Nota: Los personajes no me pertenecen, no todos al menos. La historia es mía a medias :v o quizá un cuarto xD

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Capitulo 14: Las Amazonas

Parte I: Identidad.

Sinopsis: Cerró fuertemente los ojos. La flecha de madera con punta de hierro dirigida a su pecho desde un metro y medio de distancia le quitaría la vida en cualquier segundo. Moriría, pero sin dudas lo volvería a hacer de tener otra oportunidad.

17 años de edad / Península de Anatolia - Siglo V a.C

Primera entrega de la trilogía "Alas de libertad"

Inspirado en la pelicula de Disney: "Mulan"

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La historia que voy a revelarles es muy antigua, de cuando los mitos dominaban la tierra y montar a caballo era tradición.

En aquellos días existía una civilización en particular llamada Anatolia; plagada de mujeres guerreras con arcos y flechas, legendarias, hermosas, sin admisión masculina. Nos hacíamos saber como Las Amazonas.

La leyenda de las Amazonas fue contada una y otra vez a mano de fieros hombres con el correr de los años, pero nunca desde las palabras de una mujer.

¿Y saben una cosa muy irónica? Esta historia ni siquiera se trata de mi...

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–¡Los reclutamientos inician hoy!– un hombre gritó, fuerte, con voz de alarma.

El pueblo se veía revuelto aquella mañana, un aroma a tierra humedecida estaba filtrado en el ambiente y el frío calaba en cada hueso.

Pasos en carreras cortas retumbaban sin cesar.

–¿Es hoy?– murmuró una mujer aterrada.

Otra voz femenina se alzó en respuesta: –Así parece.

La niña de cabellos azabaches allí presente, de entre ocho o siete años, observaba la escena con sus ojitos cafés llenos de mortificación. Su pálida piel estaba enrojecida.

–Todas las mujeres deben estar preparadas– continuó ese mismo hombre gritando. Incluso él, sobre ese banco de madera para hacerse notar sobre el gentío, se veía preocupado –Las Amazonas no tardarán en llegar.

Con el susto pintado en su rostro, la azabache corrió presurosa a su casa. Las personas continuaban de un lado a otro por todo el lugar, alaridos, miedo y consternación dominante.

Palabras y palabras de boca en boca soltadas al viento con pesadez.

"¿A quién se llevarán esta vez?"

"¿Cuántas mujeres más necesitan en su ejército?"

"Pueden hacer lo que quieran, el rey las apoya"

"¡Ja! No me haga reír, ¿el rey? Es tan sólo un miserable que osa de comer todo el día"

Entre jadeos cansados la niña se alejó más y más de los pobladores, los alaridos ahora se escuchaban como un timbre de fondo, pero eso no quitaba el miedo en su mirada oscurecida.

Ellen, mientras corría, se preguntaba sólo una cosa en concuerdo con el resto del pueblo, ¿a quién se llevarían esta vez?

Abrió la puerta de un sólo tirón, su casa estaba a una distancia larga de la aldea, era pequeña e imitaba a una choza, así que el golpe sonó seco.

Su papá y hermano comían una hogaza de pan sentados en la modesta mesa de madera que guardaba el centro del lugar.

–Las Amazonas ya vienen– anunció sin rodeos. La comida quedó a medio masticar y había un fuerte olor a pescado asado impregnado en el ambiente.

Los hombres notaron de inmediato que el temblor en el cuerpo de Ellen no era precisamente por el helado viento.

El más joven de ellos se colocó en pie primero, yendo hacia su asustadiza hermana.

–¿Qué has dicho?– preguntó Stoick, su padre, reaccionando al fin. Él se hallaba aún sentado.

La niña dio un asentimiento.

–Lo escuché en el pueblo.– Y el ambiente, de pronto, se volvió amargo. Ninguno de los hombres tenía hambre ya. Ellen le lanzó una mirada interrogante a su hermano –¿Me seleccionarán?

Hiccup se inclinó para estar a su altura, pasando un brazo sobre sus pequeños hombros. Las túnicas masculinas le dieron comenzón en la nuca a la niña.

–Es probable– la sinceridad ante todo –Pero nunca permitiré que te lleven con ellas, ¿de acuerdo?

La azabache refregó su rostro con el dorso de su mano y asintió. Tenía miedo, pero confiaba en su hermano. Debía qué. No había otra opción. Y, sinceramente, no quería hacer cosa alguna diferente. Su hermano jamás le había fallado.

