Nota de la traductora: Hola hermosas lectoras, antes que nada, quisiera recordarles que esta traducción es de un fanfic lleno de escenas sexuales, lenguaje soez y contenido altamente explícito y consensuado. Así como hacerles un amable recordatorio que Hermione (y cualquier otra chica del mundo real), debe ser libre de ejercer su sexualidad con cuántos y cómo se le antoje la gana y nadie debería juzgarla por ello ni menospreciarla. Nuestro valor como personas no radica en cuántas parejas hayamos tenido ni debemos caer en provocaciones que ciertamente son ficticias pero pueden parecerse a la vida cotidiana. ¡Vivamos libres y sin prejuicios!


Disclaimer: Los personajes y la trama original son propiedad de JKR.

La historia le pertenece a Lovesbitca8 y yo sólo la traduzco con su permiso.

¡Disfrútenla!


Todos los días, una pequeña muerte

"Every Day, a Little Death"

De Lovesbitca8

Beteado por mi increíble Emily Charls


Por mucho que Draco deseara que él y Granger estuvieran teniendo sexo todos los días en el futuro previsible, estaba bastante feliz por el descanso. Tenía que hacer recados. Cosas para comprar. Documentarse para... investigar.

Draco fue uno de los primeros estudiantes en salir por la puerta el sábado por la mañana camino a Hogsmeade, se saltó el desayuno por completo y prácticamente corrió por el puente y la nieve para llegar a "Pócimas de J. Pippin", antes de que cualquiera de sus compañeros de clase pudiera verlo.

Echó un vistazo a algunas tiendas y se detuvo en "Honeydukes" para sus actividades habituales, pero ninguna de las tiendas de Hogsmeade estaba diseñada para lo que necesitaba. En realidad, solo se las estaba arreglando. Se metió en "Tomes & Scrolls", la pequeña librería, y encontró algunos libros de lo que estaba buscando, pero nuevamente, no demasiado.

Sintiéndose bastante frustrado con los materiales limitados que Hogsmeade tenía para ofrecerle, fue por último al puesto de lechuzas, escribiendo a unos cuantos comerciantes en el callejón Knockturn. Era casi la una, así que se detuvo en las Tres Escobas para tomar una cerveza de mantequilla antes de regresar.

Se tropezó con sus pies al ver a Theo sentado en una de las mesas adentro. Saltó detrás del perchero y agachó la cabeza para buscar a Granger.

Pero ella no estaba en ningún lado.

Theo estaba sentado con Terry Boot y Mumford, o como se llame.

Los ojos de Draco recorrieron el resto del pub, buscando rizos salvajes. Nada. Tampoco había evidencia de un vaso de cerveza de mantequilla en su mesa.

—Te quedas o te vas, cariño.

Draco brincó. Madame Rosmerta lo había encontrado agazapado.

—Eh, solo estoy buscando a mis amigos.

Arqueó una ceja hacia él y continuó recogiendo vasos sucios.

Draco se movió hacia la mesa de Theo. Cuando Theo levantó la vista y lo vio, una expresión similar de curiosidad y consternación cruzó su rostro.

—¡Draco! —Mozzarella le dio la bienvenida.

Draco frunció el ceño al chico, nada impresionado con su "familiaridad".

—Theo, Boot —saludó Draco, agarrando la silla al lado de Theo. Se giró para señalar a Rosmerta, pero la bruja tetona ya estaba dejando su cerveza de mantequilla, sonriéndole.

—¿Qué te sacó del castillo, Draco? —preguntó Theo.

Draco tragó su primer sorbo de cerveza de mantequilla, saboreando la suave bebida.

—Tuve algunos recados. ¿Y tú? —Volvió la mirada hacia Theo—. ¿Dónde está Granger?

Theo parpadeó.

—Asumí que ella estaba contigo, en realidad —Cogió su vaso, pero no bebió—. Canceló.

Draco entrecerró los ojos. ¿Canceló por completo?

—No tengo planes con ella hoy —Draco dirigió sus ojos a Mulberry y Boot. Charlaban sobre Quidditch, fingiendo no escuchar a Draco y Theo—. ¿Qué dijo ella? —Draco trató de ser ligero y sociable, pero realmente no había forma de evitar la curiosidad.

—Dijo que estaba enferma —Theo se encogió de hombros—. Espero que no te dé —dijo, sonriendo y golpeando a Draco en la espalda.

Draco hizo una mueca y volvió su atención a Mercurio y Boot nuevamente, saltando a la garganta del primero cuando dio su opinión sobre los Cannons este año. Una opinión incorrecta.


Pasó por la biblioteca antes de la cena, esperando encontrarse con ella. No estaba ahí.

La buscó en el Gran Comedor. Nunca bajó a cenar.

Finalmente, engañó a una Gryffindor de quinto año para que llamara a Granger y bajara a verlo mientras se paseaba por el pasillo fuera del retrato de la Dama Gorda.

