Nota: Ninguno de los personajes me pertenecen, la historia sí.
.
Capitulo 07: Retratos de una camarera.
Sinopsis: Se había vuelto costumbre con el tiempo. Viernes tras viernes, el joven Haddock se encontraba allí, con una hoja de papel en mano, una pluma y expresión concentrada.
18 (Astrid) y 27 (Hiccup) años de edad / Se podrían llamar capítulos muy cortos o viñetas alrededor de los años 60's.
Prom's propuesto por LadyAira14 en donde haya una discusión y, por tanto, una reconciliación.
Espero les guste ;- ). Recuerden que acepto peticiones, ideas, sugerencias, promp's. ¡De todo!
Pequeña aclaración: El tiempo de una viñeta a la siguiente es de días o semanas. Cada título marca el final de una y comienzo de la siguiente.
.
::: Cafetería favorita :::
La ciudad de New York es amplia y aún esta en crecimiento, pero New York, desde luego, siempre ha sido estrecha, concurrida e independiente con respecto a población; cada cabeza un mundo, un mundo en cada cabeza. Nadie presta realmente atención al otro.
Por eso Hiccup Harry's Haddock, hijo de un pudiente empresario con sangre de conde corriendo lejanamente en sus venas, se sorprendió al ver la generación más joven comenzar una trivialidad cuando el año 1964 acalzaba su cúspide. Y cada uno de los chicos parecía apoyar al otro.
Por primera vez la ciudad de New York actuaba en masa como uno mismo. ¿La razón? Moda.
Muchos no podían entender tal desfachatez, pero las chicas de la nueva generación gozaban usar ropa colorida y tacones anchos. Y ni hablar de los chicos y sus pantalones estrechos.
Un bochorno sin duda.
O, al menos, ese era el rumor corriendo entre los adultos y padres conservadores. Su opinión alzándose sólo ligeramente en comparación a las protestas juveniles.
Hiccup no era padre -ni por asomo- pero sí era conservador. Cerca de cumplir los veintiocho años de edad él no tenía el más mínimo interés en involucrarse con tonterías como la moda. Habían ocupaciones maduras más importantes, como trabajar o comprar en algunas ocasiones un capuccino y un croissant en su cafetería favorita con el sueldo de dicho trabajo.
Hoy, sin dudas, era una de esas ocasiones. Nublado y oscurecido. Perfecto para un sorbo caliente por su garganta.
Cruzó la calle siguiente observando de soslayo la nueva moda del momento pavoneándose sobre las coloridas revistas. New York parecía ahora un circo bien organizado, con personas manteniendo el mismo ritmo de sus acrobacias y espectadores esperando, impacientemente, el resultado.
Hiccup ya sabía cual sería ese resultado. La moda moderna y atrevida con rapidez estaba tomando forma en la historia.
Tomó una respiración profunda en cuanto entró a su destino, con aquellos pensamientos ahora disipándose en algún rincón de su mente. El lugar se veía igual que siempre: cálido, deslumbrante y de color muy rojo.
Se deslizó entonces por todo el suelo bicolor hasta la única mesa disponible en toda "The Coffee Hofferson" y dejó caer su cuerpo con calma sobre la silla. No era de sorprender que sólo hubiese un lugar disponible en aquella cafetería siendo apenas las ocho con tres de la mañana, servían el mejor café de New York y habían tan sólo seis puestos de color aguamarina repartidos escasamente entre la barra y la pared.
Hiccup siempre se aseguraba de llegar antes de que la última silla fuese ocupada.
Estaba feliz de que ese día no haya sido la excepción, la semana anterior a esa había tenido que cruzar la ciudad entera en busca de un café al menos decente y el resultado, penosamente, había sido una comida recalentada en su propio hogar de soltero. Algo patoso y definitivamente no placentero.
Escuchó los firmes pasos de alguien acercándose a la olvidada silla -la más lejana- que él ocupaba y dispuso su atención al pequeño menú en el centro de la mesa. Acción inútil, toda la cafetería sabía que las contadas visitas del hombre siempre eran por la misma razón.
–Buen día le desea The Coffee Hofferson hoy, ¿desea ordenar algo?
La presurosa chica rubia sonreía forzosamente, no obstante, Hiccup ni siquiera prestó atención a su presencia cuando habló.
–Un croissant y capuccino doble azúcar, por favor.
–Enseguida, señor.
Ella no hizo ademán de notar algo importante en el hombre, tampoco.
Simplemente desapareció dentro del área de cocina.
Había algo inquietante rondando en la mente de Astrid Hofferson aquella mañana, ella tendría que cubrir el turno de Heather prácticamente todo el día porque esta ha estado enferma de salmonela desde hace una semana y su remplazo había renunciado.
Sirvió el café pedido con ¿tres de azúcar? distraídamente tomó los pequeños cubos y los mezcló con el capuccino.
El problema no era trabajar. Dios sabe que a Astrid no le da temor trabajar. El problema era ese sujeto insistente de la barra que parecía no darse por vencido en tratar de conseguir una cita con... bueno, con cualquier artilugio con ropas femeninas.
Hizo una mueca cuando colocó el croissant en un platillo junto a la servilleta y se dirigió a servir al cliente que es mucho más indiferente, definitivamente menos desagradable.
Pasando cerca del apagador en el camino a la mesa y presionando el botón para desintalar la luz innecesariamente encendida. Tendría que recordarle a Gustav que las bombillas deben apagarse en la tarde, después de la limpieza, antes de ir a casa.
Carraspeó cuando estuvo a la izquierda del distraído hombre. Sólo hasta entonces Hiccup dejó de lado su atención en la ventana cristalizada para mirar a la camarera de turno.
Sus ojos conectaron por un segundo.
–Aquí esta su pedido, señor– dijo ella en tono amable, pero firme.
No había timidez o tan siquiera un dejo de inseguridad en esa voz.
Detalló levemente en su cincelado rostro mientras la chica colocaba el plato sobre su mesa. Pálida, joven -mucho más joven que él- y de largos cabellos rubios.
Le pareció extraño que su cabello fuese largo cuando la moda y vanguardia concentraba su atención en el corto, no obstante los bucles bien trabajados junto a ese leve labial rosa le sentaba muy bien. Lo suficiente para que Hiccup supiese que la chica no necesitaba cortar su cabello.
Ella era bonita. Bastante bonita.
