Nota: Ninguno de los personajes me pertenece. La historia si.
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Capitulo 11: En tus tacones.
Sinopsis: Cuando creí que ya nada podría ser más nefasto me despierto en una sombría habitación que definitivamente no es la mía y ¿con una vagina? ¡¿Qué carajos?!
15 años de edad / Sociedad Alterna inventada por mi, repleta de magia y con una época similar a la moderna.
Prom's (B) propuesto en mi pagina de facebook: Prólogo de una historia que probablemente nunca escriba.
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Esto es Berk. Y no. No es la típica ciudadela armoniosa con cercados blancos que seguramente se estarán imaginando, tampoco es un paraíso veraniego que goza de playas y muchos turistas.
¡Ja!
Berk es más bien un montículo de roca mojado, en alguna parte del océano, prácticamente olvidado, en donde neva o graniza, jamás hay Sol y la comida es dura e ínsipida. Eso último aplica al menos en la Secundaria Dragon Well's, específicamente hablando, en su cafetería. Sitio, desde luego, donde comienza nuestra historia.
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El bullicio ensordecedor envuelve el estrecho, alto y amarillento lugar. Lo que parece puré de patatas esta adherido a las paredes y hay pizza desecha rociando los suelos.
El hedor a comida descompuesta podría afectar cualquier fosa nasal a la redonda. Esto, sin embargo, no parece ser suficiente para evitar que el jugo de manzana servido esa misma mañana termine siendo rociado en brazos, cabezas, piernas y, básicamente, todo cuerpo presente.
–¡Pagarás por eso, Jorgenson!– el grito se escucha por encima de cualquier otro.
La chica rubia, en posición de batalla y con expresión furiosa, le hace una seña de asentimiento a su hermano, quien no tarda en sonreír burlonamente. Una niebla espesa, seca y de color verde reluciente comienza a expedir de entre los brazos del chico, colándose por su camiseta manga larga.
El objetivo de los hermanos Thorston, Snotluot Jorgenson, traga pesado ante los maliciosos ojos azules frente a él.
Ahora piensa que tal vez no debió arrojar ese emparedado.
Quizá no debió agregarle el puré.
Probablemente no deba estar aún allí de pie, tan cerca de la amenaza.
No obstante, Snotluot no es un hombre cobarde -él se llama a sí mismo hombre pese a alcanzar apenas los dieciséis años- así que, tomando la postura más firme que su tembloroso cuerpo puede adquirir y no dejando demostrar inmutación, el color naranjino rojizo comienza a adueñarse de sus manos en una gran bola de fuego intimidante.
Ruffnut sonrió complacida al notar las intenciones del chico. Compartió una mirada con Tuffnut y supo en el segundo exacto que él pensaba lo mismo. Ambos, al final, ríen un poco cuando el gas verde que esta soltando el rubio se vuelve más intenso.
Los estudiantes en el comedor se habían quedado en silencio, rostros expectantes y latidos lentos mientras la escena más emocionante de la semana se suscita. Al día siguiente el periódico escolar estará encabezado con el perdedor de la pelea. Y todos sabían quien sería dicho perdedor.
Todos los pares de ojos en la sala, sin excepción alguna, estuvieron puestos sobre Snotlout, quien se mantenía con los ojos cerrados en concentración.
Llamas cubren los descubiertos brazos del chico Jorgenson y sólo bastó un segundo después de eso.
Los estudiantes fueron testigos de una explosión, con el ruido suficiente para despertar a la isla completa, y un chamuscado Snotluot surgió de entre el humo, tosiendo torpemente y frunciendo el ceño.
–Nadie. Diga. Nada– escupió amenazadoramente el azabache, palabras contenidas y tono grave.
Hubo silencio.
Por un segundo, al menos.
Al segundo siguiente se escuchó una nueva ola de risa en masa y el alarido volviendo con el doble de fuerza mientras los gemelos chocaban sus palmas en victoria.
–¡Ya basta!– gritó el chico, avergonzado y furioso en una mezcla molesta, pesada, ardiente cayendo como hierro en la boca de su estomago.
Tuffnut aún reía fluidamente cuando habló, apenas entendible –¿Qué pasa amigo? ¿no te gustó el nuevo look?
–¿Nuevo look? pero, ¿de qué mierda estás habl...?
Auto interrumpió la despectiva pregunta. Algo hizo click en su cabeza.
Ruffnut asintió como si leyera sus pensamientos -los cuales seguramente refleja en el rostro como un libro abierto- y él negó insistentemente.
Snotluot, muy quieto en su lugar aún, se llevó inmediatamente las manos a su negro y largo cabello. Había textura dura, maltratada, quemada y... ¡¿un raspón?!
Tanteó nuevamente notando de inmediato que en efecto no había cabello en al menos un gran pedazo de su cabeza.
No. Había. Cabello. Allí.
