Prompt: Azul


Los perseguidos


Hay días en los que Ted siente el impulso de pellizcarse el brazo.

Andromeda nunca es capaz de desprenderse del todo del aura de superioridad que le dio su familia, aunque no la sienta en el corazón. Afirma que su elección fue sencilla, que deseaba dejar atrás un apellido que la empujaba hacia un camino que no deseaba, pero Ted no puede evitar pensar que Tonks que se le queda pequeño. Es como encerrar un hermoso pavo real en una jaula para gallinas.

«Por Merlín, no vuelvas a decir eso. Qué ridículo suenas», le había reprochado ella al escuchar esa comparación, riéndose con ganas.

Esa mañana Andromeda no se ríe. Acaba de llegar del hospital, cabello revuelto y la túnica manchada, pero todavía con ese aire de elegancia en ella. Deja en la mesa unos panfletos de color rosado.

—Los he encontrado en mi consulta.

Aparecen en el Callejón Diagon, en San Mungo y en los pasillos del Ministerio. Aunque nadie vea quién los reparte, todo el mundo sabe a quién pertenecen: los encapuchados que, de vez en cuando, llenan las portadas de El Profeta con sus atrocidades.

«No confíes en los sangre sucia», reza uno de ellos, bajo una grotesca caricatura que representa a alguien nacido de muggles. «Por un mundo sin basura».

—Hay más. —Andromeda gira uno de los panfletos. Escrito a mano con tinta roja se encuentra la dirección de su apartamento.

A Ted se le forma un nudo en la garganta.

—No suelen atacar a magos, se limitan a matar muggles —dice, en un intento de calmarse.

—A pesar de eso, sería mejor mudarse —responde Andromeda; con tristeza, su novia mira a su alrededor, hasta que sus ojos se detienen en las paredes que ella misma pintó de azul.

«He vivido demasiado tiempo rodeada de verdes y negros. Quiero colores brillantes», le había dicho a Ted.

—Lo siento —susurra Ted—. Siento hacerte pasar por esto…

—No digas tonterías —responde ella.

—Es a mí a quién amenazan.

Ted piensa en el escudo mágico que se alzó sobre Hogwarts el curso anterior. Desearía tener esa proeza mágica, pero sus capacidades no llegan más que a un par de hechizos de ocultación.

—Nos amenazan a los dos, porque yo no creo en nada de lo que ellos pregonan. —Andromeda rompe el panfleto—. Mañana iré al Ministerio y denunciaré las amenazas.

Al día siguiente, antes de que ella cumpla con su promesa y visite el Ministerio, Ted intenta compensarla: le regala una taza de color azul, con estrellas grabadas en sus bordes.

—Un pedazo de color que puedas llevarte a cualquier lugar —le dice, al tiempo que un rubor se extiende por sus mejillas, como si volviese a ser el adolescente que no se atrevía a admitir que estaba perdidamente enamorado de ella.

Cuando Andromeda lo abraza, se pellizca disimuladamente el brazo. A pesar de los panfletos y las amenazas en rojo, su vida con ella parece demasiado hermosa para no ser parte de un sueño.