–Gracias– musitó suavemente cuando la rubia terminó de colocar el platillo.
–A su orden, señor– y se marchó.
Por alguna razón, el aperitivo "señor" lo había hecho sentir más viejo esta vez.
¿Cuántos años tendría la muchacha? ¿diecisiete? ¿dieciocho?
Pensó largamente en eso hasta que se vio forzado a probar su café. Su café demasiado dulce.
::: ¿Héroe o intento? :::
Cuando Astrid entró en la cafetería en la que ahora trabajaba aquella mañana no esperó ver al pesado sujeto allí, con una sonrisa petulante y expresión chueca.
Trató de no hacer una mueca cuando su padre le informó que el jugoso cliente quería que ella le atendiese y tomó la pequeña libreta junto al lápiz delgado para anotar la orden.
–Buen día le desea The Coffee Hofferson hoy, ¿desea ordenar algo?– repitió el emblema, como un mantra.
El hombre de largo cabello azabache la miró en lo que intentó ser un acto seductor. Astrid pudo jurar que le causó nauseas.
–¿Sabes nena? La única orden del día que me gustaría sería una salida contigo.
Snotlout Jorgenson era, sin dudas, una ruptura completa a la educación masculina sesentera. Y no era algo positivo para ninguna chica que fuese víctima de sus ataques.
Por lo general era tosco, descuidado y atrevido. Sobre todo atrevido. Astrid lo había comprendido a la segunda semana de estar trabajando en el lugar.
–Lo siento, le pido que, si no va a ordenar algo, se retire.
Ella de verdad estaba conteniéndose, apretando los puños hasta volver los nudillos blancos, para no formar una escena digna de revista farandulera con el sujeto.
–No sería tan difícil que te sentases conmigo al menos, nena– Snotlout pronunció lentamente.
Las palabras cayeron como hierro dentro del vientre de la chica. Aquella frase la había utilizado su padre el día anterior, con un tono más reprochado y una orden colándose en la voz. No podría ser casualidad.
Elin y Ryder Hofferson, ambos conspiradores padres, estaban de acuerdo en una cosa: Snotlout Jorgenson era un buen e irresistible partido para su solitaria hija. Un partido con mucho dinero siendo hijo del alcalde.
Algo encajó como engranaje en la cabeza de la chica.
Y, entonces, lo golpeó. Había sido un golpe fuerte y acertado justo en el segundo en el que las palabras confianzudas y groseras dichas por Snotlout habían logrado llegar a los oídos de los presentes.
Tan rápido como Astrid comprendió la trampa su puño conectaba a la nariz del sujeto.
Un punzante dolor invadió pronto el rostro del golpeado y los nudillos de la golpeadora al mismo tiempo.
Sólo en ese momento notó al frecuente cliente del croissant -ella no estaba al tanto de su nombre, si quiera- de pie junto a Snotlout.
Hiccup iba a intervenir, viendo desde la barra toda la incomodidad que destilaba la joven al hablar con su primo, en la pelea para recordarle al sujeto su lugar. O eso estaba dispuesto hasta que vio la fiereza de ella al defenderse.
Astrid miró por un segundo el semblante del hombre, alerta ante cualquier otro sujeto machista que se pusiera del lado de Snotlout.
Encontró en sus ojos asombro y quizá un dejo muy lejano de deslumbramiento, pero no había agresión -contrario al azabache que recién se recuperaba del golpe.
–Escucha, niña– un tono agrio y amenazante filtrado en las palabras del golpeado –Yo...
–Snotlout– interrumpió Hiccup a su derecha, desviando su mirada de los acusadores ojos azules y colocando una mano sobre el hombro de su primo, ceño fruncido y labios apretados –Será mejor que me acompañes afuera.
La rubia, con expresión alerta imperturbable, examinó sorprendida la mueca en el rostro de Snotlout. Notó una intimidación ante el tono ronco que el hombre castaño empleó -intimidación que Jorgenson dismuló muy bien.
Astrid tuvo la necesidad de admitir en ese momento, mientras veía a ambos hombres dirigirse a la salida, que el porte alto y decidido de aquel cliente del croissant causó una sensación de hormigueo en ella.
Jamás había visto tanta determinación en una mirada, en especial en la verdosa amable del joven con la cual a veces se topaba.
Fue algo tan... masculino.
La chica descartó aquellos fugaces pensamientos cuando el próximo cliente estuvo reclamando su café y el castaño no volvió a su mesa por el resto del día.
::: Inspiración :::
Hiccup siempre llevaba consigo hojas de papel y lápices dentro de aquel maletín negro del cual nunca se separaba. Un hombre preparado, sin duda.
Por eso aquella tarde, cuando pasó de largo dentro de la cafetería sin siquiera prestar atención a su colorido y acostumbrado entorno, no fue difícil para él desenvolver una hoja y colocarla encima de su mesa.
Las bombillas estaban ya encendidas porque el sol alcanzaba a ocultarse e Hiccup tuvo la suerte de tomar un asiento junto a la ventana, donde la luz era tenue, pero espesa.
Había llegado al lugar a por algo de inspiración -sentía que los dibujos más recientes no expresaban emoción alguna y debía, urgentemente, colocar un remedio a ello.
No obstante, ver por la ventana a personas desinteresadas desfilar afanadamente por las calles no ayudó demasiado a su objetivo. Tampoco el hecho de que el sujeto más cercano a él tan sólo estuviese comiendo un helado con aburrimiento.
Tal vez ir a su cafetería favorita no había sido una gran idea, después de todo.
Soltó una respiración larga, tan sólo jugando con el lápiz en trazos quedos y sin sentido sobre el papel. Mirada gacha y expresión decepcionada.
Realmente había pensado que era una buena idea.
–Buen día le desea The Coffee Hofferson hoy, ¿desea ordenar algo?
–No, yo...– entonces miró a la muchacha que le atendía. No era la misma rubiesilla de la ocasión anterior, esta es castaña y su sonrisa es mucho más infantil y dulce.
Buscó, quizá inconscientemente, a la chica que había golpeado a Snotlout. La encontró en la barra, limpiando con tranquilidad el mesón de mármol.
–¿Decía...?– insistió la chica y él volvió sus verdes ojos a ella.
–Una malteada, por favor.
–Sabor durazno, fresa, sandía o...
–Durazno. Durazno suena bien, gracias.
