¡Ey! ¡Autora al habla! Decidí que lo primero en compartir serían una serie de pequeños drabbles/viñetas/one-shots que escribí para el Writober 2020, así que por favor no sean demasiado duros conmigo ~ en este caso es el día 18 ("About your favorite color without naming it").

Nota: He decidido ubicar cronológicamente los siguientes eventos en ese espacio "perdido" dónde Tanjiro se encuentra entrenando y no somos conscientes de lo que ocurre con el resto de los cazadores. Es decir, aquí Tomioka ya le conoció a él y a su hermana pero no han hecho mella alguna en su psique, por lo que está completamente centrado en los eventos de su propia vida.

Disclaimer: Ni Kimetsu no Yaiba ni los personajes aquí presentes me pertenecen. Sin embargo, el contenido de este fanfic si es de mi autoría, por lo que queda estrictamente prohibido el plagio parcial o total del mismo.


Sólo por hoy

Apenas comenzaba a desvanecerse la fantasía cuando entendió, agotado, que era uno de esos días.

Dichosos, frágiles trinos resonaban por toda la habitación, anunciando la mañana y causando que un par de oscuros zafiros se desviasen del techo hasta la ventana más cercana. Ahí, sin la menor muestra de temor, cantaban un dúo de pajarillos castaños con manchas doradas. Giyuu los contempló en silencio, indiferente del pegajoso pasar de los minutos, centrado en tratar de empaparse de su existencia acogedora y simple...

Inútil.

Cerró los ojos, su aliento huyendo discretamente por entre sus labios en tanto reconocía aquella piedra estancada en el fondo del vientre. No había razones para sorprenderse de un pesar tan añejo, tan familiar. Pero tampoco podía ignorar la manera en que se aferraba a él, abrumándolo tras cada caminata por su pasado que el piadoso mundo de los sueños le otorgaba.

… ¿piadoso?...

… ¿en verdad debería llamarlo así cuando, tras ver su sonrisa, regresar a la realidad era la peor tortura?

Las aves huyeron cuando el Hashira del Agua apartó de golpe las sabanas y se puso en pie con brusquedad. También se arrepintió al instante de su descuido. Reprimió un gemido al tensar la mandíbula, dolorido no solo por la carga de aquel título en sus espaldas, sino por la feroz punzada que le atravesó desde su costado izquierdo. Esperaba que su impulsividad no hubiese roto algún punto o Shinobu le asesinaría.

Permaneció quieto en tanto el dolor remitía, contemplando con alivio como sus prendas continuaban tan blancas como al principio y agradeciendo hacia sus adentros que el resto de las camas se encontrasen desocupadas, que su presencia no fuese una molestia para heridos por ahora inexistentes.

"Inexistentes porque no permitiste que nadie te acompañara, así fuese un nido de demonios".

Volvió a apretar los dientes, ahora por el sabotaje que su propia mente creaba.

"Con esa herida, ¿a quién crees que engañas? No habrías podido protegerles".

Cubriéndose ligeramente el costado con una mano se apresuró fuera de la habitación, atravesando la Finca Mariposa con la urgencia de quien está convencido se quedará sin oxígeno en cualquier instante.

"Nunca has podido proteger a nadie".

En verdad… detestaba esos días.

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―Saltarte el desayuno en tu estado no es nada positivo, Tomioka-san ―indicó Shinobu, armada con una dulce y ominosa sonrisa―. ¿Por qué no regresas tranquilamente a tu cama como un buen paciente?

Todavía preso de un escalofrío, el azabache abrió la boca… y volvió a cerrarla a los pocos segundos. Sin variar su expresión neutral, comenzó a mover la cabeza de lado a lado en una suave negativa, incapaz de detenerse incluso si notó perfectamente como el ceño de la más bajita se fruncía.

―¿Cuándo menos piensas darme una explicación de por qué es más urgente esto que tu recuperación?

