchacho de ojos grises no conseguía mover ni un ápice al demonio de cabellos negros.
—¡Suéltalo ahora Lance Patrick Riddle! —gritó Antonio Morales mientras bajaba de la patrulla, apuntando en señal de advertencia el cañón de su arma en dirección al chico.
—¡Lo sabías! Sabías que iba a hacer eso, sabías que esto pasaría… —gritó Lance con voz rota, los ojos teñidos de odio.
Tomando impulso entonces, valiéndose de las intensas emociones que le desgarraban el alma, empujó al demonio con todas sus fuerzas y lo derribó contra el suelo frío de la carretera. Elevó el puño y no hubo nada que lo detuviera, su puño impactó de lleno contra la mejilla pálida de Sebastián Michaelis.
Y aunque quería seguir golpeándolo, pese a que deseaba hacerle daño, no lo hizo.
Lance jadeaba, paralizado, presa del miedo devastador que lo llenaba.
Se quedó quieto, inmóvil, con ambas manos apretando las solapas de la camisa de Sebastián.
—¡No disparen! —gritó una tercera voz que Lance Riddle no había escuchado nunca, el acento tosco, arrastrado de las palabras, la voz ronca y grave.
Los ojos grises del detective se dirigieron de inmediato al estacionamiento de la gasolinera.
Ahí, tratando de mantenerse en pie, estaban Simone —la mandona rubia— y el corpulento Nudillos.
El guardaespaldas, con expresión contrariada, abrazaba contra su cuerpo a la temblorosa y maltrecha Simone.
La escena coronada por un charco de sangre oscura sobre la grava, el compañero de Nudillos, el intimidante Cara cortada reposaba sin vida con un agujero de bala en la frente.
Antonio Morales baja su arma entonces, les ordena con un gesto a los oficiales que lo acompañen, que bajen sus armas y comprendió lo que había sucedido mirando los ojos pardos de Simone Phantomhive.
Samantha Carson había caído en una trampa.
Todo era una trampa.
El Teniente se acercó cauteloso al joven detective de ojos grises, tomándolo por los hombros tiró de Lance Riddle hasta separarlo del inmutable Sebastián.
El Teniente Morales no entendía bien qué estaba pasando, pero si algo era seguro es que su novato compañero estaba demasiado implicado en el caso. Podría mantener su promesa de alejar al chico del caso, incluso de despedirlo, pero podía ver la determinación en sus ojos, la abrumadora noción de que no iba a quedarse sin hacer nada.
No fue de extrañar que el impávido Sebastián Michaelis se levantara con su imposible elegancia, se sacudiera el polvo de la ropa, como si en realidad su apariencia fuera lo único importante. Le dedicó una mirada gélida al corpulento Morales y de alguna forma la idea incontrolable de rendirse lo invadió.
¿Tenía sentido que quisiera dejarlos escapar cuando ya los había seguido hasta ahí?
No tenía sentido, Antonio Morales se sentía como si actuara bajo las silenciosas órdenes de otra persona. Y en éste caso, de alguna forma parecía responder a las órdenes no pronunciadas del misterioso Sebastián Michaelis.
Así que cuando el muchacho de cabello negro y ojos escarlata, volvió a tomar a Lance Riddle de un brazo y se lo llevó casi a rastras al abandonado automóvil de Samantha Carson, no supo ni cómo hablar, mudo e impotente los vio marcharse y ninguno de los oficiales impuso resistencia.
Fue como si en realidad la persecución momentos antes no hubiera ocurrido jamás. Y en su lugar, los uniformados se enfocaron en la fresca escena del crimen de donde Simone y el guardaespaldas habían salido apenas vivos.
Lance miraba atónito lo que ocurría, destrozado por las intensas emociones que lo recorrían, observó a Sebastián manipular el automóvil con destreza, dando una vuelta en sentido contrario a donde el Mustang rojo cereza se había marchado. Quiso protestar, vuelto un lío, con la ira bulléndole en la boca del estómago y la ansiedad corroyéndole las entrañas. Pero tan pronto se fijó en la intensa mirada del demonio a su lado, decidió que no iba a seguir desquitándose con él.
—¿Qué haces? —trató de preguntar sin ser hostil, y sin apartar la mirada del camino Sebastián esbozó una sonrisa vacía.
—Necesitamos refuerzos, Riddle —susurró el demonio frunciendo el ceño, Lance lo comprendió de inmediato mientras el auto se internaba a toda velocidad por entre las calles de su ciudad natal—. Lo viste Riddle, a lo que nos enfrentamos no viene sólo y me temo que yo no seré suficiente como para lidiar con todo a la vez. —anunció el demonio con la voz cargada de frustración.
Lance permaneció en silencio, mientras Sebastián maniobraba a toda velocidad internándose en las estrechas calles de los barrios bajos. No comprendía la actitud que Sebastián había adoptado tan de repente, no sabía si confiar en él, si creer en esta renovada esperanza de salvar a su mejor amiga. Lo único que comprendía es que tenía que aprovecharlo.
—¿Por qué haces esto? —se atrevió a preguntar mirando interrogante al demonio a su lado.
Sebastián Michaelis desvió la mirada del camino justo en el momento en que viraba el volante con violencia para estacionarse frente a la oficina forense.
—Sólo voy a decirlo una vez, Riddle —comenzó el demonio con seriedad, sus ojos eran como los de un felino, pupilas rasgadas, un brillante color indescriptible—. Tienes que salir vivo de ésta, vamos a salvarla y después quiero que te la lleves lo más lejos posible de los Phantomhive —la confusión tiñó las facciones del joven detective al escuchar las palabras de Sebastián Michaelis.
¿Qué rayos acababa de decir…?
—¿Qué significa eso? —murmuró Lance sin poder creérselo.
—¿Eres sordo o estúpido, Patrick? —se burló el demonio con una sonrisa cruel.
Lance Riddle frunció el ceño ante la mención de su segundo nombre, pero se mantuvo callado, expectante, esperando a lo que Sebastián Michaelis, el demonio que se supone devoraría el alma de la mujer que amaba, estaba por decir.
—Romperé el contrato —sentenció Sebastián con expresión vacía, impenetrable—. Se terminó Lance, voy a irme y cumplirás tu maravilloso sueño de ser feliz con ella —pese al veneno en su voz, el cinismo en sus palabras, Lance entendió que no bromeaba.
El demonio liberaría a Samantha Carson.
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Es el agudo pitido en mis oídos lo que me obliga a despertar. Siento los parpados pesados, como si estuvieran unidos con pegamento. No puedo moverme pese a que estoy consciente y el miedo comienza a emerger, la ansiedad me rasguña la piel, siento un ansia terrible por correr.
Pero no puedo moverme, pese a que lucho por abrir los ojos mi cuerpo reacciona con lentitud, perezoso, atontado y me siento aprisionada. Mi mente grita, el caos se apodera de mis pensamientos conforme comienzo a despertar.
No sé si sea algo normal, no quiero saberlo.
Sólo quiero despertarme de esta horrible pesadilla.
Y cuando por fin lo consigo, cuando abro los ojos, pese a que todo me da vueltas sé que en realidad nunca debí despertar.
Al abrir los ojos la visión resulta tan familiar que me estremezco, aturdida, incrédula. Mi corazón se detiene por un instante y me cuesta respirar.
Estoy en casa.
Lo reconozco de inmediato, el techo, la cama, pese a que todo está a oscuras. Sé bien dónde estoy, puedo sentirlo.
Y no entiendo qué hago aquí, por qué demonios estoy aquí.
Me remuevo, inquieta, con el violento impulso de querer salir huyendo. Pero no puedo correr, mi cuerpo continúa adormilado, no me responde y apenas consigo sentarme en la cama, un peso desconocido a mi lado se hace presente. Es una silueta que en medio de la penumbra no consigo reconocer, una persona, y entre la ensoñación que aun embarga a mis sentidos, llego a creer que la persona a mi lado es Lance.
El pensamiento me causa una corriente de sensaciones extrañas, dulces y cálidas, pero en cuanto me volteo en dirección al cuerpo a mi lado es que consigo reaccionar del todo.
Las luces se encienden como si la habitación quisiera que lo vea con toda claridad. Está ahí, a un lado de mí. Sus ojos abiertos de par en par, opacos, vacíos. No es eso lo que me hace gritar, no son sus ojos impávidos lo que me destroza el alma, no. Es la sangre oscura, coagulada, que se adhiere a su piel marchita y grisácea.
Nunca había visto un cadáver tan de cerca, pero es el cuerpo lívido a mi lado lo que me llena los ojos de lágrimas.
Es Frank, Frank Wiesse.
Y está muerto, tendido sobre mi cama.
Los ojos me arden, mi pecho estalla en una sensación sin precedentes que me arrebata el habla, que extingue los gritos en mi garganta.
Me apresuro a salir de la cama, aterrada, me muevo con tanta torpeza que tropiezo y caigo de la cama. Mi cabeza golpea el suelo y un nuevo pitido inunda mis oídos. El dolor se abre paso desde mi espina dorsal, mis pulmones arden por la falta de aire y mi corazón late a un ritmo doloroso y desenfrenado.
Cierro los ojos con fuerza y la violenta oleada de imágenes se amontonan a una velocidad vertiginosa. Lo veo todo, lo recuerdo todo y las lágrimas en mis ojos caen sin control alguno.
Simone golpeada, gritándome para que no me vaya. La sangre de Tom —el inmenso Cara cortada— salpicando el parabrisas. La voz de Lance a lo lejos diciendo mi nombre.
Jadeo, desesperada por recuperar el aliento. Pero es demasiado, no puedo, no puedo parar, todo me da vueltas y todo se vuelca en mi contra. Mi pecho se contrae, mi estómago es como una piedra. No puedo dejar de llorar, no puedo respirar, mi cuerpo se arquea y lo siento venir, el monstruoso miedo, la demoledora ansiedad, la desgarradora culpa.
Y no puedo ver otra cosa más allá del cuerpo de Frank, postrado sobre la cama con los ojos abiertos y el pecho lleno de impactos de bala, su cuerpo destrozado y lleno de sangre.
Es mi culpa.
Y tiemblo con fuerza, de rodillas contra el suelo, todo se vuelve doloroso, una tortura, agonizo ahogada en un pánico tan inmenso y poderoso. Pero aunque quiero, aunque me falta el aliento, no pasa nada más conmigo, no puedo morir.
Quiero morir.
Y el horror me destroza, me desgarra la carne, tritura mis huesos, me arrebata el corazón.
Frank.
Frank está muerto.
Lo asesinaron, por mi culpa.
Y entonces comienzo a gritar, grito con todas mis fuerzas, grito hasta que la garganta me duele, grito sin dejar de llorar, sin dejar de temblar. Grito, con las manos vueltas puño, con la culpa apuñalándome y el recuerdo me asalta, Frank, el animado Frank Wiesse que siempre trató de ayudarme, que siempre quiso protegerme.
El sonriente vigilante de la unidad de edificios, el amable Frank que me ayudó a cargar mis cosas cuando recién me mudé, el alegre y paternal Frank que estuvo a mi lado durante todo este tiempo.
Está muerto.
Por mi culpa.
Su sonrisa amable, su voz siempre animada, tan parecido a mi padre que es insoportable. Veo a Jerry, mi padre, veo a Frank y no puedo, no puedo ni moverme. No puedo.
Está muerto.
No sé cuánto tiempo llevo aquí, así, sin poder parar de llorar y sintiendo como si fuera a ahogarme. No lo sé.
Sólo sé que en algún punto la presión terrible en mi pecho comienza a ceder, he llorado tanto que ya no hay forma de que pueda seguir, la cara me arde, los ojos me duelen y un terrible mareo me mantiene contra el piso.
Pero lucho contra mi propio cuerpo, lucho contra la ensoñación y el agotamiento. Tengo que hacer algo, tengo que moverme, tengo que…
Y me levanto, temblorosa, hipando, llorando sin lágrimas y con el cuerpo entumecido por el dolor.
No puedo dejar de mirarlo, su cuerpo inerte sobre las sabanas y aunque mi cuerpo tiembla sin control alguno, me obligo a moverme, a acercarme.
Cierro los ojos, tengo que dejar de mirarlo, porque entre más veo su rostro más me recuerda a mi padre. Más recuerdos se amontonan en mi mente, recuerdos felices que sólo me hacen sentir miserable. No quiero, no puedo, necesito parar.
Tomo con dedos temblorosos un extremo de las sabanas, la tela está empapada y sé bien que se trata de su sangre. Pero me niego a abrir los ojos, me muerdo los labios con fuerza tratando de no gritar, pero el sonido lastimero que escapa de mi boca es patético. Jalo la sábana, siento el sabor metálico de mi propia sangre inundarme la boca, mi pecho tiembla y un sollozo se me escapa. Pero consigo hacerlo, consigo cubrir su cuerpo con la sábana y al abrir los ojos ya no veo más esa expresión terrible en él.
Está muerto.
