Nota: Ninguno de los personajes me pertenece, la historia sí.

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Capítulo 06: La leyenda del Caballero Negro.

Sinopsis: Después de cada cacería organizada por la familia real aparecía un hombre -demasiado valiente o demasiado lunático- para liberar a las bestias. Ella es Astrid Hofferson y, siendo la Primera Oficial de la Guardia Real, no permitirá que una "leyenda" intervenga en su trabajo de proteger a la familia monarca.

26 años de edad / AU. Año 1720.

Primera entrega de la trilogía "Corazón enmascarado"

Basada ligeramente en la serie televisiva de Disney "El Zorro"

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El largo y agudo silbido se dejó escuchar, surcando los cielos.

Stoick Haddock, rey legítimo de Berk, ya esperaba aquello.

El pueblo, fundido en sus pequeñas casas de barro y piedra, ya esperaba aquello.

La dulce anciana Gotni, con su caverna inusualmente cerrada, ya esperaba aquello.

Astrid Hofferson, e incluso la avecilla en la jaula de su habitación, ya esperaba aquello.

No.

Astrid no lo esperaba.

Estaba lista.

El dragón soltó una llamarada hacia el fuerte que ella encabezaba y el árbol más próximo a palacio se incendió.

–¡Quiero más soldados en la puerta del castillo, ahora!– su orden inmediatamente fue cumplida.

Algunos lo llamaban Furia Nocturna, en acopio a la bestia que osadamente montaba.

Otros tantos hablaban de lo enloquecido que debe estar ese hombre.

El titulo más común, y el que secretamente Astrid usaba, era de "Caballero Negro".

Tan tonto o loco como suena había pasado a formar parte de una leyenda entre susurros pueblerinos.

Y, descabellado o no, la verdad es que después de cada cacería organizada por la familia real un hombre -demasiado valiente o demasiado lunático- salía a la luz para liberar a las bestias

Astrid hizo una seña con su mano a los dos soldados frente a la muralla de piedra que cubría el palacio –Encárgense de que el incendio no se propague– demandó.

Ambos hombres obedecieron, uno más refunfuñón que el otro.

Ella lo ignoró llenamente y concentró toda su atención en el merodeador dragón.

Entrecerró los ojos en dirección al cielo.

El Furia Nocturna hizo un movimiento en falso, se inclinó sobre si mismo mientras se pavoneaba, jugando con ellos.

El jinete que generalmente le monta no esta.

No. Esta. Ahí.

La respiración de Astrid se agitó.

–¡Eret Eretson!– llamó de inmediato.

Un robusto y orgulloso hombre -cadete segundo al mando- apareció frente a ella casi de inmediato, el peso del uniforme color rojo que portaba demasiado bien representado sobre sus fuertes brazos y gran estatura.

–¿Si, General?– él no abandona su tono coqueto aún en situaciones como estas.

Astrid conservó la inexpresión en su rostro al hablar –Dirija el fuerte mientras estoy ausente.

La rubia se marchó sin si quiera notar la sonrisa torcida en los labios del hombre, solamente dedicada a ella.

–Lo que diga, General.

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–...¡Su majestad!– exclamó Astrid, presurosa, y deteniendo su carrera hacia su destino.

Stoick Haddock estaba frente a ella, con la ropa de cama puesta y una expresión de molestia.

–General Hofferson– saludó, a lo que ella reverenció sutilmente con la cabeza –Dígame, ¿cómo va todo? escuché al Furia Nocturna.

La rubia subió la mirada hasta que esta chocó con la de él, demasiado determinada como para dejarse intimidar por el rey –Está todo bajo control, señor.

Stoick asintió levemente –¿Usted... a dónde se dirige?

–Al salón de entrenamiento, detecté movimiento allí.

–Muy bien.

–Usted puede retirarse a dormir señor, si gusta.

–¿Y dejar a mi pueblo en peligro con una amenaza como esa?

La sonrisa que se instaló en el rostro de Astrid no se hizo esperar.

Por supuesto que, Stoick Haddock, no dejaría a su pueblo abandonado por ninguna razón.

Antes daría su vida. Él, de hecho, era respetado por ello.

–No le quito más tiempo, General. Puede retirarse– autorizó el robusto hombre, aunque... ambos sabían que ella no necesitaba exactamente una autorización.

Ni siquiera del monarca.

Aún así, la rubia asintió y se retiró tan lentamente como pudo hacerlo, al menos hasta que mutuamente se perdieron de vista.

Se vio en la necesidad de correr nuevamente por el largo pasillo que dirigía hacia los establos, ubicados en lo más profundo del salón tras el palacio.

Se preguntó, mientras más se acercaba y los ruidos de las bestias se hacían más claros a sus oídos, ¿cómo es que ese misterioso hombre podía entrar y salir a su antojo de un lugar tan custodiado?

La respiración acelerada por la carrera cuando la interrogante surgió en su mente.

Una voz varonil llamó su atención y se obligó a si misma a relantizar el apresurado paso, tratando de calmar su corazón enloquecido por la adrenalina del momento.

–Tranquila... todo estará bien– escuchó susurrar con calma, como un soplido del viento.

Un sabor amargo y una emoción repentina invadiendo su boca y estómago respectivamente cuando desenvaina su espada; pesada, larga y tan... peligrosamente afilada.

Escondida detrás de un pilar de roca sólido color plata, logra ver a un hombre entre la penumbra de la noche –¿Ves? ¡soy un amigo!

El nuevo susurro un poco más alto y entusiasta la llena de decisión.

Ella es Astrid Hofferson y, siendo la Primera Oficial de la Guardia Real, no permitirá que una "leyenda" -o un lunático- intervenga en su trabajo de proteger a la familia monarca.

Así pues, con la determinación bailando en sus azules ojos, salió del fuerte improvisado. Tan ligera como una pluma caminó lentamente hacia las espaldas del hombre completamente vestido de negro.

Un escandaloso graznido por parte del Nadder Mortífero, que el Caballero Negro con tanto afán trataba de liberar, lo alertó.

El inepto dragón lo alertó.

