Nota: Ninguno de los personajes me pertenece. La historia sí.
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Capitulo 10: Susurros del mar.
Sinopsis: Tenía quince años cuando lo vi, dieciocho cuando acepté las consecuencias de mis sentimientos por él y veintiuno cuando me sumergí en el mar... para jamás regresar.
Edades variadas / España, Siglo XIII - año 1005
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Tenía quince años cuando lo vi por primera vez.
Amaba el océano, el olor de la sal desprendido en el aire y la marea... tan indomable como un caballo salvaje. Yo amaba el océano, sin duda.
Aquel día era el quinto de la semana, del mes segundo, y mi padre tomaba mi mano para llevarme arrastras hasta la barca de madera. Algo en su totalidad innecesario, yo habría acudido gustosa, complacida sin si quiera recibir invitación.
Hubo un revuelto por todo el lugar, marineros amargos y sucios con túnicas cubriendo hasta los tobillos de sus pies me veían con repulsión.
"¿Irá una mujer con nosotros?" preguntaba uno.
El otro resongó "¡Y una niña además!"
Me sentí ofendida en gran manera, más tuve la imperiosa necesidad de callar. Debía guardar silencio si quería ir, eso me había dicho mi padre antes, aparentemente, adivinando la naturaleza de mis pensamientos.
Apreté los labios, devolviendo la mirada al sucio hombre. Lucía ebrio e incluso, sin si quiera haber rastro alguno de licor, el olor a vino desairaba por completo la fragancia de las olas.
Papá me empujó con suavidad dentro de la barca y, en una orden silenciosa no dicha, fui de inmediato a sentarme en la posadera, la parte trasera de la pequeña barca.
Las velas fabricadas en lino se alzaban imponentes y aún ni siquiera habíamos partido de la orilla.
Observé aguardando en mi lugar el como mi padre mantenía una discusión con ambos sujetos.
¡Qué hombres más necios!
Daven, padre mío, desde luego obtuvo la victoria en aquel soso debate. Cubrí con mi largo mando de tela aún más mi rostro, escondiendo la sonrisa que se asomaba en mis labios, dichosa.
Y la barca comenzó a andar.
El olor de las olas, salado y majestuoso, se alzó de nuevo en aquel puro aire y yo me sentí flotar.
Había escuchado historias antes. Historias del como el mar era tan imponente que los más firmes marineros temieron, pero yo no lo hice.
Deseaba liberar mi mata de pelo, que el viento bañara mi rostro libremente, pero sabía que era algo imposible. No con marineros arraigados a las leyes de hombres a mi lado, resongando aún mi presencia.
Me dediqué, durante horas, a ignorar todo.
Excepto el océano.
Tan pronto como nuestras intenciones por volver comenzaron la tormenta se desató, cual nudo de cinta en lino envejecido.
La barca comenzó a agitarse, las velas se movían descontroladamente, un viento feroz arrasaba con las aves.
Nubes oscuras predicen malos tiempos.
–¡Astrid!– llamó mi padre, su voz siendo un grito detonante opacado por la ferocidad de la tormenta.
Las aguas se agitaban demasiado.
–¡Qué Dios nos ampare!
Y la marea, brava como ninguna, se alzó sobre nosotros. La barca fue tragada, los marineros cayeron.
Mi última visión fue mi padre intentando llegar hasta mi. Luego todo se hizo negro.
"Astrid, no vayas" dijo mi madre, casi en una súplica.
Sonreí con gracia hacia ella, demasiado feliz como para darle algo de importancia a su preocupación. Me parecía, de igual modo, una preocupación vacía.
No pasaría nada allá afuera.
"Tranquílisece, madre" tomé su mano entre las mías "Soy fuerte"
Elin torció el gesto "No tanto"
"Si mi padre va, ¿por qué no ha de hacerlo yo?"
Desperté con un azote. No había sido un golpe, fue, en cambio, un fiero ataque a mi pecho.
Sólo había escuchado la toz una vez en mi vida, a la distancia en un enfermo que no me permitieron tocar.
Ahora la vivía. Agua brotaba de mi boca y me sentía ahogada.