Mi mente no para de repetirlo y toda yo tiemblo, me estremezco, le doy la espalda y deseo con todas mis fuerzas jamás haberlo hecho.
Rodeándome, en cada pared de la habitación, desde el techo hasta el piso, están ahí, mirándome, con ojos estáticos y vacíos. Todas ellas…
Todas están ahí, vivas y muertas, reales y extrañas, me acusan, me culpan.
Sus fotografías cubren la pared, cada una de ellas, de todas las mujeres que han muerto por mi culpa. Desde la primera hasta la última, desde Susan Rallye hasta la sobreviviente Sarah Meyer.
Vivas y después muertas, enteras y después a pedazos, sonríen y luego sus rostros son desfigurados en muecas imposibles. Sus cuerpos mutilados, su sangre, casi puedo escuchar el eco de sus voces gritando.
Puedo escuchar a Evelyn diciendo que no es mi culpa, puedo sentir su sangre cálida empapándome y puedo ver el preciso instante en que el brillo de sus ojos azules se extinguió para siempre. Estoy ahí, disparando, matándola, estoy ahí y en la pesadilla, en esa pesadilla donde todas ellas han llegado por mí y deciden cobrar su venganza.
Pero no es lo único que me acecha desde las paredes, también hay fotos mías, cientos de ellas, fotos idénticas a las de los mensajes de texto, fotos espeluznantes fuera de foco, tomadas desde la distancia. Fotografías mías en casa, con Sebastián, en la calle con Lance, en la casa cerca de Frank o los cuatro guardaespaldas, fotos mías con Simone, fotografías de eventos sociales donde siempre resalto junto a Sebastián o Simone.
En todas esas fotos mi rostro aparece contorneado por la silueta de un corazón hecho de pintura roja. Pero el resto de caras, el rostro de Frank aparece tachado y lleno de color rojo, la cara de Simone tiene una cruz en medio y hay aterradoras fotografías suyas que danzan entre los cuerpos de las víctimas, fotos de ella que me parten el corazón y que hacen que el odio inhumano comience a brotar desde el fondo de mi alma.
Puedo verla de nuevo, ahí en la gasolinera, su rostro maltrecho, su cuerpo magullado. Todo lo que le ha pasado… lo que le ha hecho ese monstruo… es como en mis pesadillas, como el recuerdo de ese día, todas esas manos tocándome…
Mi estómago se revuelve, quiero vomitar, pero reprimo la dolorosa arcada y trato de respirar.
Sin embargo el resto de las imágenes continúan destrozándome.
Los rostros de los cuatro también aparecen tachados y aunque el recuerdo de Tom recibiendo un disparo me perfora el pecho, lo más inquietante de toda ésta pesadilla, reside en el par de rostros que en todas las fotografías tienen un círculo rojo.
El perfil pálido y perfecto de Sebastián Michaelis es señalado en cada foto, sé lo que eso significa, sé que aunque sea un demonio de verdad se encuentra en peligro, el recuerdo de esas bestias de humo se hace presente y el ansia que me quema la piel no posee nombre. La marca de enredaderas en mi espalda punza ante la sola idea de él en peligro.
Pero no es eso lo que acaba conmigo, no es la idea de Sebastián en peligro lo que me arrebata el aliento, lo que hace que la furia y el miedo disputen una violenta batalla dentro de mí.
Es el rostro de Lance Riddle, que se repite una y otra vez a lo largo del grotesco mural dentro de la habitación. Es el recorte de periódico, la fotografía en primera plana del diario local de Shirlight City con el encabezado de "Héroe local salva la vida de una estudiante", el rostro de Lance está remarcado por varios círculos superpuestos, coronado con violentos trazos que forman una serie de extrañas letras.
"ERES EL SIGUIENTE".
No sé qué es lo que me impulsa a moverme, no sé cómo es que sigo en pie. Tal vez es que el odio, el miedo; han ganado la batalla en mi interior. Sólo sé que tengo que salir de aquí, e impedir que su amenaza se cumpla. No puedo dejar que algo le pase a Lance, no voy a dejar que muera por mi culpa.
Así que cuando salgo de la habitación no hay ni una pizca de duda en mí.
El pasillo oscuro me recibe y es una suerte que no esté descalza porque el crujido de cristales rotos bajo mis pies hace eco por toda la casa.
Lo que más me alarma, no es la oscuridad impenetrable del pasillo, ni los cristales rotos bajo mis pies, no. Es el silencio, el silencio que inunda la casa, la carencia del más mínimo sonido. Resulta tan abrupto en comparación al caos que reina dentro de la casa.
Otra cosa que resulta por completo alarmante es que en realidad no tengo ni la más mínima idea de qué hora es, no sé cuánto tiempo he estado inconsciente. No sé qué día es, y en realidad eso no debería de importarme, pero justo ahora la ansiedad que se abre paso por mi garganta me indica que el tiempo es importante, que tengo que hacer lo posible por saber qué maldita hora es.
El caos se apodera de mis pensamientos conforme camino por el pasillo en dirección a la planta baja. Pero es éste mismo impulso estúpido y abrumador lo que me obliga a darme la vuelta e ir en dirección al estudio.
La puerta del estudio es la única que permanece cerrada cuando todas las otras puertas han sido desprendidas del marco, no sé si eso deba de preocuparme o no, sólo sé que necesito entrar ahí. Tomo el pomo de la puerta y el metal helado me hace dar un respingo, tan pronto comienzo a girarlo, la puerta se abre de par en par.
Mi cuerpo se precipita con violencia al suelo, no puedo detenerlo y aunque quiero gritar una gruesa y tosca mano se posa sobre mis labios.
—Señorita —la voz áspera, casi como un gruñido, no me parece del todo conocida, suena extraña y demasiado ronca.
Forcejeo, el pánico me invade, las imágenes estallan en mi mente, todo es un remolino de ideas violentas y desagradables y trato de usar los codos para golpear a quien me sostiene. Pataleo y trato de gritar, he perdido por completo el control y no creo que sea capaz de recuperarlo.
—Señorita, está bien, está viva… —pero aunque sigue pareciendo una voz extraña algo en el fondo de mi mente me dice que no debo correr, que puedo dejar de luchar. Que aunque no la reconozco del todo, no significa peligro alguno.
Trato de controlar mi respiración, yo misma me cubro la boca cuando los brazos fornidos que me sostienen me sueltan y me dejan sobre el piso alfombrado del estudio.
La única luz que he visto además de la habitación donde desperté, se hace presente en ese momento, la luz de un teléfono celular que resulta demasiado brillante ante mis ojos. Los susurros del par de figuras comienzan a sacarme de ese trance demencial a donde el pánico me ha llevado. Y tan pronto reacciono me doy cuenta de quiénes son.
El recuerdo borroso de la sangre sobre el parabrisas, la impotencia en los ojos del guardaespaldas.
Sé quiénes son y por un segundo el alivio me inunda, por un segundo quiero abalanzarme sobre ambos y verificar que están bien, que están vivos, por un segundo sus rostros duros y distantes vuelven a sonreír con dulzura como en la noche de Navidad, como en aquel precioso recuerdo donde jugábamos entre la nieve junto a mis sobrinos.
Pero al instante siguiente la culpa resurge, el vorágine horror me aprieta la garganta y siento la ansiedad arrastrarme lejos una vez más, su compañero está muerto… Frank está muerto…
Y mi cuerpo tiembla, se precipita hacia adelante y un jadeo se me escapa.
—Lo siento —mascullo tan bajo que no sé si me han escuchado, pero bajo la luz brillante y blanca de la pantalla del teléfono, ellos asienten a la par.
—Le fallamos señorita —el inconfundible acento británico de la voz de Cosa 1, George, está cargado de arrepentimiento y niego con la cabeza.
Contener el llanto es muy difícil, pero lo consigo, tiemblo y aprieto los puños.
—Eso no importa —consigo decir con voz temblorosa— Simone estará bien, los sacaré de aquí… todo estará bien —pero ellos se miran el uno al otro antes de ayudarme a ponerme de pie, van armados y no puedo ignorar la forma en que uno de ellos, Paul (o Cosa 2), hace una mueca al apoyar una pierna en el suelo.
—Nuestro trabajo es protegerla, señorita —dicen al unísono y no quiero ser fatalista ahora, no quiero pensar en más muerte, no permitiré que les hagan daño.
Es entonces que el silencio que inunda la casa es perturbado por algo además de nuestros susurros.
Viene del primer piso, al principio creo que sólo es mi mente jugándome una broma, pero después el sonido se vuelve imposible de ignorar y la mirada confundida de los guardaespaldas a mi lado me indican que no es una alucinación.
Es música, la música de un piano, el piano de cola que está en la primera planta, en la estancia principal.
Es como estar en una pesadilla. En una pesadilla extraña y repetitiva, como en esa ilusión mortífera donde el espíritu de Lilian me atrapó hace tanto tiempo.
Es el réquiem de Mozart, el solo de piano, y cada nota es tocada con precisión, casi con maestría.
Mi corazón late con fuerza dentro de mi pecho, las imágenes en mi mente se tornan confusas y caóticas. Los recuerdos que guardo de Lilian enseñándome a tocar esa melodía en los ratos en que ella estaba bien, los recuerdos del cadáver destrozado de la pianista asesinada, destrozada sobre el banquillo del piano y con las partituras del solo de piano frente a lo que quedó de ella.
Paul y George —Cosa 1 y 2— me llevan con ellos, avanzan cautelosos una vez han abierto la puerta del estudio.
Nuestros pasos resuenan en un eco imposible a través del pasillo en tinieblas.
El ruido de los cristales vueltos añicos le sirve de acompañamiento al piano.
Toda yo tiemblo, la furia renace en mis adentros, el odio se extiende, me infla el pecho, me desborda.
Y no puedo ni respirar, me quedo sin aliento, bajar las escaleras al primer piso se convierte en una especie de extraña danza.
Las sombras bailan frente a nosotros, el humo y la niebla se arremolinan ante mis pies, las bestias de la noche de Navidad están ahí, custodiando el camino hacia la estancia principal.
Sus débiles rugidos son como un coro para el réquiem, un vago himno que augura muerte y destrucción.
Avanzamos con lentitud, voy prendada del brazo de George mientras Paul avanza a paso firme frente a nosotros, con su arma lista para disparar en caso de ser necesario.
Y es entonces que llegamos al salón principal, el piso está lleno de cristales rotos y humedecidos, piso el diminuto cadáver de un pez de colores como los que estaban dentro del acuario. Todo está en ruinas, las luces de las lámparas parpadean, pero puedo verlo todo, los muebles destrozados, las ventanas rotas, el mismo collage retorcido tapizando cada tramo de las paredes. Y frente a uno de los sofás hay un charco turbio de espesa sangre coagulada.
Mis ojos se detienen entonces ante la figura sentada frente al piano, su espalda se estremece al mismo ritmo en que sus dedos aporrean la teclas. Parece ido, inmerso en un trance, en éxtasis, mientras toca y su cabello castaño escurre de sudor.
Mi corazón bombea con fuerza, late frenético y mi mente ha perdido el control, hay tantas cosas, tantos recuerdos, tantas ideas que chocan entre sí, que adquieren sentido y a la vez se convierten en una tortura.
En realidad era bastante obvio.
Pero guardaba esa tonta esperanza en mi interior de que tal vez, solo tal vez, fuera de otra forma.
Pero ya no hay duda, cuando termina de tocar y aplaude, cuando se voltea con lentitud y se levanta del banquillo.
Sus ojos oscuros, negros, me recorren de arriba a abajo mientras una sonrisa extasiada le surca los labios.
Por un momento desconozco a la persona frente a mí, no es más que un extraño, un familiar desconocido. Tal vez es porque me niego a creerlo, tal vez es porque el dolor de su traición, el odio que me consume, no me deja pensar con claridad.
No lo sé.
—¿Me extrañaste, cariño? —susurra con voz cálida, con la misma expresión soñadora e inocente que tenía cuando desperté esa mañana entre sus brazos.
Es él.
Richard Daniels.
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..
.
Recordaba bien esa mirada, el repudio y el asco, el odio. Era el primer recuerdo que tenía de su abuela, la primera y única vez que lo visitó en el orfanato a donde lo enviaron desde antes de cumplir cuatro años.
De su madre no sabía nada, tenía ocho años y cualquier vago recuerdo que resguardara sobre esa mujer había muerto del todo en su mente infantil. Conservaba pocos recuerdos de su infancia, nada fuera de lo común, sólo era un niño más que corría con la mala suerte de ser huérfano. Un huérfano entre tantos dentro de una ciudad cualquiera como Bridgeport. Creció de esa forma, dentro del sistema, sin ninguna familia que se apiadara de él y decidiera adoptarlo.
Hasta que esa señora, su abuela, se apareció ante él. Kristen Blackwood no era una mujer agradable, lo había visto en sus cruentos ojos claros, sin piedad alguna.
Richard aprendería años después que esa mirada carente de afecto se debía al parecido que guardaba con su padre, mismo al que nunca conoció.