Oh, él consideraba su melena uno de sus mayores atractivos.
Se sintió aún más indignado cuando escuchó a su propio dragón reír -muy a su modo- a rienda suelta de él tan fuerte que aún estando fuera del instituto él podía escucharlo.
Hookfang es, sin duda alguna, el dragón más traidor que existe. Cargando con sus relucientes once metros de altura y todas sus grandes escamas.
Estuvo cerca de salir y patear al traidor cuando el retumbar de la puerta abriéndose lo distrajo.
A él y al resto de la sala.
–¡¿Qué se supone que esta pasando aquí?!– gritó el regordete rubio que irrumpió el lugar.
Los estudiantes miraron con temor al decano interruptor. Temor de que su divertido juego se terminara y no de que hubiese un castigo realmente, por supuesto.
Un trozo de pizza proveniente de una dirección desconocida voló hasta llegar al rabioso rostro de Gobber, aún inmóvil y esperando una explicación, y cada chico hormonal presente contuvo los labios para no reír.
Todos sabían el gran poder del trollkarl. Y nadie se atrevía a desafiar la contada paciencia en su sistema.
Grumpy, su fiel dragón, se encontraba profundamente dormido detrás de sí, en un rincón, así que él no podría ayudar a nadie si a Gobber le daban ganas de asesinar.
O expulsar. Las dos cosas eran igual de letales.
–¿Pueden explicarme...?– murmuró, tratando de deshacerse de la comida en su rostro mientras caminaba con torpeza hacia los gemelos –¿...que sucede aquí?
El trozo de pizza finalmente se hallaba en suelo y la expresión de amenaza parecía ahora más real.
–¿Quién es el responsable de esto?– graznó.
No fue difícil para ningún presente señalar una casi desolada esquina al otro lado de la cafetería.
El castaño con expresión resignada recostado a la pared señalada le dio un indiferente vistazo al decano. El sarcasmo y aburrimiento barriendo en su verdosa mirada.
Gobber suspiró pesado y negó suavemente con su cabeza, de nuevo.
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Para este punto se estarán preguntando, ¿qué cosa sucede aquí?
¿Recuerdan cuando dije que Berk es un montículo de roca mojado? Pues ese montículo de roca mojado oculta un par de secretos.
Verán, mi pueblo cuenta con una población no mayor a unas quince millones de personas, poco para una ciudad grande en América y suficiente para un estado pequeño en Irlanda. Cada una de esas quince millones de personas obtiene el don de ser hechicero por nacimiento, junto a un compañero de por vida. Un dragón.
Se hacen llamar: "Trollkarl". ¿Qué porqué tienen ese apodo tan absurdo? Eso es algo que nadie sabe. Lo que sí sabemos es que las clases sociales se definen debido a que tan trollkarl eres.
Ser un hechicero lo es todo por aquí.
Se los haré sencillo, ¿tienen en su memoria al sujeto chamuscado que justo ahora esta en los aseos masculinos llorando como bebé? Snotlout Jorgenson. Es un poderoso hechicero, pero en especial tiene la mala costumbre de incendiar todo su cuerpo y, dicha costumbre, le ha dado un estatus alto y fuerte. Aparentemente, lo único que puede ser afectado por el fuego en él es su cabello. O la falta de este.
Su dragón, por otro lado, es tan desobediente que da pena.
Los gemelos Thorston -y verdaderos causantes del desastre en la cafetería- poseen un estatus alto más por sus constantes bromas que por sus "dones" ¡sí es que así se les puede llamar! Sus hechizos son poderosos y casi siempre trabajan como uno mismo. La niebla verde de uno es altamente inflamable y el fuego del otro es letal.
Eso, sin embargo, no los detiene cuando están separados. Uno puede hacer funcionar su gas con un simple encendedor y el otro puede quemar una ciudad completa con su plasma.
Su dragón es exótico no sólo por poseer dos cabezas sino porque parecen ser tan maquiavelicos como sus dueños.
Intimidante, ¿eh?
¡Nah! No tanto como lo es Ingerman. Fishlegs Ingerman. El muchacho que algunas ocasiones se sienta conmigo en la cafetería. Sus camisas a colores, anteojos cuadrados y libros siempre entre manos lo colocan como un geek no declarado en toda la Secundaria. ¡Ah! Pero no se dejen engañar por su apariencia gentil, ese chico puede llegar a ser muy rudo. Cuando se lo propone, básicamente, desvanece en cenizas todo lo que toca, además de otros truquitos.
Por suerte, su dulce dragona hace un excelente trabajo para mantenerlo controlado. Aún cuando los gemelos lo tientan para que destruya la escuela. Muchas veces.
Ahora sé exactamente lo que estarán pensando. Una maravilla de ciudad, ¿no? ¿qué es lo peor que puede pasar en una sociedad dominada por hechiceros dotados de dones que obtienen al nacer? Ah, sí. Se me ocurre algo.
