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« El reflejo de la impaciencia »
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Reddosakura, estaba tan lejos de su ciudad natal (de sus propias raíces) que Rin tuvo que recordarse a sí misma, por milésima vez, a qué se debía su brutal cambio de aires. También, del por qué ella debía evitar ocasionar problemas o actuar como una adolescente histérica, caprichosa y cabezona, de Hollywood.
No era una estúpida ni mucho menos ciega, a pesar de que, a corta edad, tuvo que comenzar a usar anteojos.
Pudo haber sido durante la noche, ella pudo haber estado agotada por su ajetreado ritmo escolar y su cerebro, por eso tardó en reaccionar, pero, Rin había presenciado todo aquel caos. Sus dos ojos le mostraron un mundo completamente nuevo… y peligroso.
De una noche a otra, lo increíble e imposible se volvió tangible hasta el punto en el que ella ya casi había terminado de asimilar aquella verdad que le fue ocultada desde su nacimiento.
Lo que los medio llamaron "desafortunado accidente con el tanque de gas, termina en incendio", ella lo había visto como un jodido demonio tratando de matar a toda su familia y a ella también.
Conocía la situación, al menos una parte necesaria para no comenzar a sopesar la idea de estarse volviendo loca. Sin embargo, aunque por su sangre pudiese correr toda la sangre japonesa que se quisiera, en su interior, ella era puramente de China, y extrañaba su hogar.
Tampoco le gustaba la idea de tener que dejar la universidad cuando muchos exámenes se aproximaban. Pero, la salud de su padre estaba en juego, la vida de su madre también, la suya propia… ¡ja! Ni se diga. Además, su propio tío materno estaba desaparecido, lo que quería decir que, sin importar sus estudios, o qué tan desanimada ella se sintiese con respecto a este viaje y verse completamente lejos de sus padres, ella iba a cooperar.
—Rin, ¿podrías apagar eso y escucharme? —la llamó Kagome Higurashi, desde el asiento del copiloto del camioneta Chevrolet silverado.
—Te estoy escuchando —masculló bajándole el volumen al sonido de su celular, el cual oía a través de unos audífonos, los cuales no consideró necesario quitarse.
Se reacomodó los lentes sobre el puente de la nariz. Miraba hacia afuera, con la ventana del auto por su lado, abierta.
—Sé que esto no entraba en tus planes. Qué debes estar asustada y confundida. Que, nosotros, y tus padres te ocultamos muchas cosas, pero…
Claro que estaba asustada, ¡pero maldición! Era una adulta. Tenía 20 años, por todos los cielos. Iba a mantener su cabeza serena y fría… aunque en el fondo, deseaba que todo esto fuese una loca pesadilla.
Para su total desgracia, unos cuantos dolorosos pellizcos a sus manos y piernas, le decían que nada de esto era obra de su imaginación.
—Tía —la interrumpió—, me he visto tantas películas de fantasía y ciencia ficción, que el enterarme que algunas de estas cosas, de hecho, existen; no me causa la gran impresión —aunque lo último no fuese tan honesto, lo primero sí lo era.
Rin era sincera, la verdad es que ella siempre había soñado con que algún día, su vida podría ser como en una de aquellas novelas fantásticas donde se vivían aventuras y desamores.
¿Pero, a qué costo?
Su padre estaba delicado en el hospital debido al veneno con el que fue atacado, y su madre estaba como una loca, sedienta de venganza y ansiedad.
»¡¿Acaso no entiendes, Rin?! ¡No te quiero aquí estorbando!
Aunque esas palabras le habían dolido e indignado hasta el alma, Rin tuvo tiempo de sobra durante su vuelo de avión hacia Japón, para comprender que su madre estaba intentando protegerla lo mejor posible. Aun si para eso tenía que actuar como una perfecta histérica.
¿Rin podía juzgarla por eso? No, no podía. Ella también estaba preocupada, pero no estaba dispuesta a actuar como una niña berrinchuda tratando de ayudar cuando no tenía ni la más mínima idea de cómo hacerlo.
Por mucho que le pesase, lo mejor era mantenerse lejos y esperar que su madre y Kikyō (la hermana gemela de Kagome) pudiesen hacer algo para evitar que muy pronto se organice un funeral.
—Aun así —musitó Kagome—, espero que no estés… molesta por eso. Nosotros sólo queríamos protegerte.
Ante eso último, Rin achicó su mirada sobre el panorama que veía correr delante de sus ojos.
¿Protegerla?
¿Manteniéndola ignorante de todo lo que la rodeaba?
