Nota: Ninguno de los personajes me pertenece, la historia sí.
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Capitulo 09: La leyenda del Caballero Negro II.
Sinopsis: Había tomado la decisión; no de ser un héroe, no de ganar un estatus entre las sombras del reino, sino de hacer lo correcto. Él es Hiccup Haddock III, heredero al trono de Berk, y haría lo que fuera necesario para defender lo que él pensaba era correcto, incluso si eso iba en contra del mandato de su propio padre.
Segunda entrega de la trilogía: "Corazón enmascarado".
Basada ligeramente en la serie televisiva de Disney "El Zorro"
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Hiccup pasó la daga velozmente hacia su diestra mano, como si eso pudiese reparar el error.
Desvió su mirada de la azul brillosa de ella antes de murmurar: –¿Se encuentra bien, señorita?
Astrid pareció escapar de un trance, quizá hipnotico, frunciendo el ceño.
–Si– dijo distraídamente –¿Continuamos?
El castaño asintió aún sin mirarla.
El camino de vuelta a palacio fue tortuoso, lento e incómodo. En especial para el príncipe.
¿Cómo había podido ser tan descuidado al tomar la daga con la mano izquierda?
Frunció los labios y entrecerró sus verdes ojos antes de cruzar el sendero al pueblo.
Quizá la chica ni siquiera lo había notado y él estaba siendo paranoico.
Astrid tomó la delantera en cuanto el rey se acercó a ellos y se perdió entre el largo camino hasta la puerta del palacio y el gentío aglomerado allí.
No, él no estaba siendo paranoico. Ella había notado algo.
Stoick se acercó y la mirada de Hiccup no se desvió de la espalda femenina, aunque ya de su rastro quedaba sólo una borrosa mancha.
Sólo cuando su padre dio una fuerte palmada en su espalda el muchacho volvió en sí, despejando pensamientos con una mueca de dolor en sus finas facciones.
Esas palmadas aún dolían demasiado, incluso cuando ya puede mantenerse en pie después de recibirlas.
–¿Y? ¿dónde esta el dragón?
Hiccup se removió nerviosamente en su lugar –¡Ah! Sobre eso...
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–¡No puedo creer que no hayas cazado ningún dragón, Hiccup!
El estruendoso grito se escuchó en toda la sala del palacio. Probablemente los sirvientes del piso superior tres habrían escuchado.
Seguramente Berk completo habría escuchado.
–Yo...– quiso excusarse.
¿Qué diría? ¿qué tenía un dragón mascota-mejor amigo desde los quince años?
Ni de chiste.
–Yo...– volvió a titubear, Stoick parecía esperar respuesta –Es sólo que t-tal vez matar dragones no sea lo mío.
–Pero, ¿de qué hablas? ¡todos los reyes y príncipes antes de nosotros han cazado dragones!– el hombre llevó una mano hasta el puente de su nariz, frustrado –¡Es una tradición!
Una absurda tradición.
Hiccup hizo una mueca –Quizá yo no quiera seguir con la tradición.
El pelirrojo miró fijamente a su hijo por un segundo, luego hizo un ademán furioso con las manos y tomó bruscamente el brazo del muchacho.
–¡Hey! ¿qué estás...?
–¡Vas a matar un dragón!– discrepó arrastrando el débil cuerpo del castaño persistentemente.
Los pensamientos de Hiccup demasiado confusos, enredados y mallugados como para tan si quiera comprenderlos él mismo.
¿Matar un dragón?
Su padre lo seguía arrastrando y él ni siquiera estaba luchando por evitarlo, pero ¿por qué no lo evitaba?
¿Realmente permitiría que su padre lo obligara a matar a una criatura inocente?
No.
No permitiría jamás algo así, ni aunque se trate de Stoick.
Forcejeó y, con una fuerza que impresionó incluso a sí mismo, se liberó del agarre.
Un brillo de desafío cruzando sus ojos –No lo haré, padre.
También el pelirrojo pareció asombrado. Hiccup no lo culpaba, ni siquiera él sabía de donde había venido todo eso, pero ahora estaba en una posición -firme, arraiga y que gritaba silenciosamente una determinación intachable- y no marcharía atrás.
–¿Qué dijiste?
–Lo siento, no soy uno de ustedes. No voy a matar a ningún dragón.
Con la quijada en alto y la valentía pavoneandose en sus acciones Hiccup ganó una pequeña pelea con su padre aquel día.
Y él se sentía feliz de que así fuera.
