Nota: Ninguno de los personajes me pertenece. La historia sí.

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Capitulo 12: La leyenda del Caballero Negro III.

Sinopsis: Ella era su Primer Oficial, encargada del orden en el lugar, ganar o perder la guerra dependía de sí. Él era el heredero, Berk recaía en sus hombros, el bienestar de su pueblo era su responsabilidad. Su pueblo debía ser su motivación, un líder protege a los suyos.

Aclaración: Las escenas en cursivas son Flash-Back's.

Tercera entrega de la trilogía: "Corazón enmascarado"

Basada ligeramente en la serie televisiva de Disney "El Zorro"

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El castaño hizo una mueca –Y Gobber, ¿habías venido para...?

Él pareció recordar, su mirada fija de nuevo en Stoick. Un paño de pánico cubriendo sus facciones.

¡Nos atacan! ¡El reino del Oeste, nos ataca!

El establo quedó en silencio durante treinta segundos consecutivos que nadie contó.

La respiración calma de Stoick comenzó a agitarse, un destello de preocupación bañó sus ojos. De pronto todo el asunto con su hijo y lo que él consideraba traición disipó.

Compartió una mirada con Gobber y supo que ambos tenían el mismo pensamiento en mente.

Hiccup, detrás de ambos hombres y aún con la máscara en su mano izquierda, carraspeó –¿Alguien podría explicarse?– en un intervalo de tiempo su padre y el consejero de este le miraron.

–Se trata de Harald Fry– comenzó Stoick con voz seria y expresión dura –Teníamos una amenaza de guerra por él debido a un...– dudó por un segundo –Escándalo.

–¿Desde hace cuánto tiempo?

–Solo un tiempo, niño– respondió Gobber escuetamente.

El sonido de las espadas y soldados afuera se escuchó claramente en el vacío del establo, como un eco.

Hiccup dudó en preguntar otra cosa, su mente debatiéndose entre un lado u otro.

–¿Ya han entrado a nuestro territorio?– indagó esta vez Astrid, siendo la que se había mantenido al margen hasta el momento.

Gobber asintió –Al menos cuatro navíos de veinte hombres cada uno. Nos tomaron por sorpresa.

–Entonces que se alce la bandera de guerra y encárgate de preparar a los soldados– demandó Stoick y Astrid sintió una punzada en su pecho al notar que la orden no era dirigida a ella, sino al rubio consejero del rey.

Gobber volvió a asentir, aún un poco pálido. Murmuró algo sobre sus calzoncillos que sólo él comprendió y marchó con rapidez.

Transcurrieron unos minutos más antes de que se escucharan los gritos de guerra.

–Ustedes quédense aquí– fueron las palabras del rey justo cuando dio un paso largo al frente, listo para pelear junto a su pueblo.

Era Stoick The Vast después de todo.

Sintió entonces un delicado toque en su brazo. Como un estirón que retorció su ropa, pero no lo suficiente para moverlo a él. Miró detenidamente a su hijo, intentando descifrar con su mirada el porqué lo detuvo.

Hiccup hizo una mueca –¿Estás seguro de esto? Es decir, es algo muy serio.

–Tan serio como respetar la corona y...– Stoick soltó un respiro, cerrando los ojos en un intento por moderar su propio sentir enfadoso –A la familia.

Dio la espalda al castaño, que se había limitado a quedar de piedra.

–¡E-espera, papá!– volvió a impedir que saliera, una mano alzada y expresión algo culposa, sintiendo el pesar reflejado en las palabras acusativas de su padre como una pequeña distracción a su mente –Tal vez sólo se trate de un malentendido.

Todo el entrecejo del pelirrojo se arrugó y, dejándose llevar demasiado por el momento, golpeó la pared. La firmeza de piedra sobre cemento retumbó ligeramente, sobresaltando a Hiccup.

Astrid se mantuvo a una distancia prudente cuando el monarca volvió la cabeza sobre su hombro con ojos fulminantes hacia su hijo –No lo es, entiéndelo, ¡esto ahora es una guerra, Hiccup!

Y con aquel grito abandonó el establo. Sus pasos resonaron con la firmeza de una roca sólida en el eco de una habitación sin vida.

El castaño después del espasmo negó, jugando nerviosamente con sus propios dedos mientras murmuraba para sí mismo.

Su padre podía ser tan obstinado que le causaba desesperación.

¿Qué pasaría si en realidad sí se tratase de un error? ¿Desatarían toda una guerra innecesaria por ello?

Llamó a Toothless con un grito y el dragón estuvo allí en un segundo, atravesando las puertas del establo. Él parecía inquieto cuando Hiccup lo montó.

–Tranquilo, amigo– musitó con voz suave. Su dragón seguramente se había preocupado por la tardanza del rescate.

Rescate que había resultado en algo completamente diferente, por supuesto.

Tomó las riendas de la silla, sintiéndose frustrado, su mente trabajando un porcentaje más rápido de lo que lo hacía normalmente.

Un carraspeo lo detuvo de cualquier acción, haciéndolo mirar a la única chica ahí de pie.

Astrid estaba de brazos cruzados –¿A dónde va usted?– había un deje de preocupación mezclado con la duda. –¿Qué es lo que hará ahora?

Hiccup bajó la mirada un segundo. Entre la impulsividad del momento casi olvida por completo la presencia de ella.

Su exigencia, sin embargo definitivamente sí había sido considerada en la propia mente del castaño. Sonaba coherente, de hecho. ¿Qué era lo que debía hacer?

Astrid vio el segundo exacto en el que aquella determinación de nuevo se apoderó del cuerpo masculino, hombros cuadrados y expresión firme. Sintió un leve temblor en su labio, picando la curiosidad su sentir ante los pensamientos del príncipe.

–Tengo que ver por mi mismo que es lo que esta pasando– se oyó convencido y para la rubia no fue difícil creerle –Ya lo he dicho: Ha de tratarse de un infortunio, podría resolverse de otra forma.

El rostro femenino se deformó en una mueca. No podía detenerlo, claramente. Pero, ¿por qué quería hacerlo?

Soltó un suspiro –Esta bien, sólo...– dudó. Como si fuese un tic nervioso colocó un mechón de cabello suelto detrás de su oreja, resoplando.

Hiccup miró alternativamente la salida y a la mujer.