Los últimos acontecimientos volviendo a mi de pronto.
La barca se derrumbó, el agua estaba furiosa y... ¡mi padre!
Miré, con la desesperación golpeando mi pecho, alrededor.
–Ellos están bien– escuché un murmullo detrás de mi.
Y, al volver mi cuerpo, observé a un joven allí, sentado entre la arena y las olas.
Noté, sólo hasta entonces, que la barca estaba casi destruida muy cerca de la orilla.
¿Cuánto pasó desde que morí?
"¿Yo morí?"
El muchacho rió fluidamente, de nuevo mi mirada se dirigió a su dirección. Me arrastré hacia atrás sobre mi propio cuerpo, dejando un rastro en la arena tibia.
–¿Quien es usted? ¿por qué se ríe de ese modo?– exigí saber.
Él, aún así, continuó riendo un poco más –No estás muerta, pero casi lo haz logrado, ¿eh?
¿Acaso yo había dicho aquello en voz altiva? ¿qué no era eso parte de mis remotos pensamientos?
Un calor que no supe identificar se apoderó de mis mejillas.
–¡U-usted no tiene ningún derecho a burlarse de mi! Eso es muy grosero.
El joven dejó de reír, como si hubiese cometido un crimen contra la corona del rey.
Su piel brillaba con el reluciente fulgor del sol.
–Lo siento, humana. No quise ser grosero.
¿Humana?
Descendí mi mirada sobre su torso y el calor sólo aumentó al notar que no llevaba prenda alguna sobre él, aún así, continué mi vista hasta fijar en algo muy curioso.
Él recostaba una de sus manos en la arena, había algo pegajoso entre sus dedos, uniéndolos, y sus uñas terminaban en punta.
Mis ojos se abrieron grandemente.
Ascendí a su mirada verdosa, tan penetrante como hipnotizante, y a su cabello que parecía eternamente húmedo.
Sus orejas también eran extrañas.
Sobresalté mi cuerpo de aquel lugar, colocándome en pie y retirándome como si me quemara.
Y es que... ¡seguramente sí quema! ¡se trata de un tritón!
Una criatura misteriosa, capaz de hechizar y traer más desfortunio de lo que un hombre puede resistir.
O eso cuentan los marineros ebrios.
Él se movió en su lugar, sumergiéndose un poco más en el agua, y su aleta revoleteó, confirmando mi pesar.
Como si supiese la inmensidad de mis pensamientos, murmuró: –No te asustes, humana– una escamosa mano frente a sí y algo como la tristeza surcando su rostro –No te haré daño.
Retrocedí nuevamente, mis instintos actuando aún más que otra cosa en mi. Un dolor agudo que ignoré se instaló en alguna parte de mi cuerpo.
Entonces recordé a mi padre.
"Ellos están bien" había dicho la criatura.
¿Qué fue lo que les hizo?
Volví mi cuerpo al aparente chico. Había hundido toda su figura casi en totalidad en el mar y sólo podía ver sus hombros y rostro ahora.
De alguna forma que no comprendí, me sentí mucho más cómoda así.
–¿Qué hiciste con ellos?– demandé saber. Sentía miedo, pero no me permití demostrarlo en la fiereza de mi voz.
El muchacho pareció sorprendido, luego apenado.
–Tuve que subirlos de nuevo a la cosa humana para ayudarlos, porque eran demasiado peso para mi.
Como si quisiera confirmar lo dicho, se sumergió en el mar por un momento y volvió a salir a la luz algunos codos más lejos.
No había visto hasta ahora la parte intacta de la barca al otro lado de la costa.
Corrí hasta allí sin si quiera fijarme en nada. Mis piernas estaban adoloridas, quizá demasiado dormidas. Eso no me detuvo, sin embargo.
Al asomar mi rostro en el lugar pude observar a mi padre primero. Los otros dos hombres también estaban allí, roncando.
Pude suspirar de puro alivio por la salvación de Daven.
El tritón se mantuvo cerca, pero no tanto como hace un rato.
–¿Por qué nos ayudó usted?– mantuve mi rostro fiero hacia él, sin dejar el peligro de su amenaza a un lado.
