Disclaimer: Los personajes y la trama original son propiedad de JKR.

La historia le pertenece a Lovesbitca8 y yo sólo la traduzco con su permiso.

¡Disfrútenla y #PonUnDracoEnTuvida!


Todos los días, una pequeña muerte

"Every Day, a Little Death"

De Lovesbitca8

Beteado por mi increíble Emily Charls y la ayuda del inefable Miguel

Dedicado a Nora Cg por su cumpleaños ¡Felicidades!


Nota de la Autora: ¡Sólo queda un capítulo más después de este!


Cuando se deslizó en su compartimiento del tren, Blaise lo estaba esperando con una gran sonrisa. Draco frunció el ceño.

—Bueno, hola —Hizo un gesto hacia el banco frente a él para que Draco se sentara. De mala gana, lo hizo—. ¿Te encontró en algún momento anoche?

Draco lo miró y se alisó la túnica.

—Sí. Aclaramos que ninguno de los dos quería tener un trío contigo.

Blaise sonrió de lado.

—Intentaré no ofenderme demasiado por eso…

—¿Cuál es tu puto problema, Blaise? —espetó Draco.

Blaise arqueó una ceja con lentitud.

—Mi problema —dijo—, es que he tenido que pasar los últimos años viéndote negar tu enamoramiento por Hermione Granger…

—¡Yo no estoy enamorado de Hermione Granger!

—…Y supongo que la fase de negación no ha terminado.

—Quiero decir... —farfulló Draco—. Lo hago ahora. Pero no antes. No... ¿Años, dices? No.

Blaise le envió una mirada muerta. Muy aburrido con la conversación.

—Definitivamente no —terminó Draco.

Blaise puso los ojos en blanco y dijo:

—Solo estoy comentando lo que he observado. Y si no ibas a terminar con la idiotez, era hora de que interviniera.

—Bueno, gracias por tratar de cogértela frente a mí. Eso realmente ayudó —siseó Draco.

—Estoy seguro de que lo hizo —Blaise sonrió de lado.

Draco hizo un puchero todo el camino a casa.


Aguantó por dos días antes de finalmente romperse y escribirle.

Espero que tus vacaciones vayan bien. Te extrañé en la plataforma…

Arrugó el pergamino y lo arrojó sobre su hombro.

Anoche soñé contigo. Me estabas chupando en la cocina de la Mansión Malfoy. Los elfos domésticos estaban haciendo mi plato favorito y ...

Tiró eso, sacudiendo la cabeza ante lo extraño que realmente había sido ese sueño. Lo mejor era no compartirlo.

Después de unos cuantos intentos más llegó a:

Siento mucho haberte extrañado el sábado por la mañana, pero sé que estoy pensando en ti.

Todos los días.

Incluyó el comienzo de otro soneto de Shakespeare. *

¿He de compararte a un día de verano?

Tú eres más hermosa y más templada


Narcissa quería hablar sobre lo que planeaba hacer después de salir de la escuela. Draco tenía muy poco interés en nada más que regresar a Hogwarts.

—Estoy segura de que para el Profesor Slughorn sería un honor escribirte una recomendación para el programa de elaboración de pociones en los Estados unidos si quieres salir de Gran Bretaña por un rato —Narcissa tomó un sorbo de vino y observó a su hijo con atención por encima de la copa—. También puedes entrar en la planta baja del Ministerio.

—Sí, lo pensaré —Hojeó la publicación por tercera vez.


La mañana de la víspera de Navidad. Y Draco tuvo que contenerse para no volver a escribirle. ¿Quizás la lechuza se había perdido? ¿Quizás estaba enferma y no recibía ninguna carta?

Tal vez no le gustaba lo íntima que había sido su última vez. Había sido... perfecta a sus ojos. Pero para ella, quizá prefería los experimentos con sus diferentes posiciones, y la charla sucia, y sus juegos de rol.

—Draco —dijo su madre, perturbando sus pensamientos—. Tienes una carta.

Dio un brinco y le arrebató la carta a su madre, reconociendo su letra clara, y salió corriendo de la habitación en busca de privacidad.

Arrancó el sello del sobre y sacó la página con dedos temblorosos.

Draco

Lamento haberme perdido el desayuno del sábado. Espero que estés teniendo unas encantadoras vacaciones en casa.

Feliz Navidad.

No lo había firmado. Lo cual era inteligente.

Pero no se había explicado.

Y no había dicho si también estaba pensando en él.


En el tren de regreso, se sentó desparramado mientras Blaise y Mullally jugaban al Snap Explosivo.

—Oye, Draco. ¿Qué le diste a Granger por Navidad? —preguntó Márquez después de que el humo se disolvió de su última jugada.

Draco miró por la ventana.

—Nada. No nos dimos regalos —dijo con rotundidad—. No somos exclusivos.

—¡Oh, maldita sea! —gimió Blaise.