Cuando la pared se abrió y apareció Granger, ni siquiera su túnica rosada de felpa, el cabello recogido en un moño desordenado y una mirada dura en su rostro podrían aplastar su alivio.

—¿Qué? —le espetó ella.

—¿Estás realmente enferma?, ¿o simplemente estás adoptando un enfoque muy medieval para todo este asunto de la menstruación?

Ella parpadeó. Y puso sus manos en sus caderas.

—¿Qué quieres, Malfoy? —siseó—. ¿Sabes lo mortificante que es que una chica de quince años entre a tu abarrotado dormitorio para decirte "Draco Malfoy te quiere"?

Él sonrió de lado.

—Eso no es exactamente lo que le dije…

—Y luego la escuché irse a reír al dormitorio de niñas de quinto año.

—¿Avergonzada de ser vista conmigo, Granger?

Abrió la boca para responder y las palabras quedaron atrapadas en su garganta.

—Yo... Yo solo... ¿Qué quieres?

—¡Merlín! Estos cambios de humor no son mis favoritos contigo.

Ella dio un pisotón, y justo antes de sisearle, un grupo de Gryffindor dobló la esquina, deteniéndose al verlos. Hermione miró hacia sus pies cuando pasaron al retrato. Draco los miró a los ojos con una sonrisa.

Una vez que estuvieron adentro, y el pasillo estaba en silencio otra vez, ella finalmente lo miró.

—¿Como puedo ayudarte?

Se distrajo en sus pies. Descalza. Pequeñas uñas color rosa.

Ella se ajustó la bata y él pensó en lo frías que debían estar las piedras bajo sus pies.

Movió su varita mágica y conjuró unas esponjosas pantuflas de conejito para que combinaran con su bata.

Ella parpadeó y luego deslizó los pies dentro.

—No estabas en la cena —dijo—. ¿Estás enferma?

—Solo me tomo un día personal, de verdad. El primer día es... poco maravilloso.

Asintió. Como si entendiera.

—¿Crees que te sentirás mejor mañana?

Lo miró fijamente.

—Posiblemente.

—¿Qué pasa con el lunes?

—Probablemente aún mejor —Ella entrecerró los ojos.

—Excelente. Te veré en la Sala de los Menesteres el lunes por la noche —Metió la mano en su túnica para sacar el sobre que trajo consigo.

—Yo... ¿Qué quieres decir? —Tartamudeó y respiró hondo—. Seguiré... en mi ciclo el lunes.

—No dije que íbamos a tener sexo el lunes —Le dio un puchero afectado, colocando una mano sobre su corazón—. Merlín, Granger. Si supiera que solo me estás usando por mi cuerpo…

Ella lo fulminó con la mirada.

—Tengo astronomía el lunes por la noche.

Él frunció el ceño hacia ella.

—Pero nada el lunes por la mañana, ¿no? Nos vemos a las 10 de la mañana —Sacó el sobre mientras ella miraba su hombro—. No estabas en la cena esta noche, así que no pude enviarte esto.

Se lo tendió. Ella se lo quitó, como si fuera a explotar en cualquier momento.

—¿Qué es esto?

—Fase dos —Le sonrió de lado. Ella frunció el ceño—. Te lo dije: tenemos que apelar a tu mente.

Ella leyó el frente, con los ojos fijos en la forma en que él hacía girar las letras de Hermione sobre las pestañas revoloteando cuando rasgó el sello de cera y sacó la pequeña nota escrita a mano.

Observó su mirada flotar a través de la página, tratando de descifrar qué era. Cuando sus cejas se levantaron, sus labios se torcieron.

Lo miró y él le devolvió la sonrisa.

—Buenas noches, Granger.

Giró sobre sus talones y prácticamente saltó por el pasillo, dejándola leer el resto de las palabras que había escrito a mano del libro:

Pasa tus dedos
contra mi piel
como un soldado
cruzando una mina terrestre.

Lanza tus besos
como granadas
dentro de las trincheras
de mi boca.

Labra orificios de bala
sobre mi pecho
y recuérdame
dónde duele.

Deja que tus gemidos
suenen como disparos
y tu aliento
se sienta como la muerte.

Iré
desarmado
si prometes
destruirme.

Haz la guerra
No el
amor.*


Se presentó a desayunar el domingo. Una vez que las lechuzas entraron, él golpeó su varita en un sobre idéntico con su nombre en cursiva. Flotó hacia ella debajo de las mesas, completamente extrañada cuando las lechuzas descendieron.

Observó mientras ella abría El Profeta, los ojos devorando las portadas. Se dirigía hacia el interior del periódico, cuando su mirada se fijó en el pequeño sobre que había aterrizado al lado de su plato.

Lo miró fijamente. Luego hacia él.

Él sonrió de lado.

