Cálido.
Es demasiado cálido allí dentro. Aquello hace de la habitación sofocante y, ahora que está despierto, su mente es de nuevo aquel refugio caótico que alberga cada emoción reprimida. Zenitsu quiere gritar en ese momento, pero lo que menos desea es que Tanjiro despertara. Era lo que faltaba para terminar de nuevo en el constante desasosiego que lo fatigaba y no dejaba respirar con tranquilidad cada que pensaba en ello. O cada que pensaba en él.
Y aquí vamos de nuevo. Otra vez aquel sonido. La habitación, envuelta en penumbra, perdía toda incertidumbre al rodearse de tan embelesante sonido. Era maravilloso y hermoso de escuchar, aseguraba Zenitsu. Pero eso mismo era lo que lo hacía adictivo, hasta el punto de consumir por completo su sanidad mental. Ello no lo hacía malo, para nada, el problema —según él— era que Zenitsu se había enamorado de aquel palpitar sinfónico. De su palpitar y de él, su amigo y compañero desde hace tiempo. Quien lo diría, y creer que recién conocidos no dejaba de perseguir a Nezuko, su hermana menor. Y ahora, quien no dejaba de invadir cada pensamiento suyo era nada menos que él, Tanjiro Kamado.
Deja escapar un suspiro exasperante mientras se pasa las manos por el cabello. Se siente un desastre emocional, en cualquier momento terminaría por ahogarse dentro de aquella marea en la que se extendía cada una de las declaraciones que había expulsado de su mente.
El sueño lo había abandonado en cuanto despertó, a pesar de no haber descansado lo suficiente, y que a gritos su mente pedía un descanso, no podía volver a conciliarlo. Necesitaba tomarse un respiro y disipar aquella sensación de ahogo que lo sofocaba ahí dentro.
Se levantó de la cama con sigilo, casi se olvidó de que Inosuke dormía en la cama junto a él, sino fuera porque de repente sus sentidos captaron los ronquidos que emitía, no habría tomado en cuenta que él también les hacía compañía, después de todo, Zenitsu había bloqueado su sonido por anteponer el de Tanjiro. No lo hizo por motivo de que le disguste su amigo ni el sonido que emite, es sólo que su razón se bloqueaba, y su excelente sentido auditivo se volvía egoísta; pareciera incluso que, para sus oídos, el único sonido que existe es el del palpitar del chico de cabellos burdeos.
Al salir de la habitación, Zenitsu espera que nadie esté despierto en aquella casa en donde estaban hospedados, no tenía idea de la hora, o de si las personas que ahí habitaban habían despertado ya.
Deseaba algo tan sencillo como un momento a solas. Y escuchar algo diferente, también, algo que no lo consumiera ni incrementara su deseo de tenerlo con gran desespero. Necesitaba apagar aquel sonido que lo único que le provocaba era querer amar. Quería amar incondicionalmente —libre de su constante ansiedad— al dueño de aquel bello palpitar.
Zenitsu dio a parar a los jardines de la finca. Libera un melancólico suspiro antes de sentarse y escuchar. Las primeras luces de la mañana teñían el cielo de un creciente arrebol, pronto sería el alba.
Había dos sonidos que Zenitsu nunca se cansaría de escuchar. Uno de ellos eran las mañanas, cuando el amanecer llegaba con prominente escena en donde el sol bañaba con su luz cada rincón del planeta y los colores del cielo adquirían diversos tonos que lo pintaban, y entonces el mundo volvía a nacer: las aves surcaban entre las nubes y los pájaros componían bellas melodías desde su hogar, entre las hojas de los árboles que danzantes van al compás del viento. En las primeras horas del día no había tanto ruido que pudiera perturbarlo, y Zenitsu amaba la serenidad que el alba le ofrecía en todo eso.
El segundo sonido, lo cual no es sorpresa, es la gentil melodía de Tanjiro. Desde que la escuchó por primera vez, continúa siendo un deleite a sus oídos. Es tan vivaz y hermosa, no esconde nada. Y es también un sonido que Zenitsu teme no volver a escuchar nunca más. A donde quiera que vaya, él seguiría aquel sonido tan gentil y puro como lo es Tanjiro.
Nunca antes se había sentido más vivo, nunca antes pensó en la posibilidad de amar tanto otro sonido que no fuera aquel durante el alba, nunca antes había deseado tanto estar junto a alguien ni imaginado un futuro al lado de dicha persona. Sin embargo, el tiempo que pasó junto a él lo llevaron a desear más que sólo gestos cargados con un cariño que no iba más allá de la estima y amistad.
Zenitsu estaba acostumbrado al rechazo. No sería la primera vez. Pero la idea de ello, que Tanjiro negara a sus sentimientos, lo aterraba mucho más que no poder vivir otro día para escuchar el comienzo de un nuevo día. Aquel instante, de paz y sosiego, que lo arrullo durante la primera hora del día y durante el cual el sol lo había saludado ya desde hace rato, es perturbado ante aquel pensamiento desolador.
Tal vez estaba pidiendo demasiado, tal vez Tanjiro es demasiado para alguien como él. Desearía poder deshacerse de aquellos sentimientos, pero no es tan sencillo como sólo desearlo. Si fuera posible, le gustaría ahogarse en aquel persistente sentimiento de miseria que lo consumía.
Y continuaría lamentándose en silencio sino fuera porque su sentido se activó al escuchar aquella melodía tan familiar. Hubiera esperado que fuera cualquier otra persona, Inosuke o alguien de la familia dueña del lugar pero, donde fuera que estuviera, él reconocería aquel palpitar.
No hace falta que se detenga a mirar a la persona de pie al umbral de la puerta, él ya sabe que está ahí, pero de todos modos lo hace.
Tanjiro está frente a él, sólo observando. Zenitsu espero a que dijera algo, podía asegurar que él quería hacerlo, pero cualquiera que fuera el pensamiento que lo inquietó, lo deja pasar y, en su lugar, lo único que ofrece es una apacible sonrisa de su parte. Y Zenitsu sonríe de vuelta, aún con el caos que por dentro lo está atormentando. Sin nada que añadir, vuelve a concentrarse en los sonidos que lo rodean: la mañana pacífica, Tanjiro y su gentil melodía y también algo nuevo y diferente…
Fue entonces que, por primera vez, lo escuchó, latente y afligido, era el sonido de su corazón. Una melodía cargada con desconsuelo y pesar, el ruido de su propio dolor.
Zenitsu la escucha. Quiere que se detenga, apagar el ruido, pero era más fuerte que cualquier otro y retumba con violencia contra sus tímpanos. Las emociones y palabras que reprimió se desbordaron en una línea de lágrimas que abrieron paso después a un lamento lleno de aflicción.
Su sollozo es una melodía de desasosiego que llevaba tiempo queriendo salir.
No lo detuvo, incluso si no puede hacerlo, incluso si Tanjiro está presente, sólo necesita liberarse de aquel dolor aunque fuese por un rato. Zenitsu se lamenta en sonoros sollozos. Quiere disculparse por ser tan ruidoso, pero no es capaz de emitir sonidos coherentes.
Zenitsu de verdad lo siente. Siente tanto que Tanjiro tenga que verse obligado a consolarlo, siente tanto ensuciar sus prendas con su llanto, siente tanto no poder decir nada cuando quiere confesarlo todo, siente tanto quererlo como lo hace y no tener control sobre ello. Lamenta su propia melodía y la tristeza que emite.
Desearía que Tanjiro pudiera escucharlo también.