No fue de extrañar, que esa señora no quisiera llevárselo, con voz severa y dura se lo dijo, que no quería verlo.
Al pequeño Richard no le molestó, no conocía a esa señora y guardaba la esperanza, propia de un niño, que algún día encontraría una familia que lo amara y que quisiera adoptarlo.
Sin embargo, eso nunca sucedió.
Había ido de casa en casa de acogida, de un orfanato a otro, durante años. Observando cómo es que los otros niños eran adoptados, todos menos él. Y en algún punto perdió la esperanza.
En algún punto mientras se hacía mayor, descubrió que si quería salir de ahí y tener una familia entonces tendría que hacerlo él mismo. Y así lo había hecho, esforzándose, trabajando más duro que todos los otros niños sin detenerse a contemplar a las personas que de cuando en cuando iban a visitar los orfanatos.
Lo hizo, decidido a salir por su cuenta de los terribles y miserables entornos que acogían a los huérfanos en la ciudad. Todo iba bien, hasta que ella apareció.
Tenía dieciséis años, vivía entonces con otros chicos que como él ya eran demasiado mayores para ser adoptados. Y ella estaba por cumplir trece años.
Un día como cualquier otro esa chica, pequeña y delicada había tocado a la puerta, preguntando por él.
Linette Blackwood, su hermana.
No sabía que tenía una hermana, no recordaba tener una. Pero ahí estaba, como si fuera un ser recién llegado de otro planeta. Una delicada niña demasiado delgada y pequeña para su edad, de piel muy pálida y exóticos ojos violetas, albina. Casi como un ángel, o esa fue la primera impresión que le dio.
Linette era una refinada señorita, educada para algún día salir en sociedad y hacerse cargo del imperio comercial de su abuela. Linette había crecido rodeada de lujos, con las mejores cosas, las mejores escuelas y los mejores maestros, nunca le faltó nada.
Y Richard, que entonces estaba acostumbrado a una vida repleta de carencias, a usar ropa de segunda mano que las personas donaban, juguetes rotos que le habían pertenecido a muchos niños antes de él; la revelación de tener una hermana, una familia tan acomodada, resultó todo un shock.
¿Por qué ella y él no?
¿Por qué Linette lo tenía todo y él no?
Claro, era tan injusto, la vieja bruja de su abuela decidió por su cuenta que sólo Linette valía la pena.
Y como el adolescente que era le resultó sencillo culpar por todo a Linette.
Ella tendría un futuro brillante, codeándose entre las más altas esferas de la sociedad, teniendo todo cuanto deseara, nunca le faltaría nada.
Que envidia…
No era su culpa, claro que no era su culpa, pero era más sencillo odiar a Linette que de verdad intentar tener una relación con ella.
Todo lo que necesitaba, tal vez, era olvidarse de ella, olvidarse del pasado… pero Linette era tan insistente, siempre haciendo preguntas, siempre intentando saber la verdad, siempre entrometiéndose en su vida.
Fue todo un alivio cuando Linette y su abuela se marcharon de la ciudad, después de todo sólo habían ido de visita por negocios durante algunas semanas.
La vida de Richard volvió a la normalidad, pero el rencor que les guardaba a su abuela y a su hermana nunca lo dejó en paz, siempre estaba ahí, en su mente. La idea venenosa, irreprimible, el odio que poco a poco lo consumía.
No lo entendía, por qué su abuela le odiaba, por qué Linette trataba con tanta fuerza el formar parte de su vida.
Cuando por fin creció lo suficiente, cuando llegó la hora de ir a la universidad, estaba decidido a alejarse lo más posible de los Blackwood. Quería hacerlo, necesitaba hacerlo, pero no podía.
Siempre miraba hacia atrás, al pasado, cuestionándose siempre qué ocurrió con su madre, si esa mujer que nunca conoció era tan cruel como su abuela, tan cruel como para decidir su destino de forma deliberada. Tan cruel como para abandonarlo a él en un orfanato mientras ella y Linette se daban la gran vida.
Por más que lo intentara, resultaba imposible no odiarlas, a las tres, a su abuela, a su madre, a Linette.
Sobre todo a Linette, la dulce, perfecta y hermosa Linette Blackwood.
No era un chico tonto, no lo era, pero la idea le daba vueltas en la cabeza todo el tiempo.
¿Y qué tal si…? Se preguntaba.
Al cerrar los ojos podía imaginarlo, soñaba con ello. Cómo sería tener una vida colmada de lujos, sin que nada hiciera falta, teniendo todo cuanto deseara sin siquiera esforzarse.
Si tan solo no tuviera ese rostro, si tan solo su abuela no lo odiara, si tan solo su madre se interesara aunque sea un poco por él, si tan solo Linette no existiera…
Siempre fue un reprimido, un inconforme que jamás se quejaba, frustrado, siempre tomó los caminos más fáciles y cómodos. Qué carrera estudiar, qué especialización tomar, dónde vivir, qué trabajo sería el adecuado.
Todo lo hacía de forma mecánica, viviendo en la ensoñación de las infinitas posibilidades que le fueron negadas.
Vacío, común, ordinario, invisible. Con un perfil tan bajo, jamás destacaba, jamás llamaba la atención mientras que su pequeña hermana y la arpía de su abuela viajaban por el mundo y se llenaban los bolsillos de billetes.
Richard no podía ignorarlo, por más que se empeñara en cambiar de página. Era un mediocre que siempre viviría bajo la sombra de una familia poderosa, pagando por errores ajenos que ni siquiera conocía. Siempre guardaría ese rencor en su pecho, creciendo día con día, buscando el culpar a alguien más por lo miserable que se sentía.
Y entonces un día, un monótono día como cualquier otro, la respuesta a todos sus problemas se presentó de golpe en su vida.
Tenía veintidós años, vivía de préstamos universitarios y Bridgeport era luminosa, una ciudad nocturna y de vanguardia, donde la sombra de los Blackwood brillaba por su ausencia. El único amargo recuerdo de Linette existía en el hotel y la sede de la editorial Blackwood. Pero eso no era lo importante, lo importante residía en que la vida nocturna de Bridgeport le brindaba el tipo de oportunidades que en ninguna otra parte podría encontrar.
Una noche estando ebrio, intoxicado, perdido y alcoholizado sin un rumbo fijo. Vagando entre las calles oscuras de los barrios pobres de Bridgeport. Consumido por la ira, por el odio, sin nada más.
No fue raro que en su imprudente ida, de pronto se encontrara perdido en una zona de la ciudad que no conocía. Tampoco fue extraño que un grupo de malvivientes que pasaban por la zona se fijaran en él, el asalto fue violento, brutal, si creía que ya le habían dado la golpiza de su vida, entonces estaba muy equivocado. Los delincuentes que lo apalearon no se detuvieron ante nada, lo golpearon hasta que Richard sintió que tal vez ese sería su fin, su patética vida terminaría en ese mismo lugar.
Y fue en ese momento en que ocurrió.
Mientras creía que moriría, alguien, algo, derribó a los asaltantes. Como una bruma negra que invadió el ambiente, una venenosa aura de oscuridad pura. Aquella cosa cubrió a los asaltantes, los tomo uno a uno y los apartó con violencia.
El callejón en donde lo habían arrastrado se inundó de gritos que pedían clemencia, de sonidos de bestias que hicieron que Richard se estremeciera del miedo.
Y cuando cada uno de los bandidos dejó de gritar, cuando sus cuerpos rollizos cayeron sin vida sobre el pavimento, Richard se dio cuenta de que en realidad no debía temer.
Bajo la luz titilante de una única farola, el ser que le salvó la vida se presentó ante él.
Luminoso, brillante, un reflejo blanco y dorado, enmarcado por un halo de tinieblas.
Un ángel.
Richard podía sentirlo, la extraña tensión que se apoderó del aire, la sensación ardiente que le seguía a los pasos de la criatura mientras se acercaba a él. No podía apartar la vista de semejante imagen, pálida piel como cera, largo cabello como hilos de plata, las majestuosas alas con plumas bañadas en reluciente oro.
Sin duda era una visión divina, fuera de este mundo.
Pero ¿Se suponía que los ojos de un ángel tuvieran ese brillo, ese color, como una potente llamarada?
No lo sabía, lo único que sabía es que ese ángel le acababa de salvar la vida.
"Richard Blackwood" había susurrado demasiado cerca de su rostro, con voz melodiosa y suave, como el canto de una sirena "Tal vez no te acuerdes de mí, mi querido niño, pero nos conocemos" dijo el ángel con una sonrisa surcando los labios rosáceos.
Richard no sabía qué decir, su apellido no era ése, ese era el nombre de las tres personas que habían arruinado su vida. Pero de todas formas no importaba, pensó que el apellido Blackwood no le sentaba para nada mal.
No sabía qué decir ¿Qué se supone que debes decir cuando un ángel se presenta ante ti para salvarte la vida?
"Veo que no me recuerdas" se burló el ángel con su voz tersa, delicada, antes de emitir una risa que le erizó los vellos de la nuca a un alcoholizado Richard.
"Eras tan pequeño, tan inocente y puro. Cuando tu madre me llamó para protegerte nunca pensé que te encontraría en una situación así" y ahí estaba, un ángel, un ser divino y poderoso que lo acababa de salvar de la muerte y que además decía conocer a su madre… que ella lo llamó para protegerlo.
¿Podía ser eso cierto?
La persona a la que más había odiado desde que tenía uso de razón, en realidad sí se preocupaba por él ¿Podía ser verdad?
Poco importaba ya si eso era verdad o no, lo único que importaba es que le acababan de salvar la vida, tenía una segunda oportunidad y sin importar cuán ebrio estuviera, sabía que ese tipo de ayuda no podía ser un simple acto desinteresado. Seguro que había un truco en todo esto.
"¿Qué quieres de mí?" se atrevió a preguntar con voz temblorosa a su salvador.
El ángel emitió una risa como si en realidad Richard acabara de contarle un chiste, y al ebrio muchacho de ojos negros no le hizo ninguna gracia.
"Quiero lo que tú quieras, mi voluntad es cumplir el más oscuro y profundo secreto en tu corazón. Dime, mi querido niño ¿Qué es lo que más deseas en el mundo?" inquirió el ángel con sus extraños ojos brillando en la obscuridad de la calle.
La respuesta era muy obvia, lo quería todo, todo lo que Linette tenía y él no. Quería poder, quería fama, quería fortuna, su mayor ambición en la vida era rodearse de todos esos lujos que por derecho le pertenecían pero que Linette le había arrebatado.
Estaba tan enfermo por obtener poder, tan sediento de riqueza.
Lo daría todo sólo para poder experimentar lo que su hermanita poseía.
¿Era eso mucho pedir?
Tal vez estaba muy ebrio, podía ser que incluso ya estuviera muerto, enterrado bajo una pila de basura y todo esto, el ángel, no fuera más que una alucinación.
"Sé bien lo que deseas, te he vigilado toda tu vida. No puedes engañarme Richard Blackwood, lo he visto todo…" susurró la criatura contra su oído, y el chico de ojos negros no supo en qué momento es que se acercó tanto a él.
"Sé lo que quieres, quieres todo eso que te pertenece pero que de forma tan injusta te fue arrebatado, te comprendo. Hace mucho tiempo alguien me arrebató algo que yo amaba demasiado, así como a ti" continuó el ángel y el chico emitió una risa cargada de sarcasmo.
"No entiendes lo que me pasa" gritó Richard lleno de furia, el ángel lo contempló con curiosidad y esbozó una amplia sonrisa que le heló la sangre al muchacho.
"¿No lo sabes? Culpas a tu dulce hermana de la desgracia en tu vida, pero ella no tiene la culpa de nada. Cuando tu madre, Malena Blackwood, me llamó para que protegiera a tu hermana y a ti, no me esperaba que un demonio tan vil ya estuviera tras ella" ¿Ángeles, demonios? Tenía que ser una maldita broma "Sé lo que piensas" interrumpió el ángel con esa misma sonrisa escalofriante "Trataré de explicártelo de la forma más simple para que lo entiendas. Hace cien años mí hermano, el arcángel Raguel, fue enviado a la tierra para acabar con un rebelde demonio que planeaba devorar a un pobre e inocente niño. Por lo general estos encargos serían mi deber, para mí Sariel, el arcángel encargado de castigar a los pecadores. Sin embargo mi hermano creía en que su promesa de justicia y redención bastaría para salvar a ese niño y reivindicar al demonio que lo acechaba."
"Pero no fue así, el demonio ambicioso y rastrero como todos los de su clase, se encaprichó de más con esa pobre alma condenada y llenó de ambición y vileza el espíritu puro de un niño ¿Puedes entender lo desgraciado y vil que un ser debe llegar a ser para cometer tal atrocidad? Pero el demonio fue mucho más allá, no le bastó con corromper un alma inocente, sino que también tuvo que…" y la criatura con sus extraños ojos vueltos un ópalo iridiscente pareció de verdad afectada, conmovida, la furia, la locura, la tristeza, inundaron esa mirada infinita y Richard se estremeció sobre el asfalto húmedo. "Mi hermano pereció bajo las garras de esa bestia, trataba de proteger y salvar una vida pero ¿Cómo se lo pagó ese niño ingenuo? Con sangre, le ordenó a esa bestia que le arrancara las alas y lo hiciera pedazos".