Apretó los dientes tan fuerte como pudo hacerlo cuando finalmente el hombre le dio la cara. La frustración apoderándose de ella.

Una sonrisa algo burlona surca los delgados labios de él y Astrid siente la frustración crecer.

Propiamente, no puede ver su rostro. Hay una máscara de cuero que recubre desde su nariz hasta el inicio de su cabello y este, a su vez, cubierto por un trozo de tela lo suficientemente largo y ancho como para abarcar su cabeza.

Los guantes que lleva sobre sus manos y el cinturón son -nota ella- también de cuero. Pantalones y camiseta manga larga mucho más ligeros a simple vista y, por último, una capa que logra ver por debajo de sus botas.

Demasiado simple como para impresionar.

Entonces, después de su escudriño nada disimulado, es su turno de expresar burla en una mueca.

–¿Intentaba atacar a alguien por la espalda, General? eso no parece muy... honorable.

Las palabras divertidas y llenas de confianza por parte del joven (ahora nota la similitud de las edades entre ambos) no hace que ella baje su espada, por el contrario, la empuña en alto, orgullosa y determinada.

–¿Cómo puede hablar de honor alguien que se atreve a robar a su propio rey?

Un gesto de fingida ofensa invade el rostro de él.

–¿Robar?– juega entre sus dedos con el clip de la jaula que esta a escasos segundos de abrir –Tal acusación podría traer serias consecuencias, señorita, ¿no cree que debería cuidar mejor sus palabras?

Astrid alza una perfecta ceja rubia mientras se acerca aún más al extraño.

–No– contesta firme, sin titubeos.

–Pero, General Hofferson...

–¿Cómo es que sabe usted mi nombre?– interrumpe con tanta audacia que por un segundo observa al hombre frente a ella dudar.

Alto, delgado, voz tan varonil como gentil.

Su cabeza buscando entre cientos de personas alguno que comparta una coincidencia.

El disfraz que lleva tampoco ayuda, en absoluto.

–¿Q-quien no ha oído hablar de la primera mujer Oficial?– titubea, algo muy ligero, pero que no pasó desapercibido para la rubia.

–Primera Oficial– corrige con autosuficiencia, no queriendo que la palabra "mujer" intervenga como adición –Usted puede llamarme General, no importará mucho cuando lo arreste y sea llevado a la horca por sus crímenes.

–Eso es un poco ofensivo, General– saboreó la última palabra.

Sus ojos, no distinguidos en color por la obscuridad apoderada de la noche, brillan con una emoción inentendible.

Astrid, cansada del juego previo a la batalla, da un paso con espada al frente y esta choca con otra igual de fuerte.

Se sorprendió de inmediato al ver la agilidad con la que el hombre enfundó su arma, colocándola como escudo para esquivar el ataque.

Algo especialmente la hizo poner sus ojos sobre él; había utilizado la mano izquierda en lugar de la derecha.

Como si leyera su mente, sus dudas y asombro, preguntó –¿Sorprendida?

–¿De que sea usted tan demorado y parlanchín?– devolvió con la astucia apoderándose de su postura, empujó fuertemente y el joven pegó su espalda con brusquedad a la pared más próxima –No realmente, no parece un hombre debidamente impresionante.

Y, para Astrid, no lo era.

No si podía perder el equilibrio con tanta facilidad.

No obstante, la sonrisa en el rostro del hombre no desapareció y ella lo consideró tan molesto que quiso arrancársela.

–No debería juzgar un libro por su pasta, señorita.

El enmascarado se impulsó a si mismo cuando la rubia intentó atacarle una vez más, apartándose de ella con rapidez.

El choque de espadas que siguió después fue constante y ruidoso.

Un empuja y arrastra alrededor de todo el salón de arena entre dos cuerpos era todo lo que se escuchaba, el sonido de sus pies golpeando el suelo y las respiraciones jadeosas.

A veces las ropas anchas, propias del uniforme real que porta la fémina, se agitan con alguna ráfaga de brisa.

El joven da un golpe a la chica lo suficientemente fuerte como para tumbarla -sin hacerle daño realmente- y una mueca egocéntrica de victoria se deja ver. Muy sutil, apenas perceptible. Pero mueca al fin.

Astrid había notado hace ya un rato el hecho de que sus golpes son certeros, pero no asesinos, tampoco fieros, muy al contrario de los de ella.

Tomó esto como una ventaja personal y arrastró los pies, ambas piernas largas y tungentes, hasta él. Pateando lo suficiente para hacerlo caer también, una vez el hombre en el suelo la rubia volvió a su posición erguida, fuerte y decidida.

Él parecía impresionado desde el primer instante en el que la lucha comenzó.

Ambas espadas a unos metros lejos de ellos entre la agitación, tendidas en el suelo y sus miradas chocando en un duelo silencioso.

Con un salto lleno de agilidad él se colocó en pie de nuevo, doblando su cuerpo en una pirueta elaborada que terminó con un aterrizaje suave.

Pies ligeros que sin duda impresionaron a Astrid.

Cosa que ella jamás admitiría, por supuesto.

La chica dio el primer paso, moviéndose con la delicadeza de una dama y la fuerza de un oso, su puño diestro impactó contra la costilla del joven.

Una mueca de dolor se presentó en sus labios fruncidos.

–¡Oh, lo siento! ¿le dolió?

–¡Uf! ¿dolor? ¡a mi me encanta el dolor!– respondió, un tono sarcástico demasiado claro a los oídos de la rubia.

Otro golpe que él intentó esquivar en vano chocó contra el mismo lugar, nuevamente.

–Me complace escucharlo.

La tercer estocada sí fue evitada. Ágilmente él tomó ambos brazos femeninos y la giró, aprisionándola entre su propio cuerpo y el aire frío del lugar.

El pecho masculino tocando su espalda mientras las manos están atrapadas con una sola de él, notablemente más grande, áspera y rasposa.

Se sintió débil.

Y todos los seres celestiales saben que Astrid odio sentirse débil.

No.

Ella no lo odio.

Lo repudia.