No tener ninguno.
Mi nombre es Hiccup, sí, lindo nombre lo sé, pero no es lo peor. Lo peor es ser un don nadie en medio de muchos trollkarl's
¿Qué quién soy yo? ¿prestaron atención al sujeto de cabello caoba, rostro pecoso y expresión miserable que fue llevado a detención?
Si. Ese soy yo. Una hermosa y envidiable vida la mía, ¿eh?
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–¿Cuántas veces tengo que decirlo, hijo?– la pregunta, aún estando encima de un gran y fuerte dragón por los aires, sonó áspera y culposa.
Hiccup, desde la parte trasera del animal y sujetado a la silla de montar, observó a su padre de soslayo sólo un segundo y volvió la vista al horizonte.
El pequeño estado-isla no tiene realmente mucho que ver, fachadas con colores aburridos, tiendas de techos planos y un espeso bosque rodeándolo. A Hiccup no le interesa demasiado mirar eso. Sin embargo, en ese preciso segundo, mientras su padre esta al mando del dragón y da reprimenda suelta al mismo tiempo, él prefiere la planicia de Berk y el horizonte.
Horizonte tranquilo viéndose inocentemente desde esa altura, cual hojas que caen sin conciencia alguna de un árbol moribundo. Sólo siendo la naturaleza actuando.
Se removió incómodo en el asiento.
Bien. Suficiente dramatismo. Incluso para alguien como él.
Miró nuevamente la espalda de Stoick antes de carraspear –Lo siento, papá.
El aludido lo miró largamente por el rabillo del ojo y soltó una respiración fuerte que podría ser un viendo catabático para una comunidad de hormigas. Frunció levemente el ceño.
Su hijo nunca había sido un niño normal.
Lo supo desde que Hiccup tenía seis años y pidió un oso polar como mascota, en lugar de un lindo cachorro o un gato pequeño. Valka había reído, desde luego, alegando que eso -y el hecho de que fuese un No Trollkarl- hacía único al niño.
No obstante, Hiccup ya no es un niño y Stoick estaba seriamente preocupado por eso.
–Sé que lo sientes– habló despacio, la tormenta de sus pensamientos aún colada en su voz –Pero entiende que tengo muchas cosas de que ocuparme, hijo. Tienes suerte que ahora el decano sea Gobber y no te haya suspendido, de nuevo– sus palabras amortiguadas por el viendo golpeando en sus mejillas.
Hiccup frunció los labios, ahora más incómodo en su asiento, removiéndose –Lo sé, papá. De verdad lo siento– volvió a disculparse pese a no ser él el verdadero culpable del desastre.
Miró una vez más al gran hombre frente a sí, esperanzado.
Aunque no serviría de nada guardar esperanza. Hiccup lo sabía.
Habían tres cosas que pertenecían a Stoick Haddock y que todo Berk tenía en conocimiento: "Haddock Company and Associates" desde hace cinco años, cuando la compró. Un poder impresionante de fuerza que desarrolló desde hacía treinta y seis años, cuando golpeó una roca con la cabeza y la partió a la mitad. Y un hijo inútil desde hace quince años, cuando su madre lo dio a luz.
Lo último, por supuesto, no es de orgullo para Hiccup.
El acarreado rumbo de sus pensamientos se detuvo tan abrupto como el dragón en el que volaban. Miró hacia abajo distraídamente.
La fachada de su hogar le daba la bienvenida.
Literalmente.
Hay un letrero pequeño encima de la puerta con las palabras "Bienvenidos" como adorno. Su madre a veces solía ser tan... ella.
–Hiccup...– su padre lo llamó cuando aterrizaron y estaba en la disposición de bajarse del animal, asintió para indicar que escuchaba –Espero que hoy no vuelva a repetirse.
El muchacho no respondió. No sabía como hacerlo. Si otra guerra parecida a la de ese día se volvía a desatar sin dudar sus compañeros lo apuntarían de nuevo y él no podría hacer mucho. Eran cuarenta estudiantes contra uno.
Soltó un resoplido. Quizá eso no sucedería si fuese un hechicero, como todos. Aunque fuere uno pequeño.
Se bajó del dragón con un salto pensando en su motocicleta para disipar de esa forma el remolino que era su cabeza. Después de todo, el ruedo era lo único bueno que tenía para distraer su mente, alejarse... vivir.
Bajo ese sentir en su pecho, constante e incomodo, subió a la segunda plata donde estaba su pequeña habitación y se encerró allí.
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Para ese punto yo pensaba que nada podría estar peor en mi vida.
Ta. Ta. Da.
Ahí era en donde estaba equivocado. Y, en serio, aún tengo estremecimientos cada que lo recuerdo.
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Un toque suave en la puerta es suficiente para que Hiccup deje de lado el libro de estudio sobre el escritorio. Saliendo de su ensimismamiento y, quizá demasiado ansioso, sonrió de expectación ante un segundo llamado mientras se dirigía a abrir.