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Hiccup miró de un lado a otro por todo el extenso pasillo, nada más que una larga, estilizada y creativa pintura de la época adornando la pared lateral había allí.
No había personal de palacio a la derecha. Tampoco a la izquierda.
Con un paso rápido y agilidoso, tan silencioso como su propia respiración acompasada, movió el delgado candelabro en la pared, junto a la pintura.
Quizá sería más sencillo todo el embrollo si no fuesen las tres de la mañana y tuviese sueño. O si no llevase ese traje de cuerina que tanta comezón le daba.
El candelero se dejó caer lentamente, sin moverse de su lugar en realidad, y la pared se extendió abriendo paso a una puerta demasiado bien oculta.
Piedra sobre piedra un obscuro, estrecho y secreto pasillo se dejó ver tras dicha puerta, ahora abierta, e Hiccup se deslizó adentro en un segundo.
En cuanto el muchacho caminó dos pasos la pared detrás de sí volvió a ser oculta y el candelabro adoptó su posición original.
Hiccup ni siquiera se molestó en verificar que todo estuviese en orden detrás de sí. Muchos años caminando por esos pasillos secretos en todo el palacio. Demasiada seguridad adquirida con el tiempo.
Caminó despreocupadamente por el lugar, una pequeña antorcha en su mano para iluminación y expresión cansada.
Si, quizá debió dormir más.
Chaqueó la lengua ante ese pensamiento.
Dormir no se trata de estar horas entre la suavidad de la cama, moviéndose de un lado a otro, sin poder controlar el descarril de su mente.
Soltó un sonoro bostezo, como si su cuerpo estuviese de acuerdo, sólo por un instante, con la idea de dormir.
Dobló en el siguiente pasillo sin siquiera prestar mucha atención a lo que veía, conocía el lugar de la cabeza a los pies.
Otro bostezo se apoderó de sus labios e Hiccup tomó la decisión de dormir en cuanto llegara hasta donde Toothless se encontraba.
Aunque él sabia exactamente que era lo que estaba provocando su insomnio. La presión de su padre por un lado y las sospechas de Astrid por el otro porque -¡Dios lo perdone de no ser así!- pero la chica actuaba extraño desde... aquel error suyo.
¿Cómo es que había sido tan descuidado? Aún se pregunta.
El que sus tutores le hayan obligado a escribir con la mano derecha durante su niñez, por todo el asunto de la sociedad y las creencias clásicas de los pueblerinos, debía haberle dado ya reflejos diestros, ¿no?
Quizá no.
Y de todas las personas con quien pudo haberse equivocado, Astrid tendría que ser esa persona.
La frustración -y preocupación mal disimulada- era lo que no lo dejaba dormir. Desde luego que Hiccup sabía eso.
Se detuvo frente a una pared color cemento y deslizó nuevamente un candelabro, esta vez por dentro y mucho más pequeño, hasta que el muro se movió lentamente.
El sendero dirección al bosque se dejó ver e Hiccup, como todas las ocasiones antes que esa, corrió silenciosamente por el.
La alta hora de madrugada que era se trataba de un gran beneficio para no ser descubierto.
El traje color negro era un buen camuflaje, también.
Sí, Hiccup tenía una doble vida y todas las tardes -y algunas noches- acudía allí, bajo otra identidad en donde, simplemente, podía ser él mismo sin restricciones.
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El choque de espada se escuchó estridente, haciendo eco por todos los rincones de aquella sala color azul tan pálido como los cielos tocando la tarde.
Hubo un empuje de cuerpos y la fémina quedó en el suelo, su cabello revuelto estorbando en su niveo rostro.
El chico, sabiendo que ella realmente no había sido lastimada, sonrió con un tinte de ego demasiado poco disimulado.
–¿Se rinde ahora, general?
Astrid se levantó de su lugar con una gracia tal que sus pies parecieron flotar por un segundo.
O quizá Hiccup quedó, por ese mismo segundo, demasiado hipnotizado con la natural belleza de ella.
De cualquier modo, la chica se lanzó contra él una vez más y el estridente choque volvió a escucharse.
–Jamás– murmuró la rubia con los dientes apretados.
Hiccup trató de ocultar la mueca complacida que se apoderó de sus labios, inútilmente esta demás decir, al oír dichas palabras.
Por supuesto que sabía que Astrid no se rendiría, no siendo ella quien era.