–A su orden, señor.
Hiccup no prestó mayor atención a la pequeña figurilla de la chica marchándose. Él estaba más interesado en observar a la rubia.
No sabía su nombre, tampoco su cumpleaños y jamás habían hablado más de la cuenta, pero a él realmente le había impresionado la fuerza y fiereza que la muchacha demostró tener hacía unos días.
Miró el papel de nuevo mientras el recuerdo se reproducía en su mente una y otra vez. Una chica normal habría hecho un escándalo en busca de un héroe que la defendiese o, en el peor de los casos, habría aceptado el desmoral coqueteo por parte de su primo.
Ella no. Ella lo había golpeado. Ella ni siquiera había despeinado su cabello al hacerlo, de hecho.
De forma ausente el lápiz en su mano izquierda comenzó a cobrar vida y unos trazos tenues comenzaron a hacerse presente. Salió de la nada, pero aquel sentimiento de satisfacción por su trabajo, muy bien conocida, se abrió paso en su pecho.
La observó de soslayo por un momento más y deslizó la punta del lápiz por la parte media alta de la hoja. No tuvo necesidad de medir el centro del papel para ubicarse, había dibujado por demasiado tiempo.
Trazó un mechón delgado e inmóvil cuando la chica castaña le entregó la malteada y agradeció muy apenas. Trataba de grabar la posición encorvada de la camarera rubia en su mente.
La caída del largo cabello de ella le daba forma de manzana a su cabeza y decidió trazar eso en líneas garabateadas, por si la chica decidía moverse antes de terminar la obra, junto a los relajados hombros.
Siguió el detallado camino de sus brazos desnudos puestos sobre el mesón y finalmente dibujó una línea recta por debajo de ella que apenas simulaba el mármol.
No detalló demasiado, su obra era un garabato con forma. Muy rápido para tener un principio, muy poco trazado para terminar. Era una base, pero Hiccup se sintió feliz de tener una base.
Aquel día él llegó a casa un poco más temprano de lo acostumbrado.
Colocó el tenue trazo sobre su escritorio creativo -más desordenado en papeles revueltos que creativo en realidad- y acomodó delicadamente el block gigante en el que acostumbraba a pintar.
Decidió sentarse sobre su propio escritorio, de frente al block, y con una pluma oscurecida en la mano. Reprodujo en cuestión de minutos el boceto garabateado de la pequeña hoja y se preparó mentalmente para lo siguiente.
Perfeccionar siempre era la parte difícil.
Comenzó arriba, como es ideal, y fue repasando el lápiz en tonos más sombríos desde allí hasta la parte baja del dibujo. Borró un mechón estorboso fuera de línea y lo hizo de nuevo junto a la corriente de cabello largo y ondulado que poseía esa joven.
Luego siguió el trazo del perfil apenas perceptible de su rostro, ya que la melena rubia escondía gran parte del mismo, y alcanzó a pronunciar su fina nariz y carnosos labios capturando una tenue, muy tenue sonrisa.
Agradecía tener una memoria tan buena en momentos como ese pues había logrado captar la posición en su mente incluso mejor que en su garabato.
Luego oscureció los hombros relajados -con cabellos aún esparcidos libres y desordenados sobre los mismos- y trazó con calma, pero firmeza el largo del brazo femenino.
Fue una bendición que sólo se viese todo el perfil derecho de la muchacha desde su posición o no habría podido hacer el boceto en tan poco tiempo, aún con garabato incluido.
Capturó los delgados dedos de la chica sosteniendo la tela con la que limpiaba la barra en ese momento e incluyó las arrugas del sucio trapo.
Agradecía al cielo haber pasado ya la etapa en la que las manos eran una complicación.
Luego afianzó el mesón como simplemente un fondo y soporte para la protagonista del trazo y detalló ausentemente el recto vestido que ella cargaba. No fue demasiado con respecto a sus ropas, la barra escondía mucho, aún así decidió agregar lo cuadrado del pecho y las mangas adornadas en los hombros.
Miró su trazo y sintió orgullo del acabado. Le había llevado, con un cálculo rápido, al menos media hora.
Ahora quedaba un nuevo remarcado más intenso por hacer, corrección y color.
Hiccup decidió ese día que visitar la cafetería tal vez si había sido una buena idea después de todo.
Y, quizá, ir con más frecuencia no sería malo.
::: En el olvido :::
–Astrid, ¿no notas algo extraño?– Heather susurra a su lado.
La chica, con una taza vacía y una bandeja llena de servilletas usadas entre las manos, miró con extrañeza a su amiga.
–Ay, Astrid– suspiró la azabache –A veces eres tan despistada.
Heather era la única con autoridad de tutearla y que ella no rompiera su mano en el proceso.
También tenía autoridad de insultarla un poco, en algunas ocasiones.
–No sé de que hablas Heather– concedió.
Ella no tenía tiempo para los suspiros adolescentes de su amiga, la cafetería, especialmente hoy, parecía sofocada por la cantidad de personas esperando mesas.
–Hablo del Joven Haddock, ¿acaso no te has percatado de él?
La rubia lanzó una fugaz mirada en la dirección del, ahora frecuente, cliente sentado tranquilamente al fondo.
Detalló en que el hombre tan sólo comía su habitual croissant. No había nada especial en él.
–No– respondió cortante.
Heather sintió una ola de frustración ante el despiste -o terquedad- de su amiga de infancia. Giró levemente los ojos y se dirigió de la barra hasta la mesa siguiente para servir el emparedado de carne pedido.
Cuando la azabache regresó a la cocina Astrid estaba recibiendo la cuenta de una chica sentada justo al costado de la rocola, pero Heather pudo ver claramente la mirada de soslayo que la rubia dirigió hacia Haddock.
No pudo contener la guasona sonrisa que adornó sus labios cuando los ojos azules de su amiga conectaron con los suyos.
–¿Ves a lo que me refiero?
Astrid se encogió de hombros mientras pasaba de largo, adentrándose nuevamente a la cocina.
Por supuesto que ella sabía de lo que la azabache hablaba. El pecoso hombre de la mesa de fondo, Hiccup Haddock -nombre que conocía debido a su renombre en el arte y que ella había olvidado antes- siempre la observaba crítico.
Él disimulaba torpemente girando su rostro justo al segundo en el que Astrid lo miraba.
A ella le parecía un acto infantil y, secretamente, quizá algo adorable.