La mañana abrió paso a la tarde más rápido de lo que a cualquier pueblerino le hubiese gustado.

Ahora llovía, la tierra se había convertido en lodo y todo el pasto del lugar se veía ahogado por los charcos.

Sonaba un chisporroteo incesante de gotas contra el suelo cuando la primera trompeta sonó a la distancia. El eco de un trote de caballo se escuchó después. Y la primera mujer se vio como una silueta casi irreal.

Detrás de ella habrían al menos veinte o treinta guerreras más. El silbido agudo del instrumento de guerra se hizo más fuerte, persistente, como un geniuno peso más que un ruido musical.

Una cuarta parte de la población a espera sabía, muy en su fiero interno, que más mujeres vendrían escondidas, como las escurridizas que eran. El resto del pueblo estaba dividido entre temor, consternación y, en algunos remotos casos, emoción por el reclutamiento.

La líder del grupo, con sus largos cabellos rojizos empapados por la lluvia, se detuvo a un metro de la entrada del pueblo, donde todos y cada uno de los pobladores estaban aglumerados.

No es que hubiesen muchas personas en Berk, después de todo.

La trompeta se detuvo al mismo ritmo que lo hicieron las otras guerreras que venían con la pelirroja.

Todos sus corceles se veían tan magestuosos como ellas mismas.

–¡Ahora!– gritó la líder hacia todos ellos, su caballo quieto y la población expectante. El timbre que utilizó fue firme, fiero y despectivo, pero su mirada sólo podía ser descrita como odio puro –¡Como deben saber: Los reclutamientos han iniciado! La selección de las próximas Amazonas esta por hacerse.

La mujer desmontó al animal con elegencia y caminó contoneando sus caderas, rodeando a la gente. Había un silencio sepulcral que sólo era cortado por la propia lluvia, la cual comenzaba a ser sofocante.

Inspiró el aire humedo en la profundidad de sus pulmones antes de alzar aún más la voz: –Las afortunadas seleccionadas deberán partir por su cuenta a Anatolia, al Norte de aquí– hizo una pausa –El como llegarán no es algo que me importe, pero es obligatoria su asistencia.

Aunque sus caderas seguían ese contoneo constante mientras caminaba de un lado a otro para llevar el mensaje, su postura era firme. Ella detonaba entrenamiento previo por cada poro de su leonada piel.

Una de las guerreras que la acompañaban -con una petulante sonrisa en el rostro- se acercó lentamente y le entregó un pergamino.

La líder lo tomó y comenzó a leerlo con ese mismo tono fuerte de antes: –Sila de los Montes.

La chica nombrada tembló, ¿había sido seleccionada? ¡¿por qué?!

Justo a su lado, Hiccup apretó el hombro de Ellen y la niña se obligó a sí misma a ser valiente.

La expectación en el gentío no disipó.

–Ruffnut de los Templos– continuó la Amazona altiva.

La gemela compuso una insinuosa sonrisa ante el llamado.

Nombre tras nombre los segundos se transformaron en minutos y la lista de mujeres creció de una a once en ese transcurso.

Ellen mordía su labio, confundida entre la altitud de cada persona aglomerada. Cruzaba sus regordetes dedos y repetía muy en bajo una mantra de "que no sea yo, que no sea yo" cuando el turno de la doceaba mujer a nombrar llegó.

–Ellen de Abad– gritó la Amazona.

Y la niña sintió el mundo caerle encima.

¿Había escuchado bien? Lanzó una mirada a su hermano y compuso una mueca cuando notó su expresión de angustia.

–El siguiente reclutamiento les será notificado pronto.– Dicho eso, y con la misma imponencia que había demostrado durante todo ese tiempo, la bella mujer subió a su corcel, desapareciendo entre la espesa niebla a lo lejos.

Dado el discurso los pobladores se dispersaron. Sus pensamientos profundos y perdidos en cada problema unilateral, pero la azabache quedó allí, pasmada.

La lluvia de pronto ya no era tan fría y la humedad molestaba menos, cualquier cosa minimizó ante el llamado de la Amazona.

Ellen de Abad.

Ellen de Abad.

Ellen de Abad.

Repetía en su mente una y otra vez con el tono ronco de la mujer aún en constante, grabado como fuego ardiente.

Padre e hijo compartieron una mirada, igual de preocupados por la niña.

Stoick, asumiendo la responsabilidad de momento, la cargó entre sus brazos con toda la ternura que su exagerado cuerpo pudo reunir.