Se encogió de hombros –¿No es eso lo correcto?
La sorpresa tocando mi sentir en cuanto escuché sus palabras.
¿Lo correcto?
¿Un nefasto ser como un tritón, pensaba en hacer algo correcto?
Le hice saber mi disgusto de inmediato –¿Qué sabe usted sobre hacer lo correcto?
El joven pareció ofenderse entonces.
–Más que un humano que come pescado.
Mi boca se curvó ante la hazaña de su modo de habla, sentí las arrugas surcar mi frente.
¿Cómo podía él decir aquello? ¿quién creía que era semejante criatura?
–¡Oígame...!
En cuanto di un paso cerca de él, con demasiada rudeza, caí.
Un nuevo dolor agudo azotó mi cuerpo, esta vez concentrado en el tobillo como si este no pudiese resistir más. Me fijé, hasta ahora, en los rasgada de mi túnica y que había perdido la cinta.
No me importó, el jadeo llenando mis labios fue audible y mi única concentración era mostrarme fuerte ante aquel tritón. No podría demostrarle debilidad, eso no es de valientes ante las leyes de los hombres.
Él se acercó, yo me alejé.
–¡Oh, vamos, humana! ¿no crees que si hubiese querido matarte lo habría hecho antes?
Le lancé una mirada desconfiada, pero aquello parecía un mísero punto a favor.
¿Por qué no dejó que nos ahogáramos?
El tritón de oscurecido cabello tomó entre sus manos escamosas mi tobillo, acercándose más a mi.
Se sentía frío, como cuerpo inmundo, pero su trato era suave, sedoso.
Debió sentir mi tensión –Tranquila, soy un amigo– musitó con voz persuasiva.
Sonó tan fluida, natural y terciopelada que, de alguna manera, me pregunté si siendo esta criatura humano tendría el mismo poder de convicción.
Tomó un poco de agua del océano, sin siquiera tocarla.
Con un movimiento consciente de su mano en el aire, el agua se desplazó hasta cubrir todo mi pie y parte de mi rodilla, como un telar.
El frío del mar se abrió paso rápidamente y algo como el adormecimiento llenó mi piel.
Cuando el agua descendió nuevamente, y escapó de mi cuerpo volviendo al mar, el dolor se había marchado solemne.
–¿Cómo hizo usted eso?
Le miré, sus amables ojos verdes, ahora, lucían brillantes. Probablemente un poco más de lo usual.
Con lentitud el brillo fue disminuyendo.
–Soy un hijo del mar, todos sabemos hacer eso– respondió, movió su cabeza con curiosidad, ladeándola –¿Los humanos no pueden sanar?
–Es algo...
Voces desde el fondo del pueblo acercándose me interrumpieron.
Seguramente la muchedumbre ya había sido alertada de lo acontecido y venían a echar un vistazo.
El muchacho regresó al mar tan rápido que sólo vi un reflejo moviéndose.
–¡Comedores de pescado!– musitó, con algo de sorpresa.
Y se perdió dentro de aquel vasto océano.
No supe su nombre aquel día y fue exactamente la primera vez que lo vi, pero sabía, muy en el fondo de mi ser, que no sería la última.
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Dieciocho cuando, con desdicha, acepté las consecuencias de mis sentimientos por él.
Apreciaba el cielo estrellado, su color oscurecido y rocío de polvo blanco como un telar manchado. Yo le guardaba celosamente un gran sentimiento al cielo estrellado, algunas veces pienso que esa es la parte que más echo de menos.
Aquella noche era la segunda de la semana, al décimo mes del año dieciocho de mi vida.
Escuchaba la respiración acompasada a mi lado, no concebía aún como es que aquella criatura podía respirar. No concebía como es que habían pasado tantas noches desde que lo vi por vez primera. No concebía muchas cosas.
Por un segundo me descubrí a mi misma desviando la mirada hacia el rostro de él, el océano helado humedeciendo mis piernas y la arena fría manchando mi túnica.
Yo no llevaba sobre mi propia cabeza cosa alguna excepto mi melena rubia de cabello. Había descubierto hace mucho tiempo que un velo no era algo estrictamente necesario cuando estaba con él.