–¿Sólo, qué?– quiso apresurar él.

–Tenga cuidado, por favor.

El muchacho sintió de inmediato el ardor en sus mejillas, ¿ella estaba preocupada? Jamás la había escuchado usar un timbre tan... dulce.

Desvió su rostro, intentando concentrarse en lo verdaderamente importante. Su corazón martilleante fue ignorado cuando asintió hacia ella, sin decir realmente nada al respecto.

Salió del establo dirigiéndole una última mirada a Astrid, que también había buscado la salida.

–¿Srta. Hofferson?– llamó antes de despegar al tiempo que se colocaba la máscara nuevamente –Dirija las tropas de la guardia, no importa lo que diga mi padre; él la necesitará– verde y azul se encontraron –Y también tenga cuidado.

Astrid no se permitió a sí misma digerir el revoloteo de su pecho al escuchar esas palabras. Hiccup había volado hacia el meollo de los barcos que aún arribaban Berk y ella se desvió hacia el frente del palacio, donde estaban los soldados.

Vio en su camino las banderas ondear y aquellas ropas en color rojo sobre su cuerpo se ajustaron más cuando apresuró el paso.

El uniforme de Berk de pronto se le hizo más pesado.

Los soldados estaban allí -en el fuerte- con sus mosquetes listos y catapultas modernas preparadas, sables en mano. Stoick estaba peleando cuerpo a cuerpo y una parte del ejército le seguía, justo al frente.

Parecían en desventaja. De las barcas de madera fina provenían hombres armados y, por lo que se podía divisar en la lejanía, no sólo eran cuatro navíos. Berk no estaba preparado para un ataque, aún menos para una guerra.

Astrid, sopesando todo aquello, miró fijamente hacia los soldados en espera.

Ella era su Primer Oficial, encargada del orden en el lugar, ganar o perder la guerra dependía de sí. Al menos en una gran parte.

Y estaba lista.

–Ustedes...– señaló en la esquina, determinada –Pongan a niños y mujeres a salvo, ¡ahora!

Sólo uno de ellos asintió, teniendo la iniciativa. Otros siete soldados le siguieron.

Astrid frunció el ceño hacia Eret, quien se mantenía al margen –Dirija una tropa de veinte hombres hacia las barcas, el rey necesita apoyo.

–Sí, general.

Con un cabeceo y una mirada firme el pelinegro acató la orden junto a la cantidad de soldados dicha. Espadas entre sus manos y porte del uniforme con orgullo.

Hubo una reticencia entre los que se quedaron allí, murmurando.

–Jorgenson, Hansen, Thorston, Arud, Dalt– nombró, con firmeza –Preparen las defensas y alisten los cañones, los que resten los quiero conmigo.

Uno de ellos, el de apellido Jorgenson, carraspeó antes de preguntar: –¿Y atacamos, general?– la prepotencia dominando su voz y una sonrisita maliciosa apoderándose de sus labios.

Astrid lanzó un vistazo de soslayo hacia donde había desaparecido el príncipe minutos atrás. Su primer instinto fue negar, frunciendo el ceño. Él podría lastimarse si hacían algo tan precipitado.

Aunque eso último no pudiera compartirlo con los soldados.

En las facciones de Jorgenson se formó una mueca de disgusto –¿Entonces qué es lo que...?

–Atacarán cuando yo lo ordene– impuso, interrumpiendo al sujeto respingón –Por ahora sólo estarán aquí, esperando– el hombre abrió la boca, dispuesto a protestar una vez más. Astrid hizo una seña con su mano para silenciarlo –No podemos ser imprudentes, ¿esta claro?

Sonó tan firme que la palabra quedó a medio formar en los labios masculinos, sin atreverse a decir algo.

A Snotlout Jorgenson no le hubiese gustado admitirlo -por que eso habría sido vergonzoso y su ego, sabía él, saldría lastimado ante todo- pero su Primer Oficial era intimidante. En toda la larga extensión del concepto.

Astrid les dio la espalda sólo cuando se aseguró de que realmente se hiciera lo dicho.

Y entró a la batalla cuerpo a cuerpo, con el fortalecimiento que adquirió en los entrenamientos día tras día.

Derribó al primer sujeto con el símbolo del Reino Oeste en su pecho, bastante torpe de espada y bajo de estatura. No lo asesinó, pero el golpe fue suficiente para dejarlo inconsciente.

Se escuchó el silbido del Furia Nocturna a lo lejos entonces, bastante agudo. Se preguntó como estaría la situación con el príncipe justo al segundo que el otro soldado enemigo la atacó. Este parecía mucho más fuerte y experto, entrenado para ello.

Entrecerró los ojos, sosteniendo fuertemente la espada.

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Con la duda aún bailando en su pecho Hiccup dejó el establo para emprender hacia la playa, donde estaban las barcas.

–¡Vamos, amigo!– alientó. Sólo fue capaz de ver por un instante la melena rubia de Astrid perderse entre el camino al fuerte y los soldados.

No tuvo necesidad de merodear el cielo más que un par de minutos, buscando un modo de colarse. Las barcas continuaban llegando a la orilla, por la parte más desolada del muelle.

Esquivó una bala lanzada por un cañón desde un navío detenido. Toothless devolvió el ataque con su plasma, pero la madera -notó el castaño desde esa distancia- fue rápidamente apagada.

Había un hombre lo suficientemente grande como para ser visto desde las alturas que daba orden tras orden por todo el lugar.

Hiccup frunció el ceño. Ese sujeto es el líder del ataque, concluyó.

Se inclinó hacia su dragón, indicándole en susurros que debía acercarse. Toothless rugió en desacuerdo.

–Sólo hablaremos con él– intentó convencer.

El dragón hizo una mueca de su propia versión de fastidio con burla, cruzando los ojos. Aún así descendió despacio, obediente a su jinete.

La preocupación, pese a todo, fue inevitable para el animal.

Alguien murmuró algo en el oído del capitán que Hiccup no alcanzó a oír, pero vio a la perfección -ya desde una distancia moderadamente cerca- como el hombre extranjero sonrió con algo de malicia al notar su presencia, dos hoyos se marcaron en sus lisas mejillas.

–¿Pero qué es lo que veo?– el hombre se cruzó de brazos, lanzándole una mirada por encima de sus crespas pestañas.