Pero no tenía mayor importancia a esa. Astrid sólo sabía de él su nombre, su dulce preferido y el embellecimiento que el hombre colocaba al mundo con su arte.
Jamás habían hablado más allá de un saludo ocasional y la rubia pensaba que no debía ser diferente.
No tendría porque, en realidad.
–Creo que le gustas– volvió a cuchichear cantarinamente Heather antes de que la rubia pudiese escapar de la cocina con la nueva orden.
Astrid sólo ignoró llanamente a su amiga.
No le interesaba.
Pero cuando el muchacho dejó olvidada una pequeña libreta sobre la mesa y la vio, ella no pudo evitar tomarla.
Quizá él regresaría preocupado por sus hojas, se excusó. Porque a ella no le interesaba.
Aquel largo y pesado día pasó sin mayores repercusiones y Astrid tuvo que escuchar la charla de su padre acerca de cuando va a casarse o comprometerse con alguno de los pretendientes decentes que tenía.
La chica sabía que sus padres llamaban decente al hombre con más dinero en la lista.
Ella le musitó a su padre un simple y cortante "algún día lo haré" y se marchó a su habitación.
No es que no pensara en casarse, en un rincón casi olvidado de su mente la palabra matrimonio bailaba ferviente cada tanto tiempo, pero ella sólo no había encontrado una verdadera motivación para hacerlo.
Mientras aquella explicación imaginaria -que jamás le daría a sus padres- pasaba por su mente ella cepillaba su cabello y lavaba sus dientes.
Era claro para la chica. Ese sentimiento de quemazón y hormigueo que los libros describían como amor no la había tocado.
Astrid estaba en paz con ello lo suficiente como para ignorar las miradas juzgadoras de la sociedad y pasar de largo ante las charlas aburridas de su padre.
Se colocó el pijama de seda, ancho y conservador, con el que acostumbraba dormir.
La rubia se pregunta muy a menudo el porque de la incomprensión de sus padres y ella piensa en eso cuando encuentra la casi olvidada libreta Haddock entre las ropas que se proponía a guardar.
Era de cuerina muy fina y moderna. Tanto como la tecnología sesentera lo permitiera, al menos.
Astrid no debía mirar. Astrid no quería mirar. Astrid...
Bueno, quizá sólo un poco.
El primer dibujo era un inocente perro sin color, el siguiente simplemente un edificio. Para cuando el quinto dibujo sencillo y sin colorear que descubrió se trataba de un anciano con bastón la chica notó que se trataba sólo de un pequeño diario artístico.
O lo que se le pareciera.
Astrid jamás había logrado dibujar un palillo en su vida, así que ella admiraba el arte como una cosa lejana, prohibida y hermosa.
Y el que haya atendido un par de veces a su artista favorito del campo sin notarlo si quiera no la hacía sentir algo. Se consolaba a si misma bajo el pensamiento de que él no actuaba como alguien reconocido y ella no tenía modo de saberlo.
Pero los pequeños detalles en la libreta del muchacho. Esos sí la hacían sentir algo.
Sosiego y normalidad.
Él era normal.
Bueno, no. Propiamente él no era normal. Un hombre normal habría presumido su puesto -tal como Snotlout.
Él era modesto, educado y vestía como abuelo.
Sus pequeños dibujos en notas, por otro lado, sí eran normales. Como captar lo más hermoso de la rutina de alguien, lo que no cualquiera es capaz de observar fijamente, pero entra en el rango, aún así, de cotidianidad.
Una sonrisa o una mirada. Simplemente, un perro jadeando.
Astrid dejó la libreta de lado con la decisión de que se la devolvería en cuanto volviera a verle.
::: De primos falsos y salidas de amigos :::
Cuando Hiccup buscó desesperadamente su libreta entre las bolsillas de su saco y no la halló pensó que la había extraviado. Fue una pena, esa libreta de cuerina era especial.
Él no esperó, naturalmente, que la chica rubia Astrid Hofferson, nombre que ahora conoce porque el jefe de ella lo había gritado a todo pulmón hacía poco mas de unos tres días, se la devolviera.
–Gracias, señorita– musitó cuando la sorpresa de la acción se hizo a un lado lo suficiente para dejarlo hablar.
Había pasado una semana entera cociendo una nueva libreta a mano para suplantar la anterior extraviada. No pensaba que alguien la devolviese en primer lugar.
La chica notó la confusión plasmada en la verdosa mirada de él y se apresuró a aclarar –La encontré en su asiento el otro día y pensé que usted la querría de vuelta.
–Oh. Ya veo...– Hiccup hizo un ademán de restar importancia con su mano izquierda –No se preocupe, se lo agradezco mucho. Suelo ser algo distraído.
–Ya lo creo– respondió sin pensar la rubia.
Lentamente sus ojos se agrandaron al caer en cuenta del peso de sus palabras. Tal vez había sonado muy grosera. Ella no quería ser grosera y que un cliente se perdiera, no quería escuchar las quejas de su padre después, en realidad.
–Quise decir...– dudó intentando remediar el error.
El castaño hombre se encogió de hombros como si tal cosa –No me he sentido ofendido, señorita.
Astrid relajó notable el semblante y sonrió casi imperceptiblemente.
–¿Quiere una mesa, señor?
Hiccup hizo una mueca chueca con los labios y ella no supo porque exactamente. Se abstuvo de preguntar cuando él miró con cierta desconfianza el lugar repleto de personas que ahora era la cafetería.
Afuera en la calle, donde se encontraban ambos -Hiccup caminando casualmente y Astrid colocando un letrero antes del intercambio de palabras- hacía mucho más fresco que en el café.
–Preferiría que hoy no, gracias.
Cuando la rubia le sonrió en despedida y él estuvo cerca de irse recordó la libreta aún entre sus manos. Miró fijamente el cuero, dudando en avanzar o no.
–¿Usted...?– una mirada insinuante hacia el pequeño block le dio a entender a Astrid de lo que él hablaba.
Se sintió apenada, sólo un poco, antes de carraspear –Me dio mucha curiosidad, lo siento.
Oh, la niña era curiosa.
–Descuide, señorita.
–Usted es un gran artista– admiró muy quieta en su lugar en espera de una reacción, aún se sentía algo apenada por la intromisión.
