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« Lo que se oculta en la oscuridad »

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Yōkais, aunque en alguna época muy lejana, todos los humanos les respetaban y temían (más una que la otra, cabe mencionar) por su gran fuerza física, invencible velocidad, poder sobrenatural, y poca compasión hacia los más débiles. En estos tiempos, tan modernizados del siglo XX, muy pocos de los millones de mortales en Japón, aún conocían de su existencia o por lo menos pensaban que en algún momento fueron algo más que una simple leyenda.

Quienes sabían que estos seres existieron y existían, procuraban mantenerlo en estricto secreto, pues así era más sencillo vivir. Tanto como si eras un yōkai, como si eras alguien que les cazaba o simplemente deseaba permanecer fuera de su camino.

Primero, si eras un ser humano que po motivo, buscabas destruirles; era completamente mejor que no tuvieses a nadie estorbándote, o intentando quitarte el botín. Eso agregando que, durante un tiempo, los hospitales psiquiátricos se llenaron de montones de personas que sólo estaban ahí por alegar que los yōkais vivían entre nosotros.

Una persona "coherente" de este siglo, mucho menos iba a creer tan fácil que, algo semejante como criaturas de carne y hueso, capaces de vivir por más de 1,000 años, pudiesen vivir y socializar entre los humanos sin que ninguno de ellos se diese cuenta, usando como camuflaje, esas formas débiles que algunos de ellos repudiaban, para pasar desapercibidos.

Por otro lado, tomando en cuenta (una vez más) la época, ¿qué era más fácil de decir y creer a un compañero humano?

¿Yōkais milenarios vistiendo smokings para vivir cómodamente en una sociedad donde el dinero daba el verdadero poder y control? ¿O una larga infinidad de teorías conspirativas relacionadas a la orden mundial, aliens y reptilianos?

Y segundo, los yōkais en general, con tal de mantener su anonimato para mantenerse (a ellos y a los suyos) seguros, eran capaces de exterminar a cuantos humanos (u otros yōkais) fuesen necesarios para quedarse en las sombras.

Aunque, nunca se haya hecho una reunión para pactar nada, todos los yōkais adentro de Japón, estaban de acuerdo en que era lo menor, no revelar su existencia para poner en alerta a los humanos. Principalmente porque les convenía. Ya no había tantos monjes problemáticos o siquiera valientes. Las sacerdotisas actuales no eran ni por asomo, tan fuertes como sus antepasadas. Y por supuesto, gracia a todo eso, los sellos que esos humanos pudiesen hacer contra ellos, ni de chiste podrían funcionar en seres que llevasen miles de años existiendo.

Los yōkais eran tan antiguos, como listos. También eran poseedores de un instinto de supervivencia inigualable. Y aunque, algunos de ellos (principalmente durante los oscuros tiempos del Bakumatsu*) se mantuvieron estrictamente aferrados a no "ocultarse" de nadie, las constantes guerras les hicieron cambiar de opinión, o sencillamente terminaron por ser asesinados por aquellos más fuertes que sí querían que ocupar un sitio en el olvido.

Por supuesto, a esa norma, se le agregaron otras que ya de por sí, causaban un profundo rechazo desde antes de la decisión de perderse en la memoria de los humanos.

La regla más imponente (y el punto más tabú) era aquella que prohibía a los yōkais relacionarse íntimamente con los seres humanos, lo que causó que la existencia de los ya poquísimos han'yōs se redujese todavía más.

En cuanto a gustos, nada estaba escrito, y un yōkai podía tener tantas parejas humanas sexuales como quisiese, siempre y cuando no se revelase como lo que era ante éstas.

Sin embargo, si querías conservar tu cabeza, era mejor guardarse los sentimentalismos. Porque si no eras lo suficientemente fuerte, y si algún imbécil radical te descubría, podrías empezar a hacer las paces con tu dios. Tú, y quien fuese la otra parte involucrada.

Volviendo al siglo XX y los clanes más poderosos de daiyōkais, o sea, los más poderosos de los yōkais, la mayoría de estos decidieron separarse de sus familias, independizarse, y embarcarse en la política humana, o donde sea que tuviesen poder y glamur. Incluso si para eso tenían que salir de Japón y probar suerte en otros países.