Lo primero que notó Hiccup fue el marcado acento inglés del sujeto. Lo segundo es que habían al menos trece hombres en esa barca, siendo la más despejada de todas.

Uno de ellos, que era igual de alto que el anterior, pero más delgado, se acercó al capitán. Este no susurró en su oído, simplemente se limitó a hablar, demasiado confiado.

–My Lord, apparently the rumor of the beasts was true– dijo con un tono insinuoso en su voz ronca.

Hiccup resopló. Una mirada astuta se adueñó de sus ojos. Toothless aún gruñía hacia los enemigos cuando el castaño aclaró: –It is not a beast, it is a dragon and unfortunately it has better manners than you"

Dos de los soldados jadearon al escucharlo, el capitán dejó de sonreír.

¿Aquel berkiano conocía su lengua? Se preguntaba, enfadado. ¡Y, además, se atrevía a insultar a su tropa!

Hiccup no podía estar más agradecido ahora consigo mismo por la insistencia que tuvo a los catorce años en aprender lenguas extranjeras. Para nadie era un secreto que una de las islas más cercanas tenía conexiones directas con el Reino Unido y, por tanto, su lenguaje era imitador.

–Finalmente...– volvió a murmurar el capitán con ese irritante acento –¿Ha que se debe su presencia aquí? ¿desea entregarse?

El castaño chasqueó la lengua.

–He venido para llegar a un acuerdo– aclaró, aún cuando la sonrisa burlona en el pálido rostro fino del capitán volvió –No hay necesidad de un enfrentamiento.

–¿Ah, no?

Hiccup ignoró la chillona diversión en las acciones del sujeto, que parecía tomarse aquello como un juego. Se removió un poco sobre Toothless, sintiéndose tenso. Estaba convencido de que podrían evitar una guerra, aún así.

El capitán caminó un poco por la barca, las botas negras de cuero sobre sus pies se sentían pesadas en la superficie de madera, aunque esta fuera de roble en toda su pureza.

–¿Qué me propone usted para un acuerdo?– volvió a preguntar el capitán, sin realmente dar acción seria al asunto.

No creía que un niño pudiese hacer algo serio, de hecho.

–Esta guerra no es inevitable– discrepó Hiccup para empezar, la expectación estaba en aumento dentro del fuerte barco –Dígale a su rey que podemos firmar un acuerdo de paz entre las naciones a cambio de algunas normativas, no tiene que correr sangre.

El capitán arqueó una ceja –¿Usted lo cree?

–Lo afirmo.

Un suspiro dramático brotó desde el pecho del sujeto con una falsa mueca entristecida formándose en su rostro.

–Me temo que su rey ha infringido la única normativa de paz presente y su majestad Harald Fry ha ordenado la invasión directa a Berk– dijo provocando un sabor amargo en la garganta de Hiccup, detrás de sí el hombre armado con el cañón preparado para disparar en cualquier segundo no pasó desapercibido –¿Joven...?

–Soy el Caballero Negro.

Los ojos del capitán se abrieron ligeramente más.

–¿Usted es la leyenda que ha recorrido el archipiélago?– preguntó más para sí mismo que para el castaño.

Hiccup evitó demostrar la sorpresa que le causó el hecho de que el rumor haya llegado a tierras extranjeras en tan poco tiempo.

Carraspeó y Toothless gruñó al mismo tiempo –Cualquiera que sea la normativa rota puede solucionarse. Estoy seguro de que ha de tratarse de un error– insistió.

El otro navío, el que completaba una totalidad de seis, se detuvo a la par esperando órdenes del capitán.

El castaño trató de concentrarse en la conversión para no desviar su atención a su pueblo, que estaba en una clara desventaja.

–Lo dudo mucho, joven, pero...– alzó una ceja en su dirección –Si usted insiste.

Hiccup asintió lentamente, dispuesto a escuchar.

–Entreguen a todas sus bestias y nos iremos de inmediato.

Toothless se removió, gruñendo fúricamente ante lo dicho. El capitán y el muchacho compartieron una mirada retadora.

–¡Nunca entregaremos a nuestros dragones!

El capitán soltó una risita ronca, dedicándole una mirada sombría –Supuse que usted diría eso, caballero– con una seña en su mano el navío detenido avanzó, atacando.

El sujeto con el cañón disparó hacia Hiccup y este logró esquivarlo con astucia. La bala golpeó con fuerza una casa en la cercanía, todo el sentir del joven se revolvió ante ello.

–¡Saben cuales son las ordenes!– gritó el capitán hacia todas las tropas –Acaben con todos.

El castaño sintió un peso en la boca del estómago, removió las riendas de Toothless y este soltó un plasma grande hacia la barca principal.

De pronto, los gritos de guerra a su alrededor se le hicieron más grandes, más profundos.

Más significativos.

Miró todo lo que le rodeaba y el como la barca no pareció mayormente afectada. Su gente estaba perdiendo, pero eran guerreros, peleaban hasta la última consecuencia.

Sólo tuvo un pensamiento claro en ese segundo: Él debería estar allá, defendiendo Berk.

Él debió estar allá desde un principio, de hecho. Su padre tuvo razón, se trataba de una guerra, aparentemente, sin solución.

Tragó grueso y humedeció sus labios con la punta de la legua mientras Toothless soltaba otro plasma, volando en reversa por un momento. El corazón le martilleó aleatoriamente.

–¡Hiccup!– escuchó claramente la voz de su padre a una distancia no tan larga.

Giró su cabeza detrás de sí y lo vio. Él corría hacia su dirección, jadeando y con el rostro desfigurado en la preocupación. Había una mujer también; estaba lastimada, cerca de la orilla. Los soldados de Berk batallaban y no parecía haber quien la ayudase.

Hiccup intercaló su mirada en ella y su padre, pero no dudó ni por un instante cuando haló las riendas de Toothless, aproximándose hacia la victima.

El capitán, siendo testigo de todo, desenvolvió un fusil de su funda fríamente y recargó.

Lo sucedido después fue como un destello rápido que pasó frente a los ojos de Hiccup.

El proyectil fue disparado, su padre gritaba su nombre con más fuerza, con más insistencia. Además de la preocupación, había algo más en la voz de Stoick, ¿acaso era temor?

"Hiccup, Hiccup, Hiccup"

El castaño no pudo saberlo, un ardor en sus costillas lo impidió. También impidió que esquivara la siguiente bala de cañón, perdiendo el equilibrio.