–Me complace escuchar eso– una sonrisa sosegada llenó los delgados labios de él y la rubia se preguntó como es que no había notado antes esa cicatriz en la barbilla.
No es que lo haya detallado demasiado antes, de cualquier modo.
–¿Es una admiradora del arte, Srta. Hofferson?
–Con un límite.
–¿Un límite?
–Si, ya sabe...– su pequeña mano diestra bailó en el aire –La música moderna no es de lo mejor, pero las pinturas podrían tener potencial.
Hiccup asintió, sorprendido de los pensamientos maduros y sensatos de la muchacha, pero sonriendo.
–¿Usted ha ido antes al museo de New York? Tienen las mejores exhibiciones allí.
–Desafortunadamente, no.
–¿Le gustaría ir?
El castaño no supo con exactitud porque lo hizo, él no conocía a la chica y, por tanto, no tenía razón para hacer tal invitacón.
No había medido las palabras.
Antes de que pudiese retractarse, ella le lanzó una astuta mirada: –¿Esta usted invitándome?
Hiccup no podía negarlo. La chica era hermosa. No obstante, ello no era suficiente para que él se sintiese motivado a tal cosa como una cita.
Una parte de él sentía, en cambio, curiosidad. La rubia había logrado que dibujara algo decente después de mucho tiempo en bloqueo. Y sería de mala educación decir ahora que no la había invitado cuando claramente era un si.
Asintió levemente antes de aclarar –Me gustaría ser su amigo.
La torpeza con la que atropelló las palabras, de alguna forma, hizo que Astrid confiara un poco en él.
Una amistad no le haría daño a nadie, después de todo.
–Nos veremos allá y usted será mi primo si alguien pregunta, ocupo cuidarme de las lenguas.
Hiccup sonrió meticulosamente y asintió, conforme.
Él no quería ser el responsable de manchar la sana reputación de una joven. Nadie vería bien que ellos salieran por ahí sin tener una relación formal.
Así pues, Hiccup fue a pasear el resto del día con una libreta de vuelta y una salida de amigos prometida.
::: Complicidad :::
Era un hecho. Se había vuelto costumbre con el tiempo -aunque dicho tiempo fuera poco.
Cualquiera podría verlo.
Viernes tras viernes, el joven Haddock se encontraba allí, con una hoja de papel en mano, una pluma y expresión concentrada. Dibujando.
Los habitantes de New York no prestaban atención a ello, como era ya la manía, pero Astrid sí. Ella notaba la mirada de soslayo y la sonrisa sosegada.
No necesitaba ser genio para saber, o afirmar, que el hombre la retrataba a ella. Heather también lo había notado, por supuesto, y ahora picaba sus costillas cada que se descuidaba, con una expresión pícara y un consejo a la mano.
La campana de la puerta sonó y Astrid observó a una muy apresurada Ruffnut caminar hasta la nueva mesa llena del lugar. Una familia casi puede garantizar una propina extensa.
Ella miró descuidadamente hacia Hiccup, hoy sentado en la barra, que comía de manera distraída mientras divisaba su propia hoja. Tenía esa expresión en el rostro, esa expresión de estar sobre pensando una situación.
Se acercó con lentitud hasta el asiento.
–¿Desea ordenar algo más, señor?
Tomó la tasa vacía y la servilleta usada a modo de distracción mientras le lanzaba una mirada perspicaz.
–No, estoy bien así– garantizó.
Verde y azul chocaron con intensidad. La mirada de él brillando con entusiasmo y las mejillas de la chica encendidas ligeramente.
–¿Traigo su cuenta?
–Cuando guste, señorita.
A simple vista parecía una interacción normal. Una camarera y el cliente.
Ambos sabían, sin embargo, que había mucho más que eso. Después de la quinta cita silenciosamente se había acordado entre ellos una complicidad, algo más que una simple salida de amigos.
Hiccup observó a la linda rubia marchar con dirección a la cocina, su mini falda a la moda y cabello recién cortado le sentaban maravillosamente bien.
Cuando Astrid volvió a la barra no notó a su padre de pie al fondo, mirando detenidamente sus pasos, su silueta y el brillo desprendido en sus acciones.
La había visto caminar más aprisa, fugarse y sonreír a la nada. Ahora podía ver claramente la razón.
–Gracias– musitó el castaño en cuanto la chica le tendió la cuenta. Ambos ignorantes a la presencia del hombre rubio y mayor detrás de la barra.
Astrid sonrió amplio hacia él antes de continuar con sus deberes.
No lo habían hablado, no se habían besado o abrazado jamás. Sólo eran miradas cómplices y cumplidos al aire en momentos de privacidad, pero después de tres meses saliendo y una cafetería de por medio ellos habían aprendido a comunicarse así.
Era suficiente, para ambos, esa pequeña complicidad que sabían era mutua.
::: Algo alocado :::
Astrid llegó aquella tarde a casa con una revista de moda en las manos que realmente no estaba leyendo. A ella nunca le había interesado tanto las tendencias, pero la polémica disputa que esta causaba ¡ja! esa sí le interesaba.
Tarareaba en voz muy baja una canción inexistente cuando su padre tocó su hombro.
–¿Si?– preguntó inocentemente.
Su progenitor se veía feliz.
–Tengo una extraordinaria noticia.
El que su madre no haya estado en la sala a Astrid debió darle una pista, pero ella no estaba siendo demasiado observadora aquel día.
–¿De qué se trata?
El rubio sonrió ampliamente antes de pronunciar: –Vas a casarte.
Una pausa y el color pálido de piel de la chica se volvió aún más pálido.
¿Él había dicho...?
–¿Qué?
–Vas a casarte– repitió el hombre. Lentamente la rubia comenzó a negar con la cabeza –Y con un excelente partido, Snotlout Jorgenson esta complacido de aceptar tu mano.
¿Snotlout Jorgenson? Él debía estar bromeando.
Poco a poco la furia se hizo parte de sus emociones mientras negaba con más fiereza que antes –No voy a casarme– dictaminó.
El Sr. Hofferson también frunció el ceño –Sí que lo vas a hacer, ¿qué tienes que temer?– desafió –Es un buen muchacho que puede darte una gran vida.
–No me importa.
Y no lo hacía. No importa lo que pasase -o lo que este pudiese ofrecerle- Astrid Hofferson jamás iba a casarse con ningún Jorgenson.
Su padre la tomó del brazo con fuerza, halando de ella hasta que estuvo frente a su habitación –Vas a casarte, señorita.