Agitó su cuerpo como toda una fiera, pateando y golpeando tanto como pudo. El enmascarado parecía no sentir nada -o se hacía el fuerte- mientras tanteaba de nueva cuenta la jaula con su mano disponible.

Ella notó entonces el hecho de que el último dragón que quedaba de la más reciente cacería realizada era ese Nadder que graznaba y graznaba escandalosamente.

Al parecer, el necio hombre ya se había encargado de liberar a los demás.

Espléndido. Toda una cacería perdida por un "héroe".

Antes de que lograra su objetivo de abrir la puerta de hierro, Astrid tomó impulso de si misma, inclinándose hacia adelante y retrocediendo con fuerza.

Sus cabezas hicieron un ensordecedor ruido con el movimiento brusco.

–¡Auch!– se quejó él, soltando sus manos para mitigar el dolor con un masaje a su frente –¡Oiga! ¡eso fue extremo!

La acusación le pareció justa a la rubia, quien jamás admitiría el dolor punzante y constante que sintió por su propio ataque sin duda mal planificado

Fue torpe y despistada. El entrenamiento arduo al que se ha auto sometido por años le exige no salir herida de una batalla.

Aunque las cicatrices sean la parte divertida de cada sesión dura de pelea, ella no puede dejarse notar a si misma blanda. Cuanto menos débil.

El enemigo puede tomar eso en su contra.

Con un movimiento fluido y rápido, y aprovechándose de la distracción temporal en el hombre, tomó su espada.

Es cuando la coloca frente a su pecho que él parece caer en la cuenta de sus acciones, colocando los ojos en blanco y alzando ambas manos como si se estuviera rindiendo.

–¡Espléndido!– lo escucha murmurar, de nuevo, en ese tono irónico.

Contrario a bajar la guardia, Astrid acercó aún más su espada, presionando la piel masculina del cuello.

Finalmente, la distancia no fue suficiente para evitar fijarse en el color de sus ojos, tan verdes como los bosques que rodean Berk.

Jade o naturaleza, se atrevería a adivinar.

Ella lo negaría si se lo preguntasen, pero la intensidad de esa mirada logró embelesarla.

Pestañas largas, tupidas y crespas por encima de un destello verde tan luminoso que se sorprendió de no haberlo notado antes.

El ruido de un agudo silbido y el calor de un plasma la hizo reaccionar. Su cuerpo alejándose súbitamente del hombre, por apto reflejo a un temor de ser quemada.

A sólo medio metro de ellos una escuálida planta quedó chamuscada por la bestia. Miró al cielo con rencor, luego al hombre sonriente y de regreso al animal.

El Furia Nocturna aterrizó con elegancia cerca, demasiado cerca del sujeto y gruñó amenazadoramente hacia ella.

Vio su espada nuevamente lejos de su alcance e hizo una nota mental de sugetarla más fuerte a partir de ahora.

El animal abrió su gran boca y el color blanco azulado se apoderó del interior de la misma. Astrid cerró los ojos fuertemente, sabiendo que no lograría esquivar un ataque tan poderoso y cercano, esperando con dignidad su posible muerte. Sin una pizca de miedo, físicamente hablando.

–¡Toothless, no!– escuchó gritar al joven.

Cuando su mirada volvió a posarse en él, estaba frente al dragón con la mano en alto extendida e interponiéndose entre ellos.

Sorprendentemente para la rubia, la bestia volvió a cerrar su osico y sólo se limitó a masacrarla con la mirada.

Gruñó algo incomprensible y el chico se apartó, confiado.

Por un segundo, creyó que ahora sí la asesinaría, quizá de un modo diferente, tal vez más lento. No obstante, ese pensamiento abandonó su mente en cuanto el dragón simplemente se acercó gruñendo, con sus dientes chocando entre sí con fuerza, e inmovilizándola con una amenaza silenciosa.

–Sólo quédese inmóvil y no la dañará– habló el joven, luchando de nuevo con la jaula, visiblemente más relajado.

–¿Cree que va a salirse con la suya por siempre?– escupió, sintiéndose estúpida de anhelar el apoyo de sus soldados.

No estaba orgullosa de eso, de hecho.

–No, sólo el tiempo suficiente– la puerta por fin abrió y el Nadder salió, olfateando con insistencia a su liberador.

Astrid fue testigo de una caricia por parte del chico y un baile de regocijo como respuesta de la bestia.

Él le hizo una seña y, con un aparente gruñido de aprobación por parte del Furia Nocturna, el dragón azul salió volando del lugar.

O mejor explicado, se mantuvo en el aire fuera del salón un momento, como si los esperara a ambos. Al dragón negro y a su jinete.

Astrid jamás pensó que ese lugar necesitaba un techo.

Ahora lo piensa.

Miró aún con molestia al joven que relajadamente se acercó a su bestia.

Antes de montar, él se giró hacia ella, la determinación en sus acciones más que evidente. La voz le sonó calma cuando habló.

–Los dragones son estupendas criaturas y, una vez que se gana su lealtad, no hay nada que un dragón no haría por usted– se subió con una elegancia propia de la experiencia y el pecho del Furia se infló en lo que pareció... ¿orgullo?

Mismo orgullo que destilaba el humano también.

–Dígale eso a su rey– demandó.

Y, con ello, se marchó. Perdiéndose, junto a los otros dragones, en la obscuridad de la noche.

Astrid no dejó de preguntarse antes de dormir... ¿cómo es que El Jinete Negro tenía tanto control sobre esas bestias?

Porque eso eran, ¿no?

Y entre pensamiento y pensamiento le fue imposible descansar propiamente.

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Astrid se dejó envolver esa mañana por los relucientes rayos de sol colándose en su ventana de cristal.

Una ventana de cristal en un cuarto color azul pálido con una cama gris y un aseo anexo es más de lo que ella pudo imaginar tener jamás.

No era suyo, cada mañana lo recordaba, el rey Stoick había sido gentil al brindarle un rincón del palacio para ella aún incluso antes de someterse a su arduo entrenamiento y ascender a Primer Oficial.

Se dirigió al cuarto de baño, tomó una cubeta de madera pequeña y, por un segundo, miró su reflejo en el cristal frente a ella antes de comenzar su rutina.