Un par de horas después, el tren se detuvo. Blaise y Moffat se levantaron de un salto, tomando sus baúles y empujando la puerta. Draco se puso de pie y los siguió. Fue el último en salir del tren, y cuando bajó al andén, ahí estaba ella.

Se puso de pie, brincando de un pie al otro, retorciendo la manga de su suéter. Esperándolo.

—Hola —dijo tontamente.

—Hola —le sonrió ella rápidamente. Mirando por encima de su hombro al tren.

Bajó su baúl del tren y se echó el pelo hacia atrás, acercándose a ella. Observó cómo sus dedos tiraban de los hilos de su manga, y aunque ella no le había escrito de vuelta, ni le había dicho adiós, todavía quería besarla.

Dio un paso hacia ella para hacerlo cuando dijo:

—¿Cómo te fue en vacaciones?

La miró como si hablara en chino.

—Eh, genial. Gracias. ¿Y las tuyas? ¿Weasley y Potter pasaron la Navidad contigo?

Ella tragó saliva.

—Sí. Sí, fue bueno verlos.

Asintió y observó al viento crear torbellinos en su cabello.

—Tengo buenas noticias —Ella tragó saliva—. Sucedió.

Él la miró fijamente, buscando su rostro.

—¿Qué? ¿Qué sucedió?

—Es... mi... —tartamudeó. Respiró hondo y se puso de pie, con los dedos dejando su manga—. Un orgasmo. Tuve uno —dijo, y su corazón se detuvo—. Entonces, tú…

—¿¡Con quién!? —la interrumpió y se acercó un poco más.

Ella brincó y él la observó con el ceño fruncido, sintiendo como si sus costillas se estuvieran rompiendo una por una.

—Con... con... —farfulló—, conmigo. Por mí misma —Se sonrojó y miró hacia otro lado—. Yo, hum... estaba sola y solo... ocurrió —Lo miró.

Había tenido un orgasmo. Ella hizo lo imposible. Sin él.

Draco sonrió débilmente.

—Felicidades, Granger —Observó cómo sus ojos parpadeaban rápidamente, cayendo sobre sus labios, y sintió algo retorciéndose en sus entrañas, algo como una oscura preocupación—. ¿Cómo estuvo?

—Genial —dijo rápidamente—. Realmente, realmente fantástico —Tiró de su labio entre los dientes y se abrazó a sí misma en el frío invernal.

—¿Has superado la pared?

Ella lo miró y dijo:

—No hay pared, en realidad. Ni siquiera fue un problema.

—Eso es maravilloso, Granger.

Se acercó a ella y presionó un beso en su helada mejilla. Se quitó el abrigo y lo giró para cubrir sus hombros. Ella lo miró, con los ojos cada vez más brillantes, y él unió las solapas, rozando con los pulgares su mandíbula.

Ella respiró hondo.

—Bien —dijo ella—. Entonces, tú... Eh, no tenemos que... experimentar más.

El viento azotaba su piel, enviando escalofríos por sus venas.

—Misión cumplida —dijo, agregando una risa temblorosa.

Observó su aliento brotar en el aire entre ellos, la oscura ansiedad se extendió por su pecho como alquitrán.

—Correcto.

Quizá ella quiso decir que los experimentos habían terminado. Seguramente los dos tenían más que experimentos que los unían ahora.

—Puedes sentirte libre de volver a… lo que sea en lo que te estuvieras enfocando antes de decidir ayudar a una damisela en apuros —Ella sonrió, y entonces se deslizó lejos.

—Correcto.

Ella se giró para mirar por encima de su hombro y dijo:

—Será mejor que tomemos el último carruaje antes de que nos deje atrás —Asintió con la cabeza hacia los carruajes tirados por los Thestral y dio un paso atrás, liderando el camino.

Caminó penosamente detrás de ella, mirando sus botas hundirse en la nieve. Ella subió al carruaje y la miró fijamente, ahogándose en su abrigo.

Estar tan cerca de ella y no poder tocarla.

—Yo... en realidad voy a caminar —dijo—. Llevo tanto tiempo sentado en el tren…

Mirándolo con el ceño fruncido, ella preguntó:

—¿Estás seguro?

—Sí. Sí, estoy seguro.

No estaba seguro de poder sentarse a su lado como si fueran... ¿amigos? ¿Exes?

—Ven, toma tu abrigo, Draco —Se lo quitó y él la detuvo.

—No, no. Hace frío. Guárdalo y lo recogeré… mañana o algo así.

Su ojo tembló, como si mañana estuviera fuera de discusión.

—No. Toma —Le arrojó el abrigo, la única razón por la que tendría que volver a verla después de esto, y el Thestral tiró del carruaje hacia adelante, alejándola.

Regresó al castillo, siguiendo las huellas de los cascos, con el abrigo debajo del brazo, escuchando un eco en su cabeza.

Sólo quiero estar contigo.