–Estarás bien, hija– fue lo único que se le ocurrió decir, limpiando sus lágrimas ahora evidentes.

El rastro de sal quedó marcado en su rostro blanquecino, pero ella escondió eso entre el hombro y la espesa barba de su padre, abrazándolo.

Hiccup se limitó a guardar silencio en todo momento, sin saber que decir o como actuar.

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Ellen contenía el llanto, eso se podía dislumbrar en el temblor de su labio inferior y su mirada cristalizada.

Habían mujeres a su alrededor con túnicas sombrías empujando su aniñado cuerpo.

Voces, gritos, sangre.

Olor a sudor.

"Has sido sentenciada" dictaminó una entre tantas. Se escuchó dispersa y con eco, como si fuesen varias personas hablando a través de una, pero ninguna de ellas movía la boca.

Los empujones aumentaron.

Voces, gritos, sangre.

"No sirves para Las Amazonas" continuó esa extraña voz "Serás decapitada"

"¡No!" los ojos aterrados de la niña se inundaron de lágrimas.

De pronto las catapultas asomaron y la tensión creció.

Ellen cubrió sus oídos, desesperada y entristecida. Había cenizas, rastros de destrozos y chozas a medio hacer. Las Amazonas seguían rodeándola.

"Hiccup" llamó a su hermano en un susurro.

Él no estaba cerca, no se veía por ninguna parte. Pero ella insistió: "Hiccup, por favor"

Voces, gritos, sangre.

"Lo prometiste" murmuró, su cuerpo ahora herido y ensangrentado. Las Amazonas cortando sus ropas con lentitud desesperante, cargaban espadas demasiado filosas entre las manos "¡Prometiste que no me llevarían!"

Todo su entorno retumbó. No se pudo ver u oir el momento, sólo el resultado.

La niña estaba en el suelo, respirando con dificultad y vomitando un líquido espeso, rojo, asqueroso. El olor del metal fue recibido en el aire, superando la impregnación del sudor con su hedor.

Voces, gritos, sangre.

"Mentiste"

Hiccup se removió entre las sábanas y abrió los ojos en un segundo.

La imagen de su hermana pereciendo aún estaba rondando en su mente cuando se sentó en la incomoda colcha. Tuvo que recordarse a sí mismo que sólo se había tratado de una pesadilla.

Sólo una pesadilla.

Pero ella, su pequeña hermana Ellen, había sido seleccionada y tendría que ir a entrenar, a... ¡vivir!, con Las Amazonas. Esa parte era real.

Se llevó una mano hasta el rostro, sintiéndose fatigado, mareado. Habían emociones muy cercanas a la desesperación acumuladas en su pecho.

¿Qué podría hacer? Si ella fallaba en el entrenamiento, si cometía un sólo error... bueno, él no quería pensar demasiado en esa clase de consecuencias.

Todos sabían los despiadados castigos de Las Amazonas; mujeres frías, de temple.

Se colocó en pie, sintiendo la imperiosa necesidad de respirar. Pensaba en salir afuera y sentir el aire frío del lugar chocar con su rostro, pero se descubrió a sí mismo, como si sus pies tuviesen vida propia, caminando hacia el pequeño cuarto de barro de su hermana.

Y allí estaba ella, dormida inocentemente. Hiccup supuso que había llorado hasta que sus ojos se cerraron. Se veía cansada, triste incluso en sus sueños. Él no quiso acercarse a comprobar ese hecho.

Se volvió a preguntar, al pie de la puerta, ¿qué podrían hacer? ¿Tal vez huir? Ir a algún pueblo lo suficientemente lejos para...

¡Bah! Sacudió la cabeza, ¿a quién quería engañar? No tenían caballos y sólo contaban con un par de monedas y algunas hogazas de pan. Era una idea absurda. Además, huir de un problema nunca es una solución digna, tanto su padre como él lo saben.

Salió del lugar a paso lento, caminando casi sin rumbo. Vio afuera lo poco que tenían cultivado, estaban en tiempos duros y Berk no gozaba de buenas tierras.

Tampoco es que la niña pudiera negarse a ir. La última vez que eso había pasado con alguna reclutada Las Amazonas habían llegado y una guerra estuvo cerca de desatarse.

¡¿Qué podría hacer?! ¡Por todos los cielos! No es que simplemente pudiera colocarse una túnica femenina e ir allá y hacerse pasar por su...

Hacerse pasar por su hermana.

Alzó una ceja ante el rumbo de sus propias cavilaciones, colocando su espalda aún más recta. Se dejó caer sobre una roca allí, el viendo efectivamente era helado.