Portaba el uniforme con orgullo. Ser mujer general era una tarea que, antes de ella, había sido un imposible.

Pero pocas cosas son un imposible para la tenacidad de Astrid Hofferson.

Da de comer a la avecilla cantarina que tiene que en un rincón antes de salir de la habitación. El animal parece feliz y ella no puede evitar sonreír con ligereza.

Lleva un caminar impaciente y resonante cuando esta en el desolado pasillo. El color rojo de sus ropajes sólo hace brillar con más intensidad el dorado de su cabello, atado en una perfecta cola alta.

Recuerda haber peleado con dos soldados, doblándole en tamaño y peso a ella, al mismo tiempo el día que decidió que formaría parte del ejército de Berk. Hace mucho.

No fue fácil.

Dios sabe que no.

Ella luchó. Lo hizo con ganas, con fuerza y determinación. Tuvo que sufrir un entrenamiento el doble de duro que le costaría a un hombre, eso sólo la hizo desear y combatir con más aguante y entusiasmo.

Ningún soldado la superó. Ningún soldado la supera.

Esa es exacta la razón por la que piensa, mientras se dirige al fuerte donde están los nuevos reclutas, en el hombre delgado y audaz que enfrentó la noche anterior.

Ella no tiene demasiado tiempo siendo General -si el anterior Primer Oficial no se hubiese roto el tobillo en un entrenamiento fortuito seguramente aún sería una cadete- así que no se había enfrentado directamente a la cara con el sujeto en guerra jamás.

Hasta ayer.

Y ayer continúa fundido en su memoria.

Si ese Furia Nocturna no hubiese intervenido Astrid habría arrestado al Caballero Negro. Lo sabe y esta segura de que él también, a pesar de que no hablaron de ello con exactitud, aún así ese hombre estuvo muy cerca de derribarla.

Casi había sido tan fuerte como ella.

Y en la lingüística de Astrid no existe tal oración.

Con la mente tan ocupada como podría estar no escuchó los predominantes pasos que se adelantaban a ella cuando estaba cerca de tomar el aro de hierro sobre la puerta para abrirla.

Una pesada mano sobre su hombro la alertó.

En un parpadeo tenía al hombre dándole la espalda, manos masculinas aprisionadas entre manos femeninas y aplicando una técnica para que este casi tocase el suelo con su boca.

Un quejido se escuchó y sólo para ese instante ella reparó en su error.

–¡Eret Eretson, General!– habló el azabache con voz estrangulada, reportándose a la defensiva.

Se veía adolorido y eso sólo hizo sonreír a Astrid sin malicia, pero con la diversión palpable. Le soltó tan rápido como el quejido del hombre deslizándose de sus labios.

–Creí que desprendería mi brazo, General Hofferson– confesó con una mueca.

La rubia chasqueó la lengua en un claro signo de que le parecía exagerado. Sus ojos bailando con diversión contenida.

–No es para tanto, Soldado.

–¡Pero si mis dedos quedaron entumecidos!– y, como si quisiera probar su punto, estiró y empuñó repetidamente su mano frente a su rostro –¿Lo ve usted ahora?

Ella no pudo evitar reír levemente ante la articulación absurda. Una elocuencia, sin duda.

Astrid recuerda haber conocido a Eret a la tierna edad de diez años, cuando sus padres habían fallecido y ella no tenía a donde ir. Entonces él había llegado y, siendo un poco petulante, le había hablado a su buen amigo sobre la niña desamparada. Como todo un héroe.

Su bueno amigo, es necesario decir, era el príncipe -quien parecía no preocuparle mezclarse con la baja sociedad.

El pequeño Haddock de inmediato pasó comunicado a su padre y este encontró la solución más rápido de lo que ella desconfiadamente pensó.

Desde aquel tiempo, Astrid se aloja en el palacio.

Aún así, y estando Eret en el medio, ella jamás estableció una amistad con el príncipe. La vida del chico no era algo que le incumbiera, pero siempre había notado que el rey lo mantenía encerrado en alguna habitación, estudiando y preparándose para el futuro que le esperaba.

El joven Haddock, sin dudas, no tenía tiempo para amistades con una niña rubia por los rincones del palacio. Aunque él nunca lo haya dicho propiamente, por supuesto.

–De cualquier modo, con dedos entumecidos o no, usted me buscaba ¿por...?– quiso saber la rubia.

Una relación amistosa de años le daba suficiente conocimiento para notar, al menos en momentos pocos formales como aquel, cuando el hombre estaba incómodo.

El como sus delgados labios se fruncieron y un hoyuelo se marcó visiblemente en su barbilla evidenció su incomodidad.

–El rey, Stoick, ha solicitado su presencia en el salón.

Astrid se sintió nerviosa.

–¿Ha dicho para qué?

Eret negó con la cabeza y la rubia ahora comprendió su incomodidad.

Un par de cosas pasaron por su mente mientras se dirigía con prisa hacia el otro lado del palacio. Generalmente, el rey no daba recados. Él daba órdenes; claras, concisas, sin espacio para dudas.

Quizá la reprendería por su imprudencia de enfrentar sola al Jinete Negro.

Tal vez pondría a alguien más a cargo de aquella importante misión.

No. Eso no podía ser.

Ella se había esforzado por años arduos de entrenamientos sin descanso. Ella había persistido pese a los cuchicheos. Ella se había ganado el puesto.

No podría relevarla por un error.

Tocó la puerta del salón con probablemente demasiada ansiedad corriendo en sus acciones.

Sus nudillos dolieron un poco incluso.

Cuando escuchó la voz fuerte y ruda del otro lado, dando autorización a su paso, abrió sin titubear.

Stoick la observó entrar. Todo en la rubia decía, ¡no! gritaba firmeza y decisión, con los puños apretados a los costados de su cuerpo y rostro compugnado. Una poco perceptible sonrisa se posó en sus labios ante ello.

Pensaba en la gran elección que había hecho su hijo cuando ella se mantuvo en pie a su frente, reverenciando con ligereza.