El ángel se estremeció con violencia, lágrimas oscuras brotaron de sus ojos como joyas.
La oscura niebla que cubría el callejón se vio perturbada por la violencia de las emociones del ser alado.
Richard se sintió como si estuviera a punto de sofocarse, la presión invisible en su pecho se tornó insoportable y el ardor en su piel se convirtió en una sensación parecida a la de una llamarada intensa, amenazando con quemarlo vivo.
"¿Me preguntas qué es lo quiero? Quiero justicia para mi hermano caído en combate" dijo el ángel con voz trémula, un rugido contenido que sembró el pánico en las entrañas de Richard.
"¿Y yo qué tengo que ver en eso?" jadeó el muchacho con el corazón latiendo en su pecho a un ritmo frenético.
"Oh, mi querido niño" sonrió el ángel arrodillándose frente a Richard, con ambas manos, pálidas y frías, garras doradas empapadas en sangre, le acarició las mejillas "El demonio que asesinó a mi hermano es el mismo ser del que escapaba tu dulce madre, él mató a Malena Blackwood y es su culpa que seas un desdichado huérfano hundido en la miseria".
La mente de Richard colapsó en ese momento, la dulce ensoñación del licor en sus venas se esfumó de golpe. Todo aquello que había sentido por años, años y años de odio, de resentimiento, vibró en su pecho y se dio cuenta de que todo ese tiempo había culpado a las personas equivocadas por su desgracia.
No era Linette, no era su madre ni su abuela.
Ellas eran víctimas como él.
Víctimas de un ser sin escrúpulos que le arrebató la vida a su madre, que le quitó todo.
¿Podía ser eso verdad?
Claro que lo era, podía verlo, podía sentirlo, en la mirada gélida e inhumana del ser ante él.
"Si quieres obtener todo lo que deseas, entonces sólo debes darme una única cosa a cambio" ofreció el ángel, Sariel, con una sonrisa dulce y falsa "Tienes que matar a alguien, por mí" susurró con voz aterciopelada, como si acabara de pedir que cortara una flor o le regalara una sonrisa.
Richard tembló con fuerza, aterrado, horrorizado.
No iba a matar a nadie ni aunque el mismo Dios se lo pidiera, no iba a cargar con ese peso en su consciencia. Y viendo a Sariel frente a él, entendió que si existía un cielo y un infierno en definitiva no iba a parar en las fosas del infierno.
Richard respondió a gritos que no haría tal cosa, que prefería seguir siendo el mismo miserable sujeto a mancharse las manos de sangre. Claro que muy en el fondo, en lo más oculto de sí mismo, el odio como un cáncer que lo devoraba vivo, ese sentimiento oscuro y sin precedentes abrazaba la idea de la venganza y la muerte. Pero Richard no iba a admitirlo en voz alta, ya encontraría la forma, la solución.
Y tan pronto como dejó de gritar, el ángel ya había desaparecido.
Después de esa noche, Richard estaba decidido a continuar con su vida, a olvidar el horror que lo perseguía desde las sombras.
Pero resultaba inútil, siempre pensaba en cómo serían las cosas, tentado cada noche y cada día a llamar a Sariel y aceptar el mórbido trato.
Se mantenía lo más lejos posible de los Blackwood y decidido a empezar de nuevo se cambió el apellido.
Richard Daniels, ése era él, un humilde profesor de jardín de niños, amable y bondadoso, tratando de enterrar sus oscuros pensamientos, la insufrible ansia que crecía en su pecho día con día.
No necesitaba de un maldito ángel para obtener lo que deseaba, de alguna forma conseguiría el poder que tanto anhelaba, la fortuna para gastar a su antojo.
Y fue en aquel momento de su vida, cuando acababa de cumplir veintiséis años, que el golpe de suerte más grande se le presentó por accidente.
Samantha Carson.
Bridgeport no era una ciudad muy grande, una pequeña ciudad portuaria donde las luces brillaban toda la noche y los rascacielos abundaban, un lugar donde podías encontrar cualquier cosa, desde un pase directo al abismo de las adicciones hasta tu boleto de ida hacia la cima.
La vio por primera vez en un bar concurrido en el centro de la ciudad.
Estaba sentada en la barra del bar, bebiendo como si no hubiera un mañana, su rostro le parecía conocido y al acercarse a ella, ebria a un punto sin retorno; se presentó.
Era ella, la Samantha Carson de la que el mundo literario hablaba en los últimos años, su rostro aparecía en la contraportada de cada libro marcado como éxito de ventas en todas las librerías de la ciudad. La autora estrella del sello editorial Blackwood, pero qué pequeño era el mundo…
Nunca había leído ni uno sólo de sus libros, pero ella le contó todo mientras se bebía de a poco una botella de tequila. Escribía novelas de temática detectivesca, admiradora de Sherlock Holmes, tomaba casos reales sobre asesinos y mentes criminales de verdad y los plasmaba en papel. Ella dijo, con la voz arrastrada debido al alcohol, que había algo en los asesinos que siempre llamaba su atención, figuras míticas como Jack el destripador, hasta su más reciente obra que si mal no entendía trataba sobre una serie de asesinatos en Texas.
La fascinación de aquella mujer, con gélidos ojos aguamarina, lo dejó sin aliento.
A Richard nunca le importó en lo más mínimo el tener una pareja o una relación con cualquier mujer, para él bastaba pagar por sexo a la prostituta de turno que se le cruzara. Ah, pero esa mujer, la atolondrada y torpe mujercita borracha en ese bar…
Tenía un algo que le hacía estremecer, tal vez era la pasión con la que hablaba de su trabajo, tal vez era su fascinación por lo mórbido y sangriento, no lo sabía. Tal vez eran sus ojos como el hielo, de una gama de azul que bailaba con tonos de verde bajo la luz del bar, y que se volvían grises ante la oscuridad de la calle.
No lo sabía, pero estaba seguro de que esa mujer era la respuesta a sus problemas.
Claro que se había acostado con ella, era una desenfrenada joven, con la edad suficiente para entrar a un bar y la falta de prudencia necesaria como para acostarse con alguien que acababa de conocer, tan ebria como para no recordar nada al día anterior.
Cuando su alcoholizada conquista se ofreció a llevarlo a un hotel, en su despampanante auto de lujo, cuando pagó ella misma una habitación en un costoso hotel de la zona, Richard terminó de convencerse de que esa pequeña mujer era la respuesta, su boleto hacia la cima.
A partir de ese momento Richard Daniels se mantuvo al acecho de su futura víctima, vigilándola en silencio y desde las sombras, frecuentando los mismos lugares a los que ella iba, hasta que por fin, una mañana pudo fingir un encuentro "accidental".
Ella cayó rendida a su muy calculada máscara de un tipo sencillo, amable y bueno. Lo había calculado todo, planeado cada gesto, cada mirada, cargada de una falsa adoración que escondía su codicia, su deseo.
Ella era fácil de manipular, una sonrisa amable, un gesto caballeroso o un beso espontáneo bastaban para hacerla sonrojar. Sin embargo existía algo en ella que le hacía rabiar, eran esos ojos, sus ojos como el hielo, imperturbables lagunas, carentes de expresión, carentes de pasión.
Tal vez ni ella era consciente de lo frívola que resultaba con esa mirada suya, tan poco emotiva. Lo falsa que en realidad era.
Era tan extraña, tan reservada y misteriosa.
Lo volvía loco.
Y lo enloquecía en el peor de los sentidos.
Si Richard quería que sus planes funcionaran, tenía que provocar aunque fuera la más mínima perturbación en los ojos de esa mujer.
Fue entonces, que tras una relación de menos de un par de años, cansado de las migajas que ella le ofrecía de cuando en cuando, que se decidió a pedirle matrimonio. El plan era sencillo, se casaría con ella y la colmaría de atenciones, la enamoraría hasta que ella ya no pudiera pensar con claridad, y luego la botaría, un jugoso divorcio que le daría lo necesario para cumplir con sus sueños.
Pero tan pronto estuvo decidido a llevar su plan acabo, su abuela, la ausente y tacaña Kristen Blackwood, decidió que era buena hora para comenzar a morir.
Samantha Carson nunca se atrevió a indagar en su pasado, confiada e ingenua, aceptó de buena gana cuando Richard le propuso ese pequeño viaje a Chicago para ver a su abuela enferma. No tenía nada que temer, la vieja estaba refundida en un hogar para ancianos y hasta donde sabía Linette, su pequeña y molesta hermana terminaba sus estudios en Europa.
La vieja estaba ciega, gorda y moribunda, tan drogada y consumida por su enfermedad como para olvidar su odio hacia Richard. Llevar a Samantha Carson con él, no fue del todo una mala idea, pues a su decrepita abuela le simpatizaba bastante su frígida novia.
Richard esperaba que la falta de coherencia en la anciana le otorgara algún tipo de beneficio, pero lo cierto es que la vieja sólo pensó en la pequeña mujer que lo enloquecía, la herencia de Kristen Blackwood se reducía a un viejo piano de cola y un anillo de compromiso, todo a nombre de Samantha Carson.
Richard estalló en cólera ¿Cómo era posible que la vieja lo despreciara de esa forma, que le diera tales cosas a una completa desconocida?
Se merecía morir en un mugroso asilo, se merecía eso y mucho más.
Y el colmo de los colmos, sucedió luego de ese fugaz viaje.
Linette Blackwood, su indeseable hermana, se puso en contacto con él después de años de no hacerlo.
Visitaría los Estados Unidos, por cuestiones de negocios y su invitación a almorzar juntos venía acompañada de un pasaje de avión al otro lado del país.
La decadente Shirlight City, Richard sabía de sobra que esa ciudad era la base de operaciones de los Blackwood y aunque repudiaba la idea de volver a ver el rostro de su hermana, la esperanza, la ambición, de que tal vez su tacaña abuela le heredara algo más seguía latente.
Así que no dudó en el momento de marcharse, de mentirle a su futura prometida que tenía un asunto familiar muy grave y que tenía que atenderlo.
Linette le esperaba, vestida de luto, la abuela moriría pronto y la delicada Linette Blackwood quería redimir los errores del pasado y ofrecerle a Richard un poco de lo mucho que ella tenía.
Pero no era suficiente, nunca sería suficiente.
De pie frente su hermana, Richard dejó que la ira, la codicia y el odio terminaran de consumirlo, que ese sentimiento venenoso, despiadado, que moraba en las profundidades de su alma tomara el control de sus actos.
Y sin dudarlo, dentro de la elegante oficina del CEO del corporativo Blackwood, Richard levantó entre sus dedos el pisa papeles de cristal sobre el escritorio y arremetió contra su frágil y débil hermana.
La sangre brotó desde el primer impacto, el primer golpe directo en la cabeza de Linette cuando ella le dio la espalda. La visión de la sangre brotando de su cabeza, manchando el inmaculado y largo cabello blanco se le antojó como la cosa más emocionante y hermosa que alguna vez vio. El segundo golpe dio el mismo resultado, la sangré brotó en un torrente infinito, el líquido caliente le salpicó la cara y la emoción efervescente le llenó las entrañas.
No supo cuántas veces la golpeó, pero no se detuvo hasta que el cuerpo de Linette se desplomó sobre el suelo de la oficina, había sucumbido a sus deseos más oscuros y no se detuvo incluso después de que el cuerpo pequeño y delgado de su hermana dejó de moverse.
Tomó entonces el afilado abrecartas sobre el escritorio y continuó desquitándose con Linette, la apuñaló con violencia hasta que del cuerpo lánguido y vacío dejó de brotar sangre. Hasta que sus ropas quedaron por completo empapadas de una lluvia carmesí, la sangre lo bañó, su misma sangre, la sangre de la hermana a la que había odiaba por años.
La sangre de esa familia que lo hizo a un lado, y ahora, lo tendría todo, todo lo que había soñado. Le había arrancado a Linette todo lo que tenía y ahora le pertenecía.
Todo era suyo.
Y mientras se reía batido en la sangre de su hermana, se dio cuenta de que había cometido un error fatal.
¿Qué pasaría ahora?
Iba a salir de la oficina, a plena luz del día, lleno de sangre y dejaría el cuerpo de su hermana ahí ¿Y nada pasaría?
La había jodido, la había jodido en grande, no había forma de escapar de esta. Lo atraparían, claro que lo atraparían y se pudriría en prisión para siempre, y todo su dinero, toda su fortuna, la fama y la vida brillante con la que soñaba se esfumarían para siempre.
No.
No, eso no podía pasar ¿cierto?
Eso no podía ocurrirle.
Mierda.
Y la idea olvidada, ese recuerdo nefasto y horripilante surgió del fondo de su memoria y lo golpeó con brutalidad.
Sariel.