Él tenía muy claro quien estaba al otro lado de la habitación.
–¡Mamá!– exclamó con emoción, incluso un segundo antes de abrir la puerta.
Cuando ambos estuvieron frente al otro, ella sonrió de la misma forma que lo hacía su hijo, acunándolo entre sus brazos y acariciando su cabello tan castaño como el de sí misma.
Realmente había querido verlo.
–Hola, Hiccup– murmuró, luego rió quedamente –¿Cómo sabías que era yo?– el chico se carcajeó, liberándose de los brazos gentiles de su madre.
Inconscientemente, quizá, sus hombros dieron un tembloroso movimiento antes de responder –Papá derrumbó la puerta la última vez.
Y con sinceridad Hiccup no lo culpaba. Su padre había estado genuinamente preocupado por él después del décimo quinto golpe en la puerta sin recibir respuesta alguna.
El muchacho aprendió, después de eso, a no utilizar auriculares a tan alto volumen.
Valka frunció los labios –Hablando de tu padre...– comenzó a decir lentamente. El castaño suspiró pesado antes de hacerse a un lado para darle espacio a su madre.
A paso lento, cerca de ser inseguro, la mujer se adentró al lugar y dejó caer su cuerpo con sutileza en la cama, esperando cualquier alerta del chico, quizá un desapruebo.
Valka sentía, en las últimas semanas más que en cualquier otro tiempo, que sus constantes viajes de trabajo le hacían más daño a Hiccup de lo que él mismo quería aparentar.
Ocupaba darle vacaciones al equipo de exploración.
Y aprender a conocer más a su propio hijo -no pudo evitar pensar después de notar el sosiego con el que el chico la había mirado sentarse en su cama.
Se recordó a sí misma que Hiccup siempre había sido un muchacho tranquilo, sin recriminaciones absurdas ni berrinches injustificados y mantuvo la alerta, como una pequeña nota mental, de que también el mismo Hiccup era ya un adolescente encaminado a la adultez, atravesando cambios.
Necesitaría estar preparada para cualquier ocurrencia de un hijo curioso y, seguramente, de humor variado.
Como una mala reacción ante un punto delicado. Su padre podría ser un gran ejemplo de ello.
Más incómoda que adolorida se removió en su posición, sobrepensando en como abordar la situación –Hiccup, tu padre...– la mano extendida del muchacho la hizo detener abruptamente sus palabras.
Su boca formando una perfecta o ante la interrupción, ojos intrigados y muecas a medio formar en sus delgadas facciones.
–Déjame adivinar que es lo que dijo papá– gesticula el castaño, tomando una larga respiración.
Cuadró los hombros desde su lugar en la puerta, justo frente a su madre, y aclaró sonoramente la garganta –¡Valka...!– una voz ridículamente gruesa, nasal y rasposa que intentaba imitar el estruendoso tono de Stoick al hablar se dejó escuchar y de inmediato hizo apretar los labios de la mujer bajo la desesperada intención de contener la risa –¡Tenemos que hablar! Ese hijo tuyo. Ya no sé qué hacer con él, otra vez fue reprendido en la escuela, todo el tiempo está metiéndose en problemas.
La postura firme, mirada fiera y pecho inflado de Hiccup terminaron por derrumbar la barrera de Valka. Rió fluidamente interrumpiendo la caracterización del muchacho. Él, desde luego, sonrió leve -apenas perceptible- de ver el humor de su madre.
–De hecho– murmuró ella, aún intentando acallar el campaneo atorado en su garganta –Dijo nuestro hijo.
Ahora el castaño también rió sin contención alguna, su corazón calmo y pensamientos apaciguados.
Hiccup realmente la había extrañado, quizá más de lo que él mismo se podía admitir.
Él era un don nadie, después de todo, no tenía derecho de exigir algo como la atención de sus padres, aunque la deseara.
Aún así, y como si sus pies tuviesen vida propia, se acercó a la cama donde reposaba su madre. La respiración tranquila y mirada anhelante plasmada muy notablemente en su figura.
–Te extrañé– susurró, casi sin notarlo, dejándose caer a un lado de la mujer mientras el corazón le martilleaba en los oídos.
Hiccup nunca había sido una persona demasiado amorosa, pero tenía sus momentos.
Ella lo estrechó nuevamente entre sus brazos, aún más fuerte, aún más cálido. Y él correspondió.
Ahora, definitivamente, era uno de esos momentos.
–También yo– musitó ella con voz maternal.
Sintió una punzada quemar en su pecho. Si. Definitivamente Valka tomaría vacaciones.
Observó a Cloudjumper refregar su gran cabeza contra la pierna del muchacho y sonrió agradecida.