No podía llamarse una reverencia, propiamente se trataba más de un saludo formal.

Pero así era Astrid, tan respetuosa como imponente.

–Buenos días, su alteza– su voz sonando programada.

La de él -cuando habló- en cambio destilaba tranquilidad.

–Buenos días, General Hofferson.

Gobber, la mano derecha del monarca, saludó un poco distanciado con un simple gesto.

Astrid casi pudo sospechar. ¿Gobber siendo discreto? Berk podría volverse el lugar más caliente del mundo antes de que el rubio conociera el significado de dicha palabra.

La mujer entrecerró los ojos.

–¿Me solicita para algo, señor?

Voz contenida y mirada centrada.

–¡Oh! No es algo malo si es lo que usted puede estar imaginando– dice Stoick casi con gracia.

Astrid casi pudo soltar el aire retenido.

–Entonces, ¿usted...?

–Es un asunto serio, sí. No la habría mandado a llamar si no.

–¿Para qué soy buena?

El robusto hombre se colocó en pie. Ceño ligeramente fruncido y postura recta, pensando muy bien como es que diría lo siguiente.

Su hijo no se lo había tomado del todo bien, después de todo.

–Escuche señorita– ella ya escuchaba atenta, impaciente. Astrid nunca fue una mujer que gozase de paciencia –Sabrá que en las últimas cacerías de dragones hemos tenido el asunto "Jinete Negro"

Oh.

Astrid temía que se tratase de aquello.

–Estoy trabajando en una estrategia para encarcelarlo en su próxima aparición, señor– informó seriamente.

No quería. No debía. Dejar que algo como un joven con espíritu de héroe mal dibujado hiciera que perdiera la única oportunidad de vida que tenía.

Aún peor, la mejor oportunidad de vida que tenía.

–Ya imagino que sí, usted es muy eficiente General– la rubia asintió, la confusión ahora apoderándose de su sentir –Pero, no quiero que algo así afecte a mi hijo.

–¿El príncipe?– preguntó y no pudo sentirse más idiota por ello ni aunque se lo propusiese.

Eret estaría burlándose, si estuviese en el salón.

–Así es, jovencita. El rey es un poco... sobrepotector– interfirió Gobber, acercándose relajadamente a la mesa junto a ellos.

El rubio carga una sonrisita un tanto extraña, pero Astrid no lo conoce lo suficiente como para identificarla.

–Sólo quiero asegurar el bienestar de Hiccup.

Algo encajó perfectamente en la cabeza de la mujer.

–Y dado a que usted fue la mejor del entrenamiento en combate cuerpo a cuerpo.

Él no estaría, ¿realmente...?

–Creo que no puedo dejar a nadie mejor a cargo de mi hijo.

Si. Él estaba asignándole la guardia personal del príncipe... a ella.

Oh, Dios.

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–¡No es así!

Sabe que su voz quizá se oyó demasiado demandante, muy fiera y con un rugir intimidante.

Sabe que no debe usar ese tono con él. No es uno de los frágiles muchachos que debe entrenar.

Y sabe, también, que no debió aceptar custodiar al príncipe.

Él ha soltado de entre sus manos la espada que difícilmente cargó. Su expresión demuestra cohibición, sorpresa y un poco de temor.

Astrid no se sorprende de ello.

–L-lo siento– titubea un poco el muchacho.

Las leyes dictan, en su muy estricta estancia, que un plebeyo no debe mirar los ojos de la realeza. Por cuestiones que ella aún no alcanza a comprender, el príncipe -desde que comenzó a custodiarlo- es quien parece huir de su mirada.

Astrid no se esfuerza en hacerlo. Simplemente es una ley que pierde un poco de vigencia cuando creces con el rey como tutor y te colocan de ejemplo para el heredero.

Nunca había comprendido ese último punto. Colocarla a ella por ejemplo para Hiccup Haddock III, el futuro monarca de Berk, le había parecido absurdo.

Eso hasta hace una semana.

Notó en tan sólo seis días que el muchacho era torpe, descoordinado y un completo desastre.

Dio una larga respiración antes de volver a hablar.

–Debe usted tomar la empuñadura con fuerza y dominio, majestad– su tono se escuchó ahora un poco más calmado.

El castaño titubeó, sobre pensando sus acciones antes de hacerlas, y después volvió a empuñar la espada un poco, demasiado patoso. Se notó un esfuerzo para alzarla.

Ahí estaba el otro problema.

El muchacho no podía cargar un arma. Su fuerza era tan limitada que hacía a Astrid dudar seriamente acerca de como ha podido sobrevivido todo ese tiempo.

Detectó un ligero temblor en la mano derecha del príncipe -mano con la cual sostenía la espada.

–¡En guardia!– entonces gritó ella, después de asegurarse de que él no caería por fuerza de su propia arma.

Había tomado la decisión de entrenar a Hiccup Haddock cuando este no había podido apagar una llamarada de fuego en los establos del palacio.

Una llamarada pequeña y un poco humeante.

Despertó en ella un sentir lastimero, se dijo a si misma que no podía dejar al muchacho así, expuesto y torpe ante cualquier peligro.

El chico era patoso y un poco desesperante, pero también -ha notado desde siempre- es amable y gentil con su pueblo. Mucho más dócil para el trato que su padre.

La rubia no lo admitiría pronto, pero admiraba ese carácter dulce de él. Cosa que ella jamás ha podido conseguir: un carácter dulce. Ese fue el impulso para que Astrid quisiese ayudarlo, aunque fuera un poco.

–Muy bien.

De nueva cuenta, ahora el arma de Hiccup la apuntaba.

Al menos la posición de sus piernas era correcta, pero él parecía algo incómodo.

Lo ignoró.

–Debe mantenerse firme, doble un poco la rodilla e incline su cuerpo.

Así lo hizo. Asintiendo a su obediente comportamiento -algo irónico considerando los puestos naturales de cada uno- dio un paso al frente.

Hiccup intentó responder.

Después de dos choques de espada el joven estaba en el suelo y el arma de ella cruzaba su cuello. Intercambiaron miradas.

Y entonces lo notó.