–No lo haré.
Con un empujón fuerte la dejó dentro de la habitación, mirando a su hija fríamente –Lo harás– determinó.
Astrid ni siquiera se molestó en masajear su brazo, pese al color rojizo y marca profunda en el. Todo lo que podía pensar era en las palabras de su padre.
¿Snotlout Jorgenson?
Jamás.
Miró la ventana, notando el cielo casi atardecido.
Sabía la razón de su padre. Posiblemente las malas lenguas hayan llevado a él el rumor de su -lo que sea que tenga- con Hiccup.
Astrid lo había mantenido oculto todo el tiempo por una razón: la reacción de su padre. Él podría reaccionar mal ante la edad del castaño o su oficio.
Un pintor mayor no podría ser merecedor de su hija, tal como pudo haber mencionado el Sr. Hofferson. Al igual que lo sucedido con sus pretendientes anteriores, siendo que él aprobaba sólo al reconocido hijo del alcalde.
No importa si Hiccup es igual en estatus y dinero. Es pintor, es mayor y ya eso era suficiente.
Esa tarde Astrid nuevamente escapó de casa para verse con su falso primo.
.
–¿Dices que va a obligarte?
Los árboles del parque, bajo las noticias tan negras de la chica, se veían opacados.
–O eso quiere– escupió ella, enfadada.
No había llorado ni había pedido desesperadamente ayuda -Hiccup no esperaba que lo hiciera, de hecho- pero el castaño sentía un inmenso deber de ayudarla.
–¿Qué es lo que vas a hacer?– la tristeza y preocupación colándose en su voz.
Astrid le dirigió una mirada larga –No lo sé.
Entonces, y como antes no lo había hecho, Astrid se acercó al joven y lo rodeó con sus brazos.
Torpemente él correspondió el gesto.
La vio por primera vez esconder el rostro entre su pecho y no pudo evitar mover la palma desde el hombro femenino hasta tomar su mano, lentamente.
Ella entrelazó sus dedos de forma cariñosa.
–Ven conmigo– susurró Hiccup entonces.
Astrid enfrentó su rostro, un poco más alto, antes de suspirar profundamente –¿A dónde?
–Me ofrecieron un trabajo como paisajista en Francia, no he aceptado– hizo una pausa, frunciendo los labios –Aún.
El corazón de la rubia se saltó un latido, su respiración se agitó y los pensamientos en su mente se mezclaron.
¿Ir con Hiccup? En la mirada de él sólo había determinación, no timidez o cohibición como en otras ocasiones, pero, ¿ella querría irse?
La respuesta fue clara y concisa.
–Si. Es momento de hacer algo alocado.
Él sonrió –Como una Hiccup idea, ¿eh?
::: Entre una discusión y un hospital :::
Astrid había salido temprano de la cafetería en el momento de pillar un descuido de su padre. Él era muy despistado o muy estúpido, pero, de cualquier forma, raras eran las ocasiones en las que notaba sus escapadas.
Ese día no fue una de esas ocasiones.
Tomó el teléfono prestado de la casa de Heather -quien había estado tan involucrada en el plan de fuga como ella misma desde hace un par de semanas, cuando este empezó.
–¿Sr. Haddock?
Su voz sonó programada, en caso de una equivocación en el número.
–Ya te he dicho que me llames Hiccup, me haces sentir viejo.
Una esquina de la boca femenina tiró hacia arriba ante la respuesta infantil. Quería seguir la broma y decir algo como "¿no habías cumplido ya los setenta?" pero, por desgracia, tenían el tiempo medido para actuar.
Resopló. Odiaba hacer las cosas así.
–Estoy lista.
El castaño al otro lado de la línea frunció los labios, inseguro –¿Estás completamente convencida de lo que vamos a hacer?
Un silencio algo incómodo reinó por un segundo.
Astrid quería, ella de verdad anhelaba que su padre comprendiera, no obstante cuando aquella misma mañana él anunció que el matrimonio sería en menos de cuatro días la rubia se convenció que jamás lo haría. Él jamás entendería.
Despedirse de su madre fue doloroso. Elin sí la apoyaba en su plan alegando, para vergüenza de Astrid, que había fijado su vista en un joven muy apuesto.
Su madre era atolondrada, pero la extrañaría más que a nadie.
–Podremos volver en un futuro– le susurró a Hiccup, aferrándose al teléfono. El castaño presentía que se lo decía más a sí misma.
–Por supuesto M'Lady.
Quizá, pensó ella, en un futuro ya estarían casados y su padre haya perdonado su fuga chueca.
Astrid no estaba enamorada de ese hombre del croissant, pero ella sabía -más que nadie- que sería cuestión de poco tiempo para que la torpeza y, algunas veces, fiereza de él lograran terminar de aflorar el sentimientan
Estaba muy cerca, de cualquier modo. Nunca antes había cantado en la ducha.
Un matrimonio en el futuro no sería la parte descabellada, desde luego.
–Ven por mi, Hiccup. Se hará tarde para tomar el tren.
El muchacho pudo sentir el dolor mal disimulado en sus palabras junto a la determinada seguridad de las mismas. Sabía exactamente como ella se sentía, deseando ir con él a Francia de otra forma, tal vez con la aprobación de sus padres.
Hiccup realmente deseaba eso, también. Pretenderla como la joven respetada que es y pedir su mano.
–Podría hablar con tu padre, lo sabes– insistió, esperanzado.
Lo último que él deseaba es que Astrid pasara por ese trago amargo, prefería evitarlo a toda costa.
–Hiccup, nos va a dejar el tren.
Y colgó.
El castaño volvió la bocina del teléfono a su lugar en el auto antes de recostar su cabeza en el volante.
Él no podría haber adivinado hace algunos meses atrás que la chica se iba a convertir en alguien tan importante hoy. Porque eso era ella, alguien muy importante.
Es que ¡Dios bendito! No había pensado en fugarse con una mujer desde... ¡nunca! Ni siquiera cuando tenía quince años y era un crío hormonal.
Esa niña sería su perdición un día.
Y pensar que antes había querido una sana y linda amistad con ella por motivo de simple curiosidad.
¡Ja!
Menuda tontería.
Tomó el cinturón de seguridad y giró la llave en la ranura dispuesto a marchar. Astrid tenía razón, podría dejarlos el tren si no se apresuraban. Un ruido sordo y algo parecido a un chillido se dejó escuchar en cuanto intentó encender el auto.