Tragó saliva y extendió la mano para abrirla, mirando hacia la mesa para asegurarse de que todos los demás estaban demasiado envueltos en sus desayunos para notar su entrega especial.

La observó leer. Escrito a mano de nuevo:

Y de allí me marché entusiasmado,

por tu humor brillante e irónico,

hasta tal punto que, después de la cena, todavía excitado,

ni el sueño cubría mis ojos con el descanso,

sino que, desasosegado de pasión, me revolvía por toda la cama,

ansioso, de ver la luz para hablar contigo.

Pero después de que mis miembros, extenuados por el cansancio,

se dejaron caer medio muertos en la cama,

te hice, mi amada, este poema,

por el cual percibieras mi dolor. **

Se aseguró de lamerse la crema del pulgar cuando ella lo miró. Se sonrojó y metió la nota en su bolso, girándose para atrapar a la chica Weasley en la conversación.


El lunes por la mañana, después de asegurarse de que ella recibió su nuevo poema, se escapó a la Sala de los Menesteres para prepararlo.

Cuando llegó diez minutos antes, él acababa de encender las velas.

—¿De dónde sacaste esos poemas? —exigió ella, observando la habitación, notando la ausencia de la cama y diseccionando sus holgados pantalones grises y su camisa.

—¿No crees que los escribí yo mismo? —Le sonrió inocentemente.

—Sé que no lo hiciste. Reconocí uno de ellos.

—Encontré un libro de poemas de amor. He estado hojeando los eróticos —Le guiñó un ojo.

Su mirada se había posado en la cómoda mesa en el medio de la habitación.

—¿Que estamos haciendo?

—Recibirás un masaje —Sonrió de lado.

Ella apretó los labios.

—¿Y dónde está mi masajista entrenado?

Se hizo un gesto a sí mismo. Ella lo fulminó con la mirada. La saludó.

—El libro dice que mientras no intente romper nada, debería estar bien.

Sus ojos se abrieron ante "romper nada". Se giró hacia donde el aceite se calentaba para temperatura corporal.

—Qué libro —siseó ella.

El arte del masaje sensual —contestó sobre su hombro. Presionó un poco de aceite en sus palmas y caminó hacia ella. Ignoró la forma en que ella le frunció el ceño, desconfiada, y le tendió las manos—. ¿Qué tal esta esencia? Es lo más cerca que pude llegar a lo que elegiste para el baño.

Ella parpadeó y se inclinó para respirar el aceite en sus manos.

—Lavanda —Lo miró y él trató de ignorar la forma en que sus pestañas revoloteaban—. La lavanda está bien.

Él sonrió, sintiendo sus mejillas calientes.

—Excelente —Invocó una bata rosa esponjosa, idéntica a la que llevaba el sábado por la noche—. Señorita Granger —dijo, haciendo una pequeña reverencia—, desnúdate allí —Hizo un gesto hacia un vestuario en la esquina—. A tu nivel de confort.

Ella miró la bata esponjosa.

—Eh... Todavía estoy… Quiero decir —dijo ella, volviéndose para mirarlo—. No puede haber ninguna penetración... o incluso ningún tipo de negocio en lo absoluto, allá abajo. No sé lo que tú…

—Puedes dejar tus bragas puestas. Solo voy a pasar mis manos sobre ti por una hora —Le guiñó un ojo. Ella se sonrojó—. Digamos que es una investigación. Ver si podemos descubrir alguna... —Entrecerró los ojos hacia el techo, tratando de recordar la palabra—. ¿Zonas erróneas?

Sus cejas se alzaron.

—¿Erógenas?

—¡Sí, eso es! —Sonrió y empujó la bata en sus brazos, llevándola al vestuario.

Bajó las luces mientras ella se cambiaba. Estiró los brazos y las muñecas. Sacudió las almohadas. Ajustó el volumen de los "sonidos del bosque" que salían de su varita, rebotando por la habitación.

Ella salió de la esquina, con una bata esponjosa envuelta apretadamente.

—Señorita Granger —dijo. Hizo un gesto hacia la mesa—. Al frente.

Se acercó a la mesa, parecía un poco perdida, y luego se quitó la bata de los hombros. Se la retiró, colgándola en la pared e intentando no dejar que sus ojos vagaran por su cuerpo.

Se había quedado con las bragas, pero nada más. Eran de color azul oscuro. Y cuando ella se subió a la mesa, notó que estaban apretadas en sus caderas, dejando sus mejillas al descubierto.

Perfecto.

Agarró una esponjosa toalla blanca y la colocó sobre su trasero. Ella se giró sobre su hombro para mirarlo, claramente tenía dificultades para comprender la parte de relajación de esto.

Ella se volvió y dejó caer la cara en el agujero para la cabeza.

Se inclinó para susurrarle al oído.

—Asegúrate de hacerme saber cómo se siente todo —Un escalofrío en la espalda—. Puedes sentirte libre de ser muy vocal.