Hiccup, luego de deshacer el abrazo, acarició la coronilla del dragón de su madre. Este soltó un rugido, algún empañoso gruñido y volvió a acariciar su propia cabeza en la piel del muchacho.
El color café dorado de sus escamas brillando reluciente.
Un espécimen hermoso, sin duda. Y el muchacho aún se sorprendía de que cupiera en la habitación.
El pequeño dragón volvió a farfullar y Valka rió quedamente, encantada. Hiccup entonces se sintió intrigado.
–¿Qué es lo que dijo, mamá?– preguntó.
A ella le pareció tierno el viejo hábito de su hijo de respingar la nariz con curiosidad.
–Dice que también te echó de menos.
Una sonrisa lenta se formó en los labios de Hiccup y, pasando un dedo por las escamas del animal, susurró –También te eché de menos, amigo.
Con la decisión de un descanso bailando en su cabeza, Valka se colocó en pie con ánimos renovados y juntando sus palmas graciosamente.
–Ah. Casi se me olvida, debes alistarte– anunció cantarinamente, tratando de contagiar a su hijo.
Hiccup, en cambio, frunció levemente el ceño con extrañeza –Alistarme, ¿para...?
–Los Hofferson vendrán a cenar, desde luego– la castaña, en su afán de abrir la puerta pronto, no notó la expresión perturbada recién adquirida en el rostro del muchacho.
¿Él había escuchado bien?
–Dijiste: ¿Los Hofferson?
–Si, ¿no es estupendo? La chica Astrid también vendrá.
Valka sonrió más amplio e Hiccup contuvo una mueca.
Efectivamente, había escuchado bien.
–Si, estupendo– exclamó, alzando su mano izquierda en un acto tan sarcástico como sus acciones.
Antes de salir, Valka volvió su cuerpo –Por cierto hijo, Funny se está quejando de la comida que le das, no les gusta el sabor– señaló al pequeño pez payaso reposando inocentemente en la pecera junto a la cama del muchacho –Deberías cuidar mejor de las necesidades de tu mascota.
Y se marchó.
Hiccup reaccionó entonces –Lo haría, pero no todos podemos hacer hechizos para leer la mente de los animales, madre– respondió este, gritando, con la ironía colándose naturalmente en su tono.
Resopló al no recibir más respuesta que una tintineante risita y miró al pez aún sin moverse –¿Y tú qué?
Su contestación fue una burbuja.
«•»
Hey, Dad, look at me
Think back, and talk to me
Did I grow up according to plan?
And do you think I'm wasting my time
Doing things I want to do?
But it hurts when you disapproved all along
Al otro lado de la ciudad en una habitación tapizada de negro, la música desborda de las ventanas.
And now I try hard to make it
I just want to make you proud
I'm never gonna be good enough for
You can't pretend that I'm alright
And you can't change me.
La chica rubia que canta el compás del estéreo andando de un lado a otro por todo el lugar no está bailando. Podría haber una melodía que causara temblores en la tierra y Astrid Hofferson no bailaría.
Eso no significa que no disfrute la playlist algo pasada de moda de Katy Perry, sin embargo.
You can't pretend that I'm alright
And you can't change me.
Su propia voz, mucho más suave y aguda que la cantante, se mezcla con la grabación sin preocupación alguna mientras trenza su cabello descuidadamente.
Stormfly, su tierna dragona y mejor amiga, esta graznando cerca de ella cuando toma sin mirar una sudadera del closet y se la coloca por encima de la camiseta deportiva. Miró su propio reflejo en el largo espejo junto a la cama de su cuarto una vez más.
–¿Tú qué opinas, eh nena?
La adorable compañera colocó su atención en la rubia, escaneando y meditando largamente como si la respuesta a esa pregunta fuese a decidir el destino del mundo. Un par de segundos más tarde asintió e hizo una mueca en su rostro de su propia versión de sonrisa.
–Aprobado suéter café y jeans rasgados, entonces.
Stormfly graznó felizmente y Astrid le sonrío con simpatía.
'Cause we lost it all
Nothin' lasts forever
I'm sorry I can't be perfect
Now it's just too la...
La música se detuvo tan rápido como el sonido del click en el esterio.
–No deberías colocarle tanto volumen a ese aparato, lo sabes.
Astrid no necesitó girar su cuerpo para identificar la estridente voz de su madre. Aguda y un poco irritante. Eso último al menos aplica cuando esta molesta.
–Tú no deberías entrar a mi cuarto, lo sabes– respondió la chica, no había altanería en su voz. Ella no estaba siendo grosera. Aún así, su madre torció el gesto.
Elin, sin embargo, no dijo nada. Ella sabía que tan testaruda podía llegar a ser su hija.
–¿Vas a salir?– preguntó curiosa al ver una mochila a medio empacar tendida en el suelo.
–Tal vez más tarde, después de la cena.
Ambos padres tenían muy entendido que Astrid no quería ir a esa cena.