Le tomó casi una semana reunir el valor para acercarse a ella de nuevo. La vio en los pasillos, en las comidas y en las clases, pero ella mantuvo la cabeza baja, mirando su libro o sus notas, y lo evitó como al pus de Bubotubérculo.

El viernes por la noche, se dirigió a la biblioteca, sabiendo que probablemente no habría nadie. Hubo algunas fiestas de "Bienvenida" a las que fue invitado esa noche, pero las declinó, sintiendo que ella también lo habría hecho.

Unos cuantos Ravenclaws a la izquierda. Un par de introvertidos en la esquina. Y una sexy gatita de cabello rizado metida en la parte de atrás. Un simple suéter y vaqueros.

Sus palmas comenzaron a sudar. Ella tenía la pluma entre los dientes, hojeando las páginas de un pesado volumen de 1000 palabras, de pie cerca del estante, disgustada con la selección de la biblioteca de Hogwarts.

—Hola —dijo. Mierda. Tan idiota.

Se giró para mirarlo con los ojos muy abiertos. Cerró el libro y se quitó la pluma de los dientes, la tinta manchando la comisura de su boca.

—Hola.

Sus ojos se posaron en la mancha de sus labios e hizo un gesto, tartamudeando.

—Tienes... La pluma te manchó.

—Oh —Se sonrojó y frotó el lado equivocado de su boca.

—Aquí —Sacó su pañuelo y se acercó, probando los límites tácitos que ella había establecido cuando regresó al colegio. Sus ojos lo observaron atentamente mientras él arrastraba la tela sobre su boca, los dedos descansaron ligeramente sobre su mandíbula.

Cuando terminó, ella miró el pañuelo para ver sus iniciales con monograma en la esquina.

—Por supuesto que tienes un pañuelo con monograma —Puso los ojos en blanco.

—¿No tienes uno? —bromeó.

—¿Qué si yo tengo un pañuelo de lino con tus iniciales tejidas a los lados? No —Sonrió.

—Ahora lo tienes —Metió el pañuelo en el bolsillo de sus vaqueros y le sonrió.

Algo profundo oscureció sus ojos, y dejó que su mirada vagara por su rostro, descansando en sus labios. Ella saltó.

—No puedo —dijo ella, respirando temblorosa—. No puedo soportar esto —Trató de devolvérselo.

—Tengo cientos más, Granger.

—¿Cientos? —Ella arqueó una ceja, escéptica.

—Tienes razón. Probablemente miles —dijo sonriendo. Ella se burló.

Puso su cabello detrás de su oreja y cambió el peso de su pie al otro.

—¿Necesitas algo?

Tragó saliva y comenzó:

—Eh... Bueno, ya sabes... —La miró, adoptando un tono juguetón—. Tú y yo pasamos varias semanas trabajando juntos, como socios científicos —Hizo un gesto entre ellos—. Y me preguntaba si querías discutir más a fondo tus descubrimientos. Para fines académicos, por supuesto.

Un recuerdo pasó por entre sus ojos, y él la vio tragar.

—Para fines académicos —repitió.

—Correcto —Se pasó la mano por el cabello—. Tenía tanta curiosidad sobre tu... sobre lo que estaba pasando contigo, y ahora lo has descubierto, y eso es genial, pero tal vez... si quisieras... podríamos discutir... el exitoso experimento.

Ella parpadeó, y se mordió el labio.

—¿Qué quieres saber?

Hizo un gesto hacia la mesa cerca de ellos, sacando una silla para ella. Se movió lentamente, aterrizando en el borde del asiento, sentándose recta como una vara. Se sentó junto a ella, acercando su silla para que sus rodillas se tocaran. Sacó el pergamino que habían hecho hacía más de un mes con su lista de posiciones y su idea de un hombre de fantasía. Él agarró la pluma que le había manchado la boca y se sentó, cuidadosamente preparado.

—¿Dijiste que estabas sola? ¿Estabas en la cama? ¿En la ducha?

Ella miró el pergamino.

—¿Vas a escribir esto?

Miró su pergamino.

—Bueno, sí.

Lo miró fijamente y luego cruzó los brazos frente a su pecho.

—Eh, sí. Estaba sola. Estaba en la cama.

—¿Tu cama?

—¿Qué?

—¿Estabas en tu cama? ¿O en otra cama?

—¿Qué significa eso? —Lo fulminó con la mirada.

—Me refería a la Sala de los Menesteres —contestó él, mirando su rostro incendiado de rosa. Le resultaba extraño lo irritada que la tenía.

—No —contestó ella, recostándose un poco en la silla—. Mi cama. En mi dormitorio.

—¿Y te has masturbado allí antes?

—Por supuesto.

—¿Y qué fue diferente esta vez?

Una pausa. Levantó la vista del pergamino y la encontró mirándolo. Ella apartó la mirada.

—Yo... supongo —dijo. Miró las alfombras de la biblioteca y tragó—. Nada fue diferente. No vino en una presión diferente o un golpe distinto. Nada de juguetes nuevos. La misma posición… —Lo miró fijamente—. Nada diferente.