La oyó resoplar molesta dirigida al suelo.

Reunió aceite en sus manos, frotándolas y encontrando el aceite justo a este lado cálido, tomándose un momento para mirar el largo camino de su espalda.

Pecas que no había notado antes. Había estado bastante ocupado tratando de no venirse la última vez que se había enfrentado con la extensa franja de su espalda.

Él colocó sus manos justo debajo de sus hombros. Su piel saltó. Él se rio entre dientes, moviendo sus manos en movimientos de barrido por su espalda.

—¿Cómo está la temperatura?

—Bien.

Él sonrió y presionó su espalda. Se puso a su lado, trabajando en su lado izquierdo, barriendo sus manos, una tras otra, desde el hombro hasta la cadera, hasta que ella se relajó en la mesa. Caminó alrededor de la mesa a su lado derecho, agarrando más aceite en el camino.

Su piel volvió a saltar, y él trabajó el aceite contra ella de la misma manera, hombro a cadera, solo rozando la parte superior de la toalla.

Había una delgada cicatriz que recorría el largo de su omóplato derecho. No lo habría notado antes, pero era blanco contra su piel color miel. Esperaba que no haya tenido nada que ver con la guerra. Parecía que había sido curado hacía años.

Se movió a la parte superior de la mesa, donde su cabeza yacía en la cuna. Se inclinó sobre sus hombros y le dijo:

—¿Cómo está la presión hasta ahora?

—Bien —Su voz suave y gutural—. Podría ser... podemos ir a más.

—¿Más?

—Más duro —susurró ella.

Reprimió su risa y su gemido, y apoyó más de su peso en los talones de sus manos, amasando sus hombros.

Observó sus costillas suspirar.

Presionando pequeños pasos por su columna vertebral, él bajó las manos, inclinándose sobre ella por completo. Presionó la parte superior de sus caderas, y su respiración se enganchó. Él arrastró sus pulgares hacia arriba, hacia sus hombros.

Más aceite, y sacó su brazo izquierdo de donde ella lo metió cerca de su cuerpo. Él frotó su piel suave, sin marcas, excepto por la sombra de una palabra en su antebrazo. Esta cicatriz la conocía.

—¿Duele? —preguntó, con el pulgar trazando la "M".

Ella sacudió la cabeza en la cuna.

—No.

Le pasó las manos por el brazo, como quitando las letras, sintiendo sus músculos en una parte tan suave de ella. Sus dedos bajaron y presionaron palma contra palma con ella, entrelazando sus dedos y presionando su pulgar contra su palma. Tirando de sus dedos, bailando sobre su muñeca, deslizándose sobre su palma.

Repitió en su otro brazo. Se había derretido en la mesa, justo donde él la quería.

Se movió hacia sus piernas, admirando su longitud y los músculos en sus pantorrillas. En sus tobillos, él metió los dedos y comenzó a frotar ambas piernas, engrasándolas y haciendo que su miembro temblara.

Estos pantalones holgados eran demasiado flojos.

Se detuvo detrás de sus rodillas, dando vueltas con los pulgares. Los dedos de sus pies se curvaron debajo. Él sonrió.

—Abre un poco tus muslos.

Respiró hondo, casi deshaciendo toda la relajación de los últimos veinte minutos, y movió las piernas apenas lo suficiente. Se puso a su lado y le frotó el aceite con los muslos.

Un suspiro suave.

Pasó sus pulgares justo debajo de la curva de su trasero, y sus muslos se apretaron. Lo hizo de nuevo. Y otra vez.

Y sus muslos se separaron aún más. Él le quitó la toalla.

Arrastrando sus manos hacia abajo, recorrió caminos desde sus tobillos hasta la parte superior de sus muslos, sumergiéndose en el espacio detrás de sus rodillas. Sus toques se volvieron más ligeros, trazos de pincel en lugar de cavar con los pulgares.

Él se arrastró más alto, hasta que estaba rodeando sus mejillas en el camino hacia abajo.

Un gemido suave, arrastrado fuera de ella por una exhalación.

Rodeó su trasero, con ambas manos llenándose de su piel redonda, siguiendo la línea decadente de sus bragas y cayendo justo antes de acercarse demasiado.

Los músculos de sus piernas se apretaron cada vez. Sus costillas se movieron más rápido contra la mesa, y sus manos se movieron para agarrar los bordes.

Pasó lo que parecieron horas en su trasero. Círculos externos, acercando sus dedos a sus caderas y dejando que sus pulgares presionaran los músculos de ella, haciendo que sus hombros se movieran. Círculos internos que se extendían entre sus muslos, separando sus mejillas, pero sin acercarse más a donde ella lo quería.