A pesar de todo su potencial como daiyōkai, Sesshōmaru no era un ser como otros de su clase, a él no le movía la avaricia ni el deseo de controlar todo lo que sus ojos mirasen, con lo que tenía le bastaba. Él ya poseía montones de dinero, y no tenía problemas en administrarlo de forma que su fortuna fluyese como una cascada, sin llamar la atención de los humanos con esas estupideces de los impuestos.

El castillo que su madre y su padre forjaron hace muchísimos años, era el único patrimonio familiar que Sesshōmaru cuidaba celosamente, tanto así que, una vez que él comprendió que su poder destructivo no iba a hacer que el castillo se mantuviese firme y galante, había aprendido hechizos mágicos para conservar su estructura sin que inmundas manos humanas tocasen una sola roca.

Jaken, el único sirviente del castillo, había comenzado como un débil yōkai, sin embargo; con el tiempo, fue mejorando en sus habilidades, las cuales, usaba para mantener limpio y seguro el lugar. Desde detectar intrusos hasta limpiar en poco tiempo cada rincón de tan enorme sitio. A eso se le agregaron habilidades culinarias de restaurante.

El pueblo cercano al castillo, tenía como nombre Reddosakura, y se había fundado gracias a la generosidad de Izayoi.

Años después de haberse consolidado la unión entre ella e Inu no Taishō, mejor conocido por sus dos esposas y sus hijos como Touga, la mujer humana comenzó a sentirse un poco sola. Los sirvientes de aquel entonces no le ofrecían ninguna compañía, y eso era lo que usualmente Izayoi necesitaba cada vez que su hombre la dejaba para ir a combatir.

Sesshōmaru, en esos años, había estado pasando por la pubertad y su comportamiento había sido mucho más antisocial y agresivo de lo que era en la actualidad, motivo por el cual, el gran Inu no Taishō; Touga, accedió a la petición de Izayoi de permitir que un pequeño grupo de humanos se quedasen temporalmente en un sitio algo apartado del castillo, junto al río, que ofrecía grandes cantidades de peces y fruta fresca.

Ella se acercó al grupo moribundo como una sacerdotisa del castillo, pues en esos tiempos, tener alguna relación sentimental con un yōkai (peor, un daiyōkai) equivalía a la muerte. Izayoi les vendió la mentira acerca de que ella mantenía "sellado" a un poderoso demonio en el castillo y gracias a eso, los sirvientes del mismo no atacaban a menos que ella se los permitiese.

Incluso los más escépticos, le creyeron a la joven mujer, al presenciar la lealtad que estos sirvientes le tenían a Izayoi. Cuando algún yōkai quería atacar a los humanos que poco a poco se acomodaban en el sitio, éstos salían del castillo para eliminar a la amenaza y volver a sus deberes.

Reddosakura fue llamado así en honor al kimono que Izayoi vestía cuando encontró a ese pequeño grupo de humanos. Un atuendo blanco con sakuras rojas.

Con forme pasaba el tiempo, gracias a la magia que Inu no Taishō había usado cuando decidió que los humanos se quedarían habitando sus dominios, las mentes de los mortales se iban modificando para que no se pensasen jamás que la Izayoi de la leyenda, era la misma que la Izayoi que pudiesen ver salir del castillo.

En cuanto a Sesshōmaru e Inuyasha, Ino no Taishō no se preocupó lo suficiente antes de desaparecer del mapa.

Sin embargo, eventualmente, a petición de Izayoi, Sesshōmaru aplicó la misma magia con él y su estúpido hermanastro, dado a que el muy inútil no era capaz de manipular tal cosa aunque su vida dependiese de ello.

Inuyasha había nacido deforme. Adjunto a su debilidad mágica y física, él había llegado al mundo sin las emblemáticas marcas moradas en las mejillas, características de los daiyōkais Inu, y en lugar de eso, le dijo "hola" al amanecer, con dos horrorosas orejas de perro sobre su cabeza en lugar de las puntiagudas.