El ángel, el maldito ángel sediento de venganza.
Y tan pronto pensó en él, tan pronto el nombre divino escapó de sus labios en un susurro desesperado, el ser luminoso y siniestro se materializó frente a sus ojos.
"Tendría que castigarte ahora, mi querido niño" se burló el ángel con sus inhumanos ojos repletos de satisfacción. "Pero tú eres todo lo que necesito y puedo perdonarte un desliz como éste".
Richard se estremeció en el acto, con las manos llenas de sangre y sus ojos oscuros rebosantes de locura.
"¿A quién tengo que matar para obtener lo que deseo?" murmuró con voz inestable, con una risa enferma cosquilleando en la boca del estómago.
"Ya lo tengo todo listo" sonrió la criatura de cabello plateado "Sólo tienes que entregarme a tu prometida".
Y Richard se quedó petrificado, de rodillas, entre un charco turbio de sangre fresca.
La imagen de la mujer que lo enloquecía, la torpe, ingenua e inestable Samantha Carson, su novia, su golpe de suerte, su boleto a la cima.
"¿Por qué?" alcanzó a preguntar mientras un temblor se apoderaba de su cuerpo, mientras la carcajada se construía en el fondo de su estómago.
"Porque ella es la llave para la destrucción del demonio al que persigo" convino el ángel con expresión fría y severa.
Richard no lo entendía ¿Cómo era posible que esa mujercita insulsa fuera algo así de importante?
De todas formas, eso no importaba ¿Verdad?
Porque si se casaba con ella y luego la mataba, incluso antes, incluso si la entregaba al ángel ¿Entonces, todo lo que ella tenía le pertenecería a Richard, cierto?
Todo.
"Tal vez te parezca poca cosa" dijo Sariel entre risas "Pero esa chica es la última descendiente de la poderosa familia Phantomhive y su fortuna, su poder, deja en ridículo todo lo que puedas llegar a poseer bajo el apellido Blackwood" el deleite en los ojos inhumanos de Sariel no tuvo cabida al ver la codicia y la ambición que sus palabras provocaron en el patético Richard.
"Sólo tienes que hacer lo que te pido" susurró el ángel extendiendo su mano forrada de anillos de oro y piedras preciosas.
Y Richard la tomó sin dudarlo.
Después de todo ¿Qué más daba la vida de Samantha Carson?
Y así fue, paciente y silencioso, le propuso matrimonio y ella aceptó.
La tuvo entre sus brazos, deleitándose con la desinteresada entrega, el hielo derretido de sus ojos claros.
La tenía entre sus manos, por completo a su merced y nada le impediría cumplir sus sueños.
Y entonces, cuando el día llegó, ese viaje a Nueva York donde su plan se vería culminado, donde todos sus sueños se volverían realidad. Todo salió de acuerdo al plan.
Mientras veía con deleite como la desesperación y la locura se apoderaban de los hermosos ojos de su prometida, algo, alguien, se interpuso.
El demonio.
Tal y como había dicho Sariel bajo el disfraz de Linette Blackwood, el demonio que le había arrebatado todo se presentó en ese momento.
Y cayó en la trampa que tan meticuloso el ángel planeó.
El demonio pactó con Samantha Carson, a costa de algo tan ridículo como una venganza que jamás se cumpliría, a costa de la vida de Richard Daniels.
Ah, qué irónica era la vida.
Y ahí estaban, a casi un año desde ese momento, juntos, era el fin.
Lo que tanto había deseado estaba ahí, frente a sus ojos, la frívola Samantha Carson reducida a un ser tembloroso e inestable.
¿Quién diría que sería tan divertido destruirla?
Que su expresión destrozada, incrédula, le causaría tanto placer…
Que su angustia fuera tan deliciosa…
La tenía toda para él, honesta y emotiva, rota y desesperada, justo como había tenido a Linette bajo sus manos, a la periodista entrometida y la jefa de policía tan terca.
La tenía ante sus pies y jamás le había parecido tan hermosa, jamás la había deseado tanto como en ese momento, mientras su convicción y su valor se deshacían.
La mataría, tal y como le prometió a Sariel, hundiría la hoja de su cuchillo en el pecho de su prometida.
Le arrancaría la vida y se quedaría con todo.
La amaría de esa forma en que ella amaba el escribir sobre asesinos y criminales.
La haría suya.
Sólo suya.
Y nadie, ni el maldito demonio, ni Lance Riddle iban a evitar que cumpliera su meta.
.
.
Es él.
Richard…
Richard Daniels.
¿Por qué…?
—Me encantaría que nos pusiéramos al corriente, mi amor. Pero la verdad es que no tenemos tiempo —se burla, con una gran sonrisa en los labios que me revuelve el estómago.
No sé qué hacer ahora, quiero moverme y alcanzarlo, verificar que es real, pero estoy paralizada, mi cuerpo tiembla y me quedo sin aliento.
A mi lado, George se tensa, me sostiene e impide que me caiga al suelo. Pero frente a nosotros la visión es demasiado alarmante, las criaturas hechas de humo y oscuridad se acercan a nosotros hasta acorralarnos, y el fornido Paul no duda en apuntar directo al frente, hacia Richard.
Richard se acerca, sus ojos oscuros fijos en mí, tiene una sonrisa que desata el pánico en mi interior, casi puedo verlo sonreír de esa misma forma frente al cadáver de Frank y la idea me derrumba, me hace pedazos.
—No le disparen —consigo decir y mi voz es un lastimero sonido, un grito desesperado que apenas y reconozco.
Tan pronto lo he dicho, del alguna forma mi cuerpo ha encontrado la fuerza suficiente para avanzar, para deshacerme del agarre del guardaespaldas a mi lado e interponer mi cuerpo entre Paul y Richard, ante el cañón del arma.
La sorpresa y el desconcierto cruzan la expresión del siempre exánime Paul, su hermano, George, detrás de él estira una mano en mi dirección. No entienden qué es lo que hago, yo tampoco lo entiendo.
¿Por qué?
Miro directo a los ojos de Paul, Cosa 2, trato de entender, de encontrar la fuerza y la determinación necesarias para hacer un gesto, una seña, algo que pueda ayudarnos a librarnos de esta.
Y entonces ocurre, ese silbido que estuvo presente durante la noche de Navidad, el terrible pitido agudo que me hace contorsionarme del dolor.
Resulta extraño, que incluso las bestias amorfas parezcan afectadas por el ruido que inunda el ambiente. El agudo sonido hace que las bestias se retuerzan y emitan rugidos cargados de dolor. La habitación parece dar vueltas y me precipito de rodillas sobre el suelo. Los cristales rotos atraviesan la tela de mis pantalones, el dolor punzante en mis piernas no se compara en nada al agónico dolor de cabeza que me hace colapsar.
Mis manos detienen mi caída, los cristales se me encajan en las palmas de las manos, la sensación cálida y húmeda de la sangre brotando de mis heridas es todo lo que puedo percibir cuando el sonido se detiene de forma abrupta.
Frente a mí, a menos de medio metro de distancia, reposa el arma de Paul y no dudo antes de estirar los dedos y tomarla. Quiero aprovechar este momento de confusión, ya no importa quién sea o no Richard Daniels, si tengo que dispararle ahora para salvar la vida de Lance entonces lo haré.
Y me giro, me levanto, con toda la fuerza que me queda.
Richard está ahí, recargado contra el piano, recuperándose del horrible sonido, sus ojos oscuros se llenan de diversión cuando consigo levantarme y le apunto con el arma entre mis manos.
Él ríe, como si yo fuera una broma y no una amenaza, mi sangre hierve, mi corazón late con furia.
Siento la sangre escurrirse por entre mis dedos y quiero creer que esa es la razón por la cual tiemblo.
Quiero creer que es el dolor físico lo que empuja las lágrimas en mis ojos, si tan sólo jalara el gatillo ahora, tengo que hacerlo.
Richard…
Y antes de que consiga hacerlo, antes de que le dispare, algo ocurre, algo terrible se hace presente. El aire se vuelve espeso, una presión invisible se coloca sobre mi pecho.
Está ahí, algo tan inmenso que abarca en su totalidad el pasillo, puedo sentirlo sin siquiera verlo y la oscuridad que destila su imponente presencia, eclipsa por completo la luz de las lámparas. El aire vibra y junto con él los focos en las lámparas revientan. La lluvia de diminutos cristales nos envuelve, como si fueran copos de nieve, frágil hielo iridiscente.
Y entonces la oscuridad se hace presente, inunda la casa y por un segundo todo permanece en silencio, pero al instante siguiente el sonido estalla en una sinfonía desgarradora.
Las bestias de humo aúllan, enloquecidas, y el grito a mis espaldas me saca de balance.
Es Paul, el guardaespaldas, su voz desgarra el aire y hace eco en mi mente, el horror me invade y cuando volteo, cuando me giro para verlo, el arma ensangrentada se me escurre de los dedos.
Está ahí y uno de los demonios de humo y oscuridad lo arrastra de un brazo, sus fauces de puntiagudos dientes plateados se han encajado en el brazo de Paul y desgarran su piel, su sangre resplandece y hace un sonido húmedo que me revuelve el estómago.
El primer disparo agita a las bestias que nos rodean, el miedo comienza a asfixiarme y retrocedo, quiero gritar, pero mi voz me ha abandonado y las lágrimas se me escapan sin que pueda evitarlo.
Es como estar dentro de una pesadilla, volver a la noche de Navidad, a aquel terrible recuerdo de la fiesta de Halloween y cada imagen gira en mi mente, me golpea, me destruye y no consigo moverme, no consigo salir de la ilusión terrible, de la demencial lluvia de imágenes retorcidas.
—Mira lo que has hecho —su voz, salida desde el fondo de mi memoria se hace presente y acaricia la piel de mi nuca, siento una corriente caliente nacer de forma violenta en mi estómago, contengo la arcada, el grito.
La criatura suelta a Paul y George, Cosa 1, se prepara para volver a disparar.
—Que se detengan —consigo decir pero no sé si ha conseguido escucharme.
Detrás de mí, sus brazos me rodean, el filo helado de la hoja de un cuchillo acaricia mi piel y un violento sollozo escapa de mis labios.
— ¿Qué acabas de decir…? —susurra contra mi oído y las bestias rodean al par de guardaespaldas.
Puedo ver en mi mente cada una de las imágenes del collage, los cuerpos mutilados, a Susan sobre la mesa de la morgue, la sangre de Evelyn bañándome, la caja con los restos de Anelisse Barton.
No.
Nadie más va a morir por mi culpa.
Nadie.
—Detente —grito con voz estrangulada, el dolor oprimiendo mi pecho.
Y eso basta para que las bestias desaparezcan, para que dejen a Paul y a George en paz.
La sangre brota a raudales del brazo herido de Paul, sin embargo, a ninguno de los dos parece importarle y tan pronto se ponen de pie, se imponen de forma amenazante. George apunta directo a mis espaldas y la determinación chispea en sus ojos avellana.
—No disparen —repito y puedo escuchar la voz de Simone retumbando en mis oídos, no me estoy rindiendo, pero no voy a dejar que salgan heridos por mi culpa.
Ambos me miran llenos de duda, la carcajada de Richard provoca que el odio me llene, una fuerza demoledora, animal, se retuerce en mi pecho y antes de moverme, antes de dejar que ese sentimiento oscuro y espeso tome el control de mí, le hago una seña al par de guardaespaldas.
Muero de miedo, estoy aterrada, pero ya no voy a dejar que mi miedo me supere, no puedo permitírmelo ahora cuando el menor error de verdad conlleva la muerte.
La comprensión ilumina los rostros de Paul y George, George levanta su arma, sin dudarlo y me apunta directo al pecho, entonces yo me muevo, aprovecho el temblor en el agarre de Richard y me impulso con toda mi fuerza para apartarme de él y darle un codazo en la mandíbula.
El cuchillo cae contra el suelo, el sonido del metal contra los cristales rotos y estoy por echarme a correr cuando el disparo se produce. La bala me roza el hombro, pese a las capas de ropa, es como un pinchazo, un mordisco y me quema la piel, me hace retroceder, caer contra el suelo y todo ocurre tan rápido, en cuestión de segundos.
Tan pronto la bala llega a su destino, al brazo derecho de Richard, el piso comienza a sacudirse.
Paul se acerca a mí y me apresuro a levantarme, ésta es la oportunidad que necesitamos, aprovechar el caos del momento para que ellos puedan escapar, para que pueda llamar a Sebastián y todo esto termine de una vez.
Sin embargo, cuando consigo levantarme y George me escuda detrás de él, me preparo para correr, prendada del brazo sano de Paul, cuando ocurre.
Es una explosión carmesí, como si un globo lleno de pintura roja acabara de estallar a centímetros de mi rostro.
El ruido de su cráneo, los huesos quebrándose, las fauces de las bestias que se hunden en la carne cálida, caliente, el líquido que me empapa la cara y el grito que me desgarra la garganta, el eco de su cuerpo decapitado cayendo en mitad de la estancia.