En un ágil movimiento -aprendido en la soledad de su habitación con años de auto entrenamiento- giró el cuerpo de la chica, tomando sus pequeñas manos femeninas entre las suyas más grandes y cayosas en contraposición, hasta aprisionarla en la pared más cercana.
Astrid se removió como una fiera, digna de ella, y el olor a rossias frescas de su cabello llegó hasta sus fosas nasales.
Hiccup supo que el escalofrío que recorrió su cuerpo después no fue precisamente por el frío.
Oh, esa mujer lo volvería loco un día.
–General Hofferson...– habló despacio –No se mueva tanto o va a...
Una patada en su pantorrilla, que el muchacho no supo como llegó estando ella en la posición en la que estaba, lo hizo callar.
Soltó un jadeo y a la chica al mismo tiempo.
Astrid resopló en el aire, pareciendo incómoda por el cabello suelto en su rostro, y se abalanzó con él.
El castaño no pudo esquivar el golpe en la quijada, pero sí el ataque a la máscara de cuerina.
Dio cuatro rápidos pasos hacia atrás, deseando en ese momento que su amigo apareciera.
–¿Quiere saber mi identidad, señorita? Creo que eso requeriría de conocernos un poco más, ¿eh?
Astrid entrecerró los ojos en su dirección, como si realmente intentara reconocerle.
Una vez más se recriminó a sí mismo haber utilizado la mano izquierda en lugar de la derecha aquella tarde, hace ya unos días.
Ahora todo lo que hacía para diferenciar ambas vidas parecía no funcionar con ella.
Por una parte, Hiccup deseaba notar al fin que todo el tiempo sólo fueron paranoias suyas.
–Quiero encarcelarlo– declaró ella, la duda levemente colándose en su voz.
Compartieron una mirada y sus espadas chocaron de nuevo en una contienda que parecía nunca acabar en aquella noche estrellada.
Por otra parte, muy dentro de sí, Hiccup ya no quería cargar con el peso de ese secreto, que al menos Astrid supiese la verdad, pero él hace mucho tiempo había tomado la decisión; no de ser un héroe, no de ganar un estatus entre las sombras del reino, sino de hacer lo correcto.
Desde que descubrió aquel Furia Nocturna herido y que este no le hizo daño, a los quince años de edad, cuando quiso probarse a sí mismo encursionando el bosque solo.
Había sido un raro día, no obstante Hiccup había vuelto a palacio con una expresión fascinada en el rostro y una anécdota que contar a futuro.
La rubia pasó su espada por el costado de él y la pequeña herida que le causó, apenas brillando por la poca sangre, despejó sus pensamientos distraídos.
Escuchó el silbido de su mejor amigo antes de responder al ataque y sonrió dando un paso atrás, no sin ser seguido por una furiosa Astrid, por supuesto.
Toothless entró con un gruñido a la sala de grandes puertas en donde ambos se encontraban y se interpuso rápidamente entre él y Astrid.
Le enseñó sus afilados y peligrosos dientes a la rubia mientras Hiccup lo montaba para marcharse.
Sabía que su dragón ya se había encargado de los calabozos, como lo habían planeado desde antes, y ahora les quedaba irse.
–¿Le ha dicho al rey como le he pedido?
Astrid frunció el ceño y desvió el rostro –Usted lo ordenó.
A Hiccup no le gustó el tono de reprimenda en la voz femenina, tal vez sí había sonado demasiado altanero la última vez.
Quizá no debió hablarle a ella así.
Carraspeó, intentando sonar lo más dulce que su tono masculino le permitió –Pues ahora se lo pido, señorita.
La rubia pareció sorprendida, pero aún así guardó silencio.
Hiccup se marchó escuchando de fondo el revuelto de los soldados en el palacio que rápidamente dejó atrás y con un grupo de dragones siguiéndole.
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–Te digo que sospecha, amigo.
El Furia Nocturna hizo algo muy parecido a una mueca de protesta y soltó un gruñido.
Hiccup lo miró confundido –¿Qué?
Toothless volvió a hacer esa mueca dragoniana aún más marcada que la anterior.
–¿Crees que exagero?
El dragón dejó caer la cabeza sobre el pasto en el que ambos estaban sentados, justo en aquel prado cerca del bosque.
Parecía fastidiado.
Hiccup frunció el ceño –No exagero amigo, Astrid es muy astuta.
Un nuevo gruñido y el Furia Nocturna colocó los ojos en blanco, su cabeza aún reposando en el césped y aquella expresión facial de fatiga se intensificó.