Ese fue el problema. Intentó. Encender. El. Auto.
Intentó, porque no encendió.
Volvió a girar la llave y nuevamente el chillido. Ahora el Mini Cooper se había calentado y salía humo de la delantera.
Oh, no.
.
–¿Qué hora es?– preguntó la rubia por décimo sexta vez en la última media hora.
Heather le lanzó una larga mirada antes de suspirar y ponerse de pie. En el recibidor de su casa no había un sólo reloj, pero la cocina poseía un cuadro viejo de madera importada con el símbolo de un ave que daba excelente la hora.
Miró el número a sabiendas que a Astrid no le gustaría escuchar que ya se cumplieron las tres horas de espera.
Cuando regresó, con una taza de té tranquilizante en las manos, la rubia miraba impaciente por la ventana.
–¿Y bien?– apresuró sin siquiera tomar la taza que Heather ofrecía.
–Ya son las once.
Astrid volvió su cuerpo a la pequeña maleta en el lado derecho del sofá y la sujetó con fuerza, dispuesta a irse.
No perdería su tiempo con un sujeto. No importa que tan bien la haga sentir la compañía de dicho sujeto.
Como si su amiga hubiese leído su mente la detuvo con un toque en el hombro –Al menos deberías hablar con él.
La mirada verde e inquisitiva de Heather significaba que no aceptaría una negativa por respuesta.
Tal vez sí debía hablar con él. Pudo haber sucedido algo.
Algo malo.
Ante ese repentino pensamiento se dirigió de nuevo hasta el teléfono, marcó rápidamente el recetario en el círculo de números y alzó la bocina.
Tuvo que apartar uno de los bucles de su rostro con un resoplido. Cortarse el flequillo también sería una buena idea.
Sonó el tono una, dos, tres veces.
–¿Astrid?
Había un ruido de fondo, persistente y alto que amortiguó las palabras de Hiccup.
La rubia entrecerró los ojos.
Sospechoso.
–Ha pasado mucho tiempo Hiccup, ¿qué sucedió?– ella tamborileó el pie en el suelo, impaciente.
Hiccup podía imaginarsela al otro lado de la línea con el ceño fruncido y los brazos cruzados sobre el pecho.
Nuevamente se escucharon los ruidos y ahora también habían voces.
–¿Dónde estás?– exigió Astrid.
El castaño se sintió nervioso –Bueno, e-es sólo que...
Risas. Muchas estridentes risas del lado de Hiccup y su voz se opacó.
Astrid no podía creerlo.
–¿Estás en una fiesta o algo así?
–¡No! ¡por supuesto que no! ¡yo...!
"Hey, amigo ¡ven aquí! hay licor"
Aquellas palabras al fondo fueron suficientes para la rubia. ¿Licor? ¿Amigo?
Sintió su corazón saltarse un latido en decepción, pero ella no lloraría. Jamás lloraría.
–Creí que usted era un hombre de honor, Sr. Haddock.
–Lo soy– se apresuró a gritar él –Escucha Astrid no es lo que crees, lo ju...
–La próxima vez que haga una promesa, asegúrese de cumplirla. Yo no soy una de sus pinturas que puede abandonar antes de terminar.
Hiccup oyó detenidamente las palabras casi escupidas de la chica. Ella estaba enfadada, sí, pero había algo más allí. Dolor.
No supo que decir ante ello.
–Juro que no es lo que tú...– el tono del teléfono lo interrumpió.
Astrid había lo cortado.
Intentó llamar nuevamente.
Uno, dos, tres tonos, contestadora.
Uno, dos, tres tonos, contestadora.
Uno, dos... cortó.
Era inútil. Astrid es una chica impaciente, lo supo durante su tercera cita, cuando él se había atrasado unos quince minutos y ella parecía fastidiada.
Pero, aún así, la rubia siempre había sido comprensiva. Muy comprensiva con respecto a sus necesidades. Jamás la había visto u oído realmente enojada.
No la culpaba. El sujeto ebrio del taller donde llevó el auto tampoco es de gran ayuda, además.
–¡Amigo...!– volvió a gritar el tipo a la distancia.
Hiccup hizo una mueca y colocó los ojos en blanco antes de volver su cuerpo hacia él.
–Hay lícor– y, como si quisiera probarlo, alzó una botella de ron en su mano.
–Justo lo que tanto he estado buscando– balbuceó el castaño con sarcasmo en respuesta.
Mucho sarcasmo.
El regordete hombre no lo notó, claramente, e Hiccup volvió a sumergirse dentro de la parte delantera del auto.
Tardó al menos diez minutos para que el Mini Cooper finalmente volviera a la vida.
Se apresuró al auto. Volvió a intentar llamar y, de nuevo, la contestadora. Suspiró frustrado.
¿Por qué carajos no había llevado el auto hasta donde Gobber antes?
¿Por qué tenía que ser tan... distraído?
Golpeó el volante con molestia antes de volver a encender el Cooper, esta vez con éxito, y emprender la marcha.
Él, quizá, no debió acelerar tanto el auto.
Tal vez debió concentrarse más en la carretera y menos en como resolver su problema con Astrid.
Probablemente eso habría evitado muchas cosas en la concurrida ciudad de New York donde, tan ocupados como siempre, nadie es capaz de apartar la cabeza de su propio asunto importante.
.
.
–Puede pasar, señorita– habló la mecánica voz del doctor.
El lugar era blanco y olía a metal de sangre.
Astrid sentía nauseas. Odiaba el hospital.
Entró a la habitación manteniendo la calma aunque por dentro estaba friendo sus sesos. Estaba preocupada aunque el doctor le había dicho que Hiccup Haddock había salido ileso del accidente.
Ella tendría que verlo por si misma.
–Los dejo solos.
Sólo hasta ese instante el castaño sentado en la camilla se percató de la presencia de ambos y giró a verlos.
Mantenía una expresión de culpa en su rostro y lo primero que habló fue un –Lo siento– en cuanto el doctor encanecido se marchó.
Astrid se mantuvo al margen en la puerta, brazos cruzados y ceño fruncido. Escaneó el rostro masculino, un rasguño en su frente, un ojo ligeramente cerrado y una venda en su desnudo brazo.
Pero él lucía bien.