Pocas veces, Sesshōmaru lo decía frente a Izayoi, pero Inuyasha le causaba malestar estomacal.

No sólo por su aspecto o su estado como han'yō, sino por sus creencias estúpidas.

Inuyasha pensaba que los humanos, fuera de su madre, eran seres interesantes. Pensaba también, que no todos esas formas de vida eran repulsivas y traicioneras. Alegaba, incluso ante la cara estoica de su hermano mayor, que los humanos no merecían ser subestimados.

Ese, ese fue justamente el motivo por el cual terminó casándose con una humana.

No sólo se había casado con ella, sino que, además, había unido su vida con la de ella.

De alguna forma que Sesshōmaru no sabía ni comprendía, y en el fondo, no le interesaban siquiera investigar, Inuyasha estaba compartiendo su longevidad con esa mujer. Como hizo Touga con Izayoi.

Sesshōmaru, estando en su estudio; sentado tras su enorme y viejo escritorio, meditaba en todo eso mientras leía un libro muy antiguo sobre daiyōkais que ya estaban muertos, cuando la puerta de la misma fue tocada un par de veces.

—Entra —dijo sabiendo bien quién era el ser que aguardaba afuera de su puerta.

Cuando Inuyasha entró sin decirle nada, luciendo un aspecto tan… humano, Sesshōmaru frunció un poco el ceño y lo vio contaminar su espacio personal con su esencia de han'yō. Sin embargo, por primera vez desde que le conocía, esa esencia no fue lo que hizo que Sesshōmaru le viese como a un bicho raro.

Cabello negro, ojos oscuros, piel blanca sin marca alguna y vistiendo un pantalón de mezclilla junto a unas botas negras y una camiseta blanca… ¿acaso ese era un disfraz de mal gusto o qué? ¿Dónde estaban las horribles orejas y el cabello blanco? ¿Y qué le había hecho al traje rojo?

—Tu cara me dice que como siempre, no estás feliz de verme —Inuyasha, sin sentirse mínimamente avergonzado de su apariencia, se sentó frente a Sesshōmaru, recargándose sobre la silla; cruzándose de brazos—. Por eso me agrada visitarte.

Sesshōmaru no le dijo nada.

Los colmillos también brillaban por su ausencia.

—Dudo que te lo estés preguntando, pero por si acaso, aquí va —alzó los hombros—. He decidido mantener esta apariencia por motivos que no te incumben, pero si crees que eso me vuelve más débil que tú…

—Siempre has sido más débil que yo.

Ahí estaba la fanfarronería.

Bien, el mundo seguía girando.

—Claro, sigue viviendo en tu pequeño mundo de fantasía donde no tienes rival en el combate —se rio Inuyasha—, pero te faltan años recorriendo el mundo para afirmar tal idiotez.

—Quizás pueda creerte si es que ya comienzo a oír un vocabulario más extenso saliendo de tu boca.

En lugar de ofenderse y ladrar como un perro terco al que le quitaban su juguete, Inuyasha se rio a carcajadas.

—¡También te extrañaba, enorme bola de ego con dientes!

A ver, a ver, otra vez. ¿Qué estaba pasando? ¿Inuyasha no estaba gritándole ofendido por haberle dicho que era un pelele?

¿Y estaba haciendo chistes cuando Sesshōmaru le remarcó lo débil e inútil que era?

—Déjate de estupideces y dime lo único que me interesa escuchar —Sesshōmaru aventó el libro que había estado sosteniendo, hacia el escritorio.

Inuyasha dejó de reír y poco a poco fue recuperando seriedad. Una seriedad que Sesshōmaru jamás había creído que su hermanastro podría desarrollar.

—Le pedí a mamá que no te dijese nada, así que voy a resumirlo así: el sujeto que intenta matarme, a mi familia y a mí, se llama Naraku. Hace poco, Naraku emboscó a un par de amigos míos durante una noche. Casi mata a Miroku, pero pudimos llegar a tiempo y hacerlo retroceder. Sin embargo, Kohaku, el cuñado de Miroku, desapareció esa misma noche, y Sango, su herma mayor, se quedó en China para buscarlo junto a mi propia cuñada, al mismo tiempo que averiguamos la forma de evitar que Miroku muera por el veneno que recibió.