Hizo una pequeña nota de la muy inútil información que le había dado.

Punteó su "i" y la miró.

—¿En qué estabas pensando? ¿Alguna fantasía nueva? ¿Alguna persona nueva? —Tragó antes de ahogarse con esas palabras.

Sus ojos recorrieron su rostro y luego su cabeza se apartó.

—Nada. Nada distinto.

Él se acercó, su rodilla golpeó la suya y ella brincó, alejando su pierna. Frunció el ceño y dijo:

—Siento que no me estás diciendo algo.

Ella lo miró y la culpa se dibujó en su rostro, como si la tinta se hubiera extendido.

—No te estoy mintiendo.

Él parpadeó, abriendo la mandíbula.

—Yo... no dije que lo estuvieras. Dije que estás ocultando algo —Ella se mordió el labio, y él dijo—. Si te da vergüenza, no lo hagas. Incluso si tienes una nueva fantasía extraña que te excita, todavía te excita…

—No tengo una nueva fantasía extraña, muchas gracias…

—No estoy diciendo que la tengas…

—Entonces, ¿qué estás diciendo…?

—¡Que sabes exactamente cómo tuviste un orgasmo y no me lo dirás!

Las palabras resonaron en los estantes, y su mirada se oscureció hacia él.

—¿Quién dice que tienes derecho de saberlo? Es mi cuerpo, Draco.

Su boca se abrió y cerró, y luchó contra el impulso de dejar que los pensamientos irracionales salieran de él, como, Bueno, pasé probablemente un acumulativo de doce horas sobre ti el pasado mes, entonces yo diría que merezco algo. O… Pensé que éramos compañeros en esto. O… Nunca me dejarás experimentarlo, así que lo mínimo que puedes hacer es hablarme al respecto.

Bajó la mirada hacia su regazo, con los ojos fijos en su rodilla, tan cerca suyo.

Volvió a hablar, más tranquila.

—¿Por qué quieres saber esto?, ¿por qué estás escribiendo todo esto y haciéndome preguntas? —Su voz se quebró, y él levantó la vista para ver sus ojos húmedos.

—Porque se supone que debía estar ahí —murmuró.

Ella asintió, mirando hacia el escritorio. Respiró hondo.

—Estaba pensando... estaba pensando en lo maravilloso que se sentía. Lo bueno que era.

Bajó la pluma y preguntó:

—¿Y la pared no estaba allí, dijiste?

—Ni siquiera se me ocurrió.

—Bien —dijo, y sonrió—. ¿Y cómo se sintió?, ¿la ola sin una pared allí?

—Brillante —Sonrió—. Como estrellarse... o tal vez como electricidad. O fuego. Fue pequeño. Pero definitivamente lo era.

Él observó sus labios, amando su sonrisa en la esquina de su boca.

—¿Y la siguiente vez?, ¿fue pequeño también?

Ella lo miró a los ojos.

—¿La siguiente vez?

—Sí, ¿la próxima vez que te viniste? —preguntó, volviéndose hacia ella por completo, mostrándole que se había olvidado del pergamino.

Parpadeó hacia él, y miró hacia abajo.

—Yo… No, no fue nada de eso.

Él frunció el ceño.

—Cómo estuvo…

—No me he podido venir de nuevo.

Sus ojos se abrieron de par en par.

—¿Qué?, ¿por qué no?

Ella se sonrojó y miró por encima de su hombro.

—No lo sé.

—Necesitas... —Se detuvo y se rascó la mandíbula—. Deberías intentarlo de nuevo. Quizás recrearlo o…

—Lo he estado intentando —suspiró—. He estado intentando cosas estúpidas.

Sus labios formaron palabras silenciosas durante unos segundos antes de que finalmente encontrara lo que quería decir.

—Si alguna vez necesitas un compañero nuevamente, Granger, estoy disponible —Miró hacia abajo cuando sintió sus ojos sobre él—. Disfruto tener sexo contigo, incluso cuando no estamos tratando activamente de hacerte llegar al orgasmo. Aunque me gusta mucho intentar hacerte llegar al orgasmo —Empujó la cutícula en su pulgar—. Entonces, si quieres que nos reunamos de nuevo, todo lo que necesitas es preguntar.

Apretó los labios y escuchó el silencio. Eso es todo lo que realmente vino a decir aquí. Intentar que ella le contara un poco sobre su clímax y entonces ofrecérsele cada vez que se sintiera cachonda.

Acababa de decidir enrollar su pergamino y alejarse cuando su mano presionó su rodilla. Él miró hacia arriba para ver lo que ella quería decirle, encontrando su rostro a un suspiro del suyo. Ella miró hacia sus labios, inclinándose hacia él, y lo besó.