Ella no tenía nada en contra de la familia Haddock, sinceramente. La razón de su resistencia yacía en que la chica tenía todo en contra de esas reuniones.
Reuniones que implicaran gente. Mucha gente.
–¿Y utilizarás eso?
Astrid detalló en el vestido campana que portaba su madre -sencillo y elegante- y luego miró su propio cuerpo.
Se encogió de hombros.
–Stormfly lo aprueba– la rubia mayor se limitó a asentir con una mueca en el rostro.
Madre e hija mantienen -desde que Astrid tiene uso de razón- una relación peculiar. Y muy a menudo tratan de evitar que eso se interponga en su vida diaria.
Aún cuando la decisión de una no fuera del agrado de la otra.
Como ahora, cuando a Elin no le agrada la ropa de su hija, Astrid lo ignora y ambas fingen que no pasa nada.
Fingieron aún frente a su padre, incluso.
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La rubia se pregruntó ensimismada, dentro del pequeño auto familiar, cuanto duraría la cena.
Quería salir con Heather, hace mucho le debía esa ida al cine. Le hubiese gustado ir al entrenamiento de boxeo aquella tarde, también.
Aunque ambas cosas no puedan ser ese mismo día.
Sacudió la cabeza para sí misma, de cualquier modo no importa cuánto tiempo invierta en la cena, ella sabe que más tarde -en su tiempo libre- no podrá ir al salón de entrenamiento o con Heather. De hecho, no podrá salir de casa, aunque le haya dicho a su madre que tal vez lo haría.
Ocupa estudiar. Subir un poco el bajo de su promedico.
Soltó un largo y pesado suspiro.
Ella realmente debía subir el promedio.
–¿Sabes si el hijo de los Haddock estará en la cena esta vez?– escuchó preguntar a su madre.
El alto hombre de cabello claro en el lado del copiloto simplemente se encogió de hombros.
Astrid notó la incomodidad en el rostro de porcelana de la mujer. Tenía en claro porque esa mueca.
De hecho, todo Berk tendría en claro el porque de esa mueca.
Hiccup Haddock es un No trollkarl en una ciudad donde prácticamente es un delito no declarado.
Ella, personalmente, no sentía ningún tipo de rencor hacia el chico, pero había sido testigo de primera fuente de su torpeza cuando este derramó café caliente en su sudadera favorita durante el almuerzo hace poco más de un año.
Lo olvidó pronto, de cualquier manera.
Su madre... ella era una historia completamente diferente.
–¿Y si cena hoy con nosotros, querido?
–De ser así simplemente ignóralo, cariño.
Su padre también estaba incluido en eso de las historias completamente diferentes.
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Cuando estuvo frente a la casa Haddock no se impresionó. La rubia nunca ha sido una chica ambiciosa, pero se podía admitir a sí misma que esperaba un poco más que una pequeña casa amarilla del director empresarial más importante de Berk.
Debía darle un punto a Stoick Haddock por humildad, al menos.
–Por favor sé educada– murmuró la rubia mayor en su oído.
Pudo sentirse ofendida, pero ya estaba acostumbrada a esa clase de advertencia sin fundamento por parte de su progenitora.
Aún cuando Astrid casi siempre actuaba con educación.
Bueno, no podían culpar a la chica porque rompió la nariz de un sujeto que intentó propasarse con ella hace unos meses.
Tampoco es su culpa el no tener control alguno de sus hechizos, después de todo no llevar el peso de un poder especial sino de dos no es tarea fácil.
Y el hecho de que el último descontrol que tuvo haya sido dirigido a una chica de su aula que es una completa pesadilla por supuesto que fue una coincidencia.
Miró de soslayo a su madre y resopló, ella aún esperaba una respuesta.
–Siempre lo soy, mamá.
–Yo podría rebatir eso.
La puerta se abrió, para fortuna de Astrid, y la mujer calló.
Quizá no lo hizo por educación. Tal vez solo lo hizo por impresión.
Ahí frente a ellos estaba Valka Haddock -con una radiante y dulce sonrisa- y a su derecha se encontraba su hijo.
Probablemente Elin no se ha marchado por el simple hecho de ser cortés.
Se formó una sonrisa forzada, que realmente se asemejaba a una mueca, en los delgados labios de la mujer. El esposo le imitó con la misma resistencia.
Astrid, en cambio, solo se limitó a detallar la postura tensa del chico, rostro pecoso contrariado y labios fruncidos. No fue demasiado tiempo, pero por un segundo sus ojos chocaron -antes de que ella desviara súbitamente la vista- y noto un destello explosivo de emociones en ellos.
Incomodidad, tensión, nerviosismo.
Se preguntó como es que un simple gesto facial podía decir tanto.
–Hijo...– la atención de la rubia ahora se colocó temporalmente en Valka, al igual que el nombrado –¿Por qué no llevas a Astrid a que vea tu colección?
