Disclaimer: los personajes de Twilight son propiedad de Stephenie Meyer. La autora de esta historia es iambeagle, yo solo traduzco con su permiso.


Capítulo 12

—Toc, toc —llamo mientras ingreso a la casa de Renée y Phil.

Liam está bajando las escaleras cuando cierro la puerta principal.

—Feliz cumpleaños, tonto.

—¿Qué me regalaste?

Le entrego una tarjeta.

—Dinero.

Se encoje de hombros.

—Genial, gracias.

La fiesta no es hasta dentro de otra hora, y encuentro a Renée en la cocina, terminando algunas cosas de último momento. Ella tiene una copa de vino blanco en una mano y con la otra se encuentra cubriendo la torta con glasé. Ella no cocina u hornea, y apenas usa el microondas, así que lo que veo me confunde.

—¿Qué estás haciendo? —pregunto con cuidado.

Ella suelta el suspiro más dramático.

—Liam quería que le horneara una torta este año.

—¿Por qué?

—No tengo idea. —Sacude su cabeza—. Pensé que ibas a usar el vestido que te compré —inquiere, señalándome con la espátula.

—¿Por qué pensarías eso?

—Porque es encantador.

Es un vestido rojo de manga tres cuartos, con unos volados en la cintura y un moño azul en el cuello. No es mi estilo en absoluto.

—Puede que lo corte y lo use como paño para los platos —le digo despreocupadamente mientras abro el refrigerador.

—No te atrevas. Es de Nordies.

Casi pongo los ojos en blanco ante el término que ella usa para Nordstrom.

—No me interesa de dónde es —digo, agarrando el queso en tiras—. Me hace parecer una marinera zorra.

—¿Zorra? —jadea.

—Apenas cubre mi trasero porque compraste una talla más pequeña.

Ella bufa. La amo, pero en los últimos doce años ella se ha vuelvo algo más sofisticada, gracias a Phil. Lo malo es que ella no tiene gusto (lo cual ella admite voluntariamente), y cree que, solo porque algunas cosas valen cientos de dólares, lucen bien.

Usualmente no es así.

—No finjas estar enojada. Me enviaste una foto antes de comprarlo y te dije que no era para mí —le recuerdo.

—Pensé que, si te lo probabas, te gustaría.

—Míralo tú misma. —Busco entre mis fotos y le muestro la que tomé después de probarlo.

—Dios, eso luce… espantoso. —Nos reímos juntas—. Mierda. Soy mala en esto, ¿no? —Suspira, terminando la copa de vino—. Gracias a Dios existen los diseñadores de interiores. Y estilistas personales. Y todas las personas a las que pago para que me ayuden a hacer cosas.

—Déjamelo a mí —digo, tomando la espátula para intentar arreglar su trabajo horrible.

—Pensé que traerías a alguien hoy —dice, estudiándome.

—¿Como quién?

Mi mente vuela hacia Masen y contengo una sonrisa. Pero, ¿cómo sería esa escena? Oye, mamá, aquí está el extraño que conocí en internet. Ella probablemente me mataría.

Pensándolo bien, probablemente estaría encantada. A ella le encanta esos reality shows donde las personas hablan en cápsulas sin verse. Ella definitivamente estaría emocionada de mi romance en línea. Phil estaría menos emocionado, pero se guardaría sus opiniones. Él ha sido mi padrastro los últimos doce años, y eso es genial. Pero sigue manteniendo su distancia, no quiere pasarse de la raya y ocupar el lugar de Charlie. A veces lo aprecio. Otras veces simplemente extraño tener un papá.

—¿Qué tal ese chico Jake? —pregunta Renée, y las ganas de sonreír se esfuman.

Ella solo sabe de Jake porque ella salió conmigo y con Jess a un happy hour hace unas semanas después de su turno en el salón, y Jess lo mencionó. Desde ese entonces, Renée no deja de nombrarlo.

—Ya no estoy viendo a Jake.