Sus ojos verdes, como los bosques de Berk.

Tan expresivos y tan... ¿familiares?

Ese día ella había sacudido de su mente semejantes ideas, tratando de no darle importancia.

Porque no lo tenía. No tenía importancia.

No.

.

.

Las trompetas sonaron como una alarma. Estruendosa y ridiculamente emocionante.

Bueno... para algunos.

–Le he pedido que no me siga a todas partes, General.

El príncipe no parecía animado. No parecía feliz. De hecho, daba toda la impresión de estar siendo forzado a caminar por el bosque.

A Astrid no le importa. Dos semanas de un leve entrenamiento y de estar custodiándolo a cualquier sitio excepto el sanitario no es suficiente para que le importe.

A ella, de cualquier modo, no debe importarle.

Y es que la rubia jamás ha sido de las que se mezcla con los cuchicheos mundanos de la gente.

A ella no debe importarle.

Entonces, de ser así, ¿por qué siente que el hecho de que él sea obligado a hacer algo que claramente no quiere es injusto?

–Es mi trabajo, su majestad.

Él resopló. Astrid ya había notado que resoplaba cada que las palabras "su majestad" se escapaban de sus labios.

Eso era después de todo.

–¡Bien! si va a estar conmigo todo el tiempo, al menos, ¿podría evitar llamarme de ese modo?

Se había tardado en protestar. La rubia lo sabia.

No diría que le gusta, pero ver las emociones a través de los ojos del príncipe se había vuelto algo diario. Y él siempre parecía inconforme cuando se lo trataba de la realeza.

¡Como si no fuese justo eso!

Astrid en su lugar -piensa algunas ocasiones- no despreciaría la corona. Estaría satisfecha.

–¿Cómo desea que le llame entonces?

Mientras los pasos firmes de ambos se adentran más y más en el bosque en aquel día de cacería, más lejos podían escuchar al rey.

Por un segundo, ella se preguntó qué tanto él pensaba caminar.

Sólo era cosa de encontrar algún dragón, por más pequeño que fuese, en el interno del lugar, matarlo o apresarlo y llevarlo al palacio.

No obstante, la duda se disipó en cuanto escuchó al joven pronunciar:

–Sólo Hiccup.

Pensó rápidamente en el escándalo que causaría que la General de Berk simplemente tuteara al príncipe.

El riesgo de que un error como ese le cueste su puesto.

Y es algo que no esta dispuesta a jugar.

–No puedo hacer eso– dictaminó, firme y con decisión.

–Tampoco puede seguir llamándome "majestad"– replicó él.

Astrid casi pudo reír ante lo infantil que sonó la replica a sus oídos. Casi.

–¿Qué le parece "Joven Haddock"?

Aún así el castaño hizo una mueca.

La rubia comienza a sentirse nerviosa con respecto a donde él los lleva. Una pequeña lanza en la mano derecha del joven no será suficiente para cazar a un dragón -sus pieles son gruesas y difíciles de cortar- así que la espada que ella empuña se mantiene en alto.

Siempre preparada es mejor a príncipe muerto a causa de su propia torpeza y, además, de la torpeza de su custodiante.

–Supongo que suena mejor– musita él muy apenas. Aún se puede escuchar la protesta colada en su voz.

Astrid no lo había notado hasta ahora -porque jamás había estado tan cerca de su espalda- pero realmente la prótesis que Hiccup lleva lo hace caminar un poco chueco. Quizá torcido.

Se preguntó si aún después de tanto tiempo le dolería el muñón -ella lo había escuchado un par de veces soltar quejidos quedos cuando el frío del día era bastante sofocante, no obstante el castaño siempre declaraba estar bien.

Otra interrogante más se abrió paso en su cabeza. La pérdida de la pierna izquierda del príncipe. Un accidente, habían dicho.

Pero, un accidente... ¿de qué tipo?

El rumor era que él había salido una noche del palacio sin ser visto, bajo la declaración rotunda de que mataría un dragón para orgullo de su padre, pero algo había salido terriblemente mal.

Y se le encontró sangrando, sin media pierna e hinchado. En el centro del bosque.

Hiccup jamás habló al respecto. El pueblo pareció respetar aquella decisión.

Astrid nunca lo cuestionó. Hasta ahora. No preguntaría -eso sería demasiado imprudente- pero no quitaba aquello el hecho de que su curiosidad despertó. Porque, no podía creer en los rumores. Los rumores siempre mienten, ¿no?

–Dígame...– la voz del príncipe la sobresaltó ligeramente, haciéndola desviar la mirada.

Por un segundo muy pequeño -antes de que él llenara el vacío del lugar con su voz- sus pensamientos fueron asaltados con un error: Hiccup realmente no se veía mal con un protésico.

Un pequeño sonrojo se formó en sus mejillas, muy poco perceptible, ante la atrevida ola que mareo su mente.

–¿Si?– incitó al notar que él se había quedado callado. Y para despejar su cabeza, desde luego.

Unos pasos más y Astrid se sintió perdida por el lugar -ella jamás había indagado demasiado en los bosques de Berk- y confundida por el silencio.

La respiración profunda que tomó el príncipe la hizo mirar los destellos que era su rostro desde ese ángulo. Mandíbula fuerte y cabello desordenado.

Bajó la mirada a su propia espada y tomó la decisión de que era mejor monitorear el entorno, así evitaría detallar en un faz que prácticamente le era prohibido mirar.

–¿A visto usted un atardecer despejado?– preguntó el castaño, finalmente, después de muchos segundos de impaciente silencio.

La atención de ella volvió a estar en su rostro de inmediato.

Fue entonces cuando el entendimiento tocó su cabeza, como una pequeña flecha cayendo en un blanco.

El área de caza de dragones, área donde los dragones acostumbraban a visitar por alguna extraña razón que nadie sabe, había quedado atrás hace mucho rato. Estaban, en cambio, hacia los prados de Berk.

Aún era bosque, eso daba por sentado, pero los pasos confiados del príncipe los habían dirigido hacia la no marcada frontera con el única área turística del pueblo-isla que, aún siendo la más hermosa y promotora, era remotamente visitada.