Hiccup casi pudo gruñir, de no ser porque es un muchacho respetuoso y con un autocontrol envidiable, por supuesto.
Tendría que explicarle a su madre que no necesitaba que le consiguiera amigos como en el jardín de niños
Habló con la resignación inundando sus palabras –Si, mamá– miró a la chica por un segundo y carraspeó, incómodo de la mirada seria que ella le ofrecía –¿Si estás de acuerdo?
A Astrid le pareció un acto amable de parte del castaño el preguntar en lugar de simplemente arrastrarla en contra de su voluntad -como lo habría hecho Snotlout- y asintió.
Elin tuvo que usar todo dentro de sí para no detener la marcha de su hija y el chico extraño.
Hiccup notó aquello y, siendo sincero consigo mismo, no le sorprendió. No sería la primera.
Astrid parecía indiferente a todo.
Subieron las escaleras con una calma preocupante para jóvenes de quince años y en silencio.
Un sepulcral silencio.
Si al castaño le hubiesen dicho hace dos años atrás que la chica Hofferson estaría en su habitación, él habría reído y luego molestado por la mala broma.
Pero eso fue hace dos años, cuando la niña de trece le había impresionado con su discurso de graduación de primaria y había adoptado un crush hacia ella.
Ahora, con el tiempo de crecimiento y resignación, no podía estar más sereno -casi aburrido- al abrir la puerta de la alcoba para la chica. Había superado esa atracción sin sentido y no se podía sentir más aliviado de ello.
–Escucha...– demandó la rubia sin siquiera detenerse a observar el entorno en cuanto estuvieron dentro de la habitación –Sé que no estás cómodo con todo esto y la verdad es que yo tampoco, no necesito que me muestres nada.
Ella no sonó amistosa, pero no había crueldad en su voz tampoco. Solo indiferencia pura.
Hiccup podía vivir con ello.
A la rubia, aún con su postura firme y decidida, le sorprendió el hecho de que el chico simplemente asintiera. Él no dijo nada. No hizo amago de decir nada.
Ni siquiera intentó protestar.
Al final se encogió de hombros. Había sido más fácil de lo que creyó.
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Un grito proveniente de afuera alertó a los silenciosos y ensimismados jóvenes.
Astrid se colocó en pie, Stormfly estaba afuera, y se asomo a la ventana por donde ya el castaño había sacado la cabeza -habiendo estado él más próximo reposando en la cama.
–¿Crees que...?– comenzó Hiccup cuando un nuevo grito se escuchó e interrumpió abruptamente sus palabras.
Un sonido agudo y desesperado.
–Hay que ayudar– dicho aquello la chica presenció asombrada como el delgado torpe y descoordinada muchacho -vergüenza de Berk- saltó de al menos tres metros de altura y cayó con gracia sobre sus manos.
No perdiendo más tiempo en observaciones inútiles, y estando de acuerdo con las palabras de él, Astrid lo siguió.
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El grito, después de un largo recorrido, había resultado en el frustrante hecho de una pequeña niña jugando a que era asaltada.
Una niña les había hecho correr cinco cuadras a la redonda.
Una. Niña.
De estridente poder para gritar -literalmente- pero una niña después de todo.
Astrid podía escuchar los murmullos incomprensibles que abandonaban los labios del chico en el camino regreso a casa.
Ella estaba pensando en qué le diría a sus padres para explicar su huida e Hiccup con sus quejas no permitía que se concentrara.
¿Pero qué tanto mascullaba ese chico?
Gruñó internamente sintiendo una leve punzada de molestia.
–¿Podrías guardar silencio?
Casi como si fuese una orden de algún jefe militar y él fuese un inocente cadete cayó.
Hiccup era tan sumiso que a veces sentía vergüenza.
La rubia resopló –¿Por qué lo haces?
–¿Hacer qué?
–Todo lo que te ordenan como si no tuvieses decisiones propias.
El castaño detuvo sus pasos en un punto indeterminado de una calle larga, oscura y solitaria que ni siquiera reparó en ver.
La voz firme con la que ella le había hablado -esa misma voz que en algún momento lo cautivó- ahora le pareció algo irritante.
Como cuando Snotlout se burla de él en los recesos con comentarios poco inteligentes.
Bueno, no tan irritante. En ella era un bastante más tolerable.
–N-no sé de que estás hablando– titubeó aún inmóvil, dándole la espalda a la chica en un adelanto de al menos dos pasos.
Stormfly graznaba alrededor de los dos; inquieta y chillona. Ambos la ignoraron.
Astrid demasiado enojada, Hiccup muy alerta -con la rubia- como para escuchar algo de la dragona.
–Sí, lo sabes– afirmó ella con la decisión bailando en su vocabulario
"Tú no entiendes nada" logró escuchar del murmullo bajo que soltó Hiccup.
Cansada de hablar con su espalda se adelantó. Verde y azul chocaron.