Otra vez.
Mis rodillas tiemblan, el calor abandona mi cuerpo y el miedo me parte por la mitad, desgarra mi pecho y revienta con la misma horrorosa violencia, me derriba y no puedo dejar de gritar.
La risa de Richard me empuja directo al abismo, su risa, mis gritos, es como una retorcida sinfonía que se repite sin descanso, la voz de Evelyn, la voz de Frank, los gritos de mis sobrinos durante la noche de Navidad. Todo da vueltas, nunca ha dejado de girar, nunca dejará de girar.
Nunca.
—¡Mira lo que has hecho! —repite entre carcajadas, extasiado, sus ojos oscuros son un pozo sin fondo, rebosantes de locura, de satisfacción.
—Mataste a alguien, de nuevo —se burla y no sé en qué momento las lágrimas han vuelto, escapan sin control alguno, corren libres por mis mejillas—. ¿Es que no te cansas de arruinar la vida de los demás? ¿Cuántas personas más deben de morir por ti? ¿Cuántas vidas más vas a tomar antes de morir? —dice entre carcajadas, el veneno en su voz perfora mi alma, destaza mi corazón.
Todo da vueltas, todos los rostros, todas esas personas, ese listado de cuerpos.
Es mi culpa.
—Mírate, siempre tan frívola y distante, pero le estás llorando a un simple sirviente ¿No es eso muy irónico, no es eso hermoso? —jadea y quiero abalanzarme contra él, quiero hundir el cuchillo en su carne, quiero hacerle lo mismo que le hizo a Susan Rallye, lo mismo que le hizo a Simone.
Quiero destruirlo.
Y ya no importa quién sea, ni quién fue, ya no importa el pasado, lo que hubo entre nosotros. Todas sus mentiras y las mías.
Quiero venganza.
—Voy a hacerte mía, cariño, te haré lo que siempre he querido hacerte y luego despellejaré vivos, a cada uno de tus malditos familiares —sentencia y gruesas lágrimas de impotencia me arrancan lo que queda de cordura.
No.
—Te daré todo lo que quieras, todo el dinero, el poder que se te antoje, sólo para, por favor —suplico con un nudo en la garganta, el miedo que me zambulle en una espiral infinita—. Déjalo ir, no les hagas nada, yo soy lo que quieres ¿No? Te daré todo lo que tengo, sólo déjalos en paz —me preparo para lo peor, para una risa colmada de burla, pero en cambio recibo una mirada cargada de triunfo, una sonrisa radiante.
Esto era lo que quería, puedo sentirlo, puedo verlo en sus ojos.
Humillarme, destruirme, quedarse con todo.
Siempre lo quiso y jamás me di cuenta hasta ahora.
Qué estúpida.
Idiota.
.
.
.
Lance Riddle observa al demonio al volante, la expresión imperturbable de Sebastián Michaelis, la angustia inunda el pecho del detective y le impide respirar con normalidad.
En la cima de la colina, al centro de la rotonda del camino, la casa se levanta imponente bajo la luz rosada del atardecer. Las ventanas de la casa cubiertas de pintura negra son como ojos vendados, el silencio se cuela, peligroso, asfixiante por el aire antes de que un estruendo cimbre la tierra, un sonido apenas perceptible que golpea al demonio y al detective como una tormenta.
El auto derrapa con violencia, Sebastián pierde el control, Lance se aferra a su asiento y el grito del shinigami de rojo es un sonido agudo y aterrorizado.
El auto se detiene mucho antes de llegar cerca de la casa, derrapa, da una vuelta sobre sí mismo, como si un ente invisible y poderoso empujara el automóvil como si se tratara de una lata vacía, estampándolo con brutalidad contra un árbol a un costado del camino.
El demonio gruñe, con los ojos encendidos y las pupilas rasgados, el bosquejo de los puntiagudos colmillos se asoma entre su boca pálida y sale del automóvil destrozado sin ningún esfuerzo.
Puede sentirlo en el aire, el olor a sangre, mucha sangre, que proviene de la casa, El aroma inconfundible, estremecedor, de la sangre de su contratista, el olor de su miedo, desesperación.
Ira.
Al demonio no le importó en lo más mínimo verificar si Grell, el shinigami de rojo, se encontraba a salvo, su atención se enfocó de inmediato en auxiliar a Lance Riddle a salir del automóvil, a verificar que el muchacho de los ojos grises siguiera vivo y entero.
Había cometido demasiados errores, impropios de un ser de su naturaleza, pero Sebastián estaba más decidido que nunca a cumplir con la promesa que le había hecho a Samantha Carson. Mantendría con vida a Lance Riddle sin importar lo que pasara.
No lo dejaría morir.
Lance Riddle no podía morir, no lo permitiría.
Y por suerte, había conseguido desviar el impacto del choque para que al detective novato saliera ileso, salvo un rasguño en la frente de donde sangre fresca continuaba brotando.
Lance, aturdido y adolorido se apoyó contra Sebastián, el peso del arma cargada oculta bajo la cinturilla de su pantalón, el sabor amargo de la preocupación en su garganta, el miedo aferrándose a sus entrañas.
Tan pronto el muchacho recobró el aliento, se pusieron en marcha sin importar las escandalosas quejas de Grell Stucliff.
El shinigami de rojo dejó a un lado su indignación al mirar cómo es que Sebastián Michaelis se alejaba inmutable en compañía de Lance Riddle, trabajando juntos con el único fin de salvar a una mujer.
Qué irónico podía ser el destino, que terrible, trágico y desgraciado podía ser.
Como dios de la muerte, segador de almas, había presenciado cosas insólitas a través de su longeva existencia. Pero hasta ahora no había presenciado algo como eso.
Un demonio condenado, y su condena era humana, frágil y efímera.
Y entregaría sin dudar a su contratista a un humano igual de frágil, igual de fugaz.
Ahora entendía la carcajada que Undertaker soltó cuando el demonio y el detective se presentaron aquella mañana en la morgue, ahora comprendía también por qué es que el legendario shinigami de cabello blanco parecía tan interesado en Samantha Carson, porque es que su querida Lily temía tan ardorosamente por el destino de su hija.
Grell suspiró lleno de melancolía, Lilian Carson era un recuerdo tan agridulce, seguía sin creer que el arrogante mocoso de hace cien años reencarnara en una mujer tan dulce y divertida. Pero eso era cosa del pasado, sin importar que aún doliera.
Sin importar que esa sensación fatal volviera a llenar el pecho del shinigami de rojo, al revisar su libreta y el registro invariable, inequívoco, presentara un nombre, una pérdida irrecuperable.
No importaba ya el nombre ni la persona, por muy doloroso que resultara, después de todo ese era su trabajo y recogería el alma de todo aquel que apareciera en el registro, sin importar de quién se tratara.
—Grell ¿Vas a venir o no? —gritó el muchacho de los ojos grises, Grell le dedicó una sonrisa llena de diversión, dejando de lado la muerte, porque el cortar con su sierra unos cuantos demonios siempre sería muy divertido.
Y ver a Sebastián Michaelis en acción, en medio de una sangrienta batalla siempre resultaría todo un deleite.
Grell se aproximó correteando al par de hombres frente a ella, sonriente, con su guadaña en las manos y una mirada felina en sus ojos de un exótico tono de verde. No importaba lo que pasara ahora, le había hecho una promesa a su querida Lily, mantendría a salvo a Samantha Carson y haría todo lo posible por proteger al joven detective.
Fue entonces, mientras se aproximaban a la casa, que ese molesto sonido volvió a hacerse presente, un silbido, un grito sobrenatural, la inequívoca advertencia de que algo los esperaba al interior.
Los tres, demonio, shinigami y humano se miraron entre sí por un momento. La verja está abierta, no hay nadie que vigile la entrada y apenas tocar la puerta principal está cae rendida levantando una humareda de polvo.
El olor inconfundible de la muerte los recibe apenas entrar, la pestilencia propia de la carne en descomposición, la fragancia inconfundible de la sangre fresca, el ligero hedor sulfuroso que desprenden las criaturas del infierno. El silencio que gobierna el inmueble, las tinieblas turbadas por la escasa luz del exterior, dentro es como si una tormenta hubiera barrido por completo la casa. Cristales rotos por todas partes, como un manto de nieve nacarada y peligrosa. Un río escarlata que fluye por el corredor, la bruma que se alza como un ente viviente y trepa las paredes, como si la casa fuera una escena típica de las fosas del infierno y no de un hogar humano.
Sebastián podía sentirlo, mucho antes de que entraran a la casa, el vago y familiar ardor que acompañaba el aire, la presión asfixiante de una presencia mucho más allá de lo humano, un ser antiguo, milenario; con un poder monstruoso y ni una sola pizca de piedad. Un ser tan astuto y poderoso como para ocultar su apabullante presencia en el mundo mortal.
Era normal para un ser de la naturaleza de Sebastián, el conocer de sobra el rastro inconfundible de la criatura que ahora moraba entre la oscuridad de la casa, pero además de eso, un recuerdo del pasado, de hace cien años se hacía presente y parecía salir de las entrañas del demonio otorgándole la fatídica conclusión.
Un ángel.
Y no un ángel cualquiera, un ángel exterminador, un arcángel, uno como al que hace cien años había enfrentado y asesinado. Y ahora, las cosas parecían mucho más claras y sin embargo, mucho más peligrosas.
¿Qué hacía un ángel acechando a su señorita, qué podría querer una criatura como ésa de Samantha Carson?
No importaba la razón, pues mientras se adentraban en la siniestra escena, caminando por la casa en ruinas, de nueva cuenta el grito sobrenatural, aquel agudo chillido se hizo presente.
El demonio observó cómo es que el joven detective, Lance Riddle, se doblaba sobre sí mismo, perdiendo el aliento y presa de un dolor insufrible.
Sin embargo, tanto el propio Sebastián como Grell no parecieron afectados en lo más mínimo por el sonido.
Era el ángel, anunciando su presencia, el sonido extraterrenal de la quinta trompeta.
El nombre milenario vino a la memoria del demonio, de un tiempo remoto, de cuando la oscuridad reinaba sobre la tierra y la vida humana ni siquiera se pensaba. La figura que emergió de las sombras, en mitad del salón, se asemejaba al sol brotando de las aguas de un mar oscuro, coronada de joyas y artilugios de oro, brillante y mortífera, la criatura que asumió la identidad y la piel de Linette Blackwood.
Un ángel.
Se posó sobre el charco oscuro de pestilente sangre coagulada, desplegando sus alas de plumas blancas y doradas, la vaga imagen del rostro de Linette continuaba fundida a sus facciones inmortales, con todo su encanto, ojos de un purpura vibrante, labios contraídos en una sonrisa llena de placer y a sus faldas un pequeño ejército de monstruos luchaban por un cúmulo de restos humanos.
Sebastián pudo reconocerlo, en el preciso momento en que el sonido letal cesó, la piel desgarrada de un fornido torso, era uno de los guardaespaldas, y estaba seguro de que si buscaba un poco más por la casa encontraría otro cadáver.
Y aunque el shinigami y el demonio permanecieron exánimes ante los restos, Lance Riddle, el humano y frágil, observó horrorizado como las bestias de humo y oscuridad engullían lo que alguna vez fue un cuerpo humano.
El ángel observó curioso al humano, pero el poco interés en Lance lo perdió al instante en que fijó su vista sobre el demonio de cabellos negros y ojos rojos como la sangre.
Sebastián Michaelis.
Ahí estaba, a su merced, tal y como lo había planeado.
Entonces Sariel, la criatura que suplantó a Linette Blackwood por más de un año, alzó su garra de oro y diamantes, divina, y les ordenó a los demonios que atacaran.
.
..
Está aquí, su voz, su olor, puedo sentirlo antes de verlo.
El grito que lleva mi nombre, el temblor que invade mi cuerpo y la terrible angustia, el miedo que retorna desde las profundidades para devorarme.
Lance.
Apenas y entiendo qué es lo que ocurre, apenas consigo comprender cómo es que de un instante a otro las cosas cambian por completo.
Primero estoy ahí, con Richard sobre mí, con el terrible adormecimiento jalándome y la rabia ardiendo en la boca de mi estómago. Los ojos oscuros de Richard Daniels se muestran a como son de verdad, la locura, el odio, una obsesión enfermiza que por tanto tiempo comprendí erróneamente como deseo, como amor. Está ahí, estoy por completo a su merced y por más que trato de luchar su fuerza me reprime, mis golpes no le hacen nada, pero los suyos me llevan al borde de la inconsciencia.
Y entonces ocurre, mientras sus repulsivas caricias recorren mi cuerpo. El grito de un disparo, el eco de su voz llamándome.
La sangre que me salpica en un torrente cálido, un grito ahogado.
Richard se aparta de mí, su cuchillo se resbala y lo veo retorcerse, gritar por el dolor. De inmediato me aparto, la ensoñación dolorosa se esfuma en cuanto lo veo en la puerta de la habitación.
Es él.
Es Lance y una tormenta de emociones me estruja el pecho, invaden mi corazón.