Negó con la cabeza. Oh, no. Por supuesto que no podría hacerlo, ¡era una mala idea por donde lo viese!

Él era un hombre, todo un hombre para empezar. Y, además, si lo descubrían lo asesinarían. En el peor de los casos a Berk con él, pero Hiccup no quería pensar en ello.

Dio un halón a sus cabellos castaños, lleno de frustración.

¡Claro que era una mala idea! Debía haber otra manera, otra... "aunque mi hermana tendrá que partir al amanecer". El amanecer sería pronto.

Muy pronto.

¡Ni que pensar en la preocupación que debía cargar su padre también!

Tampoco tenían muchas opciones ¡y él lo había prometido, por el amor de...!, sabía que, incluso de no haber hecho esa promesa, estaría matando su cabeza ahora de la misma forma para buscar un modo de salvar a su hermana.

¿Qué podría hacer?, ¿qué debía hacer? Porque era eso, un deber.

–¡Aah!– gimió-gritó de frustración.

De nuevo aquella retorcida y sarcástica idea pasó por su mente. Visualizó la situación un segundo. Los riesgos de su propia cabeza si era descubierto colado entre Las Amazonas. Berk. Su hermana y, otra vez, a Ellen.

Su honor estaría en juego, su vida e incluso toda su reputación masculina.

Soltó todo el aire cuando se colocó de pie.

¿Y qué importaba todo eso ahora, cuando era la vida de su pequeña hermana la que estaba pendiendo de un hilo?

De pronto, tan pronto como el correr del viento, tomó una decisión.

Se dirigió silenciosamente al cuarto de su madre. Esperaba telarañas, polvo y olor a humedad, pero encontró un cuarto limpio en extremo, producto de los esfuerzos de su padre.

Un aire melancólico cruzó su mirada. Valka había fallecido cuando él tenía cinco años y no recordaba gran cosa de ella, el amor que le tuvo, sin embargo, permaneció solido como roca. Tragó saliva cuando dio un paso adelante, el barro de las paredes se sintió afixiante.

Debía hacerlo, por Ellen.

Convencido rebuscó -suave y cariñosamente- entre las cajas de madera debajo de la cama. Habían túnicas verdes y moradas de distintos tonos que sin duda eran femeninas, también una peluca rubia que él no supo porque su madre guardaba -pero que agradeció internamente encontrar- y una diadema.

Colocó la ropa -y peluca- sobre su cuerpo con afán, casi como si estas le quemaran. Se afeitó con una pequeña navaja los vellos muy finos en su barbilla, algo de su cabello, piernas y brazos.

Vio su reflejo en el pequeño lago que estaba detrás de la casa y se sintió decepcionado de su apariencia muy poco femenina. —Sí, sí, él esta perfectamente consciente de lo extraño que eso se escuchó, incluso en su mente.

Sus manos pasaron cuidadosamente entre el falso cabello rubio, tratando de acomodarlo. ¿Necesita mencionar que no funcionó?

¡Seguía viéndose demasiado masculino!

Y no es que Hiccup Haddock, con diecisiete años de edad, fuese el chico más robusto del pueblo. Era bastante delgado en comparación con el resto, de hecho.

Decidió usar la fulana diadema, dejando la peluca más parecida a un cabello real, rizado y medianamente corto, pero cabello de mujer a fin de cuentas. Luego arregló un par de vendas con algunos trapos en su pecho, tratando de darle forma de ¡bueno, pechos! Y agregó un cordón que lograra hacerle ver cintura.

Ahora asemejaba mucho más a una chica.

Las botas largas de piel cubrirían lo suficiente sus pies. Hizo un repaso mental, ¿se le había olvidado algo? Pasó sus manos sobre los falsos pechos -estando conforme con el resultado- y apretó un poco más el cordón. Sus dedos viajaron lentamente por la túnica larga hasta los tobillos, deteniéndose al fijar un detalle.

¡Sus manos!, ¿cómo no había pensado en aquella insignificante cosa? Eran grandes, demasiado para simular ser de mujer.

Observó tentantivamente las vendas, de esas mismas que había utilizado para su pecho. La idea se formó a prisa en su mente y, finalmente, envolvió dedo por dedo con ellas, ocultando las venas marcadas debajo de sus nudillos.

Como acto final cubrió su cuello con un collar ancho de tela, típico de Berk.