–Quizá lo entendería si fueses más claro y decidido, en lugar de simplemente ser... tú– pronunció lentamente.
Ella intentaba ayudarlo, muy al estilo Hofferson.
El castaño no lo tomó de ese modo.
–Perdón por ser tan yo, señorita.
Había tanto sarcasmo en la mirada de Hiccup como frustración en la de Astrid.
–Claramente no has comprendido.
–Sí, ya lo hice. Muchas gracias.
La rubia llevo una mano hasta el puente de su nariz, la frustración y la molestia instaladas en igualdad dentro de su pecho.
–Solo digo que hay personas con mayores problemas que los tuyos, deberías sacar beneficio de ello.
¿Beneficios? ¿Beneficios de ser un don nadie? Y, además, incompleto.
Claro. Seguro tenía que haber algo genial en eso.
Hiccup chasqueó la lengua sintiéndose enojado y, por primera vez en mucho tiempo, no era por su propia causa.
–¿Ah, sí?– las palabras escapando de su boca sin siquiera ser consciente –Si te parece tan beneficiosa mi vida, ¿por qué no la tomas tú, eh?
Había una figura detrás de ambos jóvenes tan silenciosa como pacífica. Ella no había sido notada gracias al ensimismamiento de los chicos.
–Por supuesto– afirmó la rubia. Estaba segura que no podía ser tan malo ser un "Hiccup" común, sin don alguno. No tanto como poseer más poder de lo que una sola persona puede soportar y tener el peso de ese secreto consigo, al menos –Lo haré cuando tú tomes la mía.
Solo hasta ese momento -cuando la inconsciente sentencia ya estaba hecha- la rubia y el castaño repararon en la presencia de la anciana, escuchando la escoba roer el suelo.
Stormfly estuvo inquieta desde entonces hasta el alba.
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Cuando Astrid despertó aquella mañana y no vio a su dragona en la ventana, se sintió confusa.
"Qué extraño, ella siempre esta aquí".
Cuando Hiccup despertó aquella mañana y notó las paredes color negro, se sintió temeroso.
"¿Pero, qué...? Este no es mi cuarto".
La chica tocó su ropa de algodón fino color vinotinto, recordando vagamente haberse dormido con un pijama azul. Notó entonces un póster de Iron Man que ella jamás había comprado, una esfera de nieve y no había despertador.
Corrió desesperadamente al baño que no era su baño.
El chico tanteó confundido sus senos. Esperen. Él no tenía senos. Él era todo un cuerpo de masculines bruta.
Buscó con el temor reflejado en sus acciones -y la desesperación- algo donde pudiese ver su rostro, encontrando rápidamente un espejo junto a la cama.
–¡AAAAAAAAAAAAAAH!
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Mi vida era mala, muy mala. Y, cuando creí que nada podría ser más nefasto, despierto en una sombría habitación que definitivamente no es la mía y... ¿con una vagina?
Seré honesto, lo único que pasó por mi mente fue: ¡¿Qué carajos?!
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Nota: ¡Sorpresa! Actualicé hoy, les ahorré un día de espera xD
Ooookey, este es el momento en el que preguntan, ¿qué rayos acabo de leer? XD
Les diré: Este era un proyecto que yo planeaba ejecutar hace unos meses. La idea, básicamente, era todo lo que presento aquí: Magia, intercambio de cuerpos y algo con un clásico villano. Después de que escribí el prólogo (y camino a escribir la siguiente pagina) comencé a pensar que era demasiado (mucho, exageradamente) cliché.
Y aunque yo amo los cliché's esto ya es MUCHO xD
Así que simplemente opté por dejarlo como un proyecto sin realizar en alguna parte de mis carpetas :v ¿La razón de porqué lo traje por aquí? Lo releí, me pareció un buen trabajo (en lo que cabe) y decidí compartirlo. Aunque sólo sea este capitulo :3
Igual lo puse a la decisión de ustedes entre: A- Algo dramático no tan Hiccstrid y B- Un prologo de un fanfic que probablemente nunca termine.
Quedaron empatados y, al azar, decidí subir este :3
¿Les gustaría que hiciera una doble actualización? La opción A (algo dramático no tan Hiccstrid) ya la tengo escrita. Si quieren una doble actualización sobornénme con comentarios y subiré el otro capitulo. Así que queda en manos de ustedes ;)
Trollkarl significa Mago en Sueco*
Bequi Alex 34: Jajaja me alegra que, dentro de lo que cabe, te haya gustado el aterrior Shot. Aunque hayas dado gritos de perra loca LOL XD espero que igual este te haya gustado aunque sea sólo una tontería y seguirte leyendo por aquí :3
P.D: En serio, no creo que haga una historia de esto. Creo que sólo quedará como un prólogo sin mas... pero vamos a colocarle un guiño con el "creo".
Los quiere FanNeurtex.