Sus escamosas mejillas brillaban aún sin la reluciente luz del sol.
–Tengo una curiosidad sobre tu mundo, humana– murmuró, rompiendo el silencio.
No me sentí sorprendida. Hiccup, la criatura junto a mi, jamás había permanecido con la boca cerrada por demasiado tiempo.
Pude colocar los ojos en blanco con verdadera diversión ante ello.
–Usted siempre tiene curiosidad– le hice notar.
Una sonrisita nerviosa tiró de sus labios –¿La responderá?
Solté una larga respiración, parecía que estaba conteniendo mi propio aire. Volví un costado de mi cuerpo, dejando la cabeza sobre mi brazo y mirándole fijamente. Él adoptó la misma posición después.
Sus ojos siempre lograban retener mi mirada. Incluso cuando no estaba utilizando alguno de sus hechizos de tritón.
–Usted preguntará de nuevo si no respondo, ¿no es así?
Desvié mi vista hacia su larga cola, donde se supone deberían estar piernas en caso de tratarse de un humano. Una aleta negra, larga y escamosa que se movía de un lado a otro entre la poca agua que la tocaba, como si tuviese vida propia.
¿Qué podría sentirse estar bajo el agua con aquella libertad?
Hiccup es una criatura afortunada, sin duda.
Él mismo había admitido esa irremediable verdad en una ocasión, cuando declaró rotundamente que ser un humano sería un desperdicio.
"¿Por qué tendría que envidiar una vida humana, teniendo todo un vasto océano que deseo explorar?" Había dicho cuando interrogué al respecto.
–Indudablemente– dijo después de una breve pausa. No había duda en su mirada.
Sonreí. El que sea un chico satisfecho con su propia forma no significa que su curiosidad sea menor, parecía deslumbrarse por cuanta cosa le digo.
–Esta bien– concedí.
Hiccup parecía algo nervioso –¿Son todas las humanas así?
–¿A qué se refiere?
La mano humedecida de él se posó suavemente sobre la mía, su mirada avergonzada y una mueca de contención en su rostro.
Sentí mi pecho agitar ante su tacto.
–Tan hechizantes– guardó silencio por un momento en el que la extrañeza se apoderó de mi –¿Pueden los humanos hechizar como las sirenas? ¿Con cantos de amor?
Algo como un tinte de genuina curiosidad llenó sus ojos, también el sentimiento de espera.
Quedé tan fija en las emociones de su mirada que, por un segundo que no admitiré en voz alta, el temor cruzó mi propio sentir.
¿Por qué de pronto mi corazón agrio y frío comenzó a agitarse?
Su mano aún reposaba sobre la mía y él esperaba una respuesta.
–No– musité, muy quedo –No somos capaces de hacer tal cosa.
Hiccup sonrió y yo podría asegurar que la sombra que se adueñó de su húmedo rostro fue alivio.
¿Alivio porqué?
Bajé mi mirada hasta nuestras manos, la comprensión siendo prontamente el único sentimiento abriéndose paso dentro de mi.
No, aquella no había sido la primera vez que su tacto hacía latir mi pecho desenfrenado. Era, en cambio, apenas la primera vez que yo misma lo notaba.
–Entonces es real– murmuró, parecía hablar consigo mismo.
¿Se refería acaso a la cosa que llenaba ahora mis pensamientos? ¿La razón de mis latidos?
Mi madre había hablado de ello un día de soledad, ¿podría serlo?
–Sí– me atreví a responder.
La sonrisa en el rostro apenado de Hiccup, pese a las circunstancias, se amplió, pero él no dijo nada.
Tampoco yo hice ápice, por el momento, de hacerlo.
Me sentía inquieta y aún así no deseaba moverme de allí. Mamá había dicho, con un brillo en sus ojos, que cuando el día llegase lo sabría.
Después de largas noches en velo con Hiccup y tardes de habladuría a escondidas supongo que Elin tenía razón.
Lo había sabido.
Sonreí –Yo tengo una curiosidad sobre usted, ahora.
Hiccup pareció sorprendido.
–Adelante.