Hiccup tiró de una pequeña -estorbosa- cortina de plantas, una rama y algunas hojas secas. Se hizo a un lado y ella observó por primera vez un atardecer naciente. Despejado. Con los colores rosa naranjino adornándolo y alguna isla muy pequeña de fondo.

Quedó sin palabras.

Luego, sonrió. Él ya sonreía también.

–Ante su silencio supondré que jamás ha gozado de la dicha que puede ofrecerle la naturaleza, señorita– las palabras sonaron calmas, pero hubo un tinte.

Un tinte un tanto... ¿egocéntrico?

Sonó extraño.

–Usted tiene razón, Joven Haddock– concibió, la voz de él aún sonando como un recordatorio en su cabeza de algo que no lograba conectar –Pero, me temo que aquí no hallará algún dragón.

–Naturalmente.

Él se sentó en una piedra un poco formada en el nacimiento de una raíz de árbol, un árbol muy alto. Astrid pensó en el hecho de que Hiccup es el heredero, futuro rey de Berk, y, si a él no le preocupaba, entonces ella podría relajarse un poco también.

Se dejó caer así en el tronco justo al lado del muchacho, sin bajar la guardia y sin estar demasiado cerca -alejándose convenientemente lo suficiente.

–¿Sólo descansará hasta dar inicio a la cacería, más tarde?

El castaño hizo una mueca.

–Sólo quiero observar el atardecer– y perdió la vista en el horizonte, como si escondiese su expresión.

A Astrid le pareció un acto afanado por huir, sin embargo. Ella bajó la mirada también, pensando.

La cacería de dragones, como una especie de tradición de corona, es exclusiva para la familia real. Se ha mantenido de esa forma a través de generación en generación. Nadie más puede hacerlo.

Entonces, si éste era el inicio en dicha actividad para el príncipe -siendo que este ya esta a dos años de asumir el cargo de monarca por ley- ¿por qué Hiccup no estaba locamente emocionado por ir a la parte letal del bosque y cazar un trofeo para su padre?

Él, de hecho, parecía más feliz ahora. Contemplando el atardecer mudamente.

Astrid no podía, ni aunque se lo propusiese, entender esa forma de pensar.

¿Por qué, de todas las personas de Berk, él precisamente debía diferir?

Era la única explicación con razonamiento que ella podía hallar: Haddock menor difiere... al resto del mundo.

Extraño. Pero no lo suficiente.

–Usted... no piensa salir de caza hoy, ¿no es así?– Hiccup sonrió muy minúsculamente, una expresión seca.

Ella notó que había una cicatriz en su quijada y de nuevo sintió la curiosidad abrasar.

–Usted es lista– halagó, luego negó con suavidad con su cabeza –Siempre ha sido lista, en realirealidad.

–¿Siempre?– preguntó confundida. Jamás habían hablado antes de que a ella le asignaran ser su custodio.

Entonces un levedísimo sonrojo empañó las mejillas del muchacho que, como un acto reflejo, peino su cabello un poco -demasiado- nervioso, riendo ante una broma nunca dicha.

–Si, si, quiero decir... debió ser muy lista para que tú... ¡usted! para que usted llegase a ser General– sus hombros moviéndose a ritmo del balbuceo –Si, s-si– agregó torpemente.

Astrid entrecerró los ojos hacia la dirección de él, en sospecha, mientras asentía.

¿Hiccup no estaría...?

No. No siendo el castaño un príncipe cuyas palabras a ella eran sólo un limitante saludo.

Descartó aquel pensamiento descabellado de inmediato.

Un silencio algo incómodo y tenso se formó en la atmósfera alrededor de ellos.

Astrid tamborileó los dedos de su diestra mano en su propia pierna, ansiosamente. Mantenía la mirada en el atardecer -casi anochecido- y algunas veces volteaba a su alrededor, alerta. Pero sus pensamientos estaban en una incógnita constante... retumbante.

Hiccup parecía nervioso aún, sus mejillas infladas y expresión torturada lo demostraba. Lo miró de soslayo, notando como las pecas, esparcidas por todo su rostro como polvo de arena, se intensificaban bajo esa mueca.

Astrid quiso romper el silencio.

Y ya era momento de hacer aquello que en años calló.

–Gracias– musitó por fin, después de una larga meditación y un respiro profundo.

Él la miró confundido, habiendo aún rastros de incomodidad en sus facciones.

–¿Por qué?– preguntó en un acto de valentía.

–Nunca le agradecí verdaderamente porque a los diez años, cuando estaba sola, usted intervino por mi con su padre.

Hiccup pareció entender, sin si quiera tratar de recordar, y sus ojos reflejaron sorpresa.

–Yo no sabía que usted lo sabía– pronunció torpemente.

Astrid sonrió muy suave, casi burlona, ante la ocurrencia dicha.

–Yo estaba frente a usted cuando habló con su padre– un nuevo sonrojo leve descendió por las mejillas del avergonzado príncipe.

¿Por qué tenía que actuar tan torpe?

–Ah. Si. Claro, claro debí suponerlo.

Antes de que la incomodidad se volviera a apoderar de ellos Hiccup habló nuevamente –¿Siempre quiso ser general?

–No siempre– confesó ella, sintiéndose ridículamente cómoda con la conversación, nunca antes alguien le había preguntado tal cosa. –Supongo que quise ser general en el momento en el que me di por entendida que solo los hombres valientes podían serlo.

–Una mujer que asume retos, ¿eh?

–Mejor: una mujer que quería ser respetada.

Por un segundo, él no supo qué decir. Después sonrió.

–Usted habría sido respetada aún sin ser general– murmuró muy seguro.

–¿A qué se refiere?– preguntó Astrid, llevó una de sus manos hasta los mechones sueltos de su cabello, incómoda por ello, y lo hizo a un lado mientras esperaba la respuesta del príncipe

–Es decir que incluso antes del entrenamiento, ¿quién podría enfrentarse a alguien tan ruda y despiadada? Y es que, de verdad, ¿cómo hace para doblar el cuerpo de alguien con una mano?