Manteniendo una mano moviéndose sobre su carne redondeada, Draco dejó que su otra mano presionase contra su espalda baja en la parte superior de sus bragas, moviendo patrones flojos donde la tela se unía a su piel. Arrastró la tela hacia abajo lentamente, observando el encaje rodar y deslizarse sobre su piel aceitada.

—¿Qué estás haciendo? —Un suspiro entrecortado.

—Solo hasta aquí —Metió sus bragas bajo la hinchazón de sus mejillas. Cuando ella se relajó, él empujó sus pulgares hacia sus músculos nuevamente, barriendo hacia arriba y hacia afuera sobre toda su parte trasera. Dejó que sus nudillos rozaran su piel, observando la carne de gallina levantarse.

Su respiración se aceleró, sus omóplatos se movieron debajo de su piel. Él continuó sus círculos en sus mejillas, acercándose a su hendidura, observando su piel arrastrarse debajo de él.

Se inclinó hacia adelante y presionó sus labios contra su espalda baja. Ella se crispó y jadeó.

Levantando sus bragas, aseguradas en sus caderas, él susurró contra su piel.

—Hora de darse la vuelta, señorita Granger.

Respiró temblorosamente y se levantó, dándose la vuelta. Tenía líneas en la cara donde el soporte dejaba pequeñas arrugas en la almohada. Adorable.

Él desvaneció el soporte de la cara, colocó la toalla debajo de su cabeza para sostenerla e intentó no detenerse en sus senos.

—Puedes cerrar los ojos —dijo cuando la vio mirándolo.

Tragó saliva y cerró los ojos, volviendo la cabeza hacia un lado.

Comenzando por sus hombros y cuello, presionando los músculos allí, él trazó nuevamente sus brazos, enredándose con sus dedos, frotando aceite en su piel. Cada vez que la arrastraba ligeramente por la clavícula, sus pezones se apretaban más.

Engrasando sus manos nuevamente, Draco se movió hacia su estómago. Largas caricias por sus costillas, perdiendo sus senos por el ancho de una varita, extendiendo sus manos por toda la extensión de su apretado estómago. Ella respiró hondo, manteniendo los ojos cerrados y la cara apartada de él. Él frotó sus huesos de la cadera, presionando suavemente contra su abdomen, corriendo círculos alrededor de su ombligo.

Y sin avisarle, él deslizó y cubrió sus senos con aceite antes de recorrer hacia abajo.

Ella tragó, pero esa fue toda la reacción que le dio.

Presionó su esternón y costillas sobre sus senos, pretendiendo encontrar músculos para masajear allí, curvándose alrededor de las cimas de ella. Sus dedos se movieron sobre la mesa.

Deslizando las manos sobre su pecho, como si solo estuviera trabajando en cualquier grupo muscular, mano tras mano, moviendo ondas sobre cada seno. Arrastró sus palmas por su pecho, a través de su estómago, lentamente hacia donde sus huesos de la cadera se asomaban por la parte superior de sus bragas, de regreso a sus senos, pasando a sus hombros, redondeando hacia abajo para repetir.

Cada paso de sus dedos sobre sus pezones le apretaba las manos y fruncía los labios mientras él trataba sus pechos como cualquier otra parte de su cuerpo.

Rozó los costados en su camino hacia sus caderas. Sus palmas presionaron directamente sobre ellos en su camino hacia arriba. Y volviendo a bajar empujó sus dedos entre ellos, frotando su esternón.

Solo cuando sus caderas finalmente se movieron y un pequeño aliento salió rápidamente de sus labios separados, por fin se detuvo sobre ellos, prestándoles toda su atención. Las palmas alrededor de las curvas, los dedos moldeando la parte superior y sus pulgares alentando sus apretados pezones a tirar más.

Observó sus labios abiertos exhalar aire con cuidado, tratando de no dejarlo ver sus reacciones. Por el rabillo del ojo vio los dedos de sus pies extendiéndose y rizándose independientemente.

Maldición, estaba duro.

Ella se veía increíble. Aceitada y lista. Sus tetas brillando hacia él desde la luz de las velas. Lo que se sentiría deslizarse contra ella. Quizás incluso dejar que su miembro se deslice sobre su estómago, hasta sus resbaladizas tetas, acercándolas y presionándolas alrededor de él…

Tomó un respiro.

El libro hablaba que es mejor para ella si tus propios deseos no entran en juego. Volvió a centrarse en su asombroso y elegante pecho, y la forma en que sus pulgares la arrastraron. Él jaló sus pezones entre dos dedos, deslizándolos y pellizcándolos.

Un pequeño gemido salió de sus labios, y levantó la vista para encontrar su rostro volteado hacia él, mirándolo con ojos oscuros.

—¿Cómo está la presión? —Le sonrió de lado.

Ella soltó una carcajada, pero sacudió la cabeza molesta.

—Jódete.

—Me dejas saber la hora y el lugar.

Echó la cabeza hacia atrás y volvió a cerrar los ojos.

