Disclaimer: los personajes de Twilight son propiedad de Stephenie Meyer. La autora de esta historia es iambeagle, yo solo traduzco con su permiso.
Capítulo 13
—No luces bien —canturrea Esme, dejando la taza de té que acababa de hacerme.
Me sentí algo irritada ayer y para cuando volví a casa, estaba exhausta. Apenas cené, y tomé un largo baño, casi quedándome dormida en la tina. Logré salir y vestirme antes de quedarme dormida de inmediato.
Y entonces hoy desperté sintiéndome como la muerte. Adolorida y fría. No he sido capaz de sacarme esa sensación en todo el día.
—Ve a casa, por favor. Estaré bien sola —promete Esme.
Pero no puedo hacerle eso. Angela ya tenía programado el día libre, y nuestro empleado de medio turno no vendrá hasta las dos. Por mucho que quiera irme a casa y dormir, hay demasiadas cosas con las que tengo que ayudarla hoy.
—Estoy bien —prometo.
Cuando comienzo a vomitar, Esme amenaza con despedirme si no me voy a casa. Sé que es una amenaza falsa, pero no voy a ponerla a prueba. Ella está preocupada y probablemente no quiera contraer lo que sea que tengo, así que me voy.
Llamo a Renée para avisarle que no podré recoger a Liam, pero ella no contesta. Intento con Phil, cuya asistente me dice que le pasará el mensaje, pero dudo que ella lo haga. Intento con Renée otra vez, pero cuando no tengo noticias de ella, tomo una bolsa para vómitos por si acaso y me voy a buscar a Liam al colegio.
Por supuesto, hoy de todos los días, él decide platicar. Describe en gran detalle un proyecto de ciencias en el que está trabajando, cómo usó el dinero de su cumpleaños para ir al túnel de viento vertical en iFly, y cómo luzco como la mierda al compararme con un zombi de sus videojuegos.
Estamos cerca de su clase de Programación cuando tengo que detenerme para vomitar. No es para nada agradable. Liam se desabrocha el cinturón de seguridad y se inclina por encima de la consola central, tendiéndome lo que quedaba de su jugo del almuerzo como todo un héroe. Lucho al colocar el sorbete en el envase, y de nuevo, Liam viene a mi rescate y lo hace por mí.
—No eres tan maldito después de todo —murmuro, succionando del sorbete. Doy vueltas el líquido dulce en mi boca y lo escupo a un lado de la calle—. Buena charla —digo, reacomodándome en el asiento—. ¿Sabes conducir o estás dispuesto a aprender?
Me observa desde el asiento trasero.
—¿Necesito llamarme a un Uber?
—¿Tienes la aplicación de Uber?
—¿Quién no?
Suelto un gruñido y descanso mi cabeza sobre el volante.
—Tu infancia es completamente diferente a la mía, niño.
Reacomodo el coche y vuelvo a la carretera. Afortunadamente, no estamos muy lejos. Desafortunadamente, el movimiento debajo mío no ayuda con mi malestar.
—No puedo entrar —murmuro, la distancia entre el coche y el edificio parece ser más larga de lo que probablemente es—. Ve. Ve sin mí.
—De acuerdo.
—Si no logro contactar a mamá, volveré por ti.
Liam no parece muy preocupado por cómo volverá a casa y se dirige a su clase. Junto coraje en los siguientes minutos para convencerme que me encuentro lo suficientemente bien como para no vomitar de nuevo.
Entonces hay un golpe en mi ventana, y casi se me sale el corazón por la boca.
—Dios. —Frunzo el ceño.
—Baja el vidrio —me dice Edward, su voz amortiguada por el cristal.
—¿Por qué? —Me ignora y en cambio abre la puerta—. Grosero —chillo, entrecerrando los ojos cuando el sol ya no es atenuado por mi ventana polarizada.
—Luces como la mierda —comenta.
—Por favor, detente. Eres muy gentil.
—Liam dijo que estás enferma.
—Liam es un jodido santo. ¿Te dijo que me dio su Capri Sun? Ni siquiera sabía que seguían haciendo esos. Al menos una cosa de mi infancia se preserva.