—Mmm. —Camina hacia el refrigerador, tomando la botella de vino—. Bien, creo que encontré una niñera para Liam —me dice, sirviéndonos una copa de Sauvignon Blanc para las dos.

Intento no reaccionar, pero por dentro estoy muriendo. Y no de la mejor forma.

—Genial.

—Si todo sale bien, ella puede comenzar al final de esta semana.

—La última que contrataste renunció después de dos días —le recuerdo.

—Esta tiene más experiencia, así que creo que estará bien.

Frunzo el ceño.

—Bueno… quiero decir, puedo estar con él hasta que su clase de Programación termine. Parece tonto pagar a alguien cuando básicamente será su chofer.

—No es el dinero lo que me preocupa. Es tu sanidad.

—Lo sé, lo sé. —Pero no quiero dejar de ver a Edward dos veces por semana. Y ni siquiera tuve oportunidad de despedirme de él todavía. No quiero que nuestra última conversación ser nuestra última conversación—. No me molesta, mamá.

—¿En serio? —Me analiza. Ella sabe que pasa algo, pero no va a presionar.

—No es tan malo. No quiero arruinar los horarios de Liam ahora que tiene una rutina. Así que… sí. Cuando termine sus clases de Programación, la chica nueva puede comenzar.

—Está bien. ¿Si estás segura?

Sonrío, ignorando el nudo en mi estómago cuando pienso en no ver a Edward.

—Estoy segura

xx

Odio el alivio que siento cuando Edward se encuentra en la puerta el miércoles. Intento no demostrarlo.

—Hola, amigo —saluda, chocando su puño con el de Liam—. Feliz cumpleaños atrasado.

—Gracias. ¿Podemos hacer Minecraft hoy?

—Quizás al final —le dice Edward. Y entonces me mira directamente—. Hola.

¿Hola?

Jamás me ha dicho "hola" antes.

—Hola —repito. Se siente raro. No son las palabras o sílabas suficientes para añadir algún tipo de sarcasmo. No creo que me guste.

Liam entra a la sala, dejándonos solos.

—¿Cómo supiste que fue su cumpleaños? —pregunto, confundida.

Edward hace una pausa.

—Él me lo dijo la semana pasada.

—Oh. —Pienso en esto—. Quieres decir la semana pasada cuando estuviste aquí por… ¿un minuto? ¿Te lo dijo en ese entonces?

—Estuve aquí por más de un minuto, Bella.

—Oh.

—Simplemente me fui un poco temprano.

—Okey.

—¿Hay algún problema? —pregunta Edward, observándome con cuidado.

—No. ¿Debería firmar su entrada o…? —señalo.

—Claro. Eh, de hecho, la tableta anda mal, así que no te preocupes.

—De acuerdo.

Nos quedamos allí. O, supongo, yo me quedo allí. Se supone que él debe estar parado allí, recibiendo a los niños. Se supone que yo debo seguir andando, pero no he tenido el tiempo suficiente con él todavía. Y después de no verlo por toda una semana, necesito algo. Lo que sea. Pero al no haber un pretexto para estar allí, como firmar el ingreso de Liam, no estoy segura del todo de cómo hablar con él.

—¿Tuviste un buen fin de semana? —digo, manteniendo mi tono neutro. Quiero decir, él me dijo "hola". Él abrió la puerta para algún tipo de interacción social.

—Estuvo bien.

Eso es todo. Nada más. Así que supongo que la puerta está cerrada ahora. Quizás incluso cerrada con llave.

—Genial. Mi fin de semana también estuvo bien. Gracias por preguntar —digo sarcásticamente, pero con menos veneno con el que usualmente nos hablamos.

Una sonrisa muy suave aparece.

—Claro. Lo siento.

¿Lo siento? Él jamás se ha disculpado conmigo antes tampoco. Se siente raro. Lo veo echar un vistazo por encima de su hombro, hacia la clase.

—Entonces, ¿dónde estabas? —pregunto directamente.

Sus cejas se unen.