—¿Se supone que esto es relajante?

—¿No lo es? —Sus pulgares bailaron sobre sus pezones, pastando y empujando.

Ella tarareó.

—Realmente no estoy relajada en este momento.

—Hmm —dijo. Él le arrancó los pezones varias veces, como cuerdas en un arpa. Su estómago dio un salto y se mordió el labio.

Él le sonrió y comenzó a mover grandes golpes contra su pecho nuevamente, deslizándose sobre sus senos y bajando por su estómago.

Se movió hacia sus piernas. Más aceite

Empujando los músculos de sus pantorrillas y muslos, extendió sus dedos sobre su piel hasta que sus piernas brillaron.

Como sus ojos aún estaban cerrados, él se subió y se arrodilló en el espacio en la gran mesa de masaje debajo de sus pies. La vio respirar profundamente, sintiendo que la mesa se movía, pero no abrió los ojos. Movió sus dedos en círculos apretados alrededor de los huesos de su tobillo derecho, y se sumergió para frotar contra su talón.

Odiaba a las personas que tocaban sus pies. No le importaba "pies" como un concepto, pero los suyos estaban fuera de los límites. Entonces, se preguntó si ella también sería delicada.

Presionando la sensible piel de su arco, observó su rostro mientras sus pulgares se movían contra ella.

Sus labios se separaron. Eso fue todo.

Él levantó su pierna, colocando su talón sobre su rodilla, y comenzó a empujar sus nudillos hacia ella, manteniendo sus círculos ligeros en su tobillo con la otra mano. Su lengua se asomó entre sus labios.

Alternó entre círculos claros y líneas profundas contra su arco, y comenzó a trazar líneas desde su tobillo hasta su rodilla, curvándose alrededor del área sensible detrás de su rodilla que hizo que sus caderas se movieran.

Él se movió hacia su pie izquierdo, acercándose más a ella, doblando más su pierna, y cuando trazó la piel de su pantorrilla y detrás de su rodilla, continuó con pequeños círculos hasta la parte interna de su muslo.

Apretó los labios y cerró los ojos.

Ella se retorcía, su respiración se aceleró, cuando él finalmente comenzó a deslizar ambas manos por sus muslos y hacia la parte trasera de sus rodillas. Sus pulgares apenas pasarían el encaje de sus bragas en el centro de ella antes de volver a bajar. Había dejado que sus dedos permanecieran, presionando círculos en la parte posterior de sus rodillas, y luego deslizándose hacia arriba y comenzando movimientos lentos donde sus muslos se conectaban a su pelvis, presionando dos dedos en los músculos a cada lado del encaje azul oscuro. Sus muslos se habían abierto hacía mucho tiempo y él pudo presionar la piel deslizándose alrededor de su trasero.

Merlín, quería arrancarle las bragas y sumergirse en ella.

Él había estado mirando sus caderas onduladas, dejando que sus manos simplemente siguieran sus patrones mientras su mente divagaba. No se había dado cuenta cuando sus manos dejaron la mesa y se movieron para cubrir su rostro, sus dedos se curvaron en su cabello.

—Dios, para. Detente.

La miró finalmente. Sus manos se detuvieron, los dedos justo al lado de su centro. Ella exhaló aire y observó cómo sus senos se levantaban con cada respiro. Chilló un pequeño sonido, y luego su mano se zambulló en sus bragas, la otra agarrando el borde de la mesa. Ella gimió, con los ojos cerrados, los labios entreabiertos, mientras sus dedos rodeaban su clítoris debajo del encaje.

El vio. Observó cómo el material se movía sobre sus nudillos, observó cómo cambiaba su ritmo y dirección, observó cómo su rostro se abría cuando le gustaba algo.

Él movió sus manos, continuando su patrón, y dijo:

—¿Está bien?

—Sí. Por favor, sigue adelante.

Mantuvo su ritmo lento, y mantuvo su toque cerca de ella, dando vueltas cerca de sus rodillas. Ella echó la cabeza hacia atrás cuando él se demoró allí.

Draco levantó una pierna, avanzando hacia adelante hasta que pudo descansar su pantorrilla sobre su hombro, y masajeó círculos en la parte posterior de su rodilla con sus pulgares. Sus caderas se sacudieron y sus dedos se movieron más rápido. Él presionó su boca debajo de la rodilla y ella emitió un jadeo ahogado. Succionó la piel, sus manos se deslizaron hacia abajo para continuar donde habían estado en sus muslos internos, permaneciendo allí mientras sus caderas se mecían.

Un sonido desesperado salió de su garganta, y él dejó que su rodilla cayera hacia la mesa, inclinándose sobre ella para presionar sus labios contra sus senos, el aceite deslizándola en su boca fácilmente. Su mano se enganchó en su cabello, lamiendo y arqueando la espalda. Cuando él se movió hacia su otro pecho, ella agarró la parte de atrás de su camisa, tirando del cuello sobre su cabeza. Él se apartó para quitársela y cuando pudo volver a verla, ella estaba sentada, agarrando su cuello y tirando de su rostro hacia el suyo.