–Contigo es un caso perdido hablar del asunto– se quejó el castaño, colocándose de pie. El dragón rápidamente deslizó su negra cola a lo largo de todo el suelo hasta hacer a Hiccup tropezar con sus propios pies.
Bueno, con su pie.
–¡Oye!– el muchacho lo señaló, con el ceño fruncido, y Toothless se limitó a darle la espalda –Actúas como un bebé dragón.
Una imitación en gruñidos se escuchó de parte del animal hacia esas últimas palabras.
Hiccup giró los ojos con el sarcasmo surcando su rostro.
Sí, a veces su mejor amigo se comportaba como un bebé.
Y el castaño sabía que esa actitud infantil en específico se debía a la chica y al hecho de que a Toothless parecía no agradarle ella. Aunque Hiccup, en lo personal, no lograba atar ese cabo del todo en su mente.
Es decir, es Astrid Hofferson.
La mujer que lo ha hecho perder el sueño desde que tiene memoria con su impresionante forma de simplemente destacar.
Ella siempre había destacado en lo que se propusiera; en combate, fuerza, agilidad, destreza, incluso en la forma extraña de feminidad que desprendía y que no parecía hacer intencionalmente.
Excepto en cocina, eso no.
Hiccup la había visto incendiar la estufa intentando preparar un caldo hace poco más de un año y jamás ella se había vuelto a aventurar por allá.
Así que -fuera del desastre que era como cocinera y una entre otra actividad ocasional fallida- ella estaba propuesta a destacar.
Es la primer mujer general de Berk, ¡Dios Santo!
Se dejó caer pesadamente sobre el pasto de nuevo, perdiendo su vista.
Al principio Hiccup estaba pensando -describiendo- todo aquello por una razón importante, una que involucraba la perspectiva de Toothless hacia la chica, pero que él en su larga divagación había olvidado.
Ahora sólo tenía la sombra de un constante recuerdo en su mente. Un recuerdo de una versión pequeña de Astrid siendo hermosamente destacable y otra de él, sólo viéndola a la distancia sin más.
Hiccup podría ser un príncipe, pero él estaba consciente -al menos en lo más recóndito y escondido de su mente- de todo el hecho. Ella era una guerrera que aunque se diera por enterada de su propio historial de leyenda no podría fijarse en él.
Miró de soslayo a Toolthless, que ahora parecía sereno de nuevo -ya habiendo pasado el berrinche- y pasó vagamente su mano sobre la cabeza de su amigo.
Pareció soltar un ronroneo e Hiccup no se sorprendió por ello.
Su mente aún estaba perdida en aquel deprimente rumbo que se apoderó de sus recuerdos.
"Fuera de aquí niña, los entrenamientos son sólo para hombres"
El pequeño castaño, con un palo de madera en su mano y una hoja de papel en la otra, se detuvo en la puerta del palacio al escuchar aquel grito.
Siguiendo su curiosidad, y fuerte instinto, dio vuelta al establo de donde provenían las voces.
Con un saltito quedó oculto en el muro más cercano y observó atentamente al único hombre del lugar.
Alto, fornido e intimidante.
La niña rubia estaba tendida en el suelo, pero Hiccup notó con velocidad que eso cambió.
De pronto ella estuvo en pie y con voz fiera habló: "Puedo darle una paliza a cualquier hombre del ejército".
Hiccup se impresionó.
"Vete niña"
Ahora Hiccup frunció el ceño.
"No lo haré hasta que me entrene como uno de sus soldados"
Toothless se removió entre sueños, demasiado relajado como para mantenerse despierto. El castaño pestañeó pesadamente.
Sí, una mujer como Astrid no lo tomaría en cuenta.
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–Ha mejorado– escuchó las palabras de apremio de parte de la chica justo un segundo antes de que lo derribara –Pero no lo suficiente.
Hiccup escondió su rostro entre el largo de su cabello castaño para que Astrid no notara la sonrisa boba que surcó sus labios. Sus manos picando con la necesidad de tocar algo, así que las pasó rápidamente por toda la extensión de sus ropajes, eliminando la poca tierra allí.
Soltó un bajo suspiro.
–Supongo que no.
La rubia le tendió una mano y cuando sus dedos se rozaron, por un efímero segundo mientras él se colocaba de pie, una corriente de electrostática atravesó su cuerpo.
Algo más parecido a un cosquilleo.
Hiccup ya estaba acostumbrado a dicha sensación, había estado mucho tiempo dependiendo de ella.