Volvió su cuerpo hacia su hogar una vez más. Quiso acercarse, darle un abrazo a su padre y un beso a su pequeña hermana, pero lo descartó de inmediato. Eso sería imprudente y estúpido.

Incluso más que estúpido para alguien como él.

Con un último suspiro comenzó su marcha. Pasos rápidos y silenciosos. De un segundo a otro estuvo casi en la frontera del pueblo, mirando a la lejanía.

Se quedó de pie allí dos o tres segundos, respirando lento. Quizá estuvo prolongando el proceso, pero cuando decidió continuar y marcharse de una buena vez un peso en su hombro lo detuvo.

Hiccup dio un saltito en su lugar y soltó un jadeo mientras volvía su cuerpo para ver a...

–¿Gobber?

El rubio lo miró ceñudo, su bigote retorcido por la mueca que cargaba en la boca. Su inspección nada disimulada corrió desde el rostro hasta los pies del muchacho.

–G-gobber– titubeó él, ahora nervioso por el silencio tan largo del herrero –Puedo explicarte, no es lo que piens...

–Déjame adivinar– le interrumpió –¿Te harás pasar por tu hermana para evitar que ella sea reclutada?

Una expresión sarcástica se adueñó del rostro joven –Entonces supongo que sí es lo que piensas.

–¡Ay, niño!– suspiró Gobber, luego hizo un ademán con las manos –Espérame aquí.

–¿Qué?, ¿qué es lo que vas...?

–¡Espérame aquí!– le volvió a interrumpir, siendo inusualmente discreto al retirarse en silencio.

El castaño miró hacia el horizonte en cuanto Gobber se perdió de vista, planteándose seriamente irse, pero sólo bastó con que su consciencia le recordara todo lo que ese zoquete había hecho por él en su corta vida para que se quedara.

Y Gobber, en realidad, no había tardado tanto en regresar como Hiccup dramáticamente pensó. Cargaba las riendas de su caballo color café en una mano y un mapa en la otra.

El muchacho comenzó a negar con la cabeza incluso antes de que el rubio le tendiera los amarres del animal.

–No voy a llevarme tu caballo– alegó reacio, en cuanto ambos estuvieron lo suficientemente cerca –Podrías necesitarlo.

–¿Qué harás, entonces?– Gobber se cruzó de brazos –¿Ir caminando?– antes de que Hiccup abriera la boca, el rubio colocó las riendas del caballo en su mano izquierda, obligándolo a cerrarla –Es un camino muy largo para eso, muchacho.

El castaño miró las cuerdas y a su mentor reiteradamente.

–¿No voy a convencerte, verdad?

–No.

Hiccup dio un pesado respiro –Bien, tú ganas.

Después de todo sí era un camino largo. Se subió al animal, ajustándose a la incómoda silla mientras tomaba el mapa.

–Cuida a Grumpy por mi– le encargó el rubio, sonando casi como una reprimenda. Una sonrisa se instaló en sus labios luego y, en un tono moderadamente más sutil, agregó: –Y cuídate tú, niño.

–Gracias, Gobber– dijo el castaño, devolviéndole la sonrisa.

Y marchó con el alba.

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"¡Vamos!" se dijo, respirando hondo "No es tan difícil"

Miró la montaña de un verde ridículamente verde y el camino de arenilla frente a sí. En lo alto se asomaba una majestuosa construcción de piedra que asemejaba a un castillo.

Sí, claro. No era para nada difícil entrar a un clan de mujeres con entrenamiento fortuito para la guerra y pasar desapercibido con un disfraz de cajón.

Soltó otra honda respiración.

Bien, Hiccup debía aprender a bajar su nivel de ironía, incluso mental.

"Lo haces por Ellen" se recordó cuando comenzó a seguir ese camino de arena, halando consigo al caballo.

–Ella esta a salvo ahora– dijo en voz alta –¿No es así, Grumpy?

El animal sólo relinchó.

Fueron exactamente quinse minutos lo que se tardó en subir y llegar allí. Todo estaba rodeado de una espesa neblina y el frío se sentía aún más intenso, ¡cómo si no hubiese estado congelándose todo ese tiempo!

Cuando estuvo de frente con la fortaleza se impresionó. Eran codos y codos de muro fabricado en piedra, una gran puerta de madera con un aro de hierro al centro y el dibujo de una media Luna en todo su esplendor.

Tocó un par de veces.

Uno, dos, cinco segundos.

Volvió a tocar, comenzando a fatigarse.

Cuando las puertas comenzaron a abrirse, se congeló. No lo había pensado, pero ¿qué haría ahora?