Afiancé el agarre de su mano –¿Puede una sirena doblegar la voluntad de alguien con un canto de amor?
Una mueca, que yo describiría como cómplice, llenó sus labios –No.
–Creí que podrían...– murmuré, complacida ante su respuesta.
–Estamos obligados a cumplir el libre albedrío– recordó, rascando su cabello nerviosamente con su mano libre.
–Toda criatura sobre la tierra lo esta.
Hiccup adquirió una seriedad de pronto –Quizá nosotros, los hijos del mar, un poco más.
Le miré, incrédula.
–¿A qué se debería eso?– pregunté, su dedo haciendo círculos suaves sobre mi mano.
–Mi madre cuenta sobre Isidra, la primer hija del mar. Ella era hermosa, pero demasiado curiosa, siempre en el acantilado– los ojos de Hiccup entrecerrados, perdido en sus memorias –Un día su madre, desesperada y enojada con ella, gritó: ¡Qué sea Dios quien te transforme en pez!
El asombro tocó mi pecho –Así que la transformó– asumí, Hiccup asintió lentamente –¿Qué pasó después?
–Isidra perduró mucho tiempo advirtiendo a los humanos de su propio destino para que estos no consiguieran lo mismo. La historia es triste, pasó mucho tiempo en soledad– divagó, pensativo –Supongo que el mismo Dios recompensó sus acciones dándole un compañero con quien estar, pero el libre albedrío fue de él.
Guardó silencio, mirándome. Yo solté todo el aire retenido, ¿qué podría decir ahora?
Sólo una pregunta rodaba en mi mente.
Y era tan vergonzosa que no la haría.
La mano de Hiccup dio un ligero halón a la mía y él sonrió de ese modo conciliador que tiene. Correspondí su gesto inmediatamente.
Aquella noche fue la primera que me permití con él hasta el alba, sólo reposando. No hablamos respecto al hechizo de amor -toda la parábola que él se había formulado para desmentir sus temores sobre sus propios sentimientos- y fue la primera vez que nos tomamos de la mano.
Aún así, esa no sería la última vez que lo hiciéramos.
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Y veintiuno cuando me sumergí en el fondo del mar... para ya jamás regresar.
Aquel día simplemente caminaba, recuerdo. También recuerdo la sensación de caminar, como mis piernas hormigueaban y mis dedos tocaban el suelo libremente. Jamás me disgustó usar calzado, pero estar descalza siempre fue un placer.
Mi madre se veía inquieta, el pueblo me miraba más que de costumbre. A las cuatro horas del día todavía el fulgor solar quemaba mi piel.
Los murmullos jamás me importaron, lo que hacían las personas a mi alrededor tampoco, en absoluto.
Ese día en especial, sin embargo, el revuelto del pueblo llamó específicamente mi atención. Habían mujeres mirándome a través de sus túnicas y hombres disgustados que parecían señalarme.
El revuelto desatado concentrado en su totalidad alrededor de una cabaña, esa donde se disputaban un problema.
¿Dicho problema acaso se trata de mi?
A hurtadillas, quizá con rapidez en demasía, me colé hasta la parte trasera del lugar.
No sabía yo que lo que encontraría sería tan vil.
–¡Es un peligro! Para Cantabria y quizá el resto del mundo– dijo uno de ellos; alto, imponente y con expresión fúrica.
Mi padre se encontraba allí, podía verlo desde mi posición acunclillada por aquel trozo de madera destrozada.
¿Qué hacía Daven allí?
Sentí la deformación de mi propia frente ante el sentimiento de extrañeza que me albergó.
Otro hombre apareció frente al gobernador, uno más bajo y con malicia en su mirada –Es una hechicera y sabemos cual es la pena para esas.
–No, por favor– suplicó mi padre, desgarrado –La están acusando mal, Astrid es inocente.
¿Astrid?
Retrocedí en mi lugar, tan sorprendida como ofuscada.
¿Yo? ¿hechicera? pero... ¿a qué se debe semejante majadería?
Apreté los labios tanto como mis propios puños, iba a entrar a ese lugar y, y, y... tendría que decirles lo mucho que me hace sentir indignada semejante tontería.