Y de pronto todo se hizo negro.

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Abrió los ojos súbitamente. Un mareo inundó su cuerpo y el dolor agudo de cabeza lo golpeó, abrupto.

–Hey, tranquilo, hijo– fue lo primero que escuchó.

Soltó un quejido cuando intentó sentarse. Su padre se acercó y suavemente lo empujó de los hombros hasta que estuvo recostado de nuevo.

El dolor punzante seguía allí cuando intentó enfocar la vista hacia Stoick.

–¿Qué fue lo que pasó?– su propia voz se escuchó rasposa y distorsionada.

Stoick trató de sonreírle –Uno de los enemigos te hirió, el doctor te atendió lo más pronto posible.

¿Había sido herido? Pero si él estaba intentando...

–¡Toothless!– preocupadamente se sentó en la cama de un movimiento.

Un nuevo gemido de dolor se escapó de su boca. La punzada en la costilla derecha aumentó y el fragmento de un recuerdo llegó en un segundo.

Sí, el capitán le había disparado por la espalda cuando intentó ayudar a esa mujer. Su dragón fue removido por el disparo del cañón.

Volvió su mirada a su padre antes de insistir: –¿Dónde esta Toothless?

Stoick se colocó en pie soltando un suspiro y caminó con prontitud a la puerta. En cuanto esta se abrió su dragón entró a la alcoba corriendo con desesperación.

Veinte segundos bastaron para que su pesada lengua cubriera de baba todo el rostro del príncipe.

–¡Aagh!– se asqueó el muchacho, riendo un poco –Toothless, ¡eso no se quita!

El dragón jadeó alegremente.

–Él estaba muy inquieto, tuve que sacarlo hasta que despertaras.– La mirada de Hiccup vagó desde su padre hasta el dragón, formulando una silenciosa pregunta. Stoick sonrió con ligereza –Te trajo hasta aquí, no es malo después de todo.

El muchacho no pudo evitar sorprenderse ante lo dicho, soltó todo el aire retenido en un jadeo y tuvo que morder su mejilla interna para evitar hacer algún comentario sarcástico.

El dolor en su costilla se hacía más llevadero con el correr de los segundos.

Sopesó sólo una cosa que hizo su rostro oscurecer.

–¿Qué hay con la guerra?

Los ojos de Stoick se tornaron serios. De pronto -con aquella mención- toda la alegría de ver a su hijo despierto voló.

–Los soldados siguen afuera, luchando.

Incluso Toothless adquirió una expresión más serena.

La respiración de Hiccup se agitó, ¿cuántas personas habrían muerto a esta estancia? Muchas caras pasaron por su memoria, hasta detenerse en una extrañamente familiar.

Se removió, inquieto –¿A-astrid esta...?

Stoick volvió a sonreír, golpeando su hombro lo más suave que pudo ser. El castaño, aún así, estuvo cerca de caer de la cama.

–Ella esta bien, hijo– dijo con ojos brillantes –No te imaginas cuanto nos ha ayudado con eso.

Hiccup miró hacia donde su padre señalaba: A Toothless. Frunció el ceño, la confusión bailando en su verdosa mirada –¿Eso?

El pelirrojo asintió –Hace algunas horas, cuando te hirieron, la señorita tuvo una idea brillante...

"¿General Hofferson?"

La rubia empujó al sujeto con quien peleaba, lentamente deslizó la espada hasta desenterrarla por completo del pecho masculino. Las gotas de sangre resbalaron por el afilado metal, manchando su ropa.

Se sintió estragada.

Le echó un vistazo al rey, quien la había llamado y ahora lucía preocupado.

"¿Si?" Su voz se alzó para poder ser escuchada, un grito coherente en medio de una batalla de timbres y cuerpos.

"¿Si usted esta aquí, dónde se encuentra mi hijo?"

Alguien se acercó a un costado de Stoick con la mano empuñando una espada.

Astrid acortó la distancia que la separaba del rey, tomó fuerza de sus propias piernas y se impulsó. Una patada perfecta, con el pie completamente estirado dentro del cerrado zapato, en el rostro del soldado enemigo y otra más en su pecho fue suficiente para derribarlo.

Soltó un jadeo, mirando con fiereza a Stoick "Él fue a razonar con el enemigo"

Los ojos del monarca se abrieron un centímetro más. ¿Acaso ella se estaba escuchando? ¿Razonar con el enemigo? Pero si se supone que debía...

"¡Le encargué a usted su protección, ¿por qué lo dejó irse?" Reclamó con enfado no dejando formular con claridad la propia inmensidad de sus pensamientos.

Astrid se encogió de hombros.

"Creí que cuando usted supiera la verdad, notaría que el príncipe ya no es un niño que necesita protección"

Stoick frunció más el ceño "Luego hablaremos sobre eso, general"

–Cuando llegué hasta ti, el dragón te había protegido y entre ambos te trajimos a tu alcoba.

Hiccup acarició la cabeza de Toothless, sonriendo levemente. Había algo mucho más cálido en su padre ahora, pero aún se veía consternado.

–¿Y qué sucedió después?

Stoick liberó un respiro largo.

"¿Cómo esta el príncipe?" Indagó Astrid, agitada. Parecía haber recorrido un largo camino.

El preocupado rey -desde la puerta abierta de la habitación- asintió, preguntándose lo mismo.

"Él estará bien, su alteza" dijo el doctor mientras se colocaba de pie "Perdió un poco de sangre, pero afortunadamente el proyectil no golpeó ningún órgano. Ni siquiera hay un hoyo allí, sólo se trató de un roce"

La rubia dejó salir todo el aire retenido en los pulmones, visiblemente aliviada.

Stoick, sin embargo, parecía poco convencido "Siendo así, ¿cuál es la causa de su inconsciencia?"

"Tiene una contusión en la cabeza, es probable que se haya golpeado en cado de que haya caído de..." el doctor miró temeroso hacia Toothless "El dragón, pero dudo mucho que sea algo más serio que eso"

"¿Es eso todo?"

"Le he administrado una dosis de anestésico a base de hiervas, debería dormirlo un par de horas" hubo una pausa, como si el hombre pensara detenidamente en que debía decir "Y, ¿señor?"