Vaya, qué listos habían sido todos. Nótese el sarcasmo.
Es decir, ¿por qué en vez de entrenarla física y mentalmente de algún modo, prefirieron dejarla creer que todo lo fantasioso que se veía en las películas y series no era más que pura ficción? ¿Por qué esperaron a que ese dichoso demonio les atacase con tanta fuerza para aclararle ciertas cosas respecto a su propia familia?
No sé, al menos hubiesen camuflado al demonio con algún maleante y la sorpresa de su ataque no habría sido tan impactante para ella.
—Tía… estoy preocupada —y muy molesta, es cierto. Pero no tenía caso que se pusiera a gritar por eso ahora—. Mi tío Kohaku no aparece y mi padre está luchando por su vida en un hospital, mientras yo voy de vacaciones —gruñó sintiéndose furiosa, apretando las manos sobre su celular—. No tienes idea de la impotencia que siento al saber que, la única forma en la que puedo ser útil, es apartándome del camino.
Un corto rato pasó antes de que Kagome hiciera una expresión triste que Rin no vio.
—Sí lo sé —susurró desanimada.
—Rin —habló Inuyasha a un lado de su mujer, conduciendo—. Además de lo que ya te hemos contado…
—Inuyasha —interrumpió Kagome, como si quisiera que hubiesen más secretos.
Eso a Rin la enojó bastante.
—Si vamos a decirle la verdad, hay que hacerlo bien —resaltó Inuyasha, silenciando a su esposa, y ganándose el agradecimiento silencioso de la joven universitaria—. Rin, aunque no lo creas, la ignorancia te mantuvo a salvo de muchas cosas.
—¿Ah sí? —mantuvo frío el sarcasmo.
—Sé que no lo entenderás ahora, pero cuando eras una niña… un bebé, Sango y Miroku tuvieron una temporada difícil manteniéndote oculta de sus propios enemigos.
Inhalando profundo, Rin no dijo nada, y es que trataba de mantener su cabeza abierta a las explicaciones, por muy absurdas que le pareciesen.
—Durante su juventud humana, Sango fue una experta cazadora de demonios y Miroku, un monje.
"Juventud humana", vamos a ver. ¿Quiénes y quiénes no eran humanos?
Como ella fuese una lagartija-demonio y su apariencia humana sea sólo una ilusión, Rin juró que entonces sí gritaría.
—¿Cuántos años tienen, todos ustedes? Y… ¿soy humana o algún tipo de demonio?
Desde su asiento, Kagome movió un poco su cabeza, como si quisiera ver a Rin.
—Yo tengo seiscientos veintisiete años —musitó ella.
—Casi mil —respondió Inuyasha sin mucha preocupación—. A estas alturas, ya no cuento los años. Tu madre tiene seiscientos treinta y ocho años… eso creo, y tu padre seiscientos cuarenta y uno. Más o menos.
—Sólo Inuyasha tiene sangre demoníaca, el resto de nosotros somos… somos humanos inmortales, Rin —dijo Kagome, respondiendo a la segunda pregunta.
Sonriendo, un poco mareada, Rin se quitó al fin los audífonos de las orejas.
—Humanos inmortales… vaya —suspiró tratando de averiguar por qué ella permanecía ignorante de eso.
Y para que todos estuviesen huyendo de un demonio poderoso, eso quería decir que no eran tan inmortales como Kagome aseguraba que eran. Además, a Rin le parecía extraña esa explicación, ¿cómo que eran humanos inmortales? ¿Acaso sólo poseían inmortalidad y ya? ¿O acaso había también algún poder especial, con esa extensa línea de vitalidad?
Una vez que llegasen al castillo, Rin se prometió hacer una lista de todas sus dudas. Organizar sus preguntas. Y poner las cartas sobre la mesa.
Porque evidentemente, en esta conversación, poco iba a descubrir ya que, Rin estaba segura, que Inuyasha y Kagome no pensaban que ella sería lo suficientemente centrada o astuta para comprender toda esa larga historia que llevaban arrastrando consigo.
—Con esa edad, me sorprende que sólo me hayan tenido a mí —notó Rin con seriedad.
—No debería —dijo Inuyasha—. Para aquellos que vivimos muchos años, no es tan sencillo reproducirnos.
—¿Por qué?
—Equilibrio natural. Los inmortales o aquellos con vidas extensas, no somos tan propensos a reproducirnos, es muy difícil. Además, es algo espiritual también —comenzó a explicar—. Cada vez que una mujer humana da a luz, comparte su vida con sus descendientes, de ese modo, los humanos también han podido perdurar por muchos años.