Sesshōmaru no mostró interés alguno.

—¿Y?

—No desesperes —dijo él entre dientes—. Verás, Miroku y Sango tienen una hija, Rin. Ella aparentemente recibió el mismo veneno que Miroku, pero no presenta ningún síntoma de eso. Una informante anónima, nos dijo que Rin puede ser la clave para salvarle la vida a su padre, sin embargo, todavía no sabemos de qué modo eso puede llegar a pasar.

En serio, a Sesshōmaru nada de eso le importaba un cuerno.

—¿Y?

Inuyasha pareció irritarse, así que, manteniendo una mirada seria sobre su cara, puso los antebrazos, uno sobre el otro, sobre el escritorio para acercarse hacia Sesshōmaru y susurrarle de ese modo:

—Escucha, a mí tampoco me hace gracia el tener que estar aquí, compartiendo el aire contigo, pero… yo no puedo simplemente irme por el mundo dejando siquiera la más mínima posibilidad de arriesgar la vida de mi esposa y la de Rin —inhaló profundo—. Además, te guste o no, tengo tanto derecho de estar en este castillo como tú.

—Creí que habías dicho: "no necesito nada de esta mierda", la noche que te largaste —Sesshōmaru alzó una ceja de forma inquisitiva.

Izayoi le había insistido a Inuyasha porque se quedase, pero el estúpido y terco han'yō había decidido largarse, en medio de uno de sus berrinches.

Lanzando un irritado suspiro, Inuyasha puso los ojos en blanco ante esa acusación.

—Todos decimos estupideces cuando somos adolescentes. Que yo no sepa qué hiciste o dijiste tú, a mi edad, no me hará salir de aquí así como así.

—La única razón por la que pudiste entrar a este castillo, es tu madre.

—Sí, lo sé.

—Entonces no deberías tentar a tu suerte, tratando de provocarme —gruñó seriamente.

Cada vez que Sesshōmaru le recordaba a Inuyasha algo de su pasado, el han'yō hacía algo similar con él, lo que ocasionaba que el mayor se sintiese atacado y sus instintos bestiales le implorasen porque desgarrara a Inuyasha hasta la muerte.

El único motivo por el cual Sesshōmaru no le cortaba la cabeza a su hermanastro, era (otra vez) la madre de éste.

—¿Sabes, Sesshōmaru? No me interesan tus traumas de la niñez, así que guárdate las uñas y los dientes —hastiado, Inuyasha negó con la cabeza—. Y te prometo que, al menos mi estadía en este castillo, no será tan larga. De modo que ambos podemos fingir que el otro no existe. Sin embargo, si por algo estoy aquí, no es porque yo así lo quiera, sino porque no quiero arriesgar ni por un segundo, lo más valioso que tengo en esta vida.

—Siendo así, ¿por qué carajos crees que yo haría algo si es que tu enemigo viene a este castillo a amenazar lo que tu más quieres?

Inuyasha sonrió de forma un poco tétrica.

—Porque, aunque sé, que tú no darías una mierda por mí, sé que tienes aunque sea un gramo de cariño hacia mi madre. Y ella, es parte de lo más valioso que tengo en mi vida.

Sesshōmaru no quitó su estoica expresión, pero no le gustó lo que oyó.

—¿Estás usando a Izayoi a tu favor para que yo proteja a tu hembra y también a esa otra criatura que trajiste contigo?

—Con su bendición, e irrevocable orden… —dijo como si la idea le disgustase tanto como a Sesshōmaru. Sólo eso le había salvado el pellejo—. Sí, eso hago.

Levantándose de su asiento, Sesshōmaru decidió mantener la cabeza fría.

¿Por qué no se imaginó que en algún momento Izayoi iba a usar el poco afecto que él sentía hacia ella para cubrirle las espaldas a su vástago?

Esto le enfadaba mucho.

—Dijiste que no ibas a estar mucho tiempo aquí —dijo Sesshōmaru.