No obstante él no esperaba que los penetrantes ojos azules de Astrid lo miraran de esa manera.
Antes ella lo había visto con determinación, con perspicacia, sorpresa e incluso sospecha -siendo esta última la razón de sus desvelos- pero jamás con curiosidad.
No esa curiosidad, al menos.
Como si quisiese atravesar su alma y conocer todos sus secretos.
Quedó irremediablemente prendado a esa mirada y se encontró a sí mismo disfrutando del escalofrío que recorrió su cuerpo con demasía.
Dios, él amaba a esa mujer.
¿Acaso podía ser más patético?
Astrid rompió el contacto visual con un carraspeo y, de pronto, todo el hechizo que pareció formarse entre ambos se desvaneció tan rápido como llegó.
–El entrenamiento de hoy terminó, majestad.
Ella le dio la espalda y se retiró un poco de él, sin irse pero tampoco quedándose realmente.
Hiccup hizo una mueca.
Tal vez no había sido un hechizo de los dos, quizá sólo se trataba del lado egoísta de su mente, ese que quería ser correspondido, jugandole una broma pesada.
Caminó detrás de ella después, sin mirarla.
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Estaba rascando alegremente la cabeza de Toothless, con una sonrisa en el rostro y actitud tranquila, cuando escuchó el crujir de las hojas.
Su dragón se puso en alerta e Hiccup miró justo hacia la misma dirección que él.
Una melena rubia entre las sombras y un nuevo crujir le indicó de que se trataba.
Sus ojos se abrieron a más no poder.
¿Era acaso...?
Corrió hasta allí, encontrándose con lo que más temía. Su cerebro extrañamente confundido entre la sensación de alegría de que Astrid ahora supiera la verdad y la sensación de abatimiento de que Astrid ahora supiera la verdad.
–Ah, ah... ¡Srta. Hofferson!
¿Qué debía decir?
¿No es lo que parece? ¿no tengo un dragón como mascota? ¿no estuve ocultándolo todo este tiempo?
Majaderías, ella lo había visto.
Como si quisiese confirmar sus palabras, Astrid murmuró –El Caballero Negro, es usted.
Hiccup desvió la mirada, avergonzado. Asintió lentamente.
–Siempre fue usted.
De nuevo, él asintió.
Toothless se acercó a ambos y su expresión fiera se dirigió rápidamente hacia la rubia, gruñendo.
El cielo nocturno, característico de las siete de la noche, de pronto se sintió más obscuro para Hiccup.
Astrid quedó paralizada, algo muy parecido al miedo brillando en su mirada. El castaño negó con la cabeza, él no quería que ella tuviese miedo. Ella no.
–Él es inofensivo.
Toothless soltó un rugido feroz, dejando en ridículo sus palabras.
Bien hecho amigo.
El sarcasmo incluso latente en su mente.
Astrid dio un paso atrás y desenvolvió su espada, tan filosa como atemorizante.
Toothless dio un paso al frente justo al momento que Hiccup se interpuso entre ambos. Con un jadeo en los labios y expresión de horror le arrebató el arma a la chica y apartó al dragón.
Una gran hazaña para ser sólo el pequeño Hiccup de la familia real.
–Escuchen, tienen que tranquilizarse...– les habló a ambos, una mano extendida hacia cada uno –No pasa nada, ¿si?
Miró fijamente a Astrid –No le hará daño.
La mujer le lanzó una mueca de desconfianza. La voz apacible de él, demasiado persuasiva, muy dulce no evitó que huyera del lugar.
–Oh, estupendo... ¡Hey! ¡Toothless! ¿a dónde crees que vas?
Estaba decidido a ir detrás de la mujer y tratar de convencerla en lo necesario, ella no podría decirle al resto del pueblo su secreto, aún no.
Aún no.
Montó a su dragón, con algo de resistencia de su parte, y se elevó en los cielos en busca de la general.
Meditó por un momento sus propios pensamientos antes de seguir a la rubia. Si se lllegase a saber la verdad, ¿qué haría? descubrió tan sólo un segundo después que seguiría haciendo lo mismo. Después de todo, él es Hiccup Haddock III, heredero al trono de Berk y con una fuerte convicción para hacer justicia, y haría lo que fuera para defender lo que él creía era correcto, incluso si eso estaba en contra del mandato de su propio padre.
Toothless volvió a gruñir cuando Hiccup tiró de sus riendas, decidido, para darle alcance a Astrid.
–Vamos, amigo, coopera un poco.