Ella estrelló sus labios, los dientes chasquearon y su lengua presionó contra él, una de sus manos todavía se movía contra su clítoris. Los recostó hacia atrás, revoloteando sobre ella, besándola y alcanzando uno de sus pechos.

Esto... no era realmente como se suponía que iba a ocurrir.

El libro mencionaba que se trata del placer de tu pareja. Si intentaba ignorar sus propios deseos de terminar, sería mejor para ella. Pero ella estaba buscando activamente su propio placer...

Su mano viajó por su estómago mientras sus dientes mordisqueaban su labio inferior, y cubrió su mano, sobre sus bragas, y le susurró en la boca:

—¿Puedo?

—Por favor, por favor, por favor... —Echó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos. Ella sacó la mano de sus bragas y, sobre el encaje, él presionó su clítoris—. Sí…

Él continuó sus círculos y golpes, sobre sus bragas en caso de que ella no quisiera que él se hundiera.

Ambas manos se movieron hacia su cuello, arrastrándolo hacia abajo, más cerca de ella, y sintió su pecho deslizarse contra su piel resbaladiza.

Él gimió en su cabello, uniéndose a su cuello debajo de su oreja. Presionó más fuerte sobre su clítoris, moviéndose bruscamente. Sus manos saltaron por su pecho, alcanzando la cintura de sus pantalones.

Concéntrate en ella. Concéntrate en ella.

Él le cogió las manos y las apartó.

—Está bien.

—Draco, déjame…

—Está bien —le susurró al oído—. Relájate.

Envolviendo sus brazos alrededor de su pecho para que no pudiera apartarse de ella, le pasó las uñas por la espalda mientras su ritmo en su clítoris se elevaba de nuevo, el suave encaje entre ellos presionando contra ella.

Tuvo que bajar aún más, y su escurridizo pecho presionó contra él mientras se acercaba. Dejó que su otra mano se moviera contra el lóbulo de su oreja, sus dedos acariciando la concha y jalando de la piel. Imitó el movimiento con su boca en el otro lado.

—Oh, dios. Oh, dios, sí.

Sus caderas saltaban contra su mano, empujándolo contra él, y él sabía que estaba duro contra su cadera, tratando de no volver a la rutina, pero luego sus manos agarraron sus caderas, lo presionaron contra ella y perdió su lema de Concéntrate en ella, por unos minutos mientras la empujaba contra ella, apretándola contra la mesa mientras ella respiraba pesadamente en su oído, rogándole que fuera más rápido, apretando su mano entre ellos y clavando sus uñas en sus omóplatos.

Estaba tan cerca, su pecho se deslizaba contra ella, su aroma se mezclaba con la lavanda a su alrededor, y sus suaves caderas se burlaban de él cuando se encontraba con sus embestidas.

—¡Oh, dios mío! ¡Oh! Creo que... —respiró ella.

Él se apartó para mirarla, con el corazón palpitante. Su cara estaba fruncida, su boca abierta. Sus caderas se rompieron más rápido, esperando...

—¡Oh! —Sus ojos se abrieron de golpe, conectándose con él—. Esto podría... Creo que...

—Shh —Presionó contra su boca—. No pienses —La besó.

Él la apretó. Empujó su lengua contra ella como le gustaba, tragando su aliento.

Deslizó sus dedos alrededor, sumergiéndose debajo del encaje y empujando directamente contra su clítoris. Ella gimió en su boca y él presionó con fuerza, frotando en ochos.

Sus manos en su cabello, tirando.

Sus senos deslizándose contra él.

Podía vivir aquí para siempre, deslizándose contra ella, su lengua, su pecho, sus dedos.

Se apartó para comprobar con ella. Su rostro se contrajo, tragando su aliento.

Otro suspiro. Un gemido Un salto de sus caderas.

Y fue como si él pudiera verla golpear la pared.

Sus cejas se arquearon, sus labios se fruncieron. Ella respiró.

Abrió los ojos.

Casi lloró por ella, por la presión de todo.

Sus labios se separaron para decirle, y antes de que ella pudiera hablar, él dejó caer la cabeza sobre su hombro y retiró la mano de sus bragas.

Con algún tipo de fuerza inhumana, evitó que sus caderas se presionaran contra ella.

Ella le pasó los dedos por el cabello y se deslizó hasta el cuello y la espalda. Estaba tan excitado que probablemente podría terminar si ella seguía así.

Él se levantó, dejándola recuperar el aliento.

—¿Le das propina a los masajistas? Siempre lo olvido —canturreó, y sus manos se deslizaron sobre sus hombros, pasando su pecho aceitado y alcanzando sus pantalones.