Rin mantuvo el ceño fruncido.
—Mhmm…
—Los humanos creen que la inmortalidad es cuando tú mismo vives sin temerle a la muerte. Sin embargo, los humanos son inmortales debido a su capacidad de trasmitir sus vidas y sus conocimientos a sus herederos.
—¿Y acaso los inmortales son hacen eso también?
—Muy pocos. Digamos que el nacer como un humano no te hace débil, te hace más… cálido —dijo serio—. Ahora, imagina, Rin. Si entre humanos hay bastardos de mierda, ¿podrás creer que entre inmortales hay demasiados desinteresados en heredar algo a sus hijos? A muchos les parece ridícula la idea de siquiera intentar reproducirse cuando, solos, tienen muchas más formas de llenar cualquier hueco emocional que puedan poseer.
Inuyasha dio vuelta en una curva. Al fondo, pasando por un largo camino rodeado de árboles y un camino de tierra y no de asfalto, podía notarse un impresionante castillo que era rodeado por mucha vegetación. Nadie en el interior del carro hizo algún comentario al respecto.
—¿Quieres decir, que aquellos que viven como ustedes y mis padres, no les es sencillo embarazarse y cuando lo hacen pocos son los que consideran a sus vástagos, algo valioso? —Rin no quiso enterarse de la cantidad de padres desobligados que había en el mundo.
—Es justamente lo que te digo. Algunos idiotas son afortunados y, pensando que compartir su sangre con otros, es una maldición, llegan a matar a sus propios cachorros cuando éstos salen del vientre de la hembra.
—Inuyasha… —sonando afectada, Kagome le susurró.
Calmándose un poco, Inuyasha suspiró.
—¿Crees que tu tía y yo no hemos intentado tener cachorros propios? ¿Qué nos gusta la idea de que posiblemente jamás podamos ser padres? —aun si la voz de Inuyasha sonaba seria, Rin pudo sentir una gran pena hacia él y Kagome—. Los humanos no saben los beneficios que tienen siendo ellos mismos, y nos envidian sólo porque tardamos en envejecer. Pero, la realidad es, Rin… que ser inmortal no sólo tiene sus beneficios. Las letras pequeñas del contrato suelen traer demasiados problemas.
Inhalando profundo, tratando de dejar ese tema por la paz, Rin se apartó un poco el fleco de los ojos y de los lentes.
—Dicen que mis padres y tú, tía, son humanos inmortales. Pero, no me cuadra la idea. ¿Hay humanos que son inmortales o ustedes… hicieron algún tipo de pacto?
—Te podría mentir y decirte que existe el elixir de la eterna juventud. Pero, creo que eso sería solo insultar tu inteligencia —comentó Kagome.
—¿Entonces?
Tardó un poco, pero al final, Kagome comenzó a hablar.
—Fue en una misión que Sango, mi hermana y yo hicimos. Un demonio estaba causando estragos en la aldea, así que se nos pidió que hiciéramos el exorcismo…
—El demonio no pudo contra dos sacerdotisas y una cazadora, así que, al cabo de una corta batalla, explotó en pedazos.
—La sangre poseía un veneno que nos infectó a las tres —retomó Kagome luego del resumen de Inuyasha sobre la lucha—, y pudimos haber muerto.
Inuyasha bajó la velocidad ante el camino lleno de pequeños baches y piedras en el camino.
—Pero… —Rin le incitó a continuar.
Imaginarse a su madre vestida como una cazadora y a sus tías como sacerdotisas del antiguo Japón, era algo vertiginoso para Rin. Pero, se dijo que se mantendría abierta a todo tiempo de explicación.
—Alguien nos salvó a las tres —susurró Kagome con un poco de tristeza—. Un demonio de carácter noble, que compartió su longevidad con nosotras.
—¿Un demonio noble? ¿Y con "compartió", te refieres a que acortó su vida para curarlas? —impresionada y hasta dudosa de que eso hubiese pasado, Rin dejó su celular en el asiento para inclinarse hacia delante y ver mejor a Kagome.
—Sí —Kagome mantuvo la vista al frente—. Al principio, mi hermana Kikyō intentó ahuyentarlo, pero, él insistió en darnos una parte considerable de su propia vida. Estábamos en tan mal estado, que terminamos aceptando su oferta.
—¿Y…? ¿Qué les pidió a cambio? Porque algo tuvo que haber pedido cuando se recuperaron, ¿no es así?