Ni siquiera pestañeó al responderle.

―No.

En honor a la verdad, Shinobu estaba muy cerca de desarrollar un tic por culpa de aquel hombre inexpresivo.

―Cuando menos pudiste simular que lo considerabas, Tomioka-san.

―… lo siento.

La joven suspiró, rendida, cerrando cuidadosamente un frasco de tinta antes de abandonar el asiento frente a su escritorio y encaminarse a la salida.

―Quédate aquí y compórtate. No tardaré.

No estaba seguro de que ella hubiese escuchado su tenue "gracias"… pero igualmente tendría que preguntarle al trío de pequeñas cual podría ser un agradecimiento apropiado. Ella siempre actuaba como si le detestara, pero en realidad era gentil y él lo apreciaba desde su incómoda y silenciosa naturaleza. En ciertos momentos se cuestionaba si su relación podría ser clasificada como "amistad" o incluso "familiar", pero no tardaba en abandonar aquella línea de pensamiento.

Cada Hashira estaba unido al resto por una determinación casi suicida, una que se encontraba más allá de las experiencias o la sangre. Y cada Hashira sabía que, en el preciso momento en que aceptó su nichirinto, su vida había dejado de pertenecerle.

Existían para proteger.

―… ¿hmh?

Meditaba al respecto cuando se percató del trabajo que había interrumpido con su petición egoísta.

Shinobu no se había preocupado en lo más mínimo en ocultar el cuadernillo repleto de notas y dibujos anatómicos que representaban a gran detalle la creación y consecuencias de su veneno más reciente. Giyuu no tenía la menor duda de que sería parte de la futura herencia de Kanao… pensamiento que causó un enganchar en sus entrañas todavía más encarnizado, aquel guijarro irritante transformándose en un peñasco áspero, labrado con una sola palabra: ¿Cuándo?

Existían para proteger. Pero eso no lo volvía más sencillo.

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De vez en cuando alzaba la mirada, contemplando esas algodonosas acumulaciones que vagaban libres, dejándose llevar por la primer corriente de aire que se topasen. En otros momentos la agachaba, perdiéndose en los destellos que el arroyo a su izquierda lanzaba entre gorjeos traviesos. No había crueldad en el sol de primavera, sus rayos más semejantes a una caricia tierna y cálida que a las puñaladas veraniegas, y el bosque burbujeaba de actividad, plagado de vivos sonidos.

Giyuu se permitió sonreír un mínimo, sus dedos entretenidos en acariciar los minúsculos pétalos de aquel modesto ramo. Hacía un tiempo maravilloso y tenía la certeza de que a él le habría encantado… aunque probablemente le habría obligado a entrenar en vez de pasear.

«―Ya estoy acostumbrada a la molestia que es Tomioka-san, así que reservé las más pálidas para cuando me las pi… ―inició Shinobu al regresar, interrumpiéndose al verlo derretido sobre su escritorio, mirando a la nada―… ese no es un buen sitio para dormir.

―… lo sé.

―Tomioka-san.

―… ¿sí?

―Estorbas».

En ciertas ocasiones Giyuu se preguntaba si en verdad la joven no le detestaba.

Alzó un poco más el ramo, permitiendo que el perfume de la lavanda despejase el turbulento flujo de sus pensamientos al contemplar a pocos metros el sauce llorón. Tenía una sombra extensa y fresca, y se encontraba al pie del arroyo, lo que le permitía observar los difusos reflejos del agua.

«―Tomioka-san ―la de nuevo apacible voz de Shinobu atrajo su atención cuando estaba a punto de atravesar la puerta. Fue suficiente para permitirle atrapar la esfera que ella le lanzó―. Es un regalo de Aoi. Me vio cortando la lavanda y me dijo que siempre le pedías uno en días así».