–¿Estas bien?– debía comprobar.
–Si, yo... al menos no perdí la otra pierna– intentó bromear él.
La rubia asintió despacio.
–Me alegra que estés bien– pronunció con inquietante calma, soltó un suspiro y cambió el peso de su cuerpo a la otra pierna –¡¿Ahora podrías explicarme porqué demonios estás en un hospital en lugar de una residencia en Francia?!– rugió.
El avecilla en el ventanal salió volando.
–Yo...
–¿Tienes idea de lo preocupada que estuve? ¿cómo crees que me sentí cuando la radio anunció que el pintor "Hiccup Haddock" estaba en el hospital el día de ayer?– acortó las distancias con firmeza, escuchando nada más que el silencio por parte del joven –¡Creí que preferías estar en una fiesta que conmigo y luego me doy por enterada que, en realidad, te encuentras en un hospital!
–Supongo que...
–¡No, Hiccup!– Astrid pisó fuerte el suelo y apretó sus brazos a los costados, enfadada –No debes suponer, debes tener una buena explicación para esto.
El castaño soltó todo el aire retenido antes de bajar la mirada nerviosamente hasta sus manos.
–De acuerdo.
"Sólo dile la verdad, muchacho" escuchó en su cabeza las palabras de Gobber resonar.
Suerte que él había llegado al hospital primero que Astrid o se hubiesen topado y él no estaba seguro de que indiscreción podría cometer su tutor en tal caso.
–Mi auto se apagó.
Ella musitó un ruido muy parecido a un ummju y tamborileó el suelo de nuevo.
–Estuve empujándolo durante una hora, aproximadamente, al taller más cercano para revisión y encontré sólo uno.
–¿Por qué no lo llevaste antes?
Hiccup sonrió levemente antes de volver a darle la cara, la culpa aún grabada en sus expresivos ojos –Supongo que necesito algo de tu excelente don para prevenir accidentes.
Astrid dejó caer los brazos, sintiéndose derrotada. Esa mirada suya era tan... irresistible.
Desvió la vista a la ventana y asintió, invitándolo a proseguir.
–El taller al que llevé el auto es de un tipo adicto al alcohol que ofrece de su bebida a cuanta persona esta cerca como si fuese un premio– Hiccup pausó, haciendo una mueca –Y no estaba exactamente en la capacidad de reparar el Cooper.
–¿Qué hiciste?
–Te intenté llamar y el teléfono no funcionaba por la misma razón del auto, al final tuve que repararlo yo, pero tardé demasiado. Me apena admitir que mis habilidades en mecánicas no son exactamente las mejores.
Finalmente Astrid sonrió ante la imagen. Si, Hiccup podía ser un desastre si se lo proponía.
–¿Cómo es que...?
–¿...Terminé aquí?– Astrid asintió –Un auto derrapó y no lo vi. Escuché que el sujeto esta bien y yo sólo estuve aquí un día así que es una fortuna.
La rubia resopló –No creí que fuera una fortuna de camino aquí.
–Lo siento mucho, de verdad.
Y realmente lo sentía. Podía verlo en sus verdes ojos como los bosques.
Suspiró, rendida, antes se sentarse a su lado en la camilla y abrazarlo.
–También lo siento, debí escucharte antes de saltar a las conclusiones.
–Si, bueno. Eres una Hofferson después de todo, ¿eh?
Astrid lo golpeó en el brazo sano e Hiccup rió un poco.
El muchacho se hizo a un lado para adoptar una posición más cómoda con ella –¿Tu padre...?– dejó la pregunta medias intencionalmente.
–Él cree que la boda con Jorgenson será pasado mañana– murmuró contra su pecho, tratando de no demostrar inquietud –Está convencido, de hecho.
Hiccup frunció el ceño. Sabía que si se fugaban, como habían planeado antes, el padre de la chica los buscaría.
Ahora que lo pensaba con cabeza fría, quizá no haya sido de sus mejores ideas.
Pero él la quería y por supuesto que no deseaba que la muchacha fuera obligada a tal cosa como un matrimonio. Hiccup estaba seguro que si fuese decisión de ella la aceptaría, con dolor por supuesto, pero la aceptaría.
No obstante, la decisión no era de ella.
Tomó una larga respiración ante la idea que rápidamente se formuló en su mente.
–Astrid...– pronunció con voz contenida –¿Por qué no nos casamos?
La rubia perdió el aliento.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
.
Nota: Si, termina aquí. No hay continuación para esto. Estoy probando con finales abiertos así que lo dejaré a su imaginación :3
No me lancen tomates, por favor xD
¿Se fijaron en el título y la parte de los dibujos? La razón de ello fue -para no hacerles el cuento largo- que leí un relato en donde el chico dibujaba, pero fue tan mal descrito que ¡ah! perdí la paciencia. Es decir, gente un dibujo no se hace en dos segundos y tampoco se empieza de abajo hacia arriba, se los dice una dibujante (no experta, pero dibujante en sí). Así que si van a hablar de algo primero hay que informarse ¡por favor!
Bueno, ya hice mi propia versión de como se dibuja a alguien y me desahogué. Me calmo, me calmo -.-
¿Les gustó? ¡Dejenme un bello comentario!
Respuesta a los comentarios:
Nina: Si se guardaron los comentarios xD los dos XD pero como siempre, yo adoro cada palabra, cada una. El capitulo anterior por supuesto que tendrá continuación linda, pero ya será mas o menos hacia el capitulo nueve porque aún debo una continuación. Ten paciencia, ¿si?
LadyAira14: ¿No has visto jamás el Zorro? ¡Dios, mujer! ¿a que esperas? XD es una increíble serie, de verdad. Y bueeeno, aquí esta tu pedido, espero que sí lo hayas disfrutado y perdón si no era lo que esperabas no tenía idea de como hacer discutir a esos dos. Es que la relación de ellos es tan... es tan... ay, no sé, es muy libre como para pelear xD PD: Si, Astrid jamás será solo la chica del héroe.
.
A todos los lectores del día ¡gracias por leer! Y comenten, por favor. Es lo que me alienta a seguir.
PD: No sé manejar un amor creciente, generalmente hago que los protagonistas ya se gusten para evitar todo el rollo del enamoramiento, pero siempre hay una primera vez, ¿no? XD cruzo los dedos porque me haya salido bien.
Los quiere FanNeurtex.