Su olor tan cerca de nuevo. La presión de sus labios. La dejó mantenerlo lento y dulce, y simplemente colocó las yemas de sus dedos a lo largo de su mejilla. Ella se echó hacia atrás por un momento, mirándolo a los ojos, y luego por encima de su hombro rápidamente, antes de mover ambas manos a sus hombros y subirse a su regazo, con las piernas a cada lado suyo.

Ella presionó contra sus labios nuevamente antes de que él pudiera decir algo, y abrió la boca y lo saboreó. Ella gimió.

No quería presionar su suerte. Ella había dicho que habían terminado. Ella había dicho que había sido liberado, y aquí lo estaba trayendo de vuelta. Le llevó las manos a las caderas, sentándose sobre sus muslos en lugar de restregarse contra su ingle. La mezclilla de sus vaqueros contra sus pantalones escolares raspando suaves sonidos.

Jadeó cuando ella le mordisqueó la lengua, y lo atrajo hacia sí, rodeándole los hombros con los brazos y empujando una mano por su cabello. Su pecho rozó el suyo, y él se estremeció.

—Draco —susurró—. Tócame.

Deslizó sus manos alrededor de sus caderas, con la intención de recorrerlas por su espalda, manteniendo una distancia segura, pero luego ella gimió en su boca. Y él la agarró por la espalda, la mezclilla se tensó. No había espacio para presionar su carne, pero la apretó más fuerte y ella rodó las caderas.

Ella tiró de su corbata hasta que pudo separar los botones de su camisa, bajando la cabeza para besarle el cuello y la manzana de Adán. Su boca era ardiente y perfecta, y él probablemente podría vivir así para siempre. Si esto era todo lo que ella quería darle, él podría vivir aquí.

A mitad de camino por su pecho desabotonado, besó su oreja y le dijo:

—Por favor.

Él la levantó para encontrarse con sus caderas, los dedos clavándose en ella cuando jadeó y se presionó contra él. Le pasó las manos por el torso, presionando entre ellos para ahuecar sus senos, sobre su suéter. Ella sonrió contra su mandíbula y presionó besos calientes hacia su boca. Frotó sus pulgares sobre sus senos, enfocándose donde sintió sus pezones endurecerse y asomarse.

Ella dejó escapar un pequeño sonido y volvió a unir sus labios, presionando su lengua contra la suya y moviendo las caderas.

Su miembro comenzó a responder, a pesar de que le dijo que se calmara. Estamos tomando lo que ella nos da hoy.

Pero lo que ella les estaba dando...

Su lengua era obscena. Sus manos tiraron de su cabeza hacia atrás para poder ahondar en su boca, y arrastró su lengua a través de él como si estuviera sedienta.

Él movió pequeños círculos alrededor de sus pezones y la sintió temblar y gemir contra él. Sus manos se deslizaron hacia abajo y debajo de su jersey, extendiéndose sobre su estómago, bailando sobre su piel, y ella se movió, presionando más arriba sobre sus caderas, hasta que estuvo justo sobre su erección. Él se atragantó, y ella comenzó a empujar rápidamente contra él, presionando la costura de sus vaqueros entre ellos.

—Sí... —siseó contra sus labios. Estaba sin aliento antes de que ella lo besara de nuevo.

Estaba poseída, en celo contra él como si no estuvieran en un rincón abierto de la biblioteca. No quería recordárselo. No quería que volviera en sí. No quería que ella detuviera esta deliciosa presión.

Sus caderas saltaron contra las de ella y se echó a reír, sin aliento. Él deslizó sus manos hacia arriba, encontrando su sostén y sus hermosas tetas. Él sacudió, arrancó y se frotó, y ella respiró en su boca, silbando maldiciones contra él.

Sus manos cayeron, de repente en su cinturón. Se congeló cuando ella tomó su cinturón y lo desabrochó, sin saber qué quería hacer mientras estaba en vaqueros.

Se zambulló en sus pantalones y maniobró hasta que lo tuvo duro en su mano, acariciando arriba y abajo entre ellos.

En medio de la biblioteca.

—Maldición —gimió en su cuello—. Te extrañé.

Ella besó su oreja. Escuchó a tientas y miró hacia donde su mano lo apretaba para encontrar su otra mano abriendo sus vaqueros. Presionó una mano temblorosa entre ellos, de alguna manera encontró espacio para sumergirse en sus vaqueros y tocarse.

—Granger —jadeó—. … yo puedo…

—Simplemente no dejes de tocarme, Draco. Por favor, no pares.

La besó en el cuello y se llenó las manos con sus pechos. Ella dejó caer la cabeza sobre su hombro y logró tirar de su erección con una mano experta mientras se frotaba.

—Soñé contigo —le susurró él—. Soñé con esto.

—No pares.

Retorció sus pezones y ella se sacudió contra él, apretándolo con fuerza en su mano antes de continuar acariciándolo, continuando girando su clítoris.

—Te quería todos los días. Nadie, excepto tú. Maldita sea.

Ella se estremeció. Y se quedó quieta. Él la miró. ¿Iba a…?

Tragó saliva y cerró los ojos, sacudiendo la cabeza en un "no".