Asomó una mujer de rostro inexpresivo y piel tostada que arqueó una ceja inquisitiva en cuanto lo vio. Para ese punto Hiccup estaba seguro de que su piel estarían tan pálida como la nieve.

Ella abrió la boca y el castaño pudo observar el minuto exacto en el que todo se relantizó a su alrededor, dentro de sí tuvo un ataque de pánico poco característico de él.

¿Y si la mujer lo notaba? ¿Qué pasaría entonces? ¡¿Irían por su familia o algo así?!

Estaba cerca de hiperventilar cuando la Amazona pronunció: –¿Vas a quedarte ahí todo el día?

–¿Qué?– de inmediato llevó una mano a su boca, torpe e indiscreto. Pudo haberse golpeado con una roca por la tontería.

–He dicho: Adelante– dijo la mujer, ignorando el tono grave de su voz masculina y todas sus piruetas ridículas. Ella había visto y escuchado cosas peores a lo largo de su vida.

Para Hiccup el tiempo volvió a correr a su ritmo mientras entraba.

En el interior del lugar todo se veía incluso más impresionante, pero él no tuvo el tiempo suficiente para detallar antes de que una mujer, tan hermosa y esbelta como todas las demás, se le acercara y sin decir nada lo arrastrara hasta una habitación.

–Bienvenida a Las Amazonas– fue todo lo que dijo, tosca y bruscamente, mientras le arrojaba ropa.

Hiccup frunció el ceño cuando la puerta se cerró, quedando a oscuras.

–¡Gracias, qué amable!– respondió a la nada.

Sin ánimo alguno se deshizo de las túnicas y se colocó el... ¿traje negro? De cualquier modo trató, de nuevo, de verse como una mujer antes de salir y utilizó la capucha en todo su esplendor.

Notó en cuanto estuvo afuera que todas se vestían exactamente iguales, pero otra vez -como si ya se hubiese hecho una costumbre- alguien a quien no alcanzó a ver lo arrastró hasta una columna de chicas ubicada cerca de una estructura elaborada para el combate.

Había un tronco muy alto con una canasta de manzanas entre las ramas. Una arena y ganado.

Sí, una estructura de entrenamiento.

–¡Sean bienvenidas a Anatolia!– gritó una voz firme, pero femenina.

Hiccup no había notado hasta el momento a la chica de pie frente a todas. Ella parecía mirarlas, pero no fue sino hasta que caminó al otro lado de la larga columna -donde se hallaba él torpemente parado- que la vio realmente.

Cargaba el mismo vestuario extraño que el castaño jamás había visto en nadie antes y que, aún así, todas parecían portar por allí: Negro, ceñido, con metal en los brazos y hombros, una navaja en algún bolsillo poco visible en su muslo, bolso repleto de flechas en la espalda, hacha en mano y una capucha. Su cabello rubio caía como una cascada.

–¡Ahora son Amazonas!– conrinuó ella, a su derecha Hiccup pudo escuchar a una chica trillar los dientes –Y deben comportarse como tal.

Alguien en la columna carraspeó –¿Y cómo se supone que haremos eso?

Por el tono irónico de aburrimiento el castaño pudo adivinar que se trataba de la gemela, seleccionada allá en Berk.

¿Cómo es que ella había llegado tan rápido allí?

La rubia no dejó la inexpresividad en su rostro, ni la postura imponente. Tampoco aquel semblante de guerrera se conmovió.

–Mi nombre es Astrid Hofferson, soy su general y entrenadora de guerra a partir de ahora– caminó hacia el tronco e Hiccup pudo detallar que la ropa tenía metal también en la espalda o en la parte que podía verse de su espalda, al menos.

Ella afianzó el agarre en el hacha y, de un segundo a otro, la arrojó fuerte hasta el canasto de manzanas. Toda la fruta quedó tendida en el suelo y el arma enterrada en la madera.

El castaño tragó bruscamente saliva.

–Yo me encargaré de enseñarles como es que vive una Amazona.

Hiccup pudo sentir el peso de aquellas palabras y de quien las dijo como una roca.

"Oh, maravilloso"

Estaba jodido, oficialmente jodido.

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Bonus extra.

–Gobber, pero ¿qué estás diciendo?– gritó Stoick, furioso y desconcertado por igual –¿Cómo que se ha ido?

El rubio asintió –A horas muy tempranas, sí.

–¿Lo ha hecho por mi, verdad?– preguntó la pequeña Ellen con lágrimas en los ojos.