Él se apartó de ella.

—Eso es... no lo hagas.

Se detuvo y miró hacia donde él se mantenía sobre ella.

—¿No?

Tomó aire, las costillas le temblaban.

—Esto fue para ti.

Se sentó, sintiendo su miembro dolorido rebotar contra su estómago a través de los pantalones. Miró el reloj en la esquina de la habitación. Eran las once y media. Todavía necesitaba recoger sus libros antes del almuerzo.

—Draco…

Él convocó su bata rosa esponjosa.

—Media hora hasta el almuerzo. Tómate todo el tiempo que necesites. —Se bajó de la mesa y sostuvo la bata abierta para ella. Ella lo miró con curiosidad mientras se alejaba de la mesa para ponerse la bata.

Cuando ella se estaba cambiando detrás de la cortina en la esquina, él se escapó, se hizo una paja completamente insatisfactoria en el armario al final del pasillo, y se dirigió a las mazmorras por sus libros, pasando a varios Slytherin camino al almuerzo. Se dio una ducha fría y viajó al Gran Comedor justo a tiempo para tomar una manzana y algunos bocados de esto y aquello antes de dirigirse a sus clases de la tarde.

Clases de la tarde que compartió con ella. Ella, que seguía mirándolo cuando pensaba que él no se daba cuenta, pero se dio cuenta de que lo notaba todo con ella.

Su poema a la hora de la cena le pintó un hermoso retrato sensual de Helena de Troya. Era muy detallado y tenía casi cuatro páginas. Su mano se había acalambrado dos veces la noche anterior mientras lo copiaba.

Cuando estuvo inmersa en la página dos, él se excusó, listo para darse un largo chapuzón en el Baño de los Prefectos y tratar de frenar su acelerado libido.

Draco se abrió paso a través del Gran Vestíbulo, distraído, mirando hacia el piso de piedra, pensando en las formas en que podría tener a Granger antes de que terminara su mensualidad, qué más podían hacer, cuando lo agarraron por la parte posterior de su cuello y lo arrastraron a la izquierda.

Se tropezó con un armario de escobas, su armario de escobas, en realidad, y antes de que pudiera decidir si estaba siendo atacado, la boca de Granger estaba sobre la suya, cerrando la puerta detrás de él y presionándolo contra ella.

—¡Mppff! —Contra su boca mientras tiraba de su cuello para inclinarse hacia ella.

Sus manos rozaron su túnica, empujándola por los hombros hacia el suelo y bajando por su pecho.

—¿Te gustó el nuevo poema? —bromeó.

Ella le sonrió. Luego cayó de rodillas.

Su mente se puso en blanco.

—¿Qué estás haciendo? —jadeó, alcanzando sus hombros.

Ella apartó sus manos y agarró su hebilla.

—Esto es para ti —dijo ella, lanzándole sus palabras de regreso.

Él debería detenerla. Decirle que El arte del masaje sensual no estaría de acuerdo con esto. Que los masajes no se tratan de uno a uno o de favores…

Ella lo había desabrochado y ya se lo estaba sacando de sus calzoncillos. Había estado duro desde el momento en que ella cayó de rodillas.

... Debería levantarla y besarla, y tratar de bajar sus bragas mientras ella lo acariciaba…

Ella lo miró a la baja luz del armario, con la mano envolviendo su miembro y la lengua asomándose entre sus labios.

... Y contarle sus planes para la Fase Dos, como poesía, prosa y fantasías, y lograr que pierda el control…

Ella se lo llevó a la boca, con los ojos muy abiertos pestañeando hacia él.

Se recostó contra la puerta, dejando que su lengua se deslizara contra su eje y mirando sus labios tomarlo. Dejó que su mano se moviera contra su rostro, colocando un rizo detrás de su oreja. Cerró los ojos.

Mierda.

Quería quedarse con ella.

Estaba tan jodido.


Vocabulario y otras anotaciones

* Poema original: Make war, not love, de Sahith Shetty

** Texto tomado y adaptado según el sentido de la autora, del poema original de Gayo Valerio Catulo, Carmina 50, "Catulo. Poemas de Catulo, obras completas. De Imperivm Sitio web: poemas-de-catulo-obra-completa/"


Nota de la traductora: Si tienen la misma duda que yo de ¿cómo Hermione no se manchó los dedos con tanto meneo? Quiero creer que es porque usa copa menstrual... Una bruja ecológica.

¿¡Qué tal, qué les pareció!? Hace calor, ¿no?. ¿No se les derrite cada vez un poco más el corazón con estos hermosos detalles de Draco?

Gracias a todas ustedes que le han dado tanto amor a la traducción, les envío un gran abrazo. Y cada fav y follow son una lucecita en mi corazón.

Próxima actualización 7 de 11: 29 de julio (No olvides darle en "Seguir" para ser la primera en leerlo).

Besos,

Paola