Descendió. Las patas del dragón tomando el torso de la mujer, elevándola en el aire.
Un grito desesperado por parte de ella fue suficiente para que Hiccup le diera orden a Toothless de dejarla sobre la copa de un árbol.
Ella se sujetaba fuerte, la expresión de miedo aún grabada en su rostro, pero ahora la fiereza dominaba sus facciones incluso un poco más.
–Sólo quiero explicar lo que...– intentó persuadir Hiccup.
–¿Explicar que usted...– interrumpió Astrid con un jadeo –...No sigue las tradiciones reales porque tiene un dragón de mascota?
–El porque soy el Caballero Negro.
La rubia lo miró por encima de aquella rama chueca de la que se sujetaba.
Persuasiva brillando en los ojos verdes de él.
Hiccup tendió una mano con amabilidad, que ella despreció con un suave esquivo, y estuvo atento a como la mujer montó el dragón, asegurándose de su bienestar.
Astrid no dijo nada, tampoco se aferró a él para anclarse. Sólo se limitó a estar muy quieta.
–Toothless, ¿damos una vuelta?
Con una expresión de fastidio el dragón se elevó en los aires con suavidad.
Una suavidad que tan sólo perduró un segundo.
Hiccup sintió los brazos de Astrid aferrarse con desesperación alrededor de su cintura masculina cuando el vuelo se volvió brusco, tosco y demasiado rápido.
Intentó en vano detener las piruetas del dragón en el aire.
Le pidió que se detuviera.
Quiso calmar los gritos de la fémina.
Nada dio resultado.
Parecieron susurros cuando Astrid pronunció –Lamento todo, todo. Haz que pare, por favor.
Entonces, como si la pequeña y asustada voz de la mujer fuese un arrullo imposible de ignorar, Toothless se detuvo. El vuelo se volvió sereno.
El viento nuevamente fue fresco y no rudo. Tocando su rostro y no golpeándolo.
Hiccup no le recriminó a su dragón el comportamiento, sabía exactamente porque lo había hecho.
Aún así, esperó unos minutos de poder hablar de nuevo.
–¿Lo ves? No hay nada que temer.
Se atrevió a tutearla. Ella no lo reprochó.
Sintió lentamente como la respiración femenina se normalizaba y luego, descubrió fascinado, ella rió jugando con las nubes como una pequeña niña.
Sonrió sin poderlo evitar.
–Cuando tenía quince años...– comenzó estando seguro de que ella lo escucharía –Descubrí a Toothless en el bosque, estaba herido y solo.
Como si quisiera demostrar sus palabras, el dragón soltó un gruñido de aprobación. Hiccup acarició ausentemente sus escamas.
Astrid parecía atenta.
–No supe que le había sucedido, pero no podía volar porque su cola estaba incompleta– soltó un largo suspiro, sintiéndose cómodo en aquel extraño contexto –Pensé en llevarlo hasta mi padre, ser el cazador de dragones que él quería que fuera, ¡enorgullecerlo!.
La rubia escuchó tanto anhelo en aquellas palabras que incluso pudo sentirlo en su propio cuerpo.
–Pero no pude o no quise– se encogió de hombros, sin perder su mirada del cielo estrellado –Decidí que si un Furia Nocturna no me había asesinado, pudiendo hacerlo, entonces tal vez ellos no eran tan crueles como el pueblo murmuraba.
–Y decidiste entrenarlo.
Para Hiccup fue placentero el simple hecho de escuchar la confianza del tuteo en las palabras de ella.
–Ser su amigo, en realidad.
Toothless asintió, en concuerdo.
–¿Qué pasó después?– el castaño no la veía, pero sintió la sonrisa de ella a través de sus palabras.
–Si Toothless merecía vivir, ¿por qué no otros dragones? Intenté conversarlo con mi padre, ¿sabes?– chasqueó la lengua y negó con la cabeza antes de continuar –Todo fue inútil, es demasiado testarudo, así que poco a poco comencé a sabotear las cacerías, pero no parecía ser suficiente. Siempre habían nuevos dragones encarcelados en el palacio.
El vuelo se agitó ligeramente con una corriente de aire e Hiccup volvió a acariciar las escamas de su amigo. Astrid lo imitó.
–Entonces decidiste convertirte en leyenda– dedujo ella.
El castaño crispó –¡No lo hice por eso!
Lentamente él percibió los brazos femeninos rodear, con una delicadeza nunca antes vista en ella, su torso. El mentón de la chica se dejó caer sobre su hombro y su respiración le provocó un cosquilleo.