Entonces ella sonrió más amplio. Tan sorprendida como halagada.

No había sarcasmo en la voz del príncipe, cosa extraña considerando quien era. Él realmente la miraba con admiración, con... ¿fascinación?

Se sintió extrañamente cómoda con ello.

Una calidez extendiéndose por su pecho

Y luego lo recordó. Ella ni siquiera debía estar viéndolo a los ojos.

Miró nuevamente el atardecer. Ya los colores no podían distinguirse demasiado entre la penumbra casi dominante.

–Cuando su padre le pregunte...– comenzó ella, ligeramente nerviosa –Porque no mató a un dragón, ¿qué responderá?

Él pareció meditarlo, luego se encogió de hombros –A mi padre, de cualquier modo, jamás le importa mucho mi opinión–

Ella se sorprendió. Dicha emoción siendo demasiado presente en sus azules ojos.

–¿Por qué dice algo así?

–Él piensa que soy diferente, pero no es "diferente" algo exactamente bueno, ¿entiende, general?

Si. Astrid entendía más de lo que él podía imaginar, así que solo se limitó a asentir

Cuando, después de un rato de silencio, nuevamente el príncipe se colocó de pie ella lo siguió de inmediato.

–¿Esta lista para volver?– preguntó él antes de comenzar su caminata.

–Temo que usted debe estar más preparado que yo.

–Marchemos, entonces.

Vio al muchacho emprender el camino de regreso. Y, sintiéndose curiosa de nuevo, volvió a preguntar –¿Por qué no quiso matar a un dragón? creí que era un honor de la familia real.

Quizá estaba siendo muy impetuosa, pero tenía la necesidad de saber.

Él volvió su cuerpo a ella. La determinación bailando en sus ojos verdes, postura firme y respiración calma –¿Acaso matar es un honor?

Voz masculina que le erizó la piel.

Jamás lo había visto actuar así.

Un nuevo sentir de respeto se abrió paso lentamente en ella.

Aunque no lo quiso admitir de inmediato, ni siquiera para ella misma.

Astrid pensó, después de la sorpresa de momento, largamente en su pregunta, pensó largamente en la postura del príncipe, pensó largamente en su opinión sobre la caza de dragones.

Había algo extraño en él, fuera de su personalidad poco común, que aún no termina de encajar en los pensamientos de la rubia.

Bajó su mirada al suelo, recriminándose.

Ella no tenía porque estar pensando en ello. No le importa la vida de las demás personas.

Aunque en los últimos días eso parece más una mantra que se repite para convencerse a sí misma que un ideal.

Escuchó un sonido metálico chocar con el suelo, además de la prótesis del muchacho, y se sintió confusa. Miró alrededor, apenas habían caminado la mitad del sendero de vuelta al castillo.

Entonces nuevamente fijó la vista en el suelo, la daga que él llevaba desde un principio había caído allí, se preguntó si no la había escuchado mientra se acunclillaba para tomarla.

–¿Joven Haddock?

En cuanto el cuerpo de él se volvió ella vio una oportunidad de probar los reflejos del chico arrojando la daga sin intención de herirlo.

Estaba segura de que fallaría.

Estaba segura de que la daga terminaría en el suelo.

Pero él había actuado, casi por instinto, con demasiada rapidez.

Sospechosa rapidez.

Mientras tomaba la daga con la mano izquierda.

Frunció el ceño viendo la daga y la mano del muchacho. Mano izquierda del muchacho.

Un pensamiento en su cabeza. Él había manejado la espada con la mano derecha en los entrenamientos.

Inconscientemente, quizá, miró de nuevo sus ojos, encontrando reflejado su propio rostro en ellos. Soltó un jadeo y dio un paso atrás.

No podía ser cierto.

Pero, ¿y si...? la sospecha instalándose en su cabeza, como un recordatorio.

Con lentitud todo parecía encajar.

Mano izquierda.

Resistencia a matar dragones.

El hecho de que uno desaparecía cuando aparecía el otro.

Esa mirada.

El príncipe verdaderamente... ¿era el Caballero Negro?

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Nota: Sé que tardé mucho para publicar este capítulo y de verdad lo siento, realmente me dio batalla.

Se alargo a un Three-Shot para fortuna de ustedes y desfortunio mío, pero los siguientes dos capítulos serán dedicados a peticiones pendientes que tengo así que la continuación de este capítulo en específico tardará un poco. Espero comprenden :- 3

Antes de responder a los comentarios, les tengo una noticia: oficialmente abrí una cuenta en Wattpad y estoy subiendo esta historia también allí, he dejado el link de esa cuenta, también de facebook, en mi biografía-perfil, sin embargo, también lo voy a dejar aquí, por si acaso.

Sin más que decir, respuesta a los comentarios:

Veritux: También yo espero que saquen una serie de eso, sería lindo :- 3 y espero que este capítulo haya sido de tu agrado igual, gracias por leer.

LadyAira14: ¡Cambiaste tu nombre! en fin, sé que seguramente estabas esperando tu petición en este capítulo, pero el Caballero Negro ya lo tenía adelantado, así que tú petición será el capítulo siguiente, ya más o menos tengo algo xD. Respecto al capítulo anterior, si te reíste funciona y gracias por tus halagos, no fue fácil conseguir una narrativa natural y fluida, tuve que pensar varias veces ¿qué diría este personaje? para lograr eso, así que gracias.

: ¡Gracias a ti por tus bellas palabras! espero seguir teniéndote por aquí.

KatnissSakura: ¿En serio? :0 gracias por ese dato fascinante y... asqueroso xD pero Nuffink con papilas de acero me gustó y alguien debe seguir el legado -cof cof que ya no sólo las chicas cocinen mal cof cof-

Jan Valkyrie: Estoy satisfecha de que estés orgullosa :- 3 ¿Nuffink "papilas de acero" siendo tu HeadCannon? ¡Ufff! Yo me siento orgullosa de eso ^^ y si, el de Stoick será prontito, prontito (después de dos peticiones y un capítulo que tengo pendiente xD).

Sin más, espero que hayan pasado un lindo día del padre ;- ).

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