Él bajó las copas de su sujetador y gimió cuando sintió la piel de sus senos nuevamente por primera vez en semanas.

—Quiero probarte de nuevo. Quiero tus tetas en mi boca.

Ella lo bombeó más rápido, torciendo su mano al final. Besó su frente, y él pudo sentir sus muslos temblar.

Ahora tenía dos manos sobre él, una bombeando desde la base y la otra bailando suavemente alrededor de su cabeza, frotando el pulgar en los puntos sensibles en los que usaba su lengua.

—Oh Merlín, Granger.

Sus pulgares sacudieron sus pezones, los dedos tirando de ellos, haciéndolos rodar. Podía escuchar su aliento en su oído.

—Podría pasar una eternidad aquí —gimió contra su cuello—. Te quiero para siempre. Solo a ti.

Él se movió para besar sus labios de nuevo, y ella se apartó, girándose para succionar su cuello, presionando chupetones en su piel y usando su lengua perfectamente.

Sus ojos se pusieron en blanco, y sus caderas comenzaron a saltar. Sus dos manos acariciándolo, tirando de él, sus tetas en sus manos.

¿Dos manos?

Se apartó y miró hacia abajo. Ella ya no se tocaba.

—¿Qué pasó? —jadeó—. ¿Tu pared?

Ella hizo una pausa, luego asintió en su hombro.

Él jadeó cuando retorció su mano para que pudiera rodar sus bolas entre sus dedos.

—Granger, detente. Podemos…

—Está bien. Solo terminemos —se atragantó. Presionó sus labios contra los suyos antes de que pudiera discutirle, y sus mejillas estaban húmedas.

—No… —Apartó su rostro de ella, observando los dos caminos de lágrimas que corrían por su rostro. Bajó las manos hacia sus caderas—. ¿Qué pasa? No continúes si…

—Quiero que te vengas, Draco —susurró. Ella rodó sus bolas, apretándolas a la perfección, y él ya no pudo comunicarse con su miembro cuando ella miró detrás de él y rápidamente levantó la mano para poner su suéter sobre su cabeza, mostrando su pecho en la biblioteca, con las copas debajo de sus senos.

Sus manos regresaron a su erección, mientras giraba sus oscuros ojos hacia él, presionando sus tetas juntas y empujándolas hacia su rostro. Él gimió, olvidando de qué estaban hablando.

Se lamió la palma de la mano, arrastrándola sobre su pecho antes de bombear su miembro otra vez, con ambas manos trabajando en él. Sus palmas sudaban en sus caderas, mientras él miraba sus senos balancearse con el ritmo de sus brazos. Su estómago se apretó, los ojos pegados a sus tetas. Esas tetas perfectas que no había visto en semanas.

Se inclinó hacia adelante y chupó un pezón con la boca, sus caderas se sacudieron debajo de ella mientras se movía más rápido sobre él, levantando la otra mano para pasarlo por su cabello, manteniéndolo presionado contra su pecho.

Su puño lo apretó, y él comenzó a murmurar contra su busto, las palabras cayeron sobre su piel.

—Por favor, déjame estar dentro de ti otra vez. Por favor, Hermione. Quiero cogerte en una cama y sentir tu boca sobre mí otra vez. Quiero probar tu vagina. Quiero vivir allí por horas. Necesito sentirte. Necesito… ¡Ah! Necesito sentir que te vienes a mi alrededor. Lo necesito. Por favor, Hermione.

Ella agarró su cabello, giró su puño alrededor de su erección y dijo:

—Está bien.

Y él se vino sobre su estómago, sobre su mano. Debió haber gritado, porque su boca estaba sobre la suya, tragando sus gemidos y su aliento tembloroso.

No podía respirar, manchas negras bailando en sus ojos. Cuando se apartó, con el aliento caliente en sus labios, resopló contra ella y miró hacia abajo para memorizar la imagen de ella así. En topless y a horcajadas sobre él en la biblioteca, su mano todavía tiraba perezosamente de su miembro, el desastre entre ellos.

Te amo.

Casi lo dijo.


Ella acordó reunirse con él la noche siguiente en la Sala de los Menesteres después de la cena.

No trajo ningún juguete. No hizo ningún plan. Simplemente apareció.

Ella ya estaba allí. Mirando el fuego de la chimenea, sentada en su sofá, inclinada sobre sus rodillas mientras la luz bailaba en su rostro.

Ella no lo notó llegar, su mente trabajando. Entonces, él la observó.

La amaba. Desde hacía tiempo. En la torre de Astronomía. Mientras lo esposaba a los postes de la cama.

Probablemente desde el momento en que ella puso su boca sobre él, lo cual era tan increíblemente masculino que rodó los ojos.

Se aclaró la garganta, y ella brincó, girándose para mirarlo. Se levantó del sofá y se sorprendió de verla con un vestido. Una cosa de algodón hasta la rodilla con mangas cortas y cintura pequeña.