Di un paso al frente nuevamente, una pesada mano se posó en mi hombro. Miré sobre mi cuerpo al joven allí de pie, que ahora me retenía.
–Miren nada más...– murmuró, parecía complacido y yo sabía que esa clase de complacencia no era buena.
Me removí, furiosa –¡Déjeme libre!– bramé, exigí, la fuerza apoderándose de mi.
El muchacho me sujetó aún más firme y tiró de mi hasta dentro de la cabaña. Un fuerte empujón y el suelo dio la bienvenida a mi rostro.
Me coloqué en pie rápidamente. No permitiría que estos hombres me viesen derribada.
Para entonces el velo había volado de mi cabeza, la túnica lucía sucia y estoy segura de que mi cabello era una maraña. Mi expresión fiera se conservó, aún así.
–Encontré a esta niña espiando afuera– acusó aquel sujeto, casi escupiendo las palabras.
Reconocí a Dagur de frente como el hombre bajo y el gobernador no era nadie más que Hendrich, alguien que se limitaba a enjuiciar siguiendo las opiniones de la gente.
Mi padre me miraba atónito.
Al otro hombre no lo supe identificar.
–¿Es eso cierto, jovencita?– preguntó el gobernador.
Asentí. Mi padre jadeó audiblemente.
–Se le esta acusando de brujería, ¿acaso dirá algo al respecto?
–Soy inocente– aclaré, de inmediato –Nadie tiene pruebas de lo dicho.
Dagur me miró sombríamente –Ella habla con el mar, con criaturas en las noches.
Mi pecho se agitó en un mal disimulo del temor que me causó lo mencionado.
¿Habían visto a Hiccup? ¿qué pasa si lo capturaron los marineros?
Mi ceño se arrugó aún más hacía el hombre, ese que me acusaba. Yo no había visto a Hiccup desde dos días anteriores a este, ¿será tal vez...?
No quise si quiera pensarlo. Los mataría de ser así.
–Han dicho que la han escuchado gritar cuando duerme ¡es una bruja!– continuó el otro sujeto.
El recuerdo súbito de los tormentos nocturnos llegó a mi. Negué con la cabeza.
–No es lo que ustedes piensan, ¡no soy una bruja!– grité, histérica.
Quería preguntar. Preguntar por Hiccup, pero una idea más se abrió paso en mi mente.
Si es que acaso no lo habían hallado y yo preguntaba de alguna forma estaría delatándolo.
Callé pese al fervor de mis preocupaciones.
–Mi hija no...– intentó defender mi padre. El gobernador hizo un ademán para que guardara silencio.
–Dejaré que el pueblo lo decida.
Lo que vino luego fueron murmullos borrosos entre mis recuerdos.
"Quémenla" habían dicho.
"Es una bruja"
"Mis hijos están atemorizados de ella" declaraban las madres.
Me sentí dolida, pero mi rostro jamás expresó dicho sentimiento. Debía ser fuerte.
"¡Hechicería! Es acusada de hechicería"
Mi madre lloraba, rogando. Nadie parecía escuchar.
–¿Qué es lo que quieren hacer con ella, entonces?– preguntó el gobernador, había algo como la pena dibujada muy levemente en su rostro.
"Que muera quemada"
"Que sea expulsada"
Gritos entre la multitud, uno de ellos, sin embargo, se había alzado por encima de los demás –¡¿Y porqué no la arrojamos al mar?! ¡¿qué acaso no habla con criaturas marinas?!
Los latidos de mi corazón fueron más lentos con cada palabra.
Miré fijamente a Dagur con repulsión, la voz que se había alzado por sobre las otras –Usted es un...
–¿Qué sea ahogada entonces?– me interrumpió, gritando a la multitud lleno de cizaña.
"¡Sí!" se escuchó en ovación "¡Muerte a la bruja!"
Las ataduras de mis manos, esas que había tenido durante todo el juicio, no desaparecieron.
Me arrastraron hasta el acantilado. No pude despedirme de mi madre, si quiera.
Esa fue la parte más dolorosa.