"Usted diga"

"Los vendajes deberían ser suficientes por cinco horas, pero estaré atento en caso de que necesite un cambio antes"

El rey dio un asentimiento escuchando al doctor, quien sólo indicó algunas cosas más y se marchó -no sin antes colocar su tiempo a disposición por cualquier asunto.

Un silencio algo incómodo se instaló entre Stoick y Astrid por algunos segundos, pero cuando el rey se dirigió hasta la cama donde se encontraba su hijo y delicadamente se sentó junto a él, ella supo que tendría que irse y continuar batallando.

La pregunta real era, ¿cómo? Claramente el enemigo tenía una ventaja de peso, entrenamiento y cantidad. Perderían, Berk perdería y, aunque no lo hablasen, ese sentir pesado estaba colado en el ambiente desde que la batalla inició.

Los parpados de Astrid cayeron y su mirada vagó en la pulcra habitación, en algún momento esa misma mirada se topó con el inconsciente príncipe. Tuvo la necesidad de apretar las manos en puño para contenerse. Él se veía débil e indefenso, quizá por ello el sentimiento de protección se abrió paso en su pecho mucho más rápido que el deber.

¿Cómo pudo dejarlo ir solo a hacer-lo-que-sea-que-quería-hacer allá afuera?

El rey tenía razón; fue irresponsable y confiada.

Después de todo él es hábil con la espada, se había dicho como excusa perfecta, tiene un dragón además.

Los ojos de Astrid se abrieron un poco más.

Tiene. Un. Dragón.

Una idea comenzaba a formarse en su cabeza.

"General Hofferson, yo..." el rey interrumpió el hilo de pensamientos que llevaba "Tendré que quedarme con él"

La rubia asintió, comprensiva "Me encargaré de los hombres"

Dio la espalda a Stoick y comenzó a caminar para salir de allí.

¿Podría funcionar su idea? No sabía como domar a un dragón.

Bueno, ciertamente eso no era del todo una verdad. Ella sabía, Hiccup le había dicho como.

–Cuando supe algo, ella estaba sobre ese Nadder Mortífero y había derrumbado al menos dos navíos enemigos.

Hiccup estaba sorprendido, paseando su mano distraídamente por las escamas de Toothless.

–En la próxima ocasión deberíamos estar preparados para una guerra– comentó sin gracia alguna.

Su padre frunció el ceño –Es mi culpa, no debí distraerme.

Hubo una duda entonces atormentando la cabeza del heredero tan insistente como la punzada de dolor.

–Cuando estuve con ese capitán mencionó algo sobre que Berk había roto el tratado de paz– los ojos de Hiccup se entrecerraron, intentando recordar claramente aquellas palabras –O algo parecido a eso, ¿sabes de lo que hablaba?

–Sí– Stoick removió sus piernas más cerca a la orilla de la cama –Tu bisabuelo Harris Haddock hizo un tratado con el Reino del Oeste hace mucho tiempo. Los dragones eran una amenaza, pero por alguna razón parecían habitar en Berk, a los demás pueblos no les gustó eso; les temían. Su miedo los cegó a tal punto de casi declarar una guerra en todo el archipiélago.

Hiccup sintió su estómago revolver ante el rumbo de la conversación.

» El Reino del Oeste eran la mayor amenaza y los más cercanos a Berk así que el tratado fue directamente con ellos: Los dragones debían ser asesinados o Berk caería con ellos. Harris era como tú, hijo; un alma pacífica.

Stoick rió quedamente, sin diversión alguna.

» Él no quería matar dragones, pero su pueblo estaba ante todo, como debe ser. Desde el tratado el mismo Reino del Oeste se encargó de convencer a las otras Naciones y todo estuvo en paz desde entonces. El tiempo abrió paso al olvido y a la disminución de bestias, la caza se convirtió en una tradición real, sólo reyes y príncipes podían ejercerla y, cada tanto tiempo, se le hacía llegar al rey Fry una prueba de que el tratado se estaba cumpliendo.

–Supongo que atacaron porque el rumor de un "héroe de dragones"– Hiccup marcó las comillas en el aire, siendo sarcástico –Llegó hasta ellos.

El monarca no dijo nada al respecto. No quería culpar a su hijo, pero esa parte era verdad. Y la razón principal por la que "El Caballero Negro" debía ser arrestado con prontitud, por supuesto.

Stoick afirmaba ser culpable, si le hubiese contado todo desde antes quizá nada de eso habría sucedido.

El silencio se instaló entre ambos hombres hasta que el castaño intentó colocarse en pie y su padre se lo impidió, nuevamente.

–Pero, ¿qué estás haciendo?

–Tengo que ir. Soy gran responsable de esto, debo hacerme cargo– determinó.

Él había sido imprudente y demasiado precipitado. El orgullo había podido consigo, realmente pensó que detener una guerra con palabras era posible. Pero ahora enmendaría su error, esta vez sí se levantó de la cama.

La punzada de dolor fue sólo un poco más leve.

Stoick negó con un baño de preocupación inundando su rostro.

–Estás herido, ¡por Dios, Hiccup! Sólo hazme caso por primera vez y quédate en cama.

El castaño lo miró fijamente. Su padre pudo observar la determinación y terquedad desprendidas en esos ojos verdes tan parecidos a los de su madre. Sabía lo que eso significaba.

Hiccup ya había tomado su decisión: Él era el heredero, Berk recaía en sus hombros, el bienestar de su pueblo era su responsabilidad también. Tenía que actuar, ahora lo entendía.

–¡Hijo!

–De cualquier modo iré.

Stoick soltó un resoplido exasperado.

–Eres un obstinado– recalcó su padre con algo de reproche en su voz.

El muchacho tomó el chaleco fino de lana color gris que estaba cerca y lo pasó por encima de sus sencillas ropas de cama que, aparentemente, su padre le había colocado mientras estaba inconsciente.

No tenía ningún caso ahora utilizar la máscara ya.

–A veces eso es una bendición– murmuró caminando lentamente hacia la puerta con Toothless de cerca –Estaré bien, ahora sé que debo hacer padre.

Stoick estuvo a su lado hasta que salieron del palacio e Hiccup se montó sobre el dragón con delicadeza.

Y ver a su hijo allí, sobre ese Furia Nocturna; con una postura recta, con la decisión haciendo posesión de su cuerpo, con la determinación desprendida como nunca antes, lo hizo sentir preocupado, sí, pero también un nuevo tipo de admiración se instaló en su pecho.