No sabía los nombres de nada de eso, pero lucía...

Lucía como un vestido de cita.

—Hola —dijo ella.

Tragó. Traía un miserable suéter. Algo que anticipó quitarse, entonces no había pensado en…

—Te ves linda —Patético. Hazlo mejor, Draco.

Ella se sonrojó, el color subió a sus ojos donde pensó que había encontrado un poco de maquillaje.

—Gracias, tú también.

Se quedó allí, mirándola. El fuego iluminaba sus rizos y sus largas piernas.

Y algo le hizo preguntar:

—¿Tienes hambre? —Se supone que en las citas se alimentan, ¿no?

Ella parpadeó.

—¿Hambre? Eh, no. Acabo de cenar. Tú estabas allí —bromeó.

—Correcto. Sí —Se pasó la mano por el pelo—. ¿Cómo están tus clases hasta ahora?

Seguía de pie en la puerta, media habitación entre ellos.

—Bien —contestó ella. Miró hacia abajo y él pudo distinguir un pequeño mohín en sus labios. Sus brazos se cruzaron frente a ella. La estaba haciendo sentir incómoda simplemente de pie allí, tan lejos. Tímido sobre su vestido.

—Lo siento —dijo, y cruzó la habitación—. Eres demasiado bonita. Tuve que mirarte por un momento.

Ella parpadeó, y él colocó su mano sobre su rostro, atrayéndola hacia él y presionando un suave beso contra sus labios. Su mano se apoyó en su pecho.

Él inclinó la cabeza, besándola de nuevo, y ella abrió la boca hacia él, sus dedos se curvaron en su suéter. Jugueteó con su lengua, apenas acariciándola, concentrándose en sus labios.

Moviendo sus manos hacia su cintura, deslizándola alrededor de su espalda, la atrajo hacia sí y la abrazó con fuerza.

La presionó cerca y la levantó, los dedos de los pies rozando el suelo, y la acompañó de regreso a la cama. Ella jadeó y se rio, y su pecho se calentó.

Se dejó caer al borde de la cama, saltando y sonriéndole. Él se arrodilló frente a ella y ella puso sus manos en sus hombros mientras le quitaba los zapatos, con las manos detenidas en la parte posterior de las rodillas. Sus ojos se oscurecieron y le echó el pelo hacia atrás.

Podía ver el maquillaje ahora. Algo ridículo en sus ojos para hacer que sus pestañas fueran largas y negras. Algo que no necesitaba. Un poco de color claro en sus labios haciéndolos lucir rosados y deliciosos. Cosa que él ya sabía.

Y un pequeño vestido tonto. Probablemente con algo de lencería muy tonta.

Nada de lo que tenía puesto en la cena.

Todo para él.

Se sentó en el borde de la cama grande, mirando sus labios, sus dedos descansando en su mandíbula. Y algo en sus ojos estaban ansiosos.

Ella respiró hondo.

—Tengo algo que decirte…

—Te amo —le dijo. Susurrándolo como una brisa de verano.

Sus labios formaron palabras silenciosas, luchando por responder. Sus ojos se abrieron, parpadeando en gran medida hacia él.

—Mierda, lo siento —Bajó la cabeza y habló en su regazo—. No debería haber…

Y entonces estaba tirando de su rostro hacia ella, presionando besos contra él, tirando de su cabello. Acercó su cintura, parándose y moviéndola hacia la cama, arrastrándose sobre ella hasta que sus piernas se abrieron para que él se deslizara entre ellas.

Ella arrancó su suéter, arrastrándolo hasta que él se recostó y se lo quitó, arrojándolo en algún lugar de la habitación. Él la miró, jadeando en la cama, ya alcanzando su cinturón.

Estaba contenta. Ella quería que él la amara.

Él la agarró por las muñecas y las inmovilizó contra la cama cerca de su rostro, deslizándose hacia abajo para besar su cuello mientras sus dedos se entrelazaban con los suyos.

—Me encanta este vestido —tarareó en su piel. Ella levantó la pierna para abrazarle las caderas—. ¿Me encantará tanto lo que hay debajo?

Se rio entre dientes, respirando pesadamente en su oreja y susurró:

—Tal vez. Es un vestido bastante bueno.

Sonrió en su cuello y dejó caer sus caderas sobre las de ella. Le besó la clavícula, bajó el pecho hasta la parte superior de sus senos. Ella se retorció debajo de él, empujando contra sus manos.

Él alternaba entre besar cada pecho, recorriendo caminos en sus pechos cada vez.

—Extrañé tu piel —murmuró. Él besó su pecho, sobre el algodón, más y más hasta que tuvo que soltar sus manos. Se movieron directamente a su cabello mientras él deslizaba su vestido por sus muslos, revelando unas bragas de encaje rosa pálido. Miró hacia abajo a sus caderas hasta que ella comenzó a presionar sus muslos juntos.