Se tensó inmediatamente.
–Lo sé– murmuró Astrid, su aliento amentolado, placenteramente cálido, chocando contra su piel.
Hiccup sintió su propio respirar desbocado, su pecho ardiendo y postura recta.
No había esperado esa reacción.
Por todos los cielos, no había esperado jamás tenerla más cerca que a un palmo de distancia.
Y aún así, ahí estaba ella. Abrazándolo y volviéndolo loco, incluso cuando Astrid no sea consciente de ello.
Se relajó poco a poco, permitiéndose saborear el momento. Aunque sólo fuese eso... un momento.
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Hiccup desató el último nudo de las jaulas en aquel lugar.
Un terrible terror salió volando y el muchacho sonrió satisfecho, resistió la tentación de aliviar la comezón que la máscara de cuerina le producía para no perder la alerta.
La puerta estaba siendo vigilada por Astrid, quien había accedido a fingir un poco. Al menos, hasta que él pudiese convencer a su padre.
O heredar la corona y detener esa nefasta tradición familiar.
Lo que pasara primero.
Aún así, él mantenía una vigilancia activa cada tanto tiempo y sus ojos se dirigían muy a menudo a la puerta.
Escuchó los firmes pasos de la rubia acercarse.
–¿Terminó aquí, joven?– preguntó ella en cuanto entró al establo, lugar donde decidieron ahora esconder los dragones.
Cambiar los sitios de refugio de las bestias, después de cada cacería, era inútil.
El príncipe resultaba ser el enemigo de quien ellos escondían sus trofeos, después de todo.
–Me parece que sí– una sombra de humor cubrió los ojos verdes del enmascarado –¿Va a arrestarme ahora, general?
Ninguno de los dos, entre su jugueteo infantil y aura de confianza, escuchó al otro sujeto. El que se coló cuidadosamente en la habitación, con un mosquete en la mano.
Astrid sonrió divertida –Debería de llevarlo a la mazmorra, usted es el Caballero Negro, el más buscado criminal de Berk.
–Ajá, sí.
–Sólo estoy siendo un poco piadosa con usted.
Hiccup chasqueó la lengua, una mueca burlona surcando su rostro –Creí que en los entren...
Se interrumpió. Su niveo rostro empalideció al menos un tono más de lo que normalmente es.
Frunció el ceño y tomó rápidamente a Astrid con firmeza del brazo, haciéndola a un lado ante la otra presencia en la sala.
La rubia soltó un jadeo quedo cuando también lo notó –Majestad, no es lo que usted cree.
Hiccup extendió una mano hacia su padre. Stoick lo miraba con ira, algo muy parecido a la decepción también bailaba en sus ojos, pero ese -sabía el castaño- iba dirigido puramente a Astrid.
–Confié en que usted podría ser una gran aliada para el reino y la nombré mi Primera Oficial, Srta. Hofferson.
El mosquete se alzó entre sus manos.
–No es culpa de ella– intervino el enmascaro.
A perspectiva de Stoick, el criminal.
El gran y vasto hombre soltó un gruñido –Usted irá a la horca por sus crímenes.
Y se lanzó contra él.
Hiccup se hizo a un lado, tomando como un beneficio su delgada figura, y atestó a esquivar el golpe.
Su padre no tenía intenciones de asesinarlo, lo sabía. Habría utilizado el mosquete en su mano de ser así. Su padre, en cambio, deseaba su cabeza en un juicio.
Stoick tomó un extremo de los ropajes del muchacho y lo atrajo hacía sí mismo hasta que el cuerpo de Hiccup impactó duramente con la pared más cercana.
No pudo escapar. El golpe fue duro. Habían manchas borrosas a su alrededor ahora y su propio padre mantenía un brazo presionando alrededor de su cuello.
Sólo escuchó un grito femenino –¡Es su hijo!
Luego sintió como Stoick lo liberaba y él se deshizo en tosidos toscos en el suelo. Las suaves manos de Astrid golpeando su espalda.
–¿Qué?– escuchó murmurar a su padre.
Hiccup supo que ya no podría esconderlo más, ya no tenía caso hacerlo, ya no quería hacerlo y, en realidad, ¿por qué debía?
Alzó su mirada con determinación, arrebatando de su propio rostro la incómoda máscara.
Astrid parecía orgullosa.
Stoick estaba desorientado.
–¿Tú...?
Un jadeo en la entrada del establo interrumpió la posible reprimenda del mayor.