Oh, Valka estaría tan orgullosa del hombre que Hiccup era ahora.

–Hijo, por favor ten cuidado– habló el pelirrojo, el nombrado notó la resignación en esas palabras, identificó la preocupación en su mirada y, aún así, entre toda aquella atmósfera, había algo diferente en Stoick que él no supo nombrar.

–Lo tendré, papá– fue la simple respuesta que pudo dar.

–Y...– dudó, sin saber exactamente como decirlo. Al final, sólo dio una respiración en cada palabra: –Lamento no haber confiado en ti antes. De verdad.

El corazón de Hiccup se aceleró y una cálida sonrisa llenó sus labios. Un diferente tipo de satisfacción adueñándose de su sentir.

–También lo lamento– sonaba gentil –Mucho– y era sincero.

Compartieron una mirada de compresión por uno, dos, tres segundos. Hiccup marchó a una velocidad no tan rápida y Stoick entró en batalla.

El olor metálico de la sangre concentrado en el ambiente, como una peste.

La ola de voces del pueblo comenzó a escucharse, intensificándose de un momento a otro.

"¿Es ese hombre Hiccup?"

En un segundo las exclamaciones sobraron.

"¡Es él!"

"¡Es el príncipe!"

"Y esta montando un Furia Nocturna"

"Esperen, ¿el príncipe es El Caballero Negro?"

Hiccup no fue capaz de escuchar los alaridos o ver sus expresiones de impresión. Toothless ya volaba a la misma altura en la que se hallaba Astrid para entonces.

La rubia no le dirigió la mirada cuando habló, aún teniéndolo a su lado: –Usted debería estar descansando, Joven Haddock.– Sonó severa, se vio de la misma forma.

–No estoy muerto, sólo fue una pequeña herida,– él tampoco la miró, toda su atención puesta a la distancia, donde se veía el navío del capitán aún formidable –eso debería ser suficiente ahora.

Tenía fruncido el ceño, notando algo extraño. El eco del choque de espadas al fondo, en la batalla a plenitud, era tan tormentoso como la misma peste.

–¿Cuántos navíos han llegado desde que me ausenté?

Astrid refregó su rostro en un claro signo de frustración.

–Tres– contó, señalando las tropas –Logramos derribar dos, pero tal parece que pidieron refuerzos– hizo una pausa y su mirada se fijó en él por primera vez en todo el rato –He estado aquí monitoreando desde entonces y no ha habido llamados de auxilio en absoluto.

–Bien– afirmó y, por un segundo, a Astrid le pareció ver al mismísimo Stoick en ese gesto.

–¿Qué haremos?– finalmente el heredero le devolvió la mirada, firme y llena de seriedad.

–Atacar el navío principal– hizo una pausa, entrecerrando los ojos –¿Tenemos refuerzo a disposición?

Astrid se fijó detrás de su propio hombro –Quedan algunos hombres y unas cuantas armas que no fueron destruidas.

Una idea se abrió paso en la cabeza del príncipe a un ritmo impresionante. Se sentía dispuesto y, por primera vez, comprendió algunas de las enseñanzas de su padre. Proteger Berk debía ser su prioridad, su pueblo debía ser su motivación, aún cuando ello implicara la guerra que tanto quería evitar. Ahora lo sabe.

Un líder protege a los suyos.

–Necesitaremos de esos hombres y más dragones.

–¿Usted quiere...?– ella compuso una media sonrisa. Oh, eso sonaba prometedor.

Sin recibir orden alguna la rubia descendió rápidamente.

Al menos tres de cinco soldados se colocaron a disposición. El entrechocar de los aceros se escuchaba por debajo de ellos cuando se alzaron sobre sus propios dragones, como un recordatorio.

Hiccup dio algunas instrucciones básicas, una caminata rápida al bosque en busca de las criaturas y sillas improvisadas.

–Jorgenson cubra usted las tropas a la derecha– en el mandato su voz se oía imponente, sin lugar a réplica alguna –Ingerman los aldeanos atacados necesitan protección– el rubio, aunque torpemente, cumplió con la orden de inmediato –¿Gemelos Thorston?

Uno de ellos, el chico, levantó la mano con entusiasmo como un crío –¡Oh, oh! Yo soy Tuffnut– hizo un ademán hacia su compañera en la otra cabeza de dragón –Y esta es Ruffnut: Mi odiosa hermana que insistió en venir.

La chica compuso una mueca de enfado y golpeó el hombro de su hermano tan fuerte que muy bien pudo dislocar su brazo.

–¡No puedo creer que así me presentes!

–Yo sólo digo...– el carraspeo del príncipe detuvo su palabras y la posible discusión.

–Hagan lo que sea mejor para reforzar a los soldados que batallan cuerpo a cuerpo– les dictaminó.

Ambos gemelos sonrieron diabólicamente –¡A la orden, jefe!– se escuchó al unísono.

Hiccup se preguntó como es que la chica había llegado hasta allí sin ser entrenada previamente. La recordaba en la cocina de palacio. Y, ahora que lo pensaba, el chico era bastante torpe como soldado también.

En cuanto los dos desaparecieron sobre ese Cremallerus el castaño miró con expresión algo perturbada a Astrid.

–¿Eran los mejores cadetes de la guardia?

Una perfecta ceja rubia se alzó –Eran los únicos que no estaban luchando, les indiqué que esperaran órdenes.

El príncipe trataba de evitar a toda costa el componer una mueca, frunciendo los labios. No era el momento, eso estaba sobreentendido. Aclaró su garganta sonoramente y echó un vistazo fugaz a su alrededor.

–Usted deberá encargarse de las tropas a la izquierda, señorita– y, en un tono mucho más suave, agregó: –Cubra bien sus espaldas.

Ella le lanzó una mirada por debajo de sus espesas pestañas con la amargura figurando en su rostro –Usted cubra bien sus espaldas– susurró insinuosa.

El joven sabía perfectamente a lo que la rubia se refería, asintiendo la vio marcharse.

Movió la prótesis de Toothless conectada a la suya misma, dando una vuelta en el cielo y, con mirada fiera, el dragón soltó un plasma directamente a la barca principal.