No hay tiempo para nada, Lance me levanta de un movimiento brusco y me obliga a correr. Los gritos de Richard no cesan y la adrenalina inunda mi sistema, mi corazón martillea contra mi pecho.
Quiero gritar, quiero gritar hasta no poder más. Pero me contengo, me aferro a la mano de Lance, al calor de su piel, a la visión imposible de él salvándome.
Ya no importa por qué está aquí, expuesto al peligro, ya nada importa, está aquí, está bien… está vivo…
Y quiero mantenerme atada a este momento, sin importar lo horribles que son las circunstancias, porque lo siento en mi pecho, mientras la casa tiembla y las paredes crujen. Quiero seguir aquí, en la realidad, en el mundo real, donde su mano toma la mía y no volver a ese abismo, ese infierno, donde la muerte me persigue y la sangre llueve, los cadáveres danzan.
Es entonces cuando una violenta sacudida se hace presente, el piso tiembla en el momento en que comenzamos a bajar la escalera, el movimiento nos empuja de un lado a otro, la casa cruje y una nube de polvo se alza. La caída es inevitable, la fuerza con la que se estremecen los peldaños nos derriba, Lance cae delante de mí y su mano me arrastra consigo, rodamos en los escalones hasta caer contra el suelo del recibidor.
Los cristales rotos se encajan en mi piel como un centenar de afiladas agujas, Lance queda sobre mí y jadeante trata de recuperar el aliento. Estoy aturdida, muy aturdida, mi cabeza punza, el dolor estalla en mi espina dorsal y siento el sabor metálico de mi propia sangre inundándome la boca.
No sé a qué se deba, si me he llevado un mal golpe o son consecuencia de los golpes de Richard en mi rostro. No lo sé, sólo sé que debo de ponerme de pie, que tengo que sacar a Lance de éste lugar, ponerlo a salvo.
Tengo que hacerlo.
Me remuevo y lucho por gritar, por moverme.
Lance me mira con una pesada bruma como un velo sobre sus ojos grises, una sonrisa divertida se le escapa y me arden los ojos, cómo mierda puede sonreír en una situación como ésta, idiota.
Pero su gesto me da un poco de cordura, un poco más de fuerza y cuando Lance rueda sobre su costado, pese a que mi cuerpo tiembla consigo incorporarme, comenzar a levantarme sin importar que el movimiento me desgarre la piel debido a los vidrios rotos que tapizan el suelo.
—Es Richard —jadeo mirando a Lance a los ojos, pero él no parece sorprendido, su sonrisa tiembla y consigue ponerse de pie, extiende una mano en mi dirección y mi pecho grita, mi corazón vuelve a desgarrarse.
—Tenía mis sospechas —susurra y el nudo en mi garganta retorna, el odio bulle en mis entrañas, pero no tengo tiempo para nada, tomo su mano, ya nada importa.
Él está aquí, él está aquí y no puedo dejar que le pase nada. Tengo que alejarlo de esto, tengo que alejarlo de mí, la advertencia en el mural retorna, gira en círculos dentro de mi mente, la idea me apuñala, acuchilla mi cerebro.
Si algo le pasara…
Y el disparo desgarra el aire, es como la apertura de una pieza musical, tan pronto el disparo se escucha el rumor proveniente de las sombras se convierte en un coro de gritos, aullidos que me erizan la piel, que reavivan el miedo vorágine.
Lance me jala, el miedo me paraliza, consigo ponerme de pie y el temblor en su mano me hace reaccionar. Necesito ser valiente ahora, no importa nada, tengo que sacarlo de aquí, tengo que…
Pero los monstruos surgen de las tinieblas, nos rodean, filas de dientes que chorrean sangre, brillantes ojos como gemas, nos rodean como una muralla que se hace cada vez más alta, más cercana.
Lance me protege detrás de su cuerpo, pero todo él tiembla, puedo sentirlo, el miedo que lo carcome, puedo ver el momento exacto en que una de esas bestias acabó con la vida de George. Y aunque mis pensamientos están matándome, consigo la fuerza necesaria para arrebatarle el arma a Lance y disparar directo a uno de esos monstruos.
Las balas los atraviesan, es como disparar a la nada, sólo chillan pero no retroceden, no les afecta en lo más mínimo y continúan acercándose. Puedo oler el aliento pestilente de las bestias, huele a sangre, a carne putrefacta, a muerte.
Se preparan para atacar, como panteras rabiosas listas para saltarnos encima.
Rugen como poseídas y Lance tiembla contra mi cuerpo, sus brazos me rodean, he vaciado el arma y el chasquido metálico retumba en mis oídos. Las lágrimas amenazan con escapar, la impotencia me devora, el dolor me atraviesa, el miedo, pero no temo por mí, temo por Lance.
Voy a morir.
Pero no voy a morir así, no voy a morir y a llevarme a Lance conmigo, No voy a dejar que muera por mi culpa, no.
Y aunque Lance me abraza contra su cuerpo, encaro a las bestias, no sé qué puedo hacer, no sé ni cómo moverme, pero no voy a rendirme con él aquí. No voy a dejarlo, no voy a escapar.
Ya no más.
Justo cuando uno de los monstruos levanta su garra de humo por sobre mi cabeza, un potente rugido, un grito de guerra, intercepta a la bestia. Es como un machón negro, brillantes chispas escarlata, la marca del contrato arde al rojo vivo.
Sebastián.
—¡Corre! —grita entre un rugido animal, feroz destroza un cúmulo de oscuridad y aunque parece muy herido, aunque la sangre gotea de su cuerpo, no me detengo a mirarlo más.
Mis piernas se mueven por sí solas, mis manos se aferran a las de Lance y nos encaminamos directo a la puerta principal, cuando un nuevo temblor sacude la casa y el crujir de la estructura dispara las alarmas en mi mente.
Lance me jala justo a tiempo, mientras la escalera se desborona bloqueando la puerta principal. La salida está bloqueada, Sebastián gruñe enfrascado en la pelea con el ejército de monstruos que lo rodean.
Me giro a toda velocidad, sin soltar la mano de Lance, lo sujeto con fuerza y lo guio internándome en las entrañas de la casa.
El salón principal es un desastre, todo está a oscuras y aunque no puedo ver conozco bien mi propia casa, sé bien por donde moverme. Cruzamos frente al piano de cola, cuando un nuevo temblor se hace presente, un movimiento que nos tumba al piso, el eco de un grito parte mi alma en dos y las luces se encienden entonces, la luz me ciega por eternos segundos.
Me aferro a Lance, incapaz de moverme, el movimiento nos estampa contra el piano y la tapa cae con violencia, el ruido de las finas teclas provocado cuando Lance recarga su peso contra ellas.
El temblor cesa, Lance y yo nos movemos a tropezones, aturdidos, machacados, lo guio hacia la cocina, si podemos salir por ahí y llegar al patio trasero entonces él estará a salvo.
Puedo hacerlo.
El sonido vuelve, ese zumbido que me taladra los oídos, que se siente como un cuchillo clavándose en mitad de mi cerebro, el dolor es insoportable, me destroza y Lance grita, yo también grito.
Es entonces cuando ocurre, el zumbido que nos hace añicos, el calor espontaneo y abrasador, algo huele a quemado y en la cocina una luz incandescente se aproxima a nosotros.
No sé qué sea, pero entiendo en ese momento que el doloroso sonido proviene de esa luz. Lance tira de mí, me arrastra en dirección al pasillo y aunque el sonido perdura conseguimos alejarnos.
El ruido de una maquina surge en la cocina, justo en el momento en que Lance empuja la puerta de la biblioteca. La biblioteca nos recibe con estanterías destrozadas, libros desbaratados, todo está destrozado con excepción del sofá en el centro de la habitación. Lance atranca la puerta detrás de nosotros y aprovechamos el momento en que el sonido se detiene para recargar el arma.
—¿Qué mierda haces aquí? —estallo presa de la histeria, la ansiedad me desborda, no puedo contenerme, no puedo parar— Se supone que estarías lejos, que tú… —jadeo y me vengo abajo, mi respiración se agita y lucho por no ceder ante el temblor en mis piernas.
Tengo un ataque de pánico, tengo un jodido ataque de pánico en este preciso momento, mierda.
Y vienen como un diluvio, las mujeres muertas, Susan, Anelisse, Evelyn, sus voces me torturan, gritan mi nombre y claman sangre. Los ojos de Frank retornan del abismo en mi memoria, opacos y muertos, la sangre de los guardaespaldas tiñendo mis manos.
—Te prometí que no te abandonaría —su voz me jala lejos de mi propia mente, sus manos cálidas sostienen mi rostro y me obliga a mirarlo a los ojos—. No voy a dejarte, no importa cuánto te empeñes en que lo haga, no voy a irme —susurra y su aliento acaricia mis labios, sus ojos como la plata líquida me envuelven, son como un bálsamo, una corriente cálida que aleja el frío de mi piel, que resana las heridas en mi alma.
—Eres un idiota —sollozo con la voz rota y me dedica una pequeña sonrisa, me limpia las lágrimas con las yemas de sus dedos.
—Tú eres la idiota ¿Quién te crees que eres, eh? —su voz tiembla, sus labios acarician los míos pero no deja de mirarme— ¿Quién mierda crees que soy? ¿Pensabas que podías decirme que me amas, hacerme el amor y luego abandonarme para poder matarte tranquila? Oh no Samantha Carson, no soy de esos a los que les basta una sola noche, no puedes sólo hacer eso y pretender que no voy a ir detrás de ti a la mañana siguiente. Me rompiste el corazón, pero eso no cambia nada, te amo, te amo y no voy a quedarme de brazos cruzados a esperar a que desaparezcas para siempre, no puedo —une su frente a la mía, sus manos tiemblan, también tiemblo.
Me besa entonces, sus labios encuentran los míos, es un gesto dulce pero desesperado, una caricia tortuosa que extingue el miedo, el calor me embarga, ya no hay dolor.
Es sólo un segundo, un segundo donde algo que creía haber perdido desde hace tanto resurge, nace en mi corazón, como una chispa, una llama, que me cobija, no me consume.
— ¿Qué se supone que tengo que hacer ahora? —susurro cuando Lance me suelta, sus manos se deslizan a mis hombros y me aprieta con fuerza.
—Ven conmigo —suplica con los ojos vidriosos y una sonrisa enorme entre los labios—. Ven conmigo, escapemos juntos ahora. Esto no lo vale, ni la venganza, ni Richard Daniels, por favor, ven conmigo. Podemos hacerlo, podemos ser felices, podemos estar juntos… —suena tan sincero, es tan conmovedor y aunque la marca en mi espalda aúlla en respuesta, sé por primera vez en mucho tiempo que en realidad eso es lo que quiero.
Quiero hacerlo.
Y digo que sí, digo que sí, su sonrisa me contagia, sus brazos me envuelven y me estrechan contra su cuerpo, el dolor se esfuma, Lace me besa y por primera vez en mucho tiempo de verdad soy feliz.
Soy feliz.
Y un disparo acaba con todo.
Ocurre a cámara lenta, cuando sus labios se despegan de los míos, el calor de su boca me abandona, se separa de mí con una sonrisa que me derrite. Y sus ojos, pozos de metal fundido, me miran con una infinita ternura, un amor que demuele los muros que por años construí a mí alrededor.
Todo ocurre en cuestión de segundos, primero estamos ahí, juntos, cuando el primer disparo llega y la sangre de Lance me salpica la cara.
El dolor viene, me muerde, sus garras me abren el pecho y me extirpan el corazón.
Y entonces viene otro, un segundo y un tercero antes de que él se desplome frente a mí.
Lance cae al piso y yo caigo con él.
La sangre se derrama, crea un mar rojizo a mis pies, duele tanto que no puedo gritar, no puedo ni respirar.
Le han disparado, le han disparado… le han disparado…
Lance…
No…
No, no, no, no, no, no, no…
No.
NO, NO, NO, NO, NO, NO, NO, NO, NO, NO, NO, NO, NO, NO, NO, NO, NO, NO, NO, NO, NO, NO, NO, NO, NO.
—¡LANCE! —grito y mis manos toman su rostro, el dolor me aniquila, el llanto me asalta.
Y Lance Riddle, mi mejor amigo, la persona a la que siempre he amado pero nunca tuve el valor de admitirlo; se desangra entre mis brazos.
Me sonríe, una sonrisa de labios ensangrentados, una sonrisa que me quiebra, que perfora mi alma y me destruye.
—No —gimo desesperada, no puedo pensar, no sé qué hacer, tengo que… tengo que…— Lance…
—Mírame —jadea y la sangre escurre de su boca, con una mano me acaricia la mejilla, con la otra sostiene una de mis manos y la aprieta con delicadeza, con una ternura que me hace trizas.
Y lo hago, lo miro, miro sus ojos, espejos de plata, siempre ha tenido unos ojos hermosos, siempre ha tenido esa mirada dulce y cálida…
—Voy a sacarte de aquí —le aseguro aunque mi voz es irreconocible, tiemblo, no puedo parar de temblar—. Lo juro Lance, voy a sacarte de aquí y estarás bien… estarás bien… —sollozo y una sonrisa temblorosa se extiende en sus labios.