La mente de Rin maquilló un sinfín de probabilidades, y la que más le dio miedo, fue aquella que le dijo que aquel demonio y el que había atacado a sus padres fuese el mismo, y el dichoso pago fuese… su tío Kohaku, o ella misma.
¡Eso sería típico! ¡Digno de una película!
—Nos pidió… que exterminásemos a otro demonio —Kagome, sobre el asiento, se removió incómoda.
—¿Por qué será que no me creo eso? —al no ser lo que esperaba oír, Rin frunció el ceño sobre su tía.
No compartía lazos de sangre con Kagome, pero desde que tenía uso de razón, ella era como un miembro de la familia.
—Es cierto —dijo Inuyasha—, las mandó a matarme.
Rin abrió de golpe los ojos.
—¿En serio?
—Digamos que yo… en esa época, pasaba por una fase donde hasta los otros demonios se veían en la penosa necesidad de usar lo que fuese con tal de arrancarme la cabeza —Inuyasha sonrió divertido y orgulloso—. Cuando las tres se aparecieron frente a mí, sangré mucho.
—Ya dije que lo sentía —musitó Kagome, apenada.
—Hace ya muchos años de eso —se rio él—. Pasado al pasado.
—¿Y qué pasó? Tú estás vivo —señaló Rin—. ¿Acaso no tenían un trato?
—Sí, hasta que yo le hice una visita a nuestro querido filántropo —aproximándose al castillo, Inuyasha suspiró—. Por medio de mi olfato, pude detectar al demonio que les había enviado. Luego de escapar de mí esposa, mi cuñada y tu madre. Lo maté, y me oculté por un tiempo.
—Lo mataste…
—Sí —dijo Inuyasha sin sentirse mal de ningún modo—. Yo ni siquiera le conocía y él ansiaba matarme, ¿acaso crees que dialogando se entiende todo el mundo? —se rio—. Por supuesto que no. Menos cuando es capaz de chantajear a otros para que le hagan el trabajo sucio.
No estaba del todo cómoda con hablar de asesinatos tan a la ligera, pero Rin entendía que el mundo de los yōkais y sus pleitos, debía ser demasiado complicado para intentar tapar el sol con un dedo y ponerse a juzgar por eliminar a un enemigo que buscaba eliminarte. De cualquier modo, a ella le incomodaba saber que Inuyasha había matado a quien le había devuelto la vida a su madre, aunque todo haya sido quizás, parte de un plan de exterminio.
—¿Y después qué pasó? —Rin frunció el ceño—. Es decir, Kagome intentó matarte y ahora son esposos.
—El mundo da muchas vueltas —recalcó Inuyasha, sonriendo—. Una cosa que debes saber, es que, cuando eres inmortal, las sorpresas de la vida son cosa de todos los días. ¿Tienes idea de lo extraño que era para mí, cada cambio, hasta llegar a dónde estamos? Desde los teléfonos celulares hasta los automóviles… el que la mujer que amo me haya apuñalado cuando nos conocimos, es el menor de mis momentos vertiginosos.
—Tonto —se rio Kagome, pegándole suavemente en el brazo.
A punto de llegar al castillo, Rin tuvo una última pregunta que hacer antes de poder tener un momento a solas con ellos.
—Mi padre… va a salir de esto, ¿cierto? —sonrió triste.
—Las ha tenido peores, créeme —Inuyasha apretó un poco el volante—. Naraku nos atacó por sorpresa, pero Miroku no morirá.
—Quiero creer eso —Rin volvió a su asiento, alzando su cara hacia el techo del vehículo—. Y mi tío, ¿dónde estará?
Ahora que lo pensaba, Rin no había escuchado cómo es que su propio padre pudo conseguir una vida longeva al igual que su tío Kohaku.
—Lo encontraremos —aseguró Inuyasha—, por el momento, espero que entiendas que tú debes mantenerte en el castillo de mi hermano.
Esa era otra cosa que Rin no entendía del todo y le sorprendía de sobremanera. Apenas se había enterado que su tío Inuyasha tenía un hermano, ¡un hermano mayor! Si Inuyasha tenía casi mil años… ¿cuántos debería tener aquel sujeto?
—Así es —resaltó Kagome con cierto resquemor, tomando un tono serio—. Y cuando lleguemos a la casa del tipo…
—Sesshōmaru —dijo Inuyasha, divertido.
—Ya sé su nombre —bufó ella por lo bajo—. Rin, él no es nada parecido a un ser humano. Ni un poco. Desconoce lo que es la paciencia, la familia, el afecto y… y francamente no sé por qué acudimos a él…
—Mi madre —le recordó Inuyasha.