A su derecha e izquierda los jinetes hacían exactamente lo mismo. De pronto, todo el revuelto de hace unos minutos disipó; el crujir de las espadas y el choque de los cuerpos pareció disminuir en menos de un minuto.

Berk ahora se veía en igualdad de condiciones por primera vez desde que el ataque comenzó.

–¡Hey, Stoick!– llamó Gobber al otro lado de la contienda, peleando de frente con un soldado enemigo. El rey lo miró justo después de derribar a un sujeto sin demasiado esfuerzo –¡Es Hiccup!

El padre se fijó en la fiereza de su hijo aún a esa distancia y sonrió ligeramente.

–Sí, es Hiccup.

–Ya no es un pequeño, ¿eh?

Y el golpeteo de espadas volvió a sonar.

Los gritos de guerra, de alguna forma u otra, aún se escuchaban como un constante. Soldados cayendo como hojas de un árbol moribundo, ritmo, patada, golpe y el chocar de los aceros.

El frenesí del momento siendo sólo representado por el olor del sudor corporal en todo el ambiente. La peste metálica de sangre también se impregnó en cada fosa nasal, un recordatorio de todo lo que estaba en juego.

Matar o morir.

Las velas del navío se incendiaban y, por lo que parecieron horas, el Furia Nocturna y su jinete se enfrentaron con los cañones de gran calibre, tan letales como el plasma mismo. Una estocada enemiga, una respuesta berkiana, sin tregua alguna.

Toothless estaba cansado, la herida a un costado de Hiccup comenzaba a molestarle y el capitán tenía esa cínica y peculiar mirada aún puesta sobre ellos.

Uno de los soldados del Reino del Oeste se acercó temeroso –Lord, everything is on fire, we can't stay here.

El sonido de un navío más hundiéndose llenó el silencio. Sus soldados no estaban en esa barca, el capitán lo sabía pues sólo él decidió quedarse bajo la protección de madera con su tripulación.

Un último plasma y la madera ardió sin clemencia. Los jadeos del dragón se escucharon más fuertes, pero su valiente mirada sólo se hacía más fiera.

–We have come to exterminate the threat, not to surrender– fue la dura respuesta del hombre, tratando de ser osado.

Ese mismo soldado que había esperado respuesta más favorecedora dio dos pasos atrás, el olor del mar llegó a su nariz, el navío aún se hallaba a una profundidad mediana en el océano.

–I'm sorry, but I have family waiting for me at home– con una mirada temerosa en sus ojos claros saltó de la barca.

Los cuatro hombres aún vivos allí le siguieron.

La llamarada aumentó en cuestión de segundos. El capitán intentaba con toda la fuerza que podía tener en ser valiente, aunque él sabía que eso sólo era una fachada, una fantasía.

–Y si sobrevive, capitán– le expresó Hiccup, algo como el dolor atorado en su garganta –Dígale a su rey que estaremos listos para enfrentar lo que sea, porqué ni un sólo dragón será entregado y, desde ahora, nunca más asesinados.

El príncipe no quiso o no fue capaz de ver lo demás. Él no supo en ese momento que, al último segundo, el capitán exteriorizó la cobardía que siempre había tenido dentro y huyó.

Los gritos de victoria se escucharon por todo Berk tan sólo diez minutos más tarde.

Hiccup bajó de Toothless, viendo cómo sólo un navío en estado deporable dejaba la isla en dirección al Oeste.

Sintió la pesada mano de su padre reposar en su hombro –¿No deberíamos terminar con eso?

Un suspiro liberó de sus labios y murió confundido entre el aire contaminado en polvo.

–Con suerte no será hoy.

–Pero volverán.

Sus ojos verdes chocaron con los del mayor –Entonces podremos estar listos o hacer algo, por ahora no es necesario que corra más sangre.

Él de verdad no quería que corriera más sangre, de ningún bando.

–¡La victoria es nuestra!– gritó Gobber a todo pulmón.

La celebración, después de todo, no se hizo esperar.

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–¡General Hofferson!

La rubia volvió su cuerpo ante el llamado. Eret quedó impresionado con el bonito y elegante vestido color ocre que cargaba, una sonrisa coqueta tiró de sus labios.

–¿Si, Joven Eretson?

Astrid se hallaba tan afanada como ansiosa, las ropas sobre su cuerpo daban comenzón y en definitiva ella prefería el uniforme.

Eret dio un largo respiro –Quería hablar esto con usted antes, pero la presentación de la guerra fue tan repentina.

–Ni que lo diga, nadie en Berk esperaba un ataque– concordó la chica, componiendo una mueca –Ha sido una verdadera sorpresa.

–¡Así es!– mientras hablaba Eret señaló su propio brazo vendado, una prueba eficaz de algunas consecuencias restantes –Pero eso no importa tanto ahora mismo, yo quiero preguntarle algo completamente diferente.

El calor en el salón del palacio pareció aumentar para el azabache. Astrid se había limitado a asentir, escuchando y él comenzaba a sentirse nervioso.

Tomó una honda respiración más.

–Yo siento algo por usted desde hace mucho tiempo, Srta. Hofferson– él tanteó su bolsillo repetidas veces, el fino anillo de oro blanco salió entre los telares de su traje –Y quisiera que acepte casarse conmigo.

Oh.

La respiración de ella se cortó, entumecida. La proposición fue incluso más sorpresiva que la guerra.

Ascendió su mirada desde el anillo entre los dedos masculinos hasta el rostro de él, pero ella no vio realmente a Eret allí sino a Hiccup.

Literalmente, el príncipe estaba igual de pasmado que ella, de pie a unos cuantos metros de la espalda del azabache y con un papel a medio doblar en su mano izquierda.

–¿Joven Haddock?

Eret volvió su figura hacia donde Astrid miraba. Repentinamente se sintió incómodo, como un malestar que ataca de sorpresa, pero demasiado presuroso para detenerlo.

Él vio esa mirada en ambos, la que decía mucho y nada al mismo tiempo. El anillo de pronto comenzó a perder importancia.

–Yo, ¡no fue mi intención interrumpir!– balbuceó Hiccup, en cada palabra arrugando el papel entre sus dedos –Sólo...– carraspeó, ¿qué podría decir ahora? –Mi p-padre quiere hablar con usted, general.

Tonto, se dijo mentalmente, ¿mi padre quiere hablar con usted? Bien hecho.