Ambos hombres la miraron por primera vez en toda la mañana, crearían que estaba dormida.

El pelirrojo se inclinó, colocando una pesada mano en su hombro.

–Es que él te quiere mucho, hija– le dijo, tratando de tranquilizarse a sí mismo para darle fuerzas a ella.

–Pero no es justo– Ellen hizo un adorable puchero –¡Yo debo ir, así volverá a casa!

Stoick esplayó los ojos –Oh, no. No puedes hacer eso.

–¿Por qué no?

–Bueno, hija– lo pensó, pero ¿cómo decirle aquello? –Podrían descubrirlo si haces eso.

–¿Y lo matarían?– preguntó, asustada. Sus ojos ya cristalizados.

–Eso no va a pasar– aunque el hombre, sinceramente, no estaba tan seguro –Tu y yo tenemos la misión de desearle suerte desde aquí, ¿de acuerdo?, así estará feliz.

La azabache asintió –De acuerdo.

Gobber se mantuvo al margen, sólo observando la preocupación reflejada en el rostro del padre mientras le indicaba a la niña que volviera a dormir.

Hubo un silencio en la sala por un breve momento.

–¿Por qué no intentaste detenerlo?

–¿Me habría escuchado?– preguntó Gobber en respuesta –Es un muchacho terco y cuando algo le entra en la cabeza no hay nada que pueda quitárselo.

Stoick golpeó fuertemente la mesa de madera –¡Pero debiste decirme! Debiste... ¡detenerlo!– el rubio no se inmutó o intimidó por la postura de su amigo, sabía exactamente el qué lo tenía así.

–Escucha: Hiccup estará bien, es inteligente, ¡algo se le ocurrirá!

Gobber se dejó caer en la silla y Stoick lo imitó un segundo después.

–Eso no lo sabes.

–¿Qué es inteligente?, pero si ha sido mi pupilo por...

–Que estará bien– interrumpió el pelirrojo, de pronto su estruendosa voz se había convertido en un susurro –¿Qué tal si no?

El rubio afirmó con la cabeza, tomando una hogaza de pan del centro de la mesa.

–¿Recuerdas cuando él nació y Valka creyó que no sobreviviría?– indagó con la boca llena de comida. Stoick asintió, su semblante viéndose ahora más acongojado –Tú no dudaste ni por un segundo.

–¿Y eso qué ahora?

–Tal vez Hiccup necesite de algo así ahora, Stoick– le hizo saber –Tal vez sólo requiera un poco de confianza.

El hombre lo pensó un largo rato mientras Gobber devoraba ese trozo de pan. Su hijo era delgado, apenas podía cargar un balde de agua, además de torpe y en algunas situaciones también descoordinado, pero quizá su amigo tenía razón.

Quizá él necesite algo de confianza.

Quizá los dos lo necesiten.

El rubio vio el momento exacto en el que los hombros de Stoick liberaron carga. Aún se veía preocupado, sí, pero con un poco más de sosiego.

–Muy bien– se colocó el pie perezosamente –Ya que mi trabajo aquí esta hecho– insinuó, caminando hasta la puerta.

Antes de salir el pelirrojo lo detuvo.

–Espera, Gobber– ambos se miraron a los ojos entonces, uno seriamente y el otro confundido –¿Hiccup llevaba una falda?

El rubio compuso una sonrisa maliciosa –Una túnica y peluca, en realidad– y, antes de cerrar la puerta a sus espaldas, agregó –Pero no te preocupes, Stoick; creo que se veía bastante linda.

Y abandonó la casa sin escuchar o decir más. Ya sabía él que Stoick se arrancaría la barba ahora, pero no estaría pensando demasiado en las pruebas que tendría que pasar el muchacho, al menos.

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Nota: Se veía linda la Hiccap LOL ok,no XD

Bueno, sobre el capítulo les diré que no sé que decirles. Al principio iba a ser muchísimo más largo, pero lo reduje porque me di cuenta de que me tiraría toda la trama en uno solo si continuaba xD SÉ que tuvo MUCHA redacción y muy POCA interacción, pero era necesario. Ya el siguiente será más movido y menos, ¿aburrido? (¿les pareció aburrido?)