—Eso espero, buscaré pistas en Japón que me guíen al punto débil de Naraku, antes de volver a China y reducirlo a cenizas. Como comprenderás, estaré mucho tiempo en la calle.

—Donde perteneces —soltó con desprecio, sin siquiera intentar en ocultar su fastidio o asco.

Con una mirada seria en su rostro, Inuyasha no armó otro de sus anteriores escenarios de cólera donde se ponía a gritar, tratando de defenderse de los insultos de Sesshōmaru.

—Es una lástima que a pesar de tener casi ochocientos años viviendo contigo como mi único hermano de sangre, no te sienta más que como un extraño con el que me siento obligado a convivir —la palpable verdad en esas palabras, no causó nada en Sesshōmaru.

—Es tu debilidad, la que te obliga a arrastrarte de rodillas con todo y tu mujer, hacia el castillo de nuestro padre, en busca de un refugio.

Como si le ignorase, Inuyasha continuó su charlatanería.

—El defecto de ser tan fuerte, Sesshōmaru, es el mismo que lo enaltece. Cuando no es suficiente, y te ves en la necesidad de correr por ayuda de un tercero, es el momento en el que te das cuenta de que, por mucho poder que poseas, llegará el día en el que eso no será suficiente.

Con altanería, Sesshōmaru sonrió un poco de lado.

—¿La filosofía del débil?

—No. La filosofía del fuerte que se vio débil ante una circunstancia que le superaba —Inuyasha también se levantó de su asiento, sin una pizca de alteración—. Te hace falta vivir en el mundo real, Sesshōmaru. No eres el único pez gordo que hay en el océano al que llamamos planeta, y mientras más pronto lo aceptes, mejor.

Meciendo su larga melena negra de un lado al otro, Inuyasha se encaminó hacia la salida, sin dejar de hablar.

—Hemos sido hermanos toda mi vida, pero, jamás hemos sabido actuar como tal. Ni tú ni yo. Hoy, sin embargo, aunque en contra de tu voluntad, me estás haciendo un gran favor —se detuvo con el pomo de la puerta sujeto bajo su mano derecha, mirando a su hermano por encima del hombro—. Te haré uno también —estrechó su mirada—. Sea lo que sea que apeste a sangre aquí, será mejor que lo entierres rápido. Incluso para un humano, ese asqueroso olor no pasaría desapercibido a menos de dos metros de la puerta —entonces Inuyasha se fue del estudio de Sesshōmaru.

—Continuará…—


Bakumatsu: Se denomina Bakumatsu (幕末 Shogunato Tokugawa Tardío) a los sucesos que comprenden los últimos años del periodo Edo de la historia de Japón, cuando el shogunato Tokugawa llegaba a su fin.


Estoy muy feliz por la aceptación que tuvo el fic.

Los cambios continúan, y de hecho, este capítulo es completamente distinto al anterior. Para empezar, como dije, en este fic me enfocaré al 100% en el asunto que trae a Rin con nuestro amo bonito, además de destripar un poco la historia de dónde se encuentra el castillo.

Por cierto, busqué en la Wiki de Inuyasha, y de ahí saqué el "nombre real" de señor Inu. Si alguien quiere corregirme, es libre de hacerlo.

Para el castillo, me estoy basando en una estructura japonesa, no en una europea. Es decir, todo está hecho con madera, con adornos exteriores típicos de un palacio japonés... imaginemos que es uno parecido al que tenía Irasue en la serie original, pero su interior posee una combinación del pasado y el presente a modo que hay electricidad en éste. Iremos poco a poco, entrando en detalles con respecto a eso.

La presencia de Naraku y el que Inuyasha busque destruirlo, tiene tela de donde cortar ya que, como ven, la unión entre hermanos no es ni mínimamente buena, por lo que Inuyasha no va a entrar en detalles con Sessh.

Por otro lado, la apariencia humana de Inuyasha, con la que se presentó, también tiene su motivo. Muy pronto sabremos el por qué de muchas cosas que le envuelven.

¡En el próximo capítulo, veremos a nuestra Rin!

¡Saludos y gracias por darle la oportunidad a este fic, una vez más!

¡Hasta la próxima!

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