Los tres presentes miraron a esa dirección, descubriendo a Gobber allí de pie.
Bueno, ciertamente no estaba de pie. Él estaba agachado, con la respiración jadeosa e intentando recuperar la postura.
Hiccup salió de su estupor, apartando la mano de Astrid y volviendo a una posición recta. Había dejado de toser, el dolor de garganta ahora era sólo una punzada.
–Stoick...– intentó hablar Gobber, finalmente alzó su mirada.
Concentrándose únicamente en Hiccup.
Hiccup con traje de cuero y espada.
Hiccup con una máscara en la mano.
Hiccup con jaulas abiertas detrás de sí.
Oh.
Una sonrisa se extendió a lo ancho de sus regordetes labios –Lo sabía– musitó hacia su alumno.
El castaño hizo una mueca –Y Gobber, ¿habías venido para...?
Él pareció recordar, su mirada fija de nuevo en Stoick. Un paño de pánico cubriendo sus facciones.
–¡Nos atacan! ¡El reino del Oeste, nos ataca!
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Aclaración: Durante muchos años, desde la antigüedad hasta los años noventa aproximadamente, hubo un periodo llamado "Discriminación a los zurdos" lo que hoy día se conoce como "La historia olvidada de los izquierdos". Anteriormente se creía que ser zurdo era algo malo e incluso muchos zurdos o izquierdos fueron quemados vivos acusados de actos de hechicería, se les acusaba a los zurdos de nacer con el mal dentro de sus cuerpos y era algo repudiado. Con el pasar del tiempo, las penas crueles de muerte a los izquierdos fue disminuyendo, pero todo aquel que nacía siendo zurdo debía aprender a escribir con la mano derecha, siendo obligados incluso por sus propios padres con actos brutales como quemaduras y latigazos, y era estrictamente prohibido utilizar la mano izquierda. Para los años noventa (casi los dos mil) esta absurda situación todavía seguía en pie, aunque de una forma diferente, ya que los zurdos eran acusados de ser criminales, ladrones o asesinos por "llevar el mal adentro". En el 2006, aproximadamente, una mujer zurda, cientifica, demostró que no había tal cosa como "Mal asociado a los zurdos" y esa creencia se trataba de solamente una fobia irracional.
Toda esta discriminación se originó, tristemente, por una mala interpretación de las Santas Escrituras, en donde -en varios versículos, de hecho- nombra a lo izquierdo como siniestro. He ahí el dicho: "De diestra a siniestra"
Hoy en día sabemos que sólo fue una mala interpretación humana y,como ya es común, el ser humano se dejó llevar por el miedo a lo que no conoce, causando grandes acciones malas. Dios, aún así, nos ama a todos por igual. Zurdos y derechos son su creación.
Aclarado el asunto de porque Hiccup es obligado a usar su mano derecha en esta historia, me voy al capitulo.
Tuve que hacer algunas modificaciones a la parte uno de este Three-Shot (el capitulo 06) que no fueron tantas, pero sí necesarias. Puedes pasarse por allá si quieren (^-^)/ El nombre oficial de esta saga, como vieron, es Corazón enmascarado :D
¿Qué les pareció? ¿Bien, mal, peor? Ah -.-'
Respuesta a los comentarios:
KatnissSakura: Jeje obvio iba a atender tu petición dulzura, me alegro que te haya gustado y disculpa si te enredé los cables xD sí, la idea era hacerlo un poco invertido a la canción porque en sí el capitulo no fue un Song fic sino sólo una inspiración. -Debí colocar la nota antes del capi y no después T- T. Esperaré tu propia versión y la leeré gustosa :3
Mispiy: Gracias :3
Veritux: Me alegra que te hayan gustado y los hayas disfrutado. Esperoo que este último también :3 Gracias por leer.
RoxFiedler: ¿Eres nueva? ¡Me alegra tenerte por aquí! Espero que disfrutes de mis locuras y seguirte leyendo poor acá, corazón :3
Recuerden que aún falta una parte :D y parece que en el siguiente habrá una guerra u.u -Ay, en las cosas que me meto yo T- T pero vale la pena si a ustedes les gustó, así que dejen un bello comentario para hacerme saber cualquier cosa.
PD: Espero que la nota no los haya aburrido xD vi ese dato de los zurdos hace muchos meses y me dije ¿por qué no? Me sentí ofendida -yo también soy zurda- y pensé que podía tocar el tema aunque sea superficialmente.
Los quiere FanNeurtex.