Y sí, lo han leído bien. En esta adaptación Hiccup es Mulan y Astrid es Chang XD ¡No podía ser de otra manera! Ahora falta el entrenamiento que va a recibir el princeso xD

Quiero, como siempre, hacer algunas aclaraciones con respecto a tiempo, temas y demás cosas que pudieron causar confusión:

*#01: ¿Qué rayos son Las Amazonas? ¿Es un pedazo de tierra? ¿Será acaso que la Mujer Maravilla hará aparición? Jeje ni lo uno ni lo otro. Las Amazonas son un grupo de mujeres guerreras que guardaban entrenamiento militar. Hasta hace algunos años estas inusuales mujeres eran un mito, en el se relacionaban dioses y demás con su existencia (Sí, como relatan en La Mujer Maravilla), pero según algunos hallazgos científicos pudo comprobarse que fueron reales. La teoría es que vivían en Anatolia (actual Turquía), durante el siglo V a.C y eran mujeres que hicieron su propia civilización avanzada libre de hombres, cansadas de las ataduras y el machismo, peleaban con espadas, hachas y arcos.

Demás esta decir que ellas NO reclutaban mujeres de otros pueblos, eso lo coloqué yo inventado para darle coherencia a mi trama. Realmente se dice que ellas mantenían relaciones sexuales con los hombres por el mero hábito de procreación, si el bebé resultaba ser niña la conservaban, si era varón lo desechaban o lo dejaban con el padre —Sí, sí, lo sé, es bastante cruel.

*02: Sobre los nombres. No hurgaré mucho el tema porque es largo y no quiero aburrirlos más (en caso de que realmente estén leyendo esto xD) pero les explicaré.

En los antiguos tiempos los apellidos no existían, sólo llamaban a las personas por sus nombres.

Con el pasar de los años esto se volvió confuso, si alguien llamaba a Juan y habían dos Juan's en el pueblo, ¿a cuál estaban llamando? Así que surgió el identificarlos con alguna cosa cercana a ellos, como una estructura, de ese modo el Juan que vivía cerca de una iglesia era "Juan de los templos o sinagogas" (como se llamaban antes las iglesias), de ahí el origen del apellido Iglesias.

También utilizaron nombres del padre, si el hijo se llamaba Rodrigo y el padre tambien, literalmente al hijo sólo se le llamaban Rodrigo Hijo, esto se traducido posteriormente como "ez" y con el pasar del tiempo quedó como el apellido Rodriguez. Aplica para todo apellido con "ez". Así que ya saben el origen de los Martinez, Ramirez, Gutierrez, etc., etc., etc. Como esos dos ejemplos que di hay muchas cosas más que derivaron en apellidos modernos. Les invito a leer más de esto y no quedarse con la duda ;)

Aunque me parece que esto de los apellidos comenzó mucho después al siglo V igual quise agregarlo aquí porque creo que esta es la época más temprana que trataré :3

El "Abad" que utilicé sólo es el origen de Abadejo y sólo permití que el apellido de Astrid se conservara porque ella viven en una civilización más avanzada, según la historia.

*03: ¡Rayos! Escribí tanto del dato anterior que se me olvidó que iba a colocar en este ._.'

¡Ah, sí! La hermana de Hiccup. Sobre ella no diré nada, todo saldrá a la luz en el siguiente episodio, a la misma hora y por el mismo canal :D

*#04: ¡Astrid! Con Astrid digo lo mismo que en el tres :D

Y ya dejándome de payasadas y también de datos aburridos, espero que les haya gustado este cap. Trataré de que el siguiente salga más largo. Si tienen una duda me avisan y con gusto respondo :3 y cuídense mucho.

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En respuesta a los comentarios:

LadyAira14: ¿Aún estás emocionada? XD sí, el capítulo anterior fue muy angustioso xD pobre Hiccup, ¡y las que pasará aquí! JAJAJA en fin, amiga, espero que te haya gustado este capi que, aunque haya sido algo flojo, es sólo una parte de lo que se viene 7w7. ¡Saludos desde esta otra marca, pero no registrada! XD

Jeinesz06: ¡Gracias a ti por comentar! No te arrepentirás con la serie, te lo aseguro :3

Ok, lo otro me dejó impactada, sorprendida y emocionada. Primero: gracias por esas palabras tan bonitas, hacía mucho que no me decían algo tan lindo n.n Segundo: Chica, ¿en serio mi historia te inspiró? No importa lo que sea, ¡necesito ver tu arte! :D

¡Tranquila! Las notas de autor en realidad son aclaratorias, pero si no las lees y aún así no te pierdes en ningún momento del Shot entonces no necesitas leerlas, es que yo soy muy parlanchina, por eso son tan largas XD e insisto: En serio estaría feliz de ver tu arte :3

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