Acababa de apoyar la espalda contra el tronco cuando su mano libre sacó la fruta del pantalón. Su perfume era más dulce y tenue que el de las flores, tan delicioso que alborotó por unos instantes el nudo en su estómago. Pese al hambre, se limitó a repasar la pielecilla aterciopelada con sus labios, sin morderle, sin dañar de ninguna forma aquel objeto fugaz y preciado.

Los recuerdos de su hermana eran escuetos, uno de ellos siendo que Tsutako solía preguntarle cuál era su color favorito. Sus respuestas de niño evasivo se habían evaporado de sus memorias, pero tenía muy presente que le avergonzaba no sentir ninguna preferencia. También que tardaría años en entender que había dos colores en particular que aprendería a amar por sobre cualquier otro, inclusive si no les llevaba bordados en sus prendas.

Encogió las piernas, cuidadoso de no lastimarse a sí mismo, y volvió a acariciar los pétalos, esta vez con una cierta timidez, sumido en el callado asombro que le provocó verle por primera vez. Sus irises le atraían cuál magneto, no solamente por ese tenue color que no habría de encontrar nunca más en otra mirada, sino por la imponente determinación de no permitirle hundirse por otro segundo, de devolverle aquello que los demonios le habían arrebatado.

Sus sonrisas. Su familia. Su vida.

Abandonó cuidadosamente las flores, refugiando sus manos ahora heladas alrededor de la tibia fruta, encogiéndose, gravitando en torno a ella con una devoción tortuosa. Ninguna lágrima resbalaba por sus mejillas, pero eso no significaba que no se estuviese ahogando en el interior.

Él le había devuelto todo… y había sido incapaz de protegerlo.

―… desearía… tener mi haori aquí, tenerte más cerca… pero sería una vergüenza usarlo en este estado… ―murmuró con labios temblorosos, hombros caídos, de nuevo sintiéndose aquel niño enmudecido, indigno de los kanjis en su nombre, indigno de la vida que su hermana le concedió, indigno de siquiera compartir el mismo aire que él―. Tú… me golpearías y dirías que es… una terrible actitud para un hombre… ¿no es así, Sabito?

El sonido de su nombre causó grietas en el peñasco que encarnaba su angustia y atrajo tibias memorias acompañadas de risas agotadas, golpes de bokken y noches heladas de futones muy juntos. De miradas avergonzadas, carreras extrañamente fogosas y comidas invaluables con su maestro. De susurrar promesas, alzar el mentón e intentarlo una vez más.

Volvió a repasar la superficie del durazno con los labios, recordando el caos que solía ser su cabello y cómo nunca se animó a hundir los dedos entre esos mechones que podía contemplar sin motivos ni límites, todavía muy joven para ansiar más, para comprender los sentimientos que se expandían cada día, ocupando hasta el último espacio en su interior, y que confundía a menudo con cualquier otra cosa.

No había vuelto a ver a nadie con ese color de cabello, pero lo prefería de ese modo. La lavanda y el durazno tampoco eran copias perfectas de aquellos tonos reservados para sus sueños, para esos momentos en que cerraba los ojos porque todo dolía demasiado.

―… mi fuerza, mi rabia volverá. Continuaré luchando con esta vida que ambos me dieron y que ahora entrego a otros…

Llevó ambos objetos, flor y fruta, a sus mejillas, ansiando desesperadamente que alguna alquimia invisible pudiera transmutarles en un par de manos firmes, compasivas.

Que sus lágrimas fuesen recibidas mediante el puente de los dos colores en su alma.

―Así que… Sabito… sólo por hoy.


Notas extras: "Sólo por hoy" es uno de los lemas que usualmente los grupos de AA ("Alcohólicos Anónimos") utilizan en un intento de motivar a sus participantes. Cada día, estas personas deciden no beber por ese día y tras cada amanecer se renueva dicho esfuerzo. Me pareció adecuado... y a partir de aquí cada quién puede desarrollar sus propias conclusiones.

¡Hasta luego!