Me anudaron una pesada roca en el pie, el sujeto me miró con odio y estoy segura de que mi mirada expresaba lo mismo cuando lo pateé, fuerte.
–Ahhg, ¡sucia bruja...!– se quejó.
Él fue quien me empujó.
El viento en mi rostro duró muy poco antes de sentir el frío del mar impactar con mi cuerpo. Aún podía escuchar las voces al fondo, celebrando.
Mi pecho dolía, el ardor en mis ojos, esta vez, no fue por la sal del mar.
Toda mi vida entregada allí, limitada allí.
Sentí el escozor de mis lágrimas chocar contra la marea del mar que me arrastró rápidamente. Caí, rendida ante la fuerte marea, y cerré los ojos.
Mi propio pueblo me había traicionado, golpeado, arrastrado.
Lo último que sentí fue el intenso dolor del poco aliento abandonando mi pecho.
Sí. Tenía veintiuno cuando me sumergí al mar, no había sido la primera vez, pero definitivamente fue la última.
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Nota: Tienen derecho a matarme porque este Shot tampoco tiene continuación *inserte aquí carita cínica riéndose* :'D
¡Primer Shot en primera persona por este fandom! Se me antojó y en lo personal me gustó mucho el resultado de esto, no sé. Me tomó mucho esfuerzo y por tanto es valioso para mi. Sobre la narrativa (para los que no notaron que fue un poco -bastante- diferente de lo normal) traté de que fuese lo más acoplada a la época posible, ya que las personas de antes hablaban así, a lo antigüito xD a eso me refiero con el esfuerzo, porque sí me costó algo lograrlo.
Aclararé, de igual manera, ciertas cosas que pudieron causar duda:
*Las mujeres eran acusadas en la antigüedad (hombres muy poco) de brujería por cosas tontas como el simple hecho de tener pesadillas. Con el creciente cristianismo toda cosa hecha era acusada de ser demonios o brujerías, así en el año 1000 DC (Después de Cristo) miles de mujeres fueron quemadas, ahorcadas y, en algunos remotos casos, ahogadas por ser acusadas de brujas. Eso incluye a niñas de 4 años en adelante y mujeres encinta. Tristemente esta situación perduró hasta casi los 2000.
*La historia que cuenta Hiccup sobre Isidra es basada en una leyenda genuina. En España, Cantabria, es común que la historia de La Sirenuca sea contada aún hoy en día. Se trata de una humana que es transformada por Dios en pez, tal como lo cuenta Hiccup, por un grito de su madre: ¡Qué te convierta Dios en pez! Alrededor de los años 1000. El nombre Isidra fue lo único que coloqué yo.
*Las antiguas leyendas cuentan que las sirenas tenían el don de sanar y los machos eran llamados tritones a falta de un nombre real. Ambos podían ahogar a una persona en cuestión de segundos con sus hechizos de cantos, pero no todos eran malos.
*Libre albedrío: Báscisamente la capidad que ha dado Dios al hombre de elegir su camino libremente. Bien o mal.
*¿Por qué hice a Hiccup tritón? Sencillamente habían demasiadas historias de Astrid sirena e Hiccup humano y pensé en hacer algo diferente.
*Al principio quería hacer una versión de Astrid marinera, pero eso sacaría a la luz nuevamente el tema del machismo y ya es algo de lo que estoy cansada y me da flojera volverlo a tratar :p así que es una chica apasionada por el mar solamente... o al menos lo era.
Yyyyy creo que ya no tengo más que decir.
LadyAira14: Jajaja lamento la tortura, debía darle prioridad a esta que igual espero que te haya gustado :3 ¿Releíste el Caballero Negro? xD Sólo cambié el principio y no garantizo que el siguiente sea la parte 3 :v Gracias por tu lindo apoyo, cariño ;') ¡Nos leemos!
Quizá no sea necesario decirlo -porque asumo que ya lo saben- pero siempre acepto críticas constructivas, todo lo que me ayude a mejorar porque para eso estoy aquí, para prepararme y un día ser una escritora real, con mis propios libros :'D o simplemente un bello comentario que alimente mi alma si creen que lo estoy haciendo bien xD
Los quiere FanNeurtex.