Quería explicarle, decir que no era como parecía, quitar esa mirada de los ojos de él, pero Astrid no se movió de allí cuando dio un escueto "Gracias" como respuesta e Hiccup se marchó de inmediato, quizá demasiado rápido.

Su dragón le siguió cuando se internó al bosque.

–¿Y qué querías que hiciera?– le había dicho a Toothless, como si este de verdad le estuviese pidiendo una explicación.

Dio dos pasos y golpeó una rama.

–¿Qué le dijera: "Astrid no te cases con él, es un buen tipo, pero no soy yo"?

Se dejó caer pesadamente sobre el pasto en cuanto estuvo en un lugar despejado del bosque y soltó un bufido, mirando el cielo inclemente.

–Sería inútil– murmuró.

Su dragón sólo alcanzó a rociar su rostro de baba con la lengua.

–Gracias Toothless, gracias.

A Hiccup le parecieron horas las que estuvo allí, mirando y mallugando las hiervitas.

El rugir de un dragón lo alertó y deprimió en un segundo.

Antes había visto a Astrid como jinete, sí, pero no había detallado. Hace dos semanas estaban en una guerra y no hubo un sólo momento para eso. Ahora, en cambio, no podía dejar de mirarla mientras desmontaba con elegancia, como si lo hubiese hecho toda su vida.

Y se veía increíble.

¿Podía. Él. Acaso. Ser. Más. Patético?

Volvió a resoplar cuando ella se acercó, sus caderas contenidas en aquel uniforme por el que había reemplazado el vestido.

Astrid se sentó a su lado y observó a ambos dragones jugar, como lo habían estado haciendo desde hace unos días.

Uno, dos minutos en silencio.

–¿Sabe?– habló ella por fin –Fui a ver a su padre.

Hiccup no prestó atención alguna, estaba demasiado ensimismado para eso.

–¿Ah, sí?– respondió distraídamente.

–Así es y él me aclaró con demasía que no me había mandado a llamar en absoluto.

Todo el cuerpo del príncipe se tensó, esa parte sí la escuchó claramente. Una sonrisa astuta y coqueta tiró de los labios de Astrid.

Él cargaba aún esa mirada pese a su renovado nerviosismo cuando sus ojos se encontraron de nuevo, esa misma que tenía hace un rato, al interrumpir la proposición. Tristeza y anhelo. Tan profundo que logró tocar el propio sentir de la rubia.

Vio divertida el como él reía sin gracia, nervioso, moviendo sus hombros con frenesí de un lado a otro.

–Y-yo debí haberme equivocado– intentó excusar.

Astrid negó, su corazón golpeando fuerte y la seguridad en cada gesto.

–Usted es un mal mentiroso, ¿lo sabía?

Un sonrojo se extendió por el rostro masculino, avergonzado. Jugaba con sus propios dedos como si fuese un niño. Ella no pudo evitar reír un poco a su costa, ¡era divertido!

–N-no sé de que e-está hablando.

Bien, ahí ya no era tan divertido.

Con un giro de ojos y una sonrisita Astrid golpeó su hombro.

–¡Auch!– soltó él un quejido, frunciendo el ceño.

–Eso fue por la vergüenza que pasé con el rey por su culpa– le espetó con fingido enojo. Trataba de contener la risa.

–Es sólo que...

Y lo interrumpió con un beso.

Ella quiso explicarle sus sentimientos recién descubiertos. Pasó una mano por su cabello castaño, tan suave como se había imaginado antes.

Quería hacerle saber de Stormfly y la nueva amistad que tenía con ella. Escuchó un suspiro escapar de sus propios labios cuando por fin él correspondió.

Anhelaba decirle que había rechazado a Eret en cuanto él se fue. Y supo que todo eso podía esperar un poco cuando sintió las manos rasposas de Hiccup acariciar su mejilla.

Sí, podría esperar lo demás.

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Nota:

(Yo: ¡Hola!

Lectores: *sacan un hacha, tridentes y bates de béisbol*

Yo: ¡T-tengo una excusa, digo, una explicación por mi retraso!

Lectores: Tienes sólo un minuto.

Yo: Bien, me quedé sin celular unos días y pues yo no tengo computadora, luego me enfermé de un virus ocasional y pasé dos días en casa...

Lectores: Te quedan treinta segundos.

Yo: Y TODO SE COMPLICÓ CUANDO MI MAMÁ ENCONTRÓ UN NUEVO TRABAJO EN EL QUE YO TENGO PARTICIPACIÓN.

Lecotes: Oh, pobre niña, matemosla)

Jeje no ya en serio, chicos. Lamento mucho la demora con esto, es cierto todo lo que dije y, para colmo, ahora tengo el tiempo mucho más limitado, así que las actualizaciones ahora demoraran más que antes, aunque trataré en lo posible de que no sea así. Y si no me aparecí ni en facebook es por eso mismo del tiempo limitado (. _. ')

Respecto al cap no tengo mucho que decir, fue mi primera descripción de guerra cuerpo a cuerpo así que ustedes juzgaran que tal eso. Espero que les haya gustado leerlo tanto como a mi escribirlo y me hagan saber sus opiniones :3

Aquí una traducción de lo dicho en inglés y me disculpo si alguien captó algún error, el inglés no es lo mío y usé un traductor :v

Primera conversación*

Soldado: Señor, al parecer el rumor de las bestias es cierto.

Hiccup: No es ninguna bestia, se trata de un dragón y desafortunadamente tiene mejores modales que usted.

Segunda conversación*

Soldado: Señor, todo se incendia, no podemos quedarnos aquí.

Capitán: Hemos venido a exterminar la amenaza, no a rendirnos.

Soldado: Lo siento, pero tengo familia que me espera en casa.

LadyAira14: Jajaja siempre disfruto tus comentarios. Sobre "En tus tacones" lo pensaré y veré si sale algo, pero no prometo nada y pues si te sigues preguntando que pasó con Hiccup en "Susurros del mar" estaba comiendo alguita y por eso no apareció, pero él esta bien XD Gracias por leer y comentar y espero que este también te haya gustado, saludos ;)

Cuidense mucho en esta cuarentena ¡y sean felices!

P. D: Dejé un final semi abierto en la batalla en caso de que decida hacer una versión larga de esto en el futuro.

Los quiere FanNeurtex.