Niega con la cabeza, su mano en mi mejilla se hunde en mi cabello, me toma por la nuca y me obliga a acercar mi rostro al suyo.
—Te amo —susurra contra mi frente, tiene los labios húmedos, fríos y lloro con violencia, jadeo contra su cuello, escucho el latir fatigado de su corazón.
No.
Me abraza con toda su fuerza, y me aferro a su pecho, a su piel, cierro los ojos pero no puedo detenerme, no puedo dejar de llorar, no puedo dejar de gritar.
El dolor me estruja el corazón, lo exprime, como una fruta. Es como si me arrancaran la piel, como si me prendieran fuego, el aire se convierte en cuchillas que me desgarran los pulmones, es un dolor tan grande, tan absoluto, me rompe los huesos, me rompe entera.
Duele tanto, duele...
Tan sordo, infinito.
Duele con cada latido, con cada respiración, duele, duele.
Duele cuando el sonido de su corazón se extingue, cuando su pecho se desinfla y suspira contra mi frente.
Cuando trato de levantarme, su abrazo ha perdido toda la fuerza, sus brazos se deslizan de mi cuerpo, caen a sus costados, sus ojos están cerrados pero conserva la sonrisa, sigue sonriendo.
No puede ser… no puede estar pasando… no…
Y mi primer impulso, incontenible, es sacudirlo, como si sólo estuviera dormido, como si sólo fuera una mala broma y en cualquier momento fuera a abrir los ojos, se reiría y con ese aire bromista tan propio en él diría mi nombre.
Grito su nombre.
Pero no ocurre, él no despierta, Lance no reacciona, no despierta.
Se ha ido.
Se ha ido…
Está muerto…
Lance está muerto.
ESTÁ MUERTO, ESTÁ MUERTO… LANCE ESTÁ MUERTO.
Entonces me levanto, con el arma entre mis manos, pese a que el dolor está ahogándome, el odio encuentra una brecha, la ira se apodera de mis actos, no hay duda, sólo puedo escuchar las voces de los muertos clamando por la sangre de quien les ha matado.
Richard Daniels está ahí, aún con el arma levantada, sus ojos oscuros rebosantes de gozo, de locura. Me sonríe y deja caer el arma.
—Te dije que sería el siguiente —conviene con una pequeña carcajada.
Lo interrumpo entonces, levanto el arma en su dirección y disparo.
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El demonio ruge, vuelto una bestia, batido en oscuridad, en destrucción.
El shinigami que lo acompaña blande su guadaña contra la luz que los embiste.
El ángel es despiadado, se escuda tras las bestias que ha convocado, embate con furia, ataca a matar.
Pero entonces algo ocurre, se escuchan disparos desde la biblioteca, tres, uno tras otro y de súbito, el shinigami de rojo se detiene.
La mirada distante de Grell aturde a Sebastián, algo va mal, algo ha salido terriblemente mal y el dolor agónico que ataca al demonio, proveniente de la marca del contrato.
Lo gritos de Samantha Carson desgarran el aire, inunda el ambiente de un dolor que no posee nombre, una agonía que consume todo a su paso.
Sariel detiene su ataque, el ángel se queda de pie, como una estatua, vacío, indolente, sonríe. Las bestias de humo se mantienen expectantes, esperando una orden, cualquier cosa. Sin embargo, el ángel se mantiene en silencio, mira con atención al demonio, a Sebastián Michaelis, que se estremece comprendiendo lo que los gritos de la mujer significan.
Alguien ha muerto, se acabó.
Y la ira en el demonio se multiplica, sus pupilas se desgarran y una presión asfixiante se apodera del aire, el fuego surge entonces, una potente llamarada derramándose de las fauces del demonio en su verdadera forma. Va directo hacia el ángel, Sebastián quiere destrozarlo, pero en cuanto lo alcanza, la presencia divina de Sariel se esfuma, un destello de luz antes de que desaparezca.
La fuerza con la que el demonio se lanzó al ataque no puede frenarse, su figura inhumada impacta contra una columna de concreto, la columna se deshace como si fuera un pilar de arena y la casa entera gime, agoniza. Va a venirse abajo en cualquier momento.
Es entonces que una nueva serie de disparos se escuchan desde la biblioteca.
Sebastián se levanta de entre los escombros y cristales rotos. La marca del contrato arde, punza, en señal de agonía, se acabó.
Se terminó.
En su envoltura humana, el demonio se aproxima, corre en dirección a la biblioteca, la tensión, la ira, la angustia, son una ráfaga de sensaciones demasiados humanas que lo atormentan.
Y cuando llega, cuando abre la puerta, la imagen lo destroza, aniquila su marchito corazón, abre en dos su alma oscura.
Hay dos cuerpos, cadáveres, tendidos sobre el suelo de la biblioteca.
Richard Daniels, con múltiples impactos de bala en la cabeza y pecho. Muerto, destrozado, de la misma forma en que las mujeres que asesinó fueron encontradas. Su cuerpo no es más que un bulto sangriento recargado contra una estantería caída.
Pero no es el cadáver de Richard Daniels lo que paraliza al demonio. Ni siquiera lo que eso implica, la muerte de Richard Daniels era el meno de sus problemas.
El problema se encontraba ahí, en mitad de la biblioteca, entre los brazos de su señorita, su sangre brillante desparramada, manchando el mármol y las hojas regadas, los libros marchitos.
Lance Riddle, el joven detective, tendido, como si estuviera dormido, muerto.
Y su señorita, la frívola, inestable, distante Samantha Carson, abrazando su cuerpo, incapaz de parar de llorar. Por completo deshecha, rota, con el arma aún entre sus manos teñidas de sangre fresca, sus gélidos ojos siendo un mar de agonía, desesperanza.
Toda ella, envuelta en un dolor exquisito, llena de emociones dolorosas, de sufrimiento, rota.
¿Cuánto habría dado Sebastián en un inicio por verla de esa forma? Y ahora, ahora que por fin la veía como tanto deseaba, el demonio se dio cuenta de que eso no era lo que quería.
Tal vez se debía a que es vínculo prohibido entre ambos le transmitía a Sebastián una porción de la incalculable desdicha, el insoportable dolor. Tal vez se trataba de eso, de que su vínculo con su contratista le afectaba de una forma insospechada.
O tal vez se debía a que verla destrozada le afectaba de verdad, que verla de esa forma lo hacía sentirse miserable, le había fallado. Y estaba perdido, jodido, destrozado por ella.
O tal vez, ese sentimiento corrosivo, venenoso, que estaba arañándole el pecho y quemándole la piel, se debía a la imagen de Lance Riddle, el joven animado, el siempre sonriente y optimista, el humano que por primera vez en cien años volvía a llamarlo su amigo.
No lo sabía.
En cuanto pudo moverse el demonio avanzó en dirección a su contratista, Samantha Carson, la mujer que lo enloquecía, se estremeció, gimiendo de forma lastimera, como un animal herido que hace un último intento de defenderse. Ella no lo miró, pero sabía bien que Sebastián estaba ahí, podía sentirlo, a través del monstruoso vínculo que los unía. Sólo se quedó ahí, quieta, rota, incapaz de soltarse de Lance, incapaz de dejarlo ir.
Estaba muerto.
Y con él había muerto la última esperanza que su fatal y encantadora señorita resguardaba.
Los planes de Sebastián reposaban ahí, en el cuerpo sin vida del joven detective.
Y por más que ella gritara, por más que ella luchara por quedarse ahí, Sebastián sabía que tenían que irse, que no tenían tiempo, porque la casa se estremecía sobre sí misma y no tardaría mucho en venirse abajo.
Sebastián se despojó de su chaqueta, tomando a su señorita entre sus brazos, al espectro de esa mujer terrible que significaba la perdición absoluta. Ella gritó, gritó con todas sus fuerzas pero su voz era un eco, un sonido moribundo que sin duda le desgarraba la garganta.
Samantha Carson no dejó de moverse, de luchar, aferrándose con ambas manos a la persona que más amaba en el mundo. Pero sus golpes no significaban nada, las dolorosas contracciones de su cuerpo magullado, ni la mirada torturada en sus ojos claros, ya no significaba nada.
Era el fin.
Y con suma delicadeza, en un gesto solemne, el demonio cubrió con su chaqueta el cuerpo de Lance Riddle.
Ella se quedó quieta, mientras el ruido lejano de ambulancias y patrullas se acercaba, el calor del fuego que la ira del demonio había desatado comenzó a colarse por la puerta de la biblioteca, pronto el papel avivó las llamas y el crepitar del piso superior colapsando.
Sebastián tomó el sofá, como si no pesara nada, como si se tratara de una hoja de papel y lo arrojó con fuerza contra el ventanal. Los cristales estallan como una lluvia de diamantes, el demonio toma el cuerpo de Lance entre sus brazos y por sí sola, la pequeña mujer se pone de pie, sigue al demonio cuando salen de la casa.
Afuera, en la rotonda que guía a la casa, una ambulancia ya se ha instalado y el maltrecho guardaespaldas sobreviviente de la masacre, es atendido por paramédicos.
Es él, Paul, el primero en verlos salir de la casa, en el preciso instante en que la estructura se derrumba. La figura de negro, Sebastián Michaelis que con expresión ausente se aproxima en su dirección.
Carga entre sus brazos el cuerpo de un muchacho, con el rostro cubierto por la tela de su propia chaqueta, Sebastián no dice nada cuando los paramédicos y policías que han arribado a la escena lo interceptan, está herido, sí, sangre le mancha la camisa, pero no parece afectado por la gravedad de sus heridas.
Paul puede ver ese preciso momento, en que su señorita, la pequeña mujer a la que él y su hermano habían jurado proteger, camina temblorosa antes de caer de rodillas sobre la gravilla de la entrada.
Ella se desploma, como un peso muerto, de ojos gélidos y vacíos, una mirada torturada que mira sin ver a su alrededor. Ella se deshace y nadie parece notarla, es como un espectro, invisible y apagada, una llamarada extinta.
Y el único que repara en ella además de Paul, es Sebastián, su asistente.
Es él quien se aproxima y se arrodilla frente a ella, es él quien intenta brindarle algún tipo de consuelo a Samantha Carson, con las manos pálidas y desnudas, uñas negras y esa extraña marca en el dorso de su mano.
Se acera a su señorita, inclinándose en su dirección con el rostro contraído por una emoción desconocida.
Es entonces que la multitud impide que Paul pueda seguir viéndolos, las personas se congregan a su alrededor.
Pero Sebastián sigue ahí, de rodillas frente a ella, rendido, condenado.
Buscando en un inútil y desesperado intento que la sonrisa sincera de Samantha Carson volviera a adornar sus labios rosados, que su boca letal y tentadora dejara de gimotear, que sus ojos encantadores dejaran de reflejar ese dolor mortal, ese vacío que jamás podría recuperarse.
La deseaba, como siempre la había deseado, desde el primer instante, a ella y sólo a ella, pero de ella ya no quedaba nada.
El demonio acarició lentamente la piel salpicada de pecas, las mejillas de su señorita, sin rastro alguno del encantador sonrojo, del humano estremecimiento, ella se contrajo, ofuscada, ida.
Y con ambas manos en su rostro, Sebastián obligó a Samantha a mirarlo a los ojos.
—Ésta es el alma que siempre he buscado —susurra el demonio con una sonrisa afilada, misteriosa y los afilados colmillos resplandecen entre los finos labios—, repleta de desesperación, de dolor, que roza la locura, que desborda el éxtasis de un odio destructivo, rebosante de pecados y deseo, con una melancolía tan exquisita y desgarradora. —sonríe, el brillo violáceo de sus ojos, el bosquejo de la amargura oculta tras la mirada inhumana.
—Es mi última oferta señorita Carson —dice Sebastián acariciando con los labios la piel dolorida de su contratista— ¿Cuál es tu deseo? —preguntó el demonio, igual que un inicio, cuando la conoció por primera vez en esa terrible tarde de Abril.
Y sólo entonces los ojos aguamarina de Samantha Carson se atrevieron a mirarlo, esos mismo ojos que le habían visto sin miedo, sin nada, vacíos, por completo vacíos.
Ya no quedaba nada de ella.
—Mátame —suplicó, con la misma vehemencia con la meses atrás su espíritu furioso rogaba por ser salvada, por vivir—. Mátame, por favor —pidió con los labios temblorosos, los ojos brillantes.
Sebastián la miró por un instante, acariciando con delicadeza el contorno de su rostro, con los ojos de ese color inhumano, una mirada intensa, penetrante, colmado de un algo indescifrable, de un deseo incontenible, una ira destructora.
Ella era todo lo que deseaba, lo que siempre había buscado. Y todo lo que podía hacer era darle esa última pizca de misericordia. Un último beso, el beso de la muerte.
Y entonces la besó.