—Tenía unos días libres programados.

—No lo mencionaste cuando te fuiste —digo, y observo a su expresión suavizarse solo un poco.

—¿Querías saber dónde estaba? —pregunta en voz más baja.

—No. Quise decir… no le dijiste nada a los niños. —Me salvo rápidamente—. No le dijiste que te ibas. Liam no sabía dónde estabas.

—Claro. Los niños. —Asiente, pero su voz no suena muy convencida—. Bueno, sí les dije. quizás él no estaba escuchando.

—Okey. —Me muevo en el lugar—. ¿Hay otros días libres que tengas programados? Así puedo decírselo.

Soy una maldita idiota.

Una risa pequeña y suave escapa por su nariz.

—No. Estaré aquí las cuatro semanas que quedan de clases.

El recordatorio de que hay una fecha de expiración crea una sensación de hundimiento en el fondo de mi estómago.

—¿Puedo preguntarte algo?

Parece nervioso.

—Claro.

—¿Qué más haces? Quiero decir, además de dar estas clases dos veces a la semana. —Hay mucho tiempo que desconozco, y me molesta. Quiero saber lo que hace cuando no está aquí. Quiero conocer sus pasatiempos, además de tocar el bajo. Quiero saber cómo pasa sus mañanas. Y más que todo eso, quiero saber si se pregunta las mismas cosas sobre mí.

—Qué más hago —repite, como si estuviera ganando tiempo—. Bueno. Creo arte —dice vagamente.

—¿Como trabajo?

—Mayormente.

—¿Qué haces?

—Cosas que la gente compra.

Me cruzo de brazos.

—Okey.

—¿Okey? —Me observa, analizando mi rostro—. ¿No te gusta esa respuesta?

—No. Simplemente… a veces eres complicado.

—No me gusta hablar sobre mí. —Se encoje de hombros, y Marcus camina por nuestro lado, echándonos un vistazo sospechosamente—. Y técnicamente hablando, probablemente no debería compartir cosas personales contigo —dice en voz baja, para mis oídos—. O viceversa.

—Oh.

—No es… profesional.

—Profesional —repito cuando Marcus definitivamente se encuentra lejos—. ¿Ahora quieres ser profesional?

Me dedica una mirada. Me pregunto si es por eso que no estuvo la semana pasada. Quizás nuestra conversación hostil lo metió en problemas y fue enviado a casa. Me siento un poco mal si ese es el caso, pero estoy completamente segura que no voy a preguntarle o sacar el tema de nuevo.

Doy un paso hacia atrás.

—De acuerdo. Limitaré nuestra… —Hago una pausa. ¿Nuestra qué? Amistad suena como una mentira, pero interacción tampoco suena suficiente. Así que digo—. Limitaré nuestra fraternización.

—No digo que yo quiera eso.

—¿Y qué es lo que quieres?

Siento que estoy conteniendo la respiración, esperando a que hable. Pero no lo hace. Me hace esperar. No puedo saber si es a propósito o si realmente no puede ordenar sus pensamientos lo suficientemente rápido para mi impaciencia.

—¿Qué quieres, Edward? —Intento de nuevo.

La forma en que me mira de repente se siente diferente. No hay una intensidad. Es neutra. Amigable. Y un poco arrepentida.

Pasa un momento y casi pienso que va a decirme que me quiere. No sé por qué. La idea aparece de la nada y entonces la sensación que la acompaña —una sensación de anhelo— llena mi pecho. Creo que Esme tenía razón. Creo que hay algo aquí. Él simplemente no sabe qué hacer con ello. Tampoco yo.

Después de un momento, suspira.

—Bella.

Observo su boca.

—¿Sí?

—La clase está por comenzar —interviene Marcus, dedicándole una mirada a Edward.

—Cierto. —Edward asiente—. Te veré en la salida.

Odio el abrupto final de nuestra conversación, pero todo lo que puedo hacer es asentir y mirarlo hasta que desaparece detrás de la puerta.