Se dejó caer al borde de la cama, arrastró sus caderas hacia él y la besó sobre el encaje. Ella suspiró.

Pasó su lengua sobre ella, presionando el material contra ella hasta que se empapó, concentrándose en su clítoris. La abrió más, presionando sus muslos y tirando del cordón hacia un lado. Ella gimió, presionando sus manos contra su rostro cuando él la lamió, barriendo sus pliegues y presionando su clítoris con cada golpe.

—Te extrañé —le susurró a su intimidad. Y ella se rio.

Arrastró dos dedos a través de ella, girando, dando vueltas y presionando dentro. Ella tembló e intentó cerrar sus muslos, pero él la mantuvo abierta. Sus caderas saltaron cuando él dejó caer su boca, sus dedos bombeando lentamente.

Sus manos se arrastraron por su cabello, y él se detuvo, mirándola.

—Quiero... quiero estar dentro de ti si vienes. ¿Está bien?

Ella asintió vigorosamente y se sentó, quitándose el vestido sobre los hombros. Sujetador de encaje rosa pálido a juego. Se inclinó hacia adelante y besó su pecho, chupando su pezón a través del encaje. Ella jadeó y lo abrazó, dejándolo pasar al otro antes de alcanzar sus pantalones nuevamente.

Él la ayudó a quitárselos, le bajó las bragas y le quitó el sujetador de los hombros una vez que lo desabrochó.

Se deslizó hacia atrás en la cama, con el pelo volando por todas partes cuando se acostó. Draco se arrastró sobre ella, la besó y pasó las manos por donde pudo hallarla. Ella lo acarició un par de veces y lo presionó contra su entrada. La miró y sostuvo sus ojos cuando empujó dentro, sintiendo su calor abrazarlo como terciopelo. Ella le apartó el cabello de los ojos y observó su rostro mientras comenzaba a moverse.

Se sentía tal como la recordaba. Apretada en todos los lugares correctos. Piel tersa. Ojos oscuros e inquietantes. Y estaba bien que la amara. Se lo había dicho y todavía lo quería.

Dejó caer la cabeza contra su hombro, besando su cuello mientras apretaba sus cuerpos juntos, bombeando sus caderas hacia ella. Sus piernas se envolvieron alrededor suyo, sus manos recorrieron su espalda.

—Te amo —siseó contra su garganta—. Me gusta esto —La chupó, escuchando cómo contenía el aliento—. Pensé en ti todos los días, como dije que lo haría —Sintió sus paredes apretarlo, y jadeó, balbuceando—. Amo tu piel y tu pequeño vestido —Sus caderas saltando para encontrarse con las suyas—. Demonios, nunca quiero estar sin ti —Sus uñas le rasparon la espalda, y él extendió la mano entre ellos, rodeando su clítoris y presionando sus labios contra su oreja—. Serás mi muerte.

—Draco… —gimió ella en un sonido ahogado.

—Te haré el amor todos los días —jadeó, sintiéndola temblar debajo de él—. Nadie más. Solo quiero estar contigo.

Un sollozo al lado de su oreja, y él se apartó para mirarla, verla rasgar las costuras por él.

Pero había lágrimas en sus mejillas, ojos mirando al techo. Sintió hielo en sus venas.

—¿Qué pasa? —Sus caderas se detuvieron. Sus manos se movieron hacia su cara—. ¿Te duele?

—No puedo… —jadeó—. No puedo…

Observó con horror cómo lloraba, cerrando los ojos con fuerza, apartando las manos y dándose la vuelta cuando se deslizó fuera de ella.

—¿Estás...? Hermione, ¿qué hay de malo? —le preguntó a su espalda.

—Lo siento. Lo siento mucho —jadeó. Él presionó su mano sobre sus costillas, rogándole que respirara—. Te quiero —gimió—. Te quiero mucho.

La miró sin confiar en sus oídos. Podía sentir los latidos de su corazón en la punta de sus dedos.

—Granger, está bien…

—Es Ron…

Él frunció el ceño. Pensar en su ex no era la respuesta que quería en ese momento. Estaba temblando. Asustada.

—De acuerdo —dijo—. Correcto. Hay mucho dolor de cuando ustedes dos estaban juntos. Por las cosas que te dijo…

—No —jadeó ella, sus costillas aún quietas—. Estuve con Ron. Cuando vino para Navidad.


Vocabulario y otras anotaciones

* Soneto 18 de Shakespeare.


¡Y así termina el penúltimo capítulo!

Nos vemos el próximo jueves 20 de agosto con el último capítulo.

Anuncios parroquiales:

1 A lo largo de la semana subiré unas pequeñas imágenes en los grupos de fanfic donde normalmente publicaba las actualizaciones, una imagen por capítulo, de aquí al próximo jueves, para refrescarnos la memoria.

2 Les agradezco de todo corazón el amor y el tiempo que le dedicaron a este proyecto. Cada una de ustedes ha sido una lucecita en mi corazón.

Con amor,

Paola