¿Acaso le describían a una bestia de cuatro patas y un cerebro del tamaño de un maní? ¿Qué clase de personaje podría ser ese tal Sesshōmaru para que Kagome se expresase tan mal de él? Tal vez ya habrán tenido sus malos roces en el pasado.
Como sea, Rin estaba tomando nota de su tono de advertencia.
Por otro lado, ¿cómo sería aquella espléndida dama que Inuyasha tenía como madre? Kagome alguna vez la había mencionado, y cada vez que eso pasaba, los ojos de su tía se llenaban de luz.
La madre de su tío Inuyasha, debería ser una mujer interesante, y bastante cálida para que una bestia la protegiese en su castillo.
—Ah sí, bueno. Rin —Kagome volvió a tomar la palabra—, por favor. Por lo que más quieras, no vayas a desobedecer ninguna de sus reglas.
—Pregunta: con, "no es nada parecido a un ser humano", ¿nos referimos a un tipo de yōkai fantasmal? ¿O por qué esa aversión hacia él? —inquirió Rin con un deje de humor, y es que no quería comenzar a juzgar a alguien que todavía no conocía.
Si ese tal Sesshōmaru resultaba tan desagradable como su tía se lo marcaba, entonces nadie tendría que recordarle a Rin que debía mantener su distancia. Además, que ella sería la primera persona en darle la razón a la tía Kagome.
Aunque para empezar, ¿por qué (para protegerse) se quedarían con un ser con tales referencias? A menos que la tía Kagome estuviese exagerando, Rin tampoco entendía esta decisión.
—Ya lo verás, Rin —Kagome se cruzó de brazos—. ¿Estás seguro que no va a intentar matarnos apenas nos vea? —le preguntó está vez a Inuyasha.
—Estoy seguro, Kagome.
—Eso espero —bufó, nada convencida de eso.
Rin no agregó nada ya que arribaron bastante pronto a la entrada del hogar del hermano de Inuyasha. La barda de metal era enorme, con puntas al final como lanzas. Era oscura, el centro poseía una figura del mismo metal con la forma de un lobo aullándole a una luna llena. Incluso la gigantesca puerta parecía bastante bien cuidada para cumplir a la perfección la misión de proteger la zona exterior del castillo, cuyos arbustos y árboles, guiando el camino hasta las puertas enormes del castillo, permanecían pulcramente cortados.
¿Cuántas personas estaban a cargo del mantenimiento?
Bueno, al parecer la garantía es que Rin no iba a encontrarse completamente sola en un espacio tan enorme.
Antes de que pudiese preguntar si iban a esperar hasta que alguien se diese cuenta de que estaban afuera, Rin vio con asombro, cómo las puertas se abrieron por sí mismas, apenas la punta del auto estuvo a punto de tocarlas.
De no estar ya bastante enterada acerca de estos sucesos paranormales, Rin se habría asustado ya que las puertas no estaban afiliadas a ningún tipo de dispositivo electrónico que dijese que estaban entrando a una casa antigua pero con mecanismos modernos.
—Bien —comentó Inuyasha, secamente entusiasmado—. Ya hemos llegado.
—Continuará…—
Cambios extraños: Rin, en esta versión del fic, nació en China, es universitaria, apenas se ha enterado del mundo mágico en el que vive y, ¡tiene lentes! XD
Me gusta la idea de una Rin usando lentes, ¿a ustedes no? Jejejeje más adelante nos enteraremos más de su físico. La verdad es que no me gusta estar haciendo párrafos y párrafos describiendo la apariencia de un personaje. :/
¿Cómo ven las dudas de Rin y las respuestas que ha estado recibiendo? Muchas cosas no están claras, ¿verdad? Además, ¿cómo sabemos nosotros y Rin, que Inuyasha y Kagome no le están diciendo "verdades a medias" o "mentiras" como tal?
Para el próximo capítulo, el encuentro entre Rin y el amo bonito!
¡Saludos y gracias por darle la oportunidad a este fic, una vez más!
¡Hasta la próxima!
Gracias por sus reviews a:
Cerise Taisho, Skelettblume (mucho gusto, me halaga que te hayas creado una cuenta para seguir el fic, lo aprecio y valoro con el corazon. Saludos), LilSykesMixer (siempre me ha parecido medio cliché que Inuyasha todo el tiempo sea inmaduro y gritón, por eso en este fic pienso darle algo de la madurez que 800 años de vida merezcan jeje espero que no quede muy OOC), gina101528, Lunita Lunera, tooruys y Mcmk.
Reviews?
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