Edward frunce el ceño ante mi verborragia. Se mueve para tocar mi frente, y me sobresalto.
—Dios, no te voy a lastimar, Bella. Deja que te lleve a casa.
—Eso es ilegal.
—No, no lo es. Pero dejar que un niño de diez años conduzca sí lo es.
—Dios, ¿cuánto te dijo? Además, tiene once —discuto.
Él suspira, y creo que contiene una sonrisa.
—Deja que te lleve a casa.
—Ya te dije que es ilegal. Va en contra de la fraternización, ¿recuerdas? No deberías estar aquí afuera.
—No me importa —dice—. ¿Cuál es tu dirección?
—Ni loca te la diré. Estoy bien. Ya expulsé todo de mi sistema. Estoy bien.
No parece creerme. Y con razón—hay una bolsa de vomito el asiento del pasajero.
—Bella.
—¿Qué? —me quejo.
—Déjame ayudar. —No me doy por vencida, así que lo intenta de nuevo—. Bella.
—No puedes venir aquí y decir mi nombre de esa forma e intentar ser bueno porque no lo eres. No eres bueno, y quiero que lo seas, y simplemente jamás lo serás. No realmente. Así que, por favor, detente.
No es mi frase más coherente hasta la fecha, pero creo que entiende lo que digo. Parece estar asombrado. Algo confundido. Y luego ya no está.
Bueno, mierda.
Acabé con mis posibilidades.
Enciendo el coche y me voy. Repito nuestra interacción, y en cuestión de minutos mis ojos arden y se nublan con lágrimas. Ni siquiera sé por qué estoy llorando. Quiero decir, típicamente siento lástima por mí misma cuando estoy enferma, pero no lloro. Esto se siente como un nuevo fondo. Y ¿por qué Edward querría ayudarme, de todas formas? ¿Quería llevarme a casa? Conociéndolo, me conduciría directamente al hospital psiquiátrico más cercano y me internaría allí. Me río de solo pensarlo. Fuertemente. Con lágrimas corriendo por mi rostro. Puede que esté delirando.
Cuando llego a casa, estoy temblando. Y dejé mi teléfono en el coche, lo que significa que se quedará allí por siempre. No hay forma de volver ahora.
Me cambio de ropa, lo cual es todo un desafío. Mi cuerpo comienza a sudar frío cuando estoy desnuda, y me apuro al colocarme unos leggins, una camiseta grande y una sudadera.
—Alexa —llamo, comiendo unas galletas saladas—. Llama a Renée.
—Renée no se ha registrado para Alexa Calling. Para ver a quién puedes llamar, abre la aplicación de Alexa, cliquea en el icono de chat en la parte inferior, y entonces toca el lápiz en la parte superior.
—¿Qué diablos? —gruño, acostándome en el sofá—. Alexa, mátame.
—No, no soy peligrosa.
Maldigo a Alexa en mi cabeza, me cubro con una manta, y me dejo dormir por un poco.
Un poco termina siendo un rato, supongo. Cuando me despierto, la luz de afuera ya no llega por mis ventanas, y hay alguien tocando a mi puerta.
Con la manta envuelta a mi alrededor, me muevo hacia allí. Cuando abro la puerta, sé que tengo que estar soñando porque Edward está de pie frente a mí.
Parece preocupado para ser Edward Sueño, y su ceño fruncido de costumbre no está allí. De hecho, está muy hermoso. Estiro una mano y toco su mandíbula. Y él me deja. Rápidamente me doy cuenta que él no es Edward Sueño, sino que definitivamente estoy delirando.
—¿Estás bien?
—¿Qué haces aquí? —pregunto con voz ronca.
—Jamás pasaste a buscar a Liam —me dice.
—Mierda.
—No te preocupes. Logré contactar a Renée alrededor de las 17:30 y ella lo recogió. Se encuentra bien.
—Gracias. —Mi pánico desvanece—. Ahora, ¿cómo diablos conseguiste mi dirección?
—Quiero decir, podría haber buscado en los archivos de Liam… estás inscripta como su contacto de emergencia. Pero fue tu mamá la que me la dio.
Mi mamá es la peor mamá de la historia de las mamás.
—Entonces, sabías mi nombre —digo con voz ronca, dándome cuenta que mi información está archivada—. Todo este tiempo. Solo jodías conmigo.
Me muevo para cerrar la puerta, pero él la agarra y la mantiene abierta.
—Bella. Oye, para.
—No. —Lo fulmino con la mirada—. Ahora desaparece de aquí.
Parece divertido.
—¿Acabas de decirme que desaparezca?
—Sí. ¿Acaso viniste aquí para hacerme sentir como una estúpida?
—No. Lo siento. Eso no es lo que intento hacer. Vine a echarte un vistazo. No respondías tu teléfono y…
—Es… Mi teléfono está en mi coche…
Mi estómago se retuerce y se me hace agua la boca, un signo delator que algo malo está por pasar. Tengo que salir corriendo hacia el baño, dejándolo en la entrada. No es uno de mis momentos más finos, el huir de Edward para bendecir a mi inodoro con las galletas saladas y el Gatorade que consumí antes de mi siesta.
Cuando me arrastro de vuelta a la habitación, no tengo fuerzas para que me importe que ahora esté adentro y sentado en el sofá, pacientemente esperándome. Noto que tomó la manta que dejé caer en mi apuro y la dobló prolijamente a su lado. Me hago un bollo en el lado opuesto del sofá y me tapo con la manta.
—¿Puedo traerte algo? —pregunta—. ¿Medicina? O…
—Tengo personas que pueden ayudarme, ¿sabes? No sientas lástima por mí.
Él frunce el ceño, pero no en enojo. Es más… bueno, no lo sé realmente. Así que pregunto.
—¿Por qué me miras así?
—Porque solo intento ayudar. Y estás siendo complicada.
—Mira quién habla. —Cierro los ojos—. Sé paciente conmigo. Estoy enferma. Tú solo eres… un maldito.
Lo siento bajarse del sofá y casi espero escuchar mi puerta principal abrirse y cerrarse detrás de él. En cambio, él abre mi refrigerador.
—¿Me estás robando? —grito, o eso intento, manteniendo los ojos cerrados.
—Claro —responde—. Porque quiero media cabeza de repollo y leche vencida.
Me río un poco, pero trato que no me escuche. Cuando vuelve, escucho el crujido de un paquete.
—Quizás deberías comer algo —sugiere, su voz un poco más suave.
—Cada vez que como o bebo algo, vuelve arriba de nuevo.
—Al menos bebe algo. Te vas a deshidratar.
Abro un ojo.
—¿Por qué te importa? Probablemente quieres que me deshidrata.
—Cállate y bebe.
Gruño ante su tono impaciente y me incorporo un poco. Me acerca el Gatorade de limón y lima que yo había abierto y me doy cuenta que le agregó un sorbete, para que me sea más fácil beber. Succiono un poco, apreciando el líquido frío en mi garganta seca.
—¿Crees que soy una mala persona? —pregunto, recostándome de nuevo.
Él me observa por un momento.
—No. ¿Por qué me preguntarías eso?
—Uso sorbetes de plástico.
—Bella. —Sonríe ligeramente—. Está bien.
Suspiro, fijando mis ojos en los suyos. Él me observa, su rostro abierto y algo sincero. Se siente como si pudiera preguntarle lo que sea ahora mismo y él me respondería.
—¿Por qué me estás ayudando? —susurro.
—Porque quiero —dice simplemente.
Minutos después, estoy vomitando de nuevo. Y luego lo maldigo por hacerme hidratar cuando tiene el efecto opuesto. Me guía hacia mi cama y me acurruco debajo del edredón. No es hasta que llega a la puerta de mi cuarto que le ruego que no me deje. Porque no hay nada peor que estar enferma y sentirse sola y vulnerable.
Y para mi sorpresa delirante, él acepta quedarse.
Sí, los próximos capítulos serán interesantes ;) Algunas chicas ya han visto un pequeño vistazo.
¡Gracias a las que se toman el